“La mejor teoría es la que mejor puede interrogar al paciente”

A partir de las nuevas teorías de la complejidad, el prestigioso médico psiquiatra y psicoanalista permite entender el psicoanálisis posfreudiano y poslacaniano. La práctica psicoanalítica en un momento en que desde las neurociencias y las soluciones farmacológicas se cuestiona su eficacia.

 

El prestigioso médico psiquiatra y psicoanalista Luis Hornstein se propuso indagar sobre la práctica del psicoanálisis actual en su nuevo libro Ser analista hoy (Editorial Paidós). Teniendo en cuenta las lecturas clásicas, Hornstein desgrana una multiplicidad de conceptos a lo largo de casi trescientas páginas: a partir de las nuevas teorías de la complejidad permite entender el psicoanálisis posfreudiano y poslacaniano. Y lo completa con la presentación de un caso clínico, donde no disocia el devenir histórico del paciente del plano histórico-social y su relación con la subjetividad. Ser analista hoy es también un minucioso trabajo sobre la práctica psicoanalítica en un momento en que desde las neurociencias y las soluciones farmacológicas se cuestiona su eficacia. El porqué de este cuestionamiento, Hornstein lo entiende de la siguiente manera: “En particular, las neurociencias son una gama de investigaciones que tienen como base la problemática del cerebro, la inteligencia artificial. Yo creo que, tal vez, un derivado o algo que se apuntala en las neurociencias es la industria farmacéutica”, explica.


En el tema de las neurociencias hay una versión menos reduccionista y una versión más reduccionista, según entiende el psiquiatra y psicoanalista. La versión más reduccionista considera que lo psíquico como tal “puede ser obviado por todos estos desarrollos nuevos a nivel del cerebro y de inteligencia artificial”. Sin embargo, según Hornstein, la parte más reduccionista apuntala a la industria farmacéutica. “Y yo creo que el principal problema de donde vienen los cuestionamientos es desde la industria farmacéutica que pretende cada vez más suplantar lo que sería el trabajo sobre lo psíquico y sobre la subjetividad y los conflictos por moléculas que solucionarían todos los tipos de dolencia, sufrimientos y problemáticas personales de la gente”. El autor ve esa tensión más por un conflicto de intereses con la industria farmacéutica que pretendería abolir todo lo que fuera considerar al psiquismo en toda su dimensión de complejidad y suplantarlo por un problema, donde todo se puede resolver con distintas moléculas. “Particularmente diría que uno de los temas, donde más debates se da, es básicamente sobre la depresión, porque la depresión es considerada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como la cuarta causa de discapacidad y se supone que en el 2020 será la segunda causa de discapacidad después de las enfermedades cardiovasculares. La industria farmacéutica factura más de 10 mil millones de dólares en antidepresivos en Estados Unidos y 20 mil millones de dólares en todo el mundo. Entonces, nosotros como psicoanalistas estamos acostumbrados a debates conceptuales, a debates corporativos, donde hay gente que está sostenida en un campo de doctrinas particulares, pero acá es un debate económico. Y un debate económico con una potencia, donde lo que se juega son intereses muy fuertes, que son los intereses de los laboratorios, de la industria farmacéutica y de los psicofármacos. Esto tiene dos ejes: la temática de la ansiedad y la temática de la depresión. Creo que el debate está muy contaminado por estos intereses económicos”, plantea Hornstein.


–Yendo al comienzo de lo que plantea en el libro, ¿cómo es eso de que un analista debe conservar su eterna condición de aprendiz?
–A diferencia de otros campos, uno tiene que asumir que, por nuestra temática, siempre lidiamos con fenómenos complejos. Y, en ese sentido, lidiar con fenómenos complejos implica que, por más que uno estudie la obra de Freud, de Lacan o de otros padres fundadores, hay que estar actualizado. Y eso supone no solamente estar actualizado en que cada paciente es un mundo singular: justamente, si el psicoanálisis apuesta al paradigma de la complejidad, hay una enorme distancia entre toda una biblioteca que me puede hablar del Complejo de Edipo y el narcisismo y este Complejo de Edipo, al cual yo no puedo acceder si no es a través de la escucha de esa singularidad. En ese sentido, creo que el duelo por la certeza en nuestro campo es uno de los duelos fundamentales. Yo supongo que si alguien hace radiología de esófago, después de tres o cuatro años de ver esófagos hay un momento donde ya domina porque es una técnica acotada. Pero cuando enfrentamos nada menos que la complejidad de la psiquis humana, la historia y los efectos de lo histórico-social sobre la subjetividad estamos exigidos con cada paciente a aceptar que uno no está del lugar del saber sino del lugar de interrogar acerca de qué ha sido la historia singular de esta persona.


–Usted señala: “Más que interpretar, historizo”. ¿Cómo se articula pasado y presente en la práctica analítica?
–Una de las innovaciones que trae el paradigma de la complejidad es, justamente, no pensar la historia lineal pasado-presente sino la historia en términos recursivos: es el presente el que actualiza ciertos pasados. Cuando se habla de historia, se habla de historia infantil. No: la historia continúa. La infancia es el comienzo de la historia, pero también está la historia actual y si pensamos al psiquismo como un psiquismo abierto tenemos que pensar como momentos históricos fundamentales en cuanto a la organización de la subjetividad, sea la pubertad, sea la adolescencia, sea la paternidad, sea la madurez. En ese sentido, historizar es asumir que la historia continúa y que la infancia no es un destino sino que la infancia es una apertura de potencialidades.


–¿En qué aspectos la iniciación de un tratamiento es resultado de un vínculo?
–Cada vez más rompimos con el ideal tecnológico donde se supone que un psicoanalista es un técnico que opera según cierto protocolo. Cada vez más asumimos que todo encuentro analítico es justamente un encuentro entre dos subjetividades y que va a depender mucho en la evaluación de la potencialidad de esa pareja terapéutica cuáles son las afinidades que pueda haber entre terapeuta y paciente. Y eso rompe con la idea de una técnica que es independiente de quien la administra. Justamente, si uno mide colesterol en sangre, no importa el operador. Importa que sea una máquina de última generación. Eso no es lo que pasa en la situación analítica. Importa la historia del analista, que esa historia permita escuchar al otro como otro, que sea capaz de resonar en función de sus propias crisis vividas, de sus duelos, de sus historias infantiles, de sus lecturas y de sus diferentes prácticas.


–¿Por qué es mayor la complejidad en las primeras entrevistas?
–Hubo una época en que la primera entrevista tendía a la simplificación, que imaginaba que a partir no solamente de una primera entrevista sino de los primeros minutos, uno podría pronosticar no solamente el porvenir de esa terapia sino la vida del paciente. En la medida en que asumimos la complejidad, sabemos que toda primera entrevista no es más que apertura. Freud hubiera dicho: “El contenido manifiesto de un sueño”. El paciente me puede hablar en su primera entrevista de tal personaje, de tal otro. Yo no tengo idea quién efectivamente es ese personaje si no lo despliega a lo largo del trabajo analítico. Ese personaje que parecía totalmente secundario, luego emerge a partir del proceso terapéutico, como personaje central en la vida. Entonces, la primera entrevista plantea un conjunto de interrogantes que sólo el despliegue del proceso terapéutico va a poder dar siempre respuestas parciales, siempre incompletas. En ese sentido, un analista es alguien que tiene que estar entrenado para aceptar lo enigmático de todo sujeto, en lugar de tener certezas. Yo decía que la mejor teoría en psicoanálisis es la que mejor puede interrogar al paciente y no tanto la que más respuestas propone.


