“Hay que prepararse ya para las consecuencias del cambio climático”

La exministra ecuatoriana preside en Buenos Aires la reunión de cooperación Sur-Sur

Para María Fernanda Espinosa, la diplomática ecuatoriana que preside la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, hay que acelerar las medidas defensivas contra el cambio climático. “El objetivo es construir resistencia y capacidad de adaptación, prepararse ya para las consecuencias del cambio”, especialmente en los países más pequeños y menos desarrollados, los que más sufrirán en las próximas décadas. El clima, la desigualdad económica y las migraciones han sido, junto al asunto urgente de la mujer, los grandes temas de la reunión Sur-Sur que los 193 países de la ONU han mantenido el jueves y el viernes en Buenos Aires.


“Un tema muy importante es la reforma de los mecanismos internos en la Asamblea General de la ONU y cómo tomar decisiones en una época en que los consensos son cada vez más raros; eso, sin embargo, difícilmente saldrá en un titular”, dice Espinosa durante una entrevista desarrollada en su hotel bonaerense. “La Asamblea adopta decisiones, pero luego cada país debe aplicarlas y ahí tenemos un déficit”, reconoce.


Aunque se trabaja mucho en la reforma interna, las urgencias planetarias concentran la atención. El cambio climático, para empezar: quién paga la factura, cómo se reparten responsabilidades y cómo se afrenta algo que ya resulta inevitable. Serán los temas de la gran conferencia de Nueva York, en septiembre. La presidenta de la Asamblea General cree que hay razones para el optimismo. Estados Unidos se ha retirado de los Acuerdos de París y su presidente, Donald Trump, incluso niega que exista el calentamiento, “pero cientos de ciudades estadounidenses y varios estados están aplicando los Acuerdos de París, China ha decidido cambiar su matriz energética y emprender la reconversión tecnológica, igual que India, y en general estamos en el camino correcto. Lo que ocurre”, subraya, “es que hay que acelerar”.


No se trata solamente de evitar que la temperatura planetaria suba más de dos grados respecto a la era preindustrial, algo que, según un informe de la ONU en noviembre, ya está a punto de ocurrir, sino de prepararse para las consecuencias del calentamiento. “Soy latinoamericana, sé que los países pequeños y con menos recursos serán los más afectados, y lo que debemos hacer ahora es redireccionar esfuerzos para construir resiliencia ante los fenómenos naturales”, dice Espinosa.


Una de las consecuencias del cambio climático será el agravamiento de las migraciones. Hoy, 250 millones de personas están en movimiento, el 80% de ellas dentro de África. La cuestión migratoria afecta muy especialmente a los países del sur, principales emisores y principales receptores, y tiene su raíz, como siempre a lo largo de la historia, en la desigualdad, que genera pobreza y violencia. “Hay demasiada gente marginada de los frutos de la globalización; si no conseguimos reducir las desigualdades y no cumplimos el objetivo de crear 600 millones de nuevos puestos de trabajo antes de 2030, los problemas serán gravísimos”, afirma.


La antigua ministra ecuatoriana se enciende al hablar de la mujer. “Solo 20 de los 193 países están dirigidos por mujeres; solo el 25% de los parlamentarios son mujeres; las mujeres cobran, a igual trabajo, una media del 20% menos; y los números de la violencia contra la mujer hieren: una de cada tres mujeres en el mundo ha sido víctima de violencia”, explica, antes de recordar que 20 millones de niñas están anualmente en riesgo de sufrir la mutilación genital.


Espinosa proclama la necesidad de respetar todas las religiones, pero precisa que incluso las religiones tienen como límite la dignidad humana. En referencia no explícita a algunos países musulmanes, recuerda que “quienes han firmado la Carta de las Naciones Unidas están obligados a cumplirla”. Y asegura que si la mujer no se integra con igualdad de derechos en la política y el trabajo, ninguno de los objetivos económicos de la ONU podrá cumplirse. El programa Spotlight, patrocinado por la ONU y la Unión Europea y dirigido a combatir la violencia contra niñas y mujeres, ha sido una de las novedades en la reunión de Buenos Aires.


Durante la reunión, Venezuela denunció que las presiones internacionales contra el régimen de Nicolás Maduro habían supuesto ya una pérdida económica de 24.000 millones de dólares. Hay quien presiona a los dirigentes de la ONU para que dejen de reconocer a Maduro como presidente, pero eso solo podría hacerse con una improbable decisión mayoritaria de la Asamblea General. ¿Puede hacer algo la organización? “Es un problema muy difícil”, admite Espinosa, “y la solución no pasa ni por la intervención militar ni por la violencia. Hacen falta diálogo y concertación. Podemos ayudar, pero la clave está en los propios venezolanos”.

Por Enric González
Buenos Aires 22 MAR 2019 - 15:42 COT

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La emergencia del clima y la próxima generación

Decenas de miles de jóvenes salieron a la calle la semana pasada en muchas ciudades alredor del mundo para transmitir un mensaje claro a los dirigentes mundiales: actúen ya para salvar nuestro planeta y nuestro futuro de la emergencia del clima.

Esos estudiantes han comprendido algo que muchas personas mayores parecen no captar: nos estamos jugando la vida en una carrera contrarreloj y vamos perdiendo. La oportunidad se está desvaneciendo; el tiempo es un lujo que ya no podemos permitirnos y retrasar la acción respecto al cambio climático es casi tan peligroso como negar que existe.
Mi generación no ha sabido reaccionar ante el enorme desafío del cambio climático y la gente joven lo siente profundamente; no les faltan motivos para enojarse.


A pesar de llevar años hablando del problema, las emisiones mundiales están alcanzando niveles récord y no muestran signos de haber tocado techo. Hoy tenemos la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera más alta en tres millones de años. Los pasados cuatro años fueron los cuatro años más calurosos desde que se llevan registros, y las temperaturas invernales en el Ártico han aumentado en 3ºC desde 1990. El nivel del mar está subiendo, los arrecifes de coral mueren y empezamos a ver repercusiones del cambio climático que pueden poner en peligro la salud mediante la contaminación atmosférica, las olas de calor y los riesgos para la seguridad alimentaria.


Por fortuna tenemos el Acuerdo de París, un contexto normativo visionario, viable y con visión de futuro donde se expone qué hacer exactamente para frenar las perturbaciones del clima e invertir sus efectos. Pero el acuerdo en sí es papel mojado si no va acompañado de medidas ambiciosas.


Por eso este año voy a reunir a los líderes mundiales en la Cumbre sobre la Acción Climática. Hago un llamado a todos los dirigentes para que vengan a Nueva York en septiembre con planes concretos y realistas a fin de mejorar sus contribuciones determinadas a escala nacional para 2020, en consonancia con el objetivo de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en 45 por ciento en el próximo decenio y de que sean nulas para 2050.


La cumbre congregará a los gobiernos, el sector privado, la sociedad civil, las administraciones locales y otras organizaciones internacionales para preparar soluciones ambiciosas en seis áreas: las energías renovables, la reducción de las emisiones, la infraestructura sostenible, la agricultura sostenible y la gestión sostenible de bosques y océanos, la resistencia a los efectos del cambio climático y la inversión en la economía verde.


