Viernes, 10 Mayo 2019 05:46

La revolución 5G

La revolución 5G

Con el aséptico nombre de 5G se presentó la nueva generación de comunicación móvil en el Mobile World Congress de Barcelona, a finales de febrero. Se trata de una profunda transformación tecnológica con importantes consecuencias empresariales, sociales y geopolíticas. La estrella del congreso fue el nuevo modelo Mate X de Huawei, la principal empresa tecnológica china. Claro que el teléfono no sirve de mucho mientras no se despliegue la red por la que circulan las señales. Y esto se supone que ocurrirá, al menos en China, Europa y Estados Unidos, en el 2020. 

La conexión de internet con 5G se proyecta como 40 veces más rápida que la del 4G que actualmente utilizamos y el volumen de datos comunicados significativamente mayor (aquí las estimaciones varían). La importancia de esta tecnología es que constituye la infraestructura necesaria para el funcionamiento de la nueva sociedad en red, incluyendo la nueva economía. Esta nueva estructura, que ya existe en gran medida, está en la base de la conexión de grandes bases de datos (big data), del despliegue de las aplicaciones de inteligencia artificial y, por tanto, de la robótica avanzada (máquinas capaces de aprender) y, sobre todo, de la llamada “internet de las cosas”. Por tal se entiende la multiplicidad de conexiones ultrarrápidas de internet no sólo entre humanos y sus organizaciones, sino entre objetos de todo tipo, en el ámbito doméstico, el dinero móvil, el coche sin conductor, la cirugía a distancia, la enseñanza virtual o las guerras de drones. No hablamos de ciencia ficción, sino de lo que ya ha sido investigado, diseñado, producido y es operativo.


Como indicación de lo que ocurre, en el 2014 había unos 1.600 millones de objetos/máquinas conectados. En el 2020 se estima que serán 20.000 millones. Sin embargo, el funcionamiento real de estas múltiples redes sobre una única infraestructura de comunicación requiere una red con las características del 5G. Con sus consiguientes riesgos. Por un lado, el de la ciberseguridad (interferencias y vigilancias de todo tipo, sobre todo de gobiernos, incluidos todos). Por otro lado, los peligros potenciales para la salud aún poco evaluados. Resulta que una característica clave de esta nueva red es una altísima densidad de miniantenas que están sembrando en todas las ciudades para, mediante su cobertura coordinada del espectro, obtener una comunicación ubicua de cualquier punto de la red a cualquier otro. Antes de que le entre pavor piense que esta red, como todo lo que hemos ido inventando, se va a desplegar y usted (o sus hijos o sus nietas) la van a utilizar, sí o sí. Con lo cual lo urgente es analizar seriamente los impactos de estos múltiples campos electromagnéticos sobre la salud (sobre lo que hay muchos mitos, parecidos al movimiento antivacunas) y encontrar soluciones técnicas para prevenir el daño potencial.


En cualquier caso, la construcción y gestión de la(s) red(es) 5G se convierte en un campo esencial de la lucha por el poder y el dinero, porque vivimos en la época del capitalismo de los datos y los datos sólo sirven cuando pueden ser procesados y conectados.


Por eso se ha desatado una violenta reacción del Gobierno estadounidense contra la participación de Huawei en el diseño y construcción de la red. Y es que resulta que, en opinión de la mayoría de los expertos, Huawei posee la tecnología de diseño y fabricación más avanzada del mundo en las redes de telecomunicación 5G. Creo que el choque psicológico del Gobierno (mucho menos el de las empresas) es comparable al pánico surgido ante el Sputnik soviético en 1957.


¿Cómo es posible –dicen en Estados Unidos– que los chinos estén más avanzados cuando se suponía que su ventaja competitiva estaba en copiar y fabricar más barato explotando su mano de obra, sin añadir valor mediante investigación? Estamos en presencia de una mezcla de complejo de superioridad e ignorancia. Huawei está entre las primeras cinco empresas del mundo en gasto en I+D, tiene decenas de miles de investigadores, con centros en todo el mundo, no sólo en China, sino en Silicon Valley y otros núcleos tecnológicos. Y obtuvo más patentes tecnológicas en el 2017-2018 que cualquier empresa tecnológica en Estados Unidos. Aun así, la paranoia de los estrategas estadounidenses es tal que, teniendo en cuenta las consecuencias geopolíticas e incluso militares de esta tecnología, decidieron que la ventaja de Huawei sólo podía provenir del espionaje industrial y han arrestado y procesado a la directora financiera, Meng Wanzhou, hija del fundador de la empresa. ¿Pruebas? En el momento de su detención llevaba un iPhone y un iPad. Concluyente, ¿no? La acusación en serio es que Huawei es una empresa estatal (falso, es privada, como lo es Alibaba, la mayor empresa de e-commerce del mundo) y está introduciendo un acceso de “puerta trasera” en la red mediante el cual se puede espiar a todo el mundo. Y sólo faltaba que justo ahora el Gobierno chino lance su iniciativa de construcción de infraestructuras de transporte y comunicaciones en Europa y Asia (la nueva ruta de la seda) en colaboración con diez países europeos, incluida Italia, para que el 5G se interprete como un proyecto de dominación china sobre Occidente.


Objetivamente, hace falta mucho cinismo para presentar al Gobierno de Estados Unidos, así como los europeos, como respetuosos de la privacidad. Hay múltiples revelaciones y documentos (en particular los papeles de Snowden) que muestran la práctica sistemática de vigilancia legal o ilegal de las agencias estadounidenses en todo el mundo, como hace el Gobierno chino. Y la ayuda de mercados militares a empresas como Boeing y a Silicon Valley es un hecho.
La nueva revolución tecnológica se está convirtiendo en un campo de batalla geopolítico, en detrimento de la cooperación sinérgica que intentan algunas empresas europeas.

Por Manuel Castells
La Vanguardia

 

Estados Unidos abre su primera granja autónoma gestionada por robots

Usando inteligencia artificial, la empresa californiana Iron Ox pretende aumentar el rendimiento de los cultivos y solucionar el problema de la falta de mano de obra

La primera explotación agraria autónoma y gestionada por robots en Estados Unidos ya está funcionando. La inauguraron la semana pasada en California con la esperanza de que los sistemas de inteligencia artificial (IA) sirvan para reconvertir un sector en el que falta mano de obra y aumenta la presión por aumentar las cosechas.


La empresa responsable, Iron Ox, tiene su sede en San Carlos y dice que podrá "producir 30 veces más que las explotaciones tradicionales" gracias a la IA, a cultivos hidropónicos que crecen durante todo el año sin necesidad de tierras, y a un uso más eficiente del espacio que lograrán trasplantando cultivos a medida que crezcan.


Estos son varios de los grandes desafíos a los que se enfrenta la agricultura y que tienen a los inversores pendientes. El año pasado, las inversiones en startups agrícolas crecieron un 29% con relación a 2016 y sumaron un total de diez mil millones de dólares en todo el mundo.


El espacio para el cultivo de Iron Ox mide unos 185 metros cuadrados. Dentro de él, hay macetas con hierbas y verduras frondosas almacenadas en "módulos de crecimiento" blancos de 1,2 por 2,4 metros y unos 360 kilos. Las máquinas autónomas se encargan del levantamiento de objetos pesados, de cultivar y de detectar necesidades.


El cofundador de Iron Ox, Brandon Alexander, habla con entusiasmo de "Angus" una máquina "increíblemente inteligente" similar a un coche autónomo de la que dice estar "muy orgulloso". Con un peso de unos 450 kilos, Angus se mueve por el lugar controlando cultivos, levantando cosas, y llevando los módulos de crecimiento hasta la zona de procesado.


