Fuentes: 15-15-15 [Imagen: Txus Cuende]

Imagine que vive en una casa cuyos cimientos tienen daños estructurales. Al principio puede que usted no lo note mucho. De vez en cuando, puede que aparezcan algunas grietas en las paredes. Si se ponen muy mal, dará usted una nueva capa de pintura sobre ellas, y todo quedará otra vez perfecto, al menos por un tiempo.

Pero ¿y si su casa está asentada sobre una zona de terremotos? Quienes vivimos en California sabemos lo que es llamar al ingeniero de estructuras y que te diga que la casa tiene que ser reformada si quieres que sobreviva al Big One. A veces es necesario trabajar en sus cimientos, cuando hay defectos ocultos sobre los que hemos construido nuestra casa.

Podemos pensar que nuestra visión del mundo occidental es una casa cognitiva en la que vivimos —un edificio de ideas que capa a capa se ha construido sobre anteriores edificaciones, acumuladas por las generaciones pasadas. Nuestra civilización global se enfrenta a la amenaza de su propio Big One, un Gran Terremoto, en forma de cambio climático, el agotamiento de los recursos y la extinción de las especies. Si nuestra visión del mundo está construida sobre cimientos temblorosos, necesitamos saberlo: necesitamos descubrir las grietas y repararlas antes de que sea demasiado tarde.

Nuestra visión del mundo es un conjunto de asunciones que tenemos sobre cómo son las cosas: cómo funciona la sociedad, su relación con el mundo natural, lo que es valioso y lo que es posible. Ese conjunto permanece a menudo incuestionable e implícito, pero es profundamente sentido y subyace a muchas de las decisiones que tomamos en nuestras vidas.

Formamos nuestra visión del mundo implícitamente conforme crecemos, a partir de la familia, los amigos, y de la cultura, y una vez construida, apenas somos conscientes de ella a menos que se nos presente una visión diferente del mundo en comparación. El origen inconsciente de nuestra cosmovisión la convierte en casi inflexible. Eso es perfecto cuando trabaja para nosotros. Pero ¿qué ocurre si nuestra visión del mundo está causando que actuemos forzosa y colectivamente en maneras que en realidad están minando el futuro de la humanidad? En ese caso, es importante que tengamos una mayor conciencia de ella.

En la investigación de mi libro The Patterning Instinct: A Cultural History of Humanity’s Search for Meaning he excavado esas capas ocultas de nuestra moderna cosmovisión y he encontrado que muchas de las ideas que consideramos sacrosantas se apoyan en cimientos dañados. Hay mitos que emergieron de asunciones erróneas hechas en diferentes momentos y lugares de la historia. Se han repetido con tanta frecuencia que mucha gente jamás ha pensado en cuestionarlas. Pero es necesario hacerlo, porque las bases de nuestra civilización y su perspectiva, son estructuralmente defectuosas.

La buena noticia es que, de cada defecto estructural, podemos encontrar un principio alternativo que ofrece una base sólida para un florecimiento sostenible y a largo plazo. Nuestra mayor esperanza como civilización que sobreviva a ese Gran Terremoto que viene, es reconocer esos defectos subyacentes, y trabajar juntos para reconstruir una visión global con basamentos más seguros. Hay ocho fallas profundas que he encontrado, junto con sus principios alternativos que, en conjunto, podrían crear la base de una civilización floreciente para las generaciones futuras.

Fallo estructural 1: Los seres humanos son fundamentalmente egoístas

La economía moderna se basa en la asunción —respaldada por teorías biológicas obsoletas— de que los seres humanos se mueven predominantemente por su propio interés, y que sus acciones egoístas en conjunto son la fuente de muy buenos resultados para la sociedad. En palabras del biólogo de la vieja escuela Richard Alexander, “la ética, la moral, la conducta , y la psique humana sólo pueden entenderse si vemos las sociedades como conjuntos de individuos, cada uno de ellos en busca de su propio interés”. La historia geopolítica del siglo XX se usa como prueba de esta filosofía. El Comunismo fracasó, se nos dice, porque estaba basado en una visión no realista de la naturaleza humana, mientras que el Capitalismo triunfó porque se fundamenta en el uso de la naturaleza egoísta de cada individuo para el bien final de la sociedad.

Nuevo fundamento: Los seres humanos son fundamentalmente cooperativos.

De hecho, la Antropología moderna y la Neurociencia muestran que la cooperación, la identidad grupal, y el sentido de la justicia son rasgos definitorios de la humanidad. En contraste con los chimpancés, obsesionados por competir entre ellos, los humanos evolucionaron para convertirse en los primates más cooperativos, a través de su habilidad para compartir con otros sus intenciones, y para reconocer al mismo tiempo que los otros ven el mundo desde diferentes perspectivas. Esto permitió a los primeros humanos trabajar colaborativamente en tareas complejas, creando comunidades que compartían valores y prácticas que se convirtieron en la base de la cultura y la civilización.

Un elemento esencial en la habilidad de los humanos para trabajar juntos es el sentido evolucionado de justicia. Sentimos la justicia tan intensamente que preferimos abandonar antes que permitir que alguien se aproveche injustamente de nosotros. El sentido intrínseco de la justicia es, según indican psicólogos evolutivos prominentes, el ingrediente extra que condujo al éxito evolutivo de nuestra especie y que creó la base cognitiva de valores cruciales de nuestro mundo moderno, como la libertad, la igualdad y el gobierno representativo.

En un 99% del tiempo de historia humana, vivimos juntos en grupos de cazadores recolectores, en los que predominaba un ethos igualitario. Si un cazador de éxito empezaba a ser socialmente más dominante, el resto del grupo se aliaba para mantener su ego bajo control. Una ética compartida prevalecía en todos los aspectos de la vida. Cuando un antropólogo preguntó a un cazador recolector en el remoto Amazonas por qué en su grupo no ahumaban o secaban la carne para almacenarla, pese a saber cómo hacerlo, respondió: “Yo almaceno mi carne en el estómago de mi hermano”.

Fallo estructural número 2: Los genes son fundamentalmente egoístas

En un nivel más profundo, la idea de que los mismos genes son egoístas ha calado en la conciencia colectiva. Desde que en 1976 publicara Richard Dawkins El Gen Egoísta, la gente ha llegado a creer que la evolución es el resultado de la competición entre genes, siguiendo un impulso sin remordimientos por replicarse a sí mismos. La competición más ruda es vista como la fuerza que separa a los ganadores de los perdedores en la evolución.

Incluso el altruismo es interpretado como una forma sofisticada de conducta usada por un organismo para propagar sus propios genes de modo más eficaz. El biólogo Robert Trivers generó una noción de lo que denominó el “altruismo recíproco”, como una antigua estrategia evolutiva presente en la conducta de peces y pájaros, e interpretó el altruismo humano del mismo modo: “Bajo ciertas circunstancias”, escribió, “la selección natural favorece estas conductas altruistas porque a largo plazo benefician al organismo que las lleva a la práctica”.

Nuevo fundamento: La naturaleza es una red

Este argumento ha quedado muy desacreditado como interpretación simplista de la evolución. En su lugar, los biólogos están desarrollando una visión más sofisticada de la evolución, como una serie de sistemas complejos e interconectados, en los que los genes, los organismos, la comunidad, la especie, y el entorno interactúan todos unos con otros, tanto competitivamente como cooperativamente, en una red que se extiende en el tiempo y en el espacio. Los ecosistemas se mantienen saludables por su interacción intensamente sincronizada entre muy diferentes especies. Los árboles en un bosque, hemos descubierto, se comunican unos con otros en una red compleja que los mantiene colectivamente con salud —un sistema al que se ha denominado la wood wide web.

En lugar de un campo de batalla de genes egoístas compitiendo para superar unos a los otros, los biólogos modernos ofrecen una nueva visión de la naturaleza como una red de sistemas interconectados, que dinámicamente se optimizan en diferentes niveles de la selección evolutiva. Este reconocimiento de que las redes colaborativas son parte esencial de los ecosistemas sostenibles puede inspirar nuevas vías para estructurar la tecnología humana y la organización social para un futuro florecimiento.

Fallo estructural 3: Los humanos están separados de la naturaleza

Más profundo que los anteriores fallos estructurales es este otro: la creencia implícita en que los humanos están separados de la naturaleza. La fuente de esta idea puede rastrearse hasta los antiguos griegos. Platón veía al ser humano como una entidad dividida, en la que un alma eterna se hallaba encerrada en un cuerpo mortal. El fin último de la filosofía era dejar atrás el cuerpo e identificarse solo con el alma que nos vinculaba a la divinidad. Dos milenios y medio después, Descartes actualizó el mito de Platón con su idea de que la verdadera esencia de la persona es su pensamiento, mientras que el cuerpo no es asunto de valor intrínseco alguno.

La implicación de esta división cartesiana es que el resto de los animales naturales, las plantas, y todo lo demás, no tiene valor porque no piensa como un ser humano. Al desacralizar la naturaleza, se permitió a los humanos utilizarla sin remordimientos para sus intereses propios. El Viejo Testamento proporcionó más justificación teológica a este mito, con el mandato de Dios a Adán y Eva de que debían “dominar” la tierra y “reinar” sobre todo ser viviente en ella.

El proyecto de la ciencia, que despegó en el siglo XVII, via a partir de ahí cada aspecto del mundo material como el libre juego para la recogida de datos, la investigación, y la explotación. Francis Bacon inspiró a generaciones de científicos con su llamada a “conquistar la naturaleza”. Los arengó para que “unieran fuerzas contra la naturaleza de las cosas, para que estallaran en la ocupación de sus castillos y sus fortalezas, y extendieran los límites del imperio humano”.sepa

Nuevo fundamento: Los seres humanos son parte integral de la naturaleza

Estas ideas están tan intrincadas en la psique moderna que es fácil olvidar que son exclusivas de la visión europea del mundo. Otras culturas a lo largo de la historia han visto a los humanos compartiendo el mundo en igualdad con todas las otras criaturas. La tierra es su madre, el cielo su padre. Aquellos que deseen estar en armonía con la naturaleza, en palabras del Tao Te Chin, deben ser “reverentes, como los invitados”.

Los hallazgos de la Biología moderna y de la Neurociencia validan el conocimiento implícito de las tradiciones tempranas. Los humanos son de hecho organismos mentales-corporales integrados, que contienen en su interior ecosistemas y que igualmente participan en los más amplios ecosistemas de la naturaleza. Cuando destruimos la complejidad del mundo natural, minamos el bienestar de todos los organismos, incluido el nuestro propio. En las profundas palabras de un slogan en la COP21 de Paris, “No defendemos la naturaleza. Somos naturaleza que se defiende a sí misma”.

Fallo estructural 4: La naturaleza es una máquina

Junto a la separación de los humanos respecto a la naturaleza, otro mito cultural exclusivamente europeo proclama que la naturaleza es una máquina. Desde la revolución científica del siglo XVII, la visión de la naturaleza como una máquina compleja se ha extendido mundialmente, llevando a algunas de las más brillantes mentes de nuestro tiempo a perder de vista que esta frase es una metáfora, y a creer erróneamente que la naturaleza es realmente una máquina.

Ya en 1605, Kepler encuadraba su vida de investigador en esta idea, al escribir: “Mi intención es mostrar que la máquina celestial es más comparable al mecanismo de un reloj que a un organismo divino”. Del mismo modo, Descartes declaraba: “No reconozco diferencia alguna entre las máquinas hechas por artesanos y los diversos cuerpos que la naturaleza compone por sí misma”.

