En una foto de archivo George W. Bush, ex presidente de Estados Unidos. Durante su administración se difundió en los medios electrónicos la existencia de armas de destrucción masiva como justificación de la guerra contra Iraq.Foto José Núñez.

Rand inició en 2018 su definición solipsista sobre el Declive de la verdad en EU: el papel aminorado de hechos y análisis. Se trata de una imagen local en espejo de la Conferencia de Munich sobre la Posverdad (https://bit.ly/2P76SL9).

La "definición" de Rand comporta cuatro tendencias: 1. Creciente desacuerdo entre interpretaciones analíticas de hechos y datos; 2. Nebulosidad de la línea de separación entre opinión y hechos; 3. Creciente volumen relativo e influencia resultante de la opinión y la experiencia personal sobre los hechos; 4. Confianza declinante en fuentes de los hechos anteriormente respetadas (https://bit.ly/2U9CZvE).

¿Dónde deja RAND la colosal mentira de Baby Bush con sus cómplices multimedia en su época de "verdad absoluta e infalible", sobre las inexistentes armas de destrucción masiva en Iraq que aniquilaron a su población?

En su reporte, que abarca de 1987 a 2017, Rand publica el Declive de la verdad en EU y las noticias en la era digital, donde las de la televisión se llevan las peores críticas (https://bit.ly/30nJA99). ¡Con flagelarse con Televisa/Univisión basta!

El galardonado periodista Chris Hedges comenta que la realidad del periodismo de los multimedia en EU es "mucho peor" que el reporte de la Rand: padece una "esquizofrenia cultural" cuando "se han inclinado a los sentimientos en lugar de los hechos", lo cual "ha desgarrado al país al borde de una guerra civil" (https://bit.ly/2w85eAc).

Hedges alega que la evicción de los hechos a favor de los "llamados emocionales" con mentalidad de litigantes ha sembrado la discordia en la sociedad desde décadas atrás:"es más subjetiva" y "se basa primordialmente en la argumentación y la abogacía". Según el periodista, las tres principales redes de noticias en cable "renunciaron al periodismo" que “sustituyeron con programas de noticias de reality show centradas en Trump y sus tuits y el Russiagate”.

A mi juicio, las cableras de noticias fake, acomodadas a los privilegios de sus accionistas mayoritarios, hoy son propagandistas vulgares de la plutocracia y sus grupos de interés, como la tóxica dupla Univisión/Televisa controlada por títeres del binomio sionista de Haim Saban/George Soros, aliados de Hillary Clinton (https://bit.ly/2LV3hBV).
Hedges arremete contra las redes de noticias en cable y sus conductores/comentaristas –que a mi juicio denigran a los matraqueros porristas.

Hoy 40% de los ingresos de los periódicos "no es más sostenible económicamente", lo cual ha llevado a su "fallecimiento (sic)" cuando "los medios de Internet han creado un espacio libre para todos donde la gente se encapsula en guetos (sic) con sus creencias particulares en sistemas o en teorías de conspiración que apoyan".

Una "teoría de conspiración" en México fue la grotesca trama rusa del lavado de dinero de la Operación Berlín (https://bit.ly/2UrdBVm) y que sus autores tienen todavía el mega-cinismo de endosárselo a adversarios.

Hoy es "difícil apartar las opiniones muy subjetivas de los hechos y las personas creen lo que les conviene", a juicio de Hedges, quien se mofa de los noticieros en EU que "promovieron la teoría de la conspiración de que Trump era un agente del Kremlin". Todo era basura (sic) pura, pero atrajo a sus televidentes”.

Hedges contempla que los multimedia "empujan antagonismos y odios (sic) entre los grupos étnicos en EU" cuando "los medios de derecha demonizan a Bernie Sanders y a Barack Obama comparándolos con Hitler, y los medios de izquierda etiquetan a los partidarios de Trump como racistas (sic) y deplorables", lo cual "crea discordia y fragmentación social". Lo grave radica en que "tales cismas pueden desembocar en turbulencias civiles, que ya suceden en EU".

El máximo problema radica en la definición del florido léxico solipsista que se asestan los adversarios cuando la palabra "odio", ya no se diga "semita", (https://bit.ly/2VhugqM) pierde su universalidad dependiendo si se "formula" en Israel/Hollywood/Televisa/Univisión o en Irán/Rusia/China. Ya entramos a la nueva era de la "verdad geopolítica".

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Viernes, 10 Mayo 2019 05:46

La revolución 5G

La revolución 5G

Con el aséptico nombre de 5G se presentó la nueva generación de comunicación móvil en el Mobile World Congress de Barcelona, a finales de febrero. Se trata de una profunda transformación tecnológica con importantes consecuencias empresariales, sociales y geopolíticas. La estrella del congreso fue el nuevo modelo Mate X de Huawei, la principal empresa tecnológica china. Claro que el teléfono no sirve de mucho mientras no se despliegue la red por la que circulan las señales. Y esto se supone que ocurrirá, al menos en China, Europa y Estados Unidos, en el 2020. 

La conexión de internet con 5G se proyecta como 40 veces más rápida que la del 4G que actualmente utilizamos y el volumen de datos comunicados significativamente mayor (aquí las estimaciones varían). La importancia de esta tecnología es que constituye la infraestructura necesaria para el funcionamiento de la nueva sociedad en red, incluyendo la nueva economía. Esta nueva estructura, que ya existe en gran medida, está en la base de la conexión de grandes bases de datos (big data), del despliegue de las aplicaciones de inteligencia artificial y, por tanto, de la robótica avanzada (máquinas capaces de aprender) y, sobre todo, de la llamada “internet de las cosas”. Por tal se entiende la multiplicidad de conexiones ultrarrápidas de internet no sólo entre humanos y sus organizaciones, sino entre objetos de todo tipo, en el ámbito doméstico, el dinero móvil, el coche sin conductor, la cirugía a distancia, la enseñanza virtual o las guerras de drones. No hablamos de ciencia ficción, sino de lo que ya ha sido investigado, diseñado, producido y es operativo.


Como indicación de lo que ocurre, en el 2014 había unos 1.600 millones de objetos/máquinas conectados. En el 2020 se estima que serán 20.000 millones. Sin embargo, el funcionamiento real de estas múltiples redes sobre una única infraestructura de comunicación requiere una red con las características del 5G. Con sus consiguientes riesgos. Por un lado, el de la ciberseguridad (interferencias y vigilancias de todo tipo, sobre todo de gobiernos, incluidos todos). Por otro lado, los peligros potenciales para la salud aún poco evaluados. Resulta que una característica clave de esta nueva red es una altísima densidad de miniantenas que están sembrando en todas las ciudades para, mediante su cobertura coordinada del espectro, obtener una comunicación ubicua de cualquier punto de la red a cualquier otro. Antes de que le entre pavor piense que esta red, como todo lo que hemos ido inventando, se va a desplegar y usted (o sus hijos o sus nietas) la van a utilizar, sí o sí. Con lo cual lo urgente es analizar seriamente los impactos de estos múltiples campos electromagnéticos sobre la salud (sobre lo que hay muchos mitos, parecidos al movimiento antivacunas) y encontrar soluciones técnicas para prevenir el daño potencial.


En cualquier caso, la construcción y gestión de la(s) red(es) 5G se convierte en un campo esencial de la lucha por el poder y el dinero, porque vivimos en la época del capitalismo de los datos y los datos sólo sirven cuando pueden ser procesados y conectados.


Por eso se ha desatado una violenta reacción del Gobierno estadounidense contra la participación de Huawei en el diseño y construcción de la red. Y es que resulta que, en opinión de la mayoría de los expertos, Huawei posee la tecnología de diseño y fabricación más avanzada del mundo en las redes de telecomunicación 5G. Creo que el choque psicológico del Gobierno (mucho menos el de las empresas) es comparable al pánico surgido ante el Sputnik soviético en 1957.


¿Cómo es posible –dicen en Estados Unidos– que los chinos estén más avanzados cuando se suponía que su ventaja competitiva estaba en copiar y fabricar más barato explotando su mano de obra, sin añadir valor mediante investigación? Estamos en presencia de una mezcla de complejo de superioridad e ignorancia. Huawei está entre las primeras cinco empresas del mundo en gasto en I+D, tiene decenas de miles de investigadores, con centros en todo el mundo, no sólo en China, sino en Silicon Valley y otros núcleos tecnológicos. Y obtuvo más patentes tecnológicas en el 2017-2018 que cualquier empresa tecnológica en Estados Unidos. Aun así, la paranoia de los estrategas estadounidenses es tal que, teniendo en cuenta las consecuencias geopolíticas e incluso militares de esta tecnología, decidieron que la ventaja de Huawei sólo podía provenir del espionaje industrial y han arrestado y procesado a la directora financiera, Meng Wanzhou, hija del fundador de la empresa. ¿Pruebas? En el momento de su detención llevaba un iPhone y un iPad. Concluyente, ¿no? La acusación en serio es que Huawei es una empresa estatal (falso, es privada, como lo es Alibaba, la mayor empresa de e-commerce del mundo) y está introduciendo un acceso de “puerta trasera” en la red mediante el cual se puede espiar a todo el mundo. Y sólo faltaba que justo ahora el Gobierno chino lance su iniciativa de construcción de infraestructuras de transporte y comunicaciones en Europa y Asia (la nueva ruta de la seda) en colaboración con diez países europeos, incluida Italia, para que el 5G se interprete como un proyecto de dominación china sobre Occidente.


