Imprimir esta página
Jueves, 10 Enero 2019 06:18

Todos contra Una

Escrito por Sergio Zabalza
Valora este artículo
(0 votos)
Todos contra Una

A partir de los casos de violaciones en grupo ocurridos en Año Nuevo, el autor pone en consideración los mecanismos sociales, discursivos y subjetivos que hacen posibles estos hechos. La característica masculina del grupo y las actitudes, pautas consumistas, divertimentos y gestos institucionales que alientan este modelo tribal.

Si la violación de una púber en la ciudad de Miramar por parte de un grupo de varones mayores de edad nos había sumido en la indignación y el horror, la repetición del mismo ultraje sobre otras dos niñas adolescentes perpetradas en Salta y en Villa Elisa desafían nuestra capacidad de espanto. Vale intentar alguna consideración sobre los mecanismos sociales, discursivos y subjetivos que hacen posible semejante barbarie.


De la mano de la manada


Por lo pronto, la necesidad de andar en grupos es muy propia del campo masculino. Ya desde la adolescencia: “un hombre se hace El Hombre por situarse como Uno-entre-otros, por incluirse entre sus semejantes” (1), observa Lacan, quien además refiere que los muchachos “se tienen todos de la mano, más aún cuando, si no se tuvieran de la mano, cada uno debería enfrentarse solo con la chica y es no les gusta” (...) porque encontrarse solo, cada cual frente a su cada cuala (...) “conlleva demasiados riesgos” (2). Y agrega: “Para las chicas es diferente (...) se agrupan de a dos, hacen migas con un amiga hasta que logran arrancar a un chico de su banda”. Ahora bien, el riesgo que experimenta el varón al enfrentar al Otro sexo explica, entre otras muchas cuestiones, la desinhibición que presta la descomunal ingesta de alcohol en el ámbito de la Fiesta y el tiempo libre, llámese rave, previa, after, etc. Por si fuera necesario aclararlo, el riesgo es la impotencia, ese fantasma que en mayor o menor medida persigue a todos los descendientes de Adán y que explica la puntual necesidad de los jovencitos varones por incluirse en la manada antes de ensayar su primeras pasos en las complejas lides del amor. Hasta aquí se trata de un momento en el crecimiento del sujeto masculino. La cuestión se complica cuando, en virtud de los mandatos de meritocracia y éxito individualista que la época impone, el erotismo que sostiene tanto la atracción como la rivalidad entre los varones se convierte en violencia hacia una mujer, tal como ocurre en los muy tristes hechos que convocan estas líneas. Indaguemos los factores subjetivos presentes en los mismos.


