Repensar la revolución rusa más allá de íconos y efemérides

“En Rusia los maximalistas son los enemigos de los holgazanes. Son el aguijón para perezosos: han destruido hasta ahora todos los intentos de contener el torrente revolucionario, han impedido la formación de pantanos y de ciénagas que estancan. Por eso son odiados por las burguesías occidentales (...) que esperaban que al enorme esfuerzo de pensamiento y de acción que costó el nacimiento de la nueva vida, le siguiera una crisis de pereza mental, un repliegue de la actividad dinámica de los revolucionarios que fuera el principio de un definitivo ajuste del nuevo estado de cosas”. Antonio Gramsci


“Es cierto que en cada mitin decimos a los obreros y obreras: ‘¡Cread la vida nueva! ¡Construid! ¡Ayudad al poder los soviets!’. Pero tan pronto como la masa, tan pronto como un grupo de obreros y obreras asume nuestro llamamiento e intenta llevarlo a la práctica, alguno de nuestros órganos burocráticos, que se considera afectado, golpea en los dedos a esos iniciadores demasiado fogosos”. Alexandra Kolontai

“Una revolución no es un golpe de estado, no es una insurrección, no es una de aquellas cosas que aquí llamamos revolución por uso arbitrario de esta palabra.
Una revolución no se cumple sino en muchos años”. José Carlos Mariátegui


En la historiografía hegemónica -sea ésta conservadora, liberal o de izquierda- revolución y bolchevismo resultan sinónimos que se utilizan de manera indistinta para referirse al proceso vivido en Rusia hace 100 años. En este tipo de relatos se habla, incluso, de la “revolución bolchevique” de octubre de 1917. Lo mismo acontece con respecto al imaginario predominante en gran parte de la militancia partidaria y de muchas organizaciones del campo popular. El bolchevismo fue para todas ellas, para bien o para mal, la expresión unívoca de aquel proyecto transformador acontecido hace un siglo atrás, y las figuras casi excluyentes que lo lideraron pueden contarse con los dedos de las manos: Lenin, Trotsky, Bujarín y unos pocos más.


Si bien no restamos mérito a la corriente bolchevique -que por lo demás no era homogénea ni fue igual a sí misma desde su génesis hasta su eclipsamiento-, queremos resituarla en un contexto y realidad que la excedía con creces, y que tendió a ser opacada y hasta invisibilizada de manera explícita por aquellos relatos y lecturas que hicieron, del exclusivismo bolchevique, el prisma imponderable desde el cual reconstruir e interpretar al intrincado proceso revolucionario en Rusia. Ir más allá del bolchevismo y de sus figuras icónicas, creemos, permite explorar esas otras variantes, bifurcaciones, apuestas y alternativas que tuvieron encarnadura real y apoyo popular en algunas de las principales coyunturas y encerronas del proyecto emancipatorio vivido en los primeros años de la revolución.


Sin desmerecer las fechas que nos han legado efemérides ineludibles (atendiendo, por cierto, al calendario gregoriano, por el cual celebramos un 7 de noviembre lo acontecido el 25 de octubre), lo primero que deberíamos asumir es que, por definición, las revoluciones involucran complejos y prolongados procesos, multifacéticos y signados por diversas identidades, sujetos/as, dinámicas organizativas, repertorios de acción, realidades locales, regionales y nacionales, así como formas de opresión e insubordinación, que como tales jamás pueden ser reducidos a sucesos simplones ni a antagonismos binarios, por emblemáticos que éstos resulten. Es cierto que determinadas jornadas han fungido de síntesis o parteaguas en términos históricos, y han condensado una modificación sustancial de la relación de fuerzas entre las clases, grupos y proyectos en pugna en momentos particulares. No obstante, sería importante no acotar ni confundir un evento insurreccional clave -como el del 25 de octubre- con la revolución rusa en tanto proceso, y situar de nuevo a los personajes que se suelen absolutizar como héroes -hay que decirlo: tanto por derecha como por izquierda-, en el marco de un contexto más general, heterogéneo y colectivo, donde los y las protagonistas distan de ser individuales, y los proyectos emancipatorios, las apuestas organizativas y las estrategias de lucha exceden, con creces, a los formatos tradicionales que se encuentran arraigados en nuestro imaginario (por caso, los partidos políticos y la institucionalidad estatal).


Desde ya, no pretendemos restarles virtudes a aquellos “líderes” bolcheviques ni a sus instancias orgánicas, menos aún en la resolución de situaciones críticas como las vividas en octubre de 1917. Simplemente nos parece que resulta imperioso dotarlos de un rol un tanto más mundano y, de manera simétrica, otorgar una mayor centralidad a quienes supieron ser artífices anónimos/as y tras bambalinas de esa inédita y sumamente rica experiencia revolucionaria. Para decirlo en pocas palabras: disentimos tanto con quienes, desde un prisma liberal-conservador, leen estos acontecimientos en la clave de un “putsch” vanguardista o un golpe de estado autoritario; como con aquellos marxistas-leninistas que anclan la reconstrucción de los acontecimientos en la mera apología de los hechos consumados o en el exclusivismo bolchevique. Más allá de sus notables diferencias, ambos rascan donde no pica.


El propio Trotsky lanza al pasar, en una de las tantas reflexiones vertidas en su autobiografía, una hipótesis que nos resulta sugerente para enmarcar en esta dinámica más amplia y colectiva que proponemos, a la producción teórica de Marx y de Lenin: “Todo verdadero escritor -expresa- tiene momentos en que alguien más fuerte que él guía su mano”. En el caso de la extraordinaria coyuntura de las semanas previas a la insurrección de octubre, podemos conjeturar que lo que condiciona la escritura de Lenin en Finlandia -donde retoma el estudio riguroso de los clásicos del marxismo para abordar el problema del Estado y las tareas de la revolución- es la ascendente movilización de masas, que decide tomar las calles y forjar a diario iniciativas emancipatorias a lo largo y ancho de la convulsionada Rusia. Su centro de gravedad para teorizar es, por tanto, el estar adherido a esta inusitada realidad en curso, signada por una fase de intensificación de las luchas populares. A tal punto esto fue así que el libro quedó inconcluso como consecuencia del alegre “estorbo” del triunfo de la revolución. “En instantes como éstos -sugiere Trotsky- la conciencia teórica más elevada de la época, se fusiona con la acción directa de las capas más profundas, de las masas oprimidas más alejadas de toda teoría”. Podríamos complementar esta interpretación con las palabras del historiador Edward Thompson, quien nos advierte que “a medida que algunos de los principales actores de la historia se alejan de nuestra mirada -los políticos, los pensadores, los empresarios, los generales-, un inmenso reparto de actores secundarios, que habíamos tomado por meros figurantes en el proceso, ocupa el primer plano de la escena”.


No está de más recordar que La guerra civil en Francia, un texto que resultó fuente de inspiración libertaria y anti-estatal para aquel Lenin emigrado, fue en rigor un documento político redactado por Marx a pedido del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores (de hecho, sus integrantes fueron quienes firmaron como “autores” colectivos la primera edición de este material), con el propósito de brindar una lectura desde el punto de vista de la clase trabajadora, acerca de los sucesos ocurridos en París durante la instauración de la Comuna entre marzo y mayo de 1871, a tal punto que las diversas ediciones en inglés y en otras lenguas -por lo general como folleto- fueron vendidas entre los obreros a precios reducidos y se agotaron rápidamente. Asimismo, es interesante destacar que el interrogante teórico-práctico que obsesionó a Marx durante casi dos décadas (¿con qué sustituir al Estado burgués tras la conquista y destrucción del poder político a través de una revolución?), no pudo ser respondido por él en términos intelectuales o eruditos, sino que fueron las y los desposeídos parisinos que osaron “tomar el cielo por asalto”, quienes resolvieron este enigma y le enseñaron a Marx -a partir de su experiencia colectiva y sin receta alguna- la forma política “al fin descubierta” que debía asumir el autogobierno popular luego de la desarticulación del poder estatal y capitalista.


De manera análoga, podemos afirmar que la redacción -hace 100 años y en plena clandestinidad- de El Estado y la revolución por parte de Lenin, respondió no tanto a una necesidad o interrogante individual, como a una urgencia colectiva de aquellas masas que habían roto “las compuertas de la rutina social” y tenían a este militante como escriba y sistematizador de su pensamiento, en tanto clases populares con vocación auto-emancipatoria. Y tal como llega a admitir en aquellas mismas páginas de su autobiografía Trotsky, “los ‘dirigentes’ [las comillas son del original], acuciados por los propios acontecimientos, se limitaban a dar expresión a lo que respondía a las necesidades de las masas y a las exigencias de la historia”. Nuevamente, al igual que había ocurrido en París durante la experiencia de la Comuna, en Rusia fueron las propias masas quienes derribaron al régimen zarista e hicieron resurgir a los soviets como instancias de auto-organización, generando así una situación anómala de dualidad de poderes, que forzará a Lenin a profundizar en el estudio del Estado desde una perspectiva anticapitalista y de ruptura radical con el orden establecido, así como a la elaboración de una propuesta de transición al socialismo centrada en el protagonismo popular y en la progresiva superación de las relaciones de mando y obediencia.


En estos días de enorme agitación feminista, vale la pena también recordar que la revolución rusa de 1917 se inició un 8 de marzo en las barriadas obreras de Petrogrado, por iniciativa de trabajadoras que salieron a las calles a protestar en contra del zarismo y por la hambruna que padecían en sus hogares. Una huelga política de masas, liderada por mujeres y con consignas donde la centralidad estaba puesta en la dimensión reproductiva de la vida. Sí, en el mismo momento en que Lenin se encontraba exiliado en Zurich, balbuceando en cartas que ojalá sus nietos tuvieran la oportunidad de ver un proceso revolucionario en Rusia en algún futuro remoto, y Trotsky pasaba, también como emigrado, largas horas en la biblioteca de Nueva York estudiando la estructura económica de los Estados Unidos. De acuerdo a varias fuentes de la época, los representantes de los bolcheviques en territorio ruso trataron de calmar a las obreras que se preparaban para celebrar activamente el “día de la mujer” previsto para esa jornada. Sin embargo, aquellas osadas brujas hicieron caso omiso y, al igual que otras tantas figuras anónimas e imperceptibles desde el escenario público del poder, resultaron ser las verdaderas tejedoras del inicio de la revolución. Y dicen las malas lenguas que, a partir de ese 8 de marzo, se forjó en sentido estricto esta fecha emblemática de movilización popular, por parte de las mujeres, a escala planetaria.


