Italianos descubren molécula que bloquea la enfermedad de Alzheimer

Roma. Científicos italianos descubrieron una molécula que bloquea la enfermedad de Alzheimer, informó este lunes el periódico Il Messaggero.

“Descubren la molécula que rejuvenece el cerebro, favoreciendo el nacimiento de nuevas neuronas y combatiendo los defectos que acompañan las fases precoces de la enfermedad de Alzheimer”, precisó el rotativo.

El estudio fue coordinado por los científicos de la Fundación Ebri Rita Levi-Montalcini, en colaboración con el Centro Nacional de Investigaciones, la Escuela Normal Superior y el Departamento de Biología de la Universidad Roma Tre.

Al hacer experimentos con ratones, los científicos lograron neutralizar los A-beta oligómeros que se acumulan en las células madres del cerebro, causando el desarrollo de la enfermedad.

Los investigadores introdujeron el anticuerpo A13 en las células madres del cerebro de un ratón enfermo, con lo cual reactivaron el nacimiento de neuronas, rejuveneciendo el órgano.

Recupera lo perdido

El diario destaca que esta estrategia permite recuperar 80 por ciento de lo perdido por la patología en la fase inicial.

El estudio abre la posibilidad de desarrollar nuevos modos para diagnosticar y curar el Alzheimer.

Antonino Cattaneo, uno de los científicos que participaron en el estudio, aseguró que el uso terapéutico del anticuerpo A13 permitirá neutralizar los A-beta oligómeros dentro de las neuronas, donde se forman por primera vez, combatiendo así el efecto más precoz posible en la evolución de la patología.

Martes, 05 Noviembre 2019 06:19

La mujer resistente al alzhéimer

 María Nelly (derecha), una de las pacientes con alzhéimer hereditario de Antioquía (Colombia) que participa en el estudio de esta enfermedad liderado por Francisco Lopera, junto a su hija Yaned. Steve Russell/Getty Images

 El hallazgo de una paciente casi inmune a la demencia hereditaria temprana abre el camino hacia nuevos tratamientos

Durante generaciones, miles de habitantes de la región colombiana de Antioquia han vivido una de las peores maldiciones que puedan imaginarse. Todos ellos tienen una mutación en el gen de la presenilina 1 que hace que con un 99,9% de probabilidades desarrollen alzhéimer poco después de cumplir los 40 años. El hecho de que gran parte de Antioquia haya sido una región de difícil acceso durante siglos ha favorecido el aislamiento de sus habitantes y ha extendido la enfermedad debido a que muchos están emparentados. Desde que el neurólogo colombiano Francisco Lopera descubrió esta situación hace 30 años, este departamento se ha convertido en el epicentro de la búsqueda del primer tratamiento efectivo contra el alzhéimer hereditario y, posiblemente, también contra su variante esporádica, la más común.

El alzhéimer es devastador por muchas razones. Comienza de forma silenciosa unos 20 años antes de que aparezca ningún síntoma y una vez se diagnostica es demasiado tarde para revertirlo. Aunque se han hecho múltiples intentos de conseguir un fármaco efectivo aún no existe ninguno y muchas grandes farmacéuticas han desistido de desarrollar nuevos fármacos tras resultados negativos. Su incidencia va en aumento por el envejecimiento de la población. Solo en España 800.000 personas sufren la enfermedad y cada año se diagnostican 40.000 casos nuevos, según la Sociedad Española de Neurología. Ni siquiera están claras sus causas.

“En Colombia conocemos ya unos 6.000 miembros de la misma familia, todos emparentados, que tienen esta mutación, así que podemos hacer estudios estadísticamente significativos para demostrar si un fármaco contra el alzhéimer funciona o no”, explica Kenneth Kosik, investigador de la Universidad de California en Santa Bárbara. En 2013 arrancó en Antioquia un ensayo clínico con casi 300 personas, unas con la mutación, otras sin ella, para demostrar si el fármaco crenezumab, desarrollado por la biotecnológica californiana Genentech, propiedad de Roche, puede evitar el alzhéimer. Es un estudio casi imposible de realizar en ningún otro lugar del mundo, pues aquí los médicos saben quién desarrollará alzhéimer con casi total seguridad. Los resultados se esperan para 2022, pero gracias a los análisis médicos de los participantes se ha identificado a la única persona resistente a la mutación patológica y la enfermedad que provoca.

Se trata de una mujer que ahora tiene 73 años y que es la primera entre 6.000 portadores conocidos de la mutación que llegó a los 70 años sin rastro de alzhéimer, explican Lopera, Kosik y otros investigadores de Colombia y EE UU en un estudio publicado hoy en Nature Medicine. La mujer ha pedido a los médicos y científicos que no desvelen su identidad porque quiere mantener su anonimato.

Cuando los responsables del trabajo estudiaron el cerebro de esta mujer, vieron que estaba atestado de proteína beta amiloide, el primer marcador molecular del alzhéimer. Estas placas seniles se empiezan a formar 10 o incluso 20 años antes de que la persona sienta ningún síntoma. Pero para que alguien tenga alzhéimer diagnosticado debe haber un segundo marcador que aparece posteriormente: los ovillos de proteína tau que impiden que las neuronas se comuniquen entre sí y que, por un mecanismo que aún no está claro, podrían desencadenar la muerte neuronal y la destrucción de la memoria que caracteriza la enfermedad, que es la principal causa de demencia a nivel mundial. La paciente colombiana tenía unos niveles de tau muy bajos y no desarrolló alzhéimer.

Los investigadores han averiguado cómo se origina la resistencia de esta paciente al alzhéimer a nivel molecular. Esta mujer lleva dos copias del gen APOE 3 Christchurch, una variante rarísima del gen APOE 3. El APOE es el gen que más contribuye al alzhéimer y existen tres alelos, o variantes. La 2 da menos riesgo de lo normal de sufrir alzhéimer, la 4 lo aumenta significativamente, y la 3 es más o menos neutral. Después de analizar el cerebro de la paciente con máquinas de resonancia magnética, secuenciar su genoma y realizar otras pruebas, la colombiana Yakeel Quiroz, investigadora del Hospital General de Massachusetts, en Boston, ha desarrollado un anticuerpo que imita el efecto de la mutación que llevaba esta paciente. Esto ha desvelado cómo puede ejercer su función protectora.

 “Lo que hemos visto es que la proteína que genera el gen APOE de esta paciente interfiere en la unión de las proteínas APOE y HSPG, que fomenta la acumulación de proteínas amiloides y también tau”, explica Quiroz. Esto puede explicar por qué aunque su cerebro mostraba el primer marcador clásico del alzhéimer, no había muestras del segundo y las neuronas conservaban toda su funcionalidad a pesar de que en teoría el cerebro debería estar devastado por el alzhéimer desde hace 30 años. En su estudio, los investigadores dicen que se podría desarrollar un anticuerpo similar u otra molécula que reproduzca este mecanismo para probar si funciona como primer tratamiento contra el alzhéimer hereditario y, posiblemente, también el esporádico.

Quiroz advierte de que es muy pronto para que este descubrimiento pueda ayudar a las personas que sufren la enfermedad en la actualidad y explica que es necesario aún mucho trabajo. El siguiente paso es caracterizar a la perfección el mecanismo molecular detrás de este efecto protector y, a continuación, empezar un ensayo clínico en pacientes con una molécula que lo imite para ver si también puede proteger a personas que no tienen la mutación de esta paciente. Aunque a nivel molecular el alzhéimer hereditario y el esporádico son muy parecidos, dice Quiroz, también hay que demostrarlo. Es un proceso que en el mejor de los casos puede llevar cinco o incluso 10 años, señala. “La paciente tiene ahora 73 años y vemos que ha empezado a mostrar signos de demencia leve, pero aún así es espectacular, pues debería haber sufrido la enfermedad hace 30 años. Si pudiéramos imitar lo mismo en la población general retrasaríamos la aparición de la enfermedad tres décadas”, resalta. Quiroz añade que tiene hijos, por lo que probablemente hay más personas que llevan su mutación protectora y ahora están intentando encontrarlas.

Otro de los objetivos es encontrar la familia en la que se originó la mutación que condena a sufrir alzhéimer. Kosik explica que su equipo piensa que la variante genética llegó a América desde España con los conquistadores, hace 500 años. Su equipo está colaborando con científicos españoles para intentar localizar familias españolas en las que también haya alzhéimer hereditario, quizás debido a la misma variante en el gen de la presenilina 1. Otra opción es que esa mutación "se haya extinguido", reconoce.

