Los activistas climáticos deben evitar "la enfermedad de Davos"  Jem Bendell

Cuando el presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial (WEF) anunció el tema para Davos 2020, explicó que: “La gente se está rebelando contra las ‘élites’ económicas porque creen que les han traicionado…

Por si no te diste cuenta, el profesor Klaus Schwab no recibió bien la noticia. No estaba celebrando el levantamiento de la gente pidiendo un sistema económico diferente frente a las crisis climática y ecológica causadas por la sociedad industrial consumista. En su lugar, estaba alertando a los delegados de Davos de la amenaza al sistema que sustenta sus privilegios. Es importante entender esto, ya que enmarca cualquier respuesta potencial que el WEF y sus delegados puedan dar a los activistas climáticos que participan en la cumbre este año. Puede parecer razonable comprometer a las elites mundiales en la búsqueda de un cambio rápido, pero después de que yo mismo lo he estado intentado durante años, las pruebas que apoyan esta estrategia son escasas. Explicaré por qué, antes de abordar lo que los activistas podrían plantearse en su lugar.

Recuerdo cuando en 2013 el profesor Schwab me recibió en Davos como uno de los “jóvenes líderes mundiales”, diciéndonos que no había nada malo en ser elite. Recuerdo que pensé que depende de cuánta explotación, injusticia y degradación medioambiental nos mantiene en ese lujo y si tenemos la clase de influencia equivocada en el mundo. ¿Por qué alertaría a las elites de la reacción negativa actual? Es en parte una invitación a que intenten abordar los problemas mundiales con más intensidad. A medida que la ciencia y los efectos del cambio climático empeoran cada mes, el profesor Schwab dijo “...nuestros intentos de mantener el calentamiento global a 1,5º C se están quedando peligrosamente cortos”. Dibujó un escenario preocupante como contexto para lanzar un nuevo “Manifiesto de Davos” sobre el papel de las empresas en la sociedad. Échale un vistazo al texto y el manifiesto parece positivo al invitar a los ejecutivos de las empresas a centrarse más en los problemas globales como el cambio climático que en la maximización de beneficios. Sin embargo una lectura más profunda revela que el Foro y su estrategia hacia el desastre climático mundial no es inefectivo ni, lo que es peor, realmente antitransformador porque distrae de lo que se necesita realmente.

En el Manifiesto de Davos no se declara nada sobre cambiar el sistema que nos está llevando a una pesadilla ecológica. No hay nada en el Manifiesto sobre que las empresas no socaven la democracia o el papel del Estado para hacer las intervenciones necesarias en los mercados, para promover la justicia social, mientras reducen la desigualdad y la destrucción medioambiental. Por ello, el Manifiesto de Davos ignora la causa de los problemas a los que supuestamente está respondiendo. La sección final del manifiesto llama a que las corporaciones globales se impliquen de manera más positiva en los asuntos globales. Pero demuestra cómo sus autores no tuvieron en cuenta que creer en la representación política significa que hay un problema con que las empresas globales ejerzan más influencia global.

¿Puede cambiar algo si las elites se dan cuenta de que hace falta cambiar el sistema económico? Algunos lo pueden esperar. Podrían apuntar a cómo Davos está dando la bienvenida este año a algunos representantes de los movimientos de protesta. Los activistas primerizos pueden, por un momento, verse seducidos por la idea de que pueden salvar a la humanidad usando las palabras correctas a la hora del canapé. Sin embargo la WEF siempre ha dado la bienvenida a activistas y contrarios para ayudar a legitimar sus paneles sobre asuntos globales. Esos mismos paneles ofrecen a los jefes corporativos y a los economistas neoliberales otra plataforma más para hacer girar sus limitadas narrativas sobre cualquiera que sea la preocupación pública que acapare las noticias ese año.

Los activistas necesitan aprender de lo que no ha funcionado. Podrían hablar con activistas que durante décadas han intentado que las elites se comprometan. Cuándo fui esa vez a Davos el secretario general de Amnistía, Kumi Naidoo, me dijo que los activistas necesitan entender que el acceso no implica influencia. Los activistas también podrían mirar a los precedentes de si aquellos en el poder normalmente cambian o no cambian los sistemas que sustentan sus privilegios. En particular, los activistas climáticos necesitan aprender sobre economía y poder con la rapidez suficiente para encontrar caminos para el cambio que tienen más trayectoria que pedir a los jefes de grandes organizaciones que cambien lo que no tienen poder para cambiar. No tenemos tiempo para que los activistas climáticos cojan la “enfermedad de Davos” y piensen que pueden cambiar el mundo pidiéndoselo a las élites actuales.

Una vez dentro de los pasillos del poder, los activistas pueden escuchar lo que yo escuché a menudo en los eventos de Davos. “Oh, a los críticos les gusta quejarse, pero no tienen soluciones que ofrecer”. Esa es una mentira conveniente, mientras los delegados intentan asegurarse los unos a los otros que son personas decentes y capaces, a medida que el mundo en el que tuvieron éxito comienza a desmoronarse a su alrededor. Había muchas más soluciones políticas para los problemas mundiales de pobreza, desigualdad y conservación cuanto teníamos un clima estable. Mira cualquier manifiesto del Partido Verde de finales de los 80 y con esas políticas quizá no hubiésemos llegado ahora a esta crisis. En su lugar, organizaciones como el WEF y sus miembros apostaron por un Estado menos influyente, extendiendo los mercados y facilitando el capitalismo financiero global, con el mantra de que el crecimiento económico nos salvaría de todos los problemas. Recuerdo un evento de Davos en el que se nos dieron unas pequeñas tarjetas que nos preguntaban que reflexionásemos seriamente sobre una cosa que podríamos hacer “para contribuir al crecimiento económico”. Ahora que ha pasado el tiempo me puedo reír de esto, pero en ese momento la tarjeta me apuñaló el alma.

