Martes, 19 Septiembre 2017 06:51

Irma o el fin de la naturaleza

Irma o el fin de la naturaleza

 

En El problema de los tres cuerpos, la obra maestra de ciencia ficción de Liu Cixin, la primera parte de una trilogía Remembrance of Earth’s Past (El recuerdo del pasado de la Tierra), un científico es atraído hacia un juego de realidad virtual “Tres Cuerpos” en el que los participantes se encuentran en un planeta alienígena Trisolaris cuyos tres soles se elevan y se ponen en intervalos extraños e impredecibles: a veces demasiado lejos y horriblemente fríos, a veces demasiado cerca y destructivamente calientes, y a veces no visibles durante largos períodos de tiempo. Los jugadores pueden de alguna manera deshidratarse a sí mismos y al resto de la población para hacer frente a las peores temporadas, pero la vida es una lucha constante contra elementos aparentemente impredecibles.

A pesar de eso, los jugadores lentamente encuentran maneras de construir civilizaciones e intentar predecir los extraños ciclos de calor y frío. Después de establecer el contacto entre las dos civilizaciones, nuestra Tierra aparece para los trisolares desesperados como un mundo ideal de orden y deciden invadirlo para que su raza sobreviva.

Esta oposición entre la Tierra y Trisolaris se hace eco de la oposición entre la tradicional visión confuciana del Cielo como el principio del orden cósmico y la alabanza de Mao al Cielo desordenado: ¿es la vida caótica en Trisolaris, donde el propio ritmo de las estaciones es perturbado, una versión naturalizada del caos de la Revolución Cultural? La visión aterradora de que “no hay física”, no hay leyes naturales estables, empuja a muchos científicos al suicidio (en la novela). ¿No nos estamos acercando a algo similar hoy? La naturaleza misma está cada vez más en desorden, no porque abruma nuestras capacidades cognitivas, sino principalmente porque no somos capaces de dominar los efectos de nuestras propias intervenciones en su curso, quién sabe cuáles serán las consecuencias finales de nuestra ingeniería biogenética o del calentamiento global? La sorpresa viene de nosotros mismos, se trata de la opacidad de cómo nosotros mismos encajamos en la imagen: la mancha impenetrable en la imagen no es un misterio cósmico como una misteriosa explosión de una supernova, la mancha somos nosotros mismos, nuestra actividad colectiva. “Hay un gran desorden en lo real”.

Así es como Jacques-Alain Miller caracteriza el modo en que la realidad se nos presenta en nuestro tiempo en el que experimentamos el impacto completo de dos agentes fundamentales, ciencia moderna y capitalismo. La naturaleza como lo real, en la que todo, desde las estrellas hasta el sol, vuelve siempre a su lugar, como el reino de grandes ciclos confiables y de leyes estables que los regulan, está siendo reemplazada por un contingente completamente real, real que está permanentemente revolucionando sus propias reglas, real, que resiste cualquier inclusión en un Mundo totalizado (universo de significado).

¿Cómo debemos reaccionar a esta constelación? ¿Debemos asumir un enfoque defensivo y buscar un nuevo límite, un retorno a (o, más bien, la invención de) algún nuevo equilibrio? Esto es lo que la ecología y la bioética predominantes tratan de hacer con respecto a la biotecnología, por eso los dos forman una dupla: la biotecnología busca nuevas posibilidades de intervenciones científicas (manipulaciones genéticas, clonación ...) y la bioética se esfuerza por imponer limitaciones morales a lo que la biotecnología nos permite hacer. Como tal, la bioética no es inherente a la práctica científica: interviene en esta práctica desde afuera, imponiéndole una moral externa. Incluso se puede decir que la bioética es la traición de la ética inmanente al esfuerzo científico, la ética de “no comprometer su deseo científico, seguir inexorablemente su camino”.

¿Podemos entonces usar el capitalismo mismo contra esta amenaza? Aunque el capitalismo puede fácilmente convertir la ecología en un nuevo campo de la inversión y la competencia capitalistas, la naturaleza misma del riesgo involucrado excluye fundamentalmente una solución de mercado –¿por qué? El capitalismo sólo funciona en condiciones sociales precisas: implica la confianza en el mecanismo objetivado de la “mano invisible” del mercado que, como una especie de Astucia de la Razón, garantiza que la competencia de los egoísmos individuales funciona para el bien común. Sin embargo, estamos en medio de un cambio radical. Hasta ahora, la Sustancia histórica desempeñó su papel de medio y fundamento de todas las intervenciones subjetivas: lo que hicieran los sujetos sociales y políticos, fue mediado y finalmente dominado, sobredeterminado, por la Sustancia histórica. Lo que se vislumbra hoy en el horizonte es la inédita posibilidad de que una intervención subjetiva intervenga directamente en la Sustancia histórica, perturbando su camino en el desencadenamiento de una catástrofe ecológica, una fatídica mutación biogenética, una catástrofe militar-social nuclear o similar, etc. Ya no podemos confiar en el papel de salvaguardia del limitado alcance de nuestros actos: ya no se sostiene que, hagamos lo que hagamos, la historia continuará. Por primera vez en la historia de la humanidad, el acto de un solo agente socio-político puede alterar e incluso interrumpir el proceso histórico global.

Jean-Pierre Dupuy se refiere aquí a la teoría de sistemas complejos que explica las dos características opuestas de tales sistemas: su carácter robusto y estable y su extrema vulnerabilidad. Estos sistemas pueden acomodarse a grandes perturbaciones, integrarlos y encontrar un nuevo equilibrio y estabilidad - hasta un cierto umbral (un “punto de inflexión”) por encima del cual una pequeña perturbación puede causar una catástrofe total y conduce al establecimiento de un orden totalmente diferente. Durante largos siglos, la humanidad no tuvo que preocuparse por el impacto en el ambiente de su actividad actividad productiva –la naturaleza fue capaz de acomodarse a la deforestación, al uso del carbón y del petróleo, etc–. Sin embargo, no se puede estar seguro si hoy , no nos estamos acercando a un punto de inflexión –uno realmente no puede estar seguro, ya que tales puntos pueden ser claramente percibidos sólo una vez que ya es demasiado tarde, en retrospectiva–. A propósito de la urgencia de hacer algo respecto a la amenaza actual de diferentes catástrofes ecológicas: o bien tomamos esta amenaza en serio y decidimos hoy hacer cosas que, si la catástrofe no ocurriera, parecerán ridículas, o no hacemos nada y perdemos todo en el caso de la catástrofe, siendo el peor de los casos la elección de un punto medio, de tomar una cantidad limitada de medidas –en este caso, vamos a fracasar suceda lo que suceda (es decir, el problema es que no hay punto medio con respecto a la catástrofe ecológica: o bien sucederá o no sucederá). En tal situación, la charla acerca de la anticipación, la precaución y el control de los riesgos tiende a no tener sentido, ya que estamos tratando con lo que, en los términos de la teoría del conocimiento de Rumsfeld (ex secretario de Defensa de EE.UU.), “hechos desconocidos que desconocemos”: no sólo no sabemos dónde está el punto de inflexión, incluso no sabemos exactamente lo que no sabemos. (El aspecto más inquietante de la crisis ecológica se refiere al llamado “conocimiento en lo real” que puede comportarse de manera peligrosa: cuando el invierno es demasiado cálido, las plantas y los animales malinterpretar el clima caliente en febrero como señal de que ya llegó la primavera y se comportan en consecuencia, no sólo haciéndose vulnerables a los últimos ataques de frío, sino también perturbando todo el ritmo de la reproducción natural.)

Es por eso que hay algo engañosamente reconfortante en la disposición de los teóricos del antropoceno al asumir la culpa por las amenazas a nuestro medio ambiente: nos gusta ser culpables ya que, si somos culpables, entonces todo depende de nosotros, movemos los hilos de la catástrofe, así también podemos salvarnos simplemente cambiando nuestras vidas. Lo que es realmente difícil para nosotros (al menos para nosotros en Occidente) de aceptar es que estamos reducidos a un papel puramente pasivo de un observador impotente que sólo puede sentarse y ver cuál será su destino –para evitar tal situación, somos propensos a participar en una frenética actividad obsesiva, reciclar papel viejo, comprar alimentos orgánicos, lo que sea, sólo para que podamos estar seguros de que estamos haciendo algo, contribuyendo en algo –como un aficionado al fútbol que apoya a su equipo frente a un televisor en una creencia supersticiosa de que esto de alguna manera influirá en el resultado– ... Es cierto que la típica forma de disuasión fetichista con respecto a la ecología es: “Sé muy bien (que todos estamos amenazados), pero realmente no lo creo (de manera que no estoy dispuesto a hacer algo realmente importante, como cambiar mi forma de vida”. Pero existe también una forma opuesta de desautorización: “Yo sé muy bien que realmente no puedo influir en el proceso que puede conducir a mi ruina (como un estallido volcánico), pero es, sin embargo, demasiado traumático de aceptar, así que no puedo resistir el impulso de hacer algo, aunque sé que es en última instancia no tiene sentido ... ¿No es por la misma razón que compramos alimentos orgánicos? ¿Quién cree realmente que las manzanas “orgánicas” medio podridas y caras son realmente más saludables? El punto es que, al comprarlas, no sólo compramos y consumimos un producto –simultáneamente hacemos algo significativo, mostramos nuestra atención y conciencia global, participamos en un proyecto colectivo grande–.

