Viernes, 30 Octubre 2015 06:23

Se acelera el fin del ciclo progresista

Se acelera el fin del ciclo progresista

Cada quien elige el lugar desde el cual mira el mundo, pero esa elección tiene consecuencias y determina lo que puede ver y lo que irremediablemente se le escapa. El punto de observación no es nunca un lugar neutro, como no lo puede ser el que observa. Más aún, el observador es modelado por el lugar que elige para realizar su tarea, al punto que deja de ser mero espectador para convertirse en participante –aunque se diga objetivo– de la escena que cree sólo observar.


Ante nosotros se despliegan las más diversas miradas: desde aquellas localizadas en los estados (partidos, fuerzas armadas, academias), las que se emiten desde los países poderosos y el capital financiero, hasta las miradas ancladas en las comunidades indígenas y negras, y en los movimientos antisistémicos. Un amplio abanico que podemos sintetizar, con cierta arbitrariedad, como miradas de arriba y miradas de abajo.


Las opiniones vertidas en meses recientes sobre la situación que atraviesan los gobiernos progresistas sudamericanos dicen más del observador que de la realidad política que pretenden analizar. Desde los movimientos y las organizaciones populares que resisten el modelo extractivo, las cosas se ven bien distintas que desde las instituciones estatales. Ninguna novedad, aunque esto suele alarmar a quienes creen ver la mano de la derecha en las críticas al progresismo y en los movimientos de resistencia.


Para el que escribe, es la actividad o la inactividad, la organización para el combate, la dispersión o la cooptación de los movimientos, el aspecto central a tener en cuenta a la hora de analizar los gobiernos progresistas. Sólo en segundo lugar aparecen otras consideraciones, como los ciclos económicos, las disputas entre los partidos, los resultados electorales, la actitud del capital financiero y del imperio, entre muchas otras variables.


Hace más de dos años hablamos del fin del consenso lulista a raíz de las masivas movilizaciones de millones de jóvenes brasileños en junio de 2013 (http://goo.gl/lS9K9R). Varios analistas brasileños explicaron las movilizaciones de aquel año en un sentido similar, destacando que se trataba de un parteaguas en el país más importante de la región.


Hace un año dije que el ciclo progresista en Sudamérica ha terminado, en relación con el balance de fuerzas que surgía de las elecciones brasileñas, consecuencia directa de las protestas de junio de 2013 ( http://goo.gl/z92152 ). El Parlamento que emergió de la primera vuelta era considerablemente más derechista que el anterior: los defensores del agronegocio consiguieron una mayoría aplastante; la bancada de la bala, compuesta por policías y militares que proponen armarse contra la delincuencia, y la bancada antiaborto, escalaron posiciones como nunca. El PT pasó de 88 diputados a 70.


Muchos desestimaron la importancia de junio de 2013 y de la nueva relación de fuerzas en el país, confiando en el carisma de dirigentes como Lula, en su capacidad casi mágica para contrarrestar un escenario que se les había vuelto en contra. Los resultados están a la vista.


El fin del ciclo progresista podemos verlo con mayor claridad a la luz de los nuevos datos que arrojan los hechos recientes.


Primero. Estamos ante una nueva fase de los movimientos que se están expandiendo, consolidando, modificando sus propias realidades. Aún no estamos ante un nuevo ciclo de luchas (como los que vivieron Bolivia de 2000 a 2005 y Argentina de 1997 a 2002), pero se registran grandes acciones de los abajos que pueden estar anunciando un ciclo. La movilización de más de 60 mil mujeres en Mar del Plata y la enorme manifestación Ni una menos (300 mil sólo en Buenos Aires contra la violencia machista) hablan tanto de la expansión como de la reconfiguración.


La resistencia a la minería está paralizando o enlenteciendo proyectos de las trasnacionales, sobre todo en la región andina. Perú, que concentra un elevado porcentaje de conflictos ambientales, registró varios levantamientos populares y comunitarios contra las mineras. Por primera vez en años, la inversión minera en América Latina está retrocediendo. En 2014 cayó 16 por ciento y en el primer semestre de 2015 cayó otro 21 por ciento según la Cepal. Las razones que aducen son la caída de los precios internacionales y la porfiada resistencia popular.


Segundo. La caída de los precios de las commodities es un golpe duro a la gobernabilidad progresista, que se había asentado en políticas sociales que fueron posibles, en gran medida, por los excedentes que dejaban los altos precios de las exportaciones. De ese modo se pudo mejorar la situación de los pobres sin tocar la riqueza. Ahora que cambió el ciclo económico sólo se pueden sostener las políticas sociales combatiendo los privilegios, algo que pasa por la movilización popular. Pero la movilización es uno de los mayores temores del progresismo.


Tercero. Si el fin del ciclo progresista es capitalizado por las derechas, no es responsabilidad de los movimientos ni de las luchas populares, sino de un modelo que promovió la inclusión a través del consumo. Un excelente trabajo de la economista brasileña Lena Lavinas sobre la financierización de la política social asegura que la novedad del modelo socialdesarrollista es haber instituido la lógica de la financierización en todo el sistema de protección social ( http://goo.gl/XyrcPF ).


Por medio de la inclusión financiera los gobiernos de Lula y Dilma pudieron potenciar el consuno de masas, vencer la barrera de la heterogeniedad social que frenaba en América Latina la expansión de la sociedad de mercado. Para los sectores populares, supuestos beneficiarios de las políticas sociales, se trata de un retroceso: En lugar de promover la protección contra riesgos e incertidumbres, aumenta la vulnerabilidad.


El consumismo, decía Pasolini hace casi medio siglo, despolitiza, potencia el individualismo y genera conformismo. Es el caldo de cultivo de las derechas. Están consechando lo que sembraron.

 

Publicado enSociedad
Arrasa el comediante Jimmy Morales en Guatemala

El comediante y derechista Jimmy Morales, recién iniciado en la política, se proclamó ganador de las elecciones celebradas este domingo en Guatemala, marcadas por un elevado abstencionismo, y se comprometió a luchar contra la corrupción, poco después de que cifras preliminares oficiales le daban 72.39 por ciento de votos, con 69.56 por ciento de las mesas escrutadas.


Con este voto que me dieron recibo el mandato de luchar contra la corrupción que nos ha carcomido, declaró Morales, de 46 años, en un mensaje por televisión, mientras su contrincante Sandra Torres, socialdemócrata de 60 años, que obtuvo 27.61 por ciento de votos, de acuerdo con el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE), reconoció su derrota.


Gracias por este voto de confianza. Mi compromiso sigue siendo con Dios y con el pueblo de Guatemala; me esforzaré con todo mi corazón para no defraudarlos, agregó el popular cómico de cine y televisión.


A Morales se le critica por haber sido postulado por el partido derechista Frente de Convergencia Nacional (FCN), fundado por militares retirados. No obstante, analistas estiman que su éxito responde al rechazo a los políticos, exacerbado por el escándalo de corrupción que salió a la luz pública en abril pasado en torno a una red de desfraudación en aduanas, que llevó en septiembre a la renuncia y encarcelamiento del presidente Otto Pérez.


La participación del padrón de 7.5 millones de electores se redujo a 37.42 por ciento, la mitad de los que votaron en la primera vuelta de los comicios generales del 6 de septiembre, cuando también se eligieron 158 diputados al Congreso Nacional, 338 alcaldes y 20 diputados al Parlamento Centroamericano.


Torres, abanderada de Unidad Nacional de la Esperanza, tuvo a su cargo los programas sociales del gobierno de su ex esposo Álvaro Colom (2008-2012).

Publicado enInternacional
Gustavo Petro: "La guerra en Colombia ha adormecido a la izquierda"

Gustavo Petro tendrá el próximo domingo un sucesor en la Alcaldía de Bogotá. Este exguerrillero del M-19 de 55 años, exmiembro del Polo Democrático, partido de izquierda que abandonó para formar parte del movimiento Progresistas, fue uno de los senadores mejor valorados de la historia reciente de Colombia, especialmente por sus investigaciones sobre el paramilitarismo y su relación con el expresidente Uribe. Sin embargo, su trayectoria política en el Congreso no ha impedido que su gestión al frente del consistorio haya sido muy criticada. Hasta tal punto que fue destituido e inhabilitado después de que el Ministerio Público encontrase fallos en el sistema de limpieza que planteó para la capital.


Durante casi hora y media el regidor defiende en su despacho sus medidas con una solemne convicción que se transmite en su tono pausado. En su discurso casi no aparece la autocrítica. Cada uno de los objetivos que no ha logrado es, en su opinión, porque ha habido un obstáculo, ya sea la oposición, la élite o un juez, que lo ha impedido. Y para remachar estos ataques acompaña sus argumentos con un golpe con el pie. Ante la proximidad de las elecciones, cree que las encuestas, que dan como ganador a Enrique Peñalosa del partido Cambio Radical, al que derrotó hace cuatro años, no son del todo reales y recalca que esta semana se decidirá el voto de los indecisos.


El alcalde considera que defender el empoderamiento de las clases populares y su enfrentamiento con una parte de la derecha y de la élite bogotana (que no esconde), han dañado su imagen. No obstante, las críticas contra su gestión –que no provienen exclusivamente de esa clase alta que señala- y la de sus dos predecesores, Lucho Garzón y Samuel Moreno, marcadas por escándalos de corrupción, ponen en duda si la izquierda, cuya nueva candidata es Clara López, seguirá al frente de la capital colombiana después de 12 años.


Pregunta. ¿Qué balance hace de su gestión?


Respuesta. Nos propusimos tres metas: superar la segregación social, adaptar la ciudad al cambio climático y fortalecer el poder público después de dos décadas de política económica neoliberal. No se puede superar la segregación social sin un equilibrio entre la ciudad y la naturaleza. Justicia social y justicia ambiental van de la mano.


P. ¿Cuál cree que es su mayor legado?


R. Bogotá es una ciudad que está a punto de acabar con la pobreza extrema: tiene una tasa del 0,9% (según indicadores de la ONU). Han salido de la pobreza 450.000 personas. Mucho más crítico ha sido el tema del cambio climático. Implica un cambio político y social, de cultura, que aunque está asociado a cada individuo, en realidad provoca una transformación en las relaciones de poder de una ciudad.


P. Su papel como senador fue muy valorado. Como alcalde su gestión ha sido muy criticada. ¿Cómo ha sido ese tránsito?


R. Nunca tuve reconocimiento, a mí lo que querían eran matarme. Yo estaba luchando contra Uribe, y la mayor parte de la población estaba con él por su imagen de pacificador. La gente no conocía la situación de derechos humanos que sufrían millones de personas porque los medios de comunicación lo ocultaban. Por esta razón, el senador que realizó la tarea de mostrarle a la opinión pública qué pasaba, qué era el paramilitarismo y cuál era el papel del presidente de la República en su formación, se volvió muy impopular. Mi labor se reconoce hoy. La experiencia como alcalde será similar.


P. ¿Se siente frustrado?


R. Es un proceso. Ahora llegan unas elecciones que van a ser una forma de medir mi gestión. El domingo se sabrá si la población quiere que continúen o no estas medidas. Cuando pase el tiempo los esfuerzos serán valorados.


P. Usted sabía que se deberían enfrentar a una élite, ¿por qué decidió confrontarse y no negociar con ella?


R. Cuando se vive en una sociedad con gobiernos que han contemplado el asesinato de 200.000 personas, cuyos autores se sientan a hacer leyes, se puede plantear la palabra concertación y una pose de socialdemócrata. Yo quise una ruptura. Mostrarle a la gente otra opción. No me interesa que me inviten a los clubes privados, un puesto en una gran empresa,... Me interesa construir una sociedad más igualitaria y más democrática.


P. ¿Incluso si esa postura es a costa de no conseguir sacar adelante medidas que podrían haber favorecido a las clases populares?


R. Una política pública como la de otorgar vivienda para víctimas de la violencia se ha detenido por un juez. ¿Fui derrotado o esta discusión seguirá y llegará el día que se acaben los estratos en la ciudad? La forma de superar la pobreza es incluir a las capas más humildes en las transacciones económicas que genera una ciudad.


P. ¿No siente que debería haber negociado más?


R. Creo que es sobre la base de la ruptura que se puede negociar. No solo en Bogotá, en Colombia. Concertamos con Santos, dejamos de pensar lo que pensamos para acabar la guerra.


P. ¿Quién cree que puede ser su mejor sucesor?


R. No puedo decirles. Aquí hay una norma que prohíbe hacerlo y el procurador está esperando para procesarme como por quinta vez y destituirme. Él está buscando sacarme de la contienda del 18 [las elecciones presidenciales].


P. Pacho Santos, el candidato del partido de Uribe, el Centro Democrático, parte en último lugar en las encuestas. ¿Cree realmente que es su candidato?


R. No, hay un plan B.


P. ¿Ese plan B implicaría al candidato que va primero en las encuestas, Enrique Peñalosa (Cambio Radical)?


R. Quien va adelante depende del gusto de cada encuesta.


P. Usted le ha dado su apoyo a Clara López...


R. El movimiento político al que pertenezco ha dado el apoyo a Clara López.


P. ¿Si después de tres gobiernos de izquierda no gana Clara López será culpa suya o se tratará de un voto de castigo?


R. El primer Gobierno de izquierda concertó y no hizo rupturas. El segundo no fue de izquierda, fue de corrupción. Y este ha sido un Gobierno de izquierda que ha querido hacer ruptura, y por eso recibe este embate. Veremos el resultado el domingo.


P. Clara López dio su apoyo a Santos para lograr la reelección. ¿Cree que al presidente o el candidato de su partido, Rafael Pardo, debería haber tenido un gesto con ella?


R. No he visto la misma generosidad que tuvimos nosotros. Y no lo digo tanto en términos de candidatos, como con el metro. Santos pudo dar un mensaje muy claro de: "Vamos a hacer el metro" ¿Por qué no lo hizo? Por un problema de sectarismo político. Era darle a la Administración de Bogotá Humana [el programa de Gobierno de Petro] la marca histórica de que fue la que logró, por fin, destrabar el metro para una ciudad de ocho millones de habitantes.


