Martes, 04 Mayo 2010 17:48

Los derechos de la naturaleza

En la reciente Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático, celebrada en Cochabamba (Bolivia), se habló ampliamente de una comunidad muy agredida y maltrecha, y se mostraron hacia ella constantes referencias de solidaridad y mensajes de apoyo. Hablaban, claro, del planeta Tierra, la madre naturaleza o la Pachamama, sinónimos todos de la más grande comunidad de vida conocida.

Lo sabemos pero lo ignoramos. La Tierra es un ser vivo, ahora malherido. Sufre una fiebre constante que, si continúa progresando, puede generarle algunas patologías irreversibles. El aire que respira es cada vez más pobre en oxígeno y así, mal alimentada, envejece precozmente. Sus arterias –los ríos, el mar– están contaminadas e infestadas, lo que le resta energías. Las células que la conforman –especies vegetales y animales– corren el riesgo de desaparecer. Y el ritmo que le exige una de estas especies, la humana, es tan acelerado que –dicen los expertos– en menos de 20 años necesitaría una hermana gemela, un segundo planeta, para ser capaz de seguir ofreciendo y regalando todo lo que hoy le exigimos a golpe de perforadora, arrastrando redes sobre su lecho marino y envenenando su fina capa de piel –la tierra fértil– con químicos muy agresivos.

Conscientes de esta realidad, las más de 35.000 personas reunidas en Cochabamba (mayoritariamente campesinas, indígenas, pescadoras, miembros de organizaciones ambientalistas, de mujeres, de movimientos sociales, etc.) supieron ponerse de acuerdo y sentar las bases de una estrategia común frente al cambio climático, a diferencia de lo ocurrido en Copenhague hace unos pocos meses. Y así ha quedado recogido en el llamado Acuerdo de los Pueblos (www.cmpcc.org).

Entre las propuestas sobresale la iniciativa de consensuar una Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra. Fíjense. Si somos capaces de deconstruir nuestra concepción antropocéntrica, podremos entender y abrazar un planteamiento biocéntrico (según la terminología que define Eduardo Gudynas), donde añadimos a los derechos individuales y colectivos de los seres humanos –civiles, políticos, económicos, sociales, culturales y ambientales– los derechos propios de ese otro ser, la naturaleza. Pero, decía, nuestras sociedades occidentales, fundamentalmente, han de hacer un esfuerzo para que se produzca este cambio de registro, pues llevamos muchos siglos considerando la naturaleza como un espacio salvaje que hemos de dominar para, bajo nuestro control, convertirla en una despensa supuestamente inagotable para el disfrute del ser humano. Aquí radica, desde mi punto de vista, una de las virtudes de la declaración: corregir un pensamiento que está en la base de la crisis global actual.

El proyecto de una Declaración de los derechos de la naturaleza ya tiene antecedentes. Para la nueva Constitución de Ecuador, la Pachamama es “donde se reproduce y realiza la vida” y “tiene derecho a que se respete integralmente su existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales, estructura, funciones y procesos evolutivos” (artículo 72).

A partir de esas premisas, la naturaleza pasa a ser ella misma objeto de derechos, tiene valor por sí misma, independientemente de la utilidad o usos que le quiera dar el ser humano y “toda persona, comunidad, pueblo o nacionalidad podrá exigir a la autoridad pública el cumplimiento de los derechos de la naturaleza”. Y de aquí nace otra de las iniciativas surgidas en Cochabamba: el Tribunal Internacional de Justicia Climática y Ambiental, que podría marcar justiciabilidad en aquellas acciones u omisiones que vulneraran los derechos de la naturaleza.

Como dice Alberto Acosta, una constitución (o, en este caso, una declaración) no hace a una sociedad, sino que es un proyecto político de vida en común que debe ser puesto en vigencia con el concurso activo de la sociedad. La elaboración y supuesta aprobación de esta Declaración se erigiría, y esta sería su segunda gran virtud, como eje orientador –como una nueva ética– para propiciar los cambios estructurales e impulsar las transformaciones que necesita nuestra sociedad global.

Sin capacidad para exponerlos todos, resalta la revisión que forzaría al abandono de las políticas extractivistas en las que andan ahogadas muchas economías de los países del Sur como suministradores de los países ricos, incluido también el caso de Ecuador que, a pesar de todo, sigue promoviendo la explotación de petróleo en la región amazónica, la minería sin sentido o una agricultura dependiente de los agroquímicos. Aunque los seres humanos tenemos derecho a beneficiarnos del ambiente y las riquezas naturales que nos permitan un buen vivir (concepto también indigenista que excluye lujos innecesarios), este derecho debe ser compatible con los conjuntos de vida. No son aceptables extracciones de petróleo si atentan contra comunidades originarias, igual que no son aceptables técnicas agrícolas que acaban con ecosistemas de cualquier orden.

Desde los países andinos surgen propuestas de una capacidad transformadora inmensa, que seguro generarán muchas contradicciones y tensiones frente a la ideología del progreso imperante que asocia desarrollo sólo con crecimiento económico. Incluso puede que parezcan absurdas, como absurdas les parecía a los grupos dominantes la emancipación de los esclavos o la extensión de derechos civiles a los afromericanos, a las mujeres y a los niños y niñas.

Gustavo Duch Guillot. Coordinador de la revista Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas
Publicado enInternacional
Martes, 27 Abril 2010 09:26

La guerra destructora de la naturaleza

En esta entrevista con Cambio, Martha Harnecker* hace un balance de lo que fue la Conferencia de los Pueblos por el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra.

­­—¿Cuál es la evaluación que hace de la I Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra?
—Es extraordinario lo que sucedió en Cochabamba, es increíble cuántos países, cuántas posiciones plurales y ver cómo la gente respondió. Es increíble cómo en las comisiones, a pesar de haber tenido grandes discusiones y contradicciones, se logró llegar a acuerdos. Estoy asombrada, en la plenaria se presentaron excelentes documentos. Generalmente hay severas contradicciones, en los eventos son muy severos, pero no fue así.

—¿Trabajaste en las propuestas del referéndum, qué perspectivas se plantearon?
—Yo estuve concentrada en la comisión de Referéndum, porque me parece que es para la acumulación de fuerzas, para cambiar la situación ecológica en el país. Me parece fundamental que creemos una correlación de fuerzas en nuestros pueblos, que presionen a los gobiernos, porque podemos poner declaraciones muy lindas, tener muy lindos objetivos, pero si no logramos que nuestros pueblos se comprometan en esta lucha no vamos a lograr los objetivos; entonces, para mí, la consulta popular —porque el referéndum se puede hacer en países donde tenemos gobiernos que pueden ayudarnos en este proceso— la podemos hacer en todos los países donde logremos un mínimo de organización. Una consulta casa por casa, de tal forma que vayamos creando conciencia en cada hogar de nuestro país, eso sería lo ideal. Una consulta que le dé tareas a mucha gente que hoy día no quiere militar en partidos; porque muchas veces los partidos están desprestigiados; pero será gente que quiere, que tiene voluntad, que quiere cambiar el mundo, que quiere vivir en un mundo distinto.

—¿El liderazgo de Evo fue convocante a la Cumbre?
—Creo que la idea de Evo ha sido extraordinaria, creo que Evo es el Presidente que toca más corazones en el mundo, es muy lindo tener un Presidente indígena de uno de nuestros países a la cabeza de este movimiento. Lo que sí tenemos que cuidar muchos es que sea un movimiento muy amplio, sin sectarismos; porque muchas veces pasa que de estas ideas tan bonitas se apropian algunas organizaciones, no dejan que todo el mundo participe y se crea un malestar, yo creo que  tenemos que dar ejemplo de algo que es fundamental en la nueva política de la izquierda, que lo más importante es que nos pongamos de acuerdo en lo que nos une y dejemos de lado lo que nos separa. Hoy día nos debe unir el tema de la defensa de la naturaleza y el tema de la paz, y ahí tocaremos muchas, muchas puertas.

Tenemos que velar por que los comités nacionales que se van a crear —porque habrá un comité internacional y unos nacionales— tengan amplitud y no sean apoderados por un grupo de gente que va contra otra.

—¿Cree que la agenda que se ha levantado en Cochabamba tiene la fuerza como para abrir una posición en la Organización de las Naciones Unidas?

­—Creo que nadie puede ignorar a toda la gente que se reunió acá, ése es un hecho político que evidentemente irá llegando cada vez más a los organismos oficiales, y nosotros tenemos que trabajar en ese sentido y ojalá que en el futuro podamos hacer un referéndum como quiere el presidente Evo, en todo el mundo; pero mientras tanto vamos haciendo las consultas populares, vamos trabajando la conciencia de la gente. Yo sí creo que evidentemente esto tiene que tener repercusiones, va a tener repercusiones, y que lo importante es cuidarlo, porque a veces tenemos excelentes ideas los sectores progresistas y las destruimos por tonteras; creo que tenemos que ser lo suficientemente maduros, flexibles y tratar siempre de buscar las fórmulas para convocar al máximo de gente y cuidarnos de que vamos a tener siempre infiltrados que van a querer destruirnos.

—¿Qué agenda llevamos a Cancún, será diferente a la de Copenhague?
—Se pensaba hacer el referéndum o una consulta popular antes de la Cumbre de Cancún, pero, para ser objetivos, eso lo podríamos hacer en aquellos países donde ya hay organización, donde ya hay experiencia de referéndum o de consulta, como por ejemplo Brasil, donde ya se han hecho varias consultas, del ALCA y otras, y en otros países no se ha hecho nada. Pretender organizar todo el proceso como queremos necesita tiempo.

Porque podemos hacer cosas superficiales, pero necesitamos un proceso profundo de transformación de la mentalidad de la gente, y para eso necesitamos tiempo; entonces, lo que está por discutirse, y creo que la comisión internacional lo tendrá que ver es con qué llegamos a la Cumbre, cómo hemos avanzado, creo que eso todavía no está claro; o sea, qué vamos a hacer antes de la Cumbre, se pensó inicialmente en un referéndum, pero pensando con más lógica parece que ha primado la idea de que no. Ahora tenemos que pensar qué vamos a hacer; sí, tenemos muchas cosas que decir y creo que las mismas comisiones ya trabajaron un material importante a presentar en estos 10 ó 9 meses que tenemos por delante; por ejemplo, si presentamos la creación del 40 ó 50% de los comités nacionales para el referéndum, ya es un elemento importante.

—En todo caso, acá en Cochabamba se sentó un precedente de que hay voces del pueblo que reclaman la defensa de la Madre Tierra.

—Por supuesto, creo que no se trata simplemente de que hayas puesto un hecho político en Cochabamba, sino que la gente que vino acá se va con una fuerza distinta a trabajar, porque estamos viendo cuántos somos, eso es lo que pasa con los foros sociales y mundiales, no hay grandes manifiestos y declaraciones de cosas; pero el hecho de estar juntos es importante, la multitud radicaliza más que las declaraciones. A veces nosotros nos fijamos ser radicales y creemos que donde más palabras radicales ponemos en el discurso es lo que vale; pero yo digo que la radicalidad está en el hecho de ver cuántos estamos luchando por un mismo objetivo.

—¿Qué le queda por decir, al haber llegado al cierre de la I Cumbre Climática?
—Solamente repito que me he quedado impresionada, nunca creí que se pudiese alcanzar resultados de esta manera, yo pensé en algo muy inorgánico, muy caótico, y creo que es algo que realmente se ha logrado, eso asombra, el hecho de cómo nuestros países están viviendo estos procesos ya maduros, con vitalidad, se trata de una maduración inimaginable. Por ejemplo, los bolivianos, ¿se imaginaban esta Bolivia que están viviendo?... América Latina, cuando el presidente Hugo Chávez triunfa en el 98 nunca se imaginó que iba a vivir lo que hoy vive. Considero que los procesos —nos enseña la historia— cuando empiezan a irrumpir, como los procesos revolucionarios, los plazos se acortan y se logra transformar la mentalidad de la gente. En este encuentro los dirigentes indígenas demostraron madurez.

—¿Hay riesgos en ese empoderamiento de la gente y su visión de conquistas?
—Claro, eso lo advierto para que lo tome en cuenta Bolivia. Desde afuera nosotros sentimos que a veces ustedes están en la creencia de que el mundo ha evolucionado tan rápido como ustedes y le piden a la gente cosas que no le pueden pedir todavía. Éste es el resultado de años de lucha y en algunos países hay que empezar la lucha; entonces, tratar de entender que el mundo no es igual a los procesos más avanzados de América Latina, debemos tratar de ayudarlos; a veces siento que los sectores populares, al sentir que han ganado elecciones, se empiezan a sentir muy fuertes y en lugar de usar esa fuerza para promover movimiento se ponen prepotentes y empiezan a decir: “nosotros somos el poder y ustedes tienen que someterse a nosotros”, y yo creo que eso es muy malo, porque podemos empezar a perder, porque lo que se gana no es definitivo, se pierde.

Creo que en Bolivia las últimas elecciones han dado lecciones interesantes, se logró mucho, se avanzó mucho; pero no lo que se esperaba. Tenemos que empezar a pensar por qué no avanzamos. Creo que ahí se trata de gente que tiene esa sensación de que no está en el MAS, de que hay mucha prepotencia, y eso hay que cuidarlo, porque nuestras organizaciones políticas deberían ser facilitadoras de la participación, convocadores, pedagogos populares; pero nunca tener esos defectos del pasado, que éramos autoritarios, que nos creíamos dueños de la verdad. Creo que eso tenemos que superarlo.

Ésta es la nueva cultura de la izquierda que necesitamos para construir una sociedad, una transición pacífica con una amplia alianza de gente.

Marta Harnecker
Centro Internacional Miranda
0414 019 5866
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¿Pero es posible realizar recortes drásticos en las emisiones de gases de efecto invernadero sin destruir la economía? Al igual que el debate sobre el cambio climático, el debate sobre la economía climática tiene un aspecto muy distinto visto desde dentro, en comparación con el aspecto que suele tener en los medios de comunicación populares. El lector ocasional podría tener la impresión de que hay dudas reales sobre si las emisiones pueden reducirse sin infligir un daño grave a la economía. De hecho, una vez que uno filtra las interferencias generadas por los grupos de presión, descubre que los economistas medioambientales en general coinciden en que con un programa basado en el mercado para hacer frente a la amenaza del cambio climático -uno que limite las emisiones poniéndoles un precio- se pueden obtener grandes resultados con un coste módico, aunque no despreciable. Sin embargo, hay mucho menos consenso en cuanto a la rapidez con la que deberíamos actuar, si los esfuerzos de conservación importantes deben ponerse en marcha casi de inmediato o intensificarse gradualmente a lo largo de muchas décadas.

En los párrafos siguientes presentaré un breve informe sobre la economía del cambio climático, o más exactamente, la economía de la reducción del cambio climático. Trataré de exponer los asuntos sobre los que hay un acuerdo amplio, así como aquellos que siguen siendo objeto de importantes disputas. Pero primero, una introducción a la economía básica de la protección medioambiental.

ECONOMÍA MEDIOAMBIENTAL 101
Si hay una única verdad fundamental en la economía, es esta: las transacciones entre personas mayores de edad generan beneficios mutuos. Si el precio consensuado de un artilugio es de 10 dólares y compro uno, debe de ser porque ese artilugio vale más de 10 dólares para mí. Si uno vende un artilugio a ese precio, debe de ser porque fabricarlo le cuesta menos de 10 dólares. Por tanto, comprar y vender en el mercado de los artilugios redunda en beneficio tanto de los compradores como de los vendedores. Es más, un análisis pormenorizado demuestra que si hay una competencia real en el mercado de los artilugios, de tal modo que el precio termine por hacer coincidir el número de artilugios que la gente quiere comprar con el de artilugios que otra gente quiere vender, la consecuencia es que los beneficios de productores y consumidores se maximizan. Los mercados libres son eficientes (lo que en jerga económica, al contrario que en el lenguaje coloquial, significa que nadie puede mejorar su situación sin empeorar la situación de otro).

