Martes, 06 Octubre 2009 09:11

Los peligros de la eterna juventud


En cada célula del organismo hay un reloj que lleva escrita la hora de nuestra muerte, y es mejor que sea así. Esta fórmula puede resumir las investigaciones por las cuales, ayer, Elizabeth Blackburn, Carol Greider y Jack Szostak recibieron el Premio Nobel de Medicina. Los tres, en Estados Unidos, estudiaron la función de unas formaciones llamadas “telómeros”, que están en las puntas de los cromosomas y hacen posible la división celular: sucede que, cada vez que una célula se divide, el telómero se acorta; llegado cierto número de divisiones, el telómero se ha vuelto demasiado chico, la célula ya no puede dividirse y muere; el resultado es que el organismo, en su conjunto, envejece y ha de morir. Es mejor que sea así porque la forma de evitarlo, paradójicamente, resultaría mortal: hay una enzima llamada “telomerasa” –también descubierta por estos científicos– que impide el acortamiento del telómero, lo cual permite que las células se dividan indefinidamente, sin morir; pero esta enzima se encuentra en las células cancerosas y es lo que las faculta para proliferar sin límites. Precisamente, la mayor apuesta clínica vinculada con estos descubrimientos es encontrar una droga que combata los tumores anulando los efectos de la telomerasa, es decir, haciéndolos mortales otra vez.

En los extremos de los cromosomas –esos cordones, compuestos por ADN, en los que está contenida la información genética–, se hallan los telómeros, que han sido comparados con las protecciones que los cordones de las zapatillas tienen en las puntas para que no se deshilachen. Los telómeros habían sido visualizados en la década de 1930 pero, dado que todavía no se conocía el ADN, mal podía establecerse su función. En 1980, Elizabeth Blackburn, estudiando los cromosomas de un organismo unicelular, determinó que a los telómeros correspondía una determinada secuencia de ADN. En 1982, en conjunto con Jack Szostak, lograron precisar la función de estas formaciones.

Para que una célula se reproduzca, primero tienen que hacerlo sus cromosomas: los telómeros hacen posible que, al dividirse, la transcripción del ADN se efectúe sin errores; en este sentido, contribuyen a que no se produzcan enfermedades hereditarias. El telómero cede un poquito de su propio ADN para que el cromosoma pueda reproducirse, pero esto implica que, con cada división, el telómero queda un poco más corto; al sucederse las divisiones celulares, llega el momento en que el telómero ha quedado demasiado corto, la célula ya no puede reproducirse más y, cuando esto sucede, envejece y muere.

Daniel Gómez –titular del Laboratorio de Oncología Molecular de la Universidad Nacional de Quilmes– lo grafica así: “Supongamos que se toma una célula de la mucosa bucal de un recién nacido y se la cultiva: se reproducirá unas 70 veces. Si se hace lo mismo con la de una persona de 30 o 40 años, la célula se reproducirá unas 35 o 40 veces y no más. Si la persona tiene 75 años, la célula en cultivo se dividirá sólo unas diez veces. Quiere decir que en la célula hay un reloj biológico que le indica cuántas veces duplicarse. Ese reloj corresponde al telómero; cuando termina su programa biológico de reproducción, entra en otro programa biológico, de senescencia o envejecimiento, y después en un programa de ‘apoptosis’, de muerte celular programada”.

Los descubrimientos no terminaron ahí. El día de Navidad de 1984, Blackburn trabajaba en su laboratorio junto con una joven de 23 años, Carol Greider, que efectuaba con ella su tesis de doctorado: esa tarde, ambas lograron discernir una enzima –que después fue llamada “telomerasa”– capaz de restituirle al telómero el pedacito que pierde en cada duplicación. Esto implica lograr que la célula se reproduzca indefinidamente, es decir, que no entre nunca en envejecimiento y muerte. Pero apostar a la telomerasa en busca de algún elixir de la vida eterna podría ser –por lo que se sabe hasta ahora– algo así como un pacto con el diablo.

Daniel Alonso –codirector del mismo laboratorio de la Universidad de Quilmes– advirtió que “la telomerasa está presente en el 85 por ciento de las formas de cáncer: es lo que permite que el tumor avance indefinidamente, que sus células no mueran nunca” (ver recuadro). Pero, entonces, ¿no tiene ninguna función positiva esa enzima? Sí, pero no tanto para el individuo como para la especie: “La telomerasa se expresa mucho en las células que, en los testículos y los ovarios, han de constituirse en óvulos y en espermatozoides: es lo que, tras la fecundación, permitirá tantas divisiones como sean necesarias en la vida embrionaria”, agregó Alonso.

