“Impacto de cambio climático será similar a efectos de covid-19”

Entrevista a Paulo Artaxo Netto, miembro del Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC)

La pandemia del nuevo coronavirus y sus efectos socioeconómicos indican que el sistema económico actual, basado en la explotación de los recursos naturales para obtener más ganancias, necesita cambiarse urgentemente, advierte el físico brasileño Paulo Artaxo, profesor del Instituto de Física de la Universidad de São Paulo y miembro desde 2003 del Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático.

Para él la pandemia de covid-19 es una muestra de la sobreexplotación de la naturaleza practicada durante varias décadas, que facilita la transmisión de miles de virus que existen en los bosques. Y si bien actualmente el mundo confronta una emergencia de salud, nos encaminamos también a una emergencia climática, alerta.

En el contexto del Día Mundial del Ambiente (este viernes 5 de junio), SciDev.Net habló con Artaxo sobre el impacto de la covid-19 en el tema ambiental y los peligros de la destrucción de los ecosistemas naturales. O el sistema económico cambia en su conjunto o no hay solución para el planeta, advierte.

*

¿El vínculo entre epidemias y problemas ambientales es más evidente ahora?

Está claro que la pandemia de covi-19 no se produjo por accidente ni es un accidente en el camino. Es producto de la sobreexplotación de la naturaleza practicada durante varias décadas. Una consecuencia de este modelo productivo es el contacto muy estrecho entre nuestra sociedad y los ecosistemas naturales, lo que facilita la transmisión de los virus que existen en los bosques.

El Amazonas, por ejemplo, tiene miles de virus, quizás similares al nuevo coronavirus, presentes en la fauna y la flora. La gran mayoría aún es desconocida para los científicos. Otro efecto de la exploración desenfrenada de la naturaleza es el cambio en la composición de la atmósfera en áreas urbanas o remotas, con un aumento en la concentración de gases de efecto invernadero. Esto también está llevando a una crisis de emergencia climática que nuestra sociedad aún no ha comenzado a abordar.

¿Qué lecciones podemos aprender de esta pandemia?

Esperemos que los fuertes impactos de la covid-19 alerten a los gobiernos, las industrias y la clase dominante acerca de los peligros de exponer a la sociedad a los efectos de un sistema económico basado en la explotación de la naturaleza. El modelo socioeconómico actual puede comenzar a desmoronarse si crisis como esta se vuelven más frecuentes.

La covid-19 puede durar hasta dos años, pero la crisis climática se extenderá durante varios siglos. Y la crisis de pérdida de biodiversidad es para siempre. El impacto potencial del cambio climático es tan grande como los efectos de la pandemia y costará millones de vidas. El problema es que no vemos actuar al sistema económico, porque solo le interesa una cosa: obtener el mayor beneficio en el menor tiempo posible. Esto va en contra de los intereses de la humanidad.

Los efectos inmediatos de la crisis climática ¿serán menos notorios que los de una pandemia?

Los impactos de la crisis climática son muy notorios hoy. La temperatura promedio del planeta ya ha aumentado en un grado centigrado y no hay nada más evidente que eso.

Además, el aumento en la frecuencia de eventos climáticos extremos es muy claro.

El problema es que los empresarios solo están interesados en obtener ganancias a corto plazo. No hay emprendedor que planifique para más allá de 5 o 6 años. Las próximas generaciones sufrirán las consecuencias de estos 50 o 100 años a partir de ahora.

No tenemos un sistema de gobernanza que pueda articular los intereses a corto plazo del capital con los intereses a mediano y largo plazo de la humanidad en su conjunto.

¿Cuál es la importancia de las acciones locales destinadas a adaptar y mitigar el cambio climático? ¿Cómo articular contextos locales y globales?

El cambio climático es global. No creo que haya un problema tan local. Por supuesto, hay efectos regionales, pero no locales. Por ejemplo, la región noreste de Brasil experimentará un aumento de temperatura de 4 ºC a 5 ºC con una reducción de 30 por ciento en las precipitaciones en las próximas décadas.

Entonces, Brasil tendrá que pensar dónde ubicar a los 20 millones de brasileños que viven en esa región, porque obviamente será imposible vivir bajo esas condiciones climáticas.

Ahora, ya no existe esta dicotomía entre lo global y lo local. No importa, por ejemplo, si la ciudad de São Paulo electrifica su flota de autobuses y automóviles, pero Estados Unidos continúa aumentando las emisiones de gases de efecto invernadero.

En este caso, no importa lo que la ciudad de São Paulo pueda hacer para mitigar el cambio climático. Esto aporta otra dimensión al problema.

Pero las responsabilidades, sí son locales, ¿no?

Sí, por ejemplo el caso de Brasil en relación con la deforestación en la Amazonía. Básicamente, estamos limpiando 10.000 kilómetros cuadrados al año y emitiendo una gran cantidad, en gigatoneladas, de dióxido de carbono (CO2) a la atmósfera. Esto agrava y acelera el efecto invernadero. E incluso conociendo todos los posibles impactos, no hay forma de evitar que Brasil haga este genocidio con el planeta en su conjunto.

Lo mismo se aplica a Estados Unidos, China e India. Necesitamos urgentemente establecer un sistema global que pueda manejar estos fenómenos, porque la economía está globalizada, pero las decisiones sobre el medio ambiente siguen siendo municipales, estatales o nacionales.

Entonces, ¿de nada servirán los esfuerzos tecnológicos y de investigación si el sistema económico prevaleciente no se transforma?

Evidentemente. La pandemia detuvo el transporte urbano durante dos meses en la mayoría de ciudades del mundo. La caída en las emisiones de CO2 fue solo del 4 por ciento. ¿Qué lección podemos aprender de esto? Si electrificamos la flota de todas las ciudades importantes del mundo, la reducción de CO2 seguirá siendo muy pequeña.

Por lo tanto, es necesario promover cambios profundos en la industria, en la agricultura y en la producción de energía a gran escala. Y esto no solo se hace con programas nacionales.

En cuestión de días, el aislamiento social ayudó a reducir las tasas de contaminación en las grandes ciudades. ¿Qué se puede hacer para preservar estas ganancias que ha generado la cuarentena?

Sin cambios profundos en el modelo actual, siempre estaremos dentro del debate sobre el cambio climático, sin poner en práctica acciones globales y concretas para mitigar su daño.

Varios países europeos están considerando aprovechar esta oportunidad pandémica para repensar los límites del desarrollo económico. Esto se debe a que el crecimiento económico hasta el infinito en un planeta con recursos naturales finitos solo existe en la mente de los economistas.

No hay ciencia para apoyar esto. Es así de simple. O el sistema económico cambia en su conjunto, o no hay solución.

Aun así, la sociedad pone sus esperanzas en la ciencia.

Los científicos no tienen poder ni la sociedad nos ha dado la capacidad de tomar decisiones. El científico hace ciencia, no hace políticas públicas. Los científicos dicen que es peligroso aflojar el aislamiento social en este momento, porque podríamos tener miles de muertes adicionales. Esta es una de las principales funciones de la ciencia: alertar a los funcionarios del gobierno. Sin embargo, muchos de ellos están rompiendo el aislamiento social con el argumento de que la economía debe reanudarse.

Es un discurso que gana fuerza en Brasil. Me pregunto: ¿para quién reanudar la economía? ¿Quién va a trabajar en la industria, el comercio y la calle? Ciertamente no serán los poseedores del capital. Estos se encuentran en sus mansiones, en sus hogares y permanecen protegidos. Los trabajadores estarán expuestos a la muerte.

Lo mismo puede decirse sobre el cambio climático global: serán los países más pobres los que sufrirán debido a su capacidad limitada para adaptarse al cambio climático. Los Países Bajos, por ejemplo, han estado planeando durante más de 50 años aumentar el tamaño de sus diques debido al aumento del nivel del mar.

Países como Gran Bretaña tendrán los recursos financieros y humanos para solucionar algunos de los problemas climáticos. Pero, ¿qué pasa con países como Nigeria, Sudáfrica, Paraguay, Bolivia o Brasil? Las desigualdades sociales y las injusticias políticas deben tenerse en cuenta cuando se trata de la adaptación y mitigación del cambio climático.

¿Es optimista sobre el futuro?

Lo que está sucediendo hoy en Brasil es que, como la ciencia no respalda lo que el gobierno actual quiere hacer con la salud, el medio ambiente y la selva amazónica, la ciencia se ha convertido en un enemigo. Los gobiernos de extrema derecha escapan de la verdad tanto como sea posible y se vuelcan exclusivamente para servir sus propios intereses.

La ciencia dice que es muy importante preservar a los pueblos indígenas, porque las áreas mejor conservadas de la Amazonía hoy en día son áreas indígenas. En contraste, lo que el gobierno actual muestra es que no le interesan las recomendaciones de los científicos.

Lo mismo sucede en los Estados Unidos y otros países gobernados por representantes de la extrema derecha. Son gobernantes que se apropian del conocimiento científico solo cuando la ciencia se dirige hacia sus objetivos financieros, y niegan la ciencia cuando muestra un lado diferente al que quieren ver.

Es importante que nos demos cuenta de que no se trata de desacreditar a la ciencia misma. Es otra cosa: es el mal uso de la ciencia para lograr objetivos políticos y económicos turbios. Por lo tanto, no es posible ser optimista hoy, imaginando que, de repente, estos gobiernos promoverán el desarrollo científico y tecnológico de países como Brasil. No creo que este escenario cambie pronto.

¿A qué se refiere con mal uso de la ciencia?

Por ejemplo, la ciencia dice que la deforestación del Amazonas traerá grandes pérdidas al flujo de lluvia en Brasil en las próximas décadas. Además, el Amazonas almacena alrededor de 150 gigatoneladas de carbono en su ecosistema.

Esto equivale a 10 años de todos los combustibles fósiles que se queman en el planeta. Y Brasil está limpiando este bosque tropical a razón de 10 000 kilómetros cuadrados por año.

La ciencia advierte al gobierno que esto traerá grandes pérdidas a las próximas generaciones, no solo de los brasileños y los pueblos indígenas, sino de todo el mundo. Sin embargo, esto no va de acuerdo con los intereses de los terratenientes que explotan ilegalmente el Amazonas y, por lo tanto, la ciencia es vista como un enemigo y necesita ser debilitada, de acuerdo con la lógica del gobierno actual.

