Sábado, 23 Mayo 2020 06:37

La verdad sobre los transgénicos

La verdad sobre los transgénicos

Para saber lo que pasa realmente con los cultivos transgénicos, qué efectos tienen sobre la salud y el ambiente, quién gana y quién pierde, hay que dejar de lado la propaganda de las empresas y aprender de la experiencia real en los países que llevan más de dos décadas plantándolos. Para ello, el Atlas del agronegocio transgénico en el Cono Sur, publicado en mayo 2020, es una herramienta imprescindible (http://www.biodiversidadla.org/ Atlas).

Es un trabajo bien documentado, que recoge numerosos textos y material gráfico, compuesto a partir de investigaciones, experiencias y testimonios de primera mano de organizaciones en cada país de la región, en una colaboración entre académicos e investigadores, organizaciones campesinas, ambientalistas y locales. En sus 22 capítulos cubre desde aspectos científicos hasta temas ambientales, de salud y económicos. También presenta alternativas desde las comunidades y organizaciones populares. La coordinación del trabajo estuvo a cargo de Lucía Vicente, Carolina Acevedo y Carlos Vicente, de Acción por la Biodiversidad, Argentina, con el apoyo de Darío Aranda en la sistematización de talleres presenciales realizados en Paraguay en 2019.

Más allá del Cono Sur, es una herramienta de aprendizaje para todas y todos, estemos donde estemos, porque, pese a que casi ha pasado un cuarto de siglo, solamente 11 países concentran 99 por ciento de la siembra de transgénicos en el mundo y cinco naciones de esa región –Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia– están entre ellos. Brasil y Argentina tienen las mayores áreas sembradas a escala global, siguiendo a Estados Unidos, que ocupa el primer puesto.

Más de dos décadas de siembra transgénica han tenido efectos devastadores en la contaminación de aguas y suelos. Hay zonas del río Paraná en las que los lodos de su cauce tienen más glifosato que una plantación de soya. La avalancha de siembras provocó una auténtica epidemia de enfermedades graves en las poblaciones aledañas a las plantaciones, que multiplicaron las cifras de cáncer y abortos espontáneos en zonas rurales y centros periurbanos, pero la contaminación llega incluso a ciudades alejadas de las plantaciones, donde muestras en orina de niñas y niños, así como en leche materna, también mostraron residuos de agrotóxicos.

Los culpables y quienes se beneficiaron son muy pocos. Es ampliamente conocido que las semillas de todos los cultivos transgénicos en el globo están en manos de poquísimas trasnacionales. Actualmente sólo son cuatro, luego de las fusiones en años recientes: Bayer (que compró Monsanto); Syngenta (propiedad de ChemChina); Corteva (fusión de DuPont-Pioneer y Dow Agrisciences) y Basf. Esta última compró parte del negocio transgénico de las anteriores para dejar contentas a las autoridades antimonopolios. Antes eran seis que controlaban todo el mercado global de transgénicos y las autoridades de varios países consideraron, correctamente, que tenían control oligopólico. Condicionaron las fusiones a que vendieran de parte de sus negocios –lo cual favoreció a Basf, que antes tenía menos presencia en transgénicos. Paradójicamente, de seis pasaron a cuatro megaempresas y las autoridades de competencia tan tranquilas.

El Atlas desenreda y revela los nombres locales bajo los que operan estas grandes empresas y cuáles otras trasnacionales completan las cadenas de producción, almacenamiento y exportación, ya que la devastación masiva de salud y naturaleza ha sido principalmente para exportar forraje para cerdos y otros animales en cría industrial en Europa y China. Explica también cómo han ido logrado regulaciones nacionales e internacionales en su favor, incluso infiltrando las propias comisiones de bioseguridad, que nunca los fiscalizaron realmente.

Un aspecto menos conocido que el Atlas muestra en detalle es que la producción transgénica causó una enorme concentración de tierra, con una importante reducción de establecimientos agrícolas, llegando a desaparecer hasta 40 por ciento en algunos rubros y países. El aumento del uso de agrotóxicos creció en forma nunca vista en la historia de la agricultura, Brasil pasó a ser el país con mayor uso de agroquímicos en el planeta. Los promotores de la agricultura industrial suelen decir que el modelo ya existía, y no fue por los transgénicos. Pero el hecho de que más de 90 por ciento de las semillas transgénicas sean tolerantes a agroquímicos permitió dos fenómenos altamente nocivos: aplicar agrotóxicos en grandes volúmenes, porque la semilla sembrada no moría, lo cual creó decenas de diferentes malezas resistentes a los químicos y, por tanto, se aplicó cada vez más veneno. Complementariamente, las empresas rurales buscaron áreas de siembra cada vez más extensas para mecanizar el laboreo y generalizar la fumigación aérea, engullendo o desplazando por la fuerza otras actividades. Asesinatos, represión y persecución a quienes defienden sus territorios y naturaleza marcaron todo el proceso.

El Atlas no sólo documenta el desastre. También recoge y presenta las muchas formas de resistencia y creación, las propuestas y alternativas desde lo legal hasta lo territorial que los pueblos han ido construyendo. Gracias a las y los que han compartido tanta experiencia http://www.biodiversidadla.org/ Atlas

Por Silvia Ribeiro, Investigadora del Grupo ETC

Martes, 19 Junio 2018 06:09

El final de Monsanto

El final de Monsanto

Una de las compañías más repudiadas del planeta terminó sus días sin pena ni gloria. No murió ni desapareció, Monsanto fue comprada y absorbida por Bayer, otra transnacional con un negro historial de fabricar venenos y drogas. Finalmente aprobada la compra en junio de 2018 por Estados Unidos y antes por la Unión Europea, el primer anuncio de Bayer fue la desaparición de la marca, haciendo que Monsanto saliera del mercado por la puerta trasera.


