Jueves, 21 Mayo 2020 06:01

Una pandemia no esconde la otra

Una pandemia no esconde la otra

COVID-19 y el clima

Desde la ONU, Ginebra, Suiza

El planeta sigue transpirando. Las temperaturas globales se disparan, a pesar del leve respiro que, paradójicamente, le da el COVID-19 con su corolario de contracción económica y reducción del transporte. Los próximos e imprevistos desastres naturales seguirán tocando a la puerta de la Tierra, aunque el coronavirus buscará desplazarlos del primer plano mediático.

Las emisiones de gases de efecto invernadero, como el C02, responsables principales del deterioro climático, se redujeron drásticamente durante la actual crisis. Por ejemplo, en China, principal emisor del mundo, se estima que las mismas bajaron en torno de un 25 %.

“Suspiro” en sala de emergencia

Sin embargo, descenso momentáneo no implica solución estratégica. Y hacia allí apunta Greenpeace, cuando afirma en su estudio de abril del año en curso que “pese a la reducción de las emisiones en algunos sectores como el transporte y el eléctrico, la concentración de CO2 en la atmósfera no baja, sino que sigue aumentando. Consecuentemente la crisis sanitaria no está contribuyendo a paliar la otra gran crisis que enfrenta el mundo: el cambio climático”  (https://es.greenpeace.org/es/noticias/la-concentracion-de-co2-sigue-creciendo-a-pesar-de-la-crisis-sanitaria-causada-por-el-covid-19/)

La ONG internacional sistematiza algunas estimaciones sobre la reducción transitoria a raíz de la crisis. Y afirma que Alemania podría emitir entre 50 y 120 millones de toneladas menos de CO2 este año por la enorme bajada en la demanda de electricidad. En la ciudad de Nueva York se estima una caída del 5-10% de las emisiones de CO2 y una caída sólida en el metano.

Carbon Brief, referencia en el tema, sostiene que esa reducción podría ser de un 5% con respecto a 2019 (https://www.carbonbrief.org/analysis-coronavirus-set-to-cause-largest-ever-annual-fall-in-co2-emissions). Y sostiene que dicho descenso va a ser el más importante de la historia, desde que se realizan inventarios. Será más significativo que las caídas de CO2 registradas, en orden descendente, durante la recesión del 1991-1992; la crisis energética del 1980-81; la Gripe Española de 1918-1919; y la crisis financiera del 2008-2009.

La Agencia Internacional de la Energía (AIE) constata que la demanda de petróleo de este año ha caído por primera vez desde 2009. Una reducción de cerca de 90.000 barriles de petróleo/día respecto a 2019, debido a la profunda contracción del consumo en China y a las suspensiones en los viajes y el comercio mundiales. Los datos más recientes indican que la demanda de petróleo se desplomó un 25%. Para visualizarlo con una imagen, esa caída sería como si toda Norteamérica (EEUU, Canadá y México) dejasen de consumir ese combustible de golpe.

Cada vez peor

Los últimos cinco años, según el balance de diferentes organizaciones internacionales especializadas, han sido dramáticos para el clima. A pesar de los gritos crecientes de nuevos actores sociales que ganaron asidua y activamente las calles, las cifras son categóricas.

Desde los años 80 cada década ha sido más cálida que la anterior. La concentración del CO2, en el último quinquenio resultó un 18% mayor que en el anterior. El año pasado se registraron los valores más elevados en cuanto a contenido calorífico en los 700 metros superiores de los océanos, amenazando significativamente la vida marina y los ecosistemas.

Las olas de calor golpearon entre 2015-2019 a todos los continentes sin distinción. Y fueron una de las causas principales de los incendios forestales sin precedentes, no solo en la selva amazónica, sino en Australia, América del Norte y Europa.

En cuanto a la repercusión directa en la especie humana, cerca un tercio de la población mundial vive en zonas con temperaturas potencialmente mortales, al menos 20 días por año, debido a las enfermedades propias de ese clima excesivo. La sequía multiplicó la inseguridad alimentaria en numerosas regiones del globo, en particular en África, en tanto los ciclones tropicales repetidos produjeron pérdidas incalculables.

Las lluvias intensas y desbocadas, facilitan la aparición de brotes epidémicos. Allí donde el cólera es ya endémico, 1300 millones de personas corren el riesgo de contraer la enfermedad.

50 años de “poco o nada”

Hace exactamente medio siglo, se “celebró” por primera vez el Día de la Tierra. Entonces, los expertos comenzaron a alertar sobre las consecuencias irreparables para la humanidad producto del calentamiento global.

El diagnóstico de entonces no era errado. Según datos de la Organización Meteorológica Mundial, la concentración de CO2 es actualmente un 26% mayor que las marcas de 50 años atrás. La temperatura aumentó en igual período un 0,86°C y ya supera holgadamente en 1,1°C la de la era preindustrial. Y la tendencia sigue en ascenso. La misma agencia de la ONU calcula saltos significativos hasta 2024, en particular en las regiones de altas latitudes y zonas terrestres, siendo más lento en los océanos, en particular el Atlántico Norte y el Austral. (https://public.wmo.int/es/media/comunicados-de-prensa/el-d%C3%ADa-de-la-tierra-hace-hincapi%C3%A9-en-la-acci%C3%B3n-clim%C3%A1tica)

Desafíos monumentales

En tanto la pandemia produjo un cimbronazo mundial sin precedentes desde la 2da Guerra Mundial, pero con impacto a corto y mediano plazo, la lucha contra el calentamiento apuesta a la estrategia misma de sobrevivencia de la humanidad.

 “Se debe actuar con decisión para proteger el planeta tanto del coronavirus como de la amenaza existencial del cambio climático”, declaró recientemente Petteri Talas, director de la Organización Meteorológica Mundial.  Agregando que “debemos aplanar la curva tanto de la pandemia como del cambio climático…Tenemos que actuar juntos en interés de la salud y la prosperidad de la humanidad, no solo durante las próximas semanas y meses, sino pensando en muchas generaciones futuras”.

Si se quiere controlar la pandemia climática, se debería asegurar – lo que parece ya casi imposible- una disminución de las emisiones globales de carbono de 7,6% para fines del año en curso. Y mantener ese porcentaje de reducción anual durante la próxima década para mantener el calentamiento global por debajo del 1,5°C a fines del siglo, según las previsiones del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

Visión compartida, al menos retóricamente, por el Secretario General de las Naciones Unidas. En su mensaje por el Día Internacional de la Madre Tierra, el pasado 22 de abril, Antonio Guterres insistió en que “las perturbaciones del clima se están acercando a un punto de no retorno”. Y definió seis principios para que la recuperación económica y financiera postcrisis se impulse en el marco de una nueva conciencia de protección del medioambiente. “La recuperación debe ir acompañada de la creación de nuevos trabajos y empresas mediante una transición limpia y ecológica …la artillería fiscal debe impulsar el paso de la economía gris a la verde y aumentar la resiliencia de las sociedades y las personas” (https://www.un.org/es/observances/earth-day/message)

Greenpeace, por su parte, en el estudio de abril, considera que, “aunque las reducciones puntuales en las emisiones no van a paliar la crisis climática, sí deberían servir para iniciar los cambios profundos y necesarios para reducir las emisiones a cero”. Sostiene que este punto de inflexión puede y debe ser un motor de la recuperación económica y ser la base de la prosperidad a largo plazo. Y llama a que los Gobiernos abandonen las subvenciones a los combustibles fósiles al mismo tiempo que el apoyo a las inversiones públicas se destinen a actividades productivas que garanticen la sostenibilidad del planeta.

Recuperar la calle

La pandemia y las restricciones de movilización y concentración humana frenaron en seco, por algunas semanas, la protesta ciudadana a nivel planetario. La misma estaba en ascenso en muchos países cuando se desató el COVID-19.

Esa cuarentena de calle golpeó particularmente a las movilizaciones juveniles en defensa del clima, principales protagonistas sociales durante todo 2019, en todo caso en Europa. Y hoy, una de las *víctimas* indirectas de la pandemia.

Las organizaciones nucleadas en torno la Huelga Climática, que marcaron la dinámica social en Suiza en los últimos dos años, se vieron obligadas a renunciar, por ejemplo, a la gran jornada de acción que había sido originalmente convocada para el pasado viernes 15 de mayo. Que había logrado consensuar las fuerzas juveniles medioambientales y las principales organizaciones sindicales. Y que se proponía crear un hecho político de la dimensión de la Huelga de Mujeres, del 14 de junio del 2019, cuando se movilizaron en todo el país medio millón de participantes.

Cuando la lenta reapertura comienza a transitarse en una buena parte del planeta, la pregunta de fondo es doble. ¿Logrará imponerse una nueva racionalidad productiva que sea ecológicamente sustentable? Y, adicionalmente, ¿conseguirán las organizaciones sociales -especialmente juveniles- a favor del clima recuperar la energía de un año antes o sufrirán el impacto del lockdown impuesto por los gobiernos para evitar la propagación de la pandemia?  

Por Sergio Ferrari | 21/05/2020

Publicado enMedio Ambiente
Sábado, 16 Mayo 2020 06:26

Tres historias berlinesas

Jóvenes alemanes celebran la reunificación del país frente a la Puerta de Brandeburgo en la ciudad de Berlín en octubre de 1990 / Foto: Afp, Gilles Leimdorfer

A 30 años de la reunificación alemana.

Mientras la Rfa completaba la anexión de la Rda, la vida de los alemanes cambió para siempre. Un punk, una estudiante y un soldado recuerdan cómo vivieron aquellos días turbulentos y reflexionan sobre la herencia agridulce de aquel proceso de unión, que aún condiciona a la Alemania actual.

 

Desde Berlín

A lo largo de 1990, las dos Alemanias suscribieron una serie de acuerdos que concretaron su reunificación tras la caída, el año anterior, del Muro de Berlín. El 18 de mayo se cumplirán 30 años de la firma del tratado de unión monetaria, económica y social, que significó que la República Democrática Alemana (Rda) adoptara la economía de mercado y el marco alemán. Separada por 45 años después de la Segunda Guerra Mundial, Berlín, testigo y protagonista de esta historia, conserva las huellas del pasado como si fueran tatuajes en el cuerpo: un diario de vida estilizado que se expone orgullosamente ante los demás.

 

UN REBELDE COOL DE BERLÍN ORIENTAL.

 

Sven Marquardt también concibe sus propios tatuajes como un diario de vida: una manera de llevarse imágenes y citas hasta el día de su muerte, según expresa en su autobiografía Die Nacht ist Leben (La noche es la vida), publicada en 2014. Sven Marquardt es portero del legendario club (discoteca) berlinés Berghain, conocido por su estricta política de admisión. También es fotógrafo y hasta el día de hoy se mantiene fiel a su preferencia por los retratos. Si alguna vez Berlín fue declarada “la ciudad más cool de Europa”, eso también se debe a figuras emblemáticas como Sven Marquardt.

Nacido en Berlín Oriental en 1962, Marquardt forjó su juventud en la Rda. “Pasé mucho tiempo en los llamados Interhotels de Berlín [Oriental], en el Metropol y el Berolina. El ambiente allí era cosmopolita, porque entre los huéspedes había alemanes occidentales y otros extranjeros que traían moneda fuerte. Me despertaba a menudo en una cama de hotel. Los hombres con los que me iba voluntariamente tenían 30 o 40 años, el doble de mi edad”, cuenta.