–¿Qué lugar ocupa la atención flotante en esa etapa?
–Freud equiparaba del lado del analista, la atención flotante a la asociación libre. La atención flotante es la posibilidad de establecer conexiones entre distintos elementos que va proveyendo el paciente a lo largo de su terapia y de establecer conexiones distintas. La atención flotante apuntaría a no privilegiar a priori ningún sector de lo que el paciente dice. Por eso, Freud la llamaba “atención parejamente flotante”. Un elemento que podría ser considerado secundario pasa a ser eventualmente algo central. Es como los biógrafos que cada vez más le dan importancia no tanto a las declaraciones pomposas que pueda hacer un biografiado sino a la correspondencia, que es cuando alguien escribe sin estar escribiendo para la posteridad.


–Para que haya historización simbolizante, ¿tiene que haber un recuerdo compartido?
–Justamente, la historización simbolizante apunta a que la historia que construimos en la situación analítica es una historia compartida, es una historia donde dos personas, cada una con su propio bagaje intelectual y personal está disponible para construir una historia en común que no solamente pretenda recuperar la historia sino producir una historia. Es decir, una historia no es sólo algo a recuperar sino algo a producir entre dos personajes que, si bien tienen un pasado, construyen la historia desde un presente y desde un presente compartido.


–¿Y cómo es el trabajo para ser imaginativo sin inventar el material?
–Uno tiene la obligación de imaginar, pero esa obligación de imaginar no puede suplantar la escucha de la singularidad. Si hay algo que caracteriza al psicoanálisis, es la posibilidad de escuchar. Escuchar quiere decir recuperar en el decir del otro aquello que no está dentro de mis expectativas previas, aquello que tenga capacidad de sorprenderme. Entonces, una cosa es imaginar el material y otra cosa es suplantar a partir de esa imaginación lo que estoy escuchando que tiene que ver con la especificidad de la persona a la cual estoy intentando analizar.


–Usted señala que se idealiza un psicoanalista objetivo, frustrante, distante, silencioso, espectador de un proceso unipersonal que se desarrolla únicamente en el paciente, según ciertas etapas previsibles. ¿Cuáles son las dificultades terapéuticas de una visión ortodoxa del psicoanálisis?
–Por empezar no hay una ortodoxia, hay varias ortodoxias. Yo propugno un recuperar. Ortodoxia quiere decir: recto (orto)-norma (doxa). Entonces, si hablamos de ortodoxias, en plural, hay una freudiana, una lacaniana y una ortodoxia kleiniana. El modelo de analista que Freud propone es un modelo de analista activo, un analista participativo que coincide con la epistemología contemporánea, con el horizonte epistemológico en el cual nos estamos situando, donde no hay observador no participante. Uno no es un observador de un proceso simplemente, sino que es un copartícipe de ese proceso. Y esto tiene que ver con el principio de incertidumbre de Heisenberg que dice que hasta en las ciencias duras el observador interviene en el proceso que está observando. Es como si dijéramos: un antropólogo puede ir a Africa, pero ya lo que está observando es cómo es esa tribu africana con ese observador que está observando esos rituales. Entonces, yo creo que el tema de la implicación subjetiva del analista es central. Hay que romper con el ideal tecnológico. La ilusión que, en algún momento se tuvo de que el analista observa un proceso del cual él es ajeno y que obedece a un paradigma de ciencia, donde la ciencia se puede plantear en ausencia de un observador que es parte del fenómeno que está observando, es obsoleta. Y esa concepción le ha hecho mucho daño al psicoanálisis porque, en algún punto, muchos pacientes actuales dicen: “Yo no quiero un psicoanalista que sea un personaje sordo y mudo. Quiero alguien con quien dialogar”. Y yo rescato el diálogo, como rescato que cuanto más simétrica sea la relación analítica más posibilidades hay que esa situación conduzca a generar novedad y evite el exceso de idealización que puede generar tanto un analista demasiado silencioso como un analista que interpreta a ultranza en función de un sistema prefabricado.


–¿Por qué cree que el deseo de curar no está ausente en el análisis sino puesto entre paréntesis?
–Porque muchas veces se confundió que el verdadero psicoanálisis no tiene intenciones terapéuticas. Esto no es lo que planteaba Freud. El decía que para que un psicoanálisis se desarrolle tienen que darse dos condiciones: tiene que darse sufrimiento por parte del paciente y curiosidad. Si no hay sufrimiento y sólo hay curiosidad se dificulta mucho un proceso analítico. Si sólo hay sufrimiento y no hay curiosidad, lo único que el paciente pretende es una pastilla o un atribuirle a otro la responsabilidad y no lo puede ver como generado por sus propios conflictos. En ese sentido, yo diría que privilegiar la dimensión terapéutica es privilegiar el hecho de que ese paciente viene con un monto de sufrimiento. Y no es simplemente un epistemofílico que viene a conocer su mundo interno o su historia sino que viene a conocer su historia para aliviar los sufrimientos actuales.

 

El colombiano Carlos Eduardo Maldonado laureado con el Premio Dr. Zenobio Saldivia

La agencia internacional de noticias Prensamérica Internacional, creadora y organizadora del Premio Internacional Dr. Zenobio Saldivia, anunció el pasado 23 de mayo que el profesor e investigador universitario Carlos Eduardo Maldonado, integrante del consejo de redacción del periódico Le Monde diplomatique y asidúo colaborador del periódico desdeabajo, recibirá el galardón del premio 2018 en la categoría “Filosofía y Complejidad”, por sus importantes aportes en la investigación de las ciencias de la complejidad.

 

En noviembre de este año se llevará a cabo la premiación de la segunda versión del Premio Internacional Dr. Zenobio Saldivia en la ciudad de Guayaquil, Ecuador, organizado por Prensamérica Internacional, el Colegio de periodistas del Guayas y la Federación Nacional de Periodistas del Ecuador. En esta ocasión, se entregarán 13 galardones correspondientes a las categorías: Ciencias Políticas y Sociales; Identidad latinoamericana (cultura, arte y folklore); Rescate Humanitario, Ciencias de la Comunicación Colectiva y Periodismo ciudadano; Literatura y Emprendimiento; Filosofía y Complejidad, entre otras.


Este premio se otorga cada dos años a distinguidas figuras del mundo académico y periodístico de América, con el fin de reconocer su labor científica, periodística y humanitaria. Lleva el nombre del chileno Zenobio Saldivia, en honor a este importante doctor, por su trayectoria científica y su labor en la difusión de su producción académica a través del periodismo científico. “Los directivos nos inclinamos por el académico como dignatario del premio, por la valía de su nombre y su honorabilidad como ser humano. Ambos aspectos han sido la fuente motivacional que como medio de comunicación internacional, nos ha animado sin temor a cobijarnos con su nombre, en beneficio del mejoramiento humano a través de esta premiación internacional”, aseguró Roberto González Short, fundador de Prensamérica Internacional.


En ésta, la segunda versión del Premio, el filósofo, profesor e investigador colombiano Carlos Eduardo Maldonado, será galardonado no solo por su labor científica, sino por su compromiso con la difusión del pensamiento científico en la sociedad. Maldonado, doctor en Filosofía de la K.U. Leuven de Bélgica, Dr. Honoris Causa por la U. de Timisoara (Rumania); cursó estudios de posdoctorado en la U. de Pittsburgh, Cambridge y la Catholic University Of America; actualmente se desempeña como profesor investigador de la Universidad del Bosque.


desdeabajo dialogó con Maldonado, quién considera que recibir este reconocimiento es importante para la comunidad científica colombiana, pues “en América Latina en general, en contraste con Estados Unidos o Europa, no tenemos una cultura grande de reconocimientos; y se debe a la historia de nuestros países. Por tanto, la creación de éste premio, y el haberlo ganado, es un hecho excepcional que me compromete mucho más con mi trabajo”.