Por esta razón, los programas de becas de las principales agencias nacionales de promoción de la investigación se extinguieron y el presupuesto científico sufrió enormes recortes. La ciencia brasileña fue una de las más avanzadas del planeta, pero hoy vemos que los laboratorios están cerrados y los estudiantes abandonan sus carreras científicas, comprometiendo la formación de las próximas generaciones de investigadores. Y todo esto se está haciendo porque la ciencia no legitima lo que el gobierno federal en particular quiere escuchar.

En Estados Unidos vemos una situación similar a esta, pero en Brasil esto se está llevando a las últimas consecuencias. Lleva décadas construir la estructura de investigación en un país, pero desafortunadamente lleva unos pocos años destruirla. Reconstruir la ciencia brasileña llevará muchas décadas.

Por Bruno de Pierro | 09/06/2020

Publicado enMedio Ambiente
Sábado, 06 Junio 2020 06:38

La maldición del teflón

La maldición del teflón

El renombrado cineasta Todd Haynes se ha salido un poco de sus intereses habituales, para describir en El precio de la verdad, una preocupación marcada del cine hollywoodense: la lucha del individuo contra un sistema corrupto . Con un guion escrito por otros, basado en un artículo del New York Times, Haynes se apega a los hechos para realizar otra versión del mito de David vs. Goliat.

Parecida en cierta manera a Erin Brockovich: una mujer audaz (Steven Soderbergh, 2000), El precio de la verdad narra el largo proceso por el cual el abogado citadino Rob Billot (Mark Ruffalo) atiende la petición del furioso granjero Wilbur Tennant (Bill Camp), cuyo ganado sufre de trastornos debido al agua contaminada del río cercano en West Virginia. Tras una exhaustiva investigación, Billot descubre que, en efecto, la poderosa compañía DuPont ha envenenado a incontables seres humanos y animales con los desechos tóxicos resultantes de la fabricación de algo tan aparentemente inocuo como el teflón.

Entonces el abogado entablará una demanda colectiva contra DuPont –que, oh ironía, es uno de los clientes de la firma legal a la que pertenece. El camino será arduo y fatigoso, porque la compañía se valdrá de todo tipo de tretas para ocultar su culpabilidad y, sobre todo, negarse a pagar la millonaria indemnización. Habrán transcurrido 17 años entre la visita del granjero y la final resolución.

Digo que El precio de la verdad se aleja de lo habitual en Haynes porque el director nos había acostumbrado a un cine más íntimo y propio, que igual había cuestionado y deconstruido el melodrama de los años 50 ( Lejos del cielo, 2002, y Carol, 2015) o la biografía ficticia de diversas figuras del rock ( Velvet Goldmine, 1998, y Mi historia sin mí, 2007). Podría pensarse que su nueva realización es meramente una chamba; sin embargo, es evidente que Haynes se ha puesto al servicio de su historia con un indudable compromiso personal.

Con las referencias acostumbradas del director al cine del pasado, El precio de la verdad evoca también a esos paranoicos thrillers de los años 70 sobre conspiraciones siniestras de diferentes formas de poder. La atmósfera de la película es oscura y ominosa, aun cuando la vida del protagonista nunca es puesta en peligro.

Es mérito de Haynes y su fotógrafo Edward Lachman el comunicarnos una especie de pesimismo subyacente en dicha atmósfera. Si bien Billot resulta triunfal, hay en todo el proceso de la película una sensación de que los grandes corporativos se saldrán casi siempre con la suya en cuanto se refiere a crímenes contra el medio ambiente.

Una gran virtud de la película es la forma interesante como Haynes ha resuelto las farragosas partes expositivas de la investigación de Billot. Un ejemplo de ello es la secuencia en la que el protagonista le explica a su sufrida esposa (Anne Hathaway), conversando sobre la mesa del comedor, cómo DuPont ha contaminado al pueblo estadunidense desde los años 50 con una sustancia llamada PFOA (o C8), fundamental en la fabricación del teflón. A ello contribuye la urgente actuación de Ruffalo, quien expresa su cansancio con el caso, al mismo tiempo que su tenacidad para nunca darse por vencido.

El precio de la verdad (un título por demás olvidable) iba a estrenarse en cartelera justo cuando sobrevino la pandemia. Por ello, se ha decidido estrenarla en servicios de streaming. La película está, pues, a la renta en Apple TV y en Cinépolis Klic.

El precio de la verdad

( Dark Waters)

D: Todd Haynes/ G: Mario Correa, Matthew Michael Carnahan, basado en el artículo publicado en el New York Times, “ The lawyer who became DuPont’s worst nightmare”, de Nathaniel Rich/ F. en C: Edward Lachman/ M: Marcelo Zarvos/ Ed: Affonso Goncalves/ Con: Mark Ruffalo, Anne Hathaway, Tim Robbins, Bill Pullman, Bill Camp/ P: Willi Hill, Killer Content, Amblin Partners. EU, 2019.

Twitter: //twitter.com/@walyder">@walyder

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enSociedad
En Salvatierra podemos encontrar la esperanza

E.T. (Extra-Terrestre) viene al planeta Tierra a ver qué está pasando. Va primero a Nueva York, donde el número de casos Covid-19 es el más alto; a China y, en particular a Wuhan, donde se originó la pandemia y donde ahora está controlada; a Brasil, que ocupa ahora el 2° lugar en número de contagiados; al estado de Kerala, en India, y a Vietnam, que han derrotado a la pandemia. Lee mucho y, adoptando apariencia de humano, platica con muchas personas, de muchos países, con los encargados de controlar la pandemia y con expertos: virólogos, epidemiólogos y matemáticos que hacen modelos de evolución de las epidemias. Identifica mucho desacuerdo entre los expertos. En su planeta no hay virus y nunca han tenido una epidemia. Han desarrollado ampliamente todas las ciencias. Por tanto, parte de cero en cuanto a las epidemias y a este virus, pero de un nivel científico muy alto. En los meses que ha estado en la Tierra, ha tratado de responder a las preguntas que se formuló a lo largo de esos diálogos y lecturas, pero no lo ha logrado del todo. Entre sus preguntas están:

¿Qué es un virus? ¿El SARS-Cov-2 es distinto a otros virus? ¿En qué? ¿Por qué esta epidemia parece más grave que otras cuando el número de muertos es mucho menor al de otras epidemias? ¿Cómo se contagia? ¿Cuánto tiempo dura la incubación? ¿Cuánto dura el mal después del contagio antes de resolverse en recuperación o muerte? ¿Por qué se recupera la mayoría de enfermos? ¿Es por las defensas que produce el sistema inmunológico? ¿Desde qué punto y hasta qué punto del ciclo completo de la enfermedad, el enfermo puede contagiar a otras personas? ¿Los recuperados pueden seguir contagiando? ¿Los cadáveres pueden contagiar? ¿Los recuperados son inmunes? ¿Qué grado de confiabilidad tienen las pruebas de anticuerpos (tipo serológico), las PCR (que detectan el ARN, ácido ribonucleico del virus) y las pruebas rápidas de antígenos? ¿Se pueden mejorar? ¿Pueden diseñarse pruebas altamente confiables? ¿Cuándo debe elegirse una u otra? ¿Los equipos protectores disponibles (mascarillas, guantes, caretas) son eficaces? ¿Y los respiradores cómo ayudan al enfermo a sobrevivir y a recuperarse? ¿Cuáles son los mejores tipos de respiradores? ¿Pueden mejorarse y abaratar su producción? ¿Por qué es tan lenta la producción de vacunas? ¿Se podrían hacer más rápido? ¿Por qué son tan desiguales territorialmente la incidencia (contagiados/población) y la letalidad (muertes/contagiados) de la pandemia? ¿Por qué no hay una única política, sino centenares o miles de diferentes políticas en el planeta? ¿Por qué algunos países han sido más exitosos en frenar el aumento de contagios que otros?

E.T., como todos y todas en su planeta, lee a la velocidad de una computadora, por lo cual en pocos días asimiló casi toda la información disponible del tema. Le han sorprendido muchas cosas de nuestro planeta y de nuestra especie. Una es la división en países y las frecuentes guerras entre ellos. En su planeta no existen países ni guerras y hay un gobierno único. También le sorprende que, habiendo sufrido muchas epidemias en el pasado, en un planeta con 8 mil millones de habitantes, según la información disponible (que no incluye China) sólo se han aplicado pruebas a 181 millones (2.26 por ciento). Y que, además, la política de salud en general y la aplicación de pruebas en particular es muy variable entre países, de mayor a menor (sólo mencionando países grandes o de altos ingreso): 21.7 por ciento de la población en Emiratos Árabes Unidos; 8.7, en España; 8.3, en Portugal; 8.04, en Rusia; 7.8, en Bélgica; 7.1, en Reino Unido y en Irlanda; 7, en Singapur; 6.6, en Italia, y 5.8 por ciento en Estados Unidos. De abajo hacia arriba (sin ser exhaustivos), desde 0.03 por ciento en Nigeria; 0.11, en Afganistán; 0.13, en Egipto e Indonesia; 0.24, en México; 0.28, en Pakistán; 0.31, en India, y 0.44 por ciento en Brasil. En su planeta, se imagina que ante una situación similar hubieran aplicado pruebas a toda la población o a una o varias muestras muy grandes y representativas. Se acuerda que en su país rige el principio contar (medir) y entender primero, después modelar y predecir. Por ello le extraña mucho la existencia de múltiples modelos que pretenden predecir cualquier pandemia con pocos datos o sin ellos. E.T. encontró en el ejemplo de Kerala (Estado meridional de India, con 33 millones de habitantes) algunas respuestas. Lo ocurrido en Kerala lo narra Yadul Krishna en Sin Permiso (cito extractos):

“Quizás el mejor ejemplo de cómo superar una crisis sean las experiencias del estado indio de Kerala, que ha demostrado una gran eficiencia en la lucha contra el virus. Kerala, que había superado una serie de desafíos como grandes inundaciones o el virus Nipah en los últimos dos años, ha demostrado al mundo la importancia de disponer de un sistema sanitario público y robusto. En claro contraste con las medidas inadecuadas que tomó el gobierno central indio, Kerala se preparaba incluso antes de que se declarase su primer caso para el enorme desafío que se avecinaba; las autoridades hicieron todos los esfuerzos posibles para frenar la expansión del virus, incluyendo la realización de exámenes a los pasajeros de los cuatro aeropuertos internacionales del estado y la formación de un equipo de respuesta rápida que decidiese sobre el aislamiento y el tratamiento de pacientes potencialmente infectados. La capacidad del estado para gestionar la crisis destacó sobre el resto del país. Cuando el virus golpeó, Kerala realizaba ya una vigilancia estricta. Disponía de una sala de control en funcionamiento, con expertos siguiendo los casos sospechosos y confirmados. El personal de salud recibió formación adecuada, y con medidas estrictas como el confinamiento (con las excepciones de acudir por bienes básicos) y restricciones de movimiento, el número diario de casos en los hospitales empezó a decrecer rápidamente. La transmisión en tiempo real de la información recogida resultó muy eficaz, ayudando al gobierno estatal a mantener la situación bajo control y a ganarse la confianza de la gente. El gobierno anunció el adelanto del pago de pensiones, créditos a familias vulnerables a través de una comunidad de ayuda vecinal centrada en la mujer, fortaleció las infraestructuras médicas y se aseguró de que las personas no perdieran dinero por no poder trabajar. Busco asegurar que nadie pasara hambre. Anunció también que repartiría alimentos de manera gratuita a todos los ciudadanos, independientemente de su ingreso. Las pruebas de Covid-19 realizadas en Kerala, que tiene sólo 2.4 por ciento de la población de la India, representan 30 por ciento del total de pruebas en el país, mientras estados (grandes) como Gujarat (con 62.7 millones) o Maharashtra (con 114.2 millones ) han realizado un número ínfimo de pruebas a su población.” (https://www.sinpermiso.info/textos/ como-el-estado-indio-de-kerala-ha- conseguido-aplanar-la-curva-del-coronavirus)

E.T. nombró a Kerala (y a Vietnam con logros equiparables) Salvatierra, pues la vida humana en el planeta Tierra se salvaría si siguiéramos sus ejemplos.