Expertos independientes consultados sobre el trabajo destacan su interés, pero piden cautela. “El trabajo abre claramente un enfoque terapéutico”, opina Alberto Rábano, director del banco de cerebros de la Fundación CIEN, con 155 órganos donados por pacientes del Centro Alzhéimer Fundación Reina Sofía. El experto destaca que este trabajo refuerza la idea de que es la acumulación de la segunda proteína patógena, la tau, la que desencadena la dolencia. “Hay que tener mucha prudencia porque aquí solo se muestra una de las posibles vías por las que aparece la enfermedad, pero tener una sola forma de evitar la acumulación de proteína tau es algo muy importante. Un fármaco de este tipo sería el que habría que dar a las personas con deterioro cognitivo leve a las que hoy en día no podemos ofrecer nada. Este descubrimiento nos obliga a explorar este camino”, resalta.

Desde el punto de vista del conocimiento de la enfermedad, el estudio es importante porque “muestra que hay factores genéticos protectores ante la dolencia”, destaca Jesús Ávila, director científico de la Fundación Centro de Investigación de Enfermedades Neurológicas. Ávila señala que en 2012 se identificó otra mutación en personas de Islandia que les protegía de los efectos de otra forma de alzhéimer hereditario, en este caso provocado por un defecto en el gen de la proteína precursora amiloidea. Al igual que en Antioquia, este tipo de defectos se hicieron más prevalentes en los islandeses debido al aislamiento de su población y la consanguineidad.

Carlos Dotti, experto en alzhéimer del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, explica que “estos mecanismos no solo están presentes en esta paciente gracias a su mutación, sino que también están fuertemente operativos en individuos de edad avanzada”. “La mayoría de personas de más de 80 años no desarrolla alzhéimer a pesar de que en muchos de ellos la cantidad de placas de amiloide es muy alta, tanto o más que en individuos que sí desarrollaron demencia. Una de las explicaciones más lógicas a la falta de demencia en un ambiente con gran cantidad de amiloide es la robustez de mecanismos de defensa. Lamentablemente, no hay trabajos que demuestren la importancia en los mecanismos de resiliencia para evitar el desarrollo de alzhéimer, pero este estudio sugeriría que mecanismos parecidos al que protege a esta señora podrían estar involucrados”, añade.

Por Nuño Domínguez

5 NOV 2019 - 04:02 COT

Nuevos implantes cerebrales podrían dar poderes telepáticos

La Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural también advierte que esta tecnología podría dar a los gobiernos y las empresas el poder de leer el pensamiento y por lo tanto debe ser regulada.

A raíz de los nuevos avances tecnológicos que ahora incurren en el desarrollo de sofisticadas interfaces neuronales que conectan el cerebro humano con una computadora, la Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural discute el potencial de estas tecnologías para la sociedad y pone sobre la mesa las preocupaciones éticas sobre el manejo de estas innovaciones.

En un nuevo informe titulado 'iHuman: Blurred lines between mind and machine' (iHuman: líneas borrosas entre la mente y la máquina), la asociación científica británica describe las interfaces neuronales como dispositivos implantados en el cuerpo o usados externamente, que pueden registrar o estimular la actividad en el cerebro y en el sistema nervioso.

Como señalan, actualmente existen diversas aplicaciones de esta tecnología en dispositivos que ayudan a tratar los temblores de la enfermedad de Parkinson, estimuladores para la recuperación de pacientes que han sufrido un accidente cerebrovascular e implantes cocleares que transmiten sonidos a personas con pérdida auditiva, entre otros. Además, en un futuro no tan lejano se podrían aplicar para la comunicación directa de cerebro a cerebro, es decir, el intercambio de pensamientos, y para el tratamiento de enfermedades más complejas como el alzhéimer.

A pesar de los beneficios de estos avances que son y serán múltiples, con este informe los especialistas establecen recomendaciones para garantizar que se extiendan marcos éticos para la aplicación y desarrollo de estos dispositivos y plantean cuestiones sobre cómo estas interfaces desafían la esencia de un ser humano. Además, resaltan que, aparte de los peligros de la comercialización de estos productos, también podría caber la posibilidad de que las grandes compañías tecnológicas tuvieran acceso a los pensamientos e ideas de las personas.

Asimismo, las empresas podrían pedir a sus empleados que usen estas interfaces para revelar sus sentimientos. Si se pudiera acceder a los pensamientos, entonces podrían ser utilizados por corporaciones en sus esfuerzos por comercializar bienes y servicios o por políticos o activistas que buscan reclutas para sus causas, subraya el informe.

Interfaces cerebrales en marcha

En julio pasado, Elon Musk anunció que la compañía Neuralink desarrolla 'hilos' flexibles para ser implantados en el cerebro humano que permiten la transferencia de grandes cantidades de datos para permitir que las personas con síndrome o parálisis controlen una computadora o un teléfono.

Del mismo modo, Facebook financia un proyecto para crear un sistema capaz de traducir señales cerebrales a textos, que permitiría ayudar a pacientes que hayan perdido parcial o totalmente su capacidad de hablar debido a parálisis faciales a raíz de derrames cerebrales, lesiones de la médula espinal o enfermedades neurodegenerativas.

Publicado: 12 sep 2019 10:41 GMT

Cerebro de un adicto a las metanfetaminas, que recibe la terapia en el hospital Ruijin. Abajo, los médicos observan el órgano en una computadora.Foto Ap

Shanghái. Un equipo de médicos en China ensaya un tratamiento innovador que involucra la inserción de electrodos en el cerebro a fin de curar a los drogadictos. La esperanza es que con esa tecnología la adicción quede, literalmente, "apagada" mediante un interruptor.

El tratamiento, llamado estimulación cerebral profunda, se ha usado desde hace años para curar males neurológicos como el de Parkinson. Ahora, los primeros ensayos del tratamiento contra la adicción a las metanfetaminas se realizan en el Hospital Ruijin de Shanghái, junto con experimentos paralelos contra la dependencia a los opioides.

El tratamiento involucra una operación en que se implantan electrodos en el cerebro al paciente, los cuales actúan como una especie de marcapasos que estimulan las áreas señaladas.

El uso de la estimulación cerebral para combatir la drogadicción ha tropezado con obstáculos en Occidente, pero China parece estar perfilándose como el nuevo centro mundial para esos tratamientos.

Los científicos en Europa han tenido problemas en reclutar a drogadictos para sus experimentos, y en Estados Unidos los dilemas éticos, sociales y científicos han entorpecido la introducción del procedimiento, más aun cuando allí los implantes cuestan 100 mil dólares cada uno.

China tiene un largo historial de aplicar la cirugía cerebral para curar la drogadicción, pero a la vez ello le ha valido controversias costosas. Incluso hoy día, el país asiático tiene leyes contra el uso de drogas que obligan al acusado a pasar años bajo tratamiento forzado o lo sentencian a campamentos de trabajo para su "rehabilitación".

Sin embargo, lo cierto es que China tiene gran cantidad de pacientes, un financiamiento público abundante y ambiciosas empresas médicas dispuestas a pagar por estudios sobre estimulación cerebral.

En el mundo hay ocho sitios oficialmente registrados para combatir la drogadicción con la estimulación cerebral, según los Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos. Seis están en China.

Sin embargo, la magnitud y el sufrimiento humano provocado por la epidemia de los opioides podría llevar a las autoridades de salud estadunidenses a cambiar de opinión y la cirugía experimental que se practica en China está en camino en Norteamérica: en febrero la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos aprobó un experimento en Virginia Occidental.

Tratamientos riesgosos

En China antes se hacían extirpaciones cerebrales. Las familias de adictos a la heroína estaban tan desesperadas que pagaban miles de dólares por cirugías riesgosas y dudosas en las que los médicos perforaban el cerebro y extirpaban o malograban tejidos cerebrales. Tales operaciones beneficiaron económicamente a algunos hospitales, pero también dejaron un sinnúmero de personas con trastornos emocionales, memorias atrofiadas y erráticos impulsos sexuales.

En 2004, el Ministerio de Salud de China ordenó cesar esas cirugías. Nueve años después, expertos en el hospital militar de Xi’an reportaron que la mitad de los mil 167 pacientes que se habían sometido a la extirpación cerebral habían durado cinco años o más libres de drogas.

La estimulación cerebral tiene sus raíces en esas experiencias, pero a diferencia de la extirpación, que atrofia irreversiblemente algunas células, los electrodos causan efectos que son, al menos en teoría, reversibles. La tecnología ha despertado una nueva ola de experimentación a escala global.

"Como médicos, siempre tenemos que pensar en el paciente", declaró Sun Bomin, director del departamento de neurocirugía del Hospital de Ruijin. “Son seres humanos. Uno no puede decirles: ‘véte, aquí no tenemos nada para ayudarte’”.

