La máscara neoliberal y la del coronavirus

Camille Peugny , sociólogo francés especialista de las desigualdades sociales 

 La crisis sanitaria corrió el telón de la identidad capitalista y funcionó como espejo de la desigualdad laboral. Los vencedores en casa, los otros en el trabajo.

 

Desde París.La máscara del liberalismo se cayó al mismo tiempo que, individualmente, nos pusimos una máscara para protegernos del coronavirus. Parece una suerte de reconexión globalizada con el movimiento zapatista que surgió en Chiapas, México, a finales de 1994. Los zapatistas decían:” nos cubrimos el rostro para ser visibles”. Esa visibilidad de quienes estaban ocultos en el flujo tramposo del tecno-liberalismo ha irrumpido hoy en nuestras vidas cotidianas poniendo en la pantalla de la vida a todas esas clases sociales de trabajadoras y trabajadores invisibilizados por el híper consumo y que, en estas semanas, se han vuelto el corazón de la supervivencia de nuestras existencias: obreros y obreras, choferes, camioneros, panaderos y panaderas, repartidores, cajeras y cajeros de supermercados, enfermeras, asistentes de hospitales y un montón de hombres y mujeres asumiendo tareas y oficios ingratos, mal pagos, al servicio de las clases superiores han sido llamados a mantener viva la llama de los intercambios necesarios al funcionamiento de las sociedades. Los ejecutivos están en sus casas, en el campo o en la playa, los héroes inflados de las startups detrás de sus pantallitas bien protegidos de la circulación mientras que los trabajadores y trabajadoras constituyeron el pilar del hilo de vida que queda dentro de un sistema confinado. La crisis sanitaria corrió el telón de su identidad al tiempo que funcionó como espejo de la desigualdad laboral. Los vencedores de la globalización están en casa, los otros en el trabajo. El sociólogo francés Camille Peugny es un especialista de las desigualdades sociales y de la desclasificación social. Miembro del Centro de Investigaciones sociológicas y políticas de Paris (CRESPPA-CSU) y profesor en la Universidad de París VIII, ha escrito varios libros sobre las desigualdades laborales y sociales (Le déclassement, La montée du déclassement, Le destin au berceau : Inégalités et reproduction sociale).

En esta entrevista con Página/12 realizada en París en tiempos de confinamiento, Camille Peugny analiza esa perdida de la invisibilidad de las clases populares, así como la ocasión única, el “ahora o nunca”, que tiene la izquierda para replantear un proyecto de sociedad para todos y no solo para las clases medias conectadas.

--El 31 de diciembre de 1994 surgió en México el movimiento zapatista. Sus militantes tenían el rostro cubierto con un pasamontaña. Uno de sus emblemas fue decir: estamos enmascarados para que nos vean mejor. En esta crisis sanitaria mundial, la gente se puso máscaras de protección y, con ello, se visibilizó lo que era invisible: grupos sociales marginados, trabajadores. Desde la cajera del supermercado, el panadero, el señor y la señora del almacén, el camionero, en fin, ellos son hoy quienes hacer funcionar el sistema mientras que los ejecutivos trabajan protegidos desde sus casas de fin de semana. Las máscaras sanitarias los volvieron visibles.

---Sí, fue así. La máscara nos reveló a esas clases sociales que son generalmente invisibles y que hoy están afuera, en la calle, trabajando, para garantizar nuestra supervivencia. Ahora bien, esta nueva geografía social existe desde hace mucho. En Francia, como en la mayoría de los países occidentales, hay una polarización del trabajo y de la sociedad. Por un lado, están los empleados calificados, móviles, que hablan varios idiomas, trabajan en las empresas internacionales y venden por mucho dinero su capacitación en el mercado del trabajo. Por el otro, están los empleados poco calificados, en su mayoría mujeres mal pagas que están al servicio de la otra clase social para ir a buscar a los niños a la escuela, hacer tareas de limpieza. Por consiguiente, esta forma de relación entre clases sociales estaba ya presente, pero, ahora, se hizo muy visible en este contexto de crisis. Todos aquellos y aquellas que tienen un trabajo protegido y bien pago pueden trabajar desde su casa mientras que todos aquellos y aquellas que garantizan la supervivencia de la sociedad están obligados a salir. Es como una experiencia de laboratorio masiva y a cielo abierto. La crisis sanitaria del coronavirus visibilizó las jerarquías de la utilidad social.

--El relato visible de lo real trastornó de hecho las ficciones de la economía globalizada.

--Efectivamente. Con la globalización de la economía ha habido un movimiento de polarización de la estructura del trabajo que ahora aparece con toda su fuerza. Desde hace 30 años nos vienen prometiendo la desaparición de los trabajos penosos y el advenimiento de una sociedad del conocimiento. Pues no, al final nos damos cuenta de que, en 2020, nuestras en sociedades circulan millones de empleados que tienen puestos de trabajo penosos, mal pagos, expuestos, y que, sin ellos, la sociedad no puede funcionar. Le doy un dato válido para Francia: en este país hay 15 millones de personas que trabajan como obreros o empleados. Hoy los vemos mejor.

--Es la segunda vez en el último año y medio que la raíz de la sociedad sale a la superficie: primero fue, a partir de 2028 y durante una parte de 2019, el movimiento de los chalecos amarillos, el cual sacó a la luz lo que se llamó “la Francia invisible”. Ahora el coronavirus.

--Cuando los chalecos amarillos se movilizaron descubrimos que había muchos empleados y empleadas que giraban en torno a esos trabajos invisibles, con salarios bajos. Hace 18 meses se los pudo identificar cuando ocuparon las rotondas de Francia. La historia vuelve a repetirse.

--En casi todas las izquierdas hay como un pesimismo, un derrotismo marcado, un canto del cisne negro. Predomina la idea según la cual esta crisis le servirá al liberalismo para encapsularnos aun más. Usted ve, al contrario, una oportunidad única de redención social.

---No creo desde luego que toda la gente que sale a sus balcones o sus ventanas a aplaudir a quienes trabajan en los hospitales se conviertan de pronto en militantes anti liberales. Una buena parte de la sociedad volverá a ser como antes una vez que la crisis pase. En cambio, sí estoy convencido de que, para la izquierda, contamos con una oportunidad única. De golpe surgieron ante nosotros todas las aberraciones de las políticas implementadas en el curso de las últimas décadas. Un ejemplo dramático de esto es lo que ocurrió en Francia con las máscaras. Hace algunos años, un ministerio borró una línea presupuestaria destinada a comprar máscaras con el fin de ahorrar plata y ahora no hay máscaras a raíz de eso. Nuestro sistema no funciona más. Con esta catástrofe que vivimos vemos los resultados de estas políticas neo liberales. Podemos pensar que esto servirá de pedagogía, podemos pensar que, si la izquierda lleva a cabo un trabajo de análisis, de propuestas positivas sobre las consecuencias de estas crisis espantosas, entonces si podemos pensar que habría ciertos parámetros que cambiarían. En todo caso, si después de esta crisis nada cambia sería desesperante. Admito que la tarea es complicada. Para empezar a ir hacia una dirección distinta que la del rigor presupuestario o de la finanza hace falta un trabajo de largo aliento y, además, realizado a escala internacional. Nos hace falta una reacción coordinada de los movimientos y los partidos de izquierda en todos los países. Para los progresistas, los antiliberales, es ahora o nunca. Es la oportunidad para que, juntos, diseñemos un cambio de sistema. Todavía viviremos varios meses más con una demostración explosiva sobre el camino sin salida al que las políticas de las últimas décadas nos condujeron. Si después de esto nada cambia, entonces nunca jamás habrá cambios.

--Uno de los conceptos que usted ha promovido en su obra es el de la sociedad de la atención, del cuidado, de lo que los anglosajones llaman "care".

--Cuando se habla del care se piensa en la atención a los niños, a las personas de la tercera edad, etc. Pero yo creo que es preciso ampliar esta noción de la atención a todos los oficios que existen para estar al servicio de nuestros semejantes. La cajera del supermercado que sigue trabajando hasta las 10 de la noche en París para que el ejecutivo pueda hacer sus compras también forma parte de esas profesiones de la atención al otro. Justamente, el cuidado, la atención, el care, permite entender la dimensión vertical de la sociedad. Hay muchas personas cuyo trabajo consiste en estar al servicio de los demás. Esas personas son a menudo mujeres, inmigrados, que trabajan en condiciones dramáticas. Esta idea del care, de la atención, extendida a todas las profesiones puede servir para repensar las relaciones entre grupos sociales. Creo que, para la izquierda, es, otra vez, una forma de proponer un proyecto de sociedad positivo en el cual se le pueda ofrecer a esos millones de trabajadoras y trabajadores un lugar en la sociedad a la altura de su utilidad y de su importancia social. Insisto en decir: es una oportunidad histórica para repensar el lugar de cada uno en la sociedad y promover un cambio. Si no lo hacemos ahora, nunca más lo haremos. Hay un trabajo personal y político muy importante que debe hacerse.

--Este trastorno exponencial reactualiza igualmente lo que el liberalismo puso bajo la alfombra mientras que la izquierda miraba hacia otro lado: las clases sociales existen y la desigualdad las atraviesa.

---La temática de la desigualdad social siempre fue actual, sólo que no se la estimuló políticamente. Los términos como clase obrera, ricos, dominantes, fueron desapareciendo de a poco de las retóricas políticas, incluso de la propia izquierda. Sin embargo, no por ello las clases sociales dejaron de existir. Hay que empezar por promover los oficios, la función social, la jerarquía de la utilidad social. Hay que llevar la voz de los trabajadores, de las mujeres, de los hombres y de sus oficios. No todos los dominados tienen conciencia de pertenecer a una misma clase social con capacidad de organizarse para defender sus intereses como lo enuncia la teoría marxista. En parte la responsabilidad de esto también incumbe a la izquierda porque abandonó a esas clases sociales y la temática social. Hace 30 años que se habla de las clases medias y no se habla de las clases populares. Vivimos en una sociedad de clases sociales y de antagonismos sociales. Ambas problemáticas deben ser llevadas al centro del debate público. La izquierda no debe tener miedo de hablar de clases sociales. En este contexto, hablar sólo de clases medias equivale a no tratar el tema de las clases sociales. Así se instaura la imagen de una sociedad compuesta únicamente por una gigantesca clase media. Desde luego, no bastaría con hablar de las clases populares para ganar sus votos, empezando porque esas clases populares se identifican con la clase media y quieren parecerse. Pero hay que asumir un discurso que sea al mismo tiempo capaz de apropiarse de los antagonismos sociales y designar un porvenir colectivo.