¿Cuáles son las soluciones ahora, a medida que el clima cambiante amenaza con desestabilizar nuestras sociedades? Es claramente más difícil después de décadas perdidas con la ideología neoliberal. Todavía necesitamos una transformación económica, pero no para detener el desastre, simplemente para ayudar a reducir los daños y comprar algo de tiempo extra para la humanidad. Expliqué en un blog de Extinction Rebellion (XR) algunas de las ideas sobre políticas para esa transformación. La clase de cambios para conseguir rápidamente unas emisiones de carbono cero son tan drásticos que tienen que venir acompañados de fuertes políticas de redistribución de riqueza si no queremos que deriven en revueltas generalizadas.

Sin embargo también necesitamos admitir que la amenaza de perturbaciones a las que ahora se enfrenta la humanidad no tiene precedentes. Se necesita un paradigma de debate político completamente nuevo, al que llamo Adaptación Profunda. ¿Podrían las elites en el poder unirse a ese proceso sin traer sus ideologías obsoletas de crecimiento, progreso, emprendimiento heroico y supremacía tecnológica? Después de haber debatido con ellos en cumbres durante las décadas pasadas lo dudo seriamente. Como escribí a los ejecutivos que expresaban su apoyo a XR, les dije que el mejor manifiesto de los lideres económicos debería comenzar con “hemos fracasado, estamos equivocados”.

Así que ¿por qué molestarse en hablar sobre Davos?

Creo que los debates en Davos ofrecen una prueba de fuego para ver qué harán las elites en el poder cuando despierten a la escala del desastre al que se enfrenta la humanidad. Los resultados iniciales sugieren que seguirán reinventando los mismos mensajes autoapaciguadores sobre cómo usar su poder con más empatía. Quizá mientras construyen un bunker en secreto, con la vana esperanza de que sus guardas de seguridad acudirán a trabajar si la sociedad comienza a desmoronarse.

Cualesquiera que sean las iniciativas verdes del WEF, nuestro creciente caos climático prueba que el modelo corporativo de dirigir el mundo ha fracasado. El único manifiesto que necesitamos de Davos es sacar el dinero de sus miembros de la política y de los medios y dejar que la gente ordinaria decida cómo responder a la crisis global que han presidido las elites actuales.

Si algún activista está leyendo esto ahora desde Davos le recomiendo que olvide cualquier esperanza de ver alguna medida significativa de los delegados actuando como una “clase” de personas que trabajan juntos para responder a tus preocupaciones. No sucumbas a esa “enfermedad de Davos”. En su lugar, busca desobedientes potenciales que podrían ayudarte a hacer lo que ya has decidido que es importante. Así que dirígete directamente a los billonarios y pídeles una donación totalmente desinteresada para tu activismo de base. Si ellos piden influenciar de alguna manera lo que estás haciendo, diles que vayan a masajear su ego con otros. Luego, después de eso, encuentra algún líder de alguna organización benéfica importante, de un sindicato o un líder espiritual que aparezca en Davos y debate sobre los pasos a seguir para una huelga general global que demande que todas las empresas coloquen la mitigación y la adaptación climática antes que el crecimiento de sus negocios y de la maximización de beneficios.

jembendell.com

Traducido por Eva Calleja

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Ilustración tomada de Yorokobu

«En eso apareció el famoso chullachaqui, el guardián de las selvas amazónicas. Me invadió el temor pero pronto caí en cuenta que tenía un rostro triste, muy triste».

Durante mucho tiempo había estado evadiendo con mil argucias la gentil invitación de don Benja de participar en una sesión de ayahuasca. Debo confesar que de un lado rechazaba la idea de incorporar a mi humanidad una sustancia extraña pero de otro lado tenía una infinita curiosidad por conocer los efectos de la ingesta de la ayahuasca, del cual habían hablado tanto los materos y los vegetalistas amazónicos en interminables conversaciones nocturnas después del trabajo forestal del día. Hasta que un día sucumbí. De esto ya hace varios años.

Esa inquietante noche, en una vetusta maloca, don Benja, junto con otros vegetalistas, empezaron la sesión. Después de la etapa preparatoria ya estábamos listos para participar en la experiencia. Pude sentir que lentamente mi cuerpo se empezaba a adormecer desde la punta de los dedos del pie y el adormecimiento subía gradualmente hasta cubrir todo el cuerpo. Aunque el cuerpo estaba adormecido no perdía la conciencia porque podía escuchar a los vegetalistas convocar a las plantas y el concierto de sapos e insectos de la selva. De pronto sentí que de ambos oídos me salían silbando unas espirales verdes fosforescentes. Luego llegó la calma. Como había escuchado que la ayahuasca te permite ver el futuro aproveché la oportunidad para preguntar a la madre de las plantas cuál era mi futuro. Fue curioso ver como una película escenas con tonalidades de blanco.

De pronto me vi en medio de la selva como si fuera una escena real con todo su esplendor, misterioso, mágico, cautivante y sobrecogedor a la vez. En eso apareció el famoso chullachaqui, el guardián de las selvas amazónicas. Me invadió el temor pero pronto caí en cuenta que tenía un rostro triste, muy triste, pudo más mi empatía y compasión y le pregunté por qué estaba acongojado. Entonces con voz gutural pero entendible empezó su relato.

Me siento muy triste porque vienen hombres a extraer los árboles sin pedir permiso y sin tener los cuidados necesarios para respetar la selva. Ellos solo ven la madera u otros productos de interés comercial pero no saben el sufrimiento de plantas y animales. He sabido que su principal motivación es convertir los bosques en dinero y no saben que con sus acciones destruyen vidas, familias, comunidades y rompen el tejido de la vida. Para ellos los bosques son cosas, no saben del pensamiento y del sentimiento de la selva. Ellos son sordos al diálogo de plantas y animales.