Si bien la homosexualidad en la Rda fue tempranamente despenalizada, en 1968, a los homosexuales se les impedía tener locales propios, asociaciones y revistas, y todavía en los ochenta la Stasi los vigilaba como si fueran criminales. La moral del Partido Socialista Unificado (Sed, por sus siglas en alemán) quería familias nucleares con padre y madre trabajadores. La patria no eran los homosexuales. Marquardt, además, era un joven punk en el Berlín Oriental de los años ochenta. Debido a sus intentos de suicidio, el Ejército lo declaró “inútil” (en alemán: ausgemustert) y así pudo evitar el servicio militar obligatorio. “Nueva York está donde nosotros estamos” era una de las máximas en su grupo de amigos, recuerda. Como no podían viajar a la vibrante atmósfera de la metrópoli estadounidense, reinventaron una actitud ante la vida inspirada en ella y vivieron de la forma menos convencional posible en su propia ciudad. Jóvenes punks en la Rda, el Estado de los trabajadores y los campesinos.

 

BERLÍN OCCIDENTAL Y EL LUGAR DEL OTRO.

 

Distinta era la situación del otro lado del muro. “Berlín era considerado un espacio de libertad, incluso algo exótico para muchos jóvenes de Alemania Occidental. Era una ciudad de jóvenes y jubilados, prácticamente sin sectores medios, cuya agitación política y diversidad cultural no hubiera sido posible sin la existencia del muro”, me explica Susanne Klengel en su despacho del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Libre de Berlín, donde hoy es catedrática de literatura latinoamericana.

Nacida en Múnich en 1960, Klengel llegó a Berlín Occidental en 1980. Allí participó activamente en el movimiento feminista, en los incipientes círculos de interés sobre América Latina (como la todavía existente librería Andenbuch, fundada por el germano-uruguayo Thomas Rübens en 1986). Cuando su presupuesto de estudiante se lo permitía, tramitaba la visa para cruzar la frontera. “Había cierto voyerismo occidental al visitar Berlín Oriental, sin dudas, pero también había una apertura y una curiosidad sinceras. No éramos meros turistas. Percibíamos algo muy extraño y muy cercano del otro lado del muro”, recuerda y se levanta para poner un letrero en la puerta de su despacho que dice: “Prüfung, bitte nicht stören!” (examen, por favor, no moleste). “Para que no toquen más a la puerta”, me dice y sonríe

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LA CAÍDA DEL MURO.

 

Poco antes del 9 de noviembre de 1989, Sven Marquardt cruzó a Berlín Occidental. Tuvo la oportunidad de viajar al sur de Francia para un festival de fotografía a través de la Asociación de Artistas de la Rda. Sin embargo, no llegó más que a Kreuzberg: “Estar de pronto del otro lado tenía algo melancólico y algo bastante absurdo. Me dije a mí mismo: imagináte quedarte acá, sin poder volver nunca más a casa”. ¿Por qué debería viajar al sur de Francia si ya tenía bastante con entender su propia ciudad dividida? Marquardt volvió a la parte este. Unos meses después, se caía el Muro de Berlín: “Esa misma noche tuvo lugar el estreno de Coming Out en la Rda, una película de Heiner Carow que trata de un joven profesor gay de Berlín Oriental. […] Desde la perspectiva actual, el título de la película tuvo una gran connotación para ese día. Porque también un país entero se destapaba el 9 de noviembre. Coming Out fue el título para una nueva era”.

A las siete de la tarde fue cuando Susanne Klengel, en Berlín Occidental, vio por televisión la histórica conferencia de prensa en la que Günter Schabowski anunció sorpresivamente la apertura de la frontera amurallada. “Lo escuché, pero no podía creerlo. Para mí, eso era algo tan irreal que luego apagué la televisión y me fui a dormir. Al día siguiente fui al centro de la ciudad y el subte estaba repleto de gente. De pronto una persona se me acercó y me preguntó, con un inconfundible acento berlinés, cómo ir a Ku’damm. ¿Qué hace un berlinés preguntando cómo llegar a una de las avenidas más famosas de la ciudad?, pensé. Ahí me di cuenta de que el muro se había caído.” El encuentro presagiaba la reunificación.

La caída del muro fue un evento que ni la propia Rda pudo prever. Así me lo cuenta Jan Steffen, quien, al contrario de Sven Marquardt, sí ingresó al Ejército de la Rda. En 1988 se enroló, con 18 años, en las Grenztruppen, las Tropas de Frontera. Me reuní con él en un café de Prenzlauer Berg, su barrio natal en Berlín, y allí me contó cómo vivió ese día histórico: “El 9 de noviembre, mi turno iba hasta las diez de la noche. Volví al cuartel y nadie se había enterado de la conferencia de prensa. A la una de la mañana nos despertaron con alarma, nos ordenaron vestirnos y buscar el arma porque algo había sucedido en la frontera, pero no recibimos ninguna información de los oficiales. Mientras esperábamos para salir, encendimos la radio y finalmente comprendimos que la frontera había sido abierta. Sin embargo, a las seis de la mañana tuve que salir a patrullar y desde allí divisé una inmensa fila de autos que iba hacia Berlín Occidental. Fue en ese momento cuando sentí que se había hecho posible aquello que nunca lo había sido. Ahora sí habría un cambio”. Steffen me narra detalladamente cada uno de los sucesos y escucha atentamente mis preguntas, aunque a veces yo me demore un poquito más de la cuenta expresándome en alemán. Desde hace más de 20 años Steffen enseña su idioma materno como lengua extranjera.

 

¿LA RECONCILIACIÓN DE DOS PAÍSES?

 

Poco tiempo después de la reunificación, aún quedaba mucho tiempo por delante para que los alemanes se re-conocieran a sí mismos. Steffen me relató la ocasión, a mediados de los noventa, en la que fue a un cumpleaños en Wuppertal (Alemania Occidental) donde sólo había alemanes del oeste. Era el 2 de octubre y, en determinado momento, se dieron cuenta de que el día siguiente era feriado y todavía debían hacer algunas compras. Alguien preguntó qué feriado era, pero nadie supo la respuesta. Steffen nunca lo olvidará: “Para ellos, el 3 de octubre, el Día de la Unidad Alemana, era un evento muy lejano”. Al mismo tiempo, era algo que él no les podía reprochar, porque “para ellos sólo se agrandó su país”.

En 1993 conoció a su ahora exesposa, oriunda de la Renania del Norte, y así empezó a viajar a Alemania Occidental para visitar a su nueva familia. Eso le dio la oportunidad de conocer aquel país que había imaginado tantos años desde el otro lado de la Cortina de Hierro. “Muy conveniente: la mayoría de mis amigos de Alemania Oriental sólo viajaban por una o dos semanas de vacaciones, pero no conocieron realmente Alemania Occidental”, comenta Steffen irónicamente. ¿Reconciliación entre dos países? A Steffen no le parece acertada la palabra “reconciliación”. En cualquier caso, lo que sí hubo fue amor interalemán.

BAILANDO LA REUNIFICACIÓN.

La vocación artística de Sven Marquardt experimentó una ruptura con la reunificación. Tras la caída del Muro de Berlín, el entonces joven de 27 años trabajaba ocasionalmente como fotógrafo, pero rápidamente perdió el interés en su oficio y se entregó por completo a la vida nocturna de la capital reunificada. Allí encontró un refugio para aplazar los desafíos impuestos a su nueva identidad. “La Rda dejó de existir. ¿Significaba eso que tenía que reinventarme también? ¿Qué nos deparaba ese nuevo país, cómo sería nuestra vida? Con la misma vehemencia con que el tiempo pasado llegaba a su fin, el nuevo lo relevaba. No hubo período de prueba para nosotros”, reflexiona Marquardt en su autobiografía.

A través de su hermano Oliver, que tocaba en los clubes de la capital, Marquardt consiguió su primer trabajo como portero en un boliche. A comienzos de los noventa, sin escasez de viviendas, gentrificación ni turismo masivo, como en 2020, Berlín era un espacio anárquico con edificios desocupados y bloques de apartamentos en ruinas. En ese mundo surgió la Clubkultur berlinesa, la cultura de clubes nocturnos que ha redefinido la identidad de la ciudad desde el cambio de milenio. Desde hace 15 años, Marquardt controla el ingreso al club de música tecno (en alemán: Techno-Club) más famoso de esa movida, el Berghain. Sin embargo, hace ya un cuarto de siglo que él es parte de ese mundo. Tal vez allí las metamorfosis de su vida –el rebelde cool de Berlín Oriental, el joven que experimentó su coming out en la Rda, el artista–no sucumben a la exigencia de presentar una síntesis biográfica como identidad propia hacia los demás. “La noche, embarazada de drogas y euforia –explica Marquardt– nos permite experimentar a la gente de forma pura. Las máscaras caen, hay dramas y comedias.” La vida nocturna también fue una manera de experimentar la reunificación.

LIBERTAS MAGISTRA VITAE.

Poco antes de la reunificación, el entonces canciller, Helmut Kohl, prometió que el este de Alemania se transformaría en blühende Landschaften, “paisajes florecientes” de rápido crecimiento económico. Pero la promesa tuvo un impacto negativo. Según el informe anual que hace el gobierno sobre la unificación, la economía de Alemania Oriental sigue demasiado fragmentada y las tasas de desocupación todavía son mayores que en Alemania Occidental. El 57 por ciento de los alemanes del este aún se consideran ciudadanos de segunda clase, porque tienen peores sueldos, peores jubilaciones y están subrepresentados en muchos ámbitos de la sociedad, incluso en las altas esferas de los negocios y la política. La equiparación de los niveles de vida entre el este y el oeste necesita más tiempo, pero, de todos modos, el progreso alcanzado ya es bastante importante.

Sin embargo, hoy el problema es otro. Los índices de aprobación de la democracia en Alemania del Este son “preocupantes”, destaca el informe oficial. El descontento de la población también se manifiesta en los resultados electorales de los últimos años. La mayoría de los votantes de Alternativa para Alemania (Afd, por sus siglas en alemán), el partido de ultraderecha con representación en el Bundestag desde 2017, proviene de los estados del este. Me pregunto si no es una ironía de la historia que muchos de esos votantes, cuyas biografías aún albergan el pasado de la dictadura del Sed, hoy se decidan por un partido marcadamente autoritario como Afd. Treinta años después, ¿acaso aquella sensación de libertad tras la caída del muro no se les ha vuelto en su contra?

Susanne Klengel es más escéptica al respecto: “Sinceramente, no sé en qué consistía ese sentimiento de libertad. ¿En poder viajar o comprar cosas con la nueva moneda? ¿En decir abiertamente lo que se piensa? La libertad tiene distintos niveles. Y si hoy está constreñida en algún sentido; yo más bien diría que por razones materiales. El problema es la desigualdad”. Jan Steffen, por su parte, reflexiona sobre la libertad en su dimensión más personal: “Cuando por primera vez estuve en el extranjero ‘de Occidente’, en Suecia, Dinamarca y luego en París, me di cuenta de que si la Rda hubiera seguido existiendo, probablemente yo no hubiera tenido la posibilidad de conocer y estudiar en otros países, como efectivamente la tuve años después. Eso sólo se logra con libertad. Con la caída de la Rda y la reunificación obtuve libertad personal. Y, con el paso de los años, he comprendido lo valiosa que es esa libertad para mí”.

Por Mateo Dieste

15 mayo, 2020

Publicado enInternacional
El coronavirus baja a la ciencia de su pedestal, ¿habrá una crisis de confianza?

