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Viernes, 14 Septiembre 2018 09:50

Liberales contra populistas, una oposición engañosa

Escrito por Serge Halimi y Pierre Rimbert
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Rosenell Baud, detalle (Cortesía de la autora)Rosenell Baud, detalle (Cortesía de la autora)

Budapest, 23 de mayo de 2018. De saco oscuro un poco amplio y camisa violeta abierta sobre una remera, Stephen Bannon se planta frente a una asistencia de intelectuales y notables húngaros. “La mecha que disparó la revolución Trump fue encendida el 15 de septiembre de 2008 a las 9 de la mañana, cuando Lehman Brothers fue obligada a quebrar.” El ex estratega de la Casa Blanca no lo ignora: aquí, la crisis fue particularmente violenta. “Las elites se rescataron a sí mismas. Socializaron por completo el riesgo –continúa este ex vicepresidente del banco Goldman Sachs, cuyas actividades políticas son financiadas por fondos especulativos–. Pero el hombre de la calle, ¿fue rescatado?” Este “socialismo para los ricos” habría provocado en varios puntos del globo una “verdadera revuelta populista. En 2010, Viktor Orbán volvió al poder en Hungría”; fue un “Trump antes de Trump”.


Una década después de la tempestad financiera, el derrumbe económico mundial y la crisis de la deuda pública en Europa desaparecieron de las terminales Bloomberg donde centellean las curvas vitales del capitalismo. Pero su onda de choque amplificó dos grandes desajustes.


En primer lugar, el del orden internacional liberal de la pos Guerra Fría, centrado en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan), las instituciones financieras occidentales, la liberalización del comercio. Si bien, contrariamente a lo que prometía Mao Zedong, el viento del Este no prevalece todavía sobre el viento del Oeste, la recomposición geopolítica ha comenzado: cerca de treinta años después de la caída del Muro de Berlín, el capitalismo estatal chino extiende su influencia; apoyada en la prosperidad de una clase media en ascenso, la “economía socialista de mercado” une su porvenir a la globalización continua de los intercambios, que descompone la industria manufacturera de la mayoría de los países occidentales. Entre ellas, la de Estados Unidos, que el presidente Donald Trump prometió desde su primer discurso oficial salvar de la “carnicería”.


La sacudida de 2008 y sus réplicas también desestabilizaron el orden político que veía en la democracia de mercado la forma acabada de la historia.


La soberbia de una tecnocracia hipócrita, deslocalizada en Nueva York o en Bruselas, que impone medidas impopulares en nombre del saber y de la modernidad, abrió la vía a gobernantes estrenduosos y conservadores. De Washington a Varsovia, pasando por Budapest, Trump, Jarosław Kaczyński y Orbán reivindican tanto el capitalismo como Barack Obama, Angela Merkel, Justin Trudeau o Emmanuel Macron; pero un capitalismo asociado con otra cultura, “iliberal”, nacional y autoritaria, que exalta el país profundo más que los valores de las grandes metrópolis.


Esta fractura divide a las clases dirigentes. Es puesta en escena y amplificada por los medios de comunicación, que restringen el horizonte de las elecciones políticas posibles a esos dos hermanos enemigos. Ahora bien, los recién llegados apuntan igual que los otros a enriquecer a los ricos, pero explotando el sentimiento inspirado por el liberalismo y la socialdemocracia a una fracción a menudo mayoritaria de los sectores populares: un disgusto mezclado de rabia.


La venganza de la globalización


La respuesta a la crisis de 2008 expuso, sin dejar la posibilidad de mirar para otro lado, tres desmentidas a la letanía sobre el buen gobierno que los dirigentes de centroderecha y de centroizquierda recitaban desde la descomposición de la Unión Soviética. Ni la globalización, ni la democracia ni el liberalismo salen indemnes.


