Le monde diplomatique Nº181

Le monde diplomatique Nº181 (9)

América Latina


El gobierno corporativo y los círculos del poder

 

No son uno ni dos, por lo menos una decena de los ministros del nuevo gobierno provienen de gremios como Asobancaria, Fenalco, Fenavi. Negociantes, asesores de la banca nacional e internacional, convencidos del Estado mínimo. Ahora tienen un gobierno corporativo: de los ricos y para los ricos.

Gabriel Beltrán, Cometas, escultura, acero, 100 x 80 x 36 cm (Cortesía del autor)

Italia en la encrucijada. Un gobierno de extrema derecha y una crisis socio-económica profunda retan a los movimientos sociales.

 

El 13 de diciembre de 2011, en Florencia, Gianluca Casseri, un hombre cercano a la organización neofascista Casa Pound, sale a la calle y dispara a varias personas de la comunidad senegalesa matando a Samb Modou e Diop Mor, e hiriendo a un tercer hombre. Samb Modou deja viuda a Rokhaya Mbengue, la cual regresará tristemente a la crónica siete años después. Casseri se suicida antes de ser detenido; su gesto inaugura una temporada abiertamente racista e injustificable, más aún porque en Italia no se ha cometido un solo atentado por parte del terrorismo islámico. Las violencias y las palizas punitivas neofascistas se dirigen contra los migrantes, la comunidad Lgbti y contra quienes militen en las izquierdas.


En 2016, en la ciudadela de Fermo, un hombre de tez negra es golpeado hasta la muerte por haber reaccionado a los insultos que un grupo de hinchas gritaba en contra de su esposa: la llamaban “asquerosa mona”. En febrero 2018, Luca Traini, candidato en 2017 del partido de extrema derecha Liga Norte, sale a las calles de la pequeña ciudad de Macerata con una pistola en la mano e hiere a seis migrantes, todos africanos. Marzo del mismo año, nuevamente en Florencia: Roberto Pirrone, desempleado de 65 años, víctima de la crisis económica, sale a la calle y dispara a Idy Diene, el único paseante de piel negra, que muere en el acto. Estalla la rabia de la comunidad senegalesa que vuelve a ser objeto del odio neofascista. Las instituciones de la ciudad reprimen la protesta, hablando tramposamente de un gesto desesperado, dirigido en contra de Diene por pura casualidad. La esposa de Diene, Rokhaya Mbengue, ya viuda por el primer atentado neofascista de 2011, llora a otro marido.


En julio, Soumaila Sacko, migrante y representante de la Unión Sindical de Base (USB), es asesinado con un disparo de carabina mientras ayuda a otros migrantes a recolectar láminas para construirse un refugio cerca de Rosarno, en Calabria. Sacko, originario de Mali, trabajaba en los campos de tomates bajo el control de la Ndrangheta, la mafia calabresa. Esos cárteles ya habían aparecido en los medios en 2008 y 2010 por disparar sobre los trabajadores migrantes que habían organizado una marcha para pedir un trato laboral justo, poniendo en luz la cara oculta de las migraciones y del racismo itálico: la semiesclavitud.


Paralelamente a la violencia callejera y mafiosa, el racismo institucional gana en intensidad en la última década. Hoy la vida de los migrantes representa una apuesta electoral que encubre con el manto de la legalidad prácticas xenófobas extremas. Todas las administraciones italianas, de centro-izquierda y de centro-derecha, en colaboración con las instituciones europeas, han pretendido manejar las migraciones a través de los Centros de Identificación y Expulsión que, de hecho, son campos de concentración donde los migrantes son privados de la libertad por un tiempo indefinido, en espera de ser expulsados al país de origen, a veces sin importar su estatus de prófugos ni el riesgo que enfrentarían al regreso.


El 4 marzo pasado, los resultados electorales otorgaron el poder a una coalición populista de derechas, de manera que el racismo corriente y el racismo institucional confluyen en un clima de intolerancia. El actual gobierno pactado entre los “euroescépticos” Movimiento 5 Estrellas y Liga Norte, y formalmente liderado por el jurista Giuseppe Conte, ha decretado en junio que el barco de rescate Aquarius fuera obligado a atravesar el Mediterráneo en condiciones precarias para alcanzar el puerto de Valencia. El ministro del interior Matteo Salvini, líder de la Liga Norte, había dado la orden de cerrarle el acceso a todos los puertos del país. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), los migrantes fallecidos en el Mediterráneo en los últimos 4 años son casi 17.000.


Después de la guerra que las potencias de la Otan declararon al régimen de Muamar Gadafi y su asesinato en octubre de 2011, los acuerdos entre el gobierno italiano y el imprevisible gobierno libio llevaron a la creación de unas fronteras de contención en territorio norteafricano, cuyos efectos son devastadores: campos en los cuales quienes migran son retenidos, privados ilegalmente de su libertad, vendidos como esclavos, sometidos a desapariciones, torturas y violaciones, según señalan varias Ongs.


Elecciones políticas y avanzada populista


El actual clima político poco a poco estructurado a lo largo de una crisis de referencias abismal, de la cual las elecciones parlamentarias de marzo de 2018 fueron el termómetro y, a la vez, su punto de aceleración. El principal partido de gobierno, el Partido Demócrata (PD), llegó a los comicios fragmentado y cayó a su mínimo histórico de 18.8 por ciento, cuando sólo cuatro años antes, en las elecciones europeas de 2014, había alcanzado su máximo de 40.8. En términos de votos, se trató de una baja de 11.172.861 alcanzados en 2014, a 6.161.896, en 2018; es decir, perdió casi la mitad del electorado.


Heredero de la unión entre el ala izquierda de la antigua Democracia Cristiana (DC), partido de gobierno entre 1946 - 1994, durante la llamada Primera República, y la parte mayoritaria del viejo Partido Comunista (PCI), el PD surgió como el último intento de esa estabilización política iniciada a finales de la década de 1970, cuando DC y PCI gobernaron juntos, mediante un “compromiso histórico”. Fundado en 2007, el PD abrazó desde sus inicios la llamada “tercera vía” (economía mixta y centrismo-reformismo), pero acentuó su orientación hacia las políticas de austeridad con la crisis económica de la última década y, en particular, con la secretaría del primer ministro Matteo Renzi (2014-2016), promotor de reformas estructurales de corte neoliberal en cuestiones de retiro, trabajo, escuela y obras de infraestructura.


Los altos índices de desempleo, sobre todo juvenil, y la frustración de las expectativas de crecimiento económico llevaron el PD a la debacle electoral, de la cual se beneficiaron la Liga Norte y el Movimiento 5 Estrellas (M5S, por su sigla en italiano), partidos populistas que llevaron adelante una exitosa propaganda anti-inmigrantes, respaldada por los medios de comunicación. La Liga, nacida a finales de los años ochenta como partido autonomista del norte productivo de Italia en contra de la inmigración interna desde el sur y de las políticas asistenciales, fue ampliamente re-estructurado como partido de extrema derecha nacionalista bajo el liderazgo de Salvini. Su capacidad de capitalizar el descontento social con una retórica de odio hacia los inmigrantes, y con una postura crítica hacia la Unión Europea, lo llevó a su máximo histórico de 17.4 por ciento de los sufragios, rebasando a su antiguo aliado Forza Italia, del exprimer ministro Silvio Berlusconi, que se quedó con el 14 por ciento. Por otro lado, el M5S, creado por el cómico y showman Beppe Grillo como movimiento anti-corrupción y en contra de los altos costos de la política, se afirmó como primer partido con el 32.7 por ciento de los votos. Si bien en sus inicios logró aglutinar ecologistas, movimientos antimafia y personas descontentas con los partidos de izquierda, a lo largo de los últimos años su propuesta política se acercó cada vez más a una retórica “securitaria” de tintes racistas. No constituyó por lo tanto una sorpresa que, ante la ausencia de un único ganador de la mayoría parlamentaria, tanto en la Cámara como en el Senado, y tras dos meses de negociaciones, el gobierno conformado fuera el producto de la alianza entre estos dos partidos.


M5S y LN habían centrado su campaña electoral en una política de cierre a la inmigración y de contraste con las políticas de austeridad neoliberal de la UE, pero a la hora de tomar posesión el gobierno tuvo que renunciar de hecho a este segundo punto. Emblemático de su aceptación de los parámetros económicos europeos fue la casi-crisis diplomática del pasado 27 de mayo: el gobierno estaba listo para el nombramiento institucional por parte del presidente de la República, Sergio Mattarella, cuando éste impuso la sustitución del ministro de Economía, Paolo Savona, considerado por los mercados financieros contrario a las políticas comunitarias. Dicho episodio puso en claro que en la Unión Europea pueden caber políticas de limpieza étnica y de violación de los derechos humanos, pero no resulta viable un cuestionamiento de las políticas macroeconómicas de austeridad.


Una crisis de espectro completo


Las profundas transformaciones de la Italia de hoy sólo se entienden adentrándose en el sentimiento de crisis que las permea: el desequilibrio económico, producto de la crisis financiera de 2007/08, y también las tribulaciones del sistema político, así como la brutal descomposición del tejido social, cultural, de sentido, de identidad y de imaginación. Y, de manera cada vez más dramática y parcialmente discordante con las otras naciones europeas, una crisis de la capacidad de elaborar una alternativa por parte de la izquierda y de los movimientos sociales.


Es difícil hallar analogías entre la Italia contemporánea y la de hace medio siglo. Tras el boom económico de las décadas de 1950 -1960, el país se revelaba como una de las naciones más industrializadas del planeta: los automóviles Fiat, los neumáticos Pirelli, las máquinas de escribir de la Olivetti se vendían en todo el mundo, mientras enteras generaciones de jóvenes nacidos en el sur agrícola y empobrecido emigraban al norte para trabajar en la línea de montaje. El PCI era el más grande de Occidente y obtenía alrededor del 30 por ciento de los sufragios; a su izquierda, después del 68, crecieron vigorosas vanguardias revolucionarias obreras y estudiantiles. La clase obrera articulaba sus espacios de vida y de comunidad en el sindicato, en las “casas del pueblo” y en las fábricas ocupadas. Tras la crisis petrolera de 1973, un nuevo proletariado juvenil precarizado irrumpió con una crítica radical a la sociedad fordista con su ética del trabajo y explotación de la vida: su punto álgido fue el movimiento de 1977, cuando una nueva izquierda autónoma confrontó en las calles el reformismo al PCI y su “compromiso histórico” con la DC.


La represión que siguió, ampliamente favorecida por el propio PCI, empujó a esa generación rebelde hacia la cárcel, el exilio, la heroína, la lucha armada o el reflujo a lo privado. A su vez, el sistema productivo, en parte para desarticular a la clase obrera, en parte respondiendo a las nuevas directrices neoliberales, fue fragmentando las fábricas en una red de pequeños nudos productivos. La política garantizó un nuevo patrón anti-inflación, con consecuencias brutales sobre los salarios, y la privatización paulatina de las empresas públicas, desde las telecomunicaciones hasta las autopistas, para llegar, en el nuevo siglo, al sistema universitario. Efectos particularmente impactantes tuvo, en el plano cultural, la privatización del sistema televisivo, que benefició al magnate Berlusconi, quien impuso un nuevo imaginario social, individualista y machista en amplios sectores sociales, y logró ser elegido Primer Ministro en tres ocasiones: 1994, 2001 y 2008.


Frente a estos cambios, el PCI decidió adherir abiertamente al sistema, transformando sus sindicatos y sus cooperativas en poderosas agencias capitalistas. Después de la desintegración de la URSS, el partido cambió rápidamente de nombre por el de Partido Democrático de la Izquierda (PDS) y luego en PD. A su izquierda, nació el Partido de la Refundación Comunista (PRC), quien se propuso como un referente político para los movimientos que habían sobrevivido a la represión de los 70, recreando sus espacios de afinidad y de liberación a través de la ocupación de los inmuebles que el proceso de desindustrialización había dejado vacíos: los llamados “centros sociales”. En la década de 1990 hubo cierta recuperación de la izquierda anticapitalista, que votó (cuando lo hizo) por el PRC y otros partidos de izquierda (un 10%), y que se movilizó contra el sistema. Sin embargo, con el milenio sobrevino una nueva crisis de la izquierda política y social. La primera debido al involucramiento en dos gobiernos de coalición de centro-izquierda, en 1996-98 y en 2006-08, durante los cuales no supo incidir en nada contundente y participó en la aprobación de leyes de flexibilización del trabajo, de contraste a la inmigración y de refinanciamiento de la misión de guerra en Afganistán.


La izquierda social entró en crisis en Génova en 2001: en julio de ese año, el movimiento anti-globalización, creado en Seattle y Porto Alegre, se dio cita en la ciudad italiana para contestar al G8. La represión desatada en aquella ocasión produjo un muerto, cientos de heridos, arrestos, violencias sexuales y torturas por parte de la policía, provocando una división al interior del movimiento sobre el uso de la violencia política y las estrategias de acción.


El ascenso del Movimiento 5 Estrellas


La fragmentación de las clases populares siguió avanzando a la par del crecimiento de la inmigración extranjera y la crisis económica. La inmigración nunca llegó a los niveles de emergencia pregonados por la derecha, pero impactaba en un país que había sido de emigrantes. Desde los años noventa, el flujo migratorio proveniente de Albania, del ex bloque soviético y de la ex Yugoslavia, había permitido que la Liga Norte se aprovechara de la situación para insuflar el miedo al extranjero. Con la crisis económica de 2008, el dramático aumento de los índices de desempleo y el empobrecimiento de las clases medias, la retórica del miedo escaló un consenso político que abarcó prácticamente todo el espectro parlamentario. Además, con el aumento de los flujos migratorios desde África subsahariana, la propaganda xenófoba se asoció cada vez más a la línea del color, generando un odio de tintes explícitamente coloniales hacia los negros.


La inmigración es y ha sido un formidable distractor del aumento constante de la desigualdad y del abaratamiento del costo del trabajo. Un efecto parecido lo tuvo la propaganda alrededor de la “casta política”. El origen de este término se encuentra en la encuesta judiciaria “Mani Pulite” (manos limpias) que, en 1992, perturbó la clase dirigente al poner al descubierto un sistema de corrupción que involucraba políticos y clase empresarial. Los dos mayores partidos de gobierno, DC y Partido Socialista, fueron literalmente destruidos por las encuestas, generando el espacio para la emergencia de Berlusconi y el inicio de la llamada Segunda República. En 2007, Gian Antonio Stella y Sergio Rizzo, dos periodistas del Corriere della Sera, principal periódico italiano, publicaron un libro que tuvo un éxito editorial estrepitoso, La Casta, donde denunciaban el contexto de corrupción y de privilegios de la clase política italiana en la era del “berlusconismo”. Aprovechando la herencia de los movimientos anti-berlusconianos de la década de 2000, el M5S salió a flote como una propuesta anti-corrupción y anti-casta. El salto hacia adelante como fuerza política se lo debe a su capacidad de unir el discurso anti–casta al descontento social producido por la crisis.


En octubre de 2008, un mes después de la quiebra del gigante financiero estadounidense Lehman Brothers, un poderoso movimiento estudiantil llenó las calles de las ciudades italianas para manifestarse contra el recorte y privatización del sistema universitario, promovidos por la ministra berlusconiana Mariastella Gelmini. La negativa del gobierno a tratar con el movimiento lo radicalizó hacia finales de 2010, llevando a la ocupación de muchas universidades y palacios públicos, al bloqueo de autopistas, aeropuertos y estaciones ferroviarias, y a choques brutales con la policía. En 2011, el movimiento desbordó las universidades invadiendo el mundo del arte, con la ocupación de numerosos teatros y espacios de cultura, exigiendo la defensa de los bienes comunes y rechazando la privatización del agua y la utilización de la energía nuclear. Asimismo tomaban fuerza los movimientos en defensa del territorio, sobre todo en Val de Susa, cerca de Turín, donde se oponían a la construcción de una línea de ferrocarril de alta velocidad. Sin embargo, no lograron construir una plataforma política común que desafiara las políticas de austeridad de la UE en su conjunto, como en ese momento empezaban a estructurar el movimiento griego de Plaza Syntagma y el movimiento español de los indignados.


La total debacle de la izquierda política, que tras el fracaso de la participación en el gobierno de Romano Prodi había caído a menos de 4 por ciento del sufragio, quedando afuera del Parlamento, contribuyó a la anomalía italiana. Mientras los movimientos de la Europa mediterránea lograban conquistar espacios, en África del Norte se tumbaban dictadores con las Primaveras Árabes y en Estados Unidos emergía Occupy Wall Street, la manifestación oceánica de Roma el 15 de octubre de 2011 resultó en una fractura interna irresoluble en los movimientos sociales. Sólo un mes después, Berlusconi perdía la mayoría en el Parlamento, debido a su rechazo en aplicar algunas disposiciones de la Troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y FMI). Tomaba su lugar Mario Monti, tecnócrata y ex asesor de Goldman Sachs, quien, beneficiándose de veinte años de anti-berlusconismo legalitario y justicialista, implementó una reforma de pensiones neoliberal, e incorporó el principio del equilibrio presupuestario en la propia Constitución.


En las elecciones de 2013, una izquierda sin brújula y un movimiento social en reflujo permitieron que el M5S explotara su naturaleza de partido anti-casta y anti-UE, cosechando sus frutos gracias a su apoyo, aunque marginal, a las luchas para el agua pública y en defensa de los territorios: llegó al 25 por ciento de los votos, presentándose como fuerza antisistémica y rompiendo el bipolarismo del sistema electoral. Como lúcidamente comentó el colectivo de escritores Wu Ming, los 5 Estrellas tuvieron un importante rol en la despolitización del descontento social, “ocupando un espacio… para dejarlo vacío”.


