Viernes, 14 Septiembre 2012 15:24

El lugar de las ciencias sociales

Escrito por Carlos Eduardo Maldonado*
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El lugar de las ciencias sociales
La reseña de Pablo Dávalos merece una consideración cuidadosa: no cabe duda que es un texto bien intencionado, una elaboración propia larga y cuidada, y se nota, manifiestamente, que el tema central de su texto es el resultado de una reflexión y, acaso, de una experiencia, que llevan ya un tiempo. Sin embargo, y lo digo de buena fe, el texto no merece una discusión. Por tanto, me abocaré a un diálogo con la reseña elaborada por el profesor ecuatoriano, a fin de lograr un aprendizaje recíproco. Ya tendré la ocasión de justificar mi estrategia.

El título de la elaboración de Dávalos es, de entrada, ya una muestra de sus intereses y preocupaciones. En realidad toma como pretexto mi libro –Termodinámica y complejidad, una introducción a las ciencias sociales (2011, Bogotá, Desde Abajo, 2ª edición)– lo cual, por lo demás, es perfectamente legítimo, para exponer las que son en realidad sus preocupaciones centrales. Por ello mismo subtitula su texto: “A propósito de….”. Hay que decir, que, en honor la verdad, si bien es algo elogioso con mi libro, no es sobre él que se concentra, sino sobre uno de los capítulos que dan lugar justamente a la segunda edición: el capítulo 15 “Abrir las ciencias sociales y humanas”.

Si el autor de la reseña tuviera la información necesaria, o bien si hubiera dedicado algo de tiempo y espacio al núcleo del libro, habría podido reconocer explícitamente: por ejemplo, que el libro es una de las muy pocas introducciones en el mundo, y específicamente, en español, a un tema algo difícil y especializado: las ciencias de la complejidad. En verdad, la gran mayoría de los textos sobre el tema constituyen, por así decirlo, introducciones para quienes ya están introducidos; habría podido reconocer que el trabajo adopta un lenguaje más enfocado para los estudiosos de las ciencias sociales y humanas y que por consiguiente los aspecto técnicos –acaso matemáticos y otros, han sido deliberadamente obliterados a fin de facilitar la introducción a las ciencias de la complejidad por parte de los científicos sociales y los humanistas; o bien, en fin, sin ser prolijos, y para ir al meollo del asunto, habría podido hacer explícito que el hilo conductor del libro se corresponde con una de las preocupaciones centrales de I. Prigogine y que consiste en tratar de superar el dualismo. El dualismo entre azar y necesidad, para decirlo con el trasfondo del libro ya clásico de J. Monod; el dualismo entre ciencias y humanidades, o bien el dualismo entre las llamadas ciencias naturales y positivas y las ciencias sociales. Como observará un lector cuidadoso, un pretexto que se resalta en el libro del 2011, es justamente el trabajo, igualmente clásico, de C. P. Snow y la crítica a “las dos culturas”. Asimismo, podría hacer referencia a los trabajos pioneros de J. Brockman que invitan a, y llaman la atención hacia lo que él denomina “la tercera cultura”, que es, exactamente, la superación de los dualismos mencionados.

Pues sí, por ello, entonces, justamente para contemporizar, la referencia al informe de la Comisión Gulbenkian, en la que participan prestigiosos científicos de diversas áreas y formaciones, tanto como culturas y sociedades como son Calestous Juma (Keniano de origen, profesor de prácticas de desarrollo internacional en Harvard), Evelyn Fox Keller (E.U., física experta en historia y filosofía de la ciencia, profesora del MIT), Jürgen Kocka (historiador alemán experto en historial social, profesor del Centro de Investigación en Historia Social, en Berlín), Dominique Lecourt (filósofo francés, director del Instituto Diderot), V. Y. Mudimbe (filósofo congolés, profesor de la Universidad de Duke), Kinhide Mushakoji (Japonés, profesor de relaciones internacionales en Tokyo), Ilya Prigogine (Premio Nobel de física y química belga de origen ruso), Peter J. Taulos (geógrafo británico, profesor de geografía física en la Universidad de New Castle), Michel–Rolph Trouillot (antropólogo haitiano que falleció este año –2012–, profesor de la Universidad de Chicago), y coordinados por Immanuel Wallerstein (sociólogo norteamericano, profesor de la Universidad de Binghampton). Difícilmente podría decirse que cualquiera de ellos, planteando la necesidad de la apertura de las ciencias sociales, es positivista, y renuncian al legado del marxismo, como sí lo afirma Pablo –legado que ni siquiera constituye un motivo serio de consideración en el Informe, o en el libro del 2011. Pero bueno: ninguno de estos autores necesita una defensa, como tampoco Prigogine. El foco se sitúa en lo que quisiera denominar deliberadamente como el lugar de las ciencias sociales y humanas.

