Miércoles, 28 Octubre 2009 10:07

Jugando con los electrones

¿Descubrimos o inventamos las leyes de la naturaleza...? ¿Y creamos los objetos de la naturaleza en el laboratorio? Esa es la discusión que cifra el misterio de la ciencia. Aprovecha el jinete un congreso de bacterias lácticas al que fue invitado para hablar de Darwin.

–Aparentemente, usted no es ferroviario ni polígrafo...

–¿Y eso a qué viene?

–Mire, no tengo idea... tal vez antes que a usted estuve entrevistando a un ferroviario, o a un polígrafo, pero la verdad es que no me acuerdo, así que lo tenemos que aceptar como viene.

–Y bueno...

–Y tengo otra mala noticia: no me mandaron las fotos de Tucumán, así que voy a poner otra ilustración cualquiera.

–Bueno, si no hay más remedio... le cuento: sigo en mi profesión a mi padre, que también era doctor en Química y profesor de la Universidad de Tucumán. Yo también doy clases allí, en la Facultad de Bioquímica, Química y Farmacia. Allí hice mi carrera, el doctorado lo hice en la Universidad de La Plata y luego ingresé a la carrera de investigador del Conicet. Actualmente soy investigador principal y fui designado el año pasado como director interino del primer instituto de investigaciones químicas del Conicet en Tucumán: el Inquinoa (Instituto de Química del Noroeste Argentino), que agrupa varias líneas de investigación que se vienen llevando a cabo hace varios años en la Universidad de Tucumán.

–Eso es lo formal. ¿Vamos a la ciencia?

–Adelante.

–Cuénteme en qué consiste su investigación concreta.

–Mi tema de investigación se refiere a química de compuestos de coordinación, es decir, química de sustancias inorgánicas que tienen en su estructura metales de transición, elementos de la tabla periódica que les confieren propiedades particulares a estos elementos.

–¿Por ejemplo?

–Uno de ellos, al que estamos abocados casi todos los que nos dedicamos a esto, es la conversión de energía. Uno puede utilizar, actualmente, un complejo artificial para reproducir pasos primarios de la fotosíntesis, es decir, poder convertir energía luminosa o energía solar en energía eléctrica o química.

–A ver, cuénteme ese proceso.

–Está basado en lo que Einstein estudió hace muchos años, y por eso se lo considera el padre de la fotoquímica (a pesar de que en realidad era físico). Se trata del efecto fotoeléctrico, por el cual ganó el Premio Nobel de Física. Llega un fotón a la superficie de un material, que eyecta un electrón. En el caso de estos complejos que estudiamos, lo que es conocido y está transferido tecnológicamente, es fabricar un panel solar, donde se pone un semiconductor (como dióxido de titanio), una sustancia transparente que no absorbe luz visible. Sobre este semiconductor se pega uno de estos complejos coloreados que absorbe mucha luz visible. Hay que saber diseñar estos compuestos, pero no es a lo que nosotros nos dedicamos.

–¿...?

–Nosotros nos dedicamos más a la síntesis y estudio de propiedades, no a la transferencia tecnológica. Cuando llega el fotón, le decía, eyecta un electrón del complejo, que toma un estado excitado. Ese electrón entra en la capa de conducción del dióxido de titanio. Si ese dióxido de titanio se conecta a un circuito eléctrico, uno puede obtener inmediatamente corriente eléctrica.

–A ver si entiendo. Nosotros tenemos una capa molecular de dióxido de titanio, recubierta con un complejo. El complejo, a su vez, tiene un fotosensibilizador.

–Claro, su función es la de antena. Recibe el fotón, se excita y libera un electrón.

–¿Y ese electrón adónde va?

–Esa energía promueve un electrón de su estado fundamental a un orbital más alto. Desde ese nuevo orbital se puede transferir al dióxido de titanio, que se conecta a un cable y de ahí se obtiene la energía eléctrica. Es lo que se llama una transferencia electrónica del fotosensibilizador al semiconductor.

–Ese sería el tema general. Vayamos un poco más a lo micro.

–Nosotros lo que tratamos de hacer es sintetizar compuestos nuevos, intentando encontrar propiedades físico-químicas interesantes con miras a convertir en energía. También podrían utilizarse como sensores moleculares. Hay muchos compuestos, por ejemplo, cuya absorción UV visible cambia con el PH de la solución, con su contenido ácido. Uno podría usar eso como sensor de contaminante ambiental.

–Cuando usted sintetiza un compuesto que no existe en la naturaleza, llamémoslo X, ¿está descubriendo algo o fabricando algo?

–Uno fabrica y encuentra algo nuevo.

–Hay un inconveniente allí. Si yo llego a sintetizar algo que no existe en la naturaleza, tengo que reconocer por lo menos que ese complejo es algo posible (si no lo fuera, no lo podría haber diseñado). En ese sentido, le pregunto: al crear algo que solamente es posible porque las leyes de la naturaleza lo permiten, ¿está fabricando o está descubriendo?