Marcel Liebman, uno de los más lúcidos historiadores de la revolución rusa, supo afirmar de manera irónica que “el movimiento de febrero de 1917 representa un enigma para quienes no pueden imaginar una huelga sin dirigente, ni una revolución sin tenebrosos jefes que dirigen en la sombra a las ‘muchedumbres-juguete’”. En estos días de conmemoración de los 100 años de la revolución rusa, no está de más insistir en la necesidad de cepillar a contrapelo este intrincado proceso del que tanto tenemos, aún hoy, que aprender. Desafiar, tal como propuso desde los estudios subalternos Ranahit Guha, la univocidad de la versión dominante que jerarquiza sujetos e instrumentaliza luchas, para re-escribir aquella historia (o mejor aún: el crisol de historias) de manera tal que se escuchen y visibilicen esas otras voces bajas u opacadas, y se reintegren en el marco de una narración más variopinta y plural, donde la cronología -“vaca sagrada de la historiografía”, al decir de Guha- sea sacrificada en el altar de un tiempo más caprichoso y cíclico que lineal u homogéneo.


Por ello, además de descolonizar y despatriarcalizar los relatos y tradiciones hegemónicas en torno a la revolución rusa, y de revitalizar desde una epistemología militante “cualquier brote de iniciativa autónoma de inestimable valor para el historiador integral”, lo fundamental es no vislumbrar a Lenin ni al sin fin de grandes estrategas de la emancipación (desde el propio Marx a Gramsci y Rosa Luxemburgo, de Mariátegui y Amilcar Cabral al Che Guevara) como iluminados/as y sabelotodos/as que esclarecieron y guiaron a organizaciones y pueblos “ignorantes”, carentes de conciencia por sí mismos/as y meros/as ejecutantes de una estrategia que les era incorporada “desde afuera”. Si bien en todos los casos tuvieron un papel destacado en sus respectivos procesos revolucionarios, vale la pena recordar una de las tesis sobre Feuerbach escrita precisamente por el joven Marx, que critica aquellas lecturas unidireccionales que olvidan que “el educador a su vez debe ser educado”.


De ahí que quizás sea más equilibrado afirmar que fue la praxis colectiva y el devenir histórico-político dentro del cual se situaron con creatividad y audacia en tanto aprendices-sistematizadores/as (o educadores/as-educandos), lo que les permitió destacarse como dirigentes e intelectuales revolucionarios/as a cada uno/a de ellos/as en los proyectos donde intervinieron, por lo que resulta imprescindible resituar -comenzando por el propio Lenin- tanto sus liderazgos como los aportes teórico-prácticos que han generado, en el marco de procesos y sujetos de carácter colectivo, así como en función de una constelación de luchas e iniciativas emancipatorias, que constituyeron las verdaderas escuelas en la que se forjaron como intelectuales orgánicos/as de los pueblos.


El estancamiento del pensamiento crítico y la dogmatización han sido un peligro constante en los diferentes proyectos revolucionarios encarados por las fuerzas de izquierda, y hoy cobra nuevos bríos como tendencia en la actual coyuntura que vivimos. Acudir a autores/as, corrientes, matrices de análisis e itinerarios de trastocamiento del orden social y político, que en algún contexto u época diferente quizás prosperaron o resultaron viables para caracterizar y transformar otra realidad, resulta un ejercicio militante imprescindible, siempre y cuando no nos ahorre el ejercicio de pensar y actuar con cabeza propia, a partir del estudio riguroso y situado de nuestros territorios y desde el tiempo histórico que pretendemos revolucionar.


Como es sabido, la historia no se repite salvo como tragedia o como farsa. Por ello, frente al seductor recetario de manuales y esquemas abstractos en estos momentos sombríos donde prima el desconcierto y el desarme teórico, el planteo de Mariátegui de no calcar ni copiar constituye un faro estratégico, desde ya sin que esta consigna implique partir de cero, pero sí cepillando a contrapelo y asumiendo la necesaria revitalización crítica de los aportes que podamos recuperar de la revolución rusa. Entre ellos, quizás uno de los más actuales sea su apuesta por quebrantar los límites de lo posible a través de un radical proceso de desnaturalización de las relaciones sociales y las formas de concebir la realidad, que permitió no sólo la demolición del orden dominante desde sus cimientos mismos, sino también la edificación de novedosos organismos de autogobierno popular y proyectos emancipatorios asentados en la auto-activación de las masas, y que apuntaron a una profunda transformación, en el aquí y ahora, de todas las dimensiones de la vida cotidiana.


Desde esta perspectiva, la revolución resultó ser, más que un mero evento político dinamizado por un reducido número de núcleos “conscientes”, un trastocamiento integral de todo lo existente; algo así como un arcoíris o remolino de revoluciones, gestado desde abajo y a partir de la creciente articulación de un poder popular territorial enhebrado desde ya por los soviet, pero también por comunidades, movimientos, cooperativas, redes, asociaciones, consejos, comités, escuelas, grupos artísticos, círculos, comunas, células, sindicatos, colectivos, frentes, partidos, clubes, brigadas, destacamentos y demás plataformas, forjadas todas ellas al calor de un sinfín de identidades y luchas subalternas. Entre esta maraña de espacios de auto-organización, podemos mencionar a modo de ejemplo una de las experiencias más interesantes y menos conocidas: el Proletkult (abreviatura de Cultura Proletaria). Nacido semanas antes de la insurrección de octubre para aportar a la creación de una nueva cultura, este heterogéneo movimiento supo concebir a la educación y al arte como potentes fuerzas sociales para gestar y expandir “elementos de socialismo en el presente”, y llegó a contar al poco tiempo con cerca de 1400 secciones locales, decenas de miles de activistas desperdigados en las principales ciudades, y alrededor de medio millón de adherentes en todo el país, casi la mitad cantidad que ostentaba en ese entonces el Partido Comunista.


Ludovico Silva, uno de los intelectuales venezolanos más potentes para formarnos de manera des-manualizada, solía decir que “si los loros fueran marxistas, serían marxistas ortodoxos”. Por cierto, es sobre la base del análisis concreto de nuestra realidad específica -en la que finalmente actuamos e intervenimos a diario- que podemos traducir y (re)elaborar conceptos, rumbos de acción e ideas, así como construir una estrategia revolucionaria acorde a los desafíos que nos depara nuestro presente. No se trata, en suma, de “aplicar” esquemas o categorías prefabricadas, ni de concebir al marxismo como un sistema acabado o un conjunto de verdades irrefutables, sino de recrear sus presupuestos y basamentos, a partir de su confrontación con la cada vez más compleja realidad en la que estamos inmersos. No para transitar un itinerario imposible de replicar, sino para ensayar nuevos proyectos emancipatorios que nos permitan conquistar, esta vez de manera definitiva, el cielo por asalto, tal como supieron hacerlo -hace un siglo atrás y sin libreto alguno- esas apasionadas multitudes en las calles de aquella inmensa escuela a cielo abierto que fue Rusia.

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El pensamiento de Zygmunt Bauman en 12 frases

En la modernidad líquida, lo que antes era duradero, religión, empleo y relaciones, pasa a ser efímero


Durante su larga vida, Zygmunt Bauman dejó grandes frases que definen su pensamiento (Pedro Madueño)


Con la muerte de Zygmunt Bauman (Poznań, Polonia,1925 – Leeds, Reino Unido, 2017), se apaga una de las voces que mejor supo definir el cambio de los tiempos y la revolución social y cultural que supuso el siglo XX. La amplia obra del sociólogo polaco estuvo marcada por el término modernidad líquida, que Bauman acuño y que fue utilizado y compartido por muchos autores posteriormente.


La sociedad líquida que conceptualizó Bauman define el actual momento histórico en el que se han desvanecido las instituciones sólidas que marcaban nuestra realidad y se ha dado paso a una realidad marcada por la precariedad, el ritmo cambiante e inestable, la celeridad de los acontecimientos y la dinámica agotadora y con tendencia al individualismo de las personas.


Durante su larga vida, Zygmunt Bauman dejó grandes frases que definen su pensamiento. Estas son algunas de las más célebres:


1- “La cultura líquida moderna ya no siente que es una cultura de aprendizaje y acumulación, como las culturas registradas en los informes de historiadores y etnógrafos. A cambio, se nos aparece como una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido.”


2- “No hay modernización (y, por tanto, tampoco forma de vida moderna) sin una masiva y constante producción de basura, entre ella los individuos basura definidos como excedentes.”


3- “Nos hallamos en una situación en la que, de modo constante, se nos incentiva y predispone a actuar de manera egocéntrica y materialista.”


4- “La cultura de la modernidad líquida ya no tiene un populacho que ilustrar y ennoblecer, sino clientes que seducir.”


5- “Todas las medidas emprendidas en nombre del «rescate de la economía» se convierten, como tocadas por una varita mágica, en medidas que sirven para enriquecer a los ricos y empobrecer a los pobres.”


6- “Además de tratarse de una economía del exceso y los desechos, el consumismo es también, y justamente por esa razón, una economía del engaño.