El análisis más reciente muestra que, si actuamos ahora, podemos reducir las emisiones de carbono en 12 años y limitar el calentamiento global a 1.5°C. Pero si no cambiamos de rumbo, las consecuencias son imprevisibles.


Aunque la acción climática es indispensable para combatir una amenaza existencial, también tiene un costo. Los planes de acción no deben dejar un saldo de ganadores y perdedores o acentuar la desigualdad económica, deben ser justos y crear nuevas oportunidades para quienes salgan perjudicados, en el contexto de una transición justa.


Tenemos de nuestra parte a las empresas. Las soluciones aceleradas al cambio climático pueden reforzar nuestras economías y crear empleo, y a la vez conseguir un aire más limpio, preservar los hábitats naturales y la diversidad biológica, y proteger el medioambiente.


Con las nuevas tecnologías y soluciones de ingeniería ya se está produciendo energía a un costo más bajo que en la economía de los combustibles fósiles. La energía solar y la eólica terrestre son ahora las fuentes más baratas de nueva energía mayorista en prácticamente todas las grandes economías. Pero tenemos que poner en marcha un cambio radical.
Para ello hay que dejar de conceder subsidios a los combustibles fósiles y la agricultura de emisiones elevadas y optar por energías renovables, vehículos eléctricos y prácticas que respeten el clima. Hay que fijar unos precios del carbono que reflejen el costo real de las emisiones, desde el riesgo climático hasta los peligros que entraña para la salud la contaminación atmosférica. También hay que acelerar el ritmo de cierre de las centrales de carbón y sustituir esos empleos por alternativas más saludables para que la transformación sea justa, inclusiva y rentable.


Esta propuesta está cobrando impulso: la gente está atenta y hay una nueva determinación de cumplir la promesa del Acuerdo de París. La Cumbre sobre el Clima debe ser el punto de partida para construir el futuro que necesitamos.


Para terminar, tengo un mensaje para los chicos y las chicas que se manifestaron ayer. Sé que la gente joven puede cambiar el mundo y que, de hecho, lo cambia.
Hoy, muchos jóvenes piensan en el futuro con ansiedad y temor, y yo comprendo vuestras inquietudes y vuestro enfado. Pero sé que la humanidad es capaz de conseguir grandes logros. Vuestras voces me dan esperanza.


Cuanto más percibo vuestro compromiso y activismo, más confianza tengo en que vamos a ganar. Juntos, con vuestra ayuda y gracias a vuestro esfuerzo, podemos y debemos superar esta amenaza y crear un mundo más limpio, seguro y ecológico para todos.

Por António Guterres, Secretario general de la Organización de las Naciones Unidas

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El New Deal ecológico pone en peligro de extinción a los dinosaurios del Congreso

En las últimas semanas, un vórtice polar que azotó Estados Unidos causó la muerte de al menos 20 personas. Al mismo tiempo, los científicos del gobierno estadounidense informaron que 2018 fue el cuarto año más caluroso desde que se lleva registro y que los últimos cinco años han sido los más cálidos de la historia reciente.

Un enorme agujero en uno de los glaciares más grandes de la Antártida está causando un derretimiento acelerado, mientras que, en todo el continente, grandes lagos de agua de deshielo se desplazan y amenazan con hacer colapsar estas vastas capas de hielo, lo que conduce a un rápido aumento del nivel del mar en todo el mundo. El derretimiento de los glaciares del Himalaya genera riesgo de inundaciones y problemas en el suministro de agua que podría afectar a decenas de millones de personas.
A modo de prueba de que el planeta está experimentando lo que se ha llamado “la sexta gran extinción”, un análisis reciente de datos científicos concluyó que el 40% de los insectos del mundo están al borde de la extinción.


Ante todo esto, ¿cuál fue la respuesta del presidente Donald Trump? En medio de la ola de frío extremo causada por el vórtice polar, tuiteó: “¿Qué diablos está pasando con el calentamiento global? Por favor, vuelve pronto, ¡te necesitamos!”. Pero, pese a todo, hay esperanzas. Dos demócratas, la representante de Nueva York Alexandria Ocasio-Cortez y el senador de Massachusetts Ed Markey presentaron una resolución en el Congreso que establece “el deber del gobierno federal de crear un New Deal ecológico”. La Resolución 109 de la Cámara de Representantes tuvo una notable cifra de 67 copatrocinadores en esta cámara, todos demócratas, y se ha enviado a once comités distintos de la Cámara de Representantes para su consideración.


Al anunciar la presentación de la resolución, Ocasio-Cortez expresó: “Hoy es el día en que realmente nos embarcamos en una agenda integral de justicia económica, social y racial en Estados Unidos de América. El cambio climático y nuestros desafíos ambientales son una de las mayores amenazas existenciales para nuestra forma de vida; no solo a nivel nacional, sino mundial”.


El New Deal ecológico hace referencia al New Deal original, esto es, el contundente plan de gobierno implementado en Estados Unidos por el presidente Franklin Delano Roosevelt para luchar contra los efectos de la Gran Depresión de 1929. Además de imponer una serie de políticas regulatorias para restringir el poder de los grandes bancos que fueron en gran parte responsables del colapso financiero, el New Deal permitió al gobierno federal contratar directamente a millones de trabajadores para hacer todo tipo de tareas, desde construir carreteras y puentes hasta escribir poesía. También se creó el sistema de Seguridad Social para proteger a los ancianos de los estragos de la pobreza. Desde entonces, el New Deal se ha vuelto sinónimo de una intervención a gran escala del gobierno para resolver problemas grandes y aparentemente inabordables con éxito.


Las resoluciones paralelas del Senado y la Cámara de Representantes presentadas por Markey y Ocasio-Cortez —quien es conocida como “AOC” por sus partidarios— son un llamado a la acción para que el Congreso elabore leyes que implementen un auténtico New Deal ecológico, que pueda cambiar rápidamente el curso económico del país a otro que sea alimentado por energía renovable, de una manera limpia, justa y equitativa.


Anderson Cooper, presentador de la CNN, le preguntó a Alexandria Ocasio-Cortés en el programa “60 Minutos” acerca de la propuesta: “¿Se refiere a que todo el mundo tendrá que conducir un automóvil eléctrico?”. La representante respondió: “Se van a necesitar muchos cambios rápidos que ni siquiera concebimos como posibles en este momento. ¿Cuál es el problema de tratar de llevar nuestra capacidad tecnológica lo más lejos posible?”


Cooper también la interrogó sobre el costo de llevar a cabo un New Deal ecológico que, en parte, AOC propone financiar con un aumento del impuesto marginal a los súper ricos: una tasa impositiva del 70% sobre los ingresos obtenidos por encima de los diez millones de dólares, por ejemplo. Varias encuestas nacionales insinúan un fuerte apoyo a tal impuesto.
Si bien casi todos los aspirantes demócratas a la presidencia han abrazado el New Deal ecológico, la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, se burló del plan al responder la pregunta de un periodista sobre la posibilidad de que la propuesta sea tratada en el Congreso: “Será una de varias o, quizá, de muchas sugerencias que recibamos. El sueño ecológico, o como lo llamen; nadie sabe lo que es, pero están a favor, ¿no?”