Es claro que la ciencia moderna nace con una preocupación central: determinar el espacio del universo, del mundo, de los seres humanos. Un espacio en el que el Dios medieval (con mayúsculas) ya no es necesario. Se requería, para decirlo en el lenguaje clásico, un fundamentum inconcussum. Pues bien, este fundamento lo otorga la física –que nace, con ello mismo– como una ciencia propia, al margen e independientemente de la filosofía. Es la historia del surgimiento de toda la mecánica clásica que se inicia con Galileo y desemboca en Newton como su epítome. Esta misma preocupación habrá de encontrar un soporte extraordinario en la geometría analítica de Descartes. Literalmente, se trata de identificar las coordenadas y la mecánica –la lógica, digamos– de lo real. Nace la ciencia tal y como la conocemos. Que es ciencia que trabaja desde abajo, con observación, experimentación, verificación de hipótesis y conjeturas, construcción y mejoramientos de herramientas y técnicas y, consiguientemente, con la sempiterna preocupación por el método, a saber, el método científico.

Quisiera hacer aquí una observación puntual. A partir de criterios lógicos como los de G. De Ockham o de los esfuerzos denodados y sinceros de R. Bacon, la modernidad está marcada por una preocupación fundamental. Se trata de las inquietudes de distinto calibre acerca del método. A la sazón, el método científico. Desde Descartes hasta el momento en el que cierra el tema y con ella mismo queda sistematizado hasta la fecha, a saber, con I. Lakatos quien formula y desarrolla el concepto de metodología de la investigación científica (que busca, en realidad, un criterio de demarcación con respecto a los programas de investigación metafísica). Nacen, con Lakatos, los programas de investigación científica. Sería pertinente aquí recordar la amistad y la buena influencia que, a la postre, habrá de tener P. Feyerabend sobre Lakatos y su ulterior sospecha de que las preocupaciones por el método (= científico) son, en verdad, finalmente, pseudo-problemas.

La modernidad está seriamente preocupada por el método porque carece de él, una vez que los teólogos mismos se han dado a la tarea de matar a Dios y, con ello, al mismo tiempo, de matar a la teología como ciencia.

En efecto, en la Edad Media existía una ciencia. Ciencia como la que más. Era la teología que fue llamada scientia magna –en el sentido de que es ciencia a partir de la cual cualquier otro conocimiento se deriva, o bien, ciencia hacia la cual tienden todos los demás conocimientos. Se trata, naturalmente, del conocimiento de Dios – por medio de la fe. Pero la scientia magna tenía una vía regia: era la filosofía, la cual consistía en el conocimiento de Dios por medio de la razón –para quienes no tienen fe, o bien mientras les llega la fe. Así, sin llamarse a engaños, la vía regia es el método que adopta la teología para sus propios fines e intereses.

La teología era ciencia racional o deductiva y sus articulaciones y componentes eran tres, así: la ontología racional, la cosmología racional y la psicología racional. Pues bien, es contra este tipo de ciencia y racionalidad que se elevan los modernos, después de haber pasado por el Renacimiento.

En rigor, por tanto, hay que decir que la preocupación por el método corresponde a una preocupación medieval o con trasfondo medieval. Se trata de adquirir y desarrollar el método adecuado de/para el conocimiento, asumiendo que el conocimiento, en lo sucesivo, ya no será ciencia desde arriba (= deductiva, racional) como la teología, sino desde abajo, como la ciencia moderna. Nace, en otras palabras, la perspectiva empirista o empírica.

A su manera, y en un contexto diferente, Prigogine lo señala de manera explícita en otros textos: (hago la paráfrasis) la ciencia moderna es la continuación del medioevo por otros medios. Por ello mismo se impone, quiero decirlo de manera fuerte, un giro radical en la racionalidad científica heredera de la modernidad.