–Insisto: creo que ambas cosas. El químico inorgánico se diferencia un poquito del físico-químico en que este último se dedica más bien a hacer mediciones y a encontrar propiedades nuevas de compuestos ya conocidos. El inorgánico hace algo de físico-química, pero además sintetiza en su laboratorio algo que es nuevo, es un descubrimiento.

–Pero usted está enriqueciendo la naturaleza con cosas que no existían...

–Pero que la naturaleza permite. Hoy se conocen más de un millón de compuestos químicos sintetizados en la naturaleza. Y le diría que el sueño de todo químico sintético es fabricar vida en el laboratorio. Hasta ahora no ha sido hecho. Las células están hechas de moléculas y las moléculas son el objeto de estudio de la química. Si un químico es capaz de manipular moléculas y de armarlas como le plazca, es posible que él pudiera fabricar vida sintética.

–La pregunta que yo le podría hacer es la siguiente: hace poco hubo una historia con los monopolios magnéticos. Hace tiempo que los estaban buscando, pero no se encontraban por ningún lado, hasta que decidieron fabricarlos. Ahora bien, los monopolios magnéticos están predichos por la teoría. Si una teoría predice algo (que esa molécula puede existir), pero esa molécula existe y se llena sintéticamente, ese molde que permite la creación del monopolio, por ejemplo, ¿se puede decir que la naturaleza lo tenía y que lo único que faltaba era producirlo?

–Es muy interesante y muy difícil. No se lo puedo contestar, creo que requeriría una charla de horas.

–Tenemos horas.

–O de meses.

–No tenemos meses.

–Qué alivio.

–Con respecto a todas las cosas que usted utiliza teóricamente, como por ejemplo las moléculas, las uniones, los orbitales, ¿usted cree que existen en la realidad empírica o que son simples modelos?

–En principio las teorías físicas son aproximaciones a la realidad. Ahora hay métodos modernos de microscopía electrónica donde uno ya puede ver las moléculas.

–Hay algo curioso allí. Cuando uno estudia teóricamente, digamos, el electrón, se lo imagina con características de partícula, de corpúsculo. Pero en microscopio electrónico se lo percibe como una onda. Es muy raro eso, ¿no? Da la sensación de que se avanza un poco a los tumbos, sin saber bien qué son las cosas en realidad.

–Sí. Por eso le decía que son aproximaciones. Y en eso se basan todas las teorías. Su validez se apoya en los experimentos. Y eso remite a la famosa frase de Einstein que dice, aproximadamente: “Que muchos experimentos coincidan con la teoría no significa que ésta sea cierta; pero basta con que uno la refute para demostrar que la teoría es falsa”.

–Yo estoy muy interesado en el problema de la existencia de las cosas con las que se trabaja.

–Es un problema filosófico.

–Me interesan los problemas filosóficos.

–Van más allá de la química.

–Yo no creo que vayan más allá. Yo creo que la naturaleza de los objetos con los que trabajamos tiene que ver con lo que hacemos. Y una pregunta más.

–No, por favor...

–Todo lo que es físicamente o químicamente posible, ¿existe?

–...

 Por Leonardo Moledo
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Zacatecas, Zac., 30 de septiembre. Es urgente que el mundo actual cambie radicalmente la forma en que aborda y resuelve los problemas ambientales y sociales simultáneamente, porque de lo contrario, el planeta será insostenible, afirmó Mario Molina, premio Nobel de Química, en el Foro sobre Cambio Climático.

El investigador mexicano puso de ejemplo la pregunta: “¿Qué pasaría si China continúa su ritmo de desarrollo económico durante 30 años? Se acabaría la mayoría de los granos de todo el planeta”.

Ante más de tres mil estudiantes, académicos e investigadores, reunidos en el Palacio de Convenciones, donde durante dos días se debatió sobre las principales medidas que gobiernos y sociedades deberán acatar para revertir el calentamiento global, Molina dijo: “El problema es que somos 6 mil 500 millones de habitantes” y hay una depredación generalizada de los ecosistemas terrestres y marinos. Además, con las excesivas emisiones de dióxido de carbono (CO2) se está rompiendo el equilibrio climático de la Tierra.
Composición química

Explicó que además “de que la composición química de la atmósfera está cambiando por la concentración de los gases, por la quema de combustibles fósiles y por el metano, que se produce por fermentación anaeróbica”, se ha encontrado otro gas: el óxido nitroso, que se produce por los fertilizantes químicos, los cuales es urgente sustituir, por ejemplo, con biofertilizantes.

Agregó que aunque el cambio climático responde a distintos factores y tiene variables dinámicas complejas, hay más de 95 por ciento de probabilidad de que ocurra “a causa del cambio de composición química” de la atmósfera.

Molina se refirió a “la idea de la tragedia de los comunes: hay un bien público que es el que afectamos: el planeta; estamos acabando con él. Todos salimos perdiendo”.

Concluyó: “El reto enorme es asegurar que esas tres cuartas partes de la población tengan un nivel de vida adecuado, sin dañar el medio ambiente”.