La sociedad de los varones


Un maravilloso estudio de Freud nos permite inferir las nefastas consecuencias que sobrevienen cuando –en virtud de ciertas coordenadas sociales– el agrupamiento entre varones con fines defensivos se instala en hábitos, códigos y comportamientos. En su estudio sobre el mecanismo paranoico3, Freud establece las distintas las formas de paranoia a partir de las frases que cada sujeto adopta para contradecir el siguiente axioma o postulado: “Yo (un varón) lo amo (a un varón)”. Así, ubica el delirio de persecución en la siguiente formulación: “Yo no lo amo, –pues yo lo odio– porque EL ME PERSIGUE”. De la misma forma, para el caso de la erotomanía, afirma: “Yo no lo amo –yo la amo– porque ELLA ME AMA”. Y por fin, cuando aborda el delirio de celos, para el caso del alcohólico señala: “El papel del alcohol en esta afección se nos ha vuelto inteligible en todos sus aspectos. Sabemos que este medio de goce cancela inhibiciones y deshace sublimaciones. No es raro que el varón sea empujado al alcohol por el desengaño con la mujer, pero esto, por regla general, equivale a decir que ingresa en la taberna y en la sociedad de los varones, donde halla la satisfacción del sentimiento que echa de menos en su hogar con la mujer. Y si estos varones devienen objeto de una investidura (Besetzung) libidinosa más intensa en su inconsciente, se defiende de ella mediante la tercera variedad de la contradicción: ‘No yo amo al varón –es ella quien lo ama’ y sospecha de la mujer con todos los hombres a quienes él está tentado de amar”. Trascartón, Freud se confiesa sorprendido, dice que a una frase de tres eslabones como “Yo lo amo”, le correspondería tan solo tres formas de contradicción: el delirio de celos que contradice al sujeto (Yo), el delirio de persecución que hace lo propio con el verbo (amo) y, por fin, la erotomanía con el objeto (lo). Con sorpresa, Freud encuentra sin embargo una cuarta forma de contradicción, a saber: “Yo no amo en absoluto y no amo a nadie”, frase que resulta equivalente a decir: “Yo me amo sólo a mí”. Desde ya una conclusión muy afín al nefasto individualismo que caracteriza la época que nos toca vivir y que propicia la comisión de hechos aberrantes sin la necesaria concurrencia de sujetos paranoicos en los mismos. Es que por más doloroso que nos resulte, si bien no cualquiera puede cometer estos actos de barbarie, tampoco los mismos corren siempre por cuenta de monstruos perversos exilados de lo humano, antes bien son productos del discurso cuya colosal capilaridad hace que los comentarios en una casa, en el bar, la escuela, el trabajo, se traduzcan –dadas ciertas circunstancias– en hechos criminales.


De la manada a la patota


Pareciera entonces que algo intolerable –antes velado por las prohibiciones, la inhibición o las pautas culturales– hoy emerge a cielo abierto. Me refiero a la impotencia masculina. En efecto: cuando varios tipos acometen contra una mujer, sea para abusar de ella, esclavizarla, violarla o matarla, lo que cuenta no es tanto la dama en cuestión, sino la relación de coalescencia –de unión o fusión, ergo: erotismo– entre los propios varones. Es que, sea conduciendo un auto de alta gama, mirando pornografía, consumiendo prostitución o profiriendo una grosería –tal como en su momento reivindicó quien hoy ocupa el cargo de presidente de la Nación–, el macho va con el grupo de pares en su cabeza: la banda es la esencia de su sexualidad. No en vano, para Lacan, hombre es aquel que, por amor a una mujer, renuncia a su impostura masculina (4). Esto es: estar en condiciones de registrar la mujer que está a su lado más que el fetiche que habita en su cabeza. De hecho el hombre enamorado se feminiza (y por ej.: cuando falta al fulbito para estar con ella, los amigos le dicen: ¡Andá, puto, pollerudo!) El arte da cuenta de este rasgo de la sexualidad masculina: una popular canción de Los Auténticos Decadentes dice así: “Yo la quería encarar / ay pero solo no me animaba / fui hasta el café / busqué a mis amigos y... [en el colmo de la cobardía, la letra concluye] la encaramos en barra”.


Lo femenino en cada sujeto


Pero Raquel es una síncopa que desacomoda el ritmo de cualquier banda. Tal como más arriba señala Lacan para el caso de las chicas, una mujer siempre constituye una amenaza para el contubernio corporativo machista. Por su sola presencia, el semblante femenino hace notar la distancia que separa a un varón del Ideal que su impostura masculina le exige. (Para más datos, prestar atención a la rígida prestancia en la parada del macho, sea en el boliche, la milonga o la disco.) Es que en la fantasía del macho asustado, la mujer funciona como superyó, léase censura, castigo o reproche. Por algo una psicoanalista mujer –Colette Soler– dice que los hombres no escuchan a las mujeres porque les creen (5). Y de hecho, nada más alarmante para los fantasmas del varón que escuchar la frase: “tenemos que hablar”, en lo propiamente femenino se refugia la alteridad radical de todo ser hablante. No en vano, en oportunidad de su alocución en las Naciones Unidas el psicoanalista catalán Miquel Bassols (6) formulaba: “Esta impotencia es correlativa de la imposibilidad de escuchar la palabra del sujeto femenino, pero también de escuchar lo femenino que hay en cada sujeto”. Desde este punto de vista, la singularidad es lo que nos hace diferentes de nosotros mismos, aquello destinado a quebrar la unidad narcisista del cuerpo. Eso mismo que el filósofo Paul/Beatriz Preciado pone a cuenta de “las mujeres, las minorías sexuales, los cuerpos no-blancos, los transexuales, intersexuales y transgénero, los cuerpos deformes o discapacitados” (7). Es decir: todo aquello que el sentido común rechaza.


