AL, campo de batalla en la lucha electoral de EU
Nueva York, 11 de julio. En lo que podría ser preludio de cómo las relaciones con América Latina formarán parte de la pugna electoral presidencial en Estados Unidos, el inminente candidato republicano, Mitt Romney, atacó al actual mandatario, Barack Obama, por minimizar “la amenaza” que representa el gobierno de Hugo Chávez para Estados Unidos por su relación con Irán.


El martes, Obama dijo que aunque siempre hay preocupación sobre el papel de Irán, los vínculos entre ese país y Venezuela no significan una amenaza para su país. En entrevista con la estación hispana America TeVe, el presidente indicó que “lo que el señor Chávez ha hecho en los últimos años no ha tenido un impacto serio de seguridad nacional sobre nosotros”.


Obama también defendió sus acciones en relación con La Habana. “Creo que debería haber una manera de que resolvamos este conflicto de 50 años con Cuba, pero eso involucra reconocer la libertad… liberar a prisioneros políticos y demostrar movimiento dentro de la isla. Nosotros hemos demostrado flexibilidad en remesas y en anular partes de la prohibición de viajes para miembros de familias, y creo que eso fue lo correcto. Mi esperanza es que el gobierno cubano empiece a reconocer que su sistema ya no está funcionando”.


Por supuesto, estas declaraciones fueron ampliamente difundidas por los republicanos, quienes una y otra vez han expresado su alarma de que Irán está ampliando sus relaciones con varios gobiernos izquierdistas en América –incluyendo Cuba, Venezuela, Nicaragua y Ecuador (aunque casi nunca mencionan a Brasil o Argentina)–, como parte de una estrategia antiestadunidense.


Hoy, en entrevista con el canal de noticias derechista Fox News, Romney respondió a Obama afirmando que está “asombrado y escandalizado por sus comentarios. Esto es Hugo Chávez, esto es Venezuela, que ha invitado a que entre Irán, a que entre Hezbolá. Hezbolá, por supuesto, siendo delegado de Irán, potencialmente tiene acceso a armas que podrían ser usadas en nuestra contra. Este es Chávez, que elogia el movimiento de la Revolución Bolivariana y está diseminando dictaduras y tiranía en América Latina. Este es Chávez, quien apoya a las FARC y otra actividad terrorista en naciones como Colombia, que son nuestros amigos”.


En lo que es una de las primeras batallas retóricas en torno a América Latina durante esta ronda electoral, Romney continuó: “La idea de que esta nación no representa una amenaza para la seguridad de este país es simplemente naif (ingenuo). Es una admisión extraordinaria de este presidente de que está completamente fuera de contacto con lo que ha ocurrido en América Latina, región que es crítica para Estados Unidos. El presidente necesita enfocarse en lo que está haciendo Chávez, lo que están haciendo los Castro. Ésta es gente que llama a actos terribles contra América, y sugerir que eso no es importante es un pensamiento muy mal guiado y mal dirigido de nuestro presidente

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Martes, 10 Julio 2012 18:10

¿Dónde quedó la primavera árabe?

¿Dónde quedó la primavera árabe?
Cada vez queda más claro que la tan promocionada “primavera árabe” no pasó de ser una estrategia publicitaria que encubriera los reales objetivos de los países que se autodenominan desarrollados.

Si miramos en el mapa y buscamos los países donde la estrategia dio resultados veremos que Túnez, país chico, ocupa un lugar muy importante, en la ribera del Mar Mediterráneo.

Se encuentra entre Argelia y Libia, dos países ricos en petróleo y en los que también hay uranio, minerales varios e incluso grandes reservas de agua, como las de Libia, país del cual europeos y estadounidenses se han apoderado de hecho, aunque no se reconozca así.

En Argelia se ha intentado promover un movimiento opositor importante, pero no se ha logrado. El presidente Abdelaziz Bouteflica ha contrarrestado los movimientos que han surgido hasta ahora. Argelia tiene mucho petróleo y ocupa el octavo lugar a nivel mundial en reservas de gas.

También tiene plata, cobre, fosfatos y todo lo que hay en el desierto del Sahara, cuyo territorio alcanza además a Túnez, Marruecos, Mauritania, Mali, Libia, Chad, Egipto y Sudán. Las enormes reservas de agua que se han descubierto en África, están bajo esos países.

Por eso también Costa de Marfil fue otro país en el que la “primavera árabe” tuvo éxito. Ocupa un punto estratégico en esa suerte de curva que hace África en el Océano Atlántico y está cerca de Nigeria, que se cuenta entre los países más poblados del mundo y tiene grandes reservas de gas y petróleo.

La pregunta que surge es por qué el cambio se extendió a Egipto, en circunstancias que el entonces presidente Hosni Mubarak era hombre cercano a Estaos Unidos y Europa. Las razones parecen estar en la cercanía del ejército egipcio con el estadounidense.

El general Tantaui, comandante en jefe de las fuerzas armadas egipcias, casualmente estaba en Estados Unidos cuando las protestas arreciaban y los miles de egipcios que se encontraban en la plaza Tahrir demandaban su destitución.

Tantaui sigue siendo el hombre fuerte y de confianza para el Pentágono y pocos días antes de que el nuevo presidente tomara posesión del cargo el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas se convirtió, por decreto, en el poder legislativo.

Esto determina que Mohamed Morsi, quien juró hace unos días como nuevo presidente de Egipto, tuviera de antemano poderes muy restringidos. Se pronostica que su gobierno entrará en crisis antes de cumplir un año.

Por eso en su toma de posesión hubo dos actos, un discurso ante la multitud reunida en la Plaza Tahrir, símbolo de la rebelión contra Mubarak, y otro cuando Morsi tuvo que prestar juramento ante el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, ahora un poder del Estado.

Morsi es un ingeniero graduado en Estados Unidos, pero eso no le ayuda porque pertenece a los Hermanos Musulmanes, lo que no es del agrado de Occidente, en especial de Washington, de ahí los pronósticos que se hacen sobre una pronta caída de su gobierno.

“Un record cruel e inusual”


Así se titula el artículo escrito por el ex presidente estadounidense Jimmy Carter, que fue publicado hace unos días por el diario The New York Times y reproducido en otras publicaciones.

Es una crítica de fondo al rol que Estados Unidos está jugando a nivel mundial y la primera frase de este texto dice:”Los Estados Unidos está abandonando su papel como el campeón mundial de los derechos humanos”.

Destaca que el hecho de que funcionarios del gobierno de su país estén involucrados ”en el asesinato de personas en el extranjero, incluidos ciudadanos estadounidenses” son la prueba de hasta qué punto se ha extendido en su país la violación a esos derechos.

Como se recordará, un líder musulmán estadounidense fue muerto en Yemen por un ataque de un avión no tripulado y no hubo protesta ni intento de abrir un proceso por parte de ninguna entidad de Estados Unidos, pese a que se trataba de la ejecución sin juicio previo de un ciudadano de esa nacionalidad.

Carter estima que se ha producido un “abuso generalizado” de los derechos humanos en la última década y recuerda que fue “con el liderazgo” de su país que se aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948.

Subraya que aunque esa Declaración se ha invocado por los defensores de los Derechos Humanos es preocupante que “las políticas de nuestro gobierno contra el terrorismo están violando por lo menos 10 de los 30 artículos de la declaración”.

Señala específicamente “la prohibición de tratos crueles, inhumanos y degradantes” y estima que la legislación que le ha dado al presidente de su país derecho a detener indefinidamente a sospechosos de estar asociados con terroristas o “fuerzas sociales”, le da “un poder demasiado amplio y vago”.

Critica también que se hayan cancelado las restricciones a la ley de vigilancia de Inteligencia Extranjera, porque eso permite “violaciones sin precedentes a nuestros derechos a la privacidad” debido “a las escuchas sin orden judicial”.

El ex presidente objeta el uso de los drones, que han causado la muerte de mujeres y niños inocentes, de la misma manera critica que se mantenga “el centro de detención de Guantánamo” donde la mayoría de los 169 prisioneros actuales “merecen su liberación, sin embargo tienen pocas posibilidades de obtener alguna vez su libertad”.

En uno de los últimos párrafos de su artículo, Carter señala que “en un momento en que las revoluciones populares están barriendo el mundo, los Estados Unidos deben fortalecer, no debilitar, las normas básicas del derecho y los principios de justicia enumerados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos”.

Y agrega “pero en vez de hacer un mundo más seguro, los Estados Unidos violan los derechos humanos más universales, lo cual incita a nuestros enemigos y distancia a nuestros amigos”.

Pero el gobierno estadounidense tiene otras preocupaciones, para Barack Obama lo más importante es ganar las elecciones y si lo logra, la prioridad para él será mantener la siempre codiciada supremacía a nivel internacional.

El Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, también criticó el uso indiscriminado de los aviones no tripulados por parte de Estados Unidos y urgió al gobierno de ese país a que legisle sobre esas “controversiales tácticas” que han causado tantas muertes de civiles.

Pero no hay indicios de que estén dispuestos a dejar el nuevo “juguete”, lo estamos viendo en Siria que es el objetivo actual en la búsqueda de un camino que los lleve a Moscú y Beijing

- Frida Modak, periodista, fue Secretaria de Prensa del Presidente Salvador Allende.
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Lunes, 09 Julio 2012 06:30

Número uno

Número uno
Al celebrar su cumpleaños el pasado 4 de julio, Estados Unidos es una superpotencia a la que le gusta proclamarse número uno” en casi todo: desde la retórica oficial a la mitología popular cunde eso de que es el “mejor” país del planeta, el más libre, el más rico, el más avanzado, el más informado, en fin, como reiteró hace poco el presidente Barack Obama, “la nación indispensable en los asuntos mundiales”.


Estados Unidos puede congratularse de ser number one en varios aspectos, pero también en otros que nadie desea celebrar, mucho menos mencionar durante las pasadas fiestas patrias.


Aún es la primera economía del planeta (en tamaño) y, según el indice de desarrollo humano de la Organización de Naciones Unidas, ocupa el tercer lugar (empatado con los Países Bajos) en desarrollo socioeconómico, sólo detrás de Noruega y Australia en el mundo. Para nutrir su mito de que cualquiera puede “hacerla” en este país de oportunidades, puede señalar que aún es el país con el mayor número de millonarios (3.1 millones de 11 millones en total en el mundo, según un informe anual realizado para Merrill Lynch. Otro cálculo es que había 5 millones 263 mil hogares millonarios en 2011 de los 12.6 millones de hogares millonarios a nivel mundial, según Boston Consulting Group).


También algunos pueden festejar que este país es campeón en muchos otros asuntos; por ejemplo es número uno en producción de queso (un cuarto de la producción mundial), en consumo de cacao y de petróleo, así como en número de reactores nucleares… y el exportador de semen humano más grande del mundo, según Harper’s.


También es “número uno” en cosas que sus publicistas prefieren no ostentar, por ejemplo: más de 2.2 millones de personas en cárceles; tiene más gente enjaulada que el total combinado de 36 naciones europeas. Uno de cada 104 adultos estadunidenses está encarcelado. Uno de cada cuatro reos en el mundo está en una prisión de EU (Pew Center on the States). Más de 7 millones –uno de cada 33 estadunidenses– están bajo supervisión judicial (presos, con libertad condicional, o en un proceso judicial).


Es el país con la población civil más armada del mundo; tiene la tasa más alta de armas de fuego en manos civiles, con uno de cada cinco estadunidenses como dueño de un arma. Hay casi 300 millones de armas de fuego en manos privadas en Estados Unidos, equivalente a casi un arma por habitante.


Es número uno en gasto militar: EU dedica más recursos a sus fuerzas armadas que cualquier otro país: en 2011 su gasto militar fue de 711 mil millones; el resto del mundo combinado gastó un billón 26 mil millones. De los 10 países con los mayores gastos militares del mundo, EU representa 41 por ciento, (cifras y análisis de SIPRI).


Está batallando para ocupar el primer lugar entre los países más avanzados en nivel de desigualdad económica; ya goza del nivel de desigualdad de ingreso más alto de los 34 países que integran la OCDE. Según cifras de la CIA, Estados Unidos ocupa el número 39 de los países con mayor desigualdad en ingreso familiar (el número uno, Namibia, es el más desigual, y Suecia en el número 136 el más igualitario). Según esto, la superpotencia es más desigual que Camerún, Rusia, Irán, Nigeria y Nicaragua, aunque México le gana en desigualdad, ocupando el lugar 27. El uno por ciento más rico controla casi 25 por ciento del ingreso nacional, el porcentaje más alto desde 1928, según el Centro sobre Pobreza y Desigualdad.


Tiene el porcentaje más alto de menores de edad en pobreza entre los países avanzados (21 por ciento de los niños).


Padece los costos de salud más altos entre los países más avanzados: representa 17.6 por ciento del PIB y gasta 8 mil 233 dólares per cápita, más de dos veces el promedio de países de la OCDE.


Hay otros rubros en los que Estados Unidos no ocupa el primer lugar, ni cerca. Por ejemplo: en corrupción en el sector público ocupa el lugar 24 en la lista de percepciones de corrupción compilada por Transparencia Internacional.


Ocupa el lugar 47 en libertad de prensa, según Reporteros sin Fronteras (le ganan países como Sudáfrica, Ghana, Hungría, España y El Salvador. México está en el 149 de 179 en total).


Ocupa el décimo lugar en analfabetismo, muy detrás de Cuba, que ocupa el segundo a nivel mundial, según el Programa de Desarrollo de la ONU.


EU, pese a ser el campeón mundial en promover la “libertad económica” como valor fundamental universal, sólo logra el décimo lugar en ese rubro, según el informe anual de la institución conservadora Fundación Heritage (Hong Kong es el número uno). Peor aún, a pesar de presentarse como campeón del libre comercio, ocupa el lugar 38 en ese rubro, según la misma institución.


Y en términos de derechos civiles, Estados Unidos ocupa el lugar 46 (el más bajo de cualquier país con democracia desarrollada), según el Índice de Democracia 2010 del Economist Intelligence Unit, empatado con Italia, Sudáfrica, Francia y Hungría (Uruguay, Suecia y Canadá, empataron en primer lugar).


EU ocupa el undécimo lugar en felicidad, según el Instituto Earth de la Universidad Columbia, un cálculo mucho más serio de lo que su nombre indica, tomando en cuenta diversos factores socioeconómicos (Dinamarca, Finlandia, Noruega y otros ocupan los primeros lugares). México está en el lugar 24; Togo aparece como el menos feliz.


Aunque los analistas dicen que en términos objetivos son menos “felices”, en una encuesta de Ipsos 28 por ciento de los estadunidenses dicen estar “muy felices”, en lo que ocupan el sexto lugar, (empatados con Australia; pero México gana: 43 por ciento de su gente reportó estar “muy feliz”. El país menos feliz según el sondeo es Hungría.


A veces ser “número uno” no es algo que hay que celebrar.

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Lunes, 09 Julio 2012 06:26

La revolución no será televisada

La revolución no será televisada
El duelo de millones por la oportunidad perdida en la elección presidencial se torna en aquelarre democrático en el que se cruzan las viejas consignas de hace medio siglo con la performance. Edades e identidades divergentes que coinciden en ofrecer resistencia contra la imposición de un resultado electoral avalado por instituciones en las que cada día se cree menos. “¡IFE, cobarde, corrige el pinche fraude!” Todo junto es protesta global que congrega resentimiento y desilusión, pero también demanda de respeto cívico, exigencia de un país mejor.


Es una marcha sin convocatoria oficial, sin discursos que la justifiquen, sin boletines para la prensa. Cada quien expresa a su manera la indignación por un fraude que no está en las urnas, sino en las conciencias. Hay quien viene para repudiar a Enrique Peña Nieto, el candidato del PRI a la presidencia. Hay quien viene a apoyar a Andrés Manuel López Obrador, el candidato de las izquierdas. Hay los más que, en realidad, les importan un carajo ambos políticos, y sólo quieren expresar su rabia porque les están jodiendo el presente y confiscando el futuro. Son objetivos similares que se distinguen en la sutileza de la consigna: “¡Es un honor luchar por Obrador!” no es lo mismo que “¡Es un honor joder al copetón!”. Es el rechazo a la enajenación televisiva y la denuncia de su maridaje con la política más conservadora.


Es sábado, y son miles y miles los que marchan en la capital del país y en al menos 16 ciudades (30 mil en Guadalajara, 13 mil en Monterrey). Se protesta también en Toronto, Vancouver, Berlín, Munich, Madrid. En las calles de la Ciudad de México se protesta en inglés, francés, italiano, portugués, alemán, ruso, chino, árabe y spanglish: “Can yu rid dis? Güi dont guan iu tu bi ouer president. Go aut!”.


Este movimiento no es de izquierda ni de derecha: es de sentido común. “La marcha es de los que asisten”, explica Anonymous. Y crece como la manta que avisa: “Váyanse acostumbrando, que esto apenas está empezando”.


