Fósil de dickinsonia, animal de la era Ediacara.Foto Mary Droser/ UCR

inguna tenía cabeza o esqueleto // Muchas parecían alfombras de baño tridimensionales en el fondo del mar, explican

Las criaturas oceánicas de 555 millones de años del periodo Ediacara comparten genes con los animales actuales, incluidos los humanos, según un estudio de la Universidad de California en Riverside.

 

"Ninguno tenía cabeza o esqueleto. Muchos probablemente parecían alfombras de baño tridimensionales en el fondo del mar, discos redondos que sobresalían", afirmó en un comunicado Mary Droser, profesora de geología en esa casa de estudios.

"Estos animales son tan extraños y tan diferentes que es difícil asignarlos a categorías modernas de organismos vivos con sólo mirarlos, y no es como si pudiéramos extraer su ADN, no podemos", agregó.

Sin embargo, los registros fósiles bien conservados han permitido a Droser y Scott Evans, principal autor del estudio y recién graduado de doctorado de la Universidad de California en Riverside, vincular la apariencia y los comportamientos probables de los animales con el análisis genético de los seres vivos actualmente. Su investigación sobre estos enlaces se publicó recientemente en la revista Proceedings, de la Real Sociedad B.

Para su análisis, los investigadores consideraron cuatro animales representativos de las más de 40 especies reconocidas que se han identificado desde la era Ediacarana. Estas criaturas variaban en tamaño desde unos pocos milímetros hasta casi un metro de longitud.

Las kimberella eran criaturas en forma de lágrima con un extremo ancho y redondeado y otro estrecho que probablemente raspaba el fondo del mar en busca de comida con una trompa. Además, podrían moverse usando un "pie musculoso", como los caracoles de ahora. El estudio incluyó a dickinsonia plana, de forma ovalada con una serie de bandas elevadas en la superficie, y Tribrachidium, que pasaron sus vidas inmovilizados en el fondo del mar.

También se analizaron los ikaria, animales descubiertos recientemente por un equipo que incluía a Evans y a Droser. Tenían aproximadamente el tamaño y la forma de un grano de arroz y representan los primeros bilaterianos: organismos con un frente, un dorso y aberturas en cada extremo conectados por un intestino.

Evans sostuvo que es probable que ikaria tuviera bocas, aunque no se conservaron en los registros fósiles, y se arrastraron a través de la materia orgánica "comiendo a medida que avanzaban".

Los cuatro animales eran multicelulares, con células de diferentes tipos. La mayoría tenía simetría en sus lados izquierdo y derecho, así como sistemas nerviosos y musculatura no centralizados.

Además, parecen haber podido reparar partes dañadas del cuerpo mediante un proceso conocido como apoptosis. Los mismos genes involucrados son elementos claves del sistema inmunológico humano, lo que ayuda a eliminar las células precancerosas e infectadas por virus.

Estos animales probablemente tenían las partes genéticas responsables de las cabezas y los órganos sensoriales que generalmente se encuentran allí. Sin embargo, aún no se había logrado la complejidad de la interacción entre estos genes que daría lugar a tales características.

"El hecho de que podamos decir que estos genes operaban en algo que se ha extinguido durante 500 millones de años es fascinante para mí", concluyó Evans.

El titanosaurio hallado en Argentina podría ser "el más grande de la historia"

Un equipo estadounidense-argentino de científicos descubrió en el noroeste de la Patagonia los restos fósiles de un dinosaurio que vivió hace 77 millones de años en el extremo meridional de América del Sur y que podría ser el animal terrestre más grande en la historia de la Tierra. El hallazgo ha sido publicado en la revista Scientific Reports.

El gigante dinosaurio fue bautizado como Dreadnoughtus schrani -que significa textualmente "el que no teme a nada"- y es el esqueleto más completo descubierto hasta ahora. "Es considerado uno de los saurópodos más grandes jamás encontrados, probablemente superando el tamaño de Patagotitan", expone el artículo.

Según los paleontólogos, pertenece a la familia de los titanosaurios, dinosaurios herbívoros gigantes, que eran muy abundantes en la zona durante la época del Cretácico Superior. Medía unos 26 metros de largo (con un cuello de 11 metros y una cola de 9 metros de longitud) y pesaba unos 60.000 kilos, es decir, 60 toneladas.