Entonces le dije, que no todos son así, que hay personas que sí respetan las selvas, que  hacen manejo forestal, que usan ciencia, tecnología y las leyes para no afectar las selvas. Eso no es suficiente, me dijo molesto y levantando la voz. Para ellos la selva solo es una mina que ofrece sus riquezas sin devolver lo que corresponde, no son agradecidos. No saben que plantas y animales tienen necesidades de florecimiento, de ser como quieren ser. Aves, monos, insectos y ranas me dicen por ejemplo que cuando extraen los grandes árboles se quedan sin hogar, sin comunidad y sin motivaciones para celebrar la vida… De pronto vi cómo la imagen se desvanecía y su voz se hacía cada vez más ininteligible. Lentamente recuperé mi estado consciente.

Creo que había perdido la noción del tiempo, para mi había sido un diálogo muy corto pero en realidad habían pasado dos horas. Confieso que como nunca había estado más cerca de una dimensión desconocida en la cual no caben explicaciones racionales. La voz del chullachaqui resonaba en mí lo que me dejó un impacto muy profundo. Desde ese momento supe lo importante que era ver la vida, más allá de un producto comercial, supe que no bastan las intenciones de hacer bien las cosas si es que no estamos entendiendo la filosofía de las selvas. Reconocí la importancia de pedir permiso y de ser respetuoso no solo de las leyes humanas sino del arreglo de la comunidad de vida de las selvas.

Ahora que evoco a la distancia tan magnífica experiencia de juventud, me pregunto qué estará diciendo el chullachaqui. Me pregunto qué tanto hemos avanzado en festejar la vida, con respeto, con ética, con cuidado. Creí entender que el chullachaqui no estaba prohibiendo, estaba reclamando por empatía, por compasión, por equidad, por reciprocidad. Me pregunto si alguna vez escucharemos los reclamos del chullachaqui.


Por Rodrigo Arce Rojas es Doctor en Pensamiento complejo por la Multiversidad Mundo Real Edgar Morin. Correo electrónico: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

23 enero 2020 

Publicado originalmente en Servindi

 

 

 

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Imagen del cometa Churyumov–Gerasimenko tomada de cerca por la sonda Rosetta en 2014./ESA/ROSETTA/NAVCAM

Nuevas observaciones apoyan la llegada de material espacial precursor de vida a la Tierra.

El fósforo es mucho más que aquel nombre común de la cerilla, ya pasado de moda. Es un elemento químico indispensable para la vida, una parte crucial del ADN y el ARN así como de otras estructuras básicas de la biología molecular. En el ser humano es el segundo mineral más abundante y constituye el 1% del peso corporal. Por eso no es de extrañar que los investigadores se pregunten de dónde viene y cómo llegó a la Tierra tanta cantidad de fósforo, porque en el Universo su abundancia es mucho menor que en los seres vivos. Ahora, los astrónomos han hallado una posible ruta que va de la síntesis del fósforo en estrellas masivas en tiempos antiguos a su presencia en la Tierra y sobre todo en la vida que alberga.

El trabajo se basa en un estudio a distancia a través del conjunto de telescopios ALMA en una región de formación estelar en la constelación de Auriga así como en las medidas in situ de un cometa por los instrumentos de la sonda Rosetta. Se cree que el fósforo se formó en las estrellas y luego se extendió por el Universo cuando algunas de éstas explotaron en forma de supernova.

El equipo de investigadores, liderado por Víctor Rivilla, encontró que algunas estrellas jóvenes y masivas crean cavidades en la nube interestelar en la que se encuentran y allí se forman moléculas que contienen fósforo, especialmente de monóxido de fósforo. El mecanismo de formación combinaría la radiación con pulsos de energía emanados de la joven estrella.

De allí, las moléculas pueden anclarse en gránulos de polvo helado que lleguen a formar parte de cometas. Según su hipótesis, los elementos básicos de la vida habrían llegado a la Tierra en el bombardeo del naciente planeta por cometas. Cuando Rosetta, de la Agencia Europea del Espacio (ESA) se acercó y acompañó al cometa Churyumov–Gerasimenko a partir de 2014 a lo largo de su máxima aproximación al Sol, se hicieron muchas medidas y se encontraron indicios de fósforo. Ahora, el análisis en profundidad de los datos ha permitido confirmar la presencia de monóxido de fósforo en el cometa.

“La combinación de los datos de ALMA y de Rosetta ha revelado una especie de hilo químico durante todo el proceso de formación estelar, en el que el papel protagonista corresponde al monóxido de fósforo”, explica el italiano Victor Rivilla, que ha dirigido el estudio, publicado en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society. Rivilla recuerda que la vida apareció en la Tierra hace unos 4.000 millones de años, pero que todavía no comprendemos los procesos que la hicieron posible.
“El fósforo es esencial para la vida que conocemos”, señala Kathrin Altwegg, investigadora principal del instrumento Rosina de Rosetta, que hizo las medidas. “Dado que los cometas probablemente trajeron grandes cantidades de compuestos orgánicos a la Tierra, el monóxido de fósforo encontrado en el cometa puede fortalecer el vínculo entre los cometas y la vida en la Tierra”.

El cometa estudiado es de la familia de cometas de Júpiter y tiene un periodo de 6,5 años. Se cree que se acercó mucho al planeta gigante en 1959, lo que cambió su órbita. Tiene un núcleo de dos lóbulos y una dimensión máxima de 4,3 kilómetros. Rosetta mostró que bajo su superficie polvorienta hay material helado que apenas ha sufrido cambios desde que se formó antes que el Sol a partir del disco protoplanetario que dio lugar al Sistema Solar actual, lo que lo convierte en un sujeto ideal para trazar la ruta de los elementos químicos.