7- “La suya es una sociedad de clases, señora, y la suya también, señor, y ténganlo muy en cuenta, si no quieren que su amnesia termine en terapia de choque. También es una sociedad capitalista y accionada por el mercado, uno de cuyos atributos es el ir dando trompicones de una depresión/recesión a otra. Como es una sociedad de clases, reparte los costes de la recesión y los beneficios de la recuperación de forma desigual, aprovechando cualquier ocasión para dotar de mayor firmeza a su columna vertebral: la jerarquía de clases.”


8- “El amor es la supervivencia del yo a través de la alteridad del yo.”


9- “Si no existe una buena solución para un dilema, si ninguna de las actitudes sensatas y efectivas nos acercan a la solución, las personas tienden a comportarse irracionalmente, haciendo más complejo el problema y tornando su resolución menos plausible.”


10- “El único significado que acarrea el término ‘clase marginal’ es el de quedar fuera de cualquier clasificación significativa.”


11- “Cuando una cantidad cada vez más grande de información se distribuye a una velocidad cada vez más alta, la creación de secuencias narrativas, ordenadas y progresivas, se hace paulatinamente más dificultosa. La fragmentación amenaza con devenir hegemónica. Y esto tiene consecuencias en el modo en que nos relacionamos con el conocimiento, con el trabajo y con el estilo de vida en un sentido amplio.”


12- “La vida social ya se ha transformado en una vida electrónica o cibervida.”

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Viernes, 06 Enero 2017 09:10

El poder de abajo

El poder de abajo
Es inédito en América Latina que decenas de pueblos y naciones indígenas decidan dotarse de un gobierno propio. La reciente decisión del quinto Congreso Nacional Indígena (CNI) de crear un Concejo Indígena de Gobierno, luego de la consulta y aprobación por 43 pueblos, que se propone gobernar este país, tendrá hondas repercusiones en el país y el mundo.

 


Como señala el comunicado ¡Y retembló!, estamos ante decenas de procesos de transformación radical, de resistencias y rebeldías que constituyen el poder de abajo, que ahora se expresará en el Concejo de Gobierno. De manera simultánea, el organismo tendrá como vocera una mujer indígena, que será candidata independiente en las elecciones de 2018.


Es el modo que los pueblos encontraron para que la indignación, la resistencia y la rebeldía figuren en las boletas electorales de 2018. De ese modo pretenden sacudir la conciencia de la nación, para desmontar el poder de arriba y reconstituirnos, ya no sólo como pueblos, sino como país. El objetivo inmediato es parar la guerra, crear las condiciones para organizarse y superar colectivamente el miedo paralizante que provoca el genocidio de arriba.


En la parte final el comunicado destaca que quizá esta sea la última oportunidad como pueblos originarios y como sociedad mexicana de cambiar pacíficamente y radicalmente nuestras propias formas de gobierno, haciendo que la dignidad sea el epicentro de un nuevo mundo.


Hasta ahí, a grandes rasgos, la propuesta y el camino para hacerla realidad. Desde la distancia llama la atención que los debates desde el pasado mes de octubre se hayan centrado en la cuestión de la vocera indígena como candidata en las elecciones de 2018, dejando de lado un tema fundamental que, creo, es la conformación del Concejo Indígena de Gobierno. Es evidente que no se puede entender la nueva cultura política que encarnan el CNI y el EZLN con las anteojeras de la vieja cultura, centrada en discursos mediáticos y en las elecciones como forma casi única de hacer política.


Que los pueblos indígenas de México decidan crear un concejo de gobierno parece un asunto de la mayor importancia. Son pueblos y naciones que ya no serán gobernados por nadie más que por ellos mismos. Millones de hombres y mujeres establecen su autogobierno de forma coordinada, en un solo concejo, que los representa a todos y todas. Es un parteaguas para los indígenas, que tendrá repercusiones en toda la sociedad, como la tuvo el alzamiento del primero de enero de 1994.


Aquí es donde conviene hacer algunas aclaraciones ante las más disparatadas interpretaciones y, si estoy equivocado, adelanto mis disculpas. La cultura política que practican el zapatismo y el CNI consiste en promover el autogobierno de todos los sectores de la sociedad: rurales y urbanos, indígenas, campesinos, obreros, estudiantes, profesionales y todos los sectores que se quieran sumar. Nunca pretendieron gobernar a otros, no quieren suplantar a nadie. El mandar obedeciendo es una forma de gobierno para todos los oprimidos, que cada quien implementa a su modo.


El comunicado aclara que no pretenden competir con los políticos profesionales, porque no somos lo mismo. Nadie que conozca mínimamente el zapatismo, a lo largo de estos 23 años, puede imaginar que van a dedicarse a contar votos, a conseguir cargos en gobiernos municipales, estatales o federal. No se dedicarán a sumar ni a restar a las siglas electorales, porque van por otro camino.


En tiempos de guerra contra los de abajo, creo que la pregunta que se hacen el CNI y el EZLN es ¿cómo contribuir a que los más diversos sectores del país se organicen? No se trata de que ellos los organicen, esa es tarea de cada quien. Se trata de cómo apoyar, cómo crear las condiciones para que eso sea posible. La candidatura indígena va en esa dirección, no como juntavotos, sino como posibilidad de diálogo, para que otros y otras sepan cómo le hicieron.


La creación del Concejo Indígena de Gobierno es la muestra de que es posible autogobernarse; si millones de personas de pueblos y naciones pueden, ¿por qué yo no voy a poder en mi colonia, en mi barriada, donde sea? Si el levantamiento de 1994 multiplicó rebeldías, contribuyó a la creación del CNI y de múltiples organizaciones sociales, políticas y culturales, ahora puede suceder algo similar. No hay nada tan potente como el ejemplo.


Este año celebramos el centenario de la Revolución de Octubre. La obsesión de los bolcheviques y de Lenin, que puede corroborarse en el maravilloso libro de John Reed Diez días que estremecieron al mundo, es que todos se organizaran en soviets, aun los que hasta ese momento los combatían. Llamaban incluso a los cosacos, enemigos de la revolución, a crear sus soviets y enviar delegados al congreso de toda Rusia. La revolución no se hace, sino se organiza, decía Lenin. Independientemente de lo que se piense sobre el dirigente ruso, la afirmación es el núcleo de cualquier lucha revolucionaria.


El tránsito de la indignación y la rabia a la organización, sólida y persistente, es la clave de cualquier proceso de cambios profundos y radicales. Rabia sobra en estos momentos. Falta organizarla. ¿Podrá la campaña de 2018 convertirse en un salto adelante en la organización de los pueblos? Nadie puede responderlo. Pero es una oportunidad de que el poder de abajo se exprese de las más diversas formas, incluso en actos y papeletas electorales, porque la forma no es lo esencial.


Reflexionando sobre los críticos, que no son pocos, en vez de acusar al CNI y al EZLN de divisionistas, podrían reconocer su enorme flexibilidad, siendo capaces de incursionar en terrenos que hasta el momento no habían tanteado y, de hacerlo, sin bajar banderas, manteniendo en alto los principios y objetivos. Los meses y años venideros serán decisivos para delinear el futuro de las oprimidas y oprimidos del mundo. Es probable que en pocos años valoremos la formación del Concejo Indígena de Gobierno como el viraje que estábamos esperando.

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¿Cómo debe ser ese populismo de izquierdas?

 

Los estrategas y asesores del Partido Laborista británico quieren relanzar la figura de Jeremy Corbyn, y son muchos los que apuestan por una estrategia populista de izquierdas para el nuevo año. El partido busca subirse a la ola antiestablishment del Brexit y recortar su desventaja con los conservadores.


Se espera que Corbyn aparezca más frecuentemente en televisión y un nuevo equipo de asesores trabaja en la formulación de políticas insignia que enfaticen su voluntad de liderar una revuelta contra los intereses establecidos. Aquí, el análisis de políticos y especialistas.


Yanis Varoufakis

Exministro de Finanzas de Grecia. Antes de entrar en política era profesor de Economía en la Universidad de Texas.


"La cuestión no es si Corbyn puede ser populista, es si puede hacerse popular"


The Sun y William Shakespeare. Ambos son populares pero solo uno es populista. Igual que Shakespeare, Jeremy Corbyn no puede convertirse en un populista, la cuestión es si puede convertirse en popular. Que se necesita algún tipo de cambio de imagen me parece correcto, pero es pura maldad describir este cambio como un viraje hacia el populismo.


Cuando obtuve la más amplia mayoría parlamentaria en las elecciones generales griegas hace dos años, yo también fui tildado de populista. Para el establishment, cualquiera que obtenga buenos resultados electorales desafiando a sus hijos e hijas favoritos es tachado de populista. Pero esto, demasiado a menudo, absuelve a los verdaderos populistas. Un populista promete todo a todo el mundo, al mismo tiempo que abusa de las creencias irracionales y miedos del electorado.


Por el contrario, cuando me presenté para el parlamento cité a Winston Churchillal prometer “sangre, sudor y lágrimas” como el precio de nuestra liberación de la deuda que nos esclaviza y de la oligarquía griega. En términos económicos, no prometí ni un solo euro a nadie que ganase más de 700 euros al mes. El resultado de las elecciones demostró que los políticos contra el establishment pueden ganar popularidad evitando el populismo.


El reciente auge del populismo se debe al estúpido manejo por parte del establishment de una crisis que él mismo causó. Los populistas necesitan al establishment para seguir siendo relevantes y el establishment depende del miedo a los populistas para mantenerse en el poder. La oposición verdadera está entre los progresistas como Corbyn o el interminable mecanismo de retroalimentación entre establishment y populismo.


La clave para el éxito es el respeto universal a las preocupaciones de aquellos que se sienten débiles, abandonados y marginados. La gente pobre blanca no debe sentir que nos preocupamos menos por ella que por las minorías étnicas o la comunidad LGTB. Si lo hacemos, los podemos convencer de que la inmigración no es el problema y de que la xenofobia no es la solución. Pero esto requiere también un proyecto económico que rompa con la austeridad y asegure los recursos necesarios para financiar no solo a los innovadores que producirán la siguiente aplicación de éxito, sino también a los trabajadores olvidados que limpian las alcantarillas, ponen las vías de tren y lavan las sábanas sucias de nuestros hospitales.