Pero la eficiencia no lo es todo. En concreto, no hay razón para suponer que los mercados libres generarán un resultado que consideraremos justo o equitativo. De modo que el argumento de la eficiencia del mercado no dice nada sobre si deberíamos tener, por ejemplo, alguna forma de seguro sanitario garantizado, ayuda a los pobres y demás. Pero la lógica de la economía básica dice que deberíamos tratar de alcanzar objetivos sociales mediante intervenciones posmercado. Es decir, deberíamos dejar que los mercados cumplan su función, haciendo un uso eficiente de los recursos del país, y luego emplear los impuestos y las transferencias para ayudar a aquellos a quienes el mercado pasa por alto.

Pero, ¿y si un acuerdo entre personas mayores de edad supone un coste para personas que no forman parte del intercambio? ¿Qué pasa si alguien fabrica un artilugio y yo lo compro, con beneficios para ambos, pero el proceso de producir ese artilugio conlleva verter residuos tóxicos en el agua potable de otras personas? Cuando hay "efectos externos negativos" -costes que los agentes económicos imponen a otros sin pagar un precio por sus acciones- se esfuma cualquier suposición de que la economía de mercado, si se la deja a su aire, hará lo que debe. Entonces, ¿qué hacemos? La economía medioambiental trata de dar respuesta a esa pregunta.

Un modo de hacer frente a los efectos externos negativos es dictar normas que prohíban o al menos limiten los comportamientos que impongan costes especialmente altos a otros. Eso es lo que hicimos durante la primera gran oleada de legislación medioambiental a principios de los años setenta: se exigió que los coches cumpliesen unas normas sobre las emisiones de los compuestos que provocan la niebla tóxica, se exigió a las fábricas que limitasen el volumen de residuos que vertían a los ríos, y así sucesivamente. Y ese método dio sus frutos; el aire y el agua de Estados Unidos se volvieron mucho más limpios durante las décadas siguientes.

Pero aunque la regulación directa de las actividades contaminantes tiene sentido en algunos casos, es enormemente defectuosa en otros, porque no deja ningún margen para la flexibilidad o la creatividad. Pensemos en el mayor problema medioambiental de los años ochenta: la lluvia ácida. Resultó que las emisiones de dióxido de azufre de las centrales eléctricas tendían a combinarse con el agua siguiendo la dirección del viento y a generar ácido sulfúrico, que destruía la flora (y la fauna). En 1977, el Gobierno hizo su primer intento de abordar el problema y recomendó que todas las centrales nuevas alimentadas con carbón tuviesen depuradoras que eliminasen el dióxido de azufre de sus emisiones. Imponer una norma estricta a todas las centrales era problemático, porque modernizar algunas centrales más antiguas habría resultado extremadamente caro. Sin embargo, al regular únicamente las centrales nuevas, el Gobierno desaprovechó la oportunidad de lograr un control de la contaminación bastante barato en centrales que eran, de hecho, fáciles de modernizar. Salvo mediante una adquisición federal de facto del sector eléctrico, con funcionarios federales dictando instrucciones específicas para cada central, ¿cómo podía resolverse este dilema?

Entra en escena Arthur Cecil Pigou, un catedrático británico de principios del siglo XX cuyo libro de 1920, The economics of welfare (La economía del bienestar), suele considerarse la base de la economía medioambiental.

Aunque en cierto modo resulte sorprendente, teniendo en cuenta su actual condición de padrino de la ciencia medioambiental altamente desarrollada desde un punto de vista económico, Pigou no hizo verdaderamente hincapié en el problema de la contaminación. Más que centrarse en, por ejemplo, la famosa niebla de Londres (en realidad, niebla tóxica acre, provocada por millones de fuegos de carbón), abría su disertación con un ejemplo que debió de parecer cursi incluso en 1920, un caso hipotético en el que "las actividades de conservación de la caza menor de un ocupante conllevan la invasión de las tierras de un ocupante vecino por los conejos". Pero da igual. Lo que Pigou enunciaba era un principio: las actividades económicas que imponen costes no recíprocos a otras personas no siempre deben prohibirse, pero deben desaconsejarse. Y la forma correcta de frenar una actividad, en la mayoría de los casos, es ponerle un precio. Por eso, Pigou proponía que las personas que generan efectos externos negativos pagasen una cuota que reflejara los costes que imponen a otros (lo que ha llegado a conocerse como impuesto pigouviano). La versión más simple del impuesto pigouviano es una cuota sobre las aguas residuales: cualquiera que vierta contaminantes en un río, o los libere en el aire, debe pagar una suma proporcional a la cantidad vertida.

El análisis de Pigou quedó en gran parte olvidado durante casi un siglo, mientras los economistas dedicaban su tiempo a luchar contra problemas que parecían más acuciantes, como la Gran Depresión. Pero con el auge de la normativa medioambiental, los economistas desempolvaron a Pigou y empezaron a defender un planteamiento "basado en el mercado" que ofreciese al sector privado incentivos, por medio de los precios, para limitar la contaminación, en lugar de un remedio a base de "órdenes y control" que dictase instrucciones específicas en forma de normas.

La reacción inicial de muchos activistas medioambientales ante esta idea fue hostil, en gran parte por razones morales. Les parecía que la contaminación debía tratarse como un crimen, más que como algo que uno tiene derecho a hacer siempre que pague el dinero suficiente. Conflictos morales aparte, también había un escepticismo considerable en cuanto a si los incentivos mercantiles serían realmente eficaces para reducir la contaminación. Incluso, hoy, los impuestos pigouvianos tal como se idearon originalmente son relativamente raros. El ejemplo más provechoso que he podido encontrar es un impuesto holandés sobre los vertidos de agua que contienen materia orgánica.

La idea que sí ha cuajado, en cambio, es una variante que la mayoría de los economistas consideran más o menos equivalente: un sistema de permisos de emisiones comercializables, también conocido como tope y trueque. Según este modelo, se concede un número limitado de permisos para emitir un contaminante específico como el dióxido de azufre. Una empresa que quiera generar más contaminación de la que se le permite puede ir y comprar permisos adicionales de otras partes; una compañía que tenga más permisos de los que tiene intención de usar puede vender los que le sobran. Esto proporciona a todo el mundo un incentivo para reducir la contaminación, porque los compradores no tienen que adquirir tantos permisos si pueden recortar sus emisiones, y los vendedores pueden deshacerse de más permisos si hacen lo mismo. De hecho, desde un punto de vista económico, un sistema de tope y trueque produce los mismos incentivos para reducir la contaminación que un impuesto pigouviano, ya que, efectivamente, el precio de los permisos hace las veces de un impuesto sobre la contaminación.

En la práctica hay un par de diferencias importantes entre el tope y trueque y un impuesto sobre la contaminación. Una es que los dos sistemas generan tipos distintos de incertidumbre. Si el Gobierno establece un impuesto sobre la contaminación, los contaminadores saben qué precio tendrán que pagar, pero el Gobierno no sabe cuánta contaminación generarán. Si el Gobierno impone un tope, conoce la cantidad de contaminación, pero los contaminadores no saben cuál será el precio de las emisiones. Otra diferencia importante tiene que ver con los ingresos del Gobierno. Un impuesto sobre la contaminación es, bueno, un impuesto, el cual supone un coste para el sector privado mientras que genera ingresos para el Gobierno. El sistema de tope y trueque es un poco más complicado. Si el Gobierno se limita a emitir los permisos y recaudar los ingresos, entonces es exactamente igual que un impuesto. Sin embargo, el tope y trueque suele conllevar un intercambio de permisos entre los agentes existentes, por lo que los posibles ingresos van a parar a la industria en lugar de al Gobierno.

Desde el punto de vista político, repartir permisos entre la industria no es del todo malo, porque brinda un modo de compensar parcialmente a algunos de los grupos cuyos intereses sufrirían si se adoptase una política dura contra el cambio climático. Esto puede servir para que aprobar las leyes sea más factible.

Estas reflexiones políticas probablemente expliquen por qué la solución al dilema de la lluvia ácida adoptó la forma del tope y trueque y por qué los permisos para contaminar se distribuyeron gratuitamente entre las empresas eléctricas. También merece la pena señalar que el proyecto de ley Waxman-Markey, un sistema de tope y trueque para los gases de efecto invernadero que empieza concediendo muchos permisos al sector, pero saca a subasta un número creciente durante los años siguientes, fue de hecho aprobado por la Cámara de Representantes el año pasado; es difícil imaginar un impuesto generalizado sobre las emisiones que haga lo mismo durante muchos años.

Eso no significa que los impuestos sobre las emisiones no tengan ninguna posibilidad de éxito. Hace poco, algunos senadores han presentado una propuesta con una especie de solución híbrida, con tope y trueque para algunos sectores de la economía e impuestos sobre el carbono para otros (principalmente, el petróleo y el gas). La lógica política parece ser la de que el sector del petróleo piensa que los consumidores no le culparán por la subida de los precios si dichos precios reflejan un impuesto concreto.

En cualquier caso, la experiencia indica que el control de las emisiones basado en el mercado funciona. Nuestra historia reciente en relación con la lluvia ácida demuestra lo mismo. La Ley del Aire Limpio de 1990 introdujo un sistema de tope y trueque por el que las centrales eléctricas podían comprar y vender el derecho a emitir dióxido de azufre, y dejaba en manos de las empresas individuales la gestión de su actividad dentro de los nuevos límites. Como cabía esperar, con el paso del tiempo, las emisiones de dióxido de azufre de las centrales eléctricas se redujeron a casi la mitad, a un coste mucho más bajo de lo que incluso los optimistas esperaban; los precios de la electricidad bajaron en vez de subir. El problema de la lluvia ácida no desapareció, pero se redujo considerablemente. Se podría pensar que los resultados demostraban que podemos hacer frente a los problemas medioambientales cuando nos vemos obligados a hacerlo.

De modo que ahí lo tenemos, ¿no? La emisión de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero es un efecto externo negativo típico (el "mayor fallo del mercado que el mundo ha conocido jamás", en palabras de Nicholas Stern, autor de un informe sobre el tema para el Gobierno británico). La economía de los libros de texto y la experiencia del mundo real nos dicen que deberíamos tener políticas que desincentiven las actividades que generan efectos externos negativos y que, por lo general, es mejor depender de un enfoque basado en el mercado.

¿CLIMA DE DUDA?
Éste es un artículo sobre la economía del clima, no sobre la climatología. Pero antes de abordar la economía merece la pena aclarar tres cosas en relación con la situación del debate científico.

La primera es que, sin duda, el planeta se está calentando. La temperatura fluctúa y, en consecuencia, es bastante fácil encontrar un año inusualmente cálido en el pasado reciente, notar que ahora hace más frío y afirmar: "¡Ven, el planeta se está enfriando, no calentando!". Pero si se observan las pruebas como es debido -teniendo en cuenta las medias a lo largo de periodos lo bastante prolongados como para anular las fluctuaciones-, la tendencia ascendente es inequívoca: cada década sucesiva desde la de los setenta ha sido más cálida que la anterior.

En segundo lugar, los modelos climáticos predijeron esto con mucha antelación, e incluso adivinaron la magnitud del aumento de las temperaturas con bastante aproximación. Mientras que es relativamente fácil idear un análisis que haga coincidir datos conocidos, es mucho más complicado crear un modelo que prediga el futuro con exactitud. Así que el hecho de que los creadores de los modelos predijesen correctamente hace más de 20 años el calentamiento mundial futuro les da una enorme credibilidad.

Pero esa no es la conclusión que se podría extraer de los muchos informes de los medios de comunicación que se han centrado en asuntos como los mensajes de correo electrónico pirateados y los científicos que hablan de "hacer trampa" para "ocultar" una caída anómala en una serie de datos o expresan el deseo de que los artículos de los escépticos del cambio climático queden excluidos de las revisiones de investigación. La verdad, sin embargo, es que los supuestos escándalos se esfuman al analizarlos más de cerca, y solamente revelan que quienes investigan el clima también son seres humanos. Sí, los científicos procuran que sus resultados destaquen, pero no se ha suprimido ningún dato. Sí, a los científicos no les gusta que se publiquen trabajos que, en su opinión, crean deliberadamente confusión respecto a los problemas. ¿Qué tiene de extraño? No hay nada que dé a entender que no se deba seguir apoyando firmemente la investigación sobre el clima.

Y esto me lleva al tercer punto: los modelos basados en esta investigación indican que si seguimos añadiendo gases de efecto invernadero a la atmósfera como hasta ahora, terminaremos enfrentándonos a cambios drásticos en el clima. Seamos claros. No estamos hablando de unos cuantos días más de calor en verano y de un poco menos de nieve en invierno; estamos hablando de acontecimientos enormemente perjudiciales, como la transformación del suroeste de Estados Unidos en una zona de gran sequía permanente durante las próximas décadas.

Sin embargo, a pesar de la alta credibilidad de los creadores de los modelos climáticos, sigue existiendo una tremenda incertidumbre en sus previsiones a largo plazo. Pero, como veremos en breve, la incertidumbre es un argumento a favor de medidas más fuertes, no más débiles. De modo que el cambio climático exige pasar a la acción. ¿Es un programa de tope y trueque similar al modelo utilizado para reducir el dióxido de azufre el sistema adecuado?

La oposición seria al tope y trueque suele presentarse bajo dos formas: el argumento de que una acción más directa -en concreto, una prohibición de las centrales eléctricas alimentadas con carbón- sería más efectiva, y el de que un impuesto sobre las emisiones sería mejor que la comercialización de las emisiones. (Dejemos a un lado a quienes rechazan la ciencia del clima en su totalidad y se oponen a cualquier limitación de las emisiones de gases de efecto invernadero, así como a quienes se oponen al uso de cualquier clase de solución basada en el mercado). Hay argumentos a favor de cada una de esas propuestas, aunque no tantos como sus defensores creen.

En lo que respecta a la acción directa, uno puede argumentar que los economistas aman los mercados de manera insensata y excesiva, que están demasiado dispuestos a suponer que cambiar los incentivos económicos de la gente resuelve todos los problemas. En concreto, no es posible ponerle precio a algo a menos que se pueda medir con precisión, y eso puede ser complicado a la par que caro. Por eso, a veces, es mejor limitarse a establecer algunas normas básicas sobre lo que la gente puede y no puede hacer.

Fíjense en las emisiones de los coches, por ejemplo. ¿Podríamos o deberíamos cobrar a cada propietario de un coche una cuota proporcional a las emisiones de su tubo de escape? Desde luego que no. Habría que instalar caros equipos de control en cada coche y también habría que preocuparse por el fraude. Casi con certeza, es mejor hacer lo que de hecho hacemos, que es imponer normas sobre las emisiones a todos los coches.