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La emergencia, prueba del fracaso del neoliberalismo: Noam Chomsky

El intelectual estadunidense negó una intención política en la propagación del virus

Sábado 21 de marzo de 2020,

El intelectual estadunidense Noam Chomsky rechazó versiones de que el coronavirus se haya propagado intencionalmente con fines políticos, como se ha especulado en diversas partes del mundo. Sin embargo, sostuvo que el colapso de los sistemas de salud ante la crisis se debe a los gobiernos neoliberales de muchos países y culpó al presidente estadunidense Donald Trump de minimizar la situación y arriesgar la salud de millones de personas.

El diario italiano Il Manifesto contactó a Chomsky, quien permanece aislado en su hogar en Tucson y afirmó: "La situación es muy grave. No hay credibilidad en la afirmación de que el virus se propagó deliberadamente. La reacción de Estados Unidos ha sido terrible. Era casi imposible incluso hacer pruebas a las personas, así que no tenemos idea de cuántos casos hay realmente".

Añadió: "En general, esta crisis es otro ejemplo importante del fracaso del mercado, al igual que lo es la amenaza de una catástrofe medioambiental. El gobierno y las multinacionales farmacéuticas saben desde hace años que existe gran probabilidad de que se produzca una grave pandemia, pero como no es bueno para las ganancias prepararse para ello, no se ha hecho nada".

Agregó que "el huracán Trump" y su gobierno "han minimizado la gravedad de la crisis" en una actitud que ha sido replicada y aumentada por los medios de comunicación, lo que ha ocasionado que "muchas personas han dejado de tomar las precauciones básicas".

En cuanto a las condiciones generales de la pandemia, Chomsky indicó: “El asalto neoliberal ha dejado a los hospitales sin preparación. Un ejemplo son las camas, que han sido suprimidas en nombre de la ‘eficiencia’”.

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El coronavirus expone las falencias del sistema de salud de EE.UU.

La pandemia se expande, así como el miedo a no poder pagar las costosas consultas y tratamientos 

Treinta millones de personas no poseen seguro médico y otros 40 millones sólo acceden a planes deficientes, con copagos y seguros de costos tan elevados que sólo pueden ser utilizados en situaciones extremas. 

 

"Es una gripe", decía Donald Trump sobre el coronavirus hace menos de un mes, con esa mezcla de ignorancia y soberbia que lo caracteriza. Pero desde esa definición a la fecha se sucedieron 69 muertes, 3.774 contagios y una declaración de emergencia nacional en Estados Unidos. La propagación de la pandemia exhibe como pocas veces las graves falencias del sistema de salud estadounidense: una buena parte de la población no tiene seguro médico, y no existe en muchos estados la licencia paga por enfermedad. Para colmo, surgieron dificultades a la hora de implementar los primeros tests de coronavirus en el ámbito público. Si bien la declaración de emergencia nacional pretende extender su aplicación en laboratorios privados, todavía no queda claro cuántos estadounidenses podrán hacer frente a los costos. Mientras tanto, los precandidatos demócratas a la presidencia, Bernie Sanders y Joe Biden, intentan capitalizar los errores de Trump y su gestión como plataforma para presentar sus programas de salud.

En sus primeras apariciones públicas tras los primeros casos de coronavirus en el país, Trump se mostró escéptico y le restó importancia al verdadero peso de la crisis. El presidente pasó de pensar que el coronavirus era un problema exclusivamente chino (lo llamó “un virus extranjero”) a descartarlo por considerarlo un engaño del partido demócrata.

El miércoles pasado, cuando ya llovían las quejas por el manejo gubernamental de la pandemia, Trump declaró la suspensión de entrada al país de los extranjeros que hayan estado en un total de 26 países europeos pertenecientes al espacio Schengen. El anuncio de emergencia nacional llegó sobre el cierre de una semana difícil para la bolsa estadounidense. A pesar de que el viernes registró una limitada recuperación, los principales índices bursátiles sufrieron su peor caída desde la crisis financiera de 2008. Esa parece ser la mayor preocupación del mandatario.

Salud en estado crítico

Apenas un elemento resulta suficiente para alimentar la hipótesis pesimista (pero realista) de que el coronavirus se continuará expandiendo en el país: la inexistencia de un sistema de salud público consolidado y progresivo.

En un interesante artículo publicado en The Guardian, el exsecretario de Trabajo durante el gobierno de Bill Clinton, Robert Reich, afirma que “En lugar de un sistema de salud público, tenemos un sistema privado con fines de lucro para las personas que tienen la suerte de pagarlo y un sistema de seguro social desvencijado para las personas que tienen la suerte de tener un trabajo a tiempo completo”.

En la actualidad, 30 millones de personas no poseen seguro médico, y otros 40 millones sólo acceden a planes deficientes, con copagos y seguros de costos tan elevados que sólo pueden ser utilizados en situaciones extremas, según la Kaiser Family Foundation, una organización dedicada a investigar temas de salud. El miedo a no poder pagar las costosas consultas y tratamientos puede impedir que se detecten contagios y el coronavirus siga propagándose.

Frente a ese contexto reaparecieron en la escena pública los programas de salud de los precandidatos demócratas Bernie Sanders y Joe Biden. El Medicare For All propuesto por Sanders es la base de su plataforma progresista. Su plan dejaría intacta la infraestructura actual de médicos, hospitales y otros proveedores de atención médica, pero nacionalizaría la industria de los seguros de salud. Casi todo el dinero que las personas y los empleadores pagan actualmente a través de las aseguradoras, así como gran parte del dinero que pagan los estados, según el plan de Sanders, pasaría a ser pagado por el gobierno federal.

El programa de Biden, en cambio, es menos ambicioso. No tocaría el actual Medicare, junto con las aseguradoras privadas que ofrecen los planes llamados Medicare Advantage, pero les daría a los estadounidenses más jóvenes la opción de inscribirse en una nueva póliza administrada por el gobierno. El foco puesto en la juventud, a diferencia de Sanders que cree que la prioridad son las personas de la tercera edad: no es casual que se trate del grupo etario más castigado por el coronavirus.

Falta de kits

Más allá del relato cínico de Trump, en Estados Unidos durante varias semanas no hubo suficiente stock de kits de diagnóstico para comprobar quién estaba infectado, lo que significa que muchos potenciales casos pueden haber pasado desapercibidos. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), los principales institutos de salud pública del país, inicialmente sólo permitían realizar pruebas en sus propios laboratorios.

Durante más de un mes, cada estado debía enviar las muestras de posibles contagios por correo postal a la sede de los CDC en Atlanta, el único lugar autorizado para realizar las pruebas. Fue recién la semana pasada cuando los 50 estados del país empezaron a contar con la capacidad técnica para realizar los exámenes de manera autónoma.

Según cifras oficiales, hasta el martes pasado solo 79 laboratorios estatales o del sistema de salud pública contaban con capacidades para hacer las pruebas, en un país con más de 327 millones de habitantes. Con el giro de fondos tras la declaración de emergencia nacional, se espera que el trámite se agilice con la habilitación de laboratorios privados.

El alto costo de enfermarse

En teoría, los CDC ofrecen el test de coronavirus de manera gratuita, siempre y cuando esté prescripto por un médico. Y las grandes aseguradoras del país sostienen que tampoco cobrarán por el servicio en algunos estados. Pero esa supuesta gratuidad no es suficiente para esconder al resto de las dificultades.

Osmel Martinez Azcue le contó al Miami Heraldcómo, al volver con síntomas de gripe de un viaje a China, acudió a un hospital de Miami a hacerse las pruebas de coronavirus. Resultó que tenía una gripe. Pero también una factura de 3.270 dólares que lo esperaba apenas volvió a su casa. “¿Cómo se puede esperar que los ciudadanos contribuyamos a reducir el riesgo de contagio entre personas si los hospitales nos van a cobrar más de 3 mil dólares por un análisis de sangre y una muestra nasal?”, se preguntaba indignado este joven de origen cubano.

El caso de Shefali Luthra, miembro de la Kaiser Family Foundation, no fue tan doloroso aunque también expone las falencias del sistema y la falta de coordinación. Tres días después de volver de una conferencia en Nueva Orleans, a Luthra le avisaron que al menos uno de los asistentes había dado positivo en el test de coronavirus. “Como periodistas y divulgadores de la medicina estamos en teoría muy bien equipados para saber lo que ocurre. Pero en la vida real, descubrir si estamos en riesgo y hacernos la prueba es casi imposible. Resulta que tanto el consejo médico como el acceso a las pruebas varían dramáticamente dependiendo de dónde vives y quién eres, y no está claro cuál es el estándar”, relata en diálogo con PáginaI12.

Lo que además llamó la atención de Luthra fue una evidente discriminación. El congresista republicano Matt Gaetz fue el único de ese grupo de trabajo que consiguió ser evaluado. “Inicialmente no tenía los síntomas pero decidí que debía intentar hacerme la prueba, como lo hizo Gaetz. Después de todo, Trump prometió que las pruebas estarían disponibles para cualquiera que quisiera una…”, admite Luthra con un dejo de ironía. Al día de hoy y a pesar de gozar de un buen seguro médico, todavía no pudo acceder al preciado test.

La crisis del coronavirus también exhibe la fragilidad del sistema laboral nacional. El CDC le recomienda a todos los estadounidenses que se queden en casa si están enfermos. Pero ¿cómo podrían hacerlo, si en muchos casos eso significa que automáticamente dejen de cobrar sus sueldos? A diferencia de lo que ocurre en la mayor parte de los países industrializados, en Estados Unidos ninguna ley federal obliga a las empresas a pagarles licencia por enfermedad a sus trabajadores.

Sherry Leiwant, copresidenta de A Better Balance, que hace campaña por una mayor protección en los lugares de trabajo, comenta a este diario: "Una buena cantidad de estudios demuestran que el contagio se puede contener con la licencia laboral con goce de sueldo”. Pero agrega que los trabajadores prefieren “no quedarse en casa para aislarse si de esa manera ponen en riesgo sus puestos de trabajo". Según una reciente encuesta de la firma YouGov, casi la mitad de los trabajadores admiten que el año pasado acudieron enfermos a su empleo.

Por primera vez en la historia y movido por la urgencia de la situación, el Congreso de Estados Unidos está abordando la problemática. El proyecto de ley aprobado el viernes prevé “10 días de licencia por enfermedad y 12 semanas de licencia pagas para aquellos que están enfermos de coronavirus o cuidando a un familiar cercano que esté en cuarentena o afectado por el cierre de escuelas”, detalla Leiwant. Pero la medida, que ahora pasará por el Senado, exime de esa responsabilidad a las grandes empresas del país: nuevamente, los mayores privilegiados serán los más poderosos.