A los escépticos les gusta señalar la limitación de nuestro conocimiento sobre lo que sucede en la naturaleza, sin embargo, esta limitación no implica de ninguna manera que no debamos exagerar la amenaza ecológica. Por el contrario, debemos ser aún más cuidadosos, ya que la situación es profundamente impredecible. Las recientes incertidumbres sobre el calentamiento global no señalan que las cosas no son demasiado serias, sino que son aún más caóticas de lo que pensábamos, y que los factores naturales y sociales están indisolublemente ligados. El dilema a propósito de las amenazas actuales de catástrofes ecológicas es: o las tomamos en serio y decidimos hoy hacer cosas que, si la catástrofe no ocurriera, parecerían ridículas, o no hacemos nada y perdemos todo en el caso de la catástrofe.

El peor caso es la elección de un punto intermedio, de tomar una cantidad limitada de medidas –en este caso, vamos a fracasar suceda lo que suceda–. No hay punto medio con respecto a la catástrofe ecológica, y en tal situación, la charla sobre anticipación, precaución y control de riesgos tiende a perder sentido, ya que estamos tratando con lo que, en términos de Rumsfeld, no sólo no sabemos dónde está el punto de inflexión, ni siquiera sabemos exactamente lo que no sabemos.

Así que no es sólo la continuidad de la Historia la que está amenazada hoy en día –lo que estamos presenciando es algo así como el fin de la Naturaleza misma. Los devastadores huracanes, las sequías y las inundaciones, para no hablar del calentamiento global, ¿no indican que estamos siendo testigos de algo cuyo único nombre apropiado es “el fin de la Naturaleza”? “Naturaleza” debe entenderse aquí en el sentido tradicional de un ritmo regular de las estaciones, el fondo confiable de la historia humana, algo en lo que podemos contar que siempre estará allí. Cuando ya no podemos depender de ella, entramos en lo que llamamos “antropoceno”: una nueva época en la vida de nuestro planeta en la que nosotros, los humanos, ya no podemos confiar en la Tierra como un reservorio dispuesto a absorber las consecuencias de nuestra actividad productiva. Incluso nosotros (la humanidad) nos concebimos como héroes Prometeos imponiendo nuestra voluntad a la naturaleza, transformándola más allá del reconocimiento, todavía confiamos en ella como el fondo de la tabla de nuestra actividad que absorberá de alguna manera los efectos secundarios (daño colateral) de nuestra productividad. Hoy en día, sin embargo, tenemos que aceptar que vivimos en una “Tierra de la Nave Espacial”, responsable y responsable de sus condiciones. La Tierra ya no es el fondo impenetrable de nuestra actividad productiva, sino que surge como un (otro) objeto finito que podemos destruir o transformar inadvertidamente para hacerla inviable. Esto significa que, en el momento mismo en que somos lo suficientemente poderosos como para afectar las condiciones más básicas de nuestra vida, tenemos que aceptar que somos simplemente otra especie animal en un planeta pequeño. Es necesaria una nueva manera de relacionarnos con nuestro medio ambiente, una vez que nos damos cuenta de esto: ya no deberíamos actuar como un trabajador heroico expresando sus potencialidades creativas y usando los recursos inagotables de su medio ambiente, sino más bien como un modesto agente colaborando con su medio ambiente, negociando permanentemente un nivel tolerable de seguridad y estabilidad, sin una fórmula a priori que garantice nuestra seguridad.

Es difícil para un forastero imaginar cómo se siente cuando un vasto dominio de tierra densamente poblada desaparece bajo el agua, de modo que millones quedan privados de las coordenadas básicas de su mundo de vida: la tierra con sus campos, pero también con los monumentos culturales que eran la materia de sus sueños, ya no están allí, de modo que, aunque en medio del agua, son como peces fuera del agua, es como si el medio ambiente que miles de generaciones tomaban como la fundación obvia de sus vidas comenzara a agrietarse–. Por supuesto, se conocieron catástrofes similares durante siglos, algunas incluso desde la misma prehistoria de la humanidad. Lo que es nuevo hoy en día es que, como vivimos en una era post-religiosa “desencantada”, tales catástrofes ya no pueden ser interpretadas como parte de un ciclo natural más amplio o como una expresión de la ira divina son interpretadas mucho más directamente como intrusiones sin sentido de una rabia destructiva que no tiene una causa clara: ¿las inundaciones causadas por Irma son acontecimientos naturales o los productos de la industria humana? Las dos dimensiones están inextricablemente entremezcladas, privándonos de la seguridad básica de que, a pesar de todas nuestras confusiones, la Naturaleza continúa en sus eternos ciclos de vida y muerte. Así es como, en 1906, William James describió su reacción ante un terremoto: “La emoción consistió en alegría y admiración. Alegría ante la vivacidad que tal idea abstracta como “terremoto” podría tener cuando se verifica concretamente y se traduce en realidad sensata y admiración por como la frágil choza de madera se pudo mantener en pie a pesar del sacudón. No sentí ni un poco de temor; era puro deleite bienvenido”. ¡Que lejos estamos del sacudón de la fundación misma de la vida del mundo de uno!

Por lo tanto, la principal lección que se debe aprender es que la humanidad debe prepararse para vivir de una manera más plástica y nómade: los cambios locales o globales en el medio ambiente pueden imponer la necesidad de transformaciones sociales inauditas a gran escala. Digamos que una gigantesca erupción volcánica hará inhabitable toda la Isla: ¿ A dónde se mudarán los habitantes de la Isla? ¿Bajo que condiciones? ¿Deberían recibir un pedazo de tierra o simplemente estar dispersos alrededor del mundo? ¿Qué pasa si la Siberia septentrional se vuelve más habitable y apropiada para la agricultura, mientras que las grandes regiones subsaharianas se harán demasiado secas para que una gran población viva allí? ¿Cómo se organizará el intercambio de población? Cuando ocurrieron cosas semejantes en el pasado, los cambios sociales sucedieron de manera espontánea y salvaje, con violencia y destrucción; tal perspectiva es catastrófica en las condiciones de hoy, con armas de destrucción masiva disponibles para todas las naciones. Una cosa es clara: la soberanía nacional tendrá que redefinirse radicalmente y se tendrán que inventar nuevos niveles de cooperación global. ¿Y qué ocurre con los inmensos cambios en la economía y el consumo debido a los nuevos patrones climáticos o la escasez de agua y fuentes de energía? ¿A través de qué procesos de elaboración se decidirán y ejecutarán tales cambios?

 

* Slavoj Žižek, filósofo y crítico cultural, es profesor en la European Graduate School, director internacional del Birkbeck Institute for the Humanities (Universidad de Londres) e investigador senior en el Instituto de Sociología de la Universidad de Liubliana. Su última obra es Porque no saben lo que hacen (Akal) y Antígona (Akal).

 

Traducción: Celita Doyhambéhère.

 

 

Publicado enMedio Ambiente
El neurobiólogo mexicano Arturo Álvarez-Buylla Roces durante su participación en el encuentro académico Mecanismos de renovación de las células madres del cerebro adulto

 

No es rígido e inmutable, ni sus células son irremplazables: Arturo Álvarez-Buylla Roces

El neurobiólogo mexicano, Premio Príncipe de Asturias, explica mecanismos de renovación

 

Por muchos años se pensó que el cerebro era algo rígido e inmutable, que las neuronas eran irremplazables y que sólo se podrían producir durante el desarrollo embrionario. Esta idea cambió radicalmente con el descubrimiento de la neurogénesis en el adulto humano, así como en roedores y aves. Este hallazgo no sólo derrumbó un dogma, sino también planteó las preguntas sobre el mecanismo para generar e integrar nuevas neuronas en un cerebro ya maduro.

Con esta premisa se ha desarrollado el trabajo de uno de los investigadores más importantes de los últimos tiempos, el neurobiólogo mexicano Arturo Álvarez-Buylla Roces, Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica 2011 por su descubrimiento de la regeneración de neuronas en cerebros adultos.

En el encuentro académico Mecanismos de renovación de las células madres del cerebro adulto, celebrado en el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav), el experto explicó que una de las cualidades de las neuronas es que están extremadamente integradas al resto del sistema nervioso; sus dendritas y axones efectúan las funciones fantásticas que tiene el cerebro.

