Martes, 15 Diciembre 2015 06:43

La Drosophila melanogaster

Escrito por Carlos Eduardo Maldonado
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La Drosophila melanogaster

Pensar la naturaleza comporta vivir en escalas inter y transgeneracionales. Bastante más y bastante diferente del presente. En un tiempo y una cultura que hace de la eficiencia y la eficacia, y con ellas de la productividad y el crecimiento, el mantra de su existencia.



La humanidad y la ciencia tienen una enorme deuda con la Drosophila melanogaster, comúnmente conocida como la mosca de la fruta, o también, la mosca del vinagre. Su corta vida, su rápida reproducción y los parecidos genéticos con los seres humanos la hacen propicia para comprender varias cosas: la evolución, la genética, las mutaciones y varias enfermedades.
En efecto, la secuenciación completa del genoma fue posible primero en 1998 y de manera definitiva en el año 2000, y permitió arrojar grandiosas luces sobre el mapa del genoma, conjuntamente con la Escherichia coli (bacteria intestinal), Saccharomyces cerevisiae (levadgenéticaura), Arabidopsis thaliana (planta), Caenorhabditis elegans (gusano), Mus musculus (el ratón casero), y el Sus scrofa (el cerdo salvaje).


El ciclo de vida de la Drosophila melanogaster dura aproximadamente dos semanas en temperaturas promedio de 22 oC. Gracias a que se pueden cultivar fácilmente en laboratorio, su ciclo de generación es breve, y tienen una muy alta productividad (las hembras pueden poner hasta 500 huevos en diez días). Las larvas maduras poseen grandes cromosomas en sus glándulas salivares, tan sólo poseen 4 pares de cromosomas (3 autosómicos y 1 sexual), y los machos no llevan a cabo ninguna recombinación, lo cual facilita sus estudios genéticos. En fin, las hembras ya pueden acoplarse a los machos entre las 8 y las 12 horas después de haber nacido. Cerca del 61% de las enfermedades mas comunes de los seres humanos poseen rasgos que genéticamente se emparentan con los genes de la mosca de la fruta y alrededor del 50% de las proteínas de esta mosca tienen rasgos análogos entre los mamíferos.


Hay que decir, por lo demás, que la longevidad de los seres humanos constituye, como un logro de la cultura, combinado con la propia evolución natural, una ventaja manifiesta —y, por consiguiente, una responsabilidad moral con respecto al espectro de la vida en el planeta—. En efecto, las proporciones entre el tamaño del cuerpo, el de su cabeza, los ritmos cardíacos y las expectativas de vida hacen del ser humano una de las especies más longevas sobre el planeta. Pero si ello es así, la carga de la demostración recae entonces sobre la cultura y la educación.


Existen diversas especies de vida corta, pero los ciclos de vida de la mosca de la fruta han sido propicios para comprender numerosos fenómenos de los procesos vitales, entre ellos la sexualidad, la reproducción, la genética e incluso la metabolómica.
La verdad es que la naturaleza se articula en un tejido amplio de numerosos tiempos vitales, muchos disyuntos de los de los seres humano y el tiempo humano es tan sólo uno referente adicional en la complejidad misma de la vida. Al fin y al cabo, tomando como base los ritmos circadianos, los tiempos de la naturaleza son al mismo tiempo de ciclos breves, medianos y largos, con muchos niveles intermedios; pero vista como un todo, la naturaleza existe con una escala temporal de largo alcance y de un muy grande calibre.


Ser contemporáneos —esto es, seres del siglo XXI—, comporta definir la existencia a partir de un dilema central: las relaciones entre genética y cultura, análogamente a como ser medievales significaba existir en el seno del dilema entre el pecado y la salvación. Pues bien, es posible parafrasear la primera idea diciendo que todo el dilema parece resolverse, hoy por hoy, en las relaciones entre los tiempos de la naturaleza y los tiempos de la cultura, o de la civilización, para el caso da igual.


"Vive rápido y muere joven", ha sido siempre una idea que hace que la existencia se hunda en el presente y descuente el futuro, y con él los sueños, los proyectos, las esperanzas y las ilusiones; incluso, hay que decirlo, las responsabilidades. Ese dictum nunca ha sido mejor acogido que en el mundo contemporáneo, cuando Europa, la más desarrollada de todas las civilizaciones, materialmente hablando, enfrenta desde hace muchos años tasas de natalidad por debajo de cero, y en los Estados Unidos las tasas de natalidad mantienen niveles de optimismo debido principalmente a la fuerza de los latinos, y cada vez menos, también de la población afrodescendiente.


En contraste, numerosas civilizaciones antiguas y hoy en día también numerosos pueblos mal llamados "primitivos o atrasados", definen su vida en función de los ritmos de la naturaleza y de los tiempos y ciclos naturales. Con ello, aprenden a pensar a largo plazo y a actuar también con una ventana inmensamente más amplia que la predominante en la civilización occidental.


Hagamos un pequeño experimento mental. Suponiendo que hablamos la lengua de la Drosophila melanogaster, si le planteamos: ¿Cómo piensas que podrías vivir en, digamos, 100 o 120 años? O bien, ¿no podrías actuar de otra forma, supuestas tus dos semanas de vida, de manera que avizores lo que pueda acontecer en 200 años? Con seguridad la mosca de la fruta nos miraría como si fuéramos locos.


Pues bien, pensar la naturaleza comporta vivir en escalas inter y transgeneracionales. Bastante más y bastante diferente del presente. En un tiempo y una cultura que hace de la eficiencia y la eficacia, y con ellas de la productividad y el crecimiento, el mantra de su existencia.


Si le planteamos a un tomador de decisiones (horribile dictum) —por ejemplo, un militar, un CEO, un político o un banquero— que piense en lo que puede acontecer en 500 años o en mil o dos mil años, sin duda, nos mirará igual que la Drosophila melanogaster: no entenderá nuestras palabras y nos considerará como locos. Se comportan como insectos que creen que todo el tiempo que existe es el suyo propio; y nada más.


Lo cierto es que el tejido de retos, desafíos y problemas de la crisis sistémicas y sistemáticas actuales exigen, absolutamente, otra estructura mental (mindset) perfectamente distinta a la habida hasta la fecha. Pero para un ser cuyas expectativas de vida son inmediatistas y efectistas, pensar en tiempos naturales es cosa de dementes. Según parece, impera la locura: esa, la malsana y patológica. "Disfruta el momento y vive el presente mientras dura": esa parece ser la lógica de la mosca de la fruta. Con una salvedad: en su caso la biología impera, mientras que, supuestamente, en el caso de los tomadores de decisiones pareciera ser importante la educación, la cultura, la filosofía y la ciencia. Palabras.


Cuando una especie no entiende a la naturaleza, esta lo comprende, le da su tiempo de espera, y si es necesario, pasa por encima suyo. Al fin y al cabo, la evolución es una idea que simple y llanamente significa el cambio de la vida. Y sí: a mediano y largo plazo las cosas cambian. La marca de calidad de la naturaleza es esa: el cambio y las variaciones. Pero la Drosophila melanogaster no parece/puede verlo de esta manera.

Información adicional

  • Autor:Carlos Eduardo Maldonado
  • Fuente:Palmiguía
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