Para la observación con ALMA, se utilizaron 40 de sus antenas (situadas en Chile). Los espectros obtenidos mostraron la presencia de fósforo en las paredes de las cavidades citadas, en forma de óxido y de nitruro, lo que confirma que se puede sintetizar en el medio interestelar. Las estrellas no se suelen formar de una en una y el Sol probablemente no fue una excepción, explican los astrónomos del Observatorio Europeo Austral(ESO) y otras instituciones.

El cometa probablemente heredó la composición de la nebulosa en la que se formó, y en ella predomina también el óxido de fósforo, que estaría presente desde entonces dentro del cometa, y además en mayor proporción debido a su falta de reacción con otros elementos, en especial el hidrógeno. En cuanto a cómo llegó a la Tierra en cantidad suficiente para la vida, la concentración de fósforo en la corteza terrestre se estima en 930 partes por millón, aunque en gran parte no se puede utilizar en procesos biológicos porque está encerrado en minerales insolubles. Una fuente adicional serían los meteoritos y los cometas como el que estudió Rosetta de cerca.

El prototipo de la nave espacial Starship de SpaceX en Boca Chica, Texas, EE.UU., el 28 de septiembre de 2019Callaghan O'Hare / Reuters

El multimillonario está planeando enviar a Marte 1.000 naves Starship cada 26 meses con "cualquiera" que desee migrar al planeta rojo.

 

 El fundador y director general de la compañía aeroespacial SpaceX, Elon Musk, en una serie de tuits ha compartido este 17 de enero los detalles de su visión de cómo el ser humano se convertiría en una especie multiplanetaria, construyendo una ciudad de 1 millón de habitantes en Marte para el año 2050.

Estas personas llegarían al planeta rojo en las naves Starship, vehículo interplanetario reutilizable, que SpaceX está desarrollando en Texas (EE.UU.). De acuerdo con Musk, para alcanzar la meta hay que fabricar 1.000 en un plazo de 10 años: esto equivaldría a la construcción de 100 naves espaciales anualmente.

Musk planea lanzar diariamente un promedio de 3 naves a la órbita terrestre con el uso del cohete reutilizable Super Heavy.

"Se necesita llevar a la órbita megatones [1 millón de toneladas] por año para que la vida se convierta en multiplanetaria", ha aseverado el líder de SpaceX, precisando que se trata de "100 megatones anualmente".

Además, el multimillonario ha señalado que "alrededor de 100.000 personas" volarían al planeta rojo "cada sincronización orbital Tierra-Marte". Aquí Musk se refiere a la alineación de las órbitas de la Tierra y Marte, que ocurre cada 25 meses y dura 30 días.

Estas condiciones permitirían a las Starship salir de la órbita terrestre e iniciar la ruta hacia Marte con un bajo consumo de combustible. Musk ha planeado usar esta oportunidad para "cargar la flota de Marte en la órbita terrestre" y posteriormente mandar las 1.000 naves hacia el planeta rojo cada 26 meses.

Cada Starship sería capaz de transportar a la órbita una carga de más de 100 toneladas y a 100 pasajeros a la vez. Aunque el fundador de SpaceX no ha especificado esta vez qué llevarían las naves espaciales a Marte, se puede imaginar que sería agua, comida, herramientas y materiales para construcción, entre otras cosas.

Además, Musk opina que este viaje a Marte debería ser accesible para cualquiera que lo desee emprender.

"Tiene que ser para que cualquiera pueda ir si quiere, con préstamos disponibles para aquellos que carecen de recursos", ha escrito Musk. Estos préstamos se pagarían, ya que el multimillonario asegura que "habrá muchos trabajos en Marte".

 

  • El pasado 28 de septiembre, Elon Musk presentólas últimas actualizaciones del diseño y de la construcción de su sistema de transporte Starship
  • El 20 de noviembre de 2019, el primer prototipo a tamaño real de la nave espacial Starship explotódurante una prueba de hermeticidad
  • Un mes después de que explotara el primer prototipo, Elon Musk presentóla cúpula gigante de esta nave espacial 

Publicado:19 ene 2020 04:11 GMT

Raúl Zibechi: El modelo extractivista como causa del contexto latinoamericano actual

Frente al golpe de Estado en Bolivia y la crisis social, económica y política que gobierna en varios países de Latinoamérica, el periodista uruguayo Raúl Zibechi, entrevistado por Enredando las mañanas, hace foco en el extractivismo como causa fundamental de grandes conflictos actuales.

 “Lo que es común a gobiernos conservadores y progresistas es que ambos son neoliberales. Es un modelo económico basado en el despojo de los territorios, en la transformación de la naturaleza en mercancías, para lo cual es necesario desplazar poblaciones, contaminar y llevar a cabo un modelo extractivo de acumulación por despojo (soja, minería a cielo abierto, grandes obras de infraestructura, especulación inmobiliaria urbana). Ese modelo unos lo administran de un modo y otros de otro, pero el modelo es el mismo. Ahora en Argentina por ejemplo, el tema de la soja y el glifosato no entran en discusión con el cambio de gobierno”.