Las ciencias de la complejidad, en las que Maldonado ha hecho valiosos aportes, permiten, en sus palabras, “pensar en posibilidades más allá de lo que sucede, pensar en sistemas imprevistos, pensar más allá de lo real; lo que implica una comprensión interdisciplinar de la sociedad, el país y el mundo”.


Para él, la tarea de la comunidad científica colombiana es “tratar de mantenerse en la punta del conocimiento, pero al mismo tiempo hacer un trabajo de educación, de formación, de conciencia social en los temas que cada quién trabaja; ya que la ciencia no es una actividad que se deba a sí misma, se debe a la gente, al resorte social, al resorte cultural”. Asímismo, desde su trayectoria académica, forjada en empeño, disciplina y curiosidad por el conocimiento, cualidades gracias a las cuales logró ser becado y cursar en el extranjero estudios de doctorado y posdoctorado, Maldonado da cuenta de la necesidad que existe en Colombia de que los gobiernos reconozcan la importancia de las ciencias, la educación y la investigación en la construcción de una mejor sociedad.


Este reconocimiento a tan valiosa labor investigativa y académica resulta importante, en un país donde los gobiernos de turno no han asumido la ciencia como una herramienta fundamental en la construcción de una mejor sociedad. Es por ello que cobra especial fuerza lo dicho por Maldonado, cuando menciona que “aquí el mérito de la gente es el mérito de cada quién, y no el resultado de políticas gubernamentales”, y sin embargo no sorprende su importante labor en la difusión del pensamiento científico y complejo en la sociedad colombiana.

 

       


Carlos Maldonado y las ciencias de la complejidad


Las ciencias de la complejidad rompen el paradigma científico tradicional y abren un nuevo espacio en las formas de entender e interpretar el mundo. Aquí, la interdisciplinariedad es clave para comprender los diferentes fenómenos, no de una manera aislada, sino como parte de un universo complejo; alejándose así de las interpretaciones clásicas en donde las humanidades iban por un camino y las ciencias exactas por otro, o en donde, como él mismo lo menciona en su libro “Significado e impacto social de las ciencias de la complejidad”, se da una dicotomía entre ciencia y arte. Adicionalmente, el estudio no solo de los sistemas complejos, sino de todas sus posibles rupturas y transformaciones, permiten que haya una mejor comprensión de la naturaleza y los sistemas vivos que la componen.

 

Carlos Eduardo Maldonado explica desde diferentes orillas las ciencias de la complejidad y su pertinencia en el análisis y la construcción de la realidad que vivimos actualmente. Por ejemplo, en su libro “Política + Tiempo = Biopolítica”, explica la relación existente entre la política y la complejidad, dando cuenta de las trasformaciones políticas que se están presentando en la actualidad a través de la complejización de la política y de lo político, es decir, del análisis de la política actual a la luz de las ciencias de la complejidad, en este caso particular, de los grados de libertad (un concepto que nace en la mecánica clásica).


Las ciencias de la complejidad rompen los esquemas tradicionales de pensamiento científico, generando así curiosidad pero también temor por parte de quienes no las conocen. El trabajo de Maldonado permite un acercamiento inicial pero a su vez profundo a los planteamientos de este nuevo paradigma científico.


“Como quiera que sea, las ciencias de la complejidad nos permiten entender, explicar, aprovechar y vivir con fenómenos complejos en tiempos de turbulencia. Con una salvedad: “complejo” no tiene absolutamente nada que ver con “complicado”, “dificil”, “tenaz”, “duro” y demás. La complejidad, en su acepción primera, hace referencia a la vida. Pues desde cualquier punto de vista, los sistemas vivos son los de máxima complejidad conocida –y por concebir”(1).

 

1 Carlos Eduardo Maldonado. “Significado e impacto social de las ciencias de la complejidad”, Ediciones Desde Abajo, 2013, pág, 12Carlos Eduardo Maldonado. “Significado e impacto social de las ciencias de la complejidad”, Ediciones Desde Abajo, 2013, pág, 12

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Política+Tiempo=Biopolítica. Complejizar la política

Es perfectamente posible, e incluso necesaria, una política que no sea indiferente del Estado, pero sí independiente del mismo. En toda la línea de la palabra, y más allá de las distinciones entre teoría política, filosofía política, o ideas políticas. Una política independiente del Estado es una política de vida. Más exactamente, se trata de situar a la vida misma, en toda su complejidad, en el foco de las miradas. Pero si ello es así, es entonces absolutamente imperativo tener una idea básica de lo que son los sistemas vivos.

Una política de vida no es simple y llanamente otra cosa que una política que busca comprender, hacer posible y cada vez más posible exaltar, dignificar y llenar de contenidos y calidad a la vida en toda la acepción de la palabra. Dicho de forma simple y directa, una política de vida, la biopolítica, implica una concepción biocéntrica del universo y de la realidad, en marcado contraste con la política dominante en toda la historia de la humanidad occidental, que es eminente y distintivamente antropocéntrica, antropológica y antropomórfica. Son numerosas las justificaciones que pueden aportarse a la tesis numerosas las justificaciones que pueden aportarse a la tesis aquí enunciada, y este libro trata de reunirlas y sintetizarlas lo mejor posible.

Publicado enCiencia y Sociedad
Sábado, 31 Marzo 2018 08:35

¿Qué es la ficción cuántica?

¿Qué es la ficción cuántica?

Pensar en posibilidades es la más auténtica, innovadora y radical de las tareas de una inteligencia sensible. No es necesario, desde ningún punto de vista, reducir los intereses y la atención a lo que sucede, lo que hay y lo que está “allá afuera”.

 

La teoría cuántica ha logrado un sólido avance, no solo y no principalmente en el campo de la física. Además de la física cuántica, existe también la biología cuántica, la química cuántica, tecnologías basadas en principios y comportamientos cuánticos (de hecho todas las tecnologías de punta, hoy), y ciencias sociales y humanas cuánticas. Como se lee.

Desde luego que en materia de la ciencia de la cuántica hay mucha habladuría. Hay quienes hablan de la “organización cuántica”, de “sanación cuántica”, de “liderazgo cuántico”, y muchas otras chorradas. Por esta razón es fundamental hacer un sólido estudio de lo que es la cuántica.

Pues bien, ha habido un sólido avance de la teoría cuántica también en el campo de las ciencias sociales y humanas, y de algunas humanidades. Hoy por hoy existe un diálogo y un trabajo pionero, con textos sólidos, en campos como la filosofía, la psicología, la economía, la teoría de la decisión racional, la política, las relaciones internacionales, la sociología, la historia, los estudios sobre urbanismo, la antropología, la geografía, e incluso la literatura y los estudios sobre metodología. Concentrémonos, aquí, en la literatura.

En literatura, estamos acostumbrados a la literatura costumbrista, al romanticismo, a la novela corta, el cuento y otros géneros más. Pues bien, recientemente se ha desplegado un capítulo novedoso y sugerente. Se trata del ejercicio de ficción basado en un muy buen conocimiento de las ideas fundacionales o básicas de la teoría cuántica.