Los discursos machistas


Convendría entonces revisar qué actitudes, modelos de consumo, divertimentos, gestos institucionales alientan este modelo tribal tras el cual se parapetan los más arcaicos fantasmas masculinos. Iglesia y ejército solían ser los enclaves predilectos de esta defensa narcisista. Hoy que los ideales se encuentran desagregados, el macho se resguarda tras los imperativos de goce que rigen en la fiesta o el tiempo libre: ya sea que se trate de una rave, un after, a la salida de un boliche o en la carpa de un camping. Desde ya, como para demostrar que toda violencia tiene una raíz simbólica, sobran los ejemplos de los soportes discursivos que estimulan, encubren o desestiman el horror de estos crímenes. Además del exabrupto –más arriba citado– de quien hoy conduce esta nación, vaya como ejemplo el nombramiento como personalidad de la cultura que la legislatura de la Ciudad de Buenos Aires otorgó hace tan solo un par de años a un animador de televisión, en cuya larga trayectoria las bromas pesadas (eso que hoy se llama bullying) y la cosificación de las personas han ocupado un triste sitial de privilegio. Para no hablar, claro está, de la reciente nota que un importante matutino subió a su página web (luego corregida) en la que se responsabiliza de la mencionada violación en Miramar a la víctima y a sus padres. O sea: el macho y su banda en el discurso.


A manera de resumen y conclusión: Todos contra Una


Desde la adolescencia, los varones se re- unen para defenderse del riesgo que les supone el encuentro con el Otro sexo, en tanto diferencia que alberga lo más íntimo y temido de cada sujeto. Las frustraciones, la mutua sospecha, los celos, pueden derivar en distintas formas de violencia que las coordenadas sociales de cada época morigeran o incentivan según los casos. El actual individualismo que la empresa neoliberal impone se traduce en una pauperización del lazo social, cuya incidencia en la subjetividad transforma la sincera y honesta amistad entre varones en amontonamientos proveedores de cierta pertenencia al servicio de una defensa corporativa que rechaza lo diferente, en este caso una mujer.


Sergio Zabalza: Psicoanalista. Licenciado en Psicología (UBA). Magister en Clínica Psicoanalítica (Unsam) y actual doctorando en la Universidad de Buenos Aires.


1 Jacques Lacan, “Prefacio a El Despertar de la Primavera”, en Otros Escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 588.
2 Jacques Lacan, “Hablo a las paredes”, Buenos Aires, Paidós, 2012, pp. 92 y 93.
3 Sigmund Freud, “Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente”, en Obras Completas, A. E. Tomo XII, pp. 58 a 60.
4 Ver Jacques Lacan, El Seminario: Libro 19: “…ou pire”, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 118.
5 Colette Soler, La Maldición del Sexo, Buenos Aires, Manantial, 2005.
6 Contribución de la AMP en la 15° Sesión de la Comisión sobre la Condición de la Mujer de las Naciones Unidas.
7 Parole de Queer, Entrevista con Beatriz Preciado, 2014.

Información adicional

  • Antetítulo:La manada, la patota y la sexualidad del macho
  • Autor:Sergio Zabalza
  • Región:América Latina
  • Fuente:Página12
Visto 432 vecesModificado por última vez en Jueves, 10 Enero 2019 10:14

Artículos relacionados (por etiqueta)