La búsqueda de soluciones contra la COVID-19 nos está mostrando la ciencia en directo. Sin embargo, en ocasiones se desprecia la evidencia como base para tomar decisiones políticas o, en el otro extremo, se le exige al conocimiento científico un poder de predicción absoluto que no tiene. ¿Esta crisis pasará factura a su imagen social?

  

Vacunas que prometen plazos imposibles. Tratamientos sin eficacia ni seguridad demostradas. Estudios flojos. Modelos epidemiológicos amateurs. Expertos que se contradicen. Investigadores atrapados en un combate político. Bulos. Mascarillas sí, mascarillas no. La pandemia de COVID-19 está lejos de terminar pero, cuando lo haga, ¿cómo habrá cambiado nuestra percepción de la ciencia?

La percepción social de la ciencia en España ha sido positiva hasta ahora, según recoge la última encuesta realizada por FECYT en 2018. El punto de partida también es bueno en otros países de Europa y Norteamérica. La pregunta es cómo afectará la crisis del coronavirus a esta visión.

"Hay un sector ambivalente en crecimiento", explica a SINC el sociólogo de la Universidad Autónoma de Madrid Josep Lobera. Incluye en este grupo a quienes, sin ser contrarios a la ciencia, "ven tanto problemas como beneficios" en ella. Una visión que depende mucho de la ideología, las condiciones sociodemográficas y educativas.

Existen pocos datos en España que permitan evaluar la situación actual. Una encuesta realizada a finales de abril por el CSIC mostraba que los sanitarios eran el colectivo mejor valorado por los ciudadanos (4,41 puntos sobre 5), seguidos de los expertos y científicos (4,15 puntos).

El investigador de la Universidad de Trento (Italia) Massimiano Bucchi ha estudiado esta cuestión en su país. Los resultados de sus encuestas muestran tres clústeres de ciudadanos: optimistas, desorientados y pesimistas. Estos últimos, que representan el 22 %, tienen una visión negativa de la gestión de la crisis del coronavirus y de la comunicación al respecto, por lo que se informan a través de amigos, familiares y redes sociales.

Además, casi la mitad de los ciudadanos italianos está de acuerdo con que "las opiniones de los expertos científicos han sido disparatadas y causado confusión". Es por eso que Bucchi considera que la comunicación de la crisis no ha estado a la altura, pero es cauto a la hora de valorar cómo afectará esto a la percepción social de la ciencia en un futuro.

Lobera retrocede a crisis tecnocientíficas anteriores para arrojar algo de luz: las vacas locas, Fukushima y Chernóbil "aumentaron ese espacio de ambivalencia y percepción de riesgos". Aclara que la situación no es del todo comparable, ya que la crisis actual "no está generada por una tecnología mal usada que genera un problema nuevo". El tiempo dirá si las falsas teorías sobre la intervención humana en el origen de la pandemia penetran en la población, sobre todo en países donde son apoyadas por el Gobierno, como EEUU.

Aun así, Lobera opina que la pandemia de SARS-CoV-2 "muy probablemente" no afectará en su conjunto a la ciencia: "Seguirá teniendo una imagen positiva que aumentará en su conjunto porque se disparará en sectores como el médico". En las áreas biosanitarias, tradicionalmente las mejor consideradas, crecerá la conciencia de que "hace falta invertir más".

El último barómetro publicado por la asociación alemana Wissenschaft im Dialog le da la razón. "El nivel general de confianza en la ciencia se ha incrementado significativamente en el contexto de la pandemia de coronavirus", asegura el resumen de la encuesta.

El investigador del Hospital Gregorio Marañón de Madrid e ideólogo de la iniciativa ciudadana Ciencia en el Parlamento Andreu Climent es más pesimista y teme un efecto rebote. "Si todo el mundo mira a la ciencia y esta tarda meses o años en tener una hoja de ruta, es fácil que, cuando esté todo solucionado, se le eche la culpa por ser lenta".

Para Climent es importante diferenciar entre la percepción que creemos tener y la que de verdad tenemos. "Es como lo de ser racista, que nadie lo es". Teme que pueda pasar algo parecido: "Hacer social la ciencia es bajarla de su pedestal. Cuando está arriba es bonita y brillante, pero no sirve de nada. Conforme baja se vuelve útil, pero empieza a tener sombras". Aun así considera que es positivo para que la gente aprenda a valorarla tal y como es.

 

Promesas en medio de la incertidumbre

 

Lobera opina que el mayor impacto que sufrirá la ciencia será en su imagen de infalibilidad. "La ciencia es incertidumbre", pero en las últimas décadas ha habido "una comunicación muy basada en una certeza y un poder predictor casi absolutos". Asegura que eso "está pasando factura".

"Los científicos sabemos que hay ámbitos de la ciencia muy provisionales", continúa, "pero cuando esto afecta a los ciudadanos tiene repercusiones negativas. No lo aceptan. Les supone una frustración respecto a la idea que tenían de reveladora de verdades permanente capaz de resolver todos los problemas".

Bucchi comparte este temor: "Es un problema cuando la ciencia promete algo a corto plazo a la sociedad, sobre todo en medicina". Considera que "hay que ser cuidadoso porque a veces no es posible decir con precisión qué pasará ni cumplir unas expectativas tan altas".

Por todo esto Lobera es "muy crítico" con lo que considera "una comunicación idealizada de la ciencia, que vende mucho y es muy efectiva porque a la gente le entusiasma". El investigador cree que "en una sociedad secularizada, la ciencia ha ocupado un espacio casi religioso, pero debemos devolverla a su espacio real. Es la mejor herramienta que tenemos, pero no es mágica y eso va a decepcionar". Teme incluso que algunos se "enfaden" al descubrir que ni era "perfecta" ni los expertos eran "magos".

 

La ciencia, más politizada que nunca

 

Este ‘enfado’ se ha palpado con algunos de los investigadores implicados en la crisis. "Para muchos soy el malo que está dañando la economía", decía en una entrevista el virólogo que lidera la respuesta alemana contra la COVID-19, Christian Drosten, quien aseguraba haber recibido amenazas de muerte por ello. En EEUU los epidemiólogos que modelizan la pandemia han sido acusados de ser un fraude por parte de algunos defensores de Trump, que los consideran parte de un complot para dañar la reelección del presidente.

Bucchi advierte del peligro de que un mensaje científico sea rechazado "no por su contenido, sino porque lo dé un político que no nos gusta". Asegura que se ha visto en Italia, donde parte de la comunicación no era llevada a cabo por los técnicos.

"Hay quien canaliza la rabia y la frustración buscando culpables", dice Lobera. Sin embargo, no cree que esto afecte a la percepción general de la ciencia ni de los expertos como colectivo, sino de forma específica sobre "aquellos que sentimos que han fallado a la hora de protegernos".

Esto no quita, según el investigador, que en el "combate" político se puedan usar cañonazos contra peones de la ciencia. "Es esperable que quienes más ansiedad experimenten sean los que confíen menos en los expertos a cargo. En una crisis no es lo mismo estar gobernado por un partido que votaste que por uno en el que desconfías".

Estos cañonazos se han observado en países como Reino Unido. "Quienes están políticamente en contra del confinamiento buscan hundir a los científicos que consideran responsables de crearlo", aseguraba en una entrevista el exconsejero David King. "No miran a la ciencia [...]. Lo que hacen es encontrar un escándalo para atacar a la persona". Sus palabras hacían referencia a Neil Ferguson, una de las caras más visibles de la respuesta británica, que tuvo que dimitir del comité de asesoría británico tras la publicación de que su amante se había saltado el confinamiento para ir a verlo.

 

¿La muerte del ‘experto’?

 

"Soy un estadístico médico. He estudiado estas cosas […] durante décadas. Por eso no me verás hacer ningún pronóstico sobre el coronavirus", escribía en Twitter a comienzos de abril el matemático Robert Grant. "Creo que los Centros para el Control de Enfermedades (CDC) tienen la experiencia que necesitan. También hay mucho postureo que supone el riesgo de distraer o confundir a la gente. Diría que es el momento del perfeccionismo".

Algo similar sostenía la investigadora de la Universidad Emory (EEUU) Cecile Janssens //medium.com/@cecilejanssens/experts-with-opinions-and-experts-with-facts-abb79ddd65cf">en un texto sincero: "Soy epidemióloga pero apenas se nada sobre epidemias". Insistía en que "la experiencia es subjetiva y tiene límites". En el otro lado del ring economistas, físicos, emprendedores tecnológicos y cualquiera con nociones básicas de estadística han intentado prever el futuro de la pandemia desde su comienzo.

En este sentido, un artículo del filósofo de la Universidad de Estocolmo (Suecia) Erik Angner defendía la necesidad de la "humildad epistémica" durante la pandemia. "Ser un verdadero experto incluye no solo saber cosas, sino conocer los límites de tu conocimiento. Si no tienes la capacidad de hacer modelos epidemiológicos avanzados deberías asumir que no puedes diferenciar uno bueno de uno malo".​

"Lo que dice un experto encaja en dos categorías: temas de los que saben y temas de los que no", escribía Janssens. Bucchi no cree que el público sea consciente de estas limitaciones. "Los premios Nobel cambiaron la visión de la ciencia en el siglo XX y crearon la figura de la ‘estrella’ científica. Una vez te conviertes en una, la gente te pregunta sobre todo, incluso fuera de tu área de experiencia".

El sociólogo italiano considera que es un fenómeno que se está viendo durante la pandemia. "Hay quien habla de virología sin ser virólogo y esto puede generar confusión y la percepción de que la ciencia da palos de ciego porque cada investigador dice una cosa. No es momento de hipótesis, sino de enviar mensajes cortos y claros".

Aun así, Bucchi se alegra de que los medios estén más interesados en entrevistar a virólogos y epidemiólogos. "Esto podría cambiar la percepción pública de los expertos, pero no sé cómo, porque diferentes expertos dicen cosas diferentes y eso también puede confundir a la gente".

 

El papel de los medios y la comunicación

 

Al filósofo e historiador de la ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid Javier Ordóñez le preocupa la credibilidad de los mensajes en esta crisis: "Los científicos saldrán reforzados porque si hay una solución vendrá de un tratamiento o vacuna, pero me da miedo que se corrompa la fiabilidad de los canales de distribución de la información científica", explica. "El número de bulos que corren es enorme y la comunicación de la ciencia puede salir muy perjudicada si no somos capaces de dar informaciones veraces, tranquilas y sosegadas".

La catedrática de Periodismo de la Universidad de Valencia Carolina Moreno, líder del grupo de investigación ScienceFlows, asegura que, aunque algunos medios pueden ser alarmistas, "la información basura, la infodemia tóxica, es la que no emana de los medios sino que va por redes sociales y WhatsApp".

Ordoñez lamenta que "los charlatanes se hayan multiplicado y den un púlpito a gente con aspecto respetable que dice cosas indescriptibles y hace pronósticos atrevidos". "El público favorece al charlatán porque le da lo que quiere escuchar, soluciones innovadoras de la noche a la mañana o críticas triviales de las decisiones tomadas".

 

¿Qué pasará con la siguiente amenaza?

 

Lo cierto es que, a pesar del prestigio de los científicos, sus alertas sobre el riesgo de los coronavirus animales no se han escuchado lo suficiente. Un estudio publicado en 2007 ya alertaba de la "bomba de relojería" que suponían estos virus para el ser humano. La OMS recomendó priorizar su investigación desde 2015 y en octubre de 2019 avisó de que el mundo no estaba preparado para la próxima gran pandemia que se avecinaba.