¿Se puede exponer un razonamiento similar respecto a las emisiones de gases de efecto invernadero? Mi reacción inicial, que sospecho que compartirían la mayoría de los economistas, es que la propia escala y complejidad de la situación requiere una solución basada en el mercado, ya sea el tope y trueque o un impuesto sobre las emisiones. Después de todo, los gases de efecto invernadero son un subproducto directo o indirecto de casi todo lo producido en una economía moderna, desde las casas en las que vivimos hasta los coches que conducimos. Para reducir las emisiones de esos gases será necesario lograr que la gente modificase su comportamiento de muchas maneras diferentes, algunas de ellas imposibles de identificar hasta que tengamos un dominio mucho mayor de la tecnología ecológica. Por tanto, ¿podemos realmente conseguir avances significativos diciéndole a la gente lo que está o no está concretamente permitido? Economía 101 nos dice -probablemente con acierto- que el único modo de conseguir que la gente cambie de comportamiento adecuadamente es ponerles un precio a las emisiones, de tal manera que este coste quede a su vez incorporado en todo lo demás de una forma que refleje los impactos medioambientales finales.

Cuando los compradores vayan a la frutería, por ejemplo, se encontrarán con que las frutas y las verduras que vienen de lejos tienen precios más altos que las locales, lo que será en parte un reflejo del coste de los permisos de emisión o impuestos pagados para enviar esos productos. Cuando las empresas decidan cuánto gastarse en aislamiento, tendrán en cuenta los costes de la calefacción y el aire acondicionado, que incluyen el precio de los permisos de emisión o los impuestos pagados por la generación de electricidad. Cuando las instalaciones eléctricas tengan que elegir entre distintas fuentes de energía, tendrán que tener en cuenta que el consumo de combustibles fósiles irá asociado a unos impuestos más altos o unos permisos más caros. Y así sucesivamente. Un sistema basado en el mercado crearía incentivos descentralizados para hacer lo correcto, y ésa es la única forma de hacerlo.

Dicho eso, podrían ser necesarias algunas normas específicas. James Hansen, el destacado climatólogo a quien se le debe atribuir gran parte del mérito de haber convertido el cambio climático en un problema prioritario, ha defendido enérgicamente que la mayor parte del problema del cambio climático se debe a una sola cosa, la combustión del carbón, y que hagamos lo que hagamos tenemos que dejar de quemar carbón de aquí a 20 años. Mi reacción como economista es que un canon caro disuadiría de usar carbón en cualquier caso. Pero es posible que un sistema basado en el mercado acabe teniendo lagunas, y las consecuencias serían terribles. Así que yo defendería que se complementasen las medidas disuasorias basadas en el mercado con controles directos del uso del carbón como combustible.

¿Y qué hay de la defensa de un impuesto sobre las emisiones en lugar de un sistema de tope y trueque? No cabe duda de que un impuesto directo tendría muchas ventajas frente a leyes como la de Waxman-Markey, que está llena de excepciones y situaciones especiales. Pero esa no es en realidad una comparación útil: por supuesto que un impuesto ideal sobre las emisiones tiene mejor aspecto que un sistema de tope y trueque que la Cámara ya ha aprobado con todas sus condiciones adicionales. La pregunta es si el impuesto sobre las emisiones que realmente podría aplicarse es mejor que el tope y trueque. No hay motivos para creer que lo sería; de hecho, no hay motivos para creer que un impuesto sobre las emisiones generalizado conseguiría la aprobación del Congreso.

Para ser justos, Hansen ha expuesto un interesante argumento moral contra el sistema de tope y trueque, uno mucho más elaborado que la vieja idea de que está mal permitir que quienes contaminan compren el derecho a contaminar. Hansen llama la atención sobre el hecho de que en un mundo de tope y trueque, las buenas acciones individuales no contribuyen a los objetivos sociales. Si uno opta por conducir un coche híbrido o comprar una casa con una huella de carbono pequeña, todo lo que está haciendo es liberar permisos de emisiones para otra persona, lo que significa que uno no ha hecho nada para reducir la amenaza del cambio climático. Tiene parte de razón. Pero el altruismo no puede resolver de forma efectiva el problema del cambio climático. Cualquier solución seria debe depender principalmente de la creación de un sistema que le dé a todo el mundo un motivo egoísta para generar menos emisiones. Es una lástima, pero el altruismo climático debe ponerse por detrás de la tarea de lograr que dicho sistema funcione.

La conclusión, por tanto, es que, aunque el cambio climático puede ser un problema muchísimo más grave que el de la lluvia ácida, la lógica de cómo responder ante él es en gran medida la misma. Lo que necesitamos son incentivos de mercado para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero -junto con algunos controles directos del uso del carbón-, y el sistema de tope y trueque es una forma razonable de crear esos incentivos.

¿Pero podemos permitirnos hacer eso? Y lo que es igual de importante, ¿podemos permitirnos no hacerlo?

EL PRECIO DE LA ACTUACIÓN
Del mismo modo que existe un consenso aproximado entre los creadores de los modelos climáticos en cuanto a la trayectoria probable de las temperaturas si no actuamos para recortar las emisiones de gases de efecto invernadero, hay un consenso aproximado entre los creadores de los modelos económicos en cuanto al precio de la actuación. Esa opinión general puede resumirse de la manera siguiente: limitar las emisiones frenará el crecimiento económico, pero no demasiado. La Oficina Presupuestaria del Congreso, basándose en un estudio de modelos, ha llegado a la conclusión de que la ley Waxman-Markey "reduciría la tasa media anual de crecimiento prevista del producto interior bruto entre 2010 y 2050 entre 0,03 y 0,09 puntos porcentuales". Es decir, en el peor de los casos, reduciría el crecimiento anual medio del 2,4% al 2,31%. Básicamente, la Oficina Presupuestaria llega a la conclusión de que unas medidas fuertes para abordar el cambio climático harían que la economía estadounidense fuese entre un 1,1% y un 3,4% más pequeña en 2050 de lo que lo sería sin ellas.

¿Y qué hay de la economía mundial? En general, los creadores de los modelos tienden a calcular que las políticas sobre cambio climático reducirían la producción mundial en un porcentaje algo menor que el correspondiente a Estados Unidos. El principal motivo es que las economías incipientes como China usan actualmente la energía de un modo bastante ineficiente, en parte como consecuencia de unas políticas nacionales que han mantenido los precios de los combustibles fósiles muy bajos, y por tanto podrían conseguir un gran ahorro energético a un precio módico. Una revisión reciente de los cálculos disponibles establece el coste de una política climática muy estricta -considerablemente más agresiva que la contemplada en las propuestas legislativas actuales- en un valor situado entre el 1% y el 3% del PIB.

Esas cifras suelen provenir de un modelo que combina todo tipo de cálculos procedentes de la ingeniería y del mercado. Entre ellos están, por ejemplo, los cálculos óptimos de los ingenieros sobre cuánto cuesta generar electricidad de distintas formas, a partir del carbón, el gas, la energía nuclear y la solar, con unos precios determinados de los recursos. A continuación se hacen cálculos, basados en la experiencia histórica, sobre cuánto recortarían los consumidores su consumo de electricidad si su precio subiese. El mismo proceso se sigue con otras fuentes de energía, como el carburante. Y el modelo supone que todo el mundo opta por la mejor alternativa en función del contexto económico; que los generadores de energía eligen las formas menos caras de producir electricidad, mientras que los consumidores conservan la energía siempre que el dinero que ahorren al comprar menos electricidad supere el coste de usar menos electricidad en forma de otro gasto o de pérdida de comodidad. Después de todos estos análisis, resulta posible predecir cómo los productores y los consumidores de energía reaccionarán ante políticas que les pongan un precio a las emisiones, y qué coste final tendrán esas reacciones para la economía en su conjunto.

Naturalmente, hay casos en los que esta clase de modelo podría equivocarse. Muchos de los cálculos subyacentes son necesariamente especulativos hasta cierto punto; por ejemplo, nadie sabe realmente lo que costará la energía solar una vez que finalmente se convierta en una opción a gran escala. También hay motivos para dudar de la suposición de que la gente realmente toma las decisiones correctas: muchos estudios han descubierto que los consumidores no eran capaces de tomar medidas para ahorrar energía, como mejorar el aislamiento, aun cuando podrían ahorrar dinero si lo hicieran.

Pero, aunque sea improbable que estos modelos acierten en todo, está bien que, en vez de infravalorarlos, exageren los costes económicos de las medidas para abordar el cambio climático. Eso es lo que la experiencia del programa de tope y trueque para la lluvia ácida indica: los costes resultaron estar bastante por debajo de las predicciones iniciales. Y en general, lo que los modelos no tienen ni pueden tener en cuenta es la creatividad; sin duda, frente a una economía en la que hay grandes recompensas monetarias por reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, el sector privado encontrará formas de limitar las emisiones que todavía no están en ningún modelo.

Sin embargo, lo que oímos decir a los conservadores que se oponen a la política sobre cambio climático es que cualquier intento de limitar las emisiones sería económicamente devastador. La Fundación Heritage, por ejemplo, respondió a los cálculos de la Oficina Presupuestaria sobre la ley Waxman-Markey con un largo texto titulado "La OPC subestima enormemente los costes del sistema de tope y trueque". Los efectos reales, según la fundación, serían ruinosos para las familias y la creación de empleo.

Esta reacción -este pesimismo exagerado respecto a la capacidad de la economía para sobrellevar el tope y trueque- choca frontalmente con la retórica conservadora. Al fin y al cabo, los conservadores modernos dan muestras de una profunda y casi mística confianza en la efectividad de los incentivos mercantiles (a Ronald Reagan le gustaba hablar de la "magia del mercado"). Creen que el sistema capitalista puede hacer frente a todo tipo de limitaciones, que la tecnología, por ejemplo, puede superar fácilmente cualquier restricción impuesta al crecimiento por las reservas limitadas de petróleo o de otros recursos naturales. Pero ahora afirman que este mismo sector privado es absolutamente incapaz de soportar una limitación de las emisiones generales, aun cuando dicho tope funcionaría, desde el punto de vista del sector privado, de forma muy similar al suministro de un recurso limitado, como la tierra. ¿Por qué no creen que el dinamismo del capitalismo le inducirá a encontrar modos de arreglárselas en un mundo de emisiones de carbono reducidas? ¿Por qué piensan que el mercado pierde su magia en cuanto se invocan los incentivos mercantiles en favor de la conservación?

Está claro que los conservadores abandonan toda su fe en la capacidad de los mercados para adaptarse a la política sobre cambio climático porque no quieren que el Gobierno intervenga. Su pesimismo declarado respecto al coste de la política climática es esencialmente una estratagema política más que una opinión económica razonada. Lo que los delata es la marcada tendencia que tienen los conservadores que se oponen al tope y trueque a argumentar de mala fe. El extenso documento de la Fundación Heritage acusa a la Oficina Presupuestaria del Congreso de cometer errores lógicos elementales, pero si uno lee de hecho el informe de la oficina, está claro que la fundación lo está malinterpretando intencionadamente. Los políticos conservadores han sido aún más descarados. El Comité Nacional Republicano del Congreso, por ejemplo, publicó varios comunicados de prensa citando específicamente un estudio del Massachusetts Institute of Technology (MIT en sus siglas en inglés) como base para afirmar que el tope y trueque costaría 3.100 dólares a cada familia, a pesar de los repetidos intentos por parte de los autores del estudio de aclarar que la cifra real representaba aproximadamente sólo una cuarta parte de eso.

La verdad es que no hay investigaciones creíbles que indiquen que tomar medidas enérgicas contra el cambio climático esté fuera de las posibilidades de la economía. Incluso si uno no confía plenamente en los modelos -y no debería hacerlo-, la historia y la lógica indican que los modelos exageran, no subestiman, los costes de la actuación climática. Podemos permitirnos hacer algo respecto al cambio climático.

Pero eso no equivale a decir que debamos hacerlo. La actuación tendrá costes, y éstos deben compararse con los de la falta de actuación. Sin embargo, antes de llegar a ese punto, permítanme tocar un tema que se volverá esencial si realmente ponemos en marcha la política climática: cómo lograr que el resto del mundo nos acompañe en el esfuerzo.

EL SÍNDROME DE CHINA
Estados Unidos sigue siendo la mayor economía del mundo, lo que convierte al país en una de las mayores fuentes de gases de efecto invernadero. Pero no es la mayor. China, que quema mucho más carbón por dólar del producto interior bruto que Estados Unidos, lo superó según ese criterio hace unos tres años. En general, los países desarrollados -el club de los ricos del que forman parte Europa, América del Norte y Japón- son responsables de solamente la mitad más o menos de las emisiones de efecto invernadero, y esa es una fracción que se reducirá con el paso del tiempo. En resumen, no puede haber una solución para el cambio climático a menos que el resto del mundo, y las economías incipientes en particular, participen de forma importante.

Invariablemente, quienes se resisten a hacer frente al cambio climático señalan la naturaleza mundial de las emisiones como motivo para no actuar. Limitar las emisiones de Estados Unidos no servirá de mucho, sostienen, si China y otros no nos acompañan en el esfuerzo. Y subrayan la obstinación de China en las negociaciones de Copenhague como prueba de que otros países no cooperarán. De hecho, las economías incipientes consideran que tienen derecho a emitir libremente sin preocuparse por las consecuencias (eso es lo que los países que hoy son ricos pudieron hacer durante siglos). No es posible conseguir una cooperación mundial en relación con el cambio climático, prosigue el argumento, y eso significa que no tiene sentido tomar ninguna medida en absoluto.

Para quienes piensan que tomar medidas es esencial, la pregunta correcta es cómo convencer a China y a otros países emergentes de que participen en la limitación de las emisiones. Las zanahorias, o incentivos positivos, son una respuesta. Imaginen que se establecen sistemas de tope y trueque en China y Estados Unidos (pero permitiendo el trueque internacional de los permisos, de manera que las empresas chinas y estadounidenses puedan comprar y vender los derechos de emisiones). Al establecer topes generales a niveles pensados para garantizar que China nos venda un número considerable de permisos, estaríamos de hecho pagando a China para que recortase sus emisiones. Dado que las pruebas indican que el coste de recortar las emisiones sería más bajo en China que en Estados Unidos, esto podría ser un trato ventajoso para todos.

¿Pero qué pasa si los chinos (o los indios, o los brasileños, etcétera) no quieren participar en dicho sistema? Entonces hacen falta tanto varas como zanahorias. En concreto, hacen falta aranceles sobre el carbono.

Un arancel sobre el carbono sería un impuesto sobre los productos importados proporcional al carbón emitido al fabricar dichos productos. Supongamos que China se niega a reducir las emisiones, mientras que Estados Unidos adopta unas políticas que establecen un precio de 100 dólares por cada tonelada de emisiones de carbono. Si Estados Unidos impusiese ese arancel sobre el carbono, cualquier envío de productos chinos a Estados Unidos cuya producción conllevase la emisión de una tonelada de carbono estaría gravado con un impuesto de 100 dólares que se añadirían a cualquier otro impuesto. Esos aranceles, si fuesen impuestos por los actores más importantes -probablemente Estados Unidos y la Unión Europea-, ofrecerían a los países que no cooperan un incentivo considerable para que se replanteasen su postura.

A la objeción de que una política así sería proteccionista, una violación de los principios del libre comercio, una posible respuesta es: ¿y qué? Mantener los mercados mundiales abiertos es importante, pero evitar una catástrofe planetaria es mucho más importante. Sin embargo, se puede argumentar de todos modos que los aranceles sobre el carbono entran dentro de las normas de las relaciones comerciales normales. Siempre que el arancel impuesto al contenido de carbono de las importaciones sea comparable al precio de los permisos de carbono nacionales, la consecuencia es cobrar a los consumidores un coste que refleja el carbono emitido en lo que compran, independientemente de dónde se fabrique. Eso debería ser legal según las normas del comercio internacional. De hecho, hasta la Organización Mundial del Comercio, que se encarga de supervisar las políticas comerciales, ha publicado un estudio que indica que los aranceles sobre el carbono serían aceptables.