Una vez allí, un brazo robótico (también autónomo) cosecha los cultivos sujetando las macetas, lo que reduce el daño en la planta. Según Alexander, eso fue algo increíblemente difícil de lograr: tuvieron que desarrollar un proceso para que la máquina fuera capaz de reconocer a las plantas y luego analizarlas a una escala submilimétrica. De acuerdo con la empresa, el brazo robótico tiene cuatro sensores Lidar y es capaz de "ver" en tres dimensiones gracias a dos cámaras que además le permiten identificar enfermedades, plagas y anomalías.


Gran nivel de precisión


Dice Alexander que al equipo de Iron Ox le llevó años llegar al actual nivel de precisión y estabilidad. También, que su robot es muy diferente a otras máquinas, como por ejemplo la cosechadora de trigo, que no necesita tanta delicadeza en el momento de recoger los cultivos.


Tanto ‘Angus’ como el brazo robótico están continuamente mandando datos a ‘Brain’, el software de IA en la nube que a su vez controla a los robots y les indica cuándo actuar. "Cada robot sabe cómo hacer su trabajo, pero no saben cuándo", explica Alexander.


‘Brain’ (cerebro) procesa los datos de los sensores que hay en los robots y en toda la instalación, y un equipo de especialistas en botánica lo controla. No es el único toque humano. La siembra y parte de las labores de ‘postcosecha’, como la recolección de las hojas perdidas y el empaquetado, son llevadas a cabo por personas.


De acuerdo con David Slaughter, profesor de ingeniería en biología y agricultura de la UC Davis, la solidez de las herramientas es una de las variables clave para los agricultores cuando adoptan nuevas tecnologías. En una aplicación gratuita, como el navegador de Internet, los usuarios están dispuestos a tolerar algunos errores, dice, pero para la tecnología agrícola eso "no es aceptable": "Se trata de un producto perecedero, tiene que ser fiable de verdad". Si la innovación demuestra ser robusta, Slaughter cree que será rápidamente incorporada. "Los agricultores buscan soluciones tecnológicas", dice.


¿Y por qué no hubo una granja autónoma hasta ahora? Alexander responde sin rodeos: "Porque es jodidamente difícil". El trabajo que está haciendo le toca muy de cerca. "Hablé con mi abuelo sobre cuando empezó a trabajar en la agricultura y siempre se ha quejado de no conseguir suficiente ayuda", dice.


Así fue como él y Jon Binney, el otro fundador de Iron Ox, comenzaron a viajar para escuchar directamente de los agricultores las cosas que les hacía falta. "Tuvimos que hacer un pacto para no ponernos a construir algo de inmediato, algo que no resulta fácil para un ingeniero", bromea Alexander.


Por todos lados escucharon las tres mismas preocupaciones: la escasez de mano de obra, la inestabilidad del clima y las largas distancias que tenían que recorrer los productos agrícolas.


Iron Ox planea comenzar a vender sus productos en restaurantes y tiendas de comestibles de la Bahía de San Francisco a finales de este año. Para 2019 quieren llevarlos a toda la región y en los próximos años tienen pensado abrir varias explotaciones agrarias en torno a los centros urbanos para reducir el tiempo y coste de entrega de los productos.
La agricultura se enfrenta desafíos pero Alexander cree, como creía hace tres años cuando empezó, que la solución pasará por poner a la robótica en primer lugar. "Necesitamos hacer algo radical; necesitamos hacer algo drástico para arreglar esto", dice. "No alcanza con ser un 5% o un 10% más eficiente".

Por Noah Smith - Los Ángeles
13/10/2018 - 18:37h
Traducido por Francisco de Zárate

 

"No hay que tener miedo de los robots. Hay que tener miedo de los humanos usando esta tecnología de un modo no ético o destructivo"

Frente a los estudios que aseguran que se perderán millones de empleos en la próxima década por culpa de los robots, defiende que la tecnología, más que una amenaza, constituye una oportunidad si se pone al servicio de los trabajadores

"Mucha gente famosa especula sobre los riesgos de la Inteligencia Artificial, diciendo que puede ser peligrosa si escapa a nuestro control, si se hace más inteligente que los humanos. Pero todo eso es ciencia ficción"

La intelectual estadounidense Shannon Vallor es profesora en la Universidad de Santa Clara (California), en el corazón del Silicon Valley. Es una reputada investigadora de la ética y la filosofía de la tecnología. Trabaja muy cerca de donde vienen surgiendo muchos de los avances tecnológicos que han revolucionado la realidad económica y social.

La robotización y la automatización, por ejemplo, son dos procesos en los que se avanza en este área del este de Estados Unidos. Eso, pese a los muchos miedos que genera en la clase trabajadora la robotización del mundo laboral. Son recurrentes los estudios que aseguran que se perderán millones de empleos en la próxima década por culpa de los robots.

Como integrante de la dirección de la Fundación para la Robótica Responsable, Vallor se esfuerza en aclarar cómo la tecnología, más que una amenaza, constituye una oportunidad, siempre y cuando se ponga al servicio de los trabajadores."El problema está en no usar esas tecnología al servicio de los trabajadores", dice Vallor en esta entrevista con eldiario.es.

De ahí que anime a realizar reformas en el actual sistema económico, para que sea posible la convivencia de robot y trabajador en los empleos del futuro, y que inste a presionar a las empresas para que desarrollen "productos y aplicaciones más compatibles con los intereses de los humanos".

 

¿Qué piensa usted del miedo que genera la robotización, según muestran las encuestas, en buena parte de la clase trabajadora?

Es un tema complicado. Hay una gran probabilidad de que la robotización continúe significando la automatización de algunos sectores de la economía. En consecuencia, algunas categorías laborales van a estar en peligro. Aquí, lo problemático es el uso que se pueda hacer de esos miedos. Mucho de lo que se escucha puede llevar a la gente, si no está informada, a pensar que vamos a tener robots que van a tomar todos los trabajos que hoy hacen los humanos.

Eso no es realista, al menos en las próximas dos décadas y probablemente para muchas más. Los avances en robótica y en inteligencia artificial son reales e impresionantes pero no están teniendo lugar tan rápido como mucha gente cree. Hay muchos límites a la hora de asignar tareas a esas máquinas y de determinar qué son capaces de hacer.

 

¿La robotización no es tan peligrosa para los trabajadores?

Desde un punto de vista laboral, no se puede decir que no haya de qué preocuparse. Pero tampoco hay que exagerar la amenaza.

 

¿Hasta qué punto le preocupa el uso político que puede darse a los miedos que generan la robotización y la inteligencia artificial?

Me preocupa mucho dejar claro que no es la tecnología la que va a suponer una amenaza para los trabajadores. Es el sistema económico, sus incentivos y los poderes económicos, los que controlan realmente cómo esa tecnología se va a utilizar.

Hay muchos modos en los que los robots y la inteligencia artificial pueden mejorar las condiciones laborales, acabando incluso con los trabajos más peligrosos, aburridos, degradantes o sucios. Hay muchas tareas por las que se paga a gente para que se expongan. Estarían mejor sin hacerlas, haciendo otra cosa. Diseñar máquinas para hacer esos trabajos no es inherentemente malo. Hay mucha confusión en la opinión pública cuando hay encuestas sobre el miedo a las máquinas.