En décadas recientes, Richard Dawkins ha difundido una versión actualizada de este mito cartesiano, escribiendo con gran éxito que “la vida son simplemente bytes y más bytes de información digital”, y añadiendo: “Esto no es una metáfora, es la pura verdad. No sería más evidente si llovieran discos duros”. Si abrimos cualquier revista científica, veremos genes descritos como programadores que “codifican” ciertos rasgos, en tanto la mente es considerada un “software” para el “hardware” del cuerpo, que es programado de determinadas maneras. Esta ilusión maquinística es ubicua, engañando a tecno-visionarios en busca de la inmortalidad, para que hagan una copia de seguridad de su mente, así como a tecnócratas que esperan resolver el cambio climático mediante geo-ingeniería.

Nuevo fundamento: La naturaleza es un fractal auto-regenerativo

Los biólogos señalan principios intrínsecos a la vida que se apartan categóricamente de la más compleja de las máquinas. Los organismos vivos no pueden ser descompuestos, como un ordenador, en hardware y software. La composición biofísica de una neurona está intrínsecamente ligada a sus computaciones: la información no existe separadamente de su construcción material.

En décadas recientes, los pensadores de sistemas han transformado nuestra comprensión de la vida, mostrándola como un sistema auto-regenerativo y auto-organizado, que se extiende como un fractal a una escala siempre creciente, de una simple célula a un sistema global de vida en la Tierra. Todo en el mundo natural es más dinámico que estático, y los fenómenos biológicos no pueden predecirse con precisión: en lugar de leyes fijas, necesitamos investigar los principios organizativos subyacentes de la naturaleza.

Esta nueva concepción de la vida nos lleva a reconocer la interdependencia intrínseca de todos los sistemas vivientes, incluído el humano. Nos ofrece las bases de un futuro sostenible en el que la tecnología es utilizada no para conquistar la naturaleza o para reorganizarla, sino para armonizarnos con ella haciendo así nuestra vida más floreciente y llena de sentido.

Fallo estructural número 5: El PIB es una buena medida de prosperidad

Oímos continuamente que el Producto Interior Bruto es un indicio claro del éxito de un país. Sin embargo lo que en realidad mide el PIB es la velocidad a la que transformamos la naturaleza y las actividades humanas en economía monetaria, sin considerar si esa transformación es beneficiosa o nociva. El defecto esencial de tomar el PIB como medida de la riqueza de un país está en que no establece distinción entre las actividades que promueven el bienestar y aquellas que lo reducen. Cualquier cosa que genere actividad económica del tipo que sea, buena o mala, cuenta para el PIB.

Cuando alguien cosecha de su jardín vegetales y los cocina para un amigo, ello no genera impacto alguno en el PIB, y en cambio, comprar una comida similar de la sección de congelados del supermercado implica un intercambio de dinero, y por ello se registra en el PIB. Con este extraño sistema de contabilidad, la polución tóxica puede ser triplemente beneficiosa para el PIB: primero cuando una compañía química genera al producir residuos nocivos; segundo, cuando es preciso limpiar dichos residuos; y tercero, si causan daños en las personas, requiriendo tratamiento médico.

La medida del PIB no solamente es anómala, sino peligrosa para el futuro de la humanidad, porque sus métricas tienen un impacto profundo en lo que la sociedad intenta conseguir. Se vota o deja de votar a líderes nacionales para gobernantes según contribuyen o no al crecimiento del PIB. Reconociendo esto, varios grupos, incluida la ONU y la Unión Europea, están explorando modos alternativos de medición de la verdadera riqueza de una sociedad. El estado de Bután fue el pionero al crear su índice de Felicidad Interior Bruta, que incorpora valores como el bienestar espiritual, la salud, y la biodiversidad.

Nuevo fundamento: Medir el progreso genuino de un país

Estas medidas alternativas ofrecen una historia muy diferente de la experiencia humana en los últimos cincuenta años, que la que nos muestra el PIB. Los investigadores han desarrollado una medición denominada Indicador del Progreso Genuino (GPI, por sus siglas en inglés), que registra aspectos negativos como la desigualdad de ingresos, la polución ambiental, o el crimen, así como aspectos positivos como las actividades de voluntariado o el trabajo doméstico, como producción nacional. Cuando se aplicó este índice a diecisiete países del mundo, se descubrió que, aunque el PIB ha crecido continuamente desde 1950, el GPI mundial alcanzó un pico en 1978 y no ha hecho sino decrecer desde entonces.

Una vez que comencemos a medir el éxito de nuestros políticos basándonos en el GPI, y no en el PIB, será más factible que el mundo se mueva hacia un modo de vida más sostenible antes de que sea demasiado tarde.

Fallo estructural número 6: La Tierra puede sostener el crecimiento ilimitado

Los mercados financieros mundiales se basan en la creencia de que la economía global seguirá creciendo indefinidamente, y sin embargo esto es imposible. Cuando la teoría económica moderna se desarrolló en el siglo XVIII, parecía razonable ver los recursos naturales como ilimitados porque, a todos los efectos de entonces, lo eran. Sin embargo, tanto el número de seres humanos como la velocidad a la que consumen ha explotado dramáticamente en los pasados cincuenta años, de modo que esta asunción es hoy lamentablemente falsa.

A la velocidad actual de crecimiento de 77 millones de personas por año —equivalente a una nueva ciudad de un millón de habitantes cada cinco días—, los demógrafos prevén un mundo con casi 10 mil millones de habitantes para 2050. La gente de todo el globo, bombardeada con las imágenes del modo de vida de los países ricos, comprensiblemente aspiran al mismo nivel de confort para sí mismos. Empujada por ese apetito insaciable de crecimiento, la economía mundial proyecta cuadruplicarse para 2050.

Los científicos han calculado que los humanos se apropian actualmente de un 40% de la energía disponible para sostener la vida en la Tierra —denominada Productividad Primaria Neta— para su propio consumo. Los seres humanos usamos más de la mitad del agua potable mundial y hemos transformado el 43% de la tierra en terreno agrícola o urbano. Para sostener nuestra velocidad actual de expansión, la apropiación por los humanos de la Productividad Primaria Neta debería duplicarse o triplicarse a mitad de siglo. Si echamos cuentas, esto no puede conseguirse en un sólo planeta tierra. En palabras del teórico de sistemas Kenneth Boulding: “Quien crea que el crecimiento exponencial puede continuar siempre en un mundo finito es o un loco o un economista”.

Nuevo fundamento: Crecer en calidad, no en consumo

La solución es transformar nuestra cultura subyacente —dejar de buscar el crecimiento del consumo— y en su lugar buscar el crecimiento de la calidad de nuestra vida. Podemos escoger participar en una economía circular, en la que prestamos, compartimos, reutilizamos o reciclamos —y cuando compremos algo nuevo, asegurémonos de que proviene de un proceso sostenible.

Pero del mismo modo que cambiar las bombillas no va a detener el cambio climático, la economía circular por sí sola no impedirá el colapso de la civilización bajo su propio peso. Necesitamos llegar a la fuente de esa carrera frenética por el perpetuo crecimiento: la dominación de nuestra economía por las empresas globales impelidas por el mandato de maximizar los ingresos de sus accionistas por encima de toda otra consideración. Despertar la conciencia pública sobre cómo esas fuerzas no humanas están conduciendo a la humanidad a la catástrofe, es una de las tareas más esenciales para todos los que nos preocupemos por el futuro floreciente de las nuevas generaciones.

Fallo estructural número 7: La tecnología es la solución

Los tecno-optimistas frecuentemente ridiculizan a Thomas Malthus, un clérigo inglés del siglo XVIII que fue el primero en advertir sobre los peligros del crecimiento exponencial. Para cada problema que emerge, aseguran, la tecnología ofrece una solución. Sin embargo, las soluciones basadas puramente en la tecnología tienden a dejar de lado los elementos estructurales profundos, a menudo creando incluso mayores problemas en el camino.

Un ejemplo es la Revolución Verde del final de los años 60, que, se dice, salvó a casi mil millones de personas de morir de hambre, exportando la agricultura altamente industrializada al mundo en vías de desarrollo. Sus consecuencias inesperadas amenazan ahora el futuro de la humanidad. El uso ubicuo de los fertilizantes artificiales ha generado masivas zonas muertas en los océanos, por los escapes de nitrógeno y la reducción severa de las capas superficiales terrestres; el uso indiscriminado de pesticidas químicos ha roto los ecosistemas; y la agricultura industrial contribuye con un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero a causar el cambio climático.

Una razón por la que nos enfrentamos a una crisis global de sostenibilidad es que nuestra cultura alimenta actitudes destructivas hacia la Tierra. La tecnología ha traído una plétora de mejoras en la experiencia humana, pero al mismo tiempo, ha empujado la creencia subyacente occidental de que “conquistar la naturaleza” es el principal vehículo del progreso. La naturaleza, sin embargo, no es un enemigo que conquistar, y cada paso que damos en esa dirección desestabiliza más y más la intrincada relación entre los humanos y nuestra única fuente de vida y de futuro floreciente, la Tierra.

Nuevo fundamento: El cambio sistémico y no el arreglo tecnológico

En lugar de confiar solamente en la tecnología, las soluciones verdaderamente efectivas trabajan con las bases sistémicas de nuestras crisis, transformando las prácticas que han causado el problema en primera instancia. La agroecología, por ejemplo, un enfoque de la agricultura basado en los principios de la ecología, contempla la tierra como un sistema profundamente interconectado, reconociendo que la salud de los seres humanos y la de la naturaleza son interdependientes. La agroecología diseña y gestiona los sistemas de alimentación para que sean sostenibles, aumentando la fertilidad del suelo, reciclando nutrientes, e incrementando la eficiencia de la energía y del agua.

Ya ampliamente incorporada en Hispanoamérica, la agroecología está ganando rápida aceptación en los EE. UU. y en Europa, y tiene la capacidad para reemplazar el sistema agro-industrial. La agroecología puede incluso ayudar a captar el exceso de carbono en la atmósfera. El Instituto Rodale ha calculado que la práctica regenerativa orgánica de la agroecología, como el compostado, el barbecho y rotación de cosechas así como el uso de cosechas protectoras del suelo pueden captar más del 100% de las emisiones anuales de CO2, si se generalizan en el mundo.

Fallo estructural 8: El universo no tiene sentido

La mayoría de la ciencia trabaja a partir de un enfoque reduccionista: en ella se ve el mundo como un ensamblaje de partes que pueden analizarse por separado. Este método ha conducido a un enorme progreso en muchos campos, pero su propio éxito ha causado que muchos científicos contemplen la naturaleza como nada más que una colección de partes, una perspectiva que conduce inevitablemente al nihilismo espiritual. En las palabras del Premio Nobel de Física Seven Weinberg, “cuanto más sabemos del universo, más vacío de sentido se nos aparece”. En último término, la corriente moderna de pensamiento se fundamenta en la desconexión: la separación de la mente y del cuerpo, del individuo y su comunidad, y del ser humano y la naturaleza.

Nuevo fundamento: El universo es una red de sentido

Sin embargo, en décadas recientes, las intuiciones de la Teoría de la Complejidad y de la Biología de Sistemas apuntan hacia una nueva concepción de un universo conectado, que es tanto científicamente rigurosa como espiritualmente rica en significado. En esta comprensión, las conexiones entre las cosas son frecuentemente más importantes que las cosas mismas. Al subrayar los principios subyacentes que se cumplen en todos los seres vivos, esta concepción nos ayuda a darnos cuenta de nuestra interdependencia intrínseca con toda la naturaleza.