La economía política del racismo


En estos últimos años, M5S y Liga han capitalizado el descontento por las políticas de “lágrimas y sangre” impulsadas por los gobiernos de coalición liderados por el PD. En particular, el rechazo hacia las políticas económicas de la UE adoptadas integralmente por estos, empujó a los votantes hacia las dos fuerzas que se presentaban con un discurso nacionalista de soberanía monetaria. Tras el gobierno de Monti y el insípido paréntesis del gobierno Letta, llegó al poder sin pasar por elecciones, sino con un simple golpe al interior del PD, el joven alcalde de Florencia, Matteo Renzi. Presentándose como un renovador y un hombre de centro-izquierda, logró lo que Berlusconi no tuvo la capacidad de hacer. Obedeciendo a los banqueros europeos y a la asociación local de industriales (Confindustra), Renzi obró sobre dos vertientes: mantener bajo control el gasto del Estado, renunciando al estado de bienestar, y propiciar reformas neoliberales a favor de bancos y empresas. La reforma educativa, autodenominada “Buena escuela”, echó para atrás la democracia escolar, conquistada durante décadas de luchas estudiantiles, y obligó a los estudiantes a trabajar gratuitamente para las empresas durante el verano, lo que provocó casos de infortunios, muerte en el trabajo y acoso sexual a menores. Por otro lado, el Jobs Act, en inglés para dar un guiño al marketing, fue la reforma del trabajo que precarizó definitivamente la vida de miles de trabajadores: emendó el avanzadísimo Estatuto de los Trabajadores (hijo de las luchas obreras de los sesenta) que entre otras cosas imponía la recontratación de una persona despedida injustamente. Además, regaló 2 millones de euros a las empresas para que generaran puestos de trabajo.


El gobierno Renzi, sin embargo, fracasó el 4 de diciembre de 2016. Tuvo que renunciar por la derrota en el referendo constitucional con el cual había intentado crear un presidencialismo de facto, para garantizar la gobernabilidad a una democracia en crisis de credibilidad. En su lugar entró Paolo Gentiloni, de su mismo partido.


La profundización de la crisis durante los gobiernos del Partido Demócrata, sin importar sus liderazgos, provocó la urgencia de identificar a un chivo expiatorio. Pronto el PD adoptó una actitud de derecha contra los migrantes con la esperanza de contener la hemorragia de votos. Marco Minniti, ministro del interior del gobierno Gentiloni, tuvo una postura tan dura en contra del trabajo de las Ongs que se dedican al rescate de vidas en el Mediterráneo, que hasta su sucesor leghista Matteo Salvini le ha reconocido los méritos. Desató así mismo la represión hacia los movimientos sociales y cualquier forma de solidaridad con los migrantes. El caso de la ciudad de Ventimiglia, en la frontera con Francia, resulta emblemático: en el verano de 2015 a un plantón de migrantes que pedían entrar a Francia se unieron cientos de jóvenes de asociaciones y centros sociales, generando una de las expresiones más avanzadas de solidaridad real. La administración local del PD declaró ilegal dar de comer a los migrantes y desalojó violentamente el plantón.


¿Un nuevo fascismo? Los desafíos de los movimientos sociales


Es difícil definir con certeza qué es y qué consecuencias tendrá el régimen político italiano actual. Apelar al fascismo puede ser resbaloso, en cuanto las garantías constitucionales siguen vigentes. No obstante, ha deshecho culturalmente el pacto de lo no aceptable establecido tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial y el holocausto. Cada vez más se encuentra la forma de justificar racionalmente el abandono inhumano de los náufragos en alta mar, los registros coactivos de la población gitana, las agresiones contra la población homosexual y negra, realizando la transición cultural a una sociedad represiva.


El racismo y la homofobia popular y la conducta del gobierno italiano se retroalimentan electoralmente, apelando a un bienestar que se sostiene en un implícito fundamento colonialista: que Europa no tiene porqué compartir con nadie su riqueza ni su territorio.


Desde abajo, los movimientos sociales hacen un trabajo fundamental ante la impotencia del asociacionismo institucionalizado: ocupan inmuebles para que todos tengan un techo, organizan escuelas populares de lengua italiana, y fortalecen sindicatos en sectores de mano de obra migrante, como en el caso de los peones en el sur y de los trabajadores de la logística en el norte. Y en las periferias urbanas intentan crear prácticas de autodefensa frente a las rondas neofascistas que circulan para “cazar” migrantes.


Sin embargo, es un dato dramático que estos movimientos no crezcan más allá de un estricto circuito de activistas ni construyan proyectos políticos que disputen la hegemonía cultural a la derecha. Recientemente, la única propuesta política alternativa fue el lanzamiento del movimiento ¡Poder al Pueblo!, que se ha presentado en las elecciones de marzo, obteniendo apenas el 1.1 por ciento de los votos. El nuevo gobierno, si bien es expresión de un consenso amplio entorno a su postura racista, en el largo plazo tendrá dificultad. Como señala Giacomo Cucignatto, economista de la Universidad de Roma 3: “Liga y M5S no parecen intencionados a cuestionar seriamente las reglas del juego europeas, ni sus desequilibrios distributivos que afectan el contexto italiano y las economías mediterráneas: la principal propuesta del M5S, la renta básica de ciudadanía, no es financieramente compatible con la propuesta de la Liga de flat tax, es decir de cancelación de la progresividad fiscal a favor de los ricos, y ambas propuestas han sido postergadas indefinidamente por incompatibilidad con los parámetros monetaristas de la UE”. Por tanto, es factible que se abran espacios para nuevas iniciativas de las izquierdas, cuyo principal reto hoy son la consecución de una estrategia efectiva que favorezca una amplia organización social y una posición clara acerca de la relación con la Unión Europea, que se exprese a través de un discurso comprensible y no sectario.

* Doctorandos en Estudios Latinoamericanos, Unam y co-redactores del blog “Lamericatina”.

Miércoles, 19 Septiembre 2018 10:01

Lev Semonovich Vygotski, el genio

Escrito por
Lev Semonovich Vygotski, el genio

Mozart de la psicología. Es equívoco categorizar a Vygotski de psicólogo, en el uso común del término. Es mucho más, teniendo en cuenta que hizo de la psicología una ciencia social y humana integrada, fue el fundador de la psicología histórico-social-cultural e inició la neuropsicología soviética, todo desde un enfoque sistémico y con fundamento en el materialismo histórico y dialéctico. La historia del desarrollo psíquico es la historia del desarrollo de la sociedad humana. Vygotski fue capaz de integrar diferentes ramas del conocimiento en un enfoque común que no separa a los individuos de la situación sociocultural en que se desenvuelven. Esta perspectiva integradora de los fenómenos sociales, semióticos y psicológicos tiene significativa importancia actualmente, transcurridos 84 años desde su muerte.


Vygotsky nació el 17 de noviembre de 1896 en Orsha, Bielorrusia, donde pasó su infancia y juventud. Murió en Moscú a los 37 años de edad (1934), debido a la tuberculosis que adquirió a los 19 años. Estudió medicina, leyes, lingüística, historia, economía política, filosofía y psicología. Su gran pasión fue la literatura y el teatro; cultivó estas artes a lo largo de la existencia y con ellas alimentó su obra científica (Vygotski llegó a escribir alrededor de 180 obras). Con apenas 19 años, en 1915, escribió un ensayo sobre Hamlet; y en 1925 terminó su tesis «La psicología del arte». Entre el mes de noviembre de 1925 y principios de 1926, mientras se encontraba en el hospital, víctima de otro ataque de tuberculosis, escribió una crítica filosófica a los fundamentos teóricos de la psicología: “El significado histórico de la crisis de la psicología”; en 1926 también publicó “Psicología pedagógica” que se deriva de su experiencia previa como profesor de literatura y psicología.


El amor por el teatro y la literatura lo condujo, en 1924, a través de un interés estético, a buscar en la psicología una explicación de la génesis y naturaleza de las actividades específicamente humanas que dieran cuenta de las formas más elevadas de la cultura. Le interesaba la influencia de la creación artística en la psicología humana, acercándolo necesariamente a la compleja relación entre el cerebro y la conciencia, esto es, al problema difícil de entender cómo es posible que los procesos físicos del cerebro den lugar a experiencias subjetivas y, más aun, a la emergencia del espíritu humano. El uso del término conciencia da a entender conocimiento de la actividad de la mente, la conciencia de ser consciente. Adicionalmente, en 1924, Vygotski tenía un segundo objetivo: desarrollar formas concretas de hacer frente a problemas prácticos con que, masivamente, tenía que enfrentarse la URSS –básicamente, la psicología de la educación y la terapéutica.


En el siglo XIX la psicología estaba preocupada por la conciencia, y luego, en torno a los años 1900-1910, pasó súbitamente a abrazar el conductismo y al reduccionismo del ser humano a la biología. A Vygotsky, con su permanente interés hacia las elevadas emociones humanas producidas por la percepción de las obras de arte, le resultaban intolerables los defectos de las corrientes teorías psicológicas de su tiempo (conductismo, reactologia, reflexología).


Vygotski abrió un camino para la psicología científica. Con base en la imagen de la actividad psicológica del ser humano, que construyó a partir de su cosmovisión inspirada en el materialismo histórico y dialéctico, enfrentó dos tendencias en el campo de batalla de las ideas: por una parte, se oponía a los intentos de «biologizar» la psicología; por otra, criticó a los exponentes de la psicología tradicional que hablaban de funciones psíquicas como producto de la actividad de un psiquismo autónomo, abstraído del contexto histórico-cultural. De este modo, a partir de la crítica de Vygotski, las leyes de la evolución biológica ceden lugar a las leyes de la evolución histórico-social y cultural.


Lev Semonovich estaba convencido que la asimilación de la experiencia social cambia no sólo el contenido de la vida psíquica, sino que también crea nuevos tipos de procesos psíquicos, los que toman la forma de funciones psicológicas superiores, que diferencian a la especie humana del animal y constituyen el aspecto esencial de la estructura de la actividad consciente del ser humano. Según Vygotsky, la Conciencia es un sistema de relaciones entre las funciones psíquicas que evolucionan y se transforman permanentemente; precisamente es a este cambio que la Conciencia debe su desarrollo. Los sistemas psicológicos que se forman a partir de conexiones interfuncionales constituyen la estructura sistémica de la Conciencia, la que se desarrolla como un todo, modificando en cada nueva etapa su estructura interna y la relación entre las partes.


La biografía de Vygotsky puede dividirse en dos períodos fundamentales: el primero, desde su nacimiento en 1886 hasta 1924, el año en que hizo su primera aparición como relevante figura intelectual en la Unión Soviética al exponer su trabajo “Métodos en la investigación reflexológica y psicológica” en el II Congreso Panruso de Psiconeurología; el segundo, desde 1924 hasta su muerte. Su entrada en la edad adulta coincidió con la experiencia de una de las principales revoluciones del siglo XX, la Revolución Rusa de 1917. Este acontecimiento le proporcionó dos décadas de entorno cultural e intelectual cambiante, ingenioso, creativo y fascinante.


Vygotsky nació en el seno de una familia judía, próspera e intelectual, fue el segundo de una familia de ocho hijos. El carácter seco y el irónico sentido del humor del padre de Vigotski contrastaban con la personalidad dulce de su madre; de la que adquirió su conocimiento del alemán y su amor por uno de los más destacados poetas y ensayistas alemanes del siglo XIX: Heinrich Heine; de él se recuerda la frase “Donde se ama a los libros también se ama a la humanidad”. En 1924, Vygotsky se casó con Rosa Smekhova, tuvieron dos hijas.


La «troika» de la Escuela Vygotskyana. La publicación por parte de Ediciones Desde Abajo del título “Lev Vygotski. La psicología en la Revolución Rusa” es un afortunado acontecimiento para las ciencias sociales y humanas en Colombia, en particular para los cultivadores del pensamiento crítico. El texto incluye el último capítulo de la obra más importante de Vygotsky: “Pensamiento y lenguaje” publicado en 1934, pocos meses después de la muerte de su autor. En este libro, Vygotski estudia uno de los problemas más complejos de la psicología: la interrelación entre pensamiento y leguaje; además, ofrece elementos para comprender la adquisición de la individualidad y deja ver su vehemente lucha «por la conciencia», es decir, por recuperar el valor de la mediatización interna entre estímulo y respuesta. El autor logra explicar, con un significado novedoso, el papel de la sociedad, la cultura y el lenguaje, en el desarrollo del ser humano.


Los años transcurridos entre 1924 y 1934 fueron altamente vitales y productivos para Vygotski. Tras su llegada a Moscú, Aleksandr Romanovich Luria (1902-1977) y Aleksei Nikolaevich Leontiev (1904-1979) se le unieron como discípulos y colegas. Fueron Luria y Leontiev los que, tras su muerte, estarían destinados a ser los principales continuadores de las ideas de su maestro. El libro publicado por Ediciones Desde Abajo incluye el estudio de Leontiev “La ciencia psicológica” y el escrito de Luria “La psicología como ciencia histórica”.


Merece especial atención la inclusión, en el libro reseñado, de las opiniones de Piaget (1896-1980) acerca de las críticas que Vygotski realizara a su concepción. Piaget es considerado el padre de la epistemología genésica; es reconocido por sus aportes al estudio de la infancia y por su teoría constructivista del desarrollo de los conocimientos. Piaget aceptó en lo fundamental las críticas llevadas a cabo sobre su concepto de lenguaje egocéntrico y destaca la originalidad y el valor creador de Vygotski. “El Mozart de la psicología” dedicó especial atención al surgimiento del lenguaje interior y al estudio de su génesis, y critica la hipótesis de Piaget acerca del lenguaje egocéntrico, de acuerdo a la cual el niño hablaría fundamentalmente para sí. De acuerdo con Vygotski, en cambio, el llamado lenguaje egocéntrico que se observa cuando el niño habla sin tener aparentemente destinatario para sus palabras, cumple también una función social de comunicación y es precisamente este tipo de lenguaje, el que al ser incorporado, interiorizado, da lugar al nacimiento del lenguaje interior.


En conclusión, los tres temas que constituyen el núcleo de la estructura teórica de Vygotski son: i) el método genético o evolutivo; ii) la tesis de que los procesos psicológicos superiores tienen su origen en procesos materiales históricos, dialecticos, sociales y culturales; iii) la tesis de que los procesos mentales pueden entenderse solamente mediante la comprensión de los instrumentos y signos que actúan de mediadores. La contribución más original e importante de Vygotski consiste en el concepto de mediación. Vygotski define el desarrollo en términos de aparición y transformación de diversas formas de mediación y su noción de interacción y su relación con los procesos psicológicos superiores implica necesariamente los mecanismos semióticos.


Una palabra es un microcosmos de conciencia humana. La obra desarrollada por La «troika» de la Escuela Vygotskyana deja una importante perspectiva investigativa: el pensamiento y el lenguaje, que reflejan la realidad en distinta forma que la percepción, son la clave de la naturaleza de la conciencia humana. Las palabras tienen un papel destacado tanto en el desarrollo del pensamiento como en el desarrollo histórico de la conciencia de la totalidad.

Rosenell Baud, detalle (Cortesía de la autora)

Budapest, 23 de mayo de 2018. De saco oscuro un poco amplio y camisa violeta abierta sobre una remera, Stephen Bannon se planta frente a una asistencia de intelectuales y notables húngaros. “La mecha que disparó la revolución Trump fue encendida el 15 de septiembre de 2008 a las 9 de la mañana, cuando Lehman Brothers fue obligada a quebrar.” El ex estratega de la Casa Blanca no lo ignora: aquí, la crisis fue particularmente violenta. “Las elites se rescataron a sí mismas. Socializaron por completo el riesgo –continúa este ex vicepresidente del banco Goldman Sachs, cuyas actividades políticas son financiadas por fondos especulativos–. Pero el hombre de la calle, ¿fue rescatado?” Este “socialismo para los ricos” habría provocado en varios puntos del globo una “verdadera revuelta populista. En 2010, Viktor Orbán volvió al poder en Hungría”; fue un “Trump antes de Trump”.


Una década después de la tempestad financiera, el derrumbe económico mundial y la crisis de la deuda pública en Europa desaparecieron de las terminales Bloomberg donde centellean las curvas vitales del capitalismo. Pero su onda de choque amplificó dos grandes desajustes.


En primer lugar, el del orden internacional liberal de la pos Guerra Fría, centrado en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan), las instituciones financieras occidentales, la liberalización del comercio. Si bien, contrariamente a lo que prometía Mao Zedong, el viento del Este no prevalece todavía sobre el viento del Oeste, la recomposición geopolítica ha comenzado: cerca de treinta años después de la caída del Muro de Berlín, el capitalismo estatal chino extiende su influencia; apoyada en la prosperidad de una clase media en ascenso, la “economía socialista de mercado” une su porvenir a la globalización continua de los intercambios, que descompone la industria manufacturera de la mayoría de los países occidentales. Entre ellas, la de Estados Unidos, que el presidente Donald Trump prometió desde su primer discurso oficial salvar de la “carnicería”.


La sacudida de 2008 y sus réplicas también desestabilizaron el orden político que veía en la democracia de mercado la forma acabada de la historia.


La soberbia de una tecnocracia hipócrita, deslocalizada en Nueva York o en Bruselas, que impone medidas impopulares en nombre del saber y de la modernidad, abrió la vía a gobernantes estrenduosos y conservadores. De Washington a Varsovia, pasando por Budapest, Trump, Jarosław Kaczyński y Orbán reivindican tanto el capitalismo como Barack Obama, Angela Merkel, Justin Trudeau o Emmanuel Macron; pero un capitalismo asociado con otra cultura, “iliberal”, nacional y autoritaria, que exalta el país profundo más que los valores de las grandes metrópolis.


