El impacto de la aviación en la crisis climática es tres veces superior a lo que decían los datos oficiales de Europa

La Comisión Europea reconoce que solo se medía el impacto asociado al CO2, dejando de lado los impactos generados por otros gases como óxidos de nitrógeno (NOx), vapor de agua, hollín y carbono negro, también liberados por los aviones comerciales.

 

La Comisión Europea lo ha reconocido: las emisiones de gases de efecto invernadero son hasta tres veces superiores a los valores que se les atribuye. Así lo evidencia un informe encargado por Bruselas a la Agencia de Seguridad de la Aviación de la Unión Europea (EASA por sus siglas en inglés) en el que se detalla cómo las políticas ambientales no han conseguido abordar los impactos que tienen otros gases distintos al CO2 en el sector aéreo.

De esta forma, las emisiones de carbono serían sólo la punta del iceberg a las que habría que sumar otros gases que aceleran el calentamiento del planeta como óxidos de nitrógeno (NOx), vapor de agua, hollín y carbono negro, entre otros. Tanto, que los datos publicados por la Comisión Europea demuestran que estos gases, que no se tenían en cuenta en la medición de la huella ecológica del sector, son responsables de dos tercios del impacto real que tiene la aviación en la crisis climática.

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El informe de la EASA llega unos meses después de que una investigación científica publicada por la revista Science alcanzara unas conclusiones similares a las publicadas por Europa esta semana. Así, los expertos señalaban en el mes de septiembre que "la aviación está calentando actualmente el clima a aproximadamente tres veces la tasa asociada solamente con las emisiones de CO2 de la aviación". 

Según los datos oficiales de la Comisión Europea, previos al informe de la EASA, la aviación era responsable del 2% del total de las emisiones de CO2, lo que equivalía a que cada pasajero de un vuelo de Londres a Nueva York dejara la misma huella de carbono que un ciudadano medio para mantener su casa caliente durante un año. Si el dato era ya de por sí alarmante, con la reciente investigación ese porcentaje de impacto ambiental se elevaría y llegaría a alcanzar el 5,8%, una cifra que ya estimaban los colectivos ecologistas.

"Es algo que ya estaba científicamente demostrado y que ahora la Unión Europea termina por reconocer, poniendo negro sobre blanco. Se trata de un tema que se debería haber estudiado con rigor mucho antes", denuncia Pablo Muñoz Nieto, coordinador de la campaña de Aviación de Ecologistas en Acción, una de las más de cien organizaciones sociales que se cobijan bajo el paraguas de Stay Graunded.

Jo Dardenne, responsable de Aviación en la organización europea Transport&Environment (T&E), también se posicione en esa línea y reclama medidas inmediatas a Bruselas: "Es necesario abordar urgentemente las estelas de vapor y otros efectos de la aviación distintos del CO2 para evitar la crisis climática. La UE debería garantizar que el tráfico aéreo no se recupere a los niveles anteriores a la covid-19, al mismo tiempo que hace que los aviones vuelen rutas más inteligentes y utilicen combustibles de fuentes renovables".

Pese al reconocimiento de Europa, las medidas para atajar el problema no llegarán pronto. Tanto es así, que el comunicado difundido y el informe de la EASA hablan de un periodo de entre dos y ocho años para poder implementar medidas que frenen la escalada de emisiones que experimenta el sector, el cual ha incrementado su aporte de CO2 un 26% en los últimos cinco años, principalmente por la proliferación de vuelos low cost, según denunciaba un informe de T&E de 2019.  "Precisamente, lo que reclamamos ahora es que no tardemos otros cinco u ocho años en poner en macha medidas que, a nuestro entender, se pueden implementar mucho más rápido", advierte Muñoz Nieto.

Tampoco satisfacen a los colectivos ecologistas las medidas que propone la EASA en su publicación, ya que dejan de lado la idea de "reducir el número de vuelos", lo que consideran primordial para garantizar que la contribución del sector a la crisis climática disminuya. Desde Europa se habla de empezar a aplicar una fiscalidad al sector y a los billetes comerciales, algo que es bien recibido por los colectivos sociales, pero considerado insuficiente. Según un documento interno de la UE –adelantado por Público en 2019– la aplicación de un gravamen ambiental a los carburantes utilizados por el sector podría poner fin a los vuelos baratos y reducir la contaminación anual hasta un 11%. Esta medida equivaldría a suprimir de las carreteras a cerca de ocho millones de automóviles privados.

La otra de las propuestas que llegan desde la EASA es la actuación sobre los carburantes y la adopción del "uso obligatorio de combustibles de aviación sostenibles". Esta medida es vista con cierto escepticismo desde Europa ya podría dar pie al fomento de biocombustibles de palma y soja, algo que emite menos CO2 en su quema, pero requiere de deforestación de masas boscosas para conseguir estos recursos naturales, tal y como ya ha ocurrido con los biodiésel utilizados por los coches.

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Errata Naturae acaba de publicar 'El murciélago y el capital', el último libro de Andreas Malm. Foto: Rainer Christian Kurzeder

Investigador experto en crisis climática, escritor y activista, Andreas Malm cree tan poco en la respuesta de los gobiernos a la emergencia global que plantea la necesidad de acabar con el gran capital fósil mediante un movimiento social que presione desde abajo a los Estados usando la desobediencia civil e incluso el sabotaje. Dos de sus obras acaban de llegar al mercado de libros en castellano.

 

Se puede ser profesor de Ecología Humana de la Universidad de Lund (Suecia) y una de las voces expertas más relevantes a nivel internacional sobre crisis climática, por un lado, y escribir un libro titulado Cómo dinamitar un oleoducto —de próxima publicación por Errata Naturae, así como formar parte del grupo Klimax, partidario de la desobediencia civil y el sabotaje, por otro. De hecho, Andreas Malm (Fässberg, Suecia, 1977) plantea la necesidad de que los Estados se preparen ya para “derribar” corporaciones como ExxonMobil, BP, Shell o Total para frenar la debacle climática.

Escéptico con los gobiernos del mundo respecto a la respuesta ante esta emergencia pero ferviente creyente en un movimiento popular que, desde abajo y lejos de los Estados, obligue a estos a actuar de forma contundente contra la mayor crisis de la humanidad y del planeta desde la última glaciación, dos de sus libros acaban de llegar al mercado en castellano. En su último trabajo, El murciélago y el capital: coronavirus, cambio climático y guerra social (Errata Naturae, 2020), profundiza en los orígenes de la pandemia de covid-19, sus causas y sus consecuencias desde un punto de vista económico y medioambiental. Además, Capitán Swing acaba de editar Capital Fósil: el auge del vapor y las raíces del calentamiento global, un volumen publicado en 2017 que Naomi Klein calificó como “la historia definitiva sobre cómo nuestro sistema económico creo la crisis climática”. 

Equiparas un mundo en permanente pandemia de covid-19 con el que resultaría de una “vuelta a la normalidad” pero en un planeta con un cambio climático desbocado. ¿Hay salida? 
Hay una salida: podemos nacionalizar todas las empresas de combustibles fósiles y ordenarlas que dejen de producirlos y, en lugar de poner CO2 en la atmósfera, volver a enterrarlo. Y, por supuesto, ordenar a todas las empresas de combustibles fósiles que ya son propiedad de los Estados que hagan lo mismo. Y cambiar toda la economía mundial de esa base energética a la energía solar y eólica. También revertir la deforestación, dejar que las selvas tropicales vuelvan a crecer sobre los pastos de ganado y las plantaciones de soja y regenerar franjas de territorios desde Australia hasta Alabama. Hay una salida; la ruta es bastante conocida. Solo algunos intereses muy poderosos bloquean el camino. Ahí es donde debe emprenderse la lucha.

Llamaron locos a quienes plantearon medidas drásticas para frenar la emergencia climática pero cuando se tomaron al llegar el covid-19 nadie vio ninguna locura. ¿Una economía de guerra para fabricar paneles solares y aerogeneradores a ritmo de bombarderos en la II Guerra Mundial es posible?Por supuesto, no hay nada técnicamente inviable al respecto. De hecho, esta pandemia ha demostrado que los Estados conservan la capacidad de interrumpir los negocios, simplemente ordenando el cierre de las empresas, y cambiar los esfuerzos productivos hacia el único objetivo de supervivencia. Claramente podrían hacer lo mismo en el frente climático. Nunca más deberíamos creer la mentira de que sería demasiado incómodo, demasiado perturbador y desagradable hacer la transición de los combustibles fósiles. En ese sentido, la pandemia le ha dado al movimiento climático algo de munición propagandística. Solo necesitamos usarlo de manera efectiva. 