Chantal Mouffe

Profesora de Teoría Política en la Universidad de Westminster


"Una estrategia populista de izquierdas es la única forma de renovar la política radical"


La socialdemocracia está en crisis en toda Europa. En Francia, España, Italia, Alemania y Suecia, los líderes de los partidos de centroizquierda han sufrido importantes derrotas. Han perdido el apoyo de los sectores populares, que se sienten cada vez más atraídos por los partidos populistas de derechas.


¿Podrán los partidos socialdemócratas sobrevivir a esta crisis o deberíamos llegar a la conclusión de que su deriva no tiene solución? Esto último es lo que me incliné a pensar hasta hace muy poco, pero la elección de Jeremy Corbyn como líder del Partido Laborista me ha dado la esperanza de que las cosas pueden ser diferentes en Reino Unido. El reciente anuncio de que Corbyn va a adoptar una estrategia populista de izquierdas indica que ha entendido que esta es la única forma de renovar las políticas radicales.


Estamos viviendo un “momento populista” en el cual la forma tradicional de políticas de izquierda no es la adecuada para enfrentarse al reto político actual. Los sectores populares se sienten abandonados por los partidos que supuestamente deberían defender sus intereses. En este sistema, una vez aceptado el dogma de que no existe alternativa a la globalización neoliberal, las demandas de aquellos perjudicados por sus consecuencias solo pueden ser vistas como arcaicas y obsoletas.


Negarse a reconocer el carácter democrático de estas demandas y la necesidad de abordarlas ha dado la posibilidad a los populistas de derechas de formularlas en un lenguaje xenófobo. La única forma de frenar su auge es utilizar un discurso capaz de dar una respuesta progresista a esas demandas, articulándolas con las otras demandas democráticas que existen en la sociedad. El objetivo es la creación de una “voluntad colectiva” que podría movilizar los esfuerzos colectivos hacia la igualdad y la justicia social. Esa es la naturaleza de un proyecto populista de izquierdas. Si Corbyn es capaz de mover al Partido Laborista en esa dirección, las consecuencias para toda la izquierda europea pueden ser incalculables.

 

Aditya Chakrabortty

Columnista de Economía en the Guardian


"Jugar al populismo es ridículo"


Jeremy Corbyn debe hacer algo más que jugar al populismo. En un artículo para London Review of Books, Jan-Werner Müller, una de las mayores autoridades en populismo, argumenta que, mientras todos los populistas declaman contra las élites, no todos los antielitistas son populistas. “Aquellos que trazan una vaga equivalencia entre Bernie Sanders y Donald Trump no logran reconocer que los populistas no se quedan en las críticas a Wall Street y la globalización.


En su lugar, los populistas reivindican que ellos y solo ellos hablan en nombre de lo que tienden a llamar 'el pueblo real' o 'mayoría silenciosa'... Los populistas acusan a todos sus rivales políticos de no ser legítimos... Lo llevan a lo personal”. Trump prometió encarcelar a la “corrupta Hillary” a pesar de formar un gobierno en el que los 17 miembros nombrados hasta ahora tienen más dinero que un tercio de todas las familias estadounidenses juntas. Populismo al estilo estadounidense.


Entonces, ¿qué es el populismo en manos de los nacionalistas xenófobos ingleses? Es no decir ni una palabra cuando the Daily Mail llama a los jueces independientes “enemigos del pueblo”. Es imitar a Nigel Farage y afirmar que los votantes a favor del Brexit son “la gente decente”. Es enviar autobuses para pedir a los inmigrantes que “se vayan a casa”.


Puede que los soñadores pretendan que el populismo de izquierdas sea algo radicalmente diferente, pero la historia reciente nos revela lo contrario. Apuesto a que vosotros también os acordáis de Gordon Brown sin parar de hablar de “trabajos británicos para trabajadores británicos”, de Ed Miliband promocionando las tazas antiinmigración y, sí, Miliband, un intelectual formado en Harvard y Oxford, afirmando con su acento inglés pijo que no sentía sino “respeto” hacia los conductores de furgonetas blancas (en referencia a la clase obrera británica). Lo único que probó es que nunca había visto a nadie conduciéndolas.


Estos intentos de estilo populista nunca han tratado el problema que sigue acosando al Partido Laborista. Como muchos otros partidos socialdemócratas en los noventa y a principios de los 2000, el Partido Laborista abrazó las desigualdades que caracterizan al neoliberalismo, solo para descubrir que había hecho estallar por los aires su base electoral.


Jugar al populismo es ridículo cuando la amenaza existencial a los laboristas es cómo conseguir representar a una clase trabajadora hecha añicos y a una clase media camino de la desaparición. ¿Un partido de izquierdas convencional que rompe con el centrismo estúpido de los últimos 20 años? Lo apoyo por completo. ¿Una oposición que por fin reconozca que nuestro fracasado modelo económico es un fracaso? Excelente. ¿Pero un líder laborista que juega al mismo juego táctico y retórico que Trump o Farage? ¡Por favor! Tanto Reino Unido como el Partido Laborista están en un hoyo demasiado grande para semejantes tonterías.


Maya Goodfellow

Escritora e investigadora, centra sus estudios en política británica, género y raza.


"Construir un nuevo mensaje populista que rechace el discurso contra la inmigración no será fácil"


El populismo en Reino Unido se ha convertido en sinónimo de políticas de extrema derecha y contra la inmigración. Mientras el país se dirige a trompicones hacia el Brexit, los que una vez fueron entusiastas representantes pro europeos están tirando la libertad de movimiento por la borda en una apuesta desesperada para demostrar a la gente que entienden sus “preocupaciones legítimas” sobre la inmigración. En este ambiente, parece prácticamente imposible imaginar una política que desafíe esta tendencia, pero eso es precisamente lo que los laboristas tienen que hacer.


La palabra “populista”, regularmente difundida en los análisis políticos, va mucho más allá que Nigel Farage y su xenofobia. Debería significar situarse del lado del pueblo y contra las élites. No hay razón por la que el populismo tenga que ser xenófobo, especialmente cuando son las élites (económicas, sociales y políticas), no los inmigrantes, los causantes de los problemas de este país.


Una de las razones por las que ha florecido el populismo xenófobo es porque no ha habido una contranarrativa de los laboristas. Mucho antes del Brexit, el Partido Laborista defendió políticas de asilo extremadamente rigurosas, mientras Ed Miliband prometía tomar medidas drásticas contra los inmigrantes que pedían ayudas sociales, a pesar de que el número de inmigrantes que lo hacía era minúsculo. El partido se ha estado haciendo eco de parte del mensaje populista de derechas durante demasiado tiempo.


Es una táctica que ha demostrado ser un fracaso y que legitima las políticas contra la inmigración. En su lugar, el Partido Laborista debería liderar el tratamiento de los problemas para los que se utiliza la inmigración como tapadera: miedos por un mercado laboral inseguro, un mercado inmobiliario prohibitivo y un sentido de comunidad en decadencia. Eso supone dejar de dirigir la culpa hacia los inmigrantes y elaborar una estrategia explícitamente antixenófoba, porque el sentimiento racista no puede ser solo reducido a cifras económicas.


Desarrollar un mensaje populista que rechace cualquier forma de racismo no será fácil. Pero dado el vertiginoso auge de los crímenes de odio y elevado coste económico de frenar la inmigración, cualquier otra estrategia sería profundamente irresponsable.


Traducido por Javier Biosca Azcoiti

 

 

Publicado enPolítica
Sábado, 26 Noviembre 2016 07:11

Transgénicos 2.0: hora de parar

Transgénicos 2.0: hora de parar

Cuando el Convenio sobre Diversidad Biológica de Naciones Unidas (CDB) instale su conferencia global (COP 13) del 4 al 17 de diciembre en Cancún, con delegados de 194 países, tendrá en su mesa una serie de temas de enorme relevancia, algunos muy polémicos y muchos que reclaman atención urgente. (http://tinyurl.com/zl976jn) Un punto que reúne todas esas condiciones es la biología sintética y, dentro de ella, los llamados "impulsores genéticos": nuevas formas de ingeniería genética para manipular especies silvestres, que podrían eliminar o afectar seriamente poblaciones enteras, con impactos transfronterizos e impredecibles en los ecosistemas. (http://tinyurl.com/zkz86hg)

Monsanto, DuPont y muchas otras trasnacionales agrícolas, farmacéuticas y de energía tienen gran interés e inversiones en esto. En el caso de Monsanto, los dueños de la patente de la tecnología base (CRISPR-Cas9) le hicieron firmar que no la usará para desarrollar "impulsores genéticos", por los altos riesgo que implican. (http://tinyurl.com/gnao5vq)

La biología sintética abarca una serie de nuevas biotecnologías para la construcción artificial de secuencias genéticas, la alteración del metabolismo de microorganismos para hacerlos producir sustancias como principios activos farmacéuticos o cosméticos y hasta la construcción de organismos vivos completamente sintéticos, que el CBD llama "organismos sintéticamente modificados" (OSM). Conlleva nuevos impactos ambientales, a la salud y socio-económicos, ya que la mayoría de las sustancias que se busca sustituir con biología sintética –como vainilla, azafrán, vetiver, patchouli, aceite de coco, stevia, artemisina– son producidas por comunidades campesinas e indígenas en países del Sur. La industria de la biología sintética amenaza sus pequeñas fuentes de ingreso que les permiten sobrevivir y seguir cuidando la biodiversidad de campos y bosques. La industria presenta sus sustancias, que son excretadas por microbios manipulados, alimentados en tanques con azúcares transgénicas y de trabajo semi-esclavo, como "naturales". Los consumidores no tienen idea de qué se trata, pero al etiquetar "naturales" las industrias obtienen mejor precio y de paso compiten, no con las versiones sintéticas baratas de fragancias y saborizantes, sino con las verdaderamente naturales producidas por campesinos.