Esta fractura divide a las clases dirigentes. Es puesta en escena y amplificada por los medios de comunicación, que restringen el horizonte de las elecciones políticas posibles a esos dos hermanos enemigos. Ahora bien, los recién llegados apuntan igual que los otros a enriquecer a los ricos, pero explotando el sentimiento inspirado por el liberalismo y la socialdemocracia a una fracción a menudo mayoritaria de los sectores populares: un disgusto mezclado de rabia.


La venganza de la globalización


La respuesta a la crisis de 2008 expuso, sin dejar la posibilidad de mirar para otro lado, tres desmentidas a la letanía sobre el buen gobierno que los dirigentes de centroderecha y de centroizquierda recitaban desde la descomposición de la Unión Soviética. Ni la globalización, ni la democracia ni el liberalismo salen indemnes.


En primer lugar, la internacionalización de la economía no es buena para todos los países, y ni siquiera para una mayoría de los asalariados en Occidente. La elección de Trump propulsó a la Casa Blanca a un hombre desde hace largo tiempo convencido de que, lejos de ser provechosa para su país, la globalización había precipitado su decadencia y garantizado el despegue de sus competidores estratégicos. Con él, “America first” (“Estados Unidos primero”) prevaleció sobre el “todos ganamos” de los librecambistas. Así el 4 de agosto pasado, en Ohio, un estado industrial habitualmente disputado, pero que él ganó por más de ocho puntos por delante de Hillary Clinton, el presidente estadounidense recordaba el déficit comercial abismal (y creciente) de su país –¡817.000 millones de dólares por año!–, antes de ofrecer su explicación al respecto: “No estoy resentido con los chinos. ¡Pero ni siquiera ellos pueden creer que los hayamos dejado actuar hasta ese punto a nuestras expensas! Realmente reconstruimos China; ¡es tiempo de reconstruir nuestro país! Ohio perdió 200.000 empleos industriales desde que China [en 2000] se unió a la Organización Mundial del Comercio. ¡La OMC es un desastre total! Durante décadas nuestros políticos permitieron que los otros países robaran nuestros empleos, sustrajeran nuestra riqueza y saquearan nuestra economía”.


A comienzos del siglo pasado el proteccionismo propulsó el despegue industrial de Estados Unidos, como el de muchas otras naciones; las tasas aduaneras, por otra parte, financiaron durante mucho tiempo el poder público, ya que el impuesto sobre la renta no existía antes de la Primera Guerra Mundial. Citando a William McKinley, presidente republicano entre 1897 y 1901 (fue asesinado por un anarquista), Trump insiste: “Él había comprendido la importancia decisiva de las tarifas aduaneras para mantener la potencia de un país”. La Casa Blanca recurre ya a las mismas sin vacilar, y sin preocuparse por la OMC. Turquía, Rusia, Irán, Unión Europea, Canadá, China: cada semana aporta su lote de sanciones comerciales contra Estados, amigos o no, que Washington tomó por blancos. La invocación de la “seguridad nacional” permite que el presidente Trump se abstenga del aval del Congreso, donde los parlamentarios y los lobbies que financian sus campañas permanecen acoplados al libre cambio.


En Estados Unidos, China tiene más consenso, pero en su contra. No solamente por razones comerciales: Pekín también es percibido como el rival estratégico por excelencia. Más allá de que suscite desconfianza por su potencial económico, ocho veces superior al de Rusia, y por sus tentaciones expansionistas en Asia, su modelo político autoritario compite con el de Washington. Por otra parte, aun cuando sostiene que su teoría de 1989 sobre el triunfo irreversible y universal del capitalismo liberal sigue siendo válida, el politólogo estadounidense Francis Fukuyama le aporta un atenuante esencial: “China es de lejos el mayor desafío al relato del ‘fin de la historia’, puesto que se ha modernizado económicamente al tiempo que sigue siendo una dictadura. […] Si en el curso de los próximos años su crecimiento prosigue y conserva su lugar de mayor potencia económica del mundo, admitiré que mi tesis fue definitivamente refutada” (1). En el fondo, Trump y sus adversarios internos coinciden por lo menos en un punto: el primero considera que el orden internacional liberal le cuesta demasiado caro a Estados Unidos; los segundos, que los éxitos de China amenazan con dar al traste con él.
De la geopolítica a la política no hay más que un paso. La globalización provocó la destrucción de empleos y el derrumbe de los salarios occidentales: en Estados Unidos su participación en el Producto Interno Bruto (PIB) pasó del 64 por ciento al 58 por ciento sólo en los últimos 10 años, es decir, ¡una pérdida anual igual a 7.500 dólares por trabajador (2)!


Ahora bien, es precisamente en las regiones industriales devastadas por la competencia china donde los obreros estadounidenses más se volcaron a la derecha en estos últimos años. Por supuesto, se puede imputar ese giro electoral a una serie de factores “culturales” (sexismo, racismo, afición por las armas de fuego, hostilidad al aborto y al matrimonio homosexual, etc.). Pero entonces hay que cerrar los ojos a una explicación económica por lo menos igual de concluyente: mientras que el número de los condados donde más del 25 por ciento de los empleos dependían del sector industrial se derrumbó entre 1992 y 2016, pasando de 862 a 323, el equilibrio entre votos demócrata y republicano se metamorfoseó. Hace un cuarto de siglo se repartían casi por igual entre los dos grandes partidos (alrededor de 400 cada uno); en 2016, 306 eligieron a Trump y 17 a Hillary Clinton (3). Promovida por un presidente demócrata –precisamente William Clinton–, la adhesión de China a la OMC debía acelerar la transformación de ese país en una sociedad capitalista liberal. Por sobre todas las cosas, terminó alejando a los obreros estadounidenses de la globalización, del liberalismo y del voto demócrata…


Poco antes de la caída de Lehman Brothers, el entonces presidente de la Reserva Federal estadounidense Alan Greenspan explicaba, con tranquilidad: “Gracias a la globalización, las políticas públicas estadounidenses fueron en gran medida reemplazadas por las fuerzas globales de los mercados. Fuera de las cuestiones de seguridad nacional, la identidad del próximo presidente ya casi no importa” (4). Diez años más tarde, nadie repetiría semejante diagnóstico.


El circo democrático


En los países de Europa Central cuya expansión descansa aún en las exportaciones, el cuestionamiento de la globalización no recae en los intercambios comerciales. Pero los “hombres fuertes” en el poder denuncian la imposición por la Unión Europea de “valores occidentales” considerados débiles y decadentes, por ser favorables a la inmigración, a la homosexualidad, al ateísmo, al feminismo, a la ecología, a la disolución de la familia, etc. También impugnan la índole democrática del capitalismo liberal. No sin fundamentos, en este último caso. Porque, en materia de igualdad de los derechos políticos y cívicos, la cuestión de saber si las mismas reglas se aplicaban a todos resultó una vez más zanjada después de 2008: “Ningún financista de alto nivel fue llevado ante la justicia –señala el periodista John Lanchester–. Durante el escándalo de las cajas de ahorro de los años ochenta, 1.100 personas habían sido inculpadas” (5). Los detenidos de una penitenciaría francesa ya se burlaban en el siglo pasado: “El que roba un huevo va a la cárcel; el que roba una vaca va al Palacio Borbón”.


El pueblo elige, pero el capital decide. Al gobernar en contra de sus promesas, los dirigentes liberales, tanto de derecha como de izquierda, ratificaron esa sospecha luego de casi cada elección. Elegido para romper con las políticas conservadoras de sus predecesores, Obama redujo los déficits públicos, ajustó los gastos sociales y, en vez de imponer la seguridad social, impuso a los estadounidenses la compra de un seguro médico a un trust privado. En Francia, Nicolas Sarkozy retrasó por dos años la edad de la jubilación que se había comprometido formalmente a no modificar; con la misma desenvoltura, François Hollande hizo votar un pacto de estabilidad europea que había prometido renegociar. En el Reino Unido, el dirigente liberal Nick Clegg, para sorpresa general, se alió al Partido Conservador y luego, convertido en viceprimer ministro, aceptó triplicar los gastos de inscripción universitarios que había jurado suprimir.


En los años setenta, algunos partidos comunistas de Europa Occidental sugerían que su eventual acceso al poder por las urnas sería un “viaje de ida”, ya que la construcción del socialismo, una vez lanzada, no podía depender de los avatares electorales. La victoria del “mundo libre” sobre la hidra soviética acomodó ese principio con más astucia: el derecho de voto no fue suspendido, pero viene con el deber de confirmar las preferencias de las clases dirigentes. So pena de tener que volver a empezar. “En 1992 –recuerda el periodista Jack Dion– los daneses votaron contra el Tratado de Maastricht: fueron obligados a volver a las urnas. En 2001, los irlandeses votaron contra el Tratado de Niza: fueron obligados a volver a las urnas. En 2005, los franceses y los holandeses votaron contra el Tratado Constitucional Europeo (TCE): les fue impuesto bajo el nombre de Tratado de Lisboa. En 2008, los irlandeses votaron contra el Tratado de Lisboa: fueron obligados a volver a votar. En 2015, los griegos votaron por 61,3 por ciento contra el plan de ajuste de Bruselas, que les fue infligido de todas formas” (6).


Justamente ese año, dirigiéndose a un gobierno de izquierda elegido algunos meses antes y obligado a administrar un tratamiento de shock liberal a su población, el ministro de Finanzas alemán Wolfgang Schäuble resumía el alcance que concede al circo democrático: “Las elecciones no deben permitir que se cambie de política económica” (7). Por su parte, el comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios Pierre Moscovici explicaría más tarde: “Veintitrés personas por todo concepto, con sus adjuntos, toman –o no– decisiones fundamentales para millones de otras personas, en este caso los griegos, sobre la base de parámetros extraordinariamente técnicos, decisiones que se sustraen a todo control democrático. El Eurogrupo no rinde cuentas a ningún gobierno, a ningún Parlamento, menos que menos al Parlamento Europeo” (8). Una asamblea en la cual, sin embargo, Moscovici aspira sesionar el año que viene.


Autoritario e “iliberal” a su manera, ese desprecio por la soberanía popular alimenta uno de los más poderosos argumentos de campaña de los dirigentes conservadores de ambas partes del Atlántico. Contrariamente a los partidos de centroizquierda o de centroderecha, que se comprometen, sin dotarse de medios, a reanimar una democracia moribunda, Trump y Orbán, como Kaczyński en Polonia o Matteo Salvini en Italia, ratifican su agonía. No conservan de ella más que el sufragio mayoritario, e invierten el juego: al autoritarismo intensivo y experto de Washington, Bruselas o Wall Street oponen un autoritarismo nacional y sin coerciones que presentan como una reconquista popular.


Intervencionismo y alambre de púas


Después de aquellas que atañen a la globalización y a la democracia, la tercera desmentida aportada por la crisis al discurso dominante de los años precedentes atañe al rol económico del poder público. Todo es posible, pero no para todo el mundo: raramente una demostración de este principio fue administrada con tanta claridad como en la década transcurrida. Creación monetaria frenética, nacionalizaciones, desprecio por los tratados internacionales, acción discrecional de los representantes, etc.: para salvar a cambio de nada a los establecimientos bancarios de los que dependía la supervivencia del sistema, la mayoría de las operaciones decretadas imposibles e impensables fueron efectuadas sin ninguna dificultad de ambas partes del Atlántico. Este intervencionismo masivo reveló un Estado fuerte, capaz de movilizar su poder en un campo del que sin embargo parecía haberse excluido él mismo (9). Pero si el Estado es fuerte, es ante todo para garantizar al capital un marco estable.


Inflexible cuando se trataba de reducir los gastos sociales con el objeto de disminuir el déficit público bajo el límite del 3 por ciento del PIB, Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo entre 2003 y 2011, admitió que los compromisos financieros asumidos a fines de 2008 por los jefes de Estado para salvar el sistema bancario representaban a mediados de 2009 “27% del PIB en Europa y Estados Unidos” (10). Las decenas de millones de desocupados, de expropiados, de enfermos esparcidos por los hospitales escasos de medicamentos como en Grecia, por su parte, jamás tuvieron el privilegio de constituir un “riesgo sistémico”. “Por sus elecciones políticas, los gobiernos de la zona euro hundieron a decenas de millones de sus ciudadanos en las profundidades de una depresión comparable a la de los años treinta. Es uno de los peores desastres económicos autoinfligidos jamás observados”, observa el historiador Adam Tooze (11).


El descrédito de la clase dirigente y la rehabilitación del poder estatal no podían más que abrir el camino a un nuevo estilo de gobierno. Cuando se le preguntó en 2010 si acceder al poder en plena tormenta planetaria le preocupaba, el primer ministro húngaro sonrió: “No, a mí me gusta el caos. Porque, partiendo de él, puedo construir un orden nuevo. El orden que quiero” (12). A ejemplo de Trump, los dirigentes conservadores de Europa Central supieron implantar la legitimidad popular de un Estado fuerte al servicio de los ricos. Pero más que garantizar derechos sociales incompatibles con las exigencias de los propietarios, el poder público se afirma cerrando las fronteras a los migrantes y proclamándose garante de la “identidad cultural” de la nación. Entonces, el alambre de púas marca el retorno del Estado.


Por el momento, esa estrategia que recupera, distorsiona y desnaturaliza una demanda popular de protección parece funcionar. Lo que equivale a decir que las causas de la crisis financiera que hizo descarrilar el mundo permanecen intactas, precisamente cuando la vida política de países como Italia, Hungría o regiones como Baviera parece obsesionada por la cuestión de los refugiados. Educada en las prioridades de los campus estadounidenses, una parte de la izquierda occidental, muy moderada o muy radical, adora enfrentar a la derecha en ese terreno (13).


Para contrariar la Gran Recesión, los jefes de Gobierno, por lo tanto, develaron el simulacro democrático, la fuerza del Estado, la naturaleza muy política de la economía y la inclinación antisocial de su estrategia general. La rama que los aguantaba está fragilizada, como lo demuestra la inestabilidad electoral que vuelve a barajar los naipes políticos. Desde 2014, la mayoría de los escrutinios occidentales señalan una descomposición o un debilitamiento de las fuerzas tradicionales. Y simétricamente, el auge de personalidades o de corrientes ayer marginales que impugnan las instituciones dominantes, a menudo por razones opuestas, a ejemplo de Trump y de Bernie Sanders, detractores uno y otro de Wall Street y de los medios de comunicación. Mismo escenario del otro lado del Atlántico, donde los nuevos conservadores consideran que la construcción europea es demasiado liberal en los planos social y migratorio, mientras que las nuevas voces de la izquierda, como Podemos en España, La Francia Insumisa en Francia o Jeremy Corbyn a la cabeza del Partido Laborista en el Reino Unido, critican sus políticas de austeridad.


Como no pretenden dar vuelta la mesa sino solamente cambiar a los jugadores, los “hombres fuertes” pueden descontar el apoyo de una fracción de las clases dirigentes. El 26 de julio de 2014, en Rumania, Orbán anunció el juego en un discurso resonante: “El nuevo Estado que construimos en Hungría es un Estado iliberal: un Estado no liberal”. Pero contrariamente a aquello que los grandes medios remacharon desde entonces, sus objetivos no se reducían al rechazo del multiculturalismo, de la “sociedad abierta”, y a la promoción de los valores familiares y cristianos. También anunciaba un proyecto económico, el de “construir una nación competidora en la gran competencia mundial de las décadas venideras”. “Nosotros consideramos –decía– que una democracia no necesariamente debe ser liberal y que no es porque un Estado deja de ser liberal por lo que deja de ser una democracia.” Tomando como ejemplos a China, Turquía y Singapur, el primer ministro húngaro en suma devuelve al remitente el “There is no alternative” (“No hay otra alternativa”) de Margaret Thatcher: “Las sociedades que tienen una democracia liberal como fundamento probablemente sean incapaces de mantener su competitividad en las décadas venideras” (14). Semejante designio seduce a los dirigentes polacos y checos, pero también a los partidos de extrema derecha franceses y alemanes.


La fábula del “capitalismo inclusivo”


Ante el éxito impactante de sus competidores, los pensadores liberales perdieron su soberbia y su oropel. “La contrarrevolución es alimentada por la polarización de la política interior, donde el antagonismo reemplaza el compromiso. Y se enfoca en la revolución liberal y las victorias obtenidas por las minorías”, se estremece Michael Ignatieff, rector de la Universidad de Europa Central en Budapest, una institución fundada por iniciativa del multimillonario liberal George Soros. “Queda claro –añade– que el breve momento de dominación de la sociedad abierta ha terminado” (15). A sus ojos, los dirigentes autoritarios que toman como blancos el Estado de Derecho, el equilibrio de poderes, la libertad de los medios privados y los derechos de las minorías, en efecto, atacan los pilares esenciales de las democracias.


El semanario británico The Economist, que hace las veces de boletín de enlace de las elites liberales mundiales, coincide con esa visión. Cuando el 16 de junio pasado se enloquece por un “deterioro alarmante de la democracia desde la crisis financiera de 2007-2008”, no incrimina ni las desigualdades de fortuna abismales ni la destrucción de empleos industriales por el libre comercio, ni el no respeto de la voluntad de los electores por los dirigentes “demócratas”, sino que la emprende contra “los hombres fuertes [que] socavan la democracia”. Frente a ellos, espera, “los jueces independientes y los periodistas dinámicos forman la primera línea de defensa”. Un baluarte tan limitado como frágil.