Antes se creía que era imposible reemplazar estas células, no sólo porque no se reproducían, sino porque implicaba quitar una de estas células, que está bien integrada, y poner una nueva de forma que contribuya de manera útil para la regeneración o mantenimiento del sistema nervioso.

Uno de sus mentores, Fernando Nottebohm, de la Universidad de Rockefeller en Nueva York, naturista interesado en el comportamiento animal, en particular el canto de las aves, descubrió nuevas neuronas que se integraban a los circuitos que controlan el canto de canarios adultos. Esta era la primera evidencia de células con apariencia de neuronas que habían nacido, se habían movido a una determinada región del cerebro y se habían convertido en neuronas.

 

Legado paterno

 

Como embriólogo y biólogo del desarrollo, Álvarez-Buylla se enfocó en estudiar los mecanismos de renovación neuronal, mediante los cuales estas células se metían al cerebro, llegaban a la zona donde se necesitaban y contribuían a los circuitos cerebrales. Descubrió que una subpoblación de células funciona como progenitora de nuevas neuronas que se incorporan al bulbo olfativo, así como la zona subventricular, que es el origen de la neurogénesis de células olfativas en el adulto y la migración en cadena de estas células para alcanzar dicho bulbo.

Pero además, contribuyó a establecer la existencia de 10 tipos de células que se producen en la zona subventricular: son células madres, pero dependiendo de su región están especializadas para producir distintos tipos de neuronas, pero considera que debe existir mayor diversidad en esa u otra zona, algo que espera que su equipo logre encontrar.

El investigador mexicano recordó la labor de su padre, el neurofisiólogo Ramón Álvarez Buylla, en Cinvestav, quien en su laboratorio de reflejos condicionados con animales de laboratorio realizaba estudios sobre trasplantes de hipófisis y glándula salival. Este trabajo sembró en él la semilla que hasta hoy lo sigue impulsando a tratar de descifrar los misterios del sistema nervioso.

 

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Periódico desdeabajo, Edición Nº238 

 

Jueves, 14 Septiembre 2017 07:25

Transforman células cutáneas en neuronas

Transforman células cutáneas en neuronas

 

Científicos que trabajan para desarrollar nuevos tratamientos para las enfermedades neurodegenerativas se han visto obstaculizados por la incapacidad de desarrollar neuronas motoras humanas en el laboratorio. Las neuronas motoras impulsan las contracciones musculares y su daño subyace a enfermedades devastadoras como la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y la atrofia muscular espinal, que, en última instancia, conducen a la parálisis total y la muerte prematura.

Investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington en St. Louis, en Estados Unidos, han convertido células de la piel de adultos sanos directamente en neuronas motoras sin pasar por un estado de células madre. La técnica hace posible estudiar las neuronas motoras del sistema nervioso central humano en el laboratorio.

 

Nueva herramienta

 

A diferencia de las neuronas motoras comúnmente estudiadas, las neuronas motoras humanas cultivadas en el laboratorio serían una nueva herramienta, ya que los investigadores no pueden tomar muestras de estas neuronas de personas vivas, pero pueden tomar fácilmente muestras de piel, explican los autores, cuyo trabajo se publica este jueves en la revista Cell Stem Cell.

Evitar la fase de células madre elimina las preocupaciones éticas planteadas al producir lo que se llama células madre pluripotentes, que son similares a las células madre embrionarias en su capacidad para convertirse en todos los tipos de células adultas. Y lo que es más importante, evitar un estado de célula madre permite que las neuronas motoras resultantes mantengan la edad de las células originales de la piel y, por lo tanto, la edad del paciente.

Mantener la edad cronológica de estas células es vital en el estudio de las enfermedades neurodegenerativas que se desarrollan en personas de diferentes edades y empeoran a lo largo de décadas. En este estudio, sólo usamos células de la piel de adultos sanos desde el inicio de sus 20 años hasta finales de los años 60, dice el autor Andrew S. Yoo, profesor asistente de Biología del Desarrollo.

 

 

Jueves, 14 Septiembre 2017 06:51

‘El Capital’ habla del capitalismo de hoy

‘El Capital’ habla del capitalismo de hoy

 

 

En los primeros días de septiembre de 1867, hace ahora 150 años, se publicó el primer volumen de El Capital, la que es para muchos la obra cumbre de Karl Marx (1818-1883). Fue en una modesta tirada de mil ejemplares, pero a pesar de ello contribuyó decisivamente a transformar la forma en la que personas de todo el mundo veían nuestras sociedades.

La idea original de Marx consistía en escribir un conjunto de seis libros, dedicados cada uno de ellos a los siguientes temas: el capital, la propiedad de la tierra, el trabajo asalariado, el Estado, el comercio exterior y el mercado mundial. Sin embargo, la pobreza y las enfermedades (su vida estuvo marcada por los exilios políticos y las carencias materiales y de salud) le retrasaron de tal modo que acabó optando por un proyecto editorial de tres volúmenes. Aun así, sólo publicó en vida el primero. Los volúmenes segundo y tercero, ambos inacabados, fueron editados y publicados por su amigo y camarada Friedrich Engels (1820-1895) a partir de los manuscritos que Marx había estado escribiendo durante los años previos a su muerte.

El Capital es una obra densa y difícil. Leerla y entenderla requiere la dedicación de una ingente cantidad de horas de estudio. Y aunque corre el rumor de que todo comunista dice haberla leído y entendido, es improbable que sea cierto. A su naturaleza de material incompleto hemos de añadir el estilo del autor, que en algunos pasajes es ciertamente oscuro. De hecho, es habitual que los lectores inadvertidos se encuentren decepcionados tras consultar las primeras páginas. En ellas encontramos un alto nivel de abstracción teórica que dificulta mucho la lectura. Por decirlo de una forma breve, El Capital no es el típico libro que se puede leer mientras se va en el autobús. No es el Manifiesto Comunista. En efecto, el Manifiesto, escrito con Engels en 1848, había sido un material propagandístico elaborado para animar a los trabajadores en el contexto de las revoluciones europeas que estaban teniendo lugar entonces. Por el contrario, El Capital obedece a objetivos mucho más complejos y ambiciosos. Se aspira, nada más y nada menos, que a la comprensión exacta del funcionamiento del sistema económico capitalista. Y ello, a juicio de Marx, requería una exposición mucho más justificada y rigurosa. Una exposición que se parecía mucho más a los trabajos de los primeros economistas clásicos, como Adam Smith y David Ricardo, que a los textos publicados hasta entonces por los representantes del socialismo utópico, como Robert Owen o Saint-Simon. Para Marx, El Capital era un misil contra la burguesía precisamente por su capacidad para desvelar y desnudar las formas por las que una parte de la población explotaba a la otra parte.

Se observará entonces que existía, y aún existe, una aparente contradicción. El Capital, como arma, parece de difícil acceso para los trabajadores, quienes por lo general, y por diversas razones, están menos preparados para abordar un libro de esta naturaleza. Precisamente por eso, han sido muchos los autores que han intentado resumir El Capital e incluso codificar esta obra en forma de catecismos. Así lo hizo Karl Kautsky, el primero en sintetizar en un buen libro las ideas principales de El Capital. O, por ser más precisos, lo que él consideraba que eran las principales ideas del libro de Marx.

La interpretación kautskiana se convirtió en hegemónica durante el período de vigencia de la II Internacional (1889-1914), considerándose desde entonces, no en vano, como la visión ortodoxa del marxismo. Pero el trabajo de Kautsky no consistió sólo en resumir El Capital sino que trató de sintetizar toda la obra marxista disponible hasta entonces, convertida así en doctrina. De este modo, el producto vivo e inspirador del largo trabajo de Marx fue enclaustrado bajo la fórmula cerrada de una doctrina al servicio de los principales partidos socialdemócratas de la época –como después ocurriría lo mismo con la III Internacional (1919-1943) y la Unión Soviética-. Esta interpretación ortodoxa, si bien se inspiraba en algunas de las lecturas de Marx, convirtió en mera caricatura la riqueza del trabajo original marxista. De hecho, Marx nunca habló de materialismo histórico y tampoco de materialismo dialéctico, sino que éstas fueron construcciones posteriores, hechas por Engels y otros autores, que trataron de ofrecer a la clase trabajadora un producto más compacto y accesible del trabajo de Marx.