Por Alfredo Valadez Rodríguez, corresponsal
 

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Miércoles, 01 Abril 2009 06:29

Luz, electrones, fotones y contaminación

–Usted trabaja con fotoquímica y contaminación atmosférica. ¿Por qué no me cuenta un poco de qué se trata esto?
–Le cuento un poco la historia. Hice primero una tesis en La Plata sobre la fotoquímica de reacciones entre gases (moléculas como en la atmósfera, pero en un recipiente cerrado). La fotoquímica es, en realidad, el estudio de las reacciones químicas que tienen que ver con la luz: yo fui pasando por distintas etapas hasta que finalmente me dediqué a la fotoquímica de sólidos, o sistemas organizados.
 
–¿Y qué es lo que está haciendo ahora?
–Dos cosas. Por un lado, el estudio de reacciones que ocurren con luz en medios organizados u ordenados y, por el otro, estudiamos las reacciones químicas que ocurren en la atmósfera mediante trabajos de campo: medimos la concentración de contaminantes y tratamos de hacer modelos para predecir cómo va a seguir la cosa y cómo se puede mejorar. Eso me lleva, prácticamente, a mis orígenes: partí de las relaciones entre gases y volví a las relaciones entre gases. Son dos proyectos completamente diferentes. Las actividades nuestras en química atmosférica son bastante conocidas. Pero no es nuestra línea principal de investigación.
 
–¿Y de qué prefiere hablar?
–De lo que tiene menos prensa...
 
–Hablemos entonces de la luz y de los sólidos...
–El ejemplo paradigmático de la acción de la luz sobre sistemas organizados es la fotosíntesis: en ella tenemos luz que se irradia sobre las hojas, que contienen clorofila y otros pigmentos que se organizan para absorber la luz y la canalizan al centro de reacción. Luego, a través de la acción de ese centro, la luz se transforma en hidratos de carbono, etcétera, etcétera. Si bien esta es la acción paradigmática, no es la que nosotros estudiamos. Tomamos algunos elementos de esa fotosíntesis para crear sistemas artificiales que nos permitan aprovechar la luz solar para producir ciertas sustancias. Por ejemplo: hay un tratamiento de cáncer, que es la terapia fotodinámica, que se basa en la introducción de un colorante en el organismo y la irradiación en la zona donde está el cáncer. El colorante en general se introduce en forma sistémica y luego se lo focaliza en la zona en la que está el cáncer, de tal manera que cuando el colorante que se acumuló allí absorbe luz, se excita. El colorante es muy reactivo, de tal manera que se destruyen las células efectivamente.
 
–¿Es una terapia que se usa?
–En muchos países sí; acá no tengo referencia de que se esté usando fuera de la experimentación. Ahora se están utilizando mucho sistemas de nanopartículas, que o bien son ellas mismas reactivas frente a la luz, o bien se les incorporan colorantes para que sean reactivas. Eso tiene bastante éxito en el ámbito experimental. Para que sea más eficiente el proceso, debe haber muchas moléculas de colorante juntas. Pero eso tiene un problema: la energía que absorben estando todas juntas, se disipa en forma de calor por las reacciones que se establecen entre ellas. Las plantas han resuelto el problema organizándolas de tal manera que la concentración es muy grande, pero las interacciones entre las moléculas están evitadas al máximo. Un poquito eso es lo que queremos hacer; a veces por medios muy simples: tomamos un sólido, lo metemos en una solución de colorante y nos queda el sólido con colorante, por ejemplo. Otra manera es tomar un vidrio, poner sobre el vidrio un polímero cargado eléctricamente, arriba le ponemos un colorante con la carga opuesta, luego otra capa de polímero cargado y así sucesivamente.
 
–Un sandwich de polímero y colorante.
–Algo así. La técnica se llama autoensamblado capa por capa. Mucha gente intenta poner la molécula de colorante en el lugar específico, lo cual es muy valioso. Pero nosotros no hacemos eso: tratamos de buscar sistemas en los cuales las moléculas caigan donde tienen que caer. Esas son las dos vías que estamos explorando, como para poner la mayor cantidad posible de colorante en un sólido, ya sea para alguna terapia fotodinámica o para que una célula fotovoltaica funcione absorbiendo energía en distintas regiones del espectro. Eso se puede lograr teniendo distintos colorantes, que absorban la mayor cantidad de regiones del espectro. Esa es la estrategia que usan las plantas también.
 
–Vamos un poco a la intimidad de la acción de la luz. Tenemos una molécula que recibe un fotón, es decir, una partícula de luz. ¿Qué pasa con ese fotón?
–Las moléculas están conformadas por átomos, que a su vez tienen núcleos y electrones. Las moléculas en sí tienen orbitales, como los átomos: regiones difusas donde se encuentran los electrones. Los más externos son los que están involucrados en las reacciones químicas: cuando la molécula absorbe luz, se excitan y pasan a un orbital superior.
 