La mayoría de los gobiernos se ha tomado la lucha contra el covid-19 como una guerra, movilizado ingentes recursos económicos e incluso paralizando su actividad económica. Sin embargo, ningún ejecutivo se ha tomado igual una amenaza del calibre de la crisis climática. ¿Hay respuesta a la pregunta de por qué a los gobiernos del mundo no les tembló la mano para paralizar la economía con el covid-19 y, sin embargo, ni se plantea algo así frente a la amenaza global del cambio climático?
Esta es una pregunta compleja que debe responderse en varios niveles, si es que puede responderse satisfactoriamente. Es algo que no deja de desconcertarme. Primero, y quizás lo más obvio, es que las medidas tomadas para combatir el covid-19 se han anunciado como temporales. Nadie está hablando de un cambio permanente en nuestra forma de vida: es una pausa, una interrupción desafortunada, y volveremos a la normalidad tan pronto como podamos. Un alejamiento de los combustibles fósiles sería permanente. Marcaría una transición que nunca se revertirá: no vamos a dejar de quemar combustibles fósiles para salvar el clima de un colapso total y luego reiniciar unos meses o años después. Las medidas que están ahora en vigor se pueden vender a todo el mundo, incluido al capital, como un precio alto que debe pagarse solo por un corto período.

Por otro lado, una transición ecológica y un alejamiento de los combustibles fósiles no tendrían que incluir nada parecido a los inconvenientes extremos de un encierro: no aislaría a las personas en sus hogares, no prohibiría las multitudes o las pequeñas reuniones, no desconectaría la vida cultural, no destrozaría prácticamente todas las interacciones humanas. Estos aspectos cuasi totalitarios de un confinamiento no servirían para un cambio de la energía fósil a la renovable. En este sentido, debería ser mucho más fácil para los gobiernos implementar un programa de acción de emergencia climática. Incluso podría mejorar la vida de las personas, no sería necesario convertirla en tantas pesadillas solitarias. En última instancia, la diferencia parece reducirse a los intereses de clase. Abandonar los combustibles fósiles significa liquidar todo un departamento de acumulación de capital, lo que se conoce como la industria de los combustibles fósiles.

La razón por la que no se toman estas medidas tiene menos que ver con las molestias que causarían a la gente común como con la extraordinaria cantidad de poder concentrado en esta industria. El distanciamiento social y restricciones similares no amenazan a ninguna fracción de la clase capitalista con una sentencia de muerte, pasar a cero emisiones sí.

Asimismo, el contraste se evapora cuando se considera que los Estados de todo el mundo también han intentado, aunque mal, proteger a los ciudadanos de los eventos climáticos extremos recientemente. Han enviado a los bomberos a las llamas y han evacuado a las poblaciones en peligro por los huracanes. Combatir los síntomas es algo que los Estados pueden hacer —ya sea de manera pobre o eficiente—, tanto en lo que respecta al clima como al coronavirus. Pero en ninguno de los campos parecen capaces de perseguir las causas. Se ha dejado que los impulsores de las pandemias se aceleren en 2020 tanto como los del calentamiento global: lo más importante es que la deforestación se está acelerando este año como nunca antes. La devastación del Amazonas central alcanzó un nuevo pico el verano pasado, y el Gobierno indonesio acaba de abrir sus selvas tropicales a inversionistas extranjeros para una tala ilimitada. 

No existe una receta más segura para más pandemias que la deforestación; en esto, la ciencia es unánime. Es mediante la tala de bosques, y los bosques tropicales en particular, que los patógenos entran en contacto con poblaciones humanas como el SARS-CoV-2, transportado por murciélagos, cuyos bosques han sido arrasados ​​en los últimos años, particularmente en el sureste Asia, lo que los obliga a viajar con sus virus a algún otro lugar, donde se topan con humanos. Y, sin embargo, en lo más profundo de la segunda ola de la pandemia del covid-19, todavía no hemos visto una sola iniciativa en ningún lugar del mundo para frenar la destrucción de los bosques tropicales. En cambio, la tendencia es una aceleración. Visto desde este ángulo, los Estados han abordado el problema de la pandemia tan irracionalmente como lo han hecho con el clima: echando más leña al fuego, más rápido.

La del covid fue una crisis casi repentina. El cambio climático, aunque se acelera y tiene consecuencias devastadoras que aparecen de repente, lleva décadas fraguándose y es gradual. ¿Cómo se convence a la humanidad para actuar rápido ante un problema que, si bien ya está aquí, apenas notamos en el día a día?
No creo que sea el caso de que apenas lo notemos en el día a día. En todo el mundo, la experiencia de un clima cambiante se está volviendo omnipresente. Esto es particularmente cierto en gran parte del sur global, donde las personas son azotadas por un huracán, un tifón, una sequía, una inundación, una invasión de langostas y una ola de calor extrema tras otra, ¡ciertamente lo notan! Y los acontecimientos recientes en los Estados Unidos también forman un conjunto de experiencias lo suficientemente ricas para una declaración nacional de emergencia climática. 

Creo que este problema es, al menos, tan sorprendente a simple vista como el microorganismo invisible llamado SARS-CoV-2. Los Estados podrían darle el estatus oficial de una amenaza existencial y combatirla por todos los medios necesarios; no hay nada en la naturaleza perceptiva del problema climático que se interponga en el camino. Se trata de política, no de notoriedad. Eso también se aplica a las personas, muy numerosas en los Estados Unidos, que reaccionan a cada evento climático extremo negando el cambio climático en un tono aún más alto. Tal negación no tiene su origen en la dificultad de percibir los impactos climáticos, sino en los intereses, privilegios e identidades que se basan en los combustibles fósiles y las tecnologías que impulsan.

Convencer a la humanidad de actuar es el arte de decir: todos sabemos que el peligro está aquí; podemos ver que nuestra casa está en llamas; ahora vamos a empezar a correr y a dejar atrás los combustibles fósiles lo más rápido que podamos. Creo que las mayorías en muchos países se sumarían a ese mensaje al menos con la misma facilidad con la que han aceptado las restricciones del covid-19. Pero requeriría estar preparado para enfrentar los poderes que prosperan y defienden los combustibles fósiles. Exigiría que los Estados se preparen para derribar corporaciones como ExxonMobil, BP, Shell y Total y poner fin a sus operaciones por completo.

La lucha contra el covid-19 encaja en una ideología que hoy mueve el mundo: el nacionalismo. La lucha contra la emergencia climática solo puede funcionar mediante el multilateralismo. ¿Eres optimista al respecto?¿O solo actuarán las naciones cuando sus puertos estén anegados y sus reservas de agua por los suelos? 
¡Hay pocas razones para ser optimistas sobre naciones y Estados! Nada indica que lanzarán reducciones radicales de emisiones, incluso si sufren consecuencias inmediatas como las que mencionas. Por ejemplo, Australia, que experimentó una catástrofe infernal de incendios forestales que terminó hace menos de un año, ¿ha llevado a la nación a eliminar gradualmente la producción de carbón? Al contrario: esa industria todavía se está expandiendo en el país que se incendió debido a la combustión de carbón y otros combustibles fósiles. Así que no hay razón para creer que las naciones entrarán en acción automáticamente cuando sus propios territorios sean quemados por el calor. El único actor que puede obligarlos a hacer lo necesario es un movimiento popular, ejerciendo presión desde abajo, desde fuera del Estado. Vimos los contornos de tal escenario en 2019, cuando el movimiento climático alcanzó su punto más alto de fuerza masiva hasta ahora y llevó el tema a la cima de la agenda política. Desafortunadamente, nuestro movimiento prácticamente ha desaparecido durante la pandemia. Debe ser revivido con urgencia, ya que es la única fuente de esperanza de que podamos hacer progresos en el clima antes de que sea demasiado tarde.

Para las organizaciones que conforman el movimiento por el clima, el enemigo es claro: el poderoso capital fósil. ¿No deja de ser una paradoja que el peor enemigo de la humanidad ahora mismo sea un grupo dentro de la propia humanidad?
No realmente: los peores enemigos de la humanidad siempre han sido algunos humanos, no extraterrestres u otras especies o, de hecho, la humanidad en su conjunto. Piensa en los nazis. O los amos de esclavos. O cualquier otro autor de crímenes épicos contra la humanidad. Las catástrofes inducidas por humanos tienden a ser causadas por algunos humanos en contra de otros: esta es la regla histórica más que la excepción.

La crisis climática atacará primero a los que menos tienen. El covid-19, sin embargo, se ha centrado en las naciones más ricas. ¿Los gobiernos con más recursos solo actúan si el peligro es para los de arriba?
Sí, creo que una parte de la explicación de las medidas dramáticas emprendidas para combatir el covid-19 es que este se ha cebado, y continúa cebándose, con las partes más prósperas del norte global. Este tipo de miseria suele estar reservado para el sur y los pobres, se puede permitir que se infecten. Esa ha sido durante mucho tiempo la lógica de la pasividad frente a la crisis climática. Pero esta explicación también se ve tensionada por la circunstancia de que los impactos climáticos ahora descienden regularmente sobre los países ricos, en particular los Estados Unidos o Australia, sin que se tome ninguna acción correspondiente.

Seis nombres son comunes a las listas de las diez naciones que más gases de efecto invernadero producen y los diez países con más muertes por covid-19. ¿Ironía del destino?
Sí, pero creo que esto ha cambiado a lo largo del año. Desde que escribí mi libro en abril, en la lista de los siete países con más muertes por covid-19, ahora, a fines de noviembre, encontramos a Brasil, India, México e Irán, que no se encuentran entre los principales emisores. Así que, al parecer, la ironía estaba ahí solo en la fase inicial de la pandemia.