Sin embargo, reducir la obra de Marx, entre ellas El Capital, a un producto cerrado implica ahogar gran parte de su capacidad para la investigación. La obra de Marx, como la de cualquier otro autor, está llena de elementos no del todo coherentes entre sí y que dependen, en gran medida, del contexto histórico en el que se escriben. En un ámbito bien distinto, como es el de la física, estas cuestiones también pasan. Aunque se califican de otra forma. El propio Einstein presentó su teoría de la relatividad especial en 1905, mientras que su teoría de la relatividad general tuvo que esperar a 1915, exactamente diez años después. En el período que media entre la primera y la segunda, Einstein publicó diferentes textos que pretendían resolver los problemas que enfrentaban sus planteamientos, aunque sin éxito. Nadie pretendería hoy, por ejemplo, recuperar y reivindicar aquellos intentos fallidos de Einstein. Eso es así porque en la física, a diferencia de lo que ocurre en las ciencias sociales, es posible llegar a consensos amplios sobre los resultados de una investigación. En el caso de las ciencias sociales eso es imposible; ello no quiere decir que toda opinión valga lo mismo, sino que los criterios de rigor para consignar que una explicación es cierta son distintos, más cuestionables, más abiertos. En realidad, toda la obra de Marx es un proyecto en construcción para dotar de una explicación a fenómenos sociales, cuya naturaleza es por defecto incierta, impredecible y en muchos casos incuantificable. Y el hecho de que sea un proceso en construcción, junto con la naturaleza específica de la ciencia social, hace fallido cualquier intento de crear una doctrina y, mucho menos, de elevarla al rango de ciencia.

Es verdad, por ejemplo, que en algún momento Marx sí creyó haber descubierto las leyes de la historia. En el Discurso ante la tumba de Marx, el propio Engels explicó que «de la misma forma que Darwin ha descubierto las leyes del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx ha descubierto las leyes del desarrollo de la historia humana»[1]. Y en una carta a Ferdinand Lasalle (1825-1864), el propio Marx le explicó que «la obra de Darwin es de una gran importancia y sirve a mi propósito en cuanto que proporciona una base para la lucha histórica de clases en las ciencias naturales»[2]. La influencia de los descubrimientos de Darwin, unida a la teoría de la historia heredada de Hegel, proporcionaron a Marx un esquema histórico sobre el que, en teoría, toda sociedad debería desplegarse en el tiempo. En breve, al feudalismo le seguiría el capitalismo, y a éste el socialismo. Sin embargo, el último Marx, el de la década de 1870, se había estado reuniendo con amigos y revolucionarios rusos que contribuyeron a modificar su visión sobre la situación de Rusia, en particular, y la de los países atrasados, en general. Hasta el punto de que en una carta de 1877 escribió que «sucesos notablemente análogos pero que tienen lugar en medios históricos diferentes conducen a resultados totalmente distintos. Estudiando por separado cada una de estas formas de evolución y comparándolas luego, se puede encontrar fácilmente la clave de este fenómeno, pero nunca se llegará a ello mediante el pasaporte universal de una teoría histórico-filosófica general cuya suprema virtud consiste en ser suprahistórica»[3]. Como se puede comprobar, casi una enmienda a la totalidad a su antigua concepción de la historia o, cuando menos, a la versión vulgar que Engels había sistematizado como materialismo histórico.

De ahí que, cuando la revolución rusa de 1917 tuvo lugar en un país severamente atrasado y prácticamente feudal, Antonio Gramsci (1891-1937) dijera que se trataba de una «revolución contra El Capital» y que «El Capital de Marx era, en Rusia, el libro de los burgueses más que el de los proletarios»[4] porque instaba a crear una burguesía e iniciar una era capitalista y no a que el proletariado tomara el poder en esas condiciones. Gramsci afirmó en aquel artículo que con la revolución «los bolcheviques reniegan de Carlos Marx al afirmar, con el testimonio de la acción desarrollada, de las conquistas obtenidas, que los cánones del materialismo histórico no son tan férreos como se pudiera pensar y se ha pensado»[5]. En realidad, lo que se ponía de manifiesto es que la interpretación ortodoxa del marxismo, y mucho más la interpretación del mismo que lo consideraba como ciencia pura, fallaba al enfrentarse con las cambiantes e impredecibles formas de la realidad. De ahí que no podamos considerar al marxismo más que como una, la más fértil, tradición política y de investigación.

Otro elemento ciertamente crítico, y que conforma una laguna en la obra de El Capital, es el de la clase social. Como he tratado de demostrar en un libro de próxima publicación, Por qué soy comunista (Península, 2017), la lectura que hacemos sobre la clase social y el Estado condiciona absolutamente la práctica política de los partidos socialistas. Sin embargo, Marx no llegó a escribir nada compacto sobre ninguno de esos conceptos. Y, en el caso de clase, esta es una ausencia crucial porque conforma la espina dorsal de su pensamiento político. Es más, a cualquier seguidor de la obra de Marx le sorprenderá que su táctica política fuera tan diversa en el tiempo. Por qué, por ejemplo, él y Engels consideraban necesario mantener la autonomía de los partidos socialdemócratas frente a los partidos liberales en Europa y, en cambio, ambos sugerían a esos mismos partidos socialdemócratas en Inglaterra o Estados Unidos que se incorporaran en el seno de los partidos liberales. Algo similar a la polémica de Lenin en 1905, cuando se opuso a la decisión del partido socialdemócrata ruso de no incorporarse al Soviet de San Petersburgo por ser considerado un espacio espontáneo y desideologizado. Tanto Marx y Engels, primero, como Lenin, después, no eran unos fetichistas de las organizaciones políticas sino que su práctica política dependía de cómo entendían la construcción y evolución de las clases sociales en contextos históricos. Por eso se ha dicho que lo importante es la clase social y no el partido. Y aun así, Marx nunca elaboró una explicación detallada del concepto de clase.

En el análisis del capitalismo que hace Marx en El Capital o en el Manifiesto Comunista, él detecta la existencia de dos clases fundamentales que le permiten explicar el desarrollo de la propia historia: los capitalistas y los trabajadores. Desde este punto de vista, el capitalismo genera una estructura de huecos en las relaciones de clase que luego son ocupados por personas reales. Es como si primero existiera la estructura, creada por el sistema económico, y luego las personas reales que «hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado»[6]. Estamos ante un esquema de clases típicamente polarizado donde sólo parecen existir capitalistas y trabajadores. Así, en este enfoque la clase es una realidad objetiva que varía según el desarrollo de las fuerzas productivas.

Sin embargo, en otros escritos Marx analiza la realidad social de una manera mucho más compleja, atendiendo a las particularidades de cada contexto. En este caso los escritos son de carácter más político y coyuntural, y en ellos Marx ya no trata con sólo dos clases sino que llega a diagnosticar clases, fracciones, facciones y una red mucho más compleja de grupos sociales. Un ejemplo paradigmático es el 18 Brumario, en el que Marx analiza el golpe de Estado dado por Luis Bonaparte (1808-1873) en 1851. Esta segunda opción está conectada con la visión de Lenin y, especialmente, de Edward Thompson, según la cual las clases sociales son también construcciones sociales que dependen de las prácticas políticas y no sólo huecos en las relaciones de producción.

Sea como sea, estas dos diferentes formas de analizar la clase social carecen de algún tipo de vínculo en la teoría de Marx. Es más, hay abundante material para creer que Marx «pensaba que la tendencia histórica del capitalismo apuntaba hacia una creciente polarización en lo concreto»[7], es decir, que la dinámica capitalista apuntaría a la destrucción de todas las clases sociales que no fueran la de los capitalistas y los trabajadores. En su visión, la complejidad de la vida real se estaba simplificando por el propio desarrollo del capitalismo puesto que éste creaba cada vez más proletarios y al mismo tiempo reducía el número de capitalistas –aunque los restantes vieran su poder incrementado. Esta idea, recogida después por Kautsky, se tuvo que enfrentar a las transformaciones del capitalismo a finales del siglo XIX y a la aparición de las llamadas clases medias. Este debate, como hemos insistido en otros lugares, es crucial para entender los fenómenos sociales y el desarrollo de la política hoy en día.

Por otra parte, Marx no supo o no pudo, también por diversas razones, incorporar cuestiones ecologistas y feministas en sus escritos. Marx fue un hombre de su época, y aunque hay autores como Elmar Altvater o Bellamy Foster que reivindican su temprana inclinación ecologista, no podemos dejar de advertir que tanto Marx como Engels asumieron no sólo las tesis más productivistas de la Economía Política y sus categorías sino también los prejuicios –en este caso bastante más Marx que Engels- propios de vivir en un sistema patriarcal. Para la actualización de los parámetros ecologistas y feministas desde una perspectiva marxista es necesario dejarse acompañar por autores más modernos que, aun inspirándose en Marx, despliegan su trabajo de un modo diferente.