Mucha gente famosa, como Elon Munsk, Stephen Hawking o Bill Gates, que no son investigadores de Inteligencia Artificial, han especulado o especulan sobre los riesgos de la Inteligencia Artificial, diciendo que puede ser peligrosa si escapa a nuestro control, si se hace más inteligente que los humanos. Pero todo eso es ciencia ficción. No estamos ni mucho menos cerca de que haya una inteligencia artificial comparable a la inteligencia de un humano. Ni siquiera se sabe cómo hacer algo así.

 

¿Dónde está el problema entonces?

No hay que tener miedo de los robots. Hay que tener miedo de los humanos usando estas tecnologías de un modo no ético o destructivo. El problema está en no usar esas tecnologías al servicio de los trabajadores. La clave está en que las máquinas estén al servicio de los trabajadores en lugar de tener como objetivo maximizar los beneficios y la eficiencia. Pero en un sistema económico donde esos son los únicos objetivos, muchas de las oportunidades para que los robots estén ahí para ayudar a los trabajadores y hacer sus trabajos más seguros, más disfrutables y de modo que se sientan más realizados, van a ser ignoradas. Todo esto debido a los intereses económicos, que van en contra de la gente.

 

¿Hay que cambiar el sistema para implementar esta otra idea de la tecnología?

No hay que cambiar todo el sistema para reformar las partes que no funcionan. Estamos hablando, en realidad, de la necesidad de un cierto cambio sistemático en la economía moderna. El sistema ahora mismo parece tan brutal que no parece posible ver cómo cambiarlo. Además de empujar hacia una reforma económica y política, algo que creo que es muy importante es pensar que hay formas del capitalismo, de hace 50 ó 60 años, que hacen posible la promoción de los intereses de los trabajadores. Hay ejemplos en varios países.

En Estados Unidos tuvimos un movimiento que llevó a la imposición de la semana laboral de 48 horas, la instauración de regulaciones sanitarias y de seguridad, la obligatoriedad de introducir pausas en el trabajo y las bajas. En el Siglo XX ha habido todo tipo de reformas que han cambiado el trabajo. El lugar de trabajo pasó de ser un lugar donde los trabajadores eran explotados y se abusaba de ellos a ser un lugar donde hay ahora una mayor protección. Desafortunadamente, en Estados Unidos, hemos ido ahora en la dirección opuesta respecto a esos avances, acabando con mucha de esa protección.

 

¿Qué más se puede hacer, más allá de empujar hacia una reforma del sistema?

También se puede presionar a las compañías tecnológicas para que desarrollen productos y aplicaciones que sean más compatibles con los intereses de los humanos. Se les puede presionar para que la tecnología sea concebida como una ayuda para los trabajadores, para que su diseño haga a los trabajadores sentirse más seguros, más felices y menos degradados y explotados por su trabajo. Ahora mismo, las compañías tecnológicas, en muchos países, han sufrido grandes golpes en su reputación. Y están trabajando para restaurar la fe del público en ellos y en el sector tecnológico. Muchas compañías, por esto mismo, están ahora moviéndose hacia el diseño de procesos y aplicaciones más éticos.

Por ejemplo, ahora, en el sector tecnológico, están promoviendo la idea de que los humanos no deben ser reemplazados por dispositivos de Inteligencia Artificial sino apoyados por estos sistemas. Pero no está claro si éste será el modelo que triunfe o si todas las empresas lo adoptarán. No se sabe si el trabajador mantendrá, por ejemplo, el sueldo de alguien asistido por un sistema de Inteligencia Artificial o si el empresario caerá en la tentación de echar al trabajador.

En Estados Unidos, hay un debate sobre si los populistas, como el presidente Donald Trump, sustituirán a la inmigración, objetivo de muchas de sus reformas, por los robots."Primero vinieron a por los inmigrantes. Luego vinieron a por los robots" es un reciente titular de la revista Foreign Policy. ¿Qué piensa usted?

Pienso que no hemos visto algo así todavía. De hecho, en 2017, el Secretado de Estado para el Tesoro, Steven Mnuchin, dijo básicamente que la amenaza de la robotización "no está ni siquiera en nuestro radar", según sus términos. Él cree que incluso dos décadas era una exageración, y que la amenaza de la robotización a los puestos de trabajo llegaría, tal vez, en 50 ó 100 años. Ésto es lo que la administración Trump dice al respecto. No están centrados, ahora mismo, en la automatización.

 

¿Por qué motivo?

Porque el populismo de Trump está principalmente inspirado por la xenofobia, y no por una sincera preocupación por los intereses de los trabajadores. De hecho, las políticas de Trump hasta ahora han sido bastante dañinas para los trabajadores. Creo que este tipo de populismo de Trump sólo es superficialmente favorable a los trabajadores. En realidad, en su sustancia, es anti-trabajadores. La reacción de Trump diciendo que los inmigrantes están tomando empleos de los estadounidenses está fundamentada en la xenofobia y en el racismo, más que en una verdadera preocupación por los trabajadores del país. Yo no creo que los robots vayan a entrar en esa retórica. Pero esto puede ocurrir en otros países.

En Los Países Bajos, en el puerto de Rotterdam, los sindicatos alertaron de que muchos trabajadores se inclinaban allí el año pasado a votar por el Partido de la Libertad del populista de ultraderecha Geert Wilders. Los líderes sindicales hablaban de enfado por la robotización del sector. Al menos así lo contó la agencia Bloomberg.

Estoy en contacto con numerosos académicos de Los Países Bajos, que trabajan ahora mismo sobre las implicaciones sociales que despiertan la robotización y la inteligencia artificial. En general, yo diría que Los Países Bajos es un país muy favorable a la robotización. Tienen más universidades centradas en tecnología que otros muchos países de similar tamaño. Pero cada país tiene una respuesta diferente a la robotización.

En Japón, por ejemplo, la robotización es algo que está siendo bienvenido. Porque no tienen, fundamentalmente, suficientes trabajadores para sustituir su mano de obra en una sociedad que está envejeciendo y que sigue siendo muy poco favorable a la inmigración. La respuesta a la robotización va a depender de muchos factores, como la situación económica del país, cómo es la situación del desempleo o si hay o no dificultades para ofrecer empleo a la gente. Ahí está la clave de que pueda haber resentimiento contra los robots, especialmente si hay clases de trabajadores que se vean afectadas.

 

¿Dónde es más probable que afecte la robotización?

Es más fácil ver que la automatización del trabajo tenga lugar en fábricas, pero también en la venta o en atención al cliente, como en los centros de llamadas. En muchos países, la venta y la atención al cliente son la primera categoría de empleo para gente sin educación universitaria o que, simplemente, están empezando en su vida laboral. Son trabajos típicos de estudiantes, por ejemplo.

En Estados Unidos, esto ocurre mucho en el sector de la venta. Si se elimina el empleo de personas en ese sector, se va a dificultar mucho la integración de mucha población en el mercado laboral. Se sabe que, cuando una persona tarda en conseguir su primer empleo, luego es muy difícil desarrollar una historia laboral sólida. Pienso que hay peligros asociados a la automatización de según qué sectores. Sin embargo, tampoco podemos determinar el impacto de la automatización, porque es algo relacionado con la cultura del consumidor.

 

¿A qué se refiere?

No sabemos en realidad cuánta demanda hay de gente queriendo interactuar con un robot, por ejemplo, en un centro de atención al cliente. En este sector, mucho depende de si el consumidor sabe que está interactuando con una máquina o una persona y de si la persona quiere o no tener esa interacción. Por ejemplo, se puede sustituir al personal de un restaurante por robots. Pero puede ser que la gente no responda positivamente a esa propuesta. Puede ser que esa experiencia para el consumidor resulte frustrante, debido a los límites de la tecnología. Este tipo de situaciones puede que ralenticen la automatización. Ser capaz de hacer una máquina que haga un trabajo no significa que eso sea una ventaja.

