Domingo, 27 Octubre 2019 05:39

“La esperanza de una vida digna”

“La esperanza de una vida digna”

El mensaje llega con la música habitual de los últimos días en cada audio de whatsapp que se cruza: el tañido de las cacerolas que no dejan de golpearse. “No, querida, acá no se rinde nadie, estamos en Plaza Italia y nos quedamos”, dice y sigue con la descripción de los planes a futuro: más cacerolazo a las 21, marcha el lunes, llamado a huelga, asambleas en todos los barrios, cabildos abiertos que desde el jueves pasado empezaron a organizarse en plazas, centros comunitarios, sindicatos, clubes. El fin del toque de queda anunciado por las Fuerzas Armadas ayer a la mañana no repone la normalidad que intenta transmitir el presidente Sebastián Piñera. Porque si algún miedo se siente en el aire contaminado de Santiago de Chile, es que esto pase y la transformación estructural que demanda la calle con esa imponente muestra de fuerza que se exhibió el viernes se domestique con un par de medidas.

 “Estamos en un momento histórico en el que tenemos la esperanza de construir una vida digna”, dice el primer punto de acuerdo de la asamblea de Yungay, una de las comunas del sur de la región Metropolitana y con esa línea de texto retienen lo que se agita en cada cuerpo: una sensación de todo o nada, ahora o nunca; si el territorio trasandino ha despertado, ahora hay mantenerlo en esa vigilia iluminada de debates compartidos, imaginación política, descripción de lo que ya no se quiere más. Junto a la asamblea de adultos y adultas, hay otra, de niñes. Ahí también se discute y se ponen las manitos a la obra de adornar lienzos (banderas) con las consignas que se articularon en la última semana de estallido; entre ellas una: “Nosotres contaremos otra historia”. Y de eso se trata, de hacer un tajo en la historia y empezar a coser otra.

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Un paisaje lunar se dejaba ver de a retazos iluminados por las luces del auto. Los neumáticos sufrían al rodar sobre ese territorio gris plagado de escombros de tamaños dispares, siempre mucho más grandes que un puño. Era la última noche de toque de queda en la rotonda de Plaza Italia, en el centro de Santiago, dos veces oscura sin faroles ni carteles luminosos. Los camiones del Ejército la custodiaban, retenes en las sombras que apuntan con linterna para exigir el salvoconducto que era necesario para circular. Imposible no sentir el miedo que de niña sentía frente a los operativos que como pinzas asfixiaban de pronto una porción de la ciudad de Buenos Aires en plena dictadura militar. Pero aquí los soldados fueron habilitados a pedir documentación por un presidente constitucional elegido en una votación a la que concurrió menos del 40 por ciento de la población. Ahora le exige la renuncia un movimiento que busca formas de organización por fuera de las establecidas por la norma. Es la norma lo que se quiere cambiar: “Asamblea Constituyente” es la demanda que insiste.

Avanzando por la avenida Vicuña Makena hacia la cordillera, la oscuridad se hace más espesa. El auto sigue la línea del metro que, pasados unos cinco kilómetros del centro, es aéreo. Es fácil ver los rastros del fuego que se encendió en los primeros días. Una semana después, en las estaciones arden velas en memoria de quienes murieron por la represión, esas velas se prendieron violando el toque de queda y así se mantienen en la noche iluminando las fotocopias con los rostros de quienes cayeron en la revuelta. Sobre la vereda de la vía rápida, intermitentemente, se ven grupos de vecines con chalecos amarillos fluorescentes. Los repartieron los mismos carabineros “para reconocernos de los vándalos”, dice Gonzalo, en la puerta de un condominio que reúne 112 viviendas. El es el líder del grupo que monta guardia en turnos de tres horas para evitar que “vengan a saquear”. ¿Pero ha habido saqueos a casas? “No, pero han saqueado un supermercado ahí cerca”, contesta pero enseguida aclara: “Estamos cuidándonos entre nosotros, es lo que tenemos que hacer. Pero también estamos con la movilización. En contra de los delincuentes que saquean pero a favor del pueblo. Es difícil porque no queremos destrozos pero a la vez si no se quemaban las estaciones no nos hubieran escuchado y seguiría todo igual. Es un contrasentido, pero es así. En esto nos metieron”. La reflexión de Gonzalo se va a repetir una y otra vez a lo largo del recorrido, el temor a “los vándalos” está separado de la necesidad de protestar y cambiarlo todo, que los carabineros les hayan entregado los chalecos no quiere decir que sean parte del apoyo al gobierno, de ninguna manera. No es posible estigmatizar a estas personas como fascistas –algo que se escuchó en varias de las asambleas que discuten a cielo abierto como transformar el estallido en organización– sólo porque el político ultraderechista José Antonio Kast prometió una marcha de chalecos amarillos como contra protesta neoliberal. Todos los grupos de vecines consultados –unos siete– se desmarcan de esa postura pero se plantan en su derecho a vigilar y blandir palos como autodefensa. Igual que los “chiquillos y chiquillas” que arman las barricadas para defenderse de la represión en el centro de Santiago y devuelven los gases que les tiran y hacen escombros para alejar a los “pacos”. “Cada uno tiene su función en la manifestación, algunos como yo estamos haciendo rondas de escritores, lecturas colectivas para expresarnos, otros nos protegen de la represión; está muy claro”, dice Cristian Chamorro, estudiante de antropología y poeta que caminó 40 cuadras antes de que lo levantáramos haciendo dedo, buscando llegar a Puente Alto, una estación completamente incendiada.

Si Piñera levantó el toque de queda no es porque la “normalidad” haya vuelto, es porque al abuso se respondió con autodefensa y eso, es evidente en la voluntad popular que se expresa todo los días, se vive como un derecho. El monopolio de la violencia podrá estar en manos del Estado, pero en Chile se le puso límite.

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Una carrera universitaria como ingeniería sale 100 mil dólares. Un tratamiento de quimioterapia, 20 mil. Esas cifras están muy claras para Johana que está en la última de las 16 sesiones de quimio que tuvo que atravesar y que “así pelona como estoy” se fue a la Villa Frei, muy lejos de su casa, a leerle a niñes mientras sus madres y padres estaban en asamblea; y para Angelo, estudiante, endeudado, como si toda la población chilena, sea para estudiar, para comprar una casa –sólo el 5 por ciento de la población estaría habilitada ahora para hacerlo–, para pagar la cuenta de luz que ahora se prometió que se bajaría. Los dos se subieron al auto en la recorrida nocturna después de caminar kilómetros porque el toque de queda los sorprendió demasiado lejos de sus casas. Johana consiguió pagar sólo el 20 por ciento de su tratamiento y eso lo lee como una suerte inaudita, fruto de un complicado trámite de certificación de pobreza. Angelo también consiguió alguna rebaja en su deuda porque tiene a su abuelo y a su abuela a cargo. Pero los dos, también, saben y lo dicen, que la situación es de abuso. Igual que Ana, chaleco amarillo y un nunchaku bajo el brazo que no sabría usarlo si lo necesitara: “Es que te cotizan la jubilación como si fueras a vivir 110 años, ese es el número real, no es una aproximación. Ni siquiera te dejan disponer del 20 por ciento al momento de jubilarte, ni el 10 tampoco. Aportas a una gente que hace negocio con tu dinero, te jubilás a los 65 pero te lo dividen como si fueras a vivir 45 años más. Es un abuso”.

Si algo se vio en la última semana en Chile es un movimiento del deseo, no sólo contra el sistema, contra una constitución sancionada en dictadura y que entrega todo el capital público a manos privadas –ni del agua se puede disponer porque también está en manos de empresas privadas–, también contra formas de vida que despojan al cuerpo. Como nunca antes la violencia sexual tuvo estado público, se hizo visible e hizo visible también a la violencia sexual aplicada por el terrorismo de Estado. Y no es sólo en contra de la violencia, es a favor de ser quien se quiera ser, amar a quien se quiere amar. No es casualidad que los movimientos que se tienen como antecedentes inmediatos, además de las movilizaciones estudiantiles de 2006 y 2011, sean las tomas universitarias contra el abuso sexual en 2018 y el paro feminista del 8M en 2019. Ahí se fue acumulando el valor del NO, del Basta Ya, la desnaturalización de lo que se soportaba como si no hubiera salida. Las salidas estallan en la cara del poder y si algo se saquea es el uso de la palabra pública por parte de las elites políticas y económicas. Ahora la palabra está puesta en la calle y se escribe en los cuerpos, dice No al abuso y dice, sobre todo, dignidad.

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El Frente Amplio busca evitar un ballotage con la derecha

El río, que los uruguayos llaman mar, fluye tranquilo y constante en este viernes de sol. Una tranquilidad que parece de otro mundo si se la compara con las crisis económicas de Argentina y Brasil, y más aún con la revuelta popular que se vive en Chile.