El statu quo parece no inmutarse. Televisa ya hizo su trabajo y vuelve a su programación normal, la farandulización de la política, la trivialización como nota del día (“Peña, eres una bestia más del canal de las estrellas”). Por eso cubre la boda de un conocido comediante con una actriz en una iglesia a unas calles del Zócalo, en lugar de la movilización más grande hasta ahora tras la jornada electoral. Algunos contingentes no lo pueden resistir y llegan a la fiesta sin invitación (“La prole quiere mole”). Cámaras y reporteros de la farándula los ignoran. Imposible filtrar el audio por el que se cuela el grito de “¡Fraude, fraude, fraude!”. Como sea, la revolución no será televisada. Afuera, el repudio al fraude electoral, si no en las urnas, sí en el imaginario colectivo, en la memoria histórica. Por eso se rechaza la imposición de Peña Nieto, la complicidad de Televisa, la mediocridad del Instituto Federal Electoral.


Son demasiadas voces en un mismo grito. ¿Cuántas personas pueden marchar durante casi cinco horas desde el Angel de la Independencia hasta el Zócalo, esos cuatro kilómetros esparcidos por varias bocacalles? ¿Decenas o cientos de miles? No hay forma de calcularlo. Las columnas de manifestantes son una serpiente emplumada que repta por sobre las baldosas del centro histórico y luego regresa hasta morderse la cola. Circularidad de la protesta. El México profundo ha salido a conjurar la idea de un país común. Es el exorcismo de la historia, del recuerdo de un pasado que no puede ser peor de lo que avizora el corto plazo. Es el recuerdo de lo que viene.


No son #132 los que protestan. Son todos los demás. Es la doña que desatendió el puesto en el tianguis para venir a manifestarse. Es la ama de casa que se encuentra a sí misma en una pancarta. Son los meseros que retan al patrón del restaurante que cerró sus puertas por temor a la chusma, asomándose a los balcones para ondear banderas y levantar el júbilo de la muchedumbre. Es el burócrata que se incorporó a la marcha en cuanto pudo salir del trabajo. Es la mujer que arrastra sus 90 años en silla de ruedas y se resiste a morir sin conocer la democracia. Son las familias que vinieron a construir un país mejor. Son los niños que todavía no saben el alcance de sus propios pasos. Son los ancianos que ya saben dónde van a terminar. Son un nudo en la garganta.


¿Cuántas derrotas marchan hoy? Son los movimientos sociales de la segunda mitad del siglo XX: médicos, ferrocarrileros, maestros, estudiantes, guerrilla campesina y urbana. Son los desaparecidos de todo este tiempo. Son los mismos tránsfugas sociales que engendraron a estos imberbes que hoy marchan para restregarles que el mundo ya les pertenece a ellos. (Por ahí se ve a uno que otro yuppy extraviado de los ’80, mientras desde las aceras miran con recelo algunos beneficiarios del individualismo salvaje de los ’90, esos que se creyeron demócratas por votar a Vicente Fox en el año 2000 y que ahora traen de regreso al dinosaurio del que oyeron quejarse a sus padres.)


Hay lágrimas por tantas batallas perdidas, por las ideas clausuradas a fuerza de imposiciones, por las vías pacíficas negadas una y otra vez desde casi siempre. También se llora de emoción al ver a niños y niñas de entre 5 y 10 años dirigiendo a las masas que repiten sus protestas: “¡Queremos escuelas, no telenovelas!”. Se desgarra la memoria al ver los puños encanecidos, las historias que todavía marchan, así sea en muletas. Duele tanto este país.


Pero sólo lloramos los más grandes, que algo de eso vivimos, porque lo que abunda es la memoria histórica transformada en esperanza. Esta marcha la hacen los adolescentes y los veinteañeros que han decidido pasar lista de presente, alistarse en las filas de la indignación, romper con el marasmo de las pasiones anquilosadas de sus mayores, reivindicar para sí el presente como única vía para construir su propio futuro. Ellos nacieron en plena decadencia del PRI, no vivieron sus esplendores soportados en el autoritarismo, en la guerra sucia, en el asesinato de quien se resistió con tanta entereza, que se convirtió en una amenaza para el poder. Es puro instinto lo que los mueve. El que no brinque es porque ya está muerto. Por eso gritan y saltan y sonríen y se besan: el amor como máxima expresión de resistencia. “EPN, los medios son tuyos, pero las calles son nuestras.”


Esa es la mayor diferencia de este movimiento con cualquier otro visto en México desde 1968. Esta manifestación va mucho más allá de López Obrador. Es el rechazo a una imposición mediática, a la apropiación ciudadana de Televisa, creadora de patrones culturales que son la impronta social mexicana: “Que no te eduque La Rosa de Guadalupe”. (TV Azteca vendrá mucho después a beneficiarse del modelo, al que sólo le ha aportado vulgaridad.) Es la incredulidad en instituciones que debían ser garantes de la justicia social, de la moral política. Es el desencanto de una democracia prostituida a la que, pese a todo, aún se le brinda una oportunidad.


La plaza se llena sin convocatoria identificable, sin dirigencia evidente. La juventud es una Hidra, y cada cabeza es su propio líder. Los que marchan no vinieron a escuchar a nadie: están aquí porque quieren ser escuchados.


No hay templete ni organización que espere para pronunciar discursos. La marcha entra al inmenso espacio abierto del Zócalo para encontrarse que está sola en medio de la multitud. La gente entiende que cada uno es su propia manifestación y se agrupa en torno de las consignas que se comparten con el resto. La manifestación deviene en happening democrático, una performance política. No es una sola marcha ni es un solo mitin. Es cada familia que corea su indignación y su esperanza, sus conjuros contra el sexenio de miseria moral que se nos avecina. Es cada una del más de medio centenar de universidades del #YoSoy132 fusionada en contingente. Es cada grupo de amigos que quedó para sumarse a la resistencia colectiva. Es cada rabia individual que se acumula en voluntad de cambio. El cambio que tantos y durante tanto tiempo nos han negado.

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La Carta Magna es el destino, nuestro destino
Sucesos recientes marcan una trayectoria amenazadora, en forma suficientemente clara, que quizá valga la pena ver hacia el futuro unas cuantas generaciones, hasta el aniversario milenario de uno de los grandes hitos en el establecimiento de los derechos civiles y humanos: la creación de la Carta Magna, la cédula de las libertades inglesas que le fue impuesta al rey Juan en 1215.


Lo que hagamos ahora mismo o dejemos de hacer determinará qué tipo de mundo recibirá al aniversario. No es una perspectiva atractiva –en buena parte porque la Carta Magna está siendo desgarrada frente a nuestros ojos.


La primera edición académica de la Carta Magna fue publicada en 1759 por el jurista William Blackstone, cuya obra fue una de las fuentes de la legislación constitucional de Estados Unidos. Fue intitulada The great charter and the charter of the forest, siguiendo las prácticas previas. Ambas cartas son altamente significativas hoy día.


La primera, la Carta de las Libertades, es generalmente reconocida como la piedra toral de los derechos fundamentales de los pueblos de habla inglesa –o como expresó Winston Churchill, en forma más amplia, “la carta de cualquier hombre que se respete así mismo en cualquier tiempo y cualquier tierra”.


En 1679 la carta se vio enriquecida por la ley de habeas corpus, oficialmente llamada “una ley para mejor aseguramiento de la libertad del sujeto y para prevenir el encarcelamiento allende los mares”. La versión moderna, más severa, es llamada “rendición” –encarcelamiento con fines de tortura.


Junto con buena parte de la legislación inglesa, la ley fue incorporada a la Constitución de Estados Unidos, la cual afirma que “el auto de habeas corpus no será suspendido” salvo en caso de rebelión o invasión. En 1961, la Suprema Corte de Estados Unidos dictaminó que los derechos garantizados por esta ley fueron “considerados por los fundadores como la más importante salvaguarda de la libertad”.


Más específicamente, la Constitución garantiza que “ninguna persona (será) privada de vida, libertad o propiedad sin el proceso debido de la ley (y) un juicio rápido y público” por sus pares.


El Departamento de Justicia explicó recientemente que esas garantías han quedado satisfechas por deliberaciones internas en la rama ejecutiva, como informaron Jo Becker y Scott Shane a The New York Times el 20 de mayo. Barack Obama, el abogado constitucional de la Casa Blanca, estuvo de acuerdo. El rey Juan hubiera asentido con satisfacción.


El principio subyacente de “presunción de inocencia” también ha recibido una interpretación original. En el cálculo de la lista de ejecución de terroristas del presidente “todo varón en edad militar en una zona de ataque” es contado, de hecho, como “combatiente”, a menos que “haya conocimiento póstumo que pruebe su inocencia”, explicaron Becker y Shane. Esta determinación de inocencia posterior al asesinato es suficiente, actualmente, para mantener este principio sagrado.


Esto es sólo una muestra del desmantelamiento de “la carta de todo hombre que se respete a sí mismo”.