En primer lugar, la internacionalización de la economía no es buena para todos los países, y ni siquiera para una mayoría de los asalariados en Occidente. La elección de Trump propulsó a la Casa Blanca a un hombre desde hace largo tiempo convencido de que, lejos de ser provechosa para su país, la globalización había precipitado su decadencia y garantizado el despegue de sus competidores estratégicos. Con él, “America first” (“Estados Unidos primero”) prevaleció sobre el “todos ganamos” de los librecambistas. Así el 4 de agosto pasado, en Ohio, un estado industrial habitualmente disputado, pero que él ganó por más de ocho puntos por delante de Hillary Clinton, el presidente estadounidense recordaba el déficit comercial abismal (y creciente) de su país –¡817.000 millones de dólares por año!–, antes de ofrecer su explicación al respecto: “No estoy resentido con los chinos. ¡Pero ni siquiera ellos pueden creer que los hayamos dejado actuar hasta ese punto a nuestras expensas! Realmente reconstruimos China; ¡es tiempo de reconstruir nuestro país! Ohio perdió 200.000 empleos industriales desde que China [en 2000] se unió a la Organización Mundial del Comercio. ¡La OMC es un desastre total! Durante décadas nuestros políticos permitieron que los otros países robaran nuestros empleos, sustrajeran nuestra riqueza y saquearan nuestra economía”.


A comienzos del siglo pasado el proteccionismo propulsó el despegue industrial de Estados Unidos, como el de muchas otras naciones; las tasas aduaneras, por otra parte, financiaron durante mucho tiempo el poder público, ya que el impuesto sobre la renta no existía antes de la Primera Guerra Mundial. Citando a William McKinley, presidente republicano entre 1897 y 1901 (fue asesinado por un anarquista), Trump insiste: “Él había comprendido la importancia decisiva de las tarifas aduaneras para mantener la potencia de un país”. La Casa Blanca recurre ya a las mismas sin vacilar, y sin preocuparse por la OMC. Turquía, Rusia, Irán, Unión Europea, Canadá, China: cada semana aporta su lote de sanciones comerciales contra Estados, amigos o no, que Washington tomó por blancos. La invocación de la “seguridad nacional” permite que el presidente Trump se abstenga del aval del Congreso, donde los parlamentarios y los lobbies que financian sus campañas permanecen acoplados al libre cambio.


En Estados Unidos, China tiene más consenso, pero en su contra. No solamente por razones comerciales: Pekín también es percibido como el rival estratégico por excelencia. Más allá de que suscite desconfianza por su potencial económico, ocho veces superior al de Rusia, y por sus tentaciones expansionistas en Asia, su modelo político autoritario compite con el de Washington. Por otra parte, aun cuando sostiene que su teoría de 1989 sobre el triunfo irreversible y universal del capitalismo liberal sigue siendo válida, el politólogo estadounidense Francis Fukuyama le aporta un atenuante esencial: “China es de lejos el mayor desafío al relato del ‘fin de la historia’, puesto que se ha modernizado económicamente al tiempo que sigue siendo una dictadura. […] Si en el curso de los próximos años su crecimiento prosigue y conserva su lugar de mayor potencia económica del mundo, admitiré que mi tesis fue definitivamente refutada” (1). En el fondo, Trump y sus adversarios internos coinciden por lo menos en un punto: el primero considera que el orden internacional liberal le cuesta demasiado caro a Estados Unidos; los segundos, que los éxitos de China amenazan con dar al traste con él.
De la geopolítica a la política no hay más que un paso. La globalización provocó la destrucción de empleos y el derrumbe de los salarios occidentales: en Estados Unidos su participación en el Producto Interno Bruto (PIB) pasó del 64 por ciento al 58 por ciento sólo en los últimos 10 años, es decir, ¡una pérdida anual igual a 7.500 dólares por trabajador (2)!


Ahora bien, es precisamente en las regiones industriales devastadas por la competencia china donde los obreros estadounidenses más se volcaron a la derecha en estos últimos años. Por supuesto, se puede imputar ese giro electoral a una serie de factores “culturales” (sexismo, racismo, afición por las armas de fuego, hostilidad al aborto y al matrimonio homosexual, etc.). Pero entonces hay que cerrar los ojos a una explicación económica por lo menos igual de concluyente: mientras que el número de los condados donde más del 25 por ciento de los empleos dependían del sector industrial se derrumbó entre 1992 y 2016, pasando de 862 a 323, el equilibrio entre votos demócrata y republicano se metamorfoseó. Hace un cuarto de siglo se repartían casi por igual entre los dos grandes partidos (alrededor de 400 cada uno); en 2016, 306 eligieron a Trump y 17 a Hillary Clinton (3). Promovida por un presidente demócrata –precisamente William Clinton–, la adhesión de China a la OMC debía acelerar la transformación de ese país en una sociedad capitalista liberal. Por sobre todas las cosas, terminó alejando a los obreros estadounidenses de la globalización, del liberalismo y del voto demócrata…


