Jueves, 31 Enero 2013 13:42

Una misión con visión, un país sin visión

Escrito por Razón pública
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Recuerdos de un protagonista discreto que decidió contar una de sus mejores aventuras: acompañar a diez sabios en una peligrosa misión. Se trataba de encontrar una visión desde la educación para un país que siempre la ha despreciado.

 

El origen

 

A finales de 1993 se dieron los primeros pasos para crear la Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo. No era seguro cómo se iba a desarrollar. Había sido una iniciativa algo repentina del presidente Gaviria.

 

En un avión, a pocos meses de terminar su gobierno, le había dicho a su asesor de ese momento, el lamentado Jaime Garzón: "se hicieron algunas cosas, pero en educación en cambio no se avanzó nada. Hagamos una misión y convoquemos unos expertos del más alto nivel". Esto lo repitió a los comisionados en una reunión palaciega meses después.

 

Todo indica que la idea comenzó a perfeccionarse en un momento coyuntural, cuando una fundación financiera privada otorgó un premio sustancioso a Rodolfo Llinás, por lo cual el científico estaría visitando el país y su compromiso con Colombia brillaría en primer plano.

 

El segundo paso fue encargar a Carlos Eduardo Vasco para que coordinara una convocatoria de alto nivel, teniendo ya asegurada la participación de Llinás. Se trataba de invitar a García Márquez y a siete sabios más. A esas alturas, la palabra sabio se impuso por su valor de marca.

 

Y así lo que iba a ser una Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo, fue bautizada por los medios como "la misión de los sabios". Su primera reunión se celebró el 2 de diciembre de 1993: el día siguiente de la muerte a bala, sobre un tejado, de Pablo Escobar.

 

Puesta en marcha

 

Era una fría y desangelada mañana cuando se juntaron para desayunar los sabios en el restaurante del Museo de Artes y Tradiciones Populares, en la sede del llamado Convento de San Agustín, a pocos pasos de la Casa de Nariño.

 

Vasco mostró sus dotes de organizador y de anfitrión. Mi presencia se debió a que el secretario general de la Presidencia, Miguel Silva, buscó a un profesor cultivador de la memoria para que asistiera y tomara nota como parte del apoyo logístico a la Misión. Se hubiera podido escribir un buen relato de ese primer día y de cada una de las reuniones posteriores, pero ya se verá por qué no fue posible.

 

A los pocos días se dieron los pasos más importantes en Medellín. Colombia vivía una fuerte zozobra por la muerte de Escobar y era factible que se presentara un coletazo contra el gobierno. Por tal razón no nos acompañaron a esa ciudad ni Gabo ni Llinás. Se temía por la exposición y renombre de ellos dos. La sensibilidad de la comisionada Ángela Restrepo se exacerbó por la ausencia de los más visibles de los sabios. Hubo que explicarle la situación, que aceptó a regañadientes.

 

Fuimos alojados en un hotel recién incautado a la mafia, sin huéspedes y donde se podía trabajar en paz. Estaba ubicado a uno de los costados de la meseta de Llanogrande, en las inmediaciones de Rionegro, donde estaban construyendo sus casas los paisas ilustres de todos los pelambres y procedencias. Como se supo después.

 

La razón de la reunión era presentar y aprobar por parte de la comisión los contratos que se harían, otorgando desde ese momento un orden lógico a la edición de los resultados. La Misión produciría un volumen síntesis, con el resumen del material de trabajo de cada uno de los comisionados y otros seis volúmenes, con el material de los expertos contratados.

 

Se discutieron los nombres e idoneidad de estos últimos, pero no había mucho que discutir. Vasco ya había hecho la parte sustanciosa del trabajo y esa primera noche quedaron definidos el papel, los nombres y las identidades de quienes habrían de elaborar los sesenta y tantos informes.

 

Pues estos estudios darían cuerpo a lo que Vasco ya tenía claro: el producto final de la Misión se compondría de una proclama escrita por Gabo y los aportes de los sabios. Quienes cargarían el peso de producir el contenido central de la misión serían los expertos contratados. No sería óbice para que cada uno de los sabios preparara un volumen sobre el área de su especialidad y de sus intereses científicos.

 

El paso por Medellín fue inolvidable. Ángela Restrepo tenía una ceremonia preparada para la noche del 8 de diciembre: un coro de niños con gorritos rojos cantaron Noche de paz y todos los asistentes se tomaron de las manos.

 

Recuerdo la mano del heredero del Colegio Fontán de Envigado, gruesa y musculada, que me asió con interés y emoción estimulados por la paradoja de pedir que descendiera la paz de la mano de los sabios a una ciudad que acababa de escribir el primer punto aparte en la estúpida guerra de las drogas.

 

Al regresar a Bogotá, a eso del diez de diciembre — hoy cuando escribo estos recuerdos se cumplen exactamente diecinueve años de ese día — se convino que el trabajo se haría tal como he descrito aquí y que habría reuniones periódicas, conforme a la disponibilidad de los sabios, para estudiar los problemas en el avance de los proyectos y para hacer un proyecto colectivo de los informes de cada uno.

 

Cada sabio expondría el área de su interés y, entre todos, se daría la aprobación al material de cada uno. Un consenso científico, divulgativo y formador. Una experiencia inolvidable, entusiasta, llena de diplomacia, de prudencia y de buenas maneras y, al fondo de todo lo anterior, un telón de preocupación por esa Colombia a la que resultaba difícil recetarle un remedio.