La Carta del Bosque que la acompaña es quizá incluso más pertinente hoy día. Demandaba protección del pueblo bajo o vulgo por el poder externo. Ese vulgo era la fuente de mantenimiento para la población en general –su combustible, sus alimentos, sus materiales de construcción. El Bosque no era la tierra llana. Era tierra cuidadosamente nutrida, mantenida en común, con riquezas disponibles para todos, preservada para generaciones futuras. Para el siglo XVII, la Carta del Bosque había caído víctima de la economía de materias primas, de la práctica del capitalismo y de la moralidad. Ya no protegida por cooperativas y por su uso, los comunes estaban restringidos a lo que no podía ser privatizado –una categoría que sigue reduciéndose ante nuestros ojos. El mes pasado, el Banco Mundial decretó que la multinacional minera Pacific Rim puede proceder en su caso contra El Salvador por tratar de preservar tierras y materias primas y comunidades contra la altamente destructiva minería de oro. La protección ambiental privaría a la compañía de ganancias futuras, un crimen según las reglas del régimen de derechos de inversionistas mal llamado “libre comercio”.
Éste es sólo un ejemplo de las luchas que se libran hoy en buena parte del mundo, algunas con violencia extrema, como en Congo, rico en recursos, donde millones de seres humanos han sido asesinados en años recientes para asegurar una reserva amplia de minerales para teléfonos celulares y otros usos, y, por supuesto, amplias utilidades.


El desmantelamiento de la Carta del Bosque trajo consigo una revisión radical de cómo los comunes son concebidos, capturada en 1968 por la influyente tesis de Garret Hardin, que asegura “la libertad en los comunes nos causa ruina a todos”, la famosa “tragedia de los comunes”. Lo que no es de propiedad privada será destruido por la avaricia individualista. La doctrina no carece de ser desafío. Elinor Olstrom ganó el Premio Nobel Memorial en Ciencias Económicas en 2009 por su trabajo para mostrar la superioridad de los comunes administrados por sus usuarios.


Pero la doctrina tiene fuerza si nosotros aceptamos el principio implícito de que los seres humanos están ciegamente impulsados por lo que los trabajadores estadunidenses, en la aurora de la revolución industrial, llamaron “el nuevo espíritu de la era, obtener riqueza olvidándose de todo menos de uno mismo” –doctrina que ellos condenaron amargamente como destructiva, ataque contra la naturaleza misma del pueblo.


Enormes esfuerzos se han dedicado desde entonces a inculcar “el nuevo espíritu de la era”. Grandes industrias dedicadas a lo que el economista político Thorstein Veblem llamó “fabricar deseos” –dirigir a la gente a “las cosas superficiales” de la vida, como el consumismo de modas” en las palabras de Paul Nystrom, profesor de mercadotecnia de la Universidad de Columbia.


De esa forma la gente puede ser atomizada, dedicada sólo a la búsqueda de ganancia personal y alejada de esfuerzos peligrosos, como pensar por su cuenta, unidos y desafiar a la autoridad.


Es innecesario pensar en los peligros extremos planteados por un elemento central de la destrucción de los comunes: la dependencia de combustibles fósiles, que plantea un desastre global. Se puede debatir acerca de los detalles, pero hay escasas dudas serias de que los problemas son demasiado reales y que en la medida que posterguemos su solución más terrible será el legado que dejemos a las próximas generaciones. La reciente conferencia de Río+20 es el esfuerzo más reciente. Sus aspiraciones eran pequeñas y su resultado irrisorio.


A la cabeza en enfrentarse a esta crisis, a lo largo del mundo, se encuentran las comunidades indígenas. La posición más firme ha sido tomada por el país que ellos gobiernan, Bolivia, el país más pobre en Sudamérica y, durante siglos, víctima de la destrucción de sus ricos recursos por occidente.


Después del ignominioso colapso de la cumbre de cambio climático global en Copenhague, en 2000, Bolivia organizó una cumbre de pueblos con 35 mil participantes de 140 países. La cumbre hizo un llamado para la severa reducción de emisiones y una Declaración de Derechos de la Madre Tierra. Ésa es una demanda clave de las comunidades indígenas de todo el mundo.


La demanda es ridiculizada por los occidentales sofisticados, pero a menos que podamos adquirir algo de la sensibilidad de las comunidades indígenas es muy probable que ellos rían al último –una risa de amarga desesperación.

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Domingo, 08 Julio 2012 05:29

Mate amargo

Mate amargo
Imposible saber desde acá lo que estará pasando por la cabeza del Pepe Mujica, pero seguro que estas últimas semanas no fueron fáciles.


En poco más de un mes perdió por paliza una elección interna, vio resurgir de las cenizas a su archirrival político, soportó críticas de su propio vicepresidente, a las que se montaron las de todo el arco opositor, y tuvo que aguantar la torpeza, deslealtad o falta de compromiso de un hombre de su riñón que ocupa un puesto clave en su gobierno, nada menos que el de canciller. Y todo eso le sucedió en gran parte por ponerle el pecho al sueño de Artigas de la integración regional, en un momento en el que muchos de sus compatriotas ven con recelo y desconfianza a sus aliados Argentina y Venezuela y dan a entender que prefieren políticas más cercanas al liberalismo económico que se referencia en Estados Unidos.


El 27 de mayo los candidatos de Mujica cayeron derrotados en la interna del Frente Amplio y como resultado se agigantó la figura de su principal rival interno, el ex presidente Tabaré Vázquez, cuya candidata Mónica Xavier (Partido Socialista) ganó con holgura las elecciones. Xavier sacó el 36 por ciento de los votos, contra el candidato de la línea interna de Mujica, Ernesto Agazzi (MPP), que sacó el 19 por ciento. El otro candidato que apoya a Mujica, Enrique Rubio (Vertiente Artiguista), sacó el 15 por ciento, mientras que Juan Castillo, el candidato comunista, sumó el 13 por ciento y los votos en blanco alcanzaron una cifra record de más del dieciséis por ciento.


Fue un resultado muy malo para el presidente uruguayo, teniendo en cuenta que en la interna del 2009 el MPP había ganado y Mujica se había llevado el 52 por ciento de los votos. El mes pasado, sumados los votos de Xavier con los votos en blanco, más de la mitad de los frenteamplistas expresaron su disconformidad con la conducción del presidente uruguayo.


“Y ya lo ve y ya lo ve, el presidente es Tabaré.” Ovacionado, aplaudido de pie, así ingresó Vázquez al Plenario Nacional del Frente Amplio para presenciar la asunción de su correligionaria socialista Mónica Xavier como presidenta de la coalición el sábado pasado en el Club Democrático de Florida.


Vázquez había dejado la presidencia uruguaya en el 2010 con un alto índice de popularidad, imposibilitado por la Constitución para competir por un segundo término. Pero el año pasado había anunciado su “retiro” de la política para apagar el fuego causado por las filtraciones de Wikileaks. Los cables habían revelado que Vázquez le había pedido ayuda a Bush para una eventual guerra contra Argentina y su odiado Néstor Kirchner por el conflicto de las papeleras sobre el río Uruguay.


En su discurso del sábado pasado, Mónica Xavier le agradeció y le dedicó su triunfo a Tabaré. Los periodistas se le fueron encima al ex presidente para preguntarle si el “retiro” había terminado. Dato no menor, ya que según las encuestas, Wikileaks y todo, hoy por hoy Vázquez es el político más popular de Uruguay.


“Estamos lejos de hablar de candidaturas, pero estoy aquí en este plenario del Frente”, dijo Vázquez a El País de Montevideo. Pícaro, comparó su participación en el plenario frenteamplista, del cual es miembro permanente, con “la vuelta de Progreso a la Divisional A” del fútbol uruguayo, club del cual es hincha.


Además de servir de escenario para la dramática reaparición de Vázquez, la elección interna impulsó la figura del otro rival interno de Mujica, el vicepresidente Danilo Astori, ex ministro de Economía de Vázquez y emergente del Partido Liberal que forma parte del Frente Amplio, llamado Frente Líber Seregni.


El Líber Seregni se impuso en la votación por partidos con el diecinueve por ciento, apenas por encima del MPP y el Partido Socialista. El margen fue mínimo, pero el crecimiento había sido importante y diversos medios uruguayos que siguieron el voto coincidieron en destacar que Astori salía fortalecido.


En este contexto se dio el golpe parlamentario a Lugo, la posterior decisión del Mercosur de suspender a Paraguay y, casi en un mismo acto, la de aprobar la incorporación de Venezuela como miembro pleno del organismo regional. Para Mujica, seguramente, el momento no fue muy oportuno.


Astori representa una línea de pensamiento. Como ministro de Economía impulsó sin éxito un tratado de libre comercio con Estados Unidos. Por el contrario, fue y sigue siendo muy crítico de la asimetrías en el Mercosur entre los países más grandes y los más chicos. Habla mal de Chávez. Dentro de la alianza gobernante representa al sector más cercano al capital financiero. El año pasado se opuso a un impuesto a los latifundios impulsado por Mujica y los dos terminaron negociando.