(Quiero aquí abrir un paréntesis importante. Hay que distinguir dos clases de críticas a la modernidad y a la ciencia moderna. De un lado están quienes critican la modernidad con la intención de afirmar que la Edad Media no terminó nunca de cumplirse y que hay que regresar a ella. Y están, de otra parte, los críticos de la modernidad que quieren arrasar con ella en nombre de criterios post-modernistas: como de-construcción de meta-relatos y grandes discursos con tintes diversos. Creo que la crítica a la modernidad debe andar, por así decirlo con la conciencia de este doble abismo de lado y lado).

De suerte que la preocupación primera de la Modernidad se expresa en un dúplice problema: de una parte, el interés por conocer y determinar a la naturaleza: lo que sea ella, el espacio que implica o supone, y el lugar que en ella tienen los seres humanos. Y de otra parte, la configuración de un nuevo lenguaje y nuevos modos y métodos de pensamiento. Pues bien, contra el método deductivo emerge una racionalidad de tipo analítico y empírico. Así, los dos problemas se unen en una expresión que pude traducirse como: la naturaleza es la garante de verdad de los juicios y con ella hay que contrastar las hipótesis y afirmaciones, y la naturaleza es susceptible de comprensión por medios analíticos, para lo cual la matemática habrá de desarrollar sus propios instrumentos, como efectivamente sucede. Los dos más destacados instrumentos, de lejos, son la geometría analítica y con ella la trigonometría, y posteriormente con Leibniz y Newton, el cálculo: cálculo diferencial y cálculo integral. Posteriormente surgirán también las funciones, la estadística y demás.

Hay que decir que la interpretación y valoración que hace Dávalos de la razón analítica está sobredimensionada. Sí es cierto que la racionalidad moderna es analítica, pero no es únicamente analítica. Si no, no podría explicarse la obra de autores tan distintos como Spinoza, Newton mismo, Kant, Hegel o Marx, por ejemplo –los cuales no pueden reducirse a una estructura de pensamiento estrictamente analítica. Más aún, el concepto de “analítica” merece, por tanto, una consideración por sí misma.

La primera vez que la analítica emerge con estatuto propio en la historia moderna es con la obra del positivismo, en general y, más específicamente y sin confundirlo con aquel, con el empirismo lógico que habrá de ser la mejor cara de la filosofía analítica. Esta a su vez, ulteriormente, en la historia del pensamiento filosófico desembocará en, o dará lugar a, el pragmatismo. Ignoro si la preferencia de Pablo por el pensamiento analítico va tan lejos como para abrazar estas posiciones. Pero esta es una decisión propia.

De hecho, sostener que todo el debate en la transición Edad Media-Modernidad se reduce al cambio de la hermenéutica hacia la analítica es ingenuo. Por no decir reduccionista, justamente. Si hubiera polémica hasta diría: ideológica. Pero no es el ánimo, en absoluto. Lo que sí es evidente es la carga política que la epistemología, la filosofía y la historia de la ciencia tienen. Es algo que nunca debe soslayarse.

Debo decir –simplemente en passant– que lo que afirma el amigo ecuatoriano acerca del medioevo es, grosso modo, simplificador. Bastaría con una lectura atenta a las maravillosas contribuciones acerca de ese período por parte de la Escuela de los Anales (L. Fèbvre, M. Bloch, H. Pirenne, J. Le Goff, F. Braudel, Ph. Ariès, B. Lepettit, para mencionar tan sólo los nombres más destacados) para reconocerlo. Con todo y la advertencia de que se trata no de una defensa del medioevo, sino de rigor conceptual, histórico, epistemológico. Estas lecturas de la Edad Media nos permiten un reconocimiento sorprendente: las (pretendidas) rupturas de la Modernidad con el Medioevo nunca fueron verdaderamente radicales y, por consiguiente, se impone un mejor conocimiento acerca de esos 10 siglos de la época de la oscuridad (literalmente hablando, como es sabido).