Después de que el senador Markey presentara su resolución ecológica, el líder de la mayoría del Senado, el republicano Mitch McConnell, declaró a los medios: “Vamos a votar sobre la propuesta en el Senado para darles a todos la oportunidad de dejar asentadas sus declaraciones”. McConnel, junto con el Partido Republicano, están calculando que un voto a favor podría perjudicar políticamente a los demócratas que están actualmente en funciones cuando llegue el momento de su reelección.


Pero McConnell está equivocado. La mayoría de los estadounidenses cree que el cambio climático es real, que representa una amenaza para la humanidad y que hay que hacer algo al respecto. Es hora de que los dinosaurios del Congreso y la Casa Blanca se desprendan de los combustibles fósiles y apoyen el New Deal ecológico, o se enfrenten a la extinción.

Columna15 de febrero de 2019
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Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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Hallan vida en un lago subglacial a más de mil metros de profundidad en la Antártida

Científicos estadounidenses han perforado una gran capa de hielo para extraer agua del lago Mercer, donde hay ausencia total de luz solar, una presión alta y medio grado bajo cero de temperatura. Han encontrado 10.000 células de bacterias por cada mililitro de agua. Afirman que es un paso importante para pensar en hallar formas de vida fuera de la Tierra.

 

Un grupo de científicos investigadores estadounidenses del programa Subglacial Antarctic Lakes Scientific Access (SALSA) han encontrado vida en las aguas de uno de los lagos más aislados de la Antártida. El descubrimiento es el resultado de un proyecto que ha durado años y ha exigido la perforación de una capa de hielo de más de mil metros hasta llegar a la superficie del lago Mercer, el más profundo de los cientos de lagos subglaciales del Polo Sur, donde la elevada presión y la ausencia total de luz solar dificultan sobremanera el desarrollo de formas de vida.

El equipo informó de que había logrado acceder a las aguas del lago el pasado 27 de diciembre. Para ello, tuvo que derretir casi 30 toneladas de hielo con un chorro a presión de agua caliente esterilizada. "No ha sido nada fácil", aseguró John Priscu, director de la expedición de SALSA y profesor de ecología polar en la Universidad de Montana.

Cuando la prospección llegó al aislado lago, el más profundo explorado hasta ahora en la Antártida, extrajo 60 litros de agua además de varios metros de sedimentos depositados en el fondo del lago, de unos 15 metros de profundidad. A pesar de estar a medio grado bajo cero, la alta presión a más de un kilómetro de profundidad evita que el agua se congele y fluya por el lecho, generando un entorno propicio para el desarrollo de formas de vida microscópicas.

El hallazgo ha sido considerable: alrededor de 10.000 células de bacterias por cada mililitro de agua. Una cantidad de formas de vida que ha sorprendido a los científicos de la expedición por las duras condiciones en el lago Mercer, de casi 160 kilómetros cuadrados y cuyas masas de agua están en movimiento, conectadas a las corriente subglaciales de otros lagos.


También descubrieron que el agua extraída contiene una gran cantidad de una gas aún por identificar y numerosas burbujas, y que los sedimentos rescatados contienen microfósiles que prueban esos restos fueron bañados por el océano hace más de un millón de años, según ha explicado Priscu.


Tres años después del inicio de esta expedición, la investigación aún está en una fase temprana y Priscu confía en encontrar incluso animales u organismos superiores. "Será para dentro de unos dos meses", ha declarado el científico a LiveScience, donde ha dejado patente la posibilidad de encontrar formas de vida como los tardígrados, animales microscópicos y únicos, muy resistentes a condiciones extremas, presiones desproporcionadas y capaces de sobrevivir incluso en en el vacío del espacio.

Condiciones similares en Marte o la lunas de Saturno


Este descubrimiento, ha explicado Priscu, no sólo revela una parte prácticamente desconocida de las formas de vida en le Polo Sur de la Tierra, un terreno ignoto hasta ahora. También supone un avance importante para las exploración y estudio de ecosistemas similares a éste en otros planetas y satélites del Sistema Solar.
Según los científicos, las masas de agua subglaciales de la Antártida, compuesta por unos 400 lagos soterrados por cientos de metros de hielo, son muy similares a las descubiertas en Marte o a los grandes océanos subglaciales descubiertos en las expediciones de las lunas de Saturno y Júpiter o en Plutón, donde existen las más altas probabilidades hasta ahora de encontrar vida fuera de la Tierra.

 

Emisiones de gases de efecto invernadero: producción versus consumo

La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera ya rebasa las 405 partes por millón (Ppm), según las más recientes mediciones del observatorio del volcán Mauna Loa en Hawai. Antes de la revolución industrial esa concentración no rebasaba 280 ppm. Es decir, en un lapso relativamente corto hemos provocado un fuerte aumento de CO2 en la composición de gases en la atmósfera.


Ese incremento en la concentración de CO2 está asociado con el aumento en la temperatura media global de un grado centígrado a lo largo del siglo XX. Ese cambio ya se acompaña de enormes consecuencias negativas en términos de huracanes, ondas de calor, aumento en el nivel del mar, sequías y la aceleración de la extinción de todo tipo de especies.


En la conferencia de la Convención Marco sobre Cambio Climático (Unfccc) celebrada en París en 2015 se aceptó el compromiso de mantener el aumento de la temperatura global por debajo de los dos grados centígrados (respecto de los niveles anteriores a la revolución industrial). Adicionalmente, las partes adquirieron el compromiso de buscar mantener ese aumento por debajo de 1.5 grados centígrados, porque ese es el umbral que los científicos consideran más realista para evitar mayores daños. Hoy sabemos que este objetivo es ya inalcanzable.


En el Acuerdo de París, cada nación determina de manera independiente sus metas de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Pero no existe un mecanismo coercitivo para garantizar el cumplimiento de esos objetivos. El único medio es el escarnio que un país sufre al incumplir sus propias metas. Y desde esa perspectiva, el tema de la medición de las emisiones de gases de efecto invernadero adquiere gran relevancia.


Desde que se negoció el Protocolo de Kioto, en los años 1990, la medición de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) se ha basado en aquéllas producidas por cada país. Las naciones más desarrolladas han sido las que han emitido más GEI a lo largo de los pasados 150 años y por eso se buscó inicialmente reconocer el principio de responsabilidad histórica y diferenciada. Pero ese principio se fue desdibujando y en el Acuerdo de París sólo queda un débil compromiso de apoyo financiero para los países menos desarrollados (aún esa promesa no se ha cumplido).


Hoy surgen nuevas dudas sobre la asimetría en las emisiones de GEI. Varios estudios cuestionan la validez de medir las emisiones producidas directamente por cada nación y proponen una medición de las emisiones consumidas (o generadas indirectamente en la producción de bienes y servicios que importa cada país). En otras palabras, para contar con una medida más rigurosa y equitativa sobre las emisiones de GEI es importante hacer un balance entre aquellas que directamente producen una economía en su territorio y las que vienen incorporadas en los productos que importan.


