El director finlandés Aki Kaurismäki

 

MADRID.- Prepararse para hacer una entrevista a Aki Kaurismäki, uno de los más grandes cineastas vivos, heredero del cine humanista de Ozu, Renoir, Ford, Chaplin..., pone un poco los pelos de punta. Impone su descomunal talento, pero, honestamente, da casi miedo por la fama que arrastra. Bebedor, arisco, de pocas palabras –“la gente habla demasiado, sobre todo en las películas”-, imprevisible... ¿Cómo es ello posible siendo el autor de obras maravillosas, tan profundamente humanas y emotivas? ¿no es casi ridículo llevar cuarenta años retratando con inmensa ternura y sensibilidad a los trabajadores, ahora también a los refugiados, y no empatizar con otros seres humanos?

“Soy un hombre sensible, aunque no lo parezca”. Este finlandés alto, grande, con 60 años recién cumplidos, es especial. Sentado en una terraza de un bar de Vigo —la barbilla pegada al pecho y mirando siempre desde abajo—, espera que termine la proyección de su nueva película, El otro lado de la esperanza. Otra ración de gran cine, de cine único, de conmovedoras relaciones humanas, de un sentido del humor y un absurdo bravísimos y puros, y, también, de pesimismo y desaliento.

No quiere hablar de trabajo hasta que no llegue el momento de la entrevista. Su vida en Portugal, cómo llegó allí, sus perros, el vinho verde, el albariño, el cine mudo de Lubitsch, Laurel and Hardy, una proyección de Roma città aperta en la que cortaron las cabezas de Anna Magnani y Aldo Fabrizi, Echanove en Cuéntame cómo pasó, la lógica del idioma finés, el ancho de las vías de tren en España y Portugal, la inquina hacia los noruegos, la tristeza de vivir sin sol, la guerra civil de Finlandia... Aki Kaurismäki es un ser humano entrañable, divertido y un colosal artista.

Después de La chica de la fábrica de cerillas, Un hombre sin pasado, Ariel, Leningrad Cowboys Go America, Luces al atardecer, Le Havre... Ahora El otro lado de la esperanza, por la que ha merecido el Oso de Plata a la Mejor Dirección en Berlín. Historia de Khaled, un joven sirio que llega a Helsinki, y de Wikhström, un comercial que cambia de negocio y abre un restaurante sin mucho futuro. Este encuentra al chico, que ha huido del centro de refugiados, al lado de los contendores de basura de su local y le ofrece techo, comida y trabajo.

“Es, hasta cierto punto, una película tendenciosa que intenta influir sin el menor escrúpulo en las perspectivas y opiniones de los espectadores, al mismo tiempo que manipula las emociones para conseguir su objetivo. Y dado que estos esfuerzos fracasarán, espero que al menos quede una historia recta y melancólica con toques de humor, una película casi realista en torno a algunos destinos humanos en el mundo de hoy en día”.

 

Siempre ha contado historias de trabajadores, ahora también de refugiados... Con su cine, usted se revela como cronista de su tiempo, pero lo hace con historias atemporales...

La atemporalidad quizá surja de la juventud. Mi padre era vendedor puerta a puerta, íbamos de ciudad en ciudad, hacíamos unos amigos y ¡paf! nos mudábamos. De joven yo también pasé unos meses trabajando de lavaplatos, en la construcción... Solo fui a la Universidad tres meses, porque me aburrí. No descubrí la verdad en la Universidad. El único trabajo que me gustó de verdad fue el de peón de albañil, preparando la masa del cemento... bueno, y el de lavaplatos.

 

¿Qué tiene de especial ser lavaplatos?

Trabajaba en el Gran Hotel de Estocolmo. Había unas máquinas lavaplatos de sesenta metros. Un hombre se ponía en una puerta y otro, en otra. Mi compañero era de Marruecos y un día me dijo que salía cinco minutos y que si me podía ocupar yo de su lado también. No volvió y yo me quedé con las dos puertas. El capitalista se dio cuenta de que un hombre podía hacer el trabajo de dos y nunca contrató a otro.

 

¿Chaplin en ‘Tiempos modernos’?

Chaplin en ‘Tiempos modernos’. A mí me daba igual estar encima, a un lado, a otro lado de la máquina y, de vez en cuando, sacaba la cabeza y sonreía. De 7 de la mañana a 5 de la tarde trabajaba en el hotel. Luego iba a lavar platos a otro restaurante de 5,30 a 12 de la noche. En los dos libraba un día a la semana y coincidía el día, así que ese día iba a trabajar a otro restaurante a lavar platos. Así estuve cuatro meses, trabajando 17 horas diarias 7 días de la semana. Era una forma de mostrarme a mí mismo que era capaz de hacer un trabajo así antes de empezar a hacer este trabajo deshonesto que es el cine.

 

Y ¿después de esos cuatro meses?

Volví a Helsinki. Entonces cuando veía a alguien en la calle pidiendo le daba 100 marcos finlandeses, como 100 euros. Me quedé sin dinero en dos semanas. Y volví a la construcción. Por eso no he perdido aun ningún pulso, siempre gano. Aunque ahora ya estoy viejo y hago músculo cortando leña. En una película solo estás diciendo “haz esto, haz lo otro” y el bíceps se vuelve palito, claro. En este momento no me atrevo a hacer un pulso ni con mi ahijado que tiene ocho años. Y antes de esto...

 

¿Antes de la construcción y los trabajos de lavaplatos?

Sí, antes de Estocolmo. Estaba en Finlandia en una planta de papel. Era un edificio grande y estábamos solo tres trabajadores. Dos estaban en una especie de vitrina dando a los botones y yo corriendo de una máquina a otra, y cuando una paraba, la limpiaba. Siempre estaba mirando todo, controlando todo... ‘Tiempos modernos’.

 

Habla de Chaplin, pero ¿no se siente usted más heredero del cine humanista de Ozu, Renoir...?

Ozu es humanismo y arte, un gran artista del cine. Y con esto no estoy diciendo que el cine sea arte. En ‘El otro lado de la esperanza’ he intentado copiar al gran maestro Chaplin, por eso la película es tan torpe, porque yo no soy un gran maestro y nunca lo voy a ser.

 

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 'El otro lado de la esperanza'

 

En este momento de la entrevista, en la azotea de un hotel en Vigo, Aki Kaurismäki se queda callado y de pronto dice: “Cuando veo tu reflejo en la mesa me recuerda el final de ‘Nazarín’ (Buñuel), cuando aparece la piña y suenan los tambores de Calanda”. Otro silencio y, también repentinamente, se disculpa: “Lo siento, me he ido de la pregunta”.

 

Le preguntaba si no se siente heredero del cine humanista de Ozu, Renoir, Ford...

Espero no parece vanidoso si digo que alguien tenía que ser el heredero. ¡No se puede perder una herencia así! Incluso el humanismo no hay tanta gente que sea capaz de trasladarlo al cine. Aun así, el humanismo tiene que existir incluso en las películas malas. Nunca fui a una escuela de cine, era demasiado cínico. Todo lo que sé fue de ver cine. Ford, Ozu, Lubitsch, Renoir, Howard Hawks... Hace cincuenta años proyectaban Una mujer de París (Chaplin) en Múnich, hice autoestop hasta allí para verla. Era un apasionado total.

 

En ‘El otro lado de la esperanza’ vuelve, una vez más, a implorar ternura y solidaridad.

La maquinaria es fría y sin solidaridad no tenemos nada. Creo que la última esperanza de los seres humanos es la solidaridad, pero por desgracia cada vez hay menos. Siempre queda el mañana... aunque aún es más horrendo que el hoy. Pero nunca hay que rendirse.

 

Cuando sus personajes ayudan al refugiado sirio están cometiendo una ilegalidad, el Gobierno no permite que unos seres humanos ayuden a otros. ¿Es una llamada a la desobediencia?

No hay nada sorprendente en hacer algo que está bien. En el centro de refugiados, la mujer que trabaja allí durante un momento es un ser humano. Cualquier cosa contra el sistema es legal, porque el sistema es ilegal. Está basado en el capital. Y el capital nunca llega legalmente, el dinero crece gracias a la ilegalidad. Por tanto, estar en contra del capital es moralmente legal. Equilibramos las cosas.

 

Con el problema de los refugiados hoy hemos despreciado completamente el pasado, la memoria, el tiempo... nos olvidamos de la ayuda de otros países ante en la Historia.

Finlandia hoy no es peor que otros países europeos. Por lo menos, Finlandia finge, pero no es peor. Los peores países hoy en Europa son Hungría, Polonia y Chequia. No acogen a nadie. Finlandia los acoge, aunque luego los devuelve.

 

Los neonazis aparecen en esta película. Es la respuesta de esta Europa a la llegada de refugiados. ¿Usted cree en la Unión Europea?

Debería haber otra forma desde la Unión Europea. Mientras los europeos respetemos a los gobiernos que no tienen derecho moral a gobernar, estaremos perdidos. Si no alzamos la voz como europeos, estamos perdidos. Europa, si todavía existe, no acepta a los refugiados. Tenemos que empezar a comportarnos como seres humanos de verdad. La idea de Europa, de hecho, está más o menos perdida. Y es, como siempre, por el capital.

 

‘El Capital’, de Karl Marx.

Karl Marx, Das Kapital, nunca ha tenido tanta razón como hoy. La idea de Marx del comunismo donde todos aman al prójimo es muy optimista, pero la teoría da en el clavo. Sea como sea, hemos perdido la partida. Lo siento, soy un hombre muy sensible, a pesar de no parecerlo.

 

Su sentido del humor le delata.

No sé si es humor finlandés, no sé si se consigue jugando al ping pong, pero la vida es aburrida, todos deberían tener sentido del humor. Como cineasta intento hacer reír, pero la verdad es que cuando veo una película mía, lloro... Y tengo mis razones.

 

Lo dijo con su anterior ‘Le Havre’ y vuelve a decirlo ahora, que es su última película. ¿No le da el mundo y el ser humano razones suficientes para seguir haciendo cine?

Ha sido una muy buena razón los últimos cuarenta años. En el 68 yo era un jovencito, pero hay un tiempo para todo. Ahora me gustaría vivir, aunque no sé cómo, siempre he trabajado. Llevo el trabajo en mis venas, en mi sangre.

 

BEGOÑA PIÑA @begonapina

 

 

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8M: La huelga mundial de mujeres y el creciente movimiento contra Donald Trump

 

El martes, la Estatua de la Libertad quedó casi completamente a oscuras, un día después de que el presidente Donald Trump firmara su nueva orden ejecutiva contra el ingreso a Estados Unidos de refugiados y ciudadanos de seis países de mayoría musulmana, un decreto conocido como “Prohibición contra musulmanes 2.0”. El apagón pareció también un presagio de lo que ocurriría al día siguiente, el Día Internacional de la Mujer, que este año contó con la organización de la huelga “Un día sin mujeres”. La dama de la Libertad, que durante más de 130 años ha proclamado al mundo “Dadme vuestros seres pobres y cansados / Dadme esas masas ansiosas de ser libres”, desapareció, al menos por unas horas, del horizonte de la ciudad de Nueva York.

El Día Internacional de la Mujer se conmemora el 8 de marzo desde hace más de un siglo, pero el día de acción mundial de este año tuvo un valor agregado de urgencia. Un hombre que fue filmado mientras alardeaba de cometer acoso sexual terminó siendo el actual presidente de Estados Unidos.