Publicado enSociedad
El futuro incierto de la alimentación después del coronavirus

El experto argentino Carlos Cherniak prevé un aumento del hambre como efecto de la pandemia

Cerca de 10 millones de niños en Latinoamérica dejaron de recibir su ración diaria de comida, en consecuencia, habrá un incremento de la inseguridad alimentaria

en la región.

 

Desde Roma

Cuando la pandemia del covid- 19 todavía no ha terminado, muchos se preguntan qué será de ellos y de tanta gente que vive en otras partes del planeta, lejos de Europa, Estados Unidos o Rusia, que han acaparado la atención en estos meses. La desocupación y el hambre parecen ser dos consecuencias que se difundirán. ¿Cómo sobrevivirán los pobres del mundo? ¿Que debería hacer la ONU y las naciones para ayudarlos? A ésta y otras preguntas de PáginaI12 respondió Carlos Cherniak, actual Representante argentino ante tres organismos de la ONU con base en Roma: FAO (Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación), PMA (Programa Mundial de Alimentos) y FIDA (Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola). Cherniak, diplomático de carrera, se ha desempeñado, entre otros, como responsable de Derechos Humanos en la Embajada Argentina de Roma (2010 - 2015) y como Director de Asuntos Parlamentarios en la cancillería (2016 - 2019).

-El PMA estima que a causa de la pandemia, unos 265 millones de personas sufrirán gravemente el hambre a fines de este año. ¿Cuáles son los países que están más en riesgo?

--Los países con crisis humanitarias por conflictos, migraciones, desertificación, falta de alimentos (Yemen, Siria, Sudán del Sur, Etiopía, etc), están particularmente expuestos a los efectos de la pandemia. La pandemia de covid-19 afecta directamente los sistemas alimentarios a través de los impactos en la oferta y la demanda de alimentos, e indirectamente a través de la disminución del poder adquisitivo, de la capacidad de producir y de distribuir alimentos. La mayoría de los países afectados por crisis alimentarias se encuentran en África subsahariana (Camerún, Gabón, Zambia, Botsuana, etc), donde hay ya 73 millones de personas, en crisis severa de alimentación según la ONU. Pero también en América Latina y el Caribe hay problemas.

- La CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) estima que la pobreza en América Latina aumentará un 4,4 % en 2020, es decir un incremento de 29 millones de personas. ¿FAO concuerda?

--La FAO no realiza mediciones sobre la pobreza pero sí estudios sobre la evolución de la inseguridad alimentaria y los niveles de desnutrición. En ese sentido, previo a la covid- 19, la FAO calculaba que en América Latina había unos 187 millones de personas en situación de inseguridad alimentaria, de las cuales 18.5 millones estaba en estado crítico. Como consecuencia de la medidas de distanciamiento social adoptadas por la pandemia, los indicadores de FAO muestran que cerca de 10 millones de niños en Latinoamérica dejaron de recibir su ración diaria de alimentos, ya que los comedores escolares están cerrados. Frente a este panorama, y según cómo evolucione la emergencia sanitaria a nivel local, FAO estima que podría haber un incremento de la inseguridad alimentaria en la región, lo cual lógicamente tiene una correlación con la pobreza.

-¿Cuál será el impacto económico de la crisis del coronavirus en América Latina?

--Es difícil poder calibrar cuál será el impacto económico de la covid- 19 en América Latina, ya que se trata de un escenario dinámico, donde entran en juego diferentes variables que tienen que ver con lo que ocurra en otras regiones del mundo. Por ejemplo, en marzo el Banco Mundial estimaba que el PBI (Producto Bruto Interno) global podría caer entre 1 y el 1,5%. Hoy el mismo organismo proyecta una caída cercana al 5%. Situación similar se repite en las proyecciones de la OMC (Organización Mundial del Comercio) que estima una caída posible del 13 al 32% aproximadamente. FAO y otros organismos internacionales pronostican un aumento del desempleo, variaciones en precios locales y desequilibrios en la demanda global de alimentos. Según FAO, los países del denominado “corredor seco” (Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala) y los del Caribe, podrían enfrentar una situación difícil, ya que son importadores netos de alimentos. Una porción importante de las divisas para pagar esas importaciones dependen de la actividad turística que se ve drásticamente reducida.

--Se dice que las medidas para controlar la difusión de la pandemia, como el distanciamiento, han perjudicado la producción agrícola y han generado mucho desempleo y agravado el hambre. ¿Es así según usted?

--Las medidas de distanciamiento social tienen diferente incidencia según el sector productivo del que se trate. Por ejemplo, productos básicos como trigo, maíz, soja, que dependen del capital intensivo (es decir maquinarias agrícolas), según FAO no han sufrido grandes desequilibrios y los niveles cosechados son normales. Sin embargo los bienes que requieren mano de obra intensiva (frutas o verduras), han mostrado signos de estrés no sólo en su producción sino también en el transporte, dado que son bienes “frágiles” que necesitan transporte veloz y cadenas de frío seguras. Según FAO por ahora el sector del agro se mantiene activo, por lo tanto las causas del desempleo se podrían explicar mejor por la caída de actividades como turismo, servicios gastronómicos, empleos informales, etc. En cuanto a estimaciones de hambre, FAO conjuga sus proyecciones con el nivel de caída del PBI global. Por ejemplo, si se mantiene la estimación de una disminución del 5% en el PBI mundial como se dice, unos 38.2 millones de personas ingresarían en situación de desnutrición (fase más grave del hambre). No hay que olvidar que ya existen 820 millones de personas en situación de hambre que, según la gravedad, encuentran dificultades medias o críticas para acceder a los alimentos.

- Según usted ¿cuáles son y serán las consecuencias a nivel agrícola de la crisis del coronavirus?

Los productos que dependen de mano de obra intensiva serán aquellos que experimenten mayores dificultades a raíz del distanciamiento social y las complicaciones logísticas (Ej. transporte aéreo). De acuerdo con estimaciones de FAO países como Chile, Perú o Ecuador, experimentarían una disminución de sus exportaciones. Esta situación se puede constatar, por ejemplo, en los productores de bananas (Ej. Ecuador) cuyas exportaciones desde enero han sufrido una reducción que, en algunos casos, llega al 23%. La situación es diferente en los productores de granos. Para dar un ejemplo, la caída del precio de petróleo hace que los biocombustibles (que requieren por ejemplo maíz o trigo) no sean competitivos, eso genera que el consumo de maíz y trigo disminuya y haya una mayor disponibilidad de cereales en el mercado.

-¿Qué está haciendo FAO, PMA, FIDA para ayudar a los países en crisis alimentaria por la covid-19?¿Qué deberían hacer los países miembros de la ONU?

--Los tres Organismos especializados de Naciones Unidas con sede en Roma -FAO, FIDA y PMA-, ante las cuales represento al país, están muy activos y comportándose a la altura del actual desafío. La FAO está reforzando sus programas de asistencia contra el hambre y la malnutrición y, al mismo tiempo, monitoreando y alertando sobre la situación de la oferta y demanda de alimentos en el mundo. El FIDA está reforzando los proyectos de asistencia a pequeños productores rurales y a la agricultura familiar. Y el PMA brinda asistencia alimentaria a las poblaciones más vulnerables que hoy son más de 90 millones de personas. Respecto a lo que pueden hacer las naciones, es imprescindible terminar con todo tipo de conflictos, porque generan más desplazados, más migrantes forzados, más hambre y más inseguridad alimentaria. Es esencial reforzar el multilateralismo, la coordinación y la solidaridad. Creo que en este sentido, el comportamiento que está teniendo la Argentina es ejemplar. Como país exportador neto de alimentos y commodities ha sostenido la cadena productiva sin interrupciones, y ello resulta esencial para evitar agravar la inseguridad alimentaria global. 

Publicado enSociedad
Suecia, el país que no confinó: los pros y los contras de no dejar reinar al miedo

En todo momento, entre un 20% y un 30% de las camas de cuidados intensivos han permanecido sin ocupar. Esta capacidad de absorber el primer impacto de la enfermedad en el sistema público de salud ha contribuido a que en Suecia no haya reinado el miedo tras no aplicar medidas restrictivas de confinamiento.

 

El email llega a las diez y media de la noche, aunque en teoría la oficina de prensa de la Autoridad Nacional para la Salud Pública de Suecia cierra cinco horas antes. Todo apunta a que trabajan contra reloj, pues la citación para poder entrevistar al que quizás sea hoy el epidemiólogo más cuestionado del mundo es solo unas pocas horas más tarde, en la mañana siguiente. Anders Tegnell, científico al frente de la excepcional estrategia sueca, llega al encuentro con un escolta del servicio secreto, algo inusual en Suecia, el único país de la Unión Europea que, a pesar de sugerir ciertas medidas de prevención, decidió no confinar a su población. “El confinamiento da resultados a corto plazo —indica—, pero no es sostenible en el tiempo, así que hemos optado por ser una sociedad que permanece abierta”. Aparte del alarmante número de muertes por covid-19, que ya suman 4.395, el doctor Tegnell ha sido criticado por no alcanzar el objetivo de tener en mayo a un 40% de la población de Estocolmo inmunizada, extremo que él admite, aunque con matices. “Puede que mis cálculos fueran un poquito optimistas, pero no demasiado. Tenemos ahora en marcha una investigación que podría apuntar a un 20 o 25% de la capital, lo que se acerca bastante a la cifra que anunciamos hace unas semanas”.