La laureada Elizabeth Blackburn, de 60 años, nació en Tasmania, Australia; actualmente es profesora en la Universidad de California en San Francisco, y ciudadana de Estados Unidos. Tiene un hijo de 22 años, y su esposo también es científico. En investigaciones más recientes, Blackburn examinó la hipótesis de que, en las mujeres sujetas a estrés crónico, los telómeros se acorten más rápido que en las demás, “lo cual podría explicar por qué el estrés crónico es dañino para la salud”, comentó ayer.

Jack W. Szostak, de 56 años, nació en Gran Bretaña y se educó en Canadá. Actualmente enseña en la Universidad de Harvard y tiene ciudadanía estadounidense. “Sólo queríamos aclarar algunas cuestiones –comentó ayer–: ninguno de nosotros sospechaba que nuestras respuestas iban a resultar revolucionarias.” Tiene dos hijos, de 12 y 9 años.

Carol W. Greider, de 48 años, nació en Estados Unidos y actualmente investiga en la Universidad Johns Hopkins. “Nuestro premio muestra la importancia de los descubrimientos motivados por pura curiosidad”, comentó ayer. Tiene dos hijos, de 13 y 9.

Por Pedro Lipcovich

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Londres, 5 de octubre. Un grupo de científicos británicos desarrolla formas de usar nanopartículas como pequeños imanes que puedan calentar y eliminar células cancerosas sin dañar el tejido saludable que las rodea. Los investigadores hallaron que las nanopartículas de óxido de hierro pueden adherirse a anticuerpos que apuntan a esa enfermedad, o inyectarse en células madres que se dirigen a ella, lo que las puede llevar directamente a los tumores que se necesita eliminar.

Calentar las células unos 5 o 6 grados Celsius por encima de la temperatura corporal, con un nuevo dispositivo llamado máquina de alteración magnética de la hipertermia actual (MACH, por sus siglas en inglés), puede exterminar las células cancerosas.

El equipo señaló que el dispositivo MACH era como un horno de microondas que sólo calentara las células indicadas.

Esto ofrece una nueva manera de tratar el cáncer, dijo en una conferencia el equipo de la Escuela Universitaria de Londres.

Acaba con células enfermas

Si podemos lograr que las partículas magnéticas emigren a las células cancerosas, podemos matar sólo esas, dejando intactas las saludables, añadieron los expertos.

Los científicos dijeron que el trabajo estaba en una fase temprana y que aún no se había probado en humanos. Estimaron una década más de desarrollo, refinamiento y evaluación de las técnicas antes de que puedan aprobarse para tratar el cáncer.

Consideramos estar listos para ensayos clínicos en tres años, dijo Quentin Pankhurst, profesor de física de la Escuela Universitaria de Londres.

Otros dos métodos también se mostraron alentadores: uno que emplea anticuerpos para transportar nanopartículas a los tumores de cabeza y cuello, y otro que usa campos magnéticos para dirigir los diminutos imanes a partes específicas del cuerpo que necesitan tratamiento.
Por Reuters
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Miami, 31 de agosto. Estados Unidos efectúa por primera vez en 50 años pruebas clínicas por medio de un medicamento desarrollado en Cuba a pacientes con diferentes tipos de cáncer inoperables informó el periódico El Nuevo Herald.

El medicamento, denominado nimotuzumab y en fase experimental en la Universidad de Florida, está destinado a combatir células cancerosas, entre ellas algunas letales, como el glioma.

La potente droga está patentada por la compañía canadiense CIMYN, que tiene los derechos para desarrollarla en América del Norte, Europa y Japón, así como en otras regiones, de acuerdo con la nota aparecida en el diario de Miami.

Pero 80 por ciento de CIMYM pertenece a YM Biosciences, compañía radicada en Canadá, y el otro 20 por ciento es propiedad del Centro de Inmunología Molecular de Cuba, que se ha encargado de obtener la licencia en 20 países, entre ellos China e India.

Todavía no ha sido aprobado en América del Norte, Europa y Japón, pero hay cerca de 20 pruebas en proceso, precisó.

Para probar el medicamento en Estados Unidos, YM Biosciences necesitó una excepción del embargo impuesto a Cuba, la cual fue aprobada por el Departamento del Tesoro en 2006 para hacer pruebas con nimotuzumab, en ese momento limitadas solamente a niños con tumores inoperables en el cerebro.

Las pruebas todavía están en proceso y se espera que los resultados se alcancen a finales de 2010.

En fecha más reciente YM Biosciences solicitó nuevamente probar el fármaco cubano en pacientes con todo tipo de cáncer y la aprobación llegó hace pocos días.
“Estamos en el negocio de desarrollar medicamentos”, dijo David GP Allan, jefe de YM Biosciences. “No nos importa el aspecto político”, subrayó.