En una grabación del programa “Access Hollywood” de 2005 que se hizo pública el pasado mes de octubre, Trump le dice a Billy Bush, ex presentador de la cadena NBC: “Ni siquiera espero. Y cuando eres una estrella, ellas te dejan hacerlo... Puedes hacer cualquier cosa. Agarrarlas por el chocho.” Billy Bush perdió su trabajo a causa del escándalo, pero Trump fue electo presidente pocas semanas después.

Al otro día de la asunción de mando de Trump, más de cuatro millones de personas participaron en manifestaciones en todo Estados Unidos, en lo que quizá sea la mayor protesta política en la historia estadounidense. La Marcha de las Mujeres en Washington, por ejemplo, congregó una cantidad de gente tres veces mayor que la multitud que asistió a la ceremonia de asunción de Trump el día anterior, lo que claramente enfureció al presidente.

Dos días después, Trump firmó una orden ejecutiva que impuso una “ley mordaza mundial” que prohíbe a Estados Unidos financiar a cualquier organización de salud que realice abortos o que incluso lo mencione como opción. Trump también está presionando a los legisladores para que aprueben el proyecto de ley republicano que tiene como objetivo derogar la Ley de Cuidado de la Salud a Bajo Precio, conocida como Obamacare. La ley dejaría sin fondos a la organización Planned Parenthood, que brinda anualmente una amplia gama de servicios de salud a más de dos millones y medio de mujeres estadounidenses. Solo el 3% de sus servicios están vinculados al aborto, y los fondos federales no financian los abortos.

Con manifestaciones en más de 50 países, la huelga de mujeres de este año es la más importante en la historia reciente. El sitio web de la organización señala: “El 8 de marzo será el comienzo de un nuevo movimiento feminista internacional que organice la resistencia no solamente contra Trump y sus políticas misóginas, sino contra las condiciones que dieron lugar a Trump; concretamente, décadas de desigualdad económica, violencia racial y sexual, y guerras imperiales en el exterior”.

Esta misma semana, un documento filtrado reveló que el Departamento de Seguridad Nacional está considerando una propuesta para separar a las madres refugiadas de sus hijos en caso de que sean capturados al cruzar la frontera entre México y Estados Unidos.

En un video realizado para dar difusión a la acción mundial del 8M, distintas personas declaran sus motivos para participar:

“Voy a hacer huelga el 8 de marzo porque creo que las mujeres deben tener libertad para tomar decisiones sobre sus propios cuerpos... Voy a hacer huelga el 8 de marzo... por la igualdad salarial y de oportunidades... porque el trabajo de las mujeres hace posible el resto de los trabajos... y porque ya es hora que comencemos a valorar el trabajo de la mujer. Voy a hacer huelga el 8 de marzo... porque quiero sentirme libre cuando salgo, no valiente... porque las mujeres importan”.

Al despuntar el alba en Washington DC, en el Día Internacional de la Mujer, Donald Trump tuiteó: “Tengo un enorme respeto hacia las mujeres y los numerosos papeles que desempeñan, que son vitales para la estructura de nuestra sociedad y nuestra economía”. Esto proviene de un hombre que ha sido acusado de asalto y acoso sexual por al menos 15 mujeres, la mitad de ellas durante su reciente campaña electoral.

Las mujeres del mundo, junto con los hombres que apoyan su lucha, juzgan a Trump por sus acciones, no por sus palabras. Están comprometidas, están enfurecidas y se están organizando para abordar cada tema. Entre los carteles de las manifestaciones por el Día Internacional de la Mujer había uno que decía: “Nada de mordaza, nada de prohibición, nada de muro”. Otro decía: “El lugar de la mujer es la revolución”. Todos los días, Trump afecta los pilares de los logros progresistas por los que tantas personas han luchado, han sido encarceladas e incluso han muerto a lo largo de más de un siglo. Pero la resistencia está creciendo y brinda esperanzas en esta era de oscuridad.

 

© 2017 Amy Goodman

 

Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

 

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Jueves, 09 Marzo 2017 08:00

Mitades indisolubles

El Paso a la altura del Parque Ascárate (Izq), el Río Bravo al centro y Ciudad Juárez (der).

 

Volando hacia el oeste desde Houston en el pequeño y apretado Embrair, el desierto parece prolongase hasta el infinito, la sabana de arena y los matojos secos que se van sucediendo como si el paisaje árido se copiara a sí mismo en espejos calcinantes. Voy hacia El Paso, situado en una esquina donde se acaba Texas y la raya divisoria enseña que comienza Nuevo México, para hablar en un congreso de literatura organizado por la sede local de la universidad estatal.

Pero la cuña debajo es el estado de Chihuahua, arena desolada también y algunas elevaciones montañosas a lo lejos, mientras el río Grande, como figura en los mapas de Estados Unidos, o río Bravo, como se llama en los de México, discurre entre ambos países de manera casi invisible, a veces pequeños charcos, a veces un hilo de agua entre las piedras. Es en otros trechos de su extenso curso donde los inmigrantes clandestinos buscan atravesarlo a nado, los morrales a la espalda.

A lo largo de los más de 3 mil kilómetros de frontera hay poblaciones a ambos lados que se aproximan, desde San Diego y Tijuana en el Pacífico hasta Brownsville y Matamoros en el Atlántico, pero en ninguna parte como aquí se trata de la misma ciudad dividida en dos mitades, el antiguo poblado de El Paso del Norte, que en tiempo fue uno solo: de un lado El Paso texano, provinciano y apacible, del otro Ciudad Juárez, feroz y multitudinaria.

México para divisar. Tras la malla de acero que marca la línea divisoria, se alza la equis roja de 60 metros de alto del monumento a la mexicanidad, del escultor Enrique Carbajal (Sebastián), como un jack gigante que ha rodado hasta la plaza del Chamizal, un terreno que fue parte del lecho cambiante del río y devuelto a México apenas en 1964. En el centro de la equis hay un ojo que mira de manera enigmática hacia El Paso.

La amiga profesora universitaria que me acompaña en este recorrido a lo largo de la cerca de acero que aparece y desaparece, y a veces es doble, con un espacio intermedio para los vehículos de las patrullas fronterizas, me dice que ella es de los dos lados, y nunca podrá dejar de serlo. Tiene las dos nacionalidades. Vive y da clases en El Paso, sus padres residen del lado mexicano, y hoy asistirá al concierto de José Luis Perales en Ciudad Juárez.

Miles de autos y transportes de carga van y vienen, estudiantes y trabajadores cruzan los accesos peatonales a través de los varios puentes para ir y volver cada día. Hay más católicos en El Paso que en Ciudad Juárez, donde proliferan las iglesias evangélicas. Son mitades indisolubles, me dice la profesora, mientras continuamos este extraño recorrido turístico hecho a iniciativa mía, porque he querido ver dónde es que Trump intenta construir su muro, pagado, según se ufana, por los propios mexicanos.

A lo largo de esta frontera de mar a mar hay infinidad de pasos clandestinos, y centenares de túneles para el contrabando de la droga, que también es arrojada aún con catapultas artesanales.

Según cálculos al vuelo hechos por Trump, su muro costaría 8 mil millones de dólares. Y deberá tener entre 10 y 12 metros de altura, equivalente a un edificio de cuatro pisos, para que sea un muro de verdad. ¿Y cómo lucirá ese muro? Lucirá bien, tan bien como pueda lucir un muro, responde con implacable lucidez. ¿Será de hormigón armado, como el muro de Berlín? Ese dato aún no se revela. De todos modos, un poco más modesto en extensión que la muralla china, con sus 21 mil kilómetros; más baja, sin embargo, que el futuro muro de Trump, pues aquella se eleva apenas siete metros.

El muro de Berlín no corría muy largo, lo suficiente para mantener prisioneros a los habitantes de una mitad de la ciudad, 125 kilómetros de perímetro, con una altura de apenas 3.6 metros, puro hormigón armado. Un muro para no dejar salir a la gente. El de Trump será para no dejar entrar, igual que la muralla China, destinada a impedir el paso de las hordas de mongoles y manchurianos. Inmigrantes mexicanos y centroamericanos, he allí las nuevas hordas que ahora se toparán en medio del desierto con esa alta pared, lisa, inexpugnable, un espejismo sólido.

Lisa, sólida. Interminable, ondulando en la distancia en el paisaje de arena y matojos secos que se divisa desde la ventanilla del avión. Para los amigos residentes en El Paso, mexicanos y latinoamericanos de origen, como la profesora que me acompaña a la excursión, el tema inagotable es el muro de Trump.

Para unos es un muro más bien que físico, ideológico. Trump nunca llegaría a contar en el presupuesto con semejante cantidad de dinero, pues aún dentro de los legisladores republicanos no tiene ese consenso. Un muro construido en la mente. Un muro que excluye, que discrimina, y que se articulará a través de un conjunto de decretos, leyes y medidas administrativas para contener la ola migratoria, y a la vez para buscar cómo expulsar al menos una parte de los 11 millones de inmigrantes ilegales que viven y trabajan dentro de Estados Unidos.

Para otros, se trata de algo imposible, que se quedará en la mente de quienes se aferran a la nación blanca, incontaminada de inmigrantes latinos pobres. Expulsar a tantos millones de ilegales sería una empresa absurda, para la que no darían abasto los 15 mil nuevos agentes de migración que Trump ha ordenado contratar.

Pero estos son otros Estados Unidos, sin duda. No se trata sólo de los inmigrantes, sino de las libertades públicas, de los derechos civiles, del temor a una autocracia.

¿Una autocracia en Estados Unidos? Mis amigos universitarios asienten, ensombrecidos. Ven el peligro cernirse sobre sus cabezas, y tienen la esperanza de que la gente, apoyada en las instituciones, resistirá cualquier embate autoritario.

 

El Paso, marzo de 2017

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Andrew Puzder renuncia a nominación a secretario de Trabajo

 

“Cuando el pueblo marca el camino, los líderes lo siguen” es la tan citada frase atribuida a Gandhi. Esta semana, la organización popular masiva contribuyó a frustrar la nominación de Andrew Puzder, un empresario multimillonario dueño de varias cadenas de comida rápida, para el cargo de secretario de trabajo de Donald Trump. Puzder fue ampliamente acusado de robo de sueldos y acoso sexual generalizado en sus empresas. Su vida personal se ha visto manchada de acusaciones de emplear a una inmigrante indocumentada, evasión de impuestos y violencia doméstica. El movimiento de presión que frustró su nominación fue liderado por algunas de las personas más pobres y vulnerables de nuestra sociedad, y es un ejemplo de la importancia y el poder de los movimientos populares.

El caos y la confusión han plagado el primer mes del gobierno de Trump. La renuncia de Puzder se produjo la misma semana en que tuvo lugar la dimisión forzada del teniente general Michael Flynn a su cargo de consejero de Seguridad Nacional. Información confidencial de inteligencia filtrada reveló que Flynn había dialogado con el embajador ruso en Estados Unidos durante el período de transición, cuando Barack Obama todavía era presidente. Si Flynn entró en negociaciones sobre las sanciones a Rusia con el embajador de dicho país, como se alega, entonces sus acciones bien podrían haber sido ilegales. Aparentemente, Flynn le habría mentido al vicepresidente Mike Pence sobre el contenido de estas conversaciones. El Departamento de Justicia informó a Trump al respecto a principios de enero, pero Trump no forzó a Flynn a dimitir hasta la publicación de informes periodísticos que revelaron su comportamiento.