Ahora bien, no se puede sostener que toda la modernidad esté impregnada por el espíritu del positivismo –un concepto que nace con el padre de las ciencias sociales y humanas, justamente: A. Comte, quien fundará la religión positivista uno de cuyos templos, literalmente, más importantes, se encuentra en Brasil y que se denomina a sí misma “Religión de la humanidad” (Cfr. http://www.igrejapositivistabrasil.org/br/). Ello sería desconocer de un plumazo los debates entre Descartes y Spinoza, Descartes y Malebranche, Hegel y Kant, Kant y Fichte, Hegel y Marx, Marx y Feuerbach, Marx y Stirner, Hegel y Schopenhauer, Schopenhauer y Nietzsche, por ejemplo). Peor aún, sería tratar de meter a unos en “analíticos” y a otros en “hermenéuticos” como se infiere, sin dificultad de toda la segunda sección del texto de Dávalos. Por lo demás, habría sido más prudente omitir cualquier referencia a la física cuántica que despacharla en una o dos líneas, por lo demás con afirmaciones tan generales que resultan equivocadas. Esto ni facilita el diálogo ni cumple una función social o pedagógica adecuadas.

Todas las ciencias que nacen en la modernidad –incluso posteriormente hasta hoy– nacen a la luz, o bien a la sombra, de la mecánica clásica newtoniana. Excepto dos ciencias: la química que debe su nacimiento a la alquimia y a la rupturas que produce el texto de Cook sobre la micrografía, y la biología, con Darwin, y ello no obstante la admiración que el joven Darwin le debía a Newton. Pero si se tiene en cuenta ese otro nacimiento de la biología como ciencia al margen de la luz o la sombra de la física newtoniana que es Lamarck, entonces el juicio se fortalece. Con todo y el papel secundario que, acaso por razones extracientíficas, la historia de la ciencia le ha otorgado a Lamarck a favor del Darwin.

Esto quiere decir: todas las ciencias de la modernidad nacen con el espíritu de la mecánica clásica newtoniana; para bien o para mal. Digámoslo de manera franca: el nacimiento de las primeras ciencias sociales y humanas estuvo marcado por el mismo complejo de inferioridad, por así decirlo, ante la física de Newton. Desde los fisiócratas y el posterior nacimiento de la economía, hasta la antropología y la sociología, desde la psicología hasta la filosofía. Es lo que se expresa en nombres como Wundt, Ricardo y A. Smith, Morgan y algún Marx y definitivamente Engels, Compte y Saussure, por ejemplo.

Dicho puntalmente: las ciencias sociales y humanas nacen con referencia a, y como contraposición con, las ciencias exactas, físicas y naturales (para decirlo a la manera de la tradición francesa). Pero, peor aún, nacen con un afán disciplinar –en toda la línea de la palabra. Quisiera decirlo con toda la carga de la expresión: la ciencia clásica se define con caracteres medievales así: por género próximo y diferencia específica. Se es economista porque no se es sociólogo; se es biólogo porque no se es matemático, y así sucesivamente. Extrapolando la expresión de Foucault: la ciencia moderna, toda, constituye un proceso de disciplinarización del conocimiento y de la sociedad.

En otro texto (cfr. http://www.moebio.uchile.cl/36/maldonado.html) he sostenido que hoy cabe, razonablemente, reconocer que no existe un único sistema social, como abierta o tácitamente pretendieron las ciencias sociales. Por el contrario, podemos distinguir tres clases de sistemas sociales, así: sistemas sociales naturales, sistemas sociales humanos y sistemas sociales artificiales. Recuperando, por ejemplo, el buen espíritu de la cuchilla de Ockham, una teoría de sistemas o fenómenos sociales debería poder cruzar, abarcar o implicar a las tres clases de sistemas o fenómenos sociales, pues, tal y como sucede actualmente, tener –¡por lo menos!– tres clases de teorías para cada uno de los tipos de sistemas sociales es lógica, epistemológica, filosóficamente oneroso. À la lettre, las ciencias sociales no saben exactamente de qué hablan cuando tratan de sistemas sociales, pues desconocen los otros dos tipos. In extremis, el concepto mismo de “ciencia social” –de origen decimonónico– se revela, hoy, como arcaico, caduco o desueto.

