Jueves, 10 Diciembre 2015 11:44

El doble carácter de la naturalización del conocimiento

Escrito por Carlos Eduardo Maldonado
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El doble carácter de la naturalización del conocimiento

La naturalización del conocimiento significa, literalmente, un proceso de acercamiento a la naturaleza y de estudio y comprensión de cómo los sistemas naturales piensan y viven.

La tendencia a la naturalización del conocimiento en general, y de la epistemología en particular, comporta un dúplice carácter apasionante desde cualquier punto de vista. De una parte, se trata del esfuerzo de aproximación entre la filosofía y la ciencia, y la idea, por tanto, que las teorías filosóficas son compatibles con la ciencia. Al mismo tiempo, de otra parte, implica una auténtica revolución al interior de la filosofía y la epistemología, cuyas consecuencias son de gran alcance y de inmensa envergadura.


En efecto, hubo una época en la que filósofos primero, teólogos luego y finalmente psicólogos sostuvieron: i) que sólo los seres humanos pensaban y eran susceptibles de conocimiento; ii) que, consiguientemente, el tema del conocimiento se fundaba o explicaba en términos de ideas, conceptos, juicios, argumentos, todos los cuales conducían, o bien emanaban de la razón, el entendimiento, la conciencia, el alma, o cualquier otro nombre próximo y parecido. Ideas todas ellas chistosas, a decir verdad.


De un tiempo para acá, distintos científicos y filósofos han comenzado a formular preguntas perfectamente anodinas, si se las mira con los ojos del pasado. Así, por ejemplo, H. Maturana y F. Varela se preguntan: ¿Cómo es pensar como un río? (El árbol del conocimiento). Desde la filosofía de la mente, Th. Nagel se cuestiona: ¿Cómo es ser un murciélago? (What is like to be a bat?). Por su parte, desde la antropología, E. Kohn se interroga, y responde: ¿Cómo piensan las selvas? (How forests think?). También desde la antropología M. Douglas se preguntaba: ¿Cómo piensan las instituciones? (How institutions think?). Por su parte, desde la botánica, S. Mancuso pone recientemente al descubierto que existe una neurobiología de las plantas, mientras que D. Chamovitz se ocupa de lo que conoce una planta (What a plant knows). A todas luces, el tema es apasionante, vital y en desarrollo, y desafiante para los ojos de la tradición. Los ejemplos y los casos pueden multiplicarse casi a voluntad, supuesto que nos situamos en la punta o en las fronteras del conocimiento.


La idea del conocimiento en general ha dejado un asunto clara y distintamente humano y, por el contrario, se ha ampliado magníficamente a otros escenarios, planos, contextos y dimensiones. La conclusión no deja de ser menos brutal: no es evidente que los seres humanos piensen y, por tanto, conozcan y actúen de la mejor forma en la naturaleza. Desde múltiples puntos de vista, ha resultado revelador que numerosas otras especies, formas de vida y sistemas piensan y, por tanto, viven mejor que los propios seres humanos.


Como resultado de la cultura, los seres humanos han pensado siempre en términos lineales, secuenciales, jerárquicos, de maximización y optimización. Computacionalmente dicho, esto significa que los seres humanos han pensado en términos centralizados y verticales. Exactamente como una CPU, esto es, como una unidad central de procesamiento.


En contraste, gracias a numerosas investigaciones en otros planos hemos hecho el reconocimiento explícito de que la naturaleza no procesa, en absoluto, en términos rígidos, centralizados y verticales, sino, por el contrario, en paralelo, de forma distribuida, en modos multinivel y de forma no‒local (esto es, notablemente, en acuerdo con la física cuántica).


Pues bien, la naturalización del conocimiento significa, literalmente, un proceso de acercamiento a la naturaleza y de estudio y comprensión de cómo los sistemas naturales piensan y viven. Dicho en términos francos y directos, lo mejor de la ciencia actual se está acercando a la antropología y a la etnobiología, a la etnoecología y a los saberes locales y tradicionales y descubriendo fenómenos, comportamientos y sistemas que ya eran conocidos por culturas ancestrales, por indígenas, negros raizales y poblaciones campesinas. Que, según parece, es donde yacen los mejores cimientos del conocimiento ―humano y no‒humano.


La historia de la naturalización del conocimiento posee una larga historia llena de colinas, valles, montañas y abismos. Nombres como Quine, Kripke o Fodor constituyen algunos conspicuos antecedentes, y lo cierto es que se trata de un encuentro o un cruce entre tradiciones disciplinarias disímiles en un esfuerzo por comprender la naturaleza y la realidad de forma diferente a lo que la tradición metafísica enseña(ba).


Desde los mamíferos, en escala descendiente, hasta los cordados y los mandibulados, hasta las plantas y las bacterias, la ciencia en general nos ha permitido comprender que hay otras formas de vida que piensan, saben y conocen al mismo tiempo más, mejor y diferente que los seres humanos. Un descubrimiento a todas luces sorprendente y aleccionador.


Dicho de forma directa, la naturalización del conocimiento consiste exactamente en la desantropomorfización del conocimiento mismo. No en vano, por ejemplo, a raíz de la negociaciones de París COP21 y la crisis medioambiental en el planeta, ha llegado a ser cada vez más generalizada la idea de que esta crisis producirá sus primeros y más grandes impactos sobre la forma de vida misma de los seres humanos; con el costo secundario de numerosas otras especies en vías de desaparición.


En este mismo sentido, un periodista científico ha hecho el experimento mental de comprender al mundo sin los seres humanos con una conclusión molesta: la naturaleza se recuperaría en muy poco tiempo de la desaparición de los seres humanos de la faz del planeta (A. Weisman, El mundo sin nosotros). Según parece, desde varios puntos de vista no somos el epítome de la evolución, tan sólo un momento, triunfante hasta la fecha, pero jamás ontológica o evolutivamente necesario.


En la tradición científica y filosófica el naturalismo epistemológico es una línea de trabajo muy reciente y cuya historia no abarca, a la fecha, más de 50‒60 años; a lo sumo. Alternativo o marginal aún en la corriente principal de pensamiento (mainstream science), el doble carácter de esta naturalización interpela a un entendimiento abierto y a una sensibilidad desprevenida. Pero como dice el viejo adagio: para quien quiera ver y para quien quiera escuchar. Pensar como la naturaleza y vivir como ella: una idea difícil de aceptar en los tiempos del neoliberalismo. Digámoslo en una palabra: el mérito de esta reciente tradición de 50 años aproximadamente consiste en el reconocimiento explícito de que mientras que los sistemas humanos, todos, piensan en presente y en futuros inmediatos, pensar la naturaleza comporta pensar en escalas amplias. Al fin y al cabo, en geología, por ejemplo, la unidad mínima de tiempo es el millón de años.

Información adicional

  • Autor:Carlos Eduardo Maldonado
  • Fuente:Palmiguía
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