 

Estímulo eléctrico mejora la memoria en personas de más de 60 años

La gente sometida al experimento recordó cosas como un joven de 20, asegura investigador de la Universidad de Boston

Nueva York. La aplicación de una leve corriente eléctrica al cerebro de personas mayores de 60 años les mejoró la memoria al punto que recordaron cosas como alguien de 20 años, revela estudio.

Cabe la posibilidad que algún día la gente se someta a semejante procedimiento para afianzar su capacidad de recordar, que se va atrofiando no sólo en pacientes de Alzheimer, sino en cualquier individuo de edad avanzada, señaló el investigador Robert Reinhart, de la Universidad de Boston.

El tratamiento se enfoca en la llamada "memoria funcional", es decir, la que permite a una persona realizar tareas en pocos segundos, como un problema matemático en la mente. Esta capacidad, a veces llamada "la pizarra cerebral", es crucial para acciones como tomarse una pastilla, pagar una cuenta, comprar alimentos o planificar algo, explicó Reinhart.

"Es donde se encuentra la conciencia... donde uno procesa información", precisó el experto.

No es el primer estudio que demuestra que estimular el cerebro mejora la memoria, pero Reinhart, quien publicó los resultados del estudio el lunes en la revista Nature Neuroscience, sostuvo que este experimento destaca porque mostró los beneficios en gente de edad avanzada y la nueva capacidad se mantuvo casi una hora después de que cesó el estímulo eléctrico.

Un científico que antes había reportado sobre cómo el estímulo eléctrico mejora la memoria, advirtió que en personas de edad avanzada, pero en estado normal de salud, la pérdida de memoria no es enorme, pero este experimento "eliminó los efectos del envejecimiento en estas personas", destacó Barry Gordon, profesor de neurología y ciencias cognoscitivas en la Escuela de Medicina Johns Hopkins en Baltimore.

Destreza mental

"Es un excelente primer paso" hacia demostrar maneras de mejorar la destreza mental, puntualizó Gordon, quien no estuvo involucrado en el estudio reciente.

Reinhart advirtió, sin embargo, que se necesitan más estudios para que el proceso sea aprobado como un tratamiento eficaz.

La corriente eléctrica fue suministrada mediante una gorra que además controlaba las ondas cerebrales de cada persona. El choque eléctrico no era más que un leve cosquilleo, pulso o roce por unos 30 segundos, agregó Reinhart. Después de eso la piel se acostumbra a la electricidad y ésta se vuelve imperceptible.

La idea es mejorar la comunicación entre la corteza frontal (al frente del cerebro) y la corteza temporal (a la izquierda), debido a que las actividades entre esas dos áreas habían dejado de estar sincronizadas.

La corriente eléctrica pasó por ambas secciones a fin de sincronizarlas de nuevo. Los resultados ofrecieron evidencia de que la interrupción del flujo de mensajes entre esas dos secciones causa la atrofia de la memoria funcional en los años tardíos, agregó Reinhart.

El Departamento de Noticias sobre Salud y Ciencia de The Associated Press recibe apoyo del Departamento de Educación Científica del Instituto Médico Howard Hughes. La Ap es la única responsable de su contenido.

Tras las huellas de la conciencia en el cerebro

“La conciencia es el teatro donde se desarrollan las miserias y alegrías de los seres humanos”, dice Enzo Tagliazucchi, uno de los referentes locales del proyecto. Es doctor en Física e Investigador del Conicet en el Instituto de Física de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. La investigación, publicada en la prestigiosa revista Science Advances, fue realizada en centros internacionales de Francia, Bélgica, EE.UU. y Canadá, e incluyó 159 resonancias magnéticas de individuos sanos, pacientes en estado vegetativo y otros con mínima conciencia. Aquí explica qué es la conciencia, describe por qué puede considerarse un “todo dinámico y complejo” y narra las implicancias futuras que estos avances podrían tener en el campo de la salud y la medicina.


–¿Qué es la conciencia?


–Es un punto de vista acerca del mundo, aquella respuesta más directa frente a la pregunta sobre qué se siente ser un cerebro humano. Dicho de otro modo, quizás más metafórico, es una ventana a través de la que todos miramos, tenemos experiencias y las sentimos en primera persona. Sin embargo, todavía resulta difícil saber cómo las neuronas y la materia que conviven en una masa esponjosa como es el cerebro, de repente, desarrollan una propiedad única –que ningún otro sistema físico tiene– y sobre todo privada. Esta cualidad, su privacidad, despierta mucha incertidumbre, tal es así que podría hacernos dudar en algún punto sobre la misma posibilidad de estudiar de manera científica a la conciencia. Se generan grandes vacíos entre el conocimiento disponible y las experiencias sensoriales que cada persona pueda tener. Para el filósofo Daniel Dennett, el objeto de una ciencia de la conciencia debe ser la subjetividad que los individuos manifiestan respecto de la comprensión de sus propios comportamientos.

–Pero como decía Descartes, los sentidos engañan.

–Bueno, ese es uno de los asuntos que las ciencias que estudian las subjetividades no han logrado trascender. Uno puede intentar describir una sensación de dolor o alegría, pero como dato científico resulta bastante difícil de explicar. Existe un trabajo muy leído y citado titulado “¿Qué se siente ser murciélago?”, cuyo autor es Thomas Nagel. Se sabe que estos animales se desplazan por ecolocación, es decir, calculan la distancia a la que se encuentran los objetos mediante la emisión de sonidos que son reflejados por aquellos. Podemos examinar su cerebro de manera de entender punto por punto cómo funciona este proceso, pero no sabemos cómo se siente. No sabemos si se siente como escuchar o si, más bien, la ecolocación se parece a ver. Es una pregunta que, a menos que seas un murciélago, será imposible de responder.

–De aquí los límites de la ciencia. Por eso, tal vez, intentar conocer el mundo sea tan fascinante: por todo lo que todavía se desconoce. Más aún si nos referimos a la conciencia.

–Exactamente. Hoy solo podemos aspirar a encontrar los correlatos neuronales de la conciencia. A diferencia de cualquier otro objeto de estudio, aquí el propio sistema que estudiamos nos marca la pauta de cuáles son las condiciones experimentales. De hecho, si en los experimentos que realizamos las personas no nos comparten su subjetividad es imposible avanzar. En los departamentos de física, algunas veces, quienes estudian la conciencia no son observados con buenos ojos. Me esfuerzo en explicar que, en verdad, se trata de un sistema físico extremadamente interesante, tan enigmático que nos despierta nuevas preguntas a cada paso.


–Conversemos respecto de su última investigación. ¿A dónde va la conciencia cuando el ser humano está inconsciente?


–Nosotros trabajamos con diversas teorías que intentan responder a este interrogante. La conciencia posee múltiples configuraciones posibles, ya que la cantidad de escenas del sentir que se pueden presentar es astronómica. La postura dominante en este campo plantea que cada estado consciente depende de una disposición física particular del cerebro. Al mismo tiempo, también sostenemos que la conciencia determina un todo unificado: el ser humano no posee una conciencia separada para escuchar, otra para ver y una distinta para oler, sino que reúne a todos los sentidos, los pensamientos y las funciones. Intentar dividirla es como probar dividir los polos de un imán. Esto origina la teoría del núcleo dinámico –desarrollada por el psiquiatra italiano Giulio Tononi– que postula que la conciencia no constituye un lugar en el cerebro (no determina una zona física particular) sino un proceso dinámico en constante evolución. De este modo, cuando una persona pierde la conciencia –durante una anestesia o un sueño profundo– el cerebro adopta configuraciones que no le permiten soportarla. Se manifiesta como una ausencia de subjetividad. Lo más sorprendente no es que la conciencia se vaya, sino que después vuelva y uno siga siendo el mismo.


–La conciencia como algo unificado que fluye en el tiempo.


–Si bien la conciencia no está fragmentada en átomos –como se creía en el pasado–, sostenemos que es posible que esté segmentada en momentos bien definidos. Para lograr integrarse necesita de un cierto tiempo, fundamental para que fluya la información. Como es un proceso, jamás es algo instantáneo.


–Su trabajo se realizó a partir de 159 resonancias magnéticas de individuos sanos y en estado vegetativo o con mínima conciencia. ¿Qué puede narrar al respecto?