Zibechi afirma que, independientemente de los gobiernos, lo que está estallando en países como Bolivia, Nicaragua, Brasil y Chile es la crisis que genera el modelo extractivista, que genera un fuerte enriquecimiento del 1%, polarización social, una situación de exclusión y empobrecimiento de las mayorías. El resultado: menos posibilidad de gobernabilidad, ya que las condiciones que impone el modelo son insostenibles, muy duras y excluyentes. Como ejemplo pone lo que pasa en Uruguay: “la mitad de los asalariados tiene un ingreso menor a dos salarios mínimos. No alcanza para vivir”

En cuanto al contexto actual boliviano, el periodista remonta sus causas también a hechos referidos al modelo extractivista, partiendo de una crisis del MAS que comienza en el año 2011 cuando se intentó hacer la carretera que pasaba por reservas naturales del país, el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (Tipnis) territorio indígena. Esta carretera estaba financiada por Brasil para la importación de commodities. “Eso es el modelo extractivo. Ahí comienza la crisis. Ahí se produce un enorme movimiento popular de base indígena para detener la carretera. Y a partir de ahí, los dos grandes movimientos  que habían estado involucrados en esa marcha son perseguidos por el gobierno del MAS”. Eso lo suma a algunos desaciertos posteriores del gobierno de Evo Morales, como el haber desoído el referendo de 2016 que proponía su reelección, habiendo modificado órganos del contralor para poder presentarse.

En 2013 Raúl Zibechi había hablado del fin del ciclo progresista, teniendo en cuenta que lo que viniera luego no iba a tener gobernabilidad: “Se evaporó la gobernabilidad porque las bases materiales de la gobernabilidad, que fue lo que Maristella Svampa llamó el consenso de las commodities, se terminó porque las guerras comerciales en el mundo después de las crisis de 2008 son muy agudas, particularmente entre China y Estados Unidos, y porque en la región latinoamericana, la fuerza que han adquirido los movimientos populares hacen que no sean aplicables paquetes de ajuste por parte de ningún gobierno”.

De este modo, el periodista y pensador uruguayo explicó para Enredando las Mañanas cómo la profundización del modelo extractivo está en el trasfondo de la crisis del MAS en Bolivia, y de otros conflictos latinoamericanos actuales.

28 diciembre 2019 

Publicado originalmente en RNMA

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Domingo, 29 Diciembre 2019 05:52

Planeta saturado

Planeta saturado

Según el doctor en demografía José Eustáquio Diniz Alves, de la Escuela Nacional de Ciencias Estadísticas (Instituto Humanitas Unisinos, 31 de octubre de 2019; Ecodebate, 30 de octubre de 2019), la humanidad ya ha agotado la biocapacidad de la Tierra. En 1961, el mundo tenía un superávit ambiental de 2 mil 600 millones de hectáreas globales (gha). Debido al crecimiento demoeconómico, el superávit se transformó en déficit a partir de la década de 1970. En 2016, la huella ecológica total de 20 mil 600 millones de gha ha superado la biocapacidad total de 12 mil 200 millones de gha. Por tanto, el déficit ecológico es de 8 mil 400 millones de gha. La Tierra tiene una sobrecarga del 70%.

Es erróneo creer que la devastación ambiental solo es resultado del consumo de las naciones ricas. La sustentabilidad ecológica depende también de la cuestión demográfica, agravada, sobre todo, por las naciones más pobres. Según el Global Footprint Network, en 2016 la población de altos ingresos era de mil 130 millones de habitantes, con una huella ecológica per cápita de 6 gha (la huella ecológica de los Estados Unidos es de cerca de 8 gha). Es un índice elevado, aunque menor a los 8 mil 400 millones al déficit global existente ese año.

Alves señala que aunque se eliminara todo el consumo de los ricos, el resto de la población mundial (sin los ricos) seguiría teniendo un déficit ambiental de cerca de mil 600 millones de gha. O sea, si las personas de altos ingresos del mundo fueran “eliminadas mediante un pase de magia”, aun así el resto de la población mundial tendría una huella ecológica total de 13 mil 800 millones de gha, para una biocapacidad global de 12 mil 200 millones de gah. Sin los ricos, el planeta continuaría teniendo un déficit ambiental del 13% (un gasto correspondiente a 1,3 planetas).

El autor nos propone que nos imaginemos un mundo con el mismo nivel de consumo. Y que, gracias a los avances tecnológicos y un estilo de vida frugal, el impacto fuera mucho menor; por ejemplo, una huella ecológica de solo 2 gha por habitante (inferior a la huella ecológica de 2,75 gha del mundo en 2016).

Considerando que la biocapacidad total de la Tierra es de 12 mil 200 millones de gha, ¿existiría sustentabilidad ambiental en ese escenario de una huella ecológica media de solo 2 gha? Sí, habría un superávit ambiental si la población fuera inferior a los 6 mil 100 millones de habitantes. Pero una población de casi 8 mil millones como la que se avizora, viviría con un déficit ambiental. Aunque la huella ecológica per cápita mundial fuera de 1,75 gha (como la de Papúa Nueva Guinea en 2016), solo se produciría un superávit ambiental con una población inferior a los 7 mil millones de habitantes.

Por tanto, la solución consiste en reducir el número de emprendimientos con fines de lucro para posibilitar la restauración de la vida natural. Y superar una dualidad: ¿reducir el consumo o el crecimiento de la población? Es necesario reducirlos ambos, aunque sin adoptar políticas que den por resultado el exterminio de los pobres.

Según Thodore P. Lianos (2018), el punto de equilibrio ambiental estaría en una población global de cerca de 3 mil millones de habitantes. H. Daly (“Ecologies of Scale”, New Left Review 109, 2018) sugiere que la población debería mantenerse estable en un nivel compatible con el equilibrio ecológico, o sea, 3 mil millones de habitantes. Eso sería posible si se estimulara a cada familia a tener menos de dos hijos. Lo que se obtendría elevando el nivel de educación de la población en general.

Desde el punto de vista climático, el mundo tiene de plazo hasta el año 2030 para reducir a la mitad las emisiones de CO2, y hasta 2050 para eliminar las emisiones líquidas, porque el “presupuesto de carbono” se agotará.

El decrecimiento poblacional es necesario para evitar el colapso ambiental y aminorar los daños de una grave crisis ecológica. Pero no es suficiente. Es necesario también reducir el consumo y cambiar el estilo de vida.

En resumen, no basta con culpabilizar a los ricos y victimizar a los pobres. El esfuerzo encaminado a evitar el colapso ambiental tendrá que ser de todos, aunque haya responsabilidades diferenciadas.

Por Frei Betto; autor, entre otros libros, de A obra do artista – uma visão holística do Universo (José Olympio).

29 diciembre 2019 |

www.freibetto.org/> twitter:@freibetto.

Traducción de Esther Perez

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Sábado, 21 Diciembre 2019 06:32

COP25: si no hubiera sido un fracaso

COP25: si no hubiera sido un fracaso

La COP 25 sobre cambio climático, que se acaba de realizar en Madrid, España, fue toda una metáfora de la actitud de gobiernos y empresas frente a la devastación ambiental y social que provocan: nada detendrá sus negocios, ni aunque estén aserrando la rama del árbol donde están sentados. Pese a la abundancia de evidencia sobre el desastre climático y a las multitudinarias protestas por todo el mundo, la vigesimoquinta conferencia del Convenio de Cambio Climático de Naciones Unidas (COP25) mostró al mundo nulos resultados para parar el cambio climático. Eso es gravísimo, pero podría haber sido aún peor.

Podrían además haberse puesto de acuerdo –bajo la presidencia de un gobierno brutalmente represor y criminal como el de Chile– en cómo establecer un nuevo mecanismo global de mercados de carbono, que empeorará todo aún más. Podrían haber creado nuevas formas para seguir vendiendo aire con grandes lucros para las empresas contaminantes que han causado la catástrofe y para convertir cada pedacito de la naturaleza en una nueva mercancía, e incluir por ejemplo océanos y suelos agrícolas, algo que aún no han logrado meter en esos mercados. Podrían haber también sentado las bases para que en lugar de acciones reales para detener el cambio climático se legitimen y legalicen técnicas de geoingeniería para remover el carbono de la atmósfera o para bloquear la luz del sol abriendo un negocio adicional de alto riesgo. Todo estaba en la mesa de negociaciones de este convenio y se fue a la COP26, que será en noviembre de 2020 en Glasgow, Escocia. El gobierno de Reino Unido ya anunció que conducirá con mano firme los acuerdos para crear estos nuevos mercados de carbono.

Según 150 organizaciones de las redes globales de justicia climática, desde antes de la COP25 estaba claro que los grandes contaminadores, incluidas las industrias de combustibles fósiles, agricultura, plantaciones y mercados de carbono, planean condenar al mundo a un calentamiento catastrófico en los próximos años (https://demandclimatejustice.org/). Un informe de la Global Gas and Oil Network, de diciembre de 2019, analiza los planes de expansión de la industria de combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón) y muestra que para 2030 sus planes nos llevarían al menos a 50 por ciento por encima del objetivo del Acuerdo de París de no sobrepasar el aumento de 2˚C y a 120 por ciento más de lo compatible con el compromiso global de limitar el calentamiento a 1.5˚C. La mayoría de esta expansión provendría de Estados Unidos y Canadá (https://tinyurl.com/sbj5oq5).

Esta industria tiene una infraestructura instalada de más de 55 millones de dólares estadunidenses y reservas por un mínimo de la mitad de esa suma. Es la industria que recibe más subsidios públicos: según un cálculo del FMI en 2015, recibía anualmente 10 mil dólares por minuto. Es claro que esta industria no va a permitir ningún cambio en sus negocios que no sea para aumentar sus ganancias. Por ello inventaron los llamados mercados de carbono, para que los grandes contaminadores puedan pagar a otros que supuestamente no generan emisiones de gases de efecto invernadero. Esto generó, a su vez, un exitoso mercado secundario de bonos y créditos de carbono, con lo que los contaminadores siguieron contaminando y además lucraron con los mercados de carbono.

El convenio de cambio climático les dio la coartada legal a través de secciones del Protocolo de Kyoto y el cínicamente llamado Mecanismo de Desarrollo Limpio. El Protocolo de Kyoto se cierra en 2020, luego de haber fracasado estrepitosamente, ya que el calentamiento global ha empeorado notablemente. El Acuerdo de París (AP), firmado en 2015, acordó trabajar para mantener la temperatura muy por debajo de 2˚C. Sin embargo, no exige reducciones reales, sino un equilibrio entre emisiones y sumideros, abriendo así a una nueva contabilidad en lugar de cambios reales. En su artículo sexto, el AP prevé que pueden haber transferencias internacionales de emisiones (un país que emite mucho negocia con otro que no emite o supuestamente puede absorber carbono), colocando así las bases para una nueva plataforma de transacciones de mercado. La forma de estas transacciones es lo que estaba en el núcleo de las negociaciones que no se concretaron en Madrid.

En locales aledaños a las salas de negociación las trasnacionales organizaron numerosos eventos para prefigurar y apropiarse de este incipiente mercado. Por ejemplo, Chevron, BP, Shell, BHP Billiton y varias forestales inauguraron la Alianza para los mercados de soluciones climáticas naturales. Bayer-Monsanto presentó planes para que los suelos puedan entrar a los mercados de carbono como soluciones basadas en la naturaleza. Otros presentaron iniciativas de geoingeniería, pese a que están bajo moratoria o prohibidas por otros convenios de la ONU.

Dentro y fuera de las negociaciones, tanto en Madrid como en Santiago de Chile, hubo continuas protestas populares contra estos atropellos. Centenares de organizaciones sociales, indígenas, campesinas, sindicales y ambientalistas se manifestaron contra los mercados de carbono, contra los nuevos asaltos a la naturaleza y la geoingeniería. Además del cuestionamiento al sistema que causa el cambio climático, es en esos pueblos y organizaciones que están las verdaderas soluciones. En Chile, Madrid o Glasgow no está en su agenda rendirse.