Huelga decir que las negociaciones reales para lograr que se coopere y se actúe a escala mundial contra el cambio climático serían mucho más complejas y tendenciosas de lo que esta exposición da a entender. Pero el problema no es tan inabordable como se suele afirmar. Si Estados Unidos y Europa decidiesen tomar medidas sobre política climática, casi seguro que serían capaces de engatusar y presionar al resto del mundo para que se una al esfuerzo. Podemos hacerlo.

EL PRECIO DE LA FALTA DE ACTUACIÓN

En los debates públicos, los escépticos del cambio climático han ganado terreno claramente durante los dos últimos años, aun cuando últimamente se ha visto que es probable que 2010 sea el año más caluroso de los registrados. Pero los propios creadores de los modelos climáticos se sienten cada vez más pesimistas. Lo que antes eran las peores situaciones posibles se han convertido en previsiones de partida, y algunas organizaciones han duplicado sus predicciones sobre el aumento de la temperatura en el transcurso del siglo XXI. Tras este nuevo pesimismo se oculta una preocupación cada vez mayor por los efectos de acoplamiento (por ejemplo, la liberación de metano, un importante gas de efecto invernadero, desde los lechos marinos y la tundra, a medida que el planeta se calienta).

En estos momentos, las previsiones sobre el cambio climático, suponiendo que sigamos como hasta ahora, se agrupan en torno al cálculo de que en 2100 las temperaturas medias serán unos cinco grados centígrados más altas de lo que lo eran en 2000. Eso es mucho (equivale a la diferencia de las temperaturas medias de Nueva York y el centro del Estado de Misisipi). Un cambio tan grande sería enormemente perjudicial. Y los problemas no terminarían aquí: las temperaturas seguirían subiendo.

Además, los cambios en la temperatura media no serán ni mucho menos la única alteración. Los patrones de precipitación cambiarán, y algunas regiones se volverán mucho más húmedas, y otras, mucho más secas. Muchos creadores de modelos también predicen tormentas más intensas. El nivel de los océanos subirá, y el impacto se verá intensificado por esas tormentas: la inundación costera, que ya es una fuente importante de desastres naturales, se volvería mucho más frecuente y grave. Y podría haber cambios drásticos en el clima de algunas regiones a medida que las corrientes oceánicas se modifiquen. Siempre merece la pena tener en cuenta que Londres tiene la misma latitud que Labrador; sin la corriente del Golfo, Europa Occidental apenas sería habitable.

Aunque un clima más cálido podría tener algunas ventajas, parece casi seguro que un trastorno de esta magnitud haría que Estados Unidos, y el mundo en su conjunto, fuese más pobre de lo que lo sería en otras circunstancias. ¿Cuánto más pobre? Si la nuestra fuese una sociedad preindustrial y principalmente agrícola, el cambio climático radical sería evidentemente catastrófico. Pero tenemos una economía avanzada, del tipo que históricamente ha demostrado tener gran capacidad para adaptarse a circunstancias cambiantes. Si esto suena parecido a mi argumento sobre que los costes de los límites de las emisiones serían soportables, así debe ser: la misma flexibilidad que debería permitirnos soportar unos precios del carbono mucho más altos también debería ayudarnos a hacer frente a una temperatura media algo más alta.

Pero hay al menos dos motivos para tomarse con precaución las valoraciones positivas de las consecuencias del cambio climático. Uno es que, como acabo de señalar, no se trata sólo de tener un clima más cálido: muchos de los costes del cambio climático es probable que se deban a las sequías, las inundaciones y las tormentas fuertes. El otro es que, mientras que las economías modernas pueden ser enormemente adaptables, a los ecosistemas puede que no les suceda lo mismo. La última vez que la Tierra experimentó un calentamiento cuyo ritmo era similar al que ahora esperamos fue durante el máximo térmico del Paleoceno-Eoceno, hace unos 55 millones de años, cuando las temperaturas aumentaron unos seis grados centígrados en el transcurso de unos 20.000 años (lo cual es un ritmo mucho más lento que el del calentamiento actual). Esa subida estuvo unida a extinciones masivas, lo cual, por decirlo suavemente, probablemente no sería bueno para el nivel de vida.

De modo que, ¿cómo podemos ponerle un precio a los efectos del calentamiento global? Los cálculos más citados, como los del Modelo Dinámico Integrado de Clima y Economía, conocido como DICE por sus siglas en inglés y empleado por William Nordhaus, de Yale, y sus compañeros, dependen de unas elaboradas conjeturas para atribuir un valor a los efectos negativos del calentamiento global para algunos sectores cruciales, especialmente la agricultura y la protección costera, y luego tratar de dejar cierto margen para otras posibles repercusiones. Nordhaus ha sostenido que un aumento de la temperatura mundial de 2,5 grados centígrados -que era antes la previsión aceptada para 2100- reduciría el producto mundial bruto en algo menos del 2%. ¿Pero qué pasaría si, como indica un número cada vez mayor de modelos, el aumento real de la temperatura fuese el doble? Nadie sabe realmente cómo hacer esa extrapolación. Acierte o no, el modelo de Nordhaus calcula que las pérdidas debidas a un aumento de cinco grados serían de alrededor del 5% del producto bruto mundial. Sin embargo, muchos críticos han sostenido que el coste sería mucho más alto.

A pesar de la incertidumbre, resulta tentador hacer una comparación directa entre las pérdidas calculadas y los cálculos de lo que costarían las políticas climáticas: el cambio climático reducirá el producto mundial bruto en un 5%; detenerlo costará el 2%, así que, adelante. Desgraciadamente, los cálculos no son tan sencillos por al menos cuatro motivos.

Primero, ya se está cociendo un considerable calentamiento global como consecuencia de las emisiones del pasado y porque, incluso con unas medidas fuertes contra el cambio climático, lo más probable es que la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera siga aumentando durante muchos años. Por tanto, incluso si los países de todo el mundo consiguen frenar el cambio climático, seguiremos teniendo que pagar por nuestra falta de actuación inicial. Como consecuencia, los cálculos de las pérdidas de Nordhaus pueden superar a los beneficios de la actuación.

Segundo, los costes económicos de los límites de las emisiones empezarían a producirse en cuanto la política entrase en vigor y, según la mayoría de las propuestas, serían considerables dentro de unos 20 años. Por otra parte, si no actuamos, los grandes costes probablemente llegarían a finales de este siglo (aunque algunas cosas, como la transformación del suroeste de Estados Unidos en una zona desértica, podrían llegar mucho antes). Así que la forma de comparar esos costes depende de cómo se valoren los costes en el futuro lejano en relación con los costes que se presentarán mucho antes.

Tercero, y yendo en dirección contraria, si no tomamos medidas, el calentamiento global no se detendrá en 2100: las temperaturas, y las pérdidas, seguirán aumentando. De modo que si uno le da importancia al futuro muy, muy lejano, las razones para actuar son más sólidas de lo que incluso los cálculos para 2100 dan a entender.

Por último, está el importantísimo problema de la incertidumbre. No sabemos a ciencia cierta la magnitud del cambio climático, lo cual es inevitable, porque hablamos de alcanzar niveles de dióxido de carbono en la atmósfera que no se han visto en millones de años. La reciente duplicación de las cifras previstas para 2100 por muchos modelos es en sí misma una muestra del alcance de esa incertidumbre; quién sabe qué revisiones podrían producirse en los próximos años. Aparte de eso, nadie sabe realmente cuánto daño causaría un aumento de las temperaturas del calibre que ahora se considera probable.

Podrían pensar que esta incertidumbre debilita el argumento en favor de la actuación, pero en realidad lo refuerza. Como ha sostenido Martin Weitzman, de Harvard, en varios artículos influyentes, si hay una posibilidad significativa de que se produzca una catástrofe absoluta, esa posibilidad -más que la cuestión de qué es más probable que suceda- debería dominar los cálculos de los costes frente a los beneficios. Y la de la catástrofe absoluta sí que parece una posibilidad realista, aun cuando no sea el resultado más probable.

Weitzman sostiene -y yo estoy de acuerdo- que este riesgo de una catástrofe, más que los detalles de los cálculos de los costes frente a los beneficios, es el argumento más poderoso a favor de una política climática rigurosa. Las previsiones actuales sobre el calentamiento global en ausencia de medidas para combatirlo están demasiado cerca de las clases de cifras que se asocian a las peores de las perspectivas. Sería irresponsable -resulta tentador decir que criminalmente irresponsable- no alejarse de lo que muy fácilmente podría resultar ser el borde de un precipicio.

Aun así, eso abre un gran debate sobre la velocidad de las actuaciones.

LA RAMPA CONTRA EL 'BIG BANG'
Los economistas que analizan las políticas climáticas coinciden en algunos puntos clave. Hay un amplio consenso en cuanto a que tenemos que poner precio a las emisiones de carbono, y que este precio debe terminar siendo muy alto, pero que los efectos económicos negativos de esta política tendrán una magnitud abarcable. En otras palabras, podemos y debemos actuar para limitar el cambio climático. Pero hay un debate encarnizado entre los analistas expertos respecto al ritmo, la rapidez con que los precios del carbono deben subir hasta niveles significativos.

Por una parte están los economistas que llevan muchos años trabajando en los llamados modelos de evaluación integrada, que combinan modelos de cambio climático con modelos que describen tanto el daño debido al calentamiento global como los costes debidos al recorte de las emisiones. En su mayor parte, el mensaje de estos economistas es una especie de versión para el cambio climático de la famosa plegaria de san Agustín: "Dame castidad y continencia, pero no ahora". Así, el modelo DICE de Nordhaus afirma que el precio de las emisiones de carbono subirá finalmente hasta más de 200 dólares por tonelada, en la práctica más del cuádruple del coste del carbón, pero que la mayor parte de ese aumento debería llegar a finales de este siglo, y que la mucho más modesta tasa inicial debería ser de 30 dólares por tonelada. Nordhaus llama "rampa de la política climática" a esta recomendación de una política que se intensifica poco a poco durante un largo periodo.

Por otra parte, hay algunos más recientemente llegados al campo que trabajan con modelos similares, pero que llegan a conclusiones diferentes. El más conocido, Nicholas Stern, un economista de la London School of Economics, defendía en 2006 una actuación rápida y agresiva para limitar las emisiones, lo que muy probablemente conllevaría unos precios del carbono mucho más altos. Esta postura alternativa no parece tener un nombre consensuado, así que permítanme llamarla "big bang de la política climática".

Me resulta más fácil encontrarles el sentido a los argumentos si pienso en las políticas para reducir las emisiones de carbono como en una especie de proyecto de inversión pública: uno paga un precio ahora y obtiene unos beneficios en forma de un planeta menos dañado más tarde. Y cuando digo más tarde, me refiero a mucho más tarde; las emisiones de hoy influirán sobre la cantidad de carbono en la atmósfera durante décadas y posiblemente siglos futuros. Así que si quieren evaluar si merece la pena hacer una inversión determinada en la reducción de las emisiones tienen que calcular el daño que hará una tonelada adicional de carbono en la atmósfera no sólo este año, sino dentro de un siglo o más; y también tienen que decidir cuánta importancia le atribuyen a un daño que tardará mucho tiempo en materializarse.

Los defensores de la política rampa sostienen que el daño hecho por una tonelada adicional de carbono en la atmósfera es bastante bajo con las concentraciones actuales; el coste no será realmente grande hasta que haya mucho más dióxido de carbono en el aire, y eso no sucederá hasta finales de este siglo. Y sostienen que unos costes tan lejanos en el tiempo no deberían tener una gran influencia sobre la política actual. Señalan los tipos de rendimiento del mercado, que indican que los inversores dan poca importancia a los beneficios o pérdidas que experimentarán en un futuro lejano, y argumentan que las políticas oficiales, incluidas las políticas climáticas, deberían hacer lo mismo.

Los defensores del big bang sostienen que el Gobierno debería tener mucha más perspectiva que los inversores privados. Stern, concretamente, defiende que los responsables políticos deberían dar la misma importancia al bienestar de las generaciones futuras que al de las actuales. Además, los defensores de la acción rápida sostienen que el daño debido a las emisiones podría ser mucho mayor de lo que indican los análisis de la política rampa, ya sea porque las temperaturas globales son más sensibles a las emisiones de efecto invernadero de lo que se creía, o porque el daño económico debido a una gran subida de las temperaturas es mucho mayor de lo que afirman los cálculos aproximados de los modelos rampa.

Como economista profesional, este debate me resulta doloroso. Hay personas inteligentes y bienintencionadas en ambos lados -algunos de ellos, como suele ocurrir, viejos amigos y mentores míos-, y ambos lados se han apuntado algunos tantos importantes. Desgraciadamente, no podemos declarar un empate honorable, porque hay que tomar una decisión.

Personalmente, me inclino por la opinión del big bang. El argumento moral de Stern a favor de amar a las generaciones no nacidas igual que nos amamos a nosotros mismos puede resultar demasiado fuerte, pero se puede argumentar convincentemente que la política pública debe tener una perspectiva mucho más amplia que la de los mercados privados. Y lo que es más importante, las recomendaciones de la política rampa se parecen demasiado a la realización de un experimento muy arriesgado con el planeta entero. La política preferida por Nordhaus, por ejemplo, estabilizaría la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera a un nivel que es aproximadamente el doble de la media preindustrial. Según su modelo, esto sólo tendría unas consecuencias moderadas para el bienestar mundial; ¿pero hasta qué punto podemos confiar en esto? ¿Cómo podemos estar seguros de que esta clase de cambios en el medio ambiente no conduciría a una catástrofe? No lo bastante seguros, diría yo, especialmente porque, como he señalado antes, los creadores de modelos climáticos han elevado radicalmente sus cifras aproximadas de calentamiento futuro en tan sólo los dos últimos años.

Así que, básicamente, me quedo con el argumento de Martin Weitzman: la probabilidad no insignificante de un desastre absoluto es la que debe dominar nuestro análisis político. Y eso es un argumento a favor de las medidas agresivas para frenar las emisiones ya.

LA ATMÓSFERA POLÍTICA
Como he mencionado, la Cámara de Representantes de Estados Unidos ya ha aprobado el proyecto de ley Waxman-Markey, una legislación bastante sólida destinada a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. No es tan radical como lo que proponen los defensores del big bang, pero sus medidas parecen más rápidas que las propuestas por la política rampa. Pero la votación de la ley Waxman-Markey que se celebró el pasado junio puso de manifiesto la clara división que existe en el Congreso. Tan sólo 8 republicanos votaron a favor, mientras que 44 demócratas votaron en contra. Y todo indica que no se aprobaría si tuviese que ser sometido a votación hoy.

Las perspectivas en el Senado, donde hacen falta 60 votos para que se aprueben la mayoría de las leyes, son aún peores. Algunos senadores demócratas, representantes de Estados agrícolas y productores de energía, han hecho declaraciones en contra del sistema de tope y trueque (la agricultura estadounidense moderna es una gran consumidora de energía). En el pasado, algunos senadores republicanos han apoyado el tope y trueque. Pero con el partidismo en auge, la mayoría de ellos ha cambiado de tono. El cambio de actitud más sorprendente ha sido el de John McCain, que tuvo un papel protagonista en la promoción del tope y trueque y presentó un proyecto de ley similar al de Waxman-Markey en 2003. Hoy, McCain desprecia la idea en sí llamándola "tope e impuesto", para consternación de sus ex ayudantes.

Ah, y un invierno muy nevado en la Costa Este de Estados Unidos les ha brindado a los escépticos del cambio climático una buena oportunidad, aun cuando a escala mundial éste ha sido uno de los inviernos más cálidos que se han registrado.