Poco antes de la caída de Lehman Brothers, el entonces presidente de la Reserva Federal estadounidense Alan Greenspan explicaba, con tranquilidad: “Gracias a la globalización, las políticas públicas estadounidenses fueron en gran medida reemplazadas por las fuerzas globales de los mercados. Fuera de las cuestiones de seguridad nacional, la identidad del próximo presidente ya casi no importa” (4). Diez años más tarde, nadie repetiría semejante diagnóstico.


El circo democrático


En los países de Europa Central cuya expansión descansa aún en las exportaciones, el cuestionamiento de la globalización no recae en los intercambios comerciales. Pero los “hombres fuertes” en el poder denuncian la imposición por la Unión Europea de “valores occidentales” considerados débiles y decadentes, por ser favorables a la inmigración, a la homosexualidad, al ateísmo, al feminismo, a la ecología, a la disolución de la familia, etc. También impugnan la índole democrática del capitalismo liberal. No sin fundamentos, en este último caso. Porque, en materia de igualdad de los derechos políticos y cívicos, la cuestión de saber si las mismas reglas se aplicaban a todos resultó una vez más zanjada después de 2008: “Ningún financista de alto nivel fue llevado ante la justicia –señala el periodista John Lanchester–. Durante el escándalo de las cajas de ahorro de los años ochenta, 1.100 personas habían sido inculpadas” (5). Los detenidos de una penitenciaría francesa ya se burlaban en el siglo pasado: “El que roba un huevo va a la cárcel; el que roba una vaca va al Palacio Borbón”.


El pueblo elige, pero el capital decide. Al gobernar en contra de sus promesas, los dirigentes liberales, tanto de derecha como de izquierda, ratificaron esa sospecha luego de casi cada elección. Elegido para romper con las políticas conservadoras de sus predecesores, Obama redujo los déficits públicos, ajustó los gastos sociales y, en vez de imponer la seguridad social, impuso a los estadounidenses la compra de un seguro médico a un trust privado. En Francia, Nicolas Sarkozy retrasó por dos años la edad de la jubilación que se había comprometido formalmente a no modificar; con la misma desenvoltura, François Hollande hizo votar un pacto de estabilidad europea que había prometido renegociar. En el Reino Unido, el dirigente liberal Nick Clegg, para sorpresa general, se alió al Partido Conservador y luego, convertido en viceprimer ministro, aceptó triplicar los gastos de inscripción universitarios que había jurado suprimir.


En los años setenta, algunos partidos comunistas de Europa Occidental sugerían que su eventual acceso al poder por las urnas sería un “viaje de ida”, ya que la construcción del socialismo, una vez lanzada, no podía depender de los avatares electorales. La victoria del “mundo libre” sobre la hidra soviética acomodó ese principio con más astucia: el derecho de voto no fue suspendido, pero viene con el deber de confirmar las preferencias de las clases dirigentes. So pena de tener que volver a empezar. “En 1992 –recuerda el periodista Jack Dion– los daneses votaron contra el Tratado de Maastricht: fueron obligados a volver a las urnas. En 2001, los irlandeses votaron contra el Tratado de Niza: fueron obligados a volver a las urnas. En 2005, los franceses y los holandeses votaron contra el Tratado Constitucional Europeo (TCE): les fue impuesto bajo el nombre de Tratado de Lisboa. En 2008, los irlandeses votaron contra el Tratado de Lisboa: fueron obligados a volver a votar. En 2015, los griegos votaron por 61,3 por ciento contra el plan de ajuste de Bruselas, que les fue infligido de todas formas” (6).