El general Flynn es un conocido islamófobo que se ha referido al Islam como “un cáncer”. Las protestas irrumpieron tan pronto como fue nombrado consejero de Seguridad Nacional. Sin embargo, ese cargo es uno de los que el presidente puede designar sin la confirmación del Senado, por lo que Flynn estuvo en la Oficina Oval desde el primer día del gobierno de Trump. Si bien el escándalo de los medios de comunicación en torno a su intriga rusa fue la razón inmediata de su renuncia, no podemos descartar el impacto que tuvieron en la decisión de pedirle la renuncia las potentes manifestaciones que se llevaron a cabo contra su discurso de intolerancia.

En los últimos 16 años, Puzder se desempeñó como director ejecutivo de CKE Restaurants, empresa propietaria de las cadenas de restaurantes de comida rápida Hardee’s y Carl’s Jr. Como director ejecutivo, Puzder ha hecho campaña contra las mismas leyes y reglamentos laborales que debería proteger como secretario de Trabajo. Bajo la dirección de Puzder, CKE fue un vivo ejemplo de violaciones a las leyes laborales en restaurantes de comida rápida, donde los trabajadores son sometidos periódicamente a robo de salarios y acoso sexual. Los anuncios de Carl Jr. recurrían a imágenes hipersexualizadas y a la cosificación de la mujer, lo cual muchos consideraban que eran un factor que contribuía al persistente acoso en sus restaurantes.

El grupo Restaurant Opportunities Centers United (ROC) encuestó a los empleados de CKE inmediatamente después de la nominación de Puzder, en diciembre. ROC fue fundado por trabajadores de restaurantes de la ciudad de Nueva York tras el atentado del 11 de septiembre de 2001. El grupo lucha por la mejora de los salarios y las condiciones de trabajo de los empleados de restaurantes, y ha alcanzado los 18.000 miembros en 15 estados del país. La encuesta halló que el 66% de las trabajadoras de CKE Restaurants informaron haber sufrido comportamientos sexuales no deseados en el trabajo, en comparación con el 40% de las trabajadoras de la industria de comida rápida en general. El 28% de los encuestados trabajaron fuera de su horario, y aproximadamente un tercio informó de infracciones de robo de salarios, como no haber recibido los descansos requeridos ni el pago de horas extras. El 79% por ciento de los trabajadores de CKE Restaurants también informó que habían preparado o servido comida mientras estaban enfermos, el porcentaje más alto que ROC ha encontrado al momento. Saru Jayaraman, cofundadora y codirectora de ROC, habló sobre Puzder en el marco de la campaña para que renuncie: “Este es un hombre que donó como 700.000 dólares a la campaña de Trump. Es un capitalista republicano muy ideológico. Tienen que entender que, si Andy Puzder pasa a ser director del Departamento de Trabajo, es esencialmente darle lugar a este grupo de presión, que ha estado presionando desde la era de la esclavitud para mantener los salarios tan bajos como sea posible, o directamente eliminarlos. Básicamente, se le estaría dando a la Asociación Nacional de Restaurantes un puesto en el Gabinete y el control absoluto sobre el departamento que debería velar por el bienestar de los trabajadores”.

Puzder se opone al salario mínimo, a la lucha por un salario básico de 15 dólares la hora, a la licencia paga por enfermedad y a la Ley de Cuidado de Salud a Bajo Precio. Declaró al Business Insider hace casi un año que era partidario de reemplazar a los trabajadores con robots. En esa ocasión, Puzder dijo “Son siempre amables, siempre aumentan las ventas, nunca toman vacaciones, nunca llegan tarde, nunca hay demandas fraudulentas por accidentes ni un juicio de discriminación por edad, sexo o raza”.

Puzder también admitió haber contratado a una inmigrante indocumentada para realizar tareas domésticas en su casa, y, como si fuera poco, no pagó los impuestos correspondientes durante el período en que ella trabajó allí. Esto ha sido suficiente en el pasado para destruir varias designaciones a nivel de Gabinete, como fue el caso de las nominadas a la fiscalía general del presidente Bill Clinton, Kimba Wood y Zoe Baird.

Puzder también fue acusado de violencia doméstica por su ex esposa. Lisa Fierstein apareció en un episodio de 1990 del programa “The Oprah Winfrey Show”, bajo un disfraz, en el que describió el abuso que había sufrido. Fierstein declaró que Puzder le dijo: “Te veré en una zanja. Esto no se va a terminar nunca. Vas a pagar por esto”. Fierstein más adelante se retractó de sus acusaciones. El video fue entregado al Comité de Salud, Educación, Trabajo y Pensiones del Senado, y fue visto por otros senadores también. Para el miércoles, entre cuatro y 12 senadores republicanos indicaron que era poco probable que apoyaran a Puzder, reduciendo sus oportunidades. Puzder, finalmente, renunció a su postulación.

Los principales medios de comunicación le atribuyen a una revuelta republicana el fracaso de la candidatura a secretario de Trabajo de Andrew Puzder. En el caso del teniente general Michael Flynn, los medios de comunicación afirman que lo aniquilaron las filtraciones de información de la comunidad de inteligencia. Pero el motor que condujo a ambas derrotas son los movimientos de miles y miles de personas en todo el país, que están diciéndole “no” al odio, la intolerancia y la injusticia.

 

 

© 2017 Amy Goodman

Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro "Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos", editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

 

 

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Martes, 02 Agosto 2016 07:52

Máscaras trágicas

Máscaras trágicas

Los cruzados de la guerra al terrorismo no parecen advertir que esa guerra es imposible, porque el terrorismo es un recurso violento perverso, pero no un enemigo concreto. El enemigo podría ser quien lo emplea, pero no el recurso mismo: no puede haber una guerra contra las minas antipersona, por perverso que sea su uso.

 

Esta guerra imposible hace del terrorismo un difuso concepto mediático abstracto, pero si la criminología quiere hacer algo para prevenirlo, no tiene otra opción que considerar los hechos concretos, donde identificar la diversidad de los fenómenos.


Por un lado, hay un grupo político que, con pretexto religioso, emplea métodos aberrantes y criminales, lo que no tiene nada de nuevo, porque han existido otros muchos a lo largo de la historia.


Por otro lado, es evidente que se manipula el concepto abstracto, para considerar terroristas a todos los que no gustan a algún poder. Esto tampoco es nuevo; hace un siglo eran anarquistas, ácratas, etc.


Pero entre los hechos concretos que cabe observar, llama la atención que en Europa aparezcan solitarios que cometen atrocidades en nombre de un movimiento al que no están vinculados y de una religión que no profesan, que nacieron y crecieron en el mismo suelo que sus víctimas y que se expresan en su misma lengua. En Estados Unidos se reiteran fenómenos parecidos, que no pueden explicarse sólo por el fácil acceso a armas.


Respecto de estos casos, seguramente se sostendrá que se trata de algo nunca antes visto. Pero si bien la particularidad de todo fenómeno es irrepetible, la base común que permite acercarse a su criminodinámica no es nada novedosa.


Los cruzados de la famosa guerra suelen repetir que el terrorista desconoce la condición de persona de sus víctimas. Si bien esta es una notoria obviedad, es la punta del hilo desde la cual desenredar la madeja que envuelve la aparición del solitario.


La Declaración Universal de 1948 prescribe que todo ser humano es una persona. No obstante, en la realidad social, este deber ser sólo un objetivo a conseguir, por el cual debemos luchar continuamente, pero que está lejos de ser alcanzado.


La palabra persona evoca la máscara del antiguo teatro griego. ¿Significa esto que en la vida real carecen de toda máscara los que son considerados como no-personas? No es cierto, porque desde el interaccionismo sabemos que todos llevamos alguna máscara en esta dramaturgia mundial.


Esto se explica porque para no considerar persona al otro, es también necesario colocarle una máscara diferente: la de enemigo, real o potencial. La máscara de enemigo oculta el rostro del ser humano satanizado (se puede inventar el neologismo enemizado, porque Satán en hebreo significa enemigo).


La máscara de enemigo oculta el rostro del ser humano, lo que explica que el satanizador (enemizador) pase a ver en el pacífico y simpático vecino de ayer, sólo a un otro enemigo como mero integrante de un colectivo diabólico que debe destruirse o neutralizarse por cualquier medio, incluso la muerte.


Pero dejemos al satanizado y pasemos a observar al satanizador. ¿Qué lo impulsa a repartir máscaras de enemigo? No es otra cosa que su propia debilidad subjetiva: necesita saber quién es. Al enmascarar al otro siente que supera su propia fragilidad como sujeto, definiéndose por exclusión: No soy el otro, el negro, el salvaje, el gay, el indio, etc. Soy lo que no soy.


Toda discriminación creadora de enemigos es una semilla de genocidio. Si observamos cómo opera este juego de máscaras en Europa, podremos acercarnos un poco a la criminodinámica de los casos que se consideran nuevos.


La Europa colonialista puso millones de máscaras de potenciales enemigos peligrosos en todos sus colonizados. Cometió crímenes de increíble crueldad, en particular en África. No hubiese podido cometerlos sin el previo enmascaramiento de sus colonizados. Con el curso del tiempo llevó a muchos a su propio territorio, donde su población no crecía al ritmo que necesitaba su aparato productivo.


Pero no los incorporó culturalmente, ni a los inmigrados ni a sus descendientes, porque la máscara del salvaje colonizado había sido asimilada por sus sociedades. Se produce un doble juego de máscaras : el portador de la máscara salvaje adquiere una subjetividad en extremo frágil, siente el peso de ésta en el rechazo social, pero tampoco la asume, porque ya no pertenece a la cultura salvaje.


No necesitamos aventurarnos en el campo de la patología para verificar que, en algunos sujetos, la debilidad subjetiva es tan extrema que les provoca una angustia insoportable, de la que quieren escapar mediante un generalizado enmascaramiento de colonizador, contra toda la sociedad que no acaba de incorporarlo. La fragilidad subjetiva extrema le lleva a responder al ¿Quién soy? con un No soy el enemigo colonizador.


Por otro lado, los crímenes masivos atroces que estos sujetos cometen, provocan una reacción xenófoba que refuerza estereotipos discriminadores, reafirmando el reparto de máscaras de no persona. No es difícil prever que esta reacción agudice la muy marcada fragilidad subjetiva de otros, derivando en nuevos desastres.


En síntesis: el doble juego de máscaras de enemigo no es inocuo, al menos cuando opera sobre personas que, por razones individuales, llegan al extremo de la fragilidad subjetiva y lo vivencian con tal intensidad insoportable, que estallan en brotes de destrucción masiva y, en el fondo, en un suicidio triangular.


En los Estados Unidos operan razones en parte diferentes para producir subjetividades frágiles. El caso europeo parece extremo y más claro. Pero cabe preguntarse si el mundo globalizado (antes llamado occidental), en este momento de transición de paradigmas –al decir de Boaventura de Souza Santos– no está debilitando las culturas con el resultado de reproducción de subjetividades frágiles.


De toda forma, se impone poner especial atención en el reparto de las máscaras, porque se trata de un juego que acaba en un carnaval demasiado trágico, que tiene por escenario un mundo que no logra dotar de la máscara de persona a más de la mitad de los habitantes del planeta.

 

Por E. Raúl Zaffaroni, profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires.

