Lunes, 16 Marzo 2015 16:59

Matando en nombre de la ilustración

Escrito por Álvaro Sanabria Duque
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Matando en nombre de la ilustración

Como no podía ser de otra manera, los medios masivos de comunicación del mundo entero enterraron rápidamente la noticia del asesinato de tres jóvenes musulmanes en el municipio de Chapel Hill, Carolina del Norte, en el sureste de Estados Unidos. La reacción a los hechos, acaecidos el martes 10 de febrero de éste año, no fue acompañada de carteles con letreros como "todos somos Deah", Yusor o Razan Mohammad, que son los nombres a los que respondían los jóvenes asesinados. En los medios, la noticia fue marginalmente difundida, y además se presentó enfatizando la duda de la relación que pudiera existir entre la condición de musulmanes de las víctimas y su asesinato, a pesar de las declaraciones del victimario en las redes sociales sobre su postura radical anti-religiosa.


Y es precisamente éste último aspecto el más soslayado, pues parece contrario a las lógicas que sobre la intolerancia se han hecho dominantes en los últimos tiempos. Craig Stephen Hicks, autor del crimen, se declara ateo, es decir, sin creencias religiosas, y esgrime frases que cualquier laico suscribiría, como: "No soy ateo porque ignore la realidad de las escrituras religiosas. Soy ateo porque las escrituras religiosas ignoran la realidad". Ahora bien, parecía imposible que alguien estuviera dispuesto a matar en nombre de la realidad objetiva en abstracto.

 

No hay duda que al repasar la historia nos encontramos con violencias de origen religioso de todo tipo, y que su legitimación siempre ha estado basada en la supuesta existencia de una verdad única y el derecho que le surge a su poseedor de conducir a los demás hacía tal verdad, así la vida quede liquidada en ello. Sin embargo, en la historia más reciente también han sido cometidos genocidios en nombre de la "democracia" y de los "valores universales", que tienden a minimizarse. La lógica del Wasp (la sigla en inglés de blanco, anglosajón y protestante) la han impuesto hasta el momento no en poca medida por la violencia, de una forma más o menos institucionalizada desde los inicios mismos de la modernidad, si bien en los casos del coloniaje español y portugués, con la sustitución de protestante por católico.


Lo que, sin embargo, parece novedoso en el caso que nos ocupa, es que la violencia de la irracionalidad de la verdad única de la religión, propia de "edades oscuras" y prolongada hasta los tiempos actuales por los fundamentalismos, es sustituida por una violencia ejercida en nombre de "la racionalidad" surgida en la creencia de la irreductibilidad de lo "real" y lo inmediato. Matar en nombre de la "no creencia" parece el extremo de los sinsentidos, aunque deja de serlo tanto si observamos que recientemente se ha extendido un movimiento que en nombre del positivismo escéptico, expone ciertas tesis que bordean peligrosamente con el racismo, y por tanto abren espacio a la eugenesia.


Richard Nicholas Wade, un conocido divulgador británico de la ciencia, en su último libro Una herencia incómoda: genes, razas e historia humana (cuya versión en español apareció en enero de éste año), sostiene la existencia de razas humanas producto de la evolución reciente, y que la estructuración genética que las define influencia el comportamiento humano individual que, a su vez, se traduce en diferenciaciones institucionales que explican las disparidades sociales entre grupos y entre continentes. La reacción al libro, incluida una carta enviada al New York Times por 139 genetistas descalificando esas afirmaciones, ha propiciado un debate intenso, en el que Wade acusa a la "izquierda académica" de estar detrás de las reacciones negativas a su texto. Los elogios y la defensa más fuerte de la posición de Wade provienen de personajes como Edward Wilson, fundador de la sociobiología, y Steven Pinker, sicólogo evolucionista, para los que los comportamientos no pueden tener explicaciones diferentes a las de las características físicas, pues no puede haber nada más allá de los genes. De hecho, Wade habla de eugenesia positiva, refiriéndose a prácticas como propiciar matrimonios entre las personas con los mayores coeficientes mentales, o a la promesa de la ingeniería genética, en el mismo sentido, de volvernos más "inteligentes", cualquier cosa que eso signifique.


Ni hoja en blanco ni texto escrito


El debate de sociobiólogos y sicólogos evolucionistas en contra de quienes consideran reduccionista explicar los fenómenos del comportamiento humano como dependientes exclusivamente de estructuraciones físicas, que en últimas terminan restringiéndose a las genéticas y las sinápticas, ha terminado por simplificarse como el debate contra los defensores de la tabula rasa (hoja en blanco), es decir, quienes supuestamente defienden que los seres humanos nacen sin ninguna característica y que todo es adquirido del medio, más exactamente, de la cultura. Esa simplificación tiene su contrario en la afirmación de que nada se aprende de los demás y que todo comportamiento está pre-programado por lo genes.