Justamente ese año, dirigiéndose a un gobierno de izquierda elegido algunos meses antes y obligado a administrar un tratamiento de shock liberal a su población, el ministro de Finanzas alemán Wolfgang Schäuble resumía el alcance que concede al circo democrático: “Las elecciones no deben permitir que se cambie de política económica” (7). Por su parte, el comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios Pierre Moscovici explicaría más tarde: “Veintitrés personas por todo concepto, con sus adjuntos, toman –o no– decisiones fundamentales para millones de otras personas, en este caso los griegos, sobre la base de parámetros extraordinariamente técnicos, decisiones que se sustraen a todo control democrático. El Eurogrupo no rinde cuentas a ningún gobierno, a ningún Parlamento, menos que menos al Parlamento Europeo” (8). Una asamblea en la cual, sin embargo, Moscovici aspira sesionar el año que viene.


Autoritario e “iliberal” a su manera, ese desprecio por la soberanía popular alimenta uno de los más poderosos argumentos de campaña de los dirigentes conservadores de ambas partes del Atlántico. Contrariamente a los partidos de centroizquierda o de centroderecha, que se comprometen, sin dotarse de medios, a reanimar una democracia moribunda, Trump y Orbán, como Kaczyński en Polonia o Matteo Salvini en Italia, ratifican su agonía. No conservan de ella más que el sufragio mayoritario, e invierten el juego: al autoritarismo intensivo y experto de Washington, Bruselas o Wall Street oponen un autoritarismo nacional y sin coerciones que presentan como una reconquista popular.


Intervencionismo y alambre de púas


Después de aquellas que atañen a la globalización y a la democracia, la tercera desmentida aportada por la crisis al discurso dominante de los años precedentes atañe al rol económico del poder público. Todo es posible, pero no para todo el mundo: raramente una demostración de este principio fue administrada con tanta claridad como en la década transcurrida. Creación monetaria frenética, nacionalizaciones, desprecio por los tratados internacionales, acción discrecional de los representantes, etc.: para salvar a cambio de nada a los establecimientos bancarios de los que dependía la supervivencia del sistema, la mayoría de las operaciones decretadas imposibles e impensables fueron efectuadas sin ninguna dificultad de ambas partes del Atlántico. Este intervencionismo masivo reveló un Estado fuerte, capaz de movilizar su poder en un campo del que sin embargo parecía haberse excluido él mismo (9). Pero si el Estado es fuerte, es ante todo para garantizar al capital un marco estable.


Inflexible cuando se trataba de reducir los gastos sociales con el objeto de disminuir el déficit público bajo el límite del 3 por ciento del PIB, Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo entre 2003 y 2011, admitió que los compromisos financieros asumidos a fines de 2008 por los jefes de Estado para salvar el sistema bancario representaban a mediados de 2009 “27% del PIB en Europa y Estados Unidos” (10). Las decenas de millones de desocupados, de expropiados, de enfermos esparcidos por los hospitales escasos de medicamentos como en Grecia, por su parte, jamás tuvieron el privilegio de constituir un “riesgo sistémico”. “Por sus elecciones políticas, los gobiernos de la zona euro hundieron a decenas de millones de sus ciudadanos en las profundidades de una depresión comparable a la de los años treinta. Es uno de los peores desastres económicos autoinfligidos jamás observados”, observa el historiador Adam Tooze (11).


El descrédito de la clase dirigente y la rehabilitación del poder estatal no podían más que abrir el camino a un nuevo estilo de gobierno. Cuando se le preguntó en 2010 si acceder al poder en plena tormenta planetaria le preocupaba, el primer ministro húngaro sonrió: “No, a mí me gusta el caos. Porque, partiendo de él, puedo construir un orden nuevo. El orden que quiero” (12). A ejemplo de Trump, los dirigentes conservadores de Europa Central supieron implantar la legitimidad popular de un Estado fuerte al servicio de los ricos. Pero más que garantizar derechos sociales incompatibles con las exigencias de los propietarios, el poder público se afirma cerrando las fronteras a los migrantes y proclamándose garante de la “identidad cultural” de la nación. Entonces, el alambre de púas marca el retorno del Estado.


Por el momento, esa estrategia que recupera, distorsiona y desnaturaliza una demanda popular de protección parece funcionar. Lo que equivale a decir que las causas de la crisis financiera que hizo descarrilar el mundo permanecen intactas, precisamente cuando la vida política de países como Italia, Hungría o regiones como Baviera parece obsesionada por la cuestión de los refugiados. Educada en las prioridades de los campus estadounidenses, una parte de la izquierda occidental, muy moderada o muy radical, adora enfrentar a la derecha en ese terreno (13).


