Miércoles, 08 Enero 2020 08:49

Nubarrones sobre AL

Nubarrones sobre AL

Las luchas populares contra un neoliberalismo resurgente y las agresiones de la ultraderecha que han tomado por asalto a América Latina (AL) presentan a la izquierda global una paradoja peculiar: suceden en un momento en que la izquierda institucional y partidaria ha perdido la hegemonía que había conquistado y ahora se encuentra desgastada.

El capitalismo global enfrenta una crisis orgánica que es tanto estructural como política. Estructuralmente enfrenta una crisis de la sobreacumulación y ha volcado hacia una nueva ronda de expansión violenta en el mundo en busca oportunidades para descargar el excedente de capital acumulado y prevenir el estancamiento. Políticamente el sistema enfrenta una descomposición de la hegemonía capitalista y una crisis de la legitimidad del Estado.

Esta crisis dual se vislumbra en AL. El golpe de Estado en Bolivia y la tenaz resistencia a la toma fascista; el alzamiento en Ecuador contra la restauración neoliberal; las rebeliones en Haití, Chile y Colombia; el regreso al poder de los peronistas en Argentina, seguido por la destitución electoral del Frente Ampio en Uruguay, entre otros acontecimientos recientes, apuntan todos hacia una temporada de gran flujo e incertidumbre en la región.

En las últimas décadas las élites trasnacionalmente orientadas en AL condujeron a la región hacia la nueva época global, caracterizada por la acumulación como “planta de estufa”, la especulación financiera, la calificación crediticia, la Internet, las comunidades cerradas, las ubicuas cadenas de la comida chatarra y los malls y supertiendas que dominan los mercados locales. Estas élites forjaron una hegemonía neoliberal en la década de 1990.

Los gobiernos izquierdistas llegaron al poder en los primeros años del nuevo siglo impulsados por la rebelión de masas contra el monstruo de la globalización capitalista. El giro a la izquierda suscitó grandes expectativas e inspiró las luchas populares alrededor del mundo. Sin embargo, los esfuerzos de los estados por llevar a cabo las transformaciones tropezaron con el poder estructural del capital trasnacional.

Con excepción de Venezuela durante el auge de la Revolución Bolivariana, se destacó la ausencia de cualquier cambio a fondo en las relaciones clasistas y de propiedad, no obstante los cambios producidos en los bloques de poder político, un discurso en favor de las clases populares y una expansión de los programas de bienestar social financiados por impuestos sobre las industrias extractivistas corporativas. La extensión de la minería y la agroindustria trasnacional corporativa resultó en una mayor concentración de las tierras y el capital y reforzó el poder estructural de los mercados globales sobre los estados izquierdistas.

Las masas populares reclamaban transformaciones más sustanciales. En su afán por atraer la inversión corporativa transnacional y expandir la acumulación extractivista, los estados izquierdistas suprimieron las demandas para mayores transformaciones. Desactivaron los movimientos sociales, absorbiendo sus dirigentes al Estado capitalista y supeditaron los movimientos de masas al electoralismo de los partidos de izquierda. Dada la ausencia de mayores transformaciones estructurales que pudieron haber respondido a las causas profundas de la pobreza, los programas sociales se vieron sujetos a los vaivenes de los mercados globales sobre los cuales los estados izquierdistas no ejercían control.

En cuanto estalló la crisis financiera mundial a partir de 2008, estos estados tropezaron con los límites de una reforma redistributiva enmarcada en la lógica del capitalismo global. Experimentaron altos niveles de crecimiento, mientras la economía global siguió su ritmo de expansión y en tanto los precios de los commodities permanecieron altos gracias al apetito voraz de China por las materias primas. La crisis socavó la capacidad de los gobiernos de sostener los programas sociales, llevándolos a negociar concesiones y austeridad con las élites financieras y las agencias multilaterales, como sucedió en Brasil, Argentina, Ecuador y Nicaragua. Las tensiones resultantes avivaron las protestas y abrieron espacio para el resurgimiento de la derecha.

En cuanto la crisis económica y los trastornos políticos abrieron espacio de maniobra para la derecha, ésta pasó a la ofensiva, a menudo violentamente, intentando recuperar el poder político directo. El viraje a la derecha ha entrañado una escalada de represión en toda la región y una movilización de los partidos y las cámaras empresariales de la ultraderecha, culminando más recientemente con el golpe de Estado en Bolivia, en tanto la región parece volver a la época de las dictaduras y los regímenes autoritarios. La derecha acude al racismo, el autoritarismo y el militarismo en su empeño por expandir el poder corporativo trasnacional. La derecha se desempeña ahora en utilizar el poder político directo que ha recuperado para imponer violentamente una plena restauración del neoliberalismo. La chispa que hizo estallar las más recientes protestas de masas fue una nueva ronda de medidas neoliberales.

Las crisis estructurales del capitalismo mundial históricamente constituyen momentos en que se producen prolongados trastornos sociales y políticos. A escala mundial, la crisis en espiral de la hegemonía parece estar activando una crisis general de la dominación capitalista. El capitalismo global entra en un prolongado estancamiento. El crecimiento de la economía global en años recientes ha sido basado en un consumo insostenible impulsado por el endeudamiento, la frenética especulación financiera en el casino global y la militarización impulsada por el Estado, en tanto el mundo entra a una economía global de guerra y se intensifican las tensiones internacionales.

La clase capitalista transnacional en América Latina intenta trasladar la carga de la crisis a los sectores populares por medio de una renovada austeridad neoliberal en su afán por restaurar la rentabilidad capitalista. Pero es poco probable que la derecha tenga éxito. La incapacidad de ésta de estabilizar su proyecto se da cuando la izquierda institucional/partidaria ha perdido la mayor parte del poder y la influencia que había alcanzado. Por tanto, surge un abismo entre las sociedades civil y política. Hay un pronunciado desfase en AL –sintomático de un fenómeno de la izquierda a escala mundial– entre los movimientos sociales de masa que están pujantes en la actualidad y una izquierda partidaria que ha perdido la capacidad de mediar entre las masas y el Estado con un proyecto propio viable. El escenario más probable es un empate momentáneo mientras se reúnen los nubarrones.

Por William I. Robinson, profesor de sociología, Universidad de California en Santa Bárbara

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Jueves, 19 Diciembre 2019 06:12

NO ES OTRA NOCHE MÁS…[1]

NO ES OTRA NOCHE MÁS…[1]

La sorpresa no pudo ser mejor. Más allá de los actos violentos que no lograron desdibujar la masiva presencia de la ciudadanía en las calles manifestando su inconformidad, con amplia resonancia por parte de los medios de comunicación al servicio de los intereses de la elite, se veía que esto no era un paro más; la gente inicio la muestra de rechazo a la violencia y no permitió que se enlodara sus legítimas peticiones y fue el legendario cacerolazo sin precedentes en Colombia que retumbo en el silencio de la noche. Después de este hecho Colombia ya no sería igual. No era otra noche más de caminar….

Los días antes de la movilización el 21 de noviembre del 2019 (21N) la que ya es histórica en Colombia, el actual gobierno, uno de los peores en los últimos tiempos, en conjunto con los medios de comunicación al servicio del mismo o viceversa, se encargaron de emitir información enfocada a intimidar a la gente para que no ejercieran su derecho a la protesta.  

Al revisar de manera general el origen de los actos de violencia estos se registraron principalmente en algunas partes de las localidades periféricas de la ciudad, como son Suba, Bosa y Usme, marginadas, excluidas, segregadas y aisladas del desarrollo en términos de capital económico, social y cultural, hace que no sea un hecho gratuito. La raíz del descontento, frustración y rabia sentida en estos actos reprochables de los cuales no es claro su origen es que fueron realizados por grupos de población en donde la presencia del Estado es precaria y poco eficaz. Igualmente, allí se identificaba un resentimiento no solo a las políticas erradas del gobierno de turno que no entiende la necesidad de menguar la pobreza, inequidad e injusticia social de una población que demanda mucho más que programas sociales desarticulados, que, en conjunto con una actual Administración Distrital muy criticada, que no lleno las expectativas de la población, por no decir que mediocre, solo se enfocan en atender los intereses económicos de grupos minoritarios. Nos va a echar de más, nadie nos quiso ayudar de verdad

La responsabilidad en la manifestación desmedidas solo puede recaer en el mismo Estado, quien ha reconocido en palabras del mismo presidente, que la deuda social con la población es histórica. Luego, es claro que los actos de violencia desmedida se encuentran en las mismas entrañas de la protesta legitima y pacífica. El tipo de acción colectiva adelantada por la gente es directamente proporcional al mismo capital social[2] que permite construir el Estado desde las instituciones y las que los ciudadanos desde su marginación pueden construir, como parte del proceso de mantener desde la ideología liberal el “Contrato Social”. En otras palabras, a menos inversión económica, social y cultural en la población, mas violenta es la manifestación, entre más capital social acumulado en la población menos es la acción colectiva violenta en sus manifestaciones.[3] No es otro fin de mes, sin novedad. Ya nada es igual.

Desde el otro lado se percibe en las palabras del presidente a una persona que definió como camino de solución el dialogo, convocando a unas mesas con los líderes del paro que después de varios días de haberse convocado no ha llegado a un solo acuerdo. Es a partir de esta situación que se logra reafirmar que el gobierno y la clase que sustenta su poder no están escuchando a la gente y no esta sintonizado con la premura cotidiana, sus realidades y demandas de la mayoría. El presidente está envuelto en una paradoja. Por que quienes lo eligieron y lo apoyan en su gestión hoy lo critican y le demanda que gobierne incluso con mano dura como era de esperar, más represión a los manifestantes que han dejado sin argumentos al gobierno por sus manifestaciones pacíficas y llenas de inapelables razones, tanto así que en redes sociales ya circulan manifestaciones de apoyo por miembros de la fuerza púbica.

El hombre más solo de Colombia es Iván Duque, criticado y mancillado por sus aliados que lo eligieron y señalado y despreciado por sus contradictores que no lo eligieron, ante esta situación la paradoja no puede ser mayor en el sentido que sus aliados de antes le están dando la espalada por asumir un dialogo, así este no manifieste resultados concretos y desean que dé un paso al costado para que fuerzas más oscuras y represivas se hagan cargo de la situación. Pero mal o bien los que no lo elegimos y no estamos de acuerdo con sus erradas decisiones como gobernante, seremos quien lo mantendremos en el cargo de presidente por que más vale una mesa dialogó con los ciudadanos que la indiferencia y represión de siempre. Allá él en su laberinto. Y al presidente le tocara decidir si continúa gobernando para los poderosos o se ocupa de atender las necesidades de su gente a la cual su clase y aliados no entiende o no desean entender y de la cual hacen caso omiso.