A menos de un kilómetro del lugar donde nos encontramos, se escucha a un helicóptero volar. Acude al helipuerto del Instituto Karolinska, una de las más prestigiosas instituciones médicas del mundo, con hospital, universidad y varios centros de investigación punteros. Los afectados por el virus son llevados de un hospital a otro según las necesidades, habiendo mantenido el país, en todo momento, entre un 20% y un 30% de camas libres en cuidados intensivos. Esta capacidad de absorber el primer impacto de la enfermedad en el sistema público de salud ha contribuido a que en Suecia no haya reinado el miedo. Una sensación que se aprecia al caminar por las calles, donde prácticamente nadie lleva mascarilla, o en los parques y plazas, donde los ancianos salen a pasear y tomar el sol junto a los niños que juegan en los columpios. Tomando un café tras una rueda de prensa, Karin Tegmark-Wisell, jefa de Microbiología del Departamento de Salud Pública, explica y recuerda aspectos beneficiosos del no confinamiento, como “mantener las escuelas abiertas, que es fundamental para la salud de los niños”, entre otros factores que Suecia no ha sabido explicar al mundo, pero que aquí son recordados a menudo por las ONG, como seguir operando en hospitales, realizar nuevos diagnósticos de enfermedades graves o evitar que las mujeres y los niños víctimas de abuso queden aislados en casa junto a sus maltratadores.

En relación a una supuesta búsqueda de la inmunidad de grupo que la Autoridad Nacional para la Salud Pública —y ella misma— ha negado una y otra vez que sea su objetivo, admite con benevolencia que desde el exterior “ha habido malentendidos sobre ello”. Defiende que a esta inmunidad “se llegaría de forma natural” y, en ese proceso, lo vital para ellos sería “cuidar de la salud pública sin que afecte a otras áreas también de la salud pública”.

En relación al miedo que los daneses y noruegos tienen de los suecos, quienes no pueden cruzar la frontera e ir a sus países (no así al contrario, pues ellos sí tienen libre ingreso a Suecia), la microbióloga aporta detalles interesantes sobre las comparaciones hechas entre países por la prensa. “Creemos que es demasiado pronto para compararnos con Dinamarca y Noruega, pero si se hacen comparaciones habría que tener en cuenta que Suecia tiene 21 regiones, de las cuales muy pocas están afectadas. Por ejemplo Skåne, sueca, está muy cerca de la región de Selandia, en Dinamarca. En Skåne no ha habido confinamiento y hay menos infectados que en Selandia, que sí se cerró. Así que hay que analizarlo todo bien y ver qué ha pasado”.

Un aspecto fundamental que, por el motivo que sea, se ha ignorado en la narrativa del exterior, es que la Constitución sueca no permite instaurar medidas draconianas, como confinamientos y toques de queda en tiempo de paz. En este aspecto, el consenso del arco político es pleno, desde la ultraderecha hasta la izquierda pasando por la coalición de socialdemócratas y verdes que gobiernan en este momento. Tanto es así que hasta la fecha ningún grupo parlamentario ha abogado por lanzar una propuesta que busque la forma de alterar nada de esto.

La idea de imponer algo que requiera amplia presencia de la fuerza pública en las calles es difícilmente contemplable en un país que no solo lleva 200 años de paz, sino que mantiene una fórmula de probado éxito social y económico gracias a un modelo de confianza entre Estado y ciudadanos. El ejemplo más claro son las vacunaciones de los niños. No son obligatorias pero las llevan a cabo el 97% de las familias. El ya conocido como “experimento sueco” busca transmitir el mensaje de que su decisión de no confinar a la población no ha sido un error y, para ello, las páginas web de algunas de sus embajadas ponen como ejemplo (sin citar nombres) a otros países que,  pese al confinamiento, tienen más víctimas por cada 100.000  habitantes..

En Sollentuna, un municipio 15 kilómetros al norte de Estocolmo, una ambulancia abre sus puertas traseras para dejar pasar a una nueva víctima del  coronavirus. Las paramédicos que la atienden llevan trajes especiales y la enferma es montada en una camilla cubierta por una cápsula. Según se calcula hoy, más de la mitad de las muertes por covid-19 se han producido en residencias de ancianos. Muchas de ellas, incluida esta de Sollentuna, han venido siendo privatizadas, en un proceso iniciado en 1992 por Moderaterna, el partido de centro-derecha. Consultados sobre este extremo, han declinado ofrecer respuestas, no así la directora general de la Inspección del Sistema de Salud Público, Sofia Wallström, quien acude al Instituto Karolinska para dar cuenta de la investigación en curso, la cual comprende a 1.045 residencias de las 1.700 que tiene Suecia. Según indica, hay deficiencias que ya se veían antes y se han visto ahora, y si bien aún no disponen de un informe completo que señale cuáles han sido las causas que han hecho de las residencias el talón de Aquiles de la “estrategia sueca”, no duda en señalar la falta de formación de los trabajadores como uno de los factores clave.

Sentado en una butaca de la Biblioteca Parlamentaria, el líder del Partido de Izquierda, Jonas Sjöstedt, va mucho más allá y resalta aspectos que la prensa viene publicando desde hace unas semanas: la precariedad laboral como consecuencia de las privatizaciones en los cuidados a la tercera edad. “Es obvio que es por esto. La mayor parte de las muertes se han producido en Estocolmo, que es donde más se ha privatizado de todo Suecia. Hay muchos actores que solo buscan el beneficio económico. Cuando la gente tiene que ir a trabajar porque tiene inestabilidad y contratos temporales y además no tienes formación o te manda a trabajar estando enfermo”. Este ex europarlamentario habla de “historias de horror como las de los trabajadores que han tenido que ir a trabajar enfermos, sin protección. O que han tenido que desplazarse de una residencia donde está el virus a otras que no lo tenía”.

Respecto a la imagen de un país en el que apenas se había cambiado el modo de vida, o la gente era enviada a trabajar para satisfacer los intereses de los grandes capitales, el líder de izquierda es claro y ahonda en aquello que los diferencia de otros países sin confinamiento como Brasil y Estados Unidos. “Suecia ha cambiado el modo de vida drásticamente. La gente sigue las recomendaciones sin necesidad de toques de queda. Me gusta este método no autoritario. La confianza en las autoridades es grande y se han salvado trabajos”.

 
Expresso
3 jun 2020 06:00

eXPRESSO

Reportaje original publicado en portugués en el diario Expresso y traducido para El Salto por su autor, Unai Aranzadi. 

Publicado enInternacional
Expertos y tripulación que remplazarán al equipo del rompehielos (a la derecha) abordan el barco RV Maria S Merian, en Bremerhaven, en la costa de Svalbard.Foto Afp

Equipo internacional de científicos arribará en unos días al Polarstern; debió relevar a sus colegas en abril// Atmósfera y efectos del calentamiento global,

parte de la investigación

 

Berlín. Los miembros de la expedición científica más grande de la historia en el Ártico se habían preparado para todo, incluso para ataques de osos polares, pero no a una pandemia que amenazaría la continuidad de su misión.

Con dos meses de atraso, los científicos de este equipo internacional, encargado durante más de un año de estudiar las consecuencias del cambio climático en el Polo Norte, deberían finalmente poder pasarse el relevo en los próximos días.

De regreso al Polo Norte, donde se dejó ir a la deriva todo el invierno entre los témpanos, el rompehielos Polarstern, del instituto alemán Alfred-Wegener de Bremerhaven, llegará en poco tiempo a las costas del archipiélago noruego de Svalbard.

Desembarcará a un centenar de investigadores internacionales, que acaban de pasar cerca de tres meses en el Polo, para embarcar a su vez a un centenar de sus colegas, entre ellos el jefe de esta misión, Markus Rex, trasladados a bordo de barcos de investigación de Bremerhaven.

Este climatólogo y físico, que ya efectuó una primera estadía de septiembre a enero a bordo del Polarstern, había elaborado con su equipo más de una decena de escenarios en caso de imprevisto durante los 390 días que debe durar la expedición.

"Tuvimos que desarrollar un nuevo plan muy rápidamente", tras la aparición de la pandemia que frenó la actividad mundial, indicó por teléfono desde Spitzberg, la isla principal de Svalbard.

La expedición, bautizada Mosaic y que zarpó en septiembre de Noruega, tiene por objetivo estudiar al mismo tiempo la atmósfera, el océano, el mar de hielos y el ecosistema para recibir datos que evalúen el impacto del cambio climático en la región y el mundo entero.

Durante 390 días, unos 600 expertos y científicos se relevan en el barco que se ha dejado llevar por la deriva polar, esa corriente oceánica que va de este a oeste en el Océano Ártico.

A fines de febrero, la embarcación estaba a 156 kilómetros del polo. Nunca un barco estuvo tan al norte en invierno.

Inicialmente, el nuevo equipo, integrado por expertos de una docena de países diferentes, tenía que llegar a principios de abril al Polarstern en avión desde las Svalbard, pero el cierre de fronteras provocó la cancelación de los vuelos.

Finalmente, tras numerosos obstáculos, los responsables de la misión decidieron transportar a los científicos, así como víveres y combustible, por barco hasta Spitzberg.

Por su parte, el Polarstern interrumpió hace unas semanas sus investigaciones para ir a buscar al nuevo equipo.

"La segunda gran dificultad que tuvimos fue asegurarnos que el virus no se propague entre los miembros de la expedición", continuó Markus Rex.

Para ello, se impuso una estricta cuarentena de más de 14 días a todo el nuevo equipo en dos hoteles de Bremerhaven alquilado por completo para ellos.

"Las puertas (de las habitaciones) no podían abrirse, no hubo ningún contacto con personas del exterior (...) Las comidas eran llevadas a la puerta de los cuartos", detalló.

"Todo el mundo fue sometido a tres pruebas" de detección de Covid-19, precisó Markus Rex, aliviado de que esta misión a la que consagró 11 años de su vida pueda continuar.

A bordo del Polarstern, que ya pasó 150 días de noche polar con temperaturas de hasta menos 39.5 grados Celsius, el equipo vivió a distancia el confinamiento del mundo.