¿La "inteligencia artificial" liquidará al capitalismo?

Si la inteligencia artificial (IA) definirá el dominio geoestratégico en la próxima generación, su ideología emergente marcará el destino de la humanidad.

Ya el zar Vlady Putin había alertado de que quien domine la IA controlará al mundo ( http://bit.ly/2IjsAdQ ).

Detrás de las amenazas de "guerra comercial" de Estados Unidos y China se encuentra el “posicionamiento tecnológico que marcará el siglo XXI sobre la primacía de la IA cuando Beijín ha proclamado que será el líder indiscutible en 2030 ( http://bit.ly/2IgbRbA )”.

Quedó atrás la caduca taxonomía de "derecha" e "izquierda" que floreció durante la Guerra Fría en la etapa bipolar entre Estados Unidos y la ex URSS, hoy la ideología en el mundo se encuentra fracturada entre los "globalistas" –encabezados por el megaespeculador George Soros y la dupla británica de The Economist/The Financial Times–, acoplados a los poderosos multimedia israelí-anglosajones de "occidente" –contra los "nacionalistas" donde prevalecen Trump, el zar Vlady Putin y el mandarín Xi con sus respectivas idiosincrasias– al unísono de sus puntuales resurrecciones en la Unión Europea.

Yair, hijo del primer ministro israelí Bibi Netanyahu, sentenció con entonaciones nacionalistas sarcásticas que Soros “controla al mundo ( http://bit.ly/2FMZNsV )”.

A 200 años del aniversario del nacimiento de Marx, Nathan Gardels (NG), editor en jefe del The World Post –en colaboración con The Washington Post y el Instituto Berggruen– aduce que la “IA agudizará la división entre Occidente y Oriente ( https://wapo.st/2JXYucX )”.

NG no oculta su proclividad ideológica y reduce a la IA a su lecho de Procusto cerebral: la conectividad digital y los algoritmos están mejor en manos de los "libertarios (sic) de Silicon Valley" que en las de China con su "mentalidad autoritaria que empodera al Estado".

Arguye que el mundo digital se encuentra dividido entre el "espionaje capitalista" de Occidente y el "monitoreo del mandarinato de China". Se olvida que Snowden y Assange son hijos de Occidente.

Feng Xiang (FX) –profesor de leyes en la Universidad Tsinghua– argumenta que la “IA marcará el fin del capitalismo ( https://wapo.st/2FN3oXU )”.

Considera que "si la IA permanece bajo control de las fuerzas del mercado desembocará en forma inexorable en un mega-rico oligopolio de datos de multimillonarios que cosecharán la riqueza creada por los robots que desplazan la mano de obra, dejando un masivo desempleo a su alrededor".

Juzga que la "economía de mercado socialista" de China "puede proveer una solución", si la IA “asigna en forma racional (sic) recursos mediante los análisis de macrodatos ( big data) y si las robustas asas de retroalimentación ( feedback loops) pueden suplir las imperfecciones de la "mano invisible", mientras se "comparte en forma equitativa la inmensa riqueza que crea" en medio de una "funcional economía planificada".

El peligro de la IA, que "avanza en una tecnología de propósito general", es que permanezca en "manos privadas que sirven los intereses de unos cuantos".

Aduce que la "inevitabilidad del desempleo masivo y la demanda por el bienestar universal conducirán la idea de socializar (sic) o nacionalizar (sic) la IA".

El "capitalismo digital" fantaseó el bienestar social, como sucede con los multimillonarios de Google y Apple que esconden sus inmensas ganancias en los paraísos fiscales para evadir impuestos, lo cual choca con su lema hipócrita de "responsabilidad social".

El escándalo de la empresa británica Cambridge Analytica, obligada a cerrar, con Facebook y su "modelo de negocios" –que coloca a las ganancias por encima de una "ciudadanía responsable"– es la forma en que funciona el "capitalismo digital" en detrimento de la sociedad.Alega que en China las empresas privadas de Internet como Alibaba y Tencent son "monitoreadas por el Estado" y "no se encuentran por encima del control social".
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El presidente chino Xi Jiping dio un discurso por el bicentenario del natalicio de Carlos Marx el viernes pasadoFoto Afp

Juzga que la "misma penetrabilidad de la IA marcará el fin del dominio del mercado" cuando "sólo produce desempleo", no se diga con los robots, por lo que "no existe una mejor alternativa que la intervención del Estado".

El capitalismo laissez faire desembocará en la "dictadura de los oligarcas de la IA que colectan rentas debido a que tienen reglas de propiedad intelectual sobre los medios de producción".

Así como las armas nucleares y bioquímicas, "la exclusiva tecnología de punta o el núcleo de las plataformas de IA deben pertenecer a un Estado fuerte y estable que garantice la seguridad de la sociedad".

FX concluye con la frase: "!Uníos robots del mundo!"

El sociólogo Anthony Giddens (AG) –anterior director de la London School of Economics y exponente de la fracasada "Tercera Vía" que fue un engaño del "ofertismo fiscal" dentro de la depredación neoliberal– propone en forma antigravitatoria y desfasada una carta magna para la "era digital", en similitud a la que adoptó Inglaterra (sic) en 1215 para "frenar a los reyes de abusar de su poder" cuando hoy “los nuevos reyes son las grandes empresas tecnológicas (https://wapo.st/2wk2Nxy)”. Su comparación es desigual e inarticulada.

AG considera que la "revolución digital es la mayor fuerza dinámica en el mundo" y "afecta todo desde la intimidad de la vida cotidiana hasta las luchas geopolíticas" cuando "al mismo tiempo fractura y divide".

La "evolución de la IA" comporta tres fases distintas: 1. Los trabajos pioneros de Alan Turing durante la Segunda Guerra Mundial hasta finales de los 80, dominados por los "gobiernos y la Academia" 2. La emergencia de Silicon Valley 3. "Retorno del Estado (¡súper sic!) y un dominio público mayor".

Mas allá de sus aspectos positivos, sus "aspectos negativos son profundos (¡mega sic!)" con "amenazas al tejido mismo de la democracia" cuando los “movimientos on line desafían o hasta desplazan a los principales partidos políticos”, al unísono de "avances dramáticos en el aprendizaje de las máquinas".

AG participó en un grupo de trabajo del "Comité Selecto (sic) de la Cámara de los Lores sobre IA" que publicó un reporte que propone "reformas para encontrar un nuevo equilibrio entre la innovación y la responsabilidad de las trasnacionales".

Su "selecta" carta magna esboza "intervenciones prácticas de los gobiernos (¡súper sic!)": la IA debe "ser desarrollada para el bien común; operar con los principios de inteligibilidad y equidad", respetar los derechos de la privacía”, estar basado en cambios de envergadura en la educación y "nunca conceder el poder autónomo para dañar (sic), destruir o engañar (sic) a los humanos".

Dejando de lado las fake news israelí-anglosajones, el problema de la carta magna de AG es su implícita israelización sobre la identidad y operabilidad de su futuro árbitro.

Hoy, con bendición anglosajona, Israel, potencia digitálica cabal que ostenta 400 bombas atómicas clandestinas, se da el lujo de manipular los datos de la Organización Internacional de Energía Atómica para torpedear los acuerdos con Irán cuando ni firma el Tratado de no Proliferación de Armas Nucleares.

La "selecta" israelización de la IA es uno de sus principales escollos.

Quien controle la IA impondrá su modelo.

 

http://alfredojalife.com

@AlfredoJalifeR_

https://www.facebook.com/AlfredoJalife

Publicado enPolítica
Inteligencia artificial: ¿la nueva dependencia?