El CBD alberga el Protocolo de Cartagena sobre Bioseguridad (que regula movimientos transfronterizos de transgénicos) y el Protocolo de Nagoya sobre acceso a recursos genéticos y participación en los beneficios derivados de su uso. Ambos protocolos deben revisar sus normas, porque la biología sintética plantea impactos y temas no previstos. Por ejemplo, que con biología sintética se reproduzcan secuencias de plantas u otros organismos, cuya información genética se bajó de Internet, sin pasar por ninguna autorización de acceso. Además, el Convenio en totalidad debe pronunciarse sobre los impactos socio-económicos y sobre cómo seguir considerando el tema de la biología sintética, incluyendo la papa caliente de los "impulsores genéticos", con altos riesgos e intencionalmente diseñados para tener alcances transfronterizos y globales.

Los impulsores construidos con ingeniería genética (gene drives por su nombre en inglés) son tan nuevos, que no existían cuando el CDB sostuvo su conferencia anterior en 2012. Se trata de una forma de "engañar" a las leyes de la herencia de las especies de cruzamiento sexual, sean plantas, insectos, animales o humanos. Normalmente, cada progenitor trasmite 50 por ciento de la información genética a su descendencia. Con impulsores genéticos, la meta es que el gen transgénico pase a 100 por ciento de la progenie, y que se distribuya mucho más rápido a toda la población.

La idea de "asegurar" que toda la herencia de un organismo mantenga una alteración genética existía desde antes, pero sólo con CRISPR-Cas9 se pudo hacer realidad. Se conocen pocos experimentos en laboratorio, con mosquitos, moscas y ratones, de dos equipos de investigadores de Estados Unidos. Kevin Esvelt, uno de los científicos que crearon los impulsores genéticos, ha advertido repetidamente que no se deben liberar al medio ambiente, porque su impacto intencional o accidental pueden ser catastrófico. Incluso para investigación, no existen instalaciones ni protocolos adecuados, ya que cualquier liberación accidental podría comportarse, en palabras de otro de sus inventores, como una "reacción mutagénica en cadena".

La tecnología CRISPR-Cas9 es como "un GPS con un par de tijeras". El GPS está diseñado para encontrar una secuencia genética y las tijeras (Cas9) para cortarla. Pero esas "tijeras" siguen activas en el organismo, por eso cuando se cruzan, cortan la información del otro progenitor y la sustituyen con la manipulada. Si se diseña para eliminar los genes que determinan el sexo femenino (es la intención en la mayoría de experimentos conocidos), quedarían sólo machos y la especie podría extinguirse. Esto no tiene en cuenta la complejidad dinámica de la naturaleza y las especies y puede ser que no funcionen como prevén las empresas. Pero sin duda causarán, como mínimo, graves problemas de desarreglos genéticos en poblaciones. ¿Se puede dejar una tecnología tan poderosa en manos de Monsanto y afines? ¿Quién puede tomar la decisión de eliminar –o intentar hacerlo– una especie entera? Por ejemplo, para Monsanto, el amaranto es una "plaga". El tema es tan grave que está incluso en la agenda de la Convención sobre Armas Biológicas. Ahora está en manos del CBD asumir el principio de precaución que está en su constitución y evitar que esta tecnología se pueda liberar. Más información sobre este y otros temas durante la COP 13: www.etcgroup.org

*Investigadora del Grupo ETC

“La mayoría de universidades del mundo van a desaparecer”

El experto en innovación y miembro de Singularity University, la universidad de Silicon Valley, cree que la certificación ya no es útil



Cuando David Roberts era pequeño, su padre le contó que Thomas Edison había hecho mucho más por la humanidad con el descubrimiento de la bombilla que cualquier político en la historia. Esa idea marcó su camino. Roberts es uno de los mayores expertos en tecnología disruptiva del mundo y también uno de los rostros más conocidos de Singularity University, la universidad de Silicon Valley creada en 2009 con el apoyo de la NASA y de Google.


Roberts considera que el negocio de las universidades tiene los días contados y que solo sobrevivirán aquellas que tengan una gran marca detrás. Singularity University ha roto con el modelo de certificación; no expide títulos ni existen los créditos. Su único objetivo es formar líderes capaces de innovar y atreverse a romper las normas para alcanzar el ambicioso reto que se ha marcado la universidad desde su creación. Sus alumnos están llamados a utilizar la tecnología para resolver los 12 grandes desafíos del planeta: alimentar a toda la población, garantizar el acceso al agua potable, la educación para todos, la energía sostenible o cuidar el Medio Ambiente, entre otros. Todo en menos de 20 años.


Roberts atiende a EL PAÍS en la Oslo Innovation Week, un encuentro organizado por el gobierno noruego estos días para detectar las nuevas tendencias en innovación que están transformando la economía.


Pregunta. En Singularity University (SU) los cursos no están acreditados. Eso quiere decir que están rompiendo con los títulos oficiales. Las universidades y los gobiernos hacen negocio con ello. ¿Creen que están dispuestos a cambiar el modelo?


Respuesta. No, no creo que estén abiertas a transformarse. Estos años estamos viendo la mayor disrupción de la historia en la educación y la mentalidad habitual ante estas transformaciones tan radicales suele ser la de pensar que lo anterior es mejor. Sucedió en el mercado estadounidense cuando llegaron los coches japoneses; eran más baratos y todos pensaban que de peor calidad, hasta que se demostró que eran mejores. Con la educación va a pasar lo mismo; las grandes universidades no quieren ofrecer sus contenidos online porque creen que la experiencia de los alumnos será peor, que no hay nada que pueda igualar el cara a cara con el profesor en el aula. Mientras ignoran la revolución que está sucediendo fuera, la experiencia de aprendizaje online irá mejorando.


Los programas académicos cerrados y la acreditación ya no tienen sentido porque en los cinco años que suele durar los grados los conocimientos se quedan obsoletos. Nosotros no ofrecemos grados ni créditos porque el contenido que enseñamos cambia cada año.


P. ¿Hay alguna plataforma de aprendizaje online que esté destacando sobre las demás?


R. Udacity. En 2011 el profesor de la Universidad de Stanford Sebastian Thrun, el mejor experto en Inteligencia Artificial de los Estados Unidos, se planteó impartir uno de sus cursos en Internet, gratis y para todo el mundo. Casi 160.000 estudiantes de más de 190 países se apuntaron y el porcentaje de alumnos que obtuvo una A (un sobresaliente) fue superior al de las clases presenciales. Thrun dejó Stanford y montó Udacity, donde ha desarrollado una metodología de enseñanza totalmente nueva. Además, ha creado un nuevo modelo de negocio: si terminas el curso a tiempo te devuelven tu dinero y si no consigues un trabajo tres meses después, también. ¿Te imaginas esto en una universidad tradicional? Las únicas universidades que van a sobrevivir son las que tienen una gran marca detrás, como Harvard o Stanford, o en el caso de España las mejores escuelas de negocios. Las marcas dan caché y eso significa algo para el mundo. El resto, van a desaparecer.


P. Uno de los programas que ofrece SU, el Executive Program, cuesta 14.000 dólares (unos 12.800 euros) y tiene una duración de seis días. Ese precio se aleja bastante de uno de sus retos: la educación accesible para todos.


R. La nuestra es una universidad excepcional. No se trata solo de adquirir información o aprender algo muy específico online, como sucede, por ejemplo, con Khan Academy. Nosotros vamos más allá. Ofrecemos una experiencia que cambia tu mentalidad, que transforma a la gente y cuando se marchan no vuelven a ser los mismos. A mí me sucedió. Unos años después del 11-S me puse a disposición del Gobierno y me incorporé como oficial de las fuerzas aéreas. Cuando escuché que querían crear una universidad para resolver los grandes problemas del mundo, tuve claro que participaría. Y lo hice; primero como alumno y después como vicepresidente y director del Global Solutions Program. Allí te das cuenta de que la vida es corta y de que puedes hacer cosas ordinarias o extraordinarias. Cuando estás en clase con otras personas, empiezas a darte cuenta del potencial que tienes, tu visión de ti mismo y de futuro cambia. No llegas a ese punto con el método habitual de recibir información únicamente.


Reconocido como uno de los mejores expertos en innovación disruptiva del mundo, David Roberts fue vicepresidente de Singularity University y director de su programa Global Solutions Program. Graduado en Ingeniería Informática por el Massachusetts Institute of Technology (MIT), más tarde se especializó en Inteligencia Artificial e Ingeniería Bio-Computacional y cursó un MBA en Harvard Business School. Es presidente de la compañía de drones HaloDrop, de la primera empresa de software para ordenadores quantum 1Qbit y asesor de Made-In-Space, responsable de la creación del primer objeto fabricado con una impresora 3D para la Estación Espacial.


P. ¿Cuál es hoy es principal problema de la educación?


R. La educación se ha roto. Hemos enseñado a la gente de la misma forma durante los últimos 100 años y, como hemos crecido en ese sistema, creemos que es normal, pero es una locura. Enseñamos en las escuelas lo que los colonialistas ingleses querían que aprendiese la gente: matemáticas básicas para poder hacer cálculo, literatura inglesa... Hoy no tiene sentido. Tenemos que enseñar herramientas que ayuden a las personas a tener una vida gratificante, agradable y que les llene. Algunos son afortunados de tener unos padres que les ofrecen eso, pero la mayoría no. Los programas académicos están muy controlados porque los gobiernos quieren un modelo estándar y creen que los exámenes son una buena forma de conseguirlo. Otro de los grandes dramas es la falta de personalización en las aulas. Cuando un profesor habla, para algunos alumnos irá demasiado rápido, para otros muy despacio y para cuatro a la velocidad idónea. Luego les evalúan y su curva de aprendizaje no importa, les aceleran al siguiente curso. Hoy sabemos que si nos adaptamos a los diferentes tipos de inteligencias, el 98% de los alumnos obtendrán el mejor resultado.