–Quisimos comprobar si la conciencia tenía que ver con la comunicación que se produce entre las diferentes zonas del cerebro. Mientras que en las personas sanas hallamos un patrón rico de conectividad, en los pacientes con “mínima conciencia” advertimos que logran establecer comunicaciones funcionales de manera esporádica. Eso ocurre, por caso, cuando en una situación experimental le pedimos a un individuo que nos alcance un lápiz y quizás al primer intento no lo hace, pero luego de varios llamados atiende la solicitud. Experiencias como éstas marcan un mundo de diferencia con las personas a las que se diagnostica un estado vegetativo persistente; las que rara vez logran recuperarse ya que no exhiben, a través de resonancias magnéticas y otros análisis, esa integración que pudiera dar cuenta de la emergencia de sensaciones subjetivas. Es muy difícil distinguir a pacientes con mínima conciencia y aquellos en estado vegetativo, lo cual es muy sensible porque en muchos países se toma la decisión (como recurso humanitario) de discontinuar el soporte vital.


–Se trata de identificar las huellas de la conciencia en el cerebro. También utilizaron anestesia general en los tres casos. ¿Qué sucedió?


–Cuando suministramos anestesia general a los pacientes vegetativos advertimos que no se modificaba su situación porque ya manifestaban un estado de inconsciencia de antemano; los de mínima conciencia perdieron esos pocos fragmentos de lucidez que evidenciaban; mientras que los sujetos experimentales sanos también demostraron un patrón de inconsciencia. Y, luego, realizamos otro experimento muy interesante. Seguimos la pista de Adrian Owen, científico británico que trabaja actualmente en Canadá con pacientes en estado vegetativo. En un caso planteó que no lograban comunicarse porque sus vías sensoriales estaban cortadas, de modo que lo introdujo en un resonador y le pidió que imaginase estar jugando al tenis y caminando en su casa. Cuando hizo eso, los patrones cerebrales que emergieron fueron idénticos a los que aparecen cuando una persona sana imagina jugar al tenis o caminar en su casa. A tal punto que Owen logró comunicarse con el paciente y establecieron el código de que cuando quería decir “sí” se imaginara jugando al tenis. Nosotros replicamos este método y también comprobamos que funcionaba.


–Increíble. Estos avances podrían brindar nuevas pistas para el campo de la salud.


–La conciencia es el teatro donde se desarrollan las miserias y alegrías de los seres humanos. Estos resultados muestran de manera concluyente que las manifestaciones físicas de nuestra experiencia humana nunca van a ser inequívocamente identificadas con un grupo de regiones cerebrales. La noción de que es posible identificar una zona del cerebro para cada facultad humana se derrumba, al menos, para el caso de la conciencia. En el campo de la medicina, a veces es necesario comprender que es más importante tener una conciencia libre de sufrimiento que un cuerpo que funcione tan bien como una máquina. Me resulta escandaloso que a pacientes avanzados de cáncer no se les recete morfina, porque aunque tiene potencial para generar dependencia resulta cínico no suministrarla para aliviar las cargas cuando enfrentan un estado terminal.


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Miércoles, 31 Octubre 2018 05:08

¿Te implantarías un chip en el cerebro?

¿Te implantarías un chip en el cerebro?

Nuevas prótesis cerebrales inalámbricas prometen liberar de su encierro a personas paralizadas, manejar drones y conectarnos a internet con el pensamiento. Estas neurotecnologías implican desafíos éticos y, posiblemente, una revolución social.


En abril pasado, Vincent Leung regresó a su casa después de un largo día de trabajo. Este ingeniero electrónico y director del Qualcomm Institute Circuits Labs de la Universidad de California en San Diego (EEUU) solo quería descansar y comer con su familia. Se cambió, preparó una cena ligera, se sentó en el sofá, encendió el televisor y se puso a ver un episodio de la serie distópica Black Mirror en el que una madre sobreprotectora hacía que le implantaran a su hija un chip en la cabeza para vigilar todo lo que la niña observaba. Entonces, mientras Leung al fin se relajaba, un grito alteró la tranquilidad de su hogar. “¡Es lo que tú haces!”, le gritó su esposa, que estaba justo a su lado.


Vincent Leung no lo niega. “Eso es ficción –aclara–. Pero es cierto, estamos haciendo cosas más locas que las que se ven en la serie”. Leung es uno de varios investigadores que recorren las fronteras de lo científicamente posible al desarrollar neurotecnologías cada vez más potentes.


Financiado por la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa del Pentágono (DARPA), Leung trabaja en la próxima generación de implantes cerebrales inalámbricos. Los llama neurograins, o neurogranos, y son chips del tamaño de un grano de sal.


Durante décadas, Leung se dedicó a mejorar la potencia de los chips de los teléfonos móviles. Ahora, asegura, es tiempo de diseñar chips para el cerebro. Con los años, las tecnologías se han ido acercando al cuerpo. Hasta no hace mucho, para atender una llamada uno tenía que caminar hacia el teléfono fijo. Ahora solo basta con sacar el móvil del bolsillo y llevarlo al oído o conversar directamente a través de pequeños audífonos en nuestras orejas. Todo indica que la próxima fase de las telecomunicaciones irá más allá: las tecnologías traspasarán la piel y se internarán dentro de nuestros cuerpos.


“Es un gran desafío científico, dice Leung. En un principio, la idea es implantar los neurograins en la corteza cerebral, es decir, la capa externa del cerebro, de personas que han perdido cierta función debido a una lesión o enfermedad. Y a través de diminutos pulsos eléctricos, estimular las neuronas atrofiadas”.


El equipo de Leung en la Universidad de California en San Diego forma parte de una amplia colaboración internacional, en la que también participan la Universidad de Brown, el Hospital General de Massachusetts, las universidades de Stanford y Berkeley y el Centro Wyss de Bioingeniería en Ginebra, para desarrollar prótesis neuronales inalámbricas capaces de registrar y estimular la actividad del cerebro.


Decenas de miles de neurograins podrían funcionar como una especie de intranet cortical, coordinada de forma inalámbrica mediante un centro de comunicaciones central en forma de un parche electrónico delgado colocado sobre la piel. Así se abrirían nuevas terapias de neurorrehabilitación, en especial teniendo en cuenta que esta red tiene capacidades tanto de ‘lectura’ como de ‘escritura’.


Los neurograins podrían ‘leer’ a las neuronas, esto es, registrar su actividad eléctrica, y también podrían estimularlas. “Podríamos transmitir datos del mundo exterior a los neurograins, indica Leung. Por ejemplo, proyectar sonidos a personas sordas o imágenes a invidentes: si una persona ciega tiene su corteza visual intacta podríamos tomar una foto con una cámara y por vía inalámbrica mandar una señal codificada en un lenguaje que el cerebro pueda entender”.


Cerebros conectados a un ordenador


En 2004, Matthew Nagle, un hombre de 25 años tetrapléjico tras un incidente en el cual fue herido con un cuchillo, se convirtió en la primera persona en mover objetos solo con el pensamiento. El neurocientífico John Donoghue, de la Universidad de Brown, le implantó en la parte del cerebro donde se coordina la actividad motora lo que denomina BrainGate: un minúsculo chip de silicio de cuatro milímetros de lado con cien electrodos.


Se trató de la primera interfaz cerebro-ordenador: un sistema a través del cual se procesan y envían señales que viajaban por un haz de cables que salían del cuero cabelludo de Nagle hasta un carrito electrónico con un tamaño de refrigerador que le permitía, entre otras cosas, cambiar los canales de un televisor, ajustar el volumen, abrir y cerrar una mano ortopédica, mover el cursor de un ordenador, leer correos electrónicos y jugar con videojuegos con solo imaginar que movía el brazo.


Desde entonces, estas neurotecnologías no han hecho otra cosa que diversificarse. Además de las trece personas paralizadas que utilizan el sistema BrainGate, dos monos con implantes cerebrales en la Universidad de Duke fueron capaces de dirigir sillas de ruedas usando solo sus mentes. “Estas tecnologías abrirán todo un mundo de posibilidades", asegura el emprendedor Steve Hoffman de la start-up Founders Space. No solo nos permitirá comunicarnos mente a mente, sino también conectarnos a internet a través del cerebro”.


Estas afirmaciones parecen algo exageradas, sacadas de películas como The Matrix o de novelas ciberpunks como Down and Out in the Magic Kingdom, un futuro cercano en el que todo el mundo está las 24 horas conectado a la red a través de un enlace cortical, hasta que uno se entera de iniciativas de DARPA como un programa con un presupuesto de cuatro millones de dólares llamado Silent Talk, cuyo objetivo es “permitir la comunicación de usuario a usuario en el campo de batalla sin el uso de voz vocal a través del análisis de señales neuronales”.


En la última década las interfaces cerebro-ordenador se han diversificado: empresas como Emotiv y NeuroSky han desarrollado videojuegos basados en estas neurotecnologías, al igual que la compañía japonesa Neurowear que desarrolló en 2011 unas orejas de gato llamadas Necomimi que responden a las emociones de sus usuarios.