Es necesario mantener el paro, “mis amigos salen a las calles, igual que tú”, porque casi un mes no ha sido suficiente para ser escuchados, siempre de forma pacífica, los actos violentos son marginales y no logran opacar este momento histórico que vive la ciudadanía. Los medios de comunican no tiene de otra, porque la evidencia está allí en la calle, esta vez los portavoces del estamento no podrán ocultar con un dedo la acción ciudadana en el espacio público. Es preciso mantenernos alerta por que mientras en las calles, los padres de familia junto a sus hijos solicitan que el gobierno retire del congreso proyectos como son la reforma tributaria, la reforma a las pensiones y la reforma laboral y ponga atención al lamentable estado en la administración de la universidad pública,  este gobierno cínico se frota las manos y continua con ahínco en perpetrar acciones en contra de sus ciudadanos con la intención de radicar en el congreso para su estudio estos proyectos lesivos para los colombianos. “Únase al baile, de los que sobran, nadie nos va a echar de más, nadie nos quiso ayudar de verdad…”

“Bajo los zapatos, barro más cemento”, es preciso seguir en la marcha por que Colombia tiene un nuevo fututo en las calles que son el motor de esta manifestación, los miles de jóvenes de una generación que muy seguramente es diferente a sus predecesoras, indignados ellos por la burla del gobierno, están cansados de “jugar a estudiar” de escuchar repetidamente, “los hombres son hermanos y juntos deben trabajar”, palabras vacías, si estas no están respaldadas con hechos concretos, las escuchan en  templos, aulas de clase y de sus mismos padres, mientras sus sueños se ven comprometidos y limitados, la frustración del joven es más beligerante que la del viejo, porque estos jóvenes ya saben lo que puede ser su suerte al dejar pasar este momento, por que aquellos sueños y “juegos al final terminaron siendo laureles para los mismos” delfines de la elite y la mayoría termina “pateando piedras en las calles” sin empleo, sin estudio, cargando las frustraciones de sueños no logrados. Ese no es el futuro que deseamos para nuestros hijos.

Es difícil pensar que podremos esperar algo bueno de este gobierno, el mismo que permite el secuestro de niños y jóvenes por parte de grupos armados, para posteriormente matarlos (bombardeando) con armas compradas de nuestros impuestos; que permite que instituciones al servicio del Estado y no de la ciudadanía como son el escuadrón anti disturbios ESMAD los mate y golpeé en las calles cuando manifiestan su legítimo inconformismo. Un Estado que mata y golpea a sus niños y jóvenes, el futuro de la nación, se merece el mayor desprecio de sus gobernados. Por lo anterior es manifiesto que la ausencia de un contrato social, permite que como punto de partida de este dialogo entre el gobierno y los representantes del paró sea la construcción de un contrato social el cual se verá reflejado en una constitución política que represente esa situación.

Es hora de bailar los que sobramos, tal como lo manifestaba el senador del Centro Democrático hace pocos días en el Senado de la Republica: “(…) es que usted sobra aquí”, le vociferaba al senador Gustavo Petro; palabras en últimas dirigidas a la gran mayoría de colombianos que no gozamos de privilegios, que no somos ladillas que desangran el presupuesto público para perpetuarse en sueldos desproporcionados y prebendas producto de su estatus como “representante del pueblo”.

Había y habrá “mucho sol sobre nuestras cabezas”, lluvia y lo que sea necesario para hacerle frente a los elementos, la marcha y la protesta pacífica apoyada por artistas, intelectuales, amas de casa, padres y la ciudadanía sensata de esta Colombia hay que mantenerla, porque no es “otra noche más”, porque la terrible noche no ha pasado y Colombia no es la misma después del 21 de noviembre del 2019.

 

[1] El presente artículo toma apartes de la canción del Grupo musical Los Prisioneros “El baile de los que sobran” para su argumentación.

[2] Vargas, Gonzalo. Hacia una teoría del Capital Social. Revista Económica Institucional. Universidad Externado de Colombia. Volumen 4, Número 6, primer semestre, 2002, páginas: 71 a 108. Bogotá, Colombia.

[3] Villalobos Rubiano, Jesús Antonio. Acción Colectiva, Organizaciones Comunitarias y Derecho a la Ciudad. Editorial Económica Española. 2011. También disponible en: http://www.bdigital.unal.edu.co/4150/1/jesusantoniovillalobosrubiano.2011.pdf

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Un grupo de feministas ingresó al Congreso rechazando el proyecto. Imagen: AFP

Mientras se estaba desarrollando la sesión, un grupo de feministas ingresó al Congreso para manifestarse en contra del proyecto. Pedían que se apruebe la paridad de género en la elección de los constituyentes que redactarán la nueva Carta Magna.

 

La Cámara de Diputados de Chile aprobó el llamado a plebiscito para la redacción de una nueva Constitución. Los diputados tuvieron que votar una reforma a la actual Constitución ya que no permitía el llamado a la consulta popular. También aprobaron los artículos que regularán todo el proceso de reforma. Mientras se estaba desarrollando la sesión un grupo de feministas ingresó al Congreso para manifestarse en contra del proyecto. Pedían que se apruebe la paridad de género en la elección de los constituyentes que redactarán la nueva Carta Magna. Finalmente la Cámara rechazó tanto ese pedido como el de un cupo mínimo para independientes e indígenas.

Los diputados tuvieron que alcanzar una mayoría de dos tercios para modificar la actual Constitución de Chile, ya que no permitía llamar a plebiscito para una reforma de la Carta Magna. Tras duras negociaciones la Cámara votó la reforma por 127 votos a favor, 18 en contra y cinco abstenciones. Ahora el proyecto pasó el Senado donde deberá ser ratificado. De esta manera la Constitución heredada de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990) parece tener los días contados.

Por falta de quórum se rechazaron las disposiciones que contenían la paridad de género y otras para asegurar la inclusión de independientes y de grupos indígenas. En la previa había posiciones encontradas dentro de sectores minoritarios de la derecha chilena sobres estos puntos. Pero la amenaza del principal partido de gobierno, la Unión Demócrata Independiente (UDI), de rechazar por completo la reforma Constitucional para habilitar el plebiscito, alineó a todos sus partidos. El artículo sobre paridad contó con 80 votos a favor, 62 en contra y 7 abstenciones, pero necesitaba llegar a los dos tercios de los votos. Desde la oposición criticaron a los diputados del frente que encabeza Sebastián Piñera. "Las manifestaciones no se van a detener; la derecha va a seguir provocando que haya más gente en las calles", dijo la diputada del opositor Frente Amplio, Camila Rojas.

La votación en el Congreso estuvo marcada por manifestaciones de grupos feministas que exigieron la inclusión de la paridad. Varias mujeres irrumpieron durante el debate al grito de "¡Alerta machista, que todo el territorio se vuelva feminista!". Tras ser desalojadas interpretaron en las puertas del Congreso la famosa performance "Un violador en tu camino". "La constitución será con nosotras o no será", dijo durante el debate la diputada Catalina Pérez del opositor Revolución Democrática (RD). También desde la bancada del Partido Socialista (PS) criticaron el rechazo a la paridad de género. “Logramos echar abajo tierra la Constitución de Pinochet. Y en ese sentido, encuentro impresentable que pretendamos construir una nueva Carta Magna sin mujeres, pueblos originarios e independientes. No se puede construir una nueva casa inclusiva, partiendo por la exclusión", sostuvo la diputada Daniella Cicardini (PS).

El acuerdo que alcanzaron los diputados establece la realización del plebiscito el 26 abril de 2020. Allí la ciudadanía deberá responder dos preguntas: si se quiere o no una nueva Constitución y qué tipo de órgano la redactará. Las opciones son una Comisión Mixta Constitucional o una Convención Constitucional. La primera estará integrada en partes iguales por parlamentarios en ejercicio y ciudadanos elegidos para la ocasión. La Convención Constitucional, en cambio, estará formada solamente por personas elegidas para esa finalidad

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Domingo, 15 Diciembre 2019 07:04

Los juegos de la desigualdad.

Los juegos de la desigualdad.

“El deporte no es mejor, ni peor que la sociedad. Es el espejo o reflejo de ella”, Willi Daume. Dirigente del deporte olímpico alemán. (Vargas, Carlos E. 2019)

 

Sin sorpresas, con una disputa que comprometió a los departamentos del Valle del Cauca, Antioquia y Bogotá D.C., así trascurrieron y finalizaron los llamados Juegos NacionalesDeportivos de Colombia-del Bicentenario, en esta ocasión-,realizados del 15 al 30 de noviembre de 2019 y que tuvieron como sede Cartagena, pero con subsedes en otros municipios del departamento de Bolívar, Bogotá, Cali y Nilo (Cundinamarca).

Esta justa deportiva es el máximo evento deportivo del país. Se caracteriza por el carácter multideportivo, practicados en categoría abierta, cada cuatro años desde 1928, como iniciación del ciclo selectivo y de preparación de los deportistas que representan al país en competiciones o eventos internacionales. Desde la edición de 1988, participa una representación deportiva de cada uno de los 32 departamentos, Bogotá D.C. y el representativo de las Fuerzas Militares de Colombia.

Las justas 2019 demandaron una inversión de $150.000 millones, de los cuales el gobierno nacional aportó $ 66.000 millones: $44.000 millones para infraestructura y $ 22.000 millones para logística e implementación.

Espejo de una realidad inocultable, lo deportivo, como lo económico y lo político, también está concentrado en Colombia. No podía ser de otra manera, en tanto los presupuestos con que cuentan los departamentos son desiguales, como las oportunidades deportivas y educativas a que puede acceder la juventud que los habita.

En esta ocasión, 6.617 deportistas (2.739 mujeres y 3.878 hombres), compitieron en 38 disciplinas y 48 modalidades deportivas. Y se distribuyeron 2001 medallas: 622 de oro, 621 de plata y 758 de bronce. El oro, el 67 por ciento quedó en manos de las tres entidades territoriales que siempre han ganado los juegos: Valle del Cauca (Campeón con 165), Antioquia (148) y Bogotá (105). Las 204 preseas de oro restantes se distribuyeron entre 19 departamentos. Con un gran lunar: una tercera parte de los 32 departamentos que componen el territorio nacional no alcanzaron medalla de oro alguna (11 departamentos: Sucre, San Andrés, Caquetá, Arauca, Chocó, Amazonas, Putumayo, Vichada, Vaupés y Guaviare). El departamento de Guainía no participó con deportista alguno. El 85 por ciento del total de la medallería (oro, plata, bronce), se distribuye entre los primeros 8 departamentos. Entre todos los participantes, 6 departamentos no lograron conseguir medalla alguna: Amazonas, Putumayo, Vichada, Vaupés, Guaviare y por supuesto, Guainía.

Desde 1928 hasta hoy

Hasta la fecha,y desde 1928, se han realizado 21 justas, de las cuales sólo 3 entidades territoriales han ganado todos los eventos: Valle del Cauca, con 8 triunfos (1941, 1950. 1954, 1960, 1970, 1974, 1996 y 2019), Antioquia, con 8 triunfos (1980, 1985, 1988, 1992, 2000, 2008, 2012 y 2015) y Bogotá, como Departamento de Cundinamarca, con 5 triunfos (1928, 1932, 1935, 1936 y 2004). La sede y subsedes de los Juegos Nacionales, siempre han sido departamentos de la región andina, del Caribe o del Pacífico; sólo en una ocasión en un departamento de los Llanos Orientales (Villavicencio, Meta, 1985), de los cuatro existentes (Vichada, Arauca, Casanare y Meta) y nunca se han realizado en uno de los 6 departamentos de la Amazonía (Amazonas, Guaviare, Guainía, Vaupés, Caquetá y Putumayo).

Es preciso resaltar que las ciudades sedes de los Juegos Nacionales se benefician de un desarrollo urbanístico importante en cuanto a obras de infraestructura deportiva y general, vías de comunicación, hotelería y turismo, comunicaciones y talento humano.