Objetivamente, hace falta mucho cinismo para presentar al Gobierno de Estados Unidos, así como los europeos, como respetuosos de la privacidad. Hay múltiples revelaciones y documentos (en particular los papeles de Snowden) que muestran la práctica sistemática de vigilancia legal o ilegal de las agencias estadounidenses en todo el mundo, como hace el Gobierno chino. Y la ayuda de mercados militares a empresas como Boeing y a Silicon Valley es un hecho.
La nueva revolución tecnológica se está convirtiendo en un campo de batalla geopolítico, en detrimento de la cooperación sinérgica que intentan algunas empresas europeas.

Por Manuel Castells
La Vanguardia

 

Autocrítica comunicacional y cultural. Geopolitica de todo lo que no hicimos

Estamos bajo el fuego de (al menos) tres guerras simultáneas: una guerra económica desatada para dar otra “vuelta de tuerca” contra la clase trabajadora, una guerra territorial para asegurarse el control, metro a metro, contra las movilizaciones y protestas sociales que se multiplican en todo el planeta y una guerra mediática para anestesiarnos y criminalizar las luchas sociales y a sus líderes. Tres fuegos que operan de manera combinada desde las mafias financieras globales, la industria bélica y el reeditado “plan cóndor comunicacional” empecinado en silenciar a los pueblos. Todo con la complicidad de gobiernos serviles especialistas en gerenciar los peores designios contra la humanidad. Hay que decirlo con claridad y sin atenuantes. 

En particular, pero no aislada, se ha desatado contra el pueblo trabajador, de todo el planeta, una guerra mediática sin clemencia (aunque algunos todavía se nieguen a verla). Tal guerra mediática es extensión de la guerra económica del capitalismo y es inexplicable sin explicarse (histórica y científicamente) cómo opera el capitalismo en sus fases diversas incluyendo su actual fase imperial. La guerra contra los pueblos no se contenta con poner su bota explotadora en el cuello de los trabajadores, quiere, además; que se lo agradezcamos; que reconozcamos que eso está “bien”, que nos hace “bien”; que le aplaudamos y que heredemos a nuestra prole los valores de la explotación y la humillación como si se tratara de un triunfo moral de toda la humanidad. La guerra oligarca contra los pueblos nunca ha sido sólo material y concreta… ha sido ideológica y subjetiva. Nada de esto es nuevo, no se anota aquí como descubrimiento ni como verdad revelada, es la condena de clase sobre la que se verifica nuestra existencia. Mayormente en silencio.


Al lado de las consecuencias concretas de la “triple guerra”, que en cada país deja huellas específicas, está el problema de entender sus efectos supra, trans e intranacionales. Una parte del poder económico-político de las empresas trasnacionales tiene su identidad vernácula desembozada o maquillada por prestanombres de todo tipo. Se trata de una doble articulación alienante que supera a los poderes nacionales (no tributa, no respeta leyes y no respeta identidades) mientras ofrece respaldo a operaciones locales en las que se inclina la balanza del capital contra el trabajo. Así empresas como Shell (energética) aliada con bancos locales o internacionales, financia frentes mediáticos (televisoras, radios, periodistas, prensa) y promueve “estrategias” de defensa para los estados aliados. Sus aliados. El discurso financiado es un sistema de defensa estratégica transnacional operada desde las centrales imperiales con ayudas vernáculas. Mismo modelo imperial con décadas de añejamiento pero tecnología actualizada. Es decir, nada de esto es nuevo, lo supimos y los sabemos.


En su fase “neoliberal”, o neocolonial, el capitalismo imperializado se dispuso a descargar contra la clase trabajadora el peso de la crisis financiera provocada por ellos en el año 2008. Han instrumentado modelos bancario-financieros de endeudamiento y dependencia monetaria inspirados en la retracción del papel del Estado para reducir y suspender derechos históricos adquiridos. Y, al mismo tiempo, se multiplican las bases militares con objetivos represores enmascarados bajo todo tipo de disfraces. Y ahí, las alianzas de los “medios de comunicación” que conforman un plan de discurso único directamente entregado a camuflar las guerras judiciales, las guerras económicas y los muchos episodios de represión, táctica y tecnológicamente, actualizados.


Nuestro presente está teñido por una red de emboscadas “políticas” en las que lo menos importante es fortalecer las democracias, devolverle el habla a los pueblos y garantizar la soberanía económica. Todo lo contrario, reinan por su estulticia los peores ejemplos con las peores prácticas desde Brasil hasta Honduras, desde la deformación grotesca de instituciones como la OEA hasta desfondar iniciativas nacientes como UNASUR. Quedaron desnudas mil y una tropelías de jueces y tribunales que a contra pelo de toda justicia desatan persecuciones, encarcelamientos y condenas basadas en la nada misma, o dicho de otro modo, basada en cuidar los intereses del gran capital vernáculo y trasnacional que funge como su verdadero jefe. Hoy contamos con un repertorio muy completo y complejo de tipologías y secuencias diseñadas para la ofensiva triple que aquí se describe.


No obstante, contra todas las dificultades y no pocos pronósticos pesimistas, los pueblos luchan desde frentes muy diversos y en condiciones asimétricas. Con experiencias victoriosas en más de un sentido es necesaria una revisión autocrítica de urgencia mayor. Intoxicados, hasta en lo que ni imaginamos, vamos con nuestras “prácticas comunicacionales” repitiendo manías y vicios burgueses a granel. La andanada descomunal de ilusionismo, fetichismo y mercantilismo con que nos zarandea diariamente la ideología de la clase dominante, nos ha vuelto, a muchos, loros empiristas inconscientes capaces de repetir modelos hegemónicos pensando, incluso convencidos, que somos muy “revolucionarios”. Salvemos de inmediato a las muy contadas excepciones.


Tan delicado como imitar contenidos es imitar formas. Las formas no son entidades a-sexuadas o inmaculadas, quien lea información seria (pero con el estilo de los noticieros mercantiles) deberá someter su esquizofrenia al veredicto de algún tratante especializado. Al menos, claro, que lo hiciere con ironía intencional y entendible. Quien redacte, hable o actúe, incluso sin darse cuenta, como redactan, hablan o actúan los referentes mercantiles de los mass media, con el pretexto de que “eso si llega”, de que “así la gente entiende”, de que “esto vende”… repite una trampa lógica en la que se corren riesgos de todo tipo, comenzando por legitimar el modo dominante para la producción de formas expresivas. No quiere decir esto que no se pueda expropiar (consciente y críticamente) el terreno de las formas para ponerlas al servicio de una transformación cultural y comunicacional pero debe tenerse muy en cuenta, qué realmente es útil y por qué no somos capaces de idear formas mejores. Hay que estudiar cada caso minuciosamente y eso es algo que muy poco se hace.


Todavía somos víctimas del individualismo y no logramos construir la unidad de clase que nos permita aliar nuestras fuerzas comunicacionales en torno a un programa emancipador. Muchos se sienten “genio único” y “gurú” revelador de verdades mesiánicas. Uno de los cercos mediáticos más duros de romper está en la certeza soberbia -e individualista- del que se piensa “genio comunicacional” poderoso. Por eso nos derrotan con toda facilidad mientras las oligarquías se organizan y se reordenan para atacarnos. No es que seamos incapaces de lograr metas magníficas, el problema es que estamos desorganizados y no logramos concretar la dirección que nos haga entender el lugar que tenemos en la batalla comunicacional, unidos.


Todavía somos víctimas de la improvisación empirista. No pocos padecen alergia al estudio y no pocos sufren mareos sólo de pensar en planificar racionalmente las tareas que nos tocan. Por eso muchos repiten y repiten errores que no se cometerían con sólo abrir las páginas de algún libro medianamente especializado -y serio- o con trabajar en colectivo con las bases. Por eso, no pocos salen a filmar documentales, a grabar programas radiofónicos, salen a escribir reportajes o entrevistas… sin saber, siquiera, el nombre de sus interlocutores. Por eso muchos se sienten frustrados por los magros resultados, cuando el problema está en el método y en su praxis.


Todavía perdemos horas y días y semanas y meses buscando desesperadamente a quien echarle la culpa de nuestras “desgracias”. Hay camaradas que se resisten a entender que sólo la fuerza organizada de la clase trabajadora podrá generar las transformaciones que necesitamos y que de nada sirven las rogativas a las puertas de las burocracias ni de las sectas iluminadas.


Nos equivocamos si creemos que “nos las sabemos todas”. Nos equivocamos si pensamos que nuestros diagnósticos inventados en noches diletantes son la “verdad revelada”. Nos equivocamos si no trabajamos en un frente de base al lado de los trabajadores que luchan por emanciparse. Nos equivocamos si creemos que todo se logra saliendo en la tele o siendo famosos. Nos equivocamos si abandonamos la militancia directa en las organizaciones de base. Nos equivocamos si creemos que los medios de comunicación lo “arreglarán” todo. Nos equivocamos si creemos que con “mensajes” ultra-revolucionarios se logra mágicamente el avance de la conciencia. Nos equivocamos, en fin, si nos contentamos con repetir fórmulas y especialmente las fórmulas que la burguesía ha ideado para someternos y no nos damos cuenta. Es verdad que ellos generan efectos poderosos en nuestra contra pero nada serían si no dominaran, primero, la base económica y política desde donde financian sus máquinas de guerra ideológica.


Ninguno de nuestros errores podrá borrar los aciertos magníficos que siguen siendo orientadores e inspiradores. Pero no olvidemos que la primera de las manías, primera en importancia por su carácter dañino, es la carencia casi total de autocrítica y que somos víctimas de una especie de soberbia voluntarista plagada con empirismos de todo tipo. “Los hombres han sido siempre, en política, víctimas necias del engaño ajeno y propio, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a descubrir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, políticas y sociales, los intereses de una u otra clase” Lenin.