Durante mucho tiempo, las clases superiores se beneficiaron con el juego electoral gracias a tres factores convergentes: la abstención creciente de los sectores populares, el “voto útil” debido a la repulsión que inspiraban “los extremos”, la pretensión de los partidos centrales de representar los intereses combinados de la burguesía y de las clases medias. Pero los demagogos reaccionarios han vuelto a movilizar a los abstencionistas; la Gran Recesión fragilizó a las clases medias, y los arbitrajes políticos de los “moderados” y de sus brillantes consejeros desencadenaron la crisis del siglo…
El desencanto relativo a la utopía de las nuevas tecnologías se suma a la amargura de los amantes de las sociedades abiertas. Ayer celebrados como los profetas de una civilización liberal-libertaria, los patrones demócratas de Silicon Valley construyeron una máquina de vigilancia y de control social tan poderosa que el gobierno chino la imita para mantener el orden. La esperanza de un ágora mundial propulsada por una conectividad universal se derrumba, para el mayor perjuicio de algunos de sus comulgantes de antaño: “La tecnología, por las manipulaciones que permite, por las fake news, pero aun más porque vehicula la emoción más que la razón, refuerza todavía a los cínicos y a los dictadores”, solloza un editorialista (16).


Ante la cercanía del trigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín, los heraldos del “mundo libre” temen que la fiesta sea deprimente. “La transición hacia las democracias liberales fue en gran medida piloteada por una elite instruida, muy pro-occidental”, admite Fukuyama. Por desgracia, las poblaciones menos educadas “nunca fueron seducidas por ese liberalismo, por la idea de que se podía tener una sociedad multirracial, multiétnica, donde todos los valores tradicionales se borrarían ante el matrimonio igualitario, la inmigración, etc.” (17). Pero ¿a quién imputarle esa falta de efecto de tracción de la minoría esclarecida? A la indolencia de todos los jóvenes burgueses que, se irrita Fukuyama, “se contentan con quedarse sentados en sus casas, felicitándose por su amplitud de mente y por su ausencia de fanatismo. […] Y que no se movilizan contra el enemigo más que yendo a sentarse en la terraza de un café con un mojito en la mano” (18).


En efecto, eso no será suficiente… Como tampoco el hecho de controlar los medios o de inundar las redes sociales con comentarios indignados destinados a “amigos” igualmente indignados, siempre por las mismas cosas. Obama lo comprendió. El 17 de julio pasado entregó un análisis detallado, a menudo lúcido, de las décadas transcurridas. Pero no pudo dejar de retomar la idea fija de la izquierda neoliberal desde que adoptó el modelo capitalista. En sustancia, como lo había recordado el ex primer ministro italiano de centroizquierda Paolo Gentiloni a Trump el 24 de enero de 2018 en Davos, “se puede corregir el marco, pero no cambiarlo”.


La globalización, admite Obama, trajo aparejados errores y rapacidad. Debilitó el poder de los sindicatos, “permitió que el capital escape a los impuestos y a las leyes de los Estados desplazando centenares de miles de millones de dólares mediante una simple presión en la tecla de una computadora”. Muy bien, ¿y el remedio? Un “capitalismo inclusivo”, iluminado por la moralidad humanista de los capitalistas. A su juicio, sólo eso, que es como ladrarle a la luna, podrá corregir algunos de los defectos del sistema. A partir del momento en que no ve ningún otro disponible, y que, en el fondo, ése le conviene…


El ex presidente estadounidense no niega que la crisis de 2008 y las malas respuestas que se aportaron (inclusive por él, uno imagina) favorecieron el desarrollo de una “política del miedo, del resentimiento y del repliegue”, la “popularidad de los hombres fuertes”, la de un “modelo chino de control autoritario, considerado preferible a una democracia percibida como desordenada”. Pero él asigna la responsabilidad esencial de esos desarreglos a los “populistas” que recuperan las inseguridades y amenazan al mundo con un retorno al “orden antiguo, más peligroso y más brutal”. Preservando de paso a las elites sociales e intelectuales (sus pares…) que crearon las condiciones de la crisis, y que, a menudo, la aprovecharon.


Semejante panorama comprende para ellas muchas ventajas. En primer lugar, repetir que la dictadura nos amenaza permite hacer creer que la democracia reina, aunque siempre reclama algunos menudos ajustes. Más fundamentalmente, la idea de Obama (o aquella, idéntica, de Macron) según la cual “dos visiones muy diferentes del porvenir de la humanidad están en competencia para los corazones y las mentes de los ciudadanos de todo el mundo” permite soslayar lo que esas “dos visiones” comparten. Nada menos que el modo de producción y de propiedad, o, para retomar los términos mismos del ex presidente estadounidense, “la influencia económica, política, mediática desproporcionada de aquellos que están en la cima”. En ese plano, en efecto, nada distingue a Macron de Trump, así como por otra parte lo demostró su apuro común en disminuir, desde su acceso al poder, el impuesto a las ganancias del capital.


Reducir obstinadamente la vida política de las décadas venideras al enfrentamiento entre democracia y populismo, apertura y soberanismo, no traerá ningún alivio a esa fracción creciente de los sectores populares desengañados de una “democracia” que la abandonó y de una izquierda que se metamorfoseó como partido de la burguesía diplomada. Diez años después del estallido de la crisis financiera, el combate victorioso contra el “orden brutal y peligroso” que se dibuja reclama algo muy distinto. Y ante todo, el desarrollo de una fuerza política capaz de combatir simultáneamente a los “tecnócratas esclarecidos” y a los “multimillonarios rabiosos” (19), rechazando así el rol de fuerza de apoyo de uno de los dos bloques que, cada uno a su manera, ponen a la humanidad en peligro.

 

1. Francis Fukuyama, “Retour sur ‘La Fin de l’histoire’ ?”, Commentaire, N° 161, París, primavera de 2018.
2. William Galston, “Wage stagnation is everyone’s problem”, The Wall Street Journal, Nueva York, 14-8-18. Sobre las destrucciones de empleos por causa de la globalización, véase Daron Acemoğlu et al., “Import competition and the great US employment sag of the 2000s”, Journal of Labor Economics, Vol. 34, N° S1, Chicago, enero de 2016.
3. Bob Davis y Dante Chinni, “America’s factory towns, once solidly blue, are now a GOP haven”, y Bob Davis y Jon Hilsenrath, “How the China shock, deep and swift, spurred the rise of Trump”, The Wall Street Journal, 19-7-18 y 11-8-16 respectivamente.
4. Citado por Adam Tooze, Crashed: How a Decade of Financial Crises Changed the World, Penguin Books, Nueva York, 2018.
5. John Lanchester, “After the fall”, London Review of Books, Vol. 40, N° 13, 5-7-18.
6. Jack Dion, “Les marchés contre les peuples”, Marianne, París, 1-6-18.
7. Yanis Varoufakis, Comportarse como adultos. Mi batalla contra el establishment europeo, Deusto, Barcelona, 2017.
8. Pierre Moscovici, Dans ce clair-obscur surgissent les monstres. Choses vues au cœur du pouvoir, Plon, París, 2018.
9. Véase Frédéric Lordon, “Cuando Wall Street se hizo socialista”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, octubre de 2008.
10. “Jean-Claude Trichet, ‘Nous sommes encore dans une situation dangereuse’”, Le Monde, París, 14-9-13.
11. Adam Tooze, Crashed, op. cit.
12. Drew Hinshaw y Marcus Walker, “In Orban’s Hungary, a glimpse of Europe’s demise”, The Wall Street Journal, 9-8-18.
13. Véase Pierre Bourdieu y Loic Wacquant, “Una nueva vulgata planetaria”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo de 2000.
14. “Prime minister Viktor Orbán’s speech at the 25th Bálványos Summer Free University and Student Camp”, 30-7-14, http://2010-2015.miniszterelnok.hu
15. Michael Ignatieff y Stefan Roch (dirs.), Rethinking Open Society: New Adversaries and New Opportunities, CEU Press, Budapest, 2018.
16. Éric Le Boucher, “Le salut par l’éthique, la démocratie, l’Europe”, L’Opinion, París, 9-7-18.
17. Citado por Michael Steinberger, “George Soros bet big on liberal democracy. Now he fears he is losing”, The New York Times Magazine, 17-7-18.
18. “Francis Fukuyama, ‘Il y a un risque de défaite de la démocratie’”, Le Figaro Magazine, París, 6-4-18.
19. Una fórmula de Thomas Frank.

*Respectivamente, director y redactor de Le Monde diplomatique.
Traducción: Víctor Goldstein

Gabriel Beltrán, Cometas, 100 x 80 x 36 cm, escultura

Lo sucedido el 26 de agosto, con sus antecedentes, no se puede dejar pasar sin sacar de ello múltiples lecciones. No es para menos: la iniciativa de las congresistas Claudia López y Angélica Lozano, con el aval del Partido Verde, que por momentos reflejó claroscuros de estrategia para ampliar opinión pública y así posicionarse para las elecciones parlamentarias de marzo último, ganó el tinte de una confrontación entre política de nuevo tipo y vieja política, entre los de arriba y los de abajo, entre derecha e izquierda, así no todos los de la coordenada del statu quo hayan actuado de manera abierta y activa para hundir la consulta motivo de este escrito, y los que aspiran al cambio, parcial o total, no hayan logrado zafarse del espíritu poco transformador y sin ruptura que marcaba todas y cada una de las siete preguntas que integraron el tarjetón.


Entre lo viejo y lo nuevo


En un país donde la corrupción es norma de normas, la convocatoria a una consulta para reprobar la apropiación –el robo– de los dineros y de los recursos que supuestamente son de todos debiera contar con el ambiente necesario y el espontáneo favor ciudadano. Y así fue en una primera instancia. Con la exigencia de reunir por lo menos 1.762.080 firmas, la cosecha de éstas arrojó en pocos meses 4.236.000, suficientes para recalcar que la iniciativa tenía amplio apoyo social.


Tras los días tomados para su revisión, la Registraduría del Estado Civil avaló en septiembre de 2017 un total de 3.092.138 rúbricas, es decir, más del doble de las requeridas. ¡Todo un éxito! El mismo que arrinconó al Congreso de la República, llevándolo el pasado 5 de junio, con 84 votos a favor y 0 en contra, a la aprobación de la Consulta, reafirmando así que oponerse abiertamente a una iniciativa tan cotizada no daba cuenta de aquello que es conocido como realismo político. Así, muchos de los que son señalados por la ciudadanía como sustancia de la corrupción actuaron y opinaron como su antítesis. Ahora no quedaba faltando sino el “día de la quema”.


Para ello, se fue apilando la leña. Poco a poco, voceros del Centro Democrático, como su principal figura, dejaron deslizar de manera disfrazada su oposición a la consulta (1). Caras públicas de otras expresiones políticas, como Vivian Morales, no ocultaban su negativa a la iniciativa en curso (2). Como si fuera poco, el Presidente mismo, que como congresista siempre se mostró de acuerdo con esta iniciativa, al radicar el 8 de agosto varios proyectos de ley que supuestamente pretenden lo mismo que la consulta, dejaba en claro la disposición del establecimiento por enfriarla –mostrarla como innecesaria, pues ya están los proyectos de ley cursando en el Legislativo–, actuando ante el país como el paladín de la anticorrupción. Llegado el caso, si fuera necesario, también podía enredar la discusión sobre las reformas por aprobar en esta materia.


Se trató de una estrategia de engaño y distracción que no paró ahí. Entre los troncos y ramas reunidos con ocasión de la cita ciudadana para el 26 pasado, sobresalían los chamizos de la desinformación. Poco a poco, con mayor intensidad durante las semanas previas a esta votación, comenzaron a circular correos en los cuales aseguraban que la reducción de salarios para congresistas y otros funcionarios de primerísimo rango también afectaría a empleados medios de la Fiscalía, o que la pretensión real de esta citación era reunir una cantidad de votos para convocar a una Constituyente, y así darle paso a un gobierno de izquierda. Inculcar miedo para desmovilizar. La insistencia en que la consulta era innecesaria, pues ya existen las normas pretendidas, y en que los 300 mil millones que costaba era la mayor muestra de corrupción, llegaba a los teléfonos una y otra vez.


Tal contrainformación daba paso a algunas aclaraciones. A la manipulación de la pregunta número 1 de la consulta (reducción del salario de los congresistas y altos funcionarios del Estado señalados en el artículo 197 de la Constitución Nacional, que son 395 funcionarios del primer orden), la exsenadora Claudia López, buscando neutralizar la campaña en contra de la consulta que podía vivirse entre los miembros de las Fuerzas Armadas, les hizo un guiño a los uniformados al proponer que el sueldo de los generales debía pasar de 15 a $ 20 millones. Los argumentos no vienen al caso pero la maniobra sí, pues ejemplifica el realismo político con que avanzaba el suceso que marca para la memoria el 26 de agosto de 2018.


Es aquél el mismo realismo político que en ocasiones se puede confundir con manipulación, igual al que –una vez conocido que el voto favorable por las siete preguntas del tarjetón había reunido 11,6 millones de sufragios– motivó que las dos personas más reconocidas por la promoción de este suceso salieran en medios de información asegurando que se había ganado, pese al resultado obtenido.


Ese es el mal llamado realismo político con el cual se trata de explotar lo mejor de cada suceso y de mermar el espacio de los contrincantes, y en esta ocasión no podía ser la excepción. En sus declaraciones, enfatizando una y otra vez en el triunfo, las voceras dejan a un lado: 1) que no se había alcanzado el umbral de los 12.140.342 votos, necesario para obligar al Congreso a legislar sobre lo consultado a la sociedad colombiana, 2) la prolongación del abstencionismo hasta un 70 por ciento, como reflejo de la triada indiferencia-incredulidad-despolitización reinante entre millones de connacionales, producto cosechado del mal endémico de la democracia formal de Colombia, pero también como clara expresión de la acción efectiva de una parte significativa del establecimiento al oponerse a esta citación electoral.


Es así como tenemos un triunfo con diversos propietarios. A las 8 de la noche del mismo 26 de agosto, el presidente Duque afirmó, en alocución al país con motivo de este suceso: “Más de 11 millones de ciudadanos votamos la Consulta Anticorrupción. […] Desafortunadamente el número de votos no alcanzó el umbral de participación que la ley estipula”. Esta última afirmación contrasta con la de las promotoras, además de recordar que no hay mandato ciudadano legal que obligue al Congreso, así lo haya en otros planos. Para recordar, pasados unos segundos: “Apoyé la Consulta durante la campaña y ya como primer mandatario invité a todos los colombianos a participar”. Es decir, este resultado también se debe a “nuestra acción”. De ahí que, momentos después, recalque: “La lucha contra la corrupción no tiene tinte ni color político. La lucha contra la corrupción no tiene partido ni ideologías”.


Seguidamente, el Primer Mandatario le hace un amarre a su mensaje, que de seguro atizará diferencias a la hora de intentar acuerdos entre los diversos partidos que reclaman la nueva legislación en cuestión: “He invitado a todos los colombianos a que hagamos un pacto por Colombia. Este acuerdo nacional no puede dejar de incluir un pacto contra la corrupción” (3).


Es así como estamos ante un hecho sui géneris: oposición y gobierno están de acuerdo sobre una misma problemática, y cada uno trata de sacarle el mejor partido. El no matizar el tema por parte de sus impulsoras, así como por parte otras expresiones de centro e izquierda, le permitió al Gobierno abanderarse de tal causa, neutralizando con ello parte de los mejores efectos que la misma pudiera desfogar en el mediano y el largo plazo.


Por demás, esta extraña coincidencia política entre fuerzas que se suponen contrarias, con una problemática que no afecta ni confronta de manera estructural al establecimiento, deja traslucir que el tema de la corrupción está lejos de ser, como dijera la exsenadora López, “[…] el reto más importante para nuestro país” (3), como lo corroboran las cifras de miseria, empobrecimiento, exclusión, desempleo, informalidad laboral, subempleo, rebusque por cuenta propia, e ingresos, hambre, desnutrición, falta de techo, inquilinatos, acceso a servicios públicos, capacidad para cancelar la factura mensual, etcétera. Sin duda, y con estos faltantes ante la vista, el reto más importante que tenemos como sociedad es lograr el imperio de la justicia, la igualdad y la felicidad, para lo cual es necesario que un buen gobierno tome asiento, por fin, entre nosotros.


Entonces, si la corrupción es una bandera que cualquiera puede blandir, es claro que la campaña por la consulta quedó en deuda con la necesidad de enfatizar que el motor de la misma no está en las personas sino que descansa en factores estructurales, entre ellos el neoliberalismo, el mismo que propagó y ahondó durante los últimos 35 años una problemática que ya estaba incubada, al legitimar cultural y socialmente en los círculos del poder unos valores ajenos al bien común, potenciando con ello la apropiación con fines privados de todo aquello que se considera del conjunto social. Por tanto, es contra tal realidad como debe dirigir su lucha la sociedad toda: los millones que respondieron al llamado el 26 de agosto, más los que en su escepticismo no dieron su brazo a torcer, más aquellos que, viviendo al margen, escuchan y asumen los intereses contrarios a su condición real.


¿Podrá existir mayor corrupción, concretada en la alianza entre políticos y capital privado, que la que facilitó la privatización de la mayoría de recursos públicos del país? ¿Ganó, efectivamente el país, como dicen algunos, feriando los ahorros de varias generaciones? ¿Se tornó más eficiente la prestación de los servicios públicos? ¿Fueron reducidas las tarifas por la prestación de los mismos, como prometieron unos y otros a la hora de la feria?


