Miércoles, 22 Marzo 2017 07:35

¿Nos vigilan a través de los televisores? Ese no es el problema

Escrito por MANUEL ALCÁNTARA PLÁ
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Dos cámaras vigilando a un grupo de personas  Dos cámaras vigilando a un grupo de personas GERALT

 

Vivir tranquilos en una sociedad en la que todas nuestras preferencias y creencias son accesibles y computables es una muestra inverosímil de amnesia. La privacidad ha perdido su sentido y ya no nos acordamos de lo importante que ha sido en la Historia

 

La última revelación de Wikileaks no habla solo de cómo los distintos países se espían entre sí ni de los métodos utilizados en los campos de batalla del siglo XXI. La organización de Julian Assange nos ha ofrecido este mes pruebas de hasta dónde puede vigilar la CIA a cualquiera.

La vigilancia más inverosímil es posible gracias a nuestros acompañantes aparentemente más inofensivos, los electrodomésticos. Su alta complejidad tecnológica incluye la capacidad de conectarse a Internet e intercambiar información. Hasta hace poco era un poder exclusivo de los ordenadores, pero ahora estos se han visto superados por los teléfonos e igualados por el resto de aparatos domésticos, desde los juguetes hasta los televisores. De estos últimos y de algunas de las marcas más vendidas, como Samsung, se habla explícitamente en los informes de Wikileaks. Los televisores de ahora no solo pueden mostrar imágenes y sonidos con extremada brillantez, sino también registrarlos y retransmitirlos. Son bidireccionales como las pantallas de 1984 de Orwell.

Las películas de espionaje del futuro no tendrán la escena más emocionante de los clásicos del género. Ya no tiene sentido el esfuerzo de observar cada movimiento de la persona espiada para poder entrar en su domicilio cuando esté ausente. No habrá contrarreloj para colocar micrófonos en los lugares con mejor acústica. Tampoco será verosímil que haya problemas después con la conexión o el riesgo de que el micrófono más estratégico se quede sin batería en el peor momento. En los tiempos que corren, la dificultad viene del exceso de información, no de la falta de un dato.

La noticia es todo menos sorprendente desde el punto de vista tecnológico. Sabemos que los electrodomésticos están conectados y es fácil suponer que no solo reciben información, sino que también la envían. Sabemos que incluyen sensores de todo tipo que “mejoran nuestra experiencia” con ellos. Por no salirnos del ejemplo de los televisores, es muy práctica su habilidad para adaptar el brillo y el volumen a las circunstancias ambientales. Si apagamos la lámpara del salón, reducen su emisión de luz para no molestarnos a la vista. No es magia. Están analizando constantemente el contexto en el que están situados.

El caso de la reducción de brillo es ilustrativo, pero engañoso. Se trata del pico del iceberg, no solo porque sea una parte pequeña de todo lo que procesan nuestras máquinas, sino porque es lo único que es perceptible por nuestros sentidos. El resto ocurre en silencio, a un ritmo diferente e inconexo con la acción de la superficie. Nuestros electrodomésticos viven una doble vida teledirigidos desde centros de datos de los que no sabemos nada: ni cómo son, ni dónde están, ni a quién pertenecen.

Tampoco es justo dar la impresión de que este peculiar espionaje tiene lugar a nuestras espaldas. Más bien todo lo contrario. Nos espían a la luz del día. Las capacidades de conexión y de intercambio de datos aparecen con tipografías destacadas en los envoltorios de los aparatos eléctricos. Al fin y al cabo es lo que permite que sean tan sofisticados y modernos. La recogida de datos es la base del aprendizaje automático y este es a su vez la condición para que nos parezcan inteligentes porque se aclimatan a las circunstancias y muy especialmente a la más determinante de todas ellas: nosotros.

Los electrodomésticos estudian nuestra vida privada. La potencialidad dañina de esta circunstancia surge al tener en cuenta dos avances tecnológicos y un cambio en nuestra percepción. Los primeros son la capacidad de almacenar cantidades ingentes de datos y la de darle significado a tanta información. Las empresas conservarán pronto un historial completo de la vida de sus clientes, con datos desde cuando eran bebés. Toda esa información cobra sentido cuando se obvia una capa superficial de originalidad que recubre nuestras vidas. Lo que hacemos, y el modo y el orden en el que lo hacemos, es reproducido por miles de personas en el planeta. La gente que se levanta a la misma hora que tú, que compra las mismas marcas de café y zumo para su desayuno y que elige los mismos programas de televisión para desayunar (o las mismas webs) suma muchas otras coincidencias en su comportamiento. Si una campaña publicitaria funciona con algunos de ellos, es un dato valioso sobre cómo actuar sobre todos los demás. Alguien, sin acceso a este texto, podría sentirse ajeno por vivir en un lugar sin Internet ni electrodomésticos, pero es un error de cálculo. El perfil de nuestros patrones también delimita a sus complementarios.

Es un experimento a gran escala en el que nos ha tocado el papel de los conejillos de Indias. No se trata de un reparto equitativo: nadie escapa de la vigilancia y del control, pero son pocos quienes pueden ojear por la mirilla de lo registrado.

En cuanto al cambio de percepción, el problema verdadero detrás de los televisores espías no reside en sus innovaciones, sino en la nueva forma en la que entendemos el mundo. De este cambio tenemos pruebas que no requieren de Wikileaks ya que hasta nuestra propia lengua nos delata. Cuando llamamos “amigos” a los desconocidos y “biografía” a la retransmisión a través de fotos y vídeos de nuestras experiencias, evidenciamos una reinterpretación de la privacidad que sería difícil de explicar a nuestros antepasados más recientes. Algo ha ocurrido cuando nos parece que el verbo “acosar” es inapropiado para denominar la acción de entrar obsesivamente en la privacidad de alguien a través de Internet, y por eso adoptamos un neologismo como “estalkear”, mucho más neutro en español desde un punto de vista ético. También cuando creamos una palabra como “sexting” para el intercambio de imágenes de nuestros desnudos, sospechosamente parecida a “texting”, que es la utilizada para el envío cotidiano de mensajes de texto. Lo público y lo privado se confunden también en el vocabulario.

La consecuencia es que revelaciones como la de Wikileaks no nos alarman. Todavía nos sorprendemos de lo que son capaces los electrodomésticos, y eso es suficiente para darle valor de noticia, pero no nos sentimos violados por la intromisión en nuestros hogares ni percibimos siquiera una gran amenaza. Traducido al lenguaje de nuestros días, el valor en Bolsa de esas compañías no ha sentido la noticia.

La privacidad ha perdido su sentido y ya no nos acordamos de lo importante que ha sido en la Historia reciente. Vivir tranquilos en una sociedad en la que todas nuestras preferencias y creencias son accesibles y computables es una muestra inverosímil de amnesia. Volvamos a escuchar a quienes vieron cómo les arrebataban su privacidad en el pasado. Nos lo han contado quienes nos han precedido y nos lo advierten quienes sufren ya sus consecuencias, como el propio Julian Assange. Volvamos a llamar a las cosas por su nombre y despertemos nuestra memoria. Quienes están al otro lado de la Red no son siempre nuestros “amigos”; los datos de nuestra vida no se guardan en inofensivas “nubes” de algodón; y los electrodomésticos a menudo no se adaptan a nuestros gustos, sino que nos espían.

 

Manuel Alcántara Plá. Lingüista. Profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de Palabras invasoras. El español de las nuevas tecnologías.

 

 

Información adicional

  • Antetítulo:TRIBUNA
  • Autor:MANUEL ALCÁNTARA PLÁ
  • Región:Internacional
  • Fuente:Público
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