 

Entre los cambios en curso en el mundo, uno que pronto será de los más ubicuos es la expansión de la llamada “inteligencia artificial” (IA) en un sinfín de áreas, que significará transformaciones significativas en la economía, el trabajo, el convivir social y muchos otros ámbitos. La IA implica básicamente la capacidad informática de absorber una enorme cantidad de datos para procesarlos –mediante algoritmos– con el fin de tomar decisiones en función de una meta específica, con una rapidez y en volúmenes que superan ampliamente la capacidad humana.

Por ejemplo, ya se lo utiliza para optimizar las inversiones particulares en la bolsa de valores, o para ordenar mejor el tráfico vehicular al identificar, en tiempo real, las rutas más descongestionadas.

El discurso promocional busca vender la IA como respuesta a la mayoría de problemas; y sin duda, muchas aplicaciones pueden ser bastante provechosas, a nivel personal o social. No obstante, como toda tecnología, la forma cómo se desarrolla responde a intereses concretos; y actualmente casi las únicas entidades con capacidad de realizar la inversión y manejar las cantidades de datos requeridas para optimizar los sistemas, son grandes empresas transnacionales: principalmente estadounidenses, aunque también chinas y, en menor medida, de algunos otros países.

La hegemonía que han logrado estas empresas se debe, por un lado, a la posición clave que ocupan al controlar las plataformas que conectan los diferentes actores, hecho que se presta a la conformación de monopolios. Y esto a su vez les permite acumular más datos, insumo principal de esta nueva economía digital. Entonces, y sobre todo cuando se trata de transferir servicios públicos o funciones críticas a sistemas de IA manejados por estas empresas, surge una contradicción entre la meta de máxima ganancia de la empresa y las exigencias del interés público.

Uno de los riesgos más evidentes es una eventual falla o hackeo en un sistema vital (como la red eléctrica) o de alto peligro (como los vehículos de automanejo). Posibilidad que aumenta si la empresa responsable trata de aumentar su ganancia al reducir el gasto en seguridad.

Pero surgen serias implicaciones y desafíos en muchos otros aspectos, particularmente respecto a los derechos humanos o las zonas grises en lo jurídico; como también en materia de soberanía.

En los países desarrollados (en particular Europa), está abierto el debate sobre las implicaciones de la inteligencia artificial y se ha comenzado a elaborar marcos de principios y derechos, que contemplan cuestiones como:

– Los robots y sistemas de IA programados para tomar ciertas decisiones tienen a veces algoritmos complejos que resulta imposible saber exactamente cómo y por qué tomaron tal decisión y no otra. Entonces, ¿quién es responsable por las consecuencias de estas decisiones?

– ¿A quién(es) pertenecen los datos que los sistemas informáticos recaban de los sensores (por ejemplo, de una ciudad) o de los usuarios (con o sin su consentimiento o conocimiento)? ¿Qué implicaciones tendría en cuanto a quién(es) se benefician de los rendimientos económicos que producen?

– ¿Cómo evitar que los sistemas inteligentes profundicen las exclusiones y discriminaciones (intencionalmente o no)? De hecho ya existen muchos casos donde se evidencia que los prejuicios sociales se reflejan en los mismos algoritmos.

Posiblemente uno de los problemas más agudos sería el impacto sobre el empleo debido a la robotización o la automatización de la producción de bienes o servicios. Hay pronósticos de que el empleo en muchos sectores va a desaparecer, y que los nuevos empleos serían insuficientes para absorber a todas las personas desplazadas; entre los sectores más vulnerables se menciona a los choferes profesionales o el personal de venta de supermercados y almacenes. Por ello, hay cada vez más apoyo, en los países desarrollados, incluso entre el sector empresarial, a la idea de que será necesario establecer un ingreso básico universal para la población que queda sin empleo remunerado, que sería subvencionado mediante políticas de transferencia de ingreso de las empresas ultra-rentables del sector de la IA.

Toda vez, otros analistas consideran que se exagera el peligro de pérdida de empleos al menos en el corto plazo, (tal vez por motivos políticos: un trabajador con miedo de perder su empleo será más dócil), ya que si fuera cierto que los robots están remplazando masivamente a trabajadores, se estaría produciendo un fuerte crecimiento en productividad, lo que, al menos en el caso de EE.UU., no se registra.[1] El crecimiento promedio es de apenas 1.2% anual en la última década y solo 0.6% en el último quinquenio.

Pero no cabe duda que hay una transferencia de riqueza hacia las empresas que concentran poder en el sector IA (a veces conocido como GAFA –Google, Apple, Facebook, Amazon–, o GAFA-A, incluyendo a la empresa china Alibaba); enriquecimiento basado en la acumulación y procesamiento de datos.

 
El impacto en el Sur

 

En América Latina, hasta ahora, hay poco debate sobre estos temas. Sin embargo, podemos estimar que los impactos serán importantes y a relativamente corto plazo. Por un lado, los cambios en el Norte tendrán sin duda secuelas en el Sur. Por ejemplo, a medida que avance la robotización y automatización, ciertas líneas de producción que fueron desplazadas a países del Sur para beneficiarse de la mano de obra barata, regresarían al Norte. De hecho ya está ocurriendo: en India, por ejemplo, se han reducido fuertemente los empleos en el sector de tecnologías de la información, en particular los centros de llamadas. Por otro lado, la contratación en el Sur de sistemas de IA de proveedores del Norte, por ejemplo para mejorar los servicios públicos, significará nuevas formas de extracción de riqueza y datos y por ende nuevas formas de dependencia, mayores brechas entre Norte y Sur, etc. Sería importante realizar estudios que midan las repercusiones reales en nuestros países y para estimar el impacto potencial.

En un artículo de opinión publicado hace poco en el New York Times[2], Kai-Fu Lee, (quien encabeza una empresa china de capital de riesgo y preside su Instituto de Inteligencia Artificial), presenta las perspectivas en términos bastante crudos: para el futuro previsible, si bien la IA está muy lejos de poder competir con la inteligencia humana, él reconoce que tiene la capacidad de reconfigurar el sentido del trabajo y de la creación de riqueza, lo que desencadenará la eliminación a amplia escala de empleos, conllevando a desigualdades económicas sin precedentes. Por ello, considera inevitable introducir políticas de transferencia de ingreso de las empresas de IA con alta rentabilidad hacia los sectores sin empleo, lo que será factible –dice– en países como EEUU o China, que tienen el potencial de dominar el sector. Pero, siendo la IA una industria donde la fortaleza engendra mayor fortaleza, la mayoría de países quedarán fuera de esa posibilidad, por lo que “enfrentan dos problemas infranqueables. Primero, la mayoría del dinero que produzca la inteligencia artificial irá a Estados Unidos y China”. Y segundo, tener poblaciones en crecimiento se convertirá en una desventaja, por la escasez de empleos.

Entonces, pregunta qué opciones quedarán para la mayoría de países que no podrán cobrar impuestos a empresas de IA ultra-rentables: “Solo puedo predecir una: a menos que deseen hundir en la pobreza a su gente, se verán obligados a negociar con el país que les proporcione la mayor cantidad de software de inteligencia artificial —China o Estados Unidos— para que en esencia sea dependiente económico de ese país y acepte los subsidios de asistencia social a cambio de que las empresas de inteligencia artificial de la nación ‘madre’ sigan obteniendo ganancias de los usuarios del país dependiente.” El autor estima que las empresas estadounidenses dominarán en los países desarrollados y en algunos en desarrollo, y las empresas chinas en la mayoría de países en desarrollo, arreglo económico que “transformarían las alianzas geopolíticas”.