 

 

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Domingo, 31 Julio 2016 08:42

El hipócrita lenguaje del "terror"

Ofrenda a las víctimas del ataque en el centro comercial Olympia en Múnich, que dejó nueve muertos


Las espantosas y sangrientas horas de la noche del viernes y la mañana del sábado pasados en Múnich y Kabul –pese a los casi 5 mil kilómetros que separan ambas ciudades– aportaron una lección sumamente instructiva sobre la semántica del horror y la hipocresía. Desespero de esta palabra genérica de odio, "terrorista", que desde hace mucho se volvió el signo de putuación y la firma de todo político, policía, periodista y "grupo de estudio" superficial en el planeta.

 

Terror, terror, terror, terror, terror. O terrorista, terrorista, terrorista, terrorista, terrorista.

 

Pero de tiempo en tiempo nos hacemos bolas con este horrible lugar común, como ocurrió el fin de semana. Así es como pasó: cuando escuchamos que tres hombres armados habían entrado en un "frenesí de disparos" en Múnich, los policías alemanes y los chicos y chicas de la BBC, CNN y Fox News apretaron la tecla del "terror". La autoridad muniquesa temía que hubiera sido un "ataque terrorista". La policía local, nos informó la BBC, había lanzado una "cacería humana antiterrorista".

 

Y sabíamos lo que eso significaba: se creía que los tres hombres eran musulmanes y, por tanto, "terroristas", sospechosos de pertenecer al Isis (o al menos de estar inspirados por él). Luego resultó que los tres hombres de hecho eran uno solo que estaba obsesionado con los asesinatos en masa. Nació en Alemania (aunque era de origen en parte iraní). Y de pronto, en todos los medios británicos y en CNN, la "cacería antiterror" se convirtió en "cacería de un tirador solitario".

 

Un periódico de Reino Unido usó la palabra "tirador" 14 veces en unos cuantos párrafos. De algún modo la palabra "tirador" no sonaba tan peligrosa como "terrorista", aunque el efecto de sus acciones sin duda era el mismo. "Tirador" es una palabra en clave. Significa: este asesino de masas en particular no es musulmán.

 

Ahora vamos a Kabul, donde el Isis –sí, el verdadero Isis musulmán sunita de la leyenda terrible– envió atacantes suicidas contra miles de musulmanes chiítas que protestaban la mañana del sábado por lo que parece haber sido un episodio bastante rutinario de discriminación oficial.

 

El gobierno afgano había rehusado tender una nueva línea de energía a través del distrito Hazara (chiíta) del país –un cable más pequeño de conexión eléctrica no satisfacía a la multitud– y había advertido a los hombres y mujeres chiítas que cancelaran su protesta. Los manifestantes, en su mayoría jóvenes de clase media de la capital, desoyeron la ominosa advertencia y llegaron a las cercanías del palacio presidencial para instalar tiendas en las que escribieron en dari: "justicia y luz" y "muerte a la discriminación".

 

Pero la muerte les llegó a ellos, en la forma de dos hombres del Isis –uno de los cuales, al parecer, empujaba un carrito de helados–, cuyos explosivos hicieron volar literalmente en pedazos a 80 musulmanes chiítas e hirieron a 260. En una ciudad en la que elementos del ejército afgano a veces son llamados gobierno talibán, y en la que existe la suposición popular de que una versión afgana del Estado Islámico musulmán sunita reside como bacilo dentro de esas mismas facciones, no pasó mucho tiempo para que los organizadores de la manifestación comenzaran a sospechar que las propias autoridades estaban detrás de la masacre.

 

Desde luego, nosotros en Occidente no escuchamos esta versión de los sucesos. Más bien, los reportes desde Kabul se concentraron en quiénes negaban responsabilidad por la atrocidad o la proclamaban. El horrible talibán islamita la negó. El horrible Isis islamita se la atribuyó. Y así, todos los reportes se centraron en que el Isis había clamado responsabilidad.

 

Pero esperen. Ni un solo reporte, ni una sola emisión de noticias se refirió a la matanza en Kabul como un acto de "terrorismo". El gobierno afgano lo hizo, pero nosotros no. Nosotros hablamos de "suicidas con bombas" y de "atacantes", de modo muy parecido a como nos referimos al "tirador" en Múnich.

 

Esto es muy extraño. ¿Cómo es que un musulmán puede ser terrorista en Europa, pero sólo un simple "atacante" en el suroeste de Asia? ¿Será porque en Kabul los asesinos no atacaron a occidentales? ¿O porque atacaron a sus correligionarios musulmanes, todos de la variedad chiíta?

 

Sospecho que las dos respuestas son correctas. No encuentro otra razón para este extraño juego semántico. Porque así como la identidad terrorista se desvaneció en Múnich en el momento en que Ali Sonboly resultó tener más interés por el asesino en masa noruego Anders Breivik que por el califa Abu Bakr al-Baghdadi de Mosul, así los verdaderos asesinos del Isis en Kabul evitaron por completo el estigma de ser llamados terroristas en cualquier forma.

 

Esta absurda nomenclatura se va a deformar aún más –estén seguros de ello– conforme cada vez más víctimas europeas de los ataques en naciones de la UE resulten ser musulmanas. El número de musulmanes asesinados por el Isis en Niza fue notado, pero no apareció en los titulares. Los cuatro jóvenes turcos abatidos por Ali Sonboly fueron metidos en la nota como una parte casi rutinaria en lo que es hoy, por desgracia, la cotidianidad de los asesinatos en masa en Europa, como en Medio Oriente y Afganistán.

 

Por tanto, en Europa, la identidad de los musulmanes se diluye si son víctimas, pero es de vital importancia política si son asesinos. Pero en Kabul, donde tanto víctimas como asesinos eran musulmanes, su mutua crisis de identidad religiosa no tiene interés para Occidente y el baño de sangre se describe en términos anémicos: los dos atacantes "atacaron" y los "atacados" quedaron con 80 muertos. Parece más un partido de fútbol que una guerra de terror.

 

Todo resulta lo mismo al final. Si nos atacan musulmanes, son terroristas. Si no son musulmanes, son tiradores. Si musulmanes atacan a otros musulmanes, son atacantes.

 

Recorten el párrafo anterior y ténganlo a su lado la próxima vez que haya asesinos sueltos y podrán discernir quiénes son los malos antes de que la policía lo diga.

 

Traducción: Jorge Anaya

 

 

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Domingo, 31 Julio 2016 08:06

Rebelión xenófoba en el este de Europa

Campamento de refugiados sirios en la frontera croata, a la espera de ingresar a Hungría.


El 2 de octubre Hungría irá a un referéndum impulsado por el ultraderechista Orban: ¿quiere que la Unión Europea disponga, sin el consentimiento del Parlamento, sobre el asentamiento de ciudadanos no húngaros en Hungría?

 


La cuestión migratoria es el espejo más grande donde la vieja Europa puede descubrir sus miserias. El grupo de Visegrado que integran Polonia, República Checa, Eslovaquia y Hungría hace punta contra las cuotas de reubicación de refugiados. Pero es en este último país donde más avanzó el gobierno. El próximo 2 de octubre irá a un referéndum donde el electorado deberá responder a la pregunta del derechista primer ministro Viktor Orban: ¿Quiere que la Unión Europea disponga, sin el consentimiento del Parlamento, sobre el asentamiento de ciudadanos no húngaros en Hungría?

 

Casualidad o no, ese primer domingo de octubre también se harán de nuevo las elecciones anuladas en Austria donde el Partido de la Libertad del ultraderechista Norbert Hofer tiene chances de imponerse. La fecha se percibe en el horizonte como un momento clave que puede robustecer la tendencia xenófoba que domina el continente.

 

Las cuatro naciones que integran el grupo de Visegrado (por el nombre de una ciudad bosnia donde se reunió por primera vez) ingresaron a la Unión Europea en 2004. Ese año fue cuando más se amplió la zona euro. Sumó diez países con nuevos derechos y deberes. En septiembre del 2015, la UE no pudo consensuar un documento sobre cuotas migratorias. La crisis de los refugiados se había agravado. Una votación de los por entonces 28 miembros - Gran Bretaña abandonó la Unión en junio último - estableció los cupos para desplazados por las guerras en Irak y Siria, sobre todo. Eslovaquia, República Checa, Rumania y Hungría perdieron porque se pronunciaron por la negativa. Y Polonia, la única que votó a favor pero a regañadientes, suscribió el documento con varios cambios.


Orban y su gobierno van ahora contra esa decisión. Hungría ya está en campaña y la prensa refleja la decisión del Estado de ganar el referéndum. Medios como EU Observer y Euronews han publicado las preguntas que se le formulan a un electorado que viene votando no solo a Orban y su partido Fidesz. También a la ultraderecha del Jobbik, tercero en las últimas elecciones y que propuso rehabilitar a Miklós Horthy, gobernante aliado de la Alemania de Hitler.


“¿Sabía que los atentados de París fueron cometidos por inmigrantes?” “¿Sabía que Bruselas (sede de la UE) quiere asentar en Hungría un número de inmigrantes equivalente a una ciudad? No importa que en los ataques terroristas del 13 de noviembre a la capital francesa, seis de los nueve yihadistas fueran ciudadanos locales o belgas. Tampoco que la cuota de refugiados que la UE votó para Hungría ascienda a apenas 1.294 personas. Es cierto que han ido varios miles más hacia sus fronteras. Lo prueba la política antiinmigrante de Orban que decidió levantar un muro a lo largo de la frontera de 175 kilómetros que comparte con Serbia.


La faena de construir la muralla fue exigida a 900 soldados. Del ensamblado de los bloques que permitieron vallar la frontera se ocuparon presos de las cárceles húngaras. Una paradoja que puso blanco sobre negro la crisis migratoria. También se agravaron las penas para quienes decidan ingresar de manera ilegal en Hungría. Al que lo intente le pueden caber hasta cinco años de prisión. Y acaso hasta que deba colaborar con la extensión del muro hacia el linde con Croacia.


Pero hay más medidas de este tipo que decidió el gobierno húngaro. Ahora aplica una reforma que hizo a su ley migratoria. Detiene a los desplazados y los traslada a una zona gris más allá de sus fronteras donde carecen de asistencia. Ocurrió con un grupo de seiscientos el 5 de julio. También lo hizo subiéndolos a trenes en mayo pasado hasta el límite con Austria. Los cuatro mil militares que colocó junto a los alambres de púa y las murallas fueron un disuasivo adicional. El país construyó una especie de línea Maginot y Orban se congratula de ello. Sobre el referéndum dice que quien vote a favor del “no” lo estará haciendo “por la independencia de Hungría”.


El líder del Fidesz no se diferencia demasiado de lo que piensan sus aliados. El polaco Jaroslav Kaczynski, líder del ultraconservador partido de gobierno, Libertad y Justicia, dijo que los refugiados transportan “parásitos que portan enfermedades contra las que están inmunizados en sus países pero no en Europa”. En línea con esta visión del problema, el presidente de la República Checa, Milos Zeman, comentó en la última navidad: “se puede sentir compasión por aquellos refugiados ancianos o enfermos y por los niños, pero no se puede sentir lo mismo por aquellos que deberían volver a su patria a enfrentarse a los yihadistas”. No extraña entonces que en noviembre pasado, el alto comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos Zeid Ra’ad Zeid Al Hussein, denunciara el trato “degradante” que sufren los desplazados en la República Checa.