Cuando esta crisis finalice, ¿haremos caso a los investigadores que nos advierten de amenazas como el cambio climático o los tildaremos de nuevo de alarmistas?

"Lo esperable es que los avisos científicos se tomen más en serio, sobre todo en los próximos dos o tres años, porque esto nos va a marcar", considera Lobera. "No es una crisis leve y va a afectar a la opinión que tenemos de muchas cosas, y una es la ciencia. Los avisos se van a escuchar de otra manera. El del cambio climático, también". Bucchi también es optimista: "Espero que se aprenda la lección".


Mascarillas: cómo tomar decisiones informadas en la ciencia

El uso —o no— de mascarillas por parte de la población general ha causado un debate acalorado. Se ha criticado a investigadores, políticos y organizaciones por cambiar de opinión conforme lo hacían los datos y las evidencias.

Hay estudios que afirman que estas protegen de aerosoles en condiciones de laboratorio controladas y con maniquíes. Pero "la pregunta sobre si las mascarillas funcionan es sobre si lo hacen en el mundo real, usadas por gente real en situaciones reales", reflexionaba la bioestadística de la Universidad de Birmingham Karla Hemming en BMJ.

Hemming concluía que la evidencia obtenida de ensayos en los que la gente lleva mascarillas en el día a día "sugiere que usarlas genera un comportamiento de compensación de riesgo". Algo similar aseguraban dos expertas en protección respiratoria de la Universidad de Illinois en Chicago, quienes no recomendaban su uso por la falsa sensación de seguridad que imbuyen.

La evidencia científica con pruebas controladas aleatorizadas es muy limitada y los resultados "no son concluyentes", aclara la investigadora de la Universidad de Oxford y coautora de un comentario publicado en The Lancet sobre el uso "racional" de estos equipos de protección, Shuo Feng.

La investigadora atribuye al desabastecimiento inicial que la mayoría de países y organizaciones no recomendaran su uso durante las primeras fases. "La evidencia científica se actualiza constantemente y las conclusiones de hoy pueden no ser las de mañana", comenta. "Creo que las políticas deberían actualizarse a la par con la evidencia, y para eso hace falta una buena comunicación pública".

Sin embargo, las decisiones políticas no siempre pueden esperar a las evidencias.

Este ejemplo muestra que tomar decisiones en contextos de incertidumbre, con evidencias incompletas y cambiantes, es difícil, y que las instituciones deben transmitir y explicar esta complejidad.

"Los expertos en sanidad tienen peso dentro de las decisiones políticas, pero quienes deben tomarlas son los políticos. La ciencia puede ayudar dando datos y poniendo opciones sobre la mesa", dice Climent. "A la ciencia no le puedes pedir que haga futurología", asegura el investigador.

madrid

15/05/2020 10:16

“Quien piense que para navidades estaremos vacunados y podremos pasar página… puede olvidarse, va a ser más lento”

Entrevista a Alfredo Caro Maldonado sobre el COVID-19 (V)

 

Por Salvador López Arnal | 12/05/2020

Biólogo, máster y curso de doctorado en inmunología, doctorado en muerte celular, postdoctoral en Inmunología y metabolismo, y segundo postdoctoral en cáncer.

Desde hace algo más de tres años lleva la plataforma de divulgación científica Ciencia mundana.

Buenos días, vuelvo a abusar de tu generosidad. Fecho la entrevista: 11 de mayo de 2020.

Esteban Engel, un médico chileno, bioquímico, biotecnólogo y virólogo, que trabaja estudiando los distintos tipos de coronavirus en el Laboratorio de la Universidad de Princeton, declaró a principios de este mes que la vacuna no va a estar pronto. ¿Qué sabemos del tema en estos momentos? ¿Habrá vacuna o no habrá vacuna?

Espero que tenga razón Esteban Engel: “ningún gobierno o empresa va a querer acelerar una vacuna que puede tener riesgos más grandes que los beneficios”. No lo tengo tan claro.

Hay más de 100 proyectos intentando encontrar una vacuna, pero solo diez están en ensayo clínico con humanos. Uno que he visto, el de Oxford, fuertemente subvencionado por el gobierno británico, coge a poco más de 1.000 personas voluntarias, las divide en dos grupos al azar, y a la mitad le pone una vacuna conocida contra la meningitis y a la otra mitad la experimental. Esta se basa en inyectar usando otro virus del resfriado, debilitado, no infectivo, que porta la famosa proteína de espina del coronavirus, esa que se une al ACE2…

Perdona la interrupción ¿Qué famosa proteína de espina del coronavirus es esa?

Sí, también la llaman espícula. El coronavirus debe su nombre a que por microscopía electrónica se le ve como una corona. Se ve bien en esta foto.

Que son esas proteínas que se unen a otra proteína que está en las células, y permite al virus pegarse para después meterse dentro de la célula.

Prosigo: ¿y por qué se hace así?

Esto se hace porque los anticuerpos que el sistema inmune generará contra esa proteína no solo desarrollarán una respuesta inmune específica contra el virus, sino porque se ha visto en personas contagiadas que sus anticuerpos, al unirse con el virus, los neutralizan. O sea, el virus es una partícula proteica tan pequeña que cuando se le unen esos anticuerpos flotando en la sangre (o la mucosa) impedirá que pueda unirse a las células, protegiéndolas. El que a la mitad de las personas se les ponga una vacuna ya estudiada es importante. Así, todas las personas sufrirán algo de efecto secundario (picor en el brazo, puede ser que algo de fiebre), de manera que no puedes saber (ni el que te la ha puesto) qué vacuna te han puesto.

¿No es esto que describes lo que se llama experimento de doble ciego?

Sí, así es. Ni el personal sanitario, ni el que procesa los datos y sobre todo el sujeto que recibe el medicamento sabe qué están recibiendo. Esto es muy importante en este caso porque saber que han recibido la vacuna contra el covid19 podría hacer que esas personas tomaran más actitudes de riesgo, y lo contrario.

Pero claro, ¿cuántas de esas 1.000 personas estarán en contacto con el virus? Incluso en el Reino Unido, que todavía tiene una tasa de contagio considerable, la probabilidad es bajísima. Pongamos que de esas mil, 100 sean contagiadas, y de las no vacunadas (grupo “placebo”) solo 10 tengan síntomas. Es un número bajísimo para decir que la vacuna funciona. ¿Qué es lo que creo que pretenden hacer?

Excelente pregunta. Gracias por la ayuda.

Cogerán el suero de las personas vacunadas y verán in vitro si neutraliza el virus, que no está mal, pero no es una prueba total de que funcione. Y es que de hecho este ensayo en realidad es de seguridad, para ver si genera efectos secundarios indeseados. Aunque ellos plantean que es un “fase 1/2″ porque tendrán ambos resultados, de seguridad y de eficacia.

Se habrán dado cuenta de que la propaganda y el oportunismo, por el negocio en potencia, con respecto a quién va a encontrar la cura antes es muy grande. Pues el mismo jefe médico del gobierno británico encargado de esto ha dicho que la probabilidad de conseguir una vacuna en un año es extremadamente baja. Así que serán más cerca de dos para que la población mundial pueda beneficiarse de una vacuna. Y ojo, he dicho población mundial, y no blancos europeos y estadounidenses.

Sí, sí, se entiende bien lo que remarcas y las razones que te mueve a hacerlo.

Así que si la gente está pensando que para navidades estaremos vacunados y podremos pasar página puede olvidarse. Va a ser más lento, aunque, por supuesto, ojalá nos equivoquemos.

¿Y qué nos puedes decir de los antivirales?

Ahí parece que hay resultados más rápidos, existen varios que parece que puedan estar funcionando a aliviar los síntomas de las personas más graves. Pero tiene que quedar claro que ningún antiviral será una pastilla mágica que nos evite contagiarnos y transmitir el virus, ni siquiera de ingresar en un hospital.

Eso es fundamental porque, aunque sean útiles, no evitarán que muera muchísima gente sin acceso a ese tratamiento (por razones sociales o biológicas), que se saturen las urgencias, etc.

Un informe publicado el miércoles pasado, 6 de mayo, por la Organización Mundial de la Salud (OMS) defendía que infectar voluntarios con el virus del covid-19 podría ser de gran importancia en los estudios para desarrollar una vacuna. Desde un punto de vista ético, ¿es legítimo esta infección en personas voluntarias? ¿Cuánta voluntariedad real hay en esos voluntarios?

Como decía antes, para probar la eficacia de una vacuna en una enfermedad con poca incidencia como esta (por ahora) haría falta probar la vacuna en muchos miles de personas, algo caro y lento. Lo de caro el informe no lo menciona. Mientras que si inoculan el virus se ahorran un modelo animal y mucho tiempo. Según ese informe de la OMS, un 0,03% de los jóvenes entre 18 y 30 años contagiados muere. Dicen que estos ensayos los harían en un centro médico con todas las medidas sanitarias y bien vigilados. Pero teniendo en cuenta que no hay ningún tratamiento disponible (mencionan el Remdesivir, ¡me río yo!) y que tal como dicen, ensayos parecidos con malaria y gripe tuvieron “graves consecuencias” en las cobayas humanas, pues no me parece muy seguro. Además, diciendo que haciéndolo en esos centros sanitarios se reduciría el riesgo al mínimo, reconocen implícitamente que si tuviéramos sistemas de salud decentes moriría menos gente.

¿Quién se presentaría voluntario? Ben Goldacre, en su libro Mala farma, muestra lo corrupto de los ensayos clínicos y cómo el que se hayan externalizado los ensayos a empresas especializadas que los llevan a cabo de manera muy opaca en países empobrecido hace que los resultados sean dudosos.

Ya hablábamos hace unos días de los médicos franceses que abiertamente hablaban de que, “dadas las condiciones del continente”, África era un buen sitio para probar la vacuna. Lo que no sé si dijeron es que para hacer eso hay que inocular a los conejillos de indias con el virus. ¡Luego nos preguntamos por qué muchas poblaciones africanas se niegan a ser vacunadas!

El lenguaje de ese informe me da escalofríos. En la tabla de criterios para estos estudios, la valoración para el criterio científico es vago: “estos estudios deben tener una fuerte justificación científica”. Ah, vale, ¿y eso quién lo decide? ¿Qué es una fuerte justificación científica? Dicen que hay que tener en cuenta que los criterios éticos pueden variar por regiones, ¿eh? Es en esta parte de los criterios éticos donde son más ambiguos. En la introducción dejan claro que no conocemos los riesgos de un estudio así, pero el primer criterio ético es evaluar claramente que los beneficios (menor tiempo en conseguir la vacuna) superan los riesgos (que personas mueran o queden tocadas durante el experimento). Así que tendremos que quedarnos con los “criterios éticos locales” para resolver el dilema. Que ya sabemos qué significa realmente, se hará el ensayo en aquellas regiones donde no haya derechos.

¿A qué regiones sin derechos haces referencia?

Un gobierno democrático no se va a arriesgar a que algún ciudadano muera en un experimento así. Las empresas de ensayos clínicos, ya que la gran farma a menudo externaliza este proceso, utiliza a África y algunos países asiáticos para llevar a cabo esos ensayos.

No me extenderé. A las personas que lean inglés les animo que vayan directamente al informe.

¿Estás entonces contra ese tipo de estudios de forma general?

Quiero dejar claro que personalmente no me sitúo categóricamente en contra de este tipo de estudios. Pero no veo nada claro este en particular: racismo y colonialismo, ambigüedades en el informe, beneficio privado de los resultados de esos estudios, negar medidas alternativas (mejores sistemas de salud y de prevención), etc.