Para mantener este descomunal tamaño, se estima que este dinosaurio tenía que ingerir cada día cantidades enormes de plantas: “Imagine tener como obsesión solo comer. Cada día trataba de consumir suficientes calorías como para nutrir su cuerpo del tamaño de una casa. Me imagino que su día a día consistía en gran medida en estar de pie en un solo lugar”, afirmó Kenneth Lacovara, coautor del estudio.

La especie más cercana al nuevo dinosaurio encontrado es el Andesaurus, que posee una longitud de 18 metros. De acuerdo a los reportes, el titanosaurio encontrado era mucho más grande, aunque todavía no hay precisiones exactas.

Gracias a que el esqueleto está muy completo (se han encontrado entre 2005 y 2009 el 70 por ciento de sus huesos), los científicos podrán entender mejor la anatomía y la biomecánica de los grandes saurópodos como el de este gigante cuyo fémur y húmero encontrados, de 1,80 metros, permiten hacerse una idea bastante fidedigna de las colosas proporciones de este animal.

Investigadores analizaron restos óseos de dedos de esos antiguos parientes del hombre.Foto Bardo et al/ Scientific Reports

El hallazgo sugiere que desarrollaron agarres de precisión, más complejos que los de fuerza

 

Los pulgares de los neandertales se adaptaron para sostener mejor herramientas con mango, de la misma manera que ahora lo hacemos con un martillo, según un artículo publicado en la revista Scientific Reports.

Además, los hallazgos sugieren que los neandertales desarrollaron agarres de precisión, donde los objetos se sostienen entre la punta del dedo y el pulgar, más complejos que los agarres de fuerza, en los que los objetos se sostienen como un martillo, entre los dedos y la palma con la fuerza que dirige ese dedo.

Mediante análisis 3D, Ameline Bardo, investigadora de la Universidad de Kent, en Reino Unido, y sus colegas mapearon las articulaciones entre los huesos que producen el movimiento del pulgar, denominado colectivamente complejo trapeciometacarpiano, de cinco individuos neandertales y compararon los resultados con las mediciones tomadas de los restos de cinco humanos modernos tempranos y 50 adultos modernos recientes.

Los autores encontraron covariación en la forma y la orientación relativa de las articulaciones del complejo trapeciometacarpiano que sugieren diferentes movimientos repetitivos del pulgar en los neandertales en comparación con los humanos modernos.

La articulación en la base del pulgar de los restos de neandertal es más plana con una superficie de contacto más pequeña y se adapta mejor a ese dedo extendido colocado al lado del costado de la mano.

Esta postura sugiere el uso regular de empuñaduras eléctricas de ”apretar”, como las que usamos ahora para sostener herramientas con mangos. En comparación, estas superficies articulares son generalmente más grandes y más curvas en los pulgares humanos modernos recientes, una ventaja al agarrar objetos entre las yemas del dedo y esos dedos, lo que se conoce como agarre de precisión.

Aunque la morfología de los neandertales estudiados es más adecuada para los agarres de fuerza, aún habrían sido capaces de realizar posturas de mano de precisión, pero esto habría sido más desafiante que para los humanos modernos, según los autores.

La comparación de la morfología fósil entre las manos de los neandertales y los humanos modernos puede proporcionar más información acerca de los comportamientos de nuestros parientes antiguos y el uso temprano de herramientas, señalan los investigadores.

La imagen muestra los resultados de la reconstrucción en 3D del cráneo de Apidima 2, descubierto en una cueva griega.Foto Afp

Más temprano y más lejos: el Homo sapiens no africano más antiguo descubierto hasta ahora era griego y data de 210 mil años, según un estudio publicado este miércoles, que adelanta en más de 150 mil años la llegada de la especie a Europa.

 

Apidima 1, como lo bautizaron los científicos, es “más viejo que todos los otros especímenes de Homo sapiens hallados fuera de África”, explicó Katerina Harvati, de la Universidad de Tübingen en Alemania, coautora del estudio divulgado en la revista Nature.

 

Hasta ahora, se contaba con un fragmento de mandíbula de Homo sapiens hallado en una cueva de Israel y que remontaba a un periodo de entre 177 mil y 194 mil años. Los otros más antiguos tenían entre 90 mil y 120 mil años. En Europa, el más viejo fechaba de 70 mil.

 

Reconocimiento tardío

 

Se trata de un reconocimiento tardío para Apidima 1. Había sido hallado a finales de los años 70 por el Museo de Antropología de la Universidad de Atenas en una cavidad del macizo de Apidima, en el Peloponeso, pero en la época había sido catalogado como un preneandertal.