P. ¿Qué materias deberían ser imprescindibles?


R. La idea de aprender mucho, solo por si algún día hace falta, es absurda. Quizás deberíamos sustituir la idea de educación por la de aprendizaje y permitir que la gente aprenda en tiempo real, según sus necesidades. El verdadero propósito de la escuela debería ser crear curiosidad, gente hambrienta de aprender, ahí es donde los profesores tienen que ser buenos. Las habilidades emocionales van a jugar un papel muy importante en la nueva economía. Pongo un ejemplo. Los conductores de Uber en Estados Unidos son puntuados por los clientes de uno a cinco. Si alguno de los conductores tiene menos de 4,6 o más de tres opiniones negativas, directamente se le saca de la plataforma. Lo mismo sucede con los usuarios, si tienen menos de 4,6, ningún conductor les recogerá. ¿Quién me enseña hoy a ser honesto, íntegro y a tener compasión?


P. Se ha hablado mucho de que en menos de 50 años los robots terminarán con la mayoría de trabajos. ¿Cómo será el nuevo mercado laboral?


R. Hace 50 años éramos granjeros. Todos estaban preocupados porque las máquinas nos quietarían el trabajo, era la única manera de ganar dinero: tener una granja y vender comida. Hoy las cosas cambian 50 veces más rápido; hace 20 años nadie sabía lo que era un desarrollador web y ahora hay miles, es muy fácil y cualquiera puede hacerlo. Todo el mundo se pregunta en qué trabajo seremos mejores que los ordenadores. En ninguno. Esa no es la pregunta correcta. Hay que plantearse qué tareas no queremos que hagan, aunque lo puedan hacer mejor. No los queremos como militares, ni como alcaldes, tampoco que decidan qué presos pueden abandonar la cárcel. Eso es lo que tenemos que enseñar a la gente a decidir.


P. ¿Cómo podemos estar seguros de que habrá trabajo para todos?


R. La cuestión que me preguntas es si el dinero va a ser más o menor importante en el futuro. Yo solía pensar que la evolución de la tecnología hace que los costes bajen y que la gente pague menos por los mismos servicios. Siguiendo esa predicción, se podría pensar que vamos a trabajar menos porque no necesitaremos tanto dinero y vamos a tener más ocio. Es incorrecto. El ser humano va a seguir creando productos excepcionales, como el iPhone; todo el mundo querrá uno. Tendremos que ser capaces de crear valor para generar dinero y poder comprar esas cosas. La realidad virtual, la impresión 3D, o la salud van a ser algunos de los campos que nos van a sorprender. El mundo seguirá girando alrededor del dinero, que es la energía para hacer cosas o cambiarlas. Esos nuevos inventos te inspirarán a trabajar para poder comprar.


P. La clave del éxito, ¿está en la confianza en uno mismo? ¿Se aprende eso en SU?


R. Como alumno, yo aprendí que una sola persona puede impactar positivamente a todo el planeta. Ese don no está reservado a personas especiales, sino a gente normal, como tú y yo. La gente se convierte en lo que piensa. ¿Qué potencial tiene un bebé? La mayoría de la gente responde que es ilimitado, pero si les preguntas sobre su potencial, no responderán lo mismo. Mi misión ahora es viajar por el mundo bajo la marca de Singularity University para mostrar a los gobiernos, empresas e instituciones que el poder para innovar está ahí, solo tienen que dar el primer paso: cambiar su mentalidad.


P. ¿Cree que los universitarios deben cambiar también su mentalidad?


R. Sí. La aspiración no debe ser que una empresa te contrate. Eso significa que te van a pagar menos de lo que mereces. No tenemos que enseñar cómo conseguir un trabajo, sino cómo crearlo.

 

Oslo 24 OCT 2016 - 20:17 COT

Miércoles, 21 Septiembre 2016 06:31

La biología, casi una filosofía de vida

La biología, casi una filosofía de vida

La filosofía de la biología es un campo de estudio que emergió durante los sesenta. El investigador del Conicet e integrante del Grupo de Reflexión Rural reflexiona sobre el quehacer científico, la necesidad de fomentar el compromiso social y el imperativo de redefinir horizontes.


A menudo, se torna necesario suspender las evidencias, sacudir las bases y penetrar las superficies. ¿Con qué objetivo? Para recordar que, si bien la ciencia representa el abordaje hegemónico para concretar el formidable acto que implica “conocer”, existen otros espacios no institucionalizados en los que –también– se construyen saberes de enorme valor y calidad. Aunque el abordaje científico puede ser considerado como un camino utilísimo para interpretar la realidad social (incluso con todas sus normas, métodos y mecanismos de autovalidación), afortunadamente no es el único. Esta premisa, además de saludable, habilita la crítica interna, aquel ejercicio reflexivo que promueve las auténticas transformaciones. Porque si las sociedades se modifican, ¿cómo no se modificará la ciencia, considerada como un resultado bellísimo de la cultura? Para cumplir con esta meta, el regreso a los “grandes interrogantes” (sobre los orígenes de la vida y de la muerte, por ejemplo) es fundamental, pues genera un ejercicio emparentado con la labor filosófica.


Quién mejor que Guillermo Folguera para proponer respuestas pero además para formular preguntas a la ciencia. Es licenciado en filosofía, doctor en biología (UBA) e investigador adjunto del Conicet. Además, es docente y forma parte del Grupo de Reflexión Rural. Aquí, explica de qué manera el campo de la filosofía de la biología se plantea como una de las tantas salidas para cuestionar el modo en que se produce, circula y se accede al conocimiento en Argentina.

–Usted es biólogo y filósofo. No es algo muy usual. Cuénteme al respecto.

–Comencé con biología como carrera troncal y a la mitad del camino empecé filosofía en paralelo. Tal vez, como una manera de descomprimir aquellos enigmas para los que la biología no me otorgaba respuestas. Sin embargo, mientras estudiaba jamás pensé en realizar un aporte concreto al campo de la filosofía de la biología. Fue todo muy paulatino, mi trayectoria siempre fue un asunto vinculado más con azares que con causas.

–¿Qué tienen en común la biología y la filosofía?

–Nunca me lo habían preguntado, ya que en general se interroga por las diferencias. Las ciencias naturales y las humanidades son áreas diferentes pero tienen en común a la academia. Me refiero a las distancias que se tejen entre un profesional y el resto de la sociedad, a las formas de convalidar internamente un saber determinado a partir de papers y artículos de revistas, y todo tipo de circunstancias institucionales ya conocidas.

–¿Y más allá de la academia? Porque si se compara solo a partir de ese criterio, daría lo mismo que usted fuese filósofo, físico cuántico o veterinario.

–A priori no le encuentro semejanzas muy marcadas. Por ejemplo, una de las cosas que me llamó la atención de la biología es que puede haber mayor o menor acuerdo en determinadas teorías pero salvo en épocas de revoluciones, no se ponen en cuestión los paradigmas vigentes. Eso, en filosofía es muy distinto. La comunidad filosófica tiene vertientes que conviven y pujan por el sentido dominante. En síntesis, encuentro más diferencias que semejanzas entre ambas áreas.

–Los investigadores tienden a elevar el campo de estudio al que pertenecen como si fuese el único que existiera, a veces, en detrimento de otras áreas científicas. Pienso que contribuye a la segmentación y a la departamentalización de la ciencia. ¿Usted qué cree?

–Sí, por supuesto. Estoy de acuerdo. Por eso un campo como el de la filosofía de la biología contribuye a quebrar este esquematismo. Es un área de interés compuesta por personas que provienen de la biología y de la filosofía, y que registra aportes que no se identifican con ningún área en particular. La idea de comunicar la ciencia a partir del encuentro y de un lenguaje común que expresa objetivos compartidos y complejos.

–¿En qué momento emerge la filosofía de la biología?

–Es un campo que emergió entre las décadas del sesenta y del setenta. Si uno traza un análisis historiográfico, es posible reconocer una primera etapa vinculada a un programa reduccionista de la biología a las teorías de la química y de la física. Ese proyecto, en la década de los ochenta es criticado por intelectuales que plantean una tesis autonomista de la disciplina. En los noventa se produce una multiplicación de la filosofía de la biología, es decir, la biología reconoce su autonomía y explora nuevas áreas como la neurociencia, la biología celular, la ecología, la fisiología, etc. Por último, en la actualidad, afrontamos un proceso muy saludable en que la filosofía de la biología se pone en diálogo con problemáticas sociales y ambientales. Se realizan cruces muy importantes con la ética, la política y la economía. Ahí es cuando la ciencia se ocupa de los conflictos que experimentan las personas de carne y hueso, y se corre un poco del centro el interés por los análisis meramente teóricos.

–En este sentido, ¿qué tipo de aportes realiza la biología para mejorar la vida de las personas?

–Por ejemplo, en mi equipo de investigación se desarrolla una línea que pretende estudiar las políticas de conservación en relación a las áreas desprotegidas, así como también el modo en que se utilizan las teorías biológicas para justificar el suministro de psicofármacos en niños que presentan síndrome de falta de atención.

–¿Qué postura defendería un filósofo de la ciencia en relación a este último punto?

–La aproximación que proponemos desde nuestro grupo se relaciona con examinar si las teorías que se utilizan para legitimar dichas prácticas poseen avales científicos. Esto en relación a la consideración de los problemas éticos y políticos que conlleva. No creemos que las objeciones de la sociedad sean menores, pero tampoco queremos caer en la figura del científico como “vocero de las necesidades sociales”. En este sentido, es necesario exhibir las discusiones que se producen al seno de la propia academia.

–Si el científico no es un vocero de las necesidades sociales, ¿qué lugar debe ocupar?