"Muchos de ellos tienen familia e intentan evidentemente mantenerse lo más estrechamente posible en contacto a través del teléfono satelital", explicó Torsten Kanzow, actualmente en el rompehielos.

Los obstáculos no deberían tener un impacto mayor en las investigaciones que se llevan adelante, según el jefe de la misión.

El final de la expedición se mantiene para el 12 de octubre.

Jueves, 28 Mayo 2020 05:48

Una humanidad distinta

Una humanidad distinta

Una percepción colectiva mayormente optimista y esperanzada tiende a suponer que cuando la pandemia del coronavirus deje de castigar al planeta construiremos un mundo mejor.

La existencia de esa inclinación (del espíritu, de la imaginación, del intelecto) me llevó a pensar en otras pandemias y en otros momentos históricos, entre ellos uno bastante significativo, como fue el de la peste que asoló Grecia unos quinientos años antes de Cristo y que terminó (entre muchísimas otras) con la vida del mismo Pericles.

Y lo cierto es que después de aquella epidemia y después de la muerte de Pericles, Atenas ya nunca más volvió a ser lo que había sido. Después de la epidemia, Atenas empezó a perder su lugar en la Tierra.

Sócrates, hijo de ese siglo, el siglo precisamente conocido como el siglo de Pericles, es la última figura proactiva del pensamiento vivo ateniense que tanto importó a Pericles, estratega, tribuno, filósofo, político y guerrero.

Pasada la peste y un poco más tardíamente, el genio de Platón pertenece ya a un espíritu melancólico. Platón añora lo irrecuperable. Cuando Platón escribe uno tiene la sensación de que escribe sobre cenizas.

En suma, la peste que empieza a quitarle la luz a Atenas ocurre en el siglo V AC, cien años que darán un contorno reconocible a la cultura occidental y no sabemos que habría pasado o cómo sería esa cultura si la peste --en este caso la fiebre tifoidea-- no hubiese interrumpido la “normalidad” de Atenas, paradójicamente democrática e imperial a la vez.

Acaso ni siquiera Roma habría llegado a ser lo que fue. A fin de cuentas, la lenta disolución de Atenas en el incontrolable fluir de la historia no tenía porqué encarnar en el poderío prepotente y jurídico de Roma.

Es muy posible --pero nos faltan testimonios-- que durante la peste y ante la muerte de Pericles muchos atenienses sintiesen que una vez superado el mal las cosas retomarían su curso habitual, otros apostarían quizás a favor de un cambio hacia lo mejor del sistema y tal vez no pocos avistaran un mundo perdido.

Me parece que hoy, salvando las obvias distancias, todos y cada uno de nosotros experimentamos sentimientos parecidos.

Ya no lloramos la ausencia de un Pericles que defienda las requebrajadas democracias liberales que el hiperconsumismo y las riquezas cada vez más concentradas, se van devorando como si fuesen termitas. Ya no es este un período de grandes líderes (más bien se trata de pobres líderes, intercambiables aunque peligrosos) y menos aun de grandes utopías; todo lo que el mundo --sobre todo el mundo occidental-- parece querer es un eterno estado de bienestar donde convivan sin roces alarmantes libertad y justicia y sean evitadas las profundas desigualdades que acarrean desdichas crecientes.

Sentimientos, si se quiere, fácilmente contradictorios y distraidamente infantiles. Nuestros pensamientos son más consignas que pensamientos, menos ideas que almacenamiento de datos. Nunca antes dispusimos de una ciencia tan vasta y mucho menos de una tecnología tan prolífera, precisa y sorprendente, no obstante frente a la pandemia no parece todavía que sirvieran de mucho. Nunca, como en estos últimos meses, hemos pensado tanto en la vida y en la muerte.

En buena medida, nuestras aspiraciones se han vuelto de una fragilidad y de una pequeñez tan notables como la corteza de un pan viejo que se parte en pedazos no bien se le apoya un dedo encima.

Hasta hace poco vivíamos en una rutina crítica (en el mejor de los casos) o conformista en su mayor parte. Nuestros “pavores” eran sobre todo intelectuales, políticos o filosóficos, pero ahora tenemos miedo.

Y ahora tenemos miedo porque el virus, portador de muerte, ha corroído el sentido de la buena vida y no sabemos si una vez pasada esta etapa seremos capaces de volvernos mejores o empeorar hasta planos irreversibles.

Ignoramos cuál será nuestro comportamiento pero si no se descubre un sentimiento tan poderoso y persistente como la codicia pero de naturaleza exactamente opuesta, se vuelve difícil apostar a favor de la humanidad. Esta pandemia nos está demostrando que confundimos acumulación con felicidad, resignación acrítica con bienestar y “autonomía” digital con libertad.

Nadie sabe qué es ser feliz, reflexionaba Jacques Lacan, a menos que la felicidad se defina “en la triste versión de ser como todo el mundo”. 

28 de mayo de 2020

Publicado enSociedad
Jueves, 21 Mayo 2020 06:01

Una pandemia no esconde la otra

Una pandemia no esconde la otra

COVID-19 y el clima

Desde la ONU, Ginebra, Suiza

El planeta sigue transpirando. Las temperaturas globales se disparan, a pesar del leve respiro que, paradójicamente, le da el COVID-19 con su corolario de contracción económica y reducción del transporte. Los próximos e imprevistos desastres naturales seguirán tocando a la puerta de la Tierra, aunque el coronavirus buscará desplazarlos del primer plano mediático.

Las emisiones de gases de efecto invernadero, como el C02, responsables principales del deterioro climático, se redujeron drásticamente durante la actual crisis. Por ejemplo, en China, principal emisor del mundo, se estima que las mismas bajaron en torno de un 25 %.

“Suspiro” en sala de emergencia

Sin embargo, descenso momentáneo no implica solución estratégica. Y hacia allí apunta Greenpeace, cuando afirma en su estudio de abril del año en curso que “pese a la reducción de las emisiones en algunos sectores como el transporte y el eléctrico, la concentración de CO2 en la atmósfera no baja, sino que sigue aumentando. Consecuentemente la crisis sanitaria no está contribuyendo a paliar la otra gran crisis que enfrenta el mundo: el cambio climático”  (https://es.greenpeace.org/es/noticias/la-concentracion-de-co2-sigue-creciendo-a-pesar-de-la-crisis-sanitaria-causada-por-el-covid-19/)

La ONG internacional sistematiza algunas estimaciones sobre la reducción transitoria a raíz de la crisis. Y afirma que Alemania podría emitir entre 50 y 120 millones de toneladas menos de CO2 este año por la enorme bajada en la demanda de electricidad. En la ciudad de Nueva York se estima una caída del 5-10% de las emisiones de CO2 y una caída sólida en el metano.

Carbon Brief, referencia en el tema, sostiene que esa reducción podría ser de un 5% con respecto a 2019 (https://www.carbonbrief.org/analysis-coronavirus-set-to-cause-largest-ever-annual-fall-in-co2-emissions). Y sostiene que dicho descenso va a ser el más importante de la historia, desde que se realizan inventarios. Será más significativo que las caídas de CO2 registradas, en orden descendente, durante la recesión del 1991-1992; la crisis energética del 1980-81; la Gripe Española de 1918-1919; y la crisis financiera del 2008-2009.

La Agencia Internacional de la Energía (AIE) constata que la demanda de petróleo de este año ha caído por primera vez desde 2009. Una reducción de cerca de 90.000 barriles de petróleo/día respecto a 2019, debido a la profunda contracción del consumo en China y a las suspensiones en los viajes y el comercio mundiales. Los datos más recientes indican que la demanda de petróleo se desplomó un 25%. Para visualizarlo con una imagen, esa caída sería como si toda Norteamérica (EEUU, Canadá y México) dejasen de consumir ese combustible de golpe.

Cada vez peor

Los últimos cinco años, según el balance de diferentes organizaciones internacionales especializadas, han sido dramáticos para el clima. A pesar de los gritos crecientes de nuevos actores sociales que ganaron asidua y activamente las calles, las cifras son categóricas.

Desde los años 80 cada década ha sido más cálida que la anterior. La concentración del CO2, en el último quinquenio resultó un 18% mayor que en el anterior. El año pasado se registraron los valores más elevados en cuanto a contenido calorífico en los 700 metros superiores de los océanos, amenazando significativamente la vida marina y los ecosistemas.

Las olas de calor golpearon entre 2015-2019 a todos los continentes sin distinción. Y fueron una de las causas principales de los incendios forestales sin precedentes, no solo en la selva amazónica, sino en Australia, América del Norte y Europa.

En cuanto a la repercusión directa en la especie humana, cerca un tercio de la población mundial vive en zonas con temperaturas potencialmente mortales, al menos 20 días por año, debido a las enfermedades propias de ese clima excesivo. La sequía multiplicó la inseguridad alimentaria en numerosas regiones del globo, en particular en África, en tanto los ciclones tropicales repetidos produjeron pérdidas incalculables.

Las lluvias intensas y desbocadas, facilitan la aparición de brotes epidémicos. Allí donde el cólera es ya endémico, 1300 millones de personas corren el riesgo de contraer la enfermedad.

50 años de “poco o nada”

Hace exactamente medio siglo, se “celebró” por primera vez el Día de la Tierra. Entonces, los expertos comenzaron a alertar sobre las consecuencias irreparables para la humanidad producto del calentamiento global.

El diagnóstico de entonces no era errado. Según datos de la Organización Meteorológica Mundial, la concentración de CO2 es actualmente un 26% mayor que las marcas de 50 años atrás. La temperatura aumentó en igual período un 0,86°C y ya supera holgadamente en 1,1°C la de la era preindustrial. Y la tendencia sigue en ascenso. La misma agencia de la ONU calcula saltos significativos hasta 2024, en particular en las regiones de altas latitudes y zonas terrestres, siendo más lento en los océanos, en particular el Atlántico Norte y el Austral. (https://public.wmo.int/es/media/comunicados-de-prensa/el-d%C3%ADa-de-la-tierra-hace-hincapi%C3%A9-en-la-acci%C3%B3n-clim%C3%A1tica)

Desafíos monumentales

En tanto la pandemia produjo un cimbronazo mundial sin precedentes desde la 2da Guerra Mundial, pero con impacto a corto y mediano plazo, la lucha contra el calentamiento apuesta a la estrategia misma de sobrevivencia de la humanidad.