De acuerdo con el diario, la Agencia Europea de Medicinas rechazó en marzo una solicitud para comercializar la droga, citando 27 objeciones serias, entre ellos “grandes deficiencias en el control, consistencia y validación de la sustancia de del medicamento” en la fábrica de La Habana.

Allan dijo que la solicitud había sido hecha por una compañía europea que YM Biosciences había subcontratado y estaba “basada en una información pobre”, que no podía ser aprobada. La próxima vez la petición será mucho mejor, afirmó.

Amy Smith, pediatra neuroncóloga de la Universidad de la Florida, declaró que en teoría la droga detiene el crecimiento de las células cancerosas, al atacar los receptores de factor de crecimiento epidérmicos.

Smith afirmó que anteriores estudios en Europa habían mostrado que el fármaco había tenido resultados muy prometedores para prolongar la vida de niños que tienen glioma inoperable en el tallo cerebral. Aun con radiación, esos niños generalmente sólo sobreviven entre 8 y 15 meses.

Se espera que las pruebas en Estados Unidos tomen de tres a cuatro años. De ser exitosas, la firma canadiense necesitaría un cambio en la ley del embargo estadunidense sobre Cuba para comenzar la comercialización del producto.

Dpa
 

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Miércoles, 19 Agosto 2009 06:36

Hablemos un poco de la terapia génica

–¿Y el jinete?

–Desensilló hasta que aclare. Mmmm... cuando elegí este lugar, un café, para hacer la entrevista, yo le dije que los laboratorios tienen poco que ver con la ciencia y usted me dijo que eso está cada vez más claro. ¿Qué quiere decir eso?

–Bueno, a lo que me refería es a que, cada vez más, la ciencia trasciende el laboratorio. Hoy hay una necesidad cada vez más grande por parte de los científicos de comunicar qué es lo que están haciendo, sobre todo por un reclamo de parte de la comunidad de saber qué se financia con los impuestos. Es un poco, también, la necesidad de salir de este espacio y de desmitificar al científico trabajando en una campana de cristal. Me refería, cuando decía eso, a la interacción....

–Yo me refería a otra cosa: en el laboratorio se mide, pero la ciencia se hace, fundamentalmente, cuando se piensa. Y eso no entra en el laboratorio.

–Sí, pero por otra parte también es cierto que las mejores ideas chocan contra la infraestructura. Muchas veces se tiene una gran idea, pero es imposible llevarla a cabo por falta de tecnología, por ejemplo. En ese sentido, creo que el laboratorio es indispensable.

–Sí, pero no lo es todo. ¿Y qué hace usted en el laboratorio?

–Bueno, he desarrollado un proyecto en el área de terapia génica, que consiste esencialmente en usar los genes para curar enfermedades, ya sea en enfermedades hereditarias (donde está bien claro cuál es el gen de la enfermedad) como en enfermedades no hereditarias (como, por ejemplo, el cáncer), donde hay genes involucrados pero que no necesariamente se transmiten de padres a hijos. Eso fue hasta fines del ’90, aproximadamente.

–¿Y después?

–Luego nos inmiscuimos en el área de la genómica, aprovechando las nuevas tecnologías para encontrar genes que tuvieran importancia en el diagnóstico o en el tratamiento de las enfermedades. Lo último que estamos haciendo, desde hace unos tres años, es incorporar las células madre como herramienta para llevar genes. Las células madre tienen la particularidad de que son “llamadas” por los tejidos y son incorporadas a esos tejidos. Esos tejidos pueden ser órganos normales o también pueden ser un tumor. Como el tumor está liberando factores químicos que están llamando a la célula madre, entonces nosotros nos planteamos la posibilidad de modificar esas células madre incorporándoles genes terapéuticos. La conjunción sería identificar los genes mediante el uso de herramientas genómicas, generar los vectores virales para meter esos genes y meter esos vectores dentro de la célula madre para que lleguen al tumor. Esa es, más o menos, la manera en que se fue encadenando la investigación a lo largo de los años.

–¿En qué están las terapias génicas desde el punto de vista práctico? Pregunto porque nosotros tendemos a pensar, siempre que aparece una nueva tecnología, que es la solución a todos los problemas. Pasó con los antibióticos, con las vacunas...

–Bueno, eso tiene que ver con cómo es la historia de la ciencia. Pasó, como usted decía, con los antibióticos: se pensó que curarían todo, y ahora resulta que son muy buenos pero sólo para algunas enfermedades. Con la terapia génica pasa lo mismo. Hubo un boom, sobre todo en la década de los ’90, se pensó que eran la panacea. Hoy, con nuestra investigación, podemos decir que potencialmente la terapia génica podría curar todas las enfermedades.