De acuerdo, se entiende bien tu posición crítica. Tomemos un descanso si te parece.

De acuerdo, descansemos un momento.

Varios enfermos de tuberculosis toman el sol en un sanatorio en Lakewood, Colorado, Estados Unidos, en 1925 WIKIMEDIA COMMONS/ Autor desconocido

Para frenar la propagación de la tuberculosis durante el siglo XX en países como Estados Unidos, fue clave la estrategia comunitaria de "localizar, tratar y prevenir"

 

El siglo XX fue testigo de tres grandes epidemias. La pandemia de gripe de 1918 y la pandemia de VIH de los años 80 y 90 son las que recibieron una mayor atención. Pero la tercera, la tuberculosis, fue la más mortal con diferencia y en muchos lugares del mundo la amenaza de esta enfermedad sigue vigente.

La tuberculosis nos enseña muchas lecciones sobre las estrategias que pueden contribuir a erradicar la pandemia actual, y lo que sucede cuando esas medidas ni siquiera llegan a impulsarse. Entre 1800 y 2000, la enfermedad mató a más de mil millones de personas. Aunque es causada por una bacteria en lugar de un virus, la enfermedad comparte algunas similitudes aterradoras con el coronavirus.

El patógeno que causa la tuberculosis se transmite por el aire, de persona a persona en los hogares y espacios públicos. Quienes son portadores de tuberculosis transmiten la bacteria a nuevos individuos cuando respiran. Solo la mitad de las personas con tuberculosis muestran síntomas, lo que facilita la propagación de esta enfermedad mortal. Y, como sucede con el coronavirus, los grupos de población más vulnerables, como las personas ancianas, con patología previas o que viven en la pobreza, son los más golpeados por esta dolencia.

Hace un siglo, la tuberculosis era una amenaza real y aterradora para las personas de todo el mundo. En 1906, una de cada nueve muertes en Estados Unidos fue causada por la tuberculosis –ajustado a nuestros niveles de población actuales, esto sería el equivalente a la muerte anual de 540.000 estadounidenses–. La enfermedad mató a tantas personas como el cáncer y la diabetes, causando un profundo daño en la actividad económica y social.

Sin embargo, en los años 70 del siglo pasado, las cifras de tuberculosis habían disminuido notablemente en Estados Unidos y en otros países desarrollados. ¿Cómo se logró? Estados Unidos impulsó con éxito una estrategia basada en métodos de diagnóstico, llamada "identificar, tratar y prevenir". Las innovaciones clave no fueron los medicamentos, aunque los antibióticos ayudaron a erradicar la enfermedad –el primer tratamiento efectivo con antibióticos para la tuberculosis estuvo disponible en el decenio de 1940, cuando los casos ya habían disminuido a alrededor de una quinta parte de los niveles de 1906–. Lo que marcó una gran diferencia fue una estrategia centrada en la comunidad, en la que todos los miembros participaron de forma activa para detener la propagación de la enfermedad.

El primer paso fue liberar a los enfermos de las cargas sociales y financieras. Con esto se consiguió que los infectados se hicieran pruebas y pudieran ser tratados y ayudados sin que tuvieran que ir a trabajar y, con ello, contagiaran a más personas. De hecho, hasta el día de hoy, algunos de los únicos servicios de atención médica gratuitos disponibles para todos en Estados Unidos están relacionados con la tuberculosis.

Las autoridades sanitarias de Estados Unidos fueron de puerta en puerta buscando a los enfermos y localizando a las personas que habían tenido contacto con ellos. A los pacientes se les proporcionaban comida, medicamentos y un lugar donde vivir, y también ofrecían terapias preventivas para evitar que otros enfermaran. La atención gratuita de la tuberculosis solo fue posible gracias a una financiación estable y al apoyo de la comunidad, así como a la cooperación entre gobiernos, empresarios, sindicatos, grupos religiosos y comunidades. La financiación del gobierno y una estrategia comunitaria fueron los principales avances que hicieron posible la erradicación de la tuberculosis.

 

Consecuencias de la tuberculosis en los países pobres

 

Sin embargo, en muchos países pobres que luchaban contra el pernicioso legado del colonialismo, la preocupación por el elevado coste del tratamiento triunfó sobre las abrumadoras pruebas científicas. En lugar de identificar y tratar los casos de tuberculosis en toda la población, estos países trataron sólo a las personas más enfermas e infecciosas. Centrarse en los casos más extremos tenía sentido, pero no sirvió para detener la propagación de la enfermedad entre los portadores asintomáticos.

En los países más pobres, los resultados han sido devastadores: la tuberculosis es la enfermedad infecciosa que mata a más personas adultas en todo el mundo, y sigue matando a una media de 4.000 personas al día, la mayoría pertenecientes a países en vías de desarrollo.

Comparando las diferentes maneras de abordar la enfermedad podemos extraer muchas lecciones sobre la forma correcta e incorrecta de frenar la COVID-19. Una de las principales lecciones es que las epidemias no pueden ser vencidas sólo en los hospitales. La erradicación de una enfermedad como esta tiene que hacerse desde la comunidad. Para tratar la enfermedad será necesario que primero se identifiquen los casos con test, ya sea haciéndolos masivamente a toda la población o mediante muestreo.

Hay múltiples maneras de frenar la transmisión comunitaria de la enfermedad: desde el uso de mascarillas que impiden a las personas propagar partículas portadoras de gérmenes, hasta medidas de distanciamiento físico y de autoaislamiento. También deberíamos examinar el modo en el que las tecnologías existentes, como la iluminación ultravioleta germicida y las vacunas que ya tenemos a nuestra disposición, podrían ayudar a proteger contra la transmisión de la Covid-19.

Una lección clave es que no debemos esperar a la llegada de una aplicación mágica o de una vacuna para actuar contra el coronavirus. En el caso de la tuberculosis, no se descubrió un tratamiento efectivo hasta años después de que la enfermedad ya hubiera retrocedido en los países desarrollados. Con la Covid-19 podría ser distinto: si es como otros coronavirus, los que han sido infectados podrían desarrollar anticuerpos y ser inmunes. Sin embargo, la búsqueda de una solución mágica no debería restarle valor a todas aquellas medidas que ya sabemos que funcionan para frenar el avance de la enfermedad.

La lucha contra la tuberculosis nos ha enseñado que tratar una pandemia solo en una parte del mundo no es suficiente para erradicar una enfermedad. Se estima que en la actualidad dos tercios de los casos de tuberculosis que se registran en los países ricos tienen su origen en otros países donde nunca se abordó la enfermedad de forma integral. Para terminar con una pandemia es necesario el compromiso mundial.

Pero la clave de una estrategia comunitaria exitosa no es solo la búsqueda de casos o la cuarentena, aunque ambas cosas jueguen un papel importante. Es la confianza. ¿Por qué es tan importante? En el caso de la tuberculosis, como en el de la Covid-19, más de la mitad de los portadores son asintomáticos. Si las personas no dan un paso adelante y se hacen las pruebas y siguen un tratamiento, o si no dan su consentimiento y se hacen la prueba, o si no pueden y por este motivo no quieren aislarse, el proceso de tratar la enfermedad ni siquiera llega a iniciarse.

La gente debe poder confiar en que no soportará individualmente los catastróficos gastos sanitarios derivados de la lucha contra el virus. Esto significa proporcionar apoyo en materia de vivienda y empleo a todos los que necesiten aislarse, y asegurar que las personas enfermas o aisladas no renuncien a sus salarios para hacerlo. Si los riesgos económicos y sociales del coronavirus no se comparten entre la población, el próximo rebrote de la pandemia podría ser dramáticamente peor. Sólo a través de la confianza mutua encontraremos a los infectados por coronavirus, ayudaremos a los enfermos a recuperarse y detendremos su propagación.

Garantizar que los países de todo el mundo dispongan de los recursos necesarios para aplicar una estrategia de análisis, tratamiento y prevención del virus será mucho menos costoso que los efectos de otro brote en la economía mundial. Sabemos por la historia que esta es la única manera de detener el virus en su camino.

- Salmaan Keshavjee es el director del Centro para la Prestación de Servicios de Salud Mundial de la Facultad de Medicina de Harvard. Aaron Shakow es investigador asociado en salud global y medicina social en la Facultad de Medicina de Harvard. Tom Nicholson es investigador asociado en la Escuela de Políticas Públicas de la Universidad de Duke.

 

Salmaan Keshavjee, Aaron Shakow y Tom Nicholson - Investigadores en Salud Global

10/05/2020 - 21:37h

Traducido por Emma Reverter

Publicado enInternacional
Capitalismo y crimen contra el trabajo mundial

Según estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo, (OIT), 305 millones de personas perderán en todo el mundo sus empleos a tiempo completo, a causa de las medidas de confinamiento que aplican los gobiernos para hacer frente a la pandemia del Covid-19 [1]. Además 1.600 millones de trabajadores de la “economía informal” perderán completamente sus fuentes de sustento y pasarán del subempleo al desempleo total, en el que ya están más de 470 millones de personas. La misma organización sostenía, antes de la catástrofe laboral desatada, que los 3.300 millones de trabajadores, que tienen empleo y remuneración, no disponen de “garantías sobre condiciones de trabajo decentes ni ingresos adecuados”[2].

El Director general de la OIT, Guy Ryder, sostienen que “Para millones de trabajadores la ausencia de ingresos equivale a falta de alimentos, de seguridad y de futuro. Millones de empresas en el mundo están al borde del colapso. Carecen de ahorros y de acceso al crédito. Estos son los verdaderos rostros del mundo del trabajo. Si no se les ayuda ahora, sencillamente perecerán».

La organización no gubernamental Oxfam, en enero de 2020, en su informe: Tiempo para el cuidado, publicó que los 2.153 milmillonarios que hay en el mundo poseen más riqueza que 4.600 millones de personas (el 60% de la población mundial). “En América Latina y el Caribe el 20% de la población concentra el 83% de la riqueza. El número de milmillonarios en la región ha pasado de 27 a 104 desde el año 2000. En grave contraste, la pobreza extrema está aumentando. En 2019, 66 millones de personas, es decir, un 10,7% de la población vivía en extrema pobreza, de acuerdo a datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL)”.[3]

La pandemia como las medidas de arresto domiciliario agudizan el desempleo y agravan una situación preexistente de explotación, marginalidad, desigualdad y contradicción social, que en el Ecuador ya alcanza los 400 mil despidos y un riesgo potencial que afectará a más de 743 mil trabajadores del sector público y privado, según un informe de la Cámara de Industrias y Producción.

Hasta diciembre de 2019 la Encuesta Nacional de Empleo, Desmpleo y Subempleo, (Enemdu), del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC), informó que alrededor de 5 millones de ecuatorianos “están entre el desempleo y la informalidad”. [4]

En medio de esta trágica situación y en flagrante contradicción con lo manifestado por la OIT respecto a la enfermedad del Covid-19, como una enfermedad profesional que afecta principalmente a los trabajadores y trabajadoras de la salud, entre los que habrían 1.500 contagiados y más de una decena de víctimas mortales en el país, el gobierno de Moreno, enemigo de los trabajadores, confirma su ausencia de humanidad y neuronas, y emite el 28 de abril de 2020 la resolución 022 del Ministerio de Trabajo, determinando que la enfermedad del nuevo coronavirus (Covid-19) no constituye un accidente de trabajo ni una enfermedad profesional.