 

Sin embargo, las técnicas modernas de datación y de imágenes permitieron a Harvati y a su equipo revelar una "mezcla de características humanas modernas y arcaicas", que hacen de él un Homo sapiens precoz.

 

Sin embargo, los arqueólogos sólo hallaron la parte trasera de su cráneo y “algunos podrían sostener que el espécimen está demasiado incompleto para que su estatuto de Homo sapiens sea inequívoco”, precisó Eric Delson, del Colegio Lehman de Nueva York, en un comentario publicado con el estudio.

 

“Apidima 1 muestra que la dispersión del Homo sapiens fuera de África no sólo tuvo lugar antes de lo que se pensaba, hace más de 200 mil años, sino que llegó hasta Europa”, afirmó Harvati.

 

El Homo sapiens, llamado igualmente hombre moderno, apareció en África. Los más antiguos representantes conocidos de nuestra especie fechan de 300 mil años y fueron hallados en Jbel Irhud, en Marruecos.

 

Durante mucho tiempo, se estimó que habían dejado su "cuna" africana mucho más tarde, hace unos 70 mil años, durante una ola migratoria de envergadura.

 

Sin embargo, desde hace varios años, los hallazgos no cesan de cuestionar esta teoría, avanzando cada vez más la fecha de las primeras migraciones y extendiendo la zona de sus dispersiones.

 

Apidima 1 fue descubierto frente a otro cráneo, bautizado Apidima 2. Según el estudio, se trataría de un neandertal de 170 mil años.

 

“Nuestros resultados sugieren que al menos dos grupos de personas vivían en el Pleistoceno Medio en lo que es actualmente el sur de Grecia: una población precoz de Homo sapiens y más tarde, un grupo de neandertales”, aseguró Harvati, sugiriendo que los segundos remplazaron a los primeros.

 

Antes de ser a su vez sustituidos por otros Homo sapiens recién llegados, hace 40 mil años, cuando los neandertales desaparecieron por completo.

 

"Quizás una o varias veces, ambas especies se remplazaron la una a la otra", señaló Eric Delson.

 

Este nuevo descubrimiento refuerza la idea de que hubo múltiples dispersiones de seres humanos fuera de África. El movimiento migratorio y la colonización de Eurasia fueron seguramente más enrevesados de lo que se pensaba.

 

"Más que una sola salida de homínidos de África para poblar Europa y Asia, debió haber varias dispersiones, y algunas no dieron lugar a instalaciones permanentes", según Delson.

 

Lo anterior, incluso si todos los grupos que se desarrollaron fuera de África hace más de 60 mil años desaparecieron completamente, sin dejar rastro en nuestro genoma actual.

Los dientes de 'Homo luzonensis' hallados en la cueva de Callao (Filipinas) CALLAO CAVE ARCHAEOLOGY PROJECT

Descubierto el 'Homo luzonensis', un misterioso homínido que vivió hace 67.000 años

La cueva de Callao, en Filipinas, es una enorme cavidad con siete cámaras, pero lo más interesante está muy cerca de la entrada. Allí se han desenterrado 13 huesos y dientes que, según sus descubridores, pertenecen a un nuevo miembro de nuestro propio género al que han bautizado Homo Luzonensis y que vivió hace al menos 67.000 años en la isla de Luzón.


El hallazgo obliga a cambiar los libros de texto —otra vez—, pues la lista de miembros del género Homo que habitaban la Tierra en este periodo pasa de los cinco conocidos (neandertales, denisovanos, hobbits de Flores, erectus y sapiens), a seis.


Todos estos homininos son una familia variopinta de primates unidos por lazos de parentesco más recientes que con los otros homínidos vivos, como los chimpancés o los bonobos. Cada uno representó un experimento evolutivo más o menos exitoso. Todos se han extinguido menos uno, el Homo sapiens, quien cada vez que encuentra un nuevo pariente se pregunta por qué ellos desaparecieron y nosotros no.


El humano de Luzón es un enigma. Es imposible saber cómo era su rostro, pues no hay fragmentos de cráneo, ni qué estatura tenía, porque el único hueso disponible que podía tallarle, el fémur de un muslo, está partido. Los restos hallados, el primero una falange hallada en 2007 que data de hace 67.000 años, y el resto hallados entre 2011 y 2015 con una antigüedad de al menos 50.000 años, pertenecieron a dos adultos y un niño. Sus dientes, dos premolares y tres molares, son muy pequeños, parecidos a los de un humano actual o a los del Homo floresiensis, el hominino asiático de un metro de estatura y cerebro de chimpancé que vivió en la isla indonesia de Flores en la misma época. En cambio, los huesos de manos y pies son mucho más primitivos, comparables a los de los australopitecos que vivían en África dos millones de años antes y cuyas extremidades estaban adaptadas para vivir colgados de los árboles.