En este tiempo, la miniaturización se ha acelerado. En 2011, un equipo de la Universidad de California en Berkeley describió por primera vez unas diminutas partículas de silicio que denominaron neural dust (polvo neuronal), a grandes rasgos basadas en los mismos principios de los neurograins.


En 2017, dos de sus inventores, el neurocientífico José Carmena y el ingeniero Michel Maharbiz, inauguraron la compañía Iota Biosciences para desarrollar estos implantes inalámbricos que podrían cambiar la forma en que entendemos nuestros cuerpos: son capaces de monitorizar en tiempo real músculos, órganos y nervios en las profundidades del cuerpo. Podrán tratar la epilepsia y el control de vejiga y, también en un futuro, controlar prótesis.


Los sensores de este polvo neuronal se comunican a través de ultrasonido con un parche que los activa y recibe información para cualquier terapia deseada. Sus impulsores imaginan que podrían ser implantados en un simple procedimiento ambulatorio, según Carmena, de la misma manera que una persona se hace un piercing o un tatuaje.


Esperanzas y amenazas


Las posibilidades de las interfaces cerebro-ordenador han atraído el interés de Elon Musk. En 2017, el multimillonario sudafricano, fundador de SpaceX y Tesla, reveló detalles de una nueva empresa, Neuralink, en San Francisco: construir una interfaz cerebro-ordenador implantable que nos permita comunicarnos de forma inalámbrica con cualquier cosa que tenga un chip. Esta simbiosis sería, según Musk, como nuestro seguro ante el “riesgo existencial” que significa el avance de la inteligencia artificial. Elon Musk quiere construir una interfaz que permita transmitir imágenes de la retina de una persona al cerebro de otra.


Suena todo muy sci-fi: en teoría, podríamos absorber conocimiento instantáneamente desde la nube o transmitir imágenes de la retina de una persona a la corteza visual de otra. “Creo que la mejor solución es tener una capa de inteligencia artificial que pueda funcionar biológicamente dentro de nosotros”, dijo Musk. “El primer uso de la tecnología será reparar lesiones cerebrales como resultado de un accidente cerebrovascular”, describió en un artículo extenso publicado en Wait Buy Why.


Por el momento, ese también es el objetivo de los investigadores detrás de los neurograins: permitirles a personas paralizadas por esclerosis lateral amiotrófica, embolia cerebral u otros trastornos salir de su encierro y comunicar sus necesidades y deseos a otros, operar programas de procesamiento de textos u otro software, controlar una silla de ruedas o neuroprótesis. “Sería una gran mejora de la calidad de vida”, dice Leung. “Primero lo probaremos en primates no humanos”.


¿Qué vendrá después? El objetivo de DARPA, se presume, consistiría en mejorar las habilidades del personal militar. “Podríamos llegar manejar drones con el pensamiento”, especula Leung, quien admite que el campo de las interfaces cerebro-ordenador es terreno fértil para la ciencia ficción. Pero así como estas tecnologías abren nuevas posibilidades, también implican nuevos riesgos y problemas éticos.


¿Podrían grupos de hackers robar datos internos de un cuerpo, uno de los problemas actuales con los Fitbits, o usar el cuerpo de una persona en contra de su voluntad? “Las prótesis neuronales nos obligan a reevaluar cómo pensamos en la responsabilidad de nuestras acciones”, señala el filósofo Walter Glannon.


Si bien, debido a regulaciones federales, es muy difícil sacar la neurotecnología del laboratorio, los neurograins y el neural dust multiplican las esperanzas y también las amenazas, como la pérdida de la individualidad y privacidad mental.


“Los escenarios abiertos por las interfaces cerebro-ordenador conducen a interesantes preguntas sobre lo que significa ser humano, advierten los especialistas en neuroética Mark A. Attiah y Martha J. Farah en un artículo. ¿Seríamos humanos si pudiéramos hacer que otros se movieran o actuasen a partir de nuestro pensamiento? ¿Seríamos humanos si nuestras mentes nunca operasen independientemente de los demás? Estas neurotecnologías podrían traer cambios sociales tectónicos”.

 

“Puede haber un modo de locura que a alguien le ayude a vivir”

El autor comparte la lección de Jacques Lacan de que se puede ser psicótico sin ser loco y la amplía para formular por qué se puede ser loco sin estar loco. La esencia de su investigación se resume en una frase propia: “Sólo el psicoanálisis contempla la extraordinaria alternativa de una locura sin locura”.

 

“Qué es la locura no es muy difícil decirlo, lo difícil es pensar cómo es que no estamos locos”. Este argumento tan polémico como certero pertenece al médico psiquiatra y psicoanalista Emilio Vaschetto. Autor del libro Ser loco sin estar loco (Grama Ediciones), Vaschetto presenta en el comienzo de su trabajo un riguroso estudio histórico sobre cómo la psiquiatría entendió la locura a través del tiempo para llegar a compartir la lección de Jacques Lacan de que se puede ser psicótico sin ser loco y ampliarla para formular por qué se puede ser loco sin estar loco. “En un primer momento, Lacan toma el tema del lenguaje interior como parte de lo que llamará endofasia. Siempre nos pensamos, nos hablamos bajo una forma más o menos audible que en la alucinación, incluso también en el delirio eso toma otra forma”, cuenta Vaschetto en la entrevista con PáginaI12. Eso puede observarse desde el punto de vista de la psicopatología. “Luego, Lacan va a tener un giro trascendental en su enseñanza donde va a generalizar un poco la idea de la locura, sacándose de encima todo ese edificio rígido demasiado encorsetado de los psiquiatras clásicos con los que se formó”, agrega.


–¿Podría haber psicosis que no sean patológicas?


–El título provocativo de mi trabajo tiene varias vueltas. Por eso, la ilustración de tapa es circular; es decir, uno puede leer: “Estar loco sin ser”, “Ser loco sin estar”, etcétera. Bajo esa forma laxa y provocativa del título se introducen varias cuestiones. Por un lado, si alguien puede ser psicótico sin estar loco. Es el caso de lo que se han llamado a lo largo de la historia locuras lúcidas, psicosis con conciencia, locuras morales, siempre bajo la forma de la figura retórica del oxímoron. Es sumamente interesante porque eso tiene otra visión de la clínica. Es una clínica sin manifestaciones, sin síntomas ostensibles. Es una clínica cotidiana. Tiene que ver con todo aquello que se ha desarrollado en estos últimos años fundamentalmente en el psicoanálisis de la orientación lacaniana, de la mano de Jacques-Alain Miller, como psicosis ordinaria. No es una idea que no haya estado nunca en la clínica. Siempre ha habido personajes raros, extraños, pero que uno no veía que estuvieran completamente locos sino que eran formas de locura sutil. Entonces, esa es una primera idea. Luego, también se puede estar loco sin ser psicótico. Hay formas de locura, formas llamativas, manifestaciones delirantes, alucinatorias, que no necesariamente son psicosis. La clínica ha dado cuenta de ello: las locuras histéricas, muchas formas de locuras puerperales. Por ejemplo, en la Argentina en un determinado período de la historia, cuando se institucionalizó el acto de parir, muchas mujeres fueron sacadas de sus casas. De parir en el hogar a parir en un ámbito institucional enloquecían al calor de la fiebre. El hospital era un espacio anómico. Pero no todas eran psicóticas. Eran estados pasajeros, oniroides, de ensueño, pero pasaban y se iban.


–¿En qué consiste el núcleo psicótico de la neurosis?


–La idea de un núcleo psicótico en la neurosis la han tenido los posfreudianos y algunas formulaciones de personas que han recibido cierta influencia de Jacques Lacan, pero que no podríamos mencionar como específicamente lacanianas. Lo que he tomado de relevo del núcleo psicótico dentro de las neurosis fue para tratar de encontrar algunas referencias a lo largo de la historia de la clínica psicoanalítica de colegas que se han ocupado de formas como la locura sutil, la psicosis sin locura o formas subclínicas de la psicosis. No necesariamente quiere decir que yo adhiera a ese concepto, pero he tratado de leer de una manera desprejuiciada todas las referencias que se han dado al respecto. Intenté resumir eso en un trabajo sumario.


–En las primeras páginas, donde desarrolla una pequeña historia de la psiquiatría, se mencionan los casos de los excéntricos, descarriados, maníacos y abúlicos, entre otros. Si se lee de corrido todo el compendio parece que la psiquiatría funcionó en el pasado como una especie de policía del pensamiento. ¿Es muy exagerado?