Moreno y el estultísimo grupo de sus asesores y secretarios desoyen lo dicho por la OIT en el sentido de que el coronavirus provoca “un trastorno de estrés postraumático” que es contraído por exposición en el trabajo, y que «en la medida en que los trabajadores sufran de estas afecciones y estén incapacitados para trabajar como resultado de actividades relacionadas con el trabajo, deberían tener derecho a una indemnización monetaria, a asistencia médica y a los servicios conexos, según lo establecido en el Convenio sobre las prestaciones en caso de accidentes del trabajo y enfermedades profesionales, 1964». Igualmente que en el caso de los familiares a cargo (cónyuge e hijos) de la persona que muere por la enfermedad del Covid-19 contraída en el marco de actividades relacionadas con el trabajo, la OIT indica que ellos, también, tienen derecho a recibir prestaciones monetarias o una indemnización, así como una asignación o prestación funeraria[5]. Esto es precisamente lo que intenta negar el gobierno a los trabajadores de la salud, considerados en la propaganda oficial como los “héroes de la patria” que enfrentan a la pandemia pero que en los hechos son las primeras víctimas y no las únicas, no solo de la enfermedad sino de un régimen torpe como cruel, que a las puertas del primero de mayo: día de los trabajadores, se permite tal humillación.

Que se recuerde hoy más que nunca que son las clases trabajadoras del mundo las que con su fuerza de trabajo colaborativa: física e intelectual crean y producen la riqueza del mundo y no el capital, que se limita a explotar y acumular injusta y egoístamente el plusvalor creado con el sudor, las lágrimas y la sangre de una vasta red social de proletarios precarizados, negados ahora incluso de los mínimos medios de subsistencia y cobertura de sus necesidades, como queda demostrado en la historia y en estas semanas de encierro forzado de millones de trabajadores en todo el mundo con la excusa de la pandemia del Covid-19.

Como lo descubrió con profundidad Marx: El capital considera al trabajador y su fuerza de trabajo una “mercancía especial” (una cosa y no un ser humano) que al ser consumida en el proceso de producción, produce más valor que lo que ella misma vale, produce plus valor que se apropia el capitalista. El trabajador que no tiene otra cosa que vender, vende su fuerza de trabajo en el mercado, a cambio de un precio que es el salario, que el capitalista paga para que la mercancía especial pueda reproducirse, paga como a toda mercancía, por el tiempo de trabajo socialmente necesario que se necesita para producirla, según las condiciones técnicas de cada época y lugar. Es decir, que el capitalista fija a su gusto y sazón los bienes de subsistencia como comida, ropa y vivienda que supone son necesarias para el trabajador y su familia. El capitalista calcula cuánto necesita el obrero para vivir, con el objetivo de que cada día ese obrero vuelva a trabajar y producir con un salario que es aparentemente “igual” al trabajo realizado.

En esto consiste la explotación del hombre por el hombre, del trabajador por el capitalista, la lucha de clases está viva y lo impregna todo, incluso la pandemia y el encierro, que no es igual para todos, es desesperación para quienes sienten hambre y siempre tienen necesidades insatisfechas.

La relación de dominación Amo-Esclavo desarrollada por Hegel define que “hay amos y hay siervos porque en unos el espíritu de dominación es más fuerte que su miedo a morir en la lucha por el reconocimiento. Si el siervo se constituye en tanto siervo por su miedo a morir es porque el amo se constituye en tanto amo por su decisión de matar. La pulsión de muerte le es esencial al espíritu de dominación”.[6]

Ahora que el miedo a la pandemia está demasiado inflado por los medios masivos, los gobiernos y sus fuerzas represivas normativas, policiales y militares, ahora que “hay un gran desorden bajo el cielo, la situación es excelente” habría repetido Mao Zedong.

La reclusión obligatoria del toque de queda no debería ser suficiente no solo para protestar y denunciar el crimen masivo del desempleo y el subempleo, sino debería ser el detonante de una gigantesca rebelión global en contra de las condiciones opresivas. Es la hora del “espíritu emancipatorio radical” como diría Slavoj Zizek, que sueñe e imagine “un mundo posible y mejor al igual que realizable”, como decía Lenin. Lo mismo que en términos de Lacan, deberíamos reconocer la situación presente como el momento de la “inconsistencia del gran otro [que] abre el espacio para el acto”.[7]

 

Por José Luis Bedón | 11/05/2020

 

Notas

1) https://actualidad.rt.com/actualidad/351587-alertan-300-millones-perderan-trabajo-covid

2) ttps://www.americaeconomia.com/economia-mercados/finanzas/la-oit-preve-que-el-numero-de-desempleados-aumente-en-25m-en-el-mundo.

3) https://www.oxfam.org/es/notas-prensa/los-milmillonarios-del-mundo-poseen-mas-riqueza-que-4600-millones-de-personas

4) https://www.elcomercio.com/actualidad/emergencia-covid19-riesgo-ecuador.html

5) https://www.vistazo.com/seccion/pais/politica-nacional/ministerio-de-trabajo-resuelve-que-el-covid-19-no-es-un-accidente-de

6) Feinmann, José Pablo, Filosofía Política del poder mediático, Ed. Planeta, 2013, p.20.

7) Zizek Slavoj, Viviendo el final de los tiempos, Ed. Akal, 2012, p.26.

Publicado enEconomía
La ética del cuidado, el pacto ecosocial y el pacto ecoeconómico como futuro posibles post covid-19

En esta etapa de la Pandemia del covid-19, la constante observación de noticias ha despertado mi interés no solo en el seguimiento y evolución de cómo los Gobiernos del mundo abordan y enfrentan el desafío de contener la propagación del virus, los diferentes mecanismos de prevención, las estrategias para evitar el colapso de los sistemas de salud, y de otro lado, los escenarios futuros y posibles postpandemia.

Partamos del postulado que en este periodo de crisis es necesario abandonar sí o si, el discurso bélico, el cual una vez aplanada la curva de contagios, al menos en los Estados Unidos, se generará como un sofisma distractor. Donald Trump empezará a materializar y fundamentar sus acusaciones contra el gobierno de China y China a su vez tratará de demostrar que el virus fue producido en una base militar americana, distrayendo a la sociedad de lo realmente relevante postpandemia.

Los Gobiernos una vez superada en una primera fase la crisis, deberían de inmediato asumir las causas ambientales de la pandemia, junto con las sanitarias, y colocarlas también en la agenda política, esto nos ayudaría a prepararnos positivamente para responder al gran desafío de la humanidad, la crisis climática, y a pensar en un gran pacto ecosocial y ecoeconómico.

El 2020 ha patentizado la encrucijada civilizatoria en curso. Frente a nuevos dilemas políticos y éticos, nos permite repensar la crisis económica y climática desde una nueva óptica, tanto en términos multiescalares (global/nacional/local) como en ámbitos geopolíticos (relación norte/sur bajo un nuevo multilateralismo). Creo que todo se reduce a formular dos posibles escenarios: O bien vamos hacia una globalización neoliberal más autoritaria, o bien, sin caer en una visión ingenua, la crisis puede abrir paso a la posibilidad de la construcción de una globalización más democrática, ligada al paradigma de la ética del cuidado, por la vía de la implementación y el reconocimiento de la solidaridad y la interdependencia como lazos sociales e internacionales; de políticas públicas orientadas a un «nuevo pacto ecosocial y ecoeconómico», que aborde conjuntamente la justicia social y ambiental.

Las crisis y las revoluciones, no hay que olvidarlo, también generan procesos de «liberación cognitiva», toda revolución y toda crisis siempre han generado ganancias incalculables para la sociedad. En la mayoría de los casos las ganancias esperadas son distantes de los objetivos y sentidos que motivaron dichos movimientos. Esto hace en gran medida posible la transformación de la conciencia de los potenciales afectados; esto hace posible, también, superar el fatalismo o la inacción y tornar viable y posible aquello que hasta hace poco era inimaginable.

Esto supone entender que la suerte no está echada, que existen oportunidades para una acción transformadora en medio del desastre. Lo peor que podría ocurrir es que nos quedemos en casa convencidos de que las cartas están marcadas y que ello nos lleve a la inacción o a la paralización, como el trinomio (cuarentena-miedo-parálisis), pensando que de nada sirve tratar de influir en los procesos sociales y políticos que se abren, así como en las agendas públicas que se están instalando. Lo peor que podría suceder es que, como salida a la crisis sistémica producida por esta emergencia sanitaria, se profundice «el desastre dentro del desastre». Debemos partir de la representación de que estamos en una situación extraordinaria, de trance sistémico, y que el horizonte civilizatorio no está cerrado y todavía está en disputa.

En esa línea, varios expertos en el mundo consideran que ciertas puertas deben no abrirse (por ejemplo, no podemos aceptar una solución como la de 2008, que beneficie a los sectores más pudientes, corruptos y contaminantes), y otras que deben abrirse más y potenciarse (un Estado que valorice el paradigma de la ética cuidado y la vida), tanto para pensar la salida de la crisis como para imaginar otros mundos posibles. Se trata de proponer salidas a la actual globalización, que cuestionen la actual destrucción de la naturaleza y los ecosistemas, que cuestionen una idea de sociedad y vínculos sociales marcados por el interés individual, que cuestionen la mercantilización y la falsa idea de «autonomía». En mi opinión, las bases de ese nuevo lenguaje deben ser tanto la instalación del paradigma del cuidado como marco sociocognitivo como la implementación de un gran pacto ecosocial y económico, de ámbito nacional y global.

En primer lugar, más que nunca, se trata de valorizar el paradigma del cuidado, un paradigma relacional que implica el reconocimiento y el respeto del otro, la conciencia de que la supervivencia es un problema que nos incumbe como humanidad y nos involucra como seres sociales. Como manifiesta Maite Pérez Echarri “Solo aquel que comprende que es incompleto, indigente y vulnerable es capaz de cuidar”. La ética del cuidado puede ayudarnos a repensar los vínculos entre lo humano y lo no humano, a cuestionar la noción de «autonomía» que ha generado nuestra concepción moderna del mundo y de la ciencia; a colocar en el centro nociones como la de interdependencia, reciprocidad y complementariedad.

Esto significa reivindicar que aquellas tareas cotidianas ligadas al sostenimiento de la vida y su reproducción, que han sido históricamente despreciadas en el marco del capitalismo patriarcal, son tareas centrales y, más aún, configuran la cuestión ecológica por excelencia. Lejos de la idea de falsa autonomía a la que conduce el individualismo liberal, hay que entender que somos seres interdependientes y abandonar las visiones antropocéntricas e instrumentales para retomar la idea de que formamos parte de un todo, con los otros, con la naturaleza. En clave de crisis civilizatoria, la interdependencia es hoy cada vez más leída en términos de ecodependencia, pues extiende la idea de cuidado y de reciprocidad hacia otros seres vivos, hacia la naturaleza.

En este contexto de tragedia humanitaria a escala global, el cuidado no solo doméstico sino también sanitario como base de la sostenibilidad de la vida cobra una significación mayor. Por un lado, esto conlleva una revalorización del trabajo del personal sanitario, mujeres y hombres, médicos generales, internistas, infectólogos, epidemiólogos, enfermeros, conductores de ambulancia, camilleros, en fin, el conjunto del cuerpo humano de trabajadores de la salud, que afrontan el día a día de la pandemia, con las restricciones y déficits de cada país, al tiempo que exige un abandono de la lógica mercantilista y un redireccionamiento de las inversiones del Estado en las tareas de cuidado y asistencia. Por otro lado, las voces y la experiencia del personal de la salud serán cada vez más necesarias para colocar en la agenda pública la relación que existe entre salud y ambiente, con vistas al colapso climático. Nos aguardan no solo otras pandemias, sino la multiplicación de enfermedades ligadas a la contaminación y al agravamiento de la crisis climática. Hay que pensar que la medicina, pese a la profunda mercantilización de la salud a la que hemos asistido en las últimas décadas, no ha perdido su dimensión social y sanitarista, tal como podemos ver en la actualidad, y que de aquí en más se verá involucrada directamente en los grandes debates societales y, por ende, en los grandes cambios que nos aguardan y en las acciones para controlar el cambio climático, junto con sectores ecologistas, feministas, jóvenes y pueblos originarios.