Por supuesto, esto no significa la desaparición de sus semillas transgénicas ni de sus tóxicos, que seguirán siendo vendidos por Bayer, pero el cambio de nombre fue uno de las motivaciones de Monsanto para buscar fusionarse, buscando desvincularse de las múltiples protestas y campañas en su contra.


Definitivamente –y pese a que la fusión es una mala noticia para la gente, el ambiente y la soberanía alimentaria– la desaparición del nombre Monsanto es un triunfo de la extendida resistencia popular, de campesinas y campesinos, de ambientalistas, consumidores y muchos más, contra los transgénicos, en todo el mundo.


No es un logro menor. Aunque los transgénicos siguen en mercados, campos y alimentos, hay un rechazo generalizado a éstos. Las transnacionales –Bayer incluida– no han logrado colonizarnos la mente, como antes lo hicieron con la mayoría de las personas con la supuesta necesidad de usar agroquímicos y agricultura industrial y monocultivos para alimentarnos, un nocivo mito que aún persiste pese a su falsedad.


Pero en el caso de los transgénicos nunca lograron que fuera aceptados por la gran mayoría de consumidores y campesinos, ni extender su siembra en forma significativa más que a una veintena de países. Aún hay más de 160 países que no permiten su siembra comercial. Monsanto era la mayor empresa en semillas transgénicas y junto a Syngenta, la más combatida.


Esta es la última de las mega fusiones agrícolas que comenzaron hace dos años y la más grande. Las seis mayores productoras de semillas, que juntas controlaban el 100 por ciento de los cultivos transgénicos eran entonces Monsanto, Syngenta, DuPont, Dow, Basf y Bayer. Además controlaban la mayoría del mercado global de agroquímicos.


Ahora terminaron el proceso de fusión Bayer-Monsanto, Syngenta-ChemChina (productora china de agrotóxicos) y DuPont con Dow, las cuáles formaron para su sector agrícola la nueva empresa Corteva Agriscience.


Para ser aprobadas las fusiones por Estados Unidos, Europa y otros países, les plantearon que por razones de competencia de mercado, debían vender parte de sus negocios, pero todos los negocios de químicos y semillas que vendieron, los compró BASF.


Por tanto, quedaron cuatro mega-empresas que controlan juntas más de las dos terceras partes del negocio mundial de agrotóxicos y semillas comerciales, además de la totalidad de las semillas transgénicas. Esta ronda de fusiones es apenas un comienzo para la que sigue, que es por el control de la agricultura digital.


Al rechazo mayoritario a los cultivos y alimentos transgénicos, se ha sumado en años recientes un creciente rechazo a los agrotóxicos en los alimentos, en el cual la condena al glifosato, el herbicida que inventó y patentó Monsanto en 1982, es un aspecto clave. Aunque se usaba ya en cultivos, céspedes y jardines, fue gracias a los transgénicos que se transformó en el agrotóxico más usado del planeta y de la historia. Esto porque más de 85 por ciento de las semillas transgénicas son tolerantes a herbicidas, generalmente a glifosato (bajo nombres como Faena, Rival y otras), lo que aumentó enormemente su aplicación. Monsanto siempre arguyó que era un herbicida de bajo riesgo, pero en 2015, la Organización Mundial de la Salud lo declaró un cancerígeno. A partir de entonces se han sucedido las regiones y países donde se plantea prohibirlo, incluyendo a la Unión Europea como tal.


Además de las semillas transgénicas y glifosato, Monsanto puso en el mercado muchas otras cosas en detrimento de la humanidad y el planeta, como los askareles (PCB) que enfermaron a pueblos enteros con cáncer (a sabiendas después de los primeros años); el Agente Naranja que primero se usó como arma química en la guerra de Vietnam y del que luego derivaron un potente agrotóxico (2,4-d) que está actualmente en uso en tierras agrícolas.


Bayer por su parte, además de algunos conocidos farmacéuticos, también es un productor de semillas transgénicas y agrotóxicos. Es menos conocido que Bayer también inventó la heroína en 1898 y la vendió por más de una década como medicina para la tos. Sabía que creaba adicción, pero eso era parte del negocio. Ya en el siglo XX, como parte de la compañía IG Farben (fusión de Bayer, Basf y Hoechst), colaboró con los nazis, para quienes produjo el gas Zyklon B para las cámaras de gas del holocausto. Además usaba mano de obra esclava de los campos de concentración.


Es decir, esta no sólo es una de las fusiones más grandes en agricultura, es también una fusión de experimentados criminales de guerra. La guerra a la que más notoriamente se dedican ahora es contra la vida y producción campesina, la salud de todas y todas y el medio ambiente, con sus ventas de transgénicos y agrotóxicos.
A partir de ahora Bayer es la mayor empresa global de agrotóxicos y semillas comerciales de todo tipo –además de tener el mayor porcentaje de semillas transgénicas. Seguramente emprenderán una agresiva campaña sobre los supuestos beneficios de ambos, intentando disolver la imagen tan combatida de Monsanto. Hay muchas nuevas trampas y cambios de discurso para intentar confundir y disolver las críticas, mientras avanzan con la contaminación en los campos.


Pero en lugar de olvidar a Monsanto, se afirmará la denuncia contra Bayer. Será otra base para seguir consolidando la crítica y resistencia contra el modelo de sistema alimentario industrial y químico, cuya meta final es desmantelar toda forma de producir nuestros propios alimentos, especialmente desde las comunidades campesinas.

Publicado enMedio Ambiente