Para contrariar la Gran Recesión, los jefes de Gobierno, por lo tanto, develaron el simulacro democrático, la fuerza del Estado, la naturaleza muy política de la economía y la inclinación antisocial de su estrategia general. La rama que los aguantaba está fragilizada, como lo demuestra la inestabilidad electoral que vuelve a barajar los naipes políticos. Desde 2014, la mayoría de los escrutinios occidentales señalan una descomposición o un debilitamiento de las fuerzas tradicionales. Y simétricamente, el auge de personalidades o de corrientes ayer marginales que impugnan las instituciones dominantes, a menudo por razones opuestas, a ejemplo de Trump y de Bernie Sanders, detractores uno y otro de Wall Street y de los medios de comunicación. Mismo escenario del otro lado del Atlántico, donde los nuevos conservadores consideran que la construcción europea es demasiado liberal en los planos social y migratorio, mientras que las nuevas voces de la izquierda, como Podemos en España, La Francia Insumisa en Francia o Jeremy Corbyn a la cabeza del Partido Laborista en el Reino Unido, critican sus políticas de austeridad.


Como no pretenden dar vuelta la mesa sino solamente cambiar a los jugadores, los “hombres fuertes” pueden descontar el apoyo de una fracción de las clases dirigentes. El 26 de julio de 2014, en Rumania, Orbán anunció el juego en un discurso resonante: “El nuevo Estado que construimos en Hungría es un Estado iliberal: un Estado no liberal”. Pero contrariamente a aquello que los grandes medios remacharon desde entonces, sus objetivos no se reducían al rechazo del multiculturalismo, de la “sociedad abierta”, y a la promoción de los valores familiares y cristianos. También anunciaba un proyecto económico, el de “construir una nación competidora en la gran competencia mundial de las décadas venideras”. “Nosotros consideramos –decía– que una democracia no necesariamente debe ser liberal y que no es porque un Estado deja de ser liberal por lo que deja de ser una democracia.” Tomando como ejemplos a China, Turquía y Singapur, el primer ministro húngaro en suma devuelve al remitente el “There is no alternative” (“No hay otra alternativa”) de Margaret Thatcher: “Las sociedades que tienen una democracia liberal como fundamento probablemente sean incapaces de mantener su competitividad en las décadas venideras” (14). Semejante designio seduce a los dirigentes polacos y checos, pero también a los partidos de extrema derecha franceses y alemanes.


La fábula del “capitalismo inclusivo”


Ante el éxito impactante de sus competidores, los pensadores liberales perdieron su soberbia y su oropel. “La contrarrevolución es alimentada por la polarización de la política interior, donde el antagonismo reemplaza el compromiso. Y se enfoca en la revolución liberal y las victorias obtenidas por las minorías”, se estremece Michael Ignatieff, rector de la Universidad de Europa Central en Budapest, una institución fundada por iniciativa del multimillonario liberal George Soros. “Queda claro –añade– que el breve momento de dominación de la sociedad abierta ha terminado” (15). A sus ojos, los dirigentes autoritarios que toman como blancos el Estado de Derecho, el equilibrio de poderes, la libertad de los medios privados y los derechos de las minorías, en efecto, atacan los pilares esenciales de las democracias.


El semanario británico The Economist, que hace las veces de boletín de enlace de las elites liberales mundiales, coincide con esa visión. Cuando el 16 de junio pasado se enloquece por un “deterioro alarmante de la democracia desde la crisis financiera de 2007-2008”, no incrimina ni las desigualdades de fortuna abismales ni la destrucción de empleos industriales por el libre comercio, ni el no respeto de la voluntad de los electores por los dirigentes “demócratas”, sino que la emprende contra “los hombres fuertes [que] socavan la democracia”. Frente a ellos, espera, “los jueces independientes y los periodistas dinámicos forman la primera línea de defensa”. Un baluarte tan limitado como frágil.