–¿Y allí qué es lo que pasa? ¿Cómo se transforma ese fotón en un salto a la capa superior?
–El fotón es un campo electromagnético en movimiento. La luz tiene un campo eléctrico y un campo magnético. En este caso nos interesa el campo eléctrico, que es oscilante. Ese campo interactúa con los electrones, si la energía le alcanza, el fotón se absorbe. A través, entonces, de la interacción entre el campo eléctrico y el electrón se logra una molécula con un electrón en un estado superior. ¿Por qué esto es conveniente? Es más energética, y si es más energética permite que se den ciertas reacciones que de otro modo no se darían o se darían demasiado lentamente. Esto abre el camino hacia el almacenamiento de energía. Es lo que hacen las plantas: transformar luz en energía y usar esa energía para generar compuestos que de otra manera no podrían generarse. El fotón activa una molécula de clorofila, que desencadena una cascada de reacciones, cuyos reactivos son el dióxido de carbono y el agua, y sus productos son la glucosa y otros hidratos de carbono.
 
–Y la idea es...
–La idea es excitar tantas moléculas como sea posible con la mayor amplitud espectral de luz posible y usar estos sistemas como bloques de construcción para otras cosas. Ahora bien: uno puede tener una célula fotoeléctrica, que cuando absorbe luz produce una separación de cargas, que salen por fuera, cierran el circuito y se genera una corriente. Esto requiere luz de una energía determinada, que es la energía a la cual la absorbe el material. Si uno quiere que el material absorba a un rango diferente de longitudes de onda, en una zona distinta del espectro, lo que se hace es ponerle un colorante que absorbiendo fotones se excita, entrega un electrón a ese electrodo y ese electrón es el que da la vuelta por fuera. Nuestras particulitas serían bloques de construcción para esto. Hay otro ejemplo: la fotocatálisis.
 
–Que es...
–... un proceso por el cual un material semiconductor (como el dióxido de titanio) absorbe un fotón, suelta un electrón y genera una vacancia. Ese electrón puede ir a incorporarse a otra molécula, y la molécula semiconductora puede recibir algún electrón proveniente de otro lado. La capacidad de esos huecos de recibir electrones es tan grande que pueden oxidar (sacar electrones de) un montón de moléculas y destruirlas, haciendo el proceso inverso de la fotosíntesis. Agarran el material y lo convierten en dióxido de carbono y agua, lo cual es muy interesante para procesos de descontaminación.
 
–Bueno, y ya que habló de contaminación, ¿por qué no me cuenta un poco de la otra línea de investigación?
–Hace como diez o quince años empezamos a trabajar, en colaboración con la Fundación Siglo XXI. Yo caí allí por nostalgia, porque venía de las relaciones fotoquímicas con los gases. Hemos aprendido, desde entonces, cuáles son los contaminantes más importantes. Lo que nos preguntamos, también, es por qué no estamos tan mal como Ciudad de México, o como Santiago de Chile.
 
–Pero eso puede no deberse a una razón química, sino a una razón meteorológica..., acá no estamos rodeados de montañas.
–Sí y no. Uno parte de una serie de contaminantes primarios (monóxido de carbono, monóxido de nitrógeno, hidrocarburos) que si tienen tiempo, con luz solar, se transforman en dióxido de nitrógeno y ozono, que son oxidantes. Estos son los causantes del smog, que se conoce en México o en Santiago. No es cuestión de la meteorología: la meteorología ayuda a dispersar los contaminantes y a hacer que no tengan tiempo para reaccionar, o que reaccionen lejos en otras condiciones. Meteorología es lo que pasó en abril del año pasado, donde a partir de los incendios que se produjeron en Tigre todo Buenos Aires se llenó de una humareda inmensa por diez días.
 
–Lo que yo decía es que la raíz química evidentemente está, pero que la causa por la cual no somos ni Santiago ni D.F. es que estamos en una ciudad abierta.
–Es así. Con una pequeña objeción. Uno piensa que el viento solamente barre. Pero si el viento barre, arrastra. Y lo que se produce aquí lo manda allá. El viento dispersa. Y no sólo el viento. Eso de que el viento barre es una verdad a medias, porque lo que hace también es dispersar.

 Por Leonardo Moledo
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La alta concentración de lluvias que despidió el 2010 no sólo dejó un alto número de damnificados sino que además les permitió a los comentaristas de la prensa convencional ‘descubrir’ la naturaleza. Llovieron (que valga la reiteración) ‘indignados’, ‘sentidos’ y ‘condolidos’ comentarios sobre la imprevisión, la corrupción o la impotencia que hacía de la ‘furia’ de los eventos naturales una causa adicional de nuestras tragedias.

Quienes se pretenden más agudos, sin embargo, llamaron a la compostura y criticaron que se achacara a fallas humanas los fuertes efectos que sobre la población, en especial la más pobre, tuvo el fenómeno invernal. “Son supercherías”, escribieron molestos; “vivimos en un país con una geografía difícil” (cualquier cosa que eso pueda significar), “casi imposible”, naturalizando algo que parece inevitable en el sentir de estos personajes: que habitantes como los del barrio La Gabriela, en Bello, deben seguir muriendo aplastados porque nuestra geografía “es casi imposible”*.