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Sábado, 14 Marzo 2020 06:43

La salud pública.

La salud pública.

La lección que deja la pandemia

 

Desde Madrid, el veterano dirigente de Izquierda Unida Julio Anguita, tuiteó: “Recuerden esto cada vez que les digan ´la sanidad privada es más barata´. El coronavirus está poniendo en evidencia lo que ya sabíamos, que la sanidad privada es parasitaria de la pública. Empresas multimillonarias cuyo modelo de negocio depende de derivar pacientes graves a la pública y de desentenderse cuando pasa algo como esto”. Un enfermero del Hospital Central de Madrid --donde el equipo de gobierno está siendo testeado después de la ministra de Igualdad, Irene Montero, diera positivo, y su pareja, Pablo Iglesias, bridara con el rey--, informaba en un canal de televisión, ayer, que la situación dentro de los hospitales es caótica. Falta de todo. Desde insumos hasta personal. Falta planificación y dirección. Contratan personal médico temporario pero no hay partidas presupuestarias para contratar más personal de limpieza en esos hospitales colapsados.

Desde Nueva York, la cantante y compositora Isabel de Sebastián posteaba esta semana: “Estoy en el país económicamente más poderoso del mundo, pero gran parte de la población no va al médico porque el seguro es carísimo e igualmente pagas una fortuna deducible antes de que el sistema comience a pagar algo. No hay salud pública salvo para gente indigente y jubilados. Trump le sacó los fondos a las organizaciones encargadas de este tipo de catástrofes hace meses, están desfinanciadas y hacen lo que pueden. A cargo de la crisis está Pence, culpable de muertes en los tiempos de la epidemia del VIH por haber votado contra la financiación del test. El gobierno dice que hay kits de análisis, pero las noticias muestran a médicos de hospital diciendo que no los tienen. Los médicos a domicilio aquí no existen, y desde hace unos días los hospitales te piden que no vayas si tenés fiebre o tos”.

Ayer el New York Times reafirmó la falta generalizada de kits de prueba de coronavirus en Estados Unidos. El día anterior el New Yorker publicó en su tapa una caricatura de Trump con el barbijo puesto pero en los ojos. Ahora Trump deberá conseguirse un kit, ya que un funcionario de Bolsonaro con el que se reunió hace poco dio positivo.

La distopía nos venía corriendo. Mordiéndonos los talones. Los medios opinan y opinan y opinan. Opinan los entrevistados y los entrevistadores. Hay que llenar el tiempo al aire y hay conteos de infectados, indicaciones contradictorias (¿Es obligatorio u opcional hacer cuarentena después de un viaje? ¿El barbijo protege o fragiliza?), alertas cada cinco minutos y noticias de todo el mundo. La más estremecedora llega de Italia, donde también la salud pública sufrió en los últimos años uno de esos recortes que tanto le gustan al FMI. Fueron una de sus pruebas de “confianza”. No alcanzan los respiradores, y los paramédicos deben elegir a quién salvar, y optan por los jóvenes. La distopía ya nos alcanzó.

El Italia no se tomaron las medidas a tiempo, no existió ni por asomo la decisión china de aislar una ciudad entera cuando hubo quinientos casos, sin perder ni un día desde que sospecharon, pese a desconocer todavía el origen del virus, que se trataba de un fenómeno de alto poder de contagio. Corea del Norte al día siguiente también cerró su frontera con China. Todavía no reporta ni un caso. La inexistencia de medidas masivas y de reflejos rápidos que mostró China se hizo esperar en Europa. Quizá se les haya ocurrido. Pero no tienen con qué. La peste nos está mostrando que los Estados fuertes y la salud pública tienen poderosas razones para existir en beneficio de toda la población, porque este virus tiene dos tipos de seres más vulnerables que otros: los ancianos con enfermedades preexistentes a veces sencillamente por la edad, y los viajeros. ¿A qué guionista se le hubiera ocurrido?

Probablemente gracias a la fuerte decisión de un Estado como el chino, allí la infección se amesetó y comenzó a bajar rápidamente, mientras su traslado a países de Estados debilitados por el neoliberalismo encontró escenarios fértiles para la propagación. Occidente tiene además sus medios, que hacen difícil discernir hasta dónde llega la pandemia y hasta dónde el pánico y la especulación. De este modo, observamos cómo el sistema cuya degradación siempre hemos denunciado por su elitismo y su crueldad, se adapta perfectamente a la muerte en todas sus formas. Las muertes por desnutrición, por falta de atención médica, por depresión y ahora por su fragilidad financiera cuando el que debe actuar es el Estado, incapaz de gestos drásticos después de décadas de recortes. Hace tres meses en este país no había ni ministerio de Salud. No hay que olvidarlo ni un minuto cuando comience la cizaña.

Este desastre vuelve a mostrar la mala entraña capitalista en su peor faceta. Deberían repartir por la calle el alcohol en gel que ya no se consigue en las farmacias de ninguna parte. Nos hay aprovisionamientos de alimentos coordinados para las poblaciones en cuarentena, no hay distribución de agua potable ni barbijos ni, como en Estados Unidos, kits de prueba al alcance de cualquiera que tenga los síntomas. ¿Es concebible una situación más lacerante que la de un país cuyos hospitales en lugar de recibir a los enfermos les piden que no vayan, sabiendo que se trata de gente que no tendrá ningún tipo de atención médica? Se llama abandono de persona, y lo están haciendo Estados que nunca reconocieron el valor universal de lo público y hace décadas que se dedican a alimentar la salud prepaga.

Una vez más, este caos que nos mantiene en estado de excepción permanente --ese estado que según Giorgio Agamben es el que buscan los Estados autoritarios de las nuevas derechas--, nos confirma que los Estados nacionales, cuando fueron creados, trajeron paz después de siglos de guerras ininterrumpidas porque por primera vez el diezmo que antes se le pagaba al conde, al duque o al rey se convirtieron en impuestos para ver nacer, poco después, la salud y la educación públicas. Hace medio siglo que el neoliberalismo intenta desmentir esa verdad que hoy se traduce en torpezas y vacío de protección. Hace medio siglo que rechazamos el desmantelamiento de lo que llegado el momento, como ahora, es lo único que nos puede dar cierta seguridad.

Esos países que fueron desfinanciando sus sistemas sanitarios, humillando a sus médicos, despreciando a los enfermeros, echando a sus científicos para que trabajen en la esfera privada, hoy son los más vulnerables del mundo. Tal vez esta pandemia, cuyas derivaciones son todavía imprevisibles, genere pérdidas económicas tan grandes que llame a algunos a la reflexión. Quizá no desde un punto de vista humanista y solidario, sino desde lo único que entienden, que es cuánto ganan.

Cuando esto amaine habrá que repensar el Estado sin los arteros mitos neoliberales que han engordado sus discursos miles de veces. Parafraseando al cura del siglo XIX Henri De la Cordiere, que dijo que “entre el fuerte y el débil, la ley es la que protege y la libertad es la que oprime”, hoy podríamos decir que entre el sano y el enfermo, el Estado es el que protege y la medicina privada es la que se desentiende. Esta tragedia global debe dejarnos al menos una lección: la resignificación de lo estatal.

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Viernes, 13 Marzo 2020 05:51

La dimensión política del coronavirus

La dimensión política del coronavirus

 

Tras unas semanas en las que abundaron las críticas a China por su gestión de la crisis, varios países del mundo occidental han entrado en pánico por la gestión de la crisis provocada por el coronavirus.

En un momento en el que los esfuerzos de los estados están concentrados en la contención de la pandemia mundial de coronavirus (covid19), puede parecer una frivolidad preguntarse por sus repercusiones políticas. Sin embargo, a nadie se le escapa que antes o después llegarán. Por lo pronto, el impacto económico ya se está dejando notar: los principales índices bursátiles han registrado caídas —el jueves Wall Street cerró después de que el Dow Jones se dejase 1.700 puntos en la apertura— y sectores enteros de la economía y las cadenas de suministro se han visto golpeados.

El director de Foreign Policy In Focus, John Feffer, recogía en un artículo reciente algunos datos que no está de más reproducir aquí: se ha calculado que el tráfico mundial de contenedores de transporte se reducirá un 9,5% este mes de marzo, y del sector industrial al turístico —reservas hoteleras, restauración, aerolíneas y cruceros— e incluso el entretenimiento —cancelación de conciertos, exposiciones en museos, funciones de teatro y estrenos cinematográficos— las consecuencias ya se dejan notar.

China ha ajustado su previsión de crecimiento, que ha rebajado a un 5% del PIB del 6% previsto, y se espera una caída similar para Italia, cuyo gobierno ha anunciado ya una inversión adicional de 25.000 millones de euros. Según fuentes del Fondo Monetario Internacional (FMI), Italia podría necesitar un rescate de 500 a 700 mil millones de dólares. El pasado martes la Unión Europea adelantó que activará un fondo de 25.000 millones de euros para hacer frente a la crisis, un día antes de que el Banco Central Europeo (BCE) alertase de la posibilidad de una crisis como la de 2008 si no se toman medidas cuanto antes.

Bloomberg presentaba hasta cuatro escenarios, en el peor de los cuales la economía global perdería 2,7 billones de dólares y algunas de las principales economías industriales verían caer su PIB hasta un 3%. Según sus autores, “las históricos bajos niveles de las tasas de interés y los elevados niveles de deuda” limitan el margen de maniobra de los estados europeos, haciendo que la “caja de herramientas sea poco adecuada para la tarea” de enfrentarse al daño económico que causará la pandemia.

“Si algo con una tasa de mortandad relativamente baja como el coronavirus, de entre un 1 y un 4%, en comparación con el 50% del ébola, puede ocasionar semejante daño a la economía global, quizá es que el paciente estaba sufriendo ya de algún tipo de dolencia previa”, observa Feffer. “Puede parecer ridículo esperar que un patógeno, incluso uno que se propaga al ritmo de una pandemia, pueda revertir una trayectoria que lleva desarrollándose un siglo, pero el estallido de coronavirus coincide con los ataques a la globalización económica desde diferentes sectores”, añade el director de Foireng Policy in Focus, quien cita el ejemplo de los ecologistas que cuestionan desde hace décadas la política de crecimiento y la mundialización.