Sin duda, es un pronóstico influenciado por la perspectiva geopolítica china, pero lo destacamos aquí porque es poco frecuente que el sector empresarial quiera reconocer esta realidad. Se puede pensar que habría otras salidas; no obstante, con la actual inercia en la mayoría de países del Sur frente a esta realidad, aún poco entendida, un escenario parecido al que prevé Kai-Fu Lee parece bastante probable. El Sur permanecería en su rol de proveedor de alimentos y materias primas y se ahondaría su dependencia del Norte.

No hay mucho tiempo para reaccionar, como lo destacó, en su reciente visita a Ecuador, el ex ministro de finanzas de Grecia, Yanis Varoufakis, quien advirtió que el modelo económico actual de ese país suramericano apenas podrá durar unos cinco años más y luego –si no hay un recambio tecnológico–, quedará fuera de la cadena de creación de valor. “El cambio tecnológico se está moviendo rápidamente contra los productores primarios: los países de ingreso bajo o medio que dependen del comercio físico”. A la vez que alabó la sofisticación de la política financiera ecuatoriana frente a la dolarización y la deuda externa y para la redistribución de la renta, consideró que el reto actual es encontrar una sofisticación similar en el sector tecnológico, emulando, por ejemplo, a Estonia o Islandia, con una política de soberanía tecnológica, para que se vuelva un ejemplo para la región y para el proceso de integración regional.

Mientras tanto, las transnacionales del sector se apresuran a derrumbar cualquier barrera que pueda subsistir para su dominio global sobre los mercados y los datos. Avanzaron su agenda, con muy poca resistencia, en los capítulos sobre comercio electrónico de los acuerdos comerciales TPP (Tratado Transpacífico – ya difunto) y TISA (Acuerdo sobre el Comercio de Servicios – por ahora congelado); entonces la apuesta ahora es abrir negociaciones sobre “comercio electrónico” en la Organización Mundial del Comercio (OMC)[3].

Sin duda, el reto de la nueva economía digital apela a una voluntad política clara y contundente, pero también a buscar alianzas. Por el tamaño de las inversiones que requiere, es poco pensable que cualquier país latinoamericano por sí solo pueda encontrar una salida adecuada; pero un bloque de países –como UNASUR– tendría mayor capacidad de desarrollar niveles de respuesta, por lo menos para afirmar soberanía regional en algunas áreas críticas. Le permitiría asimismo acumular más poder de negociación frente a las potencias en IA y sus empresas, como en las instancias globales donde se definen políticas de gobernanza.

 

Este material se compartió con autorización de Biodiversidad en América Latina y el Caribe.

 

 

Líderes del ámbito tecnológico firman una carta para pedir la prohibición de los robots asesinos

116 nombres destacados del sector firman el texto redactado por el experto en inteligencia artificial Toby Walsh. Elon Musk, fundador de Tesla, y Mustafa Suleyman, creador del laboratorio de inteligencia artificial de Google, entre los signatarios.

Un centenar de nombres destacados del mundo de la tecnología, entre ellos Elon Musk, fundador de Tesla, y Mustafa Suleyman, creador del laboratorio de inteligencia artificial de Google, se han sumado a las decenas de organizaciones sociales, movimientos religiosos, comunidades científicas y activistas que desde hace varios años piden la prohibición de las armas autónomas letales, popularmente conocidas como robots asesinos: máquinas capaces de abatir objetivos humanos en el campo de batalla de forma totalmente independiente (sin supervisión humana), a pesar de su incapacidad para distinguir entre objetivos civiles y militares.


En total 116 líderes del ámbito tecnológico de 26 países firmaron la carta (puede leer una traducción al castellano al final de este artículo), redactada por el científico y experto en inteligencia artificial Toby Walsh, y dirigida a las Naciones Unidas, la organización en la que año tras año los gobiernos aplazan la prohibición de esta tecnología militar. Entre los signatarios hay tres directivos españoles: Toni Ferrate (RO-BOTICS), José Manuel del Río (Aisoy Robotics) y Victor Martín (Macco Robotics). “Sabes cómo aprenden [los robots asesinos], pero no qué van a hacer con el conocimiento adquirido”, explicó Toby Walsh a La Marea en diciembre, cuando tuvo lugar la última cita gubernamental para abordar el futuro de los robots asesinos.


Este lunes los Estados que integran la ONU tenían previsto reunirse en el marco de la Convención sobre ciertas armas convencionales, la misma que en el pasado impidió, por ejemplo, el desarrollo de las armas láser, y que ahora se encarga de dictaminar el futuro de las armas autónomas letales (LAWS por sus siglas en inglés). Los Estados que participan en esta convocatoria decidieron crear un nuevo grupo de expertos para determinar los pros y contras de esta tecnología, pero finalmente volvieron a posponer el encuentro de esta semana hasta noviembre. Desde que Naciones Unidas aborda el futuro de los robots asesinos, los gobiernos que participan en la revisión de esta convención han aplazado una y otra vez su decisión. La última vez fue en diciembre de 2016 (La Marea fue el único medio escrito que cubrió la cita).


Los expertos en inteligencia artificial, líderes políticos y religiosos, e incluso premios Nobel de la Paz como Jody Williams advierten sobre los dilemas éticos y legales de permitir que una máquina mate a seres humanos (no es posible determinar el responsable legal de los errores que cometa el aparato), así como el peligro de desplegar armas independientes que, por razones tecnológicas, están incapacitadas para distinguir objetivos civiles y militares. Entre sus razones para prohibir el desarrollo de estas armas también está la necesidad de impedir que prolifere una nueva carrera armamentística.


Carta abierta a la Convención de las Naciones Unidas sobre Ciertas Armas Convencionales:


Nosotros, compañías que construyen la tecnología en inteligencia artificial y robótica que podría ser reutilizada para desarrollar armas autónomas, nos sentimos particularmente responsables de alzar la voz en este sentido. Recibimos con los brazos abiertos la decisión de la Convención de las Naciones Unidas sobre Ciertas Armas Convencionales (CCAC) para establecer un Grupo de Expertos Gubernamentales (GEG) sobre Sistemas Armados Autónomos Letales. Muchos de nuestros investigadores e ingenieros están impacientes por ofrecer asesoramiento técnico a sus deliberaciones.


Aplaudimos el nombramiento del Embajador Amandeep Singh Gill de India al frente del GGE. Rogamos a las Altas Partes Contratantes del GEG a trabajar intensamente en la búsqueda de medios para prevenir una carrera armamentística de este tipo de armas, para proteger a los civiles de su uso indebido, y para evitar los efectos desestabilizadores de esta tecnología. Lamentamos que el primer encuentro del GEG, el cual debería haber empezado hoy (21 de agosto de 2017), haya sido cancelado debido al reducido número de estados dispuestos a pagar su contribución financiera a Naciones Unidas. Por tanto, exhortamos a las Altas Partes Contratantes a duplicar sus esfuerzos durante el primer encuentro del GEG previsto para noviembre.


Las armas autónomas letales amenazan con convertirse en la tercera revolución armamentística. Una vez desarrolladas, darán lugar a conflictos armados a una escala nunca antes vista, y a una velocidad superior a la que los humanos nunca podrán alcanzar. Estas pueden ser armas de terror, armas que los déspotas y terroristas usen contra poblaciones inocentes, y armas susceptibles de ser hackeadas para actuar de forma indeseable. No tenemos mucho tiempo para actuar. Una vez que la Caja de Pandora se haya abierto, será difícil cerrarla. Por tanto, rogamos a las Altas Partes Contratantes que encontren la forma de protegernos de estos peligros.