La secuenciación completa del genoma humano, alcanzada en 2003 (tres años después del "borrador" anunciado por el presidente de EU Bill Clinton en 2000), dio lugar a una explosión de estudios sobre las relaciones causa-efecto entre la presencia de determinados genes y el desarrollo de cierto tipo de enfermedades. El éxito alcanzado al identificar seis mil enfermedades monogénicas, influyó sin duda en la creencia de que las patologías se reducían a un problema de mutación o ausencia de un gen determinado. Sin embargo, el hecho de que en la mayoría de los desórdenes fuera necesario asociar más de un gen (poligenia), ha desdibujado la esperanza de relacionar de forma directa la presencia de un conjunto de genes con el desarrollo de una determinada patología, pues la variabilidad de las asociaciones impide la identificación de patrones fiables.


El profesor de genética epidemiológica Tim Spector, director del registro británico de gemelos e investigador del King´s College de Londres, quien había suscrito hasta hace poco estudios en los que asociaba la estructura genética con hechos tan disimiles como la capacidad para el orgasmo o la predisposición a la infidelidad, además de ser el descubridor del gen que supuestamente explica la calvicie, se retracta en su último libro de divulgación Post Darwin: no estamos predestinados por nuestros genes, y concluye que los estudios de los gemelos llevan a inferir que las diferencias parecen más importantes que las coincidencias y que los genes no parecen tener la importancia que les atribuyen.


Marcus Pembry, genetista británico, descubrió que los síndromes de Anglemans y de Prader-Willi, dos alteraciones distintas, eran causadas por un mismo defecto genético, una degeneración de un fragmento del cromosoma 15. Lo curioso del caso es que sí ese fragmento es heredado del padre provoca el síndrome de Prader-Willi, mientras que si es heredado de la madre da lugar al síndrome de Anglemans. Con lo que quedó en evidencia que una determinada estructura genética no es, por lo menos, suficiente para explicar ciertas características individuales. El trabajo de Pembrey, en compañía de Olov Bygren, en la localidad sueca de Övercalix, acerca de la influencia del ambiente en la estructura genética deja sentado que los mecanismos de la herencia son más complejos de lo pensado hasta ahora, pues en su investigación pudieron comprobar que sin que se altere la secuencia del ADN, los efectos cambian según los genes se hereden "encendidos" o "apagados". Su activación o silenciamiento es lo que denominan epigenética, siendo los factores de tal activación o silenciamiento mecanismos aún desconocidos para la ciencia. Así que, además de una herencia genética, debe contarse con una herencia epigenética.


Que existen características heredadas nadie lo discute, por lo que afirmar que los anti-deterministas son defensores de la tabula rasa, no es más que una forma de adjetivar a quienes se muestran críticos con la defensa de la predeterminación del comportamiento. El determinismo comportamental tuvo en el siglo XIX un importante antecedente en la frenología, aunque por las limitaciones de la época restringió las causas explicativas a la forma del cráneo y a ciertas facciones como los factores que denunciaban al criminal innato, o al incompetente, en un esfuerzo racista de justificación de la superioridad de la "raza blanca" y de la "cultura occidental". Cambiar esas causas por las de la estructura genética no altera el efecto ni los fines de los reduccionistas.


El renacimiento de la sociobiología, la emergencia de un institucionalismo biologista y la reducción de los fenómenos sociológicos a un campo de la etología, no parecen hechos aislados ni independientes de la crisis civilizatoria que vivimos. El problema no es de la genética, como disciplina científica, claro está, que casos como loss de Tim Spector muestran el poder de la autocrítica, y en el del bioestadístico Peter Kraft, que ha probado las debilidades de los estudios de asociaciones genéticas como causa de predisposición a ciertas características, la crítica multidisciplinaria propia de la ciencia moderna. El problema reside en el uso de ciertos resultados por divulgadores o cultores de otras disciplinas que, como en el caso de la sicología evolucionista, pretenden probar que nos encontramos en el mejor de los mundos posibles, y que buscar alterar el curso de los acontecimientos humanos es antinatural.


Ciencia, anti-ciencia y política


La defensa de la ciencia, como método del conocer, a veces es confundida con la defensa de la institucionalidad científica, y no son la misma cosa. La institucionalidad científica no es neutra y está cruzada por los intereses de los diferentes grupos sociales tanto como cualquier otra organización. Las falsificaciones, los engaños y el ocultamiento no son cosas excepcionales, como sucede a menudo en la experimentación en los laboratorios farmacéuticos. Los casos más recientes en las pruebas de sustancias para la anestesia han sido particularmente escandalosos: Scott Reuben, especialista en tratamiento del dolor agudo, y patrocinado por la Pfizer, Joachim Boldt, y también Yoshitaka Fujii, todos de la misma especialidad, fueron descubiertos en la falsificación de resultados y su publicación en las revistas más reputadas del área correspondiente.