Otros muchos aspectos y argumentos de/sobre otra visión de Estado y de política pública, que pudieran hacer de la lucha contra la corrupción una bandera que queme las manos de quienes la enarbolen con fines oportunistas, sobresalieron por su nula explicación ante el concitado electorado. Entre ellos:

 

No es posible controlar de manera efectiva y prolongada, ni erradicar la corrupción, orientando la perspectiva de país dentro de lo conocido como desarrollo.
Un nuevo sentido relacional entre naturaleza y humanos, así como entre éstos, debe tomar forma. Un modelo integral de vida pudiera ser una opción por liderar, con la implementación urgente de un plan humano para los de abajo que despierte y/o recupere confianza e interés entre éstos por lo público, para que actúen como barrera para contener la usurpación de aquello que es del conjunto social.

 

Promoción de un nuevo sentido de la política, en que su actor no se sirve sino que sirve, no sube sino que baja, no decide por sí solo sino que consulta con las gentes; por tanto, en que su programa no es una invención de argumentos con afán electoral sino la síntesis de aquello a lo que aspira y debe ser un requerimiento de la sociedad que representa.


Es necesario pasar de la democracia formal –electoral– a la directa, radical y refrendataria, garantizando que decisiones como la venta de lo colectivo transitará por la consulta del constituyente primario.


Se debe avanzar hacia la superación de la política como profesión –o el asunto de unos pocos–, haciendo de ella una realidad cotidiana para todos los integrantes de una sociedad dada.


El salario de quien ocupa un cargo público no debiera ser superior al de un obrero promedio.


Es imperioso asegurar una vida digna para el conjunto social, con aumento al doble del salario mínimo.


Se debe abolir la cárcel por su fracaso como castigo supuestamente resocializador, y a cambio implementar nuevos tratamientos punitivos a través del control social colectivo.


Hay que erradicar los paraísos fiscales –en tanto agenda global, asumir tal tema como bandera de la geopolítica criolla.


No se deben despertar falsas expectativas con respecto a las sanciones en contra de multinacionales por corrupción, pues hoy su derecho prima sobre el nacional. Impulsar la reconfiguración de esta realidad, que pasa por replantear los Tratados de Libre Comercio firmados por el país, y superar el coloniaje de nuevo tipo y distintas formas, reinante en el mundo de hoy, son retos por afrontar dentro de una agenda integral en la lucha contra la corrupción.


De esta manera, hay que ser enfáticos: el reto que abre la realidad de la corrupción es mucho más que de normas y códigos, ya que trasciende hasta la visión de sociedad necesaria, y sobre tal dilema nada enunciaron quienes impulsaron la jornada del último domingo de agosto, permitiendo así que tal bandera fuera izada por limpios y enlodados. Hoy, el panorama dejado por la consulta, contrario a lo aparente, es viscoso. El triunfo numérico no se dio y el triunfo moral se puede convertir en derrota.

 

1. ¿Por qué el CD cambió su postura sobre la consulta anticorrupción?
https://www.eltiempo.com/politica/congreso/centro-democratico-y-sus-cambios-de-postura-sobre-la-consulta-anticorrupcion-258528.
2. “Consulta anticorrupción es mentirosa y superficial”: Viviane Morales. http://www.elcolombiano.com/colombia/politica/entrevista-con-la-precandidata-presidencial-viviane-morales.
3. https://id.presidencia.gov.co/.

Viernes, 14 Septiembre 2018 09:35

Democracia, ¿con miedo al pueblo?

Escrito por
Miguel Ángel Echeverría

Pasadas las elecciones del 26 de agosto, cuando por primera vez en 27 años de vigencia de la renovada Constitución el país realiza una consulta popular de carácter nacional con un tema de  evidente rechazo ciudadano, resulta oportuno aguzar la mirada sobre los mecanismos de participación ciudadana previstos en los artículos 103 a 106 de la Carta del 91, como son: el voto, el plebiscito, el referendo, la consulta popular, el cabildo abierto, la iniciativa legislativa, y la revocatoria del mandato. Todos, formas de democracia directa en cabeza de la ciudadanía que clama por una mayor participación pero, sin encontrar en ellos mecanismos eficaces y expeditos para hacer sentir su voluntad. 


La comunidad internacional se preguntará qué pasa en Colombia, país donde realizan un plebiscito por la paz y gana el No a los Acuerdos de Paz, y en una Consulta anticorrupción no vota al menos una tercera parte del total de los electores, requisito para qué sea vinculante la decisión del pueblo. Por qué el desdén frente al robo de los recursos públicos y al valor de este certamen democrático.


Todo indica que, con un Estado excluyente y una profunda desigualdad social, con una clase política que mercadeó y envileció su labor, con la criminalización de la acción social alternativa y la despolitización propiciada desde las altas esferas, no es extraño que aún estemos lejos de una sociedad, con primacía de la democracia formal sobre la participativa y, por lo tanto, sin una sociedad movilizada por la defensa de lo suyo.


Es así como, si reparamos en otra parte de nuestra realidad que también aporta a erigir obstáculos que reducen o dificultan la eficacia de estos mecanismos de participación, debemos reconocer que en ellos, y a su alrededor prima por parte de la ciudadanía: falta de conocimiento y apropiación; desmotivación por lo engorroso de hacer realidad estos mecanismos participativos; ausencia de una capacitación seria –no partidista– para ahondar en todos y cada de ellos; la manipulación en que caen las campañas, bien en una consulta, como acabamos de experimentar, bien en un referendo, como sucedió con el impulsado por el derecho al agua como derecho fundamental, o como ha sucedido con las consultas mineras donde también sus principales voceros quedan convertidos en blanco de paramilitares y similares.


Entonces, con unos mecanismos de supuesta participación, ligados a un umbral del 100 por ciento del censo electoral, es tarea más que quijotesca lograr triunfo alguno, lo que convierte la democracia participativa en un simple eufemismo.


De esta manera, entre los muchos retos abiertos por esta realidad está la de reformar precisamente el umbral, ligándolo al censo real e histórico de las votaciones más altas a nivel nacional o la circunscripción dónde se haga –departamento o municipio. No podemos olvidar que la abstención en nuestro país siempre ronda el 50 o más del porcentaje de posibles votantes. Es una realidad tal que si se exigiera lo mismo para elecciones de Congreso u otras Corporaciones nunca habría elegidos, o tocaría implementar el voto obligatorio. 


Todo esto nos permite concluir que la reglamentación de los mecanismos de participación, en vez de propiciarlos los bloqueó, al convertirlos en procesos demasiado engorrosos, costosos y no fiables para los ciudadanos, como aconteció con la revocatoria de Peñalosa dónde se desconoció por parte del Consejo Nacional Electoral y la Registraduria este derecho, con argucias jurídicas con fines políticos; o como ha sucedido con iniciativas legislativas populares, como el Estatuto del Trabajo, presentado al Congreso por firmas debidamente reconocidas y certificadas de miles de trabajadores y no tramitados o archivados. 


Pese a ello, con la consulta anticorrupción el país avanza algunos pasos hacia un cambio en sus formas políticas, sembrando confianza, como dicen popularmente, que “cuando se quiere se puede”, a pesar de no contar con financiación alguna, ni con transporte financiado, ni con algunas de esas formas que más parecen delictivas –corruptas– que ofrecen descuentos en el trámite del pasaporte, de la libreta militar, de la cédula, reducción en la matrícula en la universidad pública, reducción de un mes en la prestación del servicio militar, medio día compensatorio cuando se trata de un empleado del Estado. En fin, como dijo el poeta, “se hace camino al andar” y en Colombia ya estamos enrutados.

* Abogado, defensor de Derechos Humanos.

Edgar Insuasty

Este artículo analiza el gobierno de Iván Duque desde la perspectiva del poder como fundamento de la política. Metodológicamente se consideran tres niveles: i) la base social que cuantitativa y cualitativamente le dio el triunfo electoral, el pasado 17 de junio, ii) el círculo de poder que rodea al mandatario, iii) las fuerzas políticas que le dan gobernabilidad a la actual administración nacional.

 

Al desnudo, así va quedando el nuevo Presidente colombiano. Y el encargado del destape es él mismo. Lo hace para que no quede duda sobre el carácter de su gobierno, al nombrar en su gabinete una decena de ministros con claros intereses corporativos (ver infograma “Gabinete corporativo). Un hecho sin precedentes en nuestra historia republicana, un gobierno de los ricos y para los ricos. Sin tapujos. Por si quedara duda de la prioridad en su gestión, en la 74ª Asamblea de la Andi, ante una nutrida participación de 2.000 empresarios, Iván Duque se comprometió a gobernar en favor de los gremios económicos; en este sentido, expresó que en la reforma tributaria que promoverá su gobierno habrá una “exención del impuesto de renta de las empresas”, a la par que su ministro de Hacienda anuncia una reforma pensional que también les aminorará egresos.


La base social del duquismo


El comportamiento electoral de un individuo es el resultado tanto de factores socio-estructurales como de otros referidos a su personalidad, los que le permiten captar la realidad (aspecto cognoscitivo), expresar valoraciones (aspecto afectivo), reproducir las orientaciones partidistas recibidas en la familia (socialización política) y establecer relación entre el yo propio, sus intereses y necesidades, y los demás, en un contexto socio histórico determinado (identidad).


Consecuente con ello, en Colombia el comportamiento electoral en 2018 muestra que el potencial de los 36.783.940 (100%) votos del actual censo electoral, se distribuyó entre una mitad que optó entre dos candidatos y otra mitad que se abstuvo, votó en blanco o su voto fue no marcado o nulo (ver infograma “Base electoral de la fuerza política).


Quienes votaron por algún candidato, le dieron el triunfo a la coalición de partidos de derecha, representados por Iván Duque, quienes fueron preferidos por 10.373.080 de los votantes (28,2% respecto al potencial electoral). La alianza entre la izquierda y el centro obtuvo 8.034.189 de votos (21,8% en relación al censo electoral).


El triunfo de las fuerzas de derecha se explica por razones de clase, ideológicas, cultural regionalistas, tradición electoral, condicionamiento de la opinión pública por parte de los medios de comunicación, prácticas violentas institucionalizadas y ejercicio del poder político. Además, aunque menos en número, la clase dominante participa en su totalidad y vota de manera disciplinada en defensa de sus intereses (la clase popular es mayoría pero vota menos y su conciencia de clase es débil o inexistente); sin olvidar que la oligarquía tiene el poder de influir en sus subordinados, controla los mecanismos económicos, orienta la opinión pública, manipula los resultados de los eventos electorales y tiene la capacidad de comprar votos (práctica tradicional, por ejemplo, en la región Caribe).


Es así como el 38,6 por ciento de los votos que obtuvo el candidato (un poco más de cuatro millones), hoy en ejercicio de la presidencia, tiene su fuente en los dueños del capital, las familias ricas y la clase media alta de tendencia derechista (proveniente esta última, en su mayoría, del sector fajardista antioqueño de la llamada Coalición Colombia). En última instancia, la oligarquía dominante determina el juego político, controla los mecanismos electorales e impone su poder y liderazgo en nombre de la mayoría.


De esta manera, tomando en cuenta a quienes votan efectivamente, la sociedad colombiana se divide en torno a los partidos políticos, los movimientos sociales y el voto de opinión, los dos primeros de los cuales constituyen formaciones que congregan sectores de la población alrededor de la representación de intereses comunes en el plano político y económico. El partido, como los movimientos sociales, expresan ideas, sentimientos, valores, miedos, intereses y aspiraciones de los grupos que los conforman, así como ejerce entre los individuos la función de identificación política. Con uno y con otro se crea la lealtad política, expresada en el voto o en la movilización directa tras ciertos objetivos. En el país, la tradición constituye la primera de las grandes características de la afiliación política partidista; la segunda, la constituye la localización regional. La resistencia, la búsqueda de caminos alternos para concretar derechos básicos y la autoprotección, son algunos de los motivos para integrar una expresión social independiente.


Precisamente, retomando la adscripción partidista con una mirada histórica, resalta que la región antioqueña (departamento de Antioquia y zona cafetera) posee el mayor número de municipios conservadores, caudillistas, entidades territoriales en donde, además del parroquialismo cultural, se registra la coacción del voto ejercida sobre los campesinos por los gamonales políticos, los terratenientes y por la movilización del clero o los pastores de las iglesias cristianas o evangélicas, y la utilización de los principios religiosos y educativos que defienden los valores de la derecha, la lucha de cada quien por sus propios intereses y el culto al dinero unido a acumulación de capital como medida del éxito en la vida. La violencia institucional y paramilitar ejerce también presión en los pobladores al momento de hacer presencia en las urnas. El eje cafetero y el departamento de Antioquia aportaron 2.542.187 votos (24,5%) de los 10.373.080 acumulados por la campaña duquista.

 

 


Otras fuentes de sus votos


En 2005, el extraditado cabecilla de las Autodefensas Unidas de Colombia, Salvatore Mancuso, confirmó ante la Corte Suprema de Justicia que el 35 por ciento de los congresistas fueron elegidos en zonas de influencia paramilitar. “Cuando nosotros decimos que tenemos afecto por el 35 por ciento del Congreso de la República, decimos que estos congresistas fueron elegidos en zonas de influencia de las Autodefensas”, aseveró Mancuso al término de la diligencia. El desmovilizado jefe paramilitar agregó “las Autodefensas le enseñamos a votar a esas poblaciones, porque allí no había presencia del Estado y nosotros –AUC–, suplantábamos a las autoridades oficiales”. El proyecto de extrema derecha paramilitar se institucionalizó en amplias zonas del territorio nacional y cooptó instituciones públicas, terratenientes y autoridades municipales. Las zonas de influencia e institucionalización paramilitar (en las regiones Caribe, Andina y Orinoquia) contribuyeron, según el estimativo de los abanderados paramilitares, con 3.630.578 votos (35%) a la elección presidencial de Iván Duque.


Como una de sus particularidades sociopolíticas, resalta que en Colombia el vínculo religioso influye en el voto más que el de clase. Según crece el nivel de implicación religiosa aumenta la propensión a elegir los partidos de derecha. El partido del clero les enseña a los feligreses, maniqueamente, quienes son los buenos (la derecha) y quienes son los malos (la izquierda). La atadura religiosa influye también, negativamente, en la participación política. Las iglesias cristianas, evangélicas y protestantes le aportaron a la elección de Duque, a través de sus organizaciones políticas (Mira, Colombia Justa Libre, Casa sobre la roca –la iglesia de Vivian Morales– entre otras), 2.500.000 votos (24,1%) a manera de contribución en la alianza que firmaron con el partido Centro Democrático. Los trabajadores organizados en sindicatos, con la atomización que los caracteriza y la disparidad ideológica que distancia a las diferentes centrales que los aglutinan, no logran que la totalidad de los 1,4 millones de afiliados con que cuentan voten en favor del candidato de izquierda. Votos por la derecha, el centro, así como la opción abstencionista y otras resaltan en su proceder.


Al sumar los componentes de la base electoral del duquismo, puede suceder que supere el 100 por ciento. Son conjuntos que se intersectan en una misma circunscripción electoral: un caudillo de la extrema derecha puede contar, a la vez, con votantes inducidos por los paramilitares, en regiones de fuerte herencia e identidad cultural, que son feligreses de iglesias cristianas o evangélicas, provenientes de familias oligarcas y miembros de un mismo gremio empresarial. El carácter geográfico de la distribución de los fortines partidistas queda claro en esta elección presidencial de 2018.


El círculo del poder


En un claro conflicto de intereses, resalta en Colombia la puerta giratoria que separa, casi que invisiblemente, al sector privado y al público, puerta por la cual la oligarquía transita libremente de los cargos empresariales a los puestos públicos y viceversa, como puede apreciarse en el actual gabinete corporativo (ver infograma), donde ministros como el de Agricultura procede de Fenavi –gremio de los avicultores–; el de defensa, era presidente del gremio de los comerciantes Fenalco; de un centro hospitalario privado y elitista, afecto a la industria farmacéutica, proviene el medico que dirigirá el sector salud; el de Ambiente y desarrollo de la Andi, donde dirigía el Centro Nacional del Agua perteneciente a tal gremio; el de Vivienda, ciudad y territorio sale de Asobancaria de la cual era Vicepresidente; el de Transporte estaba en Asograsas, por solo colocar algunos ejemplos. Razón tenía Marx al afirmar: “El Gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa” (1).


Es una puerta giratoria que permite apropiar lo público con fines privados, y así ampliar el poderío de quienes más tienen poder en el país. El poder es una cualidad propia de las relaciones sociales, es decir, es una cualidad relacional. El poder es propio del rol y, por tanto, de la estructura (organización, institución, sistema) en la que se inscribe el rol. Cronológicamente se observa que los centros de poder se forman de hecho sobre la base de recursos, como el dinero y las armas; pero después se legitiman en el plano cultural. Una vez establecido un centro de poder legítimo a nivel macrosociológico, dicho poder regula y legitima desde arriba los centros inferiores en toda la sociedad. En consecuencia, el poder de la tecnocracia y los partidos políticos no reside en disponer personalmente de dinero o de la fuerza represiva del Estado, sino en la facultad de exigir su uso a quien lo detenta, siguiendo toda la escala jerárquica y las esferas de competencia, en las formas establecidas por la ley.