–Otra vez.

–Potencialmente.

–Bueno, es algo. Más precautorio.

–Sí. El problema sería cómo hacer realmente para que los genes lleguen a la célula a la que tienen que curar. Creo que ése es el tema central, por lo menos en lo que tiene que ver con enfermedades crónicas. Al mismo tiempo, es necesario evitar que eso afecte al tejido normal. Dejemos eso a un costado. De lo que no hay duda es de que la terapia génica es muy efectiva: hay casos de chicos con síndromes muy serios que fueron curados, salieron de la burbuja y viven una vida normal. Si se consigue que el gen llegue a la célula a la que tiene que llegar, la terapia es muy efectiva.

–¿Qué hace el gen cuando llega a la célula?

–En el caso de las enfermedades hereditarias, compensar el hecho de que el otro gen no esté activo. Lo que se hace es aportar una copia nueva, que comienza a producir la proteína que hace falta, y eso se arregla. Lo mismo pasó con la degeneración de mácula en el ojo. Hay gente que empezó a recuperar la visión. Evidentemente conociendo el gen y logrando que llegue, se cura. El punto es cómo lograr eso, por ejemplo, en enfermedades diseminadas: ¿cómo se hace para llegar con un gen terapéutico a un cáncer diseminado? Ahí es donde aparece el problema. Igualmente se están aportando nuevas herramientas.

–A ver...

–Bueno, están los virus oncolíticos que, a diferencia de la percepción inicial (donde se decía que los virus no tenían que multiplicarse porque acarreaban un efecto dañino), lo que se hace ahora es que sí se multipliquen, pero en un contexto determinado que uno lo fuerza haciendo ingeniería genética del virus. ¿Qué es lo que nosotros hacemos? En lugar de que se multiplique con sus propios mecanismos, sacamos un promotor (partícula de ADN que regula la actividad de los genes, en este caso, el que regula la multiplicación viral) y en su lugar le ponemos un promotor del gen tumoral. Ahora toda la partícula viral está regulada por un promotor que corresponde al gen del tumor. Si el virus infecta a una célula normal, no se va a multiplicar, porque ese gen no está activo, mientras que si afecta a una célula tumoral, sí se va a multiplicar, porque está activo. Ahí el virus replica y al replicarse hace miles de copias, mata a la célula y comienza a diseminarse. Liberadas las partículas virales, se infectan las células que están alrededor. Así se va infectando todo el tumor, hasta que queda un momento en que ya no quedan más células malignas sino solamente células normales. En ese momento el virus deja de replicarse.

–¿Eso ya se ha probado?

–Hay menos de diez ensayos clínicos por ahora. Esto es un estudio hecho en animales de laboratorio. Lo que demostramos es que lo importante no es atacar solamente a la célula maligna per se sino también a las que forman el estroma tumoral: un conjunto de células que antes se consideraban benignas, pero que ahora se sabe que contribuyen al desarrollo del tumor. Hay que entender que el cáncer es como un órgano: no está compuesto de un solo tipo de células. Hay una conversación siempre entre la célula maligna y su entorno, que es lo que le permite diseminarse. Lo que nosotros concluimos es que no basta con atacar a la que lleva la batuta, sino que hay que atacar a todos los actores de ese “órgano cáncer”.

–¿Y entonces?

–Demostramos que si en un modelo animal con este virus eliminamos perfectamente al tumor, en un ciento por ciento de los casos. Cuando uno agrega este mismo virus, pero le agrega a las células tumorales estas células del estroma, al virus no le es tan fácil. Entonces lo que hicimos fue armar un virus que sí se pudiera replicar en las células del estroma. Ahí logramos que el efecto fuera impresionante. Después hubo otra serie de cosas que observamos. Por ejemplo, hay una “conversación” tan importante...

–Una “conversación” química, supongo.

–Sí..., tan importante que esos factores químicos que producen las células del estroma hacen que el virus sea más activo en las células tumorales también....

–A ver..., no entiendo muy bien.

–Bueno, se lo simplifico. En esencia lo que demuestra el trabajo es que las células del estroma son importantísimas en el crecimiento de un tumor. Y, además, que si uno quisiera pensar en una terapia total debería pensar en atacar tanto a las células malignas mismas como a las que están en el entorno, o interrumpir esa conversación. Eso se puede hacer, aunque no es tan fácil, porque esa comunicación se da a partir de factores químicos complejos.

–Por ahora se estudia en animales...

–Nosotros, sí. Pero hay grupos en el mundo que usando estos virus están ya en ensayos clínicos.