 “Se debe actuar con decisión para proteger el planeta tanto del coronavirus como de la amenaza existencial del cambio climático”, declaró recientemente Petteri Talas, director de la Organización Meteorológica Mundial.  Agregando que “debemos aplanar la curva tanto de la pandemia como del cambio climático…Tenemos que actuar juntos en interés de la salud y la prosperidad de la humanidad, no solo durante las próximas semanas y meses, sino pensando en muchas generaciones futuras”.

Si se quiere controlar la pandemia climática, se debería asegurar – lo que parece ya casi imposible- una disminución de las emisiones globales de carbono de 7,6% para fines del año en curso. Y mantener ese porcentaje de reducción anual durante la próxima década para mantener el calentamiento global por debajo del 1,5°C a fines del siglo, según las previsiones del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

Visión compartida, al menos retóricamente, por el Secretario General de las Naciones Unidas. En su mensaje por el Día Internacional de la Madre Tierra, el pasado 22 de abril, Antonio Guterres insistió en que “las perturbaciones del clima se están acercando a un punto de no retorno”. Y definió seis principios para que la recuperación económica y financiera postcrisis se impulse en el marco de una nueva conciencia de protección del medioambiente. “La recuperación debe ir acompañada de la creación de nuevos trabajos y empresas mediante una transición limpia y ecológica …la artillería fiscal debe impulsar el paso de la economía gris a la verde y aumentar la resiliencia de las sociedades y las personas” (https://www.un.org/es/observances/earth-day/message)

Greenpeace, por su parte, en el estudio de abril, considera que, “aunque las reducciones puntuales en las emisiones no van a paliar la crisis climática, sí deberían servir para iniciar los cambios profundos y necesarios para reducir las emisiones a cero”. Sostiene que este punto de inflexión puede y debe ser un motor de la recuperación económica y ser la base de la prosperidad a largo plazo. Y llama a que los Gobiernos abandonen las subvenciones a los combustibles fósiles al mismo tiempo que el apoyo a las inversiones públicas se destinen a actividades productivas que garanticen la sostenibilidad del planeta.

Recuperar la calle

La pandemia y las restricciones de movilización y concentración humana frenaron en seco, por algunas semanas, la protesta ciudadana a nivel planetario. La misma estaba en ascenso en muchos países cuando se desató el COVID-19.

Esa cuarentena de calle golpeó particularmente a las movilizaciones juveniles en defensa del clima, principales protagonistas sociales durante todo 2019, en todo caso en Europa. Y hoy, una de las *víctimas* indirectas de la pandemia.

Las organizaciones nucleadas en torno la Huelga Climática, que marcaron la dinámica social en Suiza en los últimos dos años, se vieron obligadas a renunciar, por ejemplo, a la gran jornada de acción que había sido originalmente convocada para el pasado viernes 15 de mayo. Que había logrado consensuar las fuerzas juveniles medioambientales y las principales organizaciones sindicales. Y que se proponía crear un hecho político de la dimensión de la Huelga de Mujeres, del 14 de junio del 2019, cuando se movilizaron en todo el país medio millón de participantes.

Cuando la lenta reapertura comienza a transitarse en una buena parte del planeta, la pregunta de fondo es doble. ¿Logrará imponerse una nueva racionalidad productiva que sea ecológicamente sustentable? Y, adicionalmente, ¿conseguirán las organizaciones sociales -especialmente juveniles- a favor del clima recuperar la energía de un año antes o sufrirán el impacto del lockdown impuesto por los gobiernos para evitar la propagación de la pandemia?  

Por Sergio Ferrari | 21/05/2020

Publicado enMedio Ambiente
Sábado, 16 Mayo 2020 06:26

Tres historias berlinesas

Jóvenes alemanes celebran la reunificación del país frente a la Puerta de Brandeburgo en la ciudad de Berlín en octubre de 1990 / Foto: Afp, Gilles Leimdorfer

A 30 años de la reunificación alemana.

Mientras la Rfa completaba la anexión de la Rda, la vida de los alemanes cambió para siempre. Un punk, una estudiante y un soldado recuerdan cómo vivieron aquellos días turbulentos y reflexionan sobre la herencia agridulce de aquel proceso de unión, que aún condiciona a la Alemania actual.

 

Desde Berlín

A lo largo de 1990, las dos Alemanias suscribieron una serie de acuerdos que concretaron su reunificación tras la caída, el año anterior, del Muro de Berlín. El 18 de mayo se cumplirán 30 años de la firma del tratado de unión monetaria, económica y social, que significó que la República Democrática Alemana (Rda) adoptara la economía de mercado y el marco alemán. Separada por 45 años después de la Segunda Guerra Mundial, Berlín, testigo y protagonista de esta historia, conserva las huellas del pasado como si fueran tatuajes en el cuerpo: un diario de vida estilizado que se expone orgullosamente ante los demás.

 

UN REBELDE COOL DE BERLÍN ORIENTAL.

 

Sven Marquardt también concibe sus propios tatuajes como un diario de vida: una manera de llevarse imágenes y citas hasta el día de su muerte, según expresa en su autobiografía Die Nacht ist Leben (La noche es la vida), publicada en 2014. Sven Marquardt es portero del legendario club (discoteca) berlinés Berghain, conocido por su estricta política de admisión. También es fotógrafo y hasta el día de hoy se mantiene fiel a su preferencia por los retratos. Si alguna vez Berlín fue declarada “la ciudad más cool de Europa”, eso también se debe a figuras emblemáticas como Sven Marquardt.

Nacido en Berlín Oriental en 1962, Marquardt forjó su juventud en la Rda. “Pasé mucho tiempo en los llamados Interhotels de Berlín [Oriental], en el Metropol y el Berolina. El ambiente allí era cosmopolita, porque entre los huéspedes había alemanes occidentales y otros extranjeros que traían moneda fuerte. Me despertaba a menudo en una cama de hotel. Los hombres con los que me iba voluntariamente tenían 30 o 40 años, el doble de mi edad”, cuenta.

Si bien la homosexualidad en la Rda fue tempranamente despenalizada, en 1968, a los homosexuales se les impedía tener locales propios, asociaciones y revistas, y todavía en los ochenta la Stasi los vigilaba como si fueran criminales. La moral del Partido Socialista Unificado (Sed, por sus siglas en alemán) quería familias nucleares con padre y madre trabajadores. La patria no eran los homosexuales. Marquardt, además, era un joven punk en el Berlín Oriental de los años ochenta. Debido a sus intentos de suicidio, el Ejército lo declaró “inútil” (en alemán: ausgemustert) y así pudo evitar el servicio militar obligatorio. “Nueva York está donde nosotros estamos” era una de las máximas en su grupo de amigos, recuerda. Como no podían viajar a la vibrante atmósfera de la metrópoli estadounidense, reinventaron una actitud ante la vida inspirada en ella y vivieron de la forma menos convencional posible en su propia ciudad. Jóvenes punks en la Rda, el Estado de los trabajadores y los campesinos.

 

BERLÍN OCCIDENTAL Y EL LUGAR DEL OTRO.

 

Distinta era la situación del otro lado del muro. “Berlín era considerado un espacio de libertad, incluso algo exótico para muchos jóvenes de Alemania Occidental. Era una ciudad de jóvenes y jubilados, prácticamente sin sectores medios, cuya agitación política y diversidad cultural no hubiera sido posible sin la existencia del muro”, me explica Susanne Klengel en su despacho del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Libre de Berlín, donde hoy es catedrática de literatura latinoamericana.

Nacida en Múnich en 1960, Klengel llegó a Berlín Occidental en 1980. Allí participó activamente en el movimiento feminista, en los incipientes círculos de interés sobre América Latina (como la todavía existente librería Andenbuch, fundada por el germano-uruguayo Thomas Rübens en 1986). Cuando su presupuesto de estudiante se lo permitía, tramitaba la visa para cruzar la frontera. “Había cierto voyerismo occidental al visitar Berlín Oriental, sin dudas, pero también había una apertura y una curiosidad sinceras. No éramos meros turistas. Percibíamos algo muy extraño y muy cercano del otro lado del muro”, recuerda y se levanta para poner un letrero en la puerta de su despacho que dice: “Prüfung, bitte nicht stören!” (examen, por favor, no moleste). “Para que no toquen más a la puerta”, me dice y sonríe

.

LA CAÍDA DEL MURO.

 

Poco antes del 9 de noviembre de 1989, Sven Marquardt cruzó a Berlín Occidental. Tuvo la oportunidad de viajar al sur de Francia para un festival de fotografía a través de la Asociación de Artistas de la Rda. Sin embargo, no llegó más que a Kreuzberg: “Estar de pronto del otro lado tenía algo melancólico y algo bastante absurdo. Me dije a mí mismo: imagináte quedarte acá, sin poder volver nunca más a casa”. ¿Por qué debería viajar al sur de Francia si ya tenía bastante con entender su propia ciudad dividida? Marquardt volvió a la parte este. Unos meses después, se caía el Muro de Berlín: “Esa misma noche tuvo lugar el estreno de Coming Out en la Rda, una película de Heiner Carow que trata de un joven profesor gay de Berlín Oriental. […] Desde la perspectiva actual, el título de la película tuvo una gran connotación para ese día. Porque también un país entero se destapaba el 9 de noviembre. Coming Out fue el título para una nueva era”.

A las siete de la tarde fue cuando Susanne Klengel, en Berlín Occidental, vio por televisión la histórica conferencia de prensa en la que Günter Schabowski anunció sorpresivamente la apertura de la frontera amurallada. “Lo escuché, pero no podía creerlo. Para mí, eso era algo tan irreal que luego apagué la televisión y me fui a dormir. Al día siguiente fui al centro de la ciudad y el subte estaba repleto de gente. De pronto una persona se me acercó y me preguntó, con un inconfundible acento berlinés, cómo ir a Ku’damm. ¿Qué hace un berlinés preguntando cómo llegar a una de las avenidas más famosas de la ciudad?, pensé. Ahí me di cuenta de que el muro se había caído.” El encuentro presagiaba la reunificación.