–(Risas). Bueno, la psiquiatría a lo largo de su historia, en un aspecto, no en todos, ha tenido una vocación policial. En nuestro país la tuvo. Pero no fue sólo eso. Lacan era psiquiatra, un gran clínico formado en las luces de la psiquiatría francesa, pero leyó la locura desde sus inicios como un problema de estilo. Es decir, él va a leer en su tesis de psiquiatría los escritos de una loca –y esto lo digo sin ningún estigma porque para mí la locura no es estigmatizante– desde el punto de vista del estilo. Por supuesto que él está influenciado por toda la forma de la psiquiatría que, como usted dice, clasifica, trata de tipificar, de ordenar en clases y, a la vez, tener un prejuicio sobre las personas, en un sentido. Pero en otro, Lacan le da una vuelta a todo eso. Termina vaciando semánticamente las categorías psiquiátricas para transformar –y esto es muy importante– a la paranoia en el lazo social mismo. La paranoia es el lazo social, es la configuración del yo. Cuando vemos mucho “yo” dando vueltas nos preguntamos si ese sujeto no es un paranoico. Pero, a la vez, todos nos constituimos de manera paranoica con nuestro yo. Luego piensa que, por ejemplo, la histeria puede ser un discurso; es decir, ya le quita ese aspecto de tipo clínico para volverla un discurso, un discurso histérico. La forma de la ironía esquizofrénica es el ideal de la función del analista. El analista sería una especie de esquizofrénico irónico que interviene así con su paciente. Es decir que Lacan empieza a vaciar semánticamente todas esas categorías. La parafrenia como una enfermedad del semblante, por ejemplo. Esta es la enseñanza más importante que deja Lacan, de una forma que yo llamo pospsicopatológica; no desatendiendo la psicopatología, pero saliendo de ese molde rígido, superándolo para apostar a las formas de respuesta singulares de cada sujeto y no a las grandes categorías.


–¿Por qué aclara que no es un libro acerca de las psicosis y su ontología?


–Tiene que ver con esa rueda del título. Comienzo hablando en ese rastreo histórico de cómo es la lectura de estas formas de psicosis sin locura dentro de la historia clínica para terminar hablando de cómo la psicosis misma lee al psicoanálisis; es decir, exonerar cualquier posibilidad de pensar que psicosis podría ser alguna esencia. Más bien me gusta la frase de Lacan de que la locura sería una seducción del ser. Esa frase me encanta porque me parece que nos corre de cualquier visión esencialista para pensar a la locura desde un punto de vista más bien corriente.


–¿La personalidad “como si” es propia de la esquizofrenia o abarca un conjunto más amplio?


–Cuando Heléne Deutsch aborda las personalidades “como si”, ella, psicoanalista, la plantea como una forma dentro de una esquizofrenia. Para Lacan, las personalidades “como si” serían cómo funciona un tapón o una suplencia para que alguien evite precipitarse en la forma clínica de la locura. Esa forma “como si” que haría a alguien ajustarse a modos de ser, a modos de identificación que le hacen a una existencia posible, son más bien formas de solución y no tanto síntomas o signos que nos podrían hacer pensar de alguien que estaría clínicamente loco. Tomando la filosofía de las ficciones muy de moda en esa época (Vaihinger habla de esto) Heléne Deutsch utiliza ese concepto para tipificar modos de identificación de los esquizofrénicos. Jacques Lacan lo ubicaría –o nos gustaría leerlo– desde este otro costado, como formas de respuesta, como alguien que encuentra una invención, un aparato de suplencia (para utilizar un término de Ramos Mejía) que le ayuda a vivir. Yo pondría el espíritu de lo que he investigado en que son formas de locura que, lejos de hacerle imposible la vida a alguien, le ayudan a vivir. Puede haber un modo de locura que a alguien le ayude a vivir. Pensemos si no en cada uno de nosotros.


–En el libro señala que Otto Kernberg definió a los “borderline” con aspectos psicológicos vinculados con la falta de profundidad emocional. Es bueno llamar la atención sobre este punto porque generalmente en el imaginario colectivo tiende a pensarse en un desborde emocional.


–Sí, hay una visión de la locura que es popular: piensa que un loco está desbordado, excitado o que produce una alteración del orden público. Más bien hay muchas personas psicóticas que sufren un vacío de ser, que les cuesta mucho anclarse en la vida, que les cuesta mucho encontrar un fundamento a partir del cual vivir. He tomado la referencia de Otto Kernberg, primero porque es un psiquiatra americano y uno tiene que leer a los americanos porque eso tiene alcance global, pero sabiendo que también hay cierta ingenuidad en esas formas de la clínica americana. Los desórdenes fronterizos que ve Otto Kernberg nos hacen pensar en un continuum, en una forma donde se instalarían tanto la neurosis como la psicosis, que para el psicoanálisis son dos estructuras clínicas absolutamente diferentes. En ese continuum, él ubicaría los desórdenes fronterizos. He podido entender de las lecturas de Otto Kernberg que muchos de los casos que él cita, que muchas de las descripciones que él hace dentro de los desórdenes fronterizos, se tratan efectivamente de psicosis sin locura, que es a lo que vamos con esta falta de profundidad, con esta sensación crónica de vacío, como suele utilizarse, donde lo que más bien vemos es un vacío del ser, de alguien que no encuentra cuál es el fundamento de su existencia. No encuentra, por ejemplo, las pasiones, no encuentra el amor, no encuentra desde dónde sentir lo que otros sienten. Y eso es un dolor de existir fenomenal.


–En esa vivencia subjetiva de vacío, ¿el individuo siente que no siente nada?


–Es así. Es un término de un psiquiatra alemán que hablaba de la melancolía y que uno podría tomarlo para la psicosis a partir de su observación: del sentimiento de la falta de sentimiento. Ese es quizás el dolor de existir más grande que puede haber. Alguien que quizás dice: “Yo siento que no siento el amor”, “Siento que no siento a las pasiones”, “Siento que estoy vacío, realmente vacío”.


–¿Cómo juega la razón en la locura moral?


–Ahí tenemos el oxímoron del que hablábamos al principio: loco-moral. Es un oxímoron en tanto que era inadmisible pensar que el loco podía tener moral en una época. Lo que descubre la clínica clásica es que hay personas que están afectadas en sus sentimientos pero que la razón les funciona perfectamente, que hay una perversión de algunos instintos pero que no por ello dejan de circular en un ambiente compartido. Es decir que la razón en muchos de ellos no está afectada, funciona perfectamente. Está el caso emblemático de Jean-Jacques Rousseau, autor de El contrato social: era un paranoico. Es decir que las bases de la sociedad moderna con la que nos configuramos en Occidente están armadas en función de un paranoico. Y esto lo capta muy bien Mariano Moreno, que dice: “Jean-Jacques Rousseau, el maravilloso pensador ginebrino...” etcétera, pero aclara que él debió censurar la última parte de El contrato social, que tradujo porque el hombre deliró. Uno podría decir que Mariano Moreno sostuvo todo el delirio de Rousseau menos la última parte que tenía que ver con la religión, porque Moreno evidentemente no quería meterse de lleno con el clero en nuestras pampas, cuestión que no le fue muy bien tampoco porque no duró mucho la edición de El contrato social: esa traducción se quemó a los pocos meses. Pero ahí tenemos un cabal ejemplo de qué sucede cuando hay un loco que razona. Lacan dice: “Al fin y al cabo, la paranoia, como una forma de locura, lejos de ser algo disparatado, algo fantástico, es un ensayo de rigor lógico”. Ubica una forma de la psicosis del lado del rigor lógico. Es decir que tiene una visión muy desestigmatizante.


–En el polo normalidad-enfermedad como visión cultural, ¿cuál cree que es la que prevalece en el paradigma de esta época?


–Evidentemente la visión de la enfermedad, lo clasificatorio. Los manuales de clasificación, como el DSM norteamericano, han ido incrementándose en el número de páginas y de clasificaciones. El DSM-1 era un folletín y hoy en día el DSM-5 tiene numerosas páginas. Han aumentado muchísimo las categorías. ¿Esto qué quiere decir? Que cada vez se ha vuelto más laxa la semiología, la observación minuciosa de los síntomas y, paradójicamente, se han incrementado las clasificaciones. Esto por lo menos en la psicopatología, mientras que en la medicina clínica se ha producido un efecto inverso. Esto genera mucha mayor estigmatización, mucha mayor tipificación de los seres humanos a punto tal que es imposible pensar que haya alguien en el mundo que no esté enfermo de algo: el buen humor es un tipo de manía, es un tipo de trastorno bipolar. O arrancarse los pelos, comerse las uñas también ya son formas clasificadas. Entonces, todos estaríamos enfermos.


–¿Por qué Lacan decía que el psicoanálisis es “un autismo de a dos”?