–¿Y cómo van esos ensayos?

–Lo que está claro es que el temor que se tenía de que la multiplicación del virus fuera tóxica desapareció. Los ensayos clínicos están dando que no es tóxico, o sea que la parte de bioseguridad está perfectamente controlada.

–¿Le parece posible que aparezca en su campo de estudios una idea tan novedosa como lo fue en su momento la microbiología?

–La terapia génica es eso.

Por Leonardo Moledo

www.leonardomoledo.blogspot.com
 

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París y Londres, 8 de julio. Una molécula encontrada en la tierra de la Isla de Pascua (Chile) prolonga de manera asombrosa la vida de los ratones; permite que algunos de ellos vivan el equivalente a más de 100 años en los seres humanos, anunciaron científicos en la revista británica Nature en su edición online.

Esta extraordinaria molécula –producto derivado de una bacteria, descubierta en una muestra tomada en este remoto archipiélago del océano Pacífico en los años 1970– se llama rapamicina, en honor al nombre polinesio de estas Islas: Rapa Nui.

La rapamicina surgió inicialmente como excelente producto para luchar contra los hongos.

Después fue utilizada para prevenir el rechazo de órganos trasplantados a pacientes, y más tarde fue incorporada en implantes utilizados para mantener abiertas las arterias de pacientes con problemas coronarios. Actualmente se utiliza también en ensayos clínicos para elaborar tratamiento contra el cáncer.

El descubrimiento más reciente en esta extraordinaria odisea es la posibilidad de que la rapamicina –o algo similar– pueda ser utilizada algún día para aumentar considerablemente la expectativa de vida de los seres humanos.

“Llevo 35 años de trabajar en la investigación sobre el envejecimiento, y durante ese tiempo hubo muchas investigaciones que nunca tuvieron éxito”, dijo Arlan Richardson, director del Instituto Barshop, uno de los tres centros que llevaron a cabo los experimentos.

Gran potencial

“Nunca pensé que podríamos encontrar una píldora contra el envejecimiento humano. Sin embargo, la rapamicina tiene un gran potencial para conseguir el propósito”, agregó.

Los investigadores, intrigados por descubrimientos que sugerían que la rapamicina inhibe una enzima vinculada al envejecimiento en los invertebrados, decidieron añadirla en la dieta de ratones más viejos.

En esa época, los roedores tenían 20 meses, que en términos humanos equivalen a unos 60.

Las ratonas que comieron alimentos con rapamicina vivían 13 por ciento más que el promedio, en comparación con las que no la recibieron. Los machos que la ingirieron tenían una supervivencia de 9 por ciento más.

El cambio era más asombroso entre el 10 por ciento de los ratones que vivían más tiempo. En este grupo, las hembras que consumían rapamicina tenían un promedio de vida 38 por ciento más alto, y en el caso de los machos era de 28 por ciento más que los que no la ingirieron.

La rapamicina puede retardar el proceso de envejecimiento o la aparición del cáncer, pero no tiene ninguna influencia en las causas de la muerte, según el estudio.

Este proyecto, detallado en el semanario científico británico Nature, forma parte de un programa de ensayos realizado con la supervisión del Instituto Nacional del Envejecimiento de Estados Unidos, dedicado a buscar sustancias que ayuden a la gente a permanecer saludable y activa durante toda su vida.

Antes se hicieron estudios sobre el impacto de la rapamicina en la longevidad de la levadura, los gusanos y las moscas. Éste es el primer estudio que parece tener influencia sobre los mamíferos.

Los científicos ya sabían que al mantener a los ratones delgados podían hacer que vivieran más tiempo. La teoría relativa a la rapamicina es que funciona con los mismos mecanismos moleculares que la disminución de calorías.

Al principio, los investigadores estadunidenses tenían la esperanza de comenzar a dar rapamicina a los ratones a partir de los cuatro meses.

“Muchos informes indican que la restricción de calorías no funciona cuando se aplica en animales viejos”, dijo Richardson.

“El hecho de que la rapamicina aumentara la vida en ratones relativamente viejos fue totalmente inesperado”, precisó.

Inhibe el sistema inmunológico

En un comentario también publicado por Nature, Matt Kaeberlein y Brian Kennedy, dos bioquímicos de la Universidad de Washington, advirtieron a las personas de mediana edad que no se apresurasen a tomar rapamicina, porque esta droga inhibe el sistema inmunológico.

Aunque de momento se desconoce la forma en que actúa, los investigadores sospechan que tiene un papel decisivo la denominada vía “mTOR”, que está fuertemente relacionada con la regulación de la incorporación de alimentos. Desde hace mucho se sabe que una disminución de las calorías incorporadas alarga la expectativa de vida de los ratones.