Incendios en Australia y California, plagas en África… Dices que “ningún jinete del apocalipsis cabalga solo y las plagas no se presentan en singular”. ¿El siglo XXI será el siglo de las plagas y las anomalías climáticas?
Aparentemente, ¡pero no se detiene ahí! La crisis ecológica comprende todo un conjunto de bombas de tiempo esperando a estallar. Colapso de insectos, agotamiento del suelo, desechos plásticos, contaminación del aire... Todas estas cosas y mucho más eventualmente volverán, a menos que se aborden de inmediato, enérgicamente y de manera integral y sin respeto por los intereses de la clase capitalista. En otras palabras: el siglo XXI será el de una emergencia crónica, de un desastre tras otro derivado de cómo la economía capitalista domina y destruye la naturaleza. Pero no tiene por qué ser así. Todavía hay tiempo para dar la vuelta, pero debido a que hemos esperado tanto y debido a que ya se ha hecho tanto daño, el cambio tendrá que ser casi revolucionario en alcance y escala. Y cuanto más esperemos, más drástico todavía tendrá que ser.

Por Pablo Rivas

@PabloRCebo

28 nov 2020 04:49

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La nueva “neutralidad climática” y otras trampas

La crisis climática empeora todo el tiempo, con consecuencias catastróficas para muchas personas. Huracanes devastadores, grandes incendios e inundaciones, sequías, plagas de langosta, deslaves, aire, agua y mares contaminados. Todo empeorado por las políticas de gobiernos que eligen proteger a los más privilegiados, esos que además son los mayores causantes del cambio climático.

En medio de las crisis, los culpables del cambio climático, tanto empresas trasnacionales como super ricos avanzan con nuevas trampas para seguir emitiendo gases de efecto invernadero (GEI) pero hacer también negocios con las supuestas “soluciones”. Por ello, hay nuevos conceptos que útil entender para no caer en sus trampas. Ya existían mecanismos parecidos, pero al quedar al descubierto que solamente sirvieron para lucro de las empresas y como coartada para seguir con la devastación, muchos millonarios, sus gobiernos y ONGs que intentan limpiarles su imagen, han creado nuevos disfraces.

Neto no es cero

Las causas del cambio climático están claras y son conocidas: la gran mayoría se debe a sistemas capitalistas de producción y consumo industrial, basados en combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón). Los principales rubros que producen el calentamiento global son la producción de energía fósil, el sistema alimentario agroindustrial y la urbanización (construcción, transportes). Son muy pocos milmillonarios, en muy pocos países y muy pocas grandes empresas las que se han enriquecido brutalmente con este sistema. Según un reciente informe de Oxfam, el 10 por ciento más rico de la población mundial es responsable de la emisión de 52 por ciento de los gases de efecto invernadero (GEI).

La producción y consumo capitalista es insostenible desde el punto de vista ambiental, pero además brutalmente injusto. Según el científico Kevin Anderson, del Centro Tyndall para investigación del cambio climático (Reino Unido), si el 10 por ciento de la población más rica del mundo tuviera un nivel de vida como un ciudadano europeo medio (lo cual son muchos grados por arriba de la gran mayoría de la población mundial), bajaría 30 por ciento por año la emisión de GEI, con lo que se podría estabilizar el cambio climático, no seguir agregando más contaminación y ver cómo proceder con el exceso de gases que aún quedarían en la atmósfera.

Pero en lugar de que los gobiernos reconozcan que es urgente hacer reducciones reales de emisiones en su fuente y puntos de alto consumo, (que poco afectarían a la mayoría), en general se han sumando a las grandes empresas para promover lo que llaman “neutralidad climática”. Esto significa que mientras en alguna parte se “compensen” los gases emitidos, retirándolos de la atmósfera y supuestamente almacenándolos en alguna parte, se podría seguir emitiendo gases de efecto invernadero.

El Foro Económico Mundial (Foro de Davos) y muchas trasnacionales allí presentes, han renovado su propaganda en ese sentido, y declaran que serán “neutrales en carbono”, que llegarán a “cero emisiones netas”(incluso al absurdo de “emisiones negativas”) para el 2050 o antes. Esto quiere decir que abiertamente reconocen que seguirán contaminando y emitiendo GEI pero desplegarán medidas tecnológicas (geoingeniería) o lo que ahora llaman “soluciones basadas en la naturaleza” para supuestamente compensar el efecto.

Al observar los planes declarados de la industria de gas y petróleo queda claro que no piensan detener la extracción y quema de combustibles fósiles, sino aumentarlas exponencialmente en la próxima década, por lo que con esta sola industria se agota el llamado “presupuesto” de carbono que ONU fijó para no sobrepasar un aumento de temperatura media global de 1.5 grados hasta 2030.

Al discurso de “neutralidad climática” de empresas como BP, Exxon, Total, Repsol, se han sumando otras trasnacionales: desde agronegocios y supermercados que controlan la cadena alimentaria como Bayer, Nestlé, Danone, Unilever y Walmart hasta bancos como HSBC y grandes compañías de aviación. Todas las mega empresa digitales (que son las de mayor capitalización en el planeta) Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft (GAFAM), se sumaron entusiastamente a este discurso. Ninguna de éstas tiene nada de “virtual” en su huella ecológica y climática. Por el contrario, los millones de centros de almacenamiento y procesamiento de datos, transportes, dispositivos, etc, se estima representarán el 20 por ciento de la demanda de energía global para el año 2025.

Es un negocio redondo: las contaminadoras pueden seguir tal como están o hasta aumentar sus emisiones y alegar que son “climáticamente neutrales” o incluso que usan técnicas de geoingeniería que secuestran más carbono del que emiten y entonces lo llaman “emisiones negativas” -otro absurdo idiomático ya que una vez emitidas, nunca pueden ser “negativas”.

Todo esto va mas allá del hecho que las trasnsacionales le hayan dado otra vuelta al discurso para inventarse otro negocio. Está en juego la crisis climática y ambiental, con nuevos ataques a los territorios indígenas y campesinos. Con los mercados de carbono que ya existían, se comercializó varias veces toda la capacidad de la tierra para “secuestrar” carbono, porque lo tanto (aún si éste no fuera un concepto erróneo) ya no existe en realidad nada para comercializar. Esto es un pequeño detalle que no les importa a las empresas, pero han tenido que actualizar el discurso.

[Falsas] soluciones basadas en la naturaleza

Organizaciones, movimientos sociales y científicos críticos han demostrado que la restauración de los ecosistemas, junto y desde las comunidades indígenas y campesinas, de bosques, humedales, pastizales, junto a sistemas agroecológicos, descentralizados, diversos de producción agroalimentaria, son factores fundamentales para absorber en algunas décadas el exceso actual de gases de efecto invernadero. También para no emitir más, es decir, prevenir que se sigan emitiendo. Esta restauración de ecosistemas conlleva respetar e implementar los derechos integrales de las comunidades que interactúan con ellos. Para que esto sea duradero, es preciso que no se renueven o aumenten las emisiones de GEI, porque de lo contrario, ninguna medida será suficiente para detener la crisis climática.

Las empresas, grandes ONGs y muchos gobiernos han visto su oportunidad para cooptar este planteo, llamándolo “soluciones basadas en la naturaleza”. En esto engloban todas las falsas “soluciones” que usen cualquier tipo de recursos naturales. Por ejemplo, grandes plantaciones de monocultivos de árboles o cultivos transgénicos, “pagar” para cercar bosques y suelos para absorber carbono (al estilo de los servicios ambientales que desplazan de hecho a las comunidades, a veces ofreciendo unas migajas a cambio), avanzar sobre pantanos y humedales, que son grandes depósitos naturales de carbono. Bayer está en una cruzada para demostrar que los suelos absorben carbono, lo cual hacen, pero solamente si están en un equilibrio de décadas. El planteo de Bayer y otras de agronegocios es que se contabilice por zafra, tratando de obviar que el carbono solo se retiene en forma permanente en el suelo cuando no se usan químicos y fertilizantes sintéticos, y se trabaja para restablecer la vida microbiana de éste, etc.

Muchas empresas y gobiernos quieren incluir la plantación de grandes monocultivos de árboles u otros cultivos al paquete de “soluciones basadas en la naturaleza”, cuando en realidad devastan ecosistemas naturales e invaden territorios indígenas, campesinos y áreas de biodiversidad, con lo que en su ciclo de vida completo, las plantaciones emiten más GEI de los que dicen absorber.

Geoingeniería

Los multimillonarios, sobre todo los que provienen de Silicon Valley y del sector tecnológico, como Bill Gates, avanzan también en financiar y promover “soluciones” climáticas tecnológicas, como la geoingeniería. En el último año, varios super ricos están detrás de nuevas ONG relacionadas la clima, para financiar investigación y experimentos con geoingeniería. Todo esto en el contexto del discurso de “neutralidad climática” y “cero emisiones netas”, ya que serían los medios para compensar las emisiones de GEI de las industrias.

