Satélites privados y redes 5G: invasión corporativa del espacio

El capitalismo, sea de mercado o de estado, no sólo ha contaminado la Tierra y todos sus ecosistemas, también ha producido una cantidad considerable de basura espacial que orbita el planeta. Ahora, con la ambición de crear redes de internet super-rápidas para crear nuevos mercados, la invasión del espacio y de nuestros cielos avanza en forma vertiginosa. No existe regulación de estos usos, mucho menos evaluación de los impactos que tendrá sobre los habitantes del globo. No se trata sólo de lo que sucede en el espacio (no tan exterior, ya que son órbitas bajas), también de las radiaciones electromagnéticas que pueden interferir con telescopios y otros instrumentos de medición científica, y las que llegarán a todas y todos cuando se masifique, ya que la idea es pasar de los actuales 2000 satélites en actividad, a decenas de miles, controlados por unas cuantas trasnacionales.

Impactos que sumarán al aluvión de impactos económicos, sociales, políticos, de vigilancia y en salud y ambiente que conlleva el desplegar a escala el llamado Internet de las Cosas, para lo cual la expansión de redes 5G y satelitales es esencial.

Desde mediados de 2019, la compañía SpaceX, del multimillonario Elon Musk, ha lanzado 240 satélites de baja órbita, en paquetes de a 60 por cada lanzamiento, para formar lo que llama “una mega-constelación” de satélites para internet. El proyecto, que la empresa llama Starlink, pretende colocar en un plazo de 4 años pretende miles de satélites, principalmente para internet, pero también para uso militar y de exploración. El gobierno de Trump ya autorizó a SpaceX a poner en órbita 12,000 satélites, SpaceX planea solicitar para 30,000 más. Musk fue el único de los grandes empresarios de informática y plataformas digitales que cuando Trump asumió no participó en las acciones “hostiles” que otras empresas de tecnología le plantearon al inicio porque sus restricciones afectaban sus negocios. Este proyecto fue sin duda la motivación principal de que Musk diera su apoyo entusiasta a Trump.

Los satélites lanzados por SpaceX se colocaron en órbitas bajas de la Tierra. El plan es que haya varias capas de satélites que rodeen todo el planeta, la mayoría en un rango de altura de 330 a 550 kilómetros. Su meta explícita es multiplicar la capacidad, velocidad y latencia de internet complementando a las redes 5G que se están instalando en tierra.

SpaceX es la primera en poner este tipo de satélites en órbita, pero existen proyectos similares de una decena de trasnacionales, entre ella Amazon, OneWeb, Samsung, Boeing, Commsat, todas pensando en colocar miles de satélites cada una, para sus propias redes y en competencia con las otras. Es el espejo de las guerras comerciales entre las telefónicas e informáticas por el control de las tecnologías 5G (De la que las agresiones de EUA contra la china Huawei son parte)

Actualmente, hay aproximadamente mas de 5000 satélites en órbita, con propósitos de exploración, científicos y de comunicación, pero hay menos de 2000 funcionales, por lo que si SpaceX realmente logra colocar los más de 4000 que pretende hasta 2024, será por lejos quien domine las frecuencias desde el espacio. Con la cantidad actual de satélites, ya hay un volumen muy importante de basura, que provoca colisiones todo el tiempo, un tema que sin duda aumentará, con consecuencias imprevistas.

Si bien ya se usa comunicación satelital, este tipo de satélites pequeños y a baja altura pretende masificar su uso, llegar a sitios aislados o actualmente inaccesibles, donde no llegan las torres de comunicación, aumentar la velocidad, el volumen de datos trasmitidos y reducir la latencia, que es la velocidad desde que se emite un mensaje hasta que el paquete de datos llega al destinatario desde el servidor. Actualmente, la latencia de comunicación satelital es mucho mayor que la banda ancha de internet.