En cambio, Almagro es otra cosa. El canciller Luis Almagro es del MPP, la línea interna de Mujica, y fue asesor de Mujica en el Ministerio de Agricultura durante el gobierno de Vázquez. Se lo suponía un incondicional del Pepe.


Pero fue Almagro quien dijo que la incorporación de Venezuela al Mercosur “no está firme” pocas horas después de que los presidentes de Uruguay, Brasil y Argentina lo anunciaran en la cumbre de Mendoza. También dijo que Mujica había sido presionado por la mandataria argentina Cristina Kirchner y su par brasileña Dilma Rousseff para hacerle un lugar en el Mercosur al país que gobierna Hugo Chávez.


Las declaraciones de Almagro explotaron en todo Uruguay. La oposición se hizo una fiesta. Se unieron para exigir una interpelación del canciller y pidieron su renuncia. Los Colorados anunciaron que retiraban sus representantes del Parlamento de Mercosur hasta que volvieran los suspendidos representantes paraguayos. Después se unieron con los Blancos y demandaron una segunda interpelación, esta vez para Almagro y el ministro de Defensa, por la presencia supuestamente no autorizada de militares venezolanos en Uruguay.


Envalentonado por los resultados de la interna, Astori usó la oportunidad para llevar más agua a su molino y salió a opinar, en medio de la tormenta, que la incorporación de Venezuela al Mercosur era una “herida” para los uruguayos.


Ante la andanada de críticas la primera reacción de Mujica fue la de un político. Dijo que mientras más pidieran la renuncia de Almagro, más se empecinaría en ratificarlo en el cargo. Pero no fueron muchas las voces que se escucharon en defensa del presidente. La que sí puso el pecho fue la senadora nacional, referente del MPP y mujer de Mujica, Lucía Topolansky, quien refutó las declaraciones de Almagro y ratificó el apoyo uruguayo a la incorporación de Venezuela.


Entonces los socialistas movieron sus fichas. Mónica Xavier, como flamante presidenta del Frente Amplio, visitó a Mujica para ratificarle que como presidente de la república seguía siendo el líder del proyecto político del Frente Amplio, y que como tal tenía todo el apoyo de ella y de toda la coalición. Dijo además que el tema Venezuela era “un tema superado”.


Quizá fue una forma elegante de recordarle a Astori que serán aliados, pero que él no representa a los socialistas, cuyo referente, ahora más que nunca, es Tabaré Vázquez. Y de paso advertirle a Astori una vez más que la postura anti Mercosur sigue siendo minoritaria dentro del Frente.


En realidad, la incorporación de Venezuela había sido aprobada por los cuatro países miembro de Mercosur en el 2006 y de vuelta en el 2009 y sólo faltaba la ratificación del Senado paraguayo. Pero según un ex alto funcionario del Mercosur, conocedor de la intrincada arquitectura legal que surge de los distintos tratados y protocolos firmados, no hacía falta el voto del Parlamento paraguayo. Es que los estatutos habían sido reformados, explicó la fuente, para que sólo haga falta la aprobación de tres de los cuatro países del Mercosur para aprobar nuevas incorporaciones. “Lo que pasó en Mendoza es que tomaron la decisión política”, me explica el experto. O sea, tenían el instrumento legal para actuar sin la aprobación de Paraguay, pero hasta ahora nunca lo habían usado.


Pero no era la letra chica del Mercosur lo que complicaba a Mujica y le hacía perder fuerza dentro del Frente Amplio. Su problema, decían sus críticos, era la relación con Argentina y Venezuela. Que negociara con los chavistas y los cortadores de puentes. Que eligiera mal a sus amigos. El jueves, el Pepe no aguantó más y salió a contestar.


Dijo que se sentía muy solo en la defensa de la relación con la Argentina. dijo que no es ninguna novedad que los argentinos son difíciles, pero son los vecinos que hay, que no se puede mover a Uruguay a otro continente, que hay que negociar, negociar y negociar y si no que alguien le mande la receta para hacer algo diferente. Dijo que los argentinos hicieron Punta del Este y gran parte del Uruguay, pero que lamentablemente cuando Argentina juega al fútbol con Alemania los uruguayos hinchan por Alemania. Les pidió a los uruguayos que cambien un poco esa mentalidad.


Respecto de Venezuela, Mujica aclaró que no está ingresando el chavismo al Mercosur, porque los gobiernos pasan, van y vienen. Dijo que lo que se aprobó es el ingreso de un país, un país con mucho petróleo que Uruguay necesita comprar, un país que demanda muchos alimentos que Uruguay necesita vender.


Imposible desde acá meterse en la cabeza del Pepe, pero uno se lo puede imaginar tomando mate en el patio de su rancho de Rincón del Cerro, mientras repasa lo que hizo bien y lo que hizo mal después de un mes bastante duro. Desde pequeñas cuestiones tácticas como ir a la interna con dos candidatos en vez de uno o no haber arreglado con los comunistas, hasta las grandes preguntas sobre cómo cohesionar el frente externo con el frente interno, y el largo plazo con las presidenciales del 2014. Podrá sentirse tranquilo por la salud del Frente Amplio, con figuras respetadas como Vázquez, Astori, Topolansky y Mónica Xavier, referente de la campaña para legalizar el aborto. Todos ellos le garantizan a Mujica que su formación política tendrá grandes chances de competir con éxito por el poder en los años venideros y así se podrán profundizar los cambios que se vienen realizando. Pero no habrá sido fácil para el Pepe digerir la derrota en la interna y la falta de apoyo a su política exterior.


Uno lo imagina en la puerta de su rancho como en esta foto de Gonzalo (foto), con la mirada perdida en el horizonte, buceando en su memoria. Con su recuerdo de prisionero tupamaro en tiempos de dictadura para darse ánimo, recordándose que ha salido triunfante de situaciones peores.
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Domingo, 08 Julio 2012 05:26

El fin del fenómeno Obama

El fin del fenómeno Obama
Desde Toledo a Pittsburgh hay 400 kilómetros de carretera en los que esta semana se han expuesto algunos argumentos de la campaña electoral de Estados Unidos, se han reflejado algunas de las incertidumbres sobre su resultado y, por encima de todo, se ha certificado una realidad: el fenómeno Obama, esa gigantesca ola de afecto popular que sorprendió al mundo hace cuatro años, está moribundo, si es que no definitivamente enterrado ya. Por primera vez desde que llegó a la Casa Blanca, el presidente se echó a la carretera el jueves y viernes en los Estados de Ohio y Pensilvania, ambos de enorme peso en las urnas, dispuesto a rememorar sus mejores momentos como apóstol de la esperanza, pero al final todo quedó reducido a un ejercicio rutinario de petición de voto.


Eso no es, necesariamente, un pronóstico electoral. Barack Obama tiene todavía combustible (y razones) suficientes para ser reelegido. Las encuestas aún le favorecen y la aritmética electoral sigue apostando a que obtendrá la victoria en noviembre. Pero, de hacerlo, lo conseguirá con armas muy distintas a las que utilizó en 2008. La mística, la ilusión, la euforia, la fe, todas aquellas cualidades extrapolíticas que encumbraron a Obama en su día, se han esfumado. Hoy el presidente norteamericano es un político convencional, mejor o peor que su contrincante –eso, el tiempo y los electores lo decidirán- pero tan mortal como él.

 
Después de tres años y medio de una presidencia irregular, con grandes éxitos, como la reforma sanitaria o la muerte de Osama bin Laden, y varias lagunas, especialmente el hecho de que el plan de estímulo económico de 2009 no obtuviera los resultados previstos, el desgaste de Obama se aprecia no sólo en las canas. Su oratoria se ha hecho monótona y poco convincente; su dialéctica –esencialmente, paremos a la derecha- resulta bastante rudimentaria. Y su mayor problema es que ese agotamiento se aprecia también entre sus seguidores, envueltos en un halo de melancolía por lo que pudo ser y no fue.


Desde que comencé a seguir a Obama, a mediados de 2007, nunca lo encontré entre una audiencia inferior a los varios miles, en bastantes ocasiones decenas de miles. En cuatro de los cinco mítines en los que participó durante la gira de esta semana, el público reunido apenas llegó a unos pocos centenares. Sólo en Pittsburgh, favorecido por el escenario juvenil de la universidad Carnegie Mellon, llegó a los 5.000, según las cifras oficiales distribuidas por su propia campaña.