Pues bien, lo que se quiere olvidar es que la forma de ocupación del territorio no es un fenómeno inevitable o inexplicable, y que la marginación de amplias capas de la población se materializa en la ocupación de las llamadas “tierras marginales”: las de peor condición para su usufructo, como vivienda o para el uso productivo. En otras palabras, la segregación socioeconómica se manifiesta en segregación espacial, y, así parezca un contrasentido, tal segregación acaba sirviéndole al capital en su mecanismo de acumulación y valorización de activos, por lo cual los economistas ortodoxos terminan entendiendo el fenómeno como natural e inexorable.

Tugurios y rentas de penuria

La existencia de vivienda infranormal no es un suceso nuevo en el capitalismo. De hecho, pensadores como el geógrafo Edward Soja señalan cómo Manchester, la primera ciudad propiamente industrial, inaugura su paso a la modernidad viendo crecer, paralelamente a la construcción de grandes fábricas, amplias concentraciones de vivienda pauperizada. La existencia de un contingente laboral de ‘reserva’, que les sirve de colchón a las variaciones estacionales de la demanda de fuerza de trabajo, crea la necesidad de un ejército de desempleados que se ven obligados a vivir literalmente en el margen del sistema socio-espacial.

No debe extrañar, entonces, que el último informe de la Organización de las Naciones Unidas sobre hábitat, “Estado de las ciudades del mundo 2010-2011”, esté dedicado a la segregación urbana, y que en él se muestre con alarma que los habitantes de los tugurios en el orbe alcanzan la no despreciable cifra oficial de 827 millones (cifra seguramente subvaluada si se tiene en cuenta que mil millones de personas viven en la miseria, y que es difícil aceptar que se está en la miseria y no se vive en un tugurio). Se pronostica que en 2020 esa cifra puede llegar a 889 millones. (Recuadro 1).

Si tenemos en cuenta que el total de la población urbana del mundo se estima en 3.500 millones, el porcentaje de urbanitas que reside en tugurios es cercano al 24 por ciento, lo que de paso indica que la informalidad no es expresión de ‘desvío’ alguno del capitalismo sino una de sus manifestaciones estructurales de hoy. Ya no se trata tan solo de una estrategia de disciplinamiento de la fuerza de trabajo; es asimismo una de las formas de su movilidad. La precarización del trabajo va de la mano con la precarización de la habitabilidad, así como de la obligación del trabajador de buscar siempre y en todo momento los resquicios más pequeños donde crear espacios de valorización. Las esquinas de los semáforos, las entradas de los barrios formales (o sus espacios públicos), los pasillos de los centros comerciales, las salidas de las fábricas y las oficinas, y la propia habitación han dejado de ser simples lugares de tránsito o de descanso para convertirse en sitios donde el trabajador informal sirve de intermediario de mercancías, de oferente de sus creaciones o incluso de su propio cuerpo, para cubrir necesidades de quienes están mejor que él y cuya satisfacción trasciende al sector formal.

De allí que su ubicación cada vez más marginal termine valorizando espacios que por su condición no eran valorizables. Que se vea obligado a ubicarse en zonas inundables o sujetas a remoción en masa (deslizamientos) permite que algunos propietarios de esas tierras se enriquezcan: además, al darles valor a tierras que no debían tenerlo, termina favoreciendo el aumento de los precios de referencia de las tierras que sí son urbanizables (aumento de la renta absoluta urbana, en el lenguaje de la economía política). De tal suerte que, si se creara catastralmente la categoría de espacio construido no urbanizable, pudiéramos de inmediato dimensionar el fenómeno del enriquecimiento derivado paradójicamente de la existencia de personas en condiciones de penuria.

A los estudiantes primerizos de economía les enseñan que existe una categoría de mercancías que la economía convencional denomina “bienes inferiores”, y que se definen como aquellos cuya demanda aumenta cuando el ingreso de los consumidores disminuye. Pues bien, en el caso de la vivienda urbana vale la pena preguntarse por los usufructuarios de tal situación. Es decir, los empresarios ligados al proceso de creación de zonas tuguriales, que no son los mismos habitantes, como nos lo quiere hacer creer la lógica ortodoxa, pues, salvo en los contados casos de invasiones, existe un mercado de tierras marginales que por sus condiciones físicas no son urbanizables y terminan construidas. Igualmente, los materiales de construcción son también mercancías, tal como los escasos y precarios servicios que allí se prestan y de los que, por lógica consecuencia, muchos empresarios derivan ganancias.
 