P. ¿Espera algún gesto de aquí al domingo?


R. El domingo puede ocurrir cualquier cosa. Esta semana es cuando empieza a decantarse la toma de decisiones del 25% del electorado. Ahí empieza a valer Bogotá Humana, no hace un mes o dos meses.


P. ¿Cómo ha sido su relación con el Gobierno de Santos?


R. El Gobierno de Santos no es homogéneo. Una cosa es el presidente, otra el vicepresidente. En términos de paz, por ejemplo, no se escucha al vicepresidente hablando de este tema. Tiene aspiraciones presidenciales y ve en la alcaldía a su rival. Hemos tenido secciones del Ejecutivo con las que hemos trabajado bien y otras adversas.


P. ¿Cómo valora la figura del presidente y su apuesta por la paz?


R. Veo al presidente Santos como al clásico político bogotano de la élite, que olfatea y cambia. Unos lo llaman oportunismo, otros lo pueden considerar buena política. Ese pragmatismo hoy puede ser positivo porque el mundo va a sufrir un cambio de paradigma. Una parte de la oligarquía colombiana, y ahí entra Santos, sabe que tiene que haber una ruptura con Uribe si quiere seguir articulado con el mundo. Y Santos entiende que lo que le haría pasar a la historia es acabar la guerra. Ahí se encuentra con nosotros. Si la guerra acaba, la derecha pierde su popularidad.


P. Desde su experiencia como exguerrillero, ¿qué condicionantes se tienen que dar para que los miembros de las FARC puedan aspirar a participar en política?


R. El contexto histórico marca diferencias. El origen de las FARC está en un campesinado rural que del liberalismo transita al estalinismo, ¿dónde está el criterio democrático ahí? El tema de discusión no es la democracia, al 99,9% de los combatientes les importa un comino participar en las elecciones. Puede haber un núcleo, sobre todo en la dirigencia, a la que sí le importe, lo cual podría provocar un riesgo: la separación con sus bases, el mayor temor del proceso de paz. El interés de la mayoría de los combatientes es la tierra, el núcleo de donde salieron, y el poder que hay ahí. Si ven que van a perder las relaciones de poder en el entorno rural donde nacieron, se arman de nuevo.


P. ¿Qué futuro tiene la izquierda en Colombia?


R. Si la guerra acaba, ese conservadurismo de la sociedad colombiana cede. La sociedad empieza a mirarse a sí misma, a sus problemas. La guerra ha sido un adormecedor de la conflictividad social.


P. ¿Un adormecedor de la izquierda?


R. Sí, claro. Desde todo punto de vista, incluso el ideológico. Los fusiles no generan inteligencia.

Publicado enColombia
Lunes, 19 Octubre 2015 17:58

El "gran salto" de Clara

El "gran salto" de Clara

La poderosa oligarquía bogotana conformada alrededor de los negociosinmobiliarios facilitados por el primer Plan de Ordenamiento Territorial del alcalde Enrique Peñalosa en el 2001, al igual que las mafias de la contratación en la administración distrital, se trazaron hace algunos meses

el objetivo de sepultar a Clara López como candidata de una gran coalición de izquierda y progresista al primer cargo de la capital de la nación.

No han ahorrado artimaña, ni procedimiento torticero para socavar el prestigio social, el reconocimiento político y la prestancia intelectual de ella.

La etapa preliminar consistió en la más sucia campaña de difamación y señalamientos cargados de mentiras y afirmaciones absurdas para afectar su honra y su buen desempeño como alta funcionaria del Estado y el gobierno de la Capital.

Se pasaron por encima, no les importó, que bajo su gestión como alcaldesa encargada de la ciudad, sus habitantes le reconocieran un alto nivel de aceptación y confianza merced a las excelentes labores como gestora de los asuntos públicos de una urbe con más de 9 millones de habitantes, afectada por escándalos de corrupción en la construcción de una de las rutas de Transmilenio, en el que se encontraron involucrados prominentes figuras del establecimiento colombiano.

Para no ir muy lejos, la reciente captura por corrupción del gobernador de Cundinamarca, Álvaro Cruz, y la muy segura privación de la libertad de su esposa, Zoraida Cruz, permanente Secretaria de Enrique Peñalosa, es una evidencia palpable del alto grado de involucramiento de reconocidos nombres de la dirigencia política en los desfalcos y atracos protagonizados por los integrantes del Clan Nule, traídos a Bogota por intermediarios cercanos a los partidos políticos mayoritarios como la U, el Centro Democrático, el Conservador, el liberal y Cambio Radical. Muchos de cuyos concejales purgan largas penas en centros penitenciarios.

El caballito de batalla de la propaganda negra ha sido su articulación al gobierno de Moreno Rojas, en el que brillo por su rectitud y seriedad. A ella se le exige con sevicia funciones de fiscalización que los verdaderos encargados de tal menester no realizaron, incluyendo los poderosos medios de comunicación, que hoy se rasgan las vestiduras, después de haber mantenido un silencio cómplice con las irregularidades detectadas, como resultado de las abundantes prebendas y prestaciones de que disfrutaban en el gobierno y presupuesto distrital.

Igual sucedió con otros altos funcionarios de la época, que encargados de administrar la hacienda pública y autorizar los desembolsos, jamás emitieron las alarmas que les correspondía y hoy falsamente quieren lavarse las manos, como Ortega, el ex secretario de Hacienda del momento.

Ya en plena campaña el recurso ha sido la más descarada manipulación de las encuestas. Conocidas consultaras de opinión, ligadas a obscuros intereses corporativos y transnacionales, saltándose las normas y regulaciones electorales, han desplegado una brutal y ventajista campaña
para afectar el prestigio de Clara López, mediante encuestas amañadas que han tenido como fin manipular el "voto útil" para inflar el candidato de las simpatías de la gran oligarquía, el señor Enrique Peñalosa, asociado
con diversas irregularidades en la ciudad cuando fue su Alcalde, como las detectadas en la línea de Transmilenio por la Avenida Caracas y la Autopista Norte, en las que se realizó un fraude con costos cercanos al billón de pesos; igualmente las relacionadas con la instalación de los bolardos, y los procesos de privatización neoliberal de las más importantes empresas públicas para favorecer el enriquecimiento de conocidas roscas del contratismo.

Conociendo el ascendiente de Clara entre amplios sectores de la sociedad bogotana, dichos estudios y encuestas han pretendido descalificar y minimizar, con argucias de diverso orden, el amplio peso de su liderazgo, construido con tesón y transparencia. Es que nada de lo que acompaña a la candidata ha sido fruto de los favoritismos conocidos y de las prácticas del clientelismo predominante en las relaciones políticas y partidistas.

Todo indica que el artífice de esta descomunal campaña contra Clara López es el mismísimo Vicepresidente de la Republica, Germán Vargas Lleras, socio de Peñalosa, quien dispone de los más abundantes recursos presupuestales para apalancar sus pretensiones políticas.

Pero fallaron en sus planes. La campaña de Clara, que reúne a todos los sectores democráticos y de la izquierda progresista, ganó espacio y audiencia como resultado de sus propuestas en favor de los sectores más afectados por la crisis, la pobreza y la exclusión.

Clara lanzó un compromiso con las conquistas sociales alcanzadas en los años recientes por los gobiernos progresistas.

Sus iniciativas más audaces plantean la organización de un sistema universitario nocturno gratuito utilizando la infraestructura de los megacolegios para establecer una facultad de ciencias de la salud y una amplia red de ingenierías y profesiones avanzadas, acordes con la revolución científica y tecnológica de nuestros días.

Proponen la generación inmediata de 380 mil empleos para los jóvenes bogotanos.

Incluyen el buen vivir, los derechos plenos de la mujer, una ciudad de oportunidades, un desarrollo consistente de la industria y la garantía de los derechos políticos democráticos.

Lo más importante. Clara como abanderada de la paz con justicia social ha planteado convertir a Bogotá en la capital de la convivencia y la reconciliación, para hacer realidad los acuerdos avanzados en la Mesa de conversaciones de La Habana.

Todo lo anterior, junto a un formidable trabajo de organización y movilización electoral en los meses recientes, ha derivado en un alto y creciente reconocimiento popular y ciudadano de su liderazgo.

Pese a las zancadillas y trampas, hoy Clara ha dado un "gran salto", convirtiéndose en la más segura alternativa para conducir los asuntos de Bogotá en el periodo 2016-2019, como la primera mujer alcaldesa de la capital de los colombianos.

Es el avance que se consolidara en las elecciones del próximo 25 de octubre.

Publicado enColombia
Daniel Scioli, del FpV, favorito para ganar la elección presidencial en Argentina: sondeos

A una semana de las elecciones presidenciales y en el último tramo, la fórmula del gobernante Frente para la Victoria (FpV) con Daniel Scioli y Carlos Zanini continúa en el primer lugar e incluso con tendencia a aumentar el 41 por ciento, mientras que el segundo competidor de la coalición Cambiemos, que encabeza la derechista propuesta Republicana (PRO) de Mauricio Macri-Gabriela Micheti, se estanca en un 28 por ciento.


Varios encuestadores admiten que la fórmula oficial tiene posibilidades reales de imponerse en la primera vuelta, superando el 40 por ciento y diez puntos de diferencia con el segundo. Scioli suma 37.9 por ciento de intención del voto y alcanzaría 40.7 puntos, según una encuesta del Centro de Estudios de Opinión Pública (CEOP) divulgada este domingo.


El tercer aspirante Sergio Massa, continúa en el tercer lugar con 22 puntos y es difícil que pueda aspirar a ser protagonista de una eventual segunda vuelta.


En el cuarto lugar aparece la alianza Progresistas con la única mujer que compite por la presidencia, Margarita Stolbizer, con alrededor de 4.4 puntos y se mantiene firme en un quinto lugar el aspirante por el Frente de Izquierda, Nicolás Del Caño.
El CEOP que conduce el sociólogo Roberto Bacman, señala que el candidato presidencial Daniel Scioli ha reafirmado su posicionamiento y es el único que tiene una probabilidad cierta de ganar sin necesidad de recurrir a segunda vuelta.


En el segundo lugar, cita, se mantiene Cambiemos. Es cierto que Sergio Massa ha logrado un crecimiento importante en estas últimas tres semanas; sin embargo tal crecimiento, que lo ubica en el orden del 22 por ciento, no le alcanza hasta el momento para obtener el deseado lugar que le daría un hipotético pasaje para la segunda vuelta. Su proyección lo coloca superando el valor obtenido en las primarias, pero faltan muy pocos días y la cuesta a trepar es cada vez más empinada.


De acuerdo a Raúl Kollman , analista de Página 12, sostiene que Bacman, como la mayoría de los consultores se sorprenden con el fenómeno que se está viendo en esta elección: no aparece por ahora el voto útil, no hay polarización e incluso se puede hablar de lo contrario. Quienes registran crecimiento son los que van terceros, cuartos o quintos, es decir Massa, pero no hay que descartar la hipótesis de un posible una segunda vuelta.


Esto es lo que intenta evitar movilizándose activamente el candidato oficialista, que tiene el apoyo firme de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, la mandataria que se retira con el más alto porcentaje de voto positivo, en lo que va del proceso democrático, que comenzó en 1983, y el más largo sin golpes militares que recuerde el país.


A una semana de los comicios, y cuando aún queda casi un cinco por ciento de indecisos ?redondea Bacman? se hace menester pensar en encontrar las claves que definan esta elección. La primera de dichas claves es demográfica y no por repetida deja de ser importante: la provincia de Buenos Aires, la llamada madre de todas las batallas, sustancialmente porque posee más del 37 por ciento del padrón nacional, y es donde Scioli centra su esperanza de superar la barrera de la segunda vuelta.


Especialmente en el territorio del Gran Buenos Aires (primera y tercera sección electoral), donde cumplen un papel fundamental los gobernadores (que ya sin internas jugarán todos para el mismo lado), sobre todo en lo que se refiere al desafío de superar el resultado obtenido en las primarias de agosto pasado.


En los últimos días el aspirante del FpV en la provincia de Buenos Aires, Aníbal Fernández, se posicionó como el aspirante con mayor intención de voto. En este caso no hay segunda vuelta, por lo cual todo parece indicar que el próximo domingo él será elegido como nuevo gobernador de la provincia, sostiene el encuestador.


En otro orden, la Comisión Provincial de la Memoria acaba de entregar un informe que surge de los archivos de la Dirección de la Policía de la Provincia Buenos Aires (DIPPBA) donde se demuestra la persecución que existió contra el peronismo desde 1965.


Aunque se sabe que existen documentos en otros lugares sobre el fuerte espionaje desde que los militares y civiles de la derecha dieron el golpe en 1955 derrocando al entonces presidente Juan Domingo Perón e instalando la dictadura de la llama de la Revolución Libertadora, a la que el pueblo mayoritariamente peronista llamó la fusiladora.


Pese a la ley número 16910, que dispone la erradicación de toda actividad política, el peronismo recalcitrante prosigue activamente su acción dentro y fuera del país, decía un informe de inteligencia número 3 de la DIPPBA. También se hablaba de todo tipo de actividades de espionajes, a lo largo no sólo de los años en que estuvo prohibidio sino mucho después, especialmente entre 1965 y 1995.

Publicado enInternacional
Sábado, 17 Octubre 2015 08:10

¿Un resurgimiento de la izquierda mundial?

¿Un resurgimiento de la izquierda mundial?

El triunfo arrasador de Jeremy Corbyn el 24 de septiembre en su camino a ser el líder del Partido Laborista de Gran Bretaña fue pasmoso y totalmente inesperado. Entró a la carrera apenas con el suficiente respaldo para ser considerado en la votación. Contendió con una plataforma de izquierda sin compromisos. Y luego, enfrentado a tres candidatos más convencionales, ganó 59.5 por ciento de votos en una elección que tuvo una participación inusualmente alta de 76 por ciento.

De inmediato los expertos y la prensa opinaron que este liderazgo y la plataforma garantizaban que el Partido Conservador ganarían la siguiente elección. ¿Es eso seguro? ¿No será que el desempeño de Corbyn indica un resurgimiento de la izquierda? Y si eso es así, ¿es esto cierto sólo en Gran Bretaña?


Determinar si el escenario político mundial se mueve a la derecha o a la izquierda es un tema favorito de las discusiones políticas. Uno de los problemas con esta discusión ha sido siempre que la dirección de las tendencias políticas siempre se mide por la fuerza de la posición extrema de la izquierda o la derecha en cualquier elección dada. Sin embargo, esto es errar el punto más esencial acerca de la política electoral en los países con sistemas parlamentarios construidos en torno a los vaivenes entre los partidos de centroizquierda y centroderecha.


Lo primero que hay que recordar es que existe una enorme gama de posibles posiciones en cualquier momento en un lugar determinado. Simbólicamente, digamos que varían del uno al 10 en un eje izquierda-derecha. Si los partidos o los líderes políticos se mueven entre 2-3, 5-6 u 8-9, ello mide un vaivén hacia la derecha. Y los números de reversa (9-8, 6-5, 3-2) miden un vaivén a la izquierda.


Utilizando esta clase de medición, el año pasado el mundo vio un contundente viraje global a la izquierda. Hay una serie de claros signos de este viraje. Uno de ellos es la fuerza en constante ascenso de Bernie Sanders en su carrera hacia la nominación presidencial por el Partido Demócrata. Eso no significa que derrotará a Hillary Clinton. Significa que, para contrarrestar los índices de las encuestas de Sanders, Clinton ha tenido que plantear posiciones más hacia la izquierda.


En Australia ocurrió un evento semejante. El partido de derecha, ahora en el poder, el Partido Liberal, corrió el 15 de septiembre a su líder Tony Abbott. Abbott era conocido por su agudo escepticismo hacia el cambio climático y su línea muy ruda hacia la inmigración. Abbott fue reemplazado por Malcolm Turnbull, al que se considera algo más abierto en estas cuestiones. De manera semejante, el Partido Conservador británico ha suavizado sus propuestas de austeridad para ganarse a los potenciales votantes en favor de Corbyn. Éstos son virajes de 9-8.


En España, el primer ministro, Mariano Rajoy, del Partido Nueva Democracia, está enfrentando cifras crecientes en las encuestas para Pablo Iglesias, de Podemos, que compite con una plataforma contraria a la austeridad, similar a lo que por mucho tiempo promovió el Partido Syriza de Grecia. Nueva Democracia lo hizo bastante mal en las elecciones regionales y locales del 24 de mayo. Rajoy está resistiendo el viraje "a la izquierda" de su partido y el resultado es que le va peor en las encuestas relacionadas con las futuras elecciones nacionales. Tras su derrota reciente en las elecciones "independentistas" de Cataluña, Rajoy tuvo que frenarse todavía más. Pregunta: ¿Puede Rajoy sobrevivir como líder de su partido o será reemplazado como lo fue Tony Abbott en Australia en aras de un líder un poquito menos rígido?


Grecia resulta ser el ejemplo más interesante de este viraje. Ha habido tres elecciones este año. La primera el 25 de enero, cuando Syriza llegó al poder, de nuevo para sorpresa de muchos analistas, con una plataforma contraria a la austeridad, utilizando la tradicional retórica izquierdista.


Cuando Syriza se topó con que los países europeos no estaban dispuestos a acceder a las demandas griegas de ser aliviados de muchos de los compromisos de su deuda, el primer ministro Alexis Tsipras llamó a un referéndum de si rechazar o no los términos exigidos por Europa. El llamado voto del Oxi (del no) ganó ampliamente en el referéndum del 5 de julio. Sabemos qué fue lo que ocurrió subsecuentemente. Los acreedores europeos no sólo no hicieron concesiones, sino que ofrecieron términos peores a Grecia, que Tsipras sintió que tenía que aceptar en gran medida.


Una vez más los analistas se concentraron en la "traición" de Tsipras a su promesa. La camarilla de izquierda al interior de Syriza se escindió y formó un nuevo partido. En la confusión, pocos comentaron sobre lo que había pasado en el Partido Nueva Democracia. Ahí su líder Antonis Samaras fue reemplazado por Vangilis Meimaraki, viraje de 9-8 o quizá de 8-7, en un intento por arrancar votos centristas a Syriza.


El viraje conservador hacia la izquierda no resultó. Syriza ganó de nuevo. El grupo de izquierda que se escindió fue barrido en las elecciones del 18 de septiembre ¿Por qué ganó Syriza? Parece que los votantes seguían sintiendo que estarían mejor, aunque sea un poco mejor, con Syriza minimizando los recortes en las pensiones y otras protecciones propias del "estado de bienestar". En resumen, en la peor situación posible para la izquierda en Grecia, Syriza por lo menos no perdió terreno.


Qué, pueden preguntarse, significa todo esto. Es claro que, en un mundo que está viviendo en medio de una gran incertidumbre económica y en condiciones peores para grandes segmentos de las poblaciones del mundo, los partidos en el poder tienden a ser culpados y pierden fuerza electoral. Así que tras el vaivén hacia la derecha de la última década o así, el péndulo va ahora en la otra dirección.


¿Qué tanta diferencia hace esto? Una vez más, insisto que depende de si observamos en el corto o en el mediano plazos. En el corto hace mucha diferencia, dado que la gente vive (y sufre) en el corto plazo. Cualquier cosa que "minimice las penurias" es una mejora. Por tanto, esta clase de vaivén hacia la "izquierda" es una mejora. Pero en el mediano plazo, no hace diferencia en lo absoluto. De hecho, tiende a oscurecer la batalla real, aquella que concierne la dirección en que va la transformación del sistema-mundo capitalista en el nuevo sistema-mundo (o sistemas). La batalla es entre quienes quieren un nuevo sistema que puede ser todavía peor que el actual y quienes quieren algo sustancialmente mejor.


Traducción: Ramón Vera Herrera

Publicado enPolítica
Martes, 13 Octubre 2015 08:00

Paz y poder dual en la transición.

Paz y poder dual en la transición.

Los diálogos de paz entre el gobierno del Presidente Santos y las Farc; entre el Estado colombiano y la insurgencia campesina revolucionaria en la Mesa de La Habana, han perfilado un momento fundacional de la nación. Porque se quiera o no, las conversaciones para terminar la guerra y sentar las bases de una paz estable y duradera se convierten en un parteaguas histórico que traza una frontera en el devenir de la sociedad y la nación.


La potencia desplegada por los sujetos sociales y políticos, configurados en el inexorable acontecer de los años recientes, ha promovido la configuración de nuevos horizontes sociales, culturales, institucionales e internacionales. La capacidad democratizadora de la multitud, la fuerza transformadora de las masas populares demuele las desuetas estructuras oligárquicas de dominación y subordinación de millones de seres humanos sometidos al trato arbitrario, a la explotación, la mentira, la manipulación y la humillación.


Gradualmente, el viejo establecimiento se viene al suelo. Se derrumba, y con él, los dispositivos de control y prevalencia de las roscas organizadas (nacionales, internacionales, regionales, locales y sectoriales) en el monopolio de la riqueza, de las rentas, del trabajo y los dispositivos de la hegemonía dominante: aparatos armados, medios de comunicación, sistemas de educación, regímenes jurídicos, redes institucionales e infraestructuras políticas de diverso alcance.


Quien quiera leer que lea. Quien tenga la lucidez para entender que entienda. Quien quiera interpretar a su manera, que lo haga, que proceda a conveniencia, designando las cosas de acuerdo a sus intereses, egoístas o comunales. La delirante ultraderecha dirá que camina un golpe de Estado comunista, Castro-chavista, en sus recientes palabras. Que acabaran con el Ejército; que se eliminara la propiedad privada; que se fulminara la democracia liberal; que la libertad de prensa morirá para implantar la verdad comunista; que la familia se disolverá, etc, etc. En fin, cualquier cantidad de ocurrencias como las que suele repetir el caudillo de marras en plan de meter miedo y no perder vigencia con su discurso de guerra y violencia.


Pero la realidad verdadera cobra forma. Estamos en una transición desde el viejo y agotado dominio oligárquico hacia una democracia ampliada, hacia una sociedad en paz con justicia social . Estamos en un momento de la democracia como autodeterminación de las masas .


Estamos ante la posibilidad de construir un poder independiente, paralelo, autónomo; es decir, una dualidad de poder, encontrar un caso sui generis en que, a través del propio Estado y de la conquista de la estructura jurídica superior del país, se puede consolidar y constituir un poder popular. La cuestión de la dualidad de poderes debe ser abordada en lo teórico con la urgencia que presenta la proximidad en el tiempo o el entrecruzamiento entre el reformismo burgués santista y el cambio radical jalonado por la insurgencia revolucionaria. Hay que actuar previendo giros sorpresivos, inesperados, que, obviamente, es preciso estimular o prevenir. No se puede vivir al remolque de los sucesos y la rutina.


Colapsan los viejos poderes de las rancias elites patrimonialistas y emergen los nuevos poderes populares, los poderes de los movimientos sociales, los poderes de la democracia avanzada, ampliada, de autentica participación, en la gramática de los consensos alcanzados en los diálogos de La Habana.
No se necesita mucha ciencia para advertir que la oligarquía no cumplirá lo pactado en materia agraria, política, de cultivos de uso ilícito y jurídico. Eso lo tenemos por sabido los revolucionarios. La elite ira tirando a la caneca de la basura cada documento que se firme. En ellos todo esto es un simulacro; su interés esencial, en la lucha de clases sustancial en curso, es doblegar, destruir al adversario. Masacrarlo. Exterminarlo. Impedir que avancen las conquistas populares. Su objetivo principal es reencauchar el régimen social de acumulación, apuntalarlo, oxigenarlo. No ahorraran recursos. Ni maniobra. Ni componenda. Vendrán nuevos paramilitarismos en otras envolturas y presentaciones. Vendrán montajes judiciales y penitenciarios. Proseguirá el juego mediático. El Ejército, como síntesis exacerbada y razón última del Estado, se reorganizara para acoplarlo a los nuevos cometidos de la geopolítica imperial: apropiación, saqueo y despojo de los recursos naturales, de las materias primas, de la riqueza amazónica, del agua, del petróleo, del oro, de la fuerza de trabajo, de la riqueza social. La proyectada reforma de la doctrina de la seguridad del Ejército corresponde más a un contexto continental de reafirmación de la hegemonía norteamericana, apropiación de los recursos naturales y desestabilización de gobiernos no afines a la Casa Blanca, tales como Venezuela, Bolivia y Ecuador. Esta situación exige unas Fuerzas Militares preparadas para combatir con ejércitos regulares y no con guerrillas agrarias.


El cambio de la doctrina militar que se anunció hace algunos días por el comandante del Ejército no responde a los intereses de la paz interna, sino a una lógica global pensada e impulsada por Estados Unidos.


Durante el posconflicto los enemigos identificables de la paz y el progreso no serán las guerrillas comunistas sino los campesinos, indígenas, afrodescendientes y movimientos sociales que se movilizarán por la defensa de la tierra ancestral, el agua y el territorio, tal como pasa ahora en el Cauca, en Cali, Sumpaz, Putumayo, y La Guajira.

Para descalificar a estos actores sociales hay que ligarlos con el discurso de la amenaza "castro-chavista", un discurso hoy más común que nunca debido al conflicto fronterizo con Venezuela y a la cercanía del acuerdo con las FARC. La supuesta ideología cubano–venezolana sirve para encontrar enemigos dentro y fuera de las fronteras.


Avanzar, profundizar, consolidar lo conquistado en los diálogos es un reto permanente para las fuerzas revolucionarias del cambio. En eso no hay tregua. No se puede hacer pausa. Ya quisiera la elite dominante que se renunciara, desde abajo, a la lucha por el cambio radical del sistema imperante.
Todo se remite, en últimas, a las correlaciones de fuerza. Lo que ha ocurrido hasta el momento encarna esa realidad política.


Por eso hay que determinar y construir la correlación de fuerzas dentro de la "dualidad de poderes" mediante la política de alianzas entre las clases subalternas e intermedias durante la fase de transición. Para ello es vital caracterizar: a) la cantidad de fuerza; b) La Localización de la cantidad de fuerzas; c) El movimiento de la cantidad; d) La cantidad del poder efectivo que varía según la fase o momento del proceso de poder dual: no es una construcción acumulativa y unilineal, sino que tiene retrocesos y avances que dependen de la táctica y de la autonomía de lo político.


No exageramos si sugerimos la constitución de un poder dual en la coyuntura. No descubrimos nada nuevo sin querer insinuar que se trata de un vulgar calco de otros procesos.


Obviamente hay que entender que esa dualidad de poderes ocurre en el seno de un Estado democrático burgués de alto desarrollo institucional en un contexto económico subdesarrollado. En un país de desarrollo intermedio o subdesarrollo intermedio, pero con una gran capacidad de desarrollo institucional y de relaciones participativas en que una burguesía emergente en la década de los 60 construyó una gran alianza intradominante, superando conflictos internos mediante el consociacionalismo y, por consiguiente, capaz de crear estructuras de dominación muy estables en un país que durante 60 años no tiene golpes de Estado pero si una cruenta guerra interior.


Eso para decir que en el enigma de la psicología de las naciones y en lo que se puede llamar el 'temperamento' de los Estados, hay siempre una causalidad descifrable, un ciclo de datos reconocibles y situables. Pues bien, para quienes estudian el Estado en la América Latina, aquella continuidad o eje autoridad-legalidad-democracia que se ha dado en Colombia, aun en medio de la más feroz guerra, fue siempre, por lo menos en su apariencia preliminar, una suerte de 'misterio dado' de la historia regional.


Poder dual se presentó en la revolución inglesa del siglo XVII: existen allí fases de reproducción del poder dual: 1) Londres (burguesía presbiteriana v/s Oxford) (rey); 2) Burguesía presbiteriana (fracción en el ejército parlamentario) v/s Parlamento presbiteriano (burguesía acomodada y rica); 3) Levellers v/s Cromwell.


En la revolución francesa de 1789. En la revolución americana del siglo XVIII. En la revolución europea de 1848. En la Comuna proletaria de Paris. En la revolución soviética de 1917.


Poder dual ocurrió en la revolución minera boliviana de 1952, en la Asamblea popular de 1971, en La Paz. En el Chile de Salvador Allende, en 1973. Se registra en los procesos bolivariano y ecuatoriano.


El poder dual no está referido ni a un tiempo determinado, ni un a un lugar histórico preciso definido. Se habla de "dualidad de poderes" en toda transición política, de un fenómeno peculiar de toda crisis social y no propio y exclusivo de alguna revolución pasada.


La dualidad de poderes no existe necesariamente y en todos los casos; se produce solamente allá donde, en el momento de la crisis histórica, las clases básicas se ven obligadas a aceptar una fase de poder dual, porque no han podido imponer al punto su propio poder global. Es una falacia hablar por eso, en general, del poder dual como algo que debiera existir necesariamente en cierto momento; es una falacia, asimismo, hablar de su construcción imprescindible, como pródromo del poder global.


El poder dual es una realidad política y sociológica en los procesos de transformación revolucionaria y cambio radical del Estado y la sociedad civil. No obstante, hay que eludir la disolución del concepto de "dualidad de poderes", en tanto que sobre generalización.


De todas maneras todo poder dual es breve. La temporalidad o precariedad es el carácter natural e inevitable de este hecho anómalo porque la unidad es la voluntad principal de todo Estado.


Las preguntas que queremos formularnos a propósito de esta fenomenología política son las siguientes: ¿Emerge, de manera embrionaria, un poder dual en la actual coyuntura auspiciada con los diálogos de paz entre el Estado y la guerrilla de las Farc? ¿El campo de conflicto delineado además de incluir unos sujetos en reyerta promueve la emergencia y existencia de nuevos poderes sociales, políticos y estratégicos? ¿Se derrumba y colapsa el anacrónico Estado oligárquico y su vieja maquinaria gubernamental?


Para responder a estas preguntas, para sugerir y proponer unas hipótesis de trabajo político acudo a la reflexión y análisis de René Zavaleta Mercado, el pensador marxista boliviano, que desde su experiencia en la revolución boliviana de 1952 y en el gobierno de Salvador Allende, a principios de los años 70, abordo este importante aspecto en su obra El poder dual (1979). Problemas de la teoría del Estado en América Latina.


Como lo que se pretende es la identificación de un poder dual en la presente coyuntura y sus potenciales implicaciones, incorporo además el planteamiento de Boaventura de Sousa Santos sobre el poder y las características que presenta en estos momentos. Su construcción teórica al respecto ocurre en el debate con las teorías liberales clásicas del poder y su enfoque institucional del mismo y con las formulaciones de M. Foucault sobre el tema. De Sousa Santos nos plantea este campo analítico en la perspectiva de la lucha por la emancipación y la construcción de un Estado democrático que coincide con el fin esencial de la terminación de la guerra civil colombiana y la construcción de la paz.


En tal sentido, hay que considerar que el conocimiento de la naturaleza y estructura de poder es un paso muy grande hacia la adquisición de una táctica correcta, de unas consignas adecuadas al momento.


Sugiero, adicionalmente, para tratar el tema, acudir a un nuevo andamiaje teórico, el cual nos parece más oportuno para abordar el contexto de transformaciones que se presenta en Colombia en los años recientes; lo que supone ampliar, por supuesto, la visión de lo político y del poder a partir del concepto de "campo político" y también incorporar la noción de "campo de conflicto" como el lugar en que se dirime la disputa por el poder.


Dussel (2006), a partir de un análisis teórico minucioso de los momentos de lo político, sus dimensiones y esferas, plantea un acercamiento a lo concreto, conflictivo y crítico de la realidad política y sus posibilidades de deconstrucción y paralela construcción de un orden político alternativo. Asume el concepto de campo político, cercano al de P. Bourdieu, para delimitar el objeto de la y lo político y diferenciarlo de los otros campos del mundo cotidiano. De ahí que "el campo político es el espacio de interacciones, cooperación, coincidencias y conflictos, que remite a la esfera de las luchas hegemónicas por el poder" (2006). Agrega que: "Todo campo político es un ámbito atravesado por fuerzas, por objetos singulares con voluntad, y con cierto poder. Esas voluntades se estructuran en universos específicos [...] cada sujeto, como actor es agente que se define en relación a los otros" (Dussel, 2006).


El concepto de campo político, desplaza o más bien amplía el análisis hacia la sociedad civil y permite identificar la red de relaciones de fuerzas o nodos, en que cada ciudadano, cada representante o cada organización operan.


Resulta pertinente ampliar la noción de poder, que no se restringe a los espacios convencionales de gestión y acción política, sino que abarca todos los intersticios de la vida social. Como sostiene Foucault (1983), y profundiza críticamente De Sousa Santos, el poder no se localiza en una institución o en el Estado, no se posee, sino que se ejerce, y se encuentra diseminado en las distintas dimensiones de la vida social y política, en sus hogares moleculares. En todo lugar donde hay poder, el poder se ejerce. Nadie es dueño o poseedor, sin embargo, sabemos que se ejerce en determinada dirección; no sabemos quién lo tiene pero sí sabemos quién no lo tiene (1985).


Lo cierto es que la política y la lucha por el poder involucran una disputa sobre el conjunto de significaciones culturales, y el cuestionamiento a las prácticas dominantes relacionadas tanto con los universos simbólicos como con la redistribución de los recursos. En efecto, remite a la constitución de una nueva gramática social capaz de cambiar las relaciones de género, de raza, de etnia y la apropiación privada de los recursos públicos, e implica una nueva forma de relación entre el Estado y la sociedad (De Souza Santos, 2004).


En su carácter potencial, el poder reside en el pueblo (potentia). De acuerdo a Dussel (2006), a través de la red de interacciones y nodos –recurriendo a un concepto de Manuel Castells–, es capaz de generar un proceso de toma de conciencia del poder en-si y de constituir organizaciones para acceder al control del poder político institucional (potestas), es decir, orientarse hacia la objetivación del poder. De acuerdo al autor, el poder se tiene o no se tiene, en ningún caso se toma. Para una aproximación más cercana al funcionamiento del orden político vigente, el autor recurre al concepto de sistema, a partir del cual propone caracterizar a los sistemas como liberales, socialistas o de participación creciente.


En ese marco, se ubica el concepto de campo de conflicto (Melucci 1999) como operador metodológico. En primer lugar, para discernir entre los conflictos de carácter estructural o hegemónico que implican situaciones de crisis estatal y conllevan la posibilidad de una transformación de las relaciones, de aquellos corporativos o meramente coyunturales cuyo impacto y alcances son limitados, y no afectan a la estructura del poder. En segundo lugar, el campo de conflicto constituye sujetos, en episodios de conflictividad los sujetos se agregan, articulan, construyen discursos, pueden cambiar la cualidad y el alcance de la acción colectiva, en tanto que en situaciones históricas en que no existe conflictividad o ésta se reduce a cuestiones puntuales, los sujetos colectivos tienden a inhibirse e incluso a desaparecer. Ello permite abordar a los movimientos en su multiplicidad y variabilidad, en sus desplazamientos entre los diversos ámbitos del sistema y del campo político; así su identidad no es una esencia sino el resultado de "intercambios, negociaciones, decisiones y conflictos entre diversos actores" (Melucci, 1999).


En todo caso, en el del poder dual en ciernes, metodológicamente existe la necesidad de desplazarse del ámbito político–institucional y ubicarse en el espacio de las relaciones, articulaciones y tránsitos entre Estado y sociedad civil (Dagnino et. al. 2008).


El poder dual.


Zavaleta define el "poder dual" como la ruptura de la unidad de poder natural del Estado moderno, el cual se caracteriza por esa capacidad de generación de una estructura de dominación, no sólo institucional sino también social y cultural; es decir, una estructura de poder completa. El poder dual, por consiguiente, es una forma de romper esa unidad de poder a partir de formas de lucha que van conformando un contrapoder al poder de la burguesía. Zavaleta destaca la concepción leninista sobre la capacidad de las fuerzas revolucionarias para constituir un gobierno suplementario y "paralelo" al gobierno formal de la burguesía, dando lugar a un segundo poder.


La dualidad de poderes consiste en que lo que debía ocurrir sucesivamente ocurre sin embargo de una manera paralela, de un modo anormal; es la contemporaneidad cualitativa de lo anterior y lo posterior.


La dualidad de poderes:


- Señala un tipo de contradicción estatal o coyuntura estatal de transición;
- Anomalía que se presenta en el seno del poder del Estado (y a veces en el seno del aparato de Estado);
- Se produce en circunstancias determinadas debidamente circunscritas;
- Hablamos de una metáfora, un signo trópico; usamos la designación como símbolo de situaciones que son más complejas que lo que puede caber en una frase;
- No es un poder dual (un único poder con dos caras, una suerte de Jano), sino una dualidad de poderes: dos tipos de Estado que se desarrollan de un modo coetáneo en el interior de los mismo elementos esenciales anteriores; su sola unidad es una contradicción o incompatibilidad.


El doble poder se manifiesta en la existencia de dos gobiernos: uno es el gobierno principal, el verdadero, el real gobierno de la burguesía, que tiene en sus manos todos los resortes del poder; el otro, que no tiene en sus manos ningún resorte del poder, pero que descansa directamente en el apoyo de las masas populares, agrarias y obreras.


El poder dual se describe como un hecho de facto y no como un hecho legal.


No es un poder dividido, sino dos poderes contrapuestos y enfrentados (cada polo está ocupado por una clase social, es ya el poder de una clase organizada).


Existen seis formas de Poder dual, de dualidad de poderes:


i) En la esfera de la economía.
ii) Territorial o geográfica.
iii) Intraclase dominante.
iv) Semifantasmal o falsa dualidad. Sirve solamente como apariencia para esconder una dualidad de poderes "verdadera", que no ha podido expresarse todavía. Pero es algo que sólo puede conocerse a posteriori; de otro modo, la encontraríamos en cada contradicción aparente, como el anuncio de un doble poder todavía inédito.
v) En los órganos políticos periféricos.
vi) En los órganos políticos superiores (dualidad estatal propiamente dicha).


Características distintivas de toda situación de dualidad de poderes son, a saber: el hecho de ser una fase transitoria por definición, que supone la emergencia, en el marco de un proceso revolucionario, de dos poderes con vocación estatal, uno de carácter principal, el otro embrionario y surgido desde abajo a partir de la iniciativa de las masas, ambos alternativos e incompatibles entre sí, donde lo que debía producirse sucesivamente en términos temporales –revolución democrático-burguesa primero, revolución socialista tiempo después– acontece de una manera paralela/simultanea, generando por lo tanto una dinámica de contemporaneidad cualitativa de lo anterior y lo posterior.


Poder dual, contrahegemonia y emancipación.


Avanzando en esta indagación del poder dual en la transición a la paz, acudimos a la reflexión teórica de Boaventura de Sousa Santos sobre el fenómeno del poder para entender su complejo entramado.


El autor construye una teoría política de carácter crítico–emancipatorio que propone una ampliación de los límites y el alcance de la noción de «poder», poniendo en cuestión la naturaleza del poder político público tradicionalmente privilegiado por la teoría política dominante. Este enfoque le permite adelantar una radiografía que identifica los múltiples poderes políticos en circulación y descubre las opresiones estructurales entrelazadas que se producen en las actuales sociedades neoliberales.


Desde hace algún tiempo, viene identificando en sus trabajos las bases para la elaboración de una nueva teoría política capaz de fundar, en la época de la globalización neoliberal y su resaca social y económica mundial, un nuevo contrato social global más solidario e incluyente que el hoy en crisis contrato social de la modernidad occidental.


La teoría política desarrollada por éste constituye una opción teórico–práctica contrahegemónica por dos motivos fundamentales. El primero, porque parte del análisis crítico de la realidad mundial contestando el liderazgo de la teoría política liberal dominante; el segundo, porque plantea caminos alternativos para la transformación personal y social desde posiciones que se inscriben en el horizonte de acción política y social de inspiración socialista, que tiene como centro de gravedad la búsqueda de los valores de justicia, igualdad y solidaridad, que él complementa con el de la diversidad. Su objetivo principal es el de crear un «nuevo sentido común político» (Santos, 1998: 340; 2003: 127) basado en la potenciación de la dimensión participativa de la política y en la repolitización global de la vida social, en contra de las dinámicas despolitizadoras estimuladas por la teoría política neoliberal hegemónica.


De la teoría política contrahegemónica de De Sousa Santos se puede afirmar, en general, que es portadora de una constitución «genética» que puede calificarse de crítica, emancipadora y utópica. Es crítica, en primer lugar, porque huye de las posturas pasivas y conformistas que asumen —e incluso celebran— la realidad dada y sospecha de aquellas actitudes dominadas por el fatalismo histórico, la creencia conservadora y resignada según la cual las cosas son como son y no se pueden cambiar. En lugar de ello, su teoría política crítica asume una posición de denuncia al examinar las condiciones de vida y poner en evidencia las numerosas relaciones de poder incrustadas en la corteza de las sociedades neoliberales contemporáneas, busca alternativas viables de pensamiento y acción, y contribuye a la formación de sujetos políticos rebeldes, solidarios y participativos que exigen transformaciones sociales estructurales en sentido progresista.


Es emancipadora, en segundo lugar, porque está radicalmente comprometida con los diferentes proyectos de lucha contra hegemónicos abanderados por los distintos movimientos sociales y políticos que alrededor del mundo impulsan la puesta en marcha de múltiples procesos de liberación de los grupos subordinados. La finalidad principal de estos procesos es la de combatir y erradicar el agravamiento de las injusticias económicas, políticas y sociales existentes, fomentando el mejoramiento global de la condición humana, y no sólo el de una minoría social privilegiada y el de un reducido grupo de países. De hecho, una de las principales aspiraciones que contiene su teoría política contrahegemónica es la de rescatar las voces silenciadas que resisten o, en palabras del sociólogo, «dar voz a los que no la tienen y aclarar teóricamente muchas de las causas del sufrimiento humano en este mundo globalizado e injusto en el que vivimos» (Santos apud Chavarría, 2004: 100).


La teoría política crítico–emancipatoria de Boaventura de Sousa Santos puede ser considerada, en tercer lugar, una teoría política que desempeña una función utópica, porque restituye el valor de conceptos tan denostados por el realismo político como «esperanza», «imaginación utópica», «cambio» o «futuro abierto», entre otros, y está fundada en anhelos de un cambio de rumbo que contienen una doble dimensión: la crítico–descriptiva, al desafiar el orden de cosas existente y la propositivo–transgresora, que se concreta en planteamiento de alternativas creíbles que funcionan como horizonte movilizador de la acción colectiva e individual. Para el filósofo alemán Ernst Bloch, el teórico contemporáneo más importante de la esperanza, el fenómeno utópico es un rasgo constitutivo del pensamiento humano que remite, en todo tiempo y condición, a la construcción de otro mundo posible más justo y decente. En el pensamiento filosófico de Bloch, la utopía, en su significado positivo, está relacionada con categorías como «lo nuevo», lo que «todavía no» es, «sueño diurno» y «conciencia anticipadora», entre otras, que adquieren un papel relevante en la sociología crítica de Boaventura de Sousa Santos. Tal y como la define formalmente, por «utopía», el pensador portugués entiende: «La exploración, a través de la imaginación, de nuevas posibilidades humanas y nuevas formas de voluntad, y la oposición de la imaginación a la necesidad de lo que existe, sólo porque existe, en nombre de algo radicalmente mejor por lo que vale la pena luchar y al que la humanidad tiene derecho» (Santos, 2003: 378). Ahora bien, en rigor terminológico, a su particular forma de entender la utopía, Santos (1995: 479; 2003: 379) la llama heterotopía, noción acuñada originalmente por el filósofo francés Michel Foucault. Con este concepto, que etimológicamente significa «otro lugar», Santos se refiere a la descentralización, dentro de un mismo lugar, de los proyectos y las prácticas emancipadoras.


La originalidad del concepto está en el rechazo de la idea de un lugar único considerado la sede por excelencia de la emancipación social, sino que pone el acento en una concepción múltiple y plural de la utopía. Según esta visión, en el presente existen experiencias concretas —algunas plenamente disponibles, otras tan sólo en estado latente— que tienen posibilidades reales de desarrollarse en la dirección de una sociedad mejor. Pero estas experiencias se encuentran socialmente descentradas, localizadas en el centro, aunque también en los márgenes de la sociedad. Conviene matizar, a fin de evitar errores de interpretación, que la teoría política contrahegemónica de Santos no defiende, en el lenguaje de Bloch (1977: 134, 147), una «utopía abstracta», la que está cargada de tintes idealistas y se entrega a una ensoñación atemporal e ilusoria situada más allá del devenir histórico. Por el contrario, de Sousa Santos aboga por lo que Bloch (1977: 135, 147) llama utopía concreta, la que no se refiere a un sueño imposible ni irrealizable, sino que está relacionada con lo probable o, mejor dicho, con la búsqueda de «lo real–posible» (Bloch, 1977: 135). La utopía concreta de Santos se refiere, pues, a direcciones, caminos y tendencias alternativas que son empíricamente realizables, pero que todavía están madurando, de modo que remiten a un futuro abierto por el que vale pena luchar.


Los ejes sobre los que se articula la teoría política contrahegemónica de Boaventura de Sousa Santos pueden dividirse en cinco, que se sintetizan del siguiente modo. El primero es la elaboración de un marco analítico amplio que examina de manera crítica las diferentes y entrecruzadas relaciones de poder que se dan en las sociedades del centro, la periferia y la semiperiferia del sistema mundial capitalista.


El segundo es la propuesta de reconfigurar la capacidad reguladora del Estado en el contexto de la globalización neoliberal. Esta idea implica el restablecimiento del debilitado poder regulador del Estado en materia económica y social mediante diferentes líneas de acción, como la recuperación de la función redistributiva de la riqueza y los recursos públicos, así como la transformación teórico–práctica del Estado en un «novísimo movimiento social» (Santos, 2005: 330), planteamiento según el cual el Estado es concebido como una organización política híbrida formada por una conjunto heterogéneo de flujos, redes, movimientos y organizaciones en el que interaccionan actores e intereses estatales y no estatales, tanto a escala local como global, de los que el Estado es el elemento coordinador.


El tercer eje temático es el desarrollo de una concepción sustantiva y contrahegemónica de la democracia (cf. Aguiló, 2008, 2009a). Ésta adquiere la forma de una democracia radical o de alta intensidad como complemento enriquecedor —y democratizador— de la democracia representativa liberal, por la que toma opción la teoría política hegemónica. El objetivo principal de la democracia radical planteada por Santos es el de convertir las relaciones de poder en relaciones de autoridad compartida.


El cuarto eje de análisis apunta hacia la crítica de las concepciones etnocéntricas de los derechos humanos y su reconstrucción en un proyecto intercultural y cosmopolita subalterno a través del diálogo horizontal de culturas.


En quinto y último lugar, la transformación de la universidad en una institución académica y social de carácter intercultural e incluyente, regida por el conocimiento como factor de emancipación y promotora activa de la democracia epistémica y la justicia cognitiva (cf. Aguiló, 2009b). Todos estos ejes de la teoría política de Santos desembocan, a su vez, en un objetivo común: la reinvención en el siglo XXI del dañado valor de la emancipación social.


La teoría liberal clásica del poder y el enfoque de Foucault.


Para elaborar su análisis del poder, Boaventura de Sousa Santos entra en diálogo y discusión con dos grandes concepciones sobre el poder y la política provenientes de orientaciones epistémicas e ideológicas diferentes: la teoría política liberal clásica y el pensamiento político de Foucault.


Una cartografía crítica del poder.


Las consideraciones de Boaventura de Sousa Santos (1989a, 1991, 1995, 1998, 2002, 2003, 2006a, 2006b) sobre la mecánica y las formas de poder existentes en las sociedades capitalistas contemporáneas le llevan a construir una teoría política contrahegemónica que incluye una nueva cartografía del poder político y de sus modos de producción. Este análisis estructural del poder tiene un doble objetivo: el primero, en la línea de Foucault, consiste en revelar y criticar las ocultaciones que producen los discursos políticos (neo) liberales dominantes sobre lo político; el segundo es el de amplificar los conceptos de «poder político» y «derecho» más allá de los angostos límites que establece la teoría política liberal clásica. El análisis cartográfico de los poderes políticos que circulan en las sociedades capitalistas contemporáneas permite a Santos identificar distintos sistemas de opresión y elaborar, como propuesta alternativa, un mapa de la emancipación social fundado en procesos de democratización radical.


Más que del poder, en abstracto, como si fuera una substancia externa, trascendente y autónoma, Santos habla habitualmente, adoptando una perspectiva contextual y relacional, de relaciones intersubjetivas e intergrupales de poder.


Desde una perspectiva general, Santos (2003: 303) define el concepto de «poder» como «cualquier relación social regulada por un intercambio desigual». Estos intercambios desiguales engloban de manera virtual todas aquellas condiciones —bienes materiales, recursos, oportunidades, símbolos, valores, entre otras— que afectan, e incluso determinan, nuestra vida personal y social. Las relaciones de poder, según la definición anterior, constituyen procesos de intercambio desigual entre individuos o grupos sociales; son, en otros términos, conjuntos de relaciones sociales entre sujetos iguales en la teoría pero desiguales en la práctica.


Bajo la influencia del pensamiento de Foucault, Santos (2003: 328) distingue dos dimensiones distintas del poder. Por un lado, el ejercicio del poder cósmico, aquel centrado en el Estado, jerárquicamente organizado y que tiene unos límites formales establecidos por relaciones burocráticas e institucionalizadas. En términos comparativos se corresponde con el poder estatal teorizado por Foucault. Por el otro, y en contraposición, está el poder caósmico, el poder descentralizado e informal que no tiene una localización específica, emerge de intercambios sociales desiguales, se ejerce desde varios microcentros de poder de manera caótica y no tiene unos límites predefinidos. Es otra manera de referirse al poder disciplinario foucaultiano.


La cartografía estructural que desarrolla Santos tiene como foco prioritario de atención analizar las formas de desigualdad social que producen las relaciones de poder. La idea clave sobre la que se sustenta el análisis es que las relaciones de poder no existen ni ocurren de manera aislada, sino que se producen en secuencias o cadenas, de manera que el poder actúa a través de complejas redes políticas y sociales. Es lo que Santos (2003: 301) llama constelaciones de poder, definidas como «conjuntos de relaciones entre personas y entre grupos sociales» (Santos, 2003: 306). Teniendo en cuenta la definición anterior del poder ofrecida por Santos, conviene percatarse de que las constelaciones de poder no se basan en la solidaridad, la cooperación o el reconocimiento mutuo entre las personas, sino que constituyen relaciones sociales asimétricas en las que una de las partes tiene la capacidad para tratar las necesidades e intereses de la otra de manera desigual. En su funcionamiento, las constelaciones de poderes combinan componentes cósmicos con una pluralidad de componentes caósmicos.


Santos intenta encontrar una vía de análisis que no reproduzca las deficiencias de la teoría liberal del poder ni las de la concepción foucaultiana. Respecto a la primera, critica lo que denomina la «ortodoxia conceptual» (Santos, 1989a: 3; 1998: 139) de la teoría política liberal: la idea según la cual el Estado, en comparación con la vida espontánea y prepolítica propia del estado de naturaleza, guiada por la conservación de los derechos naturales individuales y la satisfacción de los intereses privados, es una construcción artificial. Es, en efecto, el planteamiento que legitima la dicotomía entre lo público y lo privado, núcleo duro de la ortodoxia conceptual liberal. De ella forman parte otras importantes dicotomías e ideas, como la escisión entre lo colectivo y lo individual, la tensión entre el derecho natural y el derecho positivo, la que se establece entre la ley y el contrato, la despolitización de la sociedad civil, el confinamiento de la democracia al ámbito público, la reducción de los poderes políticos al poder político liberal y la del derecho al derecho legal estatal.


Con relación al análisis foucaultiano del poder, Santos plantea dos críticas. La primera se refiere a la visión extremadamente fragmentaria y homogeneizante que Foucault tiene del poder disciplinario. Para Santos, el poder caósmico–disciplinario no es tan disperso ni carente de centro como creía Foucault. Si, como afirmaba el filósofo, el poder pervade todos lados, en realidad no está en ninguna parte, de ahí la necesidad de establecer un principio de estructuración y jerarquización que sirva como instrumento de diferenciación interna del poder disciplinario, porque no todos los poderes sociales son iguales, ni son idénticas sus lógicas de acción: el poder caósmico no se ejerce de la misma manera en la fábrica, en la familia o en la escuela. La conceptualización de Foucault no distingue, por tanto, las condiciones específicas de cada uno de los poderes sociales en circulación. La segunda crítica está relacionada con la concepción monolítica y pura que Foucault tenía del poder jurídico. El error de Foucault, en opinión de Santos, está en identificar equivocadamente lo jurídico con lo estatal, ya que en multitud de sociedades pueden encontrarse cuerpos normativos no reconocidos formalmente por el Estado, como la legalidad indígena o la ley gitana, ordenes jurídicos en competencia con la ley oficial estatal. Para Santos, el poder jurídico no es un cuerpo aislado e impermeable, sino flexible y heterogéneo que tiende vínculos estables con otros tipos de poder social. Sostiene, de hecho, que una de las características fundamentales de la modernidad occidental es el llamado isomorfismo estructural entre el derecho y la ciencia: la idea según la cual el orden social tiene que ser el reflejo del orden científico, premisa que llevó al derecho a convertirse en una especie de alter ego de la ciencia moderna. Se trata de hacer ver la interrelación que hay entre el poder jurídico y el poder disciplinario, aspecto que el análisis de Foucault había descuidado. Critica, además, que en la teoría foucaultiana del poder es posible encontrar una cierta devaluación del poder jurídico estatal, reducido a una forma más de poder entre la multiplicidad de poderes sociales, cuando, según Santos, el Estado sigue teniendo una posición central en la configuración de las relaciones de poder.


El marco analítico que construye Boaventura de Sousa Santos (1989b: 250; 1991: 181; 1995: 417; 1998: 150; 2002: 369; 2003: 316; 2006a: 52-53) trata de cartografiar aquellas relaciones sociales estructurales de poder que generan injusticia y desigualdad. Este mapa, cuya lente de enfoque se ciñe a las sociedades capitalistas que forman parte del sistema mundial, no adoptar una perspectiva nortecéntrica de análisis, en el sentido de prestar atención a las dinámicas globales que afectan no sólo a los países del centro del sistema mundial capitalista, sino también, y especialmente, a los márgenes del sistema mundial, en los que se encuentran los países periféricos y semiperiféricos.


Haciendo uso de una metáfora espacio–temporal, Santos distingue seis espacios–tiempo estructurales. Internamente, cada uno de los espacios–tiempo estructurales está constituido por seis elementos que determinan su sentido y alcance: el primero es una unidad de práctica o agencia social, la dimensión activa del espacio–tiempo que organiza la acción colectiva e individual a partir de un criterio principal de identidad; el segundo se refiere a una forma institucional privilegiada, que se encarga de crear pautas, estructuras, modelos y procedimientos de normalización, así como de organizar las relaciones sociales en secuencias rutinarias hasta lograr que los modelos establecidos se naturalicen y formen parte del sentido común; el tercero lo forma una dinámica de desarrollo, que es el principio de racionalidad que imprime la orientación de la acción social y define la pertenencia de las relaciones sociales a uno u otro espacio estructural; el cuarto elemento concierne a un mecanismo de poder, relativo a formas de intercambio desigual entre individuos o grupos. Las diferentes formas de intercambio desigual originan diferentes formas de poder y aunque cada una de ellas posea un lugar de acción privilegiado pueden estar presentes en todos los espacio–tiempo. El quinto elemento es una forma de derecho, referida a los marcos legales y normativos que contribuyen a la prevención y solución de conflictos; la sexta y última dimensión de los espacios–tiempo de las sociedades neoliberales es una forma de conocimiento que incluye estilos específicos de razonamiento y aspectos retóricos y argumentativos.


Cada uno de dichos espacios constituye una constelación de relaciones de poder que (re)producen intercambios desiguales. Estos espacios–tiempo estructurales integran las formas de sociabilidad y hábitos relacionales hegemónicos en la vida cotidiana, de ahí su carácter estructural, pues desempeñan el papel de núcleos configuradores del orden social y político imperante en las actuales sociedades capitalistas del sistema mundial, condicionando el tipo de relaciones de familia, trabajo, consumo y vecindad, entre otras. Aunque entre los espacios– tiempo se establecen articulaciones mutuas, cada uno de ellos tiene una lógica propia y presenta un funcionamiento autónomo. Así, para Santos (2003: 309), las sociedades neoliberales pueden definirse como series de constelaciones políticas formadas por seis modos específicos de producción de poder. Además de ello, las sociedades neoliberales también son conjuntos de constelaciones jurídicas y de constelaciones epistemológicas.

Veamos el examen de las constelaciones políticas y de los seis modos básicos de producción de poder, quedando pendiente el estudio de los modos de producción de derecho y de los modos de producción de conocimiento.

El primero de los espacios–tiempo estructurales que conforman el modelo de análisis de la organización de las sociedades neoliberales propuesto por Santos es el espacio doméstico, que puede definirse como el conjunto de relaciones sociales que se dan entre los miembros de la familia: entre los cónyuges, entre éstos y sus hijos y entre los propios hijos, principalmente. El objetivo de estas relaciones es el producir y recrear el ámbito de lo doméstico y del parentesco: la división sexual del trabajo, la gestión de los bienes y de las responsabilidades familiares, entre otros aspectos. En este espacio–tiempo, las relaciones entre sujetos se organizan en torno al patriarcado, la forma de poder dominante. Es el sistema de control y dominación de los varones sobre la reproducción social las mujeres en tanto sujetos individuales y colectivos. La dominación patriarcal, sin embargo, basada en la autoridad masculina, no se circunscribe al espacio doméstico, sino que se extiende e invade el resto de espacios por medio de instituciones económicas, políticas, mediáticas, legales, culturales, religiosas y militares que descalifican, discriminan o excluyen las diferentes maneras de significar, conocer y sentir de las mujeres. La unidad de práctica social característica de este espacio es la diferencia sexual y generacional.


Las instituciones privilegiadas son el matrimonio y la familia –entiéndase la familia nuclear, formada por cónyuges de distinto sexo con hijos legítimos–. El principio de racionalidad operativo es la maximización de la afectividad. La forma de conocimiento propia es el familismo o cultura familiar. Por último, la forma hegemónica de derecho es el derecho doméstico.


En segundo lugar, se encuentra el espacio de la producción, en el que se desarrollan relaciones sociales en torno a valores económicos de cambio derivados de procesos productivos. Las relaciones que se dan en este espacio–tiempo son de dos tipos: relaciones de producción —relaciones capital–trabajo— y relaciones en la producción —relaciones trabajo– trabajo—. El modo de poder propio es la explotación, entendida en el sentido que le atribuía Marx, es decir, como el intercambio desigual de trabajo humano por un salario que está por debajo de su valor real. A la explotación humana hay que añadir la explotación de la naturaleza, concebida por el capitalismo como res extensa cartesiana: materia pasiva, inerte, cuantitativa, desprovista de dignidad alguna, que puede ser manipulada y explotada a placer.


La unidad de práctica social la forman la clase social y la naturaleza. La dimensión institucional se materializa en la fábrica y la empresa. La dinámica de desarrollo actuante es la optimización del lucro y la maximización de la degradación de la naturaleza. El cuerpo normativo que rige estas relaciones es el derecho de producción y la forma epistemológica que despunta es el productivismo o, de manera más general, la cultura empresarial.


El tercer lugar lo ocupa el espacio de mercado, constituido por relaciones sociales que tienen como base la distribución y el consumo de valores de cambio en el libre mercado. La modalidad de poder, adoptando una perspectiva marxista, es el fetichismo de las mercancías, que guarda relación directa con la explotación. Con este concepto, Marx hacía referencia a la cosificación de los seres humanos y a la personificación de los objetos que se produce en la sociedad capitalista. En los intercambios mercantiles, las mercancías aparecen dotadas de un carácter autónomo, es decir, no evidencian las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción necesarias para fabricarlas. Como resultado de ello, el trabajador percibe el objeto producido como algo extraño a su actividad: es la sensación de alienación que le provoca el hecho de ser un mero instrumento alquilado para la elaboración de un objeto que no le pertenece y que en el mercado se relaciona como si fuera una persona, mientras que las personas, en la esfera productiva, lo hacen como si fueran objetos. El fetichismo de las mercaderías alude también a la falta de libertad que, según Marx, padece el consumidor, ya que las posibilidades de quien compra están condicionadas por la posición que ocupa en la organización social. En este espacio–tiempo, la unidad de práctica social es el cliente o consumidor. La institución social central es el mercado. El principio de racionalidad se traduce en la maximización de la utilidad y la mercantilización total de las necesidades. La forma jurídica es el derecho del intercambio y la forma epistemológica relevante es el consumismo o cultura de masas.


El cuarto espacio–tiempo estructural es el espacio de la comunidad, definido como la serie de relaciones sociales desarrolladas en torno a la producción de territorios físicos y universos simbólicos que favorecen la identificación colectiva. El dispositivo de poder activo es la diferenciación desigual, mediante la cual se identifica diferencia con inferioridad: el sujeto o grupo percibido socialmente como diferente con relación a los códigos socioculturales imperantes de regulación es, en virtud de su diferencia empírica —de género, etnia, orientación sexual, biológica, entre otras—, clasificado como inferior. Los procesos de diferenciación desigual funcionan creando mecanismos de identidad —o inclusión— y diferencia —o exclusión— utilizados para discriminar entre miembros externos e internos a la comunidad. En esta constelación política, jurídica y epistemológica, la unidad de práctica social es la etnicidad, la raza, la nación, el pueblo o la religión. Las instituciones de normalización adoptan la forma de la comunidad, el barrio, la región, las organizaciones populares de base y las iglesias. La racionalidad que guía la acción es la maximización de la identidad. El cuerpo de leyes que regula estas relaciones es el derecho de la comunidad y las formas dominantes de saber son la cultura local y el conocimiento de la tradición.


El espacio de la ciudadanía, en quinto lugar, es aquel en el que predominan las relaciones de obligación política vertical, entre el Estado y los ciudadanos. El mecanismo específico de poder es la dominación. En tanto que está centrada en el Estado y es ejercida por él, la dominación es la modalidad de poder más fuertemente institucionalizada, de aquí que sea la única forma de poder que la teoría política liberal clásica considere como poder político. En la teoría política crítica de Boaventura de Sousa, en cambio, el espacio ciudadano es una de las varias formas de poder social. Su unidad de práctica social es la ciudadanía. El aparato institucional es el Estado. El modo de racionalidad la maximización de la lealtad. El marco legal lo proporciona el derecho territorial y las formas de conocimiento son el nacionalismo educacional y cultural y la cultura cívica.


En sexto y último lugar, se encuentra el espacio mundial, definido como el conjunto de relaciones sociales que la división internacional del trabajo produce en las sociedades nacionales (Santos, 2003: 313).


La forma propia de poder es el intercambio desigual, en el sentido más estricto del término, y se refiere a los relaciones de intercambios económicos desiguales realizados entre el centro, la periferia y la semiperiferia del sistema mundial. Es una forma de poder muy estudiada por los teóricos del sistema mundial, del imperialismo comercial y las teorías de la dependencia. El Estado–nación es la unidad de práctica social. El entramado institucional lo forman el sistema interestatal, los organismos internacionales y las organizaciones supraestatales. El principio de racionalidad es la maximización de la eficacia. El patrón normativo que reglamenta los intercambios en el sistema mundial es el derecho sistémico y la forma epistemológica que sobresale es la ciencia.


A partir de sus reflexiones sobre la naturaleza del poder político y su dinámica de funcionamiento en las actuales sociedades capitalistas, Boaventura de Sousa Santos diseña un complejo mapa en el que identifica los lugares estructurales que producen y reproducen relaciones políticas de poder. Es un marco analítico propuesto como alternativa teórica que resulta, por un lado, de una crítica a la teoría liberal del poder que intenta desactivar la dicotomía entre Estado y sociedad civil y sus corolarios —anclaje del derecho y la política en el nicho del Estado, profesionalización de la política, distinción entre lo público y lo privado, etcétera— y, por el otro, de la adhesión crítica a la concepción foucaultiana del poder. En un esfuerzo por superar, entre otras deficiencias, el carácter fragmentario y disperso de la teoría política de Foucault, Santos localiza y distribuye, de manera más específica y detallada que aquél, el poder social en seis espacios–tiempo estructurales: el doméstico, el productivo, el mercantil, el comunitario, el ciudadano y el mundial. Ello le permite mostrar que «la naturaleza política del poder no es el atributo exclusivo de una determinada forma de poder, pero sí el efecto global de una combinación de diferentes formas de poder y de sus respectivos modos de producción» (Santos, 1991: 181; 2003: 310).


Una de las aportaciones más interesantes del análisis del poder que plantea la teoría política contrahegemónica de Boaventura de Sousa Santos es la idea según la cual las sociedades capitalistas no deben considerarse formaciones sociales articuladas en torno a un derecho único, el derecho estatal, ni a una política única, la expresada en la relación entre el Estado y la sociedad civil por vía de la representación política democrática. Al contrario, son concebidas como una pluralidad de constelaciones jurídicas, políticas y epistemológicas relacionadas entre sí. Este juego de poderes políticos, jurídicos y epistemológicos en relación recíproca le permite adoptar a Santos una perspectiva relacional que diluye la dicotomía jurídico–política liberal entre lo público–político y lo privado–personal, evitando caer así tanto en la «hiperpolitización del Estado» como en su reverso, la «despolitización de la sociedad civil» (Santos, 1989b: 249; 2003: 128) causada por la teoría política liberal.


Al asumir como natural la división entre lo público y lo privado, la teoría política liberal menospreció la idea de una pluralidad de poderes políticos en circulación social e invirtió sus energías en llevar a cabo una cierta democratización del poder estatal en tanto que única forma reconocida de poder político–público. Sin embargo, y como contrapartida, no reconocer que el poder, más allá del ejercido por el Estado sobre la ciudadanía, actúa en múltiples espacios y se reproduce de muchas maneras —mediante discursos y prácticas que abarcan desde la violencia física hasta mecanismos simbólicos e institucionales más sutiles, tales como las leyes vigentes, las costumbres heredadas y la mentalidad en boga—, condujo a una teoría política ciega y conservadora que dejaba en una situación de vulnerabilidad a quienes en el ámbito considerado privado padecían actos discriminatorios. La teoría política liberal no es, en este sentido, crítica ni emancipatoria, pues no denuncia las injusticias de formaciones sociales que atenazan a los colectivos más débiles, invisibiliza y legitima las discriminaciones sexistas, económicas, étnicas y culturales y no plantea elementos para enfrentar las varias formas de opresión —discriminación, abusos, explotación, exclusión, falta de oportunidades, entre otras— que condicionan la vida cotidiana de millones de personas en todo el mundo. No es, en definitiva, una teoría política solidaria con quienes sufren relaciones políticas de sujeción. Por esta razón, unos de los méritos más notables de la teoría política crítica de Santos es el de ampliar los límites del poder político y la opresión.


Cuando una determinada construcción social o relación de poder es despolitizada, es decir, privatizada y no sujeta a responsabilidad política, hasta el punto de convertirse en una realidad naturalizada, se está evitando que quien la sufre pueda emanciparse de una situación injusta.


Desterrar del ámbito del poder político estatal fenómenos socioculturales hoy dominantes, como el patriarcado heterosexista o la producción y el consumo capitalistas, sólo contribuye a aumentar las desigualdades entre personas, naturalizar relaciones de subordinación y desarticular lo privado como espacio político para la vindicación ciudadana. Puede decirse que Santos, en este aspecto, presenta un concepto de libertad que conecta con la tradición política republicana, para la cual la libertad no es la libertad liberal como ausencia de interferencia, sino la emancipación de las relaciones de dominación despótica o, como la entiende el filósofo Philip Pettit (1999: 40 ss.), la ausencia de dominación arbitraria. Llama la atención, a este respecto, cómo el Estado de derecho democrático–liberal es capaz de convivir cómodamente con formas despóticas de poder exentas de cualquier control democrático. Es lo que de Sousa Santos (2005: 354 ss.) conceptualiza como fascismos sociales. Son relaciones sociales que, aunque están formalmente incluidas en el marco del Estado y del contrato social, se rigen por la arbitrariedad y el autoritarismo del fuerte sobre el débil: «La vulnerabilidad del individuo en el fascismo social no resulta [...] de la imposición de un poder estatal tiránico frente al individuo, sino, por el contrario, del abandono total del individuo —muchas veces propiciado por el mismo Estado— de tal manera que cualquier poder, de cualquier tipo, puede aspirar a regular el comportamiento individual y a dispensar los bienes públicos a su antojo» (Santos y García Villegas, 2001: 45). Desde luego, una teoría política que convive tranquilamente con una abundancia de despotismos y esclavitudes sociales cotidianas es difícilmente transformadora y deficitariamente democrática.


Digamos para concluir que el debate sobre el poder dual en la transformación sociopolítica apalancada por los diálogos de paz debe incluir estas consideraciones de orden analítico. No es posible avanzar en la construcción de un pacto final de paz en marzo del 2016 sino se identifican claramente los elementos de dicha realidad que, por supuesto, la delegación santista intenta conducir en los términos de un cambio político monitoreado en función de los intereses de la elite dominante en el Estado.


Notas.


La transición que actualmente ocurre en el campo político a raíz del proceso de paz bien puede interpretarse a la luz de las elaboraciones teóricas de Leonardo Morlino, reunidas en el texto "Cómo cambian los regímenes políticos?" (1985), donde plantea un modelo de reformas políticas promovidas desde las elites dominantes en el Estado, las que advertidas de una crisis estructural en el funcionamiento del Estado implementan procesos de reformas y ajustes institucionales para no perder el control de la sociedad y las instituciones. Ver en el siguiente enlace electrónico dicho texto http://bit.ly/1K4Gplm Este enfoque no es el que se comparten este trabajo pero hay que abordarlo para entender cómo y en qué piensa la clase directiva colombiana a propósito del proceso de paz.
El concepto de la democracia como autodeterminación de las masas elaborado por René Zavaleta Mercado es ampliado por Luis Tapias en su texto "Cuatro conceptos de la democracia" al que se puede acceder en el siguiente enlace electrónico http://bit.ly/1OxB6kT

Publicado enColombia
El Movimiento de los Sin Tierra y la coyuntura política en Brasil

La crisis económica mundial tiene en Brasil graves consecuencias políticas. Recortes en programas de infraestructura y sociales están a la orden del día, empezó la privatización de la educación, estados que fueron en el pasado vitrinas del PT, como Rio Grande do Sul (ahora gobernado por el PMDB, un partido de centro-derecha aliado en el plan federal con el PT) y el Paraná (con un gobernador del PSDP, partido social-demócrata de F.H. Cardoso), adoptan medidas neoliberales, y la popularidad de la presidenta Dilma Rousseff ha caído debajo de 10 por ciento.

Entre el 21 y el 25 de septiembre, el Movimiento de los Sin Tierra (MST) organizó en Brasilia el segundo Encuentro Nacional de los Educadores y Educadoras de la Reforma Agraria. Se trata de profesores de todo nivel, desde alfabetización y primaria, hasta la universidad, que se dedican a la educación en los asentamientos del MST y de otros movimientos rurales. Los programas son apoyados por el Estado y varios convenios han sido firmados con universidades principalmente estatales. Desde el principio de esta iniciativa en 1998, decenas de miles de alumnos han pasado por este sistema de educación.


La dimensión política del momento fue bien presente en este encuentro. Dos ministros asistieron a la sesión de inauguración; el de Educación y el de Desarrollo Rural. Este último, del Partido del Trabajo (PT), antiguo ministro de Bienestar Social y responsable de los programas de lucha contra la pobreza (bolsa familiar entre otros) está supuestamente para hacer contrapeso con la ministra de Agricultura, proveniente de los ruralistas o grandes propietarios, pero su presupuesto representa una mínima parte de este ministerio.


En su intervención, João Pedro Stedile, fundador del MST, habló claramente de la coyuntura socio-política: se debe luchar contra las políticas neoliberales, porque son una estrategia de clases. De verdad la situación es confusa, porque en el Brasil actual, ninguna clase social tiene una hegemonía, lo que desemboca en alianzas políticas dudosas y proyectos contradictorios.


Según él la crisis actual del país es triple. La primera es de orden económico y tiene su origen en el sistema capitalista mundial, que acentuó durante los pasados 15 años, la dependencia de la economía brasileña: reprimerización y relativa desindustrialización. Brasil no crece más. La burguesía productiva se orienta hacia la especulación financiera. En poco tiempo, más de 200 mil millones de dólares han salido del país. Las empresas transnacionales reinvierten en el exterior.


La segunda es la crisis urbana, con varios aspectos: el transporte caro y de mala calidad, la vivienda, la educación superior que absorbe solamente a 15 por ciento de los egresados del nivel secundario. Otro orador del encuentro señalo que cada año, 40 mil personas son asesinadas, la mayoría jóvenes, pobres y negros, y que se cuentan unos 50 mil desaparecidos. Se debe recordar también que todavía en Brasil queda una sociedad de desigualdades extremas. Los ricos viven en otro mundo. Es el segundo país del mundo en número de helicópteros privados, después de Estados Unidos.


La tercera es política. El sistema electoral significa el secuestro de la voluntad popular y permite una sobrerrepresentación de los terratenientes. La corrupción afectó los partidos de gobierno, el PT, pero aún más, el PMDB (Partido Movimiento Democrático del Brasil), de centro-derecha, en alianza con el Partido del Trabajo y que tiene la vicepresidencia y la dirección del senado. Se explica así, en gran parte, la pérdida de credibilidad de la presidenta que cayó hasta 7 por ciento.


João Pedro Stedile concluyó que el pueblo debe reconstruir su espacio, ahora en la calle, más que por la política institucional. Ya, en su congreso de 2014, el MST había anunciado la reanudación de las ocupaciones de tierras y en algunos meses centenares de acciones han tenido lugar, una sobre las tierras de un ministro del gobierno. Felizmente, no hubo incidentes de gravedad. Stedile añadió también que frente a la supresión de las escuelas rurales por millares, cada escuela cerrada significará la ocupación de una sede municipal (prefeitura). Pidió la solidaridad con los obreros del petróleo que están en huelga, no para un aumento salarial, sino para defender la parte de la renta petrolera destinada a la educación. Finalmente él recordó que la reforma agraria popular es el objetivo fundamental del movimiento, frente a la concentración de las tierras para el monocultivo y que la agroecología era su principio de base.


Al mismo tiempo, un artículo de Marcelo Carcanholo, presidente de la Asociación Latinoamericana de Economía Política y de Pensamiento Crítico, era publicado en la revista (on line) Izquierda y titulado: ¿Por qué el gobierno de Dilma no es de izquierda? La economía política de los gobiernos del PT. (Izquierda, 57, septiembre 2015, pp 41-45).


Según este analista, Lula no cambió la lógica económica de su predecesor para no perder la credibilidad de los mercados e incluso amplió ciertas reformas estructurales en favor de ellos. Él aprovechó de la coyuntura internacional favorable para una elevación de las tasas de crecimiento sin presiones inflacionistas y para desarrollar políticas sociales compensatorias. Eso fue el periodo 2002-2007.


El resultado fue lo ya citado: reprimerización y desindustrialización relativa, es decir una gran vulnerabilidad frente al exterior. El receso de la coyuntura provocó efectos inmediatos. Para responder a la crisis de 2007-2008, se decretó una exoneración tributaria, una expansión del crédito y se protegieron mercados garantizados, esto en conjunto ha significado una tímida política anticíclica en un océano liberal. A medio plazo eso acentuó el déficit fiscal, provocó el endeudamiento de las familias y estrenó un ajuste ortodoxo.


Al contrario, una política de izquierda habría terminado con las estructuras neoliberales, reduciendo la vulnerabilidad estructural exterior; promoviendo una modificación en la concentración de la renta; una ampliación del mercado interno y una expansión de la integración regional más allá que los acuerdos comerciales. Habría significado también políticas sociales y públicas que transciendan las medidas compensatorias, que finalmente deriven de la ampliación de las reformas neoliberales.


La conclusión del autor es que Dilma Rousseff no es de izquierda, porque su propuesta política nunca fue de izquierda, y porque la alianza política y de clases del PT no fueron diferentes. Si ciertos intelectuales pueden pensar que esta posición es demasiado radical, la experiencia del MST en el terreno tiende a confirmar su pertinencia.


(Para El Telégrafo, Quito) Brasilia, 25/09/15

Publicado enPolítica
La identidad del progresismo, su agotamiento y los relanzamientos de las izquierdas

ALAI AMLATINA 07/10/2015.- Las circunstancias que afectan a los gobiernos progresistas en América Latina siguen despertando mucha atención. Algunas reflexiones recientes señalan una crisis, un final o un agotamiento del progresismo, mientras que otros rechazan cualquier debilidad o retroceso (1). Intentando salir del ruido en este debate, se confirma la divergencia entre izquierdas y progresismos, donde éstos últimos muestran una condición propia de un agotamiento antes que un final. Sorpresivamente, unos cuantos defensores de los progresismos en lugar de repotenciarlo confirman esta situación.

El reconocimiento que los progresismos tienen una identidad política en sí misma es evidente desde los dichos y prácticas de esos gobiernos y sus bases de apoyo. Estos usan ese rótulo, lo defienden, e incluso lo usan en sus coordinaciones continentales (como los Encuentros Latinoamericanos Progresistas, ELAP).

Esta distinción del progresismo como un régimen político distintivo, que resulta de una "gran divergencia" con las izquierdas desde las cuales se originaron, ya fue señalada poco tiempo atrás (2). En efecto, las izquierdas de fines de los años noventa, entre otras cosas criticaban las bases conceptuales del desarrollo, se comprometieron a terminar con la corrupción en el estado y la política, defendían la ampliación de los derechos y la justicia, buscaban una radicalización de la democracia con más participación y consultas, y estaban estrechamente vinculadas a diversos movimientos sociales.

Los progresismos actuales, en cambio, abrazan las ideas del desarrollo aunque disputan la apropiación de sus excedentes, parecen haberse rendido ante la corrupción, recortan algunos derechos ciudadanos, insisten en una mirada economicista de la justicia, detuvieron o retrocedieron en los mecanismos de democracia participativa y deliberativa para volcarse hacia el hiperpresidencialismo, y poco a poco se fueron desconectando de muchos movimientos sociales hasta terminar enfrentados con algunos de ellos.

Los progresismos se reconocen a sí mismos como una familia política y establecen claras distinciones con otras posturas. Se presentan como parte de un mismo agrupamiento progresista gobiernos que van desde Nicolás Maduro en Venezuela hasta Tabaré Vázquez en Uruguay. A la vez se consideran distintos, por un lado de los gobiernos conservadores (otro amplio conjunto que incluye a O. Humala en Perú o J.M. Santos en Colombia), y por otro lado, del resto de las izquierdas, a las que varios califican como infantiles, ultra, radicales o trotskistas. Por todo este tipo de razones, las diferencias entre izquierdas y progresismos se han vuelto fáciles de capturar y las organizaciones ciudadanas las usan cada vez más.

Es comprensible que existan muchos entusiastas del progresismo, pero también hay que aceptar que sus ideas y prácticas merecen ser sopesadas críticamente. Si eso se hace con seriedad, está claro que estos progresismos no se han vuelto neoliberales. Calificarlos de esa manera no sólo me parece exagerado, sino que muestra problemas conceptuales en entender el concepto de neoliberalismo.

Pero los progresismos también son diferentes de las posiciones de las izquierdas plurales, independientes y democráticas de las que partieron a finales de los años noventa. Los progresismos rehúyen de las pluralidades y prefieren los pensamientos únicos, no les gusta mucho la independencia ya que reclaman obediencia, y privilegian la delegación democrática hacia el hiperpresidencialismo antes que radicalizarla localmente.

En cuanto a sus ideas sobre el desarrollo, cuando se analiza lo que dicen y hacen los progresismos, si bien hay matices en sus estrategias, todas ellas buscan el crecimiento económico a partir de la exportación de recursos naturales y la atracción de inversiones, apoyan la ampliación del consumo popular y aplican algunas medidas compensatorias con los sectores más pobres. Sus Estados conceden al capital en varios frentes para conseguir estabilidad económica e inserción comercial, mientras que intenta controlarlo en otros, en especial allí donde puede aumentar la captura estatal de excedentes. Supieron aprovechar una coyuntura de altos precios de las materias primas y crisis en las naciones industrializadas para crecer económicamente.

Fin de ciclo o agotamiento

Esas estrategias están enfrentando variados problemas, y que son especialmente evidentes en Venezuela y Brasil. Bajo ese contexto resurgió el debate sobre si esos progresismos están en una crisis terminal o se están agotando. La distinción entre las dos condiciones no es menor, ya que sería muy arriesgado hablar de un final de ciclo. Aún bajo condiciones muy adversas, los agrupamientos políticos progresistas pueden ganar una elección y retener el poder (como sucedió con la reelección de Dilma Rousseff en 2014 en Brasil). Incluso hay progresismos que por ahora tiene buen respaldo y son estables (como el Frente Amplio en Uruguay).

Pero más allá de si retienen o no los gobiernos, es más claro que se ha debilitado la reflexión teórica que los sostenía, están perdiendo sus capacidades de innovación, de responder a las nuevas circunstancias, y les cuesta mucho mantener alineada a su propia militancia por lo que deben recurrir asiduamente a las adhesiones de sus propios funcionarios o a impresionantes campañas publicitarias. Se le hace más difícil explicar los pactos económicos para sostener sus estrategias de desarrollo (como las concesiones al capital extranjero, las flexibilizaciones sociales y ambientales o los acuerdos con la vieja derecha). Siguen pendientes problemas serios, como la violencia urbana o agudos deterioros ambientales. La conclusión es que no estamos ante una crisis final sino que presenciamos un agotamiento.

Al sumarse los problemas, la conflictividad retoma en varios países, pero ya no se logra apaciguarla fácilmente apelando al encantamiento con ideas y sensibilidades progresistas. A la vez, hay menos opciones para revertirla por medio de compensaciones económicas. El Estado progresista se ve forzado a lidiar con la conflictividad mediante otros instrumentos, como recortando algunos derechos, criminalizando la protesta, e incluso ha llegado a cruzar algunas líneas rojas de la represión (como ha ocurrido recientemente contra movilizaciones indígenas en Ecuador y Bolivia). Son medidas que alejan a esos gobiernos todavía más de la izquierda y los vuelve aún más progresistas.

Las defensas progresistas

Es bajo esta coyuntura que aparecen las recientes defensas a los progresismos. En muchas de ellas los alcances son limitados y se repiten ideas comunes, pero lo que más impacta es que en su propia formulación refuerzan esta percepción de agotamiento. Algunos ejemplos ilustran esta situación.

Como los argumentos escasean, posiblemente las defensas más comunes están en afirmar que cualquier cuestionamiento expresa pensamientos conservadores o sirve a los intereses de la derecha. No se analizan las puntualizaciones de la izquierda, sino que el progresismo inmediatamente la rotula de conservadora. O bien, se afirma que las prédicas de la izquierda son funcionales a las ideas conservadores. Tampoco hay argumentos, sino que se parte de un juicio previo donde cualquier crítica al progresismo siempre serviría a intereses conservadores y por ello debe ser rechazada.

Otras defensas se centran en destacar hechos positivos, como la reducción de la pobreza o el control nacional sobre algunos recursos naturales. Sin duda allí hay avances progresistas, y esas son sus herencias más positivas. Pero parece que no se asume que ese tipo de justificaciones están perdiendo su fuerza, y que las contradicciones actuales de ese tipo de desarrollo son cada vez más claras. La insistencia en reducir la justicia al campo de los instrumentos de compensación económica parece estar chocando son sus límites, y se hace evidente que por ese sendero se vuelve a caer en una mercantilización de la vida social y la Naturaleza, un extremo que las izquierdas rechazan pero los progresismos parecen aceptar bajo ciertas condiciones.

Están los que afirman que los progresismos no pueden ser culpados por los problemas actuales ya que ellos se deben a lo que ocurrió diez o quince años atrás, bajo los gobiernos neoliberales. Por ejemplo, la desindustrialización en Brasil sería culpa de las administraciones Collor o Cardoso, y se evita analizar en detalle las responsabilidades de los dos gobiernos de Lula da Silva o Dilma Rousseff. En la misma línea, otros van todavía mucho más atrás, sosteniendo que contradicciones actuales, como los extractivismos, no se pueden resolver porque venimos haciendo lo mismo durante cinco siglos.

Aquí el agotamiento se expresa como fugas al pasado que desnudan las trabas en asumir un análisis crítico sobre el presente. Siguiendo con el ejemplo de Brasil, hay dificultades para evaluar el papel del progresismo en exacerbar la primarización de las exportaciones, el desmedido apoyo gubernamental a las grandes corporaciones (los llamados "campeones nacionales", algunos de los cuales ahora se sabe participaban en redes de corrupción con el mundo político), las resistencias a lograr cadenas productivas compartidas con los países vecinos, o las medidas financieras que sobre todo beneficiaron a la banca.

Otras defensas, en cambio, se atrincheran en la dimensión internacional, aunque por momentos se cae en simplificaciones fenomenales. Los progresismos por cierto han tenido momentos estelares, como la derrota del ALCA, y que debemos reconocer. Pero eso no impide analizar problemas actuales, como los roles concedidos a China, las razones que explican la ausencia de políticas regionales comunes en rubros claves como energía o agroalimentos en espacios como UNASUR, o las incapacidades en concretar efectivamente el Banco del Sur o el SUCRE.

Por último, hay defensas progresistas que son bastante sinceras en dejar al desnudo este agotamiento. Como no hay argumentos piden adhesión y obediencia. Esto se puede ver, pongamos por caso, en los cuestionamientos de Emir Sader a los que denomina como mesiánicos escritores de misivas (tal vez en alusión a una carta pública donde varios intelectuales alertábamos sobre el hostigamiento del vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, a un puñado de ONGs). Sader dice, con mucha acidez, que los que firman esas cartas públicas son personas sin "ninguna capacidad de influencia en la realidad", sin "ningún vínculo con la izquierda latinoamericana realmente existente", y que cuando fueron candidatos partidarios tuvieron "votaciones irrisorias" (3). Su posición es clara: abandona el sitio de un intelectual independiente y crítico, para reclamar disciplina y adhesión partidaria.

Si se apelara a una defensa basada en argumentos y explicaciones, habría que fundamentar qué tiene de izquierda amenazar con cerrar a organizaciones ciudadanas que trabajan en temas de desarrollo o ambiente, o que apoyan a sindicatos o indígenas. O analizar si un gobierno es realmente tan pero tan débil que siente que cuatro pequeñas ONGs lo amenazan. O explicar cuál es la lógica política de entender que una carta pública será cierta o errada según el caudal de votos que pudieron tener algunos de sus firmantes. Uno de los adherentes en defensa de esas ONGs fue Noam Chomsky, de donde habría que preguntarse si lo que ha escrito ese académico debe ser desechado por no haber ganado nunca una elección.

Cuando el único camino que queda para este tipo de defensas es apelar a una incondicional y disciplinada adhesión al gobierno, es evidente que estamos ante un agotamiento conceptual. No se analiza si lo que hace un gobierno está bien o mal, sino que se exige no hacer públicas las críticas.

Relanzando debates en clave de izquierdas

¿Cómo lidiar con esta situación? Las izquierdas que son plurales e independientes no pueden quedar atrapadas bajo estas circunstancias. El debate de ideas sigue siendo fundamental, el entendimiento de las prácticas y urgencias de los movimientos sociales es indispensable, y el antídoto ante los slogans sigue siendo manejos serios y rigurosos de la información y los análisis. Las voces de las izquierdas son necesarias, aunque sin duda deberán navegar bajo condiciones adversas ya que en muchos casos serán hostigadas desde los progresismos como por la derecha.

Las izquierdas plurales, democráticas e independientes siguen teniendo un papel crítico, tanto para evitar retornos a gobiernos y posturas conservadoras, como para alertar sobre consecuencias negativas de los progresismos actuales. Muchas medidas que están tomando estos gobiernos ante la presente crisis tienen efectos casi contrarios a los supuestos beneficios que dicen sus defensores. Por ejemplo, la adicción progresista a los extractivismos, está dejando economías todavía más dependientes de las materias primas, un viejo sueño de las corporaciones transnacionales que manejan el comercio en esos rubros, y a la vez se traban las exploraciones de alternativas postextractivistas, otro sueño de las empresas mineras y petroleras.

Las izquierdas plurales y democráticas también deben estar atentas a no caer en reflejos conservadores, ni ser partícipes de una restauración neoliberal. El antídoto está en permanecer siempre enfocadas en los compromisos con la justicia social y ambiental. Pero tampoco deberían caer en guerrillas intelectuales donde la diferencia es personificada en enemigos a combatir, o en una lucha para ver quién es más de izquierda.

Muy por el contrario, las izquierdas deben relanzar sus propias miradas críticas, que rescaten los aportes positivos de los progresismos, pero que también sean capaces de entender sus contradicciones y retrocesos. Ellas dejan en claro que los progresismos no son el final del camino, sino una etapa en procesos de cambio que necesitar proseguir. No pueden quedarse calladas, y todos tenemos que escuchar sus reflexiones sobre justicia social y ambiental.

Notas

1. Algunas defensas conocidas son: ¿El final del ciclo (que no hubo)?, Emir Sader, ALAI (Quito), 14 setiembre 2015; Diagnosticadores de la capitulación, Aram Ahoronian, Nodal (Buenos Aires), 15 setiembre 2015; Geopolítica de América latina: entre la esperanza y la restauración del desencanto, Alfredo Serrano M., ALAI (Quito), 15 setiembre 2015. Entre las críticas recientes se pueden señalar a: El fin del relato progresista en América Latina, S. Schavelzon, Animal Político, La Razón, La Paz, 21 junio 2015; Hora de hacer balance del progresismo en América Latina, R. Zibechi, Brecha (Montevideo), agosto 2015; Venezuela: ¿crisis terminal del modelo petrolero rentista?, E. Lander, Aporrea (Caracas), Octubre 2014.

2. Esta distinción fue adelantada, por ejemplo, en Izquierda y progresismo: la gran divergencia, E, Gudynas, ALAI, Quito, 24 diciembre 2013, http://alainet.org/active/70074

3. Os missivistas messiânicos, E. Sader, Carta Maior (S. Paulo), 30 agosto 2015.

Por Eduardo Gudynas, investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES). Este artículo adelanta algunas ideas de un libro en preparación sobre la divergencia entre las izquierdas y los progresismos en América del Sur. Twitter: @EGudynas

Eduardo Gudynas
Publicado enPolítica
De tragedia en tragedia Guatemala se hunde

Uno se pregunta que si otros países logran levantarse y florecer, qué sucede con Guatemala que cada día se hunde en la miseria y la tragedia. No hay que pensarlo mucho, la respuesta está ahí en el reflejo del espejo: somos nosotros. Nosotros como sociedad somos los causantes de su decadencia. Todos y cada uno de nosotros, aquí nadie se salva.

Y un ejemplo claro y reciente es el de la tragedia de El Cambray. Gracias al oportunismo, a la eterna corrupción, a nuestra insensibilidad y a la irresponsabilidad de autoridades incompetentes existen lugares como El Cambray que son inevitables y ahí sobreviven miles de familias marginadas.

¿Cuántas familias viven en los vertederos? Sí, hablo de los basureros guatemaltecos, ¿cuántas familias comen y se visten de la basura? ¿Cuántas familias duermen entre basura? ¿Cuántos niños crecen entre toneladas de basura? ¿A cuántas niñas violan y las hacen parir dentro de un basurero? ¿Y nosotros como sociedad? Bien, gracias. Por qué a ellos somos incapaces de verlos. Tenemos la ineptitud y la desidia de no percibirlos y de ignorarlos. Y por si fuera poco la saña y el clasismo para segregarlos, para castigarlos doblemente con nuestra doble moral. Porque hay algo propio del pueblo guatemalteco y no es la solidaridad, es la doble moral y el alardear.

Si de por sí con un sueldo básico es tan difícil la sobrevivencia, lo que será para las familias que como toda oportunidad de desarrollo tienen que pasarse el día entero de sol a sol buscando sustento entre toneladas de basura. Hay que imaginar el hedor, la contaminación, el desaliento y la frustración de miles de guatemaltecos que nacen, crecen y mueren ahí a la vera de nuestra hipocresía e ingratitud. ¿Cuánto de responsabilidad tiene el gobierno, la impunidad del sistema y nuestra dejadez como sociedad para que Guatemala no florezca? Todos ponemos nuestra cuota para hundirla.

¿Hemos imaginado cómo están de destrozadas las vértebras de un cargador de bultos, las pupilas de los jornaleros que cortan caña, sus pulmones? ¿Cómo están las venas de las personas que trabajan en maquilas, todo el día de pie? ¿Cómo están las manos de los niños que pican piedra? ¿La garganta de los ayudantes de camioneta? ¿La espalda de los albañiles? Esa otra Guatemala que fingimos no ver. ¿Hemos imaginado a una niña, adolescente o mujer siendo violada por 40 hombres al día en un bar que cuenta con los permisos del clérigo, del gobierno y de nuestra doble moral? Imaginemos un solo día en su lugar. Nosotras que somos mujeres que sabemos lo que es la menstruación, imaginemos a una niña a la que le hacen bajar la sangre que se revuelve con otra sangre cuando la violan. Un niño cuando es sodomizado. Y sucede todos los días a todas horas y lo sabemos, y lo ocultamos y lo dejamos pasar: oramos.

Imaginemos vivir en una colonia sin agua potable y sin electricidad. Sin servicio de drenajes. Pues así viven miles de familias guatemaltecas en las periferias de la capital, ¿y qué es lo que hacemos? Estigmatizarlas, cerrarles las puertas, discriminarlas y mancillarlas con apelativos que muy bien corresponden a nuestra indolencia y falsedad.

Imaginemos el dolor del hambre, el frío, el dormir bajo la lluvia. Imaginemos la hambruna crónica. Caminar sin zapatos entre astillas. Esa otra Guatemala existe, respira, se agobia, llora, es ultrajada frente a nuestro descaro. El alud no debería llevarse a los inocentes, debería llevarnos a nosotros por tibios.

¿Nos hemos puesto a pensar por qué hay muchos que tuercen el camino y terminan en cárceles? No, no es por haraganes, es por el escarnio, la falta de oportunidades, la miseria, el hostigamiento; los aislamos. Los obligamos a migrar y emprenden el peregrinaje hacia la muerte en la frontera.

Guatemala es tan bella en flores de crisantemos, en cogollos de izotes, en flor de chipilín, en ocasos color flor de fuego, en las sonrisas de las crías de aldea, en el olor a pino fresco y a ocote, en sus multiculturas, Guatemala es un poema; la desgracia somos nosotros que la hundimos cada día más.

A Guatemala le debemos una Revolución, un cambio de raíz. A Guatemala le debemos respeto, amor, reverencia y entrega. Y no cartelitos de colores, ni bronceadas de fin de semana y mucho menos fotografías de alardeos en redes sociales. Guatemala necesita que la fe salga de la iglesia y del diezmo y se vuelva río, viento, hoguera: rebeldía, libertad.

A Guatemala se le tiene que amar con el alma, con la vena y con lealtad. Para sacar adelante a Guatemala tenemos que encarar nuestros males: el clasismo, la arrogancia, la homofobia, el apocamiento. Pero qué va, "En mi país, qué tristeza/ la pobreza y el rencor. Dice mi padre que ya llegará/desde el fondo del tiempo otro tiempo/ y me dice que el sol brillará/sobre un pueblo que él sueña/labrando su verde solar. En mi país, que tristeza/la pobreza y el rencor".

Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Octubre 07 de 2015.

Estados Unidos.

Publicado enInternacional