–En Argentina, aún se reproduce ese discurso que coloca al científico como un individuo ajeno a la sociedad, que desarrolla una fuerte tendencia corporativa, que maneja un lenguaje críptico y que utiliza legitimantes de su propia práctica que son trascendentes a sus propios mecanismos sociales. Es decir, se suele acudir a elementos que reivindican el propio discurso científico que no son incorporados por la misma sociedad. La ciencia no responde a las necesidades y demandas sociales en muchos casos. Esto contribuye a pensar cómo el campo científico se ha tornado en una manera formidable de hacer negocios, en muchos casos, a costa de la salud y del bienestar colectivo.

–El corporativismo anula la reflexión y la crítica interna...

–Exacto, este modo de movernos no permite reconocer errores internos ni tampoco aceptar críticas externas. El punto de partida, desde aquí, no debe ser el trabajo del propio científico sino las problemáticas sociales o ambientales que ocurren a diario. Por ejemplo, al 15 por ciento de los chicos se les diagnostica falta de atención y, en general, se les suministra de modo directo drogas que disminuyen sus ansiedades. Desde nuestra aproximación, la solución médica mediante la receta de drogas nunca puede ser un punto de partida ni la primera solución. Por eso es necesario reflexionar sobre los propios problemas, observar –en este caso– si la falta de atención puede definirse como un inconveniente.

–Respecto a esta perspectiva que plantea en relación al quehacer científico, ¿qué piensa acerca de los procesos de edificación del conocimiento? Si tuviera que definir el modo en que se construyen los saberes que circulan en el espacio público, ¿qué diría?

–Cuando se plantea el interrogante sobre qué es el saber científico, se coloca el acento en muchas cuestiones que ubican a la ciencia como la única forma de acceder al mundo. Una forma de abordaje racional-empírica que respeta una lógica de hipotética objetividad. Esto desde cualquier punto de vista es cuestionable, pues, ¿de qué manera los sujetos sociales pueden desprenderse de las valoraciones sociales de su época para acceder a valores extrasociales y trascendentales? Desde aquí, los acontecimientos que se desencadenaron durante la segunda mitad del siglo XX pueden funcionar como una bisagra. Me refiero al surgimiento de un tipo de ciencia que ya no tiene los cánones de Galileo Galilei, Newton y Darwin, y que presenta un vínculo muy estrecho –cada vez más– con lo empresarial, que resignifica el propio devenir científico. Planificaciones de carácter global como el Proyecto Manhattan, la Revolución verde, la carrera espacial, el monstruoso Proyecto Genoma-Humano, cuyos logros científicos todavía no han quedado muy claros. Una ciencia asociada al mercado, motivada por los flujos de capital con carácter global y vinculada a lo tecnológico.


–Entiendo y comparto muchos de sus argumentos. En este marco, ¿cómo debería funcionar el sistema científico para superar estos inconvenientes?


–En principio, desarrollar una forma de vincular ciencia, tecnología, sociedad y ambiente que gesten como punto de partida las prácticas y las necesidades sociales. Luego, sería importante terminar con las estrategias monistas que sostienen que el saber es de un solo tipo, tanto en términos teóricos y metodológicos como experienciales. Es decir, se toma a la física como la gran disciplina y se piensa en el resto como meras emulaciones o reflejos. Se debería fortalecer la presencia de las humanidades. Sin ir más lejos, es inútil abordar los problemas ambientales sin la presencia de sociólogos o filósofos, aunque durante mucho tiempo este tipo de problemáticas solo fue abordada desde las ciencias naturales. Debemos pensar y sostener, básicamente, que no hay un modo único de hacer ciencia sino que existe, por suerte, una multiplicidad de formas.


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Sábado, 30 Julio 2016 06:38

Miedo a pensar

Miedo a pensar
Desde hace tiempo la autocensura se ha convertido en la forma de actuación por excelencia de las sociedades humanas. No importa cuáles sean sus raíces culturales. Las religiones han impuesto su sello a la hora de presentar el mundo y de castigar a sus herejes.

 

 

Las grandes civilizaciones se han visto enfocadas a un relato histórico y un patrón de análisis difícil de romper. Y no me refiero a las cuestiones de método, no es una crítica al racionalismo, el empirismo o el constructivismo. Tampoco un asunto de subjetividades o pragmatismo metodológico. Hay cierto vacío intelectual cuando se trata de aplicar el juicio crítico y la reflexión. Se prefiere la complacencia, cuando no directamente rehuir el ejercicio de pensar más allá del poder instituido. El mejor ejemplo: la educación. Las exigencias de Paulo Freire para articular una pedagogía de la libertad y una ruptura, en lo que hoy se conceptualiza como colonialidad del pensar, se aleja del horizonte mediato en pro de un conocimiento instrumental ligado con las necesidades de la economía de mercado.

 

Escuchamos que la filosofía, la historia y ahora ciertas ramas de la matemática, como el álgebra, el cálculo y la trigonometría, no aportan conocimiento real para enfrentar los problemas rutinarios de la vida contemporánea, y lo mejor sería suprimirlas de la formación de los estudiantes de secundaria. Es más, su enseñanza a los jóvenes los somete a tensiones innecesarias y sufren depresión y angustia al no resolver problemas abstractos, quedándoles una sensación de frustración que arrastran el resto de su vida. Un hándicap difícil de superar. Mejor aprender cómo funciona la bolsa de valores, montar un negocio y tener éxito como emprendedores. El resto es prescindible, cuando no irrelevante. Las reformas educativas llevan este sello. Se generalizan hasta convertirse en una verdadera plaga en todos los niveles educativos: primaria, secundaria y superior. El saber como instrumento para el mercado. Es una ruptura en la construcción del mundo que habitamos.

 

En las universidades, la libertad de pensamiento, donde se presume la fluidez en el debate crítico, se produce una clausura de la teoría en favor de un conocimiento sin mordiente e incapaz de proyectar ideas que interpreten los cambios sociales y los nuevos saberes provenientes de las ciencias de la vida y la materia, las tecnociencias y los sistemas complejos autorregulados. La universidad está siendo desarmada y desmantelada. Los criterios de evaluación son un indicativo del tipo de académico que buscan.

 

Mucho ruido y pocas nueces. El neoliberalismo aboca a la universidad a una posición peligrosa, censurando la capacidad de hacer teoría; mejor dicho, renunciando directamente a ella. Ahora prevalece la opinión personal, la lectura periodística y superficial, instalándose una especie de tabú cuyo principio es: prohibido conocer el conocimiento.

 

Hay rechazo a cualquier propuesta que cuestione la realidad y rompa la mediocridad en la cual se encuentra sumida la producción de teoría. Y entiendo por teoría la relación entre la experiencia y la capacidad de lectura de la realidad. Un mecanismo que nos permite comprender e interpretar nuestras acciones y dar sentido a nuestra vida. En otras palabras, el lenguaje como praxis de vida sobre la cual construimos nuestros mundos, sueños, esperanzas. En definitiva, nuestro horizonte histórico. Asistimos a modas intelectuales que poco tienen que ver con el trabajo riguroso sobre el cual pensar las transformaciones de la sociedad contemporánea. De allí que los autores sean producto del mercado editorial; emergen de la misma manera que desaparecen. Infinidad de títulos vacuos utilizados para rellenar huecos y cubrir expedientes, con una característica peculiar: parcos en el lenguaje y pobres en vocabulario.

 

Somos en las palabras: de su riqueza depende nuestra capacidad de transformar el mundo y construir alternativas. En la medida que nuestro vocabulario se reduce a un estándar de palabras cuyo significado muchas veces son artilugios, operativos para andar por casa, la pobreza llega a la teoría. No hay palabras, se dice; vivimos bajo mínimos. El diccionario ha perdido su importancia. Su uso es marginal. Hay incapacidad para expresar sentimientos, describir estados de ánimo, emociones y, lo más peligroso, explicar la realidad que nos circunscribe. Nuestro mundo acaba siendo un reducto para el mercado, cuyo lenguaje es limitado, pobre y excluyente.

 

La gramática de la vida, la semántica de los hechos, las metáforas, las hipérboles y las analogías han quedado convertidos en residuos de un mundo en el que el miedo a pensar se une al rechazo a la praxis teórica y la autocensura como mecanismo para justificar la ignorancia que nos rodea. El poder es consciente, promueve la ignorancia colectiva, generaliza el miedo a la crítica reflexiva, hasta hacerla irrelevante. Pensar trae consecuencias. Mejor no hacerlo. Es peligroso y subversivo.

Publicado enSociedad
Domingo, 03 Julio 2016 07:45

Por qué ha fracasado Podemos

Por qué ha fracasado Podemos

Para entender la derrota de Podemos hay que atreverse a hacer un pequeño viaje en el tiempo, al menos cinco años atrás, cuando el 15 M estaba levantando las acampadas de las plazas al grito de “Lo llaman democracia y no lo es”. En aquel entonces el movimiento rehuía la construcción de liderazgos personales, defendía una política horizontal y amateur, y tenía en el centro de sus preocupaciones incluir al mayor número de gente común. El éxito de Podemos en sus primeros tiempos, cuando se declaraba como un partido “antipartido”, se debió a que fue un calco político del 15 M, que se expandía según el mismo patrón de proliferación de asambleas locales (círculos) y de replicación en redes.


Su primera crisis seria se produjo cuando empezó a asomar como un partido más, con su dirección oligárquica y sus infinitas trifulcas por el poder interno, y cuando su estrategia de transversalidad se fue al traste por la irrupción de Ciudadanos. De aquella franja de entre el 15 y el 18 por ciento de expectativa de voto, en la que estaban encallados desde la primavera de 2015, no le salvaron sus propios aciertos sino el éxito de las candidaturas municipalistas que en algunas ciudades, y de acuerdo con formas de comunicación, implicación y organización más próximas al 15 M, volvieron a elevar el techo electoral. El recuerdo de éstas fue lo que empujó también las posibilidades de Podemos. El 20 de diciembre pasado obtuvo sus mejores resultados allí donde fue en “confluencia”.