En lugar de los fallos cognitivos estructurales que han conducido a la humanidad al abismo, la perspectiva sistémica invita a una nueva comprensión de la naturaleza como una “red de sentido”, en la que la misma interconexión de toda vida, da sentido y resonancia también a nuestra conducta individual y colectiva. Cuando aplicamos este marco mental a nuestra vida, el sentido brota, del modo como estamos relacionados con todo lo que nos rodea. El sentido se convierte así en una función de la interconexión —y el sentido de la vida, en una propiedad emergente de la red de conectividad que es el universo—. Vivir con esta profunda comprensión, nos hace sentir que estamos verdaderamente en casa en el universo.

Establecer las bases del florecimiento

No es necesariamente una tarea fácil: reestructurar las bases para prepararnos para el Gran Terremoto, mientras tantos otros están preocupados escogiendo los colores nuevos para pintar las grietas que aparecen en los muros. Sin embargo, una vez nos hacemos conscientes de los fallos estructurales en la cultura dominante, no podemos ignorarlos. Empezamos a ver manifestaciones de los mismos por todas partes.

No es una tarea fácil, quizás, pero puede ser profundamente transformadora. Es una necesidad acuciante, la reconstrucción de nuestro sistema de valores, que puede llevarnos a la posilibidad de encontrar un sentido profundo, mediante la conexión con nosotros mismos, con los demás y con el mundo natural. Estas nuevas bases, fundamentadas en ver el cosmos esencialmente como una red de significado, tiene el potencial de ofrecer un futuro sostenible de dignidad humana compartida y de florecimiento del mundo natural.

Por JEREMY LENT. Sus escritos investigan los patrones de pensamiento que han conducido a nuestra civilización a la actual crisis de sostenibilidad. Es fundador de la iniciativa sin ánimo de lucro Liology Institute dedicada a promover una cosmovisión integrada, al tiempo rigurosamente científica y con un sentido intrínseco, que pueda capacitar a la Humanidad para salir adelante de una manera sostenible sobre la Tierra. Su libro The Patterning Instinct: A Cultural History of Humanity’s Search for Meaning (2017), profundiza en las raíces históricas de nuestra cosmovisión moderna. Su último libro lleva por título: The Web of Meaning: Integrating Science and Traditional Wisdom to Find Our Place in the Universe.

 

 (Publicado originalmente en la revista Tikkun. Traducido con permiso por Eva Aladro Vico y revisado por Manuel Casal Lodeiro)

Publicado enSociedad
Viernes, 26 Marzo 2021 06:06

Defender el agua y la vida

Defender el agua y la vida

La crisis ecológica pone en cuestión la capacidad del capital para reproducirse. Y la reacción del capitalismo es buscar valores en los que refugiarse, bienes “seguros” porque son claves para la supervivencia, como lo es el agua.

 

Desde el pasado diciembre el agua es formalmente un activo más de la especulación capitalista a través del índice Nasdaq Veles California Water (NqH2O), que permite la cotización bursátil del derecho de uso. Concretamente, implica a la explotación del agua proveniente de las cuencas fluviales de California.

No es nuevo que el agua sea un bien escaso, a nivel global lleva siéndolo desde hace ya bastante tiempo. Según Naciones Unidas unos 2.000 millones de personas carecen de agua suficiente en calidad y cantidad para suplir necesidades básicas. Una situación que, conjuntamente con una fuerte presión social y política, favoreció que la Asamblea General de 2010 reconociera algo tan obvio como amenazado: el derecho humano al agua, cuyo día mundial estuvimos celebrando el 22 de marzo.

Su aparición en la bolsa, no solo nos muestra cómo el capitalismo vacía de contenido los derechos y los mercantiliza de forma imparable. Sino que al ser un bien escaso, su precio solamente puede ir al alza, como pasó con las tierras cultivables, favoreciendo procesos de acaparamiento y especulativos que, como ya vimos en 2008, estaban detrás de la crisis alimentaria.

Aunque de momento solo afecta a California, este hecho marca una tendencia preocupante: el agua como un “bien seguro” para la inversión de capitales. No se trata de un fenómeno puntual o un caso excepcional, al contrario, esto se une a la explotación privada del agua que ya realizaban grandes empresas transnacionales. Sin ir más lejos, el Grupo Suez, que tiene múltiples inversiones en diversos países latinoamericanos y africanos, como ha mostrado la investigación del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) y en muchos países no sólo está privatizada la gestión, sino las fuentes, como lo hizo Chile durante la dictadura de Pinochet.

En Centroamérica la escasez del agua es una realidad y un recurso en disputa. La lucha por la defensa del agua está extendida por toda la región y junto a la resistencia antiminera y la defensa de la tierra y territorio, conforman ejes centrales de la movilización social y de luchas anti extractivas. Solo en Honduras en 2010 el COPINH presentó denuncia contra 51 proyectos que habían obtenido concesiones y licencias a través de redes de corrupción para la explotación de ríos.

Este caso, conocido como “Fraude sobre el Gualcarque”, es uno de los mayores ejemplos de explotación privativa del agua de la que se abastecen las comunidades indígenas de la zona. De hecho, el asesinato de Berta Cáceres se dio en medio de un proceso de resistencia popular contra la construcción de la represa hidroeléctrica, concesionada a DESA en la comunidad de Río Blanco y en defensa del río Gualcarque. Mientras, los ataques continúan a la población y la justicia hondureña se sirve de la red clientelar en la que se ha convertido el Estado hondureño a favor de los intereses privados.

La mercantilización del agua no sólo es un ejemplo más de la contradicción entre capital y vida sino que además desmonta la imagen del capitalismo verde como lavado de cara del sistema. Una transición “verde”, impulsada desde el Norte Global que necesita del expolio de los recursos de los países del Sur Global, exacerbando una economía extractivista en permanente ampliación del ámbito productivo y bajo los dictados de la voracidad de los mercados, que intensifican la emergencia ecológica existente.

Pero no solo nos encontramos ante un fenómeno de saqueo de recursos, sino que el capitalismo tardío también se esfuerza por aislar herméticamente los centros de la “humanidad superflua” que el sistema produce en su agonía. De modo que la protección de las relativas “islas del bienestar” que aún subsisten, constituye un elemento central de las políticas imperialistas, por ejemplo la política migratoria de la Europa Fortaleza o el propio Muro de Trump. El acaparamiento y mercantilización de recursos fundamentales para la vida como el agua responde también a esta estrategia de protección de las relativas “islas del bienestar”.

Porque la crisis ecológica pone en cuestión la capacidad del capital para reproducirse. Y la reacción del capitalismo es buscar valores en los que refugiarse, esos bienes “seguros” son elementos que pueden considerarse productivos pero que, al mismo tiempo, son claves para la supervivencia, y eso es precisamente lo que hace que sean seguros, que su rentabilidad está asociada a la necesidad de las mayorías. Se trata de una fórmula de redistribución de abajo hacia arriba, que extrae beneficios de las capas populares a base de desposeerlas de los bienes comunes que hacen viable la vida.

Decía Daniel Bensaïd que en el momento actual hay que elegir entre una lógica competitiva implacable (ese “aliento helado de la sociedad mercantil” del que escribía Benjamin) y el aliento cálido de las solidaridades y del bien público. Defender los bienes comunes implica “atreverse a incursiones enérgicas en el santuario de la propiedad privada” y recuperar para el bien común lo que una minoría peligrosa ha privatizado o pretende mercantilizar. Es el momento de atreverse a cuestionar el dogma de la privatización del mundo, nos va la vida en ello.

Por Eduardo Luzzatti

Miguel Urbán Crespo

Eurodiputado (GUE/NGL)

26 mar 2021 06:00

Publicado enSociedad
Los neandertales tenían un "sistema de comunicación vocal tan complejo y eficaz como el lenguaje humano"

Los neandertales tenían un sistema auditivo tan agudo como el Homo sapiens, lo que podría suponer una prueba adicional de que contaban con una capacidad de comunicación tan eficaz como los humanos modernos, según un estudio publicado el lunes.

Si bien algunos expertos defienden la idea de que solamente el Homo sapiens desarrolló la capacidad de concebir símbolos y de comunicarlos mediante el lenguaje, la profesora Mercedes Conde-Valverde, de la Universidad de Alcalá, en Madrid, y responsable del estudio, recordó que la ciencia cada vez aporta más pruebas de "comportamientos complejos de los neandertales".

Por ejemplo, se ha demostrado que esta especie, que desapareció hace unos 40 mil años, inhumaba a sus muertos, sabía ornamentar los cuerpos y fabricar instrumentos sofisticados.

Para establecer si los neandertales podían tener un lenguaje, había que determinar si podían simbolizar conceptos y si tenían la capacidad anatómica necesaria para expresarlos, según el estudio publicado en la revista Nature Ecology and Evolution.

Para ello, reconstituyeron virtualmente los canales auditivos externos y medianos de cinco especímenes que vivieron hace entre 130 mil y 45 mil años.

Después midieron su capacidad para captar sonidos y su gama de frecuencia, puesto que "cuanto más amplia es ésta, más variados son los sonidos y más eficaz la comunicación", sostuvo Conde-Valverde, especialista en bioacústica.

Finalmente, compararon todos esos valores con sendos grupos de humanos modernos y de especímenes de los primeros ancestros de los neandertales hallados en la Sima de los Huesos, en España, y fechados hace 430 mil años.

 

Capacidad auditiva

 

Su conclusión es que esta especie tenía las mismas capacidades auditivas que el Homo sapiens, en especial, la de percibir sonidos de frecuencia más elevada que sus ancestros.

Las altas frecuencias están relacionadas con la producción de consonantes, característica importante del lenguaje humano, que lo distingue del modo de comunicación de los chimpancés y de casi todos los mamíferos.

El estudio subraya que las consonantes son "especialmente importantes para determinar el sentido de las palabras".

Deduce además que si el oído del neandertal se desarrolló para captarlas es porque sabía producirlas y apunta a la existencia de un "sistema de comunicación vocal tan complejo y eficaz como el lenguaje humano".

Según Conde-Valverde, el neandertal "era capaz de transmitir una información oral rápidamente y con una tasa de error muy baja". Cree incluso que "si escucháramos a dos neandertales hablar detrás de una cortina sin poderlos ver, pensaríamos que se trata de dos personas de otro país que hablan una lengua extranjera".

El neurocientífico Alysson Muotri con una placa de organoides cerebrales

Un experimento que mezcla la especie extinguida con la actual da pistas sobre lo que nos hace humanos.

Preguntarse qué fue cambiando en el cerebro que hizo a los humanos modernos tan diferentes de sus parientes más próximos en la evolución, los neandertales y los denisovanos, forma parte de la curiosidad natural, de los especialistas desde luego, pero también de cualquiera que esté interesado en lo que somos.

Ahora existe la posibilidad de experimentar en laboratorio con los genes y las células madre para dar lugar a los llamados organoides cerebrales o neuronales. En este aspecto concreto, los científicos han empezado por introducir un solo gen de neandertal para ver cómo influye en el neurodesarrollo inicial.

Según una definición, los organoides, en general, son órganos en miniatura desarrollados en el laboratorio para la investigación de enfermedades y nuevos tratamientos. Otra los define como cultivos tridimensionales derivados de células madre que presentan una estructura y funcionamiento similares a los órganos. Los cerebrales a veces se llaman de forma simplificada cerebros in vitro o de laboratorio, aunque no lo sean.

Como los cerebros son órganos que no pueden fosilizarse, los paleontólogos ven limitada su capacidad de conocer cómo era el cerebro de un neandertal, por ejemplo. Así que han entrado los biólogos para desarrollar organoides cerebrales con células madre de nuestra especie, el Homo sapiens, pero con el añadido de un gen característico de los neandertales, una especie extinguida.

