Lunes, 14 Enero 2013 11:22

Una nota sobre la organización del conocimiento como organización de la vida

Escrito por Carlos Eduardo Maldonado
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Una nota sobre la organización del conocimiento como organización de la vida

Razón tiene Gonzalo Arcila: es importante incentivar el diálogo, tanto más cuanto que se trata del conocimiento, que es, como sabemos, la vida misma. Ello, desde luego, no va en desmedro de la posibilidad –y en ocasiones del hecho– de que puede haber –y ojalá los haya– desacuerdos y disensos. Lejos de todos nosotros las mayorías y los unanimismos, propios de las iglesias y las ideologías de todos los tonos. Concuerdo en la importancia del diálogo como forma de vida, que ha sido siempre, en todas las geografías y culturas, la señal misma del desarrollo y el carácter civilizado de la existencia. Sólo que ahora, por el contenido mismo de su texto, Gonzalo abre el diálogo (por lo pronto, decimos los optimistas) a tres...

 

Es hermoso el título de la propuesta del profesor Arcila: "La experiencia de la infinitud". La razón tiene que ver con el concepto mismo de infinitud. Ya tendré la ocasión de volver sobre el nombre mismo.

 

Quisiera destacar cuatro temas en el texto de G. Arcila para justificar este diálogo. El primero tiene que ver con lo que denomina "el diálogo conceptual como forma de vida y la tarea de transformación de la realidad planetaria". Un segundo motivo es el diálogo con Pablo Dávalos acerca de las reticencias de éste último para asumir "las teorías de la complejidad en las ciencias sociales y humanas". Específicamente, se trata de la "episteme de la physis" como estrategia política que hay que develar. Gonzalo cree que esta episteme "abre un tema para la investigación, de amplias implicaciones, en la historia del pensamiento de Marx y Engels respecto a los intercambios entre naturaleza y sociedad capitalista". Justamente, aquí aparece el tercer tema: se trata, para decirlo con sus palabras, de "la realidad del tiempo infinito y creador y de la experiencia humana que da cuenta de esa realidad. En esa emergente experiencia, el destino de la naturaleza y la humanidad no es la muerte, tampoco el abandono en un valle de lágrimas, ni la culpa por un pecado que nos privó sin esperanza del paraíso". Finalmente, el cuarto motivo es el interés de Gonzalo por la universidad y por tanto por la gestión del conocimiento. De hecho éste constituye el verdadero motivo de la nota suya, pues dirige u orienta todos sus otros comentarios, aclaraciones e interpelaciones tanto a Pablo D. como a mí hacia este tema.

 

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Existe, a todas luces, un serio problema. Una vez que, por obra de la internacionalización, globalización o mundialización (en realidad, tres maneras distintas de denominar un mismo proceso), los problemas se han vuelto efectivamente planetarios, el más difícil de los problemas tiene que ver con la acción. Entender y explicar los procesos y dinámicas, los retos y los peligros, los agentes y las consecuencias de la globalización es ya hoy en día prácticamente un lugar común. La dificultad enorme surge del lado de la acción –praxis. En efecto, la vieja aserción de los años 1980 –"pensar globalmente y actuar localmente"– es hoy en día no solamente una proposición conservadora, sino, además y por ello mismo, una idea inocua, poco eficiente.

 

El tema, más bien es, ¿cómo actuar globalmente en contextos de mundialización? El término, bien intencionado acuñado por N. García Canclini (y otros) de lo glocal es afortunado, pero limitado frente al interrogante. La acción es siempre local, no cabe la menor duda. Pero ya hoy en día no puede ser única o exclusivamente local. Dadas las dinámicas, estructuras y procesos globalizantes, los procesos de transformación –en el orden que se quiera, en el plano que se proponga, en fin, con la intención que se sugiera– debe ser, correspondientemente global. Pero, precisamente por ello, la antropología y la etnografía, por ejemplo resultan fundamentales: existen numerosas prácticas locales que son desconocidas a escalas meso y macro.

 

El capitalismo se caracteriza por ser un sistema social y cultural –en el sentido más amplio y al mismo tiempo incluyente de la palabra– que se caracteriza por la improvisación, el cortoplacismo y la inmediatez. No en vano, las dos o tres ciencias que fungen como dínamos del capitalismo poco y nada saben de densidad temporal: el derecho, la economía y la administración (y dentro de la segunda, las finanzas). Razón tiene Wallerstein: se trata de ciencias del presente, ciencias (o disciplinas, da igual) que poco y nada saben del pasado o del futuro como longue durée (una expresión que se debe en realidad a Braudel).

 

Una acotación: En el derecho, la economía o la administración temas como: historia del derecho, historia de la economía o historia de la administración son perfectamente episódicas, pues un administrador, un economista o un abogado (o jurista, según el caso) deben ante todo saber de eficiencia y eficacia.

 

Contrario a estas, la termodinámica de los sistemas alejados del equilibrio o física del devenir tiene en el tiempo un organizador intrínseco. El tiempo es, al cabo, un factor creador y no destructor; factor de aprendizaje antes que de olvido; en fin, el tiempo posibilita y abre, antes que uniformiza, equilibra y aplana todo –como decía, Platón al final de la República (Politeia), en la aguas de lethe, que es el olvido.

 

La termodinámica del no-equilibrio es la primera ciencia en la historia de la humanidad que plantea, de manera abierta y directa que el tiempo desempeña un papel creador. Durante toda la historia de la civilización occidental, particularmente debido a las tres religiones monoteístas fundacionales de la misma, el tiempo era asumido como una maldición, un factor destructivo, un mal necesario. Las cosas importantes, valederas, suceden a pesar del tiempo y, en realidad, después del tiempo.

 

Para reafirmar esta argumentación: La física newtoniana, ahora calificada de clásica, fue en su momento una ciencia revolucionaria. De hecho, en la historia de la ciencia, el estudio del cielo –planetas, sol, estrellas, etcétera– fue un tema que, nutriéndose originariamente desde el Renacimiento, define el rasgo mismo de la Modernidad. Pues bien, la astronomía fue una ciencia de continuos cambios y mejoramientos: empíricos (observacionales y de medición), filosóficos y científicos. Esta historia produjo la muerte de la numerología y el nacimiento del álgebra; la separación de la astrología y la astronomía; en fin, la escisión entre la teología y la ciencia propiamente dicha. En esta historia contribuyen figuras tan fundamentales desde John de Sacrobosco a Giordano Bruno, de Nicolás de Cusa a Galileo, en fin, de Kepler y Copérnico a Newton. La astronomía representaba un campo cuya inestabilidad era altamente atractiva para las mejores mentes de la época. Al cabo del tiempo, ella daría lugar a la necesidad de que naciera el cálculo –gracias, simultáneamente, a Leibniz y a Newton. Esa historia produjo herejes como G. Bruno y juicios inquisitoriales como a Galileo Galilei. Se trata, en fin, de una historia que no tuvo lugar de manera pacífica y desapercibida, sino que, literalmente, cambió la forma de ver el universo y la realidad predominante durante diez siglos de Edad Media, por lo menos.

 

La dificultad –la enorme dificultad– radicó en que el movimiento que fue por primera vez descubierto y explicado tuvo lugar a la manera de explicaciones mecánicas, que para la época eran innovadoras, pero que, como sucede en el caso de Newton terminan, al cabo, por convertirse en saber oficial.

 

La ciencia moderna nace como ciencia "desde abajo" en contraste con la teología que era la ciencia de la Edad Media y que trabajaba "desde arriba". En consecuencia, la ciencia moderna descree de la autoridad y la tradición, se funda en la observación y la descripción, crea nuevos métodos, técnicas y herramientas, acuña nuevos conceptos y lenguajes, se organiza ella misma en prestigiosas instituciones (la Royal Academy, la Académie Française des Sciences, la Preussische Akademie der Wissenschaften – cada una con sus respectivos capítulo, estatutos, canales y formalismos). "Desde arriba" hace referencia a la escolástica, la ontología racional, la psicología racional y la cosmología racional, el peso de la teología y con ella, de ese capítulo medular que es la dogmática, el peso de la autoridad, en fin el acatamiento y el temor, todo lo cual se expresaba en fórmulas como el nihil obstat y el imprimatur. La ciencia Moderna fue, a todas luces, una revolución.

 

Pues bien, la Modernidad nace pensando el mundo y el espacio del ser humano. Por ello su interés por la física. Pero con ella, el cuidado, la observación, la descripción de la naturaleza. La naturaleza como fuente de verdad y como criterio del juicio, en marcado contraste con el peso de la Iglesia, y con ella del Vaticano, el Papa, y Rey de que se tratara en cada caso.

 

Como quiera que sea, en los nuevos tiempos la naturaleza no es un enemigo a vencer y esclavizar. Por el contrario, es nuestra amiga –muchas dirán incluso, nuestra madre (la Pachamama, acaso)–, y cualquier disputa o pelea con ella, con absoluta seguridad la perderá el ser humano. Éste, en términos abstractos; y en términos concretos cualquier sistema económico y de valores, religioso y político, social y de principios que sitúe a la naturaleza simplemente como medio para los fines, intereses, beneficios y utilidad de dicho sistema.

 

Desde los orígenes de la Modernidad hasta nuestros días, asistimos, literalmente, a un creciente movimiento de naturalización de la epistemología, y con ella, de naturalización de la ciencia y la filosofía. Una de las últimas expresiones de esta tendencia son las ciencias de la complejidad.

 

Estamos, manifiestamente, apenas en los inicios del nuevo modo de organizar el diálogo humanidad-naturaleza. Podemos aprender, como de hecho se está comenzando a hacer, de otras culturas y civilizaciones llamados eufemísticamente como no-occidentales, o bien como no-tradicionales, o incluso como alternativas. La relación entre el ser humano y la naturaleza es en realidad el aprendizaje de dos ritmos y densidades temporales radicalmente distintos. Uno, el de los tiempos humanos, bastante limitados; otro, el tiempo de la naturaleza, que, por ejemplo, como bien lo enseña la geología, comienza a contar a partir del millón de años, pues tiempos y escalas inferiores son bastantes limitados. Pues bien, el encuentro o el diálogo entre ambos tipos de temporalidad corresponde en realidad al aprendizaje, por parte de los seres humanos, de que la lógica de la naturaleza es exactamente como el de la vida: se trata de un (doble) juego que se juega a largo plazo.

 

La complejidad –esto es, las ciencias de la complejidad– nacen a partir de fenómenos intrínsecamente inestables e imprevisibles. De un lado, como respuesta a Oscar II, rey de Suecia, quien quería saber si el universo era estable a largo plazo. La respuesta, como es sabido, la aporta H. Poincaré con una demostración de imposibilidad. Y de otra parte, con el estudio de la meteorología por parte de E. Lorenz, nace el estudio de los sistemas caóticos: ciencia del caos. Al mismo tiempo, el estudio de fenómenos y comportamientos alejados del equilibrio (reacciones Belousov-Zhabotinski), y las células de Bénard permitirán a la postre el nacimiento de la termodinámica del no-equilibrio. El resto es historia –cuyo recuento, sin embargo, no cabe en el espacio de este blog. La complejidad está caracterizada como la pasión por fenómenos, comportamientos y sistemas esencialmente inestables, fluctuantes, impredecibles, irreversibles y súbitos. Nunca en la historia de la humanidad se había tomado tan en serio el tema del devenir. La historia (oficial! Cfr. La historia oficial, Director Luis Puenzo, 1985) de Occidente es la historia de(l) ser .

 

***

 

Ahora bien, el tema se orienta, más pronto que tarde, a la organización del nuevo conocimiento. Dicho literalmente, se trata de la gestión de la revolución, al mismo tiempo que se trabaja en ella –una circunstancia apasionante, y que como tal nunca se había manifestado en la historia anteriormente.

 

En este panorama, se trata de la crisis de la universidad en su sentido tradicional. La innovación, de hecho, en el mundo de hoy, no se lleva a cabo fundamentalmente al interior de la universidad, sino, por el contrario, mayoritariamente por fuera de ella. No en vano el llamado a la alianza Universidad-empresa, de un lado, y de otra parte, a la función social de la universidad: Universidad-sociedad. Mediando, siempre, el papel del Estado. Ya sea como reglador o bien, idealmente, como garantista –lo cual conduce la mirada en otras direcciones.

 

Las ciencias de la complejidad son ciencia de punta. A pesar de ser aún pequeño el espacio para su desarrollo, es pujante y creciente su desarrollo y vitalidad. Basta con echar una mirada a la cantidad –¡y calidad!- de eventos revistas, colecciones editoriales, y demás en el país y en el mundo.

 

De manera atávica, las revoluciones han comenzado en intersticios y comisuras; en pliegues y márgenes. Sólo, paulatinamente, se van ganando valles y montañas. Pues bien, lo mismo sucede en el plano de la investigación tanto como de la educación. Se trata, si cabe, de una estrategia evolutiva.

 

Antes que elaborar una reflexión de tipo universal, cabe mirar la situación en nuestros países. Los administradores de las universidades no son, de manera tradicional académicos o científicos. Son políticos o economistas, administradores o abogados, ingenieros o financistas, mayoritariamente. Y sin embargo, ese no es el verdadero problema. La verdadera dificultad estriba en el hecho de una fuerte asimetría entre las instancias administrativas de la universidad y las académicas y científicas. Esta asimetría ha sido generalmente en favor de las primeras, y en desmedro de las segundas. Un ejemplo puntual de contraste: ¡en los países anglosajones y europeos los administradores (o administrativos) jamás les dicen a lo académicos y científicos lo que deben enseñar o investigar!

 

Deben fortalecerse, manifiestamente los puentes entre la educación básica y la media, y entre ambas y la universitaria. Pero, como con razón sostiene M. Cereijido, América Latina no produce ciencia ni tecnología, sino, en el mejor de los casos, científicos e ingenieros. Y más generalmente, nuestras universidades usualmente producen cohortes. (Los programas de pregrado y de postgrado, así como los doctorados habitualmente se presentan a sí mismos, como produciendo la cohorte número x).

 

El problema ciertamente es de presupuesto y apoyo a la universidad pública tanto como de crecimiento y sensibilización social de parte de la universidad privada. Pero mientras las élites políticas se comporten indolentes ante el conocimiento, la situación difícilmente puede mejorar de manera significativa.

 

En el caso colombiano, por ejemplo, ningún presidente ha tenido ni siquiera título de Maestría –un notable ejemplo es, en Ecuador, Rafael Correa. Varios presidentes aparecen con "cursos de postgrado", simplemente. A excepción de los últimos ministros, particularmente de Hacienda, ningún ministro ha tenido título de Doctorado (Ph.D.). La excepción se explica por el hecho de que varios provienen de una prestigiosa universidad privada que ha hecho un fortín de ese ministerio y del Departamento Nacional de Planeación; por tanto, se trata de académicos fuertemente vinculados al sector privado, y a través suyo, al sector público. No existe tampoco ningún embajador que haya tenido una formación del más alto nivel académico. La razón proviene desde el siglo XVII cuando se hablaba de la mita y la encomienda: un país inmensamente rico por naturaleza, tenía la "indiamenta" y la "negramenta" (sic) para trabajar por y para las élites nacionales. Quizás el último miembro de las élites tradicionales que tuvo un acercamiento sincero por la ciencia, la investigación y el conocimiento, fue Federico Lleras Acosta, padre de la vacuna contra la viruela en Colombia.

 

Gonzalo Arcila hace el llamado –o la reflexión– de una nueva universidad acorde con los desarrollos de las ciencias de la complejidad. Compartimos ese sueño: pero miramos hacia delante, en el tiempo.

 

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[1] Formulado originariamente por Heráclito, el devenir nunca fue un motivo serio de estudio en la civilización occidental. Ni siquiera el marxismo se tomará nunca en serio el trabajo del joven Marx sobre el Demócrito y Epicuro –los dos nombres que suceden en esta línea de pensamiento a Heráclito-.

 

 

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