La ciencia de punta –y en particular un campo en el que he venido trabajando hace poco: las ciencias de la complejidad– se caracteriza porque rompe la división y la clasificación disciplinar de las ciencias, las disciplinas y las profesiones. Y más radicalmente, permite reconocer que el objeto de la ciencia y la filosofía –como de hecho de la existencia misma– no es ya el objeto –cualquiera que él sea, ni tampoco las relaciones entre objeto y sujeto–. El tema es la vida. Las ciencias de la complejidad son ciencias de la vida, y con y desde ella es posible, manifiestamente, superar el dualismo: cualquier tipo de dualismo. Podemos en lo sucesivo trabajar no en función del objeto, sino de la vida. Evidentemente, esto se trata de bastante más que de un simple desplazamiento semántico.

La historia del dualismo se encuentra en el ADN de la civilización occidental. Como consecuencia, la civilización occidental es binaria, maniquea. Ha habido otras civilizaciones en la historia de la humanidad, pero ninguna ha hecho de la bandera del dualismo en sus múltiples expresiones un tema tan propio como la historia de estos 2500 años. De suerte que la superación del dualismo no simplemente corresponde a la superación del medioevo: o acaso de la ciencia moderna; incluso acaso del capitalismo. Más fuerte y radicalmente, el tema se corresponde con la superación de esta civilización una de cuyas facetas es el medioevo o la modernidad o el capitalismo.

Pues bien, son muy pocos los autores, escuelas o líneas de pensamientos que se han dedicado, frontal y decisivamente, a confrontar e intentar superar el pensamiento binario. Sobran dedos de las dos manos para ilustrarlos con claridad. Una de ellas son las ciencias de la complejidad. Y éste constituye uno de los atractivos de esta clase de investigación de punta en el mundo de corte eminentemente interdisciplinar, cruzado, transversal.

Las ciencias sociales pueden y deben, efectivamente, abrirse. Manifiestamente, no pueden abrirse al mundo, a la sociedad o a la naturaleza puesto que, de alguna manera, siempre lo han estado, desde su nacimiento. La apertura a la que nos referimos, a propósito del Informe coordinado por Wallerstein, es hacia las ciencias naturales, exactas o física. Pero, como en todos los encuentros, se tratará, entonces, necesariamente, de la apertura recíproca de este grupo de ciencias hacia las ciencias sociales y humanas. Como lo observaran autores tan distintos entre si como J. M. Ots Capdequi (desde el derecho) y T. Todorov (filósofo e historiador), el descubrimiento de “uno” por parte de “otro” corresponde siempre a un descubrimiento de sí mismo en relación con lo otro. O lo que es equivalente, todo encuentro siempre transforma a las partes que se encuentran y descubren, y la historia jamás volverá a ser la misma.

El concepto de vida permite, efectivamente, superar los dualismos y preocupaciones acerca de la physis. Al fin y al cabo la quintaesencia de la psicología, como la quintaesencia de la filosofía, por ejemplo, es la biología. Fue lo que dejaron en claro hace ya varios lustros autores como Maturana y Varela, S. Kauffman o R. Solé y B. Goodwin. La verdadera physis, en otras palabras, es la vida misma, la cual ni produce ni permite extrañamientos ni enajenaciones, dualismos y instrumentalizaciones de ninguna clase.

En verdad, gracias a desarrollos de autores como J. Lovelock, L. Margulis, S. Kauffman y con antecedentes clásicos como I. Vernadsky y D. Thompson, por ejemplo, cabe sostener con plausibilidad que la verdadera physis es bios, con lo cual la contraposición entre physis y sociedad resulta insostenible.

Las ciencias sociales y humanas –un concepto à la lettre decimonónico– no pueden ya más ocuparse de los seres humanos al margen de su relación con la naturaleza en su acepción al mismo tiempo más amplia e incluyente. Así, el fenómeno humano no es de un estatuto mejor, superior o diferente al propio estatuto de la naturaleza y la vida. Pero si ello es así, más vale que las “viejas” ciencias sociales aprendan algunos elementos acerca de lo que es la vida, lo que hacen los sistemas vivos para vivir, las lógicas de la naturaleza.

No que estos aspectos formen parte –exclusivamente– de las ciencias naturales. Pero sí que los temas atinentes a los individuos, las sociedades, los pueblos, las culturas, el estado (¡con minúscula!), por ejemplo, no pueden ya ser tratados con seriedad como asuntos exclusiva y eminentemente humano-sociales, punto. Pues en tanto que tales, se impone la ideología (= falsa conciencia).

Se impone aquí una observación. Se trata de la comprensión según la cual las ciencias naturales son exactas –contrario sensu a las ciencias sociales. No existen las ciencias exactas, dado que los últimos bastiones, por así decirlo, que eran las matemáticas y la lógica, han sufrido serios embates. De manera definitiva, K. Gödel demostró que la matemática es incompleta. Y por el lado de la lógica, surgieron las lógicas no-clásicas que representaron un cisma radical en el edificio construido desde Aristóteles y que se proyecta hasta la lógica simbólica y la lógica matemática. A fortiori, tampoco existen las ciencias positivas. Aquí es suficiente un cuidadoso estudio y una sensible y actualizada lectura para entender que las miradas se enrumban en otras direcciones. Toda la mejor bibliografía en el mundo acerca de filosofía de las matemáticas, por ejemplo, ya reconoce sin dificultad este punto.

En lo que sí no cedemos los científicos y filósofos en general es en el rigor. Y sí: el rigor es –para decirlo de manera lenta y pormenorizada– semántico, conceptual, lógico, o computacional. Un criterio de demarcación claro entre la ciencia y la pseudo-ciencia es el rigor y que puede expresarse en fenómenos como la experimentación, pero también en otros como el modelamiento y la simulación, por ejemplo. Lo que sucede es que en la afirmación: las ciencias son formales, la formalidad no tiene absolutamente nada que ver ya con la ciencia, la lógica y la matemática clásica. La formalidad, más bien, hace referencia al rigor. Que es lo que hace falta a campos tan disímiles entre sí como el sentido común, la magia, la religión, las ideologías, o pseudo-ciencia como la astrología o la numerología, por mencionar sólo algunos.

La cientificidad de las ciencias pasa por varios aspectos y niveles. Estos incluyen: la capacidad de referencia a la experiencia –cuando es necesario y posible; que no siempre es el caso-; la inteligente combinación de juicios, conceptos y categorías con tropos (metáforas, símiles, sinécdoques, etc.); la capacidad de resolver problemas con la cada vez mayor y mejor capacidad, adicional, de formular o concebir problemas; el rigor semántico evitando ambivalencias, aunque no necesariamente ambigüedades; de manera definitiva, la capacidad de adaptación al paisaje científico y cultural del momento y, con ello, la capacidad de aprender de otras ciencias y disciplinas e interlocutar e interactuar con ellas enriqueciéndolas y a su vez enriqueciéndose a sí mismas; el buen uso de la imaginación y la fantasía para concebir posibilidades y no únicamente el realismo; de manera conspicua, la sensibilidad hacia las artes y la estética – con el reconocimiento explícito de que ya no hay ciencias mejores que otras, saberes más acabados o perfectos que otros, en fin, disciplinas de primer y de segundo rango; claramente, la capacidad de innovar, la capacidad de apuesta y riesgo.

Recientemente hemos logrado comprender que es efectivamente posible hablar de progreso en el conocimiento. Han surgido nuevas ciencias como síntesis, fundadas en problemas de frontera. Los ejemplos más claros son (históricamente hablando): las ciencias cognitivas, las ciencias de materiales, las ciencias de la salud, las ciencias de la vida, las ciencias de la tierra, las ciencias del espacio y las ciencias de la complejidad. Con total seguridad, los problemas más fascinantes, apasionantes, preocupantes son –cada vez más– problemas de frontera. Por ello mismo, à la limite, hemos hecho también el tránsito de la heurística a metaheurísticas. Todos estos, temas, aspectos, campos, problemas y enfoques que nos ponen de manifiesto que todos, incluidos los científicos sociales, debemos aprender de las dinámicas del conocimiento, del avance del conocimiento, y que lo que está sucediendo es, literalmente, una revolución científica y tecnológica –para decirlo con Kuhn (aunque sin casarnos necesariamente con él).

Pablo D. fundamenta en todo su análisis en Marx y el marxismo, y ambos definen, por completo el marco de referencia de sus consideraciones. Desde luego que Marx me merece el máximo respeto y aprecio. Lo que se debe poner de manifiesto es que el marxismo cayó en la trampa que el mismo amigo ecuatoriano había señalado unos párrafos antes, de creer que la buena ciencia consiste y se funda en leyes. Así, “El marxismo elude las trampas del positivismo. Las leyes que descubre y describe para la crítica de lo social son leyes sociales, no son leyes naturales. Lo social no puede estar adscrito ni prescrito por leyes naturales como lo pretende el positivismo. Son leyes que nacen desde la praxis humana y que incorporan un sentido de emancipación inexistente en el positivismo: si los hombres hacen la historia, entonces pueden transformarla”.

Pues no: taxativamente no. No solamente la buena ciencia de hoy no necesita fundarse en, ni descubrir y formular, leyes, sino que, peor aún, la idea de leyes de la sociedad y la historia, de la economía y del pensamiento es una expresión clara de la sombra que Newton proyecta, todavía, sobre algún marxismo. Creo que si el marxismo abandona su creencia en leyes no deja de ser (buen) marxismo. Quizás impera aun en el lenguaje el atavismo, cuando no el peso de la autoridad (alguna autoridad). La última vez que la ciencia en general consideró el tema fue con un texto clásico de E. Schrödinger, y con el trabajo, cuyo título es por lo demás significativo de R. Feymann: “El carácter de la ley física”.

Consiguientemente, la pelea con el positivismo científico –una de cuyas más aberrantes expresiones es la ingeniería social en toda la línea de la palabra– es legítima y hay que librarla con mil motivos. Pero para ello enarbolar la pelea de las “leyes”, contraponer una clase de leyes con otras y demás, es poco menos que artificioso e intelectualmente inútil. Lo que resulta a todas luces inadmisible, es que el texto del Informe Gulbenkian y el libro de Maldonado acerca de la importancia y la necesidad de la apertura de las ciencias sociales implica pedirles a las ciencias sociales “que renuncien a ese legado crítico que constituyó el marxismo y que se conviertan en un momento más de la emancipación de la physis. Es decir, en ciencias sociales llenas de fórmulas matemáticas, con un lenguaje abstruso e inextricable, con hipótesis supuestamente rigurosas (que incluso pueden relevar de las nuevas propuestas interpretativas como la termodinámica no lineal), pero vacías de historia, vacías de sociedad, amorales e ideológicas. En otros términos, abrir las ciencias sociales es una propuesta por reinventar al positivismo en un momento en el que éste ya no se sostiene”. Se revela en esta cita al mismo tiempo una petición de principio y una profesión de fe. Que es bastante más que lo que se pedía, por lo demás.

Personalmente no tengo ningún inconveniente con que las ciencias naturales se abran a las ciencias sociales. Pero la lista de los buenos científicos que se han abierto a las ciencias sociales es larga, amplia y sólida. La omito aquí, por razones de espacio. Lo dicho: bastaría con un estudio pormenorizado y juicioso de la ciencia, la filosofía y las artes en términos de investigación de punta en contextos interdisciplinarios.

De suerte que el lugar de las ciencias sociales no se encuentran simple y llanamente del lado de la sociedad, de lo humano (o lo humano-social), como tampoco únicamente del lado de los invisibles, los sin-voz, los oprimidos y los excluidos. Pues nada de ello es suficiente, si bien es necesario. Además y fundamentalmente se encuentra del lado de la afirmación, la exaltación, el posibilitamiento y la dignificación de la vida, con calidad. Que es, si cabe, una categoría más transversal que la de lo meramente humano. La exaltación de lo humano no puede darse al lado de, al margen y a costa de, la naturaleza. Por mor del diálogo con el amigo ecuatoriano, pero con él, más allá de él, quisiera decirlo en términos autóctonos. Se trata, al fin y al cabo, del sumak kawsay – que en la tradición quechua –y mejor aún, Aymara– se traduce mejor como suma qamaña. Pero para quienes no conocemos bien la tradición ecuatoriana o boliviana, podemos expresarlo al mejor espíritu griego: todo el problema consiste en el eupraxein, vivir bien. Y que es más, bastante más que lo meramente humano, como la buena ciencia ha llegado a aprenderlo de una parte de nuestra tradición prehispánica.


Carlos Eduardo Maldonado*
Profesor Titular
Universidad del Rosario
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