En este sentido, el covid19, “como la pandemia de gripe de 1918, puede contribuir a una mayor fragmentación” o puede “servir como recordatorio de cómo la salud de la humanidad ha dependido de allende de las fronteras durante milenios” —las pandemias, recuerda el autor, siempre han estado relacionadas con los desplazamientos comerciales y militares— conduciendo a replantarse “cómo funciona el mundo”.

Quizá no se equivocaba del todo el editor del Global Times, Hu Xijin, al afirmar que “nos encontramos ante la primera fase de un enorme cambio”, ni tampoco exageraba el sociólogo Jósczef Böröcz al decir que “la humanidad se encuentra a prueba […] ¿Cómo reaccionan las culturas, clases e individuos a un desafío colectivo de esta importancia? ¿Qué culturas, clases e individuos son capaces de ajustarse a las respuestas colectivas adecuadas? ¿Qué produce reacciones sociales absolutamente antisociales? ¿Quién se dedica a pseudoactividades irrelevantes? Y la mayor pregunta de todas: ¿Qué culturas, clases e individuos serán capaces de sobrevivir o cuáles se irán por el desagüe?”

Primero Schadenfreude, luego pánico

Como se ha señalado ya en varios lugares, y el propio Feffer recoge, la primera reacción de muchos comentaristas occidentales al brote de covid-19 en Wuhan fue de Schadenfreude, un término alemán de uso frecuente en los medios con el que se describe el sentimiento de alegría por la desgracia ajena. ¿Cuántos medios no hablaron de un ‘Chernóbil chino’? Se lo

preguntó The Guardian, lo afirmó la revista Newsweek y, como por desgracia acostumbra a suceder, en España se repitió acríticamente en diarios como el ABC y en todos los telediarios de importancia. Foreign Policy llegó a acusar a China de haber “puesto en riesgo al mundo” con su “incompetencia”.

Muy diferente era el juicio de las autoridades sanitarias competentes: después de visitar el país, el director ejecutivo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para brotes epidémicos y emergencias sanitarias, Bruce Aylward, elogió en una rueda de prensa a finales de febrero la respuesta china y señaló que el resto de países no están preparados, “pero pueden estar listos rápidamente si hay un cambio de mentalidad sobre cómo vamos a manejar la enfermedad”.

En una entrevista con el medio estadounidense Vox publicada a comienzos de este mes, Aylward desarrollaba sus conclusiones. “La cuestión es la velocidad, todo se reduce a la velocidad: cuanto más rápido se puedan encontrar los casos, aislarlos y rastrear sus contactos, más éxito se tendrá”, exponía. Lo que demuestra la respuesta de China en 30 provincias, continuaba, “es que si uno se lo propone, se arremanga y comienza el trabajo sistemático de encontrar los casos y rastrear los contactos, se puede modificar la forma del estallido, reducir la presión y prevenir que mucha gente enferme y que los más vulnerables mueran”.

o se trata solamente de medidas comunes como el aislamiento de casos y la suspensión de reuniones públicas, sino de construir instalaciones hospitalarias especializadas, acelerar las pruebas —los resultados se conocen en un espacio de cuatro a siete horas— y garantizar su gratuidad, agilizar las recetas de medicamentos y crear una red para su distribución a las poblaciones afectadas, así como adquirir aparatos de respiración asistida, oxígeno, material de laboratorio. E incluso a pesar de ese esfuerzo hercúleo “hubo problemas con los suministros en algún punto”. ¿Y qué hay del aislamiento de ciudades enteras o del seguimiento de ciudadanos a través de sus teléfonos móviles? “Los aislamientos a los que se refiere, las preocupaciones por los derechos humanos, reflejan la situación en lugares como Wuhan, [los aislamientos] se concentraron en Wuhan y otras dos o tres ciudades que explotaron [con casos de COVID-19], estos lugares se descontrolaron al comienzo [de la epidemia] y China tomó la decisión de proteger a China y al resto del mundo.”

Ahora que el covid19 se extiende por Europa y Estados Unidos, la comparación en la gestión de la pandemia ha dejado en evidencia la “dolencia previa” de la que hablaba Feffer. En EEUU, hogar de 28 millones de personas sin seguro médico, las enfermeras se han quejado por la falta de equipos y también lo ha hecho el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) por la escasez de material de laboratorio para las pruebas de detección después de haber sufrido retrasos y errores.

En Nueva York el cierre de escuelas se ha considerado como “la última opción”, ya que significaría dejar a 114.000 estudiantes sin hogar sin la posibilidad de recibir atención médica o comida. En Counterpunch resumía bien la situación JP Sottile al escribir que estos últimos cuatro años la Casa Blanca “ha estado privando de oxígeno a las agencias federales, reduciendo sus recursos y su personal”, avanzando en el programa neoliberal de tres décadas que convierte así a Donald Trump en “el omega al alfa de Ronald Reagan”. “Cualquier ‘incompetencia’ relacionada con el coronavirus que veáis en las noticias es una característica intrínseca de todo ello, no un error”, denunciaba Sottile.

Cabe recordar que todo esto sucede mientras China clausuraba recientemente 16 hospitales de emergencia en Wuhan, enviaba 250.000 mascarillas y cuatro expertos en el control de la epidemia a Irán —donde las sanciones estadounidenses agravan la crisis— y un millar de ventiladores pulmonares, dos millones de mascarillas ordinarias y 100.000 mascarillas de alta tecnología a Italia.

En un artículo en Politico, el representante permanente de Italia ante la UE, Maurizio Massari, volvía a reclamar a Bruselas que relajase el acceso al crédito y difícilmente podía ocultar su indignación ante la respuesta de sus socios europeos: “Italia ya ha pedido que se active el Mecanismo de Protección de la Unión Europea para el suministro de equipos médicos para protección individual, pero por desgracia ni un solo país europeo ha respondido a la llamada de la Comisión, únicamente China ha respondido bilateralmente”. “Ciertamente, esto no es un buen signo de solidaridad europea”, apostillaba Massari.

El jueves la embajada china en Madrid informaba de la llegada de un cargamento de 1,8 millones de mascarillas y 100.000 reactivos. Alemania ya ha prohibido la exportación de material médico, provocando la indignación de Suiza y Austria. Berna ha llamado al embajador alemán a consultas en protesta por el bloqueo de un cargamento de 240.000 mascarillas médicas en la frontera, mientras que la ministra de Economía austríaca, Margarete Schramböck, ha exigido a Berlín que deje de retener los suministros.

“No puede ser que Alemania esté reteniendo productos destinados a Austria por el simple hecho de encontrarse almacenados en un Alemania”, declaró Schramböck, “estos productos son para el mercado austríaco, y los movimientos unilaterales de Alemania lo único que hacen es causar problemas a otros países”. Tan poco para tantos valores europeos.

China ha donado más de un millón de máscaras y otro material médico a Corea del Sur, 5.000 trajes protectores y 100.000 máscaras a Japón y 12.000 kits de detección a Pakistán, pero a pesar de todo ello algunos medios occidentales parecen concentrarse en atacar al país que más ayuda.

En España es digna de mención la rápida progresión del economista Juan Ramón Rallo quien, desde su columna en El Confidencial —programáticamente titulada Laissez faire— ha pasado de calificar de “extralimitación liberticida” la decisión de Francia de requisar los stocks de mascarillas para evitar el acaparamiento y la especulación a explicar a sus lectores por qué las medidas adoptadas por China para contener el Covid-19 son un ejemplo a seguir.

Aunque este cambio ha dado pie a numerosas bromas, pocos lectores parecen haber reparado en el último parágrafo de su artículo: “Pero, a la vez, los casos de Hong Kong y Singapur también nos recuerdan que, con restricciones muchísimo menores a las de China pero con un seguimiento exhaustivo de los contagiados y de sus contactos y una extrema responsabilidad individual hacia los demás (tomarse en serio la higiene y minimizar las salidas innecesarias de casa), también es posible frenar el ritmo de contagio. No hace falta hacer como China para obtener resultados chinos: pero sí es imprescindible actuar con profesionalidad y diligencia. Si no lo hacemos, confundiremos la inoperancia, pasividad y negligencia de un partido político específico con la inoperancia de un régimen amplio de libertades. Y la epidemia vírica será seguida por una epidemia autoritaria.”

Beijing vs. Singapur

Después del crack del 29 millones de personas en el mundo quedaron fascinadas por la capacidad de resistencia a la crisis —supuesta o relativa, dependiendo del observador— de dos países de políticas diametralmente opuestas: Italia, donde se aceleró el corporativismo con la nacionalización de bancos y la creación de empresas mixtas y estatales, y la URSS, donde el sistema de economía planificada protegía relativamente al país de los shocks de la Gran Depresión.

Con la crisis del Covid-19 podría ocurrir algo parecido, salvando por descontado todas las distancias. La derecha ya parece haber tomado como ejemplo Singapur, como atestiguan algunos artículos publicados hasta la fecha. Pocas sorpresas: la combinación de una economía de libre mercado, por una parte, y de un longevo gobierno autoritario del Partido de Acción Popular (PAP) que se encarga de vigilar su cumplimiento, por la otra, convierte a la ciudad-estado en un modelo atractivo para la derecha.

Singapur, con todo, no llega a los seis millones de habitantes. China, en cambio, tiene más de 1.400 millones, lo que la convierte en el país con más población del mundo. A diferencia de Singapur, su sistema político es una evolución del que existía en los estados del “socialismo realmente existente” antes de su desintegración, y mantiene, a pesar de la liberalización de buena parte de su economía, elementos socialistas. Los muchos comentarios que ha provocado la respuesta china a la crisis del coronavirus estos días traen a la memoria ¿Comunismo sin crecimiento? (1975) de Wolfgang Harich.

Este libro —una larga conversación entre el filósofo alemán y Freimut Duve, un socialdemócrata germano-occidental— abordaba el replanteamiento del marxismo a la luz de la crisis ecológica desde una óptica pesimista, partiendo de la tesis que aquélla establecía límites a la abundancia material con la que el marxismo tradicionalmente había vinculado la libertad comunista y la consiguiente extinción (o abolición) del Estado. En palabras de Harich, “mi creencia en la superioridad de modelo soviético de socialismo se ha hecho inquebrantable desde que he aprendido a no considerarlo ya desde el punto de vista de la —por otra parte absoluta— competencia económica entre el Este y el Oeste, sino a juzgarlo, ante todo, según las posibilidades que ofrece su estructura para sobreponerse a la crisis ecológica, para el mantenimiento de la vida en nuestro planeta, para la salvación de la humanidad”. Según Harich, únicamente un sistema comunista, con su centralización administrativa y economía planificada, permitiría combinar medidas de emergencia como la limitación del consumo y de la población o el racionamiento de productos de acuerdo a un principio de igualdad.