Para avanzar en el Internet de las Cosas, la velocidad, volumen de datos, latencia y continuidad son temas fundamentales. La idea es multiplicar exponencialmente los aparatos digitalizados y conectados, desde la producción industrial a los servicios y hogares. Por ejemplo, el refrigerador detectará que no hay leche, y basado en los patrones de consumo, podría ordenarla por sí mismo al supermercado, que la entregará en un dron u otro vehículo no tripulado, pagando con una tarjeta integrada. Es el sueño del capitalismo: adelantarse a la decisión de comprar, adivinando lo que supuestamente necesitamos, y haciéndolo por nosotros. El Internet de las Cosas, pretende además integrar los procesos industriales y conectarse con el Internet de los Cuerpos (estado de salud, humor, consumos, relaciones), con los sistemas de educación y demanda de mercado adaptados entre sí, los sistemas políticos, represivos, institucionales, etc. Es una visión extrema de un capitalismo de mercado auto-regulado, donde los actores son empresas y consumidores y entre ellos una capa de robots y trabajadores, servicios financieros y bancarios digitalizados, etc. Los vehículos no tripulados y fábricas automatizadas son un componente fundamental del modelo, y por eso la continuidad permanente y latencia son claves.

Por supuesto hay mucho más que discutir sobre esta distopía. No obstante, el despliegue de los satélites de SpaceX y de las redes 5G en Tierra, aunque seguramente tendrán muchos problemas técnicos y sufren de un exagerado optimismo tecnológico, ya están en marcha y muestran que el desarrollo capitalista va por ese camino.

En el caso de los satélites de SpaceX, me tocó ver desde Sudámerica el efecto del cuarto lanzamiento de 60 satélites Starlink que se desplazaban en la noche como un tren de estrellas. Esta visión que es bastante fascinante cuando se ve por primera vez, reveló para los astrónomos que la contaminación lumínica del cielo, con la instalación de miles de satélites, obstruirá la observación del cosmos y en muchos casos la impedirá, ya que los telescopios científicos más potentes basan la observación en el registro durante horas, para comparar los movimientos estelares. No suponían que los satélites tendrían tal grado de luminosidad que serian visibles a simple vista. Musk contestó que esto solo sucederá en la instalación, ya que luego estarán a una altura mayor, y serán ocultos por la sombra de la Tierra. No obstante, esto es especulativo. Los astrónomos estiman que la multiplicación exponencial de satélites y la necesidad de que estén conectados en todos los puntos de la Tierra y en todos los momentos, podría llevar a que hubieran cientos de puntos visibles hasta altas horas de la noche y antes del amanecer.

Sin duda, hay muchos componentes especulativos. Lo que parece claro es que tanto en la noche como en el día, la intención de estas redes corporativas, contrariamente a lo que anuncian, no es que estemos mejor comunicados, sino que todas las comunicaciones pasen por ellas.

18 febrero 2020 

Un hombre sujeta un Smartphone de Apple, cuya carcasa posterior está agrietada./ REUTERS

Un informe de la European Environmental Bureau (EEB) estima que alargando un año la vida a los aparatos electrónicos se podría reducir la emisión de cerca de 4 millones de toneladas de CO2 al año, una cifra que equivaldría a eliminar dos millones de coches de las carreteras europeas. 

 

La vida se vuelve cada vez más dependiente de la tecnología y las grandes marcas lo saben. Cuanto menos duren los aparatos, antes regresarán los consumidores a los mercados. Esta premisa tan abstracta y certera es la denominada obsolescencia programada: el tiempo de vida útil que las empresas calculan y planifican para sus productos tecnológicos. Los teléfonos, las tabletas, los portátiles, las impresoras y hasta las lavadoras están destinadas a una muerte cada vez más temprana

Detrás de esta realidad se esconde un nuevo problema ambiental que implica, según cálculos de la European Environmental Bureau (EEB), la emisión anual de algo más de 48 millones de toneladas de CO2. Estas cifras gigantescas se deben a un aumento del consumo de energía y recursos para satisfacer la creciente demanda de productos tecnológicos y para la eliminación de los anteriores aparatos. “Este estudio es una prueba más de que Europa no puede cumplir con sus obligaciones climáticas sin abordar nuestros patrones de producción y consumo. El impacto climático de nuestra cultura de teléfonos inteligentes desechables es demasiado alto”, valora Jean-Pierre Schweitzer, oficial de Políticas para la Economía Circular en EEB.

La mayor parte de las emisiones que hay detrás de los aparatos electrónicos se vincula, no tanto a la energía que puedan consumir durante su funcionamiento como a la contaminación que se genera durante toda su fabricación. Buen ejemplo de ello son los teléfonos móviles, en tanto que el 75% de los gases de efecto invernadero que llevan asociados se corresponden con todo el proceso productivo, con el transporte y la distribución comercial. Es decir, tres cuartas partes de las emisiones que un teléfono móvil lleva agregadas se realizan antes de que el consumidor los desembale de la caja.