Cuando a los habitantes de La Gabriela se les quería culpabilizar de su propia tragedia, acusándolos de invasores de tierras, quienes pudieron sobrevivir esgrimieron sus títulos de propiedad, remarcando que su espacio de habitación no era producto de fuerzas “externas al mercado”. De allí que el problema se debe analizar como resultado de la mercantilización de algo que no puede ser una mercancía, las condiciones de “habitabilidad básica”, que hoy se reconocen como derecho humano. El problema no es, entonces, “geografía difícil” ni que seamos un país con ocupación y economía “de ladera”, pues, incluso hoy visitamos construcciones monumentales de nuestros antepasados, asentadas en cerros de difícil topografía, y que han soportado innumerables movimientos sísmicos y los “peores” inviernos de la historia, sin que muestren signos de debilidad. El problema es de una sociedad discriminante que hace de esa discriminación una palanca más de la acumulación de capital.

El autor norteamericano Mike Davis, en su libro Planeta de ciudades de miseria, llama la atención sobre el fenómeno de las megalópolis del Tercer Mundo que crecen en buena medida por expansión tugurial. El caso, sin embargo, es más grave en unos países que en otros. Las ciudades de Colombia, por ejemplo, son, después de las de Sudáfrica y Brasil, las más desiguales del planeta según el último informe de ONU-Hábitat. Y además muestran los incrementos más significativos en el coeficiente de Gini, pues esa medida de desigualdad de los ingresos aumentó 24 por ciento en Bogotá entre 1999 y 2005, el 10 en Cali y el 4 en Medellín. Si la situación se mide por el Índice de Oportunidades Humanas (IOH), Colombia ocupa el sexto puesto entre 10 naciones suramericanas (ver el recuadro 2), superando tan solo a Bolivia, Paraguay, Perú y Brasil. Pero si se mira en forma desagregada el cuadro, vemos que en cuanto a las oportunidades educativas el puesto que ocupa el país es el penúltimo, lo que da poca esperanza de que se pueda reversar, bajo las condiciones políticas actuales, la situación de desigualdad de nuestra sociedad.

Desplazamiento ambiental e infraestructura rezagada

Al hecho de tener el dudoso honor de ser uno de los países punteros en población desplazada por el conflicto armado, Colombia entró a sumarse a la lista de países con alto número de desplazados ambientales. Si bien se estiman en cerca de dos millones 200 mil los afectados por el invierno, todavía no se ha calculado cuántos de éstos se convertirán en desarraigados. Porque, en el caso rural como en el caso urbano, no son en sí las manifestaciones extremas de los fenómenos naturales las causas de las tragedias sino las circunstancias particulares que envuelven la ocupación y el uso del espacio. Las zonas de desborde de los cuerpos de agua, así como ciertas áreas inundables periódicamente, han sido utilizadas siempre por los seres humanos. Los humedales temporales les han permitido a las llamadas “culturas anfibias” utilizar estos espacios para la pesca y alternativamente como tierras de labranza, sin detrimento del ecosistema ni del patrimonio acumulado de la comunidad. Otra cosa es que se pretenda permanecer, incluso en los períodos húmedos, ocupando espacios que ya sabemos se van a inundar.

Los procesos de desecación de cuerpos de agua, así como la ocupación forzada de áreas de desborde de los ríos, no son situaciones accidentales sino que obedecen a toda una política de conquista para la ampliación de las tierras arables (o construibles), que mediante el recurso de las canalizaciones se busca transformar en suelo. Ese recurso, que puede justificarse en ciertos casos, tiene un límite que al parecer estamos superando. Hoy, ante la periodicidad de las inundaciones, en varios países desarrollados ya se propone reversar el proceso de canalizaciones y reordenar la ocupación del espacio, teniendo en cuenta las máximas cotas históricas de desborde. Y no son propuestas de pachamamistas supersticiosos sino de planificadores que empiezan a ver con angustia las reiteraciones de las ‘reconstrucciones’.

Tampoco se trata de una compulsión moral quejarse por los daños en la infraestructura vial, pues ¿acaso no se lleva más de un siglo estudiando la mecánica de suelos y la forma de estabilizar los taludes? Que la red vial haya quedado prácticamente colapsada no es independiente del atraso de la misma, pues no es una tendencia al negativismo lo que obliga a afirmar que el país es el más rezagado en infraestructura vial en Latinoamérica. La apertura económica, que ya completó 20 años, prometió modernizar la nación y supuestamente hacer expedito el ingreso y la exportación de mercancías, para lo cual se consideraba necesario actualizar la red vial y la infraestructura portuaria, de lo que hoy no tenemos la más pequeña muestra. Que no existe una política de ordenamiento territorial (no nos referimos a buenas intenciones escritas) debe reconocerse, como también que el espacio se disputa en forma primitiva y se ocupa con criterios segregacionistas que cada vez arrinconan más a los grupos subordinados, poniéndolos literalmente al borde del precipicio.

Los movimientos alternativos, no obstante, parecen ajenos a los conflictos espaciales que cada vez son más agudos. La tierra urbana y la rural nunca han sido objeto de una verdadera reforma que la haga siquiera funcional a la modernización. Es hora de que desde la izquierda se entienda que el derecho a un orden espacial inclusivo es parte central del reclamo y referente de las luchas más agudas por venir. Un urbanismo que asegure habitabilidad básica para todos y una estructuración de la tenencia del suelo rural que garantice la seguridad alimentaria sostenible son asuntos sobre los que urgen pronunciamientos sentidos y contundentes.