Aparentemente, la rapamicina actúa sobre el mismo mecanismo bioquímico. Sin embargo, los animales de laboratorio a los que se les administró rapamicina no tenían un peso menor que los ratones de control.

Los resultados podrían ofrecer nuevos puntos de partida para investigar enfermedades relacionadas con la edad, estiman los científicos. “Éste es un estudio muy emocionante”, escribió la investigadora Lynne Cox, de la Universidad de Oxford, en un comentario en la revista Nature.

“Existe peligro debido a la inhibición del sistema inmunológico. Los ratones del laboratorio estaban bien protegidos contra las infecciones”, advirtió.

Afp
 

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La Habana, 4 de febrero. Científicos cubanos desarrollaron un medicamento homeopático que tiene efectos analgésicos y antinflamatorios en pacientes que padecen cáncer y se basa en el veneno de alacranes, informó Fabio Linares, uno de los responsables del proyecto de los Laboratorios Biológicos Farmacéuticos (Labiofam).

La creación del medicamento, el TRJC-30, es una nueva línea de trabajo dentro de la investigación nacional que conduce Labiofam para confirmar las eventuales funciones anticancerígenas que se le suponen a la toxina del Rophalurus junceus, especie de alacrán endémica de Cuba.

“Los resultados primarios que ya hemos logrado en estos momentos son los mismos que se alcanzan con la quimioterapia, la radioterapia y la cirugía amputatoria”, dijo Linares a La Jornada. “Eso se traduce en mejoría en la calidad de vida, sobrevida y, en general, bienestar para el paciente.”

La investigación incluye ensayos clínicos en los que, tras el uso del medicamento, se ha observado la eliminación de síntomas indeseables en torno a los tumores, indicó el especialista del área de homeopatía de la sucursal de Labiofam en Cienfuegos, en la costa surcentral de la isla.

En la investigación aún se trabaja con la hipótesis de la posible acción anticancerígena de la toxina, confirmó el investigador por vía telefónica. “Todavía no se puede decir categóricamente que tenga una acción antitumoral marcada, pero en estudios preclínicos ha habido modelos biológicos de cultivos de líneas celulares en tumores, en los que se ha visto que el veneno actúa sobre la célula tumoral, es decir, sobre la entidad patológica. El objetivo es evitar que el tumor crezca, impedir que haga metástasis y destruir el tumor original”.

El fármaco se ha desarrollado en Cienfuegos con “excelentes resultados”, dijo Linares. Está comprobada la reducción de inflamaciones y la disminución del dolor provocado por la acción degenerativa de las células cancerosas, sin reacciones adversas.

Esas cualidades se habían encontrado hace tres años en una solución del veneno diluido en agua natural, la única expresión conocida hasta ahora de un medicamento basado en la ponzoña del también llamado alacrán colorado.

El ensayo del producto comenzó a extenderse en Cienfuegos en el último trimestre de 2008, dijo Linares. Precisó que la relevancia del nuevo fármaco es que apenas una gota de toxina pura permite la fabricación de miles de frascos del medicamento, en comparación con las grandes cantidades de materia prima que se requieren en la solución diluida.

El uso de la homeopatía “puede potenciar muchos de los efectos de la sustancia, amén de que se elimina por completo la posibilidad de toxicidad o de hiatrogenia (efecto contrario al que se está buscando)”, señaló el especialista. “El medicamento homeopático tiene sutileza y su forma de actuar puede resultar mucho más competente que otras.”

El ensayo se inició con pacientes con pronósticos muy graves, pero ya se practica con enfermos que tienen diagnósticos tempranos, añadió Linares. El producto homeopático aún está reservado para ensayo y no circula en forma comercial.

La ruta que ha llevado a esos hallazgos se inició espontánea y empíricamente en la oriental provincia de Guantánamo hace dos décadas y desembocó en el proyecto científico que ahora dirige Labiofam.
La Oficina Cubana de Propiedad Industrial (OCPI) concedió a Labiofam en 2004 los derechos de explotación de la patente asociada al veneno de ese animal. En la investigación participan los ministerios de Salud Pública y Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente; la Universidad de La Habana y el Instituto de Oncología y Radiobiología, así como el Instituto Pedro Kouri de Enfermedades
Tropicales.

Versiones sobre el empleo del veneno y sus resultados empíricos corrieron de boca en boca en la década pasada y salieron de la isla, provocando una súbita demanda del preparado líquido. En Cuba surgieron y crecieron cultivos del animal y elaboraciones artesanales de la solución diluida. Ahora Labiofam coordina el estudio y dispone de criaderos de escorpiones en todo el país.

Además del veneno del alacrán colorado, hay investigaciones sobre propiedades de toxinas de serpientes en Estados Unidos, sobre otros escorpiones en Brasil y sobre otros casos de animales ponzoñosos en China y Japón.

Gerardo Arreola (Corresponsal)
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Diciembre tiende a convertirse en un mes maldito. No sólo para aquellos espíritus reticentes a las fiestas navideñas. Siempre muere un intelectual que deja un vacío imposible de compensar, si es que acaso se cree en la compensación como un alivio o un modo de reparar esas heridas que emergen con las pérdidas de miradas críticas, de esas pequeñas lucecitas que son faros en medio de la oscuridad. Según informó su segunda esposa, la historiadora Antonia Fraser, en una breve declaración, ayer murió el dramaturgo británico más importante del último medio siglo, Harold Pinter, a los 78 años, ganador del Premio Nobel de Literatura en 2005. Desde el 2002, el autor de piezas como Fiesta de cumpleaños, El amante y Polvo eres (ver aparte) luchaba contra un cáncer que definió como “su pesadilla personal”, en ocasión de un homenaje que le hicieron en Turín a fines de ese mismo año. Pero había una pesadilla superior que le quitaba el sueño: la ignorancia, arrogancia, estupidez y beligerancia de los Estados Unidos. “Creen que tres mil muertos en Nueva York son las únicas muertes que cuentan. Son muertes norteamericanas. Las otras muertes son irreales, abstractas, sin consecuencia. No hay referencia alguna a las tres mil muertes en Afganistán. Los cientos de miles de niños iraquíes muertos a causa de la falta de medicamentos provocada por el bloqueo de Estados Unidos y el Reino Unido no merecen referencia”, afirmaba el también guionista, poeta y actor, preocupado por esas omisiones imperdonables para un artista que siempre descargó su “rabia, horror y asco” por las situaciones de opresión que veía en el mundo.

“Los pueblos no olvidan la muerte de sus semejantes, no olvidan la tortura y la mutilación, no olvidan la injusticia, no olvidan la opresión, no olvidan el terror de los poderosos. No sólo no olvidan. Retribuyen”, agregaba Pinter en ese formidable discurso de Turín, prestando siempre su voz –aun cuando pudiera quedarse afónico de tanto gritar con sus palabras– para conjurar el silencio. En las últimas fotos se lo veía caminar con bastón, pero no necesitó ningún apoyo para denunciar abiertamente los abusos del poder político, a pesar de la fragilidad de su salud. El enfant terrible de la generación denominada “jóvenes iracundos” nació en Hackney, un barrio humilde en el East End londinense, el 10 de octubre de 1930. Hijo único de un sastre y de un ama de casa, sus cuatro abuelos fueron judíos askenazis que habían huido de los pogroms polacos y rusos a fines del siglo pasado. No sólo había una memoria ancestral de persecución, sino que a temprana edad vivió los bombardeos sobre Londres, cuando la muerte formaba parte del aire que se respiraba. Apenas bastan los dedos de la mano para encontrar trayectorias similares a las de Pinter. Tenía una cuchilla especialmente afilada para desmontar en gajos las capas de contradicciones de los vínculos humanos, para indagar en la naturaleza del poder y en los riesgos de que el fascismo penetre en los pliegues más íntimos, como si no se tratara tan sólo de un movimiento político, sino de un aspecto del alma. Hombre de convicciones y compromisos políticos inclaudicables, de esos que nunca tuercen el brazo hacia la derecha, se opuso al gobierno de Margaret Thatcher y rechazó el título de sir porque le parecía “sórdido”.

En la biblioteca de Hackney, el joven Harold devoró al azar todo lo que encontraba. Dostoievski, Kafka, Joyce, Eliot y Pound fueron su primera escuela; por ellos, o gracias a ellos, tuvo la primera certeza: la vida era algo incierto. El fascismo seguía vivo en el mundo de posguerra londinense bajo la forma de librerías, diarios ultranacionalistas e incluso grupos itinerantes. Y peor aún fue comprobar la tolerancia pasiva de un gobierno laborista que en 1945 no hacía ningún intento por frustrar el resurgimiento del antisemitismo inglés. El ADN de su identidad artística, de ese brazo que siempre pulseó hacia la izquierda, se encuentra en estos años de formación. Después de su bar mitzvah, el adolescente Pinter, que ya mostraba alta presencia hormonal de inconformismo, renunció a la religión a los 13 años. Su rechazo a la estructura estatal lo impulsó a negarse a cumplir con los dos años de servicio militar obligatorio en 1948. Fue su primer acto de resistencia política.