La caída del muro fue un evento que ni la propia Rda pudo prever. Así me lo cuenta Jan Steffen, quien, al contrario de Sven Marquardt, sí ingresó al Ejército de la Rda. En 1988 se enroló, con 18 años, en las Grenztruppen, las Tropas de Frontera. Me reuní con él en un café de Prenzlauer Berg, su barrio natal en Berlín, y allí me contó cómo vivió ese día histórico: “El 9 de noviembre, mi turno iba hasta las diez de la noche. Volví al cuartel y nadie se había enterado de la conferencia de prensa. A la una de la mañana nos despertaron con alarma, nos ordenaron vestirnos y buscar el arma porque algo había sucedido en la frontera, pero no recibimos ninguna información de los oficiales. Mientras esperábamos para salir, encendimos la radio y finalmente comprendimos que la frontera había sido abierta. Sin embargo, a las seis de la mañana tuve que salir a patrullar y desde allí divisé una inmensa fila de autos que iba hacia Berlín Occidental. Fue en ese momento cuando sentí que se había hecho posible aquello que nunca lo había sido. Ahora sí habría un cambio”. Steffen me narra detalladamente cada uno de los sucesos y escucha atentamente mis preguntas, aunque a veces yo me demore un poquito más de la cuenta expresándome en alemán. Desde hace más de 20 años Steffen enseña su idioma materno como lengua extranjera.

 

¿LA RECONCILIACIÓN DE DOS PAÍSES?

 

Poco tiempo después de la reunificación, aún quedaba mucho tiempo por delante para que los alemanes se re-conocieran a sí mismos. Steffen me relató la ocasión, a mediados de los noventa, en la que fue a un cumpleaños en Wuppertal (Alemania Occidental) donde sólo había alemanes del oeste. Era el 2 de octubre y, en determinado momento, se dieron cuenta de que el día siguiente era feriado y todavía debían hacer algunas compras. Alguien preguntó qué feriado era, pero nadie supo la respuesta. Steffen nunca lo olvidará: “Para ellos, el 3 de octubre, el Día de la Unidad Alemana, era un evento muy lejano”. Al mismo tiempo, era algo que él no les podía reprochar, porque “para ellos sólo se agrandó su país”.

En 1993 conoció a su ahora exesposa, oriunda de la Renania del Norte, y así empezó a viajar a Alemania Occidental para visitar a su nueva familia. Eso le dio la oportunidad de conocer aquel país que había imaginado tantos años desde el otro lado de la Cortina de Hierro. “Muy conveniente: la mayoría de mis amigos de Alemania Oriental sólo viajaban por una o dos semanas de vacaciones, pero no conocieron realmente Alemania Occidental”, comenta Steffen irónicamente. ¿Reconciliación entre dos países? A Steffen no le parece acertada la palabra “reconciliación”. En cualquier caso, lo que sí hubo fue amor interalemán.

BAILANDO LA REUNIFICACIÓN.

La vocación artística de Sven Marquardt experimentó una ruptura con la reunificación. Tras la caída del Muro de Berlín, el entonces joven de 27 años trabajaba ocasionalmente como fotógrafo, pero rápidamente perdió el interés en su oficio y se entregó por completo a la vida nocturna de la capital reunificada. Allí encontró un refugio para aplazar los desafíos impuestos a su nueva identidad. “La Rda dejó de existir. ¿Significaba eso que tenía que reinventarme también? ¿Qué nos deparaba ese nuevo país, cómo sería nuestra vida? Con la misma vehemencia con que el tiempo pasado llegaba a su fin, el nuevo lo relevaba. No hubo período de prueba para nosotros”, reflexiona Marquardt en su autobiografía.

A través de su hermano Oliver, que tocaba en los clubes de la capital, Marquardt consiguió su primer trabajo como portero en un boliche. A comienzos de los noventa, sin escasez de viviendas, gentrificación ni turismo masivo, como en 2020, Berlín era un espacio anárquico con edificios desocupados y bloques de apartamentos en ruinas. En ese mundo surgió la Clubkultur berlinesa, la cultura de clubes nocturnos que ha redefinido la identidad de la ciudad desde el cambio de milenio. Desde hace 15 años, Marquardt controla el ingreso al club de música tecno (en alemán: Techno-Club) más famoso de esa movida, el Berghain. Sin embargo, hace ya un cuarto de siglo que él es parte de ese mundo. Tal vez allí las metamorfosis de su vida –el rebelde cool de Berlín Oriental, el joven que experimentó su coming out en la Rda, el artista–no sucumben a la exigencia de presentar una síntesis biográfica como identidad propia hacia los demás. “La noche, embarazada de drogas y euforia –explica Marquardt– nos permite experimentar a la gente de forma pura. Las máscaras caen, hay dramas y comedias.” La vida nocturna también fue una manera de experimentar la reunificación.

LIBERTAS MAGISTRA VITAE.

Poco antes de la reunificación, el entonces canciller, Helmut Kohl, prometió que el este de Alemania se transformaría en blühende Landschaften, “paisajes florecientes” de rápido crecimiento económico. Pero la promesa tuvo un impacto negativo. Según el informe anual que hace el gobierno sobre la unificación, la economía de Alemania Oriental sigue demasiado fragmentada y las tasas de desocupación todavía son mayores que en Alemania Occidental. El 57 por ciento de los alemanes del este aún se consideran ciudadanos de segunda clase, porque tienen peores sueldos, peores jubilaciones y están subrepresentados en muchos ámbitos de la sociedad, incluso en las altas esferas de los negocios y la política. La equiparación de los niveles de vida entre el este y el oeste necesita más tiempo, pero, de todos modos, el progreso alcanzado ya es bastante importante.

Sin embargo, hoy el problema es otro. Los índices de aprobación de la democracia en Alemania del Este son “preocupantes”, destaca el informe oficial. El descontento de la población también se manifiesta en los resultados electorales de los últimos años. La mayoría de los votantes de Alternativa para Alemania (Afd, por sus siglas en alemán), el partido de ultraderecha con representación en el Bundestag desde 2017, proviene de los estados del este. Me pregunto si no es una ironía de la historia que muchos de esos votantes, cuyas biografías aún albergan el pasado de la dictadura del Sed, hoy se decidan por un partido marcadamente autoritario como Afd. Treinta años después, ¿acaso aquella sensación de libertad tras la caída del muro no se les ha vuelto en su contra?

Susanne Klengel es más escéptica al respecto: “Sinceramente, no sé en qué consistía ese sentimiento de libertad. ¿En poder viajar o comprar cosas con la nueva moneda? ¿En decir abiertamente lo que se piensa? La libertad tiene distintos niveles. Y si hoy está constreñida en algún sentido; yo más bien diría que por razones materiales. El problema es la desigualdad”. Jan Steffen, por su parte, reflexiona sobre la libertad en su dimensión más personal: “Cuando por primera vez estuve en el extranjero ‘de Occidente’, en Suecia, Dinamarca y luego en París, me di cuenta de que si la Rda hubiera seguido existiendo, probablemente yo no hubiera tenido la posibilidad de conocer y estudiar en otros países, como efectivamente la tuve años después. Eso sólo se logra con libertad. Con la caída de la Rda y la reunificación obtuve libertad personal. Y, con el paso de los años, he comprendido lo valiosa que es esa libertad para mí”.

Por Mateo Dieste

15 mayo, 2020

Publicado enInternacional
El coronavirus baja a la ciencia de su pedestal, ¿habrá una crisis de confianza?

La búsqueda de soluciones contra la COVID-19 nos está mostrando la ciencia en directo. Sin embargo, en ocasiones se desprecia la evidencia como base para tomar decisiones políticas o, en el otro extremo, se le exige al conocimiento científico un poder de predicción absoluto que no tiene. ¿Esta crisis pasará factura a su imagen social?

  

Vacunas que prometen plazos imposibles. Tratamientos sin eficacia ni seguridad demostradas. Estudios flojos. Modelos epidemiológicos amateurs. Expertos que se contradicen. Investigadores atrapados en un combate político. Bulos. Mascarillas sí, mascarillas no. La pandemia de COVID-19 está lejos de terminar pero, cuando lo haga, ¿cómo habrá cambiado nuestra percepción de la ciencia?

La percepción social de la ciencia en España ha sido positiva hasta ahora, según recoge la última encuesta realizada por FECYT en 2018. El punto de partida también es bueno en otros países de Europa y Norteamérica. La pregunta es cómo afectará la crisis del coronavirus a esta visión.

"Hay un sector ambivalente en crecimiento", explica a SINC el sociólogo de la Universidad Autónoma de Madrid Josep Lobera. Incluye en este grupo a quienes, sin ser contrarios a la ciencia, "ven tanto problemas como beneficios" en ella. Una visión que depende mucho de la ideología, las condiciones sociodemográficas y educativas.

Existen pocos datos en España que permitan evaluar la situación actual. Una encuesta realizada a finales de abril por el CSIC mostraba que los sanitarios eran el colectivo mejor valorado por los ciudadanos (4,41 puntos sobre 5), seguidos de los expertos y científicos (4,15 puntos).

El investigador de la Universidad de Trento (Italia) Massimiano Bucchi ha estudiado esta cuestión en su país. Los resultados de sus encuestas muestran tres clústeres de ciudadanos: optimistas, desorientados y pesimistas. Estos últimos, que representan el 22 %, tienen una visión negativa de la gestión de la crisis del coronavirus y de la comunicación al respecto, por lo que se informan a través de amigos, familiares y redes sociales.

Además, casi la mitad de los ciudadanos italianos está de acuerdo con que "las opiniones de los expertos científicos han sido disparatadas y causado confusión". Es por eso que Bucchi considera que la comunicación de la crisis no ha estado a la altura, pero es cauto a la hora de valorar cómo afectará esto a la percepción social de la ciencia en un futuro.

Lobera retrocede a crisis tecnocientíficas anteriores para arrojar algo de luz: las vacas locas, Fukushima y Chernóbil "aumentaron ese espacio de ambivalencia y percepción de riesgos". Aclara que la situación no es del todo comparable, ya que la crisis actual "no está generada por una tecnología mal usada que genera un problema nuevo". El tiempo dirá si las falsas teorías sobre la intervención humana en el origen de la pandemia penetran en la población, sobre todo en países donde son apoyadas por el Gobierno, como EEUU.

Aun así, Lobera opina que la pandemia de SARS-CoV-2 "muy probablemente" no afectará en su conjunto a la ciencia: "Seguirá teniendo una imagen positiva que aumentará en su conjunto porque se disparará en sectores como el médico". En las áreas biosanitarias, tradicionalmente las mejor consideradas, crecerá la conciencia de que "hace falta invertir más".

El último barómetro publicado por la asociación alemana Wissenschaft im Dialog le da la razón. "El nivel general de confianza en la ciencia se ha incrementado significativamente en el contexto de la pandemia de coronavirus", asegura el resumen de la encuesta.

El investigador del Hospital Gregorio Marañón de Madrid e ideólogo de la iniciativa ciudadana Ciencia en el Parlamento Andreu Climent es más pesimista y teme un efecto rebote. "Si todo el mundo mira a la ciencia y esta tarda meses o años en tener una hoja de ruta, es fácil que, cuando esté todo solucionado, se le eche la culpa por ser lenta".