Sin ninguna duda, la primera obra colosal, fuente de la literatura cuántica, es el Cuarteto de Alejandría de A. Durrell. Como es sabido, se trata de una misma historia contada desde cuatro perspectivas diferentes. En la jerga cuántica, se trata de dos de las interpretaciones más importantes de la mecánica cuántica, a saber: la interpretación de múltiples mundos (Everett) y la de múltiples mentes (Zeh). Sin la menor dificultad, cabe también la interpretación de Feynman sobre historias posibles. Esta idea puede ampliarse y complicarse un tanto más. Dejemos los detalles técnicos de lado.

Se han escrito varios trabajos (tesis de doctorado y estudios) sobre la obra de Durrell en el sentido mencionado.

Como quiera que sea, el origen formal de la ficción cuántica se centra en una novela de 1995 de V. Bonta: Flight: A Quantum Fiction Novel. Las novelas de este género van siendo relativamente numerosas a la fecha, y ya en el país se encuentran en algunas librerías algunos títulos. La verdad es que hay muy buenas novelas, autores que se dedicaron con seriedad a estudiar lo mejor de la mecánica cuántica y se lanzaron a abrir terrenos hasta ahora inexplorados. Una buena parte de estos autores son jóvenes. Los títulos de las mejores novelas hacen referencias, algunos a Einstein, a la materia oscura, al tiempo; los mejores títulos son alrededor de doce, pero la lista aumenta.

Flight: A Quantum Novel: una reflexión literaria sobre el carácter arbitrario de la realidad, una sospecha sobre cualquier realismo ingenuo, en fin. Una exploración de multiversos. Una buena novela, en verdad.

El tema de base de la ficción cuántica consiste en trabajar con posibilidades y con probabilidades, dicho de una manera general. En términos más específicos, se trata de la exploración de mundos paralelos, superposición cuántica, trabajos acerca del principio de complementariedad tanto como el de incertidumbre, y otros.

Apasionante, la ficción cuántica tiene el mérito de tomar distancia o rechazar cualquier interpretación del mundo y de la realidad basados en la mecánica clásica; esto es, la creencia justamente en el determinismo, en la causalidad (y la multicausalidad), el reduccionismo y realismo ingenuo.

En efecto, una idea central de la mecánica cuántica, adelantada ya por P. Jordan y N. Bohr, es que la realidad no existe, “allá afuera”, independiente del observador. Por el contrario, más radicalmente, la observación del fenómeno al mismo tiempo crea el fenómeno y modifica el comportamiento del objeto observado.

Ello en contraste con las ciencias sociales normales (Th. Kuhn), las cuales hablan de “hacer trabajo de campo”, “entrar a las comunidades y ganar confianza”, “hacer pasantías”, hacen elaboraciones largas sobre etnografía, o sobre investigación —acción participativa, y muchas otras.

Las ciencias sociales y humanas permanecen ancladas ampliamente en el marco de la mecánica clásica.

La literatura es un campo de una enorme libertad. Combina conceptos y metáforas, investigación e imaginación. Trabaja con datos, pero elabora variaciones libres de las teorías y los hechos. Entre otras características.

Si es verdad que el género de la novela corresponde con el ascenso e intereses de la burguesía (la novela nace en el siglo XIX), existen desarrollos de la literatura que han desbordado con mucho los orígenes de la novela y el espíritu originario (por ejemplo, el Madame Bovary, o los numerosos textos de Balzac). La literatura es un campo fértil y muy vital que va arrojando nuevas luces sobre el mundo tanto como sobre sí misma.

Pensar en posibilidades es la más auténtica, innovadora y radical de las tareas de una inteligencia sensible. No es necesario, desde ningún punto de vista, reducir los intereses y la atención a lo que sucede, lo que hay y lo que está “allá afuera”.

Las heurísticas para pensar en posibilidades son en verdad amplias y sugestivas, y conforman, grosso modo, el núcleo de las ciencias de la complejidad.

Lunes, 01 Mayo 2017 07:18

La lógica pentavalente

La lógica pentavalente

La lógica pentavalente corresponde a un momento de la humanidad que empieza a abandonar los reduccionismos y los determinismos, y ganar, por tanto, numerosos grados de libertad, y entonces de complejidad.



La lógica polivalente constituye uno de los casos más importantes de las lógicas no–clásicas (LNC), que permiten comprender y explicar mejor la complejidad del mundo y la realidad. Algunos de los nombres más importantes en el surgimiento de la lógica polivalente son autores desconocidos para la gran mayoría de la población, incluidos académicos e intelectuales. Se trata de nombres como Bochvar, Lukasiewicz, o Vasiliev, que son conocidos para quienes han profundizado en la historia de la lógica en general.


Ahora bien, la lógica polivalente no se desarrolla o se construye de forma acumulativa, como si sobre la base de la lógica trivalente aritmética o composicionalmente se construyera la lógica de cuatro valores, y acaso sobre ésta, de la misma manera la lógica sobre cinco valores. Cada capítulo en la lógica polivalente posee una dimensión propia y no puede ser explicada de forma simplemente analítica.


Los valores de la lógica pentavalente son:


• Verdad
• Falsedad
• Suspendido
• Indefinido
• Sobredefinido


Manifiestamente, se trata del trabajo con un sistema de pensamiento no–lineal, en el que hay que trabajar, simultáneamente, con los cinco valores, sin que quepa, en manera alguna, priorizar, elegir o maximizar algunos de los valores disponibles. En este caso, cinco.


“Verdad”, tanto como “falsedad”, son valores que no plantean dificultad alguna y que se corresponden con la lógica bivalente de origen aristotélico; y más radicalmente, digamos, occidental. (Nunca huelga recordar que Aristóteles corresponde al período helenístico de la Grecia antigua, cuando ya se anunciaba la decadencia y el ocaso del mundo griego y el ascenso de Roma).


Los otros tres valores exigen una consideración más cuidadosa.


El tercero de los valores de la lógica pentavalente puede asimilarse a la indeterminación, o a la suspensión del juicio. Hay cosas que ni son verdaderas ni tampoco falsas y que tampoco cabe sostener que sean ambas cosas, o al revés, o no. La epojé (suspensión del juicio) —planteada originariamente por el escepticismo y más tarde recuperada por la filosofía fenomenológica de E. Husserl— es el reconocimiento de que hay situaciones en las que no cabe manifestarse con respecto a la verdad o falsedad de una circunstancia o de un enunciado o conjunto de enunciados; pero tampoco cabe plantearse ante esa situación en términos de la lógica tetravalente. Lo mejor que cabe es suspender el juicio; abstenerse de juzgar; y ese es ya un valor constitutivo de la lógica pentavalente.


El cuarto valor no se asimila en modo alguno al tercero y afirma que hay indeterminación, si se quiere, opacidad; si cabe, ambigüedad o ambivalencia con respecto a una situación o un modelo teórico, por ejemplo. Esta indefinición no puede ser asimilada a uno de los valores de la lógica trivalente: la incertidumbre. La razón es que aquí no hay incertidumbre, sino la incapacidad de expresarse manifiestamente por una determinación cualquiera del mundo o la naturaleza. En verdad, las indefiniciones forman parte de la vida y el conocimiento, y son incorporadas en la lógica pentavalente.


Como se aprecia sin dificultad, en lógica, como en buena ciencia, análogamente a como acontece en la buena literatura y en la poesía, por ejemplo, los sinónimos no existen y corresponden más bien a pereza o facilidad del pensamiento. Cada palabra designa una realidad propia, y así, la complejidad resulta inescapable.