Cuando este domingo 27 de octubre los uruguayos vayan a las urnas tendrán la opción de votar por la continuidad del proyecto del centro-izquierdista Frente Amplio (FA), tras 15 años de gobierno. Un proyecto que mejoró, con algunas limitaciones, indicadores económicos y cambió la matriz energética. Y en el que por primera vez hay renovación, dado que no se postulan los políticos históricos José “Pepe” Mujica y Tabaré Vázquez, que termina en marzo su segundo mandato.

El candidato del FA es el exintendente de Montevideo, el socialista Daniel Martínez, quien lidera los sondeos (le otorgan entre 40 y 43 por ciento), pero no le alcanzaría para ganar en primera vuelta. Martínez se enfrenta a una oposición de derecha fragmentada: en segundo lugar en intención de votos se ubica el senador Luis Lacalle Pou, del Partido Nacional o Blanco (entre 24 y 29 por ciento), con su promesa de shock y reducción de un déficil fiscal que hoy es de 4,9 por ciento, similar al de Argentina.

En el tercer lugar aparece el candidato del Partido Colorado, Ernesto Talvi (entre 11 y 13 por ciento) seguido muy de cerca por el ultraderechista Guido Manini Ríos, excomandante en jefe del Ejército que lidera Cabildo Abierto (entre 9 y 12 por ciento). Un Bolsonaro a la uruguaya.

Por la peatonal Pérez Castellano en la Ciudad Vieja una pintada enuncia: “Tus sueños al Frente”, en apoyo al partido de los colores rojo, azul y blanco. Un vendedor de un local de artesanías, Juan De Carli, afirma que siempre votó al Frente Amplio. “Es la opción del cambio. El acceso al estudio, a la medicina gratis gracias al Fonasa (Fondo Nacional de Salud). Se pasó de 380 mil afiliados a mutuales a 2 millones y medio de afiliados al sistema integral”. En el puesto de enfrente, buscando unos discos de vinilo, Mario Pérez, dueño de una pequeña empresa se sincera: “Quiero que se vayan. No soy de izquierda. Los uruguayos estamos mal. Tenemos mucho asistencialismo a los pobres. Yo tengo que laburar, bo”. Se le pregunta a quién va a votar, duda y responde: “no votaría a nadie”.

El enojo de este señor de 57 años contrasta con la explicación de Daniel Olesker, ex ministro de Salud y Desarrollo Social durante el gobierno de Mujica (2009 a 2014). “En estos 15 años hubo un aumento del 60 por ciento del salario; se crearon 300 mil puestos de trabajo, más los 300 mil empleos informales que se blanquearon. Hubo un cambio tributario: se bajó el IVA y se eliminó el impuesto a los sueldos. Esto contribuyó a que creciera el mercado y también el turismo interno”. El economista sintetiza: aumento salarial, más empleo y reducción de la carga tributaria de los trabajadores. Y da un ejemplo. “una pareja de una docente y un cajero hoy tienen en términos de poder de compra el doble de lo que era en 2004”.

Olesker destaca que en estos gobiernos del FA Uruguay fue saliéndose de la dependencia con Argentina y Brasil que tenía en los años noventa. “Se dio una modalidad de crecimiento económico más diversificado, con fuentes de energía renovables”. Tras la última crisis energética, Uruguay cambió su matriz productiva: hoy la electricidad es 97 por ciento de energías eólicas y solares. Asimismo, crece la expectativa por la inversión de una nueva papelera UPM, que miran de reojo los ambientalistas. Se va a instalar en el centro del país, entre Paso de los Toros y Durazno.

De su lado, el candidato Lacalle Pou, hijo del expresidente Luis Alberto Lacalle, presenta un plan de gobierno haciendo énfasis en “Austeridad, Competitividad, Seguridad Social, Conocimiento y Cultura”. El senador afirma que bajará el gasto sin aumentar impuestos ni tarifas públicas. “Se puede ahorrar en torno a 900 millones de dólares por año” afirma el candidato de la derecha, prometiendo “eficiencia” en la asignación de recursos en las empresas públicas sin restar fondos a educación, salud o vivienda. Este conjunto de expresiones de buena voluntad de parte del aspirante neoliberal, exhibe un aroma familiar para quien vivió la experiencia de la debacle de Macri. Los críticos de Lacalle Pou sostienen que un eventual gobierno de la derecha reducirá el gasto social. Y recuerdan que “Cuquito”, como llaman al hijo de “Cuqui” Lacalle, no ahorró elogios a Macri ni a Piñera.

Más complicado estuvo por estas horas el candidato Ernesto Talvi, quien tuvo que aclarar que “jamás” aseguró que Chile fuera un país modelo. El economista liberal asegura que durante la campaña dijo “hasta el cansancio” que tomaba a Chile “como ejemplo en dos aspectos, en el manejo del dinero de los contribuyentes y del Estado y en la política que los ayudó a salir a la conquista de los mercados del mundo”.

“La región se incendia y mira con admiración a Uruguay”, titula el diario local La República. Hay mucho por rescatar de un modelo que navega por aguas tranquilas.

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Evo ganó pero iría a ballottage con Mesa

 El presidente de Bolivia se imponía con el 45 por ciento de los votos, pero le faltaban puntos para evitar la segunda vuelta. Carlos Mesa obtenía un 38 por ciento.

Con incertidumbre y tensión, el desenlace de las elecciones en Bolivia se prolongaba hasta casi la medianoche del domingo. El escrutinio se plantó a las 2 horas y 20 minutos de haberse cerrado la votación con el 83,76 de los sufragios computados. Con ese porcentaje Evo Morales deberá revalidar su victoria en la primera vuelta en un segundo turno. No sacaba el 10 por ciento de diferencia sobre Carlos Mesa indispensable para ganar sin el 50 % más uno de los votos. El presidente les habló a sus partidarios en el Palacio Quemado, la ex Casa de Gobierno, anunciando su cuarta victoria electoral consecutiva, pero dejó en suspenso si se podría evitar el ballottage. Carlos Mesa, el candidato de Comunidad Ciudadana (CC) se había pronunciado antes: “Hemos logrado un triunfo, estamos en segunda vuelta”. El denominado conteo rápido como lo llaman acá, hacia presumir que los resultados totales y definitivos se conocerían relativamente temprano. Pero no pasó. Entre las 20.20 (hora de Bolivia) y el cierre de esta edición, festejaba el MAS, el partido del gobierno, y también CC, la segunda fuerza.

La demora en conocerse el 16,24 por ciento de los votos pendientes, según los medios, distintos analistas y el propio Tribunal Supremo Electoral (TSE), se debía a que provienen del campo, donde el MAS ha mantenido una hegemonía histórica. El voto rural será el que en definitiva decida qué pasará con la continuidad de Morales en el gobierno.

Al cierre de esta edición ni siquiera se podían tener datos del TSE. Esa incógnita sobre los sufragios de las zonas más alejadas de las grandes ciudades se trasladó a las calles de esta capital, donde tanto masistas como partidarios del ex presidente Mesa se adjudicaban la victoria. Unos con realismo y cautela. Es que Evo efectivamente sacaba el 45,28 por ciento de los votos, pero le faltaban los puntos necesarios para evitar la segunda vuelta; y otros porque cuando se conoció el 83,76 de los sufragios emitidos, llegaban a la segunda vuelta con el 38,16 para Mesa. La diferencia de 7,12 por ciento entre los dos candidatos, tomado en cuenta que ninguno superaba el 50 %, marcaba la certeza de un nuevo turno electoral.

En la hipótesis de un ballottage, se trataría de una elección muy diferente a esta. El MAS iría a esa instancia fijada para el 15 de diciembre con su base electoral intacta, pero competiría contra una oposición que se aglutinaría detrás de la candidatura de Mesa. Oscar Ortiz, de Bolivia dice NO, anunció su respaldo al ex presidente. Es previsible que el coreano-boliviano Chi Hyun Chung llame a votar por Mesa. Entre los apoyos en las urnas que juntaron el tercero y cuarto de los candidatos suman un 13,18 por ciento, un porcentaje que puede ser decisivo para dirimir el resultado en el ballottage.

El presidente les habló a sus partidarios en la ex Casa de Gobierno, acompañado por su compañero de fórmula, Álvaro García Linera: “Entendemos las informaciones preliminares y como siempre esperamos el voto del campo”, dijo y recordó cuando en 2002, en su primera incursión como candidato a presidente, los votos se demoraron por una nevada. “Vamos a esperar al último escrutinio del voto nacional para continuar con nuestro proceso de cambio”, agregó.

Mesa, en cambio, no esperó al cierre del escrutinio y ante su militancia salió a confirmar que forzaba el ballottage de diciembre: “Es un triunfo incuestionable que nos permite decir, con absoluta certeza y asusta seguridad, que estamos en segunda vuelta. Este triunfo se lo debemos a la claridad de pensamiento del pueblo boliviano. Mi agradecimiento a todas estas personas, millones de bolivianos que han decidido votar por Comunidad Ciudadana”-

Bolivia tiene nueve departamentos –el equivalente a nuestras provincias- donde Evo ganaba en cinco de ellos: La Paz, Cochabamba, Oruro, Potosí y Pando. Mesa triunfaba en Santa Cruz, Beni, Chuquisaca y Tarija. La votación para el Congreso le adjudicaba la victoria al MAS en ambas cámaras, aunque con el detalle clave de que en el Senado, el oficialismo cedía su mayoría (por la pérdida de siete bancas). Las fuerzas quedaban así: 18 senadores del MAS, 17 de la CC y uno de Bolivia dice No).

Los guarismos parciales de la elección dejaron a los dos principales candidatos despegados por una gran diferencia del resto. El Tribunal Supremo Electoral (TSE) que había empezado el día destacando que se votó con normalidad en todo el país, a las seis de la tarde daba los resultados iniciales que llegaban desde el exterior. La primera mesa que se conoció fue de la Argentina. De la escuela Nº 16 República de Corea ubicada en Murguiondo 76, del barrio de Liniers. Ahí Evo sacó una diferencia aplastante sobre su rival: 45 votos a 10. Los sufragios de los bolivianos en otros países representan el 4,7 % del electorado. Un porcentaje nada desdeñable para las fuerzas que se presentaron a las elecciones.

Detrás de Evo y Mesa en las generales asomó la gran sorpresa de la votación. El coreano Chi Hyun Chung, un pastor evangélico que ataca al feminismo y la educación de género y que de la nada saltó al tercer puesto. Un fenómeno parecido ya vivió Brasil con Jair Bolsonaro y las iglesias apoyándolo. Ortiz quedó cuarto y el último de los nueve candidatos que superó el uno por ciento de los votos fue Felix Patzi, del Partido Tercer Sistema. Tanto él como los restantes desaparecerían del escenario electoral por no llegar al 3 % de los votos. La ley electoral boliviana prevé que si las fuerzas políticas no obtienen ese piso perderán su personería jurídica.

Por Gustavo Veiga

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Las decisiones antipopulares condujeron a manifestaciones masivas. Foto: Al-Mayadeen.

Desde el jueves 17, miles de libaneses protestan en las calles contra medidas económicas que el Gobierno aplicará a algunos productos, aumentando el impuesto al valor agregado para 2021 y 2022.

Los manifestantes exigen una inmediata respuesta del gobierno, tras conocerse los debates del Consejo de Ministros para el presupuesto de 2020 que valora subida de impuestos y tarifas.

Durante las manifestaciones se han suscitado enfrentamientos entre manifestantes y agentes antidisturbios, así como la quema de neumáticos y el bloqueo de carreteras en la capital Beirut.

Algunos de los participantes han resultado heridos, en las que han sido catalogadas como unas de las protestas más grandes que se han visto en años en el país.

Manifestantes opinaron que las protestas masivas de las últimas horas constituyen el despertar de la ira popular contenida durante años. “Hemos prendido fuego para que se escuchen nuestras voces”, dijo Mazen, de 24 años de edad.

Y agregó: “todos deben venir y apoyarnos para deshacernos de los ladrones”.

Y aunque algunos manifestantes no aprueban los métodos como Magalene Mrad, de 23 años de edad, quien consideró “vergonzoso lo que está sucediendo”, señala que “la culpa recae en los gobernantes al empujar a la población al borde del abismo”.

“El mundo se cerró para El Líbano”, añadió; “y todo lo que hacen los políticos es gravar más a los pobres; en algún momento tendremos que pagar por el aire que respiramos”.

El descontento popular que llevó a manifestantes a lanzarse a las calles en El Líbano, ha sido nombrado por algunos medios de prensa como la “Revolución de WhatsApp”.

Sobre las medidas económicas

El gobierno libanés declaró una medida de emergencia económica después de que el país entrara en una profunda recesión implantando una serie de medidas, todas impopulares, incluyendo el aumento del IVA hasta el 15% en 2022.

Aunque a esta medida ya se le dio marcha atrás, fue el detonante de las manifestaciones populares: se trata del anuncio de que el Líbano cobraría 20 céntimos diarios por las llamadas de voz hechas por WhatsApp. Horas después, se dio marcha atrás debido a las demostraciones. El impuesto no solo hubiese afectado a WhatsApp, también a otras aplicaciones de voz sobre IP como Skype, FaceTime o Hangouts.

Sin embargo, las protestas no se limitan a una aplicación, sino a la situación general del país y la erosión social debido a grandes casos de corrupción y la terrible administración de los fondos públicos del país, denunciada por los manifestantes.

Igualmente, el Gobierno decidió aplicar una nueva tarifa a los productos del tabaco, tanto local como importado, y aumentar el impuesto al valor agregado en dos puntos en 2021 y otros dos puntos adicionales en 2022, para alcanzar el 15 por ciento.

El primer ministro del Líbano, Saad Hariri, envió un mensaje televisivo en el que pide una respuesta explícita sobre el anuncio del alza en los impuestos que lo convenzan a él, a la población, a la comunidad internacional y a todos los que expresan su enfado en las calles.

Además, dio un plazo de 72 horas para que los partidos políticos solucionen el descontento que ha generado la medida.

Hariri indicó que el enfado es real y que el pueblo libanés ha dado “más de una oportunidad” a los políticos para hacer reformas. “El dolor de los libaneses es verdadero y lo veo, y apoyo cualquier movimiento para expresarlo”, recalcó y no se responsabiliza por la situación del país.

Posiciones con respecto a las medidas

La ministra del Interior, Raya al-Hassan, aseguró a Al-Mayadeen que la mayoría de las manifestaciones en el país fueron pacíficas y destacó que la alternativa a las medidas de austeridad era el colapso de El Líbano.

Al-Hassan expresó considera necesario que el gobierno equilibre esas medidas y alivie su impacto en los ciudadanos.

Por su parte, el presidente del Partido Socialista Progresista, el exdiputado Walid Jumblatt, dijo al canal televisivo, que todos los componentes del gobierno se responsabilizarán de lo que está sucediendo y nadie es más responsable que el otro.

El miembro del bloque Lealtad a la Resistencia en el Parlamento libanés, el ministro Hussein al-Haj Hassan, confirmó el sesgo del bloque a las demandas populares y subrayó la necesidad de una reforma real en el país.

Por su parte, la ministra de Estado para el Desarrollo Administrativo, May Chidiac, consideró que lo que está sucediendo refleja un resentimiento popular a la luz de la incapacidad de los ciudadanos para pagar los impuestos.

El canciller de El Líbano, Gebran Bassil, defendió al Gobierno de las protestas en marcha, al decir que el descontento popular surgió de causas abandonadas por Ejecutivos anteriores.

Según el jefe de la diplomacia, es entendible lo de las manifestaciones que eran de esperarse por crisis acumuladas.

Es una “descarga eléctrica” necesaria para el país, que debería impulsar medidas contra la corrupción y el despilfarro, apuntó.

Bassil pidió la aprobación de leyes para recuperar fondos públicos saqueados, una de las demandas clave de los manifestantes

Por su parte, el secretario general de Hizbullah, Sayyed Hassan Nasrallah, ha rechazado una eventual renuncia del gobierno en El Líbano debido a una situación popular explosiva e incontrolable.

A juicio del dirigente de la Resistencia, la idea de dimisión del Ejecutivo para escoger otro, no resolverá la crisis económica que conduce al colapso del país.

“Cualquier gobierno de tecnócratas no durará mucho y los que piden hoy un gobierno así serán los primeros en pedir su derrocamiento. Cualquier nuevo proceso electoral parlamentario reproducirá la misma asamblea actual”, expresó.
La situación financiera actual no es el resultado de ahora, ni de este año, ni del corriente mandato presidencial, apuntó, sino de una acumulación de décadas.

“Todos tenemos que asumir la responsabilidad incluso nosotros mismos, aunque es relativo y con porcentajes diferentes”, señaló. “Es vergonzoso que se quiera eludir culpabilidad en lo que ocurre, en especial de aquellos participantes en anteriores gobiernos”, acotó.

El periódico libanés Al-Akhbar reveló el jueves la aprobación del gabinete de una propuesta del ministro de Comunicaciones, Mohamed Choucair, para imponer un impuesto a la aplicación de WhatsApp y a los cigarrillos, y para discutir la posibilidad de imponer una nueva tarifa sobre derivados del petróleo y aumentar el impuesto al valor agregado.

Etiquetas como #HoraDePasarLaCuenta (traducción de la original en árabe) han llegado a ser los más cotizados en Twitter, por activistas que expresaron su enojo por los nuevos impuestos y las malas condiciones de vida a la luz de la crisis del dólar en el país.

Solidaridad internacional con la causa del pueblo libanés

En Londres, Los Ángeles, Barcelona, Milán, Berlín, Toronto, Boston, Niza, París, Ginebra, Madrid, Países Bajos y Lyon, se concentraron decenas de personas para solidarizarse con la causa del pueblo libanés.

Desde el jueves y hasta hoy, se han hecho visibles muchas muestras de respaldo universal a los miles de libaneses que salieron a las calles para protestar por el deterioro económico nacional, contra la corrupción y en demanda de cambios en el Gobierno y el Parlamento.

Ayer, en Nueva York y Montreal se reunieron cientos de personas para expresar su apoyo al pueblo libanés.

(Tomado de Al-Mayadeen)

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Domingo, 22 Septiembre 2019 05:36

Volvieron los chalecos amarillos 

La policía reprime  en la protesta de los chalecos amarillos en Bordeaux.  Imagen: AFP

La convocatoria coincidió con las movilizaciones de sindicatos que se oponen a la reforma jubilatoria impulsada por el presidente de Francia, Emmanuel Macron, y movimientos ambientalistas. El saldo: represión, gases lacrimógenos y 160 detenidos.

Los chalecos amarillos volvieron a salir a las calles en París, en una jornada de protesta en la capital francesa. Ese mismo día también convocaron sindicatos que se oponen a la reforma jubilatoria impulsada por el presidente de Francia, Emmanuel Macron, y movimientos ambientalistas. Esto encendió la alarma del gobierno francés que desplegó un mega operativo con 7.500 policías en las calles. Los agentes no dudaron en reprimir las movilizaciones que tuvieron un saldo aproximado de 160 detenidos.

Los chalecos amarillos intentan volver a tomar fuerza en la que fue su 45ª jornada de protestas. Se concentraron en varios puntos de la capital francesa, como en la plaza de la Madeleine, para manifestarse contra las políticas del presidente francés La jornada no había sido autorizada por el gobierno, pero sus integrantes la mantuvieron y acabaron siendo dispersados con gases lacrimógenos en distintos puntos de la ciudad. 

El colectivo indicó en su cuenta en las redes sociales "Le nombre jaune" (El número amarillo), creada para ofrecer sus propias cifras, que la participación se elevó a un mínimo de 91.430 personas. También formaron parte de la jornada los denominados “black blocs”, grupos de personas que visten completamente de negro y apoyaron a los “chalecos amarillos”. En medio de un gran dispositivo de seguridad que blindó la capital francesa, los agentes también reprimieron a los manifestantes que se dirigían hacia la avenida de los Campos Elíseos. El operativo policial comenzó el viernes por la tarde, cuando acordonaron barrios enteros del centro de la capital. Durante toda la jornada policías de uniforme y de civil cachearon a los asistentes.

Las movilizaciones de los chalecos amarillos comenzaron en noviembre del año pasado en oposición a la suba de los impuestos al gasoil. En diciembre alcanzaron su punto más álgido con las protestas contra la represión que sufrieron en movilizaciones anteriores. La presión ejercida por este grupo obligó al presidente Macron a anunciar un paquete de medidas económicas para mejorar las condiciones de vida de la clase media y trabajadora. Sin embargo muchos de sus miembros las consideraron insuficientes y reanudaron la toma de las calles. El movimiento se extendió, aunque en menor medida, a países como Bélgica, Holanda, Alemania y España.

Esta movilización coincidió con otras dos. Por un lado el Frente Obrero llamó a salir a las calles contra la reforma del sistema jubilatorio que promueve el ejecutivo francés. También convocaron a una marcha grupos defensores del medio ambiente, un día después de la histórica “huelga mundial por el clima", que en Francia no resultó muy importante (en torno a 10.000 personas en París). En otras partes de Francia también se organizaron este sábado manifestaciones por la "urgencia climática y social". En Lyon (centro-este), unas 5.000 personas se congregaron por la mañana en el centro de la ciudad, según la prefectura. "Stop al ecocidio", se leía en la pancartas. Ante los enfrentamientos con la policía paricina, las oenegés Grenpeace y Youth For Climate, que convocaron, instaron a los manifestantes a abandonar la marcha.

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Viernes, 20 Septiembre 2019 06:40

El poder de Netanyahu disminuye

El poder de Netanyahu disminuye

Existe una extraordinaria ironía en el destino de Netanyahu y el de Irán. El primero ha sido el capitán del Titanic, como lo llamó hace un par de días un académico israelí. El segundo –que se puede decir es mejor capitán– encabeza un par de buques tanque que salen y entran al Mediterráneo y al Golfo.

Irán también es el objetivo de la retórica del premier y su partido, Likud, ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU). ¿Recuerdan esas pruebas de caricatura que Netanyahu mostró ante la ONU, que supuestamente demostraba el tiempo que le llevaría a la república islámica fabricar un arma nuclear? Afirmó que a Irán "debían arrancársele los colmillos", con lo que quiso decir que el tirano nuclear islamita debía ser desarmado.

Y aquí estuvimos esta semana, con la bestia iraní, en efecto, disparándole a las plantas petroleras de Arabia Saudita, si bien recalco que los sauditas afirmaron que el ataque fue "incuestionablemente patrocinado" (aquí va un sic muy grande) por Irán. En otras palabras: fueron los hutíes quienes lo hicieron, pero los iraníes quienes están detrás del hecho.

Sin embargo, el hombre que encabezó el gran ataque antiraní en la ONU parece haber hundido su barco, y el hombre que una vez nos dijo en la conferencia de Herzeliya, hace muchos años, que Beirut era "el centro del terror", el entonces jefe del Estado Mayor, Benny Gantz, podría ser ahora quien dirija al Estado de Israel hacia el futuro.

¿Y el ganador? Irán, por supuesto.

Es extraña la frecuencia con que esto sucede. Los británicos pierden un buque petrolero al tiempo que un navío iraní aparece en el puerto sirio de Banias. ¿Y qué dijo Trump? Ni siquiera hizo su habitual alharaca para informar que más sanciones contra Irán serían reveladas "dentro de las próximas 48 horas" –tiempo suficiente para que a sus colaboradores se les ocurriera algo– y añadió que "hay muchas opciones".

Una opción para Trump, ahora que sabe el destino de Netanyahu, sería volverse en contra de los sauditas, cuyos hombres de inteligencia decapitaron al pobre Jamal Khashoggi hace un año. Le hicieron cosas inauditas antes de, seamos francos, tirarlo por un desagüe, a una fuente o a un lavabo del consulado. ¿Qué sabía el príncipe heredero saudita de este abismal y vergonzoso asunto?

Permítanme agregar otra otra pregunta: ¿habrán colocado el rostro de Khashoggi hacia la Meca, si es que lo sepultaron? Quizá Mike Pompeo pudo preguntar a Mohamed bin Salmán, con una amplia sonrisa, cuando se reunió con él miércoles pasado, qué es lo que sabe del espantoso asesinato de un viejo amigo mío.

Eso no fue amable. Los sauditas son nuestros aliados –recordemos que los británicos seguimos patrocinándolos– y ellos nos dicen que los ataques con drones de los hutíes/iraníes fue "poner a prueba la voluntad global". ¿Nuestra respuesta al asesinato de Khashoggi también fue una prueba para la voluntad global?

No que yo quiera apaciguar a Irán con sus ahorcamientos, torturas e injusticias, pero me sorprendió que en estos acalorados días en Medio Oriente nadie –ni Irán, ni Estados Unidos, ni los israelíes– recordaran que esta semana marcó el 37 aniversario de la matanza de Sabra y Chatila: una atrocidad creada por las milicias cristianas israelíes que Tel Aviv tenía en Líbano, y que asesinaron a mil 700 personas, en su mayoría palestinos en campos de refugiados a los que fueron enviados por un ministro derechista de Likud en 1982. Sí, el mismo partido Likud para el cual Netanyahu probablemente ya perdió la elección israelí.

Siempre me sorprenden estos aniversarios y cómo los olvidamos. Cómo ni un solo presidente o primer ministro o rey llegó al desolado cementerio lleno de maleza enredada donde yacen esos hombres, mujeres y niños muertos en el oeste de Beirut. Aún recuerdo sus semblantes, el olor, la vileza de las fosas comunes entre las que caminé.

Hace unos días pasé por ahí en taxi y me sorprendí al darme cuenta de que yo mismo ya los había olvidado.

En 1982 Beirut era conocida como "la capital del terror". En 1983 un pequeño ejército de atacantes suicidas se lanzó contra la embajada estadunidense, los marines y paracaidistas franceses.

¿El ataque contra Arabia Saudita fue ordenado por Irán? ¿Inspirado por Irán? ¿Ese país con el que estadunidenses, europeos y rusos, en su momento, lograron un acuerdo nuclear? El cielo nos guarde de los enemigos que se convierten en nuestros amigos, para luego volverse enemigos de nuevo, y del aliado que decapita a uno de mis colegas.

Hay muchas opciones, nos dice ahora el presidente estadunidense.

En efecto, las hay.

Traducción: Gabriela Fonseca

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El Superior General padre Arturo Sosa, màxima autoridad de la Orden de los Jesuitas.

 “No hay duda de que hay una lucha política dentro de la Iglesia" afirma el padre Sosa, interrogado sobre la difícil situación del Papa. "Las criticas miran a la sucesión”, agrega.

La difícil situación del papado de Francisco, el próximo sínodo de obispos sobre Amazonas que se realizará en Vaticano en octubre y la situación en Venezuela, fueron los temas principales en los que se centró el encuentro con periodistas extranjeros que este lunes hizo en Roma la máxima autoridad de la Orden de los Jesuitas, el Superior General padre Arturo Sosa.

Nacido en Caracas en 1948, Arturo Marcelino Sosa Abascal, fue ordenado sacerdote en 1977. Es licenciado en Filosofía y doctor en Ciencias Políticas y fue profesor en varias universidades venezolanas. Como jesuita, entre otras cosas, fue consejero del Padre Superior de la orden en Roma. En 2016 fue el primer no europeo -de los 31 sucesores de Ignacio de Loyola que fundó la Compañía de Jesús en 1540- en ser elegido “papa negro”, el nombre que antiguamente se daba a la mayor autoridad de los jesuitas por su poder en la Iglesia y fuera de ella y dado que se vestía de negro como cualquier sacerdote, no de blanco como un pontífice.

En sus años de trabajo en Venezuela no era muy famoso. Pero en la década del 1990, más precisamente en 1992, su nombre salió a relucir cuando los autores de un intento de golpe de estado contra el presidente Carlos Andrés Pérez - entre los que estaba quien sería luego presidente de Venezuela, Hugo Chávez- pidieron que el padre Sosa actuara como mediador. Los militares que intentaron el golpe pero luego se rindieron, iban a ser trasladados a la cárcel y se temía por su suerte. Esa mediación hizo que algunos sectores lo acusaran luego de ser un “filochavista”.

Interrogado sobre la situación del papa Francisco -un jesuita como él-, al que sectores muy conservadores, especialmente de Estados Unidos, lo acusan de ser demasiado progresista y hasta “comunista” y tanto desde el exterior como dentro del Vaticano hay quienes boicotean su accionar, padre Sosa dijo que “hay opiniones muy distintas”. “No hay duda de que hay una lucha política dentro de la Iglesia. En esta lucha entra un elemento, el clericalismo, es decir la lucha por el poder dentro de la Iglesia. Y no es sólo un ataque al papa Francisco. El no cambiará, está muy sereno ante las críticas. Pero las críticas son también un modo de influir en la elección del próximo papa. Papa Francisco no es un jovencito, el suyo no será el más largo pontificado de la historia. Esas criticas miran a la sucesión”.

El papa Francisco, dijo además padre Sosa, “es hijo del Concilio Vaticano II. Y como tal, pone toda su energía y su capacidad para hacer realidad lo que el Vaticano II soñó para la Iglesia. Porque esa es la verdadera reforma de la Iglesia”. Padre Sosa hizo referencia en efecto al Concilio considerado por muchos como el más “revolucionario” que ha tenido la Iglesia hasta ahora, el que, entre otras cosas, ponía el acento en la participación de la gente y en los pobres, cosa que Francisco subrayó desde el primer día de su pontificado. “Cómo me gustaría una Iglesia pobre para los pobres”, fue su primera frase ante cientos de periodistas que asistieron a su primera rueda de prensa pocos días después de haber sido elegido papa en marzo de 2013.

En el pueblo de Dios “quien más favorable es al Vaticano II, tiene más resistencias. Pero hay que seguir luchando- Más de cincuenta años (desde aquel Concilio) no es tanto tiempo”, subrayó. Contó además que la Compañía de Jesús, que tiene unos 15.600 miembros repartidos en 110 países del mundo, en estos últimos años se ha interrogado sobre cómo actuar en tiempos de papa Francisco y ha adoptado “cuatro preferencias apostólicas”, es decir orientaciones, para los próximos diez años. Preferencias que buscan conseguir la “reconciliación y la justicia”. Esas preferencias son: indicar el camino hacia Dios, caminar junto a los pobres y excluidos, ayudar a los jóvenes a crearse un futuro de esperanza y contribuir a la Casa Común, es decir como el papa Francisco llama a la Madre Tierra en su encíclica ecológica “Laudato Si”. “Migrantes y refugiados”, ya estaban entre las prioridades de los jesuitas, “son un desafío y como tal, no puede ser descuidado ni sustituido”.

En cuanto al próximo Sínodo sobre Amazonas que se hará en el Vaticano en octubre y que ha adquirido particular relevancia después de los recientes incendios, padre Sosa contó que la Compañía de Jesús trabaja con la Red Panamazónica, que incluye muchas diócesis y organizaciones religiosas de numerosos países. Los jesuitas sobre todo trabajan en la parte brasileña del Amazonas. “La Iglesia quiere ofrecer soluciones al Amazonas. La pregunta que se tratará de responder en el sínodo es cómo nosotros debemos servir a esa comunidad y cómo resolver sus problemas. El sínodo será “un encuentro pastoral para intercambiar ideas y hacer una reflexión común, para América Latina y para el mundo”, indicó padre Sosa, no sin antes destacar además el concepto de “ecología integral”, que comprende “todas las dimensiones de la vida humana” en la que insiste el Instrumentum Laboris, es decir el documento base que abrirá los debates en el sínodo. “Los que piensan que ésta es una opción de izquierda, mejor que abran los ojos”, comentó el padre jesuita.

En Venezuela, dijo sobre su país, se requiere “no solo el cambio del gobierno sino el cambio del sistema” y que ambos sean “producto de la voluntad del pueblo”, medidas “tomadas democráticamente”. Hablar de elecciones en Venezuela “no es una utopía porque en el pueblo venezolano existe una cultura democrática”. Pero en su opinión, para conseguir esos objetivos es necesario el apoyo internacional.

 

Por Elena Llorente

Desde Roma

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Domingo, 08 Septiembre 2019 05:56

Hiper-conectados y ultra-vulnerables al 5G

Hiper-conectados y ultra-vulnerables al 5G

 El desembarco de las redes 5G viene acompañado de promesas de velocidades de descarga inusitadas, de entornos de máquinas que se comunican entre sí, de coches autónomos que, por fin, podrán circular, de intervenciones quirúrgicas a distancia. Las compañías tecnológicas anuncian el advenimiento de la enésima next big thing, el enésimo gran acontecimiento que lo cambiará todo (y gracias al cual, de paso, nos colocarán nuevos productos). Con su llegada, prometen, se abrirán por fin las puertas a nuevos mundos de realidad aumentada y virtual. Pero hay que tener presente la cara B del 5G: en un planeta hiperconectado, las posibilidades de que seamos hackeados, espiados y controlados por empresas y Gobiernos se multiplicarán.

Gloria, gloria, gloria al 5G, maná de la nueva era a punto de nacer. El entusiasmo por el advenimiento de las nuevas autopistas de la comunicación por las que circularán nuestros datos vuelve a retozarse en epítetos superlativos. Si atendemos a los cánticos de tecnológicas, operadoras y demás agentes del mercado, el 5G es the next big thing, el nuevo gran acontecimiento, el enésimo game changer, la clave que lo cambiará todo; conceptos periódicamente agitados para colocarnos nuevos productos.

El 5G desembarca envuelto en campañas de marketing y comunicación que anuncian un mundo hiperconectado de cirujanos que operarán, desde la distancia y en tiempo real, mediante un robot, a pacientes de otro continente; de granjas inteligentes en las que se siembre, riegue y coseche con eficiencia gracias al procesamiento de datos del suelo y el clima, y de coches autónomos compartiendo información al milisegundo que nos avisarán de que hay una placa de hielo tras la curva. No faltan voces que alertan de que nos encontramos ante un nuevo hype, un fenómeno hinchado que además esconde derivadas inquietantes.

Por lo pronto, el culebrón que rodea a este nuevo imán tecnológico no ha empezado mal: mandatarios con pinta de ogros enfrascados en una guerra comercial tras la que late la lucha por la supremacía mundial; promesas de velocidad, aromas de latencia y, por si faltaban ingredientes, perspectivas francamente favorables para todo el que quiera ser hacker en la nueva era. Bienvenidos a un mundo hiperconectado y ultravulnerable.

Nuestros móviles descargarán más rápido. Nos bajaremos películas en un segundo. El tiempo que transcurrirá entre que enviamos un mensaje y este llega —la latencia— será de un milisegundo —ahora oscila entre los 40 milisegundos y una décima de segundo—, por debajo del tiempo de respuesta de un ser humano. El 5G, quinta generación de telefonía móvil, permitirá desarrollar sistemas que harán que nuestro coche frene si el de delante lo hace. Y serán miles, pronto un millón, el número de dispositivos —móviles, aparatos, sensores— que puedan conectarse por metro cuadrado sin que ello afecte a la cobertura. Todo esto en el futuro: las redes comerciales desplegadas hoy en países como España son un 5G que aún se apoya en las redes 4G. La quinta generación de móvil, a pleno rendimiento, llegará, como pronto, a partir de 2021.

La información viajará por bandas de alta frecuencia, habrá antenas por doquier —farolas, mobiliario urbano— y por las nuevas autopistas de la información circularán ingentes cantidades de datos. Eso permitirá ver a gente jugando a videojuegos como Fortnite, League of Legends o Call of Duty, que hoy día solo ofrecen buen resultado con la conexión de casa, en el móvil; fábricas inteligentes con todas las máquinas de la producción conectadas y compartiendo información, y algún día no muy lejano, drones sustituyendo a los riders (mensajeros) en los repartos a domicilio.

Atender mejor y más rápidamente a los heridos en un accidente o cualquier otra emergencia también será más eficaz gracias al 5G. Pongamos por caso un accidente en el puerto de Valencia. Los servicios de emergencia podrán enviar un dron que emita imágenes en tiempo real que permitan calibrar la situación. Si es un atentado o si es un accidente. Los semáforos conectados se pondrán en verde para dar paso a las ambulancias. La furgoneta policial, al llegar al lugar de los hechos, podrá desplegar su propia red 5G si la zona ha perdido cobertura (el llamado network slicing, asignando comunicaciones de calidad en un lugar específico en cuestión de segundos). “El tiempo de reacción es un elemento crítico para salvar vidas”, enfatiza Jaime Ruiz Alonso, ingeniero de telecomunicaciones e investigador de Nokia Bell Labs.

Ruiz Alonso sabe de lo que habla. Hace dos años vivió en carne propia un incendio en la sierra de Gata, en Extremadura. Estaba en la localidad de Villamiel. Desde allí vio cómo se quemaban robles y pinares ante el empuje despiadado del fuego. Comprobó lo que es atender una emergencia con las comunicaciones caídas, sin drones que permitan obtener información sin exponer vidas de bomberos. Desde su equipo de innovación en Nokia, este palentino de 49 años se puso a trabajar en protocolos de telefonía para recuperar comunicaciones en casos de emergencia. Desarrolló un modelo con el 4G, pero explica que todo será más fácil con la siguiente generación de móvil. “Cuando esté desplegado el 5G, habrá protocolos para saber dónde están los usuarios y comprobar si se hallan atrapados en medio del bosque entre las llamas”, cuenta.

La combinación de 5G e inteligencia artificial, se supone, es la puerta de entrada al largamente cacareado Internet de las cosas (IoT, por sus siglas en inglés). Caminaremos por la calle de una ciudad inteligente con unas gafas o unos auriculares que nos dirán el nombre de esa persona con la que nos acabamos de encontrar y del cual preferimos acordarnos. La oportuna y valiosa información aparecerá sobreimpresionada sobre la realidad gracias a las gafas o nos será susurrada al oído. “Pasaremos a vivir en la realidad mixta” —también llamada realidad aumentada—, vaticina Xavier Alamán, catedrático de Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial de la Universidad Autónoma de Madrid. Estaremos esperando al bus con nuestras gafas, pero podremos ver por dónde va y si se está aproximando a nuestra calle. “Predecir es muy difícil, sobre todo el futuro”, espeta con sorna Alamán, parafraseando esa cita atribuida al físico Niels Bohr, “pero yo creo que de aquí a 10 años desaparecerán los móviles”.

Alamán, cordobés de 57 años, demuestra ser un entusiasta de las Microsoft HoloLens, unas gafas-visera parecidas a las de esquí que nos permiten interactuar con proyecciones de gráficos en 3D. Aportarán información a, por ejemplo, un mecánico, que podrá ver gráficos del interior del motor flotando en el aire mientras repara un automóvil. En un futuro no muy lejano, las gafas nos permitirán desplegar sobre la realidad (el vagón del tren) una pantalla de cine virtual en la que veremos la película (a escala muy superior a la de las actuales tabletas) mientras en un lateral leeremos los whatsapps o equivalentes. “Si todos dan el salto a ese tipo de dispositivo, el mundo cambiará más de lo que lo ha hecho con el teléfono móvil”, augura Alamán. La gente vivirá en un entorno que mezcla la realidad con lo virtual. La fiebre que se despertó hace tres años en el parque del Retiro con la caza de figuras virtuales de Pokémon GO es un simple aperitivo de lo que viene. Las velocidades y latencias del 5G (y el 6G, sobre el que ya se trabaja) son clave para este tipo de desarrollos.
Tras las gafas llegarán las lentillas. Y los tiempos de ir por la calle con la cabeza gacha mirando la pantalla del móvil serán historia.

La prestigiosa revista tecnológica Wired se aventuraba a anticipar de manera enfática, en el número del pasado marzo, el mundo que viene. Lo bautizaba como mirrorworld, el mundo espejo. Una plataforma tecnológica que replicará cada cosa del mundo real para ofrecernos su derivada virtual. Con los dispositivos de realidad aumentada, el cirujano verá una réplica en 3D de nuestro hígado mientras lo opera y contemplaremos con las gafas cómo era en los años treinta del pasado siglo, cuando fue bombardeado, el monumento que tenemos delante de nuestras narices.

El futuro que se abre en el mundo de los wearables, las tecnologías ponibles, gafas, relojes, auriculares, es algo por lo que apuestan muchas marcas, entre ellas Samsung. El gigante tecnológico coreano presentó su estrategia 5G el pasado mes de junio en un viaje de prensa a Corea —al que invitó a El País Semanal, junto a un selecto grupo de medios nacionales e internacionales—. Seúl, de hecho, es una de esas ciudades en las que se está cocinando el futuro de las telecomunicaciones. Y Corea es uno de los cuatro países que lideran la carrera del 5G, por detrás de Estados Unidos y China y junto a Japón, según un estudio de la consultora Analysys Mason.

La capital coreana es una ciudad de rascacielos y atascos por la que la gente transita en coches con los cristales tintados. De día, sus habitantes huyen del bochorno y la mala calidad del aire refugiándose en centros comerciales climatizados en los que dan lustre a la tarjeta de crédito. En su libro Problemas en el paraíso, el filósofo esloveno Slavoj Zizek la describía como epítome de un capitalismo tecnológico llevado al absurdo: trabajar hasta la extenuación para consumir como si no hubiera un mañana.

El despliegue del 5G está allí muy avanzado y se nota: el móvil va rápido. Se registran velocidades de hasta 820 megabits por segundo, el triple que con una conexión estándar en Madrid, con caídas a 400 en algunas zonas, según las pruebas realizadas por varios periodistas europeos. En esta ciudad avanzada, la sexta más poderosa del mundo según la revista Forbes, recibía DJ Koh, presidente y consejero delegado de Samsung Electronics, a la prensa europea en un hotel de lujo. Allí aseguró que los dispositivos inteligentes serán pronto más importantes que los propios teléfonos.

“Las infraestructuras 5G serán el motor y la fuerza de la cuarta revolución industrial”, sostiene Koh, ejecutivo de 57 años que procede de una familia pobre y que hizo un largo camino hacia la cima formándose, durante unos años, en el Reino Unido. La combinación de 5G e inteligencia artificial, asegura, lo va a cambiar todo. “El Internet de las cosas es lo que conectará a individuos, casas, fábricas, oficinas, ciudades y naciones. Y el automóvil conectará todos estos elementos”. En su opinión, en los próximos tres o cuatro años veremos cambios de mayor impacto que en la última década.

Los cuarteles generales de Samsung están en Sewon, a 80 kilómetros de Seúl. A ese espacio de torres de vértigo y largas avenidas vacías —excepto a la hora (más bien la media hora) de la comida— se llega por una autopista con las mismas señalizaciones verdes de las highways norteamericanas. Aquí la gente, como no podía ser de otro modo, también se entrega a las visionarias doctrinas de Stajánov, artífice intelectual de las jornadas sin límites. Los empleados (30.000 en la base central, 320.000 en todo el mundo) tienen en Sewon todo lo que uno necesita para echar el día y no pasar por casa más que para dormir: las inevitables mesas de pimpón, el club de yudo, salas para desarrollar los más variados hobbies, la piscina para ir a hacer unos largos…

En uno de sus edificios cuentan con una réplica de la casa del Internet de las cosas, un hogar que se gobierna con el móvil. El aire acondicionado se acciona desde el coche, antes de llegar a casa, con una orden de voz. La puerta se abre cuando detecta nuestro teléfono. Al llegar a la nevera, tenemos en ella una pantalla desde la que pinchamos música, consultamos el pronóstico del tiempo o vemos las fotos del día (esto ya es una realidad). En el salón, en un televisor de 98 pulgadas, se proyectarán imágenes de quién llama a la puerta o de las cámaras de seguridad exteriores, además de las de canales y plataformas, claro.

Samsung afirma haber vendido un millón de teléfonos 5G en Corea en los primeros 87 días tras su lanzamiento. Ya ha desplegado redes de 5G en seis ciudades. En dos o tres años, aseguran, habrán cubierto todo el país.

España, por su parte, no está a esos niveles en el desarrollo del 5G, pero no va tan mal. Cuenta con un despliegue de fibra óptica [infraestructura sobre la que se extienden las redes 5G] superior al del Reino Unido, Francia y Alemania juntos, según explica en su blanca oficina el secretario de Estado de Agenda Digital, Francisco Polo. A escala europea, es uno de los tres Estados miembros de la UE que más ensayos de funcionamiento han llevado a cabo, según los informes del Observatorio 5G europeo. “Mi esperanza es que el 5G nos dé una nueva oportunidad”, declara Polo. “Si el despliegue de infraestructuras determinara el avance tecnológico de los países, España ya sería una potencia mundial”.

La quinta generación de telefonía móvil tendrá un impacto económico de 12 billones de dólares para 2035, según la consultora IHS Markit. Muchos actores del sector hablan de una nueva fase de reindustrialización, de una revolución industrial.

El desarrollo de esta nueva tecnología a escala planetaria sufrió un serio varapalo el pasado 16 mes de mayo cuando el presidente Trump firmaba una orden ejecutiva prohibiendo la venta de bienes y servicios a la compañía china Huawei, primer proveedor mundial de redes 5G.

Estamos en el momento del despliegue de infraestructuras, de firma de contratos, y en Estados Unidos preocupa que las vías por las que circularán ingentes cantidades de datos, y de las que dependerán infraestructuras críticas, estén en manos del enemigo. Tras el veto latía la acusación, sin pruebas, de que la tecnología china contiene “puertas traseras”, agujeros propicios para el espionaje. “Nunca han proporcionado evidencias ni hechos, ni ha habido un proceso judicial”, asegura en los cuarteles generales de la firma china en Madrid Tony Jin Yong, consejero delegado de Huawei. “Vetar a una empresa privada que tiene relaciones comerciales con compañías norteamericanas es realmente estúpido. Y muy cortoplacista”.

Huawei tiene presencia en 170 países y ha suscrito ya 50 contratos con operadores de todo el planeta, según los datos que facilita la compañía. Fueron los primeros, enfatizan, en poner a disposición de sus clientes una red 5G completa de extremo a extremo —solo tiene un puñado de rivales como proveedores de redes: Nokia (Finlandia), Ericsson (Suecia), Samsung (Corea), DoCoMo (Japón) y ZTE (China)—. Se están desplegando por el mundo ofreciendo precios muy competitivos. Y todo ello contribuye a que Jin Yong estime que Huawei está siendo usado en la guerra comercial entre EE UU y China. “Si no puedo competir contigo y superarte, te veto”, dice Yong, molesto. “Es una lógica ridícula. Y están utilizando su poder como nación contra Huawei, una compañía privada”.
La marca acusó una caída del 30% en las ventas de móviles en España en la primera semana tras la crisis desencadenada por Trump.

El analista e investigador bielorruso Evgeny Morozov, autor de la reciente e incisiva colección de ensayos Capitalismo Big Tech, va más allá en su análisis de la crisis: “Cualquier país razonable puede apreciar que EE UU está dispuesto a utilizar herramientas de extorsión para ganar alguna ventaja en las negociaciones comerciales”, dice en conversación telefónica desde el sur de Italia. Morozov no descarta la existencia de puertas traseras en equipamientos de Huawei, pero añade: “La probabilidad de que los dispositivos y accesorios que llegan de EE UU tengan agujeros y puertas traseras es aún más alta. Los estadounidenses han estado escuchando nuestros teléfonos durante años y este es un escándalo que Europa aún tiene que abordar. Técnicamente hablando, preocuparse de la vulnerabilidad de nuestras redes no tiene sentido porque ya son vulnerables: está claro que la NSA [agencia de inteligencia estadounidense] tiene una manera de monitorizarlas”.

El futuro, en cualquier caso, se presenta más vulnerable. Aunque los expertos aseguran que las redes 5G son a priori más seguras que sus predecesoras, la mera multiplicación de millones de antenas y el crecimiento exponencial de los dispositivos conectados en el IoT ofrecerán nuevas y suculentas oportunidades para el hackeo. “Cuanta más tecnología utilizamos, más vulnerables somos”, afirma el experto en seguridad informática David Barroso; “cuanto mayor es la exposición, peor”.

Barroso, fundador de CounterCraft, empresa de contrainteligencia digital que elabora un producto dirigido a Gobiernos y grandes compañías para poner trampas a los atacantes, asegura que el peligro vendrá por las brechas de seguridad de dispositivos que la industria pondrá en venta sin las medidas de seguridad necesarias. Algo que, dice, ya ocurre: cada nuevo dispositivo conectado (coches, frigoríficos, webcams instaladas en casa, asistentes personales) tiene una tarjeta SIM; a veces los fabricantes instalan contraseñas fáciles para que los administradores accedan a ellos sin complicaciones: estamos expuestos.

Si alguien consigue acceder a los mandos de un coche autónomo, hacer que parezca un accidente será más fácil. No hablemos de los mandos de un avión.

El coordinador europeo de lucha antiterrorista Gilles de Kerchove emitió el pasado mes de junio un informe en el que alertaba del riesgo de emergencia de nuevas formas de terrorismo mucho más letales a raíz del despliegue de las redes 5G y de los avances en inteligencia artificial. Las computadoras cuánticas podrán descifrar datos encriptados; los aparatos interconectados podrán ser manipulados a distancia y volverse contra nosotros, y la biología sintética permitirá recrear virus fuera de los laboratorios, según señala en su informe. Europa quiere una política de ciberseguridad común.

La polémica sobre todas las vulnerabilidades de las redes despierta además el debate de si poner infraestructuras críticas en manos privadas, sea cual sea su procedencia, es una buena idea.

Las prevenciones ante el desarrollo del 5G no se frenan ahí. Hay voces que se alzan contra algo que, dicen, ahondará la brecha digital, que conectará todavía más a los ya conectados. Peter Bloom, fundador de Rhizomatica, asociación civil que despliega redes alternativas para abastecer a lugares remotos o aislados, sostiene en una colección de ensayos que el problema del 5G es que no está centrado en los humanos, sino en las máquinas. Son ellas las que se comunican entre sí, no nosotros. “Cuando la gente ya no es el foco intrínseco del sistema de comunicación”, escribe, “entonces algo fundamental ha cambiado en la naturaleza de la Red”.

Cuanta más tecnología usamos, más problemas resolvemos, sí, y también más creamos. La hiperconectividad viene cargada de facilidad de acceso, rapidez, agilidad en las comunicaciones, nuevas comodidades. Pero cuantos más dispositivos haya y más información compartamos por el éter, más vulnerables seremos y más posibilidades habrá de que nos vigilen,  de que nos espíen y, por tanto, de ser manipulados.

Por Joseba Elola

8 SEP 2019 - 03:01 COT

Viernes, 06 Septiembre 2019 06:14

Agnés Heller: críticas y negaciones

Agnés Heller: críticas y negaciones

I. Mientras G. Lukács solía ir renegando de sus obras y aceptando reprimendas de la ortodoxia comunista, ofrecía "autocríticas" sin perder la fe en el socialismo, A. Heller (1923-2019), su recién fallecida (bit.ly/34fZap0) alumna más conocida, en su paso desde marxismo hacia posmodernismo, lo abandonó por completo, renegó muchas de sus ideas y empezó a defender el mercado y la democracia liberal internalizando demandas de la ortodoxia capitalista. Después de dar, junto con otros miembros de la Escuela de Budapest, nueva vida al marxismo –en oposición al materialismo dialéctico ( diamat) dominante− rescatando al "joven Marx" y desarrollando un novedoso trabajo teórico ( Teoría de las necesidades en Marx, 1976) –posteriormente repudiado ( Una revisión de la teoría de las necesidades, 1993)−, se dedicó a la antropología y a la sociología de la vida cotidiana. Abrazando el individualismo neoliberal, enfatizaba que lo único que necesitábamos era "ir cambiando nuestras vidas" (bit.ly/2k0vvy7). Calificando la "transición democrática" post-89 como una "gloriosa revolución posmoderna en contra de un experimento fallido de la modernidad [el comunismo]", abandonó cualquier esperanza en la emancipación colectiva. No obstante poco antes de la implosión del "socialismo real" junto con otros lukácsianos −de los cuales todos, salvo I. Mésárosz acabaron en posiciones parecidas− escribía "que el mundo necesitaba más socialismo, no menos" (F. Fehér, A. Heller, G. Márkus, Dictatorship over needs, 1983, p. xiii).

II. Tras tener que exiliarse en los setenta –en Melbourne y luego Nueva York, dónde ocupó la misma cátedra que H. Arendt (The New School for Social Research)−, regresó a Hungría. En años recientes fue una de las más feroces y valientes voces críticas de V. Orbán. Según ella, Hungría era el país del ex bloque soviético donde ocurrió "la más radical eliminación de la libertad". En Orbán veía un advenimiento de una "tiranía" (término "populismo" según ella no aportaba nada) −no un tipo de gobierno como democracia o fascismo, sino "una manera de gobernar", "una corrupción del capitalismo" [sic]− y de una "re-feudalización": Orbán decide todo y reparte el botín entre su oligarquía (bit.ly/32j5hY5). Pero incluso en medio de estas críticas, resaltaba su abandono del marxismo: según ella el auge de los "tiranos" (Orbán, Erdoğan, Putin) es posible “porque ya no vivimos en una sociedad de clases – ergo: "éstas ya no existen" [sic]−, sino en una de masas” (nyti.ms/2PLb4PH) y porque "ya no hay conflicto derecha-izquierda" [sic]: "hoy la lucha es entre los que destruyen el estado de derecho y los que quieren restablecerlo" (bit.ly/2lY8dcN).