Por demás, hay que recordar que en Colombia el poder es endogámico (2). El círculo más cercano al poder presidencial de Duque proviene de las familias oligárquicas (muchos son delfines hijos o nietos de patriarcas políticos), todas relacionadas de alguna manera entre sí (asisten a los mismos clubes, viven en los mismos barrios, acuden a idénticos centros educativos, son socios en las empresas, y sus hijos se casan entre sí); provienen de las mismas universidades que forman técnica e ideológicamente a la clase dirigente (Universidad de los Andes o Colegio de Estudios Superiores de Administración, entre otros) y de carreras profesionales requeridas para cumplir con las funciones económicas o políticas de su clase (abogados, economistas, administradores). En síntesis, además de constituir un gobierno patrimonial con un gabinete corporativo, el régimen es característicamente plutócrata, como ya está anotado, de los ricos para el servicio de los ricos (Ver infograma “El poder político concentrado en la Casa de Nariño”).


El poderío que concentra este círculo del poder en el gobierno es infinito. En 2017, el Gobierno contó con una apropiación definitiva de 229,3 billones de pesos (25,1% del PIB), presupuesto del cual 60,6 por ciento fue para funcionamiento, 17,6 por ciento para inversión, y 21,8 por ciento para servicio de la deuda (intereses y amortización). En 2018 el gobierno central y los establecimientos públicos controlan de manera directa 1.100.000 puestos de trabajo y su nómina tiene un valor de $53 billones (el salario referencial de un empleado público es, en promedio, cinco veces mayor al que devenga un trabajador común). Las Fuerzas militares concentran 497.000 cargos con un costo de $14,2 billones; la burocracia 603.000 cargos, con un costo de $38,8 billones. El duquismo controla 157 entidades del nivel nacional de gobierno, agrupadas en 29 sectores que cubren todo el espectro social, económico, político, militar, cultural y ambiental del país.

 


La gobernabilidad política


La gobernabilidad puede entenderse como la situación en la que concurren un conjunto de condiciones favorables para la acción de gobierno, que se sitúan en su contorno o son intrínsecas a éste. Este concepto se enmarca en el ámbito de “la capacidad de gobierno”. La alianza que establecieron los partidos políticos del establecimiento, ante el riesgo que los movimientos de centro e izquierda ganaran las pasadas elecciones presidenciales, es garante de la gobernabilidad con que cuenta la administración Duque (2018-2022). En concordancia con el significado de la noción, el establecimiento es el conjunto de personas, instituciones y entidades influyentes en la sociedad, que procuran mantener, controlar y reproducir el orden establecido.


Establecimiento que se mantiene, reforma y prolonga su dominio o entra en crisis, total o parcial, según las coyunturas que atraviesa y las fuerzas que lo confrontan. Así, según el Estatuto de Oposición que el sistema político colombiano está implementando a partir de este período presidencial, y tras 27 años de haberse ordenado su redacción, es obligación de los partidos políticos declararse de gobierno, independientes o de oposición.


En este panorama ya hay dos cosas claras: de una parte, los partidos de gobierno son el Centro Democrático, el Partido Conservador, Mira y Colombia Justa Libres, que suman 93 curules en Senado y Cámara; solo en Senado, donde la mitad más uno son 55 votos, estos cuatro partidos llegan a 38 escaños. De otra parte, un poco más lejanos del círculo de poder, se encuentran otros tres partidos del establecimiento: liberalismo, Cambio Radical y la U que en alianza tienen la mayoría relativa del Congreso: 134 curules; en solo Senado son 44. Según lo han anunciado, estos tres partidos se van a declarar independientes, lo que va a representar un verdadero reto para el actual Gobierno.


Del otro lado está la oposición. Este bloque (Alianza Verde, Colombia Humana, Farc, Polo, Mais y la Lista de la Decencia) tiene en Senado y Cámara 44 curules; en Senado 24 bancas. Al sumar los partidos de derecha, su poder se expresa en el control de 80 por ciento del Congreso. A partir de que los partidos se declaren independientes o en oposición, el Gobierno no podrá ofrecer cargos de responsabilidad política a sus dirigentes; así lo establece la ley.

 

 


Esta realidad, de la que no hay muchos antecedentes, deja al Gobierno de Duque en relativa vulnerabilidad para pasar sus proyectos y para enfrentar los debates de control político en el legislativo.


Otro riesgo de gobernabilidad que enfrenta el nuevo Presidente es el desplome de su popularidad. Una medición de la firma encuestadora Yanhaas, a finales del mes de agosto, muestra que la favorabilidad del mandatario ha descendido 12 por ciento en la última semana de mandato presidencial. Duque lleva tres semanas en la Casa de Nariño y, según esta encuestadora, la aprobación de su gestión ha pasado del 53 por ciento, que obtuvo en la primera semana de mandato, al 41 por ciento, que arrojó la medición del 20 de agosto. Además, el 38 por ciento de los encuestados desaprobó la labor del nuevo inquilino de la Casa de Nariño (la última medición era del 23%).


La encuesta también indagó por la imagen del gabinete presidencial, y el resultado tampoco fue el mejor para el Gobierno: mientras que el 36.7 por ciento de los encuestados aprueban a los ministros nombrados, el 42.8 por ciento los desaprueba, y el 14 no sabe o no responde. La imagen del gabinete también empeoró con relación a la última encuesta: la desaprobación aumentó en 10 puntos porcentuales y la aprobación disminuyó 13 por ciento. Finalmente, el 49.6 por ciento de los encuestados consideró que el país va por mal camino; mientras el 39. por ciento piensa que la realidad nacional mejorará.


La búsqueda de gobernabilidad de la administración Duque se centra, adicional a los partidos del establecimiento, en el apoyo de los gremios empresariales, las fuerzas armadas, las iglesias cristianas y el gobierno estadounidense.


Toda una trinca. A pesar del avance histórico, de las transformaciones socioeconómicas, el poder político se reproduce y se mantiene sin cambios desde la Colonia hasta la época republicana. En particular, el poder del clero y de las fuerzas armadas se mantiene intacto. Estas dos fuerzas son leales al régimen oligárquico y al gobierno patrimonial. Duque confía en que estas dos columnas le garantizen la gobernabilidad; en consecuencia, se muestra bastante dadivoso con ellos en materia de impuestos, exenciones, seguridad social y aumentos de salario.


Estos son factores internos, pero también cuenta lo externo, en lo cual el apoyo del gobierno estadounidense es fundamental, sin importar que para ello el colombiano deba ceder soberanía, entregar recursos minero-energéticos a las transnacionales, implementar las estrategias antinarcóticos diseñadas desde el Norte y servir de alfil en las aventuras intervencionistas de los yanquis en los países vecinos.


Estamos ante un poder que, como el establecimiento del cual hereda su ejercicio y fortaleza, parece fuerte, pero una conjunción de fuerzas provenientes desde varias coordenadas podrían quebrarlo o, cuando menos, colocarlo en aprietos, llevándolo a la defensiva. Todo depende de la capacidad de estas para reunir, concentrar y movilizar por distintas vías a los suyos. Para evitarlo, Duque conjuga los factores heredados, de la agilidad para lo cual depende su “buena suerte”, con la cual cuenta para los próximos cuatro años (ver infograma “Poder político concentrado...).

 

1. C. Marx y F. Engels. Manifiesto Comunista, en: Obras Escogidas. Editorial Progreso, Moscú, pp. 34-35]. (Diciembre de 1847-enero de 1848/1976).
2. Se entiende como comportamiento endogámico el rechazo a la incorporación de miembros ajenos a un grupo social en particular.

 

* Economista y filósofo. Integrante del comité editorial de los periódicos Le Monde diplomatique, edición Colombia, y desdeabajo.

 


 

El duquismo y el poder como fundamento de la política

 

En Colombia la democracia es lejana al pueblo y está concentrada en la clase dominante, es por ello que es denunciada como una democracia formal –electoral– o mínima. El poder político infiltra todas las formas institucionales del Estado. El patrimonialismo caracteriza al aparato de Estado; este es una forma de gobernabilidad en la que se mezclan los intereses de los sectores público y privado. Es una forma de dominación tradicional centrada en familias oligárquicas que garantiza el blindaje a la clases dominantes y excluye del poder a las clases media y popular. Normalmente, los ejércitos de estos países son leales a la clase que monopoliza el poder, no a la nación. Las iglesias, los medios de comunicación, el sistema educativo y demás aparatos ideológicos también son funcionales a la reproducción del monopolio patrimonial y a la acumulación de capital.


Habitamos una sociedad dividida y ordenada jerárquicamente en clases. El pueblo no ejerce de manera efectiva el poder, por tanto la soberanía popular, al igual que la democracia, es formal y no sustantiva ni radical. Se vive bajo un régimen de dictadura de clase, de un poder que imponen a través de todas las formas de violencia, incluso cuando los instrumentos de estas violencias son institucionales y constitucionales. La dictadura de clase, a la vez, permea todas las relaciones sociales, económicas, políticas y ambientales, sean estas raciales, étnicas, territoriales, culturales, religiosas, generacionales o sexuales. En esta complejidad histórica, hablar de democracia efectiva, más allá de lo formal, carece de sentido y significado por completo.


El concepto fundamental de las ciencias humanas es el poder, como la energía lo es a las ciencias físicas o el dinero al sistema económico. En sociología, el poder se define como la capacidad de una clase de imponer sus intereses y producir los efectos deseados o intencionales influyendo en el comportamiento de las demás clases subordinadas. Dado que el poder se identifica con la fuerza sociomotriz (la capacidad de hacer que funcione y se reproduzca el sistema societal en una determinada dirección), el poder es ubicuo y, por tanto, difícilmente observable en su totalidad, a no ser en sus manifestaciones particulares. El poder, como la energía y el dinero, es un constructo hipotético, cuya existencia se postula para explicar de forma unitaria una serie de fenómenos, sus relaciones, valores, cambios y cuantificaciones, y la transformabilidad de unos en otros.

 

Maryluz Navarro

Lo que se creía sepultado puede renacer, con nuevos rostros. De 1886 al 2018, hay diferencia en años y similitud en políticas y formas de gobierno.

 

Hoy Colombia se nos aparece como una nación fallida; un fracaso histórico para muchos y una ganancia financiera y perversa para unos pocos. Es una utopía al revés: el “Angelus Novus” de Paul Klee, visto por Walter Benjamín como la premonición de un futuro catastrófico, aquí se realiza. Es el ángel de la barbarie futura el que nos guía, aquel que ve con su cara de espanto las ruinas del pasado “que suben hacia el cielo”. Con tales desgarramientos vivimos, siempre a presión, día a día asaltados por el miedo y la zozobra, en medio de un incierto porvenir.


De modo que los fracasos históricos nos han hecho una sociedad de la paciencia a la espera de otra oportunidad que supere nuestras derrotas tanto deportivas, políticas, culturales, económicas como personales. Con pocas quimeras nos conformamos, aliviamos la verdadera cara de los desengaños nacionales, ocultando las causas sociales de las derrotas. Con el paso del tiempo, la verdad de los más tristes y crueles acontecimientos se nubla, se evapora y vuelve la rueca a girar como si nada, cosa que va en contra de la mayoría, favoreciendo a las jerarquías económicas y políticas. Ellas se benefician de nuestra amnesia, de esta constante peste de olvidos.


Toda nuestra historia ha padecido de esta patología contagiosa. Como país hemos caído en una aporía social o imposibilidad de pasar, de ser. Nos movemos, sí, pero la marcha es hacia atrás, dirigida hacia el pasado, a un Estado casi confesional. Como hace más de cien años, se impone de nuevo el eslogan “orden, obediencia, religión y patria”, con la complicidad y el respaldo del Centro Democrático, de protestantes y católicos, de algunos sectores liberales y conservadores, de partidos de derecha, de los grandes medios de comunicación, los paramilitares, el clero, los militares, las élites políticas y económicas, incluso parte de nuestra sociedad civil. Naufragamos en una especie de neo-regeneración antidemocrática, la cual padecemos desde 1885 con su discriminación, exclusión y censura a toda actitud crítica al régimen. Recordemos que la Colombia de la Regeneración era un país de políticos filólogos, latinistas, católicos, conservadores y gramáticos, (Rafael Núñez, Miguel Antonio Caro, José Manuel Marroquín, Miguel Abadía Méndez, Marco Fidel Suárez…) y con una población casi en su totalidad analfabeta. El poder político y la gramática eran inseparables. “Para los letrados, para los burócratas, el idioma, el idioma correcto, era parte significativa del gobierno” (1). Dominio del idioma, poder eclesiástico y conservatismo fue la triada burocrática política en la Colombia del siglo XIX y que, con algunas pocas variaciones, todavía perduran en la Colombia actual. Tradición y conservación de costumbres políticas como la corrupción, el fraude, la burocracia, son herencias de aquella Colombia decimonónica premoderna, junto al indigno síntoma de obediencia, servidumbre y lealtad a los imperios.


Igual que a Rafael Núñez en 1886, al expresidente Álvaro Uribe Vélez y sus seguidores es posible escucharles decir: “las Repúblicas deben ser autoritarias, so pena de permanente desorden”. Estar en desacuerdo con dicha frase es para ellos casi caer en un gran error histórico e incluso en pecado. Las ideas contrarias a este pensamiento único se vuelven un peligro, una sentencia de muerte. Rencillas, rencor, mentiras y chantajes, fabricación y destrucción de supuestos enemigos, son algunas de sus “virtudes nacionales”.


En esta Colombia neo-regeneracionista y confesional, gamonal y hacendaria, se oyen voces que piden a gritos que vuelva el control de la enseñanza por parte de las religiones, que se institucionalice la familia tradicional cristiana, se rechace el aborto, los matrimonios entre personas del mismo sexo e instauren el orden sobre toda pluralidad de pensamiento, con mecanismos autoritarios que ayuden a conservar las tradiciones. Puro régimen decimonónico impulsado por Álvaro Uribe y El Centro Democrático, los cuales llaman a una guerra total contra los defensores de las libertades democráticas y de los derechos humanos, “volviendo trizas” los acuerdos de paz con las Farc a favor, prolongar una guerra fratricida que les garantice perpetuarse en el poder y mantener la corrupción, favoreciendo a banqueros, terratenientes, industriales y a mafiosos.


La atmósfera nacional desde hace tiempo se enrareció. Los resentimientos, los odios colectivos y particulares, el ninguneo al diferente, la estigmatización, los fanatismos, sectarismos políticos y religiosos; las mentiras, la trampa, el cinismo, el chiste hostil, los asesinatos al opositor, la corrupción, la ilegalidad, se normalizaron y legitimaron. Es la exaltación al réprobo, al malevo social; es un aplauso al que comete la falta y sabe que no habrá juicio, pues quedará impune. Legitimada la impunidad, se legitima su exhibicionismo vil, pantallizado, más aún, se legaliza el delito. Véanse estas manifestaciones en los medios y en las redes sociales, donde los victimarios se vuelven virales y famosos gracias a que se fetichiza al astuto, al vivo, al malandro.


Con una habilidad de ocultarse de la justicia y de violar leyes a través de astucias, actitudes ambiguas y de trampas, la mayoría de nuestros políticos corruptos y matones se ocultan, pasan impunes sin vergüenza, exponiendo su cinismo en público. Retóricos y demagogos, diestros embaucadores, son los “prohombres” divinizado en este país. La mentira se constituye así en una garantía de distinción, reconocimiento y ganancia. El hacer el mal, el ser malo, da estatus, puesto que quien lo ejerce ha sido capaz de pisotear al otro, a esos del montón, sin que nada pase. Esa ha sido su forma de accionar y su ejemplo, su manera de legalizar el totalitarismo del cinismo. Si no se cumple con dichos procederes se corre el riesgo de estar en peligro, de ser excluido del clan de los astutos y audaces, de los supuestos vencedores. Por lo tanto, cualquier pensamiento crítico, opositor y analítico es observado como una perturbación que pone palos en la rueda a semejante maquinaria de ignominia patria. Entonces, descaradamente, se fomenta la agresión, el terror, los crímenes y la paranoia como estrategias de separación y digresión entre los ciudadanos. Lo peor es que algunos de éstos los justifican, toleran, apoyan, y hasta piden su puesta en acción de manera urgente.


Es así como, en vez de respeto a la pluralidad de opiniones, a la diversidad, a la alteridad y la equidad obtenemos univocidad, homogeneidad, tradicionalismos y estandarización fanática. En eso nos hemos convertido: un país pluricultural envuelto en una neblina conservadora homogeneizante que no respeta la diversidad y que no da tranquilidad ética ni política, mucho menos económica. Ello nos ha puesto al filo de las espadas, al frente de las armas, tanto simbólicas como reales. Las consecuencias son el destierro y el silencio de cualquier pensamiento y sentimiento divergente. “Existir realmente en plural, escribe Carolin Emcke, significa sentir un respeto mutuo por la individualidad y la singularidad de todos” (2). Saber vivir, entendiendo y respetando la pluralización, no solo de identidades sino de diferencias de cualquier índole, es síntoma de una sociedad que ha sabido convivir entre contradicciones y disonancias, escuchando y respetando la polifonía social. Vaya ardua y larga tarea que no hemos emprendido.


Para ello es necesario entrar en un proceso extenso, lento, paciente, que nos desintoxique de 200 años de una vida republicana levantada a punta de pobreza, des-educación sistemática y barbarie, matanzas, persecuciones, torturas, exilios, sangre y más sangre. Pero bajo las actuales circunstancias históricas parece imposible emprender dicha faena de higiene cultural; más bien, la época parece estar hecha para no hacerla, pues se incrementan las rencillas, los asesinatos a líderes sociales, el mal vivir bajo persecuciones, dogmatismos y odios políticos. ¿Apocalípticos? No. La actualidad nacional nos da la razón, nos la muestra día a día como un acto asumido y cumplido. Miremos a Colombia y esto se comprenderá. Un país que –y es difícil aceptarlo– se ha acostumbrado al horror, a los desmanes del poder, siendo indiferente ante su atroz destino, es una cultura que ha consentido su decadencia. Eso es lo preocupante.