En suma, leer a Marx es una fuente de inspiración que nos brinda la oportunidad de dar con las preguntas y respuestas adecuadas. Y 150 años después de la publicación de El Capital, a mi juicio conviene leer y estudiar con mucha atención la obra marxista. Así, además, corregiremos una deriva que ha afectado mucho a la calidad, y también utilidad, de los análisis marxistas. Me refiero, especialmente, a la tendencia a ignorar las cuestiones materiales y económicas en los análisis políticos.

Para entender esto debemos recordar que los fundadores del llamado socialismo científico y los llamados clásicos, entre los que se encuentran Marx, Engels, Lenin, Luxemburg, Kautsky, etc. pusieron su atención fundamental en cuestiones de Economía Política y de lo que se llamaría base económica. Pero a partir de los años veinte el marxismo occidental adquiere otro tono y asume otras preocupaciones. Como dice el historiador Perry Anderson (1938-), «el marxismo occidental en su conjunto, cuando fue más allá de cuestiones de método para considerar problemas de sustancia, se concentró casi totalmente en el estudio de las superestructuras»[8], especialmente las cuestiones culturales. Dicho de otra forma, el análisis cultural suplantó a la Economía Política. Pero, además, el tono fue cambiando desde un optimismo antropológico, basado en gran medida en la asunción de que la concepción de la historia era correcta, hasta convertirse en un pesimismo antropológico más que notable. Esto fue coincidente, además, con tres hechos adicionales. Por un lado, el desplazamiento del estudio y análisis marxista desde el continente europeo hacia el mundo anglosajón. Por otro lado, con el cambio de perfil de los intelectuales marxistas, que hasta los años veinte habían sido tanto dirigentes políticos como estudiosos del marxismo y a partir de entonces se produciría una profunda desconexión entre el movimiento obrero organizado y los intelectuales. Y, finalmente, el desarrollo de un Estado del Bienestar que, a partir de un compromiso entre capital y trabajo, parecía cuestionar la necesidad del socialismo para gran parte de la clase trabajadora[9].

Esto condujo a una paradoja. El geógrafo marxista David Harvey cuenta, por ejemplo, que durante los años de posguerra y especialmente tras la caída del muro de Berlín, pocos querían estudiar un libro como El Capital. La razón estaba en que «el hecho real era que El Capital no tenía demasiada aplicación directa a la vida diaria» porque «describía el capitalismo en su versión cruda, inalterada y bárbara típica del siglo XIX»[10]. Esta situación, sin embargo, ha cambiado en la actualidad. El marxismo ha vuelto a estar de moda. Pero aún más, la razón es que hoy El Capital parece hablarnos no del capitalismo del siglo XIX sino del actual. Las reestructuraciones empresariales, que implican despidos de miles de trabajadores, la crisis económica y sus efectos macroeconómicos, los comportamientos del capital financiero y de los diferentes tipos de capital... es como si estuviéramos volviendo poco a poco al siglo XIX. O puede ser, más probablemente, que El Capital tenga la capacidad de explicar el funcionamiento de un sistema que ha cambiado poco y cuyos principales fundamentos se mantienen invariables, con lo que su lectura y estudio, como todo el marxismo que de ahí se deriva, pueden sernos de extraordinaria utilidad para comprender el mundo que vivimos. Y para transformarlo.

El marxismo no es, por lo tanto, la llave que abre todas las puertas. El marxismo es, más bien, una herramienta para el análisis social y también para la práctica política. Y al mismo tiempo también es una concepción del mundo, inspirada por esa tradición política y de investigación, que nos anima a mirar determinadas trazas de la totalidad social. Como dice Manuel Sacristán (1925-1985), la concepción marxista de mundo «supone la concepción de lo filosófico no como un sistema superior a la ciencia, sino como un nivel del pensamiento científico: el de la inspiración del propio investigar y de la reflexión sobre su marcha y resultados»[11]. En efecto, lo que hace que un investigador de orientación marxista se centre en cuestiones como las clases y la desigualdad y no en otros campos posibles, es la creencia de que haciéndolo así se encontrarán más y mejores respuestas. En consecuencia, el marxismo tiene que ir cambiando en la medida que vamos incrementando nuestro conocimiento sobre el mundo que nos rodea y en la medida que va cambiando la sociedad a la que pertenecemos.

 

NOTAS


[1] Engels, F. (1883): “Discurso ante la tumba de Marx”, disponible en https://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/83-tumba.htm
[2] Citado en Arnal, S. (2009): “Darwin, Marx y las dedicatorias de El Capital”, disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=95700
[3] Marx, K. (1877): “Carta al director de Otieschéstvennie Zapiski”, disponible en https://www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/m1877.htm
[4] Gramsci, A. (1917): “La Revolución contra El Capital”, disponible en https://www.marxists.org/espanol/gramsci/nov1917.htm
[5] Gramsci, A. (1917): “La Revolución contra El Capital”, disponible en https://www.marxists.org/espanol/gramsci/nov1917.htm
[6] Marx, K. (1851): El 18 Brumario de Luis Bonaparte, disponible en https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum1.htm
[7] Olin Wright, E. (2015): Clases. Siglo XXI, Madrid
[8] Anderson, P. (2012): Consideraciones sobre el marxismo occidental. Siglo XXI, Madrid.
[9] Anderson, P. (2012): Consideraciones sobre el marxismo occidental. Siglo XXI, Madrid.
[10] Harvey, D. (2015): Espacios de esperanza. Akal, Madrid.
[11] Sacristán, M. (1964): “Sobre el anti-dürhing”

 

 

 

 

 

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Variedad de café producido en México

 

Algunas zonas de Latinoamérica que actualmente producen café podrían dejar de ser aptas para ese cultivo hacia 2050

 

El cambio climático no acabará con las bebidas más consumidas del mundo -el café y el té- pero sí que alterará las zonas en las que se cultivan estos productos. El pasado mes de junio un estudio internacional indicaba que la mitad de los cultivos de café etíope se perderán este siglo por el cambio climático (ver La Vanguardia), y ahora una nueva investigación científica apunta que algunas zonas de Latinoamérica que actualmente producen café podrían dejar de ser aptas para ese cultivo hacia 2050 a raíz de los efectos del cambio climático.

Los nuevos resultados forman parte de un estudio publicado (11 set.) en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). En la parte positiva, el estudio indica que algunas áreas en las que hoy no se produce el grano podrían utilizarse en el futuro para este cultivo, según esta investigación realizada por un equipo internacional.

 

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"El estudio permite ver cómo el cambio climático podría modificar las áreas con capacidad de producir café, es decir, en qué zonas se perderá o ganará aptitud para este cultivo", dijo a Efe Pablo Imbach, investigador del Centro Internacional de Agricultura Tropical de Vietnam, quien lideró este trabajo.

El análisis incluye áreas "que en el futuro no tendrán un clima apto para la producción de café, así como aquellas que no lo tienen ahora pero lo podrían tener en el futuro", agregó Imbach. La comunidad científica sabe que el cambio climático causará cambios en los cultivos y en las especies polinizadoras, lo que tendrá consecuencias en la disponibilidad de alimentos y en la economía de los pequeños productores. "Sin embargo, no se había evaluado la manera en que los cambios en la distribución de las abejas se acoplaban a los cambios en la distribución de las áreas aptas para producir café", señaló el investigador.

 

 

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En este estudio, el equipo creó un modelo con las distribuciones potenciales del café y de los polinizadores de ese cultivo bajo el clima actual y el que podría haber en un futuro en Latinoamérica.

Con ese modelo, buscaron comprender si las áreas que en un futuro serán aptas para la producción de café también serán adecuadas para las especies polinizadoras.

"Nuestros resultados sugieren que las áreas aptas para el café se reducirán entre el 73 y el 88 por ciento hacia 2050 en escenarios cálidos, una bajada entre el 46 y el 76 por ciento mayor a lo estimado en evaluaciones mundiales", indica el estudio.

"Aunque hallamos una reducción en la aptitud para el café y en la diversidad de las especies de abejas en más de un tercio de las áreas que en un futuro serán adecuadas para el café, todas las zonas albergarán potencialmente al menos cinco especies de abejas, lo que indica la continuación de los servicios de polinización", agrega el texto. Los resultados de la investigación sugieren que las pequeñas áreas que en el futuro serán más aptas para este cultivo estarán en zonas elevadas.

 

 

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En ese sentido, habrá una pérdida significativa de áreas aptas para el café en zonas con pocas montañas, como Nicaragua, Honduras y Venezuela, mientras que otros sitios verán una leve expansión. En ese segundo grupo aparecen México, Guatemala, Colombia y Costa Rica, según enumera el equipo de investigación.

Según Imbach, al simular los efectos del cambio climático sobre el café y las abejas, la comunidad científica puede "entender la magnitud y sitios en que ocurrirán estos cambios".

También a partir de un análisis con estas características, los especialistas pueden hacer recomendaciones a los productores "para apoyar su adaptación al cambio climático".

El investigador sostuvo que aún es necesario ver qué alternativas hay "para los medios de vida de los actuales productores de café en tierras que perderán aptitud para el cultivo" y los efectos que podrían generarse en las nuevas tierras aptas para el café. JEC

 

Artículo científico de referencia:

Coupling of pollination services and agriculture under climate change. PNAS. http://dx.doi.org/10.1073/pnas.1617940114. September 11, 2017.

 

 

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Chris Murray (izquierda) y sus colaboradores capturan un cocodrilo en el Parque Nacional de Palo Verde en Costa Rica.

 

Cualquiera que conozca superficialmente el cultivo de peces para el consumo humano pensará que los animales se crían en condiciones similares a las naturales y que la mayor diferencia está en su alimentación. Sin embargo, lo mismo que sucede con el ganado terrestre, en muchos casos se introducen ingredientes no naturales en el proceso que pueden terminar teniendo consecuencias importantes y no totalmente insospechadas.

Es, al parecer, el caso de las piscifactorías de tilapia que han proliferado en los alrededores del Parque Nacional de Palo Verde, en Costa Rica, debido sobre todo a la demanda creciente de este pescado muy popular en América a pesar de ser de origen africano. Estas granjas están autorizadas para utilizar una hormona masculina sintética que hace que todos los peces sean machos y, por tanto, tengan mayor tamaño a la misma edad que las hembras.

Es decir, se permite una aberración zoológica en aras de una mayor rentabilidad y se afirma que no se han encontrado efectos perjudiciales en los humanos por el consumo de peces tratados con este esteroide.Por el otro lado están los cocodrilos del parque nacional, supuestamente independientes de las piscifactorías de tilapia. Hace pocos años el personal del parque nacional empezó a sospechar que había muchos más machos que hembras en la población de cocodrilo americano (Crocodylus acutus) en esta zona.

Esto a pesar de que el aumento de temperatura global hace prever que aumente el número de hembras porque en los cocodrilos el sexo del embrión lo determina la temperatura a la que se incuba el huevo. Los cocodrilos no tienen órganos sexuales externos, por lo que ha sido necesario capturar casi 500 ejemplares uno por uno, verificar su sexo y tomar muestras y luego soltarlos para comprobar dos cosas. Por un lado, que nacen cuatro veces más machos que hembras, cuando lo natural es que la proporción sea muy parecida.

Por otro lado, que todos los cocodrilos estudiados tienen en sus tejidos la misma hormona sintética que utilizan las granjas de tilapia, informa la revista Science. Queda por demostrar la relación entre una cosa y otra, porque teóricamente las granjas son autocontenidas y no debería escaparse la hormona.

 

 

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Sin embargo, lo que sospechan los investigadores es que se vierten aguas residuales sin tratar adecuadamente al ecosistema y que asimismo se escapan tilapias que son comidas por los cocodrilos. Hay quien cree que existe otro posible origen, aunque parezca menos probable. La hormona (metiltestosterona) está entre los esteroides que, a pesar de sus efectos adversos, consumen abusivamente los hombres que pretenden un desarrollo muscular extremo en los gimnasios, especialmente en las ciudades.

La hormona puede proceder de las aguas residuales urbanas de Costa Rica. Chris Murray, un zoólogo estadounidense, es el jefe del equipo que ha realizado el trabajo que ha sacado a la luz esta contaminación de la vida salvaje y sus consecuencias, por encargo del Gobierno de Costa Rica. El mismo, junto a un técnico experto en documentales de naturaleza y otros ayudantes, ha capturado muchos de los cocodrilos y tiene numerosas anécdotas que contar, aunque reconoce que el trabajo ha sido muy difícil.

Murray y su equipo han comprobado el efecto masculinizante de este esteroide en el caimán americano (Alligator mississippiensis), incubando huevos tratados con la hormona. La ruptura del equilibrio entre sexos en la población de esta especie de cocodrilos (clasificada como vulnerable) de Costa Rica puede influir negativamente en su futuro, sobre todo si hace infértiles a los machos.

Además, lo que han comprobado los investigadores es que el desequilibrio en la población estudiada disminuye con la edad, es menor en los jóvenes adultos que en los menores. Creen que significa que, ante la gran competencia existente por acceder a las hembras, algunos jóvenes adultos dejan el grupo y terminan en áreas pobladas, lo que aumenta el número de incidentes con humanos.

Este tema se engloba en el más general de los disruptores endocrinos, sustancias hormonales cuyos efectos negativos sobre la salud reproductiva de las personas y animales es una preocupación creciente desde hace 20 años.

En su mayoría, los disruptores producen una feminización y la metiltestosterona, además, no estaba clasificada como disruptor endocrino, informa Science. Por otra parte, existen granjas de tilapia en 80 países.El parque nacional de Palo Verde ocupa la cuenca del río Tempisque, en la provincia de Guanacaste y es un destino turístico importante.

 

 

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‘Biohacking’, ¿el siguiente paso en la evolución del ser humano?

 

 

Este movimiento quiere crear humanos mejorados añadiendo tecnología al cuerpo para potenciar las capacidades físicas y mentales

 

Hace solo unas semanas un grupo de biohackers consiguió codificar un virus informático en hebras físicas de ADN. Así, cuando un secuenciador de genes analiza la cadena, los datos almacenados en ella se convierten en un programa que daña el software del aparato y se hace con el control del ordenador al que está conectado. Es una de las aplicaciones más asombrosas —y amenazantes— del biohacking, un movimiento que se sirve de las tecnologías más punteras con el objetivo de modificar y mejorar el cuerpo humano.

Aunque el término hackear suele tener una acepción negativa, en el caso del biohackeo las aplicaciones están destinadas a potenciar las capacidades humanas. Es cierto, como hemos visto, que ya se ha demostrado que es posible utilizarlo para fines dañinos. Pero por ahora su uso más extendido tiene como función mejorar la calidad de vida de las personas que hackean sus cuerpos. “Su objetivo final es la salud y la supervivencia del individuo”, asegura Andrés Quesada, de Technaid, una empresa especializada en exoesqueletos. Es decir, crear humanos mejorados que puedan, por ejemplo, tener una prótesis inteligente para su pierna o, incluso, ver en la oscuridad y almacenar cantidades ingentes de datos.

Para conseguir estas características que parecen propias de superhéroes, los biohackers añaden tecnología al cuerpo humano, ya sea una extremidad robótica, un chip, una antena o unos sensores. “La tecnología que se utiliza es muy variada: puede ser a nivel genético —utilizando la técnica CRISPR para modificar la cadena de ADN—, incorporando componentes físicos o químicos a nuestro organismo”, así lo explica Pedro Diezma, experto en biohacking. A esta explicación, Josep Bardallo, CEO de Sytcloud y experto en la materia, añade que también se trata de “hacer accesible la información a todos —un concepto clave de la cultura hacking— en todo lo relacionado con la biología”.

Uno de los distintivos que ha facilitado la difusión y el crecimiento del biohacking es que se trata de un movimiento do it yourself —hazlo tú mismo, en español—, aunque la práctica se está institucionalizando poco a poco. En sus orígenes, con los conocimientos necesarios, cada uno podía crear su propios dispositivos, aunque lo ideal era buscar a un profesional que los insertase de forma segura.

Implantar un chip en el cerebro requiere obviamente de la intervención de profesional médico. Pero en muchos casos los profesionales prefieren mantener su identidad en secreto, debido al debate ético y moral que ha abierto el biohacking. La regulación aún se está desarrollando y en algunos países la modificación del ADN no es legal. Otros aspectos están más extendidos, como por ejemplo los exoesqueletos. Ya son muy comunes las prótesis de extremidades impresas en 3D, manejadas con joysticks que sirven a los pacientes para ayudarles a recuperarse o, por ejemplo, para sustituir una mano.

Algunos de los hackeos que más llaman la atención de los expertos consultados son el caso de una persona que se hizo implantes en la piel para abrir puertas, un chip para pagar bitcoins y lentillas para ver en la oscuridad. Diezma destaca el planteamiento de agencias como DARPA —que trabaja para el gobierno de Estados Unidos— que están desarrollando chips para poder almacenar información en el cerebro. Las consecuencias en la vida de las personas parecen evidentes. “Si quisieras contratar a un abogado, a quién elegirías: ¿a alguien que tiene almacenada toda la legislación nacional e internacional en el cerebro o a quién no lo tiene?”, ejemplifica Diezma.

Todo esto puede sonar muy loco y todavía se tacha de excéntricas a las personas que apuestan por mejorar su cuerpo a través de la tecnología.Es el caso de Neil Harbisson, la primera persona cíborg reconocida por una institución internacional, que tiene una antena con la que puede percibir el sonido de los colores. Pero por increíbles que estos avances parezcan, se están realizando desde hace mucho tiempo en todo el mundo. Y funcionan.