–Es una provocación más de Jacques Lacan. Me gustó porque me parece que le da ese tono distinto a la categoría. Utiliza la categoría de autismo para pensar la figura del psicoanalista. ¿Pensar qué cosa del psicoanalista o del psicoanálisis? El malentendido fundamental: entre analista y analizante no hay acuerdo, no hay una lengua compartida, no hay comprensión posible. No se puede analizar a alguien si se comprende. Esa es la tesis de Jacques Lacan. Si yo comprendo lo que me está diciendo, si me pongo en sus zapatos, no puedo analizarlo. Más bien lo que trataré de escuchar es cuál es la relación que tiene la persona a eso mismo que está hablando. Leer ese discurso y ver cómo surge un decir propio, que no se parece a ninguno, que es incomparable. Eso me parece la astucia de pensar ese “autismo de a dos”.

Jueves, 26 Julio 2018 06:48

Neurociencia ficción

Neurociencia ficción

El autor interroga desde la retórica a lo que llama “neurociencia ficción”: un discurso que prolifera como abordaje de la subjetividad, una práctica clínica que articula la psicofarmacología con las terapias cognitivo-conductuales y una cosmovisión que se deriva de esa conjunción. El uso de objetos químicos (fármacos) y objetos léxicos.

¿Reprogramar el cerebro para perder el miedo al dolor, borrar nuestras conductas erróneas y regrabar sobre ellas las correctas?


Quisiera interrogar desde la retórica un discurso que hoy prolifera como abordaje de la subjetividad, práctica clínica que implica la psicofarmacología articulada a las TCC (Terapias Cognitivo Conductuales) y una cosmovisión que se deriva de esa conjunción. Tiene su faz de orden, cosmos, que la ciencia ficción anticipó como totalización del control de las vidas humanas a través del consumo de sustancias, y del consumo en general, incluido el de la palabra. Llamaré a ese discurso Neurociencia Ficción.


En Un mundo feliz (Huxley), a la droga para el control del deseo como objeción a un orden para todos se suma el consumo de un modo de la palabra: “Un estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos (…) pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada (…) a los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela. Pero sus métodos todavía son toscos y anticientíficos”. Requiere según Huxley una técnica más avanzada de sugestión, con mejores drogas y una eugenesia para producir humanos estandarizados. Total actualidad.


En 1890, a Freud aún le entusiasma la sugestión como panacea: “las «meras» palabras del médico” pueden curar los síntomas. Esas palabras son “ensalmos desvaídos. Pero será preciso emprender un largo rodeo para hacer comprensible el modo en que la ciencia consigue devolver a la palabra una parte de su prístino poder ensalmador”. Luego Freud, conducido por otra ética de los poderes de la palabra, funda el psicoanálisis. Que no es una cosmovisión. Y es un desarrollo sobre la sugestión: implica un funcionamiento inverso de los mismos elementos. El psicoanalista, sometido a la palabra del paciente, sitúa los efectos hipnóticos de la palabra del Otro. En sus síntomas, actos fallidos, sueños, el que se analiza despliega cómo algo habla en él sin que antes pudiera saberlo y lo comanda. El analista opera con la palabra (la interpretación) para que no se consolide ese sitio enaltecido, de líder o hipnotizador, en que es paradójicamente ubicado, haciendo oír los efectos sugestivos de la palabra para ponerlos en cuestión, de modo que su palabra no sea de saber ni de autoridad.


El nombre Neurociencia Ficción alude tanto a su pretendida relación a la ciencia del cerebro como al género literario que engendra: no la ciencia ficción sino una ficción sobre la neurociencia. No acerca de ella sino apoyada en sus términos, su retórica científica.


La Ciencia ocupa hoy un lugar de creencia, estructurante de una cosmovisión, idea de un orden de las cosas que da certidumbres. Los términos de la Ciencia decoran textos que, apoyándose en ellos, se vuelven creíbles para el público, por esa retórica que llevan como marca de origen y les da una pátina de verdad.


La Neurociencia Ficción, además de objetos químicos, fármacos, se sirve de objetos léxicos, palabras que circulan en prospectos, notas, congresos, libros, objetos de un discurso que se sostiene en los aparatos de legitimación tanto como en las exclusiones que lo fundan (Foucault). ¿Es la exclusión del psicoanálisis necesaria para el sostén del discurso de esta Neurociencia?


La proliferación de textos que en los mass media se apuntalan en la Ciencia sostiene ese discurso, cuyos términos médico científicos e informáticos legitiman el discurso de la tecnociencia. Retórica eficaz: sus usuarios no exigen ni practican experimentación científica antes de someterse a una reprogramación cerebral o a un tratamiento psicofarmacológico. Confían en la legitimidad de la técnica que se sostiene en los términos de autoridad que comandan un discurso.


Eduardo Keegan, teórico de las TCC, en Escritos de psicoterapia cognitiva alude al poder persuasivo de lo científico: “El discurso de la Modernidad precluye la apelación a lo sobrenatural; a partir de esto, el adjetivo científico es condición indispensable para que una práctica o una teoría logren credibilidad”. No es lo mismo adjetivo “científico” que fundamento científico. Se alude a la retórica, al valor persuasivo de la palabra.


En las TCC esa retórica es incluida en el tratamiento: el paciente es invitado a corroborar o descartar como hipótesis sus ideas compulsivas, a llevar registros de sus cogniciones, estados de ánimo, mejoras o recaídas, para evaluar empírica y objetivamente el proceso. Mientras el supuesto control del paciente pareciera descartar el factor subjetivo de quien conduce la terapia, los términos científicos pasan desapercibidos en su eficacia sugestiva.


Se dice en los mass media que la felicidad está determinada por la ingesta de azúcares, que las relaciones sexuales por la mañana mejoran la salud, que el vino es bueno para el corazón, y luego que es malo. Alimentos, costumbres, sexo, se convierten en fármacos, remedio y tóxico. Deben ser incorporados en dosis adecuadas. Una nota (Clarín, 2008) titulaba: “Prueban que beber mucha agua no es tan beneficioso. Los 8 vasos diarios que se recomendaban no tienen un serio respaldo científico”. En la nota leemos que tampoco tiene respaldo la probada novedad, cuestionada por un médico local. Pero entretanto se habló de respaldo científico, dosis, investigaciones, universidades… liturgia científica que sostiene la creencia. Tomar agua se transmuta en ingerir “8 vasos diarios”, una dosis, transformándose por la magia del discurso en medicamento, objeto que participa de creencias consagradas.


El lenguaje de la ciencia y la informática convergen en esta nota (La Nación, 2017): “Reprogramar el cerebro de Juan Martín del Potro: la llamativa propuesta de un gurú de la neurociencia”. Técnicas de “visualización”, reaprendizaje del revés, aparatos que emiten sonidos que afianzan como campanilla de Pavlov la reprogramación: conductismo y lenguaje informático que informan la práctica neurocientífica y las TCC. “Suena a ciencia ficción, pero no lo es”, aclara el autor que entrevistó al gurú. A la autoridad del experto en biomecánica, el término “gurú” le agrega el sesgo hinduista de maestro espiritual.


“Resetear” su cerebro es la solución para los problemas del tenista, que “necesita recuperar la fe en su revés a dos manos”, dice el gurú. “Lo que quiero proponerle es simple: una reprogramación neuromotriz que le diga a su cerebro que ya puede volver a pegar su revés”. Aparatos y términos científicos pero en el fondo una cuestión de fe. La “reprogramación neuromotriz” le diría a “su cerebro que ya puede volver a pegar su revés”. Personificación mediante (¡retórica!) es la “reprogramación neuromotriz”, tan encumbrada y digna de fe la que daría una orden a su cerebro. El deportista imagina “los errores para desgrabarlos y ver mentalmente el golpe correcto para regrabarlo”. Términos científicos, informáticos, un organismo máquina, ordenador ordenado. El autor se alarma: “Grabar y desgrabar” es “casi inquietante, porque [el gurú] está hablando del cerebro de una persona.” Pero ¿se trata de un paciente en la reprogramación del golpe del tenista? ¿Se trata de prácticas que buscarían la salud o entraríamos al mero terreno de la programación de mentes?


En la hipnosis aplicada al tratamiento médico (viajamos al Buenos Aires de 1890) la salud está presente, “el noble sentimiento humanitario de hacer bien” incluso, tal como dice un médico argentino en La sugestión en terapéutica (1892), donde a los objetivos agrega “aliviar los sufrimientos del paciente, ya con el objeto de desarrollarle alguna facultad, como sucede con ciertos niños de poca actividad intelectual á quienes se les puede desarrollar la memoria y la aplicación al estudio por las sucesivas sugestiones. De la misma manera puede hacerse con los viciosos é indisciplinados pudiendo corregírseles por la sugestion hipnótica”. La salud no es lo único. Conducta, moral y productividad forman parte del horizonte de la práctica.