Por tanto, las perspectivas inmediatas de las actuaciones climáticas no parecen prometedoras, a pesar del esfuerzo constante de tres senadores -Kerry, Lieberman y Graham- por presentar una propuesta negociada. (Tienen previsto presentar una ley a finales de este mes). Pero el problema no va a desaparecer. Es bastante probable que las temperaturas récord que el mundo situado fuera de Washington ha conocido en lo que llevamos de año continúen, lo que privaría a los escépticos de uno de sus principales argumentos. Y en un sentido más general, dados los vaivenes de la política estadounidense en los últimos años -desde 2005, la creencia generalizada ha pasado del dominio republicano permanente al dominio demócrata permanente y a Dios sabe qué-, tiene que haber una posibilidad real de que renazca el apoyo político a la actuación contra el cambio climático.

Si lo hace, el análisis económico estará preparado. Sabemos cómo limitar las emisiones de gases de efecto invernadero. Tenemos un buen conocimiento de los costes, y son asumibles. Todo lo que necesitamos ahora es la voluntad política. -

PAUL KRUGMAN 25/04/2010
Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008. © New York Times Service. Traducción de News Clips.
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El Vivir Bien, el modelo que busca implementar el gobierno de Evo Morales, se puede resumir como el vivir en armonía con la naturaleza, algo que retomaría los principios ancestrales de las culturas de la región. Éstas considerarían que el ser humano pasa a un segundo plano frente al medio ambiente.

El canciller David Choquehuanca y uno de los estudiosos aymaras de ese modelo y experto en cosmovisión andina, conversó con La Razón durante una hora y media y explicó los detalles de estos principios reconocidos en el artículo 8 de la Constitución Política del Estado (CPE)

“Queremos volver a Vivir Bien, lo que significa que ahora empezamos a valorar nuestra historia, nuestra música, nuestra vestimenta, nuestra cultura, nuestro idioma, nuestros recursos naturales, y luego de valorar hemos decidido recuperar todo lo nuestro, volver a ser lo que fuimos”.

El artículo 8 de la CPE establece que: “El Estado asume y promueve como principios ético–morales de la sociedad plural: ama qhilla, ama llulla, ama suwa (no seas flojo, no seas mentiroso ni seas ladrón), suma qamaña (vivir bien), ñandereko (vida armoniosa), teko kavi (vida buena), ivi maraei (tierra sin mal) y qhapaj ñan (camino o vida noble).

El Canciller marcó distancia con el socialismo y más aún con el capitalismo. El primero busca satisfacer las necesidades del hombre y para el capitalismo lo más importante es el dinero y la plusvalía.

Según D. Choquehuanca el Vivir Bien es un proceso que recién comienza y que poco a poco se irá masificando.

“Para los que pertenecemos a la cultura de la vida lo más importante no es la plata ni el oro, ni el hombre, porque él está en el último lugar. Lo más importante son los ríos, el aire, las montañas, las estrellas, las hormigas, las mariposas (...) El hombre está en último lugar, para nosotros, lo más importante es la vida”.

En las culturas

Aymara • Antiguamente los pobladores de las comunidades aymaras en Bolivia aspiraban a ser qamiris (personas que viven bien).

Quechuas • De igual manera las personas de esta cultura anhelaban ser un qhapaj (gente que vive bien). Un bienestar que no es el económico.

Guaraníes • El guaraní siempre aspira a ser una persona que se mueve en armonía con la naturaleza, es decir que espera algun día ser iyambae.

El Vivir Bien da prioridad a la naturaleza antes que al humano

Éstas son las características que poco a poco se implementarán en el nuevo Estado Plurinacional.

Priorizar la vida

Vivir Bien es buscar la vivencia en comunidad, donde todos los integrantes se preocupan por todos. Lo más importante no es el humano (como plantea el socialismo) ni el dinero (como postula el capitalismo), sino la vida. Se pretende buscar una vida más sencilla. Sea el camino de la armonía con la naturaleza y la vida, con el objetivo de salvar el planeta y da prioridad a la humanidad.

Llegar a acuerdos en consenso

Vivir Bien es buscar el consenso entre todos, lo que implica que aunque las personas tengan diferencias, al momento de dialogar se llegue a un punto neutral en el que todas coincidan y no se provoquen conflictos. “No estamos en contra de la democracia, pero lo que haremos es profundizarla, porque en ella existe también la palabra sometimiento y someter al prójimo no es vivir bien”, aclaró el canciller David Choquehuanca.

Respetar las diferencias

Vivir Bien es respetar al otro, saber escuchar a todo el que desee hablar, sin discriminación o algún tipo de sometimiento. No se postula la tolerancia, sino el respeto, ya que aunque cada cultura o región tiene una forma diferente de pensar, para vivir bien y en armonía es necesario respetar esas diferencias. Esta doctrina incluye a todos los seres que habitan el planeta, como los animales y las plantas.

Vivir en complementariedad

Vivir Bien es priorizar la complementariedad, que postula que todos los seres que viven en el planeta se complementan unos con otros. En las comunidades, el niño se complementa con el abuelo, el hombre con la mujer, etc. Un ejemplo planteado por el Canciller especifica que el hombre no debe matar a las plantas, porque ellas complementan su existencia y ayudan a que aquél sobreviva.

Equilibrio con la naturaleza

Vivir Bien es llevar una vida de equilibrio con todos los seres dentro de una comunidad. Al igual que a la democracia, a la justicia también se la considera excluyente, según el canciller David Choquehuanca, porque sólo toma en cuenta a las personas dentro de una comunidad y no a lo que es más importante: la vida y la armonía del hombre con la naturaleza. Es por eso que Vivir Bien aspira a tener una sociedad con equidad y sin exclusión.

Defender la identidad

Vivir Bien es valorar y recuperar la identidad. Dentro del nuevo modelo, la identidad de los pueblos es mucho más importante que la dignidad. La identidad implica disfrutar plenamente una vida basada en valores que se han resistido por más de 500 años (desde la conquista española) y que han sido legados por las familias y comunidades que vivieron en armonía con la naturaleza y el cosmos.

Uno de los objetivos principales del Vivir Bien es retomar la unidad de todos los pueblos

El ministro de Relaciones Exteriores, David Choquehuanca explicó que el saber comer, beber, danzar, comunicarse y trabajar son también algunos aspectos fundamentales

Aceptar las diferencias

Vivir Bien es respetar las semejanzas y diferencias entre los seres que viven en el mismo planeta. Va más allá del concepto de la diversidad .”No hay unidad en la diversidad, sino es semejanza y diferencia, porque cuando se habla de diversidad sólo habla de las personas”, dice el Canciller. Este planteamiento se traduce en que los seres semejantes o diferentes jamás deben lastimarse.

Priorizar derechos cósmicos

Vivir Bien es dar prioridad a los derechos cósmicos antes que a los Derechos Humanos. Cuando el Gobierno habla de cambio climático, también se refiere a los derechos cósmicos, asegura el Ministro de Relaciones Exteriores. “Por eso el Presidente (Evo Morales) dice que va a ser más importante hablar sobre los derechos de la madre tierra que hablar sobre los derechos humanos”.

Saber comer

Vivir Bien es saber alimentarse, saber combinar las comidas adecuadas a partir de las estaciones del año (alimentos según la época). El ministro de Relaciones Exteriores, David Choquehuanca, explica que esta consigna debe regirse en base a la práctica de los ancestros que se alimentaban con un determinado producto durante toda una estación. Comenta que alimentarse bien garantiza la salud.

Saber beber

Vivir Bien es saber beber alcohol con moderación. En las comunidades indígenas cada fiesta tiene un significado y el alcohol está presente en la celebración, pero se lo consume sin exagerar o lastimar a alguien. “Tenemos que saber beber, en nuestras comunidades teníamos verdaderas fiestas que estaban relacionadas con las épocas estacionales. No es ir a una cantina y envenenarnos con cerveza y matar las neuronas”.

Saber danzar

Vivir Bien es saber danzar, no simplemente saber bailar. La danza se relaciona con algunos hechos concretos como la cosecha o la siembra. Las comunidades continúan honrando con danza y música a la Pachamama, principalmente en épocas agrícolas; sin embargo, en las ciudades las danzas originarias son consideradas como expresiones folclóricas. En la nueva doctrina se renovará el verdadero significado del danzar.

Saber trabajar

Vivir Bien es considerar el trabajo como fiesta. “El trabajo para nosotros es felicidad”, dice el canciller David Choquehuanca, quien recalca que a diferencia del capitalismo donde se paga para trabajar, en el nuevo modelo del Estado Plurinacional, se retoma el pensamiento ancestral de considerar el trabajo como una fiesta. Es una forma de crecimiento, por eso en las culturas indígenas se trabaja desde pequeños.

Retomar el abya laya

Vivir Bien es promover que los pueblos se unan en una gran familia. Para el Canciller, esto implica que todas las regiones del país se reconstituyan en lo que ancestralmente se consideró como una gran comunidad. “Esto se tiene que extender a todos los países, es por eso que vemos buenas señales de presidentes que están en la tarea de unir a todos los pueblos y volver ser el Abya Laya que fuimos”.

Reincorporar la agricultura

Vivir Bien es reincorporar la agricultura a las comunidades. Parte de esta doctrina del nuevo Estado Plurinacional es recuperar las formas de vivencia en comunidad, como el trabajo de la tierra, cultivando productos para cubrir las necesidades básicas para la subsistencia. En este punto se hará la devolución de tierras a las comunidades, de manera que se generen las economías locales.

Saber comunicarse

Vivir Bien es saber comunicarse. En el nuevo Estado Plurinacional se pretende retomar la comunicación que existía en las comunidades ancestrales. El diálogo es el resultado de esta buena comunicación que menciona el Canciller. “Tenemos que comunicarnos como antes nuestros padres lo hacían,y resolvían los problemas sin que se presenten conflictos, eso no lo tenemos que perder”.

El Vivir Bien no es “vivir mejor” como plantea el capitalismo

Entre los preceptos que establece el nuevo modelo del Estado Plurinacional, figuran el control social, la reciprocidad y el respeto a la mujer y al anciano.

Control social

Vivir Bien es realizar un control obligatorio entre los habitantes de una comunidad. “Este control es diferente al propuesto por la Participación Popular, que fue rechazado (por algunas comunidades) porque reduce la verdadera participación de las personas”, dijo el canciller Choquehuanca. En los tiempos ancestrales, “todos se encargaban de controlar las funciones que realizaban sus principales autoridades”.

Trabajar en reciprocidad

Vivir Bien es retomar la reciprocidad del trabajo en las comunidades. En los pueblos indígenas esta práctica se denomina ayni, que no es más que devolver en trabajo la ayuda prestada por una familia en una actividad agrícola, como la siembra o la cosecha. “Es uno más de los principios o códigos que nos garantizarán el equilibrio frente a las grandes sequías”, explica el Ministro de Relaciones Exteriores.

No robar y no mentir

Vivir Bien es basarse en el ama sua y ama qhilla (no robar y no mentir, en quechua ). Es uno de los preceptos que también están incluidos en la nueva Constitución Política del Estado y que el Presidente prometió respetar. De igual manera, para el Canciller es fundamental que dentro de las comunidades se respeten estos principios para lograr el bienestar y confianza en sus habitantes. “Todos son códigos que se deben seguir para que logremos vivir bien en el futuro”.

Proteger las semillas

Vivir Bien es proteger y guardar las semillas para que en un futuro se evite el uso de productos transgénicos. El libro “Vivir Bien, como respuesta a la crisis global”, de la Cancillería de Bolivia, especifica que una de las características de este nuevo modelo es el de preservar la riqueza ancestral agrícola con la creación de bancos de semillas que eviten la utilización de transgénicos para incrementar la productividad, porque se dice que esta mezcla con químicos daña y acaba con las semillas milenarias.

Respetar a la mujer

Vivir Bien es respetar a la mujer, porque ella representa a la Pachamama, que es la Madre Tierra poseedora de dar vida y cuidar a todos sus frutos. Por estas razones, dentro de las comunidades, la mujer es valorada y está presente en todas las actividades orientadas a la vida, la crianza, la educación y la revitalización de la cultura. Los pobladores de las comunidades indígenas valoran a la mujer como base de la organización social, porque transmiten a sus hijos los saberes de su cultura.

Vivir Bien y NO mejor

Vivir Bien es diferente al vivir mejor, que se le relaciona con el capitalismo. Para la nueva doctrina del Estado Plurinacional, vivir mejor se traduce en egoísmo, desinterés por los demás, individualismo y solamente pensar en el lucro. Considera que la doctrina capitalista impulsa la explotación de las personas para la captación de riqueza en pocas manos, mientras que el Vivir Bien apunta a una vida sencilla que mantenga una producción equilibrada.

Recuperar recursos

Vivir Bien es recuperar la riqueza natural del país y permitir que todos se beneficien de ésta de manera equilibrada y equitativa. La finalidad de la doctrina del Vivir Bien también es la de nacionalizar y recuperar las empresas estratégicas del país en el marco del equilibrio y la convivencia entre el hombre y la naturaleza en contraposición con una explotación irracional de los recursos naturales. “Ante todo se debe priorizar a la naturaleza”, agregó el Canciller.

Ejercer la soberanía

Vivir Bien es construir, desde las comunidades, el ejercicio de la soberanía en el país . Esto significa, según el libro “Vivir Bien, como respuesta a la crisis global”, que se llegará a una soberanía por medio del consenso comunal que defina y construya la unidad y la responsabilidad a favor del bien común, sin que nadie falte. En ese marco se reconstruirán las comunidades y naciones para construir una sociedad soberana que se administrará en armonía con el individuo, la naturaleza y el cosmos.

Aprovechar el agua

Vivir Bien es distribuir racionalmente el agua y aprovecharla de manera correcta. El Ministro de Relaciones Exteriores comenta que el agua es la leche de los seres que habitan el planeta. “Tenemos muchas cosas, recursos naturales, agua y por ejemplo Francia tampoco tiene la cantidad de agua ni la cantidad de tierra que hay en nuestro país, pero vemos que no hay ningún Movimiento Sin Tierra, así que debemos valorar lo que tenemos y preservarlo lo más posible, eso es Vivir Bien”.

Escuchar a los mayores

Vivir Bien es leer las arrugas de los abuelos para poder retomar el camino. El Canciller destaca que una de las principales fuentes de aprendizaje son los ancianos de las comunidades, que guardan historias y costumbres que con el pasar de los años se van perdiendo. “Nuestros abuelos son bibliotecas andantes, así que siempre debemos aprender de ellos”, menciona. Por lo tanto los ancianos son respetados y consultados en las comunidades indígenas del país.

Por La Razón
Fuente: http://www.la-razon.com/versiones/20100131_006989/nota_247_946416.htm
 
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Estados Unidos y China han advertido que la 15º Conferencia de las Partes (COP15) del Convenio Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático que se reunirá en Copenhague, Dinamarca, en diciembre próximo, no logrará un acuerdo sobre las metas de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. El fracaso de la reciente reunión de Barcelona ya había hecho prever este panorama desalentador.
 
El problema es de enfoque. Todos saben que el planeta está en peligro y que si no se toman medidas radicales y efectivas, la vida desaparecerá. Pero mientras se siga viendo a la Tierra solo como el depósito de recursos para la acumulación individual, todo intento de diálogo conducirá, como máximo, a medidas paliativas y no a soluciones efectivas. De lo que se trata, entonces, es de replantear las relaciones con la naturaleza.
 
Debemos entender que la naturaleza es un ser vivo y nosotros somos parte de ella. Los pueblos indígenas dicen: “la Pachamama nos cría y nosotros la criamos a ella”. Y es que los pueblos indígenas no trabajan para la acumulación individual sino para satisfacer las necesidades de todos. Por eso el trabajo es una fiesta, una forma más de diálogo entre los miembros de la comunidad y con la naturaleza.
 