La metodología estándar a la que nos hemos acostumbrado se basa en medir las emisiones producidas directamente. Pero esta métrica ignora que las economías más ricas han sido capaces de reducir sus emisiones directas al mismo tiempo que han podido importar bienes intensivos en emisiones (de GEI) que han sido producidos en otros países. Por ese motivo, las emisiones producidas directamente y aquellas que son consumidas (o producidas indirectamente) difieren de manera significativa.


El trabajo más reciente sobre los resultados generados por estas distintas metodologías es de Mir Goher y Servaas Storm (disponible en www.ineteconomics.org). Aunque la metodología puede ser algo discutible al descansar en la obsoleta noción de la curva ambiental de Kusnetz, lo cierto es que el uso de matrices de insumo producto a escala global permite a los autores observar que el nivel de emisiones está correlacionado con el ingreso per cápita. Esto es grave por dos razones. Primero, porque las emisiones muy difícilmente se irán reduciendo en el tiempo. Al contrario, se incrementarán al aumentar el ingreso per cápita en los países más ricos o de ingreso intermedio. Segundo, porque esto revela que es posible que hayamos estado subestimando el volumen de emisiones producidas cada año. En cambio, al utilizar las matrices insumo producto a escala internacional es posible tomar en cuenta el peso del comercio internacional y de las complejas cadenas de valor que hoy dominan la economía global. La diferencia en el volumen de emisiones no es despreciable.


El escenario para el futuro del cambio climático no pinta nada bien. Hoy, las proyecciones más rigurosas indican que estamos en una trayectoria que podría hacer inevitable un aumento de temperatura promedio global en el rango de los tres grados centígrados hacia finales del presente siglo. Las consecuencias de este tipo de perturbación son verdaderamente catastróficas por los efectos acumulativos o en cascada que se pueden generar. La única manera de evitar este desastre es mediante reducciones realmente significativas en los niveles de emisiones de GEI. Para ello es indispensable terminar con el poderío del lobby de combustibles fósiles que aún domina la economía global.


Twitter: @anadaloficial

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Alternativas reales frente al cambio climático

Existen alternativas reales, justas y saludables para frenar el cambio climático y estudios científicos recientes lo demuestran, contrariamente a los que proponen opciones especulativas, teóricas y altamente riesgosas como la geoingeniería climática.

El informe Missing Pathways to 1.5 (Caminos que faltan para 1.5 grados), muestra que garantizar los derechos indígenas y campesinos, restaurar bosques naturales y la transición hacia áreas de cultivo agroecológico, junto con un cambio hacia dietas con menos carne, pueden reducir a la mitad las emisiones de gases de efecto invernadero para 2050. Estiman un potencial de reducción de cerca de 23 gigatoneladas anuales de dióxido de carbono o equivalente, lo cual elimina la supuesta necesidad de usar técnicas de geoingeniería. Son, además, cambios positivos para la biodiversidad, las comunidades indígenas y campesinas, y para la salud de todas y todos. (https://tinyurl.com/y8l4wgfr)

El documento se basa en una amplia y detallada revisión de documentos científicos recientes y fue publicado en octubre 2018 por una coalición de 38 organizaciones que trabajan por la justicia ambiental y social, el derecho a la tierra y a la alimentación y por la agroecología y la conservación de bosques. Las autoras principales son Kate Dooley y Doreen Stabinsky, con la revisión y colaboración de la alianza CLARA (Climate Land, Ambition and Rights Alliance).

El estudio sale al mismo tiempo que el Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) publica un nuevo informe sobre cómo limitar el calentamiento global a 1.5 °C con respecto a niveles preindustriales, un límite que plantean crucial para evitar un cambio climático catastrófico. En tres escenarios, el IPCC considera el uso de técnicas de geoingeniería para remover dióxido de carbono de la atmósfera, pero en otro plantea que con medidas basadas en las funciones de los ecosistemas –algunas como las que plantea el estudio de CLARA– sería posible también alcanzar esa meta. (Ver más en "Caos Climático, capitalismo y geoingeniería", La Jornada 13/10/18; https://tinyurl.com/y96xudje )

Más de la mitad de las reducciones de gases de efecto invernadero planteadas en el estudio de CLARA vendría de la restauración y protección de bosques naturales y turberas (un tipo de humedal que retiene altas cantidades de carbono y nitrógeno orgánicos). El resto se puede lograr con cambios en la agropecuaria industrial –que es el mayor factor de deforestación y destrucción de humedales–, con la recuperación de suelos y agroecosistemas, a través de disminuir el uso de fertilizantes sintéticos, apoyar sistemas agroecológicos y locales, y de parte de los consumidores, cambiar la dieta.

El informe afirma que los "derechos comunitarios sobre la tierra y bosques, son la acción climática mas efectiva, eficiente y equitativa que los gobiernos pueden ejercer para reducir su huella de carbono y proteger los bosques del mundo". Enfatiza la necesidad de afirmar los derechos a tierra y territorio de las comunidades y pueblos indígenas para lograr los objetivos planteados. Todos los bosques del mundo están habitados por comunidades indígenas, que son las principales cuidadoras de los bosques. A escala global, la mitad de esos territorios tienen reclamos de tenencia por parte de comunidades, pero solamente 20 por ciento tiene reconocimiento legal.

Cuestiona también el uso del concepto de "emisiones negativas", un término absurdo que no existe en ningún idioma. Fue inventado para justificar mantener la emisión de gases de efecto invernadero, que se contrarrestarían, supuestamente, con medidas tecnológicas para remover el carbono de la atmósfera (geoingeniería). Una opción de alto riesgo que carga el problema a las generaciones futuras, colocándolas en dependencia con los dueños de las tecnologías.

En contraposición, este informe plantea formas de evitar las emisiones antes de que se generen, y remover el excedente de carbono ya acumulado en la atmósfera mediante la expansión de los bosques naturales con especies nativas y aumentar la agroforestería comunitaria, entre otras medidas.

Con respecto al sistema agroalimentario, que es el factor de mayores emisiones de GEI, plantea reducir los desperdicios (que la FAO estima hasta en 40 por ciento de lo cosechado), disminuir los transportes de alimentos, aumentar la producción y consumo local, disminuir el uso de fertilizantes sintéticos y agroquímicos; reducir y mejorar la ganadería, terminando con la cría confinada de vacas, cerdos y aves, y basarla en alimentación de pradera. Complementariamente, ven como esencial reducir el consumo de carne, que es muy desigual en el mundo por lo que se dirigen especialmente a los que más consumen. La gran mayoría de la producción industrial y consumo de carnes se concentra en sólo seis países.

Señalan también el error de enfocarse solamente en limitar la temperatura, planteando la crisis climática como fenómeno aislado. Necesitamos respuestas holísticas a las crisis ambientales, sociales, de salud y otras y sólo los enfoques múltiples y sinérgicos aportarán las verdaderas soluciones, tal como demuestra este estudio.