NOVA1, el gen arcaico que cambia el cerebro humano

El resultado ha sido espectacular, en el sentido de que los organoides cerebrales humanos con la variante neandertal de un solo gen han resultado ser muy distintos de los que no lo tienen, aunque esto por sí solo no signifique mucho. Este gen arcaico, llamando NOVA1, sigue existiendo en los humanos actuales, pero es ligerísimamente diferente (solo cambia un nucleótido entre varios miles de pares de bases) y se sabe que ejerce el control de otros muchos durante el desarrollo temprano del cerebro.

Es uno de los 61 genes hallados que son diferentes en los humanos actuales y los parientes más cercanos extinguidos. Con la nueva y poderosa técnica CRISPR de edición genética se introdujo en células madre la mutación tipo neandertal y de ellas se derivaron células cerebrales hasta formar un organoide. Estos "minicerebros" que se cultivan en placas Petri resultaron ser muy distintos, incluso a la vista, de los humanos no modificados, resalta la Universidad de California, donde trabaja el director del experimento, Alysson Muotri.

Este investigador asegura que "es fascinante ver cómo la alteración de un solo par de bases en el ADN humano puede cambiar las conexiones cerebrales. No sabemos exactamente cuándo y cómo ocurrió este cambio en nuestra historia evolutiva, pero parece ser significativo y podría explicar algunas de nuestras capacidades modernas en el comportamiento social, el lenguaje, la adaptación, la creatividad y el uso de la tecnología".

El especialista ha hecho el trabajo, que se publica en la revista Science, en colaboración con un amplio equipo de investigadores de otros países e instituciones.

Los neandertales y denisovanos vivieron en diversas regiones, entre ellas Europa, en el Pleistoceno, y parece que los denisovanos son más antiguos que los neandertales, que se extinguieron hace solo 11.700 años, pero también más parecidos entre ellos que a los humanos modernos. Los organoides cultivados en este experimento son más pequeños y rugosos que los puramente humanos y también son diferentes en aspectos morfológicos como la proliferación de las células neuronales y la conexión entre ellas, así como en su actividad eléctrica.

"Parece que cualquiera de las cosas que han podido medir ha dado resultados diferentes", comenta en la misma revista Arnold Kriegstein, que no ha participado en el trabajo. Sin embargo, añade, como los organoides representan únicamente los primeros estadios de desarrollo de un órgano, en este caso el cerebro, es difícil saber cómo se manifestarían los cambios en un cerebro más maduro. Que los organoides resultantes de la mezcla sirvan para saber algo del cerebro neandertal tampoco está claro, porque la variante humana actual sería el resultado de muchas mutaciones y quitarla puede hacer inviable el desarrollo cerebral, como señala Gray Camp, de la Universidad de Basilea, en la revista Nature, que se ha hecho eco del estudio.

Solo se ha insertado un gen arcaico, por lo que lo obtenido es también solo un indicio de la forma en que la sustitución de genes antiguos por otros similares condicionó la evolución de nuestra especie. En realidad, lo que los investigadores presentan, con precaución e ilusión, es una plataforma científico tecnológica que permitirá ir añadiendo, solos o en compañía, los otros 60 genes que diferencian a los neandertales de los humanos para saber algo más de por qué estas dos especies fueron tan parecidas y al mismo tiempo tan diferentes.

 

madrid

16/02/2021 07:15

Por Malen Ruiz de Elvira

Miércoles, 27 Enero 2021 08:18

¿Ante la derrota de la humanidad?

¿Ante la derrota de la humanidad?

Estamos ante un sueño nunca superado ni derrotado. Vivimos en reforzamiento de uno de los mayores sueños de Occidente, el mismo que ha propiciado la hasta ahora incontenible crisis ambiental que tiene en el precipicio al planeta y con él a todas las especies vivas que lo habitan. Estamos ante la persistencia del sueño de la razón, presente desde el origen mismo de la actual civilización, el mismo que llevó al ser humano a convencerse de ser superior entre todos los seres vivos y, por tanto, rey y amo de la naturaleza, la que sería sometida a sus ambiciones, necesidades y mandatos.

La preeminencia y la persistencia de este sueño, aunque presente en todo el modelo de desarrollo imperante, y que por su larga perduración le parece lo más normal a la mayoría de la población, ahora, con el salto del covid-19 a los cuerpos humanos, rasga las telas que lo ocultan por ratos y se instala ante los ojos de la humanidad. Son un salto y una evidencia que, de manera paradójica, no lleva a que la humanidad como un todo entre en reflexión, y busque el porqué de este salto y por la manera de 1. Superarlo, y, 2. Actuar para que no vuelva a suceder.

Contrario a ello, lo que hace la clase dominante alrededor del globo, en proceder suicida, es centrar sus acciones en los efectos de la crisis y no en sus causas. En el decir popular, “buscan la fiebre en las sábanas”.

Es así como deciden, ellos, amos y señores en el planeta y sobre la naturaleza, que vencerán el covid-19 con una vacuna. Al fin y al cabo, “su saber científico y técnico les permite controlar a los demás seres vivos que pueblan este mismo territorio”. Y si su saber científico les permite contar con tal vacuna, mientras la tienen en punto, que muera el que tenga que morir y que la producción no pare ni decaiga. El fetichismo mercantil merece un altar: que la vida espere.

Y así proceden Trump, Bolsonaro, pero también las restantes cabezas de gobierno en todo el mundo, incluido Duque. La única diferencia entre los primeros y el resto es que aquellos hablan y defienden el imperio de la razón sin medias tintas y sin vergüenza de lo que son y representan, mientras los restantes tratan de disimular tanta desvergüenza.

Los primeros, como los segundos, están convencidos de que la razón, ahora resumida en una ciencia que les permite explorar el universo, les facilitará seguir como si nada estuviera sucediendo y nada cuestionara su visión y su comprensión de la vida en general. Se trata de un actuar, contrariamente a lo que piensan, irracional y que controvierte el proceder del cuerpo científico en general, sometido ante el afán de las multinacionales de todo orden y en particular por el afán de las farmacéuticas por crear el remedio contra el covid-19, de una manera que transforma a los miembros de la humanidad en ratones de laboratorio para demostrar la eficacia de su líquido vital, y así perfeccionarlo.

Es, pues, un proceder, con silencio de estudiosos y científicos, que permite que la sociedad global prosiga por el camino de su autodestrucción. Finalmente, piensan unos y otros: “Podremos controlar todo efecto negativo de nuestro modelo de desarrollo”. Es así como el aumento de la temperatura sobre el planeta tendrá su remedio, como también la ruptura de la capa de ozono, la contaminación de todo tipo, la disminución de los recursos hídricos potables y cualquier otro mal que afecte a la humanidad.

Así, con una ciencia y un cuerpo científico dominado y controlado por el capital, lo que fue y es sueño –mejorar la calidad de vida de toda la especie– se traduce en pesadilla. Es un sueño que no tiene mucho de novedoso, ya que, como lo recuerdan obras como Frankenstein, el sueño (¿la pesadilla?) de la razón implica el total control de la vida, aunque sus productos rompan los protocolos de seguridad de los laboratorios, salgan de ellos y penetren los organismos humanos, como ahora mismo sucede. O simplemente los productos generados en esos laboratorios, en vez de mejorar la calidad de vida de los humanos y el estadio de la naturaleza como conjunto, terminen por afectar a unas y otro al eliminar o reducir de manera notable, por ejemplo, la diversidad en las especies vegetales, poblando inmensas zonas rurales de una sola variedad agrícola, sometiendo a la agricultura, por demás, a manipulaciones biogenéticas que amenazan al mismo tiempo con colonizar diversidad de cultivos, al tiempo que robarle a la humanidad el saber colectivo, reunido y acumulado en la amplia variedad de especies vegetales que alguna vez poblaron el planeta. La imposición de las semillas terminator es el producto más denunciado de este proceder.

Imperio de la razón, antropocentrismo puro y duro, y con ello el culto al saber científico (el mismo que siempre despreció y descalificó los modelos de vida y las lógicas de los pueblos originarios) que le lleva a sentenciar a investigadores científicos: “Está muy extendido entre los científicos el cientificismo, según el cual lo más importante del hombre es la ciencia, y los demás aspectos humanos son secundarios, de menor peso, es decir, que todo gira alrededor de la ciencia como los planetas alrededor del Sol”.

 

Silencio incomprensible

 

Que así actúen los defensores y los promotores del reino de la razón es apenas obvio, pero es incomprensible que, en medio de tal desafuero, no actúen por vía contraria quienes dicen propugnar por otro modelo civilizatorio, en la base del cual resida la plena convivencia con la naturaleza.

Incomprensible e incoherente. Es un actuar que les ha dejado todo el terreno de la opinión pública a sus contradictores. Resalta en ello cómo durante este año de pandemia, teniendo a la mano todas las evidencias para demostrar lo antinatural e insostenible del modelo de vida imperante, estos sectores no hayan potenciado el necesario debate público que evidencie que el problema no es la vacuna en sí misma –pues ella ataca el efecto pero no la causa de la actual crisis– ni algo que se le asemeje; por el contrario, se trata precisamente de transformar el modelo de vida y de producción imperante, cuestionado por la crisis sistémica que sobrelleva la humanidad desde años atrás pero que ahora recibe una nueva evidencia, innegable, temida, pues ha hecho entrar en pánico a la sociedad como una totalidad.

La transformación del modelo de vida y producción dominante no podrá ser concretada sino por la vía de una inmensa y global insurgencia de la sociedad; sin falta, de todos aquellos que sienten y son parte de la inmensa mayoría, los de abajo, arrinconados y negados en sus derechos por la ínfima minoría que determina y se lucra del (mal) destino de la humanidad. Los mismos que ahora, en medio de la crisis de salud pública que sacude a la sociedad global, también resultan más afectados, en todos los planos; y, claro, de su clase proviene la mayoría de quienes pierden la vida por efecto del virus.

En pos de tal giro, nada mejor que esta misma coyuntura. Partiendo de la evidencia, identificando sus factores causales, resaltando la irracional ruta emprendida por la humanidad desde siglos atrás, con prolongación hasta el presente, recalcando en males de todo tipo que sufre el planeta, producto del proceder de quienes someten a la naturaleza a sus mezquinos y limitados intereses, por medio de ello y otros recursos a que pueda acudirse, concitar la acción de resistencia, coordinación e insurgencia global, como debe ser, para no permitir una reconstrucción de este mismo sistema dominante, que ha demostrado la capacidad que tiene de reconstruirse allí donde ha sido derrotado; reconstrucción que se logra como producto del control de los canales y las dinámicas sobre las que la vida humana se prolonga.

De ahí el reto: sin romper por todas partes esos canales y dinámicas, el capital parecerá desaparecer pero se regenerará. Es una pesadilla, como la que proyectan algunas películas de ficción por medio de androides que son enviados a nuestro planeta con misiones particulares. Por momentos, los llamados de esos sectores, con mirada cortoplacista pero sin nada de mediano y largo plazo, se centra también en lo evidente y necesario de hacer inmediatamente para que las mayorías no vivan en peores condiciones; por ejemplo, redistribuyendo con programas especiales la renta nacional, pero se niegan a emplazar a la dirigencia nacional y global, enrostrarles el no futuro de su modelo de vida, desplegando por el país y por todo el mundo un mensaje educativo, agitador y movilizador que atice la necesaria insurgencia de la humanidad.

Hay que defender la vida. Pero la manera de hacerlo no es guardándonos en la casa, lo cual pueden hacerlo por largos períodos quienes tienen ingresos fijos, no las mayorías sociales, negadas precisamente de esa seguridad. La vida se debe defender confrontando la muerte, y para ello recurriendo a todos los medios, mecanismos y espacios a la mano, los ya conocidos y los nuevos a que dé paso la actual crisis que abate a la humanidad.

En medio de ello, como soporte de la acción de ruptura con el actual sistema, es necesario acudir a la elaboración resumida y su difusión, del modelo de vida necesario y posible; no es permisible postergar este reto por más tiempo; la comunicación y la coordinación con otros por todo el país y el planeta tampoco. La denuncia de la sinrazón del imperio de la razón, también. El diseño de otro modelo de ciencia, no sometido al capital, claro que sí. Airear otros modelos de comprensión de la vida, como la vivenciada por los pueblos originarios, de todo tipo y coordinada, también debe encontrar espacio.

El reto es inmediato. Se han perdido meses preciosos. No proceder por esta vía es permitir que se consuma la derrota de la humanidad, sepultada por el sueño de la razón, antropocentrista, y su materialización en una civilización moribunda como la occidental.

Publicado enColombia
El primer acontecimiento global en la historia de la humanidad

A pesar de que algunos analistas consideran que ha comenzado un fenómeno de desglobalización, la pandemia muestra todo lo contrario. Esta crisis impulsará la globalización del trabajo.

La actual pandemia es el primer acontecimiento global en la historia de la especie humana. Cuando digo «global» quiero decir que ha afectado a casi todos, sin importar cuál sea su país de residencia o clase social. Si en un par de años –cuando, esperemos, la pandemia haya concluido y hayamos sobrevivido– nos encontramos con amigos de cualquier rincón de la tierra, todos compartiremos las mismas historias: miedo, tedio, aislamiento, puestos de trabajo y salarios perdidos, cuarentenas, restricciones gubernamentales y máscaras. Ningún otro acontecimiento se le ha acercado.


Las guerras, incluso las mundiales, fueron limitadas: la gente en Suiza, ni hablar en Nueva Zelanda, no tuvo historias significativas sobre la guerra para compartir con los habitantes de Polonia, Yugoslavia, Alemania o Japón. Y en los últimos 75 años las guerras fueron locales. Mucha gente joven puede haberse manifestado contra la Guerra de Vietnam, pero la mayoría no experimentó ninguno de sus efectos. La gente se horrorizó con el sitio a Sarajevo, el bombardeo a Gaza o la estrategia de «conmoción y pavor» en Iraq. Pero para 99,9% de la humanidad ese espanto no cambió en nada su vida diaria: siguió levantándose temprano para ir a estudiar o trabajar, se rio con sus compañeros de trabajo, quizás salió a beber y terminó en un karaoke. No tuvo historias para compartir con los residentes de Sarajevo, Gaza o Bagdad, absolutamente nada en común.


Ni siquiera el fútbol puede competir, aunque sus enfervorizados simpatizantes se digan a sí mismos que los acontecimientos mundiales imitan al fútbol. La última final de la Copa del Mundo fue vista por 1.100 millones de personas, aproximadamente uno de cada seis habitantes del planeta. Hubo todavía muchos que ignoraron su existencia y a quienes no les importó en lo más mínimo qué equipo ganó o perdió.


Entrar en los libros de historia


El covid-19 entrará en los libros de historia como el primer acontecimiento verdaderamente global también en virtud de nuestro desarrollo tecnológico: no solo podemos comunicarnos a través de todo el mundo, sino que también podemos seguir en tiempo real lo que está ocurriendo prácticamente en cualquier lugar. Dado que la infección, la enfermedad y una posible incapacidad y muerte nos amenazan a todos, incluso quienes por otras razones no tienen mucho interés en las noticias chequean sus teléfonos inteligentes para obtener actualizaciones sobre fallecimientos, tasas de infección, vacunas o nuevas terapias.


El propio covid-19 parece haber sido diseñado para esa función. Aunque su nivel de mortalidad se incrementa con la edad, sus efectos son tan inciertos que incluso buena parte de la población más joven y saludable no está totalmente libre de preocupación. Si el covid-19 hubiese sido menos aleatorio, habría causado menos temor. Sin embargo, este acontecimiento global es al mismo tiempo extraño. Requiere que la gente no interactúe físicamente entre sí, y de ese modo trae como consecuencia otra dimensión, una novedosa. Nuestro primer acontecimiento global habrá sido aquel en el que no nos encontramos cara a cara en tiempo real con otra gente que también lo experimentó.


Si reflexionamos sobre esto, tiene sentido. Para ser global, el acontecimiento tiene que ser vivido más o menos de la misma forma y al mismo tiempo por todo el mundo. Si nos limitamos al contacto físico o la presencia, sin embargo, no podemos llegar a muchas personas, simplemente porque no es posible para cada uno de nosotros encontrarse con miles, y menos aún cientos de miles de otras personas. Por lo tanto e irónicamente, el primer acontecimiento humano global estuvo desprovisto de cualquier de humano y físico: tuvo que ser experimentado en forma virtual.


Es por esto también que esta pandemia es diferente de la de un siglo atrás. En ese entonces, la información no se podía transmitir o compartir con facilidad. Para cuando la gente estaba muriendo en la India por la gripe española, Europa se estaba recuperando y desconocía o se mostraba indiferente frente a las muertes en la India. Y la India tampoco había tenido noticia de las muertes en Europa hasta que la pandemia la invadió.


Globalización del trabajo


¿Qué quedará de este acontecimiento global, más allá de las memorias de la gente? Hay solo unas pocas cosas que podemos decir con alguna certeza.


La pandemia habrá acelerado la globalización en el segundo factor de la producción: el trabajo. (El primer factor, el capital, ya está globalizado gracias a la apertura de cuentas nacionales de capital y la capacidad técnica de mover enormes sumas de dinero por todo el mundo y de construir fábricas y oficinas en todas partes). Es probable que el covid-19 nos haga avanzar casi una década en la conciencia de las posibilidades de desacoplar el trabajo de la presencia física en el ámbito laboral. Aunque en muchas actividades podamos, una vez que la pandemia termine, volver a compartir oficinas físicas, a trabajar en fábricas, en muchos otros casos no será así. Esto no solo tendrá efectos en la gente que trabaje desde su casa, el cambió será mucho más profundo. Verá la luz un nuevo mercado laboral global sin necesidad de migración. En algunos segmentos de la economía mundial (como los centros de atención telefónica o el diseño de software), ese mercado ya existe, pero se volverá mucho más habitual. La pandemia implicará un salto gigante hacia la «movilidad» del trabajo, una movilidad peculiar, en la que los trabajadores y las trabajadoras individuales no se moverán de su lugar de residencia, sino que trabajarán en «oficinas» o «fábricas» a kilómetros de distancia.


Quienes se preocupan porque la globalización podría retroceder se van a sorprender. Debido a la guerra comercial entre Estados Unidos y China, las cadenas globales de valor y el comercio podrían sufrir un revés temporario. Pero en términos de movilidad laboral o, más precisamente, de competencia laboral –que es extraordinariamente importante–, la globalización avanzará.


 
Traducción: María Alejandra Cucchi
Fuente: IPS y Social Europe

Publicado enInternacional
Martes, 26 Enero 2021 16:35

¿Ante la derrota de la humanidad?

¿Ante la derrota de la humanidad?

Estamos ante un sueño nunca superado ni derrotado. Vivimos en reforzamiento de uno de los mayores sueños de Occidente, el mismo que ha propiciado la hasta ahora incontenible crisis ambiental que tiene en el precipicio al planeta y con él a todas las especies vivas que lo habitan. Estamos ante la persistencia del sueño de la razón, presente desde el origen mismo de la actual civilización, el mismo que llevó al ser humano a convencerse de ser superior entre todos los seres vivos y, por tanto, rey y amo de la naturaleza, la que sería sometida a sus ambiciones, necesidades y mandatos.

La preeminencia y la persistencia de este sueño, aunque presente en todo el modelo de desarrollo imperante, y que por su larga perduración le parece lo más normal a la mayoría de la población, ahora, con el salto del covid-19 a los cuerpos humanos, rasga las telas que lo ocultan por ratos y se instala ante los ojos de la humanidad. Son un salto y una evidencia que, de manera paradójica, no lleva a que la humanidad como un todo entre en reflexión, y busque el porqué de este salto y por la manera de 1. Superarlo, y, 2. Actuar para que no vuelva a suceder.

Contrario a ello, lo que hace la clase dominante alrededor del globo, en proceder suicida, es centrar sus acciones en los efectos de la crisis y no en sus causas. En el decir popular, “buscan la fiebre en las sábanas”.

Es así como deciden, ellos, amos y señores en el planeta y sobre la naturaleza, que vencerán el covid-19 con una vacuna. Al fin y al cabo, “su saber científico y técnico les permite controlar a los demás seres vivos que pueblan este mismo territorio”. Y si su saber científico les permite contar con tal vacuna, mientras la tienen en punto, que muera el que tenga que morir y que la producción no pare ni decaiga. El fetichismo mercantil merece un altar: que la vida espere.

Y así proceden Trump, Bolsonaro, pero también las restantes cabezas de gobierno en todo el mundo, incluido Duque. La única diferencia entre los primeros y el resto es que aquellos hablan y defienden el imperio de la razón sin medias tintas y sin vergüenza de lo que son y representan, mientras los restantes tratan de disimular tanta desvergüenza.

Los primeros, como los segundos, están convencidos de que la razón, ahora resumida en una ciencia que les permite explorar el universo, les facilitará seguir como si nada estuviera sucediendo y nada cuestionara su visión y su comprensión de la vida en general. Se trata de un actuar, contrariamente a lo que piensan, irracional y que controvierte el proceder del cuerpo científico en general, sometido ante el afán de las multinacionales de todo orden y en particular por el afán de las farmacéuticas por crear el remedio contra el covid-19, de una manera que transforma a los miembros de la humanidad en ratones de laboratorio para demostrar la eficacia de su líquido vital, y así perfeccionarlo.

Es, pues, un proceder, con silencio de estudiosos y científicos, que permite que la sociedad global prosiga por el camino de su autodestrucción. Finalmente, piensan unos y otros: “Podremos controlar todo efecto negativo de nuestro modelo de desarrollo”. Es así como el aumento de la temperatura sobre el planeta tendrá su remedio, como también la ruptura de la capa de ozono, la contaminación de todo tipo, la disminución de los recursos hídricos potables y cualquier otro mal que afecte a la humanidad.

Así, con una ciencia y un cuerpo científico dominado y controlado por el capital, lo que fue y es sueño –mejorar la calidad de vida de toda la especie– se traduce en pesadilla. Es un sueño que no tiene mucho de novedoso, ya que, como lo recuerdan obras como Frankenstein, el sueño (¿la pesadilla?) de la razón implica el total control de la vida, aunque sus productos rompan los protocolos de seguridad de los laboratorios, salgan de ellos y penetren los organismos humanos, como ahora mismo sucede. O simplemente los productos generados en esos laboratorios, en vez de mejorar la calidad de vida de los humanos y el estadio de la naturaleza como conjunto, terminen por afectar a unas y otro al eliminar o reducir de manera notable, por ejemplo, la diversidad en las especies vegetales, poblando inmensas zonas rurales de una sola variedad agrícola, sometiendo a la agricultura, por demás, a manipulaciones biogenéticas que amenazan al mismo tiempo con colonizar diversidad de cultivos, al tiempo que robarle a la humanidad el saber colectivo, reunido y acumulado en la amplia variedad de especies vegetales que alguna vez poblaron el planeta. La imposición de las semillas terminator es el producto más denunciado de este proceder.