La biodiversidad –en peligro por el calentamiento global- es la mayor riqueza de este planeta y es la que dio origen a la inmensa diversidad cultural que la habita. Los seres humanos y los pueblos se formaron en su relación con ella, en su cuidado, en su crianza, en una eterna reciprocidad por los bienes que nos ofrece para sobrevivir. Pero las invasiones de Europa al Abya Yala (hoy América) y otros continentes, cortaron abruptamente estas civilizaciones que supieron vivir en armonía con la Madre Tierra durante decenas de milenios, para, en solo quinientos años de saqueo, mercantilización y depredación de la naturaleza, conducirnos al borde de un cataclismo climático global.
 
Si reconocemos a la naturaleza como un ser vivo, la hacemos sujeto de derechos. Hay un vasto movimiento social en todo el mundo que comparte la propuesta de redactar y adoptar en el seno de las Naciones Unidas una Declaración de los Derechos de la Naturaleza. Y algunos gobiernos de la región (Bolivia, Ecuador) han hecho suya esta iniciativa.
 

La ONU y el planeta

 
La preocupación por el cuidado de la naturaleza no es nueva en la comunidad internacional. En 1982, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Carta Mundial de la Naturaleza. Cinco años después, la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo emitió el Informe “Nuestro Futuro Común”, conocido como Informe Brundtland, cuyo llamado principal es precisamente a la creación de una Carta que contenga los principios fundamentales para una vida sostenible.
 
El 9 de mayo de 1992, la ONU adopta la Convención Marco sobre el Cambio Climático, que entró en vigencia en 1994. Ese mismo año, en Río de Janeiro, Brasil, se reúne la primera Conferencia sobre Medio Ambiente y Desarrollo, que dio lugar a la Agenda 21, un Plan de Acción que los Estados deberían llevar a cabo para transformar el modelo de desarrollo actual, basado en una explotación de los recursos naturales como si fuesen ilimitados y en un acceso desigual a sus beneficios, en un nuevo modelo de desarrollo que satisfaga las necesidades de las generaciones actuales sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras. Diez años después se reúne la segunda Conferencia en Johannesburgo, Sudáfrica.
 
 Entre ambas conferencias, conocidas como “Cumbres de la Tierra”, los países industrializados se reúnen el 11 de diciembre de 1997 en Kioto, Japón, y se comprometen a ejecutar un conjunto de medidas para reducir los gases de efecto invernadero, fijándose metas hasta el año 2012. Estados Unidos retiró su firma de este documento, llamado Protocolo de Kioto. La Cumbre de Copenhague, en diciembre, debería asumir nuevos compromisos en este campo para el 2013 en adelante, pero ya los países poderosos adelantaron que no habrá acuerdo.
 

La Carta de la Tierra

 
 Mientras todo este proceso se desarrollaba, también se iba gestando un documento que intentaba ser una Carta Magna o Constitución del planeta. Y el 29 de junio del 2000 es lanzada oficialmente la Carta de la Tierra en La Haya, Holanda. Se trata de una declaración solidaria que afirma que es posible vivir y disfrutar de la Tierra sin destruirla y sin causar daños a las comunidades humanas ni al conjunto de seres vivos que la habitamos. Y que reconoce y advierte que para lograrlo se necesita un cambio de mentalidad y de corazón.
 
La Carta de la Tierra está estructurada en cuatro principios angulares que contienen 16 principios generales, a saber:
 
I. Respeto y cuidado de la vida.
 
1. Respetar la Tierra y la vida en toda su diversidad.
2. Cuidar la comunidad de la vida con entendimiento, compasión y amor.
3. Construir sociedades democráticas que sean justas, participativas, sostenibles y pacíficas.
4. Asegurar que los frutos y la belleza de la Tierra se preserven para las generaciones presentes y futuras.
 
II. Integridad ecológica
 
5. Proteger y restaurar la integridad de los sistemas ecológicos de la Tierra, con especial preocupación por la diversidad biológica y los procesos naturales que sustentan la vida.
6. Evitar dañar como el mejor método de protección ambiental y, cuando el conocimiento sea limitado, proceder con precaución.
7. Adoptar patrones de producción, consumo y reproducción que salvaguarden las capacidades regenerativas de la Tierra, los derechos humanos y el bienestar comunitario.
8. Impulsar el estudio de la sostenibilidad ecológica y promover el intercambio abierto y la extensa aplicación del conocimiento adquirido.
 
III. Justicia social y económica
 
9. Erradicar la pobreza como un imperativo ético, social y ambiental.
10. Asegurar que las actividades e instituciones económicas, a todo nivel, promuevan el desarrollo humano de forma equitativa y sostenible.
11. Afirmar la igualdad y equidad de género como prerrequisitos para el desarrollo sostenible y asegurar el acceso universal a la educación, el cuidado de la salud y la oportunidad económica.
12. Defender el derecho de todos, sin discriminación, a un entorno natural y social que apoye la dignidad humana, la salud física y el bienestar espiritual, con especial atención a los derechos de los pueblos indígenas y las minorías.

IV. Democracia, no violencia y paz
 
13. Fortalecer las instituciones democráticas en todos los niveles y brindar transparencia y rendimiento de cuentas en la gobernabilidad, participación inclusiva en la toma de decisiones y acceso a la justicia.
14. Integrar en la educación formal y en el aprendizaje a lo largo de la vida, las habilidades, el conocimiento y los valores necesarios para un modo de vida sostenible.
15. Tratar a todos los seres vivientes con respeto y consideración.
16. Promover una cultura de tolerancia, no violencia y paz.

Así, en resumen, la Carta de la Tierra muestra que la protección del medio ambiente, los derechos humanos, el desarrollo equitativo de los pueblos y la paz son interdependientes e indivisibles. Todos los problemas están relacionados: los ambientales, los sociales, los económicos, los políticos y los culturales, lo cual invita a promover soluciones que los tengan en cuenta conjuntamente.[]
 

Derechos de la Pachamama

 
 ¿Por qué no retomar estos principios para, a partir de la Carta de la Tierra, redactar y aprobar una Declaración de los Derechos de la Naturaleza? El cambio de mentalidad y de corazón es posible, como decíamos al inicio: basta con dejar de ver el planeta como un depósito de recursos para ser saqueados, mercantilizados y servir al enriquecimiento de unos pocos. Basta con volver a la armonía con nuestra Pachamama. Se trata, sencillamente, de defender la vida, toda la vida, con sus riquísimas diversidades biológicas y culturales.
 
El año que termina ha sido rico para el movimiento indígena en este camino. En mayo se reunió en Puno la IV Cumbre de Nacionalidades y Pueblos Indígenas del Abya Yala, que tomó tres acuerdos centrales para difundir las demandas y propuestas en torno al calentamiento global: la Minga Global por la Madre Tierra, que se realizó en octubre; la creación del Tribunal Internacional de Justicia Climática, que tuvo su primera Audiencia en Cochabamba, Bolivia, en el marco de esta Minga Global; y la realización de una cumbre paralela a la Conferencia de Copenhague en diciembre.
 
La Coordinadora Andina de Organizaciones Indígenas (CAOI), sus organizaciones integrantes y diversas organizaciones del movimiento social del continente, Europa y otras latitudes, participarán en esta Cumbre Alternativa, en cuyo marco se desarrollará una nueva Audiencia del Tribunal Internacional de Justicia Climática.
 
 Como hijos de la Madre Naturaleza, la adopción de una Declaración de sus Derechos forma parte central de nuestra agenda.
 
- Norma Aguilar Alvarado, Área de Comunicaciones
Coordinadora Andina de Organizaciones Indígenas - CAOI
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Miércoles, 28 Octubre 2009 10:07

Jugando con los electrones

¿Descubrimos o inventamos las leyes de la naturaleza...? ¿Y creamos los objetos de la naturaleza en el laboratorio? Esa es la discusión que cifra el misterio de la ciencia. Aprovecha el jinete un congreso de bacterias lácticas al que fue invitado para hablar de Darwin.

–Aparentemente, usted no es ferroviario ni polígrafo...

–¿Y eso a qué viene?

–Mire, no tengo idea... tal vez antes que a usted estuve entrevistando a un ferroviario, o a un polígrafo, pero la verdad es que no me acuerdo, así que lo tenemos que aceptar como viene.

–Y bueno...

–Y tengo otra mala noticia: no me mandaron las fotos de Tucumán, así que voy a poner otra ilustración cualquiera.

–Bueno, si no hay más remedio... le cuento: sigo en mi profesión a mi padre, que también era doctor en Química y profesor de la Universidad de Tucumán. Yo también doy clases allí, en la Facultad de Bioquímica, Química y Farmacia. Allí hice mi carrera, el doctorado lo hice en la Universidad de La Plata y luego ingresé a la carrera de investigador del Conicet. Actualmente soy investigador principal y fui designado el año pasado como director interino del primer instituto de investigaciones químicas del Conicet en Tucumán: el Inquinoa (Instituto de Química del Noroeste Argentino), que agrupa varias líneas de investigación que se vienen llevando a cabo hace varios años en la Universidad de Tucumán.

–Eso es lo formal. ¿Vamos a la ciencia?

–Adelante.

–Cuénteme en qué consiste su investigación concreta.

–Mi tema de investigación se refiere a química de compuestos de coordinación, es decir, química de sustancias inorgánicas que tienen en su estructura metales de transición, elementos de la tabla periódica que les confieren propiedades particulares a estos elementos.

–¿Por ejemplo?

–Uno de ellos, al que estamos abocados casi todos los que nos dedicamos a esto, es la conversión de energía. Uno puede utilizar, actualmente, un complejo artificial para reproducir pasos primarios de la fotosíntesis, es decir, poder convertir energía luminosa o energía solar en energía eléctrica o química.

–A ver, cuénteme ese proceso.

–Está basado en lo que Einstein estudió hace muchos años, y por eso se lo considera el padre de la fotoquímica (a pesar de que en realidad era físico). Se trata del efecto fotoeléctrico, por el cual ganó el Premio Nobel de Física. Llega un fotón a la superficie de un material, que eyecta un electrón. En el caso de estos complejos que estudiamos, lo que es conocido y está transferido tecnológicamente, es fabricar un panel solar, donde se pone un semiconductor (como dióxido de titanio), una sustancia transparente que no absorbe luz visible. Sobre este semiconductor se pega uno de estos complejos coloreados que absorbe mucha luz visible. Hay que saber diseñar estos compuestos, pero no es a lo que nosotros nos dedicamos.

–¿...?

–Nosotros nos dedicamos más a la síntesis y estudio de propiedades, no a la transferencia tecnológica. Cuando llega el fotón, le decía, eyecta un electrón del complejo, que toma un estado excitado. Ese electrón entra en la capa de conducción del dióxido de titanio. Si ese dióxido de titanio se conecta a un circuito eléctrico, uno puede obtener inmediatamente corriente eléctrica.

–A ver si entiendo. Nosotros tenemos una capa molecular de dióxido de titanio, recubierta con un complejo. El complejo, a su vez, tiene un fotosensibilizador.

–Claro, su función es la de antena. Recibe el fotón, se excita y libera un electrón.

–¿Y ese electrón adónde va?

–Esa energía promueve un electrón de su estado fundamental a un orbital más alto. Desde ese nuevo orbital se puede transferir al dióxido de titanio, que se conecta a un cable y de ahí se obtiene la energía eléctrica. Es lo que se llama una transferencia electrónica del fotosensibilizador al semiconductor.

–Ese sería el tema general. Vayamos un poco más a lo micro.

–Nosotros lo que tratamos de hacer es sintetizar compuestos nuevos, intentando encontrar propiedades físico-químicas interesantes con miras a convertir en energía. También podrían utilizarse como sensores moleculares. Hay muchos compuestos, por ejemplo, cuya absorción UV visible cambia con el PH de la solución, con su contenido ácido. Uno podría usar eso como sensor de contaminante ambiental.

–Cuando usted sintetiza un compuesto que no existe en la naturaleza, llamémoslo X, ¿está descubriendo algo o fabricando algo?

–Uno fabrica y encuentra algo nuevo.

–Hay un inconveniente allí. Si yo llego a sintetizar algo que no existe en la naturaleza, tengo que reconocer por lo menos que ese complejo es algo posible (si no lo fuera, no lo podría haber diseñado). En ese sentido, le pregunto: al crear algo que solamente es posible porque las leyes de la naturaleza lo permiten, ¿está fabricando o está descubriendo?

–Insisto: creo que ambas cosas. El químico inorgánico se diferencia un poquito del físico-químico en que este último se dedica más bien a hacer mediciones y a encontrar propiedades nuevas de compuestos ya conocidos. El inorgánico hace algo de físico-química, pero además sintetiza en su laboratorio algo que es nuevo, es un descubrimiento.

–Pero usted está enriqueciendo la naturaleza con cosas que no existían...

–Pero que la naturaleza permite. Hoy se conocen más de un millón de compuestos químicos sintetizados en la naturaleza. Y le diría que el sueño de todo químico sintético es fabricar vida en el laboratorio. Hasta ahora no ha sido hecho. Las células están hechas de moléculas y las moléculas son el objeto de estudio de la química. Si un químico es capaz de manipular moléculas y de armarlas como le plazca, es posible que él pudiera fabricar vida sintética.

–La pregunta que yo le podría hacer es la siguiente: hace poco hubo una historia con los monopolios magnéticos. Hace tiempo que los estaban buscando, pero no se encontraban por ningún lado, hasta que decidieron fabricarlos. Ahora bien, los monopolios magnéticos están predichos por la teoría. Si una teoría predice algo (que esa molécula puede existir), pero esa molécula existe y se llena sintéticamente, ese molde que permite la creación del monopolio, por ejemplo, ¿se puede decir que la naturaleza lo tenía y que lo único que faltaba era producirlo?

–Es muy interesante y muy difícil. No se lo puedo contestar, creo que requeriría una charla de horas.

–Tenemos horas.

–O de meses.

–No tenemos meses.

–Qué alivio.

–Con respecto a todas las cosas que usted utiliza teóricamente, como por ejemplo las moléculas, las uniones, los orbitales, ¿usted cree que existen en la realidad empírica o que son simples modelos?

–En principio las teorías físicas son aproximaciones a la realidad. Ahora hay métodos modernos de microscopía electrónica donde uno ya puede ver las moléculas.

–Hay algo curioso allí. Cuando uno estudia teóricamente, digamos, el electrón, se lo imagina con características de partícula, de corpúsculo. Pero en microscopio electrónico se lo percibe como una onda. Es muy raro eso, ¿no? Da la sensación de que se avanza un poco a los tumbos, sin saber bien qué son las cosas en realidad.

–Sí. Por eso le decía que son aproximaciones. Y en eso se basan todas las teorías. Su validez se apoya en los experimentos. Y eso remite a la famosa frase de Einstein que dice, aproximadamente: “Que muchos experimentos coincidan con la teoría no significa que ésta sea cierta; pero basta con que uno la refute para demostrar que la teoría es falsa”.

–Yo estoy muy interesado en el problema de la existencia de las cosas con las que se trabaja.

–Es un problema filosófico.

–Me interesan los problemas filosóficos.

–Van más allá de la química.

–Yo no creo que vayan más allá. Yo creo que la naturaleza de los objetos con los que trabajamos tiene que ver con lo que hacemos. Y una pregunta más.

–No, por favor...

–Todo lo que es físicamente o químicamente posible, ¿existe?

–...