Lo hasta acá anotado deja en claro que nuestros Juegos Nacionales Deportivos, reflejan y acentúan la desigualdad y la exclusión. Continuar con el modelo de concentración de los resultados deportivos en sólo tres entidades territoriales, la realización de éstos en las mismas regiones geográficas, seguir excluyendo a la región de la Orinoquía o Llanos Orientales y fundamentalmente la Amazonia, es dejar en el ostracismo gran parte de la población y extensión territorial.

Concentración y desigualdad

Recordemos que Colombia es el país con mayor desigualdad de Suramérica y el cuarto país más desigual del mundo. La concentración de la riqueza y de los ingresos es expresamente reflejada en un índice de Gini de 53. El Dane (Departamento Administrativo Nacional de Estadística), asegura que “Colombia es cada vez más desigual”, “La situación de pobreza multidimensional entre los departamentos es muy elevada”. Según la entidad, “mientras en el 2018, en el total nacional, el porcentaje de personas en situación de pobreza multidimensional fue 19,6%, en los departamentos las diferencias son muy altas. Por ejemplo, Guainía tiene un indicador del 65%, seguida de La Guajira con 51,4%, Chocó con 45,1%, Norte de Santander con 31,5%, y Caquetá con 28,7%. En contraste, las zonas con menores niveles de incidencia de la pobreza multidimensional fueron: Bogotá (4,4%), San Andrés (8,9%), Cundinamarca (11,5%), y Risaralda (12,5%)” (Portafolio, julio 12 de 2019).

Un Ministerio de la continuidad

La política pública social en Educación Física, Deporte, Recreación y Actividad Física en Colombia, en armonía con el resto de políticas públicas, están orientadas a aumentar la brecha de la desigualdad, a intensificar la exclusión y marginamiento, tal como lo acaba de ratificar el presidente Duque y el Ministro, Ernesto Lucena Barrero, del recién creado Ministerio del Deporte:  ya aprobaron la realización de los XXII Juegos Deportivos Nacionales Y VI Paranacionales, en el Eje cafetero: Caldas, Quindío y Risaralda para el año 2023, por lo cual, los beneficios económicos, urbanísticos, logísticos y del sector del deporte continuarán su concentración en las regiones más prósperas (fundamentalmente la región Andina o zona central), abandonando la periferia y las regiones más pobres del país.

Tambiéncabe destacar, que se mantiene la exclusión en la educación; se aumenta cada día la deuda social con niños, niñas y adolescentes de los estratos 1, 2 y 3 que se encuentran en el sistema educativo oficial colombiano, al no disponer de un profesional de la Educación Física, Recreación y Deporte en la básica primaria oficial, privando a más de cuatro millones de niños, niñas y adolescentes, en las edades más sensibles del desarrollo (5 - 12 años aproximadamente), de las bondades y derechos de una formación integral, con profesionales idóneamente formados en este campo. (Arcopref. Declaración de Cali, 2018. Congreso Nacional de Educación Física) y que contempla la UNESCO, en la CARTA INTERNACIONAL DE LA EDUCACIÓN FÍSICA, LA ACTIVIDAD FÍSICA Y EL DEPORTE, en su artículo 7: “7.1 Todo el personal que asuma la responsabilidad profesional de la educación física, la actividad física y el deporte debe tener las cualificaciones, la formación y el perfeccionamiento profesional permanente apropiados”, firmada por Colombia en el año 2015.

Desde la Asociación Red Colombiana de Profesores de Educación Física, Recreación y Deporte, “Arcopref”, una organización con más de 5.000 profesores, entrenadores, estudiantes y profesionales afines, con presencia en los 32 departamentos del país, seguiremos tejiendo, investigando, formando, gestionando, organizando, luchando y avanzando cada día en la ruta de propiciar cambios sustanciales orientados a cerrar la brecha de la desigualdad, promover la inclusión social, la equidad y la paz, desde la Educación Física, Deporte, Recreación y Actividad Física.

Junta Directiva Nacional de ARCOPREF

Abelardo Sanclemente

Presidente nacional

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El papa Francisco prepara su sucesión y lleva a la Curia al cardenal 'rojo' Luis Antonio Tagle

- Francisco nombra al cardenal filipino, actual presidente de Cáritas, nuevo prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos

- Luis Antonio Gokim Tagle, de 62 años, es considerado el 'sucesor natural' de Bergoglio, y tendrá todo el poder sobre los misioneros y la gestión de la solidaridad a nivel mundial

- Su nombramiento, sumado al del jesuita español Juan Antonio Guerrero al frente de la Economía, augura una revolución curial, donde resisten algunos de sus cardenales opositores, como Sarah o Ouellet


El Papa Francisco ha puesto la marcha directa en el proceso de transformación de la Curia vaticana. Después de seis años de pontificado, 2020 se presenta como el curso definitivo para evaluar la capacidad del pontífice argentino para transformar la Iglesia. Y, por lo que parece, Bergoglio está decidido a consumar su 'revolución'.

Hace unas semanas sorprendía a todos nombrando al jesuita español Juan Antonio Guerrero como 'superministro' de Economía vaticano, cubriendo el hueco dejado por el cardenal George Pell, condenado por pederastia en Australia. Este domingo, por sorpresa, Francisco defenestraba al italiano Fernando Filoni (uno de los opositores al Papa con puesto de mando en la Curia) al frente de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, la encargada de gestionar el trabajo de los miles de misioneros católicos en todo el mundo.

El elegido no es otro que el cardenal de Manila, Luis Antonio Tagle, considerado por muchos como el 'sucesor natural' de Bergoglio, y quien Francisco quiere tener cerca, en el interior de la Curia, conociendo las dificultades del trabajo en el interior del Vaticano. Tagle, que también es presidente de Cáritas Internationalis –cargo que compaginará con el ministerio vaticano–, tendrá bajo su mando dos de las grandes joyas del catolicismo, reconocidos incluso por los sectores más anticlericales: la mayor ONG de la Iglesia, y los misioneros.

El prefecto de 'Propaganda Fide' (anterior nombre de Evangelización a los Pueblos) es llamado el 'Papa Rojo', y lo cierto es que las atribuciones de Tagle lo convertirán en uno de los curiales con mayor poder en Roma. Junto al control de Cáritas y los misioneros, el filipino también será quien designe a los obispos en los más de mil territorios de misión compartidos por el mundo.

Ouellet y Sarah, los dos grandes opositores en la Curia

Con estos dos movimientos, sumados a la inminente renovación de la Curia –se espera que la nueva Constitución Apostólica, 'Praedicate Evangelium', pueda ser aprobada en febrero– que permitirá que los laicos puedan presidir dicasterios romanos y dará un mayor papel a hombres y mujeres no religiosos en los ministerios vaticanos, Francisco pone las bases para el que es su gran objetivo de pontificado: lograr que el Vaticano deje de ser un nido de poderes oscuros y corrupción, y se convierta en un órgano dinamizador de las distintas 'almas' de la Iglesia católica.

Pero esta revolución cuenta con muchos opositores en el interior del Vaticano, la mayor parte de ellos italianos. Aunque con este pontificado han perdido la mayoría en el Cónclave, y en puestos de responsabilidad directa, Francisco todavía cuenta con dos grandes opositores en importantes puestos de responsabilidad: el cardenal canadiense Marc Ouellet, prefecto de la Congregación de Obispos (encargada de nombrar prelados en todo el mundo), y que ya anunció que votó en contra de la reforma que permitirá a los hombres casados ser sacerdotes (como aprobó el Sínodo de la Amazonía); y el guineano Robert Sarah, prefecto de Culto Divino.

El posible sucesor de Francisco

¿Quién es el nuevo 'Papa rojo'?  Luis Antonio Gokim Tagle, nacido el 21 de junio de 1957 en Manila, de familia católica, padre de etnia tagalo y madre de origen chino (lo que puede ayudar al deseo del Papa de visitar Pekín), y fue ordenado sacerdote en 1982.

Estudió en Estados Unidos, donde obtuvo su doctorado en teología con una tesis sobre la evolución de la colegialidad episcopal desde el Concilio Vaticano II, algo que también puede servir de cara a la futura organización curial. Arzobispo de Manila desde 2011, Benedicto XVI lo designó cardenal en 2012. A sus 62 años, si Francisco falleciera o renunciara (algo improbable, al menos mientras no fallezca Benedicto XVI o no se concluya la reforma curial), Tagle se asoma como uno de los principales candidatos a Papa de Roma. Un Papa joven, cuya misión sería hacer irreversibles las reformas que pueda avanzar Bergoglio.

Por Jesús Bastante   - en religiondigital.com

09/12/2019 - 21:25h

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"Asistimos a la reivención del mundo, y el Sur detenta los hilos" 

La colonización, la debilidad y la humillación del Sur del mundo, el mito de la hegemonía, son temas de análisis de de este intelectual que ha publicado en la Argentina. También, forma paradójica en que ese Sur está dominando la agenda mundial, y las posibilidades que se abren en tiempos de globalización. 

 

Los libros ocupan el espacio de las ideas como piezas de ajedrez. En su plácida intensidad disputan una partida simbólica por comprender o influenciar el mundo. Bertrand Badie es un eximio ajedrecista en esa disputa. Profesor en la Universidad de Sciences Po-París, Badie ha desarrollado una obra a través de la cual ha observado el mundo desde el otro lado. No ya a partir de la potencia occidental sino desde el Sur. Autor de más de veinte obras que son una referencia, Badie es un vigoroso crítico de esa estrategia de las relaciones internacionales que se basa en la “potencia”, es decir, la intervención o la humillación, para regular las relaciones entre Estados. La colonización, la debilidad de los Estados del Sur que se desprende de ella, el mito de la hegemonía, la humillación de la que el Sur fue objeto y la forma paradójica en que hoy el Sur domina la agenda mundial son los ejes temáticos de sus últimos libros: Diplomacia del contubernio. Los desvíos oligárquicos del sistema Internacional; El tiempo de los humillados, patología de las relaciones internacionales (ambos editados por la Universidad Nacional Tres de Febrero), No estamos solos en el mundoCuando el Sur reinventa el mundo. Ensayo sobre la potencia de la debilidad; La hegemonia cuestionada. Las nuevas formas de la dominación internacional.

La actualidad internacional le ha dado la razón a muchas de las líneas de los análisis de Bertrand Badie. La insurrección social que estalló entre 2018 y 2019 en una docena de países contra las políticas neo liberales forman parte de ese rediseño del mundo protagonizado por el Sur. Son los llamados “débiles” quienes, hoy, reconfiguran el sistema y, con ello, impulsan el “segundo acto de la globalización”. El primero fue liberal, este será social. Bertrand Badie pone en el centro de esta reescritura del mundo el carácter inter social de los protagonistas: ya no son los Estados ni un sistema político desacreditado y corrupto los que se encargan de conducir la historia: son los pueblos, las sociedades, quienes asumen esa reinvención. Esa la paradoja alucinante la contemporaneidad: la potencia, el poder de la debilidad. Hemos cambiado de época, de paradigma y de actores.

-Hace tiempo que ha plasmado en sus ensayos lo que hoy es una evidencia: la impotencia de los poderosos. Hoy es la debilidad quien se toma su revancha. ¿Es la debilidad la que conduce hoy al mundo?