Esto no es un réquiem. Insistamos. Aunque hoy parece una “perogrullada” que, a fuerza de repetirse, puede perder “sentido”, conviene recordar (aunque moleste) que una de nuestras grandes debilidades y fallas, se expresa en la incapacidad para transmitir nuestras ideas y acciones. Especialmente las ideas y las acciones de los frentes sociales y sus luchas emancipadoras. Queden salvadas las excepciones honrosas.


Transferimos al aparato empresarial bélico, bancario y mediático -sin frenos y sin auditorias- sumas ingentes. Hicimos leyes que no cumplimos, adquirimos tecnología sin soberanía, no consolidamos nuestras escuelas de cuadros, no creamos una corriente internacionalista para una comunicación emancipadora organizada y apoyada con lo indispensable, no creamos las usinas semióticas para la emancipación y el ascenso de las conciencias hacia la praxis transformadora, no creamos un bastión ético y moral para el control político del discurso mediático y el desarrollos del pensamiento crítico… y no es que falten talentos o expertos, nos es que falte dinero ni que falten las necesidades con sus escenarios. Hizo estragos, nuevamente, la crisis de dirección política transformadora. Hablamos mucho, hicimos poco. Ni el “Informe MacBride” (1980) supimos escuchar y usar como se debe.


Se ha convertido en una “tara” echar la culpa de todos nuestros “males” a los “medios de comunicación” de la clase dominante. Un recurso “fácil” que por su obviedad parece incontestable y parece reducto inapelable para refugiar a ciertos discursos plañideros. Cuando la culpa (toda la culpa) es de los “malos”, y nada se explica por los errores que cometemos, tributamos pleitesía a una emboscada que nos tendemos nosotros mismos para quedar encerrados en justificaciones a granel y con pocas esperanzas de superación concreta.


Nuestra dependencia tecnológica en materia de comunicación es pasmosa, gastamos sumas enormes en producir comunicación generalmente efímera y poco eficiente, nuestras bases teóricas están mayormente infiltradas por las corrientes ideológicas burguesas que se han adueñado de las academias y escuelas de comunicación, no tenemos escuelas de cuadros especializadas y no logramos desarrollar usinas semánticas capaces de producir contenidos y formas pertinentes y seductoras en la tarea de sumar conciencia y acción transformadora. Con excepción de las excepciones.


Para colmo, la clase dominante desarrolla permanentemente medios y modos para anestesiarnos sin clemencia. Inventa falsedades alevosas que transitan con impunidad, y sin respuesta, a lo largo y ancho del planeta, siempre con un poder de ubicuidad y de velocidad que nosotros no podemos siquiera medir ni tipificar en tiempo real. Y la inmensa mayoría de las veces lo miramos desde nuestras casas (dormitorios incluso) en forma de “noticieros”, “entretenimiento” o reality show. Consumismos sus productos, engordamos sus rating y rumiamos nuestra impotencia, hacemos catarsis indignados y enredados en frases hechas mayormente inútiles e intrascendentes. Eso es parte de la guerra.


No es que falten iniciativas o buenas voluntades que asumen su papel y emprenden tareas en la lucha comunicacional bien cargadas con intereses muy diversos y (a veces) contradictorios. Algunas son iniciativas que anhelan dar pasos transformadores jalonando a destajo voluntades de todas partes. Otras veces, las menos, surgen tareas comunicacionales desde el corazón de las luchas sociales para especializarse, casi exclusivamente, en sí mismas. El panorama es de un archipiélago inmenso cargado con buenas ideas pero inconexo. Una muchedumbre de iniciativas sin programa de acción común. Fuerza debilitada. No nos detendremos en analizar ciertos sectarismos, individualismos, egolatrías ni oportunismos que hacen de las suyas de manera desigual y combinada. Con sus debidas excepciones.


Visto así, en lo general, vale decir que ya a nadie le sorprende -ni le ofende- semejante panorama. Nos acostumbramos. Hemos sido más audaces en el diagnóstico que en la acción. Ha sido más grande la petulancia que la eficacia. Somos campeones del empirismo ciego y le rendimos culto a la palabrería “progre” antes que a la acción organizada de la clase trabajadora en pie de lucha. Vamos a palos de ciego “dando respuestas artesanales” a la segunda mega industria de la guerra ideológica que más recursos económicos y tecnológica mueve en todo el planeta. Nos derrota más el auto-engaño que la fuerza. Pontificamos soluciones sin un programa de lucha, de unidad y consensuando porque, entre otras cosas, creemos que tenemos la razón y no tenemos por qué entablar acuerdos de lucha unificados. Por cierto “unidad” no es uniformidad.


Claro que hay grandes iniciativas y grandes avances. Claro que contamos con victorias de lo particular a lo general y viceversa. Claro que en nuestras filas hay grandes genios y genialidades individuales y colectivas. Y claro que con eso no nos alcanza en una lucha que además de su amplitud, duración y profundidad, crece exponencialmente porque, además de su carácter alienante, es un gran negocio muy rentable. El negocio de embrutecernos.


No vamos a salir del atolladero haciendo promesas para dejarlas truncas. No tenderemos fuerza comunicacional improvisando siempre mientras aguardamos que las “musas” nos iluminen. No conseguiremos transmitir nuestras ideas, ni construiremos un plan de lucha conjunto, aislados por nuestros egos ni resignados a la marginalidad. La clave no es imitar las fórmulas del éxito burgués ni copiar a sus operadores ideológicos creyendo que, siguiendo las biblias del márquetin, vamos a ser exitosos progres. Necesitamos organizar una lucha comunicacional y cultural que no repita los errores ni las taras más comunes y necesitamos romper todo cerco entre nosotros mismos comenzando por poner en agenda, y acompañar sistemáticamente, las luchas del pueblo trabajador. Necesitamos que nuestra agenda prioritaria en comunicación no seamos nosotros mismos sino las luchas transformadoras de la clase trabajadora y de su mano. Hombro con hombro. No adelante, no encima. Estamos a tiempo.

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Jorge Gestoso, la antigua cara de CNN, cuenta cómo se cuenta el golpe a los norteamericanos. Venezuela: "Cómo se convierte a la mentira en verdad"

Jorge Gestoso es uno de los periodistas latinos más conocidos en los Estados Unidos. Nacido en Uruguay, fue durante 14 años la cara de CNN en español, durante los cuales recibió gran cantidad de premios y reconocimientos a su labor. Se alejó en 2004 de la cadena de noticias para desarrollar su propia productora, que alimentó durante años a muchos canales hispanos de Estados Unidos y a muchas televisoras de todo el continente. En los últimos años colabora con la cadena venezolana Telesur desde Washington. En este video de aproximadamente 9 minutos, cuenta cómo se le informa al pueblo norteamericano sobre el nuevo intento de golpe en Venezuela, las maniobras oficiales y la actitud de los medios. 

 

https://youtu.be/8TQUvIEv_vU

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Martes, 30 Abril 2019 11:00

Trotsky según Putin

Trotsky según Putin

Netflix, la empresa estadounidense de entretenimiento, emitió la miniserie Trotsky, dirigida por Alexander Kott y Konstantin Statsky. La serie integró la muestra rusa en relación a los 100 años de la Revolución de Octubre emitida por el canal uno, mientras que en el canal dos, ambos muy populares en Rusia, se emitió la miniserie “Demonio de la Revolución”, relacionada con los viajes de Lenin al exterior y el trabajo de este por hacerse al poder, las dos fueron vistas en 2017.

 

La miniserie ha sido duramente criticada sobre todo por organizaciones trotskistas y socialistas, y recientemente apareció la Declaración: “Netflix y el gobierno ruso unidos para mentir sobre Trotsky”, con firmas de intelectuales de esa corriente socialista y otros intelectuales como Slavoj Zizek, Fredic Jameson, el nieto de Trotsky –Esteban Volkov–, y otros más, dedicadas a mostrar las “falsificaciones históricas” de la miniserie en relación al revolucionario ruso.

Aunque es cierto que en la serie en cuestión se presentan falsificaciones históricas, estas notas no pretenden tersiar en tal asunto sino, y sí, de manera principal, tratar de develar lo que está detrás de esas maniobras propagandísticas del gobierno de Vladimir Putin, así como del interés de Neflix por este tipo de convenios.

Un relato al servicio del poder o “patriotismo de Estado”

Así como se muestran acontecimientos sobre Lenin, Stalin y Trotsky que sí sucedieron, también se muestran falsificaciones históricas, la más burda de las cuales es cuando se muestra a Trotsky como el único que organizó, participó y tomó el poder en Octubre de 1917, mientras que Lenin aparece como un oportunista, cobarde y maniobrero que llegó al palacio de Invierno un día después de haber sucedido la acción. Lenin le increpa que esa acción no fue ninguna revolución y Trotsky le contesta que en realidad era un “golpe de Estado”. Como Trotsky le dice que el poder era él y de él, Lenin le dice que si no ha pensado que el pueblo ruso no aceptaría a un judío como su líder, palabra mágica para que Trotsky sin pensarlo deje el poder en manos de Lenin. Entonces Lenin usa su antisemitismo y Trotsky su “complejo de persecución”.

Trotsky no sale bien librado en la miniserie pues queda como un vengativo, enfermo de poder y autoritario.

Más allá de todo ello, el punto central es ¿por qué Putin ordenó la emisión de las dos miniseries en Rusia? ¿Por qué Netflix las emite para millones de personas?

Pregunta pertinente, pues es sabido que a Putin le interesa reforzar el retlato de poder que lleva más de 15 años construyendo, al gobierno y ministerio de cultura no les interesaba que el público conozca, de manera bien tratada, la historia de la insurrección de 1917, ganando elementos de juicio para reflexionar al respecto, sino que acceda a una historia en la cual todo queda reducido a un acto puntual, dande el pueblo no participó, donde no existió correspondencia con la lucha de clases, un suceso simple que trastornó la historia de la Gran Rusia.