Aunque a finales de los noventa ya hubo biohackers que se implantaron chips, lo cierto es que en los últimos años se ha desarrollado exponencialmente, de la mano de los avances tecnológicos. A día de hoy se continúa investigando y probando para ver hasta dónde pueden llegar los límites. Parece que en este caso el desarrollo de la tecnología amplía nuestro abanico de posibilidades para evolucionar como humanos. Y algunos dibujan escenarios que —todavía— parecen de ciencia ficción. “El límite más extremo es un cerebro humano en un cuerpo robótico”, asevera Andrés Quesada. “No puede haber mayor biohacking”.

 


 

El ADN que transporta virus informáticos

 

Que los científicos hayan conseguido esconder un virus informático en una cadena de ADN es una de las aplicaciones más espeluznantes que se conocen hasta ahora del biohacking.

Aunque, por ahora, podemos estar tranquilos. Este tipos de ataques están lejos de ser prácticos para cualquier espía real o criminal: supone invertir demasiados recursos y tiempo. Sin embargo, los investigadores que presentaron el estudio en la Universidad de Washington sostienen que podría ser más probable en el tiempo, "conforme la secuenciación del ADN se convierta en algo más común".

No hay que perder de vista este avance porque supone una nueva clase de amenaza. "Cuando se está comprobando la seguridad de los sistemas, no solo hay que mirar la conectividad de red y la unidad USB, sino también la información que está almacenada en el ADN que se está secuenciando", explica Tadayoshi Kohno, profesor de ciencias de la computación de la Universidad de Washington que lideró el proyecto.

Si esta práctica se popularizase y se asentase, los piratas informáticos podrían tener acceso a valiosa propiedad intelectual, o posiblemente contaminar un análisis genético, como las pruebas de ADN criminal. Las compañías podrían incluso colocar código malicioso en el ADN de los productos genéticamente modificados para proteger los secretos comerciales, según sugieren los investigadores.

 

 

Biólogos hallan en la glía fuente para el desarrollo de neuronas

Constituyen la mitad del volumen del cerebro, indican los expertos de la Universidad de NY

 

Un equipo de biólogos encontró una fuente inesperada para el desarrollo del cerebro, hallazgo que ofrece nuevas perspectivas sobre la construcción del sistema nervioso. La investigación, que se publica en la revista Science, reveló que la glía, una colección de células no nerviosas que habían sido consideradas pasivas de apoyo, son vitales para el desarrollo de neuronas.

Los resultados nos llevan a revisar la visión a menudo neurocéntrica del desarrollo cerebral para ahora apreciar las contribuciones de las células no neuronales como la glía, explicó el autor principal del estudio, Vilaiwan Fernandes, investigador posdoctoral en el Departamento de Biología de la Universidad de Nueva York, en Estados Unidos.


Respuesta a preguntas fundamentales

 

De hecho, nuestro estudio encontró que las preguntas fundamentales en el desarrollo del cerebro respecto de la sincronización, la identidad y la coordinación del nacimiento de la célula nerviosa pueden entenderse solamente cuando se explica la contribución glial, agregó.

El cerebro se compone de dos tipos de células: nerviosas o neuronas y glía, que son células no nerviosas que constituyen más de la mitad del volumen del cerebro. Los neurobiólogos han tendido a centrarse en las primeros porque son las células que forman las redes que procesan la información, pero, dada la preponderancia de la glía en la composición celular del cerebro, investigadores de la Universidad de Nueva York plantearon la hipótesis de que podrían desempeñar un papel fundamental en el desarrollo del cerebro.

Para explorar esto, examinaron el sistema visual de la mosca de la fruta, una especie que sirve de poderoso organismo modelo para esta línea de estudio porque su sistema visual, como el de los seres humanos, tiene repetidos minicircuitos que detectan y procesan la luz en todo el campo visual. Esta dinámica es de particular interés para los científicos porque, a medida que el cerebro se desarrolla, debe coordinar el aumento de las neuronas en la retina con otras en regiones distantes del cerebro.

En su estudio, los investigadores de la Universidad de Nueva York descubrieron que la coordinación del desarrollo de las neuronas se logra a través de una población de glía, que transmite las señales de la retina al cerebro para convertir las células de ese órgano en células nerviosas.

 

 

Martes, 05 Septiembre 2017 18:16

Fernand Braudel y la ciencias humanas

Fernand Braudel y la ciencias humanas

“¿Existe acaso una concepción global de la historia, específicamente braudeliana? Respondiendo afirmativamente a esta pregunta, este libro quiere ser a un mismo tiempo una suerte de ‘Introducción general’ al pensamiento y a los trabajos de Fernand Braudel, y una clara invitación a la lectura directa de sus obras, a través de la reconstrucción de las líneas centrales de su proyecto intelectual. Reconstrucción que evidencia, entonces, las articulaciones mayores de esa compleja cosmovisión histórica construida por Braudel, al tiempo que intenta mostrar las contribuciones fundamentales que, en los planos teórico, metodológico, problemático e historiográfico, fueron desarrolladas por quien se constituyó, sin duda alguna, en el más importante historiador de todo el Siglo XX a nivel mundial, Fernand Braudel”.

 

Edición 2017. Formato: 17 x 24 cm, 248 páginas

P.V.P.: $ 35.000, USD $ 12, ISBN: 978-958-8926-49-0

Sábado, 26 Agosto 2017 07:05

¿Qué es la economía?

¿Qué es la economía?

La economía es todo menos una ciencia racional. Y no es una ciencia porque tiene tantos misterios como la religión. Los sacerdotes de ayer son los expertos de hoy. Tanto los ancestros, como sus hijos hablan del “motor” que mueve el mundo. Los antiguos creían en Dios, los expertos de hoy creen en TINA; las iniciales del acrónimo thatcheriano «There is no alternative» (no hay alternativa) . Políticos y economistas reclaman hoy lo mismo que los curas medievales exigían a la feligresía cristiana y a los incrédulos de todo tipo; amar a Dios sin entenderle. Amar a TINA sin límite.


El misterio fue la clave de toda la larga Edad Media, y durante siglos la humanidad occidental amó a Dios bien porque no le entendía (tesis de los jesuitas; con su lema del fin que justifica los medios), o justo porque era imposible entenderlo (tesis de los cristianos fundamentalistas, con su metáfora del pastor que guía a sus ovejas leales)
Sin embargo en el siglo XXI la economía está en crisis porque al igual que sucedió con el cristianismo en el siglo XVIII, la crisis actual aflora la economía más como un misterio retórico (postular la incapacidad colectiva) que como una doctrina del misterio (postular el austericidio sin alternativa).


Los expertos explican siempre las crisis como efectos de la economía, y sus causas son siempre superficiales y jurídicas, con lo que toda crisis se salda con el establecimiento de la culpa en el chivo expiatorio. Nunca se diagnostica cáncer, sino una reacción alérgica. Nunca se cuestiona el núcleo de sus fundamentos. TINA es sagrada.


TINA y el ciudadano obsolescente que no suda


No obstante, la feligresía del mítico Estado del Bienestar concibe ya la economía como el imperio de una distinguida y colosal glosolaila donde todo el mundo converge sobre la inminencia de la gran crisis final del mundo civilizado; bien por explosión de la superburbuja global, bien por la revolución de las desigualdades, bien por la caída de las ganancias.
Es decir que la “economía” de hoy además de ser una criatura misteriosa y hostil que justifica guerras y robotiza los trabajos, amenaza ahora con implosionar de forma inminente porque su metabolismo no solo está devastando el planeta, sino que también está modificando al propio sujeto social mediante algoritmos y tecnologías que transforman la clásica figura del burgués autónomo y libertino en un sujeto obsolescente de actividad subsidiada con panes sin sudores de frente. Toda una herencia antropológica del viejo mundo que el nuevo parece querer conservar rindiéndole culto con el formol de un presente permanentemente indefinido.


La verdad de la curva del más acá bidimensional


Así pues, mientras que la religión hacía de la simbología eclesiástica y de la imaginería santoral el deleite de la feligresía beata medieval transmitiéndole eficazmente las eternas noticias doctrinales del mundo del más allá, la economía de hoy hace de la curva estocástica la verdad absoluta del nuevo mundo de los dos ejes XY del más acá bidimensional. Un mundo volátil, sin forma constante, compuesto sólo de categorías que se realizan cuando se cruzan al vuelo.


Permanentemente se publican tratados de expertos que afloran las curvas que recristalizan todas las percepciones ocultas de la realidad subyacente; el PIB contra deuda, las exportaciones contra las importaciones, la balanza de pagos, el índice de GINI, etc.