 Por Leonardo Moledo
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Zacatecas, Zac., 30 de septiembre. Es urgente que el mundo actual cambie radicalmente la forma en que aborda y resuelve los problemas ambientales y sociales simultáneamente, porque de lo contrario, el planeta será insostenible, afirmó Mario Molina, premio Nobel de Química, en el Foro sobre Cambio Climático.

El investigador mexicano puso de ejemplo la pregunta: “¿Qué pasaría si China continúa su ritmo de desarrollo económico durante 30 años? Se acabaría la mayoría de los granos de todo el planeta”.

Ante más de tres mil estudiantes, académicos e investigadores, reunidos en el Palacio de Convenciones, donde durante dos días se debatió sobre las principales medidas que gobiernos y sociedades deberán acatar para revertir el calentamiento global, Molina dijo: “El problema es que somos 6 mil 500 millones de habitantes” y hay una depredación generalizada de los ecosistemas terrestres y marinos. Además, con las excesivas emisiones de dióxido de carbono (CO2) se está rompiendo el equilibrio climático de la Tierra.
Composición química

Explicó que además “de que la composición química de la atmósfera está cambiando por la concentración de los gases, por la quema de combustibles fósiles y por el metano, que se produce por fermentación anaeróbica”, se ha encontrado otro gas: el óxido nitroso, que se produce por los fertilizantes químicos, los cuales es urgente sustituir, por ejemplo, con biofertilizantes.

Agregó que aunque el cambio climático responde a distintos factores y tiene variables dinámicas complejas, hay más de 95 por ciento de probabilidad de que ocurra “a causa del cambio de composición química” de la atmósfera.

Molina se refirió a “la idea de la tragedia de los comunes: hay un bien público que es el que afectamos: el planeta; estamos acabando con él. Todos salimos perdiendo”.

Concluyó: “El reto enorme es asegurar que esas tres cuartas partes de la población tengan un nivel de vida adecuado, sin dañar el medio ambiente”.

Por Alfredo Valadez Rodríguez, corresponsal
 

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Miércoles, 01 Abril 2009 06:29

Luz, electrones, fotones y contaminación

–Usted trabaja con fotoquímica y contaminación atmosférica. ¿Por qué no me cuenta un poco de qué se trata esto?
–Le cuento un poco la historia. Hice primero una tesis en La Plata sobre la fotoquímica de reacciones entre gases (moléculas como en la atmósfera, pero en un recipiente cerrado). La fotoquímica es, en realidad, el estudio de las reacciones químicas que tienen que ver con la luz: yo fui pasando por distintas etapas hasta que finalmente me dediqué a la fotoquímica de sólidos, o sistemas organizados.
 
–¿Y qué es lo que está haciendo ahora?
–Dos cosas. Por un lado, el estudio de reacciones que ocurren con luz en medios organizados u ordenados y, por el otro, estudiamos las reacciones químicas que ocurren en la atmósfera mediante trabajos de campo: medimos la concentración de contaminantes y tratamos de hacer modelos para predecir cómo va a seguir la cosa y cómo se puede mejorar. Eso me lleva, prácticamente, a mis orígenes: partí de las relaciones entre gases y volví a las relaciones entre gases. Son dos proyectos completamente diferentes. Las actividades nuestras en química atmosférica son bastante conocidas. Pero no es nuestra línea principal de investigación.
 
–¿Y de qué prefiere hablar?
–De lo que tiene menos prensa...
 
–Hablemos entonces de la luz y de los sólidos...
–El ejemplo paradigmático de la acción de la luz sobre sistemas organizados es la fotosíntesis: en ella tenemos luz que se irradia sobre las hojas, que contienen clorofila y otros pigmentos que se organizan para absorber la luz y la canalizan al centro de reacción. Luego, a través de la acción de ese centro, la luz se transforma en hidratos de carbono, etcétera, etcétera. Si bien esta es la acción paradigmática, no es la que nosotros estudiamos. Tomamos algunos elementos de esa fotosíntesis para crear sistemas artificiales que nos permitan aprovechar la luz solar para producir ciertas sustancias. Por ejemplo: hay un tratamiento de cáncer, que es la terapia fotodinámica, que se basa en la introducción de un colorante en el organismo y la irradiación en la zona donde está el cáncer. El colorante en general se introduce en forma sistémica y luego se lo focaliza en la zona en la que está el cáncer, de tal manera que cuando el colorante que se acumuló allí absorbe luz, se excita. El colorante es muy reactivo, de tal manera que se destruyen las células efectivamente.
 
–¿Es una terapia que se usa?
–En muchos países sí; acá no tengo referencia de que se esté usando fuera de la experimentación. Ahora se están utilizando mucho sistemas de nanopartículas, que o bien son ellas mismas reactivas frente a la luz, o bien se les incorporan colorantes para que sean reactivas. Eso tiene bastante éxito en el ámbito experimental. Para que sea más eficiente el proceso, debe haber muchas moléculas de colorante juntas. Pero eso tiene un problema: la energía que absorben estando todas juntas, se disipa en forma de calor por las reacciones que se establecen entre ellas. Las plantas han resuelto el problema organizándolas de tal manera que la concentración es muy grande, pero las interacciones entre las moléculas están evitadas al máximo. Un poquito eso es lo que queremos hacer; a veces por medios muy simples: tomamos un sólido, lo metemos en una solución de colorante y nos queda el sólido con colorante, por ejemplo. Otra manera es tomar un vidrio, poner sobre el vidrio un polímero cargado eléctricamente, arriba le ponemos un colorante con la carga opuesta, luego otra capa de polímero cargado y así sucesivamente.
 
–Un sandwich de polímero y colorante.
–Algo así. La técnica se llama autoensamblado capa por capa. Mucha gente intenta poner la molécula de colorante en el lugar específico, lo cual es muy valioso. Pero nosotros no hacemos eso: tratamos de buscar sistemas en los cuales las moléculas caigan donde tienen que caer. Esas son las dos vías que estamos explorando, como para poner la mayor cantidad posible de colorante en un sólido, ya sea para alguna terapia fotodinámica o para que una célula fotovoltaica funcione absorbiendo energía en distintas regiones del espectro. Eso se puede lograr teniendo distintos colorantes, que absorban la mayor cantidad de regiones del espectro. Esa es la estrategia que usan las plantas también.
 
–Vamos un poco a la intimidad de la acción de la luz. Tenemos una molécula que recibe un fotón, es decir, una partícula de luz. ¿Qué pasa con ese fotón?
–Las moléculas están conformadas por átomos, que a su vez tienen núcleos y electrones. Las moléculas en sí tienen orbitales, como los átomos: regiones difusas donde se encuentran los electrones. Los más externos son los que están involucrados en las reacciones químicas: cuando la molécula absorbe luz, se excitan y pasan a un orbital superior.
 
–¿Y allí qué es lo que pasa? ¿Cómo se transforma ese fotón en un salto a la capa superior?
–El fotón es un campo electromagnético en movimiento. La luz tiene un campo eléctrico y un campo magnético. En este caso nos interesa el campo eléctrico, que es oscilante. Ese campo interactúa con los electrones, si la energía le alcanza, el fotón se absorbe. A través, entonces, de la interacción entre el campo eléctrico y el electrón se logra una molécula con un electrón en un estado superior. ¿Por qué esto es conveniente? Es más energética, y si es más energética permite que se den ciertas reacciones que de otro modo no se darían o se darían demasiado lentamente. Esto abre el camino hacia el almacenamiento de energía. Es lo que hacen las plantas: transformar luz en energía y usar esa energía para generar compuestos que de otra manera no podrían generarse. El fotón activa una molécula de clorofila, que desencadena una cascada de reacciones, cuyos reactivos son el dióxido de carbono y el agua, y sus productos son la glucosa y otros hidratos de carbono.
 
–Y la idea es...
–La idea es excitar tantas moléculas como sea posible con la mayor amplitud espectral de luz posible y usar estos sistemas como bloques de construcción para otras cosas. Ahora bien: uno puede tener una célula fotoeléctrica, que cuando absorbe luz produce una separación de cargas, que salen por fuera, cierran el circuito y se genera una corriente. Esto requiere luz de una energía determinada, que es la energía a la cual la absorbe el material. Si uno quiere que el material absorba a un rango diferente de longitudes de onda, en una zona distinta del espectro, lo que se hace es ponerle un colorante que absorbiendo fotones se excita, entrega un electrón a ese electrodo y ese electrón es el que da la vuelta por fuera. Nuestras particulitas serían bloques de construcción para esto. Hay otro ejemplo: la fotocatálisis.
 
–Que es...
–... un proceso por el cual un material semiconductor (como el dióxido de titanio) absorbe un fotón, suelta un electrón y genera una vacancia. Ese electrón puede ir a incorporarse a otra molécula, y la molécula semiconductora puede recibir algún electrón proveniente de otro lado. La capacidad de esos huecos de recibir electrones es tan grande que pueden oxidar (sacar electrones de) un montón de moléculas y destruirlas, haciendo el proceso inverso de la fotosíntesis. Agarran el material y lo convierten en dióxido de carbono y agua, lo cual es muy interesante para procesos de descontaminación.
 
–Bueno, y ya que habló de contaminación, ¿por qué no me cuenta un poco de la otra línea de investigación?
–Hace como diez o quince años empezamos a trabajar, en colaboración con la Fundación Siglo XXI. Yo caí allí por nostalgia, porque venía de las relaciones fotoquímicas con los gases. Hemos aprendido, desde entonces, cuáles son los contaminantes más importantes. Lo que nos preguntamos, también, es por qué no estamos tan mal como Ciudad de México, o como Santiago de Chile.
 
–Pero eso puede no deberse a una razón química, sino a una razón meteorológica..., acá no estamos rodeados de montañas.
–Sí y no. Uno parte de una serie de contaminantes primarios (monóxido de carbono, monóxido de nitrógeno, hidrocarburos) que si tienen tiempo, con luz solar, se transforman en dióxido de nitrógeno y ozono, que son oxidantes. Estos son los causantes del smog, que se conoce en México o en Santiago. No es cuestión de la meteorología: la meteorología ayuda a dispersar los contaminantes y a hacer que no tengan tiempo para reaccionar, o que reaccionen lejos en otras condiciones. Meteorología es lo que pasó en abril del año pasado, donde a partir de los incendios que se produjeron en Tigre todo Buenos Aires se llenó de una humareda inmensa por diez días.
 
–Lo que yo decía es que la raíz química evidentemente está, pero que la causa por la cual no somos ni Santiago ni D.F. es que estamos en una ciudad abierta.
–Es así. Con una pequeña objeción. Uno piensa que el viento solamente barre. Pero si el viento barre, arrastra. Y lo que se produce aquí lo manda allá. El viento dispersa. Y no sólo el viento. Eso de que el viento barre es una verdad a medias, porque lo que hace también es dispersar.

 Por Leonardo Moledo
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La alta concentración de lluvias que despidió el 2010 no sólo dejó un alto número de damnificados sino que además les permitió a los comentaristas de la prensa convencional ‘descubrir’ la naturaleza. Llovieron (que valga la reiteración) ‘indignados’, ‘sentidos’ y ‘condolidos’ comentarios sobre la imprevisión, la corrupción o la impotencia que hacía de la ‘furia’ de los eventos naturales una causa adicional de nuestras tragedias.

Quienes se pretenden más agudos, sin embargo, llamaron a la compostura y criticaron que se achacara a fallas humanas los fuertes efectos que sobre la población, en especial la más pobre, tuvo el fenómeno invernal. “Son supercherías”, escribieron molestos; “vivimos en un país con una geografía difícil” (cualquier cosa que eso pueda significar), “casi imposible”, naturalizando algo que parece inevitable en el sentir de estos personajes: que habitantes como los del barrio La Gabriela, en Bello, deben seguir muriendo aplastados porque nuestra geografía “es casi imposible”*.


Pues bien, lo que se quiere olvidar es que la forma de ocupación del territorio no es un fenómeno inevitable o inexplicable, y que la marginación de amplias capas de la población se materializa en la ocupación de las llamadas “tierras marginales”: las de peor condición para su usufructo, como vivienda o para el uso productivo. En otras palabras, la segregación socioeconómica se manifiesta en segregación espacial, y, así parezca un contrasentido, tal segregación acaba sirviéndole al capital en su mecanismo de acumulación y valorización de activos, por lo cual los economistas ortodoxos terminan entendiendo el fenómeno como natural e inexorable.

Tugurios y rentas de penuria

La existencia de vivienda infranormal no es un suceso nuevo en el capitalismo. De hecho, pensadores como el geógrafo Edward Soja señalan cómo Manchester, la primera ciudad propiamente industrial, inaugura su paso a la modernidad viendo crecer, paralelamente a la construcción de grandes fábricas, amplias concentraciones de vivienda pauperizada. La existencia de un contingente laboral de ‘reserva’, que les sirve de colchón a las variaciones estacionales de la demanda de fuerza de trabajo, crea la necesidad de un ejército de desempleados que se ven obligados a vivir literalmente en el margen del sistema socio-espacial.

No debe extrañar, entonces, que el último informe de la Organización de las Naciones Unidas sobre hábitat, “Estado de las ciudades del mundo 2010-2011”, esté dedicado a la segregación urbana, y que en él se muestre con alarma que los habitantes de los tugurios en el orbe alcanzan la no despreciable cifra oficial de 827 millones (cifra seguramente subvaluada si se tiene en cuenta que mil millones de personas viven en la miseria, y que es difícil aceptar que se está en la miseria y no se vive en un tugurio). Se pronostica que en 2020 esa cifra puede llegar a 889 millones. (Recuadro 1).

Si tenemos en cuenta que el total de la población urbana del mundo se estima en 3.500 millones, el porcentaje de urbanitas que reside en tugurios es cercano al 24 por ciento, lo que de paso indica que la informalidad no es expresión de ‘desvío’ alguno del capitalismo sino una de sus manifestaciones estructurales de hoy. Ya no se trata tan solo de una estrategia de disciplinamiento de la fuerza de trabajo; es asimismo una de las formas de su movilidad. La precarización del trabajo va de la mano con la precarización de la habitabilidad, así como de la obligación del trabajador de buscar siempre y en todo momento los resquicios más pequeños donde crear espacios de valorización. Las esquinas de los semáforos, las entradas de los barrios formales (o sus espacios públicos), los pasillos de los centros comerciales, las salidas de las fábricas y las oficinas, y la propia habitación han dejado de ser simples lugares de tránsito o de descanso para convertirse en sitios donde el trabajador informal sirve de intermediario de mercancías, de oferente de sus creaciones o incluso de su propio cuerpo, para cubrir necesidades de quienes están mejor que él y cuya satisfacción trasciende al sector formal.

De allí que su ubicación cada vez más marginal termine valorizando espacios que por su condición no eran valorizables. Que se vea obligado a ubicarse en zonas inundables o sujetas a remoción en masa (deslizamientos) permite que algunos propietarios de esas tierras se enriquezcan: además, al darles valor a tierras que no debían tenerlo, termina favoreciendo el aumento de los precios de referencia de las tierras que sí son urbanizables (aumento de la renta absoluta urbana, en el lenguaje de la economía política). De tal suerte que, si se creara catastralmente la categoría de espacio construido no urbanizable, pudiéramos de inmediato dimensionar el fenómeno del enriquecimiento derivado paradójicamente de la existencia de personas en condiciones de penuria.