Fuente: La Marea

Las 5 tecnologías que transformarán el mundo en los próximos años

Los expertos nombran las cinco tecnologías del futuro que más probabilidades tienen de ejercer un impacto sustancial en nuestras vidas a lo largo de los próximos 10 o 15 años.


Hoy ya nos cuesta imaginar lo diferente que era el mundo de la tecnología hace una década. Algunas de las cosas que actualmente son parte inalienable de nuestras vidas, tales como las redes sociales y los teléfonos inteligentes, en esos momentos estaban dando apenas sus primeros pasos.


Pero cada día avanzamos con nuevas investigaciones, increíbles descubrimientos y grandes innovaciones tecnológicas. El portal Anews ha preparado una lista de las cinco tecnologías que más probabilidades tienen de cambiar radicalmente nuestras vidas en los próximos 10 o 15 años.


1. Clones virtuales dotados de IA


Hoy día podemos 'conversar' con aplicaciones como Google Assistant y Apple Siri, las cuales nos ofrecen la información que necesitamos, reservan nuestros pasajes, simplifican la interacción con los contactos, planifican rutas, organizan nuestra agenda y nos recuerdan sobre nuestras citas. Son capaces de adaptarse a nuestra voz y preferencias, muchas veces adelantándose y 'adivinando' lo que intentamos preguntar.


Pero dentro de unos 10-15 años, se espera que el trabajo de nuestros asistentes personales, tanto en el espacio virtual como en el mundo real, sea cumplido por nuestros propios avatares. Estos asistentes 'inteligentes' no solo hablarán con nuestra voz, sino que adoptarán nuestra apariencia y podrán representarnos en varias conversaciones simultáneas mediante imágenes holográficas. Hasta podrán tomar ciertas decisiones por nosotros, dependiendo del nivel de independencia que les permitamos.


2. Procesadores del tamaño de un estadio de fútbol


Se estima que en los próximos 10 años se llegue a construir una computadora cuántica a escala real. Según el proyecto presentado por científicos británicos en febrero de 2017, esta máquina será del tamaño de un estadio de fútbol y tendrá una capacidad de procesamiento miles de millones de veces más potente que los mejores ordenadores actuales.


Estas supercomputadoras del futuro permitirán tratar enfermedades que hoy consideramos incurables, resolver problemas científicos increíblemente complejos, modelar procesos a enorme escala y encontrar respuestas a grandes enigmas sobre nuestro universo. Por otro lado, la encriptación y protección de datos constituirá un nuevo desafío, ya que estos procesadores serán capaces de descifrar cualquier contraseña o incluso un código de cientos de dígitos en cuestión de minutos.


3. Computadoras invisibles


Gracias al avance de la nanotecnología, la mayor parte de las computadoras dejarán de ser visibles para el ojo y estarán presentes en todos los objetos cotidianos que nos rodeen. Desde ropa y calzado 'inteligente', hasta artículos de higiene personal o lentes de contacto, todo tendrá incorporado estas diminutas computadoras, las cuales podrán ser controladas por simples comandos de voz, o bien funcionarán de manera automática, ajustándose a las circunstancias.


4. Un 'médico' personal dentro de nuestro cuerpo


La nanotecnología permitirá a los médicos actuar directamente sobre células específicas de nuestros cuerpos. Se espera que, dentro de unos 10 o 15 años, será posible introducir en la corriente sanguínea nanorrobots los cuales podrán encontrar y tratar células cancerígenas e identificar otros problemas dentro del organismo.


5. Juventud eterna


En el 2015, un grupo de científicos estadounidenses lograron establecer los genes responsables del envejecimiento. Al 'desactivar' algunos de ellos, se podría extender sustancialmente el ciclo de vida de las células.


Así, los gerontólogos pronostican que hacia la década del 2030 los médicos serán capaces de tratar el organismo humano a nivel genético sin riesgos para la salud, de manera que se pueda prolongar notablemente la vida de los pacientes.

Un marco de justicia económica para el debate tecnológico (I)

ALAI AMLATINA, 20/09/2016.- Justo cuando el modelo neoliberal parece estar sumido en una crisis global de estancamiento económico y ha perdido cualquier semblanza de legitimidad, ha aparecido un nuevo sector de la economía globalizada que no sólo registra robustos márgenes de ganancia, sino que está reavivando la propia ideología neoliberal, bajo una nueva envoltura. Se trata de un puñado de corporaciones transnacionales de Internet que, a través de un proceso de rápida concentración oligopólica, ahora dominan la nueva economía digital.

La materia prima que estas empresas codician son los datos que extraen de casi todas las transacciones y comunicaciones en línea, en todo el mundo. Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft (el llamado GAFAM), se encuentran entre los principales explotadores de estos bienes simbólicos, que los usuarios y transacciones de Internet les proporcionan y que luego se concentran en EE.UU., constituyendo una nueva fuente de riqueza y poder. Por lo tanto, esta actividad de “minería de datos” representa una nueva forma de extractivismo que responde a una lógica neocolonizadora, cuyas implicaciones la mayoría de gobiernos, especialmente en los países del Sur, desconocen o se sienten impotentes para prevenirlas.


La problemática va mucho más allá de la simple recolección y procesamiento de datos para su venta a anunciantes. Estos datos también son la materia prima de la inteligencia artificial (IA) y de los algoritmos que organizan y regulan cada vez más aspectos de nuestras vidas y sociedades. Estos procesos por lo general se definen en secreto, de acuerdo con los criterios de la empresa, lo que puede generar problemas cuando afectan el interés público o cuando implica obviar los mecanismos democráticos.


Entre los ejemplos más visibles, podemos mencionar los conflictos que algunas ciudades han tenido con empresas como Uber, cuyo software conecta conductores informales con pasajeros privados, pero bajo los términos dictados por Uber, lo que a menudo crea un serio conflicto con los taxistas registrados y el sistema que regula su servicio; también implica evadir derechos laborales, ya que Uber no reconoce una relación laboral.


El problema puede llegar a ser mucho más complejo cuando, por ejemplo, los anteriores servicios públicos de las denominadas "ciudades inteligentes", como la gestión del tráfico vial o de la red eléctrica, comienzan a ser administrados por empresas tecnológicas privadas de acuerdo con sus propios criterios, cuyas decisiones potencialmente pueden imponerse por sobre la voluntad de los consejos locales. Los algoritmos que crean y los datos que generan suelen ser reservados como propiedad de la empresa; ello significa que, una vez que un contrato esté en funcionamiento, se vuelve casi imposible para la autoridad municipal tomar la decisión de dejarlo sin efecto, aunque haya insatisfacción con el servicio, ya que la ciudad entera podría verse hundida en el caos, hasta que un nuevo sistema se pueda instalar.


De hecho, apenas unos pocos actores globales tienen actualmente la capacidad suficiente para recoger y gestionar tales cantidades de recursos de datos, y el hecho de que sean principalmente empresas transnacionales basadas en Estados Unidos –además del propio gobierno estadounidense– se debe en gran medida al control que ese país ejerce sobre la Internet global. Incluso las grandes potencias enfrentan dificultades para contrarrestar la monopolización que esto implica; y para los países en desarrollo, está prácticamente fuera de alcance.