Pinter llegó al teatro de Londres en la segunda mitad de los años cincuenta. Inició su carrera como actor (bajo el seudónimo de David Baron), oficio al que ha vuelto cada tanto a lo largo de los años. Cuando comenzó a escribir, hacia fines de los años ’50, supo que las privaciones y la necesidad existen aun en la opulencia y la satisfacción que anestesiaban a la sociedad inglesa. En 1957 publicó su primera pieza breve, The Room (La habitación), en la que abordó la historia de una mujer casada que no quiere bajar al sótano de su casa en el que está viviendo un extraño, un hombre que la llama por otro nombre, como si la conociera de otros tiempos, como si ella hubiera vivido otra existencia que ha tratado de olvidar. Un año más tarde, con La fiesta de cumpleaños, adquirió notoriedad explorando el tema de los que se rebelan contra el establishment y de los que lo defienden. El dramaturgo inglés mostraba cómo los defensores del establishment son sus víctimas inconscientes. El éxito llegaría con El cuidador (1959), pero aún quedaba un largo camino por transitar en la dramaturgia con La colección (1961), El amante (1962), La vuelta a casa (1964), Traición (1978), Un tipo en Alaska (1982), Un trago para el camino (1983) y Polvo eres (1996), entre otras de las más de 30 obras que escribió, a las que se suman los 21 guiones cinematográficos, incluidos La mujer del teniente francés y Betrayal, candidatos a los Oscar; la novela Los enanos; decenas de relatos cortos y cientos de poemas. En los ’80, Pinter publicó obras más abiertamente políticas, que versan sobre la crueldad, la tortura, la violación de los derechos humanos o lo que el dramaturgo consideraba la duplicidad de las democracias occidentales. Pinter examinó la relación entre verdugo y víctima en One for the Road (1984), inspirada en Tomando té con el torturador, incluida en el libro del periodista Andrew Graham-Yooll Memoria del miedo, una crónica de la violencia política que se vivió en la Argentina de la década del ’70.

La dramaturgia pinteriana está cincelada por un profundo sentido de la territorialidad, del poder y de la traición entre hombres a causa de la mujer. Su recurso más habitual consiste en interrumpir los diálogos con silencios misteriosos y pausas, pero también se ha señalado el inexplicable comportamiento de los actores, las pequeñas habitaciones, un número reducido de personajes y las permanentes apariciones de extraños amenazantes. Cuando la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel, en octubre de 2005, el jurado subrayó que en la habitación típica de Pinter “se encuentran seres que se defienden contra intrusiones foráneas o contra sus propios impulsos, atrincherándose en una existencia reducida y controlada”. Andrew Graham-Yooll, en el prólogo de Guerra (Ediciones de la Flor), advierte que la dramaturgia de Pinter se sitúa a mitad de camino entre dos extremos brillantes. “Si James Augustine Joyce (1882–1941) metió todo en la creación literaria para nunca más dejarle palabra libre disponible a nadie, y Samuel Beckett (1906-1989) le sacó todo como para que la dramática quedara liberada de las palabras, Pinter usó el idioma en la medida y filo justos como que una breve oración tuviera la fuerza de penetración de una daga.”

En sus primeras obras se percibía una marcada influencia de Samuel Beckett, con quien mantuvo una larga amistad. “Lo conocí una noche en París. Me llevó de bar en bar y terminamos tomando sopas de ajo a las cuatro de la madrugada. Bicarbonato a la mañana siguiente”, rememoró. El vínculo del dramaturgo con la Argentina no es menor. Pinter apareció en un video homenaje a las Madres de Plaza de Mayo en el que les dedicó unas emotivas palabras. Pero además, actores y directores teatrales locales lo admiraban y representaron casi todas sus obras en los teatros argentinos (ver aparte). En los ’70 criticó la actuación de EE.UU. en el golpe que derrocó a Allende en Chile. En 1988, Pinter y su segunda mujer, la historiadora Antonia Fraser, crearon el Grupo 20 de Junio, formado por intelectuales de izquierda, con el objetivo de derrocar al gobierno de Thatcher. En los últimos años sus críticas políticas más ácidas estuvieron dirigidas contra la violación de los derechos humanos y contra la guerra de Irak, en la que Reino Unido fue fiel seguidor de la administración estadounidense. Del ex primer ministro británico Tony Blair llegó a sugerir, en su discurso de aceptación del Premio Nobel, que era un “criminal de guerra” que podría ser sentado ante el Tribunal Penal Internacional por las atrocidades cometidas en Irak. Y de Estados Unidos dijo que era un país “dirigido por una pandilla de delincuentes”. Muchos extrañarán las “granadas” que arrojaba Pinter.

Por, Silvina Friera
 

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