 

La idea de pertenecer a la Unión Europea con todos sus beneficios unió a los países del este en su momento. Pero hoy, cuando están gobernados por partidos conservadores o ultraderechistas que siguen creciendo en el electorado, no están cómodos con las cuotas migratorias. La integración política, un mercado común, la utilización del euro y el libre desplazamiento de sus ciudadanos, para Hungría y sus aliados son incompatibles con aceptar esa deuda social que consiste en recibir a los refugiados.

 


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Sábado, 23 Julio 2016 07:51

Terror y muerte en un shopping de Munich

Cerca del shopping atacado se apostaron miembros especiales de comandos policiales y varias ambulancias que asistían a los heridos.
 
AL MENOS DIEZ MUERTOS EN UN ATAQUE CON ARMAS LARGAS EN LA CIUDAD ALEMANA. EL AUTOR SE HABRIA SUICIDADO


Según la policía, un joven alemán-iraní disparó a mansalva en un restaurante de comida rápida, en uno de los centros comerciales más grandes de la capital de Baviera. Para los investigadores, aún no hay indicios de que se trate de un atentado de islamistas radicales.

 

El terror se apoderó ayer de la ciudad alemana de Munich al producirse un ataque en el centro comercial Olympia-Einkaufszentrum con un saldo de por lo menos diez muertos y 21 heridos. La policía declaró un “alta alerta terrorista” tras el tiroteo.


La policía local informó al principio que habían actuado tres atacantes, pero luego aclaró que casi con seguridad había sido uno solo, un alemán de 18 años de origen iraní que vivía en Munich desde hace muchos años. El atacante se habría suicidado después de la masacre, agregó el vocero policial. El terrorista, pertrechado con un arma larga, se dio a la fuga después de haber disparado en un restaurante de comida rápida en uno de los centros comerciales más grandes de la capital de Baviera. La policía dijo que no hay indicios de que se trate de un atentado de islamistas radicales. “Es prematuro especular sobre el motivo de los atacantes”, aseguró el portavoz policial Marcus da Gloria Martins. “Hablamos de un ataque terrorista porque ante esta alerta alcanzamos el mayor despliegue de seguridad”, explicó un alto funcionario de seguridad. Tras varias horas de búsqueda de los supuestos fugitivos, el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, dijo que el motivo del horrible ataque no está claro y que las evidencias son contradictorias.


Horas más tarde la policía informó que el cadáver de un hombre que fue hallado cerca del centro comercial correspondería al único atacante que habría actuado en el atentado, quien luego se habría suicidado. El hombre llevaba una mochila que está siendo examinada por expertos en artefactos explosivos.


“Estamos analizando de forma intensa la posibilidad de que se trate de un atacante”, dijo un portavoz de la policía de la ciudad alemana. En Internet y en los medios circula un video sobre un hombre vestido de negro que abre fuego a quemarropa contra gente en la acera delante de un restaurante de cómidas rápidas. No está confirmado si fue grabado durante el ataque de ayer. También se especula con que el ataque podría haber sido perpetrado por radicales de derecha. Un video en Internet del que se hicieron eco los medios alemanes muestra a un presunto agresor discutiendo a gritos con un vecino en el que dice “Soy alemán, nací aquí”. Testigos citados por CNN y medios alemanes aseguran que los atacantes gritaban “extranjeros de mierda”.


Las autoridades llamaron a la población a no abandonar sus casas. Todo el transporte urbano (metros, autobuses y tranvías) quedó paralizado y también fue suspendido el tráfico ferroviario. La estación central de Munich fue evacuada. La policía pidió a los conductores que abriesen paso a los patrulleros y vehículos policiales en las autopistas hacia la capital bávara. Médicos y enfermeras fueron llamados a asumir turnos adicionales en los hospitales.


Tras el atentado en el centro comercial conocido como #Oez que está en el distrito de Moosach cercano al Parque Olímpico de la ciudad, trascendieron versiones de un tiroteo en una plaza del centro de la ciudad. La policía desplegó un gran operativo en el centro después de que muchas personas corrieran en la zona presas del pánico, pero luego aseguró que se trató de una falsa alarma. Policías fuertemente armados patrullan también en estaciones de metro del centro. Poco después del atentado las autoridades efectuaron un llamamiento a la población a través de un sistema de alarma de teléfonos celulares instándolos a permanecer en sus hogares. “No sabemos dónde están los agresores. Cuídense y eviten los lugares públicos”, habían alertado a través de la red Twitter.


El primer ministro de Baviera, Horst Seehofer, y el titular de Interior bávaro, Joachim Herrmann, pusieron en marcha un gabinete de crisis. Policías de toda la ciudad acudieron al centro comercial que fue escenario del tiroteo y acordonaron ampliamente la zona. Varios helicópteros sobrevolaban la ciudad, a la que fueron destacadas tropas de elite procedentes de Bonn.


El tiroteo comenzó a las 17.52 hora localen un restaurante de cómidas rápidas en el centro comercial Olympia, dijo el viceportavoz de la presidencia de la policía de Munich, Thomas Baumann. El centro comercial se encuentra enclavado en un área residencial y está a dos estaciones de metro del Estadio Olímpico de la ciudad. Tiene 135 locales comerciales y es uno de los mayores centros de compras de Munich. Al principio, la situación era muy confusa, y diversos videos y fotos empezaron a circular por las redes sociales mostrando escenas de pánico, con personas corriendo por el centro comercial a la búsqueda de un refugio, policías ingresando a los estacionamientos, e incluso posibles tomas de los tiradores saliendo del lugar. Otros archivos que circulaban por las redes sociales dejaban oír el sonido de los disparos, que empezaron en el local de la hamburguesería McDonald’s integrado al shopping.


En el noreste de la ciudad, allí donde se registraron los disparos en el centro comercial, regía el estado de excepción. Rápidamente la policía cercó y evacuó la zona. Seguía prevaleciendo la incertidumbre y la policía pidió a los ciudadanos que permanezcan en sus casas. Un viernes por la tarde normalmente la zona está en plenitud. Todas las grandes marcas tienen tiendas en el centro comercial.


La policía llamó a la población a no publicar fotos ni videos de los operativos policales. “Por favor, no publiquen en la red fotos/videos de las medidas policiales en el lugar del hecho. ¡No apoyen a los agresores!”, tuitéo. Facebook activó en horas de la tarde el “Safety Check” a través del cual los usuarios pueden dar señales de que se encuentran a salvo. Asimismo, habitantes de la ciudad emplearon en Twitter el hashtag #OffeneTür (Puertas abiertas) para ofrecer o recibir refugio en la ciudad. Los pasajeros que hayan quedado varados por la suspensión del tránsito ferroviario hacia Munich por el ataque en un centro comercial podrán pasar la noche en trenes en las afueras de la ciudad alemana, informó ayer la compañía ferroviaria Deutsche Bahn. Además, varios hoteles se ofrecieron a albergar gratuitamente a gente que quedó varada en Munich.


El ministro del Interior de Alemania, Thomas de Maizière, que al momento del atentado se encontraba en un avión que lo llevaba a los Estados Unidos, donde iba a iniciar sus vacaciones de verano, retornó inmediatamente al país. Cerca de las 21, hora local (16 hora argentina), la cancillería federal convocó a una reunión de crisis para seguir la evolución de la situación. La canciller, Angela Merkel, no se encontraba presente, pero presidirá hoy una reunión del Gabinete Federal de Seguridad, junto a los titulares de las principales carteras, para analizar la situación tras el brutal ataque, comunicó la cancillería alemana. A la reunión asistirán, además de Merkel, su jefe de Gabinete, Peter Altmaier; la ministra de Defensa, Ursula von der Leyen; el vicecanciller, Sigmar Gabriel; el ministro de Exteriores, Frank-Walter Steinmeier; el de Justicia, Heiko Maas; el de Finanzas, Wolfgang Schäuble, y el de Cooperación, Gerd Müller.


Alemania es sacudida por segunda vez en pocos días por un acto de terror. El lunes, un refugiado afgano de 17 años atacó con hacha y cuchillo a pasajeros en un tren regional al grito de “Alá es grande” dejando un saldo de cuatro heridos graves. El joven fue abatido por la policía. Los especialistas en terrorismo habían avisado de la posibilidad de atentados en “objetivos blandos” poco vigilados como centros comerciales, escuelas u hospitales.

 

 


 

 

Confrontación confesional, xenofobia y exclusión

 

Por Eduardo Febbro


Desde París


Ben Laden y el entorno teórico de Al Qaeda están obteniendo una horrenda victoria póstuma a través del Estado Islámico. Las miles y miles de personas que mueren víctimas de los atentados en varias regiones del mundo tienen un origen teórico común, una decisión estratégica fundacional pactada por Estados Unidos y Arabia Saudita y un error garrafal cometido en Irak luego de la invasión de 2003. Esos tres elementos van a diseñar el espantoso mundo en el cual vivimos.


El jihadismo que conocemos hoy se nutre de tres fuentes. En primer lugar, es hereditario de la política que Washington y Riad implementaron a finales de los años 70 (1979) mediante la cual islamizaron, con la ayuda de Bin Laden, la resistencia interior contra la invasión soviética de Afganistán. Por ese diseño pasó también, aunque con otras intenciones, una multinacional argentina, Bridas, cuando, antes que los enceguecidos norteamericanos, va a descubrir la utilidad de los talibanes en su proyecto de trazar el recorrido de un gasoducto de cerca de 1500 kilómetros que iba dese Turkmenistán hasta Pakistán. En segundo lugar, los atentados en Occidente se inspiran en una obra teórica de 1.600 páginas escrita por Abou Moussab al-Souri, el teórico de la tercera jihad y ex mano derecha de Ben Laden. Este sirio nacido en Alepo hace 60 años plasmó en en el libro “Llamado a la resistencia islámica mundial” lo que el Estado Islámico está llevando a cabo en la realidad, o sea, la Jihad global del pobre. La obra, aún accesible en internet, se ha convertido en una biblia y en el manual de iniciación básico para todos los candidatos a la guerra santa contra Occidente. El tercer elemento es la invasión de Irak, la disolución de la policía y el ejército iraquí decidida por un analfabeto critico de las relaciones internacionales, el administrador civil de Irak, el norteamericano Paul Bremer, el montaje posterior de un gobierno iraquí de mayoría chiíta pero tan violento como corrupto y el aislamiento de la minoría sunnita en el seno de la cual estaban los altos mandos del ejercito iraquí, los servicios secretos, los miembros del partido Bass y la policía, hoy espinas dorsales del Estado Islámico.