Tras las revelaciones de Edward Snowden, los gobiernos de los países del Sur por lo menos fueron alertados de los peligros del espionaje electrónico por parte de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (NSA, por sus siglas en inglés). En América del Sur, en 2012, los presidentes de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) respondieron con el encargo al Consejo Suramericano de Infraestructura y Planeamiento (COSIPLAN) de instalar un anillo de fibra óptica a través de la región, con el fin de mantener un cierto nivel de soberanía sobre las comunicaciones intrarregionales, que actualmente pasan mayoritariamente por EE.UU. También mandataron al Consejo de Defensa regional para que desarrolle un plan de ciberdefensa y ciberseguridad1. Sin embargo, estas son respuestas muy parciales y los peligros de las nuevas amenazas relacionadas con la extracción de datos, los algoritmos y la IA todavía no constan en la agenda regional; mucho menos cómo responder adecuadamente.

Los datos: la clave de la inteligencia artificial


Para conocer su análisis respecto a estos retos, conversamos con el periodista y escritor de origen bielorruso, Evgeny Morozov, conocido principalmente por su crítica polémica de Silicon Valley como una extensión del poder de Estados Unidos. Morozov caracteriza la situación actual en estos términos: "el proyecto de la mayoría de empresas tecnológicas estadounidenses en esta coyuntura es seguir creciendo a nivel internacional y expandirse lo más que puedan; y lo hacen con fines de extraer la mayor cantidad posible de datos, sobre los comportamientos, las ansiedades y deseos de la población en cada lugar; los que posteriormente pueden ser empaquetados y vendidos a los anunciantes; pero también, a la postre, estos datos les permiten alimentar y ayudar a construir con mayor precisión sus proyectos de inteligencia artificial".


Esto, explica Morozov, es un aspecto que muchas personas no comprenden: "piensan que el problema aquí es la mercantilización de las audiencias y nada más. Pero creo que eso es una visión muy equivocada, porque, además, les permiten construir plataformas de inteligencia artificial inmensamente poderosas, que a posteriori les pueden ayudar a automatizar, no sólo una gran cantidad de servicios comerciales, sino también buena parte de las funciones previamente asociadas con el Estado; y eso, no sólo en términos de seguridad, en el combate a la delincuencia, el crimen y la lucha contra el terrorismo, sino también cada vez más en el plano de la educación, la salud y otras cosas". A modo de ejemplo, el analista (quien en los últimos años ha estado residiendo en EE.UU. y Europa), citó la noticia de que al parecer Microsoft podría estimar las probabilidades de que una persona tenga cáncer pancreático, incluso antes de que tenga un diagnóstico, con sólo mirar sus consultas de búsqueda de Internet; esto, dice, "da una idea de lo que esta agregación masiva de datos, combinada con todo tipo de servicios de diagnóstico de salud altamente individualizados, realmente puede lograr".


Una condición previa para el proyecto de IA de estas corporaciones, precisa Morozov, es que todo el mundo debe estar en línea e intercambiando (lo que en la actualidad es el caso de sólo la mitad de la población mundial). Por lo tanto, muchas de estas empresas ofrecen ahora conectividad subvencionada a través de programas como el Free Basics de Facebook (recientemente derrotado, al menos parcialmente, en países como la India2) o el proyecto Loon de Google (de conectividad con aviones no tripulados y globos).


"Hay una visión también de desbloquear el 'potencial empresarial interior’ de la gente", prosigue nuestro entrevistado. En tal sentido, se argumenta que "ahora que están en línea, y tienen las herramientas y las aplicaciones, todos ellos pueden convertirse en esta especie de tipos ideales, que personas como Hernando de Soto soñaban para las poblaciones locales. Una vez que se les dé las herramientas, se piensa poder realizar este sueño utópico, basado en una visión extremadamente neoliberal, donde todo el mundo saldría de la pobreza únicamente por convertirse en empresario”. Por lo tanto -concluye- Silicon Valley estaría integrando la visión histórica promovida durante mucho tiempo por el Banco Mundial y el FMI, entre otros.

América Latina: el desafío de la soberanía tecnológica


Con respecto a qué pasos los gobiernos latinoamericanos podrían dar para empezar a abordar estas cuestiones, Morozov hizo hincapié en la soberanía tecnológica. "Por lo menos una soberanía tecnológica inicial solía estar en la agenda de aquellos políticos en esta región que ya están preocupados con otros tipos de soberanía: la soberanía alimentaria, la soberanía energética, algún tipo de soberanía en infraestructura, y creo que todo eso es muy bueno y constructivo. El problema es que, si no se entiende las implicaciones para la soberanía que plantean las redes de datos y los sensores, es posible que se pierda terreno en las otras peleas. El hecho de que una empresa como Monsanto está ahora comprando todos los start-ups del big data que trabajan en la agricultura, o que una empresa como IBM esté comprando el Weather Channel, que es la empresa que básicamente tiene la mejor capacidad de predecir el tiempo, con toda clase de implicaciones para la agricultura y otros ámbitos, eso, para mí, implica que incluso un tema como la soberanía tecnológica no es una cuestión aislada hoy en día. Es algo que se fusiona con otras luchas por la soberanía; y si el proyecto para restaurar y preservar la soberanía sigue viva en esta región y en otras partes, no se lo puede realizar sin traer a la mesa los aspectos tecnológicos".
Entre otras cosas, esto significaría cuestionar las soluciones para la propiedad de datos presentadas por las empresas de tecnología, que, de acuerdo con Morozov, se pueden resumir como: 1) "olvídense de los datos, ya que si los datos se quedan con nosotros, Google y Facebook, les ofreceremos todos estos servicios subvencionados, entonces ni siquiera piensen en ello como un asunto político"; y 2) "los datos son, por defecto, propiedad privada y hay que tener un régimen robusto de propiedad privada en torno a ellos, y así facilitar los mercados".


Esto -prosigue- significaría renovar el debate en curso sobre los regímenes de propiedad, entendiendo que "hay más unidades políticas en el mundo que sólo los individuos que interactúan a través del mercado" cuyos problemas tendrían solución, “siempre y cuando estén dispuestos a aceptar que el mercado va a intervenir y ayudarles a resolverlos, ya sea mediante la compra de una aplicación o mediante la entrega de todos los datos a Google o Facebook". También significaría pensar en "las formas en que las comunidades, ciudades, estados-nación, y así sucesivamente, todavía pueden encontrar maneras de acumular estos datos con el fin de planificar mejor...". Pero, se pregunta Morozov, ¿quién todavía habla de planificación?... Aparte de algunos países de América Latina, "los únicos actores que hacen la planificación organizada a esta altura son empresas gigantes".


Evgeny Morozov, quien considera que las firmas tecnológicas ya prácticamente manejan la política occidental, hace hincapié en que "la capacidad de los gobiernos de América Latina para resistirse a Silicon Valley es, en última instancia, en función de su capacidad y voluntad de resistir al neoliberalismo como tal".


Los gobiernos antineoliberales que han predominado en América del Sur durante la última década, y las renovadas iniciativas de integración regional, con autonomía de las potencias mundiales, tales como UNASUR y ALBA, potencialmente podrían constituir una de las pocas áreas del mundo con la capacidad política para asumir estos asuntos de forma colectiva. Sin embargo, el impacto de la crisis económica, a lo que se suman los recientes cambios políticos en países como Argentina, Brasil y Venezuela, hacen que esta posibilidad sea mucho menos probable.


En esta compleja situación política y económica de la región, Morozov reconoce que las condiciones no son favorables para tratar estas problemáticas y que falta voluntad política. Por otra parte, como es comprensible, incluso en los países con gobiernos progresistas, la lucha por la supervivencia básica de su proyecto tiene ahora primacía sobre este tipo de consideraciones. "Políticamente, entiendo lo difícil que es esta situación para cualquier gobierno izquierdista en América Latina que todavía quiere resistir la camisa de fuