La verdadera historia de los errores futuros

La verdad de un sistema equivocado es el error. Para ser políticamente eficaz, este error ha de repetirse de manera incesante, difundirse ampliamente y ser aceptado por la población como la única verdad posible o creíble. No se trata de una repetición cualquiera. Es necesario que cada vez que el error se ponga en práctica lo sea como un acto inaugural —la verdad finalmente encontrada para resolver los problemas de la sociedad. No se trata de una difusión cualquiera. Es necesario que lo que se difunde se perciba como algo con lo que naturalmente tenemos que estar de acuerdo. No se trata, finalmente, de cualquier aceptación. Es necesario que lo que se acepta sea aceptado para el bien de todos y que, si implica algún sacrificio, sea el precio a pagar por un bien mayor en el futuro.

El avance de las fuerzas políticas de derecha y de extrema derecha alrededor del mundo se basa en estos presupuestos. Es difícil imaginar la supervivencia de la democracia en una sociedad en la que estos presupuestos se concreten plenamente, pero las señales de que tal concreción puede estar más cerca de lo que se piensa son muchas y merecen una reflexión antes de que sea demasiado tarde. Abordaré las siguientes señales: la reiteración del error y la crisis permanente; la orgía de la opinión y la fabricación masiva de ignorancia; y el paso de la sociedad internética a la sociedad métrica.


La reiteración del error es hoy patente. Desde hace décadas, los países capitalistas centrales, más desarrollados, han asumido la obligación política de dedicar una parte de su presupuesto a la "ayuda al desarrollo". El objetivo es, como su nombre indica, ayudar a los países periféricos, subdesarrollados, a seguir el rastro de los más desarrollados e, idealmente, a converger con estos en niveles de bienestar en un futuro más o menos próximo. Es evidente que la brecha que separa a los países centrales de los países periféricos es cada vez mayor. La llamada "crisis de los refugiados" y el alarmante aumento del movimiento de poblaciones migrantes indeseadas son los signos más evidentes de que las condiciones de vida en los países periféricos son cada vez más intolerables. Lo mismo cabe decir de las políticas de reducción de la pobreza llevadas a cabo por el Banco Mundial desde hace décadas. El balance es negativo si por reducción de la pobreza entendemos la disminución de la brecha entre ricos y pobres dentro de cada país y entre países. La brecha no ha cesado de aumentar. Del mismo modo, las políticas de austeridad o de ajuste estructural que han sido impuestas a los países en dificultades financieras, de las que Portugal y Grecia son ejemplos cercanos, no han logrado sus objetivos, y el propio FMI ha reconocido esto de manera más o menos velada ("exceso de austeridad", "deficiente calibración", etc.). A pesar de ello, las mismas políticas se imponen una y otra vez como si en aquel momento aquella fuera la mejor o incluso la única solución. Lo mismo puede decirse de la privatización de la seguridad social y, por tanto, del sistema público de pensiones. El objetivo más reciente es la seguridad social en Brasil. Según los estudios disponibles, en cerca del 70% de los casos en los que la privatización se realizó el sistema falló y el Estado tuvo que rescatar el sistema para evitar una profunda crisis social. No obstante, la receta sigue siendo impuesta y vendida como la salvación del país.


¿Por qué se insiste en el error de imponer medidas cuyo fracaso es de antemano reconocido? Son muchas las razones, pero todas convergen en la que considero más importante: el objetivo de crear una situación de crisis permanente que fuerce las decisiones políticas a concentrarse en medidas de emergencia y de corto plazo. Estas medidas, a pesar de implicar siempre la transferencia de riqueza de los más pobres a los más ricos e imponer sacrificios a los que menos pueden soportarlos, son aceptadas como necesarias e inviabilizan cualquier discusión sobre el futuro y alternativas a corto y medio plazo.


La orgía de la opinión. El error reiterado y su amplia aceptación no serían posibles sin un cambio tectónico en la opinión pública. Los últimos cien años fueron el siglo de la expansión del derecho a tener opinión. Lo que era antes un privilegio de las clases burguesas se transformó en un derecho que fue efectivamente ejercido por amplias capas de la población, sobre todo en los países más desarrollados. Esta expansión fue muy desigual, pero permitió enriquecer el debate democrático con la discusión de alternativas políticas significativamente divergentes. El concepto de razón comunicativa, propuesto por Jürgen Habermas, se basaba en la idea de que la libre formulación y la discusión de argumentos a favor y en contra en cualquier área de deliberación política, transformaba la democracia en el régimen político más legítimo porque garantizaba la participación efectiva de todos.


Ocurre que en los últimos treinta años la sociedad mediática, primero, y la sociedad internética, después, produjeron una escisión insidiosa entre tener opinión y ser propietario de la opinión que se tiene. Hemos sido expropiados de la propiedad de nuestra opinión y pasamos a ser arrendatarios o inquilinos de ella. Como no nos dimos cuenta de esta transformación, pudimos seguir pensando que teníamos opinión e imaginamos que era nuestra. Empresarios de opinión de todo tipo entraron en escena para simultáneamente reducir el abanico de opiniones posibles e intensificar la divulgación de las opiniones promovidas. Los principales agentes de esta transformación fueron los partidos políticos del arco de gobierno, los medios de comunicación oligopólicos y los sistemas de publicidad, inicialmente orientados al consumo masivo de mercancías, los cuales fueron gradualmente dirigidos hacia el consumo de masas del mercado de las ideas políticas. Así surgió la sociedad mediática y la política-espectáculo, donde las diferencias sustantivas entre las posiciones divergentes son mínimas, pero se presentan como si fueran máximas. Fue el primer paso.


El segundo paso se produjo cuando pasamos de la sociedad mediática a la sociedad internética. En este paso, el derecho a tener opinión se expandió sin precedentes y la expropiación de la opinión, de la que somos usuarios (más que titulares), alcanzó nuevos niveles. Surgieron los empresarios, tanto legales como ilegales, de la manipulación de la opinión pública, cuyo ejemplo paradigmático son las redes y las páginas de Facebook y de WhatsApp que producen “tácticas de desinformación” particularmente activas en períodos electorales, como sucedió recientemente en las elecciones para el Parlamento Europeo. La conocida organización Avaaz identificó 500 páginas sospechosas, seguidas por 32 millones de personas, que generaron 67 millones de interacciones (comentarios, likes, comparticiones). La empresa Facebook cerró 77 de esas páginas que eran responsables por el 20% de flujo de informaciones en las redes identificadas


Esta extraordinaria manipulación de la opinión tuvo tres consecuencias que, aunque pasaron desapercibidas, constituyeron un cambio de paradigma en la comunicación social. La primera fue que esta vigilancia policial de las redes se legitimó a pesar de haber controlado apenas la punta del iceberg. El recurso cada vez más intenso a los big data y a los algoritmos para llegar a cada individuo en sus gustos y preferencias, y hacerlo simultáneamente para millones de personas, hizo posible mostrar que los verdaderos propietarios de nuestra opinión son Bill Gates y Mark Zuckerberg. Como todo es hecho para no darnos cuenta de eso, nos consideramos deudores gratos de El Dorado de información que nos proporcionan y no como acreedores de un desastre democrático de consecuencias imprevisibles por las cuales ellos debían ser personalmente responsabilizados.


La segunda consecuencia es que la información que comenzamos a usar, pese a ser tan superficial, no puede ser contestada con argumentos. O es aceptada o es rechazada, y los criterios para decidir son criterios de autoridad y no de verdad. Si sirve a los intereses del líder político de turno, el pueblo es exaltado como teniendo finalmente opinión propia, capaz de contradecir a la opinión de las élites tradicionales. Si no sirve, el pueblo es fácilmente considerado como “ignorante e incapaz de ser gobernado democráticamente”. En la medida en que el pueblo sigue la opinión del líder, es el líder quien sigue la opinión del pueblo. En la medida en que el pueblo diverge de la opinión del líder, debe, como pueblo ignorante, confiar en la opinión de líder. Según le convenga, el líder populista puede aparecer ora como seguidor del pueblo, ora como su tutor. Aquí reside la razón última de la reemergencia del populismo. Este capital de confianza se crea fácilmente en la medida en que todo sucede en la intimidad del individuo y de su familia. Mientras la sociedad mediática transformó la política en un espectáculo, la sociedad internética la convierte en un show íntimo, un auténtico peep-show en el que toda la interacción afectiva ocurre entre el líder y el ciudadano, sin argumentos ni mediaciones.


La tercera consecuencia de la sociedad internética es que las redes sociales crean dos o más flujos de opiniones unánimes que corren en paralelo y, por tanto, nunca se encuentran. Es decir, en ningún caso pueden ser contradichos o ser objeto de contraargumentación en un debate democrático. Así, la política errada puede ser aceptada ampliamente si cabalga sobre uno de los flujos de unanimidad. Este es el caldo comunicacional de la radicalización política, el ambiente ideal para el clima de polarización, de odio y de demonización del enemigo político, sin que sea necesario usar argumentos discutibles y únicamente recurriendo a frases apocalípticas.


De la sociedad internética a la sociedad métrica. Vivimos otra orgía, la orgía de la cuantificación de la vida individual y colectiva. Nunca nuestras vidas colectivas estuvieron tan dependientes del número de seguidores en Facebook, de los likes en las interacciones en las redes, de los scores en los concursos, de los rankings en las universidades, en la cuantificación de la producción científica. Sabemos que la lógica de la cuantificación es extremadamente selectiva y muy sesgada por los criterios que usa y por los campos que selecciona para cuantificar. Deja fuera todo lo que es más esencial a la existencia individual y colectiva. Deja fuera sectores sociales que, por su inserción social, no pueden ser adecuadamente contados. Las personas sin hogar son contadas por ser sin hogar, y no por lo que hacen durante el día; la agricultura familiar, informal, pese a que en la mayoría de los países continúa alimentando hoy a una gran parte de la población, así como el trabajo no pagado de la economía del cuidado en casa, no cuentan para el PIB. Lo que está predominantemente a cargo de las mujeres no entra en las estadísticas del trabajo, a pesar de ser crucial para reproducir la fuerza de trabajo. Si no estuviera avalada cuantitativamente, la calidad de la producción científica no contaría para la carrera de los investigadores. Y el gran problema de nuestro tiempo es que lo que no es contado, no cuenta.


Estas son algunas de las dinámicas subterráneas que van minando la democracia y creando una cultura pública y privada indefensa ante errores de los que la derecha y la extrema derecha se van alimentando.

 

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

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Sábado, 30 Marzo 2019 06:42

La breitbartización de la política

La breitbartización de la política

Breitbart.com era una web de noticias fundada por Andrew Breitbart, que venía a representar la opinión de la derecha estadunidense clásica. En 2012, tras la muerte de su fundador, Steve Bannon pasó a ser su director ejecutivo, transformando la web en un portal de noticias cuyo objetivo era, y es, convertirse en la plataforma de la derecha nacionalista, la ahora famosa alt-right.

La alt-right, o derecha alternativa, no es más que un eufemismo para nombrar a posiciones de ultraderecha en el panorama político estadunidense, donde caben desde los nacionalistas económicos a los supremacistas blancos.


El paso de Steve Bannon de director de Breitbart a jefe de gabinete de la administración Trump simboliza muy bien lo que pasó en 8 años, donde se pasó del primer presidente negro de la historia de Estados Unidos a un personaje como Trump.


Las guerras culturales que han dado pie al ascenso de Trump y la alt-right han supuesto una breitbartización de la política, donde lo que importa ya no son los hechos en sí, sino el relato. Y ahí, la derecha ha sabido construir un relato y adaptarse muy bien al mundo del Internet y las redes sociales.


Dice el sociólogo Manuel Castells que la clave del poder hoy es la constante interacción y lucha en torno a quien controla información, y cómo se permite o no y para quién y de qué manera, la comunicación. Otro sociólogo que viene estudiando el momento de las redes sociales como una era de fragilización social, César Rendueles, plantea que después de la crisis del capitalismo de 2007/2008 ya nadie cree demasiado en la capacidad del mercado para resolver conflictos políticos (más bien los acelera), por lo que la gente deposita en la tecnología la fe en que dé lugar al surgimiento de algún tipo de nuevo orden.


El poder por tanto está hoy en disputa en torno a la información y la tecnología, y eso fue muy bien entendido por la alt-right. Mientras la izquierda seguía inmersa en dar la batalla a la industria cultural hegemónica (o en no dejarse absorber por ella), la derecha ya estaba haciendo contenido instantáneo que impactaba entre los sectores más jóvenes, nuevos votantes en muchos casos. La izquierda estadunidense intentaba disputar contenido progre en Hollywood, mientras la derecha se dedicaba a hacer memes y en una sola imagen sintetizaba el odio al establishment.


La historia nos enseña que el neoliberalismo se apropió en primer lugar del multiculturalismo, convirtiéndolo en la expresión posmoderna del capitalismo en el ámbito cultural. Después, se apropió del feminismo, e hizo de Hillary Clinton el paradigma de feminismo liberal del 1 por ciento que tan bien critica Nancy Fraser desde el corazón del imperio.


Pero la alt-right desecha la corrección política, apropiándose de la estética de la transgresión y la contracultura, que han sido expresiones habituales de la izquierda. El mejor ejemplo podría ser la revista Vice, definida por Angela Nagle como una imagen de marca construida gracias a la combinación degenerada de vacua estética hípster y transgresión pornificada. Nagle escribió Kill all Normies, disecciona las guerras culturales que han dado lugar al surgimiento de la alt-right y Trump, un troll de Twitter con un botón nuclear al alcance de su mano.
Una alt-right que se sustenta en una guerra contra el marxismo cultural y la ideología de género y que por eso encontró en Trump el ariete, el personaje ideal para encarnarla, el paradigma de la incorrección política, el supremacismo blanco y el machismo.


Y en este escenario tanto Steve Bannon como Breitbart han jugado un papel clave para ganar la batalla cultural. Bannon ha sido el estratega para lograr pasar del activismo de clic al voto, sin pasar por las calles que tanto añora la izquierda. En una sociedad en la que ya no hay emisores y receptores, sino en la que todas y todos somos emisores y receptores a la vez, la sociedad-red de Castells, o la sociedad-enjambre de Byung-Chul Han, las estrategias de comunicación deben responder a los sueños e imaginarios de la gente, pero también a los insomnios y emociones de una sociedad destrozada socialmente por el neoliberalismo, no sólo como proyecto económico, sino, sobre todo, cultural.


Bannon sabe interpretar el momento. En una de sus recientes entrevistas, y haciendo referencia al fenómeno mediático de la demócrata Alexandria Ocasio-Cortez, Bannon afirmar haber interpelado a los republicanos: “Necesitamos más camareros y menos abogados”.
Para ello, Bannon ha creado The Movement, una plataforma política para articular a l

a derecha populista, nacionalista y tradicionalista, plataforma que define como un motor evangelizador sustentado en los pilares del soberanismo, la seguridad, y la economía, algo que podemos traducir como una apuesta por un neoliberalismo nacionalista en lo económico, y un neoliberalismo excluyente en lo social, que defiende el modelo de familia tradicional y apela a la xenofobia antinmigrante.


Pero la alt-right, que por medio de The Movement ya está articulando una Internacional Populista de ultraderecha para tener una fuerte presencia en el próximo Parlamento Europeo, que ya cuenta con dos cabezas de playa en los gobiernos de Trump y Bolsonaro en Brasil, ha podido conquistar estos avances a partir de una blitzkrieg en la net war, donde el uso de las redes sociales, las fake news, y la inteligencia artificial, ha sido clave para esta guerra relámpago.


Ahí también, Bannon y la plataforma Cambridge Analytics han jugado un papel fundamental, que diseccionaremos en el próximo artículo.

Katu Arkonada, politólogo especialista en América Latina

 

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Viernes, 15 Marzo 2019 06:37

Poder evangélico contra el feminismo

Poder evangélico contra el feminismo

En algún momento en los próximos años, la ola evangélica alcanzará todos los países de América Latina, porque está creciendo de forma exponencial, se está convirtiendo en un tsunami social y político capaz de modificar los escenarios a los que estamos acostumbrados. De modo que deberíamos aprender algo de lo que está sucediendo allí donde esa ola se ha impuesto.

Brasil es el caso más sintomático del crecimiento evangélico y pentecostal. Los estudios que van apareciendo muestran que el triunfo de Jair Bolsonaro fue posible gracias al electorado evangélico. (goo.gl/YbPEoW). Entre la población católica hubo un empate entre Bolsonaro y el candidato del PT, Fernando Haddad. Entre las otras religiones, así como entre ateos y quienes no profesan ninguna religión, hubo una leve mayoría en favor del candidato de izquierda.

Pero la diferencia fue abrumadora entre la población evangélica, entre la cual consiguió más del doble de votos y le sacó una diferencia de 11 millones, lo que rubricó su triunfo. Otros análisis estiman que la mayor diferencia la obtuvo entre las mujeres pobres y evangélicas, donde la diferencia en favor de la extrema derecha sería aún mayor.

El cambio en las tendencias religiosas es muy importante en Brasil, aunque en otros países la región parece estarse dando un proceso similar aunque más atenuado. En 1950, los católicos representaban 93.5 por ciento de la población y los evangélicos 3.4 por ciento. En 2010 la población católica había caído a 64 por ciento y la evangélica trepaba a 22 por ciento.

En 2017 una investigación realizada por una fundación vinculada al PT, mostraba que entre los habitantes de las periferias urbanas de las grandes ciudades estaban avanzando valores individualistas que favorecían comportamientos conservadores (goo.gl/3LtZJT).

Uno de los trabajos más interesantes, por su carácter cualitativo, fue realizado en el Morro da Cruz, la mayor periferia pobre de Porto Alegre, que desde 1990 se había destacado por su creciente politización por medio del presupuesto participativo implantado por el PT en esa ciudad. El barrio votaba masivamente por Lula, pero en 2018 se volcó de forma también masiva por Bolsonaro.

La primera conclusión de la antropóloga Rosana Pinheiro, una de las organizadores del estudio, dice que "es imposible separar el bolsonarismo del antifeminismo" (goo.gl/HHVNuF). Observar los cambios en una misma población a lo largo de una década, les permitió comprender con mayor detalle las motivaciones profundas de quienes se volcaron por la ultraderecha. Sus conclusiones son tremendas, aunque contradicen otros estudios.

La crisis económica, desde 2014, afectó de forma dramática a las periferias que se sintieron abandonadas por el sistema político. En paralelo, desde las protestas de junio de 2013 nació una nueva movilización popular de mujeres, negros y LGTB. "Para los adolescentes de la periferia el bolsonarismo era una reacción a la nueva generación de chicas feministas, que era inédita en Brasil", concluye la investigadora.

Muchos maridos apoyaron a Bolsonaro "como una forma de agredir a las mujeres, que ahora están más empoderadas", agrega. Entre otras razones, porque es imposible separar la "crisis del macho" de la crisis económica, ya que ambas se retroalimentan.

La lucha por el reconocimiento de las minorías negras, LGBT y de las mujeres se desplegó en Brasil sólo en los pasados cinco años. Según Pinheiro, gran parte de la población vive tensión e inseguridad con su identidad, "dividida entre el papel de oprimida y el deseo de estar del lado del opresor". Concluye: "Como consecuencia de la colonización, hay también una lucha constante para ser/parecer de la élite. Eso explica porqué tantos pobres, negros, mujeres y LGBT apoyaron a Bolsonaro".

Creo que estos análisis alumbran algunos problemas que tenemos en los movimientos antisistémicos, para enfrentar a la nueva derecha.

El primero es que no hay otro camino que el trabajo territorial con los sectores populares, directo, sin atajos instituciones o políticas sociales. Sólo la presencia militante en el territorio puede permitirnos revertir esta situación. No podemos atribuir nuestros fracasos ni a las redes sociales ni a los medios (que hacen lo suyo), sino a nuestro abandono de los territorios populares.

El segundo es que es urgente abordar el lugar de los varones, en general, y el de los varones jóvenes pobres, en particular. En un trabajo más amplio, Pinheiro y su colega Lucia Mury Scalco, sostienen que uno de los factores decisivos para la formación de una juventud "bolsonarista", fue "la pérdida de protagonismo social y la sensación de desestabilización de la masculinidad hegemónica" (goo.gl/ZkGhYH).

Nos hemos acostumbrado mal, a que políticas macro, inspiradas en el Banco Mundial, pueden resolver los problemas políticos. Las tecnologías sociales de arriba no pueden sustituir la organización y la militancia que, como la educación popular, son las únicas capaces de modificar las realidades de abajo.

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El demócrata estadounidense Bernie Sanders y el exministro griego Yanis Varoufakis impulsan una Internacional Progresista

"Hay una guerra global en marcha contra los trabajadores, contra el medio ambiente, contra la democracia, contra la decencia. Una red de facciones derechistas se está extendiendo a través de las fronteras para erosionar los derechos humanos, silenciar la discrepancia y promover la intolerancia. Desde 1930 la humanidad no se enfrentaba a una amenaza así”. Con estas palabras tan directas arranca el manifiesto de la Internacional Progresista, una plataforma impulsada por el veterano senador izquierdista estadounidense Bernie Sanders y el célebre economista griego Yanis Varoufakis como respuesta a viejos y nuevos enemigos. Los viejos son las élites a las que acusan de crear un sistema económico cada vez más vez más desigual; los nuevos, unos movimientos populistas de corte conservador con los que nadie contaba hace unos años.

La victoria de Donald Trump en Estados Unidos, la de Jair Bolsonaro en Brasil o la del vicepresidente italiano Matteo Salvini en Italia les han dado la carta de naturaleza, una prueba empírica, casi una dirección postal. La Internacional Progresista busca de algún modo la suya. Se presenta como una llamada a crear una “red global” de izquierdas que contrarreste esa marea que llega por la derecha. Cuando políticos e intelectuales se reunieron entre los días 29 de noviembre y 1 de diciembre en Burlington (Vermont), el cuartel general del Instituto Sanders, para presentar la iniciativa, unos y otros llegaron a diagnósticos muy similares.

Entre los ponentes figuraba la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, que en entrevista telefónica lo explica así: “Hemos visto a minorías privilegiadas que se están bunkerizando para mantener sus privilegios, por un lado, y una extrema derecha que crece con ese acento populista, pero también con un trasfondo muy establishment, que tiene mucho dinero detrás y que se está coordinando a nivel internacional, compartiendo estrategias. Si se organiza la extrema derecha, no puede ser que los movimientos sociales de cambio no lo hagan”. Cuando regresó a España de su viaje a Vermont, el partido radical Vox acababa de ganar sus primeros escaños en el Parlamento andaluz.

A la reunión de Vermont asistieron desde el economista Jeffrey Sachs hasta el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, pasando por la actriz y excandidata a gobernadora del Estado homónimo, Cynthia Nixon, entre otros. Una de las preguntas razonables sobre esta iniciativa es en qué medida comparten características el auge populista de Brasil y el de Estados Unidos, por ejemplo, o si la tradición socialdemócrata de posguerra en Europa se puede equiparar al movimiento liberal norteamericano (liberal en el sentido estadounidense de la expresión, es decir, progresista). En resumen, si las ideas de una Internacional Progresista pueden funcionar a ambos lados del Atlántico. El caldo de cultivo que ha favorecido este movimiento, para empezar, es el mismo. Y los programas de Sanders y del nuevo partido DiEM25 de Varoufakis —elaborados de forma independiente antes de esta alianza— guardan muchas similitudes. El del estadounidense es heredero del New Deal y la Great Society, y el del griego, de la cultura del Estado de bienestar con que se construyó la Europa moderna.

Para James K. Galbraith —hijo de John K. Galbraith e integrante de esa esfera de economistas progresistas estadounidenses que incluye al citado Sachs—, el New Deal traza el mejor paralelismo histórico con la nueva Internacional Progresista, porque fue “un programa completo y muy imaginativo de acción pública con el objetivo de superar una gran crisis y servir de alternativa al fascismo, que era la gran alternativa, entonces y ahora”.

Pero el New Deal de los años treinta—cuya traducción literal es “nuevo acuerdo”— consistió en un programa económico intervencionista lanzado por el presidente Franklin D. Roosevelt para superar la Gran Depresión, la gran crisis económica que liquidó el 27% del producto interior bruto de EE UU entre 1929 y 1933 y disparó el nivel de desempleo del 3% al 25% en el país. El lanzamiento de la Internacional Progresista, sin embargo, hoy tiene lugar en un momento en el que ese mismo país tiene la tasa de desempleo más baja desde la guerra de Vietnam y atraviesa el segundo mayor periodo de expansión económica de su historia, solo superado por los 120 meses consecutivos de crecimiento en los noventa. ¿Por qué un New Deal ahora?

Tras el crash de 1929 y la II Guerra Mundial, con el impulso de las políticas keynesianas (inspiradas en el economista John M. Keynes, que defendía las políticas públicas y monetarias de estímulo en épocas de crisis), hubo tres décadas de enorme esplendor económico en EE UU que convencieron de una certidumbre a las familias: un joven podía dejar el instituto y encontrar un buen empleo en la fábrica de su ciudad, y con su sueldo comprar una casa, conducir un Ford y criar a sus hijos. Hoy, 10 años después del estallido del último crash financiero y del inicio de la Gran Recesión, aunque las grandes cifras macroeconómicas estén más que recuperadas, la clase trabajadora sigue presa de la incertidumbre.

Si la Gran Depresión demostró que la economía no se corrige sola, la Gran Recesión ha puesto fin a la idea de redistribución espontánea de la riqueza, ese llamado trickle-down(goteo) del crecimiento. En ese mar revuelto se han lanzado a pescar líderes populistas conservadores en América y Europa. Y en este contexto se explican estos llamamientos a un nuevo New Deal, de hecho un Green New Deal para ser exactos, como especifica el manifiesto de la Internacional Progresista, porque tiene un marcado acento en las políticas medioambientales.

El verdadero populismo, defiende el economista Dani Rodrik, tiene más que ver con Roosevelt que con Trump. En un artículo publicado en febrero en The New York Times, el profesor de Harvard recuerda que el populismo (término que en EE UU no tiene las mismas connotaciones peyorativas que en España) empezó a germinar a finales del siglo XIX, al calor de los movimientos de trabajadores y granjeros, y, como hoy, fue una respuesta a la ola de globalización que se vivía en aquel momento y que también causaba daños colaterales. Culminó con el New Deal. “La lección histórica consiste no solo en que la globalización y el rechazo social están íntimamente ligados”, reflexiona Rodrik, “sino que ese tipo de populismo malo engendrado por la globalización puede requerir un tipo de populismo bueno para ahuyentarlo”.

Galbraith cree que plataformas como la de Sanders y Varoufakis beben tanto de esa tradición populista de hace 100 años como del progresismo de principios del siglo XX que propugnaba una mayor regulación y control público del capitalismo desbocado. “Su objetivo es contener la Internacional Nacionalista que está prendiendo en Europa y en EE UU, que amenaza con la represión de los movimientos sociales y con la liberación del capitalismo sin control”,apunta.

El triunfo del trumpismo en EE UU ha corrido en paralelo con el auge de candidatos escorados a la izquierda en el Partido Demócrata. Políticos que no tienen problemas en definirse como socialistas en un país que suele asociar el término a la antigua Unión Soviética. John Samples, del think tank conservador Cato, en Washington, quita hierro a esta tendencia. “La gente sigue sin querer pagar más impuestos, cree que los ricos deberían pagar más, pero la mayor parte de la población cree que sus impuestos están bien así”, recalca. “Lo extraño de que se hable tanto del New Deal es que el Partido Demócrata en los años treinta no lo vio como un experimento socialista, sino como un intento precisamente de evitar el socialismo y el fascismo”. Al final, el New Deal revitalizó la economía de mercado. Según Rodrik, “salvó al capitalismo de sí mismo”.

 

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Jueves, 03 Enero 2019 07:29

Bolsonaro. Botón de muestra

Imagen: EFE

En su primer día como presidente, Bolsonaro bajó el salario mínimo fijado por su antecesor, puso las reservas indígenas en manos de la nueva ministra de Agricultura, ligada a los grandes terratenientes, y excluyó a la población LGBT de las políticas de derechos humanos.

El ajuste es verde oliva. El exmilitar y flamante mandatario Jair Bolsonaro determinó la reducción del salario mínimo en simultáneo a la entrada en funciones del ministro de Economía Paulo Guedes, formado en la Universidad de Chicago, dotado de “superpoderes” para llevar adelante la reforma previsional en paralelo con un paquete de privatizaciones, parciales o totales, de empresas como Petrobras y Eletrobras.

A partir de este mes el salario mínimo será de 998 reales en lugar de los 1006 reales (265 dólares) fijados en el presupuesto aprobado semanas atrás en el Congreso. Cuarenta y ocho millones de trabajadores que tienen ese monto como referencia para la actualización de sus sueldos serán afectados por el recorte.

Al adoptar este ajuste a menos de 24 horas de haber jurado el respeto de la Constitución de 1988, conocida como “ciudadana” por consagrar derechos antes inexistentes, Bolsonaro puso de manifiesto una decisión política. Y lo hizo con una urgencia sorprendente a través de un decreto publicado en una edición extraordinaria del Diario Oficial de la Unión.

Puso en práctica lo que había insinuado en campaña y confirmado semanas atrás cuando abogó por la precarización laboral. “Continúa siendo muy difícil ser patrón en Brasil” debido al costo que suponen los derechos como el aguinaldo, las vacaciones y la política de actualización del salario mínimo. En esa ocasión prometió llevar adelante una segunda reforma laboral por entender que es insuficiente la legislación en vigor, una norma leonina sancionada en 2017 por el expresidente Michel Temer. “Si no tenemos menos derechos no tendremos más empleos”. Con las organizaciones sindicales agobiadas económicamente debido a la legislación dejada por Temer y la extinción del Ministerio de Trabajo determinada por Bolsonaro, nada indica que haya una respuesta colectiva al hachazo sufrido por asalariados más pobres ayer.

El exministro de Trabajo de Luiz Inácio Lula da Silva, Luiz Marinho, lamentó “que con este gobierno llegó la destrucción de todo derecho social”.

Al contrario de Marinho la Bolsa de Valores de San Pablo reaccionó de buen grado a este anuncio salarial más la promesa de reforma previsional y de privatizaciones de Paulo Guedes (ver aparte). La principal plaza bursátil llegó a rozar los 4 puntos y cerró con un alza del 3,5% en lo que fue el mejor inicio de año desde 2009.

El llamado “superministro” trasladó a Brasil su experiencia en el Chile de Pinochet, donde trabajó durante un tiempo con los mentores de un plan neoliberal ortodoxo aplicado a punta de bayoneta.

Otro compromiso asumido por el funcionario fue el de quitar recursos, eventualmente a la educación o la salud, si no se aprueba la reforma previsional a la chilena que planea presentará en el Congreso.

Ayer fue el día en que asumieron varios de los veintidós ministros del gabinete entrante, y Bolsonaro eligió asistir al acto que puso en funciones al general Fernando Azevedeo como titular de Defensa. En un discurso breve Bolsonaro no hizo mención de la eventual reforma previsional para las Fuerzas Armadas, autorizando la sospecha de que los militares podrán ser excluidos del recorte. Y elogió a los expresidentes José Sarney y Fernando Collor por haber aumentado los recursos destinados a los militares, dando lugar a la conclusión de que el recorte de gastos no será equitativo.

El capitán retirado dijo, dirigiéndose a los generales, que en su gobierno las Fuerzas Armadas recuperarán el lugar perdido a manos de políticos corruptos y que volverán a estar presentes en “todos los lugares de nuestro inmenso país”. Tal vez se refería a la demanda castrense por más injerencia en varias reservas indígenas ubicadas en zonas fronterizas como Raposa Serra do Sol, que está recostada sobre el límite con Venezuela. Durante años militares y hacendados presionaron para que el Estado le permita penetrar en territorio de los pueblos originarios. En el recién surgido gobierno bolsonarista una de los grupos de sustentación es precisamente el agronegocios y su influyente “bancada del buey” en el Congreso. Respondiendo a la exigencia de ese sector Bolsonaro resolvió ayer que la demarcación de tierras que antes de la conquista eran indígenas quede bajo la órbita del Ministerio de Agricultura, comandado por la ex legisladora Tereza Cristina, investigada por presuntos acuerdos ilegales con el frigorífico JBS, el más importante del renglón ganadero al cual se lo conoce por su avidez en conquistar tierras que no le corresponden.

La medida retiró todas las atribuciones sobre el tema que tenía la Fundación Nacional del Indio, que había sido defendida por varias etnias como la entidad idónea para fijar los límites de las reservas.

El balance del primer día del nuevo ciclo político, cívico-militar, inaugurado con Bolsonaro revela un plan de shock para ejecutar planes económica y socialmente regresivos, encuadrados en la fundación de un nuevo “orden” donde, no habrá más lugar para la “ideología de género” ni de minorías sexuales.

Dentro de la colección de anuncios también figura una resolución del presidente que quita a las demandas de la comunidad LGBT de las prioridades del ministerio de la Mujer, Familia y Derechos Humanos, al frente del cual está la pastora Damares Alves. En lugar de priorizar la agenda sobre las minorías sexuales Alves concentrará sus esfuerzos en la aprobación de un proyecto que pagará un subsidio estatal a las mujeres violadas que no interrumpan sus embarazos.

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Seguidores de Bolsonaro imitan el gesto de “disparar” tan característico del nuevo presidente.  Imagen: EFE

Desde Brasilia

 

Luiz Claudio Cunha es autor del libro mejor documentado y más exhaustivo sobre las relaciones entre la dictadura brasileña y sus socias sudamericanas durante los años del Plan Cóndor. Como investigador desmontó los mecanismos creados por los militares para controlar los aparatos de ideológicos fabricando consensos artificiales y la utilización de la fuerza contra los bolsones de resistencia. Uno de los blancos más atacados fueron las universidades, contra las que ahora parece ensañarse Bolsonaro.

En su discurso de toma de posesión el nuevo mandatario habló del sistema educativo del cual criticó su tendencia a formar “militantes” y pocos días antes había prometido extirpar la “basura marxista” de las escuelas y centros académicos.

Poco después de asumir como ministro de Educación, el profesor y teólogo colombiano Ricardo Vélez Rodriguez anunció ayer que, junto al programa Escuela sin Partido, va a crear una subsecretaría para impulsar la creación de escuelas bajo la dirección de policías o militares las cuales “benefician la disciplina de los niños”.

El investigador Cunha sostiene que los anuncios del gobierno entrante están cargados de una “sobredosis de un militarismo que nos recuerda a la paranoia anticomunista de la Guerra Fría. Es una lástima que en su primer discurso como jefe de Estado no se haya podido librar de su obsesión contra el marxismo, que también alcanza a su ministro de Educación, Vélez Rodriguez, que fue profesor de la Escuela del Estado Mayor del Ejército; está más acostumbrado a enseñar a generales que a niños”.

 

–El presidente suele remitir al gobierno militar como una utopía que debe ser recuperada.

–Es cierto, y esta reivindicación se apoya en falsedades, en imprecisiones. Bolsonaro reivindica la dictadura de la que esconde algunos números indispensables para que se la conozca. En ese período que él elogia hubo 200 mil detenidos bajo sospecha de subversión, de los cuales 50 mil fueron arrestados entre abril y agosto de 1964, es decir en los primeros meses del régimen. Quinientas mil personas fueron objeto de investigaciones por los organismos de inteligencia, diez mil fueron torturadas y otras diez mil se exiliaron. Este gobierno recién iniciado tiene 9 generales en su primera línea de la gestión, ninguna gran democracia del mundo les da tanto poder a tantos generales como el gobierno del capitán Bolsonaro. Son nueve militares en puestos llave, mientras la primera dictadura de 1964, de Humberto Castello Branco, tenía cinco y la última, de Joao Baptista Figueireido, designó a seis en su gabinete.

 

–Un tema recurrente en Bolsonaro es dar la “batalla” ideológica en las universidades.

–Lo que más asusta a los tiranos es la universidad, el santuario del conocimiento, del libre pensamiento y reducto de la conciencia crítica. Como Bolsonaro añora los años de la dictadura no está de más recordar que ocurrió con ellas durante ese período. Unos 300 profesores fueron castigados o separados de sus cargos entre 1964 y 1971. Las purgas también alcanzaron a rectores universitarios. Más de mil estudiantes fueron expulsados de sus facultades e impedidos de matricularse en otra casa de estudios durante tres años.

 

En 1964 el rector de la Universidad Federal de Río de Janeiro dijo al cónsul de Estados Unidos que no tenía nada que objetar a los organismos de inteligencia que detenía a estudiantes fuera de esa casa de estudios.

Aquí en Brasilia, la universidad creada por Darcy Ribeiro fue intervenida por los militares, que la dejaron a cargo del capitán de Marina José Carlos Azevedo, quien asumió en 1976 aplicando sanciones colectivas a los estudiantes que entraron en huelga. Más de mil jóvenes fueron expulsados y con ellos varios profesores de izquierda.

Azevedo estaba ligado a los servicios de inteligencia de la Marina que fueron los que secuestraron al presidente de la Unión Nacional de Estudiantes Honestino Guimaraes, de 18 años. Honestino fue ejecutado en la selva de Araguaia en la región amazónica y desde entonces continúa desaparecido.

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“Brasil se juega el destino de la democracia”

El experto analiza la contundente victoria en primera vuelta del ultraderechista Jair Bolsonaro. Por qué el 28 de octubre se juega la continuidad del régimen democrático. La embestida de la derecha contra el PT, el “fascismo financiero”, los medios y las iglesias evangélicas.

Boaventura de Sousa Santos (Coímbra, Portugal, 1940) es una de las voces más autorizadas dentro de la sociología jurídica y un referente indiscutido en el pensamiento político y social contemporáneo. Entrevistado por PáginaI12, el investigador sostiene que la segunda vuelta representa en Brasil “un auténtico plebiscito sobre si (ese país) debe seguir siendo una democracia o pasar a ser una dictadura de nuevo tipo”. A continuación, explica por qué trabajadores, jóvenes, sectores medios, afroamericanos, marginados, hombres y mujeres del pueblo dieron su voto a un candidato que grita a cuatro vientos y con orgullo que, de ser presidente, sus políticas no estarán justamente a favor de ellos.


–¿Cuáles son para usted las razones del triunfo del candidato de la ultraderecha Jair Bolsonaro en primera vuelta?


–Es una situación muy compleja porque Brasil, en este momento, es casi un laboratorio de transformación política conservadora en el continente. No solamente en el continente, en el mundo. Pienso que en la primera década del milenio Brasil fue, junto con otros países de América Latina, el país que más mostró las potencialidades de una transformación progresiva de las sociedades altamente desiguales, altamente discriminatorias, como son todas las sociedades que salieron del colonialismo europeo. Los avances fueron notables, por ejemplo, en términos de hambre. Durante estos períodos la gente ya no se iba a dormir hambrienta. Como decía Lula, “mi ambición es que la gente coma tres veces al día”. Y muchas otras políticas que intentaron disminuir la pobreza, ampliar el acceso a los bienes públicos, mejorar los bienes públicos de educación, de salud, de acceso a la universidad, y también medidas antidiscriminatorias contra la población negra, que es la mayoría, pero que ha sido siempre una minoría política. También se consiguieron avances notables con políticas afirmativas, de cuotas, para las mujeres. Fue un progreso notable. Y entonces, casi repentinamente, todo se derrumba, todo colapsa. Luego de esto los elementos antidemocráticos de la sociedad brasileña tomaron el liderazgo. Podríamos decir que en el tiempo anterior la lógica democratizante de la sociedad brasileña tenía predominio sobre la lógica antidemocrática, que es típica de una sociedad oligárquica, colonial, muy desigual y discriminatoria. Este desequilibrio se transforma rápidamente como si fuera un péndulo, donde las fuerzas antidemocráticas toman el liderazgo.


–¿De qué manera lo hicieron?


–Primero, esas fuerzas antidemocráticas de inmediato cuestionan los resultados electorales de 2014 de la ex presidenta Dilma, y empiezan de inmediato un impeachment y una guerra total contra el PT. Esta guerra va a ser realmente muy agresiva porque busca eliminar rápidamente de la memoria del pueblo los beneficios del período anterior, al transformar al PT en un grupo de bandidos corruptos que desgraciaran el país. Se llevó adelante una demonización del PT terrible en los medios tradicionales, convencionales, sobre todo desde la TV Globo, y también en los periódicos oligopólicos. Fueron todos unánimes en demonizar al PT. Por eso, la narrativa que se impuso fue la narrativa de la corrupción. A partir de aquí, la narrativa políticamente correcta es una narrativa antipolítica, en contra de la corrupción, una política despolitizada. Tenemos que luchar contra la corrupción y para eso es necesario que la policía y el sistema judicial actúen, y la operación Lava Jato es el mejor ejemplo de todo este movimiento. Una primera observación es que se dio una especie de reversión muy rápida y muy sorprendente para mucha gente. Brasil, el país del Foro Social Mundial (FSM), el país del Movimiento de los Sin Tierra (MST), considerado el más importante del continente y del mundo, repentinamente ve atacadas todas estas conquistas y no reacciona de manera rápida. Y esto va a durar hasta la prisión de Lula. Hasta que Lula fue a prisión no vimos un movimiento social muy organizado de resistencia a este golpe institucional, y cuando la resistencia surge es casi una resistencia negativa, es decir, una resistencia para pedir por la libertad de Lula, pero ya no por las políticas de aquel otro período, sino por la injusticia de su condena. Esto ha sido una primera fase; después entran en juego otros factores.


–¿Cuáles, por ejemplo?


–Creo que entraron otros factores que de alguna manera desbordaron las intenciones de las oligarquías que organizaron el golpe. Yo creo que muchas de ellas organizaron el golpe con el intento de restaurar la democracia; una democracia que no amenace sus ganancias. Porque la resistencia contra el PT empieza cuando hay una crisis del capitalismo global, una crisis financiera después de 2008, una crisis que venía también de una cierta atenuación del ritmo de desarrollo de China. Hay una crisis de ganancias del capital y una amenaza al capital financiero; entonces de inmediato intentan reaccionar. No fueron los empresarios los primeros en reaccionar sino el capital financiero, que va a tomar el liderazgo. Va a abrir espacios para fuerzas que estaban latentes en una sociedad colonial, desigual, donde los cambios son recientes. Una sociedad que empezó a luchar contra el racismo apenas diez años antes; el racismo estaba en la cabeza de la gente, incluso de aquella que ha sido beneficiada por Lula.

–¿Esos avances y esas reivindicaciones no lograron construir una nueva cultura política?

–Creo que las políticas no fueron sostenibles durante mucho tiempo para crear otra cultura. El mismo PT no intentó crear otra cultura ciudadana; intentó crear más consumidores, pero no una cultura ciudadana, o una cultura campesina de comer cosas saludables, por ejemplo. Era plata para ir a comer comida basura de los fast food y las comidas todas procesadas en detrimento de la agricultura campesina. Entonces, esos demonios que fueron sueltos, y que vienen de un pasado de grandes desigualdades, surgieron exactamente en la persona de Bolsonaro. Esta corriente está en todo el continente. Vemos de alguna manera lo que ocurre en la Argentina, y muy claramente lo que pasa en Colombia, que es muy grave, y de alguna manera en Ecuador también. El avance de las fuerzas democráticas va a ser rápidamente neutralizada por fuerzas antidemocráticas que estaban dormidas.

–¿Pero cómo se explica que un sector tan amplio de las clases populares haya apoyado a un candidato que se presenta abiertamente en contra de las políticas que los beneficiaron?

–Primero, las medidas antipopulares del gobierno después del golpe, que son muy claras, no tienen un impacto inmediato en la vida de la gente, como habíamos visto en Portugal y en Europa con las llamadas políticas de austeridad. Algunas medidas no entran en el bolsillo de las familias de un día para el otro. Por ejemplo, Temer quiere privatizar y eliminar el sistema de salud, pero todavía no lo hizo, no tuvo la oportunidad todavía. Lo que quiero decir es que los impactos en las familias, en los bolsillos de la gente, tardan dos o tres años en repercutir. Por eso en una parte inicial es fácil para los medios de comunicación convencer a la gente. Los medios fueron muy agresivos y llevaron la situación de la política para la ética. No son las medidas que interesan. Y todavía hoy vemos que Bolsonaro no habla de su política económica. Es la ética contra la corrupción; los honestos contra los corruptos. Ahora, toda la gente está a favor de los honestos, entonces si los medios bombardean todos los días con la lucha contra la corrupción... El segundo factor que entra aquí es la dimensión internacional. En Brasil, y no solamente, actúan los medios oligopólicos y las oligarquías locales. No se han dado cuenta de que el imperialismo norteamericano estaba buscando una oportunidad para revertir todas estas políticas progresistas que amenazaban su dominio, que se atenuó un poco cuando Estados Unidos estuvo muy preocupado por Irak y abandonó un poco el continente. Pero el golpe de Honduras fue la primera señal de que Estados Unidos estaba volviendo al continente; desde entonces, en 2012 Fernando Lugo en Paraguay, y después Dilma. Aquí se puede ver que hay otra dimensión imperial muy fuerte, que no es la dimensión de la imposición militar de la dictadura, sino la transformación de una democracia nacionalista y desarrollista, pero nacionalista, por la sustitución de una “nueva” democracia, como la llaman ahora los militares en Brasil.

–¿En qué consiste esa “nueva” democracia?

–Es una democracia sin Partido de los Trabajadores, una democracia amiga de los mercados, y una democracia que abre toda la economía a la ganancia del capital internacional. Bolsonaro es el símbolo de todo esto. Y ahora se hace claro todo el apoyo internacional, del mercado digital, la propagando digital, a Bolsonaro. Es una conjunción de trabajo militar y económico internacional, dos nuevas fuerzas que actúan en el continente. Los militares con políticas de contrainsurgencia psi-sociales: no son armas, son fake news, herramientas bien entrenadas por servicios de inteligencia de Inglaterra y Estados Unidos a lo largo de los tiempos. También están los think tanks de Estados Unidos, que hablan de privatización, de liberalización. Hay aquí una estrategia del continente global del imperio en cuanto a que Brasil era particularmente importante de neutralizar por los BRICS. Una política fundamental.

–De ahí que usted hable de Brasil como un laboratorio...

–Si gana la extrema de Bolsonaro esta corriente va a ganar un poder enorme, no solamente en el continente, sino también en Europa. Italia será el primer blanco de esta política de extrema derecha, que sigue también con Hungría y con Polonia. Si los demócratas brasileños logran vencer esta corriente antidemocrática de extrema derecha, será una señal muy poderosa para todo el continente de que esta gente no es invencible, y de que internet no hace todo. En esto es en lo que estamos. Es una situación muy dramática, porque en este momento en Brasil se juega el destino de la democracia en el continente, y en el mundo de alguna manera.

–¿Cree que Bolsonaro realmente llevaría a la práctica lo que sostiene su discurso radical?

–Pienso que si Bolsonaro gana va a ser todavía peor de lo que dice, porque las medidas van a ser brutales y va a haber resistencia popular. Y como va a existir resistencia, los militares ya están diciendo que hay que mantener la paz en el país, y mantener la paz para ellos es reprimir. Bueno, de hecho, la represión ya está en las calles. Los grafitis que aparecen en los baños de las universidades dicen que, si Bolsonaro gana, la universidad va a ser Columbine (en alusión a la masacre de la Escuela Secundaria de Columbine), es decir, una masacre en la universidad. Es muy preocupante porque para los mercados financieros no interesa que Bolsonaro sea racista, sexista u homofóbico, porque lo que quieren es ver cómo va a arreglar la economía. Siempre con la idea de que cuando empiece a crecer la economía todo va a ser mejor. Como hicieron de hecho con la Argentina, que ahora está bajo el comando del Fondo Monetario Internacional (FMI). Intentaron hacerle lo mismo a los portugueses y no funcionó. Sabemos que es una ilusión, como lo sabemos en Europa; intentaron decirles lo mismo a los portugueses y no funcionó, pero Grecia está todavía luchando. Realmente creo que con Bolsonaro vamos a pasar un momento muy difícil, y no sé si la democracia sobrevive en Brasil. Con Haddad no sería fácil tampoco, porque los fascistas están sueltos en las calles en este momento, y no va a tener a los militares de su lado, que están del lado de Bolsonaro. Por otra parte, si algo fatal pasara con Bolsonaro, su vicepresidente es general. Es decir, los militares están seguros. No se habla de la enfermedad de Bolsonaro, hay un misterio enorme. Si algo le pasara, tiene un vice que es aún más agresivo en su discurso. Esta lógica de los militares, de regresar a la política por vía democrática, es lo que me preocupa. La Argentina, de alguna manera, eliminó esa posibilidad a través de una transición en que los militares fueron a prisión. En Brasil no; en Brasil los militares condicionaron la transición hasta hoy. Ahora dicen que no son ciudadanos de segunda clase y que quieren intervenir en la política. Y lo están haciendo a través de Bolsonaro y su vice.

–¿Qué sucede con los partidos de izquierda brasileños?

–Creo que en Brasil la unidad de las izquierdas podría haber sido distinta de lo que fue, y tal vez un candidato como Ciro Gómez podría ser mejor candidato que Haddad, porque la demonización del PT fue muy fuerte. Ciro Gómez fue ministro de Lula pero no era del PT. Por la situación, creo que en este momento la lucha no es “izquierdas del mundo, unidos”, sino “demócratas del mundo, unidos”. Si la extrema derecha llega a la presidencia, lo que va a crear no es un fascismo de tipo antiguo, sino un fascismo de tipo nuevo, esto es, reducir la democracia a lo mínimo, con mucha exclusión social y mucha represión. Es por eso que hay dos cosas en Bolsonaro muy importantes: el terror y la ideología. Las dos son fuertes. El régimen puede ser formalmente democrático, pero la sociedad es cada vez más fascista. Se disemina un fascismo social y se impulsa la lógica de la guerra civil.

–Sostiene que “la tragedia de nuestro tiempo es que la dominación está unida y la resistencia está fragmentada”. ¿Le parece que esto explica, en parte, el presente de Brasil?

–El drama es que el caso brasileño muestra muy claramente que la derecha se sirve de la democracia pero no quiere servir a la democracia. Si le es útil bien, sino demonizan, hacen golpes y pueden destruirla. Por eso he dicho que las izquierdas en su pluralidad son las que pueden garantizar, en este siglo reaccionario que tenemos, la defensa de las democracias. Pero la fuerza de las fuerzas de derecha es tan grande que las izquierdas tienen una dificultad enorme para discutir sus diferencias y buscar una alternativa. En este momento vemos en Brasil que todos se juntan a defender a Haddad, que es correcto, pero hay que hacerlo sin condiciones. No es de esperar que haya una renovación o repensar las izquierdas en este contexto, porque hay que defender lo mínimo, que es la democracia. Necesitamos que la izquierda defienda la democracia, y para defenderla eficazmente, la izquierda tiene que transformarse. Tiene que articularse con los movimientos sociales antisexistas y antirracistas, los sindicatos tienen que estar unidos con los otros movimientos, y los partidos tienen que convertirse en movimientos con democracia participativa interna, que es la única que nos puede defender de la corrupción, porque la corrupción fue muy grande dentro del PT. Una cosa es la corrupción para hacer campaña política y otra cosa para tener un departamento, como se dice del caso de Lula, que se tiene que probar judicialmente. Ahora, que hubo corrupción, hubo corrupción. La izquierda debe que decir “corrupción cero”; no puede haber un gobierno de izquierda con un mínimo de corrupción. Y aquí hay una esperanza porque Haddad es dentro del PT el político que representa lo más honesto. En esta renovación de la que hablo hay que discutir las diferencias y unirnos las izquierdas y lo que es común sin dejar de tener las identidades, como estamos haciendo en Portugal. Se está intentado la unión de las izquierdas, pero sabemos que las condiciones defensivas lo hacen muy difícil. Ahora en Chile hay un Frente Amplio (FA); es interesante. Es decir, se están intentando unir en otra base. Es un proceso histórico largo. Nosotros estamos impacientes, pero la historia tiene mucha paciencia.


–Se dice que en Brasil la iglesia evangélica salió a apoyar abiertamente a Bolsonaro. ¿Se la puede considerar un actor con capacidad de movilizar masas?

–La iglesia evangélica en la Argentina y Brasil son dos fases del mismo proceso. Avanza siempre por cuestiones que tienen que ver con la familia, la sexualidad, el aborto, etc. Pero cuando tiene bastante poder, toma una posición política global, ya no es el aborto, es el candidato más fascista y más reaccionario que puedan imaginar. Y lo vemos ahora en su fase más avanzada de las iglesias evangélicas en Brasil, que han dicho muy claramente que están detrás de Bolsonaro y lo financian, lo promueven. O sea ya no es una política de orientación sexual, de derechos de las mujeres, o derechos reproductivos, ahora es la política global que pone en claro su blanco fundamental: una economía neoliberal, abierta y a la disposición de los Estados Unidos. Las iglesias evangélicas están muy conectadas con las iglesias evangélicas de los Estados Unidos, como en África, son ellas las misioneras del neoliberalismo global y obviamente, por implicación, del imperialismo norteamericano. Empiezan por cuestiones no políticas, la familia, la concepción, por ejemplo, hasta que llega un momento en el que adquieren fuerza, y dicen “este es el candidato”, y entonces entran directamente a la política.

–¿Qué sucede con la Iglesia Católica?

–La Iglesia Católica se quedó paralizada en todo este proceso. Muy tardíamente, ahora con el papa Francisco, intenta animar a decir, por lo menos, que no se debe votar por Bolsonaro, o que se debe votar para defender la democracia. Pero la iglesia católica está desarmada. Esto fue un proceso histórico que viene desde el papa Juan Pablo II de desarmar la Teología de la Liberación y armar la Teología de la Prosperidad. La primera era católica, la segunda es evangélica. Cayó la primera, subió la segunda. La gente necesita de religión, la católica se debilitó en los barrios y la periferia, y las evangélicas entraron.

–A pocos días de la segunda vuelta en Brasil, ¿más esperanza que miedo, o más miedo que esperanza?

–Más miedo que esperanza. Lo que hay que notar es que Brasil está testeando instrumentos que pueden ser útiles al mundo en general. Por ejemplo, acaban de hacer una petición internacional a Google y Facebook sobre el WhatsApp. Se mostró claramente que solamente el ocho por ciento de la red de Whatsapp que fue por Bolsonaro vehiculó verdades, ocho por ciento, probado por análisis de técnicas bien hechas en Brasil. Entonces solicitaron a Facebook y a Zuckerberg que limiten las posibilidades de extensión de esto, pero Facebook y Whatsapp están diciendo que es demasiado tarde, que no se puede; no quieren hacerlo. En India, cuando sucedió la ola de masacres por culpa de noticias falsas que corrieron por WhatsApp, éste pudo limitar la divulgación de las noticias falsas. Brasil es una prueba fabulosa para esto, y muy inquietante. Como diría el gran poeta portugués Fernando Pessoa, es un tiempo de inquietud, que va a pasar. Pero hay que decirle a la gente que está en la lucha, luchen. Hay energías de la sociedad brasileña que están emergiendo ahora. Me dirán, ¿demasiado tarde? No sé... Vamos a ver.

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Brasil: arrollador avance de la nueva derecha

Con casi la mitad de los votos (46%) el ex capitán Jair Bolsonaro le saca casi veinte millones de sufragios a Fernando Haddad y se coloca en óptimas condiciones para ser elegido presidente en la segunda vuelta, a celebrarse el 28 de octubre. Con esta votación, puede hablarse de una 'oleada' a favor del candidato del Partido Social Liberal (PSL).


Ante la magnitud de este resultado, de poco sirven los adjetivos como 'fascista' para dar cuenta de su arrasadora votación ya que, aunque no son completamente desacertados, no alcanzan para comprender el estado de ánimo que ha llevado a los brasileños, en apenas cinco años, a realizar un viraje del apoyo a la izquierda hacia la ultraderecha.

La primera lectura consiste en constatar que Bolsonaro tuvo apoyos consistentes en todos los sectores sociales, pero de forma destacada entre los varones blancos y jóvenes de clase media con mayor nivel educativo. Esto representa una desviación respecto al apoyo que reciben otros candidatos de derecha, como Donald Trump. El estudio mencionado, que refleja las intenciones de voto de la base social más fiel a Bolsonaro, destaca que recibe mayor cantidad de votos entre los menores de 34 años, entre los evangélicos y los pentecostales y, sobre todo, entre bachilleres y universitarios.


Para este sector el principal problema de Brasil es la corrupción y en segundo lugar la violencia, muy por delante de la salud, el desempleo y la educación. Pero lo que más diferencia a sus votantes de los demás candidatos es el apoyo a la pena de muerte y al porte de armas, cuestiones que Bolsonaro defiende como puntos centrales de su programa político.


La segunda es la fractura geográfica. Los estados del sur, los más poblados, más blancos y con nivel de vida más alto, votaron en masa por Bolsonaro. En Sao Paulo, el más poblado y rico, alcanzó 53% frente a 16% de Haddad. En Santa Catarina 65%, en Paraná 56% el y en Rio Grande do Sul 52%. Lo curioso, sin embargo, es que fue en estas regiones donde nacieron el Partido de los Trabajadores, la central sindical CUT y el Movimiento Sin Tierra hace ya cuatro décadas.


En el norte negro y pobre, el panorama es el contrario. En Bahía el candidato del PT llegó al 60%, en Piauí al 63% y en Maranhao al 60%. Esta región había sido esquiva al PT hasta que Lula alcanzó el gobierno en 2003 y puso en marcha políticas sociales como Bolsa Familia que suponen transferencias monetarias para las familias con menores ingresos.


La tercera cuestión se relaciona con un profundo cambio de orientación de las elites económicas y sociales. Desde que comenzó el período neoliberal en la década de 1990, la opción electoral de la derecha fue el partido de la socialdemocracia (PSDB) del ex presidente Fernando Henrique Cardoso, que gobernó durante dos períodos y entregó el mando a Lula en 2003. La división entre el PSDB y el PT, los dos mayores partidos de Brasil, marcó durante tres décadas el mapa político del país.


Pero ahora el candidato del PSDB, Geraldo Alckmin, obtuvo una votación casi marginal (4,7%), lo que supone un cambio fenomenal ya que las bases sociales del partido emigraron en masa hacia Bolsonaro. Es probable que uno de los resultados principales del triunfo del ex capitán, sea el hundimiento de este partido. En todo caso, debe constatarse que las elites que lo apoyaron desde el primer momento, dejaron de creer en la conciliación entre las clases sociales y también en la democracia.


La cuarta consiste en constatar que las principales bancadas de la cámara electa siguen siendo el agronegocio, la minería, la 'bancada de la bala' que defiende armarse contra los delincuentes y la 'industria de la fe', o sea las iglesias evangélicas y pentecostales. Estos sectores se hicieron fuertes en el Parlamento en las elecciones de 2014 que ganó Dilma Rousseff (PT), y fueron los que impulsaron su ilegítima destitución.


La quinta es la máscara antisistema que se colocó Bolsonaro mientras la izquierda representa a la política tradicional. A lo largo de toda su campaña criticó a los grandes medios como O Globo y se vio forzado a buscar influencia en las redes sociales ya que tuvo muy poco tiempo gratuito en la televisión. Esta situación, sumada a su perfil y sus declaraciones, le labraron una imagen antisistema que le permitió conectar con profundos sentimientos que atraviesan a la sociedad brasileña.


Por el contrario, Haddad y el propio Lula forman parte de la tradicional y desprestigiada clase política, que la población identifica con la corrupción y la ineficiencia. Y esto es grave porque el PT llegó al gobierno con la esperanza de producir cambios, pero muy pronto se adaptó al sistema, comenzó a practicar sus peores vicios y nunca realizó una autocrítica seria. Los intelectuales del PT se limitaron a negar la corrupción y atribuir todos los problemas a la derecha, los medios y los jueces caprichosos y derechistas que se ensañaron con Lula.


Los demás aspectos que pesaron en esta elección son más evidentes, como la crisis económica que comenzó en 2013 y de la cual el país aún no se recuperó, con elevados niveles de endeudamiento de las familias y precariedad laboral. Un clima de violencia creciente, en gran medida auspiciado por el narcotráfico, que habilitó a los gobiernos a emplear a los militares en el orden público. Una parte de la población percibe a los uniformados como salvadores y defiende la creciente militarización de las grandes ciudades.


En este clima de desesperanza y desintegración de la sociedad, el discurso oportunista de Bolsonaro ha calado muy hondo. La impresión es que esta ultraderecha llegó para quedarse. Sin duda, los brasileños no votaron engañados y optaron por un 'macho alfa' que le dijo a una diputada "a usted no la violaría porque es muy fea" y cree que lo negros son inferiores.


Tal vez haya que concluir con la historiadora Lilia Schwarcz, una de las intelectuales más respetadas de Brasil, quien sostiene que "hay un deseo de ver a la dictadura como una utopía que mejoraría la seguridad, la economía y la estabilidad". En efecto, el régimen militar (1964-1985) sigue siendo visualizado por buena parte de la población como un período de bonanza, crecimiento y necesaria mano dura.


Todo indica que pese a tener el Parlamento a su favor, en caso de llegar al poder, Bolsonaro no podrá cumplir la mayoría de sus promesas y que su Gobierno será inestable y tendrá una fuerte oposición en la calle y en algunas instituciones.

 

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Gabriel Beltrán, Cometas, escultura, acero, 100 x 80 x 36 cm (Cortesía del autor)

Italia en la encrucijada. Un gobierno de extrema derecha y una crisis socio-económica profunda retan a los movimientos sociales.

 

El 13 de diciembre de 2011, en Florencia, Gianluca Casseri, un hombre cercano a la organización neofascista Casa Pound, sale a la calle y dispara a varias personas de la comunidad senegalesa matando a Samb Modou e Diop Mor, e hiriendo a un tercer hombre. Samb Modou deja viuda a Rokhaya Mbengue, la cual regresará tristemente a la crónica siete años después. Casseri se suicida antes de ser detenido; su gesto inaugura una temporada abiertamente racista e injustificable, más aún porque en Italia no se ha cometido un solo atentado por parte del terrorismo islámico. Las violencias y las palizas punitivas neofascistas se dirigen contra los migrantes, la comunidad Lgbti y contra quienes militen en las izquierdas.


En 2016, en la ciudadela de Fermo, un hombre de tez negra es golpeado hasta la muerte por haber reaccionado a los insultos que un grupo de hinchas gritaba en contra de su esposa: la llamaban “asquerosa mona”. En febrero 2018, Luca Traini, candidato en 2017 del partido de extrema derecha Liga Norte, sale a las calles de la pequeña ciudad de Macerata con una pistola en la mano e hiere a seis migrantes, todos africanos. Marzo del mismo año, nuevamente en Florencia: Roberto Pirrone, desempleado de 65 años, víctima de la crisis económica, sale a la calle y dispara a Idy Diene, el único paseante de piel negra, que muere en el acto. Estalla la rabia de la comunidad senegalesa que vuelve a ser objeto del odio neofascista. Las instituciones de la ciudad reprimen la protesta, hablando tramposamente de un gesto desesperado, dirigido en contra de Diene por pura casualidad. La esposa de Diene, Rokhaya Mbengue, ya viuda por el primer atentado neofascista de 2011, llora a otro marido.


En julio, Soumaila Sacko, migrante y representante de la Unión Sindical de Base (USB), es asesinado con un disparo de carabina mientras ayuda a otros migrantes a recolectar láminas para construirse un refugio cerca de Rosarno, en Calabria. Sacko, originario de Mali, trabajaba en los campos de tomates bajo el control de la Ndrangheta, la mafia calabresa. Esos cárteles ya habían aparecido en los medios en 2008 y 2010 por disparar sobre los trabajadores migrantes que habían organizado una marcha para pedir un trato laboral justo, poniendo en luz la cara oculta de las migraciones y del racismo itálico: la semiesclavitud.


Paralelamente a la violencia callejera y mafiosa, el racismo institucional gana en intensidad en la última década. Hoy la vida de los migrantes representa una apuesta electoral que encubre con el manto de la legalidad prácticas xenófobas extremas. Todas las administraciones italianas, de centro-izquierda y de centro-derecha, en colaboración con las instituciones europeas, han pretendido manejar las migraciones a través de los Centros de Identificación y Expulsión que, de hecho, son campos de concentración donde los migrantes son privados de la libertad por un tiempo indefinido, en espera de ser expulsados al país de origen, a veces sin importar su estatus de prófugos ni el riesgo que enfrentarían al regreso.


El 4 marzo pasado, los resultados electorales otorgaron el poder a una coalición populista de derechas, de manera que el racismo corriente y el racismo institucional confluyen en un clima de intolerancia. El actual gobierno pactado entre los “euroescépticos” Movimiento 5 Estrellas y Liga Norte, y formalmente liderado por el jurista Giuseppe Conte, ha decretado en junio que el barco de rescate Aquarius fuera obligado a atravesar el Mediterráneo en condiciones precarias para alcanzar el puerto de Valencia. El ministro del interior Matteo Salvini, líder de la Liga Norte, había dado la orden de cerrarle el acceso a todos los puertos del país. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), los migrantes fallecidos en el Mediterráneo en los últimos 4 años son casi 17.000.


Después de la guerra que las potencias de la Otan declararon al régimen de Muamar Gadafi y su asesinato en octubre de 2011, los acuerdos entre el gobierno italiano y el imprevisible gobierno libio llevaron a la creación de unas fronteras de contención en territorio norteafricano, cuyos efectos son devastadores: campos en los cuales quienes migran son retenidos, privados ilegalmente de su libertad, vendidos como esclavos, sometidos a desapariciones, torturas y violaciones, según señalan varias Ongs.


Elecciones políticas y avanzada populista


El actual clima político poco a poco estructurado a lo largo de una crisis de referencias abismal, de la cual las elecciones parlamentarias de marzo de 2018 fueron el termómetro y, a la vez, su punto de aceleración. El principal partido de gobierno, el Partido Demócrata (PD), llegó a los comicios fragmentado y cayó a su mínimo histórico de 18.8 por ciento, cuando sólo cuatro años antes, en las elecciones europeas de 2014, había alcanzado su máximo de 40.8. En términos de votos, se trató de una baja de 11.172.861 alcanzados en 2014, a 6.161.896, en 2018; es decir, perdió casi la mitad del electorado.


Heredero de la unión entre el ala izquierda de la antigua Democracia Cristiana (DC), partido de gobierno entre 1946 - 1994, durante la llamada Primera República, y la parte mayoritaria del viejo Partido Comunista (PCI), el PD surgió como el último intento de esa estabilización política iniciada a finales de la década de 1970, cuando DC y PCI gobernaron juntos, mediante un “compromiso histórico”. Fundado en 2007, el PD abrazó desde sus inicios la llamada “tercera vía” (economía mixta y centrismo-reformismo), pero acentuó su orientación hacia las políticas de austeridad con la crisis económica de la última década y, en particular, con la secretaría del primer ministro Matteo Renzi (2014-2016), promotor de reformas estructurales de corte neoliberal en cuestiones de retiro, trabajo, escuela y obras de infraestructura.


Los altos índices de desempleo, sobre todo juvenil, y la frustración de las expectativas de crecimiento económico llevaron el PD a la debacle electoral, de la cual se beneficiaron la Liga Norte y el Movimiento 5 Estrellas (M5S, por su sigla en italiano), partidos populistas que llevaron adelante una exitosa propaganda anti-inmigrantes, respaldada por los medios de comunicación. La Liga, nacida a finales de los años ochenta como partido autonomista del norte productivo de Italia en contra de la inmigración interna desde el sur y de las políticas asistenciales, fue ampliamente re-estructurado como partido de extrema derecha nacionalista bajo el liderazgo de Salvini. Su capacidad de capitalizar el descontento social con una retórica de odio hacia los inmigrantes, y con una postura crítica hacia la Unión Europea, lo llevó a su máximo histórico de 17.4 por ciento de los sufragios, rebasando a su antiguo aliado Forza Italia, del exprimer ministro Silvio Berlusconi, que se quedó con el 14 por ciento. Por otro lado, el M5S, creado por el cómico y showman Beppe Grillo como movimiento anti-corrupción y en contra de los altos costos de la política, se afirmó como primer partido con el 32.7 por ciento de los votos. Si bien en sus inicios logró aglutinar ecologistas, movimientos antimafia y personas descontentas con los partidos de izquierda, a lo largo de los últimos años su propuesta política se acercó cada vez más a una retórica “securitaria” de tintes racistas. No constituyó por lo tanto una sorpresa que, ante la ausencia de un único ganador de la mayoría parlamentaria, tanto en la Cámara como en el Senado, y tras dos meses de negociaciones, el gobierno conformado fuera el producto de la alianza entre estos dos partidos.


M5S y LN habían centrado su campaña electoral en una política de cierre a la inmigración y de contraste con las políticas de austeridad neoliberal de la UE, pero a la hora de tomar posesión el gobierno tuvo que renunciar de hecho a este segundo punto. Emblemático de su aceptación de los parámetros económicos europeos fue la casi-crisis diplomática del pasado 27 de mayo: el gobierno estaba listo para el nombramiento institucional por parte del presidente de la República, Sergio Mattarella, cuando éste impuso la sustitución del ministro de Economía, Paolo Savona, considerado por los mercados financieros contrario a las políticas comunitarias. Dicho episodio puso en claro que en la Unión Europea pueden caber políticas de limpieza étnica y de violación de los derechos humanos, pero no resulta viable un cuestionamiento de las políticas macroeconómicas de austeridad.


Una crisis de espectro completo


Las profundas transformaciones de la Italia de hoy sólo se entienden adentrándose en el sentimiento de crisis que las permea: el desequilibrio económico, producto de la crisis financiera de 2007/08, y también las tribulaciones del sistema político, así como la brutal descomposición del tejido social, cultural, de sentido, de identidad y de imaginación. Y, de manera cada vez más dramática y parcialmente discordante con las otras naciones europeas, una crisis de la capacidad de elaborar una alternativa por parte de la izquierda y de los movimientos sociales.


Es difícil hallar analogías entre la Italia contemporánea y la de hace medio siglo. Tras el boom económico de las décadas de 1950 -1960, el país se revelaba como una de las naciones más industrializadas del planeta: los automóviles Fiat, los neumáticos Pirelli, las máquinas de escribir de la Olivetti se vendían en todo el mundo, mientras enteras generaciones de jóvenes nacidos en el sur agrícola y empobrecido emigraban al norte para trabajar en la línea de montaje. El PCI era el más grande de Occidente y obtenía alrededor del 30 por ciento de los sufragios; a su izquierda, después del 68, crecieron vigorosas vanguardias revolucionarias obreras y estudiantiles. La clase obrera articulaba sus espacios de vida y de comunidad en el sindicato, en las “casas del pueblo” y en las fábricas ocupadas. Tras la crisis petrolera de 1973, un nuevo proletariado juvenil precarizado irrumpió con una crítica radical a la sociedad fordista con su ética del trabajo y explotación de la vida: su punto álgido fue el movimiento de 1977, cuando una nueva izquierda autónoma confrontó en las calles el reformismo al PCI y su “compromiso histórico” con la DC.


La represión que siguió, ampliamente favorecida por el propio PCI, empujó a esa generación rebelde hacia la cárcel, el exilio, la heroína, la lucha armada o el reflujo a lo privado. A su vez, el sistema productivo, en parte para desarticular a la clase obrera, en parte respondiendo a las nuevas directrices neoliberales, fue fragmentando las fábricas en una red de pequeños nudos productivos. La política garantizó un nuevo patrón anti-inflación, con consecuencias brutales sobre los salarios, y la privatización paulatina de las empresas públicas, desde las telecomunicaciones hasta las autopistas, para llegar, en el nuevo siglo, al sistema universitario. Efectos particularmente impactantes tuvo, en el plano cultural, la privatización del sistema televisivo, que benefició al magnate Berlusconi, quien impuso un nuevo imaginario social, individualista y machista en amplios sectores sociales, y logró ser elegido Primer Ministro en tres ocasiones: 1994, 2001 y 2008.


Frente a estos cambios, el PCI decidió adherir abiertamente al sistema, transformando sus sindicatos y sus cooperativas en poderosas agencias capitalistas. Después de la desintegración de la URSS, el partido cambió rápidamente de nombre por el de Partido Democrático de la Izquierda (PDS) y luego en PD. A su izquierda, nació el Partido de la Refundación Comunista (PRC), quien se propuso como un referente político para los movimientos que habían sobrevivido a la represión de los 70, recreando sus espacios de afinidad y de liberación a través de la ocupación de los inmuebles que el proceso de desindustrialización había dejado vacíos: los llamados “centros sociales”. En la década de 1990 hubo cierta recuperación de la izquierda anticapitalista, que votó (cuando lo hizo) por el PRC y otros partidos de izquierda (un 10%), y que se movilizó contra el sistema. Sin embargo, con el milenio sobrevino una nueva crisis de la izquierda política y social. La primera debido al involucramiento en dos gobiernos de coalición de centro-izquierda, en 1996-98 y en 2006-08, durante los cuales no supo incidir en nada contundente y participó en la aprobación de leyes de flexibilización del trabajo, de contraste a la inmigración y de refinanciamiento de la misión de guerra en Afganistán.


La izquierda social entró en crisis en Génova en 2001: en julio de ese año, el movimiento anti-globalización, creado en Seattle y Porto Alegre, se dio cita en la ciudad italiana para contestar al G8. La represión desatada en aquella ocasión produjo un muerto, cientos de heridos, arrestos, violencias sexuales y torturas por parte de la policía, provocando una división al interior del movimiento sobre el uso de la violencia política y las estrategias de acción.


El ascenso del Movimiento 5 Estrellas


La fragmentación de las clases populares siguió avanzando a la par del crecimiento de la inmigración extranjera y la crisis económica. La inmigración nunca llegó a los niveles de emergencia pregonados por la derecha, pero impactaba en un país que había sido de emigrantes. Desde los años noventa, el flujo migratorio proveniente de Albania, del ex bloque soviético y de la ex Yugoslavia, había permitido que la Liga Norte se aprovechara de la situación para insuflar el miedo al extranjero. Con la crisis económica de 2008, el dramático aumento de los índices de desempleo y el empobrecimiento de las clases medias, la retórica del miedo escaló un consenso político que abarcó prácticamente todo el espectro parlamentario. Además, con el aumento de los flujos migratorios desde África subsahariana, la propaganda xenófoba se asoció cada vez más a la línea del color, generando un odio de tintes explícitamente coloniales hacia los negros.


La inmigración es y ha sido un formidable distractor del aumento constante de la desigualdad y del abaratamiento del costo del trabajo. Un efecto parecido lo tuvo la propaganda alrededor de la “casta política”. El origen de este término se encuentra en la encuesta judiciaria “Mani Pulite” (manos limpias) que, en 1992, perturbó la clase dirigente al poner al descubierto un sistema de corrupción que involucraba políticos y clase empresarial. Los dos mayores partidos de gobierno, DC y Partido Socialista, fueron literalmente destruidos por las encuestas, generando el espacio para la emergencia de Berlusconi y el inicio de la llamada Segunda República. En 2007, Gian Antonio Stella y Sergio Rizzo, dos periodistas del Corriere della Sera, principal periódico italiano, publicaron un libro que tuvo un éxito editorial estrepitoso, La Casta, donde denunciaban el contexto de corrupción y de privilegios de la clase política italiana en la era del “berlusconismo”. Aprovechando la herencia de los movimientos anti-berlusconianos de la década de 2000, el M5S salió a flote como una propuesta anti-corrupción y anti-casta. El salto hacia adelante como fuerza política se lo debe a su capacidad de unir el discurso anti–casta al descontento social producido por la crisis.


En octubre de 2008, un mes después de la quiebra del gigante financiero estadounidense Lehman Brothers, un poderoso movimiento estudiantil llenó las calles de las ciudades italianas para manifestarse contra el recorte y privatización del sistema universitario, promovidos por la ministra berlusconiana Mariastella Gelmini. La negativa del gobierno a tratar con el movimiento lo radicalizó hacia finales de 2010, llevando a la ocupación de muchas universidades y palacios públicos, al bloqueo de autopistas, aeropuertos y estaciones ferroviarias, y a choques brutales con la policía. En 2011, el movimiento desbordó las universidades invadiendo el mundo del arte, con la ocupación de numerosos teatros y espacios de cultura, exigiendo la defensa de los bienes comunes y rechazando la privatización del agua y la utilización de la energía nuclear. Asimismo tomaban fuerza los movimientos en defensa del territorio, sobre todo en Val de Susa, cerca de Turín, donde se oponían a la construcción de una línea de ferrocarril de alta velocidad. Sin embargo, no lograron construir una plataforma política común que desafiara las políticas de austeridad de la UE en su conjunto, como en ese momento empezaban a estructurar el movimiento griego de Plaza Syntagma y el movimiento español de los indignados.


La total debacle de la izquierda política, que tras el fracaso de la participación en el gobierno de Romano Prodi había caído a menos de 4 por ciento del sufragio, quedando afuera del Parlamento, contribuyó a la anomalía italiana. Mientras los movimientos de la Europa mediterránea lograban conquistar espacios, en África del Norte se tumbaban dictadores con las Primaveras Árabes y en Estados Unidos emergía Occupy Wall Street, la manifestación oceánica de Roma el 15 de octubre de 2011 resultó en una fractura interna irresoluble en los movimientos sociales. Sólo un mes después, Berlusconi perdía la mayoría en el Parlamento, debido a su rechazo en aplicar algunas disposiciones de la Troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y FMI). Tomaba su lugar Mario Monti, tecnócrata y ex asesor de Goldman Sachs, quien, beneficiándose de veinte años de anti-berlusconismo legalitario y justicialista, implementó una reforma de pensiones neoliberal, e incorporó el principio del equilibrio presupuestario en la propia Constitución.


En las elecciones de 2013, una izquierda sin brújula y un movimiento social en reflujo permitieron que el M5S explotara su naturaleza de partido anti-casta y anti-UE, cosechando sus frutos gracias a su apoyo, aunque marginal, a las luchas para el agua pública y en defensa de los territorios: llegó al 25 por ciento de los votos, presentándose como fuerza antisistémica y rompiendo el bipolarismo del sistema electoral. Como lúcidamente comentó el colectivo de escritores Wu Ming, los 5 Estrellas tuvieron un importante rol en la despolitización del descontento social, “ocupando un espacio… para dejarlo vacío”.


La economía política del racismo


En estos últimos años, M5S y Liga han capitalizado el descontento por las políticas de “lágrimas y sangre” impulsadas por los gobiernos de coalición liderados por el PD. En particular, el rechazo hacia las políticas económicas de la UE adoptadas integralmente por estos, empujó a los votantes hacia las dos fuerzas que se presentaban con un discurso nacionalista de soberanía monetaria. Tras el gobierno de Monti y el insípido paréntesis del gobierno Letta, llegó al poder sin pasar por elecciones, sino con un simple golpe al interior del PD, el joven alcalde de Florencia, Matteo Renzi. Presentándose como un renovador y un hombre de centro-izquierda, logró lo que Berlusconi no tuvo la capacidad de hacer. Obedeciendo a los banqueros europeos y a la asociación local de industriales (Confindustra), Renzi obró sobre dos vertientes: mantener bajo control el gasto del Estado, renunciando al estado de bienestar, y propiciar reformas neoliberales a favor de bancos y empresas. La reforma educativa, autodenominada “Buena escuela”, echó para atrás la democracia escolar, conquistada durante décadas de luchas estudiantiles, y obligó a los estudiantes a trabajar gratuitamente para las empresas durante el verano, lo que provocó casos de infortunios, muerte en el trabajo y acoso sexual a menores. Por otro lado, el Jobs Act, en inglés para dar un guiño al marketing, fue la reforma del trabajo que precarizó definitivamente la vida de miles de trabajadores: emendó el avanzadísimo Estatuto de los Trabajadores (hijo de las luchas obreras de los sesenta) que entre otras cosas imponía la recontratación de una persona despedida injustamente. Además, regaló 2 millones de euros a las empresas para que generaran puestos de trabajo.


El gobierno Renzi, sin embargo, fracasó el 4 de diciembre de 2016. Tuvo que renunciar por la derrota en el referendo constitucional con el cual había intentado crear un presidencialismo de facto, para garantizar la gobernabilidad a una democracia en crisis de credibilidad. En su lugar entró Paolo Gentiloni, de su mismo partido.


La profundización de la crisis durante los gobiernos del Partido Demócrata, sin importar sus liderazgos, provocó la urgencia de identificar a un chivo expiatorio. Pronto el PD adoptó una actitud de derecha contra los migrantes con la esperanza de contener la hemorragia de votos. Marco Minniti, ministro del interior del gobierno Gentiloni, tuvo una postura tan dura en contra del trabajo de las Ongs que se dedican al rescate de vidas en el Mediterráneo, que hasta su sucesor leghista Matteo Salvini le ha reconocido los méritos. Desató así mismo la represión hacia los movimientos sociales y cualquier forma de solidaridad con los migrantes. El caso de la ciudad de Ventimiglia, en la frontera con Francia, resulta emblemático: en el verano de 2015 a un plantón de migrantes que pedían entrar a Francia se unieron cientos de jóvenes de asociaciones y centros sociales, generando una de las expresiones más avanzadas de solidaridad real. La administración local del PD declaró ilegal dar de comer a los migrantes y desalojó violentamente el plantón.


¿Un nuevo fascismo? Los desafíos de los movimientos sociales


Es difícil definir con certeza qué es y qué consecuencias tendrá el régimen político italiano actual. Apelar al fascismo puede ser resbaloso, en cuanto las garantías constitucionales siguen vigentes. No obstante, ha deshecho culturalmente el pacto de lo no aceptable establecido tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial y el holocausto. Cada vez más se encuentra la forma de justificar racionalmente el abandono inhumano de los náufragos en alta mar, los registros coactivos de la población gitana, las agresiones contra la población homosexual y negra, realizando la transición cultural a una sociedad represiva.


El racismo y la homofobia popular y la conducta del gobierno italiano se retroalimentan electoralmente, apelando a un bienestar que se sostiene en un implícito fundamento colonialista: que Europa no tiene porqué compartir con nadie su riqueza ni su territorio.


Desde abajo, los movimientos sociales hacen un trabajo fundamental ante la impotencia del asociacionismo institucionalizado: ocupan inmuebles para que todos tengan un techo, organizan escuelas populares de lengua italiana, y fortalecen sindicatos en sectores de mano de obra migrante, como en el caso de los peones en el sur y de los trabajadores de la logística en el norte. Y en las periferias urbanas intentan crear prácticas de autodefensa frente a las rondas neofascistas que circulan para “cazar” migrantes.


Sin embargo, es un dato dramático que estos movimientos no crezcan más allá de un estricto circuito de activistas ni construyan proyectos políticos que disputen la hegemonía cultural a la derecha. Recientemente, la única propuesta política alternativa fue el lanzamiento del movimiento ¡Poder al Pueblo!, que se ha presentado en las elecciones de marzo, obteniendo apenas el 1.1 por ciento de los votos. El nuevo gobierno, si bien es expresión de un consenso amplio entorno a su postura racista, en el largo plazo tendrá dificultad. Como señala Giacomo Cucignatto, economista de la Universidad de Roma 3: “Liga y M5S no parecen intencionados a cuestionar seriamente las reglas del juego europeas, ni sus desequilibrios distributivos que afectan el contexto italiano y las economías mediterráneas: la principal propuesta del M5S, la renta básica de ciudadanía, no es financieramente compatible con la propuesta de la Liga de flat tax, es decir de cancelación de la progresividad fiscal a favor de los ricos, y ambas propuestas han sido postergadas indefinidamente por incompatibilidad con los parámetros monetaristas de la UE”. Por tanto, es factible que se abran espacios para nuevas iniciativas de las izquierdas, cuyo principal reto hoy son la consecución de una estrategia efectiva que favorezca una amplia organización social y una posición clara acerca de la relación con la Unión Europea, que se exprese a través de un discurso comprensible y no sectario.

* Doctorandos en Estudios Latinoamericanos, Unam y co-redactores del blog “Lamericatina”.

Publicado enInternacional
Gabriel Beltrán, Cometas, escultura, acero, 100 x 80 x 36 cm (Cortesía del autor)

Italia en la encrucijada. Un gobierno de extrema derecha y una crisis socio-económica profunda retan a los movimientos sociales.

 

El 13 de diciembre de 2011, en Florencia, Gianluca Casseri, un hombre cercano a la organización neofascista Casa Pound, sale a la calle y dispara a varias personas de la comunidad senegalesa matando a Samb Modou e Diop Mor, e hiriendo a un tercer hombre. Samb Modou deja viuda a Rokhaya Mbengue, la cual regresará tristemente a la crónica siete años después. Casseri se suicida antes de ser detenido; su gesto inaugura una temporada abiertamente racista e injustificable, más aún porque en Italia no se ha cometido un solo atentado por parte del terrorismo islámico. Las violencias y las palizas punitivas neofascistas se dirigen contra los migrantes, la comunidad Lgbti y contra quienes militen en las izquierdas.


En 2016, en la ciudadela de Fermo, un hombre de tez negra es golpeado hasta la muerte por haber reaccionado a los insultos que un grupo de hinchas gritaba en contra de su esposa: la llamaban “asquerosa mona”. En febrero 2018, Luca Traini, candidato en 2017 del partido de extrema derecha Liga Norte, sale a las calles de la pequeña ciudad de Macerata con una pistola en la mano e hiere a seis migrantes, todos africanos. Marzo del mismo año, nuevamente en Florencia: Roberto Pirrone, desempleado de 65 años, víctima de la crisis económica, sale a la calle y dispara a Idy Diene, el único paseante de piel negra, que muere en el acto. Estalla la rabia de la comunidad senegalesa que vuelve a ser objeto del odio neofascista. Las instituciones de la ciudad reprimen la protesta, hablando tramposamente de un gesto desesperado, dirigido en contra de Diene por pura casualidad. La esposa de Diene, Rokhaya Mbengue, ya viuda por el primer atentado neofascista de 2011, llora a otro marido.


En julio, Soumaila Sacko, migrante y representante de la Unión Sindical de Base (USB), es asesinado con un disparo de carabina mientras ayuda a otros migrantes a recolectar láminas para construirse un refugio cerca de Rosarno, en Calabria. Sacko, originario de Mali, trabajaba en los campos de tomates bajo el control de la Ndrangheta, la mafia calabresa. Esos cárteles ya habían aparecido en los medios en 2008 y 2010 por disparar sobre los trabajadores migrantes que habían organizado una marcha para pedir un trato laboral justo, poniendo en luz la cara oculta de las migraciones y del racismo itálico: la semiesclavitud.


Paralelamente a la violencia callejera y mafiosa, el racismo institucional gana en intensidad en la última década. Hoy la vida de los migrantes representa una apuesta electoral que encubre con el manto de la legalidad prácticas xenófobas extremas. Todas las administraciones italianas, de centro-izquierda y de centro-derecha, en colaboración con las instituciones europeas, han pretendido manejar las migraciones a través de los Centros de Identificación y Expulsión que, de hecho, son campos de concentración donde los migrantes son privados de la libertad por un tiempo indefinido, en espera de ser expulsados al país de origen, a veces sin importar su estatus de prófugos ni el riesgo que enfrentarían al regreso.


El 4 marzo pasado, los resultados electorales otorgaron el poder a una coalición populista de derechas, de manera que el racismo corriente y el racismo institucional confluyen en un clima de intolerancia. El actual gobierno pactado entre los “euroescépticos” Movimiento 5 Estrellas y Liga Norte, y formalmente liderado por el jurista Giuseppe Conte, ha decretado en junio que el barco de rescate Aquarius fuera obligado a atravesar el Mediterráneo en condiciones precarias para alcanzar el puerto de Valencia. El ministro del interior Matteo Salvini, líder de la Liga Norte, había dado la orden de cerrarle el acceso a todos los puertos del país. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), los migrantes fallecidos en el Mediterráneo en los últimos 4 años son casi 17.000.


Después de la guerra que las potencias de la Otan declararon al régimen de Muamar Gadafi y su asesinato en octubre de 2011, los acuerdos entre el gobierno italiano y el imprevisible gobierno libio llevaron a la creación de unas fronteras de contención en territorio norteafricano, cuyos efectos son devastadores: campos en los cuales quienes migran son retenidos, privados ilegalmente de su libertad, vendidos como esclavos, sometidos a desapariciones, torturas y violaciones, según señalan varias Ongs.


Elecciones políticas y avanzada populista


El actual clima político poco a poco estructurado a lo largo de una crisis de referencias abismal, de la cual las elecciones parlamentarias de marzo de 2018 fueron el termómetro y, a la vez, su punto de aceleración. El principal partido de gobierno, el Partido Demócrata (PD), llegó a los comicios fragmentado y cayó a su mínimo histórico de 18.8 por ciento, cuando sólo cuatro años antes, en las elecciones europeas de 2014, había alcanzado su máximo de 40.8. En términos de votos, se trató de una baja de 11.172.861 alcanzados en 2014, a 6.161.896, en 2018; es decir, perdió casi la mitad del electorado.


Heredero de la unión entre el ala izquierda de la antigua Democracia Cristiana (DC), partido de gobierno entre 1946 - 1994, durante la llamada Primera República, y la parte mayoritaria del viejo Partido Comunista (PCI), el PD surgió como el último intento de esa estabilización política iniciada a finales de la década de 1970, cuando DC y PCI gobernaron juntos, mediante un “compromiso histórico”. Fundado en 2007, el PD abrazó desde sus inicios la llamada “tercera vía” (economía mixta y centrismo-reformismo), pero acentuó su orientación hacia las políticas de austeridad con la crisis económica de la última década y, en particular, con la secretaría del primer ministro Matteo Renzi (2014-2016), promotor de reformas estructurales de corte neoliberal en cuestiones de retiro, trabajo, escuela y obras de infraestructura.


Los altos índices de desempleo, sobre todo juvenil, y la frustración de las expectativas de crecimiento económico llevaron el PD a la debacle electoral, de la cual se beneficiaron la Liga Norte y el Movimiento 5 Estrellas (M5S, por su sigla en italiano), partidos populistas que llevaron adelante una exitosa propaganda anti-inmigrantes, respaldada por los medios de comunicación. La Liga, nacida a finales de los años ochenta como partido autonomista del norte productivo de Italia en contra de la inmigración interna desde el sur y de las políticas asistenciales, fue ampliamente re-estructurado como partido de extrema derecha nacionalista bajo el liderazgo de Salvini. Su capacidad de capitalizar el descontento social con una retórica de odio hacia los inmigrantes, y con una postura crítica hacia la Unión Europea, lo llevó a su máximo histórico de 17.4 por ciento de los sufragios, rebasando a su antiguo aliado Forza Italia, del exprimer ministro Silvio Berlusconi, que se quedó con el 14 por ciento. Por otro lado, el M5S, creado por el cómico y showman Beppe Grillo como movimiento anti-corrupción y en contra de los altos costos de la política, se afirmó como primer partido con el 32.7 por ciento de los votos. Si bien en sus inicios logró aglutinar ecologistas, movimientos antimafia y personas descontentas con los partidos de izquierda, a lo largo de los últimos años su propuesta política se acercó cada vez más a una retórica “securitaria” de tintes racistas. No constituyó por lo tanto una sorpresa que, ante la ausencia de un único ganador de la mayoría parlamentaria, tanto en la Cámara como en el Senado, y tras dos meses de negociaciones, el gobierno conformado fuera el producto de la alianza entre estos dos partidos.


M5S y LN habían centrado su campaña electoral en una política de cierre a la inmigración y de contraste con las políticas de austeridad neoliberal de la UE, pero a la hora de tomar posesión el gobierno tuvo que renunciar de hecho a este segundo punto. Emblemático de su aceptación de los parámetros económicos europeos fue la casi-crisis diplomática del pasado 27 de mayo: el gobierno estaba listo para el nombramiento institucional por parte del presidente de la República, Sergio Mattarella, cuando éste impuso la sustitución del ministro de Economía, Paolo Savona, considerado por los mercados financieros contrario a las políticas comunitarias. Dicho episodio puso en claro que en la Unión Europea pueden caber políticas de limpieza étnica y de violación de los derechos humanos, pero no resulta viable un cuestionamiento de las políticas macroeconómicas de austeridad.


Una crisis de espectro completo


Las profundas transformaciones de la Italia de hoy sólo se entienden adentrándose en el sentimiento de crisis que las permea: el desequilibrio económico, producto de la crisis financiera de 2007/08, y también las tribulaciones del sistema político, así como la brutal descomposición del tejido social, cultural, de sentido, de identidad y de imaginación. Y, de manera cada vez más dramática y parcialmente discordante con las otras naciones europeas, una crisis de la capacidad de elaborar una alternativa por parte de la izquierda y de los movimientos sociales.


Es difícil hallar analogías entre la Italia contemporánea y la de hace medio siglo. Tras el boom económico de las décadas de 1950 -1960, el país se revelaba como una de las naciones más industrializadas del planeta: los automóviles Fiat, los neumáticos Pirelli, las máquinas de escribir de la Olivetti se vendían en todo el mundo, mientras enteras generaciones de jóvenes nacidos en el sur agrícola y empobrecido emigraban al norte para trabajar en la línea de montaje. El PCI era el más grande de Occidente y obtenía alrededor del 30 por ciento de los sufragios; a su izquierda, después del 68, crecieron vigorosas vanguardias revolucionarias obreras y estudiantiles. La clase obrera articulaba sus espacios de vida y de comunidad en el sindicato, en las “casas del pueblo” y en las fábricas ocupadas. Tras la crisis petrolera de 1973, un nuevo proletariado juvenil precarizado irrumpió con una crítica radical a la sociedad fordista con su ética del trabajo y explotación de la vida: su punto álgido fue el movimiento de 1977, cuando una nueva izquierda autónoma confrontó en las calles el reformismo al PCI y su “compromiso histórico” con la DC.


La represión que siguió, ampliamente favorecida por el propio PCI, empujó a esa generación rebelde hacia la cárcel, el exilio, la heroína, la lucha armada o el reflujo a lo privado. A su vez, el sistema productivo, en parte para desarticular a la clase obrera, en parte respondiendo a las nuevas directrices neoliberales, fue fragmentando las fábricas en una red de pequeños nudos productivos. La política garantizó un nuevo patrón anti-inflación, con consecuencias brutales sobre los salarios, y la privatización paulatina de las empresas públicas, desde las telecomunicaciones hasta las autopistas, para llegar, en el nuevo siglo, al sistema universitario. Efectos particularmente impactantes tuvo, en el plano cultural, la privatización del sistema televisivo, que benefició al magnate Berlusconi, quien impuso un nuevo imaginario social, individualista y machista en amplios sectores sociales, y logró ser elegido Primer Ministro en tres ocasiones: 1994, 2001 y 2008.


Frente a estos cambios, el PCI decidió adherir abiertamente al sistema, transformando sus sindicatos y sus cooperativas en poderosas agencias capitalistas. Después de la desintegración de la URSS, el partido cambió rápidamente de nombre por el de Partido Democrático de la Izquierda (PDS) y luego en PD. A su izquierda, nació el Partido de la Refundación Comunista (PRC), quien se propuso como un referente político para los movimientos que habían sobrevivido a la represión de los 70, recreando sus espacios de afinidad y de liberación a través de la ocupación de los inmuebles que el proceso de desindustrialización había dejado vacíos: los llamados “centros sociales”. En la década de 1990 hubo cierta recuperación de la izquierda anticapitalista, que votó (cuando lo hizo) por el PRC y otros partidos de izquierda (un 10%), y que se movilizó contra el sistema. Sin embargo, con el milenio sobrevino una nueva crisis de la izquierda política y social. La primera debido al involucramiento en dos gobiernos de coalición de centro-izquierda, en 1996-98 y en 2006-08, durante los cuales no supo incidir en nada contundente y participó en la aprobación de leyes de flexibilización del trabajo, de contraste a la inmigración y de refinanciamiento de la misión de guerra en Afganistán.


La izquierda social entró en crisis en Génova en 2001: en julio de ese año, el movimiento anti-globalización, creado en Seattle y Porto Alegre, se dio cita en la ciudad italiana para contestar al G8. La represión desatada en aquella ocasión produjo un muerto, cientos de heridos, arrestos, violencias sexuales y torturas por parte de la policía, provocando una división al interior del movimiento sobre el uso de la violencia política y las estrategias de acción.


El ascenso del Movimiento 5 Estrellas


La fragmentación de las clases populares siguió avanzando a la par del crecimiento de la inmigración extranjera y la crisis económica. La inmigración nunca llegó a los niveles de emergencia pregonados por la derecha, pero impactaba en un país que había sido de emigrantes. Desde los años noventa, el flujo migratorio proveniente de Albania, del ex bloque soviético y de la ex Yugoslavia, había permitido que la Liga Norte se aprovechara de la situación para insuflar el miedo al extranjero. Con la crisis económica de 2008, el dramático aumento de los índices de desempleo y el empobrecimiento de las clases medias, la retórica del miedo escaló un consenso político que abarcó prácticamente todo el espectro parlamentario. Además, con el aumento de los flujos migratorios desde África subsahariana, la propaganda xenófoba se asoció cada vez más a la línea del color, generando un odio de tintes explícitamente coloniales hacia los negros.


La inmigración es y ha sido un formidable distractor del aumento constante de la desigualdad y del abaratamiento del costo del trabajo. Un efecto parecido lo tuvo la propaganda alrededor de la “casta política”. El origen de este término se encuentra en la encuesta judiciaria “Mani Pulite” (manos limpias) que, en 1992, perturbó la clase dirigente al poner al descubierto un sistema de corrupción que involucraba políticos y clase empresarial. Los dos mayores partidos de gobierno, DC y Partido Socialista, fueron literalmente destruidos por las encuestas, generando el espacio para la emergencia de Berlusconi y el inicio de la llamada Segunda República. En 2007, Gian Antonio Stella y Sergio Rizzo, dos periodistas del Corriere della Sera, principal periódico italiano, publicaron un libro que tuvo un éxito editorial estrepitoso, La Casta, donde denunciaban el contexto de corrupción y de privilegios de la clase política italiana en la era del “berlusconismo”. Aprovechando la herencia de los movimientos anti-berlusconianos de la década de 2000, el M5S salió a flote como una propuesta anti-corrupción y anti-casta. El salto hacia adelante como fuerza política se lo debe a su capacidad de unir el discurso anti–casta al descontento social producido por la crisis.


En octubre de 2008, un mes después de la quiebra del gigante financiero estadounidense Lehman Brothers, un poderoso movimiento estudiantil llenó las calles de las ciudades italianas para manifestarse contra el recorte y privatización del sistema universitario, promovidos por la ministra berlusconiana Mariastella Gelmini. La negativa del gobierno a tratar con el movimiento lo radicalizó hacia finales de 2010, llevando a la ocupación de muchas universidades y palacios públicos, al bloqueo de autopistas, aeropuertos y estaciones ferroviarias, y a choques brutales con la policía. En 2011, el movimiento desbordó las universidades invadiendo el mundo del arte, con la ocupación de numerosos teatros y espacios de cultura, exigiendo la defensa de los bienes comunes y rechazando la privatización del agua y la utilización de la energía nuclear. Asimismo tomaban fuerza los movimientos en defensa del territorio, sobre todo en Val de Susa, cerca de Turín, donde se oponían a la construcción de una línea de ferrocarril de alta velocidad. Sin embargo, no lograron construir una plataforma política común que desafiara las políticas de austeridad de la UE en su conjunto, como en ese momento empezaban a estructurar el movimiento griego de Plaza Syntagma y el movimiento español de los indignados.


La total debacle de la izquierda política, que tras el fracaso de la participación en el gobierno de Romano Prodi había caído a menos de 4 por ciento del sufragio, quedando afuera del Parlamento, contribuyó a la anomalía italiana. Mientras los movimientos de la Europa mediterránea lograban conquistar espacios, en África del Norte se tumbaban dictadores con las Primaveras Árabes y en Estados Unidos emergía Occupy Wall Street, la manifestación oceánica de Roma el 15 de octubre de 2011 resultó en una fractura interna irresoluble en los movimientos sociales. Sólo un mes después, Berlusconi perdía la mayoría en el Parlamento, debido a su rechazo en aplicar algunas disposiciones de la Troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y FMI). Tomaba su lugar Mario Monti, tecnócrata y ex asesor de Goldman Sachs, quien, beneficiándose de veinte años de anti-berlusconismo legalitario y justicialista, implementó una reforma de pensiones neoliberal, e incorporó el principio del equilibrio presupuestario en la propia Constitución.


En las elecciones de 2013, una izquierda sin brújula y un movimiento social en reflujo permitieron que el M5S explotara su naturaleza de partido anti-casta y anti-UE, cosechando sus frutos gracias a su apoyo, aunque marginal, a las luchas para el agua pública y en defensa de los territorios: llegó al 25 por ciento de los votos, presentándose como fuerza antisistémica y rompiendo el bipolarismo del sistema electoral. Como lúcidamente comentó el colectivo de escritores Wu Ming, los 5 Estrellas tuvieron un importante rol en la despolitización del descontento social, “ocupando un espacio… para dejarlo vacío”.


La economía política del racismo


En estos últimos años, M5S y Liga han capitalizado el descontento por las políticas de “lágrimas y sangre” impulsadas por los gobiernos de coalición liderados por el PD. En particular, el rechazo hacia las políticas económicas de la UE adoptadas integralmente por estos, empujó a los votantes hacia las dos fuerzas que se presentaban con un discurso nacionalista de soberanía monetaria. Tras el gobierno de Monti y el insípido paréntesis del gobierno Letta, llegó al poder sin pasar por elecciones, sino con un simple golpe al interior del PD, el joven alcalde de Florencia, Matteo Renzi. Presentándose como un renovador y un hombre de centro-izquierda, logró lo que Berlusconi no tuvo la capacidad de hacer. Obedeciendo a los banqueros europeos y a la asociación local de industriales (Confindustra), Renzi obró sobre dos vertientes: mantener bajo control el gasto del Estado, renunciando al estado de bienestar, y propiciar reformas neoliberales a favor de bancos y empresas. La reforma educativa, autodenominada “Buena escuela”, echó para atrás la democracia escolar, conquistada durante décadas de luchas estudiantiles, y obligó a los estudiantes a trabajar gratuitamente para las empresas durante el verano, lo que provocó casos de infortunios, muerte en el trabajo y acoso sexual a menores. Por otro lado, el Jobs Act, en inglés para dar un guiño al marketing, fue la reforma del trabajo que precarizó definitivamente la vida de miles de trabajadores: emendó el avanzadísimo Estatuto de los Trabajadores (hijo de las luchas obreras de los sesenta) que entre otras cosas imponía la recontratación de una persona despedida injustamente. Además, regaló 2 millones de euros a las empresas para que generaran puestos de trabajo.


El gobierno Renzi, sin embargo, fracasó el 4 de diciembre de 2016. Tuvo que renunciar por la derrota en el referendo constitucional con el cual había intentado crear un presidencialismo de facto, para garantizar la gobernabilidad a una democracia en crisis de credibilidad. En su lugar entró Paolo Gentiloni, de su mismo partido.


La profundización de la crisis durante los gobiernos del Partido Demócrata, sin importar sus liderazgos, provocó la urgencia de identificar a un chivo expiatorio. Pronto el PD adoptó una actitud de derecha contra los migrantes con la esperanza de contener la hemorragia de votos. Marco Minniti, ministro del interior del gobierno Gentiloni, tuvo una postura tan dura en contra del trabajo de las Ongs que se dedican al rescate de vidas en el Mediterráneo, que hasta su sucesor leghista Matteo Salvini le ha reconocido los méritos. Desató así mismo la represión hacia los movimientos sociales y cualquier forma de solidaridad con los migrantes. El caso de la ciudad de Ventimiglia, en la frontera con Francia, resulta emblemático: en el verano de 2015 a un plantón de migrantes que pedían entrar a Francia se unieron cientos de jóvenes de asociaciones y centros sociales, generando una de las expresiones más avanzadas de solidaridad real. La administración local del PD declaró ilegal dar de comer a los migrantes y desalojó violentamente el plantón.


¿Un nuevo fascismo? Los desafíos de los movimientos sociales


Es difícil definir con certeza qué es y qué consecuencias tendrá el régimen político italiano actual. Apelar al fascismo puede ser resbaloso, en cuanto las garantías constitucionales siguen vigentes. No obstante, ha deshecho culturalmente el pacto de lo no aceptable establecido tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial y el holocausto. Cada vez más se encuentra la forma de justificar racionalmente el abandono inhumano de los náufragos en alta mar, los registros coactivos de la población gitana, las agresiones contra la población homosexual y negra, realizando la transición cultural a una sociedad represiva.


El racismo y la homofobia popular y la conducta del gobierno italiano se retroalimentan electoralmente, apelando a un bienestar que se sostiene en un implícito fundamento colonialista: que Europa no tiene porqué compartir con nadie su riqueza ni su territorio.


Desde abajo, los movimientos sociales hacen un trabajo fundamental ante la impotencia del asociacionismo institucionalizado: ocupan inmuebles para que todos tengan un techo, organizan escuelas populares de lengua italiana, y fortalecen sindicatos en sectores de mano de obra migrante, como en el caso de los peones en el sur y de los trabajadores de la logística en el norte. Y en las periferias urbanas intentan crear prácticas de autodefensa frente a las rondas neofascistas que circulan para “cazar” migrantes.


Sin embargo, es un dato dramático que estos movimientos no crezcan más allá de un estricto circuito de activistas ni construyan proyectos políticos que disputen la hegemonía cultural a la derecha. Recientemente, la única propuesta política alternativa fue el lanzamiento del movimiento ¡Poder al Pueblo!, que se ha presentado en las elecciones de marzo, obteniendo apenas el 1.1 por ciento de los votos. El nuevo gobierno, si bien es expresión de un consenso amplio entorno a su postura racista, en el largo plazo tendrá dificultad. Como señala Giacomo Cucignatto, economista de la Universidad de Roma 3: “Liga y M5S no parecen intencionados a cuestionar seriamente las reglas del juego europeas, ni sus desequilibrios distributivos que afectan el contexto italiano y las economías mediterráneas: la principal propuesta del M5S, la renta básica de ciudadanía, no es financieramente compatible con la propuesta de la Liga de flat tax, es decir de cancelación de la progresividad fiscal a favor de los ricos, y ambas propuestas han sido postergadas indefinidamente por incompatibilidad con los parámetros monetaristas de la UE”. Por tanto, es factible que se abran espacios para nuevas iniciativas de las izquierdas, cuyo principal reto hoy son la consecución de una estrategia efectiva que favorezca una amplia organización social y una posición clara acerca de la relación con la Unión Europea, que se exprese a través de un discurso comprensible y no sectario.

* Doctorandos en Estudios Latinoamericanos, Unam y co-redactores del blog “Lamericatina”.

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