*     Ver, por ejemplo, la columna de Alejandro Gaviria y la respuesta de William Ospina en el diario El Espectador, domingo 19 de diciembre de 2010, entre lo mucho que sobre el tema se escribió en los diferentes medios.
Publicado enEdición 165
Cuando el cuerpo se encuentre en una situación de agotamiento e intoxicación, el instinto de conservación reaccionará sabiamente, ahorrando energía por un lado para concentrar todas sus fuerzas en la desintoxicación.

Plan de ahorro energético

El cuerpo interioriza sus fuerzas para dedicarse plenamente a la tarea de limpieza interna. Con ello está pidiendo aumentar la dosis de descanso y reducir la actividad (incluso la digestiva). Si el cuerpo no quiere gastar energías en estas funciones, es mejor respetar su sabia decisión.

Estos son algunos de los síntomas frente a los cuales debes poner el cartel de “Cerrado por vacaciones”:

–    Debilidad muscular. Cuesta andar y estar de pie.
–    Te quedas dormido en todas partes, sobre todo por las mañanas.
–    Tensión arterial baja, mareo.
–    Falta de apetito, cuesta hacer la digestión, se adelgaza.
–    Estreñimiento, el intestino se echa a descansar.
–    Extremidades frías.
–    Vista cansada, oído sensible, vértigos, etcétera.
–    Piel seca, caída de cabello, etcétera.
–    Desaparece la ovulación y la regla.
–    Falta de apetito sexual.

Plan de limpieza

Al iniciar el plan de limpieza, puedes poner un cartel que diga “Obras. Perdonen la molestias”.

El plan de limpieza se manifiesta de diversas maneras:

–    Aumento de trabajo en los cuatro filtros depuradores: mal aliento (por el pulmón); orina oscura y con olor fuerte, arenilla, cálculo renal, molestias al orinar y en los riñones; cólicos biliares; ascos, náuseas, vómitos amargos, diarreas, hígado dolorido; sudor fuerte que puede irritar la piel.
–    Fiebre. El cuerpo intensifica sus mecanismos de limpieza y defensa, entrando en ebullición y elevando la temperatura: “el fuego purificador”.
–    Inflamación o congestión. El cuerpo elige un punto fuerte que haga de válvula de escape, para ayudar a los cuatro filtros en la evacuación de tóxicos. Aumenta la circulación sanguínea en esa zona, por lo que se abulta, se calienta, se pone rojo, duele y se altera la función de ese tejido. Las inflamaciones son molestas pero curan. Gracias al dolor, el cuerpo nos avisa que algo marcha mal y que se deben extremar los cuidados. Cuando se te han congelado las manos, la vuelta de la circulación es algo beneficioso y, sin embargo, doloroso. Los depósitos tóxicos sólo se pueden evacuar con un aumento de circulación que acarreará molestias.

La casa patas arriba

Si queremos renovar nuestro hogar mientras se hace una limpieza a fondo, se hacen arreglos, se pintan las paredes y se acuchillan los suelos. Se necesita pasar una temporada de incomodidades para luego gozar de una casa más agradable. Durante las crisis de limpieza que desencadena nuestro cuerpo, pueden aparecer las incomodidades ya citadas y algunos otros molestos reajustes, como dolores diversos, alteración del sueño (insomnio o somnolencia), irritabilidad; la regla se adelanta o se hace abundante, mal gusto de boca, lengua cargada, gases intestinales o vaginales, alteraciones visuales, alteración del ritmo cardíaco, respiración costosa y pesada, etcétera.

También habrá pérdida de peso (muy rápido los primeros días, luego más lentamente), al perder tóxicos y el agua que retienen, y al decidir el cuerpo alimentarse de las reservas.

Esta sabia decisión del instinto de conservación de desencadenar crisis extraordinarias de limpieza puede tener varios motivos:

–    Porque la situación de agotamiento e intoxicación es insostenible.
–    Porque las circunstancias le son favorables. Ha mejorado las condiciones de vida y el organismo se encuentra con fuerzas suficientes para desencadenar una crisis con el fin de mejorar la salud. A veces ocurre al irte de vacaciones, al dejar alguna droga o mejorar tu alimentación. Es muy corriente que duela la cabeza al dejar el café, que tosa el fumador al dejar de fumar; que aparezcan temblores, delirios o convulsiones al dejar el alcohol; que haya estornudos, mocos, diarrea, dolores musculares e insomnio al dejar la heroína.
–    Porque necesita hacer reajustes para adaptarse a nuevas situaciones (cambios climáticos, procesos de crecimiento, embarazo, cambios hormonales, etcétera).
–Por otros motivos que desconocemos.