-La agenda internacional está más controlada por el Sur que por el Norte. Los grandes acontecimientos que condicionaron este principio del Siglo XXI son acontecimientos oriundos del Sur. El Norte es prisionero de una agenda fijada por los actores del Sur. Por primera vez en la historia, la competencia internacional se plasma no ya entre actores iguales sino entre actores de tamaño y capacidades diferentes. En el plano internacional, la potencia perdió toda su eficacia. La súper potencia norteamericana, que cubría el 40% de los gastos militares en el mundo, no ganó ni una sola guerra desde 1945, exceptuando las guerras bajo mandato de la ONU como la gran coalición “Tempestad del desierto” (Irak,1991). Las demás potencias militares también fracasaron: Rusia en Afganistán o Francia en África. El instrumento militar era la expresión absoluta de la potencia, pero ha perdido ante actores más pequeños.

-El poder ha cambiado de manos y de región. ¿Lo ve como un despertar repentino?

-Ahí hay un enigma que se explica, en parte, por la descolonización. La descolonización les dio a los débiles medios de acción y de intervención que eran desconocidos y que resultaron cada vez más eficaces: formas de conflicto, movimientos sociales, etc. Esto neutralizó las estrategias de la potencia tradicional. El segundo elemento es la globalización, que introdujo la interdependencia. Si el débil depende del fuerte, este también depende, cada vez más, del débil: puede ser el suministro energético, la estabilidad regional, el desplazamiento de poblaciones. El Sur acumuló recursos ante los cuales el Norte no puede desplegar su potencia. Luego, la caída del Muro de Berlín y el fin de la bipolaridad tuvo como como consecuencia algo inesperado, es decir, el fin de las políticas de poder. Entonces, efectivamente, para comprender las crisis de hoy es mejor mirar los indicadores de la debilidad, antes que los indicadores de la potencia.

-Pero estos países del Sur siguen pagando el precio de la colonización. Nuestras crisis de ahora tienen allí sus semillas.

-La colonización es el origen de todas las debilidades que constatamos hoy. La colonización rompió la dinámica institucional de las sociedades y por ello no pudieron producir por si mismas sus propias instituciones. Y cuando un pueblo no produce sus propias instituciones estas son poco legitimas, poco respetadas y en nada dignas de confianza. Los mapas de estos Estados colonizados fueron diseñados por el colonizador en función de sus rivalidades con otras potencias coloniales. La colonización ahogó igualmente la constitución de sociedades civiles horizontales, de asociación y de solidaridad. La colonización favoreció la instauración de religiones que se oponían al colonizador. El éxito del islam se explica por ello. En tierras del islam fue un factor de movilización. En Egipto, los Hermanos Musulmanes nacieron en oposición a la presión del colonialismo británico. En África, donde el islam era minoritario, el islam se volvió mayoritario porque funcionó como un instrumento de afirmación contra la potencia colonial. El factor humillación también está presente. Cuanto más humillados han sido los pueblos, más dispuestos estuvieron a recurrir al conflicto como instrumento de afirmación y reconquista. La colonización desempeña un papel enorme en las crisis actuales. América Latina tuvo la suerte de haber conocido una descolonización temprana y con ello pudo construir su propia modernidad.

-Todas las crisis del Sur también nos revelan las propias crisis del Norte colonizador. ¿Qué nos están diciendo sobre el Norte estas crisis en el Sur?

-Nos dicen tres cosas: la primera es que se nota una disminución de las capacidades de las potencias de antaño, tanto en el plano militar, institucional y, ahora, en el plano cultural. La cultura occidental era hegemónica, pero hoy le cuesta imponer esa visión jerárquica para ponerse por encima de las demás culturas. La segunda: estas crisis nos muestran cuánto les cuesta a las antiguas potencias comprender la globalización y adaptarse a ella. Las viejas potencias permanecen en el mundo de antes. Hay una incapacidad, por parte de las potencias históricas, de tomar en cuenta las potencias emergentes oriundas del Sur. Su ascenso en el espacio mundial ha sido considerado como una amenaza y, tal vez, también ilegitimo. La tercera: como las viejas potencias son incapaces de adaptarse al nuevo mundo, al que le tienen miedo, tienden a redescubrir el nacionalismo y la afirmación de la identidad. Y esta vez no lo hacen de forma revolucionaria, como fue el caso del nacionalismo en el Siglo XIX, sino de forma conservadora, es decir, protegiéndose del otro, del migrante, el extranjero, las otras culturas. Ese neo nacionalismo está prosperando en todas partes. Se trata de un elemento muy nuevo en el juego mundial.

-¿Hay un cuestionamiento de lo político, como menciona en sus ensayos, como sustento de la insurrección actual?

-Aquí nos encontramos con un fenómeno doble. El primero: lo político no se renovó con la globalización. Es una enorme paradoja. No se puede pensar que el mismo concepto político esté gobernando hoy en un mundo globalizado y ayer en un mundo dominado por los Estados Nación. Estos Estados Nación ya no dominan el juego mundial. Por consiguiente, la estructura política necesita adaptarse, cosa que no hace. El segundo: esta inadaptación de lo político crea una gran ineficacia y una incapacidad para producir respuestas políticas. En el Norte hay una crisis general de ineptitud para fijar políticas públicas. Esto ha creado un fenómeno sin precedentes que desembocó en una caída vertiginosa de la credibilidad y la confianza de la población ente la política. Los políticos perdieron la confianza de los ciudadanos. Los políticos son victimas de una hemorragia de recursos y el resultado de esto es que lo social se vuelve más fuerte que lo político. Por esta razón la política es incapaz de enfrentar a los movimientos sociales. Ahí tenemos lo que está ocurriendo en Chile, Ecuador, Argelia, Irán, Irak, Rumania, Republica Checa, Líbano, Hong Kong.

-A propósito de estos movimientos sociales mundiales, incluido el de los chalecos amarillos, usted recurre a un concepto novedoso para comprenderlos. Para usted, esas crisis remiten a la inter socialidad, a un perfil inter social.

-El espacio mundial se está reestructurando en torno a lo que llamo la tectónica de las sociedades. Es como si las placas sociales, al chocar las unas contra las otras, crearan los acontecimientos, los fenómenos de movilización, y les dejaran a los políticos una mera actitud reactiva. Antes no existía un orden internacional fuera de los Estados. Hoy es diferente por dos razones. Primero, el formidable crecimiento de las técnicas de comunicación. Todos los individuos comunican entre si. Las imágenes y las ideas circulan a una velocidad vertiginosa, mucho más rápido que los canales diplomáticos. La segunda razón es la globalización, es decir, el sentimiento de que todo el mundo depende de los demás, de que estamos todos cerca. Ello conduce a que las dinámicas sociales corran más rápido que las relaciones políticas.

-En este momento estamos en esa fase de vigor de los movimientos sociales. ¿Hay una suerte de fusión social interconectada?

-Estamos observando un mimetismo fabuloso entre los movimientos sociales en desarrollo. Si algo se mueve en Argelia, enseguida habrá movimientos en Sudán, en el Líbano, en Chile o en Irak. Las imágenes de esos movimientos circulan en el mundo y se ven los nuevos modelos de movilización que se forman. Este gigantesco movimiento mimético lleva a que las calles de Santiago de Chile, de Beirut o de París se parezcan. Las ideas también circulan a través de la inter socialidad, es decir, tanto en Chile como en Francia, impera el sentimiento común de que lo social es la gran victima del primer acto de la globalización. La dimensión social se dejó de lado y por esta razón las sociedades se reorganizan para exigir lo que se les debe. El primer acto de la globalización fue esencialmente económico e ignoró totalmente la dimensión social. El segundo acto reclama la restauración de esa dimensión. La gente se moviliza hoy según el mismo modelo y la misma gramática. A ello contribuye mucho la fuerza de las redes sociales. Ello lleva a una circulación planetaria de los modelos de movilización. Todo esto comenzó con la Primavera Árabe de 2011. Las revueltas árabes marcaron el punto de partida e incluso influenciaron a Europa del Sur. Esto es una concretización de la inter socialidad.

-Ese es, precisamente, otro de sus enunciados. ¿Estamos entrando en el segundo acto de la globalización?

-El primer acto de la globalización empieza con la caída del Muro de Berlín en 1989. Se habló del “fin de la historia” y del fin de las ideologías. Se supuso que el fin de ambas abría una nueva etapa de la humanidad con la economía como ciencia encargada de organizar el mundo. Así se plasma el neoliberalismo. Pero esto resultó costoso. La instalación del neo liberalismo se tradujo por un incremento de las desigualdades y la trivialización de nichos de pobreza, incluso en los países más ricos. Esa ignorancia de lo social que promovió la ciencia neo liberal provocó una reacción contestaría muy fuerte. El segundo acto de la globalización es justamente la dimensión social que regresa con fuerza y se opone al mismo tiempo a lo político y a la economía. Hay una severa critica de lo político, considerado ya como incompetente, incapaz, corrupto y escasamente legitimo. Esto lo encontramos en el discurso de los chalecos amarillos en Francia, en las manifestaciones en Argelia o en Santiago de Chile. Y al mismo tiempo hay un frente contra la economía donde se denuncia esa especie de arrogancia neo liberal que, al erigirse como ciencia, consideró que ya no cabía más deliberar sobre las decisiones económicas porque estas están impuestas por la razón, que consideró que ya no valía le pena preocuparse por lo social. Todo eso se rompió: estamos en el segundo acto de la globalización que está federando ese discurso anti económico y anti político y acarrea una convergencia entre sociedades tan diferentes. En las calles de Teherán o Santiago se escuchan las mismas consignas que en París.

-Este movimiento mostró mucha pujanza en la Argentina contra las políticas de ajuste de la presidencia de Mauricio Macri. Pero en todos estos casos, el enemigo final, el causante de todo el mal, es el Fondo Monetario Internacional. ¿El FMI asuza la revuelta mundial?

-La Argentina ha tenido una suerte providencial porque aún puede apretar el botón de la alternancia. La elección presidencial trajo una esperanza de cambio, porque se tradujo en la renovación política. Pero esto está bloqueado en muchos otros países, sea debido a las estructuras autoritarias, por ejemplo, Argelia, Irak o Irán, o sea porque ya no hay más alternancia posible. En Francia, por ejemplo, hace ya mucho que la alternancia derecha-izquierda ha dejado de existir. El FMI es de nuevo el blanco privilegiado, pero es una historia muy vieja. El FMI se ha convertido en el jefe de la orquesta de ese neoliberalismo oriundo del primer acto de la globalización. El FMI se volverá el punto de cristalización y también el punto de provocación. Es un horror que el FMI pueda exigir aún que se ponga fin a las subvenciones cuando se sabe que cuando se cortan las subvenciones, la gente se queda en la calle.

-¿Este segundo acto de la globalización es como una re invención del mundo?

-Asistimos a la reinvención del mundo. El viejo sistema internacional imperial ya no funciona más y hay que inventar un substituto. La invención de un nuevo orden internacional es indispensable. Y si pongo el acento en la fuerza del Sur, es porque el Sur detenta los hilos de esta reinvención, tanto en lo demográfico, en lo geológico, y también porque el Sur no fue el coautor del antiguo sistema. La lectura del Sur sobre la globalización es mucho más sana y directa. Estamos asistiendo al hundimiento del modelo neoliberal.

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El pulso por el futuro. Cincuenta días en la calle

La revuelta chilena ha sido atacada por los carabineros y cercada mediática y políticamente por los partidos políticos. Sin embargo, no pierde su fuerza y se amplía con la masiva participación de mujeres jóvenes y, progresivamente, de los pueblos originarios.

 

 “Volvimos a ser pueblo”: un sencillo cartel pintado sobre papel, colocado por una comunidad de vecinos sobre la avenida Grecia, es un grito de protesta contra el neoliberalismo que convirtió a las gentes en apenas consumidoras. Pero también conforma todo un programa político y una ética de vida, en apenas cuatro palabras.

No muy lejos de allí, la céntrica Plaza de la Dignidad, nombre con el que la revuelta chilena ha rebautizado a la Plaza Italia, parece zona de guerra. Los comercios están cerrados en varias cuadras a la redonda, engalanados con pintadas multicolores que denuncian la represión e incitan a la revuelta contra las más diversas opresiones. Los y las jóvenes no la quieren abandonar. Sostienen que el día que la protesta abandone la calle estará todo perdido. Una lógica implacable, pero difícil de sostener después de 50 días de movilizaciones.

La mayoría de las pintadas en muros de los alrededores, y en muros de todo Chile, cientos de miles, denuncian la violencia de Carabineros. “Nos violan y nos matan”, “No más abuso”, “Pacos asesinos”, “Paco culiao”, y así indefinidamente. Sobre una lágrima de sangre que resbala por una pared se puede leer: “Vivir en Chile cuesta un ojo de la cara”.

Los medios de la derecha destacan que los muros “rayados”, que se pueden ver hasta en los más remotos rincones de la ciudad, ensucian Santiago. Como suele suceder, conceden mayor importancia a las pérdidas materiales que a los ojos de los 230 manifestantes cegados por los balines de los carabineros y que a las vidas de las casi tres decenas de asesinados por las fuerzas represivas desde mediados de octubre.

Además de los dedicados a Carabineros, abundan también los muros feministas, donde se ataca frontalmente la violencia machista y el patriarcado. Pintadas en tonos violetas y lilas que se entremezclan con las jaculatorias contra la represión. Pero la palma a la creatividad en las protestas se la lleva la performance “Un violador en tu camino”, creada por Las Tesis, un colectivo interdisciplinario de mujeres de Valparaíso. Ha sido reproducida millones de veces en las redes y replicada en casi todas las capitales latinoamericanas y europeas.

Incluso los medios del sistema (desde Radiotelevisión Española y Cnn hasta el argentino Clarín) debieron dar cuenta de esa intervención callejera, una denuncia a ritmo de rap que pone en la mira tanto al gobierno como a los jueces y la policía. El seguimiento masivo que ha despertado muestra tanto la indignación mundial con la salvaje represión en Chile como la creciente influencia del feminismo en las protestas, con voces y estilos propios.

Las estatuas son un tema aparte. Se dice que son más de treinta las figuras de militares y conquistadores que fueron grafiteadas, desde Arica, en la frontera con Perú, hasta el sur mapuche. En la Plaza de la Dignidad, la figura ecuestre del general Baquedano ha sido pintada y tapada parcialmente. La historiografía de arriba lo considera un héroe de la guerra del Pacífico contra Perú y Bolivia, cuando el país vecino perdió su salida al mar.

En Arica, los manifestantes destruyeron una escultura en piedra de Cristóbal Colón, que llevaba más de un siglo en el lugar. En La Serena, rodó la estatua del colonizador y militar Francisco de Aguirre y en su lugar los vecinos colocaron la escultura de una mujer diaguita. En Temuco removieron el busto de Pedro de Valdivia y su cabeza fue colgada en la mano del guerrero mapuche Caupolicán.

Pedro de Valdivia está en la mira de los manifestantes. El militar, que acompañó a Francisco Pizarro en la guerra de conquista y exterminio en Perú, fundó, con el mismo método, algunas de las principales ciudades de Chile, desde Santiago y La Serena hasta Concepción y Valdivia. Es una de las figuras más odiadas por la población. Su estatua estuvo a punto de ser derribada en la céntrica Plaza de Armas.

Pero el hecho más simbólico sucedió en Concepción, 500 quilómetros al sur de Santiago. Cientos de jóvenes se concentraron en la Plaza de la Independencia, donde derribaron su estatua el mismo día, 14 de noviembre, que se conmemoraba el primer aniversario del homicidio de Camilo Catrillanca, comunero mapuche muerto a manos de Carabineros. El crimen suscitó una amplia reacción popular en 30 ciudades del país. En algunos barrios de Santiago hubo cortes de calles y caceroleos durante más de 15 días. Un año después, la mapuche es la bandera más ondeada en las protestas chilenas.

TRAWÜN MAPUCHE EN SANTIAGO.

El último sábado de noviembre, la Coordinación de Naciones Originarias, nacida durante el estallido, convocó a un trawün (encuentro, en mapudungun), en el centro ceremonial de Lo Prado, en la periferia de la ciudad. Acudieron mapuches de diversos barrios de Santiago (Puente Alto, Ñuñoa, Pintana, entre otros), donde ya han realizado varios trawün locales. El encuentro se inicia con una ceremonia dirigida por tres longkos (autoridades comunitarias), seguida con cánticos y rezos de unas sesenta personas bajo un sol vertical. Luego de que la Pachamama les concediera permiso, se iniciaron las discusiones en dos grupos para abordar cómo deben posicionarse en los debates sobre una reforma de la Constitución.

Las mujeres, engalanadas con trajes tradicionales, participaron tanto o más que los varones, ataviados con vinchas azules. Rápidamente se constataron dos posiciones. Una proponía participar en las elecciones para la Convención Constituyente a celebrarse en abril (véase recuadro). Como los partidos que firmaron el pacto denegaron la posibilidad de que los pueblos originarios tengan un distrito electoral especial, el debate se trasladó para discutir los caminos a seguir. Esta posición ha venido creciendo desde el estallido, aunque nació hace casi dos décadas, y recibe el nombre de “plurinacionalidad”. Ya que los mapuches no quieren ser elegidos en los partidos existentes, algunos participantes (varias de ellas mujeres) propusieron la formación de un partido electoral mapuche. Esta corriente de pensamiento tiene mayor arraigo en las ciudades, particularmente en Santiago, donde viven cientos de miles de mapuches. Su núcleo está en las y los universitarios que emigraron del sur y hoy están establecidos en la ciudad. Emite un discurso coherente y potente, y argumenta que hay poco tiempo para tomar este camino, ya que la convocatoria para elegir constituyentes se concreta en abril.

La otra corriente defiende la autodeterminación y la autonomía, posiciones tradicionales de las comunidades mapuches del sur, las más afectadas por la represión del Estado chileno, por la militarización de sus territorios y por el despojo a manos de las empresas forestales. Esas son también las comunidades que encabezan la recuperación de tierras y las que mantienen viva la llama de la nación y la identidad tradicional mapuche. Durante el trawün, una mujer de mediana edad recordaba que “ya tenemos nuestro propio gobierno y nuestro parlamento, no necesitamos de los políticos”. Y un joven vehemente se preguntaba: “¿Realmente queremos tener un escaño dentro de la política winka [blanca]?”.

ASAMBLEAS, BARRIOS Y CLASES.

El colectivo Caracol, que trabaja en educación popular en los espacios y territorios de las periferias, sostiene en sus análisis semanales que el “acuerdo de paz” firmado a las tres de la madrugada del 24 de noviembre por todo el arco político –menos el Partido Comunista– le otorgó “una sobrevida” al gobierno de Piñera (colectivo Caracol, 25-XI-19).

El propio nombre del pacto delata a sus inspiradores. Si se trata de paz, dice Caracol, es porque hubo una guerra, que es lo que viene diciendo Piñera desde el primer día del estallido. La convocatoria a una convención constituyente acordada en contra de una asamblea constituyente como la que defienden los movimientos impone varios filtros.

“Esta Convención no estará compuesta por ciudadanos ni representantes de los movimientos sociales y populares, sino por quienes designen los partidos políticos existentes”, estima Caracol. Agravio al que deben sumarse los dos tercios requeridos para que se apruebe cualquier propuesta, lo que supone un veto mayor para las propuestas de la calle. “Han demostrado que los cabildos abiertos que se han desarrollado por todo Chile no les interesan, porque no les interesa la deliberación popular”, sigue el colectivo Caracol.

Daniel Fauré, fundador de la organización, analizó en diálogo con Brecha que la decisión del gobierno de convocar a una constituyente se tomó cuando contempló la confluencia entre la protesta callejera y el paro nacional, la unidad de acción entre trabajadores sindicalizados, pobladores y jóvenes rebeldes. “Es el boicot a las asambleas territoriales, cabildos abiertos y trawün”, señaló.

Llegados a este punto, debemos recordar que la dictadura de 17 años de Augusto Pinochet se abocó a una profunda reconstrucción urbana con fines políticos. Cuando Salvador Allende llegó al gobierno, en noviembre de 1970, casi la mitad de la ciudad de Santiago estaba conformada por “campamentos”, espacios tomados y autoconstruidos por los sectores populares, que de ese modo se configuraron como sujeto político, bajo el nombre de “pobladores”, y fueron centrales en el proceso de cambios cegado por la dictadura.

En la actualidad, y según un mapeo de Caracol, existen en Santiago unas 110 asambleas territoriales, organizadas en dos grandes coordinaciones: la Asamblea de Asambleas Populares y Autoconvocadas, en la zona periférica, y la Coordinadora Metropolitana de Asambleas Territoriales, en la zona central. Estas asambleas contrastan, y a veces compiten, con las más institucionalizadas juntas de vecinos. Aunque hubo un trabajo territorial previo importante, la mayoría de estas organizaciones se formó durante el estallido. Realizan actividades culturales recreativas, organizan debates entre vecinos, ollas comunes, asisten a los heridos y detenidos en las marchas y promueven caceroleos contra la represión. Muchos de sus integrantes participan en las infaltables barricadas nocturnas.

Pero al igual que en los tiempos del dictador, tampoco el Chile pospinochetista puede aceptar el activismo de los pobladores. Su clase dominante chilena no puede concebir que los “rotos” salgan de sus barrios, que hablen y ocupen espacios. Un relato de Caracol sobre un enfrentamiento ocurrido a fines de noviembre, cuando un grupo de pobladores fue a manifestarse a un shopping del sector más exclusivo de Santiago, lo dice todo: “Bastó que un grupo de personas de la clase popular se aparecieran en el patio de su templo del consumo en La Dehesa para que la clase alta saltara despavorida llamándolos a ‘volver a sus poblaciones de mierda, rotos conchadesumadre’” (colectivo Caracol, 25-XI-19).

Si es cierto que la revuelta de octubre de 2019 cierra el ciclo iniciado el 11 de setiembre de 1973 con el golpe de Estado de Pinochet, también debe ser cierto que se abre un nuevo ciclo, del que aún no sabemos sus características principales. Por lo que se puede ver en las calles de Santiago, este ciclo tendrá dos protagonistas centrales: el Estado policial –brazo armado de las clases dominantes– y los sectores populares, afincados en sus poblaciones y en el Wall Mapu o territorio mapuche. El pulso entre ambos configurará el futuro de Chile.


 El pacto de los partidos por una nueva Constitución

Atado y bien atado

“Es hora de reencontrarnos”, proclamó exultante en la sede del Congreso el senador Felipe Harboe, cuando en la madrugada del 15 de noviembre los representantes de los principales partidos políticos pusieron por fin su firma al Acuerdo por la Paz Social y Nueva Constitución. Harboe, ex subsecretario del Interior durante los gobiernos de Michelle Bachelet y Ricardo Lagos, agradeció “a todos quienes contribuyeron para llegar a este acuerdo”: léase, a los partidos de la derecha en el gobierno, a los de la ex Concertación, a algunos sectores del Frente Amplio, a los principales medios de comunicación de Chile y a las cámaras empresariales, como la Confederación de la Producción y del Comercio, cuyos voceros se apresuraron al día siguiente a celebrar “la buena política” de la que hicieron gala los firmantes del pacto y a llamar al retorno de la “paz social” (Emol, 15-XI-19).

El acuerdo establece, en primer lugar, un plebiscito en abril del próximo año. Los chilenos deberán responder entonces si quieren o no una nueva Constitución, y, en caso de que así sea, qué tipo de órgano debería redactarla. Las opciones para esto último serán dos: una “convención mixta constitucional”, compuesta en un 50 por ciento por ciudadanos electos ad hoc y en un 50 por ciento por parlamentarios, o una “convención constitucional” en la que todos los miembros serían electos específicamente para ese rol.

Sea cual sea la opción que gane, los constituyentes serán elegidos “con el mismo sistema electoral que rige en las elecciones de diputados”. Además, la Convención Constituyente deberá aprobar las normas con un cuórum de dos tercios de sus miembros en ejercicio. Funcionará por nueve meses, con posibilidad de una prórroga de otros tres meses. Luego, lo que haya aprobado se someterá a un referéndum ratificatorio y, finalmente, deberá contar con el visto bueno del Congreso.

A pesar de la algarabía que mostraron los mercados al día siguiente de anunciado el acuerdo, siempre hay algún detallista que queda disconforme. “Al verdadero protagonista, que es la gente, nadie le ha preguntado nada”, ha dicho a la prensa el secretario general del Partido Comunista, Guillermo Teillier. Ni su partido ni el Progresista, ni varios de los que integran el Frente Amplio, respaldan lo acordado en el Congreso el 15 de noviembre.

Tampoco lo hace la llamada Unidad Social –integrada por más de un centenar de organizaciones sociales y en gran medida protagonista de las movilizaciones que tienen lugar desde el 18 de octubre–, que considera que el acuerdo “se hizo entre cuatro paredes y a espaldas de los movimientos sociales” y “a medida de los partidos políticos”. Entre los integrantes de la Unidad Social están la Central Única de Trabajadores, las principales federaciones estudiantiles de Chile, la Coordinadora Feminista 8M, la Coordinadora No+Afp, así como organizaciones de los pueblos originales, medioambientales y de pobladores.

Los movimientos rechazan el cuórum elevado “que perpetúa el veto de las minorías”, el mínimo de 18 años de edad para participar del proceso constituyente, la falta de mecanismos de participación plurinacional y de paridad de género, y consideran que los mecanismos de representación y elección establecidos por el pacto son “funcionales a los partidos responsables de la actual crisis política y social”. En su lugar, han llamado a continuar con asambleas populares, cabildos y trawün a lo largo del país como parte de un proceso que desemboque en una asamblea nacional constituyente “convocada y electa por el pueblo, sin intervención del Congreso ni del ejecutivo de turno”.

Francisco Claramunt

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George Orwell: hacer frente, después la revolución

“La única actitud posible para un hombre honesto”, decía George Orwell, es obrar “por el advenimiento del socialismo”. Esto es de sentido común. ¿Pero de forma más concreta? El autor de 1984, que se describía como “definitivamente de izquierda”, ofreció, a principios de la década de los años 40, un programa de seis puntos con el objetivo de estructurar el movimiento revolucionario por el que él abogaba, desde hacía varios años, en la esperanza de derrocar el capitalismo y el fascismo. Casi 80 años después, los bloques ideológicos que se enfrentan por todo el mundo no han cambiado sustancialmente; los ricos, los identitarios y los que defienden el reparto.

 

George Orwell estimaba que el socialismo tenía en este punto tanto sentido común que se sorprendió a veces de que “no hubiera triunfado todavía”. Sin embargo, apuntaba dos años antes del estallido de la II Guerra Mundial, este reculaba en vez de progresar. Mussolini, Salazar y Hitler reinaban entonces. Franco iba a apoderarse de España y la Francia del Frente Popular vería pronto a Pétain seguir su ejemplo. Lo que siguió es conocido.

EL COMBATE DE LOS GIGANTES

Socialismo o fascismo, tal era el gran enfrentamiento planteado por Orwell al principio de la guerra de España, la cual le vio servir, arma en mano, en el Partido Obrero de Unificación Marxista (aunque él prefería a los anarquistas y admitía que el Partido Comunista ofrecía la estrategia militar más pertinente). Habiendo entendido que el capitalismo es un “mal”, que hay que “descartar” a los liberales y que no tiene ningún sentido —apuntaba en su correspondencia en 1937— combatir el fascismo por la democracia capitalista, el peligro era ver a la clase media bascular “en el campo de la derecha” y asistir al “control fascista sobre Europa”. Clarividente. La única forma de evitar este destino era trabajar por la hegemonía del socialismo, es decir, su accesibilidad y deseabilidad para el mayor número de personas.

ENCONTRAR LAS PALABRAS

Orwell deploraba que el socialismo permaneciera como una teoría enteramente limitada a la clase media. Urbana y demasiado gustosamente encarnada por dogmáticos, maníacos y militantes “de salón”. En 1941, se burlaba así en las columnas de The Left News: “Las facciones mezquinas de la extrema izquierda, con su caza de brujas y su jerga grecorromana”.

Millones de personas podrían sin embargo, juraba, marchar en las filas del socialismo. Convenía así “encontrar las palabras” para tocar al “individuo normal” (o al “hombre de la calle”). Escuchar al simple ciudadano al que sin duda no le importan las citas de Marx, los polisílabos y las “disputas doctrinales”.

En las páginas de El camino a Wigan Pier, opuso el “lenguaje corriente” y “los términos de todos los días” al “fárrago verbal” de los revolucionarios, por demasiado técnico y abstracto. Y propuso despojar al socialismo de sus atuendos sofisticados, exponerlo de la manera más minimalista; en resumen, de ir al hueso. Entregó una definición, ciertamente lapidaria: “justicia y decencia común”, “justicia y libertad” (él fue no obstante hasta el tríptico: rechazar la miseria, la guerra y la tiranía).

Para hacer del socialismo “una cuestión con vida”, y ya no libresca y teórica, Orwell preconizaba dar la espalda a la coherencia total, a la pureza, al credo. Invitó a abandonar los tics propios de los espacios militantes (“¡camarada!”) y a tomar nota del hecho de que un obrero se muestra por lo general más receptivo a los versos de La Marsellesa que a cualquier exposición sobre el materialismo dialéctico. A los revolucionarios de su tiempo, a los que acusaba de comulgar con el economismo, con el culto al progreso técnico, con la Unión Soviética y la necesidad histórica, Orwell recordaba la centralidad de la taberna, de la familia, del fútbol y de las preocupaciones locales, las cuales modelan la cotidianeidad de la mayor parte de los trabajadores. Ya no era hora de prédicas a los convertidos: había que “fabricar socialistas”, y rápido.

TENER UN PROGRAMA

En 1941, imaginó un programa de seis puntos en un pequeño ensayo titulado El león y el unicornio. Simple y concreto, según sus deseos, debería poder ser comprendido por cualquiera y difundido entero en un tabloide.

Uno: nacionalizar la tierra, las minas, los ferrocarriles, los bancos y las principales industrias.

Dos: instaurar una escala de ingresos de uno a diez.

Tres: reformar la educación sobre líneas democráticas.

Cuatro: otorgar de inmediato el estatuto de dominio a India y garantizarle después plena y completa independencia, si la exigía, una vez terminada la guerra contra las potencias del Eje.

Cinco: crear un Consejo General del Imperio en el cual los “pueblos de color” estarían representados.

Seis: aliarse con China, Etiopía y todas las naciones golpeadas por el fascismo.

La estatización masiva, tal como era enunciada en el primer punto, era a los ojos de Orwell la condición “indispensable” para todo cambio consiguiente; dicho de otra forma, para la instauración de una democracia socialista y revolucionaria. A finales de 1943, recuerda en Tribune que el socialismo no tiene otro objetivo que “hacer mejor” el mundo, y nada más: he aquí por qué él invita a “disociar el socialismo de la utopía”.

CREAR UN FRENTE

Unir la izquierda, federar las clases populares y la clase media, dirigirse al pueblo entero (conservadores incluidos): así se podrían resumir las posiciones que el escritor británico defendía a mitad de los años 30. “Hemos llegado a un momento en el que es desesperadamente necesario que todos aquellos que se reclaman de la izquierda hagan abstracción de sus diferencias y decidan cerrar filas”.

Seguro que es posible, aseguraba, hacer causa común, sin compartir todo ni atentar contra la singularidad de su tradición militante o filosófica, si se preserva lo esencial. ¿Es decir? Para él no es más que un núcleo duro: derribar toda tiranía. ¿Las “divergencias menores”? Habrá tiempo de discutirlas, el pan sobre la mesa, primero [1].

En lugar de un proletariado circunscrito solo a las fábricas y contra una cierta mitología obrerista (el “gran muchacho musculado con mono azul”), Orwell llamó a reunir al empleado de oficina, el ingeniero, el viajante de comercio, el tendero de la esquina, el funcionario subalterno, el peón de construcción, el mecanógrafo, el minero, el empleado de granja, el periodista precario, el maestro de escuela, el estibador y el obrero de fábrica.

Esta alianza podría tomar forma en cuanto el movimiento socialista organizado consiguiera hacer entender que todos “tienen los mismos intereses que defender”, que “todos son explotados y maltratados por el mismo sistema”. Que esta diversidad sociológica, contradicciones incluidas, sería capaz de formar un bloque (“nuestra clase”) desde el instante en que el enemigo designado afecte en común la vida de todos los días (el patrón, el propietario): son o pueden llegar a ser socialistas “todos aquellos que curvan el espinazo ante un patrón o se estremecen por la idea del próximo pago del alquiler”.

En la topografía marxista proletariado-burguesía, Orwell prefería, reapropiación popular obliga, las categorías explotados-explotadores, robados-ladrones. Las “gentes comunes” contra “los privilegios”, precisaba aún. Es una “línea” de trazo negro que invita a trazar entre ellos. Y es “una liga de los oprimidos contra los opresores” lo que queda fundar sobre esta base, que el nombró igualmente, como la España de Azaña y la Francia de Blum, como un “Frente Popular” (utilizando alternativamente, y sin preferencia aparente, los términos “partido” y “movimiento”).

HACER LA REVOLUCIÓN

Sin estar vinculado con el Partido Laborista (demasiado reformista) ni con el Partido Comunista (demasiado estalinista), este nuevo movimiento socialista instaría así a la revolución y debería disfrutar del apoyo de una gran parte de la población. ¿Qué entiende Orwell por este término, “revolución”, dos décadas tras la toma del poder de los bolcheviques en Rusia?

Se explica sobre esto en El león y el unicornio: la revolución “es una remodelación total del ejercicio del poder”. No implicará la dictadura; movilizará las especificidades culturales propias de cada país (aquí, Inglaterra); se dedicará a modificar “las estructuras de poder desde la base” (y Orwell insiste: “la iniciativa debe venir de abajo” y no del poder establecido).

Para abatir a “la clase dominante”, el escritor no excluye por principio el recurso a la violencia. Es que “los banqueros y los hombres de negocios, los grandes propietarios de tierras y los ricos rentistas, los funcionarios vagos resistirán con todas sus fuerzas”. El nuevo gobierno, fruto de la sublevación socialista, se apoyará principalmente sobre las fuerzas del Partido Laborista —que obtenía entonces alrededor del 40% de los votos— y los sindicatos. Aplastará sin pestañear toda insurrección contrarrevolucionaria pero garantizará la plena y total libertad de expresión y crítica; no instaurará el partido único; separará la Iglesia y el Estado, sin reprimir nunca la religión; no hará tabla rasa del pasado; abolirá el Imperio en beneficio de una federación de Estados socialistas.

Advirtamos que Orwell esperaba ver esta revolución nacer de la guerra mundial y apostaba por frenar la guerra civil, imparable consecuencia de toda agitación macropolítica emancipadora, movilizando el patriotismo, propio de toda secuencia de conflicto internacional, para canalizar las divisiones entre partidarios del nuevo régimen contrarrevolucionarios. Configuración excepcional, por lo tanto, que obliga a cuestionar la estrategia revolucionaria orwelliana para tiempos de paz.

PENSAR CON EL MUNDO

El socialismo es internacionalista, estimaba Orwell, ya que se trata de abolir la tiranía “en el país donde vivimos y en los demás países”. Por lo tanto, a finales de 1936, después de haber dicho a un camarada que había que abatir a cada fascista que habitaba la Tierra, se presentó en Barcelona.

Después vio con sus ojos las “cosas maravillosas” de la revolución, pasó un centenar de días en las trincheras, fue gravemente herido en la garganta por una bala disparada al amanecer mientras hablaba de París a sus compañeros de guardia.

De regreso de una España caída bajo la bota de Franco, tomó su carnet del Partido Laborista Independiente, deseoso de apoyar una organización realmente antifascista y antiimperialista. El escritor, nacido en India, había servido a la Corona en Birmania en su juventud; no ignoraba que se podía concebir un Estado socialista dentro de sus fronteras pero imperialista en el exterior. Razón por la cual mantenía que de igual manera había que terminar con el mito de las “razas inferiores”. Y así con la dominación colonial.

“El Imperio de las Indias es un despotismo […] que tiene como finalidad el robo”, escribía en 1934 en su novela Los días de Birmania. Su alter ego de ficción se ponía incluso a soñar “con una sublevación indígena que ahogaría a su Imperio en sangre”. Cada blanco, escribía, se ha convertido en “un componente del despotismo”.

Seis años después, refería en las columnas de Time y Tide haber escuchado allá abajo “teorías raciales” tan “imbéciles que las de los nazis. “Hitler no es más que el espectro de nuestro pasado que se eleva contra nosotros. Representa la prolongación y la perpetuación de nuestros propios métodos”, añadía.

En 1939, el héroe de su novela Subir a por aire, soñando con algún lago de su infancia, decía: “Era antes de la radio, antes de los aviones, antes de Hitler. Hay algo tranquilizador hasta en el nombre de los peces ingleses. Son nombres resistentes, sólidos. Los hombres que los han forjado nunca habían oído hablar de las ametralladoras, no vivían con el terror de quedarse en la calle, no pasaban su vida tragando aspirina, yendo al cine, y a preguntarse cómo escapar del campo de concentración”.

Orwell juraba odio a las grandes ciudades y el ruido; terminó su demasiado corta vida en una granja, en Escocia, tras haber alertado contra un futuro sometido al productivismo y a la tecnoindustria. Un futuro en el cual no habría “más desiertos, más animales salvajes”. Su diario íntimo informaba entonces de las heladas, de las campánulas, de los tulipanes o de los alhelíes. Él, quien en la guerra civil revolucionaria había admirado el rechazo español de “la religión de la cantidad y del aspecto utilitario de las cosas”, se improvisó como granjero, rodeándose de una vaca y de gansos. El mar susurraba y el cielo era para sus ojos “una recompensa”.

En 1948, Orwell se inquietó, dos años antes de apagarse, por la suerte de nuestras sociedades “después de 50 años de erosión del suelo y de despilfarro de los recursos energéticos del planeta”. En paralelo, trabajaba en su célebre novela de ciencia ficción, crítica implacable de las sociedades de control y del arma atómica; pronto, él argumentaba: “No permitáis que eso llegue. Depende de vosotros”.

[1] No sabríamos, a este respecto, silenciar el antifeminismo de Orwell. “Un antifeminismo invasivo se manifiesta claramente en su obra. Era incapaz de mencionar el feminismo y el movimiento por el derecho de voto de las mujeres sin desdén”, revelaba la ensayista británica Deirdre Beddoe. “Cuando Orwell escribe sobre política, que para él implicaba sindicalismo y opinión socialista, habla de hombres y se dirige a los hombres”.

Por ELIAS BOISJEAN

2019-12-02 06:00

Artículo publicado originalmente por Revue Ballast. Traducido para El Salto por Eduardo Pérez

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Adriana Guzmán critica la borrachera del poder en Bolivia.Foto Arturo Cano

La Paz. La pregunta es directa y la respuesta más. ¿Puede Evo tener el pulso de lo que pasa en Bolivia desde México?

“No, por eso decimos: que se calle, que haga autocrítica. Él dice ‘voy a mandar a desmovilizar’. Nadie responde a Evo ahorita. Hay un sentimiento, sí, porque para mí, por supuesto es importante un presidente que sea como yo, que me pueda mirar en él, pero hoy las movilizaciones en la calle son contra un golpe de Estado. Nadie está pensando en Evo o qué le gustaría. Él dice: ‘He hablado con El Alto’. Alguien le miente en El Alto, porque El Alto no responde a él”.

Habla Adriana Guzmán, hija de una dirigente de la confederación de mujeres campesinas más conocidas como Bartolinas. Ella se define como feminista comunitaria antipatriarcal. Quizá sería inexacto decir que pertenece al partido de Evo Morales, el Movimiento al Socialismo (MAS), porque de la manera que ella lo explica, más bien el partido pertenece a las organizaciones que simplemente lo usan como vehículo electoral. Eran las siglas que estaban disponibles y los pueblos y las organizaciones las usaron.

El asilado presidente tuitea a todo vapor y da entrevistas a granel. Guzmán dice que muchos líderes comparten con ella la convicción de que Evo se fue, listo, o sea, quienes estamos definiendo las cosas ahora en las calles somos nosotras, nosotros. Ya le han iniciado el juicio a Evo, con un video de una oreja, una cosa que no tiene sentido. Para nosotros lo mejor es que esté en México, y que guarde silencio, que se calle y que deje de opinar porque genera mucho conflicto interno. O sea, no estamos queriendo elecciones y él ya está casi queriendo hacer campaña.

Mientras se escriben estas líneas, escuchando la entrevista con la dirigente aymara, Evo Morales publica otro tuit: La minoría fascista de Bolivia judicializa a nuestros líderes más destacados porque electoralmente saben que están derrotados. Llegaron al poder por traidores y manipuladores, no son la mayoría.

Adriana nunca ha trabajado en el gobierno. Vende artesanías y dedica la mayor parte de su tiempo a la organización comunitaria. Dice que en su cuenta bancaria tendrá acaso mil bolivianos (unos 3 mil pesos), pero que hace unos días la llamaron de su banco para decirle que ella es una personasde alta exposición pública y que, por tanto, necesitaban que firmara unos papeles para permitir al gobierno revisar sus cuentas. Una pruebita apenas del clima de reconciliación democrática que el gobierno de facto está construyendo rumbo al nuevo proceso electoral.

Las críticas que Guzmán endereza contra Morales no la colocan del lado del feminismo separatista boliviano que pinta en las paredes Entre machos y fachos el país se va al tacho. La traducción: entre Evo Morales y Fernando Camacho (el líder ultraderechista que entró Biblia en mano al Palacio de Gobierno), Bolivia se va a la basura.

Adriana Guzmán no se anda con tibiezas: Hay un feminismo falocéntrico, que no puede dejar de hablar de Evo, que si fue, que si no hizo, o de Álvaro (García Linera, vicepresidente). ¡No miran el proceso que hay en este pueblo, en las organizaciones sociales, en las comunidades! Estos 13 años no hemos estado siguiendo a Evo. En las calles, ahora, la gente no está pidiendo que Evo vuelva. La gente está pidiendo que se vaya Jeanine Áñez por asesina, porque hay muertos, porque ha masacrado.

La dirigente comunitaria de El Alto participó, en 2003, en la insurrección popular conocida como la guerra del gas, que surgió por los planes del presidente Sánchez de Lozada de vender ese recurso a Estados Unidos y sacarlo por puertos de Chile.

Los bloqueos de estos días ocurren en los mismos escenarios. Las fotos son mejores por los avances tecnológicos, pero la sangre y la rabia siguen siendo las mismas.

La guerra del gas es lo que tienen en mente líderes como Guzmán cuando hablan de lo que viene, cuando se rehúsan a negociar con el gobierno de facto. En primer lugar, porque nuestros muertos no se negocian, como dice la consigna callejera. En segundo lugar, que los bloqueos, con todo y su alto costo cuando se desata la represión (en la guerra del gas fueron más de 80 según algunas fuentes) derivan en triunfos: Sánchez de Lozada terminó por renunciar y se fue del país. Dos años después Evo Morales ganaría por vez primera la presidencia.

La dirigente aymara tampoco hace concesiones al gobierno de Evo Morales: habla de la borrachera del poder de muchos dirigentes sociales que rompieron con sus bases, de la llegada de españoles de Podemos a través de los cuales el gobierno pretendió jalar a la clase media, y del error estratégico de no haber transformado las relaciones con los empresarios.

Camacho tiene plata porque estos 13 años los empresarios han hecho buenos negocios con el gobierno.

–¿Creyeron que dándoles negocios los tendrían en paz?

–Sí, y lo dijeron públicamente.

Guzmán lamenta que Evo Morales nunca haya escuchado a las feministas comunitarias que trataron de convencerlo de la nacionalización de la minería. El auge minero trajo una redistribución de la riqueza, pero también agravó problemas sociales.

“Nuestros hermanos mineros, compañeros, indígenas también, decían: ‘Queremos tener plata, mujeres y drogas, paras eso trabajamos’. Sin acompañamiento político, los índices de feminicidio y violencia se dispararon en los sectores mineros.

Nos reunimos con el Evo y le decíamos que queríamos la nacionalización, porque la minería trae trata y tráfico, nuestras wawas (niñas) son sacadas de la comunidad, prostituidas.

–Los medios de Bolivia hablan de alas moderada y radical en el MAS. ¿Es así?

–No hay un ala radical. Lo que hay son unos diputados evidenciando las diferencias que ya había entre ellos. Adriana Salvatierra (ex presidenta del Senado) estaba negociando los salvoconductos (para la salida segura de los asilados). ¿Esa es el ala radical?