 
Fue en ese último acto en el que pronunció la frase que define el actual momento de EE UU: “Si siguen confiando en mí como yo confío en ustedes y me apoyan en 2012, juntos sacaremos esta economía adelante”. Si siguen confiando en mí… ¿Se puede seguir confiando en él? ¿Pueden los trabajadores seguir confiando en Obama pese a que el desempleo se mantenga en el 8,2%? ¿Pueden los hispanos seguir confiando en Obama pese a que haya incumplido la promesa de hacer una ley de inmigración? ¿Puede la izquierda seguir confiando en Obama después de que ha mantenido abierto Guantánamo y ha multiplicado los mortíferos ataques indiscriminados con aviones sin tripulación? ¿Pueden los centristas independientes seguir confiando en Obama cuando se ha triplicado el déficit público? ¿Pueden seguir confiando en Obama los jóvenes, agobiados por sus deudas de estudios y frustrados por la falta de progresos en el desarrollo de energías limpias? ¿Pueden todos los que aspiran al sueño americano confiar en Obama con un futuro tan incierto en una economía que apenas crece al ritmo del 2%?

 
Obviamente, aquellos cuya respuesta a esas preguntas sea negativa tendrán que considerar también la alternativa que tienen en sus manos. Mitt Romney presenta sus propias y serias limitaciones, empezando por su propia indefinición. David Axelrod, el director de la campaña de Obama, ha dicho que el candidato republicano es “el personaje más secreto desde Richard Nixon”. Y no le falta razón. En relación con casi cualquier gran asunto de preocupación nacional, Romney no ha expresado hasta ahora más que vacilaciones o flagrantes contradicciones.


Pero esta gira era para definir al candidato Obama, no a Romney, y eso es lo que el presidente Obama ha tratado de hacer. Uno de sus razonamientos es el de “aunque queda mucho por hacer, estamos en el camino correcto”. Efectivamente, aunque jamás ha sido elegido un presidente con un índice de paro similar al actual, EE UU lleva 28 meses consecutivos después de que Obama heredase la peor crisis económica que se recuerda en ochenta años. Cómo él mismo se ha encargado de recordar insistentemente en Ohio, cuyo progreso está estrechamente ligado a la industria automovilística, su decisión de rescatar a las tres grandes compañías de coches basadas en Detroit ha permitido que éstas vuelvan hoy a obtener beneficios y a crear, aunque tímidamente, empleo. Mientras Obama daba ese paso, Romney publicaba en 2009 en The New York Times un artículo de título suficientemente explícito: “Dejemos caer a Detroit”.
 

Muchas de las personas que estaban en Maumee, en Sandusky o en Parma escuchando a Obama confesaron que votarían por el presidente como agradecimiento por haber salvado a la industria que les dio trabajo a sus padres, a ellos mismos y que confían que pueda dar trabajo también a sus hijos. Aunque otros factores influyen, por supuesto, en la votación, Romney se ha puesto muy cuesta arriba su triunfo en Ohio, donde ahora está por detrás de Obama por nueve puntos, según la encuesta más reciente. Y si no consigue ganar en Ohio, es difícil imaginar cómo puede conseguir la presidencia. Hay que recordar que las elecciones de EE UU no son elecciones nacionales; son 50 elecciones en otros tantos Estados, de los cuales 40 están ya prácticamente decididos a favor de uno o de otro candidato. Todo se juega en el terreno reducido de una decena de Estados, entre los que Obama tiene actualmente ventaja en ocho.


En todos los casos se trata de ventajas escasas que cuatro meses de campaña pueden aún hacer cambiar, pero para ello sería necesario que el rechazo al presidente fuese mayoritario y categórico, o bien que su rival consiguiese generar una fuerte corriente de ilusión. Ninguna de las dos cosas se dan en estos momentos.
 

Está generalmente establecido que las elecciones no las ganan los aspirantes sino que las pierden los gobernantes. Por si acaso, Obama se han encargado también en este recorrido por carretera de descubrir las presuntas intenciones de su rival: “Romney pretende bajar aún más los impuestos de los ricos a costa de recortar los presupuestos de educación y de retirar el apoyo a la investigación y la ciencia”. El presidente ha caricaturizado al candidato republicano como un millonario –“yo creo que él sí se podría permitir pagar más impuestos, ¿verdad?”- insensible a las dificultades de los trabajadores y heredero de la misma política económica que creó el desastre de 2008. “Romney es el regreso a un pasado que ya conocemos y que sabemos que fracasó”.

 
En contraste, Obama se presenta como el defensor de la clase media. “Creo en todas las fibras de mi ser que una economía fuerte no viene de arriba hacia abajo sino de la fortaleza de la clase media.


Cada día me despertaré pensando en ustedes y luchando para que cada uno de ustedes tenga las mismas oportunidades y en las mismas condiciones”. El presidente dice representar plenamente los auténticos valores americanos, no los de hacerse rico a toda costa, que son los que han predominado en los últimos años, sino los de “una sociedad que se preocupa por su vecino y en la que se ayudan los unos a los otros para progresar unidos”. “Fue así, unidos, como construimos la presa Hoover o el puente de San Francisco, fue así como llegamos a la Luna”.

 
Obama admite que no se ha conseguido todo lo prometido. “Es cierto que no hemos llegado a donde queríamos y que aún queda mucho por hacer”. Pero considera que buena parte de la responsabilidad de ello le corresponde a los propios republicanos. “No hemos encontrado mucha ayuda en Washington”, dice. El ejemplo más rotundo es el de la reforma sanitaria, usada por la oposición como el ejemplo más claro del supuesto proyecto socialista de Obama. El presidente llevaba algún tiempo sin hablar de ese asunto, que se había detectado impopular entre una mayoría de la población. Sin embargo, el Tribunal Supremo refrendó la semana pasada esa ley, las encuestas han empezado a girar marcadamente a favor de la iniciativa, y Obama manifiesta ahora su “orgullo” por haberla firmado.


La necesidad de un nuevo modelo de salud es clamorosa en EE UU. En Sandusky, Obama conversó con una mujer que, con lágrimas en los ojos, le contó que su hermana había muerto de cáncer hacía seis meses porque el seguro se había negado a cubrirle el costoso tratamiento de esa enfermedad. El presidente tiene motivos para presumir de ese éxito. Pero si apenas lo ha hecho hasta ahora es porque los encuestadores así se lo recomendaban.

 
También en eso Obama se ha convertido en un político común. La eficacia manda sobre la ideas, las prioridades electorales van por delante de todo lo demás. Entre los instrumentos útiles para la victoria que Obama tiene en sus manos está el de su propia posición. El autobús que trasladó a Obama por las carreteras de Ohio y Pensilvania llevaba grabado al frente y a los costados el sello presidencial, un emblema que todavía significa algo entre los norteamericanos. De color negro y aparatoso blindaje, ese autobús era en sí mismo un símbolo del poder de esta nación. Obama ha manejado ese poder atinadamente con una política exterior en la que se han combinado la fuerza y la paciencia, para que el país recuperara el prestigio perdido en la presidencia anterior. Sus compatriotas respaldan esa política, y esta es otra baza para el candidato demócrata. Pero queda mucha campaña por delante. Muchas cosas pueden ocurrir aún, y Obama ya no tiene la misma magia para sortear obstáculos. En 2008, John McCain tuvo que pelear contra un duende. Esta vez es una pelea de hombre contra hombre.


Por Antonio Caño Pittsburgh (Pensilvania - Estados Unidos) 7 JUL 2012 - 23:03 CET

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Sábado, 07 Julio 2012 07:30

Séptima carta a las izquierdas

Séptima carta a las izquierdas
¿A qué izquierdas me dirijo? A los partidos y movimientos sociales que luchan contra el capitalismo, el colonialismo, el racismo, el sexismo y la homofobia, y a toda la ciudadanía que, sin estar organizada, comparte los objetivos y aspiraciones de quienes se organizan para luchar contra estos fenómenos. Es un público muy amplio, sobre todo porque incluye a quienes llevan a cabo prácticas de izquierda sin considerarse de izquierda. Y, sin embargo, parece tan pequeño.


En las últimas semanas, las izquierdas han tenido la oportunidad de experimentar la riqueza global de las alternativas que ofrecen y de identificar bien las fuerzas de derecha a las que se oponen. Por desgracia, esta oportunidad ha sido desperdiciada. En Europa, las izquierdas estaban avasalladas por las crisis y urgencias de lo inmediato y, en otros continentes, los medios de comunicación ocultaban lo novedoso y de izquierda que flotaba en el ambiente.