Por su parte, el quinto valor de la lógica pentavalente corresponde a todo aquello que está sobredeterminado, o mucho mejor, sobredefinido. Un enunciado o una situación sobredefinida son aquellos a los que les cabe numerosas acepciones, usos, interpretaciones o comprensiones sin que quepa precisar cuál de ellos es el más adecuado. De esta suerte, la sobredefinición o sobredeterminación es el valor que no termina de inclinarse más de un lado que de otro, en un plano que otro, en un contexto que en otro, por ejemplo. Y, en consecuencia, debe ser asumido exactamente al mismo nivel que los otro cuatro valores definitorios de la lógica pentavalente.


Ante una tradición, ante unos valores y principios, ante una cultura y estructura de pensamiento que son eminentemente reduccionistas, la lógica pentavalente introduce, manifiestamente, grados de libertad y, por tanto, de indeterminación. En verdad, en toda la tradición de Occidente siempre hubo el llamado o la constricción a reducir el mundo, la vida y la naturaleza a un valor determinado. Expresado en términos originariamente teológicos, se extendió a la política, por ejemplo, y entonces se habló del “mal menor”, como si un mal menor fuera una alternativa plausible o razonable. Como si hubiera que decidirse, ulteriormente, entre dos valores, o incluso uno solo, así fuera con matices.


Esa historia corresponde, sin forzar las cosas, a una historia de violencia y exclusión. Por ejemplo, a la idea de que había “guerras justas”, y entonces se llamaron y se llaman “guerras santas”, por ejemplo.


La lógica pentavalente corresponde a un momento de la humanidad que empieza a abandonar los reduccionismos y los determinismos, y ganar, por tanto, numerosos grados de libertad, y entonces de complejidad. La dificultad es que a nivel del sector privado y del público, conocimientos como la lógica pentavalente permanecen muy al margen de la información, la educación e incluso la ciencia. Existen intereses creados para que ello siga siendo así.


Consiguientemente, la información, educación y la investigación con nuevas herramientas, como la lógica pentavalente, constituye, a todas luces, una revolución científica. Gracias a la cual la complejidad de la vida salta a los ojos, a plena luz del día. Y entonces podemos y debemos empezar a pensar. Pensar: un verbo que no admite imperativo.

 

Publicado: 30 Abril 2017

Lunes, 12 Diciembre 2016 09:23

Una idea acerca de los sistemas vivos

Una idea acerca de los sistemas vivos

La complejidad de la vida consiste exactamente en la multiplicidad de formas como los sistemas vivos entienden su mundo y, en lo que cabe, su propia existencia.

El número de especies es incontable; enorme pero finito. Con la sorpresa de que cada vez descubrimos nuevas especies, todo en medio de la enorme desaparición de especies como obra del antropoceno; una palabra catchy para designar el más grande genocidio sobre el planeta.

Prácticamente cada especie tiene sus propios umbrales de visibilidad de luz, y también de audición, de tal suerte que la realidad se aparece como diversa e irreductible cuando se la mira con los mil ojos de mil especies. Con la observación puntual de que dichos umbrales se corresponden exactamente con la rapidez de aprendizaje de los cambios del entorno y la rapidez de la adaptación. Cuando es posible, pues la adaptación no es ninguna garantía.

Sin antropocentrismo, puede decirse que cada especie resuelve problemas específicos, aprende, se adapta como puede, procesa la información del entorno y crea nueva información que le permite adaptarse, y eso: sobrevivir. Evolutivamente, el pensamiento no es otra cosa que una de aquellas garantías que permiten que una especie, animal o vegetal, por ejemplo, logre vivir y adaptarse a los cambios, por definición impredecibles e incontrolables, del medioambiente.

Cada especie tan sólo logra “controlar”, y muy comedidamente, algunos factores del entorno local, en cada caso. Pero jamás logra controlar los cambios y dinámicas del entorno como un todo. Sabiendo que el medioambiente es un concepto esencialmente abierto e indeterminado.

El fundamento de la vida en el planeta es plural: consiste en la biodiversidad, y que los seres humanos distinguimos como diversidad genética y natural; y en el caso de los seres humanos, como diversidad cultural. Cuando las tres clases de diversidad coexisten, se habla entonces de megadiversidad.

Como se aprecia, los sistemas vivos poseen un fundamento único: un fundamento plural, diverso, irreductible. La diversidad de la vida, adicionalmente, se explaya en la forma de topologías o de redes, no precisamente de jerarquías. Como ha sido puesto suficientemente de manifiesto por diversas disciplinas científicas, la vida consiste en redes de cooperación, antes que en procesos de lucha y competencia. El mutualismo y el comensalismo constituyen la regla, sin desconocer el parasitismo y los comportamientos depredadores.

El concepto que mejor expresa la trama de la vida es el de simbiosis. Redes complejas de la vida, procesos de codependencia, fenómenos consistentes en beneficios recíprocos.

Existen, correspondientemente, numerosas formas como los sistemas vivos conocen y comprenden el mundo; su mundo, su entorno y procesos. No existe, dicho en otras palabras, una única forma de comprensión y de conocimiento del mundo y de la realidad. La complejidad de la vida consiste exactamente en la multiplicidad de formas como los sistemas vivos entienden su mundo y, en lo que cabe, su propia existencia.

En contraste, los seres humanos, particularmente por razones culturales que tienen que ver directamente con la historia de Occidente, han creído que la realidad y el mundo admiten un espectro cerrado o muy limitado de comprensiones. Toda la historia de Occidente ha sido la reducción de otras comprensiones de la realidad a la propia. El aprendizaje de la interculturalidad, por ejemplo, es muy reciente, y no ha acontecido sin tonos agónicos. La historia de una visión plural, divergente, compleja de la realidad y de la naturaleza es un fenómeno que, culturalmente hablando, se encuentra aún muy lejos de ser un patrimonio común para todos.

Lo que priman son los pequeños intereses, las pequeñas historias, los pequeños horizontes —siempre, por definición propios, en cada caso.

Los sistemas vivos constituyen, de lejos, una historia inmensamente más amplia, rica y profunda que la propia historia de los seres humanos. Un escándalo para el pequeño argentino que llevamos adentro. El aprendizaje de las formas como viven, conocen y piensan los sistemas vivos es demasiado reciente como para que ocupe titulares en la gran prensa. Sólo círculos de especialistas entrevén grados, matices, escalas.

Pues bien, sin ambages, los sistemas vivos conocen el mundo, poseen lenguajes y se conocen a sí mismos, correspondientemente, de formas aún inimaginables para los estándares normales de la cultura.

No existe una única forma de procesamiento de información entre los sistemas vivos, sino una multiplicidad, en función de su historia y su entorno. Es la historia entera de cada especie la que determina la forma como conoce el medioambiente y procesa la información correspondiente.

Como se aprecia, existen muchos grados, muchas escalas, muchas formas de procesamiento de información en la naturaleza. Debemos poder conocer esta complejidad, y hay ya ciencias, disciplinas, investigadores que han hecho de estos motivos el foco de sus intereses.

Manifiestamente, así como en la traducción de un idioma a otro, en el plano de la cultura, al mismo tiempo se gana y se pierde información, asimismo en la elaboración de los mapas de procesamiento de información se gana(rá) y se pierde(perderá) información. Pero si se descarta este factor de entrada —esto es, si se lo reconoce explícitamente—, entonces el horizonte de conocimiento que se abre ante nosotros es colosal.