Pero la cuna es siempre una combinación de la confrontación durante la llamada Guerra Fría entre las dos potencias, Estados Unidos y la entonces Unión Soviética, los intereses gasíferos y petroleros, Irak y el extremismo islamista, el cual, con la ayuda de Arabia Saudita, Estados Unidos y Pakistán, será propagado, armado y entrenado por la primera potencia mundial con el objetivo de desalojar al ejército rojo de Afganistán. Todos los hechos terminan componiendo el eslabón de una cadena que llega hasta nuestros sangrientos días y en la cual el libro de Abou Moussab al-Souri es una pieza fundamental. El “Llamado a la resistencia islámica mundial” es, ante todo, el producto del desacuerdo entre Osama Bin Laden y Abou Moussab al-Souri, nombre de guerra con el que remplazó al auténtico, Mustafá Setmariam Nassar. Al-Souri estaba totalmente en contra de actos terroristas tentaculares y espectaculares como el que Bin Laden cometió en Estados Unidos en septiembre de 2001. Para él, ese tipo de estrategia sólo podía acarrear consecuencias destructoras porque accionaban dos resortes de una potencia con una capacidad de intervención militar enorme: primero, el aumento de los créditos militares, dos la invasión de los llamados “territorios cuna”, es decir, Afganistán. No se equivocó, el 11 de septiembre atrajo a Estados Unidos a Afganistán y esa expedición militar terminó con el desmantelamiento casi total de Al Qaida. La ex cabeza pensante de Bin Laden criticó a su jefe en un correo electrónico donde decía: “nuestro hermano fue contaminado por la enfermedad de las pantallas, los flashes, sus admiradores y los aplausos”. Abou Moussab al-Souri propuso cambiar la meta y apuntar no hacia los Estados Unidos, país muy alejado y potente, sino hacia lo qué el llamaba “el vientre blando” de Occidente, es decir, Europa. Para ello, el sirio -más tarde nacionalizado español en virtud de su matrimonio con una española–, inventó el término de “nizam la tanzim”, un “sistema pero no una organización”: es decir, una estructura terrorista compuesta por células auto gestionadas, sin lazo con un órgano central, una suerte de jihad horizontal autónomo, separado de cualquier idea piramidal. Ya hemos visto su eficacia en los últimos años. Internet y las redes sociales serán en esa visión otro aporte clave porque ambos, en la idea de al-Souri, ocupan el lugar de las mezquitas o los imanes. Sin contacto físico, sin frecuentación de lugares vigiladas, los individuos se empapan en esa opción.


En su libro, Abou Moussab al-Souri calculó las consecuencias en el seno mismo de las sociedades occidentales: confrontación racial, xenofobia y exclusión por parte de los occidentales y, por consiguiente, radicalización de los musulmanes víctimas del racismo. Por curioso que parezca, ninguno de los muy publicitados servicios de inteligencia de las potencias mundiales prestó la debida atención a ese libro. No sólo aún se lo encuentra en Internet sino que, además, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, las decenas de think tank que se crearon en Washington para pensar el mundo gozaban de créditos millonarios pero sufrían de una falencia absurda: en esos think tank casi nadie hablaba árabe. El Estado Islámico aplicó con letra de sangre esa yihad horizontal pero también introdujo blancos nuevos que no estaban en el libro de Al-Souri: Arabia Saudita, Yemen, Túnez, Libia, Turquía y Rusia con el atentado contra el avión ruso derribado el 31 de octubre de 2014 por el ISIS. Las peregrinaciones de Abou Moussab al-Souri no están tampoco exentas de interés para comprender las barrabasadas cometidas por los servicios de inteligencia. El sirio fue arrestado en 2005 por los servicios secretos de Pakistán cuando huyó de Afganistán y entregado a Estados Unidos. Washington tenía la perla entre sus manos pero se la entregó a la Siria de Bachar el-Assad en 2011 (otras fuentes hablan de 2007). Assad lo liberó el mismo año con una intención semejante a la que llevó a Washington a armar la resistencia afgana: islamizar las revueltas árabes que estallaron en 2011 y, con ello, restarles legitimidad. Hoy nadie sabe donde está.


El perfil de guerra confesional que Estados Unidos, Arabia Saudita y Pakistán trazaron en torno a Afganistán explotó en las manos de todos. Ningún cerebro de la CIA o la NSA previó la expansión posterior. La mayoría de los llamados “hombres más buscados” por Estados Unidos fueron, en su momento, aliados de esos tres países. Los llevaron a Pakistán, los adiestraron en las famosas escuelas coránicas de Peshawar y luego los soltaron en Afganistán con armas en las manos. “El enemigo es fuerte y poderoso, nosotros somos pobres. La guerra será extensa”, escribió Abou Moussab al-Souri en su libro. El Estado Islámico se empapó en esa literatura y llevó a la realidad esa guerra “nizam la tanzim”, es decir, el sistema de lobos solitarios que azota a Occidente. Su yihad descentralizada se extiende ahora por las capitales del Viejo Continente, y más allá: la matanza de Niza, el atentado en el aeropuerto de Turquía, el atentado en el aeropuerto de Bruselas, las matanzas de París, y, en estas horas, tal vez Monich. Abou Moussab al-Souri conocía muy bien ese “vientre blando” de Occidente. Vivió exiliado en Francia, en Londres y luego, con su esposa, en Andalucía. Abou Moussab al-Souri presidió el nacimiento de las dos primeras yihad e inventó la tercera. La primera se articuló contra el ejército soviético en Afganistán: la segunda contra la invasión norteamericana de Irak en 2003 y, esta, la tercera, una fuerza heredera de cada uno de esos hechos, el Estado Islámico, la siembra en occidente. La obra de Abou Moussab al-Souri no habría tenido la influencia que tuvo si Estados Unidos y sus lacayos no hubiesen despertado y alimentado el islamismo radical, si no hubiesen luego fracturado de una manera espantosa Irak. A ello se le sumaron la exclusión, el racismo y el desprecio de que son objeto los musulmanes en Europa. Las palabras de al-Souri se convirtieron en semillas de bombas humanas que no sólo destrozan vidas en París sino, también, en Irak donde, casi en silencio, centenas de vidas humanas desaparecen tragadas por bombas activadas hace mucho por las potencias occidentales.

 

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Lunes, 25 Abril 2016 07:20

American Curios : El gran escape

Trabajadores de la compañía de telecomunicaciones Verizon, en Brooklyn, Nueva York, pararon el parsado 13 de abril para exigir un nuevo contrato laboral. La compañía ha declarado que debe negociar porque tiene problemas para cubrir gastos de atención médica para los empleados activos y los jubilados. De acuerdo con datos oficiales, la tasa de suicidios en Estados Unidos se ha disparado a su nivel más alto en tres décadas. La pobreza y la falta de oportunidades aumentan cada vez más la desigualdad en el país

La tasa de suicidio en Estados Unidos se ha disparado a su nivel más alto en tres décadas; los más pequeños hablan de sus temores y angustias provocados por los políticos, que dicen hacer todo en nombre de los niños; las guerras siguen sin cesar, pero ya casi nadie les presta atención; la desigualdad está a niveles comparables con la época dorada de los grandes magnates justo antes de la gran depresión de 1929; los más vulnerables son culpados de casi todo (crimen, economía, terrorismo), persiste la violencia armada, se documenta abiertamente la corrupción política, se intensifica la guerra contra las mujeres, parte de la cúpula insiste en que no existe el cambio climático y hay una lucha infernal de la cúpula política y económica del país por mantener el estatus quo.

 

De eso están muy llenos los días aquí, junto con la muy sencilla conclusión de que nada de esto tiene que ser así, y que las mayorías expresan un deseo casi opuesto a todo esto. Pero no importa; se impone lo absurdo.

 

Una maestra de prescolar nos cuenta que recientemente escuchaba una conversación entre sus alumnos en una escuela pública de Nueva York: una hija de un egipcio y una puertorriqueña dijo que Trump quiere poner un muro a través de México y Egipto, y con ello no podré ver a mi abuela; otra dijo Hillary y Trump son amigos. Otro más comenta: Trump nos está espiando.

 

Por otro lado, un informe del reconocido Southern Poverty Law Center (organización dedicada a la vigilancia de grupos de odio) encontró que la retórica antimigrante y violenta de la contienda electoral presidencial de 2016 provoca un nivel alarmante de temor y ansiedad entre niños de color y eleva las tensiones raciales y étnicas en las aulas. Muchos estudiantes se preocupan por la posibilidad de ser deportados. A la vez, continúa el informe, “maestros han reportado el incremento de bullying, hostigamiento e intimidación de estudiantes cuyas razas, religiones o nacionalidades han sido los blancos verbales de los candidatos en las campañas”.

 

El mensaje que los adultos responsables de este país hacen llegar a los niños es salvaje, lleno de temor... y parece dar legitimidad a la violencia armada como respuesta a todo. A la vez se vive un momento en el cual el futuro literalmente se está anulando. Se documenta el fin del sueño americano con una concentración de riqueza en la que el 1 por ciento tiene el equivalente a lo del 90 por ciento de abajo, mientras el consenso científico es que si no hay un repliegue dramático y casi inmediato en el uso de los hidrocarburos, el planeta está al borde de destruir la existencia humana.

 

Ante ello, no sorprende que el suicidio en este país esté llegando a sus niveles más altos desde 1986, según datos oficiales, con el alza más notable entre mujeres. La tasa de suicidios se elevó 24 por ciento entre 1999 y el 2014, según el Centro Nacional de Estadísticas de Salud, para llegar a 13 de cada 100 mil (en 2014, 42 mil 773 personas murieron por suicidio). Esto es parte de un creciente patrón de evidencia que vincula la pobreza con la falta de esperanza y la salud, comentó Robert Putnam, profesor de políticas publicas en Harvard, en entrevista con el New York Times.

 

Al mismo tiempo se reporta, con gran admiración, sobre los nuevos servicios, edificios, vacaciones, modas y más, ofrecidos exclusivamente a los más ricos. El mismo día en que se informa en los medios cómo ha aumentado el hambre entre los menores de edad, o cómo se ha envenenado a miles de niños pobres en varias ciudades del país con plomo en el agua potable, se publica una nota sobre cómo dentro de los hoteles, los grandes barcos, los grandes edificios, hasta dentro de hospitales, hay secciones súper exclusivas y casi secretas, apartadas para los clientes más ricos. Para los mismos que hacen las grandes aportaciones a las campañas políticas de candidatos a todos los puestos, y que harán que esta elección presidencial sea la más cara de la historia.

 

Mientras tanto, aunque se afirma que la libertad de prensa en este país es un derecho sagrado y garantizado por la Constitución, resulta que Estados Unidos ocupa el número 41 en la lista elaborada anualmente por Reporteros sin Fronteras, en gran parte por las medidas contra reporteros que escriben sobre los poderes secretos del gobierno (https://rsf.org/es). O sea, que descubrir por qué las cosas están como están, a veces, está prohibido.

 

Ante este panorama, seguro que muchos ven con envidia la noticia del gran escape de Inky, el pulpo que la semana pasada logró huir de su prisión en un acuario en Australia para regresar al mar sin dejar ni una notita de despedida, como contó uno de los cuidadores. Algunos tal vez ya están comprando escaleras por si Trump u otros logran construir su muro, pero para escaparse de aquí para afuera de este país.

 

Pero hay aquellos que, como Camus, contemplan que ante lo absurdo el suicidio sí es un acto racional, pero que para superar esta conclusión la respuesta necesaria es la del gran amante del mar y el sol: me rebelo, por lo tanto somos (a veces traducido como yo me rebelo, luego somos).

 

La rebelión aquí se expresa diariamente en mil actos –casi todos sin llegar a ser noticia– en rechazo a una realidad impuesta por el cinismo que impera en las cúpulas actuales. Hoy día se ve en huelgas de casi 40 mil trabajadores de la empresa de telecomunicaciones de Verizon, en los ya más de 1400 arrestados en las protestas de la primavera democrática en Washington contra la corrupción del sistema político, en las acciones de los jóvenes inmigrantes contra las deportaciones en sus comunidades, en el abrazo de la esperanza de millones que creen que otro mundo es necesario, en los actos nobles de anónimos en el metro, o los artistas y periodistas que insisten en buscar algo llamado verdad. Esas rebeliones de cada quien que nos rescatan a todos son las que, a pesar del panorama que uno tiene que describir diariamente, ofrecen una invitación a escapar de lo absurdo.

 

 

 

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Bar Les Beguines, propiedad de los hermanos Abdeslam, supuestos protagonistas de los atentados de noviembre de 2015 en París

Molenbeek, un popular barrio de Bruselas, es identificado, desde los atentados en París de fines del año pasado, como “la cuna del terrorismo europeo”. Ahora, con los bombazos en la capital belga, ha vuelto al centro de la escena. Esta crónica1 desmonta estereotipos e indaga sobre la fascinación que ejerce el yihadismo sobre algunos jóvenes musulmanes.

 

 

Souad se hundió en lágrimas y oraciones cuando supo que dos de los hermanos Abdeslam estaban involucrados en los asesinatos de París. Que el primero, Brahim, se había inmolado frente a un bar del distrito XI “como si estuviera en Kabul” y el otro, Salah, había huido. “Sentía que la desgracia se acercaba una vez más al barrio.” Ya el pasado verano durante las vacaciones, en su pueblo natal del norte de Marruecos, le había pedido a su marido que convenciese a sus hijos de quedarse allí. “Marruecos es una dictadura, pero prefiero la dictadura a la anarquía, allí los policías dan miedo, pero nuestros nietos estarían controlados. No como en Molenbeek, donde todo vale y los niños andan por la calle día y noche.”

 

Souad ya se encontraba mucho antes “traumatizada, sobrepasada” por la historia de la familia N. Eran unos primos lejanos, inmigrantes en Bélgica como ellos, que habían organizado una talba –lectura del Corán– en memoria de uno de sus hijos pequeños, velozmente radicalizado y que, siguiendo la llamada del Estado Islámico, se había marchado a Siria. Murió meses más tarde, “mártir”, según un breve mensaje de la organización, que había sumido a la madre en la locura y al padre en la depresión. Souad, de unos 60 años, se veía a menudo con las mujeres de esta familia, y tomaban té de menta para pasar la tarde, “pero desde esta tragedia no se tratan con nadie, la yihad es un tema tabú, las familias se avergüenzan, como si hubieran sufrido la ira de Satán”.

 

En su salón oriental y bajo una foto de La Meca, donde fue de peregrinación, Souad, con un rosario en la mano, se pregunta “qué droga damos a nuestros hijos para que se conviertan en monstruos”. Dice que ya no sale por miedo a ser acosada por los periodistas. “Nos toman por animales”, señala. Llora por las víctimas de París, por “los musulmanes de Europa que van a estar aun más estigmatizados”, pero también por “el infierno que debe vivir la madre de los Abdeslam”.“Esto es un pueblo, nos conocemos todos”, cuenta a Magreb TV, un canal de la televisión belga comunitaria que trasmite en árabe.

 

El barrio de Molenbeek es una de las grandes almas que conforman Bruselas, la capital de Europa. Los jueves se celebra un mercado que, según comenta un comerciante que se presenta como “uno de los pocos blancos” del lugar, “da la impresión de estar en Tánger”. A su juicio, Molenbeek se ha convertido en “un laboratorio de una población 90 por ciento musulmana, un gueto étnico”. Casi 100 mil habitantes en apenas seis quilómetros cuadrados, más del 50 por ciento de ellos inmigrantes marroquíes y sus descendientes, concentrados en la parte baja de la ciudad.

 

Abandono escolar, desempleo (60 por ciento en el caso de los jóvenes), discriminación desde la escuela a la contratación. En Molenbeek existen muchas familias hacinadas en pequeñas viviendas, que en algunos casos no alcanzan las condiciones necesarias de salubridad. Tráfico de drogas, vandalismo... Apodado como el “pequeño Manchester”, este barrio obrero florecía en los sesenta cuando de golpe se tuvo que enfrentar al proceso de desindustrialización. Cincuenta años después del primer acuerdo bilateral de contratación de mano de obra entre Bélgica y Marruecos, Molenbeek es el emblema de la creciente pobreza y delincuencia de Bruselas. Todos los indicadores sociales son negativos, a pocos quilómetros de las instituciones europeas.

 

Los medios de comunicación de todo el mundo tratan de comprender cómo es este barrio, que el ministro del Interior belga, Jan Jambon, de la muy derechista N-VA, quiere “limpiar” porque se ha convertido en “un nido de yihadistas”. Los medios ocupan la plaza del ayuntamiento con sus furgonetas con satélite. Van y vienen de la casa consistorial, contigua a la comisaría de policía, en el número 30, en el otro extremo de la plaza, un pequeño edificio de tres pisos encima de una tienda paquistaní en la que se venden telas orientales. Es aquí, en una vivienda social, donde vive la familia Abdeslam, bajo una presión mediática máxima.

 

Al final de la tarde del 16 de noviembre, a la puerta del edificio, Mohamed, el hermano mayor de los dos presuntos terroristas, empleado en el ayuntamiento desde hace diez años, habló bajo los flashes: “He sido acusado de actos terroristas, pero nunca he estado vinculado de ninguna manera a una intervención en París. La gente del barrio sabe lo que soy, y no soy capaz de hacerlo”. Momo, como le llaman sus colegas, asegura que “no había notado nada” en sus hermanos. Como todos los que conocían a Salah y a Brahim Abdeslam.2

 

 

ESCEPTICISMO.

 

Un trabajador social comenta desde el anonimato: “Los dos hermanos habían cometido pequeños delitos, pero pertenecen a una familia de ideas moderadas, abierta, originaria de Tánger, que nunca había dado de qué hablar desde el punto de vista religioso”. “Los conozco desde que eran pequeños y nunca los he visto en la mezquita”, añade Jamal Habbachich, que preside un comité consultivo de 16 mezquitas en Molenbeek. Abdel, de 26 años, que alterna el paro con trabajos temporales, pasaba día y noche en el Béguines, el café que pertenecía a Brahim Abdeslam y que llevaba Salah. Era un bar de hombres en una zona donde la mayoría de las mujeres llevan velo y donde “nunca verás a una en un bar o en la calle por la noche a menos que salga de una boda”. “Llevábamos una vida de juerga, fumábamos porros, bebíamos té de menta o Jupiler (cerveza belga) mientras jugábamos a los dados o veíamos partidos de fútbol. Eran todo menos radicales, que ven la vida como haram (ilícito) o halal (lícito). Que yo sepa, no hacían la oración. Lo que les copaba eran las chicas, las discotecas, la fiesta”, cuenta Abdel.

 

Abdel no cree lo que trasmiten en bucle los canales de noticias sobre los Abdeslam y el presunto cerebro de los atentados de París, Abdelhamid Abaaoud, también de Molenbeek y muy conocido en el barrio, muerto en el asalto lanzado en un apartamento en Saint-Denis. Todos ven “otra conspiración de la gran potencia, Estados Unidos, y de Francia para ensuciar a los musulmanes”. Ninguno fue a la manifestación en la plaza del ayuntamiento en memoria de las víctimas de París, donde 2.500 personas, entre ellas un hermano de los Abdeslam desde un balcón, se reunieron encendiendo velas.

 

Karim, que abandonó la escuela a los 16 y vive del trapicheo, no siente que todo esto le concierna: “No fuimos Charlie en enero porque no se puede uno reír de todo y burlarse de la religión, del profeta, como hacía la revista. No vamos a ser París ahora. Ha habido muertos, de acuerdo, que descansen en paz, pero no creemos en el terrorismo, es una invención de Occidente. Cada vez que hay ‘un ataque’ o ‘una tentativa’, siempre pasa por casualidad por Molenbeek y por los barrios donde se concentran los musulmanes. Es el único momento del año en el que se habla de nosotros en los periódicos, nunca para hablar del racismo, del paro, de la pobreza, de la violencia policial que sufrimos. De un día para otro descubrimos que un tal con el que íbamos a la escuela, jugábamos al fútbol, o boxeábamos, se ha convertido en un verdugo y posa con un Kalashnikov en Face¬book en medio de cadáveres. Pero, ¿qué hace la policía si somos un foco del yihadismo mundial desde hace tantos años?”.

 

Ante una de las dos últimas escuelas de Bruselas que aceptan el velo (ambas en Molenbeek), chicas cubiertas o con el pelo suelto salen de las clases entre afirmaciones como “es falso, es una conspiración” o “es verdad, hace bien Francia bombardeando Siria”. Numerosos habitantes del barrio, muchos de ellos jóvenes, se niegan a creer que este sea un centro del islamismo radical europeo, una base de retaguardia de las células yihadistas francesas. Las teorías conspirativas circulan de boca en boca, lo que revela la magnitud de la brecha entre la población de estos barrios excluidos y el resto de la sociedad.

 

Desde la ofensiva mediática, la paranoia se ha extendido entre los habitantes, que ven “agentes externos”, “espías al servicio del rey de Marruecos”, “policías belgas camuflados” en todas partes, hasta entre los periodistas. “Yo robo, pero no soy un terrorista, soy incapaz de matar una mosca”, bromea un argelino sin papeles. Lleva todo falso –vaqueros, chaqueta de cuero, reloj, bandolera...– y fuma un porro en la Avenida de Gand, la calle principal y comercial del barrio, poblada de tiendas étnicas de precios baratos, carnicerías y snack halal, tiendas de muebles, vajillas y accesorios orientales, ropa islámica “made in China”.

 

 

ACOSO RELIGIOSO.

 

Sin embargo la realidad está ahí, indiscutible. Cuando no son de aquí, los islamistas radicales se forman, se esconden, surgen detrás de las paredes, en los sótanos y garajes de las pequeñas casas de ladrillo rojo de Molenbeek. A pesar del endurecimiento de la legislación antiterrorista belga y el desmantelamiento de los canales de reclutamiento desde los noventa, los caminos del terrorismo conducen repetidamente a este barrio pobre, lo que le valió el apodo de “Molenbeekistán”.

 

“La religión llevada al extremo por los oscurantistas se ha convertido en la principal ocupación de los desempleados, que sólo tienen la posibilidad de elegir entre el tráfico de drogas o la yihad. ¿No tenés trabajo? Orá cinco veces al día y esperá la llamada del imán en el café fumando un porro. ¿No estás casado, estás frustrado sexualmente, socialmente? Te daremos 70 vírgenes si te inmolás”, suspira un comerciante musulmán al que le gustaría “un poco de diversidad, de blancos”.

 

Hoy son Abdelhamid Abaa¬oud, los hermanos Abdeslam, el francés Bilal Hadfi, que se inmoló frente al Estadio de Francia y que vivía en Bruselas, los que llenan los titulares. Ayer, y la lista no es exhaustiva, eran Hassan el-Haski, uno de los autores intelectuales de los atentados de Madrid de 2004 (191 muertos y 1.800 heridos); Mehdi Nemmouche, autor de la masacre del Museo Judío en Bruselas en mayo de 2014, oriundo de Roubaix; Ayoub el-Khazzani, que fracasó en el ataque contra el Thalys Bruselas-París en agosto; o los integrantes de la célula de Verviers desmantelada durante una operación de la policía tras los atentados a Charlie Hebdo, Montrouge y el HyperCacher en enero de 2015.

 

Y están también los predicadores Jean-Louis Denis y Fouad Belkacem, actualmente en prisión (condenado a 12 años en febrero). Este último, a la cabeza de Sharia4Belgium, abogaba por la yihad armada entre Amberes y Bruselas. “Este barrio es, para ellos, un distrito de París. Pueden conseguir fácilmente armas, documentación falsa, gracias a las redes criminales, esconderse debido a la densidad de viviendas y fundirse entre la población de tipo árabe musulmana”, analiza el antropólogo y activista Johan Leman, que ha seguido todos los cambios del barrio, desde la llegada de las primeras generaciones de inmigrantes para trabajar en las minas o excavar el metro de Bruselas, a las primeras radicalizaciones de sus hijos nacidos en suelo belga. Es aquí también donde los tunecinos Dahmane Abd el-Sattar y Bouraoui el-Ouaer alentaron el asesinato del comandante afgano Massoud, asesinado dos días antes del 11 de setiembre de 2001, siguiendo las órdenes de Bin Laden.

 

El-Sattar era el marido de Malika el-Aroud, “la viuda negra”, musa del yihadismo belga, dos veces esposa de mártires. Hija de un obrero marroquí, condenada en 2008 a ocho años de prisión y bajo un procedimiento de pérdida de nacionalidad, envió a decenas de jóvenes a Afganistán. Dirigió durante 20 años, con su hijo (muerto en Siria en 2013), el Centro Islámico Belga de Molenbeek, un santuario del salafismo radical que envió a muchos combatientes a Afganistán, Irak y Siria y que hasta 2012 no fue desmantelado por la justicia.

 

“Molenbeek está pagando por décadas de hostigamiento religioso y laxismo político. Dejamos a los fanáticos, religiosos, salafistas y Hermanos Musulmanes, pagados por Qatar, Arabia Saudita, Egipto, Marruecos, sembrar la desgracia, el caos, el velo. Han hecho del islam sectas que imponen un Corán del terror en personas fragilizadas, ignorantes, niños que han abandonado la escuela y cuyos padres son analfabetos, que no hablan el árabe ni el idioma de los imanes.” El gerente de la librería El-Itra sentencia en su local desierto de la calle Ribaucourt, leyendo a Grabovoi, “un gran pensador ruso que puede sacar nuestras conciencias de la degeneración”. Sin concesiones, el librero, “un musulmán laico”, pone “en el mismo saco” al terrorista Bassam Ayachi y al erudito islámico Tariq Ramadán, que da conferencias regularmente en la ciudad.

 

 

LA CONEXIÓN SAUDITA.

 

Por delante de su escaparate pasan tres ancianos, barbas largas y pobladas, anoraks sobre chilabas hasta las rodillas: “Hace 30 años bebían alcohol, fumaban, pero les han lavado el cerebro. Llevo la única verdadera librería del municipio que tiene una oferta religiosa y laica frente a las incontables librerías coránicas, todas afiliadas a un grupúsculo”. Un día de campaña electoral, “un político” entró en su librería: “Me preguntó qué quería. Le dije ‘cerrá las mezquitas y te votaré’. Me tomó por un musulmán loco y se fue. Pero ahí está el gran problema de Molenbeek”.

 

Este barrio cuenta oficialmente con 24 mezquitas, organizadas por países, de las cuales sólo cuatro son reconocidas por la región de Bruselas-Capital (las autoridades pagan a sus imanes). También con decenas de lugares de culto o de asociaciones privadas, en casas antiguas de obreros, que nadie realmente sabe cifrar ni vigilar. Dieciséis de las 24 mezquitas (once de lengua árabe, dos paquistaníes, una africana, una turca y una bosnia) están controladas por un consejo consultivo.

 

Jamal Habbachich, de 59 años, un belga originario del sur de Marruecos, preside este consejo. Nos cita en la mezquita Attadamoune, y llama a la comunidad a reflexionar: “Estamos como Bélgica, divididos, comunitarizados en nuestras mezquitas. Cada uno en su país, su tribu, sus mentalidades. El Magreb es una anarquía total, en contraste con Turquía o Pakistán, que están muy estructurados. Ninguno de sus jóvenes participa en la yihad, a diferencia de nuestros hijos del norte de Marruecos y del norte de África”.

 

Según él, “el mal proviene de las monarquías del golfo, Arabia Saudita a la cabeza, que vierten sus petrodólares en Occidente e imponen en nuestros barrios corrientes peligrosas y una lectura muy rigurosa y binaria del islam. Para los marroquíes es muy importante y es un terreno abonado para los reclutadores radicales que quieren lavar el cerebro a nuestros jóvenes”. Rachid Madrane, ministro de Ayuda a la Juventud en la Federación Valonia-Bruselas, reconoció el pecado original: “Hemos confiado las llaves del islam en 1973 a Arabia Saudita para asegurar el suministro energético (...) el resultado es que la práctica del islam moderado de las personas que vinieron de Marruecos se ha visto infiltrado por el wahabismo, por el salafismo”.

 

El reino de Bélgica descubre de esta manera que ha mirado para otro lado durante mucho tiempo ante la influencia wahabí. La gran mezquita del Cincuentenario, en Bruselas, financiada en los sesenta por la Liga Islámica Mundial, una asociación al servicio del régimen saudita, es un emblema de esta relación peligrosa. Rachid Madrane desea más imanes formados en Bélgica, que prediquen en francés, en holandés, más árabe parlantes en los servicios de información.

 

“Las mezquitas son menos problemáticas que Internet. Lo eran hace diez años pero hoy están vigiladas. Los islamistas lo saben y actúan fuera, en privado, en Internet. Vemos a pocos jóvenes en nuestras mezquitas por falta de imanes que sepan responder a sus preocupaciones”, dice Jamal Habbachich.

 

Profesor de religión musulmana en las escuelas de formación profesional de la red oficial (los belgas tienen una definición de la laicidad radicalmente diferente a la de los franceses), Jamal Habbachich tiene muchas dificultades para convencer a los muchachos desorientados por los predicadores de la web.

 

En su despacho del ayuntamiento, bajo un cartel sobre la lucha contra la discriminación racial, Sara Turine, del Partido Ecologista, concejal para la Juventud, la Cohesión Social y el Diálogo Intercultural, islamóloga de formación, comparte los mismos temores y el mismo análisis: “La lógica maniquea wahabí causó mucho daño en Molenbeek. Después de los atentados del 11 de setiembre y la primera ola de islamofobia, los jóvenes de segunda y tercera generación, no sintiéndose reconocidos como totalmente belgas, sobre todo los varones, han izado el estandarte de su identidad musulmana. Apenas nos damos cuenta hoy de las consecuencias del repliegue religioso que hemos permitido que se instale para comprar la paz social”.

 

Los políticos se echan unos a otros las responsabilidades.

 

Sarah Turine no quiere “entrar en la polémica”. Cuando se enteró de los tiroteos de París, se dijo: “Con tal de que no exista un vínculo con Molenbeek... Un fin de semana como éste destruye todo el trabajo de los asistentes sociales y va a estigmatizar un poco más a los habitantes del barrio, musulmanes normales, pacifistas que soportan ya muchas injusticias”. Y recuerda que, en los cinco barrios de Bruselas oeste, entre ellos Molenbeek, unos cincuenta jóvenes se han unido a las milicias en Siria desde el comienzo del conflicto.

 

“Hemos sobremediatizado un fenómeno, sin duda de una extrema violencia y barbarie. En Bélgica, los yihadistas son 500 personas entre alrededor de 600 mil musulmanes. Las tasas de desempleo y de abandono escolar son mucho más alarmantes”, sostiene Corinne Torrekens, investigadora en la Universidad Libre de Bruselas, especialista en radicalización. “Los periodistas sólo vienen cuando hay un atentado o el rodaje de una película. Nunca hablan de la impresionante energía que desprende esta ciudad, su terreno asociativo, artístico”, se indigna el actor Ben Hamidou.

 

 

MESTIZAR.

 

Ben Hamidou es un niño de Molenbeek, “mi madre adoptiva”, según dice este nativo de Orán en Argelia, que monta desde hace 15 años obras de teatro, solo en escena o con gente del barrio. Actúa en Yihad, la obra de Ismael Saïdi que se representa desde 2014. Tragicomedia que sigue la odisea en Siria de tres fracasados de Molenbeek que la ociosidad y la búsqueda de identidad les conduce a la guerra santa. Declarada de interés público a raíz de los ataques a Charlie Hebdo, Yihad se ha convertido en una herramienta educativa en las escuelas de los guetos para entender y calmar la locura del mundo.

 

“Molenbeek es una localidad de tamaño humano en el centro de la ciudad en donde todavía hay inversión”, dice el profesor de urbanismo Eric Corijn. Nos encontramos con él en “un lugar positivo. La ciudad está cambiando poco a poco, el viejo Molenbeek está en plena revitalización, se abren hoteles, vemos tiendas con minifaldas en los escaparates de la Avenida de Gand, algo impensable hace tan sólo cinco años. Necesitamos que el ayuntamiento se espabile para que esto sea un lugar híbrido donde se pueda beber té de menta y vino”. Acabar con los guetos, “hacer comunidad juntos”.

 

Éste es uno de los mayores retos de Molenbeek, roto por la mitad: la ciudad alta, burguesa, de moda, blanca, y la baja, popular, miserable, árabe musulmana.

 

“Va a ser difícil. El daño está hecho, la integración ha fracasado. Incluso si se diera trabajo a todos los parados del barrio, las familias permanecerían replegadas en sus tribus, casándose entre primos, desanimando a las niñas a estudiar. Las calles están sucias, el cannabis está en todos los sitios, en los cafés legales y en otros clandestinos detrás de las persianas metálicas. Las autoridades no hacen nada, dejan que la droga destruya a nuestros hijos.” Mounir está “deprimido”. Quiere mudarse a un barrio tranquilo, inscribir a sus hijas en una escuela con blancos, porque aquí no hay mezcla y el nivel es muy bajo. Quiere “sentirse en Bélgica”.

 

No muy lejos de Ribaucourt, centro del tráfico de drogas, se divisa un café con cristales tintados. En el interior, olor a porro, “este olor sin el cual Molenbeek no sería Molenbeek”, comenta Soufiane. Dos televisores, uno poniendo fútbol y el otro soul con videos sugestivos. Ni un cenicero. Un argelino sin papeles que lleva el bar de sus patrones barre regularmente las colillas. “Esta es la técnica para mantenerse limpio si es que en algún momento la policía hace una redada”, explica Soufiane. Esta es su hora de descanso después del trabajo, temporal. Aquí se encuentra con sus amigos que, como él, son originarios del norte de Marruecos. Soufiane soñaba con una vida mejor, con estudios, fuera de Molenbeek. “Aquí, el sistema nos tira hacia abajo, la exclusión comienza en la escuela. No tenemos derecho a tener ambición. Nos quieren en las fábricas como a nuestros padres, pero ya no existen.” En su barrio, una mujer se ha ido con los hijos a Siria para unirse a su hermano. Sin decir nada a su marido, que se encontró la casa vacía a la vuelta del trabajo.

 

Al otro lado del canal, un armenio dice que “todo esto es culpa de las políticas que han dejado a los árabes imponer su cultura en Europa”. Esta es la profesión de fe del Vlaams Belang, el partido flamenco de extrema derecha racista y xenófobo. En el exterior, un sirio de Homs, que pasó por los Balcanes, mendiga unas monedas con su esposa y sus dos hijos. Tienen miedo de ser expulsados “a causa de los terroristas”.

 


1. Publicada originariamente en el sitio francés Médiapart en noviembre pasado.
2. Salah Abdeslam fue detenido cuatro días antes de los atentados de Bruselas de este mes.

 

 

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