La reacción, ante estos casos en particular, y en general ante las deficiencias de la farmacología y los límites de la medicina convencional, para remitirnos tan sólo a un campo específico de la institucionalidad científica, es tildar a los críticos de favorecedores de la charlatanería. Quizá por eso el válido y altruista objetivo de luchar contra las engañifas ha estado derivando en un movimiento fundamentalista que frente a cualquier interrogante sobre las explicaciones convencionales acerca de la compleja realidad, responde con excesos verbales y propuestas que dejan dudas sobre el espíritu que los anima. El biólogo Richard Dawkins, por ejemplo, divide a los científicos en "Chamberlainitas" –que piensan como Neville Chamberlain, quien al principio de la Segunda guerra Mundial consideró posible negociar con Hitler para evitar la guerra– y churchilianos –por Winston Churchil, primer ministro inglés que declaró la guerra a la Alemania hitleriana– y califica entre los primeros a Stephen Jay Gould, quien consideraba que la fe y el conocimiento son esferas separadas y que el desarrollo de la ciencia no tiene por qué depender de si existen creyentes o no. Dawkins, por lo contrario, considera que los científicos tienen que ser militantes contra cualquier tipo de fe y que viene una batalla definitiva entre sobrenaturalistas y racionalistas.


Ahora bien, ¿es creíble que el edificio de la ciencia está amenazado por las supersticiones? ¿Es perceptible en las universidades que gana espacio la anti-ciencia? Es muy difícil creer que la matemática, la física o la química estén realmente amenazadas por el esoterismo. Entonces, ¿de dónde surge tanto celo racionalista? Dawkins, en una entrevista para el diario El País de España (22-9-2014), dice: "No puedo evitar preguntarme si una dieta de cuentos de hadas repletos de encantamientos y milagros, hombres invisibles incluidos, es dañina desde un punto de vista educativo"; de donde surge inmediatamente la pregunta, ¿eso no debería llevar, entonces, a la prohibición no sólo de la literatura de los hermanos Grimm, sino también la de Herbert Wells (por su "El hombre invisible" y "La máquina del tiempo") y de producción artística como los dibujos animados y la ciencia ficción, o el realismo mágico?

En el libro de Carl Sagan El mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad, escrito contra la charlatanería y en defensa de la ciencia, Sagan señala que en el mundo actual el analfabetismo científico es más nocivo que en el pasado y que "Es peligroso y temerario que el ciudadano medio mantenga su ignorancia sobre el calentamiento global, la reducción del ozono, la contaminación del aire, los residuos tóxicos y radiactivos, la lluvia ácida, la erosión del suelo, la deforestación tropical, el crecimiento exponencial de la población", pero, ¿acaso no es la misma institucionalidad científica, la que durante mucho tiempo ha velado esos problemas? ¿Los cultores de la sicología evolucionista no los sesgan cuando afirman que la humanidad nunca estuvo más segura y mejor que ahora?


En el libro citado de Sagan, éste utiliza como epígrafe una frase de Einstein que nos señala con justeza que nuestro saber cómo especie debe lo más significativo a la disciplina científica, pero que pese a sus avances ese saber es aún incipiente frente a la complejidad de la naturaleza: "Toda nuestra ciencia, comparada con la realidad, es primitiva e infantil [...] y sin embargo es lo más preciado que tenemos". Rechacemos, entonces, las pseudociencias, pero también los mecanicismos elementales que nos quieren regresar al determinismo de los siglos XVIII y XIX, y que pretenden hacernos creer que ya tenemos en nuestras manos los secretos del divino y lo humano.


Steve Pinker cuando es preguntado en Cartagena, en el marco del Hay festival, por la posición del biólogo Richard Lewontin contra el reduccionismo genético responde que: "Su rechazo a la sicología evolutiva [el de Lewontin] es apenas comprensible, viniendo de alguien formado en el seno de la ideología marxista, pues el marxismo es posible mientras no exista nada semejante a una naturaleza humana [...]", (El Espectador, 10-02-2015), descalificando la posición del científico norteamericano por su defensa de la relación bidireccional organismo-medio y por una supuesta negación del marxismo de algo semejante a "una naturaleza humana", que quizá debe entenderse como negación de la materialidad física de los seres pensantes, algo totalmente alejado del marxismo, salvo que a tal materialidad se quieran reducir la totalidad de los fenómenos humanos.


Parece claro que en el reclamo de los reduccionistas genéticos por una militancia a ultranza de los científicos en una sedicente campaña contra la anti-ciencia, se esconde el llamamiento a colocar el conocimiento como instrumento del statu quo, y si bien Craig Stephen Hicks, cuando sacrificó a los cuatro jóvenes musulmanes, seguramente no se inspiró en Wade, Pinker, Wilson o Dawkins, es bueno llamar la atención sobre la beligerancia de una nueva cruzada que parece tener como telón de fondo la defensa, a cualquier precio, de los "principios de la Ilustración".

Información adicional

  • Autor:Álvaro Sanabria Duque
  • País:Colombia
  • Región:Suramérica
  • Fuente:desdeabajo
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