III. Para Heller, proveniente de una familia judía de clase media, el Holocausto −en el que pereció su padre deportado a Auschwitz junto con otros 450 mil judíos húngaros por un gobierno colaboracionista con Hitler y del que ella se salvó "gracias a pura suerte y sentido común"−, siempre era una latente cuestión filosófica: "¿cómo era posible que ocurriera algo así?", "¿cómo entenderlo?". “Me prometí resolver el secreto sucio del siglo XX, el secreto de varios millones de cuerpos ‘producidos’ por los genocidios en nombre del humanismo e Iluminación” ( A short history of my philosophy, 2010). No obstante esta búsqueda –junto con su paso por el comunismo soviético− sólo la hizo dudar en la humanidad y en la razón.

IV. Fustigando el latente antisemitismo de Orbán (bit.ly/2zDtDzB), sus políticas de odio hacia refugiados y minorías (roma/sinti etcétera) y la perversa instrumentalización de la figura de G. Soros, un empresario húngaro-judío-estadunidense, que según él "financia la llegada de los migrantes musulmanes para aniquilar a la Europa cristiana", Heller, en su preocupación "por la suerte de la civilización occidental" −al abrazar las teorías funcionalistas de la modernidad y acabar prácticamente en posiciones neo-conservadoras− de repente usaba el mismo lenguaje que la propia derecha xenófoba: "el islam es el totalitarismo más extremo" (bit.ly/2NJU4Mi). Criticando el "nacionalismo estúpido" de Orbán (bit.ly/2Zx6FcQ) −y viéndolo en general como una gran amenaza− dejaba de lado su caso más radical: el Israel de Netanyahu, ignorando también similitudes entre ambos políticos y su bizarra alianza en plataforma etnonacionalista y antinmigrante que resulta incluso en el blanqueamiento del papel de Hungría en el Holocausto (bit.ly/2ks4MKZ).

V. A pesar de sus "negaciones", Heller –junto con A. Gorz (1923-2007)− sigue siendo una pionera de la ecología política (bit.ly/2LhpI0w). Su redescubrimiento del concepto de las "necesidades radicales" en Marx –las que no pueden ser satisfechas dentro de la economía del mercado− y su reconceptualización, como buena alumna de Lukács, desde el punto de vista de la alienación que genera toda una serie de necesidades artificiales "irreales desde el punto de vista ecológico", son más actuales que nunca en tiempos en que el actual patrón de consumo es insostenible y suicida. Lo mismo aplica a su premisa que para evitar la trampa de "tener las necesidades dictadas" (véase: Dictatorship...”) hay que movilizarnos y echar a andar "un proceso desde abajo" que de modo democrático identifique las "necesidades racionales" realizando “una comúnmente desarrollada –subrayaba aún en su época de esperanzas− crítica de la vida cotidiana”.

Por Maciek Wisniewski, periodista polaco

Publicado enCultura
Miércoles, 04 Septiembre 2019 05:32

Repensar la utopía

Repensar la utopía

¿Tiene sentido reivindicar la utopía? Más que nunca. En tiempos de indigencia política en los que el progreso social corre el riesgo de estancarse, e incluso de invertirse, y donde el pensamiento único campa a sus anchas, es la única opción coherente.

 

La utopía secularizada relata cómo los avances sociales se consiguen únicamente mediante la protesta social y la movilización ciudadana, a veces tras décadas o siglos de insistencia. El mundo no mejora por sí solo.
Francisco Martorell. “Soñar de otro modo”.

 

Corren malos tiempos para la utopía política, esto es, para la concepción de modelos sociales que aspiren a construir un mundo más justo reorganizando nuestras instituciones. La esperanza social se ha reducido a un esqueleto de ilusión: son Google y las grandes compañías las que nos prometen ahora la sociedad de la abundancia. Mientras la utopía política desaparece, las distopías, creadas en el periodo de entreguerras del siglo pasado, se adueñan de la cultura entera. Moviéndose entre obras inquietantes y de alta calidad a otras, la mayoría, dirigidas al disfrute sensacionalista de las masas, el éxito de la distopía denota que la fe ilustrada en un futuro mejor ha dado paso al miedo postmoderno a un futuro peor. Da igual que nos fijemos en la ciencia ficción o en la filosofía, en el activismo o en el arte: un estado de ánimo distópico monopoliza el ambiente, extendiendo la pasividad y el derrotismo, actitudes muy del gusto del establishment.

Francisco Martorell Campos, doctor en Filosofía y miembro del grupo de estudios Histopía, explica en Soñar de otro modo. Cómo perdimos la utopía y de qué forma recuperarla (La Caja Books, 2019) cómo llegamos a esta situación. Fue con el nacimiento del neoliberalismo cuando se declaró de forma definitiva la impertinencia del pensamiento utópico y se propagó el dogma, apuntalado en 1989, de que “no hay alternativa”. Desde entonces, todo queda en manos del individuo, y buscar la transformación social de manera programática se contempla como un objetivo absurdo, anticuado y peligroso. Vivimos, se dice, en el mejor, o menos malo, de los mundos posibles. El argumento de base es que la historia demuestra que siempre que las utopías trataron de convertirse en realidad terminaron en tragedia. Como antídoto, el neoliberalismo invita a fijar en las “preferencias” y “esfuerzos” individuales el camino hacia la felicidad. Eso implica, entre otras cosas, la progresiva degradación de lo público y el auge simultáneo de lo privado, la sustitución del nosotros por el yo y la reducción de la existencia a un juego solitario atravesado por el riesgo y la incertidumbre.

Pese al empeño neoliberal de blanquear el orden dominante, es fácil descubrir trazos distópicos en sus dominios. La crisis de 2008 y su multitud de secuelas perniciosas, el ascenso de la extrema derecha o el desastre medioambiental prueban la necesidad de luchar por un futuro distinto, libre de los males vigentes. Pero no actuamos en consecuencia. De una forma u otra, hemos interiorizado la cosmovisión neoliberal. Nos hemos acostumbrado a vivir en una distopía light y a pensar distópicamente. O lo que es lo mismo, a contemplar con resignación a las víctimas –parados, emigrantes, trabajadores precarios, ancianos o niños desamparados- que genera. Lo máximo a lo que ambicionamos es a rescatarlas, a impedir este o aquel despropósito concreto (un desahucio, un vertido ilegal, etc.), a defender los logros heredados..

Desutopizados por completo, actuamos y meditamos a corto plazo, a pequeña escala y a la defensiva, huérfanos de alternativas globales al sistema imperante, sin iniciativa ni proyectos de transformación a largo plazo. Al morder el anzuelo de que la utopía es necesariamente tóxica, renunciamos a forjar el porvenir y olvidamos que, aunque abrigó cuantiosos aspectos totalitarios durante la modernidad, inspiró, de igual manera, los aspectos más edificantes del mundo en el que vivimos. Pocos recuerdan que el sufragio universal fue en su día una medida utópica, por no hablar de los derechos de la mujer. Y menos aún los que se hacen cargo de que el programa tipo de las formaciones socialdemócratas de los cincuenta y sesenta parecen hoy revolucionarios.

Deseoso de revertir la situación, Francisco Martorell propone una renovación de la utopía política capaz de alejarla de cualquier forma de autoritarismo y de reinstaurar el impulso utópico en la teoría y la práctica transformadoras. Para ello, recorre la historia de la utopía literaria, desde Tomas Moro hasta Kim Stanley Robinson, pasando por H. G. Wells y Úrsula K. Le Guin. Este periplo, que incorpora un recorrido análogo alrededor de la distopía, se desarrolla en torno a tres áreas: la naturaleza, la historia y la sociedad. Partiendo de las transformaciones recientes producidas en cada una de ellas y desenmascarando los aspectos ideológicos de fenómenos como el ecologismo, el transhumanismo, el conservacionismo, la nostalgia sistémica, las políticas de la memoria, las redes sociales y las políticas de la diferencia, Martorell sugiere cómo debería desplegarse la utopía para desprenderse de sus nocivos fetiches modernos (la naturaleza pura, la historia dotada de sentido intrínseco, la sociedad armónica-totalizada), para sortear las trampas postmodernas de lo políticamente correcto y colmar las necesidades emancipatorias actuales.

¿Tiene sentido reivindicar la utopía? Más que nunca. En tiempos de indigencia política en los que el progreso social corre el riesgo de estancarse, e incluso de invertirse, y donde el pensamiento único campa a sus anchas, es la única opción coherente. La propuesta de Martorell de una utopía secularizada, que apueste por políticas concretas como la renta básica o el reparto del trabajo, nos permite recuperar cierta esperanza, no en el porvenir por sí solo, tal como nos anuncian los tecnólogos, sino en la capacidad de imaginar, planear y construir juntos un mañana mejor. Nos sacude la parálisis, el victimismo y el entontecimiento letárgico procedente de la sociedad actual, rendida a la distopía del “no hay alternativa”. Nos enseña, de paso, cómo renunciar a la utopía es el síntoma principal de que el neoliberalismo nos ha derrotado, por muy anti-neoliberales que nos guste exhibirnos…

Por Leo Sousa / Andoni Alonso


publicado

2019-09-04 08:00

Publicado enCultura