El libro de Harich fue ampliamente debatido en su momento en España, donde Manuel Sacristán le achacó tres defectos: “En primer lugar, es inverosímil si se tiene en cuenta la experiencia histórica, incluida la más reciente, que es la ofrecida por la aristocracia de los países del llamado ‘socialismo real’; en segundo lugar, el despotismo pertenece a la misma cultura del exceso que se trata de superar; en tercer lugar, es poco probable que un movimiento comunista luche por semejante objetivo. La conciencia comunista pensará más que bien que para ese viaje no se necesitaban las alforjas de la lucha revolucionaria. A la objeción (repetidamente insinuada por Harich) de que el instinto de conservación se tiene que imponer a la repugnancia al autoritarismo, se puede oponer al menos la duda acerca de lo que puede hacer una humanidad ya sin entusiasmos, defraudada en su aspiración milenaria de justicia, libertad y comunidad.”

A la luz de la crisis del Covid-19, los argumentos de Wolfgang Harich merecen reflexión. En una entrevista concedida en 1979 al semanario Der Spiegel, Harich defendía “que hay parámetros de alcance global que sólo pueden resolverse con un poder centralizado”, y añadía que “éste, en mi opinión, debe contar con plenos poderes dictatoriales” (aquí conviene matizar que Harich hablaba de una dictadura fideicomisaria y no de un despotismo soberano). “No soy un sádico, no me gustan las dictaduras duras, no me despiertan ninguna simpatía”, aseguraba, “sólo anticipo que si todo sigue como hasta ahora, entonces revertir las consecuencias sólo será posible con una tiranía terrible, temible”.

La pandemia de coronavirus ha vuelto a poner sobre la mesa la cuestión de la eficacia de un sistema centralizado como el chino para frente hacer los graves problemas a los que se enfrenta el mundo en el siglo XXI. Las llamadas que han hecho algunos desde las redes sociales y desde la nueva izquierda a la política de curas durante la pandemia son loables, pero quedan empequeñecidas ante la magnitud del problema. La autoorganización o los movimientos sociales, por encomiables que sean, pueden servir para crear una red barrial de distribución de alimentos o tareas —que no es poco, en los tiempos que corren—, pero no para la organización y traslado de personal médico, y menos aún para fabricar aparatos de respiración, material de laboratorio o mascarillas en una crisis como ésta: de eso se encarga el Estado. El tiempo corre, y a medida que avanza la única alternativa, advertía Harich en la entrevista, “será entonces la autodestrucción en libertad, democracia y economía de mercado o un golpe de timón con medidas muy duras”. Entonces “quizá vendría, como teme el socialdemócrata Richard Löwenthal, un nuevo cesarismo con una nueva guardia pretoriana, que destruye todo lo que se cruza a su paso”. “El riesgo”, terminaba un sombrío Harich, “está ahí”. Si el dilema económico en los veinte se planteó, por tomar una conocida expresión de Thomas Mann, como una elección entre “Roma o Moscú”, el de este siglo XXI podría acabar siendo —si no se encuentra una solución socialista democrática a tiempo— entre Beijing o Singapur. El tiempo corre.

Por Àngel Ferrero

13 mar 2020 07:16

Publicado enPolítica
Las lecciones que puede dar el coronavirus a la especie humana

Contemplamos a un diminuto virus desde lo alto del antropocentrismo, de Occidente, del neoliberalismo y de la globalización; pero tal vez podamos aprender algo de él.

En los últimos 6.000 años, pero sobre todo en los pasados 200 y, más concretamente, a partir de los años 50, las sociedades humanas han ido tomando altura. Mucha altura. Desde arriba, contemplamos a un diminuto virus y, tal vez, podamos aprender algo de él.

Desde lo alto del antropocentrismo

El ser humano primigenio era un predador que también podía ser cazado por otros predadores. Pero gracias a su increíble capacidad de coordinación y su desarrollo tecnológico ha conquistado la cúspide de la cadena trófica concibiéndose como invulnerable y todopoderoso.

Sin embargo, la vida surgió desde los seres vivos más minúsculos y sigue basándose en ellos. No en los superpredadores. El reino de lo pequeño es el que permite que exista la vida en el planeta. Sin las bacterias no habría suelo fértil y muchas otras cosas. De manera más general, sin ellas no sería posible la reutilización de los elementos (carbono, nitrógeno, fósforo, etc.) en grados de reciclaje inimaginables por la tecnología humana (del orden del 99,5-99,8%). No olvidemos que vivimos en un planeta en el que no entra materia nueva, que tenemos que apañarnos con lo que hay.

El coronavirus puede servir para hacernos recordar que lo minúsculo es determinante en la Tierra. Y que, en la trama de la vida, realmente somos prescindibles.

Desde lo alto del sistema agroindustrial

Para nuestro control de todos los seres vivos, el sistema agroindustrial resulta determinante. La domesticación de algunas especies animales y vegetales, y la transformación de los ecosistemas para que puedan medrar estas y no otras.

Desde el principio de la agricultura y la ganadería, esto ha provocado que distintos virus hayan saltado de otros animales a los seres humanos: de las vacas, el sarampión y la tuberculosis; de los cerdos, la tosferina; o de los patos, la gripe. Esto no ha dejado de ser así en las últimas décadas. Es más, es algo que se ha acelerado conforme se incrementaba la destrucción de distintos ecosistemas. Como refleja Sonia Shah: “Desde 1940, han aparecido o reaparecido centenares de microbios patógenos en regiones en las que, en algunos casos, nunca antes habían sido advertidos. Es el caso del VIH, del ébola en el oeste de África o del zika en el continente americano. La mayoría de ellos (60%) son de origen animal. Algunos provienen de animales domésticos o de ganado, pero principalmente (más de dos terceras partes) proceden de animales salvajes”. Este parece ser el caso del coronavirus, que puede tener como huésped original a los murciélagos.

Por otra parte, el sistema agroindustrial también es uno de los factores directores del cambio climático, como sabemos. Un reciente estudio muestra cómo el cambio climático ayuda a la transmisión de virus entre distintas especies de mamíferos. De este modo, en un mundo donde la disrupción ecosistémica es la norma, el ser humano no solo tiene cada vez menos defensas (por ejemplo, pierde potenciales principios farmacológicos, pues la mayoría de ellos provienen de otros seres vivos), sino que sufre amenazas crecientes. El desequilibrio ecosistémico es en todas las escalas, también la microbiana, y afecta de lleno a los seres humanos. Un ejemplo es el coronavirus.

Desde lo alto de Occidente

Entremos en las sociedades humanas, porque en ellas también se han producido escaladas de unas formas determinadas de organización social. La forma de vida occidental ha arrasado con todas las demás. Se ha convertido en la hegemónica, lo que ha supuesto una importante homogeneización social. Un ejemplo es la primacía de lo urbano, de lo moderno, de lo tecnológico. Una primacía que ha ido igualando los espacios de sociabilidad humana en todo el planeta pero que tiene, indudablemente, su epicentro en las regiones centrales.

El coronavirus pone en solfa esa primacía. La infección comenzó en el mundo urbano. En uno de sus territorios de mayor desarrollo y, desde ahí, se está expandiendo a sus equivalentes marcando casi a la perfección cuales son las venas por las que corre la globalización. En todo caso, también es determinante que en el Hemisferio norte es invierno (o como se soliera llamar a esta estación antes del cambio climático).

El virus se expande de manera sencilla porque hemos cercenado la diversidad humana en una “aldea global”. En la historia de la vida, la aparición de formas más complejas no ha conllevado la desaparición de las formas más simples, sino que se ha producido una reacomodación simbiótica (desde la perspectiva macro). Esto ha permitido a los sistemas tener más resiliencia. Sin embargo, en las sociedades dominadoras —y más en el capitalismo—, el incremento de complejidad ha destruido las formas menos complejas, perdiéndose diversidad cultural, económica y política.

Desde lo alto del neoliberalismo

El capitalismo ha llegado a su paroxismo con la globalización y con el neoliberalismo, aunque en realidad son dos caras del mismo proceso. 

Una de las expresiones de la victoria del neoliberalismo es el desmantelamiento de lo público. Tantos años de desmontaje de la sanidad pública para que ahora, de manera dramática, descubramos que es lo único que tiene alguna posibilidad de parar el coronavirus y, a la vez, el sistema más vulnerable a la infección, ese por el que se cierras escuelas, ciudades y países para que no colapse. Mientras, la sanidad privada está escudada tras sus cláusulas de no atención en caso de pandemias.

La segunda es el desmantelamiento de lo común. Más dramático que el desmoronamiento de lo público ha sido el de lo común. El de las redes de apoyo mutuo sociales que permiten procesos de autoorganización. Es la victoria del sálvese quién pueda. Del individualismo absoluto. La epidemia del coronavirus muestra lo absurdo de esa estrategia. Las sociedades humanas están basadas en la hipercooperación (asimétrica, muy asimétrica).

No hay posibilidad de que nadie se salve en solitario porque dependemos del trabajo de muchísimas otras personas. Nos creemos individuos porque ocultamos las relaciones de cooperación forzada (podemos llamarlas explotación) que sostienen nuestra “individualidad”. Pero el coronavirus llega más lejos. El aislamiento para no expandir el contagio es, probablemente, el torpedo a la línea de flotación de lo que somos como especie más importante de la situación que estamos viviendo.

Desde lo alto de la globalización

El sistema socioeconómico actual tiene elementos de resiliencia importantes. Uno es que la alta conectividad aumenta la capacidad de responder rápido ante los desafíos. Por ejemplo, si falla la cosecha en una región, el suministro alimentario se puede garantizar desde otro lugar del planeta —si es que interesa— y lo mismo se podría decir de una parte sustancial del sistema industrial.

Sin embargo, la conectividad también incrementa la vulnerabilidad del sistema, ya que, a partir de un umbral, no se pueden afrontar los desafíos y el colapso de distintas partes afecta al conjunto. El sistema funciona como un todo interdependiente y no como partes aisladas que puedan sobrevivir solas. A partir de un elemento cualquiera, como el colapso por saturación de los servicios de emergencia, esta carencia se transmite al conjunto. En este sentido, demasiadas interconexiones entre sistemas inestables pueden producir por sí mismas una cascada de fallos sistémicos. Además, una mayor conectividad implica que hay más nodos en los que se puede desencadenar el colapso.

Pero el capitalismo global no solo está interconectado, sino que es una red con unos pocos nodos centrales. El colapso de alguno de ellos sería casi imposible de subsanar y se transmitiría al resto del sistema. Algunos ejemplos son: i) Todo el entramado económico depende de la creación de dinero (crédito) por los bancos, en concreto de aquellos que son “demasiado grandes para caer”. Además, el sistema bancario se ha hecho más opaco y, por lo tanto, más vulnerable con la primacía del mercado en la sombra. ii) La producción en cadenas globales dominadas por unas pocas multinacionales hace que la economía dependa del mercado mundial. Estas cadenas funcionan just in time (con poco almacenaje), son fuertemente dependientes del crédito, de la energía barata y de muchos materiales distintos. iii) Las ciudades son espacios de alta vulnerabilidad por su dependencia de todo tipo de recursos externos que solo pueden adquirir gracias a grandes cantidades de energía concentrada y a un sistema económico que permita la succión de riqueza. Pero, a su vez, son un agente clave de todo el entramado tecnológico, social y económico.

El colapso de esta maraña interconectada no tendrá una única causa, sino que se producirá por la incapacidad del sistema de solventar una multiplicación de desafíos en distintos planos en una situación de falta de resiliencia. El colapso se da en situaciones de altos niveles de estrés en distintos planos del sistema. Igual que sucede con el coronavirus: las personas que mueren por la infección lo hacen porque ya tenían un cuadro de patologías previas.

Pero el Covid-19, más allá de una metáfora de la vulnerabilidad de los sistemas con múltiples desafíos, es un desafío más a este sistema, como argumenta Nafeez Ahmed. El capitalismo global ya estaba en crisis antes de la pandemia de coronavirus —se puede leer a Michael Roberts—, pero las medidas de salud pública que se están tomando la refuerzan. Primero, al reducir de manera importante el número de personas trabajando para la reproducción del capital. Segundo, disminuyendo el número de personas que dan salida a los bienes y servicios producidos (el turismo es un ejemplo claro). Tercero, porque la propia producción se ve comprometida por cortarse las cadenas de producción (falta de actividad en unos lugares, falta de transporte en otros).

Más allá de estos elementos generales indispensables para la reproducción del capital, hay elementos concretos en la actual coyuntura que son centrales. Las crisis capitalistas conllevan un incremento de competencia entre los entes económicos respaldados por sus Estados que puede ser fatal. Por ejemplo, en el campo energético, donde ya hay una situación de crisis profunda fruto de haber alcanzado el pico del petróleo convencional y de acercarse todos los demás, la lucha se ha recrudecido. Arabia Saudí ha hecho que se desplomen los precios del crudo (ya bajos por la crisis económica). Con esto trata de torcer la mano de Rusia, pero quien más puede sufrir por todo esto es EE UU.

De los tres gigantes de extracción de hidrocarburos, el último es, con diferencia, quien tiene los costes de extracción más altos y, por lo tanto, quien va a sufrir más por unos precios del crudo por los suelos. Y la cuestión no es solo de la industria petrolera estadounidense, sino de su industria financiera, no en vano la primera está sostenida por inversiones gigantescas de la segunda. Y decir que hay problemas con las finanzas de EEUU es decir en realidad que están comprometidas las del mundo. Recordemos el crac del 2007/2008.

La cuestión no es solo de una crisis del sistema económico, sino también de la organización política, del Estado. El Estado tiene cada vez menos capacidad de hacer frente a crisis de amplio espectro. El coronavirus significa una desafío que pone al límite (ya veremos si supera) al sistema de salud. Ahora entendemos en Europa la construcción en Wuhan de un hospital gigantesco a marchas forzadas.

Pero la cuestión no es solo del sistema de salud. También está el control social. Hasta ahora, el miedo al contagio y la responsabilidad cívica han permitido implantar medidas muy duras de control social. Lo que hemos visto en China no tiene precedentes, al menos en las últimas décadas. Pero en Europa se está tomando un camino similar (con las adaptaciones político-culturales pertinentes). ¿Hasta cuándo será eso posible? Por ejemplo, si la mezcla entre desescolarización infantil y cierre de empresas se prolonga, ¿cuánto tardaremos en ver estallidos de las poblaciones más vulnerables? No imaginemos estallidos organizados, sino más bien estallidos desorganizados en forma de pillajes de supermercados. Unos estallidos que podrían reactivar la expansión del coronavirus, añadiendo de paso más complejidad a todo.

Ante estos estallidos, podemos prever una respuesta muy virulenta —el adjetivo viene que ni pintado— de la pujante extrema derecha, que pueda acrecentar la guerra que tiene declarada a los grupos sociales más vulnerables. Esto podría complicar mucho más la desestabilización sistémica si no logra tener éxito.

Tiremos de más hilos. Sin lugar a dudas, el Estado intentará responder a todos estos desafíos. Pondrá dinero para sostener las industrias petroleras, pondrá dinero para sostener los fondos especulativos, pondrá dinero para reprimir a la población, pondrá dinero para amortiguar el golpe en las clases más protestonas… Hasta que deje de poder hacerlo. Esto puede ser más rápido que tarde en una situación de agotamiento de las medidas tomadas frente a la crisis del 2007/2008, que aquí no hay espacio de desarrollar.

Estos son solo algunos ejemplos, podríamos pensar en más. El resumen es que el coronavirus no es el factor que va a provocar el colapso de nuestro orden social, pero puede ser el que lo desencadene en un contexto de múltiples vulnerabilidades del sistema (crisis energética, climática, material, de biodiversidad, de desigualdades, agotamiento de los espacios de inversión, deslegitimación del Estado, etc.). Y si no es el coronavirus, será otra la gota que colme el vaso.

Desde lo alto de la tecnología

En el imaginario social está la idea de que, pase lo que pase, el ser humano será capaz de resolverlo gracias a la tecnología. No lo decimos así, pero creemos que la tecnología nos permite ser omniscientes y omnipotentes.

Sin embargo, esto no es cierto. La tecnología tiene múltiples límites. Uno central —pero ni mucho menos único— es que para su desarrollo necesita grandes cantidades de materia y energía, justo dos de los elementos centrales que están fallando en la crisis múltiple que estamos viviendo. En el pasado, los cambios climáticos y las pandemias fueron factores determinantes en la evolución poblacional humana. Si en la historia reciente esto no ha sido así, se ha debido a que hemos tenido a nuestra disposición grandes cantidades de energía que, transformada en tecnología, nos ha permitido sortear estos desafíos. Esta disponibilidad energética —y por ello tecnológica)—abundante va a dejar de ser una realidad para siempre.

Pero, más allá de eso, la tecnología no genera soluciones inmediatas. En el caso de las investigaciones médicas, diseñar una vacuna en casos óptimos puede llevar 12-18 meses. Y diseñar una vacuna no quiere decir tenerla disponible de manera universal, pues después habría que resolver los problemas de rentabilidad, financiación, fabricación y distribución, que no son nimios. Igual puede ser demasiado tarde para sortear una crisis sistémica. Cuando las sociedades se enfrentan a múltiples vulnerabilidades, el tiempo cuenta, y mucho.

Por todo ello, uno de los principales aprendizajes que podríamos adquirir del coronavirus es que los seres humanos somos vulnerables, vivimos en cuerpos que se pueden morir sin que podamos evitarlo.

Tomando tierra

En conclusión, igual lo que podemos aprender del coronavirus es que necesitamos tomar tierra. Bajar de las alturas del capitalismo hipertecnológico hasta entendernos como parte de la trama de la vida. Desterrar el antropocentrismo.

Desde una mirada ecocéntrica, para el conjunto de la vida, para Gaia —de la que no somos más que un simple organismo más—, el coronavirus es una excelente noticia. Está significando un parón en la actividad económica que implica un freno a la destrucción ambiental, la primera de todas la distorsión climática.

No nos engañemos, este tipo de frenazos en seco son los únicos que, a día de hoy, pueden evitar un cambio climático desbocado, que sería una catástrofe para el conjunto de la vida inimaginable. Este es el resultado de un trabajo reciente, en el que hemos mostrado cuáles podrían ser esas transiciones para la economía española. Lo único que permitiría tener opciones de sortear el desastre climático sería abordar rápidamente la triada decrecimiento-ruralización-localización con objeto de reintegrarnos de forma armónica en los ecosistemas. Ese es el camino que nos enseña el coronavirus.

El microorganismo también nos dice que para que esa reconversión se produzca con algo de garantía para las mayorías sociales son imprescindibles fuertes repartos del trabajo y de la riqueza.

Uno de los organismos que componen Gaia, debido a una mutación, se ha convertido en una pandemia que está poniéndola en serio riesgo. El coronavirus de Gaia son el antropocentrismo, el capitalismo o la tecnolatría. Por ello, hay que desterrarlos de forma urgente y tomando las medidas draconianas que sean necesarias.

Por Luis González Reyes

12 mar 2020 07:00

Publicado enSociedad
Viernes, 06 Marzo 2020 06:19

Privatización del agua en Brasil.

El expresidente de Brasil Michel Temer y su ministro de Integración Nacional, Helder Barbalho, visitan las obras de desvío del cauce del San Francisco, en febrero de 2018 / Foto: Amazoniareal, Beto Barata

El parlamento está dando luz verde a un anhelo del presidente Jair Bolsonaro: la privatización de Brasil, ahora concretada en la privatización del agua y el alcantarillado. El resultado es una creciente militarización de las fuentes y los canales, que va de la mano de la criminalización de los sedientos.

Por 276 votos contra 124, la cámara de representantes aprobó, la noche del miércoles 11 de diciembre, el texto básico del proyecto que establece el marco legal del saneamiento básico. La propuesta establece nuevas normas para el sector y allana el camino para que los privados se hagan cargo del servicio. Para la oposición, “la cámara aprobó la privatización del agua” (Revista Forum, 11‑XII‑19).

Uno de los puntos más controvertidos del texto es el que hace obligatoria la licitación de los servicios de saneamiento para permitir la competencia entre las empresas públicas y privadas. “La mitad de los brasileños no tiene alcantarillado y 35 millones no acceden al agua limpia. Lo que decidirá si los municipios tendrán saneamiento son las potenciales ganancias de las grandes empresas”, dijo la congresista Sâmia Bomfim (Psol) al explicar su voto negativo.

A CONTRAMANO.

“Quienes defienden la privatización esconden el hecho de que desde 2000 han sido reestatizados 884 servicios de agua en el mundo”, añadió el diputado Glauber Braga (Psol). En efecto, un análisis del Transnational Institute reveló en 2017 que unas 180 ciudades de 35 países habían revertido la privatización del agua, desde Bolivia hasta Alemania. Entre las principales razones para tomar esa decisión figuraban el empeoramiento del servicio privatizado y el aumento desmedido de las tarifas, “ambos dictados por la necesidad de generar ganancias para los accionistas”, destaca el periodista Antonio Martins en la página Outras Palavras.

En tanto, la diputada del PTErika Kokay apuntó: “El agua es un derecho fundamental. No puede quedar atrapada en la lógica del lucro. Estamos ante un retroceso histórico que va a penalizar a los más pobres”. Los datos hablan por sí solos: apenas el 45 por ciento del alcantarillado pasa por algún tipo de tratamiento; el restante 55 por ciento, correspondiente a 5,6 millones de metros cúbicos por año, es arrojado directamente a la naturaleza.

Anderson Guahy, dirigente del Sindicato de los Trabajadores en Agua, Alcantarillado y Medio Ambiente de San Paulo, dijo al periódico Brasil de Fato: “Desde 2003, en la ley 11.445, aprobada durante el gobierno Lula, ha habido una regulación para que los municipios tuvieran un control mayor del saneamiento, intentando universalizarlo”. Las licitaciones que se prevén con la nueva ley favorecen a las grandes empresas de la construcción, del tipo de Odebrecht.

Además, los municipios cuyo saneamiento no genera ganancias pueden quedarse sin el servicio, porque hasta ahora había un “subsidio cruzado”, explica Guahy, que hacía que las ciudades donde se generaba ganancia subsidiaran a las que daban pérdidas. Con la privatización “los municipios menores y medios tendrán que pagar más, porque una entidad privada no está obligada, como una estatal, a suministrar agua a todos los municipios que asume y, por tanto, si no tiene ganancias, no va a invertir”.

GUERRA EN EL NORDESTE.

El 2 de febrero, día de Iemanjá, el diario O Estado de São Paulo comenzó a publicar una serie de notas tituladas “Guerra de las aguas”, del periodista Patrik Camporez. El diario destaca que los canales que desvían el agua del río San Francisco hacia las grandes haciendas de la fruticultura en el nordeste están siendo vigilados por guardias armados y drones, mientras se levantan muros para proteger el agua, convertida en negocio para exportar fruta.

Brasil posee el 12 por ciento de toda el agua dulce del mundo. El acceso al agua abundante y limpia fue libre durante siglos. Hasta los años noventa casi no había conflictos por ella. Pero en los últimos cinco años fueron registrados 63 mil conflictos con la intervención de la policía y surgieron 223 “zonas de tensión” por el agua. Diez años atrás había sólo 30 zonas de tensión, según la Agencia Nacional de Aguas.

Aunque los casos son muy diversos, hay un patrón común: “El poder económico, el agronegocio, la administración de las hidroeléctricas, las industrias y los taladores ilegales, que quieren apropiarse de las tierras fiscales, intentan de muchas maneras restringir el acceso a los ríos y las represas”, escribe Patrik Camporez (O Estado de São Paulo, 2‑II‑20). El mismo informe establece que el Estado los apoya y, en cambio, siempre salen perjudicados los pueblos originarios y negros, los agricultores familiares y las comunidades tradicionales.

La situación del árido y seco nordeste es tan grave que los pozos privados son vigilados por el ejército. La descripción del periodista parece cosa de otra época: “Jeeps con soldados cortan las calles polvorientas. La operación de guerra del ejército para controlar el agua del subsuelo se convirtió en rutina en el sertón nordestino”.

San José de Belmonte es una localidad de 30 mil habitantes en Pernambuco, célebre por un subsuelo pletórico de agua, codiciada por los especuladores. En la madrugada, la ciudad está congestionada por los camiones que recogen agua para venderla a la población.

“La carrera desenfrenada por los pozos de Belmonte llevó al gobierno federal a llamar al ejército para controlar y distribuir el agua en la región, que también es llevada en cisternas hacia los estados vecinos de Paraíba y Ceará”, apunta Camporez. El municipio tiene más de mil pozos grandes, de hasta 150 metros de profundidad.“En cada punto de captación hay un equipo del ejército.”


Conflictos eternos

De la tierra al agua

“Sin conseguir resolver el antiguo problema de los conflictos de tierras, el país vive ahora una nueva crisis. Cada curva de un río caudaloso y de corrientes casi secas es disputada a bala, facón o destornillador”, escribe el periodista Patrik Camporez.

Camporez detalla que los canales prohibidos para buena parte de los habitantes de las regiones irrigadas fueron construidos en las décadas del 80 y el 90 para las plantaciones de fruta de exportación en el nordeste.

“La criminalización de quienes no tienen agua es un drama más del semiárido nordeste. El equipo de reportaje estaba cerca del canal, en Petrolina, cuando pudo ver que un habitante se aproximó al curso con un balde y un barril, miró para los lados y, superando el miedo, agarró agua del lugar. Era Cosme Angel, de 26 años, que repartiría el barril con 20 vecinos”, relata Camporez. Cosme explicó luego a los periodistas: “Es una lucha diaria. Si quiero tomar agua directo de un río, tengo que buscar a más de 20 quilómetros en la costa. Entonces, prefiero correr el riesgo de que me vean y llamen a los vigías del agua para hacer la denuncia”.

El caso más emblemático es el del líder comunitario Haroldo de Silva Betcel, de 34 años, asesinado con un destornillador en las márgenes del Igarapé Tiningu, en Santarém, en el estado de Pará. La policía civil dijo que el crimen se debió a la disputa entre ribereños y hacendados por el control del curso del río Tapajós. “En el Brasil de hoy, el agua se convirtió en un asunto policial”, sentencia Camporez.

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Protesta contra la reforma jubilatoria de Macron en Marsella.  ________________________________________ Imagen: AFP

Los trabajadores portuarios retomaron las medidas de fuerza

El sector portuario fue el primero en salirle al cruce al gobierno de Emmanuel Macrón luego de la primera aprobación de la reforma jubilatoria. Se espera que otros gremios se sumen.

Nuevas manifestaciones en Francia tras la aprobación parcial del proyecto de reforma jubilatoria lograda el miércoles por el presidente Emmanuel Macron. El oficialismo francés logró que la Asamblea Nacional aceptara el proyecto tras sobrevivir a dos mociones de censura. Para eso aplicó un polémico artículo constitucional con el que logró evitar el debate en la Asamblea. Así dio el primer paso necesario para avanzar en el proceso legislativo. Ahora resta que la ley se apruebe en segunda lectura en Diputados tras lo cual pasará al Senado. El proyecto pretende reemplazar los 42 regímenes especiales existentes por un sistema de jubilación universal por puntos.

El sector portuario fue el primero en salirle al cruce al gobierno de Macron luego de la primera aprobación de la reforma jubilatoria. Estibadores y agentes portuarios decidieron entrar en paro en los puertos de Nantes, Rouen, Marsella, Le Havre y La Rochelle, a petición de la Federación Nacional de Puertos y Muelles (CGT). "Consideramos que este es un proyecto de ley que solo resultará en más horas de trabajo y pensiones más bajas", dijo el Secretario General de la CGT, Serge Coutouris. Toneladas de mercancías quedaron varadas causando serios problemas de suministro en varios sectores. “Estamos listos para continuar durante varios meses”, sentenció el sindicalista. De esta manera se esbozan nuevos días de protesta en toda Francia.

El miércoles, en una jornada larga y llena de críticas la Asamblea francesa logró la primera aprobación del proyecto de reforma jubilatoria. El gobierno del primer ministro Edouard Philippe hizo una jugada maestra: aprovechó una reunión de emergencia por la propagación del coronavirus para anunciar que el gabinete había decidido el uso del artículo constitucional 49-3. Este permite la aprobación por decreto de un proyecto de ley -si no hay mociones de censura de la oposición- o su paso express por las dos cámaras del parlamento sin mediar debate. Philippe justificó la utilización del 49-3 denunciando la "obstrucción" de la izquierda radical, que había presentado miles de enmiendas para volver más lento el debate.

Solo un éxito de las mociones de censura podía impedir que se trate en la Asamblea la reforma. Pero ambas iniciativas presentadas por la oposición fracasaron por amplio margen. La moción del partido de derecha Los Republicanos sólo obtuvo el apoyo de 148 diputados. En tanto que la presentada por los partidos de izquierda La Francia Insumisa, Izquierda Socialista y el Partido Comunista, obtuvo tan sólo 91 votos. Necesitaban 289. En la madrugada del miércoles, antes de que se efectuaran las votaciones, la Asamblea fue una batalla campal. Hubo acusaciones cruzadas entre defensores y críticos al proyecto en torno a la validez de la aplicación o no del artículo 49-3. Sin embargo, una vez superado el escollo de las mociones, el oficialismo continuó con el tratamiento del proyecto.

Por su parte, el primer ministro insistió en que se trataba de una reforma de "justicia social" y afirmó que se hubiesen necesitado "ocho semanas", incluyendo los sábados y domingos, para estudiar todas las enmiendas propuestas. Por lo que se tomó la vía legislativa sin debate. Así la bancada oficialista en la cámara logró avanzar con la aprobación en general del proyecto de reforma previsional. Todo indica que la segunda votación, en particular, será antes del viernes. Una vez que se tenga esa mención, el proyecto de reforma pasará al Senado donde tendrá el mismo tratamiento exprés.

Otros gremios también prometieron plegarse al plan de lucha de los portuarios. De esta manera se retomarán las huelgas que comenzaron en diciembre. A fin de año, la reforma previsional, una de las medidas estrella del programa electoral de Macron, provocó el paro indefinido más prolongado de la historia reciente de Francia. En el momento más fuerte de la movilización, hubo hasta 1,8 millones de manifestantes en las calles, según las cifras de la CGT. Para los sindicatos la nueva ley jubilatoria significará la pérdida de derechos adquiridos. El gobierno, en cambio, sostiene que el nuevo sistema será "más justo y más simple".

Pese a la victoria del oficialismo, la oposición no dejó de manifestar sus críticas y denuncias contra el gobierno. "Ustedes han fracturado el país", sentenció la diputada socialista Valérie Rabault. Poco después, el líder de la izquierda Jean-Luc Mélenchon, prometió que continuará luchando contra la reforma jubilatoria con una “guerrilla popular y parlamentaria pacífica”. "El Presidente Macron subestima con su capricho la capacidad de resistencia de los parlamentarios, pero sobre todo subestima el rechazo del pueblo francés a su proyecto", sentenció Melenchón.

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Jueves, 05 Marzo 2020 07:14

Juventud, generación neoliberal

Periódico desdeabajo, 21 de noviembre de 2019.

