Martes, 11 Julio 2017 06:08

El útero y el futuro de la reproducción

Escrito por Javier Flores
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Cada producto del conocimiento trae aparejados efectos inesperados. Las tecnologías de reproducción asistida han tenido desde el primer tercio del siglo XX –a partir de la inseminación artificial– una evolución sorprendente, y con cada nuevo paso surgen escenarios novedosos e inesperados para el futuro de la reproducción humana. Dicho en otras palabras, una tecnología cuyo objetivo original es enfrentar el problema de la infertilidad tiene efectos colaterales (no siempre indeseables) que rebasan los propósitos para los que fue creada. Por esta razón estas tecnologías, al estar conectadas de forma muy íntima con lo humano, son, quizás, uno de los mejores ejemplos para entender este efecto dual del conocimiento.


Por ejemplo, la inseminación artificial implica la participación de personas ajenas a la pareja reproductiva, lo que si bien permite enfrentar exitosamente la infertilidad, modifica algo que se consideraba inamovible: el número de participantes biológicos en los procesos reproductivos (lo cual es mucho más claro con algunas técnicas recientes que han conducido al nacimiento de bebés con el ácido desoxirribonucleico de tres personas). Algunas técnicas como la fecundación in vitro permiten el desarrollo de embriones humanos fuera del cuerpo, en el laboratorio, lo que además abre el camino para la individualidad reproductiva (personas solas que quieren tener hijos) o la diversidad sexual (parejas del mismo sexo que desean tener hijos). La preservación de gametos (óvulos y espermatozoides) por tiempos prolongados a muy bajas temperaturas cambia por completo los tiempos reproductivos y ha permitido la reproducción a personas de edades fuera del margen natural (que va de la pubertad al climaterio) e incluso a quienes ya han muerto. Un análisis de algunos de esos efectos puede encontrarse aquí.


La reproducción es un proceso de gran complejidad en el que intervienen muy distintos elementos. La infertilidad es generalmente consecuencia de alteraciones en células u órganos específicos en hombres y mujeres, por lo que la estrategia consiste en la reparación o remplazo del elemento afectado. Así, cuando hay algún defecto en los gametos se elige la sustitución del óvulo o espermatozoide por el de algún donante y/o la fertilización in vitro con células completas o partes de células seleccionadas (núcleos o citoplasma), una vez que se crea de este modo el embrión en el laboratorio, es transferido al útero para su desarrollo posterior hasta el nacimiento. De este modo, durante mucho tiempo cobró mucha fuerza la noción de que el útero era insustituible.


Pero, ¿qué ocurre cuando es el útero el órgano afectado? Son tres los caminos que se han seguido para enfrentar la infertilidad cuando la matriz es la causa de la limitación reproductiva. Una de ellas es la subrogación o el alquiler de úteros; es decir, la participación de una tercera persona, una mujer distinta de la madre que es la portadora del embarazo; otra estrategia es el trasplante de útero, y la más reciente el útero artificial. La primera modalidad ha dado lugar a muchos debates, pero es ya una forma a partir de la cual ha nacido un número importante (aunque difícil de cuantificar) de bebés en el planeta.


El trasplante de útero, al que ya me he referido aquí en varias ocasiones (por ejemplo, La Jornada, 09/10/2012 y 06/10/2015), es una técnica que se encuentra todavía en fase experimental; los mayores avances han sido logrados por Mats Bränstrom y su equipo en la Universidad de Gotemburgo, en Suecia, y dio lugar en 2014 al reporte en la revista Lancet del nacimiento del primer bebé saludable por este procedimiento. Todavía tiene un largo camino por recorrer con un potencial muy importante.


Finalmente, el útero artificial creado por Alan W. Flake y sus colegas en el Hospital Infantil de Filadelfia, en Estados Unidos, reportado en abril de este año en la revista Nature, aparece como una opción lejana pero muy inquietante sobre el futuro reproductivo de nuestra especie. Hasta ahora no se ha probado en humanos, sólo en otras especies de mamíferos, en particular, ovejas. Tiene varias limitaciones pues sólo funciona para ciertos periodos del desarrollo fetal (no a partir del embrión), pues la placenta artificial debe acoplarse a los vasos sanguíneos de un cordón umbilical ya formado. Pero a pesar de estas limitaciones permite anticipar algunos escenarios futuros en los cuales este órgano dejaría de ser insustituible.


Aceptando que hasta ahora nos situamos en un terreno puramente especulativo, hay datos surgidos de las tecnologías de reproducción asistida que apuntarían a la modificación futura de conceptos muy arraigados, como los de maternidad o lo consanguíneo, que han sido claves en el desarrollo de las civilizaciones.

Información adicional

  • Autor: Javier Flores
  • Fuente: La Jornada
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