 

1. Deas, Malcolm (1993), Del poder y la gramática y otros ensayos sobre historia, política y literatura colombianas, Bogotá, Tercer Mundo editores, p. 42.
2. Emcke, Carolin (2017), Contra el odio, Bogotá, Taurus, p. 186.

* Poeta y ensayista colombiano.

Rosenell Baud, detalle (Cortesía de la autora)

La inexistencia de una política de ciencia y tecnología en Colombia ha resaltado desde siempre, no obstante la creación de Colciencias. Lo dominante por décadas no es más que una instancia de trámite de becas, gestión de grupos de investigación e investigadores y dineros de apoyo. Con una observación: toda la investigación que ha recibido algún apoyo por parte de Colciencias es fundamentalmente investigación experimental y aplicada. Colombia no ha sabido de apoyo público a la investigación básica.

 

A lo que lleva el realismo político. Unos días antes de su posesión, el presidente electo Iván Duque solicitó una cita ante la Academia de Ciencias –que en Colombia, por imitación de la de España, se llama: Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales–. La reunión tuvo lugar efectivamente, y a ella asistió, en la sede de la Academia, el presidente electo en compañía de varios asesores. Por parte de los investigadores y académicos colombianos asistió el Colegio Conjunto de las Academias, y varios destacados investigadores, incluyendo el presidente de la Academia, profesor Enrique Forero.
La reunión fue un hecho inaudito en toda la historia de la República. Durante más de 150 años ningún presidente había visitado la sede de la Academia, y el último registro al respecto fue el general Francisco de Paula Santander, quien también en una ocasión visitó la Academia y tuvo varias entrevistas y encuentros. Jamás, ningún gobernante nacional tuvo sensibilidad alguna ante las Academias colombianas; con la excepción, en muchas ocasiones, de la Academia Colombiana de Medicina, que cumple un papel consultivo, simplemente, ante diversas decisiones y acciones en materia de salud pública.
En la reunión entre Duque y los académicos presentes se mencionaron varios puntos sensibles, como la creación del Ministerio de la Ciencia; incrementar el apoyo económico a la ciencia y la tecnología, con el 1 por ciento del PIB, una promesa incumplida desde siempre; revivir la Misión de Ciencia Tecnología e Innovación (la llamada “Misión de los Sabios”).


El ambiente de la reunión fue cordial, de entendimiento, distendido.


El carácter inaudito de esta cita tiene que ver con el hecho de que históricamente los gobiernos nacionales han desatendido a la ciencia y la tecnología, y si ahora la educación es una preocupación auténtica, se debe principalmente a las presiones por parte de la Ocde para que el país invierta más en educación como una condición de desarrollos social y económico. Tradicionalmente el presupuesto en gasto militar ha sido siempre muy superior al gasto social: educación, vivienda, salud. A título conjetural podría decirse que la jugada del expresidente Santos de solicitar la admisión de Colombia en la Otan puede deberse a camuflar el gasto militar, que ha sido históricamente la principal preocupación económica, financiera y política en el país.


Interpretaciones. Versión 1


Una primera interpretación de este hecho inaudito afirma que o bien la iniciativa del encuentro fue de Duque mismo o bien de alguno de sus asesores, pero que, en cualquier caso, se debe a presiones por parte de la Ocde para que nuestro país asuma a la ciencia y la tecnología como un motivo serio de políticas públicas.


Al respecto, cabe mencionar que ni Duque, ni Petro ni Fajardo, los principales candidatos en las pasadas elecciones, hicieron absolutamente ninguna mención en sus programas, propuestas e iniciativas a la ciencia y la tecnología. Petro fue quien más se acercó, pero indirectamente dado que en una sola ocasión hizo alguna referencia a Colciencias. De suerte que si antes de las elecciones no hubo una declaración explícita del hoy jefe de Estado a la ciencia y la tecnología, por inferencia indirecta cabe concluir que la iniciativa salió de alguno de sus asesores. La inteligencia de Duque estriba en haberlo escuchado y haber seguido sus sugerencias.


Una preocupación pertinente, toda vez que el país está resagado de manera notable en este campo, ocupando, por demás el quinto lugar entre los paises que más invierten en ciencia y tecnologia en nuestra región, antecedidos con olgura por Brasil, Argentina, México y Chile. De hecho, Chile, es el segundo país con mayor impacto y citaciones en sus trabajos en Latinoamérica. Ahora bien, basta una mirada a las políticas de inversión chilenas para reconocer que la distancia entre este país y Colombia tiende a crecer. De esta suerte, si Colombia se desprende del pelotón de punta, sin ofender, quedaría al nivel de Perú, Costa Rica o Venezuela, y con ellos, del pelotón trasero de persecución, como se dice en ciclismo. En los cuadros comparativos es una costumbre omitir siempre el nombre de Cuba, que tiene la mejor educación de América Latina y algunos de cuyos desarrollos científicos estratégicos se acercan a los mejores en el mundo (como biotecnología, investigación clínica, software, por ejemplo).


De esta manera y ante el interés del nuevo Presidente, es indudable que muchas de las decisiones y acciones en política nacional son el resultado de demandas o exigencias de la Ocde. La sujeción o supeditación a esta organización es el precio de haber sido admitidos al “club de los mejores países y las mejores prácticas”. Hay que decir que muchas de las exigencias son mucho más avanzadas y desarrolladas de lo que las élites colombianas jamás llegaron a pensar; tal es el caso, por ejemplo, de las políticas sindicales.


Pues bien, en una primera interpretación, Duque estaría pensando en ciencia y tecnología más por invitación de la Ocde que por iniciativa propia; lo cual no es por sí mismo nada negativo.


Interpretaciones. Versión 2


La ciencia y la tecnología no han desempeñado, ni mucho menos, un papel importante en la historia de la nación colombiana. Ciertamente que existen nombres destacables: a nivel nacional, continental e incluso internacional. Pero todos y cada uno de ellos ha sido, hasta la fecha, el resultado de sus propios esfuerzos y capacidades antes que el producto de políticas de estado y de gobierno. Pues bien, una segunda interpretación apuntaría en la dirección de una auténtica preocupación conjunta por la ciencia y la tecnología, por el conocimiento y la investigación en general. Los académicos e investigadores necesitan fuentes de financiamiento, y a los indicadores macroeconómicos también les interesa tener y mostrar centros, institutos, grupos e investigadores de primer orden. Todo ello implica una radical transformación del aparato global de gestión del conocimiento. Va siendo un imperativo no escrito que cada vez más los rectores de las universidades tengan doctorado; va siendo una exigencia no reclamada que los doctorados deben poder incorporarse al sector público tanto como al sector privado. En diversas instancias esto ya está comenzando a suceder. Y siempre, es indudable a todas luces, que la existencia de doctores se corresponde directamente con el crecimiento económico, y el desarrollo humano y social de un país. Los diagnósticos son conocidos, con suficiencia, por unos y por otros.


Es más, existe cada vez más la conciencia de que tener doctorados no es suficiente, y ya diversas universidades han comenzado a abrir y a crear postdoctorados –la verdad, en ocasiones, más como un tema económico antes que como desarrollo del propio conocimiento. No importa. Son bienvenidos y necesarios los postdoctorados. Este es/sería tema de otro artículo.


Por demás, la eventual recreación de la Misión de Ciencia, Tecnología e Innovación es un fenómeno que conviene a todos, siempre y cuando los compromisos sean sinceros, y siempre y cuando suceda lo que jamás ha tenido lugar en materia de políticas públicas: un respeto sincero y abierto al conocimiento (la idea de competencias en la educación apunta, como ha sido ya dicho reiteradas veces, hacia el mercado laboral antes que hacia el desarrollo humano y social).


Digamos entonces, que hay una constelación propicia que beneficia tanto a académicos y científicos como a gobernantes y tomadores de decisión, para decirlo de manera clásica. Es lo que los gringos llaman: “The right man at the right place”. Los años acumulados de desencuentros y sospechas de lado y lado permiten, en un nuevo contexto nacional e internacional superar distancias y acercar intereses que benefician a todos.


La idea de base entonces, aquí, es que “se debe confiar en la gente, hasta que demuestren lo contrario”, para usar la expresión manida.


Interpretaciones: Versión 3


Una tercera interpretación puede ir en la dirección que indica que de parte del Estado pareciera haber una preocupación sincera por la ciencia y la tecnología en el contexto del postconflicto y la construcción de la paz. La dificultad de este argumento estriba en que en Colombia el Estado ha sido inexistente o imperfecto, particularmente de cara a políticas sociales y de conocimiento. Como es sabido, la primera vez que el presupuesto de educación ha llegado a ser superior al de defensa fue con el gobierno de Juan Manuel Santos, advirtiendo que no es que la diferencia sea verdaderamente grande. Existe un vínculo directo y necesario entre educación y producción de conocimiento e investigación. Aquella sienta las condiciones de posibilidad para estos. Duque sería, así, simplemente la expresión de un interés cuya epidermis es la cienciometría en toda la acepción de la palabra.


La cienciometría es la medición cuantitativa de la ciencia y el conocimiento, desde los propios académicos e investigadores (índice h) hasta las universidades que entran a participar en los más importantes rankings (el de Shanghai, el más prestigioso, y luego también The Times Higher Education, The Web of World Universities, el Center for Higher Education Development, Scimago, y varias más), pasando por la acreditación (nacional e internacional) de programas, y los escalafones de grupos de investigación, por ejemplo.


Las políticas sociales son hoy por hoy una sola y misma cosa con las políticas de educación y las políticas de ciencia y tecnología. Este constituye un conjunto de políticas públicas, si cabe la expresión. Este conjunto define las apuestas de un país y un gobierno en el marco de la sociedad de la información, la sociedad del conocimiento, la sociedad de redes, tres maneras diferentes de señalar a una misma dimensión.


En este campo, la mejor expresión, o el producto más acabado del desarrollo de una sociedad está definido, hoy por hoy, por la cuarta revolución industrial. La llamada genéricamente revolución 4.0. Pues bien, la cienciometría es una realidad inescapable. Existen rankings y escalafones de muchas cosas: hospitales, compañías de aviación, los mejores lugares para trabajar, tanques de pensamiento, y muchos más, y no solamente de universidades. Sin embargo, en cualquier caso, el elemento transversal a todos ellos es el conocimiento, la investigación. Y esto se expresa de muchas maneras: artículos científicos, libros en editoriales reconocidas, registros, patentes.


Amanecerá y veremos


No hay que olvidar nunca que en un mundo diferente de suma cero, esto es, un mundo alta y crecientemente interdependiente, la política es geopolítica. El sistema capitalista se encuentra en un cuello de botella, y no está seguro de cómo salir de allí. Diversas propuestas, diversos pronósticos han sido elaborados, pero ninguna parece ser suficiente o necesario. Sin embargo, un denominador común a las propuestas de salida es el reconocimiento explícito de la ciencia y la tecnología. Sin embargo, este mismo argumento es el que alimenta varias de las propuestas de tipo alternativo a esta civilización, al sistema de libre mercado. La ciencia y la tecnología adquieren su valoración en función de los horizontes de vida que avizoran, que constituyen, a los que apuestan y arriesgan. Es la afirmación y el posibilitamiento de la vida lo que confiere a la ciencia su validez y sentido. No simplemente el crecimiento del mercado, el consumo y el hiperconsumo, que es lo que esclaviza a los seres humanos.


Naturalmente que caben otras interpretaciones. Pretender lo contrario es ingenuo. En cualquier caso es indudable que de ser auténticas las intenciones de Iván Duque, deberán implementarse en los primeros cuatro o seis meses de su gobierno, a más tardar. De lo contrario la sospecha puede aumentar, la desesperanza puede nacer, los recelos y las distancias pueden aumentar. Una parte de la comunidad académica ya ha empezado diversas reuniones en la dirección mencionada. Seguramente lo mismo estará sucediendo del lago del Gobierno. En los próximos cuatro a seis meses “amanecerá y veremos”.


¿Aumentará el presidente Duque la inversión al 1 por ciento del PIB, como fue siempre la aspiración de la comunidad científica? No hay que olvidar que la deuda pública de Colombia asciende ya al 57 por ciento del PIB. ¿Creará el Ministerio de Ciencia y Tecnología? Sería deseable, sin olvidar los problemas de corrupción que entrañó e implican la famosa ley de regalías. ¿Escuchará el gobierno nacional a la comunidad científica, y la tratará de par a par con respeto como en los mejores países de la Ocde? La policía y el ejército, por su parte y tal vez como una luz respecto a lo que viene, andan en una labor de seducción y atracción abierta de profesores e investigadores nacionales para llevarlos a sus escuelas, centros e institutos. Han comenzado, decididamente por la atracción o “captura” de profesores de universidades. Al interior de las propias Fuerzas Armadas y de la Policía hay personas que se están formando en los niveles más altos del conocimiento, con doctorados. Por inferencia, cabe entonces pensar que desde el gobierno de Iván Duque hay una lectura adecuada de las dinámicas en curso, las posibilidades y los horizontes.


Las cartas están echadas. ¿Se trata de una nueva partida, o de la continuación de una partida anterior, algo ya vieja?


Una nota final: la presunta buena actitud del hoy presidente Duque dista mucho de la tradición de su partido, el Centro Democrático. O bien, es quizás una muestra de preocupación. En efecto, como es sabido, Álvaro Uribe logró dividir al país en dos, y ciertamente tiene amplias bases populares entre la sociedad. Sin embargo, nunca, ni en sus ocho años de gobierno ni antes, ni después, hasta la fecha, ningún gran intelectual, académico, o personas de la cultura ha acompañado a Uribe y su equipo. Los dos únicos “intelectuales” que siempre lo acompañaron fueron Luis Carlos Restrepo, hoy prófugo de la justicia, y José Obdulio Gaviria, un personaje oscuro e intelectual de poca monta. ¿Será que el Centro Democrático, hoy en voz de Duque, desea atraer hacia sí a una parte de la comunidad científica y académica? ¿Y a través suyo a académicos y artistas? Mucha agua ha pasado bajo el puente… n

 

*Investigador. Profesor universitario.

 


 

Líneas generales para implementar una política de punta en ciencia y tecnología en Colombia

 

Una política de ciencia y tecnología en Colombia debería incluir los siguientes elementos:

• Creación y fortalecimiento de doctorados y fuerte apoyo a los mismos
• Vinculación de doctores (Ph.D.) al aparato productivo
• Investigación para el desarrollo de tecnologías vernáculas en el país
• Fuerte internacionalización de los doctores e investigadores en el país con apoyo a participación de eventos de primer orden internacional e invitación de destacados investigadores al país
• Reducción significativa de los impuestos a la importación de libros y a su misma edición
• Dedicar no menos del 1 por ciento del PIB a la ciencia y tecnología, con aumento gradual por gobierno de por lo menos medio punto porcentual
• Creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología
• Elaboración de un plan decenal de polìticas de ciencia y tecnología a nivel nacional, departamental y municipal
• Creación estratégica de Centros e Institutos de investigación con vistas a un plan nacioanl, latinoamericano e internacional
• Apoyo decidido a las Academias colombianas (de Ciencias, de Historia, de Medicina, de la Lengua, de Pedagogía) para que haya puentes reales con las universidades, con el sector productivo y con la sociedad civil
• Como base y condición para todo esto: diseño de un plan nacional de desarrollo, con enfoque y prioridad sobre la vida, que garantice autonomía y soberanía nacional, como prenda sustancial para poder implementar un proyecto autónomo y de largo plazo en estos campos.

 

Jueves, 13 Septiembre 2018 17:10

Uribe-Farc: vidas paralelas**

Escrito por
Hernando Carrizosa, de la serire “Referentes” (Cortesía del autor)

No es posible que un hombre de dimensión histórica como Uribe vaya a parar a la cárcel, mientras los criminales de las Farc estén en el Congreso, reclaman 1.057 “ciudadanos colombianos”, en un comunicado de página entera, en todos los diarios del país, el domingo 5 de agosto. “Es una osadía”, inculpan los más inspirados y lúcidos columnistas de esos mismos diarios. A pesar del escándalo y las marrullerías, si las pruebas que posee la Corte son tan sólidas, como se presume, Uribe no la tiene fácil.

 

El llamamiento a indagatoria al senador Álvaro Uribe Vélez por la Corte Suprema de Justicia les ha parecido un exabrupto a algunos periodistas, a personas de cierta relevancia en la sociedad y activistas en las redes sociales. Mil cincuenta y siete de los más fieles seguidores de Uribe, entre quienes se encuentran muchos congresistas y empresarios del Centro Democrático, publicaron en todos los diarios del país una declaración de apoyo a su jefe. Todos los firmantes y defensores oficiosos de Uribe consideran que es una persecución política de sus enemigos, porque él “liberó a Colombia de ser un Estado fallido”. Es inconcebible, argumentan, que Uribe deba ir a la cárcel, mientras que los reclutadores y violadores de niñas, torturadores, secuestradores y autores de las más sangrientas masacres ocupen las sillas del Congreso.


Llamar a indagatoria a Uribe, una osadía


La narrativa oficial, como verdad única, contada por los medios de comunicación y los dirigentes políticos y gremiales –y escuchada, vista y leída día y noche, a mañana y tarde, por quienes comenzaron a tener uso de razón a partir de los años ochenta del siglo XX–, presentan a Uribe y a las Farc, como vidas paralelas, sin ningún estudio ni análisis.