Durante mucho tiempo, las clases superiores se beneficiaron con el juego electoral gracias a tres factores convergentes: la abstención creciente de los sectores populares, el “voto útil” debido a la repulsión que inspiraban “los extremos”, la pretensión de los partidos centrales de representar los intereses combinados de la burguesía y de las clases medias. Pero los demagogos reaccionarios han vuelto a movilizar a los abstencionistas; la Gran Recesión fragilizó a las clases medias, y los arbitrajes políticos de los “moderados” y de sus brillantes consejeros desencadenaron la crisis del siglo…
El desencanto relativo a la utopía de las nuevas tecnologías se suma a la amargura de los amantes de las sociedades abiertas. Ayer celebrados como los profetas de una civilización liberal-libertaria, los patrones demócratas de Silicon Valley construyeron una máquina de vigilancia y de control social tan poderosa que el gobierno chino la imita para mantener el orden. La esperanza de un ágora mundial propulsada por una conectividad universal se derrumba, para el mayor perjuicio de algunos de sus comulgantes de antaño: “La tecnología, por las manipulaciones que permite, por las fake news, pero aun más porque vehicula la emoción más que la razón, refuerza todavía a los cínicos y a los dictadores”, solloza un editorialista (16).


Ante la cercanía del trigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín, los heraldos del “mundo libre” temen que la fiesta sea deprimente. “La transición hacia las democracias liberales fue en gran medida piloteada por una elite instruida, muy pro-occidental”, admite Fukuyama. Por desgracia, las poblaciones menos educadas “nunca fueron seducidas por ese liberalismo, por la idea de que se podía tener una sociedad multirracial, multiétnica, donde todos los valores tradicionales se borrarían ante el matrimonio igualitario, la inmigración, etc.” (17). Pero ¿a quién imputarle esa falta de efecto de tracción de la minoría esclarecida? A la indolencia de todos los jóvenes burgueses que, se irrita Fukuyama, “se contentan con quedarse sentados en sus casas, felicitándose por su amplitud de mente y por su ausencia de fanatismo. […] Y que no se movilizan contra el enemigo más que yendo a sentarse en la terraza de un café con un mojito en la mano” (18).


En efecto, eso no será suficiente… Como tampoco el hecho de controlar los medios o de inundar las redes sociales con comentarios indignados destinados a “amigos” igualmente indignados, siempre por las mismas cosas. Obama lo comprendió. El 17 de julio pasado entregó un análisis detallado, a menudo lúcido, de las décadas transcurridas. Pero no pudo dejar de retomar la idea fija de la izquierda neoliberal desde que adoptó el modelo capitalista. En sustancia, como lo había recordado el ex primer ministro italiano de centroizquierda Paolo Gentiloni a Trump el 24 de enero de 2018 en Davos, “se puede corregir el marco, pero no cambiarlo”.


La globalización, admite Obama, trajo aparejados errores y rapacidad. Debilitó el poder de los sindicatos, “permitió que el capital escape a los impuestos y a las leyes de los Estados desplazando centenares de miles de millones de dólares mediante una simple presión en la tecla de una computadora”. Muy bien, ¿y el remedio? Un “capitalismo inclusivo”, iluminado por la moralidad humanista de los capitalistas. A su juicio, sólo eso, que es como ladrarle a la luna, podrá corregir algunos de los defectos del sistema. A partir del momento en que no ve ningún otro disponible, y que, en el fondo, ése le conviene…


El ex presidente estadounidense no niega que la crisis de 2008 y las malas respuestas que se aportaron (inclusive por él, uno imagina) favorecieron el desarrollo de una “política del miedo, del resentimiento y del repliegue”, la “popularidad de los hombres fuertes”, la de un “modelo chino de control autoritario, considerado preferible a una democracia percibida como desordenada”. Pero él asigna la responsabilidad esencial de esos desarreglos a los “populistas” que recuperan las inseguridades y amenazan al mundo con un retorno al “orden antiguo, más peligroso y más brutal”. Preservando de paso a las elites sociales e intelectuales (sus pares…) que crearon las condiciones de la crisis, y que, a menudo, la aprovecharon.


Semejante panorama comprende para ellas muchas ventajas. En primer lugar, repetir que la dictadura nos amenaza permite hacer creer que la democracia reina, aunque siempre reclama algunos menudos ajustes. Más fundamentalmente, la idea de Obama (o aquella, idéntica, de Macron) según la cual “dos visiones muy diferentes del porvenir de la humanidad están en competencia para los corazones y las mentes de los ciudadanos de todo el mundo” permite soslayar lo que esas “dos visiones” comparten. Nada menos que el modo de producción y de propiedad, o, para retomar los términos mismos del ex presidente estadounidense, “la influencia económica, política, mediática desproporcionada de aquellos que están en la cima”. En ese plano, en efecto, nada distingue a Macron de Trump, así como por otra parte lo demostró su apuro común en disminuir, desde su acceso al poder, el impuesto a las ganancias del capital.