“Si miras cada uno de estos rasgos por separado los encontrarás en una u otra especie de Homo, pero si coges el paquete completo no hay nada similar, por eso esta es una nueva especie”, explica Florent Détroit, paleoantropólogo del Museo Nacional de Historia Natural de París y coautor del estudio que describe la nueva especie, publicado este miércoles por la revista científica Nature. Ha sido imposible extraer ADN de los restos, lo que aumenta el misterio sobre su origen.


“Este hallazgo va a generar un enorme debate”, opina el paleoantropólogo del CSIC Antonio Rosas. “No es fácil evaluarlo porque hay muy pocos fósiles, pero hay base para proponer que sea una nueva especie. Lo que está claro es que ratifica que la diversidad de nuestro género es increíble y está en la antítesis de ese modelo lineal que representa a una especie de primate tras otra hasta culminar en los sapiens”, señala. Para Rosas lo más importante es que esta especie demuestra un camino alternativo de evolución al nuestro caracterizado por el aislamiento.


Luzón ha estado rodeada por mar desde hace dos millones y medio de años. El humano hallado en la cueva de Callao tuvo que cruzarlo, nadie sabe cómo. Es lo mismo que hizo el hombre de Flores para llegar a su propia isla, donde fabricaba herramientas de piedra tan sofisticadas como las de los sapiens. En Cagayan, un valle cercano a la cueva filipina, se han hallado herramientas de piedra que delatan la presencia de homininos hace al menos 700.000 años, por lo que es posible que se tratase de los luzonensis. Es en este punto se abren al menos tres diferentes posibilidades sobre su origen.
La más plausible es que esta especie descienda del Homo erectus, el primer hominino que salió de África y pobló Asia hace 1,8 millones de años. Todos los humanos actuales venimos de otra oleada de Homo sapiens muy posterior que salieron de África hace unos 70.000 años.


El luzonensis sería un descendiente de los erectus que llegaron a lo que hoy esChina. Al igual que su congénere de Flores habría evolucionado durante decenas de miles de años aislado con las presiones evolutivas que eso supone, lo que posiblemente le transformó en un humano de dimensiones más pequeñas que sus ancestros. Esta posibilidad la apoya el tamaño de los dientes y también el del metatarso de la mano, cuyas dimensiones coinciden con las de los negritos —explica Détroit—, humanos actuales que viven en Filipinas, Malasia y las islas Andamán que no suelen superar el metro y medio de estatura. Es este un dato inquietante si se suma otra evidencia reciente: los jarawa de Andamán tienen un 1% de ADN de otra especie de Homo sin identificar, fruto de un cruce hace miles de años.

La segunda opción es que luzonensis provenga de una oleada que salió de África antes que erectus, posiblemente de australopitecos. No hay fósiles para sostener esta hipótesis, pero puede argumentarse por la morfología frankensteiniana del luzonensis. Una tercera opción, defendida por Chris Stringer, investigador del Museo de Historia Natural de Londres, es que los Homo de Luzón y Flores descienden de un antepasado común local que surgió en la isla de Sulawesi, donde se han hallado herramientas de piedra de unos 110.000 años.


El polémico paleoantropólogo estadounidense Erik Trinkaus opina que ninguna de las opciones es plausible y asegura que luzonensis era un individuo enfermo, lo mismo que se dijo en su día del hobbit de Flores. “Es una rareza que debe ser considerada en el contexto del Pleistoceno, en el que eran muy abundantes las malformaciones”, explica. Puede que no sea algo tan descabellado dado el nuevo paradigma desvelado por la genética en el que neandertales, sapiens y denisovanos se cruzaron y tuvieron hijos fértiles. “El debate está demasiado polarizado, no creo que el Homo floresiensis sea un Homo sapiens patológico, pero sí que tiene patologías, algo que tampoco es de extrañar si estás hablando de una población aislada, con altos niveles de endogamia y que sufre además un proceso de enanismo insular que afecta a procesos de crecimiento general, sobre todo cuando se ha visto que las hibridaciones entre especies producen patologías”, apunta María Martinón, directora del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana.


Los hobbits de Flores desaparecieron hace 50.000 años, justo cuando el Homo sapiens llegó a Asia. La mayoría de los restos óseos de luzonensis tienen justo esa antigüedad mínima, lo que abre un último misterio sobre si los sapiens tuvieron algo que ver en la desaparición de estos dos parientes lejanos que ya no están aquí para explicar su historia.