En el contexto de esta pandemia, ha habido algunas señales. Por ejemplo, Chris Stark, jefe ejecutivo del Comité sobre Cambio Climático del Reino Unido (CCC), sostuvo que la inyección de recursos que los gobiernos deben insuflar en la economía para superar la crisis del covid-19 debe tener en cuenta los compromisos sobre el cambio climático, esto es, el diseño de políticas y estrategias que no sean solo económicas sino también un «estímulo verde». En Estados Unidos un grupo de economistas, académicos y financistas agrupados bajo la consigna del estímulo verde (greenstimulus) enviaron una carta en la que instaron al Congreso a que presione aún más para garantizar que los trabajadores estén protegidos y que las empresas puedan operar de manera sostenible para evitar las catástrofes del cambio climático, especialmente en una economía marcada por el coronavirus.

Varios académicos proponen pensar en términos de un gran pacto ecosocial y económico. Sabemos que, en nuestras latitudes, el debate sobre el Green New Deal es poco conocido, por varias razones que incluyen desde las urgencias económicas hasta la falta de una relación histórica con el concepto, ya que en América Latina nunca hemos tenido un New Deal, ni tampoco un Plan Marshall. Así que, no hay en América Latina un imaginario de la reconstrucción ligado al recuerdo del Plan Marshall (Europa) o el New Deal (Estados Unidos). Lo que existe es un imaginario de la concertación social, en el cual la demanda de reparación (justicia social) que tanto auge y renombre tuvo en el proceso de paz colombiano, continúa asociada a una idea hegemónica del crecimiento económico, que hoy puede apelar a un ideal industrializador, pero siempre de la mano del modelo extractivo exportador, el agronegocio y a la minería a cielo abierto. La presencia de este imaginario extractivista/desarrollista poco contribuye a pensar las vías de una «transición justa» o a emprender un debate nacional en clave global del gran pacto ecosocial y económico. Antes bien, lo distorsiona y lo vuelve decididamente peligroso, en el contexto de crisis climática.

De lo que se trata es de construir una verdadera agenda nacional y global, con una batería de políticas públicas, orientadas hacia la transición justa. Esto exige sin duda no solo una profundización y debate sobre estos temas, sino también la construcción de un diálogo norte-sur, con quienes están pensando en un Green New Deal, a partir de una nueva redefinición del multilateralismo en clave de solidaridad e igualdad.

Nadie dice que será fácil, pero tampoco es imposible. Necesitamos reconciliarnos con la naturaleza, reconstruir con ella y con nosotros mismos un vínculo de vida y no de destrucción. El debate y la instalación de una agenda de transición justa pueden convertirse en una bandera para combatir no solo el pensamiento liberal dominante, sino también la narrativa colapsista y distópica que prevalece en ciertas izquierdas y la persistente ceguera epistémica de tantos progresismos desarrollistas. La pandemia del coronavirus y la inminencia del colapso abren a un proceso de liberación cognitiva, a través del cual puede activarse no solo la imaginación política tras la necesidad de la supervivencia y el cuidado de la vida, sino también la interseccionalidad entre nuevas y viejas luchas (sociales, étnicas, feministas y ecologistas), todo lo cual puede conducirnos a las puertas de un pensamiento holístico, integral, transformador, hasta hoy negado.

Referencias.

  1. Henri Acselrad: «Movimiento de justicia ambiental. Estrategia argumentativa y fuerza simbólica» en Jorge Riechmann (coord.): Ética ecológica. Propuestas para la reorientación, Nordman, Montevideo, 2004.
  2. David Schlosberg: «Justicia ambiental y climática: de la equidad al funcionamiento comunitario» en Ecología Política, 18/6/2011.
  3. Ramón Fernández Durán: «Fin del Cambio Climático como vía para ‘Salvar todos juntos el Planeta’» en Ciudades para un Futuro más Sostenible, 2010.
  4. Carosio, A., «La ética feminista: más allá de la justicia», Revista Venezolana de Estudios de la Mujer, Vol. 12, nº 28, junio 2007.
  5. Koggel, C., y Orme, J. «Care Ethics: New Theories and applications», Ethics and Social Welfare,Vol. 4, nº 2, 2010, pp. 109-114, p. 109.81.

 Por: Daniel Nicolás Cabral Bonilla[1]

[1]Magister en Dirección de Personas y Recursos Humanos. Universidad de Barcelona – España, Magister en Direccionamiento Estratégico de la Organizaciones. Universidad de Barcelona y EAE (Escuela de Administración de España). Barcelona España. Colombiano, residente en la ciudad de New York.

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Nanotecnología para evitar que las infecciones se conviertan en pandemia

Decir que en el futuro cercano muchas personas podrían morir a causa de un simple corte en la piel, durante el parto o tras cualquier operación médica puede parecer un desvarío. Antes del descubrimiento y la comercialización de los antibióticos, cualquier cosa que pudiera ser causa de infección podía acabar con nuestra vida. Pero ahora que los tenemos, ¿por qué tendríamos que preocuparnos por las infecciones?

La respuesta está en la resistencia a los antibióticos. En la actualidad, los antibióticos comunes no resultan efectivos para curar algunas infecciones. Por este motivo, hay casos en que la enfermedad dura más de lo debido, el tratamiento es excesivamente largo y deben utilizarse medicamentos más caros y, habitualmente, con mayores efectos secundarios. Esto supone un gran coste a la sanidad.

Por si fuera poco, el coste humano también es elevado. Según un informe de las Naciones Unidas, 700.000 personas mueren cada año a causa de la resistencia a antibióticos. Y se estima que este número podría aumentar hasta los 10 millones de muertes al año en 2050.

Resistencia a antibióticos

La resistencia a los antibióticos es la capacidad de las bacterias de sobrevivir a la acción de uno de estos medicamentos. La mayoría de las bacterias son resistentes a uno o varios antibióticos de forma natural. Sin embargo, también pueden adquirir uno o varios genes que les permiten destruir o evitar el efecto de los antibióticos. Para ello, o bien desarrollan mutaciones en dichos genes, o bien los toman prestados de otras bacterias.

Estas bacterias resistentes se expanden a través de la alimentación o del contacto con otras personas o con animales. Esto complica cada vez más el tratamiento de las infecciones con antibióticos comunes. Por ejemplo, el 62.9% de las cepas aisladas de la bacteria Escherichia Coli en España en 2018 resultaron ser resistentes a los antibióticos tipo aminopenicilinas y el 32.1% a las fluoroquinolonas.

Conscientes de que la unión hace la fuerza, las bacterias han desarrollado otro mecanismo para defenderse de los ataques externos. Nos referimos a los biofilms o biopelículas, comunidades de bacterias que se mantienen unidas entre ellas y a una superficie gracias a la segregación de sustancias poliméricas.

Las bacterias en forma de biofilm son hasta 1 000 veces más resistentes a los antibióticos que los microorganismos libres. Además, son responsables del 65% de infecciones microbianas y del 80% de infecciones crónicas. Esto, sumado a que también se forman en material médico como catéteres o implantes y los pacientes se pueden infectar durante una intervención, convierte a los biofilms en un importante problema de salud pública.

Su proceso de formación consiste en varios pasos. Primero, las bacterias se unen a una superficie y empiezan a crecer en comunidad. Después se forma una estructura tridimensional. Finalmente, tras la maduración del biofilm, las bacterias se desprenden y se expanden.

Péptidos antimicrobianos

Los péptidos antimicrobianos están formados por la unión de entre 10 y 100 moléculas más pequeñas llamadas aminoácidos. Forman parte del sistema inmune innato de bacterias, hongos, animales, plantas y humanos. Su función no es otra que defenderlos de forma directa frente a agentes extraños o modular el sistema inmune para eliminarlos.

Su mecanismo de acción es diferente al de los antibióticos convencionales. Generalmente, los péptidos (carga positiva) se unen por fuerzas electrostáticas a la membrana de las bacterias (carga negativa). De este modo, el péptido daña la membrana y mata la bacteria de forma rápida y eficiente. La posibilidad de generación de resistencias es menor. Además, tienen un mayor rango de actividad antimicrobiana. Todo esto los convierte en una alternativa prometedora y más eficiente para curar infecciones que no responden a los antibióticos comunes.

A pesar de todas estas ventajas, sólo 7 de los más de 3 000 péptidos antimicrobianos descubiertos están aprobados para su uso en humanos. De momento hay otros 36 que se están probando en ensayos clínicos. Esto se debe a que la mayoría no son estables, se eliminan rápidamente del organismo o son tóxicos.

La nanotecnología al rescate

La nanotecnología utiliza materiales y estructuras que miden de 1 a 100 nanómetros. Estos nanomateriales son entre 1 millón y 100 millones de veces más pequeños que una naranja. Tienen propiedades muy interesantes y su uso ha permitido avanzar en muchos campos, entre ellos la nanomedicina.

Recientemente, se han utilizado distintos tipos de nanomateriales para el transporte de péptidos antimicrobianos. Los péptidos pueden unirse a los nanomateriales mediante un enlace químico o distintas interacciones, o pueden ser encapsulados por ellos. Esto permite aumentar la eficacia del tratamiento, impidiendo la degradación del péptido o favoreciendo su liberación en un lugar específico. También permite reducir la toxicidad y los efectos secundarios. De esta forma, se está un poco más cerca de solucionar los inconvenientes que han impedido la aprobación del uso de los péptidos antimicrobianos en humanos.

Además de servir como transportadores, algunos nanomateriales pueden tener efecto antibacteriano por sí mismos. Este es el caso de algunas nanopartículas metálicas. Metales como el zinc o la plata, con efecto antibacteriano per se, en forma de nanopartículas aumentan su eficacia al tener la capacidad de penetrar en las bacterias. La combinación de nanopartículas con antibióticos también ha demostrado formar un buen tándem en la lucha contra las infecciones. Y lo mismo sucede con la combinación de nanopartículas metálicas de distintos tipos.

Por otro lado, los nanomateriales pueden ser incorporados a superficies para reducir la adhesión de las bacterias, evitar su proliferación y la formación de biofilms. Esto es muy interesante en el caso de dispositivos médicos como prótesis o vendajes. Por este motivo, la nanotecnología es una herramienta prometedora en el ámbito de la ingeniería de tejidos y los biomateriales.

Para concluir, es indispensable reconocer el papel tan importante que tienen los científicos en la búsqueda de alternativas a los antibióticos comunes. Sin embargo, la lucha contra la resistencia a antibióticos es responsabilidad de todos y cada uno de nosotros. Ciudadanos, políticos, profesionales y empresas del sector sanitario, agricultores y ganaderos tenemos que cambiar nuestra actitud. Debemos defender un consumo responsable de antibióticos para evitar que las infecciones se conviertan en una nueva pandemia.