Estamos, por tanto, ante un relato de poder llamado “patriotismo de Estado”, y que a grandes rasgos pretende reforzar una idea central: Rusia desde siempre ha sido una sola, con una idea única de grandeza e imperial. Un gran poder por siglos.

Es una visión que parte de considerar que la Gran Rusia proviene desde su historia antigua pero da significado especial a Iván El Terrible, y desde 1300 a la dinastía de los Ronanov y al Gran imperio ruso zarista, a Pedro el Grande, a Isabel I –la “occidentalizadora de la cultura”–, Catalina II –La Grande– y a Alejandro II –“El reformador”–, pasando por lo que llaman la “épica nacional” en la II Guerra Mundial –“La Gran guerra Patria”.

 

Torcerle el cuello a la historia


Por eso, para el actual gobierno ruso la URSS fue “un momento complejo de divisiones políticas y emocionales”, exaltan a los personajes históricos de la Rusia imperial y oscurecen a los revolucionarios, en especial los de 1917. Por ello celebrar los 100 años de la Revolución de Octubre fue problemático pues fue un evento traumático en el proceso estable de la historia –que ahora construye Putin– de Rusia.

Desde este punto de vista tiene sentido una miniserie como esta que tiene por nombre Trotsky pues en ella se muestra que la insurrección de Octubre de 1917 no fue tal cosa pero sí fue un evento que rompió el hilo natural de desarrollo de la “Gran Rusia”. Acá, como está sucediendo en Colombia, la historia entra como campo de batalla, donde el relato oficial es el determinante, sin importar que con ello los sucesos históricos, unos desaparezcan, otros tomen un rumbo diferetne al que en realidad conocieron, y unos que nunca fueron aparezcan en escena.

La miniserie puede, incluso, gustarle a los historiadores y analistas que sostienen que en Octubre lo que hubo fue un golpe de Estado; le sirve a los que sostienen que Lenin fue un autoritario y oportunista, razón por la cual la misma miniserie de alguna manera reivindique a Stalin, pues los errores reales o imaginarios que se le indilgan tuvieron su origen en Lenin y Trotsky, en sus orientaciones, las que continúo Stalin, como con las políticas de los campos de trabajo.

Razón a tener en cuenta ya que en Rusia están rehabilitando al Stalin de la Segunda Guerra Mundial, lo mismo que a Zerzhinsky –el fundador de la KGV–, municiones tanto para trotskistas y otros que no se demoraron en asimilar a Putin con Stalin, pero también para los opositores de Trotsky pues la miniserie les brinda la razón histórica. Cada uno con su “razón histórica”.

Entre lo económico y la ideología

Netflix ha comenzado un proceso comercial con el cine ruso estatal, con Sreda la compañía de producción que realiza programas de tv y series para el canal uno, también hace lo propio para Bielorrusia, Ucrania y Kazajistán.

Netflix comenzó con la serie llamada “Silver Spoon” y luego con “Sparta”, de un acuerdo de compra de un paquete de seis series, como Método, Locus, Territorio, Fartsa, series sujetas al formato de esa empresa de entretenimiento.

Pero la miniserie Trotsky también tiene otros elementos marcados por sus realizadores, además del aspecto comercial y la importancia que Netflix le está dando en mostrar contenidos rusos en Occidente: como un revolucionario puede entrar en tu mente y controlarte, como hizo Trotsky con los demás y ese es muy peligroso para los pueblos, y también muestra que los revolucionarios al final son unos oportunistas, vividores que pelean por poder y sus egos utilizando a los demás. Por todo ello, para Netflix, además de los dividendos económicos, la miniserie tiene su razón de ser.

Publicado enEdición Nº256
Miércoles, 10 Abril 2019 05:47

Encono en las redes sociales

Encono en las redes sociales

No se trata de dialogar, sino de avasallar al oponente. El ágora, la plaza publica, en la que confluyen los usuario(a)s de la redes sociales rompen lanzas unos contra otros. La declaratoria de guerra es cotidiana, no hay convicción de persuadir, sino de eliminar simbólicamente al contrincante.

Ejercer la persuasión implica, primero, tener integrada una posición informada sobre determinada temática para, después, exponer el punto de vista con el fin de intentar convencer a la contraparte de las razones por las cuales hemos adoptado cierta óptica. El reconocimiento del otro(a) como interlocutor con derecho a exponer su posición es importante para sostener una conversación, presencial o virtual, fructífera. Pero cuando la consigna es demeritar, considerando inferior al otro, lo buscado es aniquilarle, no reconocerle derechos.

Ryszard Kapuscinski, el gran trotamundos y periodista polaco, sintetiza experiencias y aprendizajes en sus recorridos geográficos e interculturales en el libro Encuentro con el otro (Editorial Anagrama, Barcelona, 2007). El autor dice que en la extensa historia humana localiza tres "posibilidades ante el encuentro con el otro: podía elegir la guerra, aislarse tras una muralla o entablar un diálogo". Es decir, intentar la conquista mediante la violencia, encerrarse y tratar de ignorar la existencia del mundo, o aventurarse a encontrar puntos de contacto con quienes nos resultan extraños inicialmente.

Los otros son aquellos que no son como yo, los que tienen idioma, color de piel, gustos, creencias y prácticas distintas a las mías. De una constatación fáctica, su diferencia, se procede a sacar conclusiones valorativas: lo mío es mejor y más valioso, lo de ellos es peor y deleznable. De ahí que muchos conglomerados humanos se describan a sí mismos como el parámetro de lo que es la humanidad y, por consiguiente, los demás son falsificaciones.

En el origen de toda justificación para agredir a los otros encontramos el ejercicio de cuestionar o infravalorar su humanidad. La hermenéutica de la deshumanización de los otros para intentar explicar que lo mejor es eliminarlos, o mantenerlos a raya tras murallas o alambradas, si no físicas al menos cibernéticas, la encontramos diseminada por todos los periodos de la historia. Trátese de los nazis contra los judíos, o de la infernal masacre de los hutus perpetrada contra los tutsis en Ruanda, o la inmisericorde liquidación en Camboya de cientos de miles de quienes los jemeres rojos consideraban enemigos del pueblo. Y en América Latina los pretextos usados por los dictadores que desataron guerras sucias y su horrible saldo de torturados, desaparecidos y ejecutados con saña porque así, según ellos, defendían a la civilización occidental y cristiana de sus enemigos.

En las redes sociales pululan linchamientos simbólicos, holocaustos purificadores con víctimas propiciatorias, cuyo sacrificio se justifica con infinidad de consignas que buscan exculpar a quienes perpetran el ataque. Los guardianes de la pureza ideológica, religiosa, política, cultural y en otros campos, son creativos para minimizar las voces que presentan puntos de vista alternativos y que por exponerlos en las redes sociales resultan vituperados copiosamente.

En la sociedad global, y más globalizada que nunca, pululan los aldeanismos que buscan excluir a los otros, los extraños que irremediablemente son un peligro para la estabilidad, la pureza y la sobrevivencia del grupo que pretende imponer la normatividad. Las personas que hacen reiterados esfuerzos por marginar otras opiniones niegan igualdad a los adversarios, por ello los cosifican o se refieren a los otros como animales depredadores a los que es necesario extinguir o al menos silenciar.

El autoritarismo aniquilador que se expresa en el ágora virtual, que a diferencia del ágora ateniense donde el derecho a expresarse lo ejercían unos pocos, literalmente le ha dado voces a todo(a)s los que deseen participar y solamente necesitan una conexión de Internet. La democratización opinativa ha expropiado a los medios tradicionales el monopolio de dar a conocer puntos de vista sobre asuntos públicos. La multiplicación de voces y miradas es benéfica y muestra la diversificación de la sociedad. Sin embargo, cuando los vociferantes buscan disminuir o acallar del todo la pluralidad de voces, están menoscabando un espacio que debe ser policromático.

El intercambio de conocimientos situados, de argumentos sustentados con datos verificables, la toma de posición en pro o en contra de lo sustentado por otra persona o colectivo potencia la construcción de ciudadanía democrática. En contraparte, socavan dicha construcción quienes sustituyen el ejercicio argumentativo/persuasivo con acumulación de ofensas, diluvio de adjetivaciones ominosas, multiplicación de ridiculizaciones y evasivas para tomar en serio los cuestionamientos que hacen los demás. Requerimos más voces y menos vociferantes.

Publicado enSociedad
Jueves, 04 Abril 2019 05:58

La lengua, identidad y aflicción

La lengua, identidad y aflicción

El psicoanalista Ricardo Nacht presentó en el I Encuentro Internacional: derechos lingüísticos como derechos humanos, celebrado recientemente en Córdoba, una reflexión sobre la politicidad de la lengua aquí. El texto de la ponencia.

 

Comienzo con un agradecimiento y un reconocimiento a Raúl Vidal por haber abierto la cuña que hizo posible que haya hoy psicoanalistas hablando en este encuentro. Espero que cuando haya terminado de leer lo que escribí para hoy se pueda medir en toda su magnitud el alcance (político) de su gesto.


Intentaré ser breve y claro, intentaré escribir sostenido en argumentos y hechos. La entrada y el comienzo entonces deberán ser directos. Intentaré ir directamente a lo Real de la lengua. Una aclaración: lo que leeré a continuación es producto de un gran robo. El título mismo lo es: Identidad y Aflicción es el título de un importante ensayo de Nicolás Casullo en el que produce lo que llamó una Remoción de lo Moderno: un decir que no a la identidad. El robo es a mansalva, sólo mencionaré algunos nombres. Dado que se trata de un gran robo y que la lengua es impropia, me dispenso de usar comillas. La lengua tampoco es de “todos” como dato “natural”, como vienen a decirnos: esto sólo esconde quién sería su propietario.