Por Silvia Ribeiro *

* Investigadora del Grupo ETC

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La crisis climática y los movimientos antisistémicos

"Fracaso" es el vocablo más utilizado a la hora de evaluar la 25 Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP-25), realizada del 2 al 13 de diciembre en Madrid. Luego de un cuarto de siglo y de otras tantas conferencias, el cambio climático sigue avanzando y se transforma en caos climático para los sectores populares del Sur global, los más afectados por catástrofes evitables.

En esta conferencia, los países emergentes como China, India y Brasil se mostraron contrarios a elevar las restricciones necesarias para revertir daños. Estados Unidos y Australia también jugaron un papel en el fracaso de la conferencia. En todo caso, las presiones de las multinacionales petroleras y de la geoingeniería, aliadas con los gobiernos, tienen motivos de sobra para evitar cualquier acción contundente.

En todo este proceso y durante la conferencia en Madrid, se han multiplicado las manifestaciones populares con el objetivo de presionar a las autoridades para que se involucren seriamente en el asunto.

Creo que tanto las personas activas vinculadas a ONG como las militantes ambientalistas, se equivocan tanto en sus prioridades como en los métodos de acción que están empleando. Intentaré explicarlo.

En primer lugar, difundir la idea de que los gobiernos pueden hacer algo respecto al cambio climático y que las Naciones Unidas son un ámbito para vehiculizar políticas positivas, me parece erróneo porque propagamos la confusión sobre las supuestas bondades del sistema. Todo el entramado de convenios como el Protocolo de Kioto y los Acuerdos de París, no han conseguido nada.

Que a estas alturas tengamos confianza en las Naciones Unidas, es tanto como creer en los Estados para la solución de nuestros problemas. Entiendo que las ONG acudan a cada convocatoria, porque tienen intereses comunes con el sistema internacional e interestatal. Pero me parece desacertado que las y los militantes de abajo lo hagan, porque induce a confusión y desvía la atención sobre los problemas centrales, que no son otros que el capitalismo.

La clave del cambio climático hay que buscarla en la brutal concentración de poder en el uno por ciento más rico. Hasta que no sean desplazados o derrotados, no habrá la menor chance de cambiar nada en este mundo, en particular para los sectores populares. Prueba de ello es que luego de 25 conferencias, con gastos gigantescos en traslados, hoteles e infraestructura, el poder del uno por ciento se ha incrementado y el cambio climático sigue su camino depredador.

En segundo lugar, las manifestaciones no tienen mucha utilidad. Tal vez sirven para calmar la ansiedad y el sentimiento de culpa de las clases medias globales. Llevamos casi dos siglos haciendo manifestaciones, algunas gigantescas, con millones en las calles. Los resultados son siempre los mismos: luego de la euforia, la gente vuelve a su rutina y nada cambia.

Lo que nos hace falta, es organizarnos en cada territorio, en cada barrio y en cada colonia, para autogobernarnos y no depender de los gobiernos sino de las decisiones de nuestras comunidades. Cuanto más organizado está un pueblo, menos manifestaciones realiza. Así nos enseñan los mapuche, los mayas y tantos otros pueblos que construyen sus autogobiernos.

La manifestaciones están siendo performances mediáticas de individualidades urbanas que no encuentran (no encontramos) otros modos. No condeno las manifestaciones, en las que participo a falta de algo mejor. Pero debemos aceptar que son útiles cuando desembocan en alzamientos como los que suceden estos meses.

La tercera cuestión, tal vez la más importante, es que sólo vemos una parte de la responsabilidad del cambio climático. En efecto, las multinacionales y sus gobiernos son grandes responsables, tanto las de los países del Norte como las de los países emergentes. Pero no queremos ver que la cultura consumista que practicamos es una de las grandes responsables del caos climático y del colapso al que nos dirigimos.

Si no transformamos la cultura hegemónica, no sólo la de las clases dominantes sino también la de los sectores populares, no avanzaremos un solo paso en el combate al caos climático. Esa cultura gira en torno al consumismo. ¿Quién les dice a los hindúes, por ejemplo, que no compren más coches, cuando poseen cuarenta veces menos vehículos por habitante que los estadunidenses? Para reducir el consumo, sería necesaria una dictadura feroz.

En vez de acudir como manso relleno a esas conferencias, creo que debemos dedicar nuestros esfuerzos a la construcción de arcas comunitarias para afrontar la tormenta que ya se cierne sobre nuestros pueblos. Días atrás compartí un encuentro con la universidad trashumante en Córdoba, Argentina. Todas las familias de los barrios populares sufrieron asesinatos o violaciones. La tormenta sistémica ya está entre nosotros, pero no afecta a las clases medias (por ahora) sino a los pueblos originarios, negros y pobres.

¿Seguiremos haciendo foco en encuentros por arriba?

Publicado enMedio Ambiente
Miércoles, 18 Diciembre 2019 07:02

Cambio climático: sainete y gran fiasco en Madrid

Cambio climático: sainete y gran fiasco en Madrid

El Acuerdo de París sobre cambio climático fue presentado al mundo en 2015 como un gran logro al finalizar la vigesimoprimera Conferencia de las Partes (COP21) de la Convención sobre Cambio Climático. Se dijo que por vez primera todos los países del mundo se habían unido en un esfuerzo común por mantener el cambio climático por debajo de los dos grados centígrados respecto de la era preindustrial. Además, se acordó realizar esfuerzos por limitar a 1.5 grados dicho cambio climático. Para lograr lo anterior todos y cada uno de los países miembros definirían de manera voluntaria e independiente sus compromisos para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).