Por NUÑO DOMÍNGUEZ
10 ABR 2019 - 16:45 COT

 

Dan nombre al titanosaurio más grande hallado hasta ahora

Trelew, Argentina.

El dinosaurio más grande del mundo, un titanosaurio hallado en el sur de Argentina, tiene al fin un nombre propio: Patagotitan mayorum.

El gigante de la Patagonia midió 37 metros y pesó unas 70 toneladas, como 10 elefantes juntos o un avión Boeing 737, y vivió hace entre 100 y 85 millones de años, informó este miércoles el investigador José Luis Carballido, del Museo Paleontológico Egidio Feruglio (MEF), en una conferencia de prensa realizada en Trelew.

El nombre que recibió el más grande de todos los dinosaurios hallados en el planeta es parte de una investigación realizada por el equipo del MEF junto a otros expertos argentinos y de Estados Unidos, que fue publicada por la revista científica británica Proceedings of the Royal Society.

Fuerza y gran tamaño

El estudio permite entender aspectos de la evolución de los saurópodos. Patagotitan mayorum hace alusión a la procedencia geográfica de los fósiles, la Patagonia, y a "titán", que simboliza fuerza y gran tamaño, por lo que se puede interpretar como el "gigante de la Patagonia", explicaron los científicos.

El nombre específico mayorum fue puesto en honor a la familia Mayo, dueña de la estancia La Flecha, donde se hallaron los primeros fósiles. Un trabajador rural descubrió en 2012 el primer hueso de lo que sería uno de los más importantes hallazgos de la paleontología.

En la zona se encontraron más de 150 fósiles pertenecientes a los restos de al menos seis ejemplares de la misma especie de dinosaurio gigante, saurópodos. Esto permitió la reconstrucción anatómica más completa de los herbívoros más grandes en la historia del planeta.

Una réplica del esqueleto del dinosaurio está en exhibición en el Museo de Historia Natural de Estados Unidos. Es tan grande que la cabeza de la criatura se asoma hacia un pasillo del recinto.

La Investigación Acción  Participativa: Un camino para construir el cambio  y la transformación social

Este libro, si bien toma en cuenta los fundamentos meteorológicos, se vocaliza en el sentido de la Investigación Acción Participativa –IAP– como paradigma crítico social en los procesos de transformación de sociedades democráticas, especialmente en América Latina. A partir del rastreo de su origen histórico, ligado a los conflictos sociales vividos a partir de la segunda mitad del siglo XX, desarrolla el hilo conductor que permite caracterizar los supuestos epistemológicos, las principales orientadores meteorológicas de las diferentes corrientes y tendencias del IAP, surgidos en el contexto de la globalización para enfrentar el capitalismo y la situación actual de América Latina.

También dedica un espacio al análisis de la trascendencia que tiene la IAP en el análisis de las políticas públicas y la gobernanza, temas de vital importancia para la construcción de la democracia participativa. El documento cierra con una serie de interrogantes planteados a la IAP en la actual coyuntura política y social que vive el continente.

Algunas de las herramientas de piedra halladas en la cueva de Kaldar (Irán).

 

Un equipo internacional de arqueólogos ha hallado en Irán las evidencias culturales de humanos modernos más antiguas fuera de África, según informa el Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES), que ha codirigido la excavación. Se trata de herramientas de piedra asociadas a restos de animales encontradas en la cueva iraní de Kaldar y que, según la prueba del carbono 14, tienen entre 36.000 y 54.000 años de antigüedad.

Los resultados de la datación de este yacimiento, que han sido publicados en la revista Scientific Reports, sitúan a Irán entre los primeros lugares habitados por los humanos modernos que, junto a los grupos de Oriente Próximo, consiguieron por primera vez dispersarse desde Asia occidental hasta Europa. "Sabemos que el Homo sapiens surgió en África hace 150.000 o 200.000 años y solo 140.000 años después llegaron a Europa. Este hallazgo nos puede dar pistas sobre la ruta que siguieron", explica a EL PAÍS el arqueólogo Andreu Ollé, miembro del IPHES y uno de los coordinadores de la investigación, junto con el iraní Behrouz Bazgir.