Me refiero a la Conferencia de Naciones Unidas Río+20 y a la Cumbre de los Pueblos celebradas en Río de Janeiro. La primera tuvo lugar en Barra de Tijuca y la segunda en el parque de Flamengo. Eran pocos los kilómetros que separaban ambos eventos, pero había un océano de distancia política entre ellos. En Barra, se encontraban los gobiernos y la sociedad civil obediente, incluyendo las empresas multinacionales que cocinaban los discursos y organizaban el cerco a los negociadores oficiales. Allí la derecha mundial dio un espectáculo macabro de arrogancia y cinismo ante los desafíos ineludibles que plantea la sostenibilidad de la vida en el planeta. Ningún compromiso vinculante para reducir los gases del efecto invernadero, ninguna responsabilidad diferenciada para los países que más contaminan, ningún fondo para el desarrollo sostenible, ningún derecho de acceso universal a la salud, ninguna suspensión de patentes farmacéuticas en situaciones de emergencia y pandemias. En lugar de ello, la economía verde, el caballo de Troya del capital financiero para gestionar los bienes globales y los servicios que la naturaleza nos presta gratuitamente. Cualquier ciudadano con conciencia ecológica entiende que la manera de defender la naturaleza no es venderla y no cree que los problemas del capitalismo puedan resolverse con más capitalismo. Pero eso fue lo que los medios de comunicación llevaron al mundo.


Por el contrario, la Cumbre de los Pueblos fue la expresión de la riqueza del pensamiento y las prácticas impulsadas por movimientos sociales de todo el mundo para lograr que las generaciones futuras disfruten del planeta en, al menos, las mismas condiciones de las que disponemos.


Hubo millares de personas, centenares de eventos, un conjunto inagotable de prácticas y de propuestas de sostenibilidad. Algunos ejemplos: defensa de los espacios públicos en las ciudades que prioricen lo peatonal, la convivencia social, la vida asociativa, con gestión democrática y participación popular, transportes colectivos, huertos comunitarios y plazas sensoriales [1]; economía cooperativa y solidaria; soberanía alimentaria, agricultura familiar y educación para la alimentación sin el uso de agrotóxicos; nuevo paradigma de producción-consumo que fortalezca las economías locales articuladas translocalmente; sustitución del PIB por indicadores que incluyan la economía del cuidado, la salud colectiva, la sociedad decente y la prosperidad no asentada en el consumo compulsivo; cambio en la matriz energética basada en las energías renovables descentralizadas; sustitución del concepto de capital natural por la naturaleza como sujeto de derechos; defensa de los bienes comunes, como el agua y la biodiversidad, que solo permiten derechos de uso temporal; garantía del derecho a la tierra y al territorio de las poblaciones campesinas e indígenas; democratización de los medios de comunicación; tributación que penalice las actividades extractivas y a las industrias contaminantes; derecho a la salud sexual y reproductiva de las mujeres; reforma democrática del Estado que elimine la pandemia de la corrupción e impida la transformación en curso del Estado protector en Estado depredador; transferencias de tecnología que atenúen la deuda ecológica.


Si quieren tener futuro, las izquierdas deben adoptar el futuro contenido en estas propuestas y transformarlas en políticas públicas.


Notas

[1] Se trata de un proyecto innovador cuya finalidad principal es atender a personas ciegas o con necesidades visuales especiales para promover, más allá de la visión, el aprendizaje a través de experiencias sonoras, táctiles y olfativas. (N. T.)


Boaventura de Souza Santos
Visão


Traducido por Antoni Jesús Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez.




Sábado, 07 Julio 2012 07:26

La nueva cara de la izquierda paraguaya

La nueva cara de la izquierda paraguaya
Mirando a cámara y con el tema “Let it Be” de fondo, el conductor de su programa de televisión de la mañana de un canal privado de Paraguay se dirigió sin rodeos a su audiencia: “Luego de treinta y dos años de haber ingresado a estos estudios para ser alguien en los medios, me despido para aceptar el generoso ofrecimiento de presentar una precandidatura a la presidencia”. El que hablaba ese día, 9 de abril pasado, era Mario Ferreiro, una cara voz tan conocida en Paraguay como la de Fernando Bravo en la Argentina. “La gente sabe quién soy: un ciudadano común con un pensamiento de izquierda”, decía mientras iban pasando imágenes suyas con un semblante más joven que sus actuales 52 años.


Hace tan sólo tres meses, Ferreiro se postulaba como uno de los seis precandidatos por el Frente Guazú (Guazú significa “grande”), un conglomerado de izquierda al que pertenece Fernando Lugo, el destituido presidente. Hoy, este hombre de los medios mantiene su candidatura y pide pragmatismo y rapidez frente a un nuevo escenario político. “El Frente Guazú debe reorganizar todas sus fuerzas progresistas. Antes teníamos un proyecto de alianza con el Partido Liberal Radical Auténtico, pero éste nos traicionó y entonces estamos en la búsqueda de ampliarnos con bases sociales y gremiales”, señala en diálogo con Página/12 desde Asunción.


La estrategia de los movimientos y agrupaciones de izquierda es la de consensuar una lista única en el Senado encabezada por Lugo. El ex presentador de televisión recomendó a sus correligionarios que por falta de tiempo sea Lugo y un equipo de cuatro personas quienes decidan el candidato presidencial. Eso, en caso de que Lugo finalmente no sea restituido en el cargo, posibilidad que el ex mandatario ha desestimado. Al respecto, Ferreiro ve por delante un camino con escollos: “Tendrían que votar su restitución los mismos parlamentarios que lo echaron. Los recursos que presentamos ante la Justicia ordinaria fueron ampliamente rechazados. Vamos a seguir luchando en otros niveles, por ejemplo ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos”.


Hace quince días, una mayoría de legisladores liberales, colorados y oviedistas condenó a Lugo en un juicio express a dejar la silla presidencial, acusándolo de mal desempeño de funciones y responsabilizándolo por un enfrentamiento entre campesinos y policías que dejó 17 muertos, cuya investigación aún no ha arrojado responsables.


Ferreiro, al igual que el ex obispo al momento de hacer oficial su postulación, no cuenta con una trayectoria política. Sus ideas políticas se remontan al Partido Revolucionario Febrerista (socialista). El nombre de esa formación refiere a la Revolución de Febrero de 1936 que dio paso al gobierno de Rafael Franco, en el que se aprobaron leyes sociales como la jornada laboral de ocho horas y se anularon aquellas que restringían la actividad política y sindical.


Hoy, el que se aferra a la presidencia es otro Franco: Federico. Nunca disimuló, sentado en el banco de vicepresidente, sus ansias de ocupar el cargo de Lugo. Lo enfrentó desde el comienzo. Y asumió en su relevo para evitar una guerra civil, según dijo con hipocresía. Es la estrategia de generar miedo. Ferreiro afirma que los paraguayos temen repetir las historias de violencia. Eso explicaría por qué Lugo acató la decisión del Congreso sin más y por qué se ven pocos focos de resistencia de las bases sociales. “Paraguay ha tenido una tradición de guerras civiles y golpes de Estado que está instalada en el inconsciente colectivo, venimos de abuelos y de padres que hablan de matanzas entre hermanos. Es muy difícil pedirle a la gente que se manifieste sin sentir aquel antiguo miedo de las grandes represiones”, afirma Ferreiro y agrega: “Por otro lado, hay una apatía generalizada a toda actuación política, en las encuestas se constata que la gente cree que, venga quien venga, todo va a ser igual”.


Como símbolo de estos tiempos, uno de los lugares en donde sí hubo manifestaciones en apoyo al presidente destituido fue en la sede de la Televisión Pública. “La gente entendió que era un espacio para defender frente a la concentración de medios”, destaca Ferreiro. “Pero ya está en manos de los golpistas y de a poco irán modificando la programación hacia una menos comprometida.” Ferreiro, un conductor de televisión que conoce la cocina de los medios privados, señala el potencial del canal del Estado: una emisora que llevaba tan sólo un año en el aire y que rompía con el relato masivo de descalificación a Lugo que proponían los sectores de derecha. Ferreiro dice que estableció una posición de apoyo al proceso liderado por Lugo desde adentro de los medios corporativos privados. Fue también columnista del conservador diario ABC Color. Desde esos espacios dijo que respeta el proceso político de Venezuela, siendo que Chávez hace tiempo se volvió una obsesión de la derecha paraguaya.


Ferreiro propone una ley de medios como la de Argentina. “Es el debate que tendría que darse en Paraguay: la única forma de contestar a ese relato masivo de un solo sector es democratizando los medios. ¿Si estamos cada vez más lejos de esa discusión? No lo creo. Hay un sector de la población que va a votar por las propuestas progresistas y va a permitir que ese debate llegue al Parlamento.”


El ex comunicador es el mejor posicionado en la interna del Frente Guazú, que comparte con Miguel López Perito, ex jefe de Gabinete; Esperanza Martínez, quien fuera ministra de Salud; Fernando Camacho, presidente del partido Encuentro Nacional; Luis Bareiro Spaini, ex ministro de Defensa, y Sixto Pereira, senador del movimiento Tekojoja. Un sondeo de la consultora Ati Snead, publicado por el diario Ultima Hora el 29 de mayo, mostró que Ferreiro lideraba las preferencias con un 42,7 por ciento de apoyo, mientras que López Perito se ubicaba en segundo lugar, con un 7,1 por ciento de respaldo.