Entre las tecnologías propuestas más nombradas están las llamadas Bioenergía con Captura y Almacenamiento de Carbono y la Captura Directa de Aire. Ambas tecnologías implican un espectro de impactos negativos ambientales y sociales. La primera implica un gigantesco despliegue de monocultivos (y luego quemarlos para “bioenergía”), que requeriría una enorme superficie a nivel global, que competirá con la producción de alimentos y los territorios de comunidades. En el segundo caso, se trata de gigantescos extractores de aire, que captan carbono y lo separan del aire con solventes químicos -pero para hacerlos funcionar se requieren grandes cantidades de energía, por lo que en ambos casos, además de otros impactos, también empeorarán el cambio climático con el aumento de gases de efecto invernadero en el proceso. Empresas petroleras como Chevron, Oxxy y BP han invertido en este tipo de tecnologías, porque avizoran que además de proveerles una coartada “verde”, serán un gran negocio si los gobiernos aprueban estos sectores para derivar créditos de carbono.

Paralelamente, la nueva ONG Oceankind, financiada “por un supermillonario anónimo” de Silicon Valley, reunió a empresarios y científicos de Estados Unidos para avanzar formas de alterar a mega escala la química de los océanos, supuestamente para disminuir su acidificación y aumentar su capacidad de absorción de carbono.

Los millonarios no sólo pretenden avanzar las tecnologías para remover carbono en mar y tierra, también están financiando y promoviendo técnicas para “Manejo de la Radiación Solar” , es decir formas de reflejar los rayos del sol, construyendo por ejemplo, nubes volcánicas artificiales o “blanqueando” las nubes con agua salada. Este tipo de tecnologías son extraordinariamente peligrosas, porque de aplicarse a gran escala, provocarían cambios en los regímenes de lluvias y vientos en otras regiones. Aún así, los geoingenieros y gobiernos como el de Estados Unidos (también China, Rusia) promueven su investigación como una forma de “bajar la temperatura”. Como esto no afecta en nada la emisión de gases GEI, sería un jugoso negocio: se sigue calentando el planeta mientras venden técnicas para enfriarlo. Hasta hace poco, este grupo de tecnologías de geoingeniería estaba considerado ciencia ficción, pero en la búsqueda de nuevas coartadas y oportunidades de negocios con el clima, se han anunciado varios experimentos y nuevos proyectos, incluso financiamiento oficial de la administración Trump, que Biden piensa sostener.

Defender la Madre Tierra

Los movimientos globales por la justicia climática conocen estas propuestas de falsas “soluciones”, sea a través de estos nuevos conceptos o de los ya más viejos de mercados de carbono y propuestas de geoingeniería. A este discurso de la neutralidad climática, se suma el de “emergencia climática”, que si bien es un hecho real, los poderosos lo exageran y desvinculan de todas las otras crisis generadas por el capitalismo, para plantear que no hay tiempo de soluciones que tomen tiempo. Plantean que se necesita actuar inmediatamente, pero como no están dispuestos a reducir emisiones de GEI ni cuestionar el modo de vida del 10 por ciento más rico del planeta, todas y todos los demás tendríamos que soportar la geoingeniería y los nuevos asaltos a la naturaleza y las comunidades que significan las llamadas “soluciones basadas en la naturaleza”.

A contrapelo de este discurso enfermo, la campaña internacional ¡No Manipulen la Madre Tierra!, integrada por 41 organizaciones internacionales (entre ellas La Vía Campesina, la Red Indígena Ambiental, Amigos de la Tierra) y mas de 150 organizaciones nacionales, plantea que justamente por la emergencia climática, no tenemos tiempo para perder en falsas soluciones ni geoingeniería. Ya conocemos las soluciones verdaderas y seguiremos construyéndolas mientras denunciamos las continuas maniobras de los que han provocado la crisis climática.

23 noviembre 2020

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México y Argentina reavivan debate de transgénicos en la región

La aprobación de un nuevo trigo transgénico en Argentina y un proyecto de decreto presidencial en México que habilita el uso de glifosato y de maíz transgénico generaron la reacción de científicos de la región latinoamericana ante la posibilidad de que se amplíe el uso de transgénicos en el continente.

En ambos países miles de científicos piden detener la tecnología y revertir autorizaciones, a la vez que llaman a mantener y ampliar las moratorias a los organismos genéticamente modificados (OGM) en los países que las tienen.

En Argentina, que destina millones de hectáreas al cultivo de transgénicos y este octubre aprobó el trigo HB4 resistente a sequía y al herbicida glufosinato de amonio, una carta de un grupo de científicos del Conicet y universidades generó la adhesión de miles y trascendió fronteras.En México “hay una tradición muy fuerte de resistencia campesina y social y de científicos que se pronunciaron tempranamente y lograron que no ingresara el maíz transgénico, pero la presión (por el cambio) es constante”: Alicia Massarini.

El nuevo trigo fue desarrollado por investigadores del Conicet del equipo de Raquel Chan en la Universidad del Litoral (Santa Fe, Argentina) en conjunto con la empresa Bioceres. Según explicaron, tiene en promedio 20 por ciento más de rendimiento que el trigo convencional.

Pero la carta de los científicos que están en contra de este trigo señala que su autorización “remite a un modelo de agronegocios que se demostró nocivo en términos ambientales y sociales, (es) causa principal de la pérdida de biodiversidad, no resuelve los problemas de la alimentación y amenaza la salud de nuestro pueblo”.

“Fue una botella al mar, pero tuvimos cientos de firmas en pocas horas y ahora ya más de 1.400, con muchos colegas que la comparten con científicos de otros países y se hizo una versión en inglés; este es un tema regional, no local”, señaló vía telefónica Alicia Massarini, investigadora del Conicet y una de las redactoras del manifiesto.

Otra proclama contra el nuevo trigo, bautizada “¡Con nuestro pan, no!”, generó más de 5600 firmas y adhesiones de 150 entidades y organizaciones afines.

“Sistematizamos los motivos por los cuales oponerse (al trigo transgénico)”, dijo el ingeniero agrónomo Fernando Frank, de Acción por la biodiversidad, impulsor de esta misiva que señala que los transgénicos “promueven los monocultivos y degradan los ecosistemas y la soberanía alimentaria”.

La carta agrega que el herbicida al que es tolerante el trigo es más tóxico que el glifosato: “El glufosinato de amonio está ampliamente cuestionado y prohibido en muchos países por su alta toxicidad aguda y sus efectos teratogénicos (genera malformaciones), neurotóxicos (actúa sobre las neuronas) y genotóxicos (en la división celular)”.

Para Chan —que se dedica a estas investigaciones desde la década de 1990—, si bien el uso de agroquímicos puede ser peligroso, los productores no están obligados a aplicarlos y su uso debe ser reglamentado.

La experta dijo que este nuevo trigo requiere menos uso de agua e incluye un gen de girasol, otra planta ancestral. “No es un gen de rinoceronte o de sapo, que no sería problema tampoco, sino que es un gen de otra planta comestible”, agregó.

Del trigo al maíz

En México, en tanto, el glifosato no está regulado y la siembra de maíz transgénico está prohibida desde 2013 debido a un amparo y no por decreto presidencial, una medida susceptible de ser modificada con cada cambio de gobierno.

Pero el 23 de octubre, cuando se publicó en la web de la Comisión Nacional de Mejora Regulatoria un anteproyecto de decreto presidencial que, de aprobarse, continuaría el uso del glifosato y de maíces transgénicos, unos 350 académicos y miembros de organizaciones no gubernamentales firmaron un documento para que el presidente Andrés Manuel López Obrador cumpla con su promesa de campaña de que “no habrá maíz transgénico y que de manera progresiva se prohibirá el uso de glifosato hasta su eliminación total”.

Para Quetzalcoátl Orozco Ramírez, investigador del Instituto de Geografía de la Universidad Nacional Autónoma de México y unos de los firmantes de la carta, “es necesario que haya una definición clara de la posición del gobierno federal sobre estos temas y que se concreten en un decreto presidencial” que pueda —de manera paulatina— eliminar el uso del glifosato en los cultivos, comentó por videoconferencia.

Para Viridiana Lázaro, integrante de la Campaña Nacional Sin Maíz No Hay País y especialista de agricultura de Greenpeace México, el nuevo proyecto de decreto pide más investigaciones, cuando ya existen estudios que muestran que el glifosato es dañino para el ambiente y la salud.

“Esperamos que se dé de baja esta propuesta de decreto presidencial y en su lugar se publique uno de acuerdo con las declaraciones del presidente y que se prohíba inmediatamente el glifosato en las dependencias de gobierno (y) totalmente hacia 2024, y también se prohíba el maíz transgénico en todo el territorio nacional”, remarcó.

En México “hay una tradición muy fuerte de resistencia campesina y social y de científicos que se pronunciaron tempranamente y lograron que no ingresara el maíz transgénico, pero la presión (por el cambio) es constante”, dijo Massarini.