Por Ángela Martín-Serrano Ortiz 

Investigadora Postdoctoral, Universidad de Alcalá

  1. Javier de la Mata

Catedrático de Química Inorgánica, Universidad de Alcalá

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

Miércoles, 06 Mayo 2020 06:11

Capitalismo y coronavirus

Capitalismo y coronavirus

El confinamiento en casa decretado en Estados Unidos (EU) y en muchos países del mundo para enfrentar el Covid-19 ha paralizado la economía capitalista y, por tanto, ha demolido el proceso de la acumulación de capital. Que esta parálisis económica arroje decenas de millones de trabajadores en una crisis de sobrevivencia es totalmente fortuito a la preocupación de la clase capitalista trasnacional (CCT) de reanudar ya la maquinaria lucrativa, pues el capital no puede permanecer ocioso sin dejar de ser capital.

El impulso para reavivar la acumulación explica que haya habido en muchos lugares de EU manifestaciones de la ultraderecha para exigir el levantamiento de la cuarentena, al igual que los sectores más reaccionarios del capital promovieron el Tea Party a raíz del colapso financiero de 2008, movimiento que a su vez se activó en apoyo al trumpismo.

Si bien las protestas parecen espontáneas, han sido organizadas por las agrupaciones conservadoras, entre ellas, la Fundación Heritage, FreedomWorks (Obras de Libertad), y el Consejo Estadunidense de Intercambio Legislativo (ALEC, por su siglas en inglés), que reúne a los directores ejecutivos de las grandes corporaciones junto con los legisladores derechistas locales en EU. El mismo presidente Trump enardeció a los manifestantes mediante tuits, entre ellos uno que rezaba "liberar a Virginia, y proteger su gran Segunda Enmienda, que está bajo asedio". El llamado a defender dicha enmienda de la Constitución, que garantiza el derecho a portar armas, casi constituyó un llamado a insurrección armada. Días atrás, Trump adujo tener poder "total" –la clásica definición de totalitarismo– para levantar la cuarentena.

Pese a su retórica populista, el trumpismo ha servido bien a los intereses de la CCT en implementar un programa de neoliberalismo en esteroides que va desde la reforma impositiva regresiva y la amplia desregulación y privatización, hasta una expansión de subsidios al capital, recortes al gasto social y represión sindical. Trump –él mismo miembro de la CCT– retomó donde dejó el Tea Party a raíz del colapso financiero de 2008, forjando una base social entre los sectores de la clase obrera mayoritariamente blancos que gozaron antes de privilegios, tales como empleo estable y bien remunerado, que en años recientes han experimentado una aguda desestabilización socioeconómica y movilidad descendente ante la globalización capitalista. Al igual que el Tea Party que le precedió, Trump ha sabido desviar la cada vez mayor ansiedad social que sienten estos sectores, desde una crítica radical al sistema capitalista hacia una movilización racista y jingoísta contra los chivos expiatorios, como los inmigrantes.

La cada vez mayor crisis del capitalismo ha acarreado una rápida polarización política en la sociedad global entre una izquierda insurgente y fuerzas ultraderechistas y neofascistas que han logrado adeptos en muchos países. Ambas fuerzas recurren a la base social de los millones que han sido devastados por la austeridad neoliberal, el empobrecimiento, el empleo precario y relegación a las filas de la humanidad superflua.

El nivel de polarización social global y desigualdad es ahora sin precedente. El 1% más rico de la humanidad controla más de la mitad de la riqueza del planeta mientras el 80 por ciento más bajo tiene que conformarse con apenas 4.5 por ciento de esa riqueza. Mientras se extiende el descontento popular contra esta desigualdad, la movilización ultra-derechista y neofascista juega un papel crítico en el esfuerzo de los grupos dominantes de canalizar dicho descontento hacia el apoyo a la agenda de la CCT, disfrazada en una retórica populista.

Es en este contexto que los grupos conservadores en EU se han empeñado en organizar una respuesta ultraderechista a la emergencia sanitaria y la crisis económica, abarcando una mayor dosis de subterfugio ideológico y una renovada movilización de sus fuerzas de choque que ahora exigen el levantamiento del confinamiento. La movilización de masas desde abajo bien podría exigir que el Estado proporcione socorro en gran escala para los millones de trabajadores y familias pobres en lugar de insistir en la inmediata reapertura de la economía. Pero la CCT y sus agentes políticos buscan a toda costa evitar que las masas demanden un Estado de bienestar social como respuesta a la crisis. Es por eso que promueven la revuelta reaccionaria contra el confinamiento avivada por Trump y la ultraderecha.

La CCT se ha empeñado en trasladar la carga de la crisis y el sacrificio que impone la pandemia a las clases trabajadoras y populares. Para este fin ha podido contar con el poder del Estado capitalista. Los gobiernos en el mundo han aprobado nuevos rescates masivos para el capital, mientras se escurren de esta piñata unas migajas para las clases trabajadoras. Los gobiernos estadunidense y europeos prometieron al menos 8 billones de dólares en préstamos y subsidios a las corporaciones privadas, aproximadamente equivalente a todas sus ganancias en los últimos dos años.

Se trata de la lucha de clase desde arriba. Mientras estos billones de dólares se acumulan en la parte más superior de la pirámide social, la crisis desa­tada por la pandemia dejará a su paso más desigualdad, tensión política, militarismo y autoritarismo. La Organización Internacional de Trabajo advirtió que centenares de millones de personas podrían perder su empleo, en tanto la agencia internacional Oxfam calculó que hasta 500 millones están en riesgo de caer en la pobreza. Aún más ominoso, el Programa Mundial de Alimentos advirtió sobre "hambruna de proporciones bíblicas," calculando que hasta 130 millones de personas podrían morir de hambre por el posible colapso de las cadenas de abastecimiento de alimentos.

El carácter clasista de la pandemia queda al desnudo. Al virus no le importa la clase, etnicidad o nacionalidad de sus portadores humanos, pero son los pobres, los marginados y las clases trabajadoras quienes no gozan de las condiciones para protegerse ni pueden asegurar la atención médica en caso de contagio. Millones podrán morir, no tanto por la infección, sino por la falta de acceso a los servicios y recursos vitales. Las clases dominantes utilizarán la pandemia como cortina de humo para consolidar un estado policiaco global. En fin, la crisis capitalista desatada por el coronavirus será más mortal para los trabajadores empobrecidos que el mismo virus.

Por William I. Robinson, profesor de sociología, Universidad de California en Santa Bárbara

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Miércoles, 06 Mayo 2020 05:55

¿Qué hace Estados Unidos con sus presos?

¿Qué hace Estados Unidos con sus presos?

Mientras se instala en la Argentina una absurda discusión sobre qué hacer con el riesgo de que el coronavirus estalle en las cárceles, el resto del mundo ya lo tiene resuelto. Se pierde el tiempo aterrorizando a la población con la liberación de asesinos y violadores, algo a lo que obviamente todos se oponen, y no se toman medidas básicas con los que no cometieron delitos graves y son los que llenan los penales.

 

La insólita polémica sobre las cárceles, desatada en la Argentina por la oposición, no se repite en la mayor parte del mundo, ni siquiera en los que siempre hicieron bandera con la mano dura penitenciaria. Los presos disminuyen en la totalidad de los países. Estados Unidos, con una tradición punitiva extrema, produjo decenas de miles de morigeraciones. Los datos surgen de revisar los diarios y sitios de internet de los distintos estados. 

Lo que se percibe es un temor a que explote un contagio masivo y eso contacte con el resto de la sociedad. Un ejemplo es la cárcel del condado de Cook, en Chicago, que se considera el mayor foco de virus en esa ciudad. Sucede que en una cárcel como la de Cook entran y salen centenares de personas por día: penitenciarios, médicos, enfermeros, cocineros, personal administrativo, de limpieza. Una explosión del Covid--19 en un penal, tarde o temprano repercute afuera. Y la cantidad de camas de terapia intensiva y de respiradores es una sola. Y es escasa.

* California llevaba 3.500 prisiones domiciliares o excarcelaciones. Esta semana, la cifra subió, sólo en Los Angeles, a 5.000, según informó públicamente el Defensor Oficial del Condado, Ricardo García. La medida benefició a presos en edad de riesgo y de baja peligrosidad. Los Angeles tenía 17.000 presos y ahora bajó a menos de 12.000.

* Pero las morigeraciones se dan en casi todos los condados de California. En Marin County, una prisión que suele tener unos 280 reclusos, el viernes tenía 158, tras haber enviado a sus casas a 43 ese mismo día. De la San Diego County Jail salieron 300 internos y se le negó el beneficio a otros 200, según el San Diego Union Tribune.

* La revista The Lancet, una de las más prestigiosas publicaciones científicas a nivel mundial, publicó que en el penal Marion, de Ohio, dieron positivo 2.000 del total de 2.500 presos. La revista Alive, de Ohio, afirma que la cantidad de internos bajó en un 30 por ciento por las excarcelaciones.

* En la prisión de Maricopa, en Arizona, la cantidad de presos bajó de 7.500 a 5.306. Pero además, el penal resolvió no exponer más a todos los penitenciarios, por lo tanto decidió que 700 penitenciarios no concurran hasta nuevo aviso.

* El canal KCBY de Oregón informa que la prisión llamada Washington Jail tomó una decisión que va al revés de lo habitual: fijó un número de presos con los que se puede mantener cierto nivel de prevención del virus y mandó a casa a todo el resto, siempre de los presos considerados de bajo riesgo. De esa manera redujo la población carcelaria a la mitad: la cifra normal eran 573 presos y ahora hay 280.

* En Denver, Colorado, la población carcelaria bajó un 41 por ciento por la libertad dictada a todos los mayores de 60 años; los que tenían problemas de salud, los que tenían fianzas relativamente bajas y no pudieron pagarlas y todos los que tenían por delante pocos meses de pena. El sitio Denverite dice que aún así hay peligro de contagios en las cárceles.

* En Nueva York, las oleadas de liberaciones en el penal de Rikers Island son casi diarias. Primero fueron 1.100 presos, luego, 51, 200, 175. Según el New York Post, en el estado hay en la actualidad 4.906 y es la primera vez desde la Segunda Guerra Mundial que hay menos de 5.000 presos.

* Los medios informan sobre reducción en la cantidad de internos en Virginia, Maryland, Florida, Tennessee, Pensylvania, Minnesota, Nevada, Hawai, Alabama, Texas, Maine, Massachusets, Georgia, Michigan y otros.

La totalidad de los estados registran descensos en la cantidad de presos, muy en línea con lo que impulsan la Organización Mundial de la Salud y las Naciones Unidas. Ambas entidades quieren evitar una catástrofe humanitaria y en el servicio de salud.

El ejemplo en la Argentina sería el siguiente. En la cárcel de Devoto hay 1.800 presos. Si se produce un contagio de envergadura, una pequeña parte de los contagiados, sobre todo los que ya venían con enfermedades, necesitarán ser hospitalizados y requerirán de camas y respiradores. El hospital más cercano es el Zubizarreta, que tiene ocho camas en terapia intensiva con respirador. Parece obvio que todas esas camas y respiradores estarían ocupadas por personas contagiadas en el penal, dado que ahí las condiciones de aislamiento son imposibles. Los vecinos de la zona, tendrían que ser alojados en otros hospitales.

Eso es justamente lo que tratan de evitar en los estados norteamericanos: que les estalle una crisis que terminé produciendo gran cantidad de fallecidos en los penales y una catástrofe en el sistema sanitario.  

Una conducta que se repite en todo el mundo, sin grandes discusiones, siguiendo las recomendaciones de la OMS y la ONU. 

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