Como es conocido, a bebidas de distinto tipo, tanto para conservarlas como para garantizar sabor y consistencia, les incorporan gas. Pero en otros casos es la propia fermentación de sus compuestos el que lo genera –es el caso de bebidas con base en frutas o algunos granos, como el maíz–.

Como muy seguramente lo hemos experimentado una y otra vez al abrir estas bebidas, en unos casos se derrama si la misma ha sido batida previamente, en otros casos sucede de similar manera sin necesidad de batirse, por el simple hecho de liberar aquello que tapona el líquido, el cual desborda aquello que lo guarda como en un feliz estallido libertario.

Exactamente eso fue lo sucedido el pasado 21N con un sector de la juventud colombiana, y segmentos de otras generaciones: estallaron, dejando a un lado el recipiente estatal que las contenía y creía controlarlos. Unos y otros habían acumulado a lo largo de tres décadas los insumos y componentes que potenciaron su desborde. Para el caso de la generación neoliberal, nacida en los años 90 del siglo pasado, que no conoció el remedo de Estado de bienestar que por estas tierras tomó cuerpo por algunas décadas, soportando con los gobiernos de Gaviria, Samper, Pastrana, Uribe, Santos y Duque, privatizaciones, negación de derechos, desempleo, bajos salarios, cobro por el “derecho” a estudiar, estímulo a la acción individual como garantía de éxito –tropezado con la evidencia de las reiteradas negaciones de un régimen económico y político que desecha a las mayorías–, cansancio con un discurso lleno de promesas y cargado, además, de violencia y de incumplimientos reales con sus gobernados, y otro cúmulo evidente de mal gobierno que terminaron por generar tanto gas que al final rompieron el empaque de apariencia conformista que los caracterizaba, hasta sobrepasar las tapas o tapones, corchos y alambres, que en forma de legitimidad y hegemonía oficial han dispuesto sobre unos y otros.

Para el caso de otros miles de miles que también coparon calles, más adultos que los ya referidos, en su mayoría conocedores de los beneficios de un empleo fijo y bien o regularmente remunerado, concitados a la resistencia por los anuncios de reforma laboral y pensional que desde ahora les anuncia más años de trabajo, más cotizaciones, menos estabilidad laboral, desmejoramiento de las condiciones laborales, etcétera.

Unos y otros se encontraron en la protesta aliados por la necesidad, en un caso de gozar lo que no han conocido hasta ahora y en otro de no perder lo conocido hasta ahora.

Una protesta intensa pero que fue perdiendo fuerza. No es de extrañar. Como sucede con los envases rebasados por el líquido, la cantidad que primero salta es notoria, para ir mermando poco a poco, hasta dejar de fluir. Cuánto dure este proceso depende del tipo de líquido, del tamaño del recipiente, de cuánto haya sido batido, etcétera.

En el caso colombiano, la cantidad del mismo se tomó varias semanas en efervescencia, en una primera instancia con sorprendente abundancia para luego seguir su proceso natural de agotamiento, en lo cual incidió tanto la maniobra oficial de promesas y violencia “ejemplarizante”, como la incapacidad de los sectores alternos para prever lo sucedido y disponer medidas para conducir la feliz ebullición que sobrepasaba el envase estatal, así como la época navideña o de vacaciones con su dispersión de gentes por todas partes .

Como ocurre con frecuencia con los sectores alternos, tanto en nuestro país como en el mundo en general, no se contó con la capacidad requeridad para anticipar los hechos y, por lo tanto, no se contó con las disposiciones necesarias para enrutarlos. Tardíamente se pretendió hacerlo, y por ello fue constituido un Comité Nacional de Paro, el cual no ha logrado posicionar una lectura común de lo sucedido y de aquello por venir, ni una conducción común para las energías desbordadas.

Como parte de una acción política, también común en el mundo entero, posterior a los hechos, la Conducción ha pretendido que el gas siga presionando la salida de líquido de manera igual, superior o parecida a su estallido inicial, lo cual no ocurre, por múltiples circunstancias, entre ellas porque el gas ya no tiene tanta potencia como para conservar la dinámica del desfogue inicial o, simplemente, porque el envase no es agitado de la manera adecuada para que arroje el líquido que contiene, o tal vez porque el líquido ya es insuficiente.

En cualquiera de estas circunstancias lo que aconseja la realidad es que, si la pretensión es que continúe saliendo líquido pues hay que inyectarle más gas, y eso demanda tiempo, así como procesos armónicos, tanto químicos como naturales. No proceder así es actuar cargados de buenos deseos, y así lo evidencia el hecho de batir y no lograr lo pretendido.

Una realidad similar es la que tenemos con el 21N y la generación que lo protagonizó. No saldrá en iguales proporciones a las iniciales hasta tanto no vuelva a cargar el gas requerido que la lleve a romper el tapón con el cual pretenden someterla de nuevo. Es decir, estamos ante una evidente realidad que demanda, más que definir fechas de paros, buscar el reencuentro con la sociedad toda, y dentro de ella con la generación neoliberal, buscando darle más potencia a lo que habrá y deberá de suceder en un tiempo no distante en el país. Una dinámica que demanda una acción pedagógica, desplegada en los territorios donde habita estos sectores, para discutir entre el conjunto social la realidad de la vida que se padece y el qué hacer para transformarla.

Un proceso que no es mecánico, pues no implica no desplegar acciones directas hasta cuando no exista conciencia de lo que está sucediendo y de lo que debe trascender en tiempo dado; pero sí demanda una dinámica de tensión y organización social en tiempo determinado, con pretensiones más sensatas, menos voluntaristas, conscientes de que una ruptura social debe darse como efecto directo de la acción mayoritaria de aquellos a quienes las organizaciones del cambio dicen representar

Es decir, como dijera alguien que sí sabía de anticipar realidades revolucionarias: hay que dar un paso atrás antes de atrevernos a dar dos pasos adelante.

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Miércoles, 26 Febrero 2020 06:00

Trump, Modi y la demagogia nacionalista

Trump, Modi y la demagogia nacionalista

La visita de Trump a India fue presentada como de negocios, para arreglar el desequilibrio en la balanza comercial, decidir sobre una posible venta de equipo militar y discutir asuntos de seguridad nacional. En realidad se trata de presentar a Trump como un estadista de talla mundial, de cara a la elección presidencial de noviembre. En estos días para Modi, con una economía que cada vez huele más a aguas estancadas, la visita es una oportunidad para desencadenar su maligna retórica nacionalista y disfrazar el fracaso de su política económica neoliberal.

La visita estaba programada desde hace tiempo y se decidió que estos días eran los convenientes, porque Trump podría opacar toda la atención que tienen los posibles candidatos a la nominación demócrata. Al público estadunidense no le interesa demasiado la política exterior. Por eso, cuando a Estados Unidos se le ocurre embarcarse en una nueva guerra imperial, los ciudadanos de ese país tienen que ir corriendo a un mapa para ver dónde rayos queda Irak o Afganistán. De cualquier modo, en este tema, en el que Trump ha sufrido el descalabro de Corea del Norte, hoy busca posicionarse como un presidente que puede velar por los intereses de sus bases y la seguridad nacional.

El déficit de Estados Unidos con India en la balanza comercial bilateral es de apenas unos 25 mil millones de dólares (nada que ver con el desequilibrio con China, que supera 419 mil millones de dólares en 2018). Sin embargo, Trump quiere hacer aparecer a India como otro ejemplo de cómo la globalización continúa manteniendo efectos negativos sobre la economía estadunidense. De este modo también pretende presionar a Modi para negociar y firmar un tratado de libre comercio que pueda presentar al electorado estadunidense como otra promesa cumplida en ese terreno. La probabilidad de llegar a un acuerdo comercial con India es muy baja.

Sin duda Trump ha sabido vincular estos viajes con el tema del déficit comercial, que tantas veces ha prometido corregir y que sí llega al público en general y a sus bases en particular. Aunque no ha sido capaz de arreglar nada sustantivo en los acuerdos que ha renegociado, de todos modos puede presentarse como estadista responsable, lo que le permitirá esquivar algunos de los ataques de sus contrincantes.

En el caso de Modi sucede algo similar. Su popularidad está amenazada por diversas razones. Primero, la economía de India se encuentra fuertemente afectada por el síndrome del estancamiento, al igual que casi todas las economías del planeta. Ya el ritmo de actividad y sus efectos sobre el desempleo han dejado una marca negativa muy profunda en las principales ramas de actividad. Su intento por desmonetizar la economía de India hace dos años fracasó y contribuyó a frenar el crecimiento.

Hoy, la aparición del nuevo coronavirus está afectando todas las cadenas globales de valor y ha golpeado directa o indirectamente a las principales economías del mundo. Su contribución al estancamiento no será despreciable.

Narendra Modi accedió al poder con una victoria electoral similar en muchos sentidos a la de Trump. Reconociendo el rencor y resentimiento de buena parte del electorado, Modi supo posicionar a su partido, Bharatiya Janata (que nunca había ganado una elección a escala nacional), como triunfador a partir de su demagogia nacionalista, basada en las premisas más básicas del hinduismo. Esa demagogia promueve la idea de que un día existirá el Rashtra hindú, Estado dominado por la cultura hindú, en el que las minorías (principalmente musulmanes, pero también budistas) estarían sometidas a severos controles y básicamente serían sometidas al estatus de ciudadanos de segunda clase.

En agosto del año pasado, Modi abolió una regla constitucional que otorgaba ciertos derechos y un grado de autonomía al estado de Cachemira. Esta medida fue vista como un primer paso para modificar la demografía del estado (de mayoría musulmana). Y a finales de ese mes Modi impuso el Registro Nacional de Ciudadanos en Assam, dejando a unos 2 millones de musulmanes sin su ciudadanía. Las protestas fueron reprimidas con lujo de violencia. La popularidad de Modi se ha resentido mucho. El resentimiento por estas medidas, percibidas (correctamente) como intento discriminatorio, se ha intensificado.

Hoy es evidente que Modi busca transformar para siempre el Estado indio. Esa república estuvo fundada a la sombra de un conflicto religioso, pero siempre con la promesa de que habría un Estado laico. El sistema de castas que Gandhi buscaba abolir ha regresado con la demagogia de Modi y su partido Bharatiya Janata. Un día le preguntaron a Modi si pensaba suprimir el sistema de castas, que tanto gusta a la derecha hindú. En India hay solamente dos castas: la que quiere salir de la pobreza y la que está ayudando para que eso suceda. El discurso vacío de la demagogia de Narendra Modi se acerca a la de Trump y otros líderes populistas.

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