Encontramos el fundamento moral en las órdenes sugestivas que el médico da a sus pacientes, donde si se intenta curar el síntoma, su ética podría engendrar lo contrario, instalando un nuevo amo, al que el deseo vía el síntoma intenta resistir. Un ejemplo tomado de esa tesis: 1890: Hospital Sifilicomio: paciente con crisis histéricas, ovarialgias. Dice el médico: “le sugiero no tener durante esta semana ningun acceso.” (…) “el lúnes ocho, tuvo un acceso que le duró cuatro minutos; la consecuencia [causa] de ello, fue el haber recibido una noticia desagradable (habían llevado á la Penitenciaria á una persona muy querida de ella) (…) la desperté y se puso á llorar como una criatura: en seguida la hago dormir, le sugiero que se quede durmiendo durante diez minutos, y despues se despierte contenta y alegre; obedeciendo á esta sugestion. En este mismo dia á las 5 p. m., la hago dormir, le sugiero que no tenga mas ataques. (…) Dia11 (…) Le agrego además que ya estaba completamente sana y que hiciera una vida mas moral, pues la que llevaba no le convenia.” (…) “Despues he sabido que no le han repetido los ataques, y lo mas particular del caso es que salió de la vida en que se hallaba, reduciéndose á pasar una mas pobre, pero mas honesta y honrada”. Obedeciendo a la autoridad médica logra reemplazar unas prácticas a las que por inmorales se les supone poder patógeno, por otras cuyo sustento es la idea de moral del médico, representante del poder científico y social, de la cual se espera la cura: adaptación a las costumbres que el médico representa, fusión con sus creencias.


Nada muy diferente se puede esperar hoy de los reaprendizajes neuro-cognitivo-conductuales. Su retórica alambicada con los términos de la tecnociencia actual puede afianzar el dominio sobre los cuerpos, acorde a las necesidades actuales de esa tecnociencia en su unión con el mercado: optimización del recurso humano.


Respecto de los términos usados en las notas periodísticas (dosis, etc.) que provienen de la medicina destaco también lo que tiene la receta de imperativo: la orden y el orden. La dosis de 8 vasos de agua ordena la ingesta que hidrata, pero también obliga a beber. Los pasos a seguir por el deportista organizan los pasos del “reseteo” y ordenan a regrabar. Implican la obediencia. ¿Maestro, me da la receta? ¿Doctor, me hace la receta, la orden? Las recetas de cocina, como señaló Todorov en Los géneros del discurso, son órdenes. Ponga sal y pimienta, coloque en la olla, cocine a fuego lento, destape, sirva. Hay en los términos tomados de la medicina esos dos poderes: de la Ciencia y del modo imperativo de la receta, dos gotas cada dos horas.


El público ama los tips. ¿Quién no oyó mencionar como ventaja comparativa de una terapia que provea tips, consejos prácticos que pueden aplicarse y evaluarse objetivamente? Los tips en las revistas comparten el modo imperativo: dé a sus hijos ejemplos claros, ofrezca alimentos de diversos colores, no establezca penitencias difíciles de hacer cumplir... Infantilizan al interlocutor, contraparte crédula y obediente de un diálogo de poder.


La incorporación de los poderes simbólicos de un objeto sigue vigente desde el banquete totémico dotando al remedio de un carácter especial, pastillas o líquidos que se transmutan por intercesión del oficiante en otra cosa. Tips, consejos o psicoeducaciones se convierten, sostenidos en la Neurociencia Ficción, en órdenes que por la oreja se incorporan y disponen al cuerpo a una entrega que se espera pacificadora por la promesa de fusión con el Otro social, inmersión que ilusiona con una feliz adaptación. “Inadaptado” es uno de los temidos insultos que sostienen la práctica aggiornada que se propone como propia del sistema. O excluido: lo más abyecto en la retórica de dominio, eso que hay que evitar a cualquier costo, aunque sea el de la salud, si la entendemos como la que proviene del tratamiento del síntoma para dar otro cauce al deseo, porque esa salud puede sacrificarse en el altar de la inclusión en los significantes amos del sistema, los términos que rigen un discurso que dice que, como en The Truman Show, nada hay por fuera de él.

Por Santiago Rebasa, psicoanalista.

Dan Mcaulay, uno de los cuatro jugadores profesionales de póquer que se enfrentaron en 2017 al programa de inteligencia artificial Libratus y perdieron, durante la competición en Pittsburgh.

Las personas más dotadas están mejor protegidas del alzheimer y otros trastornos, excepto el autismo, mientras que ansiedad y depresión resultan tener una base distinta.

De poco más de medio centenar de genes a más de mil. Ese es el gran salto cuantitativo que proporcionan los nuevos análisis de la base genética de la inteligencia humana, al identificar cerca de mil genes, que ni siquiera se conocían como tales, que influyen en las funciones cognitivas. La inteligencia es altamente heredable y un factor determinante en la salud y el bienestar humanos, aseguran los científicos autores de los análisis, pero también es un rasgo muy complejo, como demuestran estos resultados.


La primera pregunta sería cómo es posible que todavía se desconozca la existencia de tantos genes, a casi 20 años del hito que supuso la secuenciación del genoma humano, pero esa es la realidad. La segunda pregunta es cómo se da este salto y ahí la respuesta está en la estadística, que permite abordar grandes números y sacar conclusiones. Los investigadores, liderados por Danielle Posthuma de la Universidad Vrije en Amsterdam, estudiaron en un primer análisis el genoma completo de casi 270.000 personas incluidas en diferentes y grandes bases de datos europeas, que pasaron pruebas de inteligencia estándar.

La inteligencia se esconde tras pequeñas mutaciones


Los resultados de estas pruebas se relacionaron con pequeñas variaciones en el ADN de los participantes, para identificar mutaciones que se asocian con un alto grado de inteligencia. Los tests usuales se refieren a las habilidades verbales y matemáticas, el razonamiento abstracto, la velocidad de proceso de información, la toma de decisiones, el razonamiento espacial y la memoria, que son la base de lo que se denomina inteligencia general.


El año pasado ya se había hecho una prueba similar de menor alcance, con 80.000 personas, que identificó solo 77 genes. Ahora el total se eleva a 1.016 genes, que se expresan sobre todo en neuronas de áreas del cerebro relacionadas con el aprendizaje, el conocimiento y las emociones.


Y aquí viene la segunda parte, la cara y la cruz de la moneda. Muchas de estas variaciones genéticas positivas para la inteligencia resultan estar asociadas a personas que tienen una vida más larga y tienen un menor riesgo de sufrir alzheimer u otros trastornos cognitivos, como el déficit de atención o la esquizofrenia. Sin embargo, también se asocian a un mayor riesgo de sufrir trastornos del espectro autista.


Un estudio basado en 5 millones de perfiles genéticos


El equipo de Posthuma además ha ido más allá, basándose en otras bases de datos británicas (un total de 450.000 personas) y, lo que es más polémico, en parte de los 5 millones de perfiles genéticos y de salud que ha acumulado una empresa de California, que ofrece información genética personal. En todos los casos se pidió el consentimiento.


Así afirman haber identificado 500 genes asociados a lo que se denominan rasgos neuróticos, tan comunes como la ansiedad y la depresión. Quizá lo más interesante es que han encontrado que ansiedad y depresión tienen bases y vías genéticas diferentes, lo que indica que la probabilidad de sufrir ambas a la vez es pequeña.


No se puede escapar del determinismo genético


Los especialistas alertan, sin embargo, sobre el determinismo genético, ya que se sabe que factores medioambientales como el acceso a la educación y la asistencia sanitaria, además de las situaciones de estrés, pueden influir notablemente en la inteligencia y en la salud mental.


“Nuestros resultados indican una superposición de los procesos genéticos involucrados tanto en el funcionamiento cognitivo como en los rasgos neurológicos y psiquiátricos y proporcionan una sugerente prueba de las asociaciones causales que pueden dirigir estos procesos”, señalan los investigadores en la revista Nature Genetics, donde se han publicado los dos estudios, que implican a un alto número de instituciones de 12 países distintos. Solo en el primer análisis, sobre los genes de la inteligencia, figuran más de 100 autores.


Además de contribuir al conocimiento básico en sí, los investigadores creen que su labor puede ayudar a desarrollar nuevas terapias para trastornos cognitivos y mentales. Si se conocen los genes en que se basa la inteligencia se puede pensar en cómo proteger frente al alzheimer y otras enfermedades.

 

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