Silvia Ribeiro, Investigadora del grupo ETC

 

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El puño escondido: cambio climático, capitalismo y ejército

El modelo capitalista y el militarismo –en particular el imperialismo de Estados Unidos– no son fuerzas paralelas, sino que están inextricablemente entrelazadas

Atribuirle el cambio climático al capitalismo no es precisamente el pensamiento predominante, pero también ha dejado de ser un tabú. La escritora y activista canadiense Naomi Klein ha contribuido a popularizar las razones, pero ahora esta idea está teniendo eco en círculos menos habituales. En agosto de 2018, un grupo de científicos finlandeses contratados por el secretario general de Naciones Unidas advirtió de que el actual sistema económico no puede afrontar las múltiples crisis sociales y ecológicas que se están desarrollando. A comienzos de este año, el vicepresidente de la mayor gestora de fondos del mundo, BlackRock, admitió que ante el cambio climático “tenemos que cambiar el capitalismo. Eso es lo que realmente está en juego”.

Es, sin duda, un avance positivo que cada vez más personas relacionen nuestro sistema económico con la destrucción ecológica. Se presta mucha menos atención, sin embargo, a los vínculos entre los aspectos medioambientales y el militarismo y la seguridad. Es una omisión sorprendente dado el poder que detentan los militares y la forma espectacular en que dicho poder ha aumentado en las últimas décadas. Si tenemos en cuenta que el cambio climático va a aumentar de forma radical la inestabilidad y la inseguridad, analizar el papel de los militares en un mundo afectado por el cambio climático adquiere aún mayor relevancia.

Porque mientras los políticos han demostrado ser incapaces de tomar las decisiones necesarias para detener el agravamiento del cambio climático, no han tenido dificultades en encontrar financiación para exigencias de “seguridad”. El gasto militar mundial ascendió a 1,74 billones de dólares (1,53 billones de euros) en 2017, equivalente a 230 dólares por cada habitante de la Tierra –y casi el doble de lo que se ha invertido desde el final de la Guerra Fría–. Los sucesos del 11 de septiembre en particular alimentaron una guerra universal contra el “terror” y una oleada de gastos militares prácticamente ilimitada. Y a medida que los gobiernos gastaban más, a su vez reforzaban el poder e influencia de las corporaciones militares (como Lockheed Martin en EE. UU. e Indra en España) que ahora ayudan a proyectar y redactar políticas en materia de seguridad en todo el mundo, lo cual les reporta mayores beneficios.


Naomi Klein ha llamado la atención sobre el “caso épico del momento histórico inoportuno” de la revolución neoliberal mundial que ha alcanzado una lugar dominante justo cuando necesitábamos una regulación corporativa y una transición planificada hacia economías con bajas emisiones de carbono. Yo diría que un caso igualmente importante de momento inoportuno ha sido el descomunal crecimiento del complejo militar-defensivo-industrial justo cuando las repercusiones del cambio climático se han hecho cada vez más evidentes. Esto llevará con casi toda seguridad a que, en respuesta al cambio climático, los militares adquieran un papel aún más significativo –con consecuencias para todos nosotros–.


El puño escondido


Para comprender el poder de los militares hoy en día, es importante trascender los presupuestos en constante aumento y las guerras interminables (como la guerra en Afganistán, que lleva ya 17 años) para ver el consenso creado de que, para mantenernos a salvo, necesitamos cada vez más “seguridad” en todas partes. Hoy en día, las grandes empresas del sector armamentístico no solo venden armas, sino diversas soluciones en materia de “seguridad”, desde cámaras de videovigilancia en barrios urbanos a bases de datos biométricos para el almacenamiento de huellas dactilares y hasta sistemas de radares de alta tecnología en fronteras cada vez más militarizadas. Este mercado ha crecido de una forma desmesurada: un cálculo modesto sugiere que, en 2022, la industria de la seguridad nacional mundial valdrá 418.000 millones de dólares.


Algunos de los nuevos gigantes de la seguridad participan de forma perversa tanto en la creación de inseguridad como en la provisión de soluciones a la misma. Un informe elaborado por el Transnational Institute en 2016, mostraba que tres de los fabricantes de armas europeos más importantes que venden al norte de África y Oriente Medio –Finmecannica, Thales y Airbus– también son algunos de los principales adjudicatarios de los contratos para militarizar las fronteras de la UE. En otras palabras, se benefician por partida doble –primero de alimentar las guerras que generan refugiados y después de proporcionar la tecnología e infraestructuras que impiden a los refugiados encontrar un lugar seguro–.


Por lo tanto, es artificial definir el militarismo como algo relacionado únicamente con las guerras en el extranjero, pues también concierne a las respuestas cada vez más militarizadas en el ámbito nacional –aquellas en un principio dirigidas a las comunidades marginadas (musulmanes, inmigrantes), después a los activistas, después a los trabajadores que prestan asistencia humanitaria y, en última instancia, a todo el mundo–. Esta militarización (y la correspondiente criminalización) avanza cada día en todo el mundo. En el Reino Unido, por ejemplo, un programa de vigilancia a gran escala señaló, en 2015, a 4.000 personas como extremistas potenciales, de los cuales, más de una tercera parte eran niños. En EE.UU., los manifestantes tanto de Black Lives Matter como de Standing Rock se han tenido que enfrentar a vehículos blindados a prueba de minas, así como a drones. En Honduras, más de 120 personas fueron asesinadas, entre 2010 y 2016, a manos de grupos paramilitares por oponerse a la explotación maderera, la minería y las represas.


El influyente abogado neoliberal y comentarista estadounidense Thomas Friedman explicó las razones de esta respuesta militarizada–y de un modo bastante más honesto de lo que cabría esperar–: “La mano invisible del mercado no puede funcionar sin un puño escondido. McDonald's no puede prosperar sin McDonnell Douglas, el diseñador del F-15. Y el puño escondido que mantiene el mundo a salvo para que las tecnologías de Silicon Valley prosperen se llama el Ejército, las Fuerzas Aéreas, la Armada y los Marines de EE.UU.”. Dicho de otro modo, el capitalismo y el militarismo (en particular el imperialismo de EE.UU.) no son dos fuerzas paralelas, sino que están inextricablemente entrelazadas.


Lo que Friedman no señala, sin embargo, es que el puño escondido no solo está ahí fuera, en el “mundo”, sino que también está en casa.


La conexión entre el ejército y el petróleo


Los estrechos vínculos entre el capitalismo y el militarismo se pueden observar en el propio funcionamiento del ejército de EE.UU.. Hoy en día, desplegar la mayoría de los efectivos militares exige ingentes emisiones de gases de efecto invernadero, lo que significa que el Pentágono es el principal organismo consumidor de petróleo. Tan solo uno de sus aviones, el B-52 Stratocruiser, consume aproximadamente 12.620 litros a la hora, más o menos la misma cantidad de combustible que usa el conductor de un coche medio en siete años. A pesar de la enorme “huella” de carbono que dejan, en los países industrializados la contribución del sector militar ni siquiera se evalúa adecuadamente y está exento del Acuerdo de París estipulado por Naciones Unidas. Por supuesto, si sus emisiones fueran debidamente contabilizadas, estaríamos aún más lejos de cumplir el objetivo de mantener el aumento de la temperatura global por debajo de dos grados centígrados.