Reducir obstinadamente la vida política de las décadas venideras al enfrentamiento entre democracia y populismo, apertura y soberanismo, no traerá ningún alivio a esa fracción creciente de los sectores populares desengañados de una “democracia” que la abandonó y de una izquierda que se metamorfoseó como partido de la burguesía diplomada. Diez años después del estallido de la crisis financiera, el combate victorioso contra el “orden brutal y peligroso” que se dibuja reclama algo muy distinto. Y ante todo, el desarrollo de una fuerza política capaz de combatir simultáneamente a los “tecnócratas esclarecidos” y a los “multimillonarios rabiosos” (19), rechazando así el rol de fuerza de apoyo de uno de los dos bloques que, cada uno a su manera, ponen a la humanidad en peligro.

 

1. Francis Fukuyama, “Retour sur ‘La Fin de l’histoire’ ?”, Commentaire, N° 161, París, primavera de 2018.
2. William Galston, “Wage stagnation is everyone’s problem”, The Wall Street Journal, Nueva York, 14-8-18. Sobre las destrucciones de empleos por causa de la globalización, véase Daron Acemoğlu et al., “Import competition and the great US employment sag of the 2000s”, Journal of Labor Economics, Vol. 34, N° S1, Chicago, enero de 2016.
3. Bob Davis y Dante Chinni, “America’s factory towns, once solidly blue, are now a GOP haven”, y Bob Davis y Jon Hilsenrath, “How the China shock, deep and swift, spurred the rise of Trump”, The Wall Street Journal, 19-7-18 y 11-8-16 respectivamente.
4. Citado por Adam Tooze, Crashed: How a Decade of Financial Crises Changed the World, Penguin Books, Nueva York, 2018.
5. John Lanchester, “After the fall”, London Review of Books, Vol. 40, N° 13, 5-7-18.
6. Jack Dion, “Les marchés contre les peuples”, Marianne, París, 1-6-18.
7. Yanis Varoufakis, Comportarse como adultos. Mi batalla contra el establishment europeo, Deusto, Barcelona, 2017.
8. Pierre Moscovici, Dans ce clair-obscur surgissent les monstres. Choses vues au cœur du pouvoir, Plon, París, 2018.
9. Véase Frédéric Lordon, “Cuando Wall Street se hizo socialista”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, octubre de 2008.
10. “Jean-Claude Trichet, ‘Nous sommes encore dans une situation dangereuse’”, Le Monde, París, 14-9-13.
11. Adam Tooze, Crashed, op. cit.
12. Drew Hinshaw y Marcus Walker, “In Orban’s Hungary, a glimpse of Europe’s demise”, The Wall Street Journal, 9-8-18.
13. Véase Pierre Bourdieu y Loic Wacquant, “Una nueva vulgata planetaria”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo de 2000.
14. “Prime minister Viktor Orbán’s speech at the 25th Bálványos Summer Free University and Student Camp”, 30-7-14, http://2010-2015.miniszterelnok.hu
15. Michael Ignatieff y Stefan Roch (dirs.), Rethinking Open Society: New Adversaries and New Opportunities, CEU Press, Budapest, 2018.
16. Éric Le Boucher, “Le salut par l’éthique, la démocratie, l’Europe”, L’Opinion, París, 9-7-18.
17. Citado por Michael Steinberger, “George Soros bet big on liberal democracy. Now he fears he is losing”, The New York Times Magazine, 17-7-18.
18. “Francis Fukuyama, ‘Il y a un risque de défaite de la démocratie’”, Le Figaro Magazine, París, 6-4-18.
19. Una fórmula de Thomas Frank.

*Respectivamente, director y redactor de Le Monde diplomatique.
Traducción: Víctor Goldstein

Información adicional

  • Autor:Serge Halimi y Pierre Rimbert
  • Edición:Nº 181
  • Fecha:Septiembre de 2018
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