“No creo que la haya. Hay diputadas y diputados peleando sus cargos. Ante esta desestructuración del MAS piensan que son los únicos legítimos. Los veo con cara de que están pensando cuál sería el candidato. Y, además, por haber negociado con el golpe, ellos van a tener seguridad, a ellos no los van a perseguir, van a ser candidatos viables.

–Cuando Henry Cabrera (vicepresidente de los diputados) dice que se acabó el tiempo de “los amiguitos y las amiguitas que viajaban por Europa y nunca iban a sus distritos…”

–Cabrera fue denunciado por violencia, por intento de feminicidio, y hoy es uno de los que están comandando el Parlamento. Tuvimos una lucha muy fuerte contra él, incluida Salvatierra y Sonia Brito, finalmente quedó impune porque logró, con presiones y chantajes, que su esposa quitara la denuncia. Y entonces ahí está, dándonos lecciones de democracia.

“Si se quedan en el poder, si Jeanine Áñez se queda, la derecha va a ganar las elecciones y se van a quedar aquí 20 años, y en esos 20 años nos van a matar igual, tendremos que dejar la universidad, tendremos que volver a ser sus sirvientas, a callarnos y agachar la cabeza.

“En 2003, una periodista, Amalia Pando le preguntó a Felipe Quispe (importante dirigente campesino, alguna vez preso al lado de García Linera). ‘Don Felipe, ¿qué quiere, para qué hace todo esto?’ Y don Felipe le respondió: ‘Lo hago para que mi hija no sea tu sirvienta’. Esa es nuestra lucha.”

–¿La represión los va adesmovilizar?

-No, aquí cohesiona. Salimos a las calles más allá del análisis estructural, el extractivismo, el empresariado o lo que sea. Salimos porque nos están matando.

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Decenas de miles de personas han salido a la calle para protestar contra las reformas impuestas por la OCDE, especialmente en Bogotá. Natalie Sánchez

El toque de queda de la noche del viernes 22 de noviembre no frenó la ola. Por cuarto día consecutivo, miles de colombianos salieron a las calles para protestar contra las políticas del Gobierno neoliberal de Iván Duque.

Este movimiento inédito, al igual que los otros que estallaron en la región, echa sus raíces en malestares profundos alimentados por un sistema económico destructivo y excluyente. Pero estas protestas surgen también a tres años de la firma del acuerdo con las FARC, en medio de una prometida paz que todavía se demora en llegar.

“¡Qué viva el paro nacional!”, “¡Duque renuncia!”, “¡Primero salud y educación!”, estos fueron algunos de los lemas que se escucharon en Bogotá y otras partes de Colombia. La protesta no perdió aliento desde el jueves 21 de noviembre, cuando centenares de miles de personas se movilizaron en todo el país.

Este rechazo masivo de la política del presidente conservador Iván Duque fue inicialmente convocado por sindicatos, partidos de oposición, ONG y una miríada de organizaciones sociales. Entre los puntos de partida de la movilización, figura una reforma laboral y de pensiones que se están cocinando en el marco de las exigencias de ajustes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos​ (OCDE).

Con el pretexto de reducir la informalidad, forma de sustento para la mayoría de los trabajadores colombianos, el Gobierno insta a una mayor “flexibilización” del mercado e llegó incluso a plantear un “salario mínimo diferencial” para los jóvenes, en un país donde su monto no alcanza los 220€ mensuales. El partido de Duque, el Centro Democrático, dirigido por el exmandatario Álvaro Uribe, radicó un proyecto que permitiría contratar por horas a los colombianos que tienen entre 18 y 28 años, pero también a los que siguen trabajando después de la edad legal de jubilación. Una edad que podría cambiar a raíz de los llamados de la OCDE a remodelar un sistema de pensiones, que todavía goza de un fondo público, aunque está lejos de proteger a todos los que lo necesitarían.

De las condiciones laborales en las ciudades al rechazo de la guerra sin fin el campo

En un país entre los más desiguales del mundo, ubicado en el puesto 90 en una clasificación de la ONU que se basa sobre el índice de desarrollo humano y el coeficiente GINI, entre otros indicadores, esta voluntad del Ejecutivo de incentivar más precariedad despertó el descontento social, lo cual no sorprende al vivir semanas de 48 horas mal pagas debido a un sistema de redistribución casi inexistente, en una coyuntura en la que cabría mencionar el peso de unos servicios públicos deficientes.

Iván Duque tendrá seguramente que atender estas demandas durante la “Conversación Nacional” que prometió impulsar para apaciguar la crisis, pero las peticiones laborales están lejos de ser el único factor que llenó las calles de Colombia.

La llegada de Duque a la jefatura del Estado marcó el regreso del ‘uribismo’ al poder, esta tendencia ultraderechista encarnada por Álvaro Uribe Vélez, quien gobernó al país entre 2002 y 2010, en medio del auge del paramilitarismo y la guerra permanente contra la guerrilla. Un período de repetidas crisis humanitarias en la regiones periféricas afectadas por el conflicto armado, que produjo millones de desplazamientos forzados y durante el que el Estado perpetró crímenes de lesa humanidad. Así calificó la justicia el actuar de altos rangos militares que ordenaron asesinar civiles para luego hacerlos pasar por guerrilleros, cumpliendo así con la cuota establecida por la cúpula que instauraba también primas financieras por cada “enemigo” dado de baja. Una política que cobró la vida de hasta más de 10.000 inocentes conocida con el nombre de ‘falsos positivos’.

En mayo pasado, The New York Times reveló la existencia de órdenes internas del Ejercito que podrían hacer vislumbrar el regreso de estas violaciones. La investigación pone en evidencia la presión ejercida sobre los soldados para incrementar el número de criminales o insurgentes capturados, o abatidos, en medio de una aceptación tacita de víctimas civiles. El Gobierno rechazó categóricamente estos señalamientos, que llegaron poco después del estallido de otro escándalo, que implicó la muerte de un ex-guerrillero.

Desmovilizado e integrado en el proceso de paz, Dimar Torres, murió a causa de los disparos de militares en un retén del noreste colombiano. En los últimos tres años, son cerca de 150 los excombatientes de las FARC que resultaron muertos en su intento de regreso a la vida legal.

Tres años de proceso de paz titubeante

La ‘paz’, firmada en su versión definitiva el 24 de noviembre de 2016, luego de que el primer acuerdo pactado entre el Estado y la guerrilla fuera rechazado en las urnas, está aun lejos de concretarse. Los veedores internacionales evalúan en un 40% el avance de la implementación del texto, con puntos positivos, como las políticas reintegración de los excombatientes, pero también con rezagos mayores, en particular en lo que concierne a la seguridad en los territorios.

En la mayoría de los epicentros del conflicto, el Estado no llegó donde las FARC hacían presencia, dejando así vía libre a grupos mafiosos, neoparamilitares o a la ultima guerrilla activa, el Ejercito de Liberación Nacional (ELN). Las lideresas y líderes campesinos, indígenas, comunitarios o gremiales terminaron siendo el principal blanco de la reconfiguración de la zonas sensibles. La Defensoría del Pueblo estima acerca de 500 los líderes sociales asesinados desde 2016.

En un clamor inédito para mejorar la suerte de los territorios olvidados, las principales ciudades de Colombia marcharon repetidas veces en los últimos dos años para denunciar esta matanza y la impotencia de las autoridades para frenarla. En una primicia del movimiento actual, además de las organizaciones de defensa de los derechos humanos, los jóvenes hicieron crecer masivamente estas manifestaciones.

Tras una enésima falla en la acción de seguridad del Gobierno, Guillermo Botero, ministro de Defensa, renunció a principios de noviembre. Se le reprocha haber ignorado las señales enviadas en cuanto a la presencia de menores reclutados forzosamente por disidentes de la FARC en un campo que bombardeó el ejército. En este operativo, que fue una respuesta a la creación de una “nueva guerrilla” dirigida por el exlíder Iván Márquez que terminó desertando del proceso de paz, murieron al menos 18 niños. “¿De qué me hablas viejo?”, lanzó Duque a un periodista que le preguntaba sobre este bombardeo. Una frase que el presidente popularizó hoy muy a su pesar en las calles.

Un movimiento que cogió un impulso sin precedentes

María Fernanda, de 21 años, reconoce que este caso que sacude nuevamente a las fuerzas armadas fue un “detonante” para incitarla a salir a protestar. En una conversación con El Salto durante una concentración este sábado 23 de noviembre, esta estudiante dijo estar cansada de un “Gobierno que no respeta la vida” y querer estar movilizada “por las personas que no pueden estar acá por estar reprimidas día a día”.

 “Nos van a dejar sin país, lo están entregando a las multinacionales”, agregó Ángela, su amiga y compañera de plantón, de la misma edad. Afirmó que ya llegó el momento de actuar ante “políticas ambientales desastrosas”. En Colombia, el modelo extractivista sobrevive a las alternancias en el poder. Mientras que las comunidades se levantan a menudo contra unos proyectos mineros, sigue abierta la puerta para el fracking y peligra la integridad de varios páramos, primera fuente de agua del país.

No hay consideración “ni para los humanos ni para los animales”, denunció María Fernanda al tiempo que Ángela insistió en que “el listado es largo” para motivarse a salir a las calles. Las jóvenes evocaron también el incumplimiento de las autoridades de los puntos sobre financiación de la educación superior luego de las marchas estudiantiles del año pasado, pero, sobre todo, resaltaron su rechazo hacia un “modelo” y su ausencia de “miedo”, en un contexto de patrullas militares en las calles de Bogotá.

La noche anterior, la del viernes, fue particularmente caótica y angustiante. Con el argumento de apagar unos focos de violencia, el presidente Duque decretó un toque de queda en toda la capital, un decisión nunca vista desde el movimiento social de 1977. Soldados y policías actuaron juntos en contra de supuestos intentos de saqueos de viviendas ante los cuales vecinos se ‘organizaron’ a punta de guardias, machetes y bates, en lo que pareció ser más un pánico colectivo que una amenaza real.

Muchos manifestantes del sábado afirmaban movilizarse contra este temor que se propagó, que fue “inducido” según algunos. La intensidad de esta jornada, durante la cual se organizaron marchas espontáneas y concentraciones a punta de cacerolazos en muchos barrios y ciudades, demostró que este paro nacional no perdió de vista a sus objetivos.

Según Martín, este movimiento constituye “algo sin antecedentes en Colombia”. Este ingeniero de 38 años oriundo del departamento sureño del Putumayo ondea orgullosamente una wiphala, símbolo de los pueblos indígenas, porque “forman también parte de esta lucha” dijo a El Salto, refiriéndose también a los contextos ecuatorianos y bolivianos. Este manifestante resaltó un trasfondo “profundo” de estas protestas que responde a “lo que ha venido ocurriendo durante los últimos 25 años en el país”. Instó a la consolidación de un movimiento pacifico que supere “el cuento arcaico de la izquierda y la derecha” y que promueva una verdadera ruptura en las políticas actuales.

Mientras que Iván Duque ya empezó las discusiones con responsables políticos, en los balcones o las calles las cacerolas seguían sonando este domingo en nuevos eventos improvisados. La chispa que prendió esta movilización el jueves 21 de noviembre tiene aromas de algo desconocido hasta ahora y suma a Colombia en un movimiento que atraviesa a los Andes reivindicando la dignidad de la gente frente al descaro de los dirigentes.

 

Por Tristan Ustyanowski

Bogotá (Colombia)


publicado

2019-11-25 11:00

Publicado enColombia