A los estudiantes primerizos de economía les enseñan que existe una categoría de mercancías que la economía convencional denomina “bienes inferiores”, y que se definen como aquellos cuya demanda aumenta cuando el ingreso de los consumidores disminuye. Pues bien, en el caso de la vivienda urbana vale la pena preguntarse por los usufructuarios de tal situación. Es decir, los empresarios ligados al proceso de creación de zonas tuguriales, que no son los mismos habitantes, como nos lo quiere hacer creer la lógica ortodoxa, pues, salvo en los contados casos de invasiones, existe un mercado de tierras marginales que por sus condiciones físicas no son urbanizables y terminan construidas. Igualmente, los materiales de construcción son también mercancías, tal como los escasos y precarios servicios que allí se prestan y de los que, por lógica consecuencia, muchos empresarios derivan ganancias.
 
Cuando a los habitantes de La Gabriela se les quería culpabilizar de su propia tragedia, acusándolos de invasores de tierras, quienes pudieron sobrevivir esgrimieron sus títulos de propiedad, remarcando que su espacio de habitación no era producto de fuerzas “externas al mercado”. De allí que el problema se debe analizar como resultado de la mercantilización de algo que no puede ser una mercancía, las condiciones de “habitabilidad básica”, que hoy se reconocen como derecho humano. El problema no es, entonces, “geografía difícil” ni que seamos un país con ocupación y economía “de ladera”, pues, incluso hoy visitamos construcciones monumentales de nuestros antepasados, asentadas en cerros de difícil topografía, y que han soportado innumerables movimientos sísmicos y los “peores” inviernos de la historia, sin que muestren signos de debilidad. El problema es de una sociedad discriminante que hace de esa discriminación una palanca más de la acumulación de capital.

El autor norteamericano Mike Davis, en su libro Planeta de ciudades de miseria, llama la atención sobre el fenómeno de las megalópolis del Tercer Mundo que crecen en buena medida por expansión tugurial. El caso, sin embargo, es más grave en unos países que en otros. Las ciudades de Colombia, por ejemplo, son, después de las de Sudáfrica y Brasil, las más desiguales del planeta según el último informe de ONU-Hábitat. Y además muestran los incrementos más significativos en el coeficiente de Gini, pues esa medida de desigualdad de los ingresos aumentó 24 por ciento en Bogotá entre 1999 y 2005, el 10 en Cali y el 4 en Medellín. Si la situación se mide por el Índice de Oportunidades Humanas (IOH), Colombia ocupa el sexto puesto entre 10 naciones suramericanas (ver el recuadro 2), superando tan solo a Bolivia, Paraguay, Perú y Brasil. Pero si se mira en forma desagregada el cuadro, vemos que en cuanto a las oportunidades educativas el puesto que ocupa el país es el penúltimo, lo que da poca esperanza de que se pueda reversar, bajo las condiciones políticas actuales, la situación de desigualdad de nuestra sociedad.

Desplazamiento ambiental e infraestructura rezagada

Al hecho de tener el dudoso honor de ser uno de los países punteros en población desplazada por el conflicto armado, Colombia entró a sumarse a la lista de países con alto número de desplazados ambientales. Si bien se estiman en cerca de dos millones 200 mil los afectados por el invierno, todavía no se ha calculado cuántos de éstos se convertirán en desarraigados. Porque, en el caso rural como en el caso urbano, no son en sí las manifestaciones extremas de los fenómenos naturales las causas de las tragedias sino las circunstancias particulares que envuelven la ocupación y el uso del espacio. Las zonas de desborde de los cuerpos de agua, así como ciertas áreas inundables periódicamente, han sido utilizadas siempre por los seres humanos. Los humedales temporales les han permitido a las llamadas “culturas anfibias” utilizar estos espacios para la pesca y alternativamente como tierras de labranza, sin detrimento del ecosistema ni del patrimonio acumulado de la comunidad. Otra cosa es que se pretenda permanecer, incluso en los períodos húmedos, ocupando espacios que ya sabemos se van a inundar.

Los procesos de desecación de cuerpos de agua, así como la ocupación forzada de áreas de desborde de los ríos, no son situaciones accidentales sino que obedecen a toda una política de conquista para la ampliación de las tierras arables (o construibles), que mediante el recurso de las canalizaciones se busca transformar en suelo. Ese recurso, que puede justificarse en ciertos casos, tiene un límite que al parecer estamos superando. Hoy, ante la periodicidad de las inundaciones, en varios países desarrollados ya se propone reversar el proceso de canalizaciones y reordenar la ocupación del espacio, teniendo en cuenta las máximas cotas históricas de desborde. Y no son propuestas de pachamamistas supersticiosos sino de planificadores que empiezan a ver con angustia las reiteraciones de las ‘reconstrucciones’.

Tampoco se trata de una compulsión moral quejarse por los daños en la infraestructura vial, pues ¿acaso no se lleva más de un siglo estudiando la mecánica de suelos y la forma de estabilizar los taludes? Que la red vial haya quedado prácticamente colapsada no es independiente del atraso de la misma, pues no es una tendencia al negativismo lo que obliga a afirmar que el país es el más rezagado en infraestructura vial en Latinoamérica. La apertura económica, que ya completó 20 años, prometió modernizar la nación y supuestamente hacer expedito el ingreso y la exportación de mercancías, para lo cual se consideraba necesario actualizar la red vial y la infraestructura portuaria, de lo que hoy no tenemos la más pequeña muestra. Que no existe una política de ordenamiento territorial (no nos referimos a buenas intenciones escritas) debe reconocerse, como también que el espacio se disputa en forma primitiva y se ocupa con criterios segregacionistas que cada vez arrinconan más a los grupos subordinados, poniéndolos literalmente al borde del precipicio.

Los movimientos alternativos, no obstante, parecen ajenos a los conflictos espaciales que cada vez son más agudos. La tierra urbana y la rural nunca han sido objeto de una verdadera reforma que la haga siquiera funcional a la modernización. Es hora de que desde la izquierda se entienda que el derecho a un orden espacial inclusivo es parte central del reclamo y referente de las luchas más agudas por venir. Un urbanismo que asegure habitabilidad básica para todos y una estructuración de la tenencia del suelo rural que garantice la seguridad alimentaria sostenible son asuntos sobre los que urgen pronunciamientos sentidos y contundentes.

*     Ver, por ejemplo, la columna de Alejandro Gaviria y la respuesta de William Ospina en el diario El Espectador, domingo 19 de diciembre de 2010, entre lo mucho que sobre el tema se escribió en los diferentes medios.
Publicado enEdición 165
Cuando el cuerpo se encuentre en una situación de agotamiento e intoxicación, el instinto de conservación reaccionará sabiamente, ahorrando energía por un lado para concentrar todas sus fuerzas en la desintoxicación.

Plan de ahorro energético

El cuerpo interioriza sus fuerzas para dedicarse plenamente a la tarea de limpieza interna. Con ello está pidiendo aumentar la dosis de descanso y reducir la actividad (incluso la digestiva). Si el cuerpo no quiere gastar energías en estas funciones, es mejor respetar su sabia decisión.

Estos son algunos de los síntomas frente a los cuales debes poner el cartel de “Cerrado por vacaciones”:

–    Debilidad muscular. Cuesta andar y estar de pie.
–    Te quedas dormido en todas partes, sobre todo por las mañanas.
–    Tensión arterial baja, mareo.
–    Falta de apetito, cuesta hacer la digestión, se adelgaza.
–    Estreñimiento, el intestino se echa a descansar.
–    Extremidades frías.
–    Vista cansada, oído sensible, vértigos, etcétera.
–    Piel seca, caída de cabello, etcétera.
–    Desaparece la ovulación y la regla.
–    Falta de apetito sexual.

Plan de limpieza

Al iniciar el plan de limpieza, puedes poner un cartel que diga “Obras. Perdonen la molestias”.

El plan de limpieza se manifiesta de diversas maneras:

–    Aumento de trabajo en los cuatro filtros depuradores: mal aliento (por el pulmón); orina oscura y con olor fuerte, arenilla, cálculo renal, molestias al orinar y en los riñones; cólicos biliares; ascos, náuseas, vómitos amargos, diarreas, hígado dolorido; sudor fuerte que puede irritar la piel.
–    Fiebre. El cuerpo intensifica sus mecanismos de limpieza y defensa, entrando en ebullición y elevando la temperatura: “el fuego purificador”.
–    Inflamación o congestión. El cuerpo elige un punto fuerte que haga de válvula de escape, para ayudar a los cuatro filtros en la evacuación de tóxicos. Aumenta la circulación sanguínea en esa zona, por lo que se abulta, se calienta, se pone rojo, duele y se altera la función de ese tejido. Las inflamaciones son molestas pero curan. Gracias al dolor, el cuerpo nos avisa que algo marcha mal y que se deben extremar los cuidados. Cuando se te han congelado las manos, la vuelta de la circulación es algo beneficioso y, sin embargo, doloroso. Los depósitos tóxicos sólo se pueden evacuar con un aumento de circulación que acarreará molestias.

La casa patas arriba

Si queremos renovar nuestro hogar mientras se hace una limpieza a fondo, se hacen arreglos, se pintan las paredes y se acuchillan los suelos. Se necesita pasar una temporada de incomodidades para luego gozar de una casa más agradable. Durante las crisis de limpieza que desencadena nuestro cuerpo, pueden aparecer las incomodidades ya citadas y algunos otros molestos reajustes, como dolores diversos, alteración del sueño (insomnio o somnolencia), irritabilidad; la regla se adelanta o se hace abundante, mal gusto de boca, lengua cargada, gases intestinales o vaginales, alteraciones visuales, alteración del ritmo cardíaco, respiración costosa y pesada, etcétera.

También habrá pérdida de peso (muy rápido los primeros días, luego más lentamente), al perder tóxicos y el agua que retienen, y al decidir el cuerpo alimentarse de las reservas.

Esta sabia decisión del instinto de conservación de desencadenar crisis extraordinarias de limpieza puede tener varios motivos:

–    Porque la situación de agotamiento e intoxicación es insostenible.
–    Porque las circunstancias le son favorables. Ha mejorado las condiciones de vida y el organismo se encuentra con fuerzas suficientes para desencadenar una crisis con el fin de mejorar la salud. A veces ocurre al irte de vacaciones, al dejar alguna droga o mejorar tu alimentación. Es muy corriente que duela la cabeza al dejar el café, que tosa el fumador al dejar de fumar; que aparezcan temblores, delirios o convulsiones al dejar el alcohol; que haya estornudos, mocos, diarrea, dolores musculares e insomnio al dejar la heroína.
–    Porque necesita hacer reajustes para adaptarse a nuevas situaciones (cambios climáticos, procesos de crecimiento, embarazo, cambios hormonales, etcétera).
–Por otros motivos que desconocemos.

Valor y precio

Creo que más que denunciar hay que darse cuenta de la realidad. Lo que no se puede permitir por más tiempo es que nos tomen por tontos. Nos hacen comulgar con ruedas de molino y con la propaganda, que ya de por sí es inmoral y cultivo de la mentira. Ya no se venden las cosas por su valor en sí sino por la publicidad que se hace de ellas. No se aprecia el valor; se pregunta cuánto cuesta…

Mientras gastemos cuatro veces más energía que la natural reciclable, no hay solución posible. Gastamos cuatro veces más unidades de energía por persona que las de un reciclaje natural, de la vida natural de un ser humano sobre la Tierra. Cuando digo natural, no quiero decir primitiva sino con todo el refinamiento. Pero el ser humano sólo es feliz porque va a la Luna o porque para transportar cien kilos utiliza unos aparatos que pesan mil, que es lo que hace el automóvil. ¿Hay quién lo pare? Sí, la catástrofe total. De ahí que la gente responsable tiene que empezar a no desanimarse y construir pequeños islotes de esperanza donde los sobrevivientes puedan acogerse.
Rimón Pannikar.

Coca, fuerza ancestral de nuestro planeta

Es indispensable conocer y comprender el tejido histórico con el fin de elaborar nuestros propios idearios y conclusiones acerca de las raíces que nos dan origen, y el entorno que nos rodea directa e indirectamente. Para no ser obligados a desarrollar nuestras vidas como un pueblo alienado, y, por el contrario, lograr el despliegue de nuestro potencial humano.

En este orden de ideas, en las dos siguientes entregas nos proponemos brindar material sobre la historia de la coca en relación con dos ejes fundamentales: como recurso tradicional y símbolo andino-amazónico, y la compleja relación de este maravilloso arbusto con la historia de la cocaína y el narcotráfico, que para la mayoría permanece hundida en la oscuridad de la ignorancia, debido a intereses de grupos poderosos y capitalistas que deliberadamente la han desacreditado con el fin de sacar el mayor provecho y sin importar las consecuencias.

Baldomero Cáceres Santa María, investigador y psicólogo peruano, representa una figura muy significativa en las investigaciones que se han llevado a cabo sobre la coca y la guerra contra las drogas. Gracias a su extraordinaria labor y asimismo a estudios nutricionales, como, por ejemplo, el realizado en la Universidad de Harvard, tenemos una mayor información sobre el contenido nutricional de este poderoso arbusto americano, la coca:

Propiedades de los 14 alcaloides que contiene la coca:

Atropina: O escopolamina, es una sustancia que produce sequedad del árbol respiratorio y actúa también sobre el corazón.
Benzoína: Acelera la formación de células musculares y evita la putrefacción de los alimentos.
Cocaína: Es el éster metálico de la benzoilegonina, tiene propiedades anestésicas y analgésicas.
Cocamina: Otro analgésico que, junto con el anterior, ayuda a la cocaína a aumentar sus propiedades.
Conina: Es un poderoso anestésico.
Egnonina: Es un derivado carboxilado de la atropina (utilizado como medicamento en anestesia, y en emergencias y cuidados intensivos); tiene propiedades para metabolizar las grasas y los glúcidos, carbohidratos, y para adelgazar la sangre.
Globulina: Es un cardiotónico que regula la carencia de oxígeno en el ambiente, mejorando la circulación sanguínea. Evita el soroche (mal de altura o también llamado mal de la montaña).
Higrina: Excita las glándulas salivares cuando hay deficiencia de oxígeno en el ambiente.
Inulina: Regula la secreción de la bilis y su acumulación en la vesícula; refresca y mejora el funcionamiento del hígado; equilibra la formación de melanina, evitando y limpiando las manchas de la cara. Es diurético y ayuda a eliminar sustancias nocivas y tóxicas no fisiológicas. Es un polisacárido muy parecido a la vitamina B12, que produce aumento en las células de la sangre.
Quinolina: Evita la formación de caries dental junto con el fósforo y el calcio.
Pectina: Es absorbente y antidiarreico; junto a la vitamina E, regula la producción de melanina por la piel.
Reserpina: Regula la presión arterial en hipo e hipertensión, y ayuda a la formación de células óseas.
Papaína: Esta proteasa (que en mayor proporción contiene la papaya) es muy parecida en su estructura a la catepsina animal; es un fermento que acelera la digestión.
Pectina: Elimina los residuos y toxinas de nuestro organismo.
Pyridina: Acelera la formación y el funcionamiento del cerebro, y aumenta la irrigación sanguínea de la hipófisis y las glándulas.
Sinonimia: Algunos nombres que lleva la coca en Colombia: Hayo, Hibie, Javo, Patu, Yayuelo, Cají, Ipatú, Igatúa. En Perú: Cuca, Cocaca, Mamacoca, kkoka. En Brasil: Ipadu, Padu, Hayo, Spadia.

No es casual, por tanto, la opinión de Eduardo Galeano, en su libro Memorias del fuego:
De acuerdo con la ideología hegemónica actual, el indio, el negro, el pueblo, tiene folclor, no cultura; practica supersticiones, no religiones; habla dialectos, no lenguas; hace artesanías, no arte. Y –por supuesto– usa placebos, no medicina.

Publicado enEdición 161