El domingo ya no quedaba mucho de ese impulso social distribuido. Lo único que hizo la campaña electoral fue confirmar esta ausencia. La moderación, la “socialdemocracia”, el triunfalismo dejaron indiferentes a los más. Y muchos finalmente no fueron a votar. La única diferencia significativa entre la campaña del 20 D y la del 26 J ha sido de grado, en el sentido de una campaña de partido, que sólo depende del partido y que cada vez encuentra menos elementos de resonancia externa. No es un problema exclusivo de la dirección de Podemos, sino de una lógica compartida por la “nueva política” dirigida exclusivamente a recuperar la representación. De hecho, se perdieron votos en todas las autonomías. Más de 200 mil en Andalucía y otro tanto en Madrid, que juntas acumularon el 40 por ciento de ese 1,1 millones de “votos ausentes”. Pero también se perdieron en las “confluencias”, donde la dirección de campaña dependía mucho menos de “Madrid” que de los activos locales: 130 mil en Valencia, 80 mil en Cataluña y más de 60 mil en Galicia, un aviso a los navegantes de que el legado municipalista no es eterno.


Durante este último año y medio Podemos ha prometido esencialmente dos cosas: que podía ganar las elecciones y que con el gobierno en su mano daría cumplida respuesta a las exigencias de cambio. La segunda promesa es siempre dudosa y, desde luego a tenor de algunas de sus manifestaciones locales, como Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, parece por completo desmentida. La primera ha funcionado como un narcótico para infinidad de gente, que por puro interés (porque querían formar parte de la industria de la representación), por necesidad de creer o por buena fe, pensó que este era el momento de la política profesional, de delegar en un grupo inteligente y capaz de desencallar lo que la “gente” no iba a ser capaz de hacer por sí misma. El domingo esa promesa se demostró, una vez más, falsa. Sin la “gente” y sin política que vaya más allá de los expertos y de la lengua de palo de los políticos profesionales no se ganan elecciones, no al menos si lo que se pretende es empujar un proyecto de cambio real.


El terremoto puede desencadenar nuevos seísmos. Puede abrir la guerra interna del partido entre los partidarios de Pablo y los de un Errejón que, a pesar de ser responsable principal de este fracaso, considera que esta es su hora. O puede, en el mejor de los casos, promover movimientos de cambio y reflexión interna que, siempre que no encallen en soluciones mágicas (como las superficiales de un cambio de dirección y discurso), quizás sirvan como un saludable revulsivo interno. Sea como fuere, todo el que no entienda que la radicalización democrática no encaja bien en los canales de la política institucional, en los partidos oligárquicos convencionales, en la adhesión incuestionable a las figuras carismáticas, volverá a recaer en las ilusiones del 26 J.


Desgraciadamente es muy poco probable que se recuperen la frescura y la mirada que hace apenas unos años era todavía el sentido común de aquella gigantesca ola de cambio, que un día como hoy de 2011 pensaba en ampliar y multiplicar lo que ya se había conseguido en seis semanas de acampadas en las plazas.


• Sociólogo e historiador, integrante de la Fundación de los Comunes. Autor de los libros Fin de ciclo. Financiarización, territorio y sociedad de propietarios e Hipótesis democracia. Tomado de Público.es. Brecha reproduce fragmentos de esa nota.

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Domingo, 10 Abril 2016 07:15

“Antitrumpismo”

“Antitrumpismo”

He quedado tan horrorizado como cualquiera ante el estilo y el contenido de Donald Trump en su búsqueda por la presidencia de Estados Unidos. En ningún momento he estado tentado de ningún modo a brindarle mi apoyo. No es mi intención votar por él.


Pero hay algo que ocurre que debe explicarse. No se trata del trumpismo, sino del antitrumpismo. Las explicaciones para el trumpismo son virtualmente interminables. Nadie se las ha perdido. No quiero discutir aquí lo que da cuenta del trumpismo –tanto a nivel de su respaldo como por el hecho de que parezca ser un candidato de teflón. Cada vez que dice algo escandaloso y recibe críticas por ello, el resultado es que su aceptación en las encuestas crece, justo debido a las críticas.


Lo que no se discute tanto es el fenómeno al que llamaré antitrumpismo. Es por supuesto normal que haya quienes se opongan a la opción de un candidato particular. Lo que es inusual y merece una mirada más de cerca es por qué la oposición parece asumir un tono casi histérico, en el que hay la sugerencia de que la elección de Trump transformaría el mundo (o por lo menos Estados Unidos) fundamental y permanentemente.


Existe un grupo de republicanos de toda la vida que dice que la candidatura y acciones de Donald Trump ofenden tanto su sensibilidad moral que en ninguna circunstancia votaría por él. Si terminara siendo electo candidato de la convención republicana, se vería forzado a votar por otros que no fueran republicanos. Para algunos, esto significa que apoyarían en teoría una fórmula nueva que podría llamarse republicanos independientes, para otros significa la abstención (no votar por nadie), y para otros aun votar por Hillary Clinton.


Este grupo es posiblemente bastante reducido, aunque incluye a algunos prominentes republicanos conservadores, como los muchos asociados con National Review, por mucho tiempo considerada la publicación periódica que da voz a los neoconservadores. Este grupo considera la candidatura de Trump un desastre para el Partido Republicano, que puede resultar siendo un desastre de largo plazo.


Hay un grupo mucho más grande que insiste en que debe hacerse todo lo concebible para evitar que Trump reciba la nominación y considera también que una candidatura del empresario sería un desastre. Este grupo enfatiza menos la vergüenza moral de una candidatura de Trump que el impacto que tendría en la elección de un presidente republicano en 2016 y en la capacidad de los aspirantes republicanos para conseguir escaños senatoriales en una serie de elecciones muy apretadas, lo que comprometería su mayoría en el Senado.


Estas personas pueden encontrarse mayormente en la llamada corriente principal, el establishment del Partido Republicano. Como los que sienten una repugnancia moral, este grupo también piensa que una candidatura de Trump tendría un perdurable impacto negativo en el Partido Republicano, primordialmente por cambiar sus estructuras internas y su personal de posiciones clave. Este grupo está dividido entre quienes respaldan a Ted Cruz como aceptable, alternativo si bien menos que perfecto, y aquellos (un grupo menor) que respaldan a John Kasich. Cruz está, por supuesto, consistentemente más a la derecha que Trump, pero es mucho más predecible.


Entonces, ¿por qué la histeria? Yo pienso que claramente es porque Trump es en verdad un candidato que no está sometido al control del llamado establishment y que no sabe lo que realmente hará si llegara a ser presidente. Por ejemplo, al momento, existe mucho debate y preocupación acerca de la opción de un remplazo para Antonin Scalia en la Suprema Corte. ¿Quién sabe a quién seleccionaría Trump (y qué consejo, si acaso) solicitaría? Eso no sería cierto de ninguna otra persona escogida como candidato republicano.


Cuando estos críticos dicen que como candidato Trump transformaría el Partido Republicano en algo bastante diferente de lo que hemos visto hasta ahora, con toda seguridad están en lo cierto. Lo que sin embargo es bastante poco probable es que busque emprender la agenda del Partido del Té.


Consideren todas las insinuaciones que ha arrojado acerca de su real agenda. No pretende enviar tropas al terreno de ninguna parte. No pretende respaldar ninguno de los así llamados tratados de libre comercio. No pretende revocar la apertura diplomática con Cuba ni el acuerdo con Irán. Está en favor de una solución de dos estados para el caso de Israel y Palestina. No cambiará la seguridad social. No está terriblemente preocupado por asuntos como el del aborto. Su último exabrupto relacionado con castigar a quienes incurrieran en el aborto, y la presteza con la que se retractó al percatarse de la reacción negativa que evocaron sus comentarios, es una ulterior evidencia de lo poco que le importa ese asunto. Y tal vez lo más importante es que está abierto a incrementar los impuestos a los verdaderamente acaudalados. Cierren sus ojos por un momento y esto suena, sospechosamente, a Hillary Clinton.


Existe, por supuesto, una distinción real entre Trump y Clinton. La diferencia más grande es el uso incesante de una retórica antimusulmana, mientras Hillary Clinton construye su estrategia apelando no sólo a las mujeres, sino a las poblaciones no blancas.

La segunda diferencia es que Trump centra su discurso en torno al asunto de la inmigración, que apela en particular a los llamados demócratas reaganitas, que en su mayor parte son votantes viejos y blancos, sean desempleados o que tienen gran temor de convertirse en desempleados.

Hay una tercera diferencia. Siempre que algún periodista o inclusive un simpatizante lo cuestione en alguna de estas insinuaciones, trata de inmediato de cambiar de tema o de silenciar a quien lo cuestiona. O si no lo logra, hace un repaso de su agenda insinuada. Busca la nominación desesperadamente. Por tanto es muy inconsistente y muy pragmático. Pero precisamente es esto lo que preocupa al establishment. No saben en realidad lo que haría como presidente.


Entonces, el antitrumpismo tiene, de hecho, un fundamento racional. ¿Pero puede triunfar? Hasta el momento es muy poco probable que Trump fracase en conseguir la necesaria mayoría de votos para lograr la nominación republicana. ¿Qué ocurrirá en las elecciones? Falta por verse si es que, como candidato, Trump incomoda a los suficientes votantes tradicionales republicanos y entonces pierde su campaña contra el candidato demócrata y aquellos senadores republicanos en 10 estados, o que más bien atraiga más nuevos votantes a las filas republicanas como él mismo proclama.


¿Pero es la candidatura de Trump una catástrofe irrevocable para Estados Unidos o para el Partido Republicano? Esto me parece una gran exageración, sin importar lo que sienta uno acerca de Trump.


Traducción: Ramón Vera Herrera

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