Para Francisco Trujillo Arriaga, director del Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria este proyecto no contradice la promesa del presidente sobre la prohibición del uso de glifosato en el país, sino que “busca que las decisiones que se tomen hacia la transición de no utilizar el glifosato en México con miras al 2024, tengan un sustento técnico y científico” y respete “los Derechos Humanos de todos los ciudadanos y sin afectar los tratados comerciales de los que México es parte”, dijo.

Víctor Manuel Toledo Mazur, quien fue titular de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales hasta septiembre de 2020 —y tenía una fuerte postura a favor de la prohibición del glifosato y la urgencia de contar con un decreto presidencial — señaló a SciDev.Net que México está dando “una gran batalla contra los plaguicidas y contra los transgénicos” porque sabe de “la gran tragedia que ocurre hoy en Sudamérica”.

Además de México y Argentina, en agosto, Cuba también fue escenario de polémica, cuando el gobierno nacional autorizó la investigación, producción, uso y comercio internacional de OGM.

En cambio, en Perú en estos días, el presidente Martín Vizcarra debía decidir si promulgar o no la aprobación que ya otorgó el Congreso nacional de prolongar por 15 años más (hasta 2035) una moratoria de 10 años que vencía en 2021 y que prohíbe el ingreso de OGM al país. Pero Vizcarra fue destituido por el Congreso el 9 de noviembre, antes de tomar la decisión.

Un sector de ecologistas, productores e indígenas quieren que el país siga libre de transgénicos, y otro grupo de investigadores se lamenta por la falta de debate sobre su conveniencia.

Ruta química

Mientras los gobiernos toman sus decisiones, los científicos intercambian datos regionales sobre los problemas que generan los cultivos transgénicos. En particular, el hecho de que el nuevo trigo argentino sea resistente al glufosinato de amonio es uno de los aspectos centrales a considerar por el relativo desconocimiento del químico, alegan algunos científicos y ONG ambientalistas.

De momento se sabe que es una variante del glifosato, el herbicida más conocido debido a que se usa desde la década de 1990 en Sudamérica para el cultivo de soja (soya).

“Son moléculas parecidas, que se comportan de manera similar en el ambiente; como está agotado el modelo de glifosato, el mercado busca esta variante”, dijo Damián Marino, investigador del Conicet y la Universidad de La Plata, y uno de los científicos que más ha estudiado las consecuencias de los agroquímicos, en el encuentro virtual, organizado por la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad y la Naturaleza en América Latina el 20 de octubre.

Por su parte, Rafael Lajmanovich, investigador del Conicet y profesor de ecotoxicología en la Universidad del Litoral, dijo que el tema de cómo actúa el glifosinato no es simple desde lo químico.

“No es que va a pasar sólo a los alimentos: una parte queda en el agua, otra en el aire y otra en el suelo. Por lo que vemos por ahora (el glifosinato) tiene mayor bioabsorción que el glifosato, de modo que el temor es que pase todo lo que pasa con el glifosato y algo más”, aseguró.

Por Daniela López, Martín de Ambrosio | 24/11/2020

Fuente: https://www.scidev.net/america-latina/agropecuaria/especial/mexico-y-argentina-reavivan-debate-de-transgenicos-en-la-region.html

Publicado enInternacional
Ríos atmosféricos, las autopistas aéreas que regulan el clima

Si existe un campo de estudio dentro de la dinámica atmosférica cuya notoriedad haya experimentado un crecimiento exponencial en las últimas décadas es, sin duda, el de los ríos atmosféricos (AR, por sus siglas en inglés).

El motivo quizás sea que los ríos atmosféricos juegan un papel destacado en un gran número de factores del clima, como el balance radiativo (energético) del planeta o su ciclo hidrológico. O quizás sea su creciente tendencia a ser nombrado en los boletines meteorológicos cuando, en compañía de una tormenta tropical o una ciclogénesis explosiva, traen en ocasiones más de 70 l/m² de precipitación en unas pocas horas.

¿Qué son los ríos atmosféricos?

Los ríos atmosféricos son regiones de la atmósfera cuyo contenido de humedad es muy superior al de las regiones colindantes. Suelen ser regiones muy alargadas y (relativamente) estrechas –miles de km de largo frente a unos cientos de km de ancho– y acompañan normalmente a los frentes fríos tan característicos de las latitudes medias.

Su naturaleza les permite funcionar como grandes autopistas que distribuyen la humedad –y con ello, energía en forma de calor latente– desde las húmedas y cálidas regiones subtropicales y tropicales hacia el resto del planeta.

Estas formaciones son, por tanto, esenciales para el mantenimiento de la buena salud de nuestro ciclo hidrológico, y un mecanismo indispensable del balance radiativo del planeta. Su forma alargada y la enorme cantidad de agua que transportan (superior al caudal del río Mississippi) han inspirado el característico y atrayente nombre de "ríos atmosféricos".

Su papel en las precipitaciones

Los ríos atmosféricos presentan una enorme variabiliad entre ellos. No hay dos iguales. La mayor parte son eventos de intensidad moderada, y son por tanto considerados como beneficiosos. Entre otras cosas, aportan una cantidad indispensable de humedad a la atmósfera de latitudes medias y continentales, que no podría recibirse de otra manera.

Otros ríos atmosféricos, sin embargo, son fenómenos extremos que pueden llevar asociadas precipitaciones superiores a los 100 l/m² en un solo día, teniendo un impacto económico y social negativo en las regiones que se ven afectadas por ellos.

A nivel global, se trata de fenómenos comunes. Suelen existir unos tres o cuatro simultáneamente por cada hemisferio, situados habitualmente sobre los grandes corredores oceánicos. Su temporada alta es el invierno correspondiente a cada hemisferio, cuando la atmósfera es menos húmeda, pero mucho más dinámica que la de la temporada estival.

Las costas occidentales de los grandes continentes, incluida la costa atlántica ibérica, son las regiones calientes de llegada de ríos atmosféricos. Los que llegan a España transportan un elevado porcentaje de lluvia desde el golfo de México. En invierno la península ibérica acostumbra a recibir 3 o 4 al mes.

Otra región activa del mundo hispanoparlante es la costa de Chile, donde los ríos atmosféricos del Pacífico suelen generar importantes precipitaciones en su interacción con la cordillera de los Andes.

¿Cómo serán los ríos atmosféricos del mañana?

La respuesta a la pregunta de como serán los ríos atmosféricos del mañana depende, como es lógico, de cómo sea la atmósfera en la que residan.

La mayor parte de los análisis prospectivos predicen una atmósfera más cálida, y con una dinámica diferente. En este contexto, se considera que los ríos atmosféricos irán tendiendo a ser más frecuentes, y también más intensos, aunque con grandes diferencias entre las diferentes regiones del planeta.

En un reciente estudio liderado por los profesores Luis Gimeno y Raquel Nieto de la Universidad de Vigo, y realizado en colaboración con la Universidad de Lisboa y la Universidad de Illinois, hemos analizado la variación el contenido de humedad durante las últimas décadas en las regiones estratégicas para el fenómeno. Esto nos sirve para realizar una proyección robusta y determinar como serán el día de mañana en un contexto de calentamiento global.

En el artículo, publicado en Nature Communications, se muestra que el contenido de humedad se ha incrementado –y por tanto, con mucha probabilidad, se incrementará– aproximadamente en un 7 % por cada grado centígrado de humedad que se calienta la parte inferior de la atmósfera.

Esta es una proporción bien conocida para los estudiosos de la termodinámica, pues es predicha por la ecuación de Clausius-Clapeyron, que determina la cantidad máxima de humedad que puede contener una celda de aire antes de llegar a la saturación.

Además, hemos demostrado que, de todas las regiones del planeta, la señal más clara a este respecto se observa precisamente en la región donde se origina la mayor parte de la humedad que llega a Europa en forma de ríos atmosféricos: el golfo de México.

Una atmósfera más cálida será una atmósfera más húmeda, y tenemos ahora motivos de peso para asumir que ese incremento de humedad se trasladará en una proporción similar a los ríos atmosféricos.

La cantidad de humedad que recibiremos en el futuro desde las regiones subtropicales será mayor, y también la probabilidad de precipitaciones extremas, poco convenientes para el correcto aprovechamiento del agua como recurso, y peligrosas.

El esfuerzo de la comunidad científica para procurar entender, predecir y adelantarse al clima del futuro es grande, y no sin motivo, pues del clima dependen una buena parte de los recursos que nos proporciona el planeta.

Entre ese complejo collage de fenómenos que constituirán el clima del mañana, parecen jugar un papel destacado los ríos atmosféricos a los que podemos atribuir, sin miedo a equivocarnos, una buena parte del agua que llega a nuestras casas, cultivos, embalses y ríos.

Por:

Jorge Eiras Barca 

Investigador postdoctoral en Física de la Atmósfera, Universidade de Vigo

Iago Algarra Cajide

Investigador Postdoctoral en Física de la Atmósfera, Universidade de Vigo

Sábado, 07 Noviembre 2020 05:51

Billonarios y geoingeniería

Billonarios y geoingeniería

Los billonarios globales invierten ahora en geoingeniería: tecnologías para manipular el clima. Es lógico, pero muy preocupante. Las propuestas de geoingeniería son aún teóricas y especulativas, pero funcionan como excusa para la inacción climática y como coartada para aumentar la extracción y uso de combustibles fósiles, alegando que el caos climático se puede "manejar" con estas riesgosas tecnologías.