Valor y precio

Creo que más que denunciar hay que darse cuenta de la realidad. Lo que no se puede permitir por más tiempo es que nos tomen por tontos. Nos hacen comulgar con ruedas de molino y con la propaganda, que ya de por sí es inmoral y cultivo de la mentira. Ya no se venden las cosas por su valor en sí sino por la publicidad que se hace de ellas. No se aprecia el valor; se pregunta cuánto cuesta…

Mientras gastemos cuatro veces más energía que la natural reciclable, no hay solución posible. Gastamos cuatro veces más unidades de energía por persona que las de un reciclaje natural, de la vida natural de un ser humano sobre la Tierra. Cuando digo natural, no quiero decir primitiva sino con todo el refinamiento. Pero el ser humano sólo es feliz porque va a la Luna o porque para transportar cien kilos utiliza unos aparatos que pesan mil, que es lo que hace el automóvil. ¿Hay quién lo pare? Sí, la catástrofe total. De ahí que la gente responsable tiene que empezar a no desanimarse y construir pequeños islotes de esperanza donde los sobrevivientes puedan acogerse.
Rimón Pannikar.

Coca, fuerza ancestral de nuestro planeta

Es indispensable conocer y comprender el tejido histórico con el fin de elaborar nuestros propios idearios y conclusiones acerca de las raíces que nos dan origen, y el entorno que nos rodea directa e indirectamente. Para no ser obligados a desarrollar nuestras vidas como un pueblo alienado, y, por el contrario, lograr el despliegue de nuestro potencial humano.

En este orden de ideas, en las dos siguientes entregas nos proponemos brindar material sobre la historia de la coca en relación con dos ejes fundamentales: como recurso tradicional y símbolo andino-amazónico, y la compleja relación de este maravilloso arbusto con la historia de la cocaína y el narcotráfico, que para la mayoría permanece hundida en la oscuridad de la ignorancia, debido a intereses de grupos poderosos y capitalistas que deliberadamente la han desacreditado con el fin de sacar el mayor provecho y sin importar las consecuencias.

Baldomero Cáceres Santa María, investigador y psicólogo peruano, representa una figura muy significativa en las investigaciones que se han llevado a cabo sobre la coca y la guerra contra las drogas. Gracias a su extraordinaria labor y asimismo a estudios nutricionales, como, por ejemplo, el realizado en la Universidad de Harvard, tenemos una mayor información sobre el contenido nutricional de este poderoso arbusto americano, la coca:

Propiedades de los 14 alcaloides que contiene la coca:

Atropina: O escopolamina, es una sustancia que produce sequedad del árbol respiratorio y actúa también sobre el corazón.
Benzoína: Acelera la formación de células musculares y evita la putrefacción de los alimentos.
Cocaína: Es el éster metálico de la benzoilegonina, tiene propiedades anestésicas y analgésicas.
Cocamina: Otro analgésico que, junto con el anterior, ayuda a la cocaína a aumentar sus propiedades.
Conina: Es un poderoso anestésico.
Egnonina: Es un derivado carboxilado de la atropina (utilizado como medicamento en anestesia, y en emergencias y cuidados intensivos); tiene propiedades para metabolizar las grasas y los glúcidos, carbohidratos, y para adelgazar la sangre.
Globulina: Es un cardiotónico que regula la carencia de oxígeno en el ambiente, mejorando la circulación sanguínea. Evita el soroche (mal de altura o también llamado mal de la montaña).
Higrina: Excita las glándulas salivares cuando hay deficiencia de oxígeno en el ambiente.
Inulina: Regula la secreción de la bilis y su acumulación en la vesícula; refresca y mejora el funcionamiento del hígado; equilibra la formación de melanina, evitando y limpiando las manchas de la cara. Es diurético y ayuda a eliminar sustancias nocivas y tóxicas no fisiológicas. Es un polisacárido muy parecido a la vitamina B12, que produce aumento en las células de la sangre.
Quinolina: Evita la formación de caries dental junto con el fósforo y el calcio.
Pectina: Es absorbente y antidiarreico; junto a la vitamina E, regula la producción de melanina por la piel.
Reserpina: Regula la presión arterial en hipo e hipertensión, y ayuda a la formación de células óseas.
Papaína: Esta proteasa (que en mayor proporción contiene la papaya) es muy parecida en su estructura a la catepsina animal; es un fermento que acelera la digestión.
Pectina: Elimina los residuos y toxinas de nuestro organismo.
Pyridina: Acelera la formación y el funcionamiento del cerebro, y aumenta la irrigación sanguínea de la hipófisis y las glándulas.
Sinonimia: Algunos nombres que lleva la coca en Colombia: Hayo, Hibie, Javo, Patu, Yayuelo, Cají, Ipatú, Igatúa. En Perú: Cuca, Cocaca, Mamacoca, kkoka. En Brasil: Ipadu, Padu, Hayo, Spadia.

No es casual, por tanto, la opinión de Eduardo Galeano, en su libro Memorias del fuego:
De acuerdo con la ideología hegemónica actual, el indio, el negro, el pueblo, tiene folclor, no cultura; practica supersticiones, no religiones; habla dialectos, no lenguas; hace artesanías, no arte. Y –por supuesto– usa placebos, no medicina.

Publicado enEdición 161