El tiempo medio de vida útil de un Smartphone y un portátil está entre los 3 y los 4 años. En el caso de una lavadora, su longevidad ronda los 11 años y si hablamos de aspiradoras –otro electrodoméstico común– seguramente terminen obsoletas al cumplir los 4 años. Tan sólo con alargar un año la vida de estos productos se conseguiría reducir 4 millones de toneladas de CO2 al año. Algo que, según la EEA, equivaldría a eliminar de golpe cerca de dos millones de coches de las carreteras de Europa.

Al problema de los gases de efecto invernadero se debe añadir el problema de residuos de que se vincula a las cortas vidas de móviles y otros objetos del mismo calibre. Tanto es así, que se estima que sólo en España se generan al año cerca de 930.000 toneladas de basura procedente de aparatos electrónicos. En Europa, las cifras oscilan entre las diez y las doce toneladas, según la propia Comisión Europea.

“Más allá de lo que supone para los bolsillos, creo que hay pocos ciudadanos que tengan conciencia de lo que la obsolescencia programada supone a nivel ecológico. Apenas hay informaciones gubernamentales sobre lo que significan medioambientalmente estás prácticas”, explica a Público Benito Muros, presidente de la Fundación de Energía e Innovación Sostenible sin Obsolescencia Programada.

La tiranía del diseño

Además de la programación deliberada de los años de vida de los aparatos electrónicos, existen otras limitaciones estéticas que refuerzan esa idea de obsolescencia programada. La tiranía del diseño de la mayoría de los productos provoca que las reparaciones sean más costosas de los que eran antes. Según Laura Rubio, portavoz de Recuperadores de la Economía Social y Solidaria (RESS), la forma en la que se fabrican los artefactos supone una “barrera importante para la reutilización y la reparación”.

“La mayoría de las veces el consumidor, por lo que le cuesta repararlo, decide comprar un objeto nuevo, con lo que ya pasamos a generar basura electrónica”, añade Muros. La sustitución del atornillado por el pegamento en los teléfonos del actual mercado es un ejemplo de cómo se esconden las piezas a los usuarios. Si la sustitución de una pequeña batería de litio era algo factible y asequible hace unos pocos años, el ensamblaje actual hace que sea prácticamente imposible.

Muros, por su parte, pone en evidencia los problemas que puede generar que la denominada transición ecológica esté fiando todas sus esperanzas en una revolución tecnológica que precisamente no garantiza que “todos los productos sean reparables y actualizables tanto en software como en hardware”.

"Etiquetado de durabilidad"

Combatir la obsolescencia “es complicado, pero no imposible”, explican desde Amigos de la Tierra. La organización ecologista –que ha impulsado la campaña alargascencia para luchar contra la muerte programada de los productos electrónicos– reclama medidas legislativas a nivel nacional para que se ponga fin a esta práctica que genera tantas cantidades de contaminación. “La Autoridad Garante de la Competencia y del Mercado de Italia multó a Samsung con 5 millones de euros y a Apple con 10 millones” por acortar la vida de los productos, citan desde la organización. Este, quizá, es uno de los caminos a seguir, opinan.

Rubio, por su parte, reclama que se impulse un “etiquetado de durabilidad” para garantizar que el consumidor sepa lo que compra y que los productores “se responsabilicen de la gestión de los residuos”. Si se obligase a que las compañías pagasen por los residuos “espabilarían” y harían que sus productos fuesen más propensos a la reutilización, comenta la experta del REES.

Desde la Fundación de Energía e Innovación Sostenible sin Obsolescencia Programada reclaman que se incremente la ley de garantías de dos a cinco años y que se elimine la letra pequeña de las garantías ya que establecen numerosas restricciones que impiden que los aparatos sean reparados en caso de defecto.

“Es imprescindible tratar de reparar el objeto o aparato que se nos haya estropeado, si no se puede ver el uso que le damos y valorar si nos lo pueden prestar o si se puede alquilar y, por último, antes de comprar nada nuevo, siempre está la opción de adquirirlo de segunda mano”, argumentan desde Amigos de la Tierra, para poner énfasis en el poder que tienen los consumidores y el valor de la economía circular

madrid

25/09/2019 07:46 Actualizado: 25/09/2019 07:46

alejandro tena

Publicado enMedio Ambiente