Dado que no hay lengua sin historia, toda relación entre estos dos términos pasa a ser, en la Modernidad, una relación política. Todo pensamiento y toda historia y toda lengua que no esté situada está perdida. Lo que es evidente a veces no es obvio. Toca insistir. Toca, para nosotros analistas, hacer un esfuerzo de pensamiento. Dado que pensar es tomar posición, si no pensamos desde aquí estamos perdidos; y también dominados: toda puesta en relación de la lengua con lo global, en cualquiera de sus formas, produce dominación, ese es su sentido; -produce obediencia. El real del que nos ocupamos no puede aprenderse como tal porque el pensamiento es obediente y dependiente de las condiciones sociales de producción: y esta es la función del pensamiento como ideología, dice Lacan.


Se trata, también en y por la lengua, de una historia (geopolítica) de conquista, de colonización, de crimen, y de cuerpos ordenados y penetrados por los Estados, que van dominando toda la geografía del mundo haciéndolo inmundo. Ya nos detendremos en la lengua penetrada y penetrante, en la nuestra, la que pasa por nuestras bocas, la que va de boca en boca. La que se hace escuchar en las vueltas criminales llenas de desprecio y en la superposición inverosímil entre las voces indígena/indio y negro entre nosotros, que alcanzan un grado tal de naturalidad que hacen que el crimen, y su historia en la lengua (“el aluvión zoológico”), se den en cualquier instante. No hay pensamiento situado que no haya encontrado y producido su anclaje crítico. Si situar un pensamiento crítico es tomar posición, ¿dónde hacerlo si no en la lengua, cómo hacerlo sino en la historia? Si el psicoanálisis es una práctica crítica, haremos de la querella de la lengua en Argentina, de la politicidad de la lengua, nuestro anclaje.


Formo parte de un colectivo de analistas (Zona de Frontera) que se dio como programa la lectura de libros escritos aquí, libros en los que se produce un pensamiento crítico situado. Qué sabemos de nuestra lengua y de nuestra historia es una pregunta necesaria para aflojar y poder abrir el nudo que sostiene a cada cuerpo, para así poder entrar en el agujero que producen la identidad, la Patria y el Estado. Para este colectivo, haber vuelto a abrir la pregunta de qué es la lengua, implicó tener que hacer un nuevo esfuerzo de pensamiento. La lengua no es un concepto, y menos universal, no es abstracta. La lengua es pulsional, transporta la llamada (pulsión) de muerte. Tampoco es un pensamiento: la lengua se practica. ¿Por qué, nosotros analistas, no sabíamos nada de nuestra lengua y nuestra historia y de cómo están cruzadas en la palabra Patria? Si lengua y frontera suele dar la lengua del exilio, me pregunto cuánto estaré penetrado por ella. La frontera, dice Josefina Ludmer, no es sólo el límite de un Estado, sino un instrumento conceptual particular: una zona inclusiva-exclusiva, una fisura que sutura. Zona de Frontera es entonces el lugar desde donde poder abrir eso que llamamos la identidad

Un cuerpo es algo que está hecho para ser marcado y cartesianamente clasificado, para ser penetrado por esa lengua; -no hay cuerpo sin esa marca escrita en la piel. Decir entonces que todo cuerpo está marcado es hablar de la historicidad de la lengua. Cada lengua produce vacilaciones propias dentro de la historia general del lenguaje, dice Lacan, que la vuelven, a tal o cual, más propicias para poner en evidencia la historia de Un sentido (siempre fijo). Vayamos hacia los que imperan en nuestra lengua.


Digamos también que tanto la historia como la lengua son un campo de batalla no decidido de antemano. Digamos también, benjamianamente, resistentemente, que la historia es el modo en que relampaguea en el presente, y en la lengua, el instante de peligro. Por algo se ha afirmado, y con razón, que la lengua, por la captura que produce, es fascista. Ésta es también la historia del capitalismo: ¿por dónde circula la economía si no es por la lengua? Dónde si no en la lengua ocurre eso que llamamos subjetivación; de allí la subjetividad, de allí el sujeto. La dimensión del o/Otro, de aquello que está siempre antes como punto de partida, es la historia de una relación de exclusión-inclusión y de un concepto: es la relación entre Europa y sus Otros expulsados conceptualmente por la vía regia de la identidad como concepto capital. Es la historia de los cuerpos ordenados disciplinariamente por un concepto moderno, aquel en el que se sostienen lo mismo y la diferencia; -aquello que todo cuerpo sostiene, aquello que mueve al mundo, al crimen y a la economía-. La identidad está en la lengua, la tenemos adentro, es el nudo que sostiene cada cuerpo: un agujero hecho de sexo, género, raza y clase. Cuatro términos que si bien se pueden distinguir, no se pueden separar. Será por esto que no hay concepto moderno más confuso, contradictorio, resbaladizo y ambiguo que éste, como afirma Eduardo Grüner. Es el concepto del Imperio y de la conquista, el de la frustración y de la agonía que exige todo aquello que no se alcanza. A esto se le ha dado en llamar también la Cosa: es la forma de la agonía que exige la Cosa para que se la alcance. Todo cuerpo está colonizado, todo cuerpo es una/esa Cosa. Es lo eternamente inalcanzable, núcleo duro y obsceno de un particular concreto que se esconde detrás de la universalidad abstracta de la ley.


Lo que llamamos síntoma es un nudo hecho de lengua, agujero, marca e historia; es lo que une estos diferentes registros, siempre de manera particular. Para lo que llamamos identidad (igualdad-equivalencia), seguimos la indicación crítica wittgensteniana: tomar en cuenta siempre los principios de partida. Siempre imperiales, siempre coloniales. Si toda lengua está penetrada, sólo hay entrelenguas, toda lengua es mestiza, toda lengua materna es bilingüe. Para lo que se pretende hacer valer como unidad, seguimos aquella potencia y voluntad de pensamiento crítico que postula una parcialidad radical: la relación entre el objeto parcial y la Historia da una heterogeneidad que se sustrae al concepto, a la unidad y a toda identidad. La lengua, que no es un concepto, será penetrada por unos cuantos. La mestización de las lenguas es una condición para poder abrir lo más olvidado, lo más rechazado y forcluido: el punto de fractura sobre el que se construyó, en la Modernidad, un sujeto nuevo y su lengua (en cada historia y en cada geografía). La mestización de las lenguas es lo que nos permitiría leer los libros escritos allí, aquí. Pero sobre todo y también, leer los libros muchas veces poco leídos, escritos aquí. Sólo así cobraría sentido (situado) que, como dice Lacan, en relación al Real (de la lengua, agrego), el nuestro sea un saber que avanza: allí está el sentido, dice, de lo que es una crítica de la ideología, parte integrante, dice, de una subversión que introducimos en el Real. Para cada lengua, según su identidad, su subversión.


Nos situamos. Aquí, “el desierto”. El desierto como el lugar sobre el que están escritos los fundamentos situados de nuestra literatura, de nuestra lengua tramada con nuestra historia. El desierto también como el territorio de una criminal cacería y domesticación de cuerpos y lenguas, como la forma siempre violenta con la que una identidad se impone en la lengua. Semejante violencia siempre ha traído aparejada la expropiación de territorios. El desierto como aquel territorio sin ley a ser penetrado por la lengua, por la cultura, por la ley. El sentido político de hacer estallar hoy el género en la lengua (feminismo mediante) pareciera claro. Los modos en los que la transmisión de la lengua se apoyan en la palabra género (uno de nuestros cuatro términos), no tanto. Si, como dice Piglia, somos los libros que hemos leído, la lengua que ha penetrado nuestros cuerpos está escrita. Como dice Carlos Gamerro, están los libros que inventaron la Argentina. ¿Y cómo se llama el libro de Ludmer que debiera atravesar todo lo que desde aquí podamos decir sobre la lengua?... se llama Aquí América Latina. Desierto, lengua y crimen vuelven a escribirse hoy, para este contexto y para esta historia. A Ludmer le interesa no qué significa una literatura sino cómo operan las ficciones en la definición y distribución de identidades. A modo de ejemplo citamos dos: La Argentina manuscrita –La cautiva en la conciencia nacional–, de Horacio González, y Las aventuras de la china Iron, de Gabriela Cabezón Cámara.


La manera en que tenemos tramada lengua e historia está escrita, y es política. Abramos la politicidad de nuestra lengua de manera breve, y espero clara. En “El género Gauchesco –Un tratado sobre la patria–”, Josefina Ludmer toma posición en la lengua citando a Chomsky. En mi opinión, dice él, la noción de lengua no es una noción lingüística, no es un concepto lingüístico, ni una definición lingüística. ¿Qué es el chino?, se pregunta. Son razones políticas las que definen qué es el chino. Son políticas las razones que explican lo que cada lengua tiene de particular.