Las autoridades del Tribunal Superior de Justicia Electoral afirmaron por estos días que las elecciones previstas para abril de 2013 no serán adelantadas. Si resulta el candidato del Frente Guazú, Ferreiro deberá competir con el más probable ganador de las primarias liberales, Blas Llano (presidente del partido), y el hombre que más suena entre los colorados, el empresario ganadero Horacio Cartes.


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“La izquierda debe unir gestión y emoción”
El primer gran debate abierto de la decimooctava edición del Foro de San Pablo tuvo como tema los gobiernos progresistas y de izquierda. En el curso de las amplias discusiones quedó reflejada la preocupación de muchos delegados por la estabilidad de esos gobiernos y el modo de desarrollo que ofrecen o pueden ofrecer frente a la hostilidad de los modelos liberales. Desde Panamá y Palestina, pasando por Honduras, Venezuela, Uruguay, Puerto Rico, hasta Brasil o México, los participantes mostraron una honda preocupación sobre la forma en que el progresismo puede implementar sus políticas sin exponerse a la decapitación liberal. Un delegado de Palestina afirmó con visible temor que, allí donde se vaya, “el liberalismo bloquea los cambios mundiales o nacionales”. El otro gran tema consistió en encontrarle una respuesta a esa gran incógnita que consiste en saber en qué fase de su historia se encuentra el modelo liberal tomando en cuenta todas las crisis que lo han azotado en los últimos años. Quienes lo dieron por agonizante o muerto reconocen que no es así, pero tampoco encuentran en el horizonte un modelo para retratar el estado actual. Página/12 dialogó en Caracas con el analista Juan Carlos Monedero, ex consejero del presidente Hugo Chávez y lúcido pensador de los planteos que la izquierda debe hacerse en estos tiempos de dudas.


–Los participantes de este foro, al mismo tiempo que celebran la existencia de gobiernos progresistas, se preguntan qué hacer frente al modelo ultraliberal que sigue en pie pese a las hecatombes que provocó y lo afectaron.


–La izquierda tiene un terrible problema de reflexión. Hay problemas para los cuales no tenemos respuesta. Por ejemplo, cuáles son las relaciones entre los movimientos sociales y los gobiernos; cómo actúa un gobierno que puede acceder a los aparatos del Estado sin que ello signifique que tenga realmente el poder; cómo gestiona el Estado heredado con el Estado en construcción; cuál es el nuevo sujeto de transformación; qué ocurre cuando la clase obrera sigue existiendo, pero ya no se deja representar. Creo que la izquierda puede encontrar respuestas a estas preguntas en foros de este tipo. El gran reto de la izquierda es ver cómo se traducen las diferentes luchas por la emancipación para encontrar el hilo que las una.


–Hace años que la izquierda tiene una gran capacidad de análisis, una extrema lucidez en su diagnóstico. Sin embargo, incluso en uno de los peores momentos del liberalismo, la izquierda no consigue plasmar una acción de impacto global. ¿Por qué?

–Ocurre que la izquierda siempre ha movilizado con sueños. Los grandes lemas de cambio social de la izquierda que tanto han emocionado a la población son un poco huecos: tierra y libertad, pan y trabajo, socialismo o muerte, etc., etc. Estas ideas son elementos amplios, pero no terminan de concretarse. Por paradójico que parezca, hoy en días los únicos que son políticamente incorrectos son los actores de la derecha: Berlusconi en Italia, Sarah Palin en Estados Unidos, Esperanza Aguirre en España, etc. Son sujetos capaces de apelar a las emociones. Por eso cuando el capitalismo está en crisis la salida más fácil que encuentra es la fascista. Y esto se debe a que la izquierda no termina de entender que tiene que ser capaz de unir la emoción y la gestión. La izquierda necesita renovar las emociones y terminar de concretar las alternativas. Vivimos en un mundo en transición donde lo viejo no termina de marcharse y lo nuevo no termina de llegar. Tenemos que hacer teoría no sobre la base de lo que queremos sino de lo que no queremos. Esto representa una ventaja teórica. Los modelos tradicionales se rompieron: la Unión Soviética se hundió, el mundo del trabajo se transformó, los Estados nacionales variaron y las ideologías se difuminaron. Los marcadores de certeza se tornaron líquidos y por eso tenemos dificultades para concretar otras cosas en una alternativa que se plasmará a medida que se construye. Considero importante teorizar sobre una izquierda flexible que vaya construyendo sobre la base de lo que no queremos el gran mosaico de lo que deseamos. Estamos en una encrucijada teórica donde no nos valen los viejos elementos, no nos valen los viejos partidos políticos, no nos vale el modelo de asalto al poder ni mucho menos el modelo de gestión humanista de un capitalismo en crisis como lo hace la socialdemocracia. Como diría Marx, es un momento para regresar a la biblioteca e intentar aportar modelos que orienten.


–Pero todas estas búsquedas que usted expone no alejan el poderío de una oligarquía dispuesta a todo para mantenerse. El sistema no se acabó. Acaso hoy el liberalismo es más frágil o se reforzó con la crisis. ¿Qué es una auténtica estrategia de izquierda para un momento como éste?


–Ludovico Silva decía que si los loros fuesen marxistas serían marxistas ortodoxos. Yo diría: ni Marx, ni menos. Marx nos da mucha luz, pero hay que leerlo con la luz actual. No sabemos si la crisis del capitalismo va a ser la última. Una filosofía de la historia tiene el problema de pretender que el futuro está escrito, lo que no es real. La izquierda no terminó de ver la enorme capacidad de adaptación del sistema capitalista. Sabemos que cada vez que hay una crisis el abanico de respuesta que tiene el sistema se estrecha. De la última gran crisis de los años ’70 el capitalismo salió con la explotación de la naturaleza, la explotación de los países del sur y la explotación de las generaciones futuras mediante el déficit. Esos tres elementos se agotaron. Lo que sí sabemos hoy es que las respuestas del sistema se estrechan. El sistema global tuvo que regresar al origen y exacerbar la explotación dentro de casa. También sabemos que, según las cifras más optimistas, hay 75 veces más dinero que riqueza. Y esa mentira funciona mientras el capital financiero decida seguir jugando a la mentira. En cuanto dice “nos paramos, esto es mentira”, todo se cae. Eso es lo que ha ocurrido ahora. El sistema financiero se dio cuenta de que la brecha entre el dinero y la riqueza es tan grande que no se va a poder pagar. De allí, insisto, la importancia de este foro y de América latina. No me canso de repetir que la salvación del planeta o viene de América latina o no viene de ningún lado. Europa está exhausta, China no quiere, Estados Unidos tampoco quiere y Africa no puede. América latina es el continente que ha sufrido el problema neoliberal y lo ha superado. Es el continente que tiene la memoria de lo que es el modelo neoliberal y, además, tiene la memoria de los pueblos originarios, que recuerdan la necesidad de respetar a la Pachamama. Esa conjunción de memoria ancestral y de memoria a corto plazo del modelo neoliberal sitúa a América latina como un lugar central para encontrar las alternativas.


–En los debates del foro hemos visto una gran preocupación de la gente por el futuro de la gobernabilidad de los gobiernos progresistas. Hay una mezcla de miedo y ansiedad.


–El problema radica en que los gobiernos actuales de cambio tienen que gestionar el aparato estatal heredado y las presiones actuales. Ahí hay un conflicto porque los movimientos sociales que auparon en América latina a los gobiernos de transformación a menudo reclamaban también una parte de ese modelo pasado. ¿Quién se encarga entonces de las nuevas demandas? ¿Y de qué se trata? Acaso de reactivar un modelo de consumo que la gente considera perdido, o acaso reconstruir la realidad. Los problemas actuales que tienen Evo Morales, Correa, Cristina Fernández de Kirchner responden a esos problemas mal resueltos entre la gestión del pasado, la gestión del presente y la del futuro. Creo que sería un error apoyarse en un movimiento social para ofrecerle solamente lo que el modelo anterior dejó de prometerle. Así se estaría construyendo lo que hizo Margaret Thatcher. Satisfacer las bases de la demanda social sin educar con los nuevos valores de la alternativa que queremos construir puede provocar aquí lo que pasó en Europa: la izquierda construyó la sociedad de clases medias, pero después esas clases medias patearon la escalera para que los que vinieran detrás no tuvieran más oportunidades. Esas clases medias se convirtieron en nuevos propietarios sin ideología. Por eso es esencial un trabajo de traducción entre los diferentes sujetos que portan la emancipación.

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