La cueva de Kaldar proporciona uno de los ejemplos más antiguos de la existencia del hombre moderno en esta parte del mundo y, a su vez, datos sobre cómo estas poblaciones sobrevivieron al clima y a las situaciones medioambientales paleoárticas. El hallazgo refuerza la posición de Irán dentro del mundo de la arqueología paleolítica en el ámbito mundial, según destaca el IPHES. Además, la secuencia excavada contiene niveles más antiguos con industria musteriense, asociada generalmente a los neandertales. Esto proporciona evidencias de su sustitución por la industria baradostiana, similar a la auriñaciense, exclusiva de los humanos anatómicamente modernos. Las dos últimas se caracterizan por el uso de hojas curvas de pedernal, raspadores para madera y hueso, huesos de ave con orificios (que podría ser un instrumento musical), diversos objetos de hueso y marfil, ocre utilizado como colorante, pendientes hechos con dientes de animales y conchas agujereadas (tal vez usadas como amuletos o marcadores tribales).

osé María Bermúdez de Castro, codirector del yacimiento de Atapuerca (Burgos), ya publicó en 2015 el hallazgo de fósiles de entre 80.000 años y 180.000 años de antigüedad en una cueva al sur de China como evidencia de la presencia del hombre moderno fuera del continente africano. Bermúdez considera que el descubrimiento de herramientas en Kaldar es una pieza más del puzle de la expansión del Homo sapiens. "Siempre se ha hablado de la salida [de África] a través del corredor levantino, pero el yacimiento en Irán indica que el estrecho de Bab-el-Mandeb [que separa Asia del continente africano] puede haber sido una ruta importante", afirma. En 2013, se publicó el hallazgo de herramientas de piedra talladas hace 43.500 años por humanos modernos en el yacimiento austriaco de Willendorf.

Para el equipo de Bazgir y Ollé, que ha realizado excavaciones en Irán desde 2009, el próximo paso es encontrar restos fósiles en la zona. "Ya sabíamos que se trata de una región muy rica en evidencias y el hecho de poder trabajar con expertos locales nos deja más cerca de hallar nuevos restos", opina el arqueólogo catalán.

 

 

Una breve nota de antropología de la ciencia

 

La antropología de la ciencia permite comprender el más apasionante de los fenómenos científicos, metodológicos y semánticos actuales, en curso: nos encontramos en medio de una auténtica revolución científica, en donde emergen muy buenas razones y dudas frente a la idea de un método científico único, y del estatuto de dicho método.

 

Es un hecho establecido que, en la ciencia y en la metodología normales, se habla: a) de el método científico (como si no fueran posibles otros, varios, múltiples), y b) del método científico como consistente en observación, descripción, formulación de hipótesis, verificación o contrastación o falsación de la hipótesis con la experiencia, y entonces formulación de un modelo o de una teoría acerca de los fenómenos. Hasta aquí nada nuevo.

La pregunta que surge es: ¿qué explica, por qué razón se asumió desde la modernidad que el método científico consistía o consiste en estos pasos? La antropología aporta luces que permiten entender el mito fundacional de la ciencia clásica y normal imperante.

Cada época desarrolla la ciencia que puede y, al mismo tiempo, cada época desarrolla la ciencia que necesita. Pues bien, sin ambages, toda la ciencia moderna, desde Bacon hasta Pasteur, desde Vesalius hasta Galileo, desde Leeuwenhoek hasta Newton, por ejemplo, o también, desde Descartes hasta Adam Smith, es la ciencia de la burguesía como clase social en ascenso. Esta burguesía triunfará políticamente en 1789 y económicamente con la Revolución Industrial.

Si hemos de creer a dos fuentes distintas, pero cercanas, de acuerdo con Hegel (Fenomenología del espíritu) y a Marx (Contribución a la crítica de la economía política), la burguesía no hace nada: simplemente paga para que los campesinos o los obreros hagan el trabajo. De forma habitual, un burgués no sabe coser un botón, no sabe cultivar la tierra o preparar un plato en la cocina, no sabe reparar una máquina, lavar un perro o cuidar de una vaca. Y es que no necesita saberlo porque tiene el capital que le permite pagar por el trabajo. Trabajo físico o intelectual que otros hacen.

El burgués de la modernidad temprana, mediana y tardía sencillamente observa pasar el mundo; observa los acontecimientos, incluso, si se quiere a distancia, y los describe. Desde la comodidad de su estudio, de su casa o de su hacienda, formula hipótesis y demás, pero jamás se ensucia las manos. La ciencia moderna genera una conciencia epifenoménica; es justamente la conciencia de la burguesía, en el sentido cultural, social e histórico de la palabra.