Imperio de la razón, antropocentrismo puro y duro, y con ello el culto al saber científico (el mismo que siempre despreció y descalificó los modelos de vida y las lógicas de los pueblos originarios) que le lleva a sentenciar a investigadores científicos: “Está muy extendido entre los científicos el cientificismo, según el cual lo más importante del hombre es la ciencia, y los demás aspectos humanos son secundarios, de menor peso, es decir, que todo gira alrededor de la ciencia como los planetas alrededor del Sol”.

 

Silencio incomprensible

 

Que así actúen los defensores y los promotores del reino de la razón es apenas obvio, pero es incomprensible que, en medio de tal desafuero, no actúen por vía contraria quienes dicen propugnar por otro modelo civilizatorio, en la base del cual resida la plena convivencia con la naturaleza.

Incomprensible e incoherente. Es un actuar que les ha dejado todo el terreno de la opinión pública a sus contradictores. Resalta en ello cómo durante este año de pandemia, teniendo a la mano todas las evidencias para demostrar lo antinatural e insostenible del modelo de vida imperante, estos sectores no hayan potenciado el necesario debate público que evidencie que el problema no es la vacuna en sí misma –pues ella ataca el efecto pero no la causa de la actual crisis– ni algo que se le asemeje; por el contrario, se trata precisamente de transformar el modelo de vida y de producción imperante, cuestionado por la crisis sistémica que sobrelleva la humanidad desde años atrás pero que ahora recibe una nueva evidencia, innegable, temida, pues ha hecho entrar en pánico a la sociedad como una totalidad.

La transformación del modelo de vida y producción dominante no podrá ser concretada sino por la vía de una inmensa y global insurgencia de la sociedad; sin falta, de todos aquellos que sienten y son parte de la inmensa mayoría, los de abajo, arrinconados y negados en sus derechos por la ínfima minoría que determina y se lucra del (mal) destino de la humanidad. Los mismos que ahora, en medio de la crisis de salud pública que sacude a la sociedad global, también resultan más afectados, en todos los planos; y, claro, de su clase proviene la mayoría de quienes pierden la vida por efecto del virus.

En pos de tal giro, nada mejor que esta misma coyuntura. Partiendo de la evidencia, identificando sus factores causales, resaltando la irracional ruta emprendida por la humanidad desde siglos atrás, con prolongación hasta el presente, recalcando en males de todo tipo que sufre el planeta, producto del proceder de quienes someten a la naturaleza a sus mezquinos y limitados intereses, por medio de ello y otros recursos a que pueda acudirse, concitar la acción de resistencia, coordinación e insurgencia global, como debe ser, para no permitir una reconstrucción de este mismo sistema dominante, que ha demostrado la capacidad que tiene de reconstruirse allí donde ha sido derrotado; reconstrucción que se logra como producto del control de los canales y las dinámicas sobre las que la vida humana se prolonga.

De ahí el reto: sin romper por todas partes esos canales y dinámicas, el capital parecerá desaparecer pero se regenerará. Es una pesadilla, como la que proyectan algunas películas de ficción por medio de androides que son enviados a nuestro planeta con misiones particulares. Por momentos, los llamados de esos sectores, con mirada cortoplacista pero sin nada de mediano y largo plazo, se centra también en lo evidente y necesario de hacer inmediatamente para que las mayorías no vivan en peores condiciones; por ejemplo, redistribuyendo con programas especiales la renta nacional, pero se niegan a emplazar a la dirigencia nacional y global, enrostrarles el no futuro de su modelo de vida, desplegando por el país y por todo el mundo un mensaje educativo, agitador y movilizador que atice la necesaria insurgencia de la humanidad.

Hay que defender la vida. Pero la manera de hacerlo no es guardándonos en la casa, lo cual pueden hacerlo por largos períodos quienes tienen ingresos fijos, no las mayorías sociales, negadas precisamente de esa seguridad. La vida se debe defender confrontando la muerte, y para ello recurriendo a todos los medios, mecanismos y espacios a la mano, los ya conocidos y los nuevos a que dé paso la actual crisis que abate a la humanidad.

En medio de ello, como soporte de la acción de ruptura con el actual sistema, es necesario acudir a la elaboración resumida y su difusión, del modelo de vida necesario y posible; no es permisible postergar este reto por más tiempo; la comunicación y la coordinación con otros por todo el país y el planeta tampoco. La denuncia de la sinrazón del imperio de la razón, también. El diseño de otro modelo de ciencia, no sometido al capital, claro que sí. Airear otros modelos de comprensión de la vida, como la vivenciada por los pueblos originarios, de todo tipo y coordinada, también debe encontrar espacio.

El reto es inmediato. Se han perdido meses preciosos. No proceder por esta vía es permitir que se consuma la derrota de la humanidad, sepultada por el sueño de la razón, antropocentrista, y su materialización en una civilización moribunda como la occidental.

 

 

Para suscripción:

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=suscri

Publicado enEdición Nº275
Los giros subtropicales, cuyas aguas se mueven en sentido horario en el hemisferio norte y antihorario en el hemisferio sur, dominan las regiones centrales de los océanos. Arnold Gordon / Britannica

 

El cambio de década nos trae el regalo de la Década de la Ciencia Oceánica para el Desarrollo Sostenible. Es muy oportuno, por tanto, destacar que los océanos no solo son el elemento esencial y central de la vida en nuestro planeta, son también los grandes reguladores del cambio climático.

Una de las claves del control climático planetario yace en la circulación global profunda, también conocida como la cinta transportadora global, una gran corriente que alcanza las regiones abisales de todos los océanos del planeta.

Esta corriente planetaria se origina en aguas superficiales a altas latitudes en el Atlántico Norte y alrededor del continente antártico. Cada invierno, estas aguas frías y saladas se hunden, iniciando así la cinta transportadora global. En pocas semanas se produce la inyección de 1 500 billones de metros cúbicos de agua hacia las profundidades del océano. Esto supone un promedio anual de unos 48 millones de metros cúbicos por segundo, más de 200 veces el caudal medio del río Amazonas.

El inicio de esta circulación global viene acompañado, también en invierno, por otro hundimiento de aguas superficiales. Este bombeo está ocasionado por el viento y ocurre en latitudes medias y altas. Allí, las aguas se sumergen hasta unos 1 500 m, ocasionando que la temperatura y otras propiedades varíen en profundidad de forma análoga a como lo hacen con la latitud.

Estas aguas realizan un viaje submarino transoceánico, delimitando los grandes giros subtropicales. Se trata de grandes sistemas de corrientes oceánicas influidas por los vientos y el movimiento de rotación de la Tierra. El resultado es lo que se conoce como circulación termoclina.

El sistema circulatorio de la Tierra

La cinta transportadora global y la circulación termoclina pueden imaginarse como el sistema circulatorio de la Tierra.

El circuito termoclino recorre los giros transoceánicos, distribuyendo continuamente la energía y regenerando los nutrientes en el sistema. Cada varios años, las aguas regresan a la superficie y se intercambian gases con la atmósfera, como si fuera el circuito pulmonar de nuestro planeta vivo.

En contraste, la cinta global tarda cientos e incluso miles de años en recorrer todo el planeta, manteniendo la memoria de climas pasados.

Las aguas frías que se hunden a latitudes altas del Atlántico Norte son eventualmente reemplazadas por el ramal de retorno de la cinta transportadora global, aguas cálidas y ricas en nutrientes provenientes de regiones tropicales y subtropicales.

El resultado es un flujo de calor y nutrientes que se dirige hacia las altas latitudes del Atlántico Norte. El calor allí liberado mantiene el clima moderado del norte de Europa y el suministro de nutrientes inorgánicos sostiene la espectacular floración primaveral del océano Atlántico Norte.

Corrientes y clima

El clima de la Tierra está condicionado en gran medida por el equilibrio radiativo local, que depende de la reflexión de la radiación solar (albedo) y de la fracción de radiación emitida por la Tierra que no puede atravesar la atmósfera (efecto invernadero).

Pero igualmente importante es la transferencia de calor desde los trópicos hacia altas latitudes, que ocurre gracias a los vientos atmosféricos y las corrientes oceánicas. En el océano esto queda determinado por la intensidad de la cinta transportadora global y del circuito termoclino.

La fuerza y extensión vertical de la cinta transportadora global del Atlántico no siempre ha sido la misma. Los indicadores paleoceanográficos en sedimentos indican que hace unos 20 000 años la cinta transportadora del Atlántico Norte era mucho más débil y menos profunda. Como consecuencia, el transporte de calor hacia altas latitudes era menor y la Tierra experimentó un máximo glacial.

Las predicciones sugieren que a lo largo de este siglo la región subpolar se calentará y salinizará, esto último debido a la intrusión de aguas saladas subtropicales. El pronóstico es que la cinta transportadora global se ralentizará, aunque la competencia de los flujos de calor y agua dulce genera grandes incertidumbres.

Aguas con menos oxígeno y más ácidas

A los factores físicos que controlan el clima se les une la autorregulación del planeta vivo, en continua evolución hacia un estado optimizado.

Dos ejemplos de interacción entre clima y vida son el control del dióxido de carbono mediante cambios en producción primaria y la influencia del plancton marino en la formación de nubes.

Otro ejemplo es la expansión de las regiones oceánicas hipóxicas, o zonas de bajo oxígeno. Estas ocurren en el margen oriental de todos los grandes océanos, en regiones relativamente aisladas entre los giros subtropicales y tropicales. Su expansión puede deberse a cambios en los patrones de circulación, el calentamiento de las aguas y el aumento de la producción primaria.

Los océanos también han incorporado alrededor del 40 % del dióxido de carbono antropogénico emitido a la atmósfera, ocasionando una acidificación significativa. Como consecuencia, han disminuido las profundidades de saturación de calcita y aragonita, lo que reduce las regiones donde pueden crecer los organismos calcáreos.

La unión de estos factores estresantes (calentamiento, salinización, desoxigenación, acidificación, contaminación, sobrepesca) representa una amenaza significativa para muchas especies marinas, con un impacto alto en la biodiversidad marina y en la evolución del propio planeta.

Consecuencias del Antropoceno

El Holoceno, el cálido periodo interglacial que ha caracterizado a nuestro planeta durante los últimos 12 mil años, está siendo alterado por la humanidad.

La emisión de grandes cantidades de dióxido de carbono ha modificado el equilibrio radiativo y ha llevado a la Tierra hacia un nuevo estado metabólico, el Antropoceno.

Un efecto importante ha sido que la temperatura media de la superficie terrestre ha aumentado en 1,2 °C  desde el periodo preindustrial, a mediados del siglo XIX, hasta la actualidad. Esto ha sucedido a pesar de la elevada capacidad reguladora de los océanos, que han absorbido alrededor del 90 % del exceso de calor antropogénico en el sistema terrestre con un aumento en su temperatura media de apenas 0,15 °C.

Si no fuera por el efecto antropogénico, la Tierra ya hubiera entrado lentamente en un período glacial, que se iría acentuando hasta encontrar su enfriamiento máximo dentro de unos 60 mil años.

Sin embargo, los modelos nos dicen que el clima interglacial actual se fortalecerá por otros 20 o 25 mil años. El próximo máximo glacial no tendrá lugar hasta dentro de unos 110 mil años.

¿Un resultado impredecible?