Por una parte, ha existido un prohombre, el “gran colombiano de todos los tiempos”, que además de haber sido presidente de la República, fue funcionario de las Empresas Públicas de Medellín y del ministerio del Trabajo, director de la Aeronáutica Civil, alcalde y concejal de Medellín, gobernador de Antioquia y senador. Y, por otra parte, han tenido presencia en Colombia unos terroristas, sin Dios y sin ley que le han causado mucho daño a la sociedad: las Farc. Y un dato más dice la narrativa: Uribe arrinconó y estuvo a un paso de derrotar para siempre a los bandidos de las Farc.


¿Cómo es posible que el prohombre tenga que ir a la cárcel y los terroristas de las Farc puedan sentarse en las curules del Congreso y pavonearse orondos por las calles y los campos de Colombia? Es la pregunta que se formulan los 1.057 que pagaron el comunicado de prensa el domingo 5 de agosto, y columnistas tan reconocidos por el establecimiento, como María Isabel Rueda, Mauricio Vargas y Saúl Hernández de El Tiempo y Luis Carlos Vélez y Mauricio Botero Caicedo de El Espectador. Hernández sintetiza en un trozo lapidario el pensamiento de todos: “El clima de concordia y reconciliación que quiere promover el presidente Duque se irá a pique si los honorables magistrados incurren en la osadía de dictarle medida de detención preventiva al expresidente Uribe” (1). Conclusión: la única manera de que haya concordia nacional, es asegurándole la impunidad al senador Uribe.


Dos historias de Uribe


Es un exabrupto el llamamiento a indagatoria a Uribe, dicen sus seguidores, porque la única verdad para todos ellos es que “él es un hombre de dimensión histórica, por su rectitud, su interés en hablar siempre con la verdad y su espíritu combativo, virtudes que lo enaltecen y que el país debe agradecer” (2).


A pesar de esa declaración tan conmovedora, circulan otras verdades, según las cuales no ha pasado un solo día del siglo XXI sin que se deje de hablar de un prontuario criminal de Álvaro Uribe Vélez. Y, como si los 18 años del presente siglo no fueran suficientes para contar esas historias criminales, quienes le han seguido el rastro a Uribe y han buceado en su biografía, dicen que sus enredos con el código penal hunden sus raíces en las dos últimas décadas del siglo XX. Aquí dos ejemplos de esos primeros tiempos.


En 1981, Uribe en su condición de director de la Aeronáutica Civil, le otorgó licencia a Jaime Cardona, para que el beneficiario operara la ruta aérea Medellín-Turbo. Cuando el gobernador de Antioquia, Iván Duque Escobar se enteró de esa licencia montó en cólera, porque Cardona era un empresario vinculado estrechamente a la mafia. Ese lance tuvo un final feliz para Uribe, pues convenció al gobernador de que estaba mal informado, porque Jaime Cardona “era un hombre honorable”. Quien no tuvo un final feliz fue precisamente Cardona: al poco tiempo fue condenado por narcotráfico y más tarde murió en un accidente aéreo, en el momento en que su avión particular despegaba de la pista privada, construida en la hacienda de su propiedad (3).


En 1982 Álvaro Uribe no tuvo la misma suerte. Fue nombrado alcalde de Medellín por el gobernador Álvaro Villegas, pero solamente ocupó ese cargo durante cinco meses, porque el presidente de la República, Belisario Betancur, llamó a su despacho al gobernador y le exigió que le pidiera la renuncia al burgomaestre, por cuanto tenía noticias de que tanto Álvaro Uribe, como su padre, Alberto Uribe Sierra, estaban vinculados con las mafias del narcotráfico. A pesar de la violenta reacción, el joven alcalde no tuvo otro camino que renunciar.


Desde entonces, estos treinta y ocho años han estado marcados por una doble historia en la vida de Uribe. Por un lado está la historia de sus cargos, de sus haciendas, de sus caballos y potrancas, en cuyo lomo es capaz de galopar sin que se le derrame una gota de tinto del pocillo que lleva en su mano derecha, mientras con la izquierda conduce el animal. Al lado de esa historia bonita del poder y del dinero, propio de las celebridades, marcha en forma paralela otra, muy agitada y turbulenta, que lo persigue como su propia sombra.


No se trata de simples habladurías que van de boca en boca, en voz baja y de manera clandestina entre los presuntos enemigos del hoy senador. También es pública, está escrita y hace parte de los cerca de 300 procesos que cursan en distintos despachos: tribunales superiores de distrito, Comisión de Acusaciones, Fiscalía General de la Nación y Corte Suprema. En esta última corporación cursan 28, de los cuales10 han sido archivados, pero podrían ser reabiertos, dependiendo como se desenvuelva el ovillo que ha comenzado a desenredarse con el llamamiento a indagatoria, por los presuntos delitos de soborno y fraude procesal. Entre los que cursan en la Corte están los relacionados con las masacres de La Granja y El Aro –cuando Uribe era Gobernador de Antioquia–, que fueron declarados por el alto tribunal crímenes de lesa humanidad, razón por la cual no prescriben.


De esa historia documentada y pública hacen parte los debates que Gustavo Petro e Iván Cepeda han hecho en el Congreso de la República sobre el paramilitarismo en Antioquia. Asimismo, los artículos de muchos periodistas –como Daniel Coronell–, y más de media docena de libros. Sólo a manera de ejemplo, cito de memoria algunos: Los jinetes de la cocaína, Fabio Castillo; Biografía no autorizada de Álvaro Uribe Vélez, Joseph Contreras; Por las sendas del Ubérrimo, Iván Cepeda y Alirio Uribe; El clan de los doce apóstoles, Olga Behar; El narcotraficante #82, Sergio Camargo; Colombia feroz, Martín Madem; La pequeña política de Uribe, Rafael Ballén.


En esa historia –de cuatro décadas–, paralela a la bonita, que cuentan únicamente Uribe y sus incondicionales, hay muchas cosas que lo comprometen: sentencias condenatorias de los más cercanos colaboradores de sus dos gobiernos, de miembros de la fuerza pública por los miles de falsos positivos, y de muchos paramilitares, con compulsa de copias; mutilación de folios de expedientes en la Aeronáutica Civil y barrido de audios acusatorios de la Fiscalía General de la Nación; muerte de testigos que habían declarado o pensaban declarar contra Álvaro Uribe Vélez y su hermano Santiago. Las crónicas y las redes hablan de un total de 12 testigos asesinados, siendo el más reciente el de Carlos Enrique Areiza, acaecido el 14 de abril de 2018.


Ahí están los hechos, a la espera de que el periodismo de investigación cumpla con su deber: escudriñar y hacer público lo que el poder de un solo hombre se ha empeñado en ocultar. Con simetría ética, objetiva e imparcial, con rigor científico-social, ese periodismo investigativo debería formularse al menos dos preguntas: ¿En cuántos procesos, cada uno de los voceros del partido Farc, han gritado, humillado y amenazado a sus jueces? ¿Cuántos testigos que hayan declarado en contra de esos líderes han sido amenazados o asesinados? Contrastar hechos y conductas de las vidas paralelas, es pertinente.


La vida de las Farc


Las Farc, en la vida paralela a la de Álvaro Uribe Vélez, como se ha contado en la narrativa oficial, es una banda de forajidos, que un día, hace más de medio siglo, se alzó en armas y durante 52 años puso en peligro la democracia más sólida y antigua de América. En su plan terrorista esos bandidos violaron niñas, secuestraron, masacraron inocentes y cometieron los más horrendos crímenes. Y, sí. Así fue en el devenir del tiempo, en la degradación de la guerra, porque ninguna guerra es limpia, ninguna guerra es justa y ninguna guerra es humanitaria. Todas son sucias, injustas e inhumanas.
Sin embargo, el comienzo de la guerra no fue así, en las circunstancias de tiempo y de modo. Su origen no se encuentra en un levantamiento en armas en 1964. Eso no es verdad. El 7 de agosto de 1946 asumió la presidencia de la República el conservador Mariano Ospina Pérez, y a partir de entonces, se inició la más feroz persecución contra el pueblo liberal.


El 7 de febrero de 1948 Gaitán encabezó la marcha del silencio y pronunció la Oración por la paz: “Señor Presidente: en esta oración no os reclamamos tesis económicas o políticas. Apenas os pedimos que nuestra patria no transite por caminos que nos avergüencen [...]. ¡Os pedimos hechos de paz y de civilización! Os pedimos que cese la persecución de las autoridades; así os lo pide esta inmensa muchedumbre”. Dos meses después de ese certamen Gaitán fue asesinado.


Como consecuencia de ese crimen, el régimen conservador arreció la persecución al pueblo liberal: incendios, saqueos, desplazamientos forzados, violación de mujeres, torturas y masacres indiscriminadas. A los líderes liberales y a sus hijos se les cazaba como a un jabalí viejo (4). Uno de esos jovencitos, a quien se le dio cacería fue a Pedro Antonio Marín Marín (5), en las localidades de Génova y La Primavera, en el departamento del Quindío y en Ceilán, en Valle del Cauca. En las selvas de este último lugar, tuvo que ocultarse durante seis meses en la más absoluta soledad. Privado de su familia, de sus amigos y de su trabajo. El joven Marín, a pesar de su corta edad, era un próspero comerciante, primero en La Primavera y luego en Ceilán. Pero todo quedó a la deriva cuando se le vino encima la inhumana cacería: todos los caminos legales quedaron cerrados (6).


Después de seis meses de ocultamiento para salvar su vida, Pedro Antonio Marín no tuvo ante sí sino dos alternativas: o permanecer allí para siempre, convertido en un montaraz solitario o salir a la civilización, continuar su trabajo y resistir la agresión oficial. Escogió la última opción: era el año de 1949. Convocó a trece primos –con él 14– y organizó la resistencia. Así, de ceros, con sólo quinto de primaria, comenzó un proceso de trabajo agrícola y de resistencia a la violencia ejercida por las tropas del Estado. Unos años después serían 44 familias campesinas asentadas en Marquetalia. Allí, pese a las limitaciones de créditos, asesoría técnica y de vías que facilitaran el mercadeo de sus productos, esos campesinos eran autosuficientes.


Con la asesoría norteamericana (7), el gobierno colombiano organizó, en mayo de 1964, lo que se conoce como la “Operación Marquetalia”. 16.000 soldados fueron desplegados por aire y tierra para darles cacería a las 44 familias campesinas, que a pesar del poderío oficial, quedaron intactas. Más tarde fue creado un pequeño ejército insurgente, que su fundadores denominaron Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia –Farc–.


Ese pequeño ejército, inicialmente de 44 familias fue creciendo paulatinamente. Diez años después tenía 1.000 hombres y mujeres, y al cabo de tres décadas se convirtió en un ejército de 25.000 unidades. Fue perseguido por 12 presidentes de la República y por tres ejércitos, con todo el poderío, el dinero y la tecnología: el oficial de Colombia, el de los Estados Unidos y el paramilitar, que a través de la historia política tomó diversos nombres: chulavitas, pájaros, auto defensas unidas de Colombia, bacrim o simplemente paras.


En esas vidas paralelas –Uribe-Farc–, hay un período de la historia política de Colombia, que en la dialéctica de la guerra, es de antología: el ejército insurgente se hace invencible; Uribe, siendo gobernador de Antioquia, en los años noventa del siglo XX, impulsa el paramilitarismo mediante la creación de las convivir; la insurgencia y sus bases sociales resisten hasta el sacrificio; en el cenit de ese holocausto, Uribe no habría logrado tanto apoyo popular, ni habría sido presidente de la República sin la presencia de las Farc en todo el territorio colombiano.


Por eso, la fortaleza de las Farc durante el primer lustro del siglo XXI, fue para Uribe una bendición. Es más: si Uribe, a la cabeza de los tres ejércitos, con toda la tecnología y con el impuesto de guerra hubiera derrotado a las Farc durante su primer cuatrienio, en 2006 no habría sido reelegido. Muchos recordarán que el principal argumento para su reelección no fue alcanzar mejores índices de desarrollado del país, sino, “la culebra está viva”. Y, claro, tenía disculpas para un tercer período, que lo intentó hasta el final, porque la “culebra continuaba viva”. Pero la Corte Constitucional no le dio el aval, porque la sociedad ya estaba hastiada.


Ese ejército que surgió de la nada, de la simple resistencia para defender la vida; que creció y se hizo invencible, fue invitado por el presidente Santos a sentarse a negociar la paz. Ese ejército que ante la adversidad y el poderío militar del Estado resultó invicto, por voluntad propia se sometió a la Constitución y la ley, entregó sus armas a cambio de que a sus excombatientes les permitan hacer política sin que los maten. Hoy, sus máximos voceros están en el Congreso, excepto Timochenko, que voluntariamente prefirió hacer política desde el terreno llano.


Estado actual de las vidas paralelas


Una vez dejó la presidencia de la República, Uribe creó un partido político para hacerle la más feroz oposición a Juan Manuel Santos, su sucesor, en vista de que este no aceptó ser su títere. Y, como siempre, recurrió a la simulación, dándole a ese partido un nombre que es la antítesis de la realidad: Centro Democrático. Todo el mundo sabe, que no es de centro ni mucho menos democrático. Es un partido de extrema derecha y caudillista, hasta el punto de que su símbolo no es un escudo, una bandera o unas letras, sino la efigie del propio Uribe.


Con ese partido intentó en 2014 poner presidente de la República y tomarse todo el Congreso, con el argumento de “la amenaza terrorista”. En plena negociación entre el Estado y las Farc, el símbolo de su lucha fue Timochenko, el comandante en jefe de esa guerrilla. “¡Ayúdenme! No me dejen solo en el Senado, al lado de Timochenko”, le pedía a sus seguidores, entre suplicante y mordaz. Y agregaba: “Imagínense ustedes a Timochenko en el Senado”. La hazaña que no alcanzó con Zuluaga en el 2014, la logró con Duque en 2018.


En pocas palabras, la ecuación de las vidas paralelas hoy, es sencilla. Uribe, que se ha aprovechado del Estado en todas las estructuras del poder, está sub judice en cientos de procesos, por violar la Constitución y la ley. Y, hasta este momento ningún juez lo ha juzgado, entre otras razones, porque amenaza a todos sus jueces grita, humilla y asusta. En suma, aunque no parezca, Uribe es el terrorista.


En cambio, los miembros de las Farc, comenzaron huyendo a la acción criminal del Estado, hasta que lo enfrentaron militarmente, pese a la desigualdad descomunal. Pero después de muchas acciones de guerra, en las que incurrieron en múltiples crímenes, se sometieron a la Constitución y la ley, entregaron sus armas voluntariamente, se desmovilizaron y están haciendo política y legislando. Y, lo más importante: se han sometido, rigurosamente, a la Justicia Especial para la Paz –JEP–, sin desconocer a ninguna autoridad.


¿A dónde pueden conducir estas vidas paralelas? ¡Ho ironía! ¡Ho casualidad! Si la sociedad se come el cuento y los tribunales lo aceptan, no es nada extraño que los antiguos miembros de las Farc vuelvan a ser la salvación de Uribe, con una pregunta sencilla: ¿Por qué el héroe tiene que ir a la cárcel y los villanos al Congreso?


A pesar de todas las marrullerías, incluyendo el asesinato de testigos, la mutilación de expedientes y el barrido de los audios de la Fiscalía, si las pruebas que posee la Corte para llamarlo a indagatoria son tan sólidas, como se presume, el “presidente eterno” no la tiene fácil. Muchos piensan –y muchos más desean–, que Uribe terminará pidiendo pista en la JEP. Entonces, quienes así piensan y desean, podrán decir, como dice el que dijo Uribe: “El que la hace la paga”.

 

** “Decidí comparar y cotejar al fundador de la bella y cantada Atenas con el padre de la invicta y gloriosa Roma”. Así comienza Plutarco sus diez biografías paralelas: Teseo-Rómulo; Licurgo-Numa; Solón-Publícola; Temístocles-Camilo; Pericles-Fabio Máximo. En su célebre obra Vidas paralelas, son más homogéneas las vidas que él compara en cada pareja, que el símil que existe entre Uribe, el hombre del poder absoluto, y las Farc, como movimiento político-militar que lo enfrentó como gobernador de Antioquia, presidente de la República y enemigo acérrimo del proceso de paz que el Estado firmó con esa guerrilla. Sin embargo, son vidas que devienen en un mismo contexto geográfico, histórico y político.
1. Saúl Hernández Bolívar. “A la llegada de Iván Duque”, en El Tiempo, Bogotá, martes 7 de agosto de 2018, p.1.15.
2. “Comunicado en apoyo al expresidente Álvaro Uribe Vélez”, en El Tiempo. Domingo 5 de agosto de 2018, p. 1.13.
3. Joseph Contreras, Biografía no autorizada de Álvaro Uribe Vélez. (El señor de las sombras), Bogotá, Oveja Negra, 2002, pp. 7 y siguientes.
4. El jabalí viejo es animal más audaz y difícil de cazar, según concepto de sus depredadores.
5. En una ceremonia, digna de Don Quijote, Pedro Antonio Marín Marín fue rebautizado con el nombre de Manuel Marulanda Vélez, en homenaje a un líder sindical torturado y asesinado por los servicios secretos.
6. Carlos Arango Z, FARC. Veinte años. De Marquetalia a la Uribe, Bogotá, Ediciones Aurora, 1984, p. 95.
7. Entre el 2 y 13 de febrero de 1962 el general William Yarborough, impartió instrucciones contrainsurgentes en 4 de las 8 brigadas del ejército que existían entonces en Colombia.

 

*Profesor investigador y escritor. Autor, entre otras obras, de La pequeña política de Uribe, y de las novelas Cenizas y La vida ejemplar de Constantina. Ph.D en derecho público por la Universidad de Zaragoza-España. Exmagistrado y Exprocurador Delegado para la Vigilancia Judicial y para las Fuerzas Militares.