Precisamente por esta razón, el método científico nació y se estableció de la forma como se ha transmitido hasta la fecha.

El método científico nace como resultado de la mentalidad fisicalista producto del triunfo de la mecánica clásica y se corresponde perfectamente con la mentalidad deductiva o hipotético–deductiva que caracteriza a la civilización occidental: “si los hechos no se ajustan a mi modelo o a mi teoría, tanto peor para el mundo”. Los modelos jamás fallan; es, en el peor de los casos, la comprensión y la aplicación de los modelos —por parte de otros— lo que falla. La economía y las finanzas son un ejemplo conspicuo al respecto.

El mundo se observa a la distancia, y la distancia y el distanciamiento son justamente lo que da origen a la actitud, al método y a la aproximación del mundo propio de la ciencia moderna. Al fin y al cabo, la perspectiva, descubierta originariamente por Brunelleschi, implica el hecho cultural, científico y social de que cada quien tiene su (propia) perspectiva. Esto es, su punto de vista.

Así, la burguesía, contra el peso de la Iglesia en el medioevo, descubre que una perspectiva sobre el mundo y la realidad es posible, y ello va intrínsecamente ligado al descubrimiento del individualismo. Cada quien tiene su punto de vista. Y eso es respetable, se dice.

De consuno, el método científico permite y garantiza la objetividad y la universalidad de la ciencia, de los experimentos, de los argumentos. Que es justamente el fundamento de todo el mundo moderno. Y del mundo normal vigente a la fecha.

De esta suerte, el método científico se erige en canónica frente a los razonamientos tanto como frente a los fenómenos y los hechos. De partida, la primera afirmación fuerte de la conciencia moderna es el reconocimiento de los hechos, de los fenómenos: facts – data. Sin datos es imposible hacer ciencia, y los datos son susceptibles de observación y descripción, y demás.

De esta suerte, la forma normal de hacer ciencia es tomando distancia de los fenómenos, y sí, justamente, observándolos, describiéndolos y los demás pasos. Dicha ciencia y método garantiza varias cosas, así: en primer lugar que la prerrogativa de la buena conciencia consiste en observar y explicar el mundo y que, por tanto, es la prerrogativa de la buena ciencia formular modelos acerca de la realidad y la naturaleza. La capacidad comprensiva y explicativa del modelo define exactamente la realidad misma de los fenómenos.

Pues bien, la conciencia epifenoménica, fundante de el método científico es, al mismo tiempo, una conciencia distante e indolente del mundo. Como lo pusieron de manifiesto gente como I. Prigogine y S. Kauffman, desencantó el mundo. El mundo se volvió, simple y llanamente, un amasijo de hechos, datos, observaciones y modelos; y en el mejor de los casos, de teorías subsecuentes.

Una conciencia semejante no se compromete con el mundo ni con nada, porque ya tiene sus intereses creados, sus zonas de confort y sus ganancias aseguradas de antemano. La indolencia, el desapego y el desafecto son las consecuencias necesarias del método científico. “Que al mundo le duela lo que le haya doler, porque la ciencia es objetiva y universal”. Lo cual, en realidad, no es sino la traducción epistemológica de la más cara de las consignas de los poderes e imperios: “dura es la ley, pero es la ley”; desde los romanos.

Por lo demás, el desencantamiento del mundo vuelve psicótico al universo del conocimiento: es exactamente la idea de las dos culturas; las ciencias de un lado, y las humanidades de otro.

Como se aprecia, la antropología de la ciencia permite comprender el más apasionante de los fenómenos científicos, metodológicos y semánticos actuales, en curso: nos encontramos en medio de una auténtica revolución científica, en donde emergen muy buenas razones y dudas frente a la idea de un método científico único, y del estatuto de dicho método.

La historia en el futuro inmediato pondrá de manifiesto lo que pueda suceder de la revolución científica en curso en la que nos hallamos, todos, inmersos. Entonces, la propia antropología de la ciencia habrá cambiado, junto al cambio mismo de la ciencia, y del mundo.

 

 

Localización geográfica de las 159 poblaciones estudiadas.

 

Nuevas evidencias de que los antiguos cruces entre las tres especies tuvieron consecuencias evolutivas

 

Estamos tan acostumbrados a ser los únicos humanos sobre la Tierra que casi no podemos imaginar un pasado en que, viajando desde África hacia un mundo desconocido, lo más fácil era encontrar por ahí a otros de los nuestros, otras especies del género Homo que compartían con nosotros un pasado olvidado, y con las que, según sabemos ahora, no nos importaba compartir el sueño de una noche de verano. Sin considerarlo animalismo, y sin que nuestra lógica más profunda, la genética, lo viera inconveniente tampoco, puesto que de aquellos polvos han venido estos lodos que la ciencia revela ahora en nuestro genoma.