Hemos ganado ya en campos y áreas del estudio de animales, plantas y bacterias, por ejemplo. Pero aún queda un mar ignoto delante de la investigación. Y una terra incognita.

Los sistemas vivos conocen en formas diferentes y cambiantes —en escalas de tiempo de largo alcance—. Sin la menor duda, piensan a su manera, y no exacta ni necesariamente de la forma como lo hacen los seres humanos.

Si en el plano de la biología vivir y conocer son una sola y misma cosa, los sistemas vivos conocen el mundo, la realidad y la naturaleza de formas impensables para la mayoría de los seres humanos.

Y todo ello para no mencionar que el universo mismo está vivo o que está consciente, una idea que para algunos puede cerrar abruptamente este texto. Aunque la metáfora más cómoda sería la de que el universo es un gran computador. Cosas que desbordan las pequeñas zonas de confort de un conocimiento centrado en el ser humano; ¡como si fuera el ápice de la evolución!

Lunes, 21 Noviembre 2016 06:39

¿Qué es la teoría de grupos?

¿Qué es la teoría de grupos?

Gracias a la teoría de grupos, las matemáticas del siglo XIX y hasta nosotros consisten, en una de sus principales avenidas, en el estudio y comprensión de los grupos de simetrías que fundan y en los que se expresa la realidad y la naturaleza.



Cada época desarrolla y aprende los lenguajes que necesita para comprender y describir el mundo y la realidad. Las dinámicas de la naturaleza coinciden plano por plano con las dinámicas mismas mediante las cuales aprendemos nuevos lenguajes. Las matemáticas constituyen un ejemplo magnífico al respecto.


Desde la antigüedad, la familia humana ha estado apasionada por la simetría. De manera atávica, y no sin buenas razones, la simetría ha sido vinculada a la belleza, y la ausencia de simetría a la fealdad. U. Eco escribió dos libros al respecto: Historia de la belleza e Historia de la fealdad, con la que, literalmente, se puede ilustrar la idea de base.


En matemáticas, las simetrías minimizan energía y ahorran trabajo e información. En dos palabras, la simetría es el estado más estable y eficiente. Y, sin embargo, son sumamente difíciles de alcanzar. En la base de la idea sobre cómo crecen las cosas en la naturaleza se encuentra la simetría, y así las matemáticas se extienden hacia la química y la biología. La verdad es que la física fundamental, la química y la biología dependen de una amplia variedad de objetos simétricos. Desde el lenguaje hasta la adaptación, desde los virus hasta cada paso del desarrollo evolutivo.


Específicamente, el trabajo sobre simetrías conduce a uno de los terrenos más álgidos de las matemáticas: la teoría de números, la cual, por ejemplo, descansa sobre los números primos. Los números primos son, por así decirlo, los ladrillos de todos los otros tipos de números.


Pues bien, el estudio de las simetrías despega, por así decirlo, gracias a los trabajos de E. Galois, en el siglo XIX. Galois pone de manifiesto, por primera vez en la historia, que la verdadera esencia de las simetrías de un objeto no se encuentran cuando nos fijamos en ellas, una por una. Una simetría al lado de otra, una simetría con la siguiente. Por el contrario, hay que estudiarlas en grupo. Y es exactamente en esto en lo que consiste la teoría de grupos.


Esto significa, de manera precisa, que es preciso pensar la simetría no como algo pasivo, sino como algo activo. Si bien es cierto que la simetría es una propiedad del espacio, se trata de una propiedad activa.


Gracias a la teoría de grupos, las matemáticas del siglo XIX y hasta nosotros consisten, en una de sus principales avenidas, en el estudio y comprensión de los grupos de simetrías que fundan y en los que se expresa la realidad y la naturaleza. Es así como existen, hoy en día, la tabla periódica de los grupos —en la teoría de grupos—, y el Atlas de la simetría, dos obras colosales del pensamiento abstracto.


En efecto, el estudio de la simetría —que coincide, plano por plano, con el estudio de la geometría— pone de manifiesto que para comprender las simetrías debemos abandonar el espacio euclidiano de tres dimensiones.


La teoría de grupos —por ejemplo, los grupos de Lie, o los grupos esporádicos— consiste en el aprendizaje de un lenguaje, a saber: el lenguaje de las simetrías de la naturaleza, que desbordan con mucho los ámbitos inmediatos, aplicados, del pensamiento y la existencia.


Existen grupos y simetrías elementales, indivisibles y divisibles, y toda una variedad, que conduciendo a agrupaciones pares e impares, todas las cuales justamente desembocan en la Tabla Periódica de Grupos, que se compone de 24 grupos de simetrías, y en el Atlas de la Simetría, alcanzados ya a finales del siglo XX.


De manera puntual, existe un grupo de simetrías magnífico que se denomina técnicamente como el Monstruo. Pues bien, la dimensión del espacio más pequeño en el que podemos representarnos a este grupo es de 196.883. La dimensión siguiente en la que podemos representarnos al Monstruo es 842.609.326. Como se lee.


El Monstruo es el grupo de simetrías del universo. Un objeto que cuando se aprecia aparece verdaderamente hermoso, y complejo.


Esto mientras que la inmensa mayoría de las ciencia sociales y humanas permanecen en el espacio de tres dimensiones, y mientras un campo de la física —la teoría de cuerdas— le apunta a espacios de once dimensiones. El contraste es notable y apasionante.


Es el reto del pensamiento abstracto, algo que culturalmente, en ocasiones, aparece subvalorado o despreciado.
En la vida común y corriente dos objetos pueden parecer muy diferentes y, sin embargo, tener las mismas simetrías subyacentes. Pues bien, la naturaleza de la simetría subyacente de un objeto empieza a hacerse evidente sólo cuando se comienza a explorar qué pasa cuando se combinan movimientos simétricos.


La historia de las matemáticas pone en evidencia cómo diferentes culturas y momentos de la historia se han enfrentado con el descubrimiento de nuevos tipos de números. La complejidad de la naturaleza va de la mano con la complejización de los tipos de números. Los números enteros, los racionales, los irracionales, los trascendentes —todos los cuales quedan comprendidos como los números reales.


Adicionalmente, los números irreales, los números complejos, los imaginarios, y las formas modulares. Pues bien, el estudio de las simetrías, sobre la base de la teoría de grupos, ha dado lugar a un nuevo tipo de números: los números surreales. Que son, al parecer, los números que caracterizan, en las matemáticas de punta, a nuestra época. Aunque la mayoría de ciencias y disciplinas permanezcan ignorantes de ello.


Sin embargo, en la esfera de la cultura, las simetrías y la teoría de grupos han logrado un anclaje sólido, aunque poco conocido, o degustado por el gran público. Los dos ejemplos más conspicuos son la música dodecafónica de A. Schönberg (Austria) y la música atonal de I. Xenakis (Grecia).


No sin buenas razones, se ha dicho incluso que la teoría de grupos ha llegado para salvar e impulsar a la complejidad. Muy notablemente a la complejidad computacional. Pero ese ya es otro tema aparte. Digamos, simplemente, que mientras que la simetría es una propiedad del espacio, el tiempo es irreversible. En otras palabras, la flecha del tiempo desvirtúa la simetría. Pero la complejidad computacional merece su propio espacio para otro momento.

Sábado, 24 Septiembre 2016 06:05

¿Qué pasó con la idea del devenir?

¿Qué pasó con la idea del devenir?

La idea misma de devenir aparece, después de 2.500 años, por la más inopinada de las puertas: aquella en la que ciencia y filosofía se despliegan como un mismo conocimiento.

 

Dos injusticias grandes se han cometido contra el pensamiento de los antiguos griegos. Una es contra Heráclito, el Oscuro de Éfeso, del período arcaico de la Grecia antigua. La otra tiene que ver con los escépticos, Pirrón de Elis, del período helenístico, y Sexto Empírico, el más importante representante del pirronismo. Me concentro aquí en Heráclito y dejo a los escépticos para otra ocasión.


Heráclito y la idea del devenir —“nadie se baña dos veces en el mismo río”— jamás cumplió ningún papel protagónico, ni siquiera de antagonista, e incluso aún menos de actor de reparto en toda la historia de Occidente, debido al peso de Platón y Aristóteles, y las tradiciones que se derivan de ellos, quienes se concentran en la idea del “ser”. Durante 2.500 años, el ser domina ampliamente sobre el devenir, y ésta idea jamás es considerada, ni siquiera de soslayo.


Ni siquiera el marxismo, que hablaba de cambio, transformaciones y dialéctica (en la historia y en la naturaleza) tuvo jamás en cuenta a Heráclito (acaso porque le hizo demasiado caso a Hegel). El joven Marx tiene en cuenta tan sólo a Demócrito y a Epicuro, peor no se acerca ni de lejos al Oscuro de Éfeso.


Lo que impera en la historia de la civilización occidental es la idea del ser, cuya síntesis es la siguiente:


• Ser y pensar son una sola y misma cosa (Parménides).

• El no ser no es, si el no ser fuera, no se podría pensar, y si se pudiera pensar no se lo podría expresar (Gorgias; Platón); ulteriormente.

• Nada entra al ser que no sea el ser y nada sale del ser que no sea el ser (Hegel).


Desde luego, muchos otros filósofos y pensadores caben ser mencionados en cualesquiera de estas tres características.
Heráclito será recuperado, después de 2500 años, con intereses y con acentos diferentes, de un lado, a finales del siglo XX, y de otra parte, a comienzos del siglo XXI, por parte de representantes de lo mejor de la ciencia y la filosofía.


De un lado, I. Prigogine escribe en 1981 un texto fundamental: From Being to Becoming: Time and Complexity in the Physical Sciences (que no ha sido traducido al español). Ya habiendo recibido el Premio Nobel por sus contribuciones y desarrollos a la termodinámica del no–equilibrio (TNE), Prigogine concibe y presenta a la TNE como una “física del devenir”, en contraste con toda la física habida hasta el momento. Así, pensar estructuras disipativas, autoorganización y sistemas alejados del equilibrio es una sola y misma cosa con pensar el devenir. No puede haber mejor interpretación contemporánea de Heráclito, sin que sea éste, en modo alguno, el propósito del libro de Prigogine.


De otra parte, S. Kauffman publica en el 2015 un libro estupendo: Humanity in a Creative Universe, que empata perfectamente con el conjunto de su obra y constituye, a la fecha, el escalón más elevado de la misma. En este libro, Kauffman, sin mencionar temáticamente a Heráclito, sostiene que pensar los sistemas vivos, pensar la complejidad misma y pensar el devenir son tres maneras de decir una misma cosa. De esta suerte, la idea del devenir implica frontalmente un diálogo con lo mejor de la teoría cuántica, notablemente a partir de la noción de “entrelazamiento”. Heráclito contemporizado.


Pues bien, el rasgo común a los tratamientos de Prigogine y de Kauffman es la ciencia (o teoría) de la complejidad. Como nunca antes había quedado de manifiesto, pensar la complejidad del mundo. De la naturaleza y de la vida exige un alejamiento radical y definitivo de la noción misma de ser —y, por tanto, de cualquier ontología—, para pensar la idea misma del devenir.


Los sistemas y fenómenos en devenir son, por definición, sistemas abiertos, indeterminados y, por consiguiente, tienen/crean posibilidades. La idea del “ser” es ajena e indiferente a la noción de posibilidad. Por tanto, a la idea misma de grados de libertad. Asumir el devenir comporta entonces situarse frente a frente mirando a los ojos al problema mismo de la indeterminación, que es acaso el mejor nombre de la libertad. Técnicamente dicho: grados de libertad.


A riesgo de simplificación, la idea devenir significa:


• Indeterminación
• Sistemas abiertos
• Irreversibilidad
• Imprevisibilidad


Si la metáfora de Heráclito es la del río (Éfeso, una ciudad más bien alejada del mar y que ningún río circunda en las cercanías), es sabido que los ríos poseen rápidos: rápido 1, rápido 2, y así hasta un rápido 5; los tránsitos de un rápido al siguiente son, por definición, imprevistos e irregulares; súbitos y turbulentos (con grados).


La idea misma de devenir aparece, después de 2.500 años, por la más inopinada de las puertas: aquella en la que ciencia y filosofía se despliegan como un mismo conocimiento. Que es lo que acontece en Prigogine y en Kauffman.


Como se aprecia, nos encontramos en una magnífica inflexión que toma distancia —una enorme distancia— con respecto a las tradiciones platónica y aristotélica. Para las dinámicas, los sistemas y comportamientos que afrontamos, en diversa escalas, hoy en día, aquellas fuentes resultan limitadas e innecesaria. Y entonces, como el Ave Fénix, renace Heráclito para permitirnos pensar bien, y mejor, al mundo, la naturaleza y la sociedad.


El devenir: la noción de que la naturaleza se manifiesta y se oculta al mismo tiempo, y pone en evidencia que la mayoría permanecen dormidos, y que todo se alimenta del cambio. Al fin y al cabo, la marca de calidad de la naturaleza son las transformaciones. Como la vida misma.

El diálogo entre las ciencias y las disciplinas

 

La discusión aquí resumida, es parte integral del debate que su autor propone en su más reciente libro: Complejidad de las ciencias sociales. Y de otras ciencias y disciplinas. Una reflexión de punta que abre un debate entre científicos y académicos de las más diversas procedencias. Pero que también debe permear a los movimientos sociales, si de verdad pretender cambiar el entorno donde se sitúan, que es parte del mundo que, producto de la revolución tecnocientífica en marcha, vive una compleja y dinámica transformación.

 

 

Un problema

 

La interdisciplinariedad parece ser una palabra de moda, o un llamado al entendimiento. Pero la verdad es que hay más confusión que claridad al respecto. Literalmente, la interdisciplinariedad es un representante del búho de Minerva que emprende su vuelo cuando ya cae la tarde.

 

Tres términos contiguos, pero diferentes, tres enfoques distintos pero un mismo espíritu de familia: la inter, la trans, y la multidisciplinariedad. Originarias en realidad en los años 60 del siglo XX, se trata de la expresión de una crisis, a saber: la crisis de la disciplinariedad y la disciplinarización de las ciencias y el conocimiento.

 

 

Modernidad y ciencia

 

En verdad, la historia de la modernidad es la historia misma de la división, clasificación y especialización de las ciencias y las disciplinas. Una vez hecho el tránsito del Renacimiento hacia la Modernidad son creadas las Academias –La Royal Academy of Sciences, en Inglaterra; la Académie Française des Sciences, en París; die Preussische Akademie der Wissensshaften, en Prusia–, y con estas se avanza hacia la consolidación de una organización social del conocimiento. Ulteriormente, el conocimiento considerado como oficial, y el que no lo es.


La Modernidad es el triunfo de la física en primer lugar. Y a la luz o a la sombra de ella, tiene lugar el nacimiento de las ciencias sociales y humanas, las cuales debían ser “ciencias” en analogía a la mecánica clásica que había alcanzado su epítome con la obra de I. Newton. En realidad, en perspectiva histórica, se trató de la emergencia de una nueva forma de comprender en general a la realidad, al mundo y a la sociedad, en sus diferentes niveles y escalas.

 

La historia subsiguiente fue al mismo tiempo la de una verdadera eclosión de ciencias, disciplinas, saberes y prácticas que continuó hasta la segunda mitad del siglo XX, y el proceso de división, clasificación especialización y sub-especialización del conocimiento en general. La modernidad terminó sabiendo mucho, demasiado de cada vez menos.

 

 

El problema de la interdisciplinariedad

 

De manera atávica, se considera entre la mayoría de académicos, científicos y gestores del conocimiento que existe interdisciplinariedad cuando, por ejemplo, la física dialoga con la química, o cuando las matemáticas interactúan con la computación. Exactamente en el mismo sentido, se cree que hay interdisciplinariedad cuando la geografía interactúa con la política, o las relaciones internacionales con la psicología o los temas urbanísticos, por ejemplo. Como si la interdisciplinariedad consistiera en el diálogo y el trabajo al interior de familias de ciencias; las ciencias físicas y naturales de un lado, y las ciencias sociales y humanas de otro. Se trata, en ambos casos, de crasos errores.

 

La verdadera interdisciplinariedad sucede cuando existe un cruce de familias y de tradiciones. Específicamente, cuando la sociología dialoga con las matemáticas, o la física con la política, o acaso también la antropología con la bioquímica, o incluso cuando la economía dialoga con la termodinámica, por ejemplo.


En otras palabras, la auténtica interdisciplinariedad tiene lugar por fuera de los lugares de confort de las propias ciencias sociales y humanas, o del otro lado, del lado de las ciencias exactas y positivas. Cuando el diálogo se cierra al interior de una familia dada, no hay verdadero aprendizaje, y por consiguiente, los retos y desafíos son bajos. Por el contrario, la verdadera interdisciplinariedad implica la capacidad de prender otros lenguajes, otros enfoques, otras metodologías y técnicas que los habituales al interior de cada familia de ciencias y disciplinas.

 

 

Ciencias y artes, ciencias y humanidades

 

La complejidad del mundo consiste en una pluralidad de enfoques, significaciones y perspectivas. En numerosas ocasiones no existen convergencias entre esos enfoques o significaciones y en numerosas ocasiones, las divergencias se acentúan con tonos y modos singulares.

 

El reto de los académicos, científicos e investigadores consiste en que el mundo entero nos quepa en la cabeza. Una expresión que se dice fácil pero es endemoniadamente difícil de llevar a cabo. Así las cosas, la interdisciplinariedad consiste en la posibilidad de que haya cruces y puentes entre comprensiones diferentes provenientes, de un lado, de las ciencias exactas, y de otra parte de las ciencia sociales y humanas. Pero en ambas confluencias, debe ser igualmente posible un espacio común para las humanidades y las artes.

 

Esta idea consiste sencillamente en dos consideraciones. De un lado, se trata de evitar el cientificismo, en toda la línea de la palabra. Y de otra parte, se trata de reconocer que el proceso de aprendizaje no conoce límites ni fronteras, y que la vida es posible de tantas formas como sea imaginable y siempre, adicionalmente, de forma imprevista.

 

El conocimiento del mundo y de la realidad implica absolutamente la idea –altamente difícil– según la cual existen y son necesarios distintos tipos de conocimientos, así: conocimientos útiles, aplicados, experimentales, fundamentales, pero también conocimientos que son esencialmente inútiles o sin ninguna utilidad inmediata. Y sí, hay campos ‘inútiles’, tales como la música, la poesía, las matemáticas puras o la filosofía, por ejemplo.

 

Al fin y al cabo, las redes del conocimiento son análogas a las de la vida misma. De esta suerte, de la misma forma como en ecología se llegó a comprender que no existe absolutamente ninguna especie clave, sino, por el contrario, lo más adecuado consiste en identificar especies sombrilla, en el mismo sentido, en la esfera social o del conocimiento ninguna disciplina o ciencia es más fundamental que otra, y ciertamente no cuando queremos alcanzar un cuadro completo de la realidad y el universo.

 

En la naturaleza no existen jerarquías. Concomitantemente, no existen tampoco, contra toda la tradición occidental desde la Grecia antigua, ninguna forma de conocimiento que sea verdadera a priori sobre todas las demás. El fundamento de la vida es plural: la biodiversidad –consistente en diversidad genética, diversidad biológica y diversidad cultural–. Pues bien, en el mismo sentido, la interdisciplinariedad es el reconocimiento explícito de que los saberes y las prácticas, por ejemplo, existen al mismo nivel que las ciencias y las disciplinas.

 

 

Coda final

 

Es cierto: lo que emerge de las líneas anteriores tiene consecuencias éticas, sociales y políticas. Algunos desempeñan una función en la sociedad. Pero no más que eso. Nadie, absolutamente nadie es mejor que otros, y todos coexisten en la multiplicidad de redes y nexos que van conformando según las necesidades. Una nueva democracia debe ser posible. Al fin y al cabo la organización (lógica o metodológica) del conocimiento no es un fenómeno ajeno a la propia organización social del conocimiento.

 

Una nota final: la interdisciplinariedad es en realidad un buen intento, epistemológico y social. Pero es insuficiente. La verdad es que recientemente han surgido ciencias (¡en plural!) que se fundan a partir de problemas de frontera. Estas son genéricamente llamadas ciencias de frontera. A título descriptivo, algunas de estas ciencias son: las ciencias cognitivas, las ciencias del espacio, las ciencias de la tierra, la ciencias de la salud, las ciencias de la vida, las ciencias de materiales, las ciencias de la complejidad.

 

Pero esta ya es otra historia.

 

 

*Profesor Titular Universidad del Rosario

 

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Publicado enEdición Nº226
Complejidad de las ciencias sociales.  Y de otras ciencias y disciplinas

 

Edición 2016. Formato: 17x 24 cm. 308 páginas.

P.V.P: $ 35.000  USD: 8  ISBN: 978-958-8926-26-1

 

 

Reseña:

Cada época desarrolla la ciencia que necesita y la ciencia que puede. Asistimos a una época de una impresionante complejidad de la sociedad, el mundo y la naturaleza. Nuevas ciencias, nuevos enfoques, nuevas metodologías y nuevos lenguajes emergen y se dan a la tarea al mismo tiempo de comprender las cosas, y de hacerlas posibles en entornos recientemente inestables y turbulentos. Este libro estudia el proceso mismo de complejización de las ciencias sociales –ese conjunto de ciencias nacidas entre el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX–, pero con ella, entonces también la complejización del conjunto restante de ciencias y disciplinas.

 

 Carlos Eduardo Maldonado.

 

Carlos Eduardo Maldonado. Profesor titular de la Universidad del Rosario en Bogotá, Colombia. Autor de numerosos libros, artículos y ensayos sobre ciencia, política y cultura. Ph.D. en Filosofía por la Universidad Católica de Leuven (KU Leuven, Bélgica). Postdoctorados en Universidad de Cambridge, Universidad Católica de América (Washington, D. C.), Universidad de Pittsburgh. Mas del autor: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. @philocomplex www.carlosmaldonado.org

 

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