La palabra género es a su vez la que trama una relación entre lengua, patria y Estado. Es por el género que la lengua penetra en los cuerpos, ahora escritos (¿qué si no letras como cicatrices es lo que soportan?). Es por el género que la lengua produce identidad fijando para cada uno y cada cuerpo lo que será su racismo, su clasismo y su sexismo. El género es la alianza, dice Ludmer, entre una voz oída y una palabra escrita. Sus enunciados no son ni frases ni proposiciones, sino la relación entre tonos y sentidos. La alianza, el género, es una relación de fuerzas poéticas y políticas entre voces y sentidos producidos por los enunciados del género; no existe antes ni fuera de ellos. Su lógica es deseada y postulada: un deber ser escrito como ser, dice Ludmer. Es todo lo que tiene la forma de lo ya sabido (aunque el ser no sepa ser como ser). Leo un párrafo de su libro: Y también inventaron entre todos, con ese mismo tono, una lengua penetrada de arrogancia, de xenofobia, de sexismo y de racismo. Con esos tonos escribieron sus ficciones legales para el Estado liberal. (Recordemos que Macri tiene fonoaudióloga y, como vemos, son políticas las razones que lo explican)


Vayamos hacia el hecho de que toda lengua está penetrada y es penetrante. Hacer un viaje por la lengua la lleva a Ludmer hacia El cuerpo del delito. Un libro muy poco leído, según Daniel Link. El crimen y el delito están en la lengua y produciendo riqueza, tal como Ludmer lo muestra citando a Marx. Su viaje va hacia los cuentos de educación y matrimonio de la coalición que fundó la cultura aristocrática en la Argentina, porque ellos inventaron, entre todos, dice, un tono y una manera de decir que quiso representar lo mejor de lo mejor de un país latinoamericano en el momento de su entrada en el mercado mundial (con ese tono se entraría, nos dicen hoy), y que se hizo clásico en Argentina.


Hablando de penetración, Oscar Masotta lo dice así: soy un nudo de repugnancias que yo no he puesto en mí. Afirmación que, según Carlos Gamerro, vale como una iluminación benjamiana que, dice, define el odio de clase y el asco racial mejor que ninguna otra que conozca. Raza, clase, asco y entonces el odio como destino inevitable. La identidad está en la lengua, son tonos (tanto de voces como de colores) y sentidos; una agonía.


Ahora acompañemos este tono con un toque de Benveniste: el cuerpo ante lo sonoro está desprovisto de piel; el sonido no retorna ni como imagen ni como reflexión. El sonido es la cosa misma, es el tiempo (la historia) de la cosa. La cosa, en cada lengua, ahora calzada entre sonido y sentido. El sonido está en la lengua como su deriva líquida, en su carencia de cierre, en su movimiento continuo y su conexión al goce del cuerpo. El sonido es la materialidad del lenguaje, es el soporte material de todo lo que se escucha.


Para finalizar quisiera detenerme en una pregunta para la que, entiendo, lo dicho hasta aquí debiera dejarnos a la puerta de una respuesta. Tomaremos a la pregunta misma como un síntoma del que nosotros, los analistas, debiéramos hacernos cargo en tanto nos pertenece: ¿cómo fue posible, qué hizo posible, que los organizadores de este Encuentro no hayan considerado, en un primer momento, ni la necesidad ni la conveniencia, de que hubiese psicoanalistas participando del campo de batalla al que la lengua llama hoy?


Detengámonos en la nuestra, o sea la que hablamos, en general, los analistas lacanianos cuando practicamos deportivamente un idiolecto (casi como una lengua pura y perfecta) hecho de palabras traducidas del francés, para expresar lo que fue pensado en otra lengua, en otro lugar, para otra historia; –para así poder soñar el sueño del pensamiento perfecto y la reflexión. Es el sueño dominante de la Universidad (de Buenos Aires, que es la que conozco) y de lo universal. Nos preguntamos, entonces, por la real razón que hizo posible que los organizadores de este Encuentro no hubiesen considerado necesario que hubiese analistas hablando aquí. Tuvimos que pedir un lugar, dado que pensamos, junto con algunos otros, que una práctica crítica que se realiza en la lengua obliga a tomar posición, en ella y en la historia. ¿Se jugaría ahí nuestro instante de peligro? Hacer entrar a Lacan en nuestra lengua sin haber primero tomado posición en ella no desemboca en ninguna práctica crítica, ni es capaz de producir la crítica ideológica que cada lengua por separado se merece.


Tocar o interpretar un síntoma, per vía di lévare, como indica Freud, requiere situarlo en su génesis y en su origen, situarlo en la historia, para así dar con su fuerza y su significación, aquello que Benjamin llamó la movilización de la experiencia histórica de los sujetos. Una interpretación crítica y activa es ya una transformación de lo Real, en la medida que altera radicalmente la relación del sujeto con la cultura (siempre de masas). Así movilizados dimos, en la historia de nuestra lengua, y gracias al trabajo de Fernando Alfón (La querella de la lengua en la Argentina), con el momento en el que comienza a afrancesarse nuestra cultura y nuestra lengua, y las razones que lo explican. Lo escribe J. B. Alberdi en 1838, en La emancipación de la lengua (texto desconocido por cada participante del colectivo del que formo parte). Alberdi intenta explicarse por qué la lengua de ciertos jóvenes de talento se va afrancesando, por qué aspiran a eso ciertos jóvenes galicados. Su pregunta, y la conjetura que deriva de ella, nos resultan de una actualidad apabullante: como la lengua, según él, es una faz del pensamiento, perfeccionar una lengua es perfeccionar el pensamiento. El francés, dice, llegó a la mayor simpleza, exactitud, brevedad y elegancia (así es la lengua estética del concepto); e imitar una lengua perfecta es imitar un pensamiento perfecto, es adquirir lógica, orden y claridad, es perfeccionar nuestro pensamiento mismo: ¿la función del pensamiento como ideología? Si la lengua perfecta está en otro lado, solo nos queda obedecer. Repito algo dicho al comienzo: toda puesta en relación de la lengua con lo global, en cualquiera de sus formas, produce dominación, ese es su sentido. No ser analistas obedientes requiere un esfuerzo (una voluntad y una potencia) de pensamiento crítico y de imaginación. Creemos haber dado así con aquello que nos ha hecho obedientes, creemos haber abierto un poco más aquello que ya se ha dicho de manera precisa y contundente: que estamos colonizados en nuestras categorías mentales. La lengua no es un concepto, tampoco una reflexión ni un pensamiento. La falta de una voluntad de pensamiento crítico sobre la lengua en Argentina es el síntoma que los psicoanalistas lacanianos (salvo pocas y honrosas excepciones –entre las cuales quisiéramos poder estar–) portaríamos en Buenos Aires. Y esa es la razón por la cual casi no tuvimos lugar en este Encuentro. Es así y no de otra manera, esa es hoy mi conjetura.


* Leído en el marco del I Encuentro Internacional: derechos lingüísticos como derechos humanos, Córdoba (29 de marzo de 2019), dentro de la mesa “Lo real de la lengua contraría lo real de la RAE”, junto a Raúl Vidal y Virginia Vogliotti.

Publicado enCultura
La convergencia digital según Duque. En nombre de los pobres, gana Slims, Netflix, Apple

Describir las experiencias sobre los mundos digitales siempre será un acto inútil, ya que lo digital se mueve de modos que es imposible alcanzarlo: las creaciones estéticas, las experimentaciones de formatos y las expansiones narrativas van siempre más allá de nuestras teorías políticas, ensayos académicos y políticas públicas. Por eso, las leyes de convergencia digital deben ser más abiertas, imaginativa e incluyentes. Y eso es lo que le falta a los gurús TICs de Duque, ya que favorecen a los empresarios como Slims y Ardilla Lulle a costillas de lo público, se olvida de la soberanía nacional audiovisual en favor de Facebook, Google, Netfix y Apple tv, y convierte al Min Tics en censor oficial del régimen.

El mundo era tranquilo en la modernidad mediática: uno se ilustraba por los libros y la prensa, se acompañaba del sonido popular de la radio y se emocionaba con la televisión, en los medios estaba el poder. Pero cayó un meteorito y creó una mutación cultural y política. Este meteorito comenzó con Arpanet (1969), siguió con la WWW (1990), se hizo cotidiana con el celular (1984), se volvió todo con el Iphone (2008). Llegaron los que van a decidir el mundo: Amazon (1994), Google (1998), Wikipedia (2001), Facebook (2004), Youtube (2005), Twitter (2006), Whats app (2009)… y vinieron mucho más aplicaciones, plataformas y con todo culminó en el reinado del big data, la nueva ideología. Y la vida y el modo de habitar la realidad mutó para siempre.

Estamos en otro mundo. Lo digital es la palabra mágica para decir que se habita esta época. Lo digital se hace posible en “promiscuidad” de pantallas, plataformas, aplicaciones (apps) y redes. Y a eso que sale de ahí se le dice transmedia que nos indica que en lo narrativo cada dispositivo complementa, no copia, al otro; en lo interactivo invita a diversos modos del participar y crear; en el negocio cada creación es un modo de ganar dinero. Por el lado de los criterios de narración y expresión, los conceptos mágicos son los ejes de conexión (red–comunidad), participación (interacción y co–producción), narración (hipertexto–flujo–navegación) y programación (autonomía en la producción y el consumo). Según Carlos Scolari, el profesor argentino experto en nuevos medios –lo transmedia–, hemos llegado a una nueva experiencia textual: nada muere, todo se transforma. A este mundo digital se le llama revolución, nuevo paradigma, ecología de medios y muchas más invenciones.

Y la democracia tuvo un sueño de renovación: todos podíamos ser ciudadanos digitales, ejercer nuestro poder desde la vida cotidiana. Y esto porque el ejercicio de la ciudadanía encontró nuevos lugares de conectarse, expresarse y tejer poder. Los medios potentes del siglo XX y el periodismo “moderno”, ahora sin centro, cayeron en una crisis de sentido y de relato, se convirtieron en jurásicos para estos tiempos de velocidad y flujo. Wikipedia es conocimiento colectivo, Facebook es periodismo de algoritmo, Twitter es comunicación visceral, Ebay es una tienda sin dueños.