 

Según la última investigación de 1.523 genomas de personas de todo el mundo, incluidos por primera vez los de 35 melanesios, los neandertales se cruzaron no una, sino tres veces (en tres épocas distintas), con diversas poblaciones de humanos modernos. Solo se libraron los africanos, por la sencilla razón de que los neandertales no estaban allí. Los melanesios actuales llevan ADN de otra especie arcaica, los misteriosos denisovanos que vivían en Siberia hace 50.000 años, pero ni por esas se libraron de la promiscuidad neandertal: sus genomas actuales llevan las marcas inconfundibles tanto de neandertales como de denisovanos.

 

Y un premio de consolación: los genes de la evolución del córtex, la sede de la mente humana, son enteramente nuestros, de los Homo sapiens. Lo demás parecen ser adaptaciones al clima local. Son los resultados que 17 científicos de la Universidad de Washington en Seattle, la Universidad de Ferrara, el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig y el Instituto de Investigación Médica de Goroka, en Papúa Nueva Guinea, entre otros, han presentado en Science.

 

Los genomas se suelen medir en megabases, o millones de bases (las letrasdel ADN, gatacca...). El genoma humano tiene 3.235 megabases. De ellas, 51 megabases son arcaicas en los europeos, 55 en los surasiáticos y 65 en los asiáticos orientales. Casi todas esas secuencias arcaicas son de origen neandertal en estas poblaciones. En contraste, los melanesios presentan un promedio de 104 megabases arcaicas, de las que 49 son neandertales, y 43 son denisovanas (las 12 restantes son ambiguas de momento). Son solo números, aunque dan una idea del grado de precisión que ha alcanzado la genómica humana.

 

Pero el diablo mora en los detalles. Las secuencias arcaicas no están distribuidas de manera homogénea por el genoma, ni mucho menos. Hay zonas donde están muy poco representadas, es decir, donde hay tramos de 8 megabases o más sin una sola letra neandertal o denisovana. Estos tramos de puro ADN moderno, o sapiens, son ricas en genes implicados en el desarrollo del córtex cerebral –la sede de la mente humana— y el cuerpo estriado (o núcleo estriado), una región interior del cerebro responsable de los mecanismos de recompensa, y por tanto implicada a fondo en planear acciones y tomar decisiones.

 

Que los genes implicados en estas altas funciones mentales estén limpios de secuencias neandertales o denisovanas no puede ser casual, según los análisis estadísticos de los autores. El hecho implica, probablemente, que la presencia de ADN arcaico allí ha resultado desventajosa durante los últimos 50 milenios, y por tanto ha resultado barrida por la selección natural.

 

Entre los genes modernos se encuentra el famoso gen del lenguaje, FOXP2, lo que vuelve a plantear dudas sobre la capacidad de lenguaje de los neandertales. Que la secuencia de este gen sea idéntica en neandertales y sapiens se ha considerado una evidencia de que los neandertales hablaban, pero los genes son más que su secuencia de código (la que se traduce a proteínas): hay además zonas reguladoras esenciales, las que le dicen al gen dónde, cuándo y cuánto activarse. Otros genes puramente modernos son los implicados, cuando mutan, en el autismo.

 

También son interesantes las regiones genómicas contrarias, es decir, las que están particularmente enriquecidas en genes neandertales o denisovanos. Los genomas melanesios han revelado 21 regiones de este tipo que muestran evidencias de haber sido favorecidas por la selección natural. Muchas de ellas contienen genes implicados en el metabolismo (la cocina de la célula), como el de la hormona GCG, que incrementa los niveles de glucosa en sangre, o el de la proteína PLPP1, encargada de procesar las grasas; también hay cinco genes implicados en la respuesta inmune innata, la primera línea de defensa contra las infecciones.

 

Todo ello refuerza los indicios anteriores de que los cruces de nuestros ancestros sapiens con las especies arcaicas que encontraron durante sus migraciones fuera de África tuvieron importancia para adaptarse a las condiciones locales: clima, dieta e infecciones frecuentes en la zona. Tiene sentido, desde luego.

 

Fueron sueños de una noche de verano, pero vuelven ahora a nuestro encuentro, como en una buena obra de teatro clásico.

 

 

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