El papel que desempeñan las fuerzas armadas es aún más significativo si se tiene en cuenta para lo que son movilizadas –en particular la vasta infraestructura militar de EE.UU., formada por más de 800 bases con sus flotas navales y aéreas–. Está claro que se despliegan principalmente en regiones ricas en petróleo y recursos y cerca de rutas estratégicas de transporte marítimo que mantienen en funcionamiento nuestra economía globalizada. Y este enfoque no es un caso aislado de EE.UU.. El grupo de investigación Oil Change International calcula que hasta la mitad de todas guerras entre estados que ha habido desde 1973 han sido por el petróleo.


La violencia policial contra las poblaciones a menudo también está relacionada con la protección para hacer frente a la resistencia que se ofrece ante proyectos de combustibles fósiles, industrias e infraestructuras. Constatamos, una y otra vez, que los activistas medioambientalesse enfrentan a la violencia cuando desafían a las industrias extractivas. La organización de derechos humanos Global Witness observó en 2015 que cada semana son asesinadas tres personas por defender sus tierras, bosques y ríos en su lucha contra de las industrias extractivas.


Una confluencia catastrófica


El puño escondido del capitalismo no es un fenómeno nuevo –el poder económico siempre ha empleado la violencia para protegerse–, pero en las últimas décadas también se ha acelerado. Tras el 11 de septiembre, sin duda se produjo un impulso que legitimó un aumento descomunal del gasto militar y la violencia estatal. Sin embargo, también es probable que una crisis ecológica más generalizada haya avivado la respuesta militar.


El estudio del Centro de Resiliencia de Estocolmo muestra que existen nueve procesos ecológicos fundamentales que regulan la estabilidad y resiliencia de la tierra de la que dependemos. La humanidad ya ha traspasado los límites relativos a la pérdida de la diversidad biológica y a los cambios en los ciclos de los nutrientes (nitrógeno y fósforo), y está en una situación peligrosa en lo que respecta al cambio climático y al uso de la tierra.


Respaldado por una “carrera a la baja” corporativa -en la que las multinacionales buscan constantemente eliminar normas y costes que limiten los beneficios–, señala en particular a las industrias extractivas que chocan contra nuestros límites ecológicos y se establecen en los últimos territorios sin explotar. La gente se ve obligada a resistir, no solo para evitar la contaminación o la corrupción, sino para poder sobrevivir. Su firme resistencia se ha topado con una represión severa.
La “declaración de guerra” de Canadá contra sus naciones originarias


Hechos recientes ocurridos en Canadá nos muestran esta realidad de cerca. En 2013, la empresa energética Kinder Morgan anunció que construiría un oleoducto desde Alberta hasta la Columbia Británica directamente a través de una zona sensible desde el punto de vista medioambiental y a través de los territorios de más de 100 “Naciones Originarias”. El anuncio provocó una enorme oposición, hasta el punto de que la empresa finalmente anunció que abandonaba el proyecto debido a “riesgos legales”. Sin embargo, en lugar de retractarse de un proyecto petrolífero tóxico, el estado dobló su apuesta y en la práctica acabó nacionalizando el oleoducto.


Un caso judicial de agosto de 2018 declaró en favor de los manifestantes –donde se señalaba la falta de consultas constitucionales con la Naciones Originarias y la ausencia de un análisis medioambiental sobre el aumento del tráfico de petroleros en el mar de Salish. Es una demora importante, pero está claro que es poco probable que el estado canadiense, dominado por los intereses petroleros, se eche atrás –y, en última instancia, utilizará la fuerza para imponer el proyecto. Tal y como se ha hecho en innumerables proyectos de extracción de combustibles fósiles por todo el mundo.


Y los que se han enfrentado a la violencia creen que no les queda más remedio que resistir. Tal y como observó Kanahus Manuel, de Secwepemc Nation en Canadá: “Todo emana de la tierra. Si se destruye la tierra, nos destruimos a nosotros”. Es comprensible, por lo tanto, que ella, junto con una coalición de organizadores indígenas, calificara las acciones del gobierno canadiense de “declaración de guerra”. Kanahus prosigue: “Lo creemos literalmente. Llamarán a los militares. Es la pauta nacional emplear la criminalización, la acción civil y otras sanciones para reprimir la resistencia indígena a estas políticas mediante la aplicación del peso de la ley y el uso de las fuerzas policiales contra los individuos y comunidades indígenas”.


Una adaptación militarizada


A medida que los efectos del cambio climático se agravan cada vez más, es probable que aumente esta tendencia hacia una respuesta militarizada. Puede que Trump no crea en el cambio climático, pero su ejército sí, y ya está haciendo planes para abordar sus consecuencias. La velocidad del deshielo en el Ártico llevó este año a la Marina de EE.UU. a anunciar que está revisando su estrategia en la región con un probable aumento de buques armados y tropas. En mayo de 2018, Australia se sumó a la Unión Europea y EE.UU. para declarar el cambio climático una amenaza para la “seguridad” y advertir de los peligros de “la migración, la inestabilidad interna o los movimientos insurgentes dentro de los Estados… el terrorismo o los conflictos transfronterizos”, que necesitarían “gran variedad de respuestas en materia de Defensa”.


Cuando los ejércitos y las fuerzas de seguridad son las instituciones más fuertes y mejor financiadas de nuestra sociedad, no podemos sorprendernos de que se conviertan en las instituciones predeterminadas para afrontar los efectos del cambio climático.


Las respuestas mayoritarias de los Estados de EE.UU. y la UE a los refugiados es uno de los augurios más perturbadores de lo que podría parecerse a una adaptación climática militarizada. La respuesta predeterminada de las naciones ricas industrializadas a los refugiados no ha sido mostrar solidaridad o compasión, sino que, cada vez con más frecuencia, se hace todo lo posible por mantener a los refugiados fuera –ya sea militarizando las fronteras, apoyando a dictadores, manteniendo a los refugiados en campos de concentración o forzando a la gente a hacer viajes tan peligrosos que miles de personas mueren en el intento–. Es una abominable demostración de crueldad que, sin embargo, se está convirtiendo en la triste norma. Cuando sabemos que los efectos del cambio climático solo será un factor añadido a la presión para emigrar, el futuro se prevé funesto.


La verdad es que hemos normalizado la violencia por parte de los Estados. Ya no vemos las cámaras de videovigilancia en nuestras calles, las vallas de alambre de espino en nuestras fronteras, los blindajes de la policía, los refugiados en los campamentos porque ya no es algo inusual. Esta normalización significa que hay un creciente peligro de que las soluciones de defensa ante el cambio climático no sean solo esta respuesta predeterminada, sino que además sean prácticamente imperceptibles.


Romper con los parámetros de referencia


Deshacer este consenso en favor de la seguridad en vez de la solidaridad no será tarea fácil. Una herramienta que podría ayudar es el concepto de “cambiar los parámetros de referencia” puesto que puede ayudarnos a entender este proceso y puede darnos alguna pista de cómo deberíamos empezar a forjar otra vía. El ecologista Daniel Pauly se inventó este término para referirse a la forma en que los científicos especializados en pesca establecerían sus “normas” para mantener los caladeros en buen estado teniendo en cuenta el estado de agotamiento en que se los encontraron en lugar del estado intacto en que se hallaban originalmente. La mayoría de los científicos ya no recordaban los mares repletos de grandes peces porque habían aceptado el mar devastado como lo normal.


Sin embargo, en el mundo de la pesca, se ha dado respuesta a esto mediante el establecimiento de reservas marinas. Si se hace de la forma debida y se protege de las embarcaciones de arrastre (en lugar de los pescadores a pequeña escala), puede derivar en una recuperación espectacular de la fauna y hábitats marinos. Y lo que es más importante, sacan a la luz los peligros de la sobreexplotación de los mares y la posibilidad de adoptar un enfoque distinto.


Necesitamos un enfoque similar respecto a la seguridad –mediante la creación de ejemplos de enfoques alternativos a la militarización en el ámbito local y estatal–. Necesitamos demostrar que militarizando nuestra respuesta a los asuntos sociales y ecológicos, como el cambio climático, únicamente se agravará el impacto sobre los más vulnerables. Pero también necesitamos discutir y movilizarnos en contra de esta militarización de la sociedad en cualquiera de sus formas y demostrar la posibilidad de adoptar un enfoque distinto. Esto puede hacerse de muchas formas, desde sencillos planes de adaptación climática que prioricen la solidaridad en lugar de la seguridad –como los impulsados por el movimiento de las Comunidades en Transición– hasta la red de ciudades que ofrecen asilo a los refugiados –y hasta los manifestantes de Black Lives Matter que exigen que la policía rinda cuentas en EE.UU.–. Todos estos esfuerzos pueden empezar a ralentizar el imparable avance hacia la militarización de nuestro planeta. Los defensores del clima han empezado a frenar la maquinaria de los combustibles fósiles, y lo que necesitamos ahora es empezar a echar arenilla en los engranajes del complejo militar-industrial-defensivo.


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Nick Buxton es asesor de comunicaciones y colabora como redactor y coordinador de las comunidades de aprendizaje digital del TNI.


Traducción de Paloma Farré

24 de Octubre de 2018

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Los científicos alertan: hacen falta cambios "sin precedentes" contra el cambio climático

El útlimo informe del Grupo Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático de la ONU estima que, a este ritmo, un aumento de la temperatura media del planeta por encima de 1,5 grados se superará entre 2030 y 2052



Limitar la subida de temperaturas a 1,5 grados centígrados requeriría "cambios sin precedentes" a nivel social y global, según alerta el nuevo informe presentado esta madrugada por el Grupo Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático de la ONU (IPCC, por sus siglas en inglés).
La temperatura global del planeta ya ha aumentado 1 grado centígrado de media desde la era preindustrial, pero los científicos advierten de que, a este ritmo, la barrera de los 1,5 grados se superará entre 2030 y 2052. Evitarlo "requeriría cambios rápidos, de amplio alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad", desde consumo de energía a planificación urbana y terrestre y muchos más recortes de emisiones, señalan.


El informe, presentado en Incheon (Corea del Sur), examina vías para limitar el calentamiento hasta 1,5 en lugar de llegar de 2 grados, tal y como se estableció en el Acuerdo del Clima de París, y advierte de que los efectos para ecosistemas y la vida en el planeta serán mucho menos catastróficos si se logra mantener esta barrera más ambiciosa.


"Mantener el calentamiento global en un nivel inferior a 1,5 grados en vez de 2 será muy difícil, pero no imposible", dijo el presidente del IPCC, Hoesung Lee, en la presentación del informe.


Acotar el calentamiento por debajo del límite de 1,5 grados evitaría una mayor extinción de especies y, por ejemplo, la destrucción total del coral, básico para el ecosistema marino, o reduciría la subida del mar en 10 centímetros para 2100, salvando zonas costeras y litorales, según el informe.


Superar el límite de 1,5 grados depararía un mayor incremento del calor extremo, las lluvias torrenciales y la probabilidad de sequías, algo que tendrá un efecto directo sobre la producción de alimentos, sobre todo en zonas sensibles como el Mediterráneo o Latinoamérica.


También afectará a la salud, suministros de agua y crecimiento económico, con un impacto especialmente negativo sobre las poblaciones más pobres y vulnerables del planeta, dice el texto, que cuenta con 6.000 referencias científicas y viene firmado por 91 expertos de 40 países.
Para evitar superar esa barrera, dice el informe, hace falta consumo energético más eficiente, agricultura más sostenible y menos extensiva o destinar más terreno al cultivo de recursos energéticos.


También multiplicar por cinco la inversión actual en el terreno tecnológico para lograr que transporte, edificios o industria emitan mucho menos y que a su vez se perfeccione la captura de gases de contaminantes.


El informe, dirigido a países de la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático, será usado como base para las discusiones de la vigésimo cuarta cumbre del clima (COP24) que se celebrará en Katowice (Polonia) este diciembre.

08/10/2018 10:20 Actualizado: 08/10/2018 11:17

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Emisiones de gases de efecto invernadero: producción versus consumo

La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera ya rebasa las 405 partes por millón (Ppm), según las más recientes mediciones del observatorio del volcán Mauna Loa en Hawai. Antes de la revolución industrial esa concentración no rebasaba 280 ppm. Es decir, en un lapso relativamente corto hemos provocado un fuerte aumento de CO2 en la composición de gases en la atmósfera.


Ese incremento en la concentración de CO2 está asociado con el aumento en la temperatura media global de un grado centígrado a lo largo del siglo XX. Ese cambio ya se acompaña de enormes consecuencias negativas en términos de huracanes, ondas de calor, aumento en el nivel del mar, sequías y la aceleración de la extinción de todo tipo de especies.


En la conferencia de la Convención Marco sobre Cambio Climático (Unfccc) celebrada en París en 2015 se aceptó el compromiso de mantener el aumento de la temperatura global por debajo de los dos grados centígrados (respecto de los niveles anteriores a la revolución industrial). Adicionalmente, las partes adquirieron el compromiso de buscar mantener ese aumento por debajo de 1.5 grados centígrados, porque ese es el umbral que los científicos consideran más realista para evitar mayores daños. Hoy sabemos que este objetivo es ya inalcanzable.


En el Acuerdo de París, cada nación determina de manera independiente sus metas de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Pero no existe un mecanismo coercitivo para garantizar el cumplimiento de esos objetivos. El único medio es el escarnio que un país sufre al incumplir sus propias metas. Y desde esa perspectiva, el tema de la medición de las emisiones de gases de efecto invernadero adquiere gran relevancia.


Desde que se negoció el Protocolo de Kioto, en los años 1990, la medición de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) se ha basado en aquéllas producidas por cada país. Las naciones más desarrolladas han sido las que han emitido más GEI a lo largo de los pasados 150 años y por eso se buscó inicialmente reconocer el principio de responsabilidad histórica y diferenciada. Pero ese principio se fue desdibujando y en el Acuerdo de París sólo queda un débil compromiso de apoyo financiero para los países menos desarrollados (aún esa promesa no se ha cumplido).


Hoy surgen nuevas dudas sobre la asimetría en las emisiones de GEI. Varios estudios cuestionan la validez de medir las emisiones producidas directamente por cada nación y proponen una medición de las emisiones consumidas (o generadas indirectamente en la producción de bienes y servicios que importa cada país). En otras palabras, para contar con una medida más rigurosa y equitativa sobre las emisiones de GEI es importante hacer un balance entre aquellas que directamente producen una economía en su territorio y las que vienen incorporadas en los productos que importan.


La metodología estándar a la que nos hemos acostumbrado se basa en medir las emisiones producidas directamente. Pero esta métrica ignora que las economías más ricas han sido capaces de reducir sus emisiones directas al mismo tiempo que han podido importar bienes intensivos en emisiones (de GEI) que han sido producidos en otros países. Por ese motivo, las emisiones producidas directamente y aquellas que son consumidas (o producidas indirectamente) difieren de manera significativa.


El trabajo más reciente sobre los resultados generados por estas distintas metodologías es de Mir Goher y Servaas Storm (disponible en www.ineteconomics.org). Aunque la metodología puede ser algo discutible al descansar en la obsoleta noción de la curva ambiental de Kusnetz, lo cierto es que el uso de matrices de insumo producto a escala global permite a los autores observar que el nivel de emisiones está correlacionado con el ingreso per cápita. Esto es grave por dos razones. Primero, porque las emisiones muy difícilmente se irán reduciendo en el tiempo. Al contrario, se incrementarán al aumentar el ingreso per cápita en los países más ricos o de ingreso intermedio. Segundo, porque esto revela que es posible que hayamos estado subestimando el volumen de emisiones producidas cada año. En cambio, al utilizar las matrices insumo producto a escala internacional es posible tomar en cuenta el peso del comercio internacional y de las complejas cadenas de valor que hoy dominan la economía global. La diferencia en el volumen de emisiones no es despreciable.


El escenario para el futuro del cambio climático no pinta nada bien. Hoy, las proyecciones más rigurosas indican que estamos en una trayectoria que podría hacer inevitable un aumento de temperatura promedio global en el rango de los tres grados centígrados hacia finales del presente siglo. Las consecuencias de este tipo de perturbación son verdaderamente catastróficas por los efectos acumulativos o en cascada que se pueden generar. La única manera de evitar este desastre es mediante reducciones realmente significativas en los niveles de emisiones de GEI. Para ello es indispensable terminar con el poderío del lobby de combustibles fósiles que aún domina la economía global.


Twitter: @anadaloficial

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En 50 años han crecido 10 veces las "zonas muertas" en océanos

El aumento de la temperatura dificulta la retención de ese elemento

El volumen de agua totalmente privada de oxígeno en los océanos del planeta se ha más que cuadruplicado en los 50 años pasados, según un nuevo estudio. En el medio siglo anterior, el océano abierto ha perdido alrededor de 2 por ciento de su oxígeno disuelto, vital para sostener peces y otra vida marina. También ha habido un incremento de 10 veces en sitios bajos en oxígeno, conocidos como "zonas muertas", en las áreas costeras, durante este periodo.

La saturación de oxígeno es un importante factor limitante que afecta la productividad del océano, así como la diversidad de criaturas que viven en él, y su ciclo geoquímico natural. El nuevo estudio, publicado en la revista Science, representa la visión más integral hasta ahora del agotamiento de ese elemento químico en esos sitios. La contaminación y el cambio climático tienen un papel significativo en la reducción de los niveles de oxígeno, y los autores destacan el papel que los humanos deben desempeñar para hacer frente a estos problemas.

"El oxígeno es fundamental para la vida en los océanos", sostuvo la autora principal del estudio, la doctora Denise Breitburg, ecologista del mar en el Centro Smithsoniano de Investigación Ambiental. "El descenso del oxígeno oceánico se cuenta entre los efectos más graves de las actividades humanas en el ambiente del planeta". El trabajo fue publicado por científicos de la GO2NE –Red Global del Oxígeno Oceánico–, grupo de trabajo de Naciones Unidas creado para investigar el impacto de la pérdida de ese elemento químico en esos mares.

“Los efectos combinados de la carga de nutrientes y el cambio climático incrementan grandemente el número y tamaño de las ‘zonas muertas’ en el océano abierto y aguas costeras, donde el oxígeno es demasiado bajo para soportar la mayor parte de la vida marina”, señaló el doctor Vladimir Ryabinin, secretario ejecutivo de la Comisión Internacional Oceanográfica, la cual formó la GO2NE. Carga de nutrientes se refiere a la contaminación de los desagües y desechos de fertilizantes que contienen nutrientes, los cuales estimulan el crecimiento de algas en el agua. Surgen brotes de algas y, cuando perecen, las bacterias que las degradan consumen el oxígeno presente en el agua.

Consecuencias mortales

El aumento de temperatura de las aguas superficiales que resulta del cambio climático también dificulta que el oxígeno penetre en las profundidades oceánicas. A medida que sube de temperatura, este efecto significa que se puede retener menos oxígeno en su interior. En las zonas muertas los niveles de ese elemento tienden a ser tan bajos que cualquier animal que viva allí se sofoca y muere. En consecuencia, las criaturas marinas evitan esas áreas, lo cual reduce sus hábitats. Incluso en zonas donde la reducción de oxígeno es menos severa, las pequeñas disminuciones en los niveles de ese elemento pueden impactar a los animales en varias formas no letales, entre ellas obstruir su crecimiento y reproducción.

Los investigadores advirtieron que los efectos del agotamiento del oxígeno en los océanos son extensos, y los impactos ecológicos van de la mano con consecuencias directas en los humanos cuya sobrevivencia depende del mar. "Es una pérdida tremenda para todos los servicios de apoyo que dependen de la recreación y el turismo: hoteles, restaurantes, taxistas y todo lo demás", afirmó la doctora Lisa Levin, oceanógrafa biológica del Instituto Scripps de Oceanografía, quien figura entre los coautores del estudio. "Las reverberaciones de los ecosistemas no saludables pueden llegar muy lejos".

Asunto menos atendido

Lyndsey Dodds, jefa de política marina del Reino Unido en el Fondo Mundial para la Naturaleza, añadió: "Esto muestra aún más presiones sobre los océanos. Escuchamos mucho acerca de los plásticos y de la pesca no sustentable, pero este es un tema que parece captar menos atención, pese a su potencial efecto catastrófico".

Sin embargo, los autores del nuevo estudio sostienen que, pese a las cifras dramáticas, es posible enfrentar el problema de la reducción de oxígeno. Ponen de relieve esfuerzos para proporcionar mejor servicio de desagüe en Chesapeake Bay, en el este de Estados Unidos, que han producido incrementos sustanciales en los niveles de oxígeno en el agua. "Es un problema que podemos resolver", señaló la doctora Breitburg. "Detener el cambio climático requiere un esfuerzo global, pero incluso las acciones locales pueden ayudar en cuanto al descenso de oxígeno originado por nutrientes".

 

Por Josh Gabbatiss
The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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