Las observaciones y los modelos nos dicen que el clima de la Tierra ha cambiado y seguirá cambiando. Grandes extensiones de nuestro planeta experimentan el aumento del nivel del mar, fuertes sequías o lluvias torrenciales, huracanes intensos más frecuentes, agudas olas de calor, pérdida de biodiversidad e incremento en las enfermedades infecciosas.

No podemos predecir con certeza el futuro. La extrema complejidad del océano viviente, la interacción de los procesos físicos y biogeoquímicos en todas las escalas espaciales y temporales hace que el sistema pueda tomar caminos inesperados.

Sin embargo, la ciencia de forma casi unánime nos advierte que se requiere una acción inminente si queremos mantener un clima favorable para la humanidad. Es imperativo definir unos límites planetarios y es tarea de todos respetarlos.

Nuestro planeta vivo, con el océano como componente central y esencial, es robusto y tiene una elevada capacidad reguladora. Su resiliencia ha sido probada a lo largo de la historia de nuestro planeta. La conjunción de mecanismos vivos y no vivos ha provocado su baja entropía y alta complejidad.

Esta elevada complejidad, resultado de la infinitud de procesos que sostienen y conforman la propia vida, convierte a un sistema terrestre potencialmente frágil en un ser vivo, dinámico y robusto. Gaia evolucionará y se desplegará en beneficio de todo el sistema y no de una de sus partes. Está en nuestras manos lograr que la humanidad se mantenga en armonía con esta evolución.

 

Por Josep Lluís Pelegrí Llopart

Oceanógrafo y profesor de investigación, actualmente director del centro, Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC)

Publicado enMedio Ambiente
Geopolítica, pandemia y tecnología: la dictadura global

“Hace años, aprendí una frase en México que practico cada día: prefiero morir de pie que vivir arrodillada”, señala la española Cristina Martín Jiménez, doctora en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Salamanca, experta en geopolítica y periodista científica que destaca por ser la primera que escribió un libro ampliamente documentado sobre el Club Bilderberg, que empezó siendo su tesis doctoral, obteniendo calificación 'cum laude'. Su más reciente libro, 'La verdad de la pandemia' (Mr, Planeta, 2020), cimbra hasta al más escéptico y aborda concretamente la relación entre el Covid-19, que ha trastocado la vida como la conocíamos antes de febrero de 2020, y el antes citado Club.

----------

-En el libro demuestro que la pandemia tiene como objetivo imponer una dictadura global tecnológica, gestionada por los filántropos y sus vigilantes, que serán, principalmente, los políticos, la prensa y los educadores. Estos últimos constituirían una clase de sacerdotes de la nueva sociedad que, ayudados por una parte de los ciudadanos, mantendrán el orden público estable. El concepto de libertad desaparecerá. No sería necesaria en el Felicismo, que es como llaman a su nuevo orden mundial, presentado en la ONU por el nieto de Nelson Mandela el pasado año. Si no eres feliz en su paraíso, serás declarado un enfermo, por inadaptado. El secretario de la ONU acaba de decir que necesitamos un gobierno mundial formado por la familia de la ONU, los grandes financieros y los bloques regionales. Como se ve, la democracia parlamentaria ya no entra en sus planes. La “plandemia” es el chantaje de los grandes oligarcas reconvertidos en filántropos. Ellos aseguran: “si no hacéis lo que decimos, vendrán otras pandemias”. Ya tienen preparada la siguiente, será una crisis climática.

La autora menciona la censura que ha padecido. Wikipedia retiró su semblanza y, posteriormente, la retomó… para volverla a omitir en días recientes. Todo cuanto aparece es una fotografía en blanco y negro. Cristina no se enfrenta a una sociedad secreta, como pudiera pensarse: sus miembros son figuras públicas, y entre ellas se encuentran Bill Gates y otros tantos relacionados con las redes sociales.

–Con la pandemia se está cumpliendo lo que escribí en mi libro de 2010, Los amos del mundo están al acecho, censurado durante siete años en España. Me censuran en los grandes medios de comunicación, quitan mis videos de YouTube, borran mis comentarios en las redes. El poder nos ha declarado una guerra silenciosa, impide que conozcamos sus sofisticadas armas para que así no podamos defendernos. Yo revelo sus perversas intenciones y metodología demostrándolo con el periodismo de investigación y con mi tesis doctoral sobre estas estructuras de poder. Como una Prometea contemporánea, les robo el conocimiento para entregarlo a todos.

–¿Por qué siempre China? Lo vimos con la pandemia de gripe A en 2009 y ahora otra vez: todo tiene su origen en el gigante asiático. ¿Es esto casual o China juega un papel central en este proceso hacia la “nueva normalidad”?

–En los años setenta, David Rockefeller y Henry Kissinger, promotores de este nuevo orden mundial, se enamoraron de la dictadura china. Es el modelo que el poder pretende implantar en el mundo: una élite gobernante capitalista que maneja los destinos de una sociedad socialista-comunista, sin libertad de ninguna índole. Con el Covid-19, el gobierno de España ha dado pasos de gigante hacia una dictadura. Ha decretado leyes por las que la policía puede entrar en nuestras casas con la excusa de la enfermedad y anulado los derechos fundamentales recogidos en la Constitución, como la libertad de prensa o de reunión. La televisión es un Show de Truman que no refleja la verdad de las personas ni de los hospitales. Sólo pueden hablar en los medios los afines a la versión oficial, el resto es vilmente atacado. Sánchez está al servicio de este plan de dominio internacional.

–¿Podría ahondar un poco más en el asunto de las pruebas chinas de Covid-19 que arrojan falsos positivos?

–Numerosos grupos de médicos y biólogos de todo el mundo están denunciando el uso de pruebas no específicas de Covid-19, que reflejan otros tipos de virus similares. Eso significa que las estadísticas publicadas son erróneas y los medios de comunicación oficialistas censuran la voz de estos médicos. Y, ni aún haciendo trampas, consiguen subir las estadísticas para justificar las medidas abusivas que piden la OMS y sus propietarios, como Bill Gates. Se confinan ciudades, arruinan países, matan a personas con protocolos inadecuados.

La tecnología se ha infiltrado ferozmente en nuestras vidas. Quienes en algún momento la dosificamos o, de plano, la eliminamos porque nos quitaba tiempo, nos hemos visto socialmente presionados para alienarnos a ella… y cabe esperar que de ésta se derive otra clase de tecnología relacionada con la detección del Covid-19, como se menciona en este libro. La llaman tecnología de ‘vigilancia intrusiva’ y es un precio que tendremos que pagar, según Alex Pentland, inventor de las cámaras de reconocimiento facial, por estar con nuestras familias y amigos. Mujeres y hombres robots, desconectados de su alma, cerebros escaneados y hackeados, el internet de las personas y de las cosas. Es tener un ojo que todo lo ve dentro de tu cuerpo, en tu casa, en tu coche, en el trabajo. Si no cumples con las normas, criticas a los gobernantes o protestas, serás eliminado ipso facto. Por eso es importante que nos rebelemos ahora ante este futuro infame. Cuando las leyes son injustas, desobedecer es un imperativo moral.

–¿Qué relación existe entre el coronavirus y el “exceso” de población que todo el tiempo sale a relucir en los discursos de los filántropos mencionados en sus libros?

–La élite tiene una ideología eugenésica. Eso significa que se conciben a sí mismos como la clase superior y el resto somos una clase inferior. Su postura supremacista es criminal y depravada. No es casual que los ancianos sean el setenta por ciento de los muertos. Les sobran. Y han advertido que los pobres serán más perjudicados aún. ¿A cuántos van a matar para construir su utopía? Bill Gates afirmó, en una conferencia en 2010, que el problema de la superpoblación se solucionaría con vacunas y ahora pretende vacunarnos a todos. Si alguien cree que esto es casual, simplemente está desinformado.

–Para concluir: ha sido un verdadero triunfo obtener un ejemplar físico de su libro. Nos han querido imponer el libro electrónico como alternativa para prevenir el virus, aunque considero que es una medida extrema. Quienes no podemos o no queremos leer libros en la pantalla la hemos pasado muy mal. ¿Diría que alejarnos de la lectura, a quienes crecimos tocando y oliendo los libros, es otra estrategia para hacernos entrar al redil?

–Los hijos de los megarricos no usan tabletas ni libros digitales ni ordenadores porque sus padres saben, basándose en lo científicamente demostrado, que la escritura a mano y la lectura de libros en papel potencia la inteligencia. Están generando a propósito un distanciamiento enorme entre clases sociales desde la escuela. Pregonan la igualdad, pero no para ellos.

Publicado enSociedad
Filosofía, historia y emancipación humana. 200 años de Friedrich Engels

Friedrich Engels (1820-1895), filósofo, historiador, sociólogo y politólogo, colaborador conspicuo de Karl Marx, es sin duda una de las mentes más brillantes en la historia de Occidente, cuya obra tuvo, y tiene, una enorme trascendencia en la comprensión de la civilización humana. “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre” (1876), prefacio a "Tres formas fundamentales de esclavización", es motivo de análisis en este ensayo que bien sirve para conmemorar los doscientos años de su nacimiento.

----------

“El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre” (1876) era parte de la Introducción a un escrito llamado Tres formas fundamentales de esclavización. Estas serían las experimentadas en la historia humana: 1) las imposiciones de la naturaleza sobre el ser humano; 2) las de seres humanos sobre otros seres humanos, y 3) las del ser humano sobre la naturaleza. En las tres, el metabolismo dialéctico naturaleza-humano-naturaleza no ha sido armonizado por las sociedades humanas, sino que se ha desenvuelto con antagonismos, pero se vislumbra la posibilidad de superarlas debido a las condiciones objetivas y subjetivas desarrolladas dentro de la sociedad capitalista: 1) con el desarrollo de la ciencia-técnica humana manifestada en el trabajo automatizado, y 2) con el desarrollo de la organización y la conciencia de los trabajadores. Ambos son producto histórico de la praxis humana, corazón del proceso de trabajo, por lo que, en dicho régimen capitalista, se posibilita un proceso de verdadera emancipación, si y sólo sí el metabolismo se encamina a su armonización, poniendo bajo control colectivo humano, y no del capital que conjunta y exacerba las esclavizaciones, su propio proceso de trabajo desplegado como ciencia-técnica y como organización-conciencia ecológica social, o bien como órganos sociales de la producción de la vida y de la voluntad humanas (K. Marx).

En su texto de 1876, a Engels le interesa esbozar los pasos que va dando el ser humano en la dialéctica del trabajo, que va abriendo necesidades y capacidades nuevas y relativamente progresivas, desde la hominización (transformación del simio en homo, pasando por los homínidos), sapientización (transformación del homo en homo sapiens) y en la humanización, que potencialmente culminaría en la revolución y la sociedad comunista (hacia lo plenamente humano u homo plenus).

Cabe aclarar que su concepto de proceso de trabajo implica un proceso multidimensional, no sólo meramente instrumental y laborante (homo faber, homo laborans), sino incluyendo lo productivo, reproductivo, social, medioambiental, político, lúdico, simbólico y cultural (homo politicus, homo ecologicus, homo ludens, homo demens, homo loquax).

Para Engels, de lo que se trata con ello es de aprender las lecciones y comprender los errores antiecológicos-antisociales de las praxis humanas poco conscientes o no planeadas suficientemente. Su finalidad será ejercer el trabajo, la técnica, la producción, las relaciones sociales y, en general, todos los actos humanos, conforme a su naturaleza no animalesca, es decir conforme a las cualidades humanas formadas, desplegadas en el surgimiento del género homo y propiamente en la especie sapiens, con el propósito de no seguir cayendo en efectos contraproducentes sino superarlos en la emancipación y realización de la vida humana futura.