Se trata de realidades super objetivas que el político y el economista describen con un nutrido arte de preciosismo conceptual, hermetismo técnico y oblicuidad gráfica; “deuda”, “cinturón”, “austericidio” “expansión cuantitativa”, etc. son tan solo otros pocos ejemplos de esta doctrina retórica.


El misterio de “el valor”


Pero esto sólo son manifestaciones de la superficie. En cuanto a los misterios sobre los que se funda esta doctrina subsiste todavía con pleno vigor el enigma de “el valor” como sustancia objetiva de toda mercancía (1). Un misterio que alumbró la reforma marxista, pero que desarrolló en todo su esplendor quimérico la contrarreforma neoliberal del siglo XX.


Así Marx, buscando identificar esa sustancia mística la concibe como la cantidad de trabajo que encierra la producción de toda mercancía y los capitalistas contentos del hallazgo añaden a las mercancías sus propias plusvalías de costumbre.


La plusvalía no fue un proceso claro de mercaderes innovadores, sino que fue un secreto mantenido discretamente en el gremio mercantil hasta que los más ricos descubrieron en el siglo XVIII que para la captación de liquidez la mercancía era una rémora de costumbres primitivas.


Desde la más remota antigüedad, los mercados funcionaban adaptando los precios a la cantidad de dinero disponible en la plaza mediante un proceso de tanteo por regateo. Es decir la mercancía siempre ha sido un objeto de seducción manifiestamente neutral y no tenía más valor que aquel que el mercader podía obtener con sus trapicheos.


El valor del dinero como mercancía


Fue entonces cuando empezaron a experimentar con el dinero como mercancía desarrollando a escala el préstamo a interés. La alegría cundió entre los pobres amigos de los ricos que prestaron –en confianza–, expandiendo el comercio en cascada hasta los pueblos más recónditos de Occidente.


Hasta el siglo XVIII el dinero era algo oficialmente estéril y reclamar abiertamente una plusvalía por un dinero prestado era considerado como “usura”. Idea aberrante que la propia Iglesia condenaba con todas sus fuerzas hasta que los jesuitas adaptaron el cristianismo a la revolución burguesa que se estaba cociendo en Francia mediante su conocida doctrina del fin que justifica los medios. En este caso el fin es la riqueza y los medios son todos aquellos con los que se verifica el negocio en confianza. Es decir la desigualdad aceptada entre acreedor y deudor.


El mito del valor como sustancia de la economía


Luego los progresistas del siglo XIX y XX dedicaron sus mejores esfuerzos a pelear el mito del valor como sustancia de la mercancía. Los colectivistas antiburgueses abogaban por la socialización de los medios de producción del valor y los burgueses racionales abogaban por la redistribución fiscal de los excesos de ganancias en orden a conservar al principio de igualdad ciudadana del Estado del Bienestar.


Mientras tanto los capitalistas desarrollaron en paralelo la desigualdad como principio motor de la economía enfatizando la creación burguesa del individuo autónomo y libre de toda atadura, sea de origen divino o colectivo. La iniciativa individual no debe restringirse con normas, y el Estado ha de ser mínimo.


Las viejas desigualdades de hecho se lograron revestir de desigualdades de derecho mediante la doctrina del mérito individual y la retórica de la igualdad de oportunidades. Una igualdad quimérica que no sólo invisibilizaba los abolengos de cuna, sino que además culpabilizaba al desigual desgraciado como concreto individual –“producto defectuoso”–, de la naturaleza. ¡Se es pobre por naturaleza!


Consecuentemente el Darwinismo había saltado ya de la naturaleza a la metrópoli, y en el mundo secularizado del siglo XX los neoliberales sistematizaron la vieja frase de Hobbes del siglo XVII; “Homo homini lupus est” (el hombre es el lobo del hombre), y Wall Street se convirtió en el nuevo Vaticano del orden económico tras el derrumbe estrepitoso del Kremlin.


¿Qué es la economía?


Responder a esta pregunta desde la retórica ortodoxa es morir en el intento de desvelar sus cuantiosos misterios de naturaleza irracional toda vez que el fundamento del valor intrínseco de la mercancía es materia de fe incluso visto desde la perspectiva de la utilidad (2).


La ecuación básica de la transacción mercantil ya no es M–D–M (Mercancía–Dinero–Mercancía), sino esta otra; D–M–D (Dinero–Mercancía–Dinero) (3). Siempre lo fue, pero desde que el dinero es una mercancía, la primera ecuación es un atrapador de sueños emancipatorios.


Los progresistas ignoran lo obvio; que el productor busca liquidez comprando trabajo D–W–D (Dinero–Trabajo (W)–Dinero); que el comerciante busca liquidez mediante su propia liquidez D–M–D (Dinero–Mercancía–Dinero); que el consumidor busca liquidez mediante trabajo para comprar producto W–D–M (Trabajo–Dinero–Mercancía); que el financiero busca liquidez con deuda; D–X–D (Dinero–Deuda (X)–Dinero); y que el Estado busca liquidez mermando la liquidez de sus ciudadanos mediante impuestos.
De momento digamos que la liquidez (4) señala un concepto complejo toda vez que hay que apreciarlo fuera de la teoría del valor ya que carece de núcleo sustancial, lo que invalida su configuración a partir de una posible estructura interna de valías y plusvalías totalmente irrelevante. Aquí el concepto de liquidez define dinero como elemento de poder.


Consecuentemente el dinero es aquí un cuantificador de poder y actúa organizando la sociedad desde un modelo taxonómico que estructura a los individuos por tramos de liquidez. El hombre moderno ya no se puede definir como un ser social, ni siquiera como un miembro del cuerpo místico de Cristo. Por primera vez en la historia de la humanidad aparece la figura de un ser relativamente aislado del colectivo humano, relacionado tan sólo por nómina con su empresa, por fiscalidad con el Estado y por consumo con el resto.


La democracia es otro misterio más de la economía, lo mismo que el Estado de Derecho fundado en un ordenamiento jurídico que pone al Estado al servicio de TINA mediante el Estado de Conveniencia del poder dominante.


La falacia de la doctrina económica vigente se muestra en sus propios fundamentos psudocientíficos llenos de penumbras y paradojas dirigidas a establecer la economía como una ley objetiva de la naturaleza y no como una doctrina arbitraria de la oligarquía dominante.


En realidad la situación actual podría caracterizarse como la contrarreforma a la Revolución Francesa de lema oficial; «Liberté, Égalité, Fraternité», ya que la crisis actual ha puesto sobre la mesa al dios neoliberal conocido por el acrónimo thatcheriano «There is no alternative», (TINA) donde el «austericidio» ha dejado bien claro el nuevo lema del siglo XXI: “Sumisión, Desigualdad, Hostilidad.”


Si se acepta que el dinero es poder, entonces la economía no es otra cosa que “el derecho”, es decir; el ordenamiento jurídico. Y ahí si que hay alternativa. Sólo bastaría con cambiar el derecho mercantil, el derecho financiero, el código penal, la ley del IVA, el derecho laboral etc, etc.


NOTAS:


(1) La “hipótesis sustancialista” tiende a “naturalizar” las relaciones comerciales porque da prioridad a los objetos dotándolos de un valor intrínseco que reduce a un segundo plano las voluntades de los agentes que realizan la transacción. Bajo esta hipótesis los agentes no influyen en los precios pues se supone una racionalidad objetiva paramétrica, no estratégica, donde el regateo está mal visto, ya que la transacción comercial se describe como un ideal automático; sin trapicheos, ni negociación posible.
(2) En la versión neoclásica de la doctrina económica de León Walras, las mercancías tienen un valor objetivo e independiente de las interacciones del mercado, siendo que la voluntad del comprador se dirige por su “cálculo de la utilidad”, una característica intrínseca de los bienes y externa al consumidor. Por el contrario, en la teoría marxista el valor de la mercancía viene determinado por el trabajo de su producción, que es el núcleo determinante de la relación de intercambio. Bajo la óptica marxista la tensión entre la oferta y la demanda fija el precio final. Pero este precio señala la desviación con relación al valor (trabajo) de la mercancía. Valor que asimismo se define como el centro de gravedad en torno al cual han de girar los precios del mercado.
(3) Aglietta, M. y A. Orléan. La violencia de la moneda, México, D. F., Siglo XXI, 1990, pág. 77–78
(4) Un determinado concepto de liquidez es desarrollado por André Orléan, en L’empire de la valeur. Refonder l’économie, París, Éditions du Seuil, 2011. No obstante para Orléan el concepto de liquidez va asociado a la utilidad del dinero, ocupando el dinero un lugar central en su concepción de valor. La “hipótesis mimética” de Orléans otorga al dinero una naturaleza institucional de relación social basada en la confianza, la representación colectiva y las expectativas. Algo que difiere significativamente de la interpretación que se sugiere en este texto de “liquidez” como cuantificador de poder.

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