Formalmente el Acuerdo de París (AP) entró en vigor en noviembre de 2016, al ser ratificado por el número requerido de países. Pero lo que nunca se ha dicho con toda claridad, y los medios no han sabido entender, es que ese acuerdo ya entró en vigor, pero todavía no puede aplicarse. Ya llevamos cuatro años en esta especie de limbo que convierte el AP en un tratado internacional que ya entró en vigor pero no puede aplicarse. La razón es que le falta lo que sería el equivalente a una ley reglamentaria.

Las implicaciones de lo anterior son devastadoras. En los últimos cuatro años, los 192 países miembros del Acuerdo de París han estado ocupados en negociar las reglas precisas de aplicación de ese instrumento. Leyó usted bien: tenemos cuatro años negociando el contenido del “Libro de Reglas” que define los procedimientos para uniformar los informes nacionales sobre reducción de emisiones, las reglas de cooperación financiera, la forma en que un país podrá cumplir sus metas de reducción de emisiones al ayudar a otras naciones a disminuir las suyas y las modalidades que deben regir las transacciones en los mercados de carbono y en los mecanismos de compensación de emisiones, etcétera.

Hace un año concluyó la COP24 en Katowice, Polonia, y se dijo que ya por fin habían concluido las negociaciones para definir el Libro de Reglas. Pero nuevamente el mendaz lenguaje diplomático sirvió de cortina de humo. Resulta que las reglas para la implementación de uno de los más importantes componentes del Acuerdo de París, definido en su artículo sexto, quedaron sin ser definidas y la tarea se dejó para la COP25. Y ésta tampoco pudo llegar a un acuerdo sobre ese artículo.

¿Qué dice este famoso artículo? Se trata de uno de los más importantes y contenciosos del Acuerdo de París. Es un texto breve que abre las puertas para que un país que haya rebasado sus metas o compromisos nacionales (voluntarios y definidos de manera independiente) pueda vender su excedente de emisiones a una nación que no ha podido cumplir con sus metas. Esos objetivos pueden estar relacionados con diferentes tipos de proyectos, como reducciones de emisiones, expansión de fuentes renovables o plantaciones forestales.

El artículo sexto también abre la puerta a la creación de un nuevo mercado de carbono internacional para intercambiar reducciones de emisiones en cualquier parte del mundo por los sectores públicos y privados. Al igual que el caso anterior, esas disminuciones pueden provenir de múltiples tipos de proyectos.

El principal problema es que estos mecanismos de mercado facilitan que las cosas sigan como están y no han servido para frenar las emisiones. El mercado de carbono más desarrollado es el Sistema Europeo de Comercio de Emisiones, y ese régimen ha estado en crisis desde hace años. Apenas este 2019 comenzó a repuntar el precio de la tonelada de carbono (equivalente), pero múltiples problemas de origen no han facilitado su funcionamiento.

Mantener el statu quo es muy mala opción en estos momentos. Ya sabemos que los compromisos nacionales no alcanzan para el objetivo inicial del acuerdo, y cuando se hacen cuentas se observa que colocan al mundo en la trayectoria de tres grados centígrados, lo cual tiene implicaciones de dimensiones catastróficas y constituye una amenaza existencial para la humanidad.

Antes y durante la COP 25 muchas organizaciones y algunos países habían esperado que los grandes emisores de GEI anunciarían que estaban redoblando esfuerzos para reducir dichas emisiones. Esas notificaciones nunca llegaron y es claro que Estados Unidos (que ha denunciado el AP, pero todavía tuvo derecho a participar en esta COP), Brasil, China, Australia y Arabia Saudita encabezaron el grupo de países que, francamente, no escatimaron recursos para sabotear los esfuerzos de la COP 25.

¿Cuál es el balance? Cuatro años después de cumplido el Acuerdo de París, las emisiones de GEI siguen aumentando. Tenemos ya un cuarto de siglo discutiendo y negociando un verdadero régimen regulatorio para enfrentar la amenaza del cambio climático. Este esfuerzo no ha fructificado y no parece que las cosas vayan a cambiar pronto. La COP 25 recuerda la época de los sainetes que frecuentemente hacían reír al público en los teatros madrileños, porque terminaban en un grandioso fiasco. Sólo que esta vez el fiasco se traducirá en tragedia.

Twitter: //twitter.com/@anadaloficial">@anadaloficial

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La COP 25 consigue un acuerdo mínimo para una mayor reducción de emisiones

MADRID

15/12/2019 10:44 Actualizado: 15/12/2019 11:10

ALEJANDRO TENA

Las delegaciones mundiales que participan en la Cumbre del Clima de Madrid han alcanzado un acuerdo mínimo para salvar los compromisos de París. Tras unas negociaciones alargadas y duras, las partes han conseguido llegar a un consenso medio para aumentar la ambición climática y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Aunque los diálogos se han desatascado está madrugada, la realidad es que el quorum final se distancia mucho de las peticiones planteadas por la sociedad civil y la comunidad científica, ya que se pospone a 2020 la presentación de los nuevos compromisos para la descarbonización y el descenso de la emisiones de CO2.

El documento aprobado –con el nombre "Chile-Madrid, tiempo de actuar"– salva a la COP25 del abismo en el que se adentraba, en parte, gracias a la labor de la ministra española para la Transición Ecológica, Teresa Ribera, que ha tenido que asumir responsabilidades en las negociaciones debido a la escasa capacidad de liderazgo mostrada por Chile. 

El texto recalca "la necesidad urgente de mantener el aumento de la temperatura media global a muy por debajo de 2°C por encima de los niveles preindustriales" y habla de "realizar esfuerzos para limitar el aumento de temperatura a 1,5ºC". No obstante, el acuerdo sigue sin esclarecer cómo lo harán los países, ya que se "anima" a los países a presentar sus compromisos renovados a la alza en 2020.

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