Para Climent es importante diferenciar entre la percepción que creemos tener y la que de verdad tenemos. "Es como lo de ser racista, que nadie lo es". Teme que pueda pasar algo parecido: "Hacer social la ciencia es bajarla de su pedestal. Cuando está arriba es bonita y brillante, pero no sirve de nada. Conforme baja se vuelve útil, pero empieza a tener sombras". Aun así considera que es positivo para que la gente aprenda a valorarla tal y como es.

 

Promesas en medio de la incertidumbre

 

Lobera opina que el mayor impacto que sufrirá la ciencia será en su imagen de infalibilidad. "La ciencia es incertidumbre", pero en las últimas décadas ha habido "una comunicación muy basada en una certeza y un poder predictor casi absolutos". Asegura que eso "está pasando factura".

"Los científicos sabemos que hay ámbitos de la ciencia muy provisionales", continúa, "pero cuando esto afecta a los ciudadanos tiene repercusiones negativas. No lo aceptan. Les supone una frustración respecto a la idea que tenían de reveladora de verdades permanente capaz de resolver todos los problemas".

Bucchi comparte este temor: "Es un problema cuando la ciencia promete algo a corto plazo a la sociedad, sobre todo en medicina". Considera que "hay que ser cuidadoso porque a veces no es posible decir con precisión qué pasará ni cumplir unas expectativas tan altas".

Por todo esto Lobera es "muy crítico" con lo que considera "una comunicación idealizada de la ciencia, que vende mucho y es muy efectiva porque a la gente le entusiasma". El investigador cree que "en una sociedad secularizada, la ciencia ha ocupado un espacio casi religioso, pero debemos devolverla a su espacio real. Es la mejor herramienta que tenemos, pero no es mágica y eso va a decepcionar". Teme incluso que algunos se "enfaden" al descubrir que ni era "perfecta" ni los expertos eran "magos".

 

La ciencia, más politizada que nunca

 

Este ‘enfado’ se ha palpado con algunos de los investigadores implicados en la crisis. "Para muchos soy el malo que está dañando la economía", decía en una entrevista el virólogo que lidera la respuesta alemana contra la COVID-19, Christian Drosten, quien aseguraba haber recibido amenazas de muerte por ello. En EEUU los epidemiólogos que modelizan la pandemia han sido acusados de ser un fraude por parte de algunos defensores de Trump, que los consideran parte de un complot para dañar la reelección del presidente.

Bucchi advierte del peligro de que un mensaje científico sea rechazado "no por su contenido, sino porque lo dé un político que no nos gusta". Asegura que se ha visto en Italia, donde parte de la comunicación no era llevada a cabo por los técnicos.

"Hay quien canaliza la rabia y la frustración buscando culpables", dice Lobera. Sin embargo, no cree que esto afecte a la percepción general de la ciencia ni de los expertos como colectivo, sino de forma específica sobre "aquellos que sentimos que han fallado a la hora de protegernos".

Esto no quita, según el investigador, que en el "combate" político se puedan usar cañonazos contra peones de la ciencia. "Es esperable que quienes más ansiedad experimenten sean los que confíen menos en los expertos a cargo. En una crisis no es lo mismo estar gobernado por un partido que votaste que por uno en el que desconfías".

Estos cañonazos se han observado en países como Reino Unido. "Quienes están políticamente en contra del confinamiento buscan hundir a los científicos que consideran responsables de crearlo", aseguraba en una entrevista el exconsejero David King. "No miran a la ciencia [...]. Lo que hacen es encontrar un escándalo para atacar a la persona". Sus palabras hacían referencia a Neil Ferguson, una de las caras más visibles de la respuesta británica, que tuvo que dimitir del comité de asesoría británico tras la publicación de que su amante se había saltado el confinamiento para ir a verlo.

 

¿La muerte del ‘experto’?

 

"Soy un estadístico médico. He estudiado estas cosas […] durante décadas. Por eso no me verás hacer ningún pronóstico sobre el coronavirus", escribía en Twitter a comienzos de abril el matemático Robert Grant. "Creo que los Centros para el Control de Enfermedades (CDC) tienen la experiencia que necesitan. También hay mucho postureo que supone el riesgo de distraer o confundir a la gente. Diría que es el momento del perfeccionismo".

Algo similar sostenía la investigadora de la Universidad Emory (EEUU) Cecile Janssens //medium.com/@cecilejanssens/experts-with-opinions-and-experts-with-facts-abb79ddd65cf">en un texto sincero: "Soy epidemióloga pero apenas se nada sobre epidemias". Insistía en que "la experiencia es subjetiva y tiene límites". En el otro lado del ring economistas, físicos, emprendedores tecnológicos y cualquiera con nociones básicas de estadística han intentado prever el futuro de la pandemia desde su comienzo.

En este sentido, un artículo del filósofo de la Universidad de Estocolmo (Suecia) Erik Angner defendía la necesidad de la "humildad epistémica" durante la pandemia. "Ser un verdadero experto incluye no solo saber cosas, sino conocer los límites de tu conocimiento. Si no tienes la capacidad de hacer modelos epidemiológicos avanzados deberías asumir que no puedes diferenciar uno bueno de uno malo".​

"Lo que dice un experto encaja en dos categorías: temas de los que saben y temas de los que no", escribía Janssens. Bucchi no cree que el público sea consciente de estas limitaciones. "Los premios Nobel cambiaron la visión de la ciencia en el siglo XX y crearon la figura de la ‘estrella’ científica. Una vez te conviertes en una, la gente te pregunta sobre todo, incluso fuera de tu área de experiencia".

El sociólogo italiano considera que es un fenómeno que se está viendo durante la pandemia. "Hay quien habla de virología sin ser virólogo y esto puede generar confusión y la percepción de que la ciencia da palos de ciego porque cada investigador dice una cosa. No es momento de hipótesis, sino de enviar mensajes cortos y claros".

Aun así, Bucchi se alegra de que los medios estén más interesados en entrevistar a virólogos y epidemiólogos. "Esto podría cambiar la percepción pública de los expertos, pero no sé cómo, porque diferentes expertos dicen cosas diferentes y eso también puede confundir a la gente".

 

El papel de los medios y la comunicación

 

Al filósofo e historiador de la ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid Javier Ordóñez le preocupa la credibilidad de los mensajes en esta crisis: "Los científicos saldrán reforzados porque si hay una solución vendrá de un tratamiento o vacuna, pero me da miedo que se corrompa la fiabilidad de los canales de distribución de la información científica", explica. "El número de bulos que corren es enorme y la comunicación de la ciencia puede salir muy perjudicada si no somos capaces de dar informaciones veraces, tranquilas y sosegadas".

La catedrática de Periodismo de la Universidad de Valencia Carolina Moreno, líder del grupo de investigación ScienceFlows, asegura que, aunque algunos medios pueden ser alarmistas, "la información basura, la infodemia tóxica, es la que no emana de los medios sino que va por redes sociales y WhatsApp".

Ordoñez lamenta que "los charlatanes se hayan multiplicado y den un púlpito a gente con aspecto respetable que dice cosas indescriptibles y hace pronósticos atrevidos". "El público favorece al charlatán porque le da lo que quiere escuchar, soluciones innovadoras de la noche a la mañana o críticas triviales de las decisiones tomadas".

 

¿Qué pasará con la siguiente amenaza?

 

Lo cierto es que, a pesar del prestigio de los científicos, sus alertas sobre el riesgo de los coronavirus animales no se han escuchado lo suficiente. Un estudio publicado en 2007 ya alertaba de la "bomba de relojería" que suponían estos virus para el ser humano. La OMS recomendó priorizar su investigación desde 2015 y en octubre de 2019 avisó de que el mundo no estaba preparado para la próxima gran pandemia que se avecinaba.

Cuando esta crisis finalice, ¿haremos caso a los investigadores que nos advierten de amenazas como el cambio climático o los tildaremos de nuevo de alarmistas?

"Lo esperable es que los avisos científicos se tomen más en serio, sobre todo en los próximos dos o tres años, porque esto nos va a marcar", considera Lobera. "No es una crisis leve y va a afectar a la opinión que tenemos de muchas cosas, y una es la ciencia. Los avisos se van a escuchar de otra manera. El del cambio climático, también". Bucchi también es optimista: "Espero que se aprenda la lección".


Mascarillas: cómo tomar decisiones informadas en la ciencia

El uso —o no— de mascarillas por parte de la población general ha causado un debate acalorado. Se ha criticado a investigadores, políticos y organizaciones por cambiar de opinión conforme lo hacían los datos y las evidencias.

Hay estudios que afirman que estas protegen de aerosoles en condiciones de laboratorio controladas y con maniquíes. Pero "la pregunta sobre si las mascarillas funcionan es sobre si lo hacen en el mundo real, usadas por gente real en situaciones reales", reflexionaba la bioestadística de la Universidad de Birmingham Karla Hemming en BMJ.

Hemming concluía que la evidencia obtenida de ensayos en los que la gente lleva mascarillas en el día a día "sugiere que usarlas genera un comportamiento de compensación de riesgo". Algo similar aseguraban dos expertas en protección respiratoria de la Universidad de Illinois en Chicago, quienes no recomendaban su uso por la falsa sensación de seguridad que imbuyen.

La evidencia científica con pruebas controladas aleatorizadas es muy limitada y los resultados "no son concluyentes", aclara la investigadora de la Universidad de Oxford y coautora de un comentario publicado en The Lancet sobre el uso "racional" de estos equipos de protección, Shuo Feng.

La investigadora atribuye al desabastecimiento inicial que la mayoría de países y organizaciones no recomendaran su uso durante las primeras fases. "La evidencia científica se actualiza constantemente y las conclusiones de hoy pueden no ser las de mañana", comenta. "Creo que las políticas deberían actualizarse a la par con la evidencia, y para eso hace falta una buena comunicación pública".

Sin embargo, las decisiones políticas no siempre pueden esperar a las evidencias.

Este ejemplo muestra que tomar decisiones en contextos de incertidumbre, con evidencias incompletas y cambiantes, es difícil, y que las instituciones deben transmitir y explicar esta complejidad.

"Los expertos en sanidad tienen peso dentro de las decisiones políticas, pero quienes deben tomarlas son los políticos. La ciencia puede ayudar dando datos y poniendo opciones sobre la mesa", dice Climent. "A la ciencia no le puedes pedir que haga futurología", asegura el investigador.

madrid

15/05/2020 10:16