 

Bill Gates, fundador de Microsoft, fue el primero del club de superricos que invirtió fondos para investigar y desarrollar estas tecnología (https://tinyurl.com/y48824ak). Varios otros provienen de Silicon Valley, el área de California sede de las empresas tecnológicas. Algunos son discretos, otros se mantienen en el anonimato, financiando ONGs o empresas de responsabilidad limitada donde sus nombres no aparecen.

 

Al parecer, los millonarios planean avanzar –y luego imponer– estas peligrosas recetas tecnológicas sin consultar a nadie, sin supervisión ni regulación independiente y pasando por arriba de las decisiones precautorias de la comunidad internacional. Es una forma habitual de actuar de los titanes tecnológicos, como resumió Mark Zuckerberg al inicio de Facebook: "moverse rápido y romper cosas". La geoingeniería tiene dos direcciones tecnológicas: remover carbono de la atmósfera (una vez emitido) y bloquear/reflejar parte de los rayos del sol, para bajar la temperatura. En ningún caso contempla cambiar las causas del cambio climático, sino que después de haber "roto las cosas", propone recetas tecnológicas que abren nuevos negocios.

 

En octubre de 2020 el grupo SilverLining, con sede en California, anunció que financiará con 3 millones de dólares la investigación en tecnologías de "manejo de la radiación solar", como blanquear nubes marinas o bloquear los rayos del sol con nubes volcánicas artificiales y otras propuestas que si se hacen a gran escala tendrán fuertes impactos negativos, como sequías y disrupción de lluvias. En 2010, entonces como empresa, SilverLining intentó hacer experimentos de blanqueo de nubes en las costas de California sobre miles de kilómetros cuadrados, pero luego de que los medios revelaran que el proyecto tenía fondos de Bill Gates, el proyecto se suspendió (https://tinyurl.com/y4eoy9kg). Kelly Wanser, entonces directora de la empresa, reapareció después en un "Proyecto de blanqueo de nubes marinas" de la Universidad de Washington y afirmó que sólo eran un grupo de científicos que no tenían fondos para experimentos. Ahora se presentan como una ONG. Wanser continúa como directora y anuncia que apoyará a varios de esos científicos y a otros conocidos promotores de la geoingeniería. Esta vez financiada por los millonarios e inversores de riesgo Matt Cohler, antes alto ejecutivo de Facebook; Bill Trenchard, inversor en Uber y otras plataformas como LiveOps, comprada por Microsoft; la gestora Lowercarbon Capital, del inversionista Chris Sacca, antes ejecutivo de Google e inversor en Twitter, Instagram, Uber y otras; el Fondo de Innovación Pritzker, una de las 10 familias más ricas de Estados Unidos según Forbes; y el LAD Climate Fund, del que no da referencias, pero podría estar vinculado a grandes ONG conservacionistas. Chris Sacca explica en una entrevista, que en Lowercarbon Capital, no ven problema en recibir fondos de empresas como Exxon y Chevron (https://tinyurl.com/y3p35s5j)

 

En septiembre 2020, la revista New Scientist reveló que otro grupo de promotores de la geoingeniería marina se reunieron en California. Técnicos, abogados y consultores fueron convocados por Oceankind, otra nueva organización de un multimillonario "anónimo", para discutir como avanzar la "alcalinización del océano", un método para cambiar artificialmente la química de los mares. Según informa New Scientist, el primer director de Oceankind, Evan Rapoport, era un alto ejecutivo de Google, luego contratado por "una familia rica de Silicon Valley" para el cargo (https://tinyurl.com/y27qpnmf).

 

La acidificación de los mares es un grave problema global que se debe principalmente al exceso de dióxido de carbono que absorben los oceános, lo que causa que moluscos, crustáceos y otros organismos no puedan formar sus caparazones y afecta también a los arrecifes de coral. Para prevenirla se debe controlar la contaminación (de petróleo, desechos, escurrimientos agrícolas) y reducir drásticamente las emisiones de carbono. En lugar de ir a las causas, la propuesta en este caso es alcalinizar el océano con roca molida, lo que implica un aumento exponencial de minería, con la secuela de problemas ambientales y sociales que conlleva. Se estima que ocuparía 5 mil millones de toneladas de roca molida anuales, el doble de la roca que usa toda la industria cementera a nivel global. Aún si funcionara para alcalinizar el oceáno, esta industria y las flotas de barcos para diseminarla, aumentarán la emisión de gases y el cambio climático.

 

Por los altos riesgos y efectos colaterales que conlleva, la geoingeniería está bajo moratoria en el Convenio de Diversidad Biológica de ONU. Los billonarios y sus gigantes tecnológicas tienen una enorme huella ambiental y encarnan la parte del león en la injusticia social y climática global. No podemos permitir que además controlen el termostato global.

 

* Investigadora del Grupo ETC

 

En la imagen se muestra a A68a, que se desprendió en 2017; aún es una sola pieza, pese a las enormes fracturas que se observan.Foto Ap

El fenómeno pone en riesgo la fauna y la flora // Dificultará a focas y pingüinos llevar el alimento a sus crías, alertan

 

El iceberg más grande del mundo, conocido como A68a y que abarca 4 mil 200 kilómetros cuadrados de hielo flotante, amenaza la isla de Georgia del Sur.

De cuatro veces el tamaño de la Ciudad de México avanza por el océano Antártico despertando temores de que pondrá en peligro la fauna y flora locales.

La Agencia de Estudios Antárticos de Gran Bretaña expresó su temor el miércoles de que chocara con la isla, impidiéndole el paso a animales que buscan presas para alimentarse y que se reproducen en la costa.

Un ecologista que trabaja para esa agencia, Geraint Tarling, explicó que en esta época del año las focas y los pingüinos cuidan allí a sus crías. Para esos animales, es crucial la distancia que tienen que recorrer para encontrar sustento.

"Tiene implicaciones masivas sobre dónde los depredadores terrestres podrían alimentarse", explicó Tarling. "Cuando se habla de pingüinos y focas durante el periodo que es realmente crucial para ellos, durante la cría de cachorros y polluelos, la distancia real que tienen que viajar para encontrar comida (pescado y krill) realmente importa. Si tienen que hacerlo un gran desvío, significa que no van a volver con sus crías a tiempo para evitar que se mueran de hambre". El iceberg ha flotado rumbo al norte desde que se escindió de la capa de hielo en julio de 2017, informó la agencia.

Todas las criaturas que viven en el fondo del mar serían aplastadas por A68a al llegar a tierra, una perturbación que tardaría mucho tiempo en revertirse.

"Los ecosistemas pueden recuperarse y lo harán, por supuesto, pero existe el peligro de que si el iceberg se atasca, podría permanecer allí 10 años", señaló a la BBC Tarling. "Eso marcaría una gran diferencia, no sólo para la biodiversidad de Georgia del Sur, sino también para su economía".

Miles de millones de toneladas

La isla, territorio británico de ultramar, es una especie de cementerio de los gigantescos pedazos de hielo de la Antártida. A68a ha recorrido el llamado "callejón de los iceberg" desde que se desprendió.

Este iceberg pesa cientos de miles de millones de toneladas, pero su relativa delgadez (una profundidad sumergida de quizá 200 metros o menos) significa que tiene el potencial de desplazarse antes de quedar atrapado en el fondo marino.

Aunque las imágenes de satélite sugieren que A68a está en un camino directo hacia Georgia del Sur, aún podría escapar de la captura. Todo es posible, afirmó Peter Fretwell, especialista en mapeo y teledetección de la agencia británica.

"Las corrientes deberían tomarlo en lo que parece un extraño bucle alrededor del extremo sur de Georgia del Sur, antes de girarlo a lo largo del borde de la plataforma continental y retroceder hacia el noroeste. Pero es muy difícil decir con precisión qué sucederá", declaró a BBC News.

"A68a es espectacular", sostuvo su colega Andrew Fleming. “La idea de que todavía está en una sola pieza es realmente notable, en particular debido a las enormes fracturas que se ven atravesando en las imágenes del radar. Esperaba que se hubiera roto a esta altura.

"Si gira alrededor de Georgia del Sur y se dirige hacia el norte, debería comenzar a romperse. Llegará muy rápidamente a aguas más cálidas y la acción de las olas empezará a eliminarlo", concluyó.

Sábado, 31 Octubre 2020 06:02

Ecosocialismo y/o decrecimiento

Ecosocialismo y/o decrecimiento

 ecosocialismo y el movimiento por el decrecimiento figuran entre las corrientes más importantes de la izquierda ecologista. Los ecosocialistas admiten que es necesario cierto grado de decrecimiento de la producción y el consumo a fin de evitar el colapso medioambiental. No obstante, mantienen una actitud crítica hacia las teorías del decrecimiento porque: a) el concepto de decrecimiento es insuficiente para definir un programa alternativo; b) no aclara si el decrecimiento puede lograrse en el marco del capitalismo o no; c) no distingue entre actividades que es preciso reducir y las que hace falta desarrollar.