Los pasos decisivos del despliegue histórico práxico

 Veamos la argumentación de Engels; primero las premisas y luego, de manera secuencial, los ocho pasos decisivos de la precesualidad histórica:

  1. Para Engels, la naturaleza es la proveedora de los materiales que el trabajo humano convierte en riqueza y el trabajo humano es “la condición básica y fundamental de toda la vida humana” a tal grado que, dice, “hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio humano”. Aquí señala que Charles Darwin (The Descent of Man, 1871) dio una descripción aproximada de una raza de monos antropomorfos extraordinariamente desarrollada, que residió en algún lugar de la zona tropical, vivía en los árboles y formaba manadas.
  2. Este mono, al caminar por el suelo, “se fue acostumbrando a prescindir de las manos” y entonces empezaron a adoptar más y más una posición erecta. Primero fue una norma y luego una necesidad, por lo que en aquel entonces las manos tenían que ejecutar funciones cada vez más variadas, desarrollándose la división de funciones entre pies y manos. Así, Engels describe las tareas más numerosas de las manos: recoger y sostener alimentos, construir nidos y tejadillos en los árboles, asir garrotes, aventar frutos y piedras y realizar operaciones sencillas, semejantes a las que realizan los monos. Sin embargo, dice Engels, la mano de cualquier mono es incapaz de ejecutar los cientos de operaciones que realiza la mano humana como tal, “perfeccionada por el trabajo durante centenares de miles de años”. Y ejemplifica: “Ni una sola mano simiesca ha construido jamás un cuchillo de piedra por tosco que fuese.” Traduciéndolo a los conocimientos actuales, los primates superiores antropomorfos no desarrollaron jamás ninguna industria lítica o modo técnico. La explicación que proporciona Engels es que hubo un proceso evolutivo de operaciones sencillas a operaciones complejas y consistió en que “nuestros antepasados fueron adaptando poco a poco sus manos durante muchos miles de años de transición”.
  3. La mano se hizo libre ya que pudo adquirir cada vez más habilidad, destreza y flexibilidad, que se “transmitía por herencia y se acrecía de generación en generación”. La mano liberada y perfeccionada (anatómica y fisiológicamente) se convirtió en “el [primer] órgano del trabajo” y fue producto o resultado de éste mediante cada vez más aplicaciones a funciones nuevas y cada vez más complejas. Con ello, lo que beneficiaba a la mano beneficiaba correlaciones de formas (Darwin dixit) a todo el cuerpo y organismo, en dos aspectos: el interno, digamos en la columna vertebral-cráneo-cerebro (foramen magnum), visión, pelvis-húmero, termorregulación, ajuste de órganos, posición del pie y modo de caminar, etcétera, y el externo, repercusiones sociales de unos sujetos sobre otros, así como sobre el conjunto: ayuda/actividad mutua y reforzamiento de lazos; progreso sobre el dominio sobre la naturaleza, ya que el trabajo iba ampliando horizontes, haciéndole descubrir en los objetos nuevas propiedades desconocidas.
  4. La necesidad de mayor comunicación verbal, transmitiéndose información psicoafectiva, relacional, ecológica y técnica significativa y cada vez más precisa de los unos a los otros. Modulaciones y articulaciones del sonido, teniendo un papel central la laringe y demás órganos anatómicos del aparato fonador. Respecto a esto, nos señala la máxima de J.B. Lamarck: “la necesidad hizo al órgano”. La laringe y los órganos vocales formados dialécticamente resultaron ser apropiados para el lenguaje articulado; así, la explicación de su origen sólo es posible “a partir del proceso de trabajo y con el proceso de trabajo” (en las inter-acciones que provoca, retroalimenta y va enriqueciendo).

De esta forma, la conexión del trabajo con el lenguaje estimuló el desarrollo del cerebro humano (y todo el sistema nervioso) e igualmente “los instrumentos más inmediatos” de éste: los órganos de los sentidos (vista, olfato, gusto, oído y tacto). Con del desarrollo interactivo y mutuo de ambos se fue generando a) mayor claridad de conciencia, b) mayor capacidad de abstracción y c) mayor grado de discernimiento, formando con ello una doble recursividad dialéctica de mutuas influencias entre, por una parte 1) el trabajo y el lenguaje y, por otra, 2) entre el cerebro y los sentidos.

  1. Este circuito dialéctico conforma el primer avance de lo que Engels denomina la sociedad humana, que desde esta base (trabajo-socialidad-lenguaje-conciencia-sentidos) se expresa en su desarrollo multidireccional y diverso en distintos pueblos, con adelantos y retrocesos en esta procesualidad que hoy llamaríamos desarrollo sociocultural en general (destacando el logro del desarrollo civilizacional).
  2. A partir de aquí, haciendo uso de a) su mayor inteligencia y b) su mayor capacidad de adaptación (o, mejor, de adaptabilidad), en las diversas zonas de alimentación, los sapiens ampliaron el rango de plantas comestibles, con lo que lograron una alimentación con mayor variedad de nuevas sustancias nutricionales, con lo cual “creaban las condiciones químicas”, fisiológicas y corporales para constituir una “dieta propiamente humana”, cuyas bases serían 1) despliegue en la elaboración de instrumentos de trabajo (que a la vez fueron utilizados como armas) para hacerse de nuevos alimentos, 2) creación de herramientas para la pesca y la caza, con lo que se posibilitó 3) el tránsito de la alimentación propiamente vegetal a la alimentación mixta (vegetal-animal), 4) el consumo de carne, que ofreció ingredientes esenciales para el mejor desempeño de las funciones de su organismo, especialmente en la potenciación funcional y el crecimiento de su cerebro; y también 5) trajo dos nuevos avances decisivos: el uso del fuego, que redujo el proceso de digestión, y la domesticación de animales, que multiplicó la reserva de carne y de leche para obtenerlas de manera más regular, así como 6) el combinar la carne con la dieta vegetal (bases del omnivorismo) contribuyó poderosamente –dice Engels– a dar fuerza física y mental al humano al brindarle –en vías de consolidación– su (relativa) “independencia” respecto de la naturaleza.

La voluntad de dominio y sus repercusiones

  1. El sexto paso decisivo fue su extensión geoclimático-ecológica, pues por su propia iniciativa se fue expandiendo y adaptando-transformando a los diferentes climas de los continentes y ecosistemas (latitudes, alturas, temperaturas, etcétera). Ello obligó a los seres humanos a realizar nuevas actividades y a generar nuevas necesidades de abrigo, vivienda, vestimenta…, creándose nuevas esferas cada vez más complejas, diversificadas y perfeccionadas (civilizacionales) de trabajo material, cultural, semiótico, político y espiritual: ganadería, pesca, agricultura, alfarería, hilado, tejido, metales, navegación, comercio, artes y ciencias, posteriormente también el desarrollo de las naciones, el Estado y, con ello, el derecho, la política y la religión.

Estas últimas, así como el origen de la explotación del propio trabajo y en general el progreso de la civilización, son producto de la dinámica de las necesidades materiales “reflejadas en la cabeza del ser humano que así cobra conciencia de ellas”, y no se deben –como cree la concepción idealista del mundo– exclusivamente al desarrollo y a la actividad cerebral.

Se trata de la concepción materialista dialéctico-histórica de los orígenes y de desarrollo/progreso del sapiens y de sus productos sociales, políticos y culturales materiales e institucionales, con base en la complejización de proceso de trabajo y el crecimiento/diversificación de las necesidades, que fue llevando a los humanos a “plantearse y a alcanzar objetivos cada vez más elevados”. Dicha concepción, dice Engels, es diferente y crítica respecto del materialismo naturalista de la escuela darwiniana, cuyos representantes no son capaces de ver “el papel [histórico-genético] desempeñado por el proceso de trabajo”.

El signo esencialmente diferente de los humanos respecto de los animales reside en que: “Ni un solo acto planificado de ningún animal ha podido imprimir en la naturaleza ‘el sello de su voluntad’. Sólo el humano ha podido hacerlo”. Las acciones de los humanos sobre la naturaleza imprimen, material y espiritualmente, sus diversas y crecientes necesidades y fines, y sus efectos son escalares: ecológicos, geológicos, energéticos y mentales. Los animales utilizan la naturaleza exterior y la modifican por el mero hecho de su presencia en ella. El humano, en cambio, transforma la naturaleza y la obliga así a servirle (servicio no forzosamente utilitario), la domina (no necesariamente utilitariamente) por efecto del proceso de trabajo.

Sin embargo, Engels plantea que, si dicho dominio se toma como si se tratara de “victorias” sobre la naturaleza, en las repercusiones imprevistas o negativas que se manifiestan –no necesariamente de manera inmediata sino en segunda o tercera instancia, después de lo que se obtuvo con previsión o en primera instancia– “la naturaleza toma venganza”. Por lo tanto, esos hechos nos recuerdan que “nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un conquistador sobre el pueblo conquistado”, pues “nosotros como humanos estamos en su seno y pertenecemos a la naturaleza”. Por consiguiente, “todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los demás seres, somos capaces de conocer sus leyes y aplicarlas adecuadamente”.

  1. Para F. Engels existe un gran avance científico, principalmente de las Ciencias Naturales de la segunda mitad del siglo XIX, del conocimiento y comprensión de las leyes de la naturaleza. Por eso se ha dado un importante paso para conocer tanto los efectos inmediatos como los no inmediatos de “nuestra intromisión en el curso natural de desarrollo”. El meollo para Engels es que dichos avances científicos (y técnicos) posibilitan la prevención y el control cada vez mejor de las repercusiones no inmediatas a prever y, por lo tanto, permiten controlar cada vez mejor las “remotas consecuencias naturales de nuestros actos en la producción”. De esta manera, cuanto más sea esto una realidad, los hombres no sólo sentirán de nuevo y en creciente grado su unidad con la naturaleza, sino que la comprenderán más (y lo mismo su propia naturaleza, construida también en el trabajo y con su trabajo); por ende, “más inconcebible será esa idea absurda y antinatural de la antítesis entre el espíritu y la materia, el hombre y la naturaleza y el alma y el cuerpo”.

Para dejar clara su perspectiva unitaria de superación de las antítesis, Engels plantea que igualmente se trata de prever no sólo las indirectas y remotas consecuencias del dominio y de la producción humana sobre la naturaleza exterior, sino las repercusiones sociales de esas mismas acciones. Para lograr cabalmente todo ello es fundamental: a) el conocimiento, control y dominio de las consecuencias directas e inmediatas a nivel natural y social de la producción, y b) el conocimiento, control y dominio de las consecuencias indirectas y remotas a nivel natural y social de la producción humana.

  1. Se trataría, entonces de construir un octavo paso decisivo plenamente emancipador pues, enfatiza Engels: “hace falta una revolución que transforme por completo el modo de producción existente hasta hoy día” (el capitalismo) y, con él, el orden social productivista, inmediatista, antiecológico y antisocial vigente. Se trata, dice, de realizar una revolución que cree un nuevo orden natural-social productivo, en donde el proceso de trabajo tendrá un nuevo papel en la transformación del humano en verdadera y plenamente humano, un orden diferente a los anteriores que tenga integrado realmente en su actuar social la planificación, prevención y control de la producción (siendo una gran palanca de ayuda una ciencia-técnica crítica, liberada y emancipadora), que siga las leyes de la naturaleza y sea capaz de superar realmente sus utilitarismos y limitaciones de toda índole.
Publicado enCultura
Página 1 de 15