Las tecnologías han hecho las revoluciones productivas del mundo, siempre. Y siempre han surgido utopías que afirman que estas tecnologías de la comunicación resuelven los problemas más acuciantes de la sociedad. Se dijo que la televisión sería educación para todos, y resultó poco educativa, un tris informativa y mucho espectáculo (y es que la televisión es eso: relajación sin cabeza). Ahora el sueño son las Tics: la magia de la nueva democracia.

Desde el gobierno Uribe en Colombia alucinamos en digital. Cada gobierno reparte obsesivamente tabletas, crean centros digitales, dicen que llegó la revolución. Y nos decimos pioneros por tener aparatos, tabletas, celulares cuando todos los países de derecha e izquierda hacen exactamente lo mismo. En lo que si somos campeones es en usar lo público (espectro, recursos y leyes) a favor de los privados.

Y todos los Ministros de Tic se parecen en que legislan en favor de los empresarios y en contra del Estado, lo público y lo ciudadano. El que hasta ahora le ha hecho más daño a la política nacional Tic fue el autor de la anterior ley de convergencia digital que llegó a decir que “Vive Digital ha hecho que seamos un país moderno y próspero. De ahora en adelante la forma de arreglar los problemas de educación, justicia, agricultura, salud pública, pobreza y corrupción será con las TIC”, ese era el Ministro Molano. Ojalá fuera todo tan determinista: una tableta y todo solucionado. Mucha hispteria, demasiado cinismo, poca verdad.

Y ahora llega la ministra Constaín con el mismo discurso, cierra los “Vive Digital” de Molano, entrega todo el manejo digital a Slims, Movistar y Tigo, y todo en nombre de reducir la brecha digital, ya que se cree que al Estado le quedó grande la gestión de lo digital y el ciudadano será libre, tomará decisiones, hará la democracia suya y entraremos al paraíso Trump/Bolsonaro.

Molano le hacía caso a su amo, Telefónica-Movistar, y por eso con su ley intentó acabar con la televisión en nombre de lo digital. Ahora, Constaín quiere en otra ley acabar con la televisión pública, premiar a RCN y Caracol, entregar el manejo de lo público a los privados como Claro y dejar libres a las plataformas para que hagan lo que se les de la gana. La soberanía nacional audiovisual y digital entregada a los privados. El Estado al servicio de los privados. Y a eso lo llaman economía naranja.

El Estado y la soberanía nacional se inmolan ante el discurso determinista de que las redes y las tecnologías nos harán libres y competitivos. En un ideal tecno-optimista a lo Trump y Bolsonaro, no hay medios, hay redes y los ciudadanos ejercerán la democracia con “inteligencia”. La realidad dice que no es automático el empoderamiento ciudadano; ya vemos como Trump y Bolsonaro con whats app y twitter dominan la política, los medios y los ciudadanos.

El Proyecto de Ley para proveer convergencia de la provisión de los servicios de redes, telecomunicaciones y tv es necesario porque hay que legislar en convergencia de pantallas, más que por medios; hay que regular los servicios audiovisuales independiente de la tecnología que se utilice; hay que cerrar la brecha digital. Solo que, también, habría que proteger y expandir la soberanía audiovisual.

Esta ley de “urgencia”, que sabemos es de urgencia para dejar feliz al amo Slim, no pasó en el 2018 porque no hubo tiempo. Entonces, el gobierno en su deseo de complacer a sus amos, mete el gol en el plan de desarrollo donde en artículo 167 bajo el título de “expansión del servicio de telecomunicaciones”, allí se autoriza al Estado a contratar privados (por ejemplo, Claro) para cerrar la brecha y usar que sus obligaciones de pago al fondo publico TIC lo hagan “en especie” con lo cual se desfinancia a la televisión pública.

El proyecto de ley de convergencia digital se aprobará ahora en las sesiones ordinarias de marzo. Y este proyecto tiene 3 defectos que podrían fácilmente arreglarse si el gobierno tuviese voluntad:

• Hacerlo realmente de convergencia digital. Esto significaría no solo hacer converger a los viejos medios (Cable, RCN, Caracol, Canal Uno, canales públicos), sino meter con las mismas condiciones a todos los proveedores audiovisuales como Netflix, Facebook, Apple TV. Sin poner a todos en la misma cancha, esta es una ley de viejos medios y no una de convergencia digital.
• Proveer soberanía audiovisual. No existe una disposición para defender la industria audiovisual nacional y que obligue a que todos los proveedores de servicios tengan un mínimo de contenidos nacionales. Así mientras Europa y Brasil ponen un mínimo de contenidos nacionales y de producción en todas las plataformas audiovisuales, en Colombia nada por ley.
• El Fontics será del Ministerio Tic. Esto significa que el gobierno decidirá los contenidos de los medios públicos como táctica de premio a amigos y castigo a contradictores, se gubernamentalizaran los contenidos y se perderá la autonomía de los servicios audiovisuales.

El cerrar la brecha digital es loable pero no a nombre de la soberanía audiovisual colombiana. A la colombiana, al amo se le obedece y punto. Y el amo es Claro, Movistar, Directv, Facebook, Google, Apple. Quiero dejar constancia de tres hechos si se aprueba la ley como está:

• Asistiremos a la quiebra de la televisión pública regional, Señal, canal Uno y de los canales nacionales privados como Caracol, RCN y City TV.
• Asistiremos a la desaparición de los contenidos nacionales de las pantallas audiovisuales y, por tanto, a la desaparición de los productores audiovisuales made in Colombia.
• Tendremos una pérdida total de soberanía cultural audiovisual.

Todo se puede resolver fácil: metiendo en la ley de convergencia a Facebook, Netflix, Google y demás OTT; priorizando contenidos y productores nacionales; desgubernamentalizando la autoridad que se crea.

Lo perverso, como siempre, es que se regula solo desde lo tecnológico y se pierde la oportunidad de lo cultural y la producción televisiva. Otra oportunidad perdida para reinventar otro modo de gestión y funcionamiento de la TV Pública y los servicios audiovisuales. Se desaprovecha para legislar sobre servicios como Netflix y los demás. Y la olvidada de siempre es la producción de contenidos locales, que haya más producción nacional.

Se propone llegar a una “smart regulation”, una propuesta de regulación democrática y mínima que regule a los gigantes tecnológicos para garantizar una Internet libre y abierta, así como el pleno ejercicio de la libertad de expresión e información y la soberanía audiovisual. Se sugiere una regulación NO de los contenidos de redes, plataformas y servicios audiovisuales, sino una regulación de los dueños de esas plataformas y los canales con el objetivo de proteger a los ciudadanos ante su creciente poder. Una regulación mínima que siga los instrumentos internacionales sobre derechos humanos y que deberá tomar en cuenta las asimetrías existentes.

Esto ya lo ha está haciendo Europa. El informe de la Comisión del Parlamento del Reino Unido afirma, por ejemplo, que Facebook y las plataformas son unos “gangsters digitales”, ya que estas empresas “no pueden esconderse detrás de la afirmación de ser simplemente una “plataforma” y mantener que ellos no tienen ninguna responsabilidad en la regulación del contenido de sus sitios”.

La regla de oro del mundo digital es escuchar. Pero la ministra Constaín solo oye a sus amos: los empresarios y se hace la sorda con los ciudadanos y el sector del audiovisual en Colombia.

 

*Profesor Universidad de los Andes.

 


 

Publicado enEdición Nº255
Decodifican lenguaje de las abejas de miel; permitirá mejorar su nutrición

Científicos de Virginia Tech decodificaron el lenguaje de las abejas de la miel, de tal manera que permitirá interpretar las comunicaciones altamente elaboradas y complejas de los insectos.

En un artículo en Animal Behavior, los investigadores presentan una calibración universal, o para los aficionados a la ciencia ficción, un pez de babel, que traduce las comunicaciones de las abejas por medio de subespecies y paisajes.

Al descifrar los mensajes instructivos codificados en los movimientos de los insectos, llamados bailes automáticos, el equipo al frente de esta investigación espera conocer mejor los alimentos preferidos de los invertebrados y la ubicación de estas fuentes de los mismos.

"Antes de que podamos alimentar a los polinizadores, necesitamos saber cuándo y dónde necesitan comida. Debemos descifrar las danzas", señaló Roger Schürch, autor principal del artículo. "Entonces, este es un primer paso fundamental". Los investigadores analizaron los bailes de 85 abejas marcadas de tres colmenas.

Resulta que las transmisiones de las abejas de miel tienen repercusiones agrícolas, ambientales y económicas. Se estima que un tercio de los alimentos para humanos en Estados Unidos depende de las abejas y otros polinizadores. En términos monetarios, los polinizadores apoyan los rendimientos de los cultivos y los ecosistemas agrícolas y se cree que contribuyen anualmente con una cantidad estimada de 24 mil millones de dólares a la economía de Estados Unidos.

Los investigadores examinan el comportamiento de los polinizadores en diferentes paisajes para determinar dónde y cuándo plantar alimento adicional para ellos, lo que podría tener el impacto más positivo en la nutrición y salud de esos insectos.

La convergencia digital según Duque. En nombre de los pobres, gana Slims, Netflix, Apple

Describir las experiencias sobre los mundos digitales siempre será un acto inútil, ya que lo digital se mueve de modos que es imposible alcanzarlo: las creaciones estéticas, las experimentaciones de formatos y las expansiones narrativas van siempre más allá de nuestras teorías políticas, ensayos académicos y políticas públicas. Por eso, las leyes de convergencia digital deben ser más abiertas, imaginativa e incluyentes. Y eso es lo que le falta a los gurús TICs de Duque, ya que favorecen a los empresarios como Slims y Ardilla Lulle a costillas de lo público, se olvida de la soberanía nacional audiovisual en favor de Facebook, Google, Netfix y Apple tv, y convierte al Min Tics en censor oficial del régimen.

El mundo era tranquilo en la modernidad mediática: uno se ilustraba por los libros y la prensa, se acompañaba del sonido popular de la radio y se emocionaba con la televisión, en los medios estaba el poder. Pero cayó un meteorito y creó una mutación cultural y política. Este meteorito comenzó con Arpanet (1969), siguió con la WWW (1990), se hizo cotidiana con el celular (1984), se volvió todo con el Iphone (2008). Llegaron los que van a decidir el mundo: Amazon (1994), Google (1998), Wikipedia (2001), Facebook (2004), Youtube (2005), Twitter (2006), Whats app (2009)… y vinieron mucho más aplicaciones, plataformas y con todo culminó en el reinado del big data, la nueva ideología. Y la vida y el modo de habitar la realidad mutó para siempre.

Estamos en otro mundo. Lo digital es la palabra mágica para decir que se habita esta época. Lo digital se hace posible en “promiscuidad” de pantallas, plataformas, aplicaciones (apps) y redes. Y a eso que sale de ahí se le dice transmedia que nos indica que en lo narrativo cada dispositivo complementa, no copia, al otro; en lo interactivo invita a diversos modos del participar y crear; en el negocio cada creación es un modo de ganar dinero. Por el lado de los criterios de narración y expresión, los conceptos mágicos son los ejes de conexión (red–comunidad), participación (interacción y co–producción), narración (hipertexto–flujo–navegación) y programación (autonomía en la producción y el consumo). Según Carlos Scolari, el profesor argentino experto en nuevos medios –lo transmedia–, hemos llegado a una nueva experiencia textual: nada muere, todo se transforma. A este mundo digital se le llama revolución, nuevo paradigma, ecología de medios y muchas más invenciones.

Y la democracia tuvo un sueño de renovación: todos podíamos ser ciudadanos digitales, ejercer nuestro poder desde la vida cotidiana. Y esto porque el ejercicio de la ciudadanía encontró nuevos lugares de conectarse, expresarse y tejer poder. Los medios potentes del siglo XX y el periodismo “moderno”, ahora sin centro, cayeron en una crisis de sentido y de relato, se convirtieron en jurásicos para estos tiempos de velocidad y flujo. Wikipedia es conocimiento colectivo, Facebook es periodismo de algoritmo, Twitter es comunicación visceral, Ebay es una tienda sin dueños.

Las tecnologías han hecho las revoluciones productivas del mundo, siempre. Y siempre han surgido utopías que afirman que estas tecnologías de la comunicación resuelven los problemas más acuciantes de la sociedad. Se dijo que la televisión sería educación para todos, y resultó poco educativa, un tris informativa y mucho espectáculo (y es que la televisión es eso: relajación sin cabeza). Ahora el sueño son las Tics: la magia de la nueva democracia.

Desde el gobierno Uribe en Colombia alucinamos en digital. Cada gobierno reparte obsesivamente tabletas, crean centros digitales, dicen que llegó la revolución. Y nos decimos pioneros por tener aparatos, tabletas, celulares cuando todos los países de derecha e izquierda hacen exactamente lo mismo. En lo que si somos campeones es en usar lo público (espectro, recursos y leyes) a favor de los privados.

Y todos los Ministros de Tic se parecen en que legislan en favor de los empresarios y en contra del Estado, lo público y lo ciudadano. El que hasta ahora le ha hecho más daño a la política nacional Tic fue el autor de la anterior ley de convergencia digital que llegó a decir que “Vive Digital ha hecho que seamos un país moderno y próspero. De ahora en adelante la forma de arreglar los problemas de educación, justicia, agricultura, salud pública, pobreza y corrupción será con las TIC”, ese era el Ministro Molano. Ojalá fuera todo tan determinista: una tableta y todo solucionado. Mucha hispteria, demasiado cinismo, poca verdad.

Y ahora llega la ministra Constaín con el mismo discurso, cierra los “Vive Digital” de Molano, entrega todo el manejo digital a Slims, Movistar y Tigo, y todo en nombre de reducir la brecha digital, ya que se cree que al Estado le quedó grande la gestión de lo digital y el ciudadano será libre, tomará decisiones, hará la democracia suya y entraremos al paraíso Trump/Bolsonaro.

Molano le hacía caso a su amo, Telefónica-Movistar, y por eso con su ley intentó acabar con la televisión en nombre de lo digital. Ahora, Constaín quiere en otra ley acabar con la televisión pública, premiar a RCN y Caracol, entregar el manejo de lo público a los privados como Claro y dejar libres a las plataformas para que hagan lo que se les de la gana. La soberanía nacional audiovisual y digital entregada a los privados. El Estado al servicio de los privados. Y a eso lo llaman economía naranja.

El Estado y la soberanía nacional se inmolan ante el discurso determinista de que las redes y las tecnologías nos harán libres y competitivos. En un ideal tecno-optimista a lo Trump y Bolsonaro, no hay medios, hay redes y los ciudadanos ejercerán la democracia con “inteligencia”. La realidad dice que no es automático el empoderamiento ciudadano; ya vemos como Trump y Bolsonaro con whats app y twitter dominan la política, los medios y los ciudadanos.

El Proyecto de Ley para proveer convergencia de la provisión de los servicios de redes, telecomunicaciones y tv es necesario porque hay que legislar en convergencia de pantallas, más que por medios; hay que regular los servicios audiovisuales independiente de la tecnología que se utilice; hay que cerrar la brecha digital. Solo que, también, habría que proteger y expandir la soberanía audiovisual.

Esta ley de “urgencia”, que sabemos es de urgencia para dejar feliz al amo Slim, no pasó en el 2018 porque no hubo tiempo. Entonces, el gobierno en su deseo de complacer a sus amos, mete el gol en el plan de desarrollo donde en artículo 167 bajo el título de “expansión del servicio de telecomunicaciones”, allí se autoriza al Estado a contratar privados (por ejemplo, Claro) para cerrar la brecha y usar que sus obligaciones de pago al fondo publico TIC lo hagan “en especie” con lo cual se desfinancia a la televisión pública.

El proyecto de ley de convergencia digital se aprobará ahora en las sesiones ordinarias de marzo. Y este proyecto tiene 3 defectos que podrían fácilmente arreglarse si el gobierno tuviese voluntad:

• Hacerlo realmente de convergencia digital. Esto significaría no solo hacer converger a los viejos medios (Cable, RCN, Caracol, Canal Uno, canales públicos), sino meter con las mismas condiciones a todos los proveedores audiovisuales como Netflix, Facebook, Apple TV. Sin poner a todos en la misma cancha, esta es una ley de viejos medios y no una de convergencia digital.
• Proveer soberanía audiovisual. No existe una disposición para defender la industria audiovisual nacional y que obligue a que todos los proveedores de servicios tengan un mínimo de contenidos nacionales. Así mientras Europa y Brasil ponen un mínimo de contenidos nacionales y de producción en todas las plataformas audiovisuales, en Colombia nada por ley.
• El Fontics será del Ministerio Tic. Esto significa que el gobierno decidirá los contenidos de los medios públicos como táctica de premio a amigos y castigo a contradictores, se gubernamentalizaran los contenidos y se perderá la autonomía de los servicios audiovisuales.

El cerrar la brecha digital es loable pero no a nombre de la soberanía audiovisual colombiana. A la colombiana, al amo se le obedece y punto. Y el amo es Claro, Movistar, Directv, Facebook, Google, Apple. Quiero dejar constancia de tres hechos si se aprueba la ley como está:

• Asistiremos a la quiebra de la televisión pública regional, Señal, canal Uno y de los canales nacionales privados como Caracol, RCN y City TV.
• Asistiremos a la desaparición de los contenidos nacionales de las pantallas audiovisuales y, por tanto, a la desaparición de los productores audiovisuales made in Colombia.
• Tendremos una pérdida total de soberanía cultural audiovisual.

Todo se puede resolver fácil: metiendo en la ley de convergencia a Facebook, Netflix, Google y demás OTT; priorizando contenidos y productores nacionales; desgubernamentalizando la autoridad que se crea.

Lo perverso, como siempre, es que se regula solo desde lo tecnológico y se pierde la oportunidad de lo cultural y la producción televisiva. Otra oportunidad perdida para reinventar otro modo de gestión y funcionamiento de la TV Pública y los servicios audiovisuales. Se desaprovecha para legislar sobre servicios como Netflix y los demás. Y la olvidada de siempre es la producción de contenidos locales, que haya más producción nacional.

Se propone llegar a una “smart regulation”, una propuesta de regulación democrática y mínima que regule a los gigantes tecnológicos para garantizar una Internet libre y abierta, así como el pleno ejercicio de la libertad de expresión e información y la soberanía audiovisual. Se sugiere una regulación NO de los contenidos de redes, plataformas y servicios audiovisuales, sino una regulación de los dueños de esas plataformas y los canales con el objetivo de proteger a los ciudadanos ante su creciente poder. Una regulación mínima que siga los instrumentos internacionales sobre derechos humanos y que deberá tomar en cuenta las asimetrías existentes.

Esto ya lo ha está haciendo Europa. El informe de la Comisión del Parlamento del Reino Unido afirma, por ejemplo, que Facebook y las plataformas son unos “gangsters digitales”, ya que estas empresas “no pueden esconderse detrás de la afirmación de ser simplemente una “plataforma” y mantener que ellos no tienen ninguna responsabilidad en la regulación del contenido de sus sitios”.

La regla de oro del mundo digital es escuchar. Pero la ministra Constaín solo oye a sus amos: los empresarios y se hace la sorda con los ciudadanos y el sector del audiovisual en Colombia.

 

*Profesor Universidad de los Andes.

 


 

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