Es importante tener en cuenta que la corriente decrecentista, que es particularmente influyente en Francia, no es homogénea: inspirada por críticos de la sociedad de consumo –Henri Lefebvre, Guy Debord, Jean Baudrillard– y del sistema técnico –Jacques Ellul–, comprende diferentes perspectivas políticas. Existen por lo menos dos polos que son bastante distantes, por no decir opuestos: por un lado, críticos de la cultura occidental tentados por el relativismo cultural (Serge Latouche) y, por otro, ecologistas de izquierda universalistas (Vincent Cheynet, Paul Ariés).

Serge Latouche, conocido en todo el mundo, es uno de los teóricos del decrecimiento franceses más controvertidos. Claro que algunos de sus argumentos son legítimos: desmitificación del desarrollo sostenible, crítica de la religión del crecimiento y el progreso, llamamiento a una revolución cultural. Sin embargo, su rechazo global del humanismo occidental, de la Ilustración y de la democracia representativa, así como su alabanza sin remilgos de la Edad de Piedra, son elementos claramente criticables. Pero esto no es todo. Su crítica de las propuestas de desarrollo ecosocialistas para países del Sur Global –más agua limpia, escuelas y hospitales– por considerarlas “etnocéntricas”, “oocidentalizantes” y “destructivas de los modos de vida locales”, es bastante insufrible. Sin olvidar que su argumento de que no hace falta hablar del capitalismo, puesto que esta crítica “ya ha sido realizada, y bien, por Marx”, no es serio: es como decir que no hace falta denunciar la destrucción productivista del planeta porque esto ya se ha hecho, y bien, por André Gorz (o Rachel Carson).

Más cerca de la izquierda se halla la corriente universalista, representada en Francia por el periódico La Décroissance, por mucho que se pueda criticar el republicanismo francés de algunos de sus teóricos (Vincent Cheynet, Paul Ariès). A diferencia del primero, este segundo polo del movimiento decrecentista tiene muchos puntos de convergencia –a pesar de las polémicas ocasionales– con los movimientos por la justicia global (ATTAC), los ecosocialistas y los partidos de la izquierda radical: ampliación de la gratuidad [bienes, servicios o instalaciones que se ofrecen gratuitamente], la preponderancia del valor de uso sobre el valor de cambio, la reducción de la jornada de trabajo, la lucha contra las desigualdades sociales, el desarrollo de actividades no mercantiles, la reorganización de la producción de acuerdo con las necesidades sociales y la protección del medio ambiente.

Muchos teóricos del decrecimiento parecen creer que la única alternativa al productivismo pasa por detener todo crecimiento, o sustituirlo por un crecimiento negativo, es decir, mermar drásticamente el excesivo nivel de consumo por parte de la población reduciendo a la mitad el gasto energético, renunciando a las viviendas unifamiliares, a la calefacción central, a las lavadoras, etc. Puesto que estas medidas de austeridad draconiana y otras similares pueden resultar bastante impopulares, algunas de ellas –incluido un autor tan importante como Hans Jonas, en su El principio de responsabilidad– juegan con la idea de una “especie de dictadura ecológica”.

Frente a esta visión pesimista, los socialistas optimistas creen que el progreso técnico y el uso de fuentes de energía renovables permitirán un crecimiento ilimitado y una sociedad de la abundancia, en la que cada persona pueda recibir según sus necesidades.

Creo que estas dos escuelas comparten una concepción puramente cuantitativa del crecimiento –positivo o negativo–, o del desarrollo de las fuerzas productivas. Hay una tercera posición, que me parece más apropiada: una transformación cualitativa del desarrollo. Esto supone poner fin al monstruoso despilfarro de recursos, propio del capitalismo, basado en la producción a gran escala de productos inútiles y/o dañinos: la industria de armamentos es un buen ejemplo, pero gran parte de los bienes producidos en el capitalismo, con su obsolescencia intrínseca, no tienen otra utilidad que generar beneficios para las grandes empresas.

El problema no es el consumo excesivo en abstracto, sino el tipo de consumo que prevalece, basado como está en la adquisición ostentativa, los desperdicios masivos, la alienación mercantil, la acumulación obsesiva de bienes y la compra compulsiva de supuestas novedades impuestas por la moda. Una sociedad de nuevo tipo orientaría la producción a la satisfacción de las verdaderas necesidades, empezando por las que podrían calificarse de bíblicas –agua, alimentos, ropa, viviendas–, pero incluyendo asimismo los servicios básicos: salud, educación, transporte, cultura.

¿Cómo distinguir lo auténtico de las necesidades artificiales, ficticias (creadas artificialmente) e improvisadas? Estas últimas se inducen a través de la manipulación mental, es decir, la publicidad. El sistema publicitario ha invadido todas las esferas de la vida humana en las sociedades capitalistas modernas: no solo los alimentos y la ropa, sino también el deporte, la cultura, la religión y la política se configuran de conformidad con sus reglas. Ha invadido nuestras calles, buzones, pantallas de televisión, periódicos y paisajes de una manera permanente, agresiva e insidiosa, y contribuye decisivamente a la creación de hábitos de consumo ostentativo y compulsivo. Además, malgasta cantidades enormes de petróleo, electricidad, tiempo de trabajo, papel, productos químicos y otras materias primas –todo ello pagado por los consumidores– en un sector productivo que no solo es inútil desde un punto de vista humano, sino que está directamente en contradicción con las necesidades sociales reales.

Mientras que la publicidad es una dimensión indispensable de la economía de mercado capitalista, no tendría razón de ser en una sociedad de transición al socialismo, donde sería reemplazada por la información sobre bienes y servicios facilitada por asociaciones de consumo. El criterio para diferenciar una necesidad genuina de otra artificial es su persistencia tras la supresión de la publicidad (¡Coca-Cola!). Por supuesto, durante algunos años persistirían los viejos hábitos de consumo, y nadie tiene derecho a decir a la gente cuáles son sus necesidades. El cambio de los patrones de consumo es un proceso histórico, así como un reto educacional.

Algunas mercancías, como el automóvil individual, plantean problemas más complejos. Los vehículos privados constituyen un estorbo público, matan y mutilan a cientos de miles de personas todos los años en el mundo entero, contaminan la atmósfera en las grandes ciudades con consecuencias funestas para la salud de niñas y niños y de las personas mayores y contribuyen significativamente al cambio climático. Sin embargo, responden a una necesidad real al transportar a las personas a su lugar de trabajo, a su casa o a sus espacios de ocio. Experiencias locales en algunas ciudades europeas que tienen administraciones con sensibilidad ecológica demuestran que es posible limitar progresivamente, con la aprobación de la mayoría de la población, la proporción de vehículos individuales en circulación a favor de los autobuses y tranvías.

En un proceso de transición al ecosocialismo, donde el transporte público, de superficie o subterráneo, se extendería ampliamente y sería gratuito para las usuarias y usuarios, y donde peatones y ciclistas contarían con calzadas protegidas, el coche particular desempeñaría un papel mucho menos importante que en la sociedad burguesa, en la que se ha convertido en una mercancía fetiche, promovida por una publicidad insistente y agresiva, en un símbolo de prestigio y un signo de identidad. En EE UU, el permiso de conducir constituye el documento de identidad reconocido y el centro de la vida personal, social o erótica. Será mucho más fácil, en la transición a una nueva sociedad, reducir drásticamente el transporte de mercancías por carretera –causante de terribles accidentes y altos niveles de contaminación– y sustituirlo por el ferrocarril, o por lo que en Francia se llama ferroutage (camiones transportados por trenes de una ciudad a otra): tan solo la lógica absurda de la competitividad capitalista explica el peligroso crecimiento del transporte por carretera.

Sí, responderán los pesimistas, pero las personas tienen aspiraciones y deseos infinitos, que hay que controlar, comprobar, contener y, si es preciso, reprimir, y puede que esto requiera ciertas limitaciones de la democracia. Ahora bien, el ecosocialismo se basa en una apuesta, que ya fue la de Marx: el predominio, en una sociedad sin clases y liberada de la alienación capitalista, del ser sobre el tener, es decir, del tiempo libre para la realización personal mediante actividades culturales, deportivas, lúdicas, científicas, eróticas, artísticas y políticas, por encima del deseo de posesión infinita de productos.

La compra compulsiva bien inducida por el fetichismo de las mercancías inherente al sistema capitalista, por la ideología dominante y por la publicidad: nada demuestra que forme parte de una eterna naturaleza humana, como pretende que creamos el discurso reaccionario. Ya lo señaló Ernest Mandel: “La continua acumulación de más y más bienes (con menguante utilidad marginal) no constituye de ningún modo un rasgo universal o siquiera predominante del comportamiento humano. El desarrollo de talentos e inclinaciones como un fin en sí mismas; la protección de la salud y de la vida; el cuidado de niños y niñas; el desarrollo de relaciones sociales enriquecedoras… todas estas se convierten en motivaciones importantes una vez se han satisfecho las necesidades materiales básicas.”

Esto no significa que no vayan a surgir conflictos, especialmente durante el proceso de transición, entre las exigencias de la protección medioambiental y las necesidades sociales, entre los imperativos ecológicos y la necesidad de desarrollar las infraestructuras básicas, particularmente en los países pobres, entre los hábitos de consumo populares y la escasez de recursos. Estas contradicciones son inevitables: resolverlas será la misión de la planificación democrática, con una perspectiva ecosocialista, liberada de los imperativos del capital y de la generación de beneficios, mediante un debate pluralista y abierto previo a la toma de decisiones por la propia sociedad. Esta democracia de base y participativa es la única manera, no de evitar equivocaciones, sino de permitir la autocorrección colectiva por parte de la sociedad de sus propios errores.

¿Cuáles podrían ser las relaciones entre el ecosocialismo y el movimiento decrecentista? ¿Puede haber una alianza, a pesar de los desacuerdos, en torno a objetivos comunes? En un libro publicado hace algunos años, La décroissance est-elle souhaitable? (¿Es deseable el decrecimiento?), el ecologista francés Stéphane Lavignotte propone dicha alianza. Reconoce que existen muchas cuestiones controvertidas entre ambos puntos de vista. ¿Habría que destacar las relaciones entre clases sociales y la lucha contra las desigualdades o bien la denuncia del crecimiento ilimitado de las fuerzas productivas? ¿Qué es más importante, las iniciativas individuales, las experiencias locales, la sencillez voluntaria, o bien el cambio del aparato productivo y la megamáquina capitalista?

Lavignotte se niega a escoger y propone asociar estas dos prácticas complementarias. El reto consiste, afirma, en combinar la lucha por el interés de clase ecológico de la mayoría, es decir, de quienes no poseen capital, con la política de minorías activas a favor de una transformación cultural radical. En otras palabras, establecer, sin ocultar los desacuerdos inevitables, un “compromiso político” de quienes han comprendido que la supervivencia de la vida en el planeta, y de la humanidad en particular, está en contradicción con el capitalismo y el productivismo y buscan por tanto la manera de salir de este sistema destructivo e inhumano.

Como ecosocialista y miembro de la Cuarta Internacional, comparto este punto de vista. La confluencia de todas las variantes de la ecología anticapitalista constituye un importante paso en el cumplimiento de la tarea urgente y necesaria de detener la dinámica suicida de la civilización actual, antes de que sea demasiado tarde…

Por Michael Lowy

30 OCTUBRE 2020 | 

Publicado enSociedad
Vista aérea de la deforestación de la Amazonia — Rickey Roger / REUTERS

A través de préstamos y garantías, las cincuenta principales entidades del planeta financiaron combustibles fósiles, deforestación de bosques o minería.

 

2,6 billones de dólares americanos. Esta es la cifra total que los cincuenta principales bancos del mundo destinaron en 2019 a sectores económicos que contribuyen a la pérdida de biodiversidad, una cantidad que supera el Productor Interior Bruto de Canadá en ese mismo año. Así lo evidencia el informe Bankrolling Extinction que alerta de cómo las entidades financieras contribuyen a la destrucción del planeta a través de prestamos y garantías.

El 32% de los préstamos bancarios está relacionado con la construcción de infraestructuras, el 25% con la minería, el 20% con la extracción de combustibles fósiles y el 10% con la producción agrícola y ganadera de carácter intensivo. Este último, pese a ser el que menos dinero recibe, es considerado el sector que mayor impacto tiene en la biodiversidad global.

Así, el 66% del total de los prestamos van dirigidos a actividades que generan directamente una pérdida de biodiversidad, como la pesca o la minería, y el 34% van destinados a compañías que destruyen el planeta de manera indirecta y crean un aumento de la demanda de materias primas (es el caso de la construcción).

Tres de los diez bancos que más contribuyen a la destrucción del planeta tienen sus sedes centrales en EEUU, Bank of America, Citigroup y JP Morgan Chase. Junto con Mizuho Financial, Mitsubishi Financial y Sumitomo Mitsui Banking Corporation BNP Paribas, HSBC y Barclays, suman el 26% de todas los prestamos nocivos para el medio ambiente.

La publicación destaca que ninguno de los 50 bancos investigados ha puesto en marcha planes de monitorización de sus actividades económicas para evaluar cómo inciden sus prestamos en la pérdida de biodiversidad. Este sería, según el informe, el primer paso para revertir la balanza y detener los procesos económicos que sean dañinos para los ecosistemas.

En ese sentido, el informe reclama a las entidades que reduzcan "radicalmente" su impacto en la naturaleza y dejen de financiar e invertir en combustibles fósiles, pesca intensiva y actividades que conlleven la deforestación de los bosques. Para ello, los Gobiernos deben "dejar de proteger" a los bancos y obligarles a reescribir una nueva normativa financiera que les responsabilice de los daños que causan sus préstamos. 

Desde el Banco Santander, principal entidad española que aparece en el informe, explican que en el último año incrementaron sus compromisos para avanzar en políticas verdes, con una financiación de 19.000 millones de euros para economía sostenible, que prevén incrementar en los próximos años. Según sus compromisos, en los próximos años descenderán de manera progresiva el número de prestamos a actividades contaminantes y se incrementará la financiación de proyectos que impulsen la denominada transición ecológica.

MADRID

30/10/2020 11:03 ACTUALIZADO: 30/10/2020 11:22

Por ALEJANDRO TENA

Publicado enMedio Ambiente
Un iceberg que flota en McMurdo Sound en la Antártida.Foto Afp

Al reducirse, se expone mayor cantidad del agua más oscura del océano que absorbe la energía, según reciente investigación

 

La pérdida de grandes masas de hielo puede contribuir al calentamiento que precisamente está causando este fenómeno y riesgos mayores.

Un nuevo estudio cuantifica esta retroalimentación, explorando escenarios a largo plazo, según publican en la revista Nature Communications.

Si el hielo marino de verano del Ártico se derritiera completamente, escenario que es probable que se haga realidad al menos temporalmente en este siglo con las actuales emisiones de gases de efecto invernadero por la quema de combustibles fósiles, podría de forma eventual agregar aproximadamente 0.2 grados Celsius al calentamiento global.

Sin embargo, no se suma a las proyecciones del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) sobre el calentamiento futuro, pues éstas ya tienen en cuenta los mecanismos pertinentes. Aun así, los científicos podrían ahora separar los efectos de la pérdida de hielo de otros y cuantificarlos.

Esos 0.2 grados Celsius son sustanciales, dado que la temperatura media global es alrededor de un grado más alto que en la época preindustrial, y los gobiernos del mundo acordaron detener el aumento muy por debajo de los 2 grados.

"Si las masas de hielo global se reducen, cambia la cantidad de luz solar que golpea la superficie de la Tierra. La disminución de la capa de hielo en el Ártico expone mayor cantidad del agua más oscura del océano, que absorbe más energía", señaló Nico Wunderling, del Instituto de Postdam para la Investigación del Impacto Climático y autor principal del estudio.

Retroalimentación de albedo

"Esto se conoce como retroalimentación de albedo. Es como usar ropa blanca o negra en verano: si se lleva oscura, te calientas más fácilmente", explicó. Otros factores son, por ejemplo, el aumento de vapor de agua en la atmósfera debido al calentamiento si se derrite más hielo. El aire más cálido puede contener más vapor de agua y el vapor de agua aumenta el efecto invernadero.

Los mecanismos básicos son bien conocidos desde hace mucho tiempo, pero los científicos pudieron calcular realmente la cantidad total de calentamiento que puede desencadenarse por la pérdida global de hielo.

"Esto no es un riesgo a corto plazo. Las masas de hielo de la Tierra son enormes, lo que las hace muy importantes para el sistema terrestre en su conjunto, pero también significa que su respuesta al cambio climático antropogénico, en especial el de las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida, se desarrolla en escalas de tiempo más largas. Sin embargo, incluso si algunas de las modificaciones pueden tardar cientos o miles de años en manifestarse, es posible que las desencadenemos en un par de décadas", sostuvo Ricarda Winkelmann, quien dirige el grupo de investigación.

Los científicos hicieron simulaciones exhaustivas por ordenador. Los efectos no siempre son sencillos; por ejemplo, si una cubierta de hielo masiva en la tierra se está reduciendo, todavía puede haber nieve, que aún refleja la luz del Sol, como lo hizo el hielo.

Por eso, si los glaciares de las montañas y el hielo de Groenlandia y de la Antártida Occidental desaparecieran, el calentamiento adicional causado de forma directa por la pérdida de hielo sería probablemente sólo de 0.2 grados más que los 0.2 debidos al derretimiento del hielo marino en el verano ártico.

"Sin embargo, cada décimo de grado de calentamiento cuenta para nuestro clima. Prevenir los bucles de retroalimentación del sistema de la Tierra, o círculos viciosos, es por tanto más urgente que nunca", destacó Winkelmann.

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