 

Y más difícil aún en áreas como la educación y la ciencia, donde se ponía en cuestión el desarrollo como categoría. Por lo menos, los sabios lo sabían, pero no querían ser inferiores a la apuesta. Todo era en efecto, muy estimulante.

 

¿Visión o utopía?

 

Veamos qué temas fueron tratados por los sabios. Hago esta evocación de memoria, pero no tengo el menor inconveniente que los interesados confirmen la información precisa vía internet:

 

  1. La endogenización de la ciencia, es decir, la incorporación de la actividad científica a una sociedad como la colombiana, a cargo de Eduardo Posada;
  2. La lógica de las organizaciones, a cargo de Rodrigo Gutiérrez;
  3. Las relaciones entre ciencia y tecnología en biología, a cargo de Ángela Restrepo;
  4. Un corte del estado de la cultura y su relación con la educación, a cargo de García Márquez;
  5. Un corte histórico complementario, a cargo de Marco Palacios;
  6. Una analítica del desarrollo, conforme a los parámetros del concepto en la sociología norteamericana, a cargo de Luis Fernando Chaparro;
  7. La administración de los recursos educativos, a cargo de Eduardo Aldana;
  8. Un sistema integral de conocimiento para el aprendizaje a través de una idea unificadora — la cosmología — a cargo de Rodolfo Llinás;
  9. Otro enfoque de la administración de la educación, la ciencia y el conocimiento, más como proceso que como sistema, por Carlos Eduardo Vasco;
  10. Un proceso científico concreto en epidemiología, a cargo de Elkin Patarroyo.

 

Y ya está: parecía un imposible, pero se estaba llevando a cabo. Cualquier lector puede distinguir entre aquellos que eran administradores del negocio y aquellos que en verdad soñaban con una utopía para la educación.

 

Las reuniones fueron todas interesantes y tremendas, muchos sábados y domingos; un temblor de tierra que puso a los sabios debajo de una mesa en el centro de negocios de la calle cien; un almuerzo ofrecido por la familia Robayo, como precursores de la iniciativa al concederle un premio a Llinás; discusiones internas para proponer proyectos de educación artística — completamente alternativa al sistema conocido — propuesta por Gabo, con la complicidad de Vasco; "la noche que nos volvimos locos" y otra cantidad de cosas sobre las que se apretó la tecla de borrar.

 

El informe final de García Márquez, llamado La Proclama , pero titulado por el escritor Colombia, Al Filo de La Oportunidad, estuvo listo a tiempo y fue leído por Gabo, una noche de julio de 1994 a escasas dos semanas del fin del periodo presidencial de Gaviria.

 

La misión había mostrado su visión y había cumplido. Vasco, mi persona y Susanita Ortiz, una comunicadora de la Universidad Javeriana, tardamos un poco menos de tres meses en enviar a imprenta los siete volúmenes que hoy se pueden consultar en PDF.

 

Orgullo y prejuicio

 

Había que dar a conocer los volúmenes al nuevo gobierno de Samper y De la Calle. Con Vasco, pedimos una cita y con mucho humor comentábamos que parecíamos unos soñadores escapados de un cataclismo anterior y que seguramente la senda que transitaría el nuevo gobierno tendría sus momentos y circunstancias; pero la importancia del material nos hacía sentir optimismo en la recepción del resultado de la Misión por parte del gobierno entrante.

 

Es oportuno hacer saber a los lectores de éste relato que los comisionados hicieron un pacto de caballeros en el sentido de que lo que había pasado en la Misión, salvo aquello que había sido aprobado por todos para su publicación, debería quedar en estado de confidencialidad y que ellos preferirían no volver a reunirse para los fines misionales, nunca jamás.

 

Era como una ordalía sobre el esfuerzo realizado y sobre la calidad de la tarea y del resultado: era una Visión concretada en una Misión. Hasta ahí todo bien. Y mal, pues este acto de memoria hecho a solicitud de muchos amigos, rompe en cierto sentido la confidencialidad, pero se hace con el afán de provocar una mínima memorabilia sobre la importancia de esas reuniones y sobre el contenido de los siete volúmenes.

 

Despertar una curiosidad sobre algo sucedido hace casi dos décadas, con cierto tinte visionario y cuando los avatares de la educación y su crisis en el mundo entero son hoy de suma trascendencia.

 

Así llegamos Vasco y yo a la oficina de la Vicepresidencia. ¿Sería noviembre del 94? Tal vez. Relatar la entrevista con el vicepresidente es sumario: llegamos, no nos recibió más que como mensajeros, tomó los libros y los colocó en un estante, nos dio las gracias y esbozó vagamente un compromiso con una nueva oficina o departamento dedicado a los estudios de competitividad. Fin. Hasta el día de hoy, como se dice en esos casos.

 

La Misión no se había tardado un año y sus resultados eran hermosos y comprometedores. Todo el material está para consulta, como ya dije y La Proclama, el texto de García Márquez ha sido repetidamente publicado. Entre otros por la Editorial Magisterio.

 

Esperemos que Humberto de la Calle no salga otra vez con un Consejo de Competitividad.

* Escritor y profesor universitario.

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