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Lunes, 20 Julio 2015 06:20

Sobre fronteras, resquicios y pliegues

Escrito por Carlos Eduardo Maldonado
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Sobre fronteras, resquicios y pliegues

El gran reservorio de la vida en el planeta se encuentra en aquellas formas de vida, de acción y de adaptación que no son inmediatamente visibles y evidentes.


La innovación se lleva a cabo generalmente en las fronteras. Y cuando se habla de educación de calidad y de investigación de punta, se dice entonces que se busca mover o ampliar las fronteras del conocimiento; o que se lo ha logrado.


En inglés la expresión es más precisa y hermosa que en español. Push back the frontiers of knowledge puede traducirse, al mejor estilo chicano, como "empujar de pa' atrás las fronteras del conocimiento". Con lo cual se expresa de qué se trata esto: ampliar los grados de libertad, ampliar el perímetro de pensamiento y de acción.


Los cambios, las innovaciones, las sorpresas proceden generalmente, en la naturaleza como en la historia, por vía de las comisuras, los pliegues, los resquicios. Usualmente, toda gran innovación en ciencia, en tecnología o en filosofía, por ejemplo, procede de sectores frescos, antes desconocidos, inesperados.


El gran resorte de la vida en el planeta, que son las bacterias, por ejemplo, anidan en los intersticios, y encuentran en las esquinas y bordes las mejores condiciones de existencia, a partir de las cuales, cuando sea el momento propicio, se lanzan hacia los valles y las montañas. Literalmente. Al fin y al cabo, las bacterias no atacan a los organismos. Por el contrario, los invaden y trabajan desde adentro.


En los grupos sociales, en las políticas alternativas, en el sentido más amplio de la palabra, no sucede algo distinto. Se resguardan en los trasfondos y esperan, mientras se fortalecen, para acceder a espacios amplios y abiertos. Si un organismo, un grupo o una idea innovadora, por ejemplo, se lanza de una vez a campo abierto, puede perder las oportunidades y acabar siendo destrozada o eliminada.


La resiliencia de la vida en el planeta no se encuentra propiamente en aquellas especies que pastean tranquilamente en valles y llanuras. En condiciones extremas, de riesgo o peligro, esas son las primeras en desaparecer. El gran reservorio de la vida en el planeta se encuentra en aquellas formas de vida, de acción y de adaptación que no son inmediatamente visibles y evidentes.


El mundo de la obviedad, de lo que va de suyo, de lo abiertamente público y manifiesto se asimila evolutiva y epistemológicamente al sentido común y la banalidad. En el mundo de la cultura, lo banal es grotesco por manifiesto y chabacano, mientras que la elegancia se asimila a lo sutil y a la no ostentación, a la finura y al disimulo.


En los resquicios y pliegues se encuban posibilidades y oportunidades. Higiénicamente, de enfermedad y patologías, pues es en esos rincones en donde los microorganismos de toda índole hallan las más idóneas condiciones de vida: parásitos, bacterias, virus, por ejemplo. Pero, evolutivamente, la vida se encona en los claroscuros, aprovecha la luz, pero juega con las sombras, y espera, mientras actúa adaptativamente.


Existe una teoría que hace de los pliegues y repliegues un motivo propio de estudio y de trabajo: la teoría de catástrofes. Desarrollada originariamente por R. Thom, la teoría de catástrofes es de origen matemático e identifica siete catástrofes, que son, literalmente, pliegues, ausencia de valles y linealidades, caídas súbitas y demás. Las catástrofes elementales fueron identificadas por Thom como pliegues o flexiones, cúspide, cola de milano, mariposa y tres tipos de ombligo: hiperbólico, elíptico y parabólico.


Así, debemos poder aprender más allá de la obviedad y lo evidente: un sano ejercicio de escepticismo, una duda razonable, un sano ejercicio de sospecha. Sospecha de lo público, lo abierto, lo común y universal, por ejemplo. En este sentido, los elementos que aporta la teoría de catástrofes resultan sugerentes: considerar discontinuidades, atender a las divergencias, en fin, la importancia de la(s) histéresis; esto es, que un fenómeno determinado no pueda volver a su condición inicial.


Lo mejor de la filosofía y la ciencia está alimentado no de doctrinas, escuelas y autores, no de tradiciones y afiliaciones, sino de radicales ejercicios de independencia, crítica y skepsis (duda). Al fin y al cabo, no son las doctrinas las que permiten y garantizan el cambio de la humanidad, sino, perpetúan estados de cosas sidos. El cambio tiene lugar gracias a la sospecha, la independencia, el criterio propio y una cierta capacidad de adaptación permanente teniendo como atractor extraño justamente a los pliegues y resquicios.


Las plantas, el fundamento verdadero de la vida en el planeta, por ejemplo, aprovechan la luz, pero se concentran en las sombras y las oscuridades. Hunden sus raíces en la tierra, se mueven, se comunican y reproducen, pero lanzan al aire las formas mediante las cuales ellas mismas pueden hacerse posible y con ello hacer posible a la trama entera de la vida: las ramas, hojas, flores y frutos.


Es sólo cuando es absolutamente necesario, o bien, cuando se presenta una oportunidad que tiene una clara ventaja selectiva, que un organismo y una especie se lanzan a terreno abierto y al descubierto. Conquistan espacios vacíos y se apropian y transforman las geografías a las cuales se adaptan.


Decía Mandelbrot, el padre de los fractales, que la naturaleza misma es imperfecta, esto es, literalmente, fractal. No se funda, en absoluto, en sólidos perfectos, en geometría euclidiana. Un triángulo no es una montaña y una elipsis no es una nube, decía. Los fractales constituyen un ejemplo maravilloso de naturalización del conocimiento. Lo mismo cabe decir de la teoría de catástrofes.


El tránsito de intersticios y pliegues a valles y montañas es un proceso de aprendizaje tanto como de oportunidad. En ambos se combinan la necesidad y el azar, y ambos tejen las facilidades y las dificultades de la vida. En todos los niveles y escalas. Con una salvedad: si se ha ganado o conquistado ya un valle, una meseta o un pico de una colina o montaña, nunca hay que dejar del todo abandonado un refugio entre los resquicios, los rincones y los bordes. En muchas ocasiones de allí venimos. O allí podemos encontrar un refugio pasajero o permanente, si llega a ser necesario.


Ahora bien, por definición no vemos los pliegues, resquicios, bordes y pliegues, pues estamos habituados a las transparencias y las obviedades. Y en muchas ocasiones, para verlos, debemos construirlos; o cambiar, por completo, la mirada.

Información adicional

  • Autor:Carlos Eduardo Maldonado
  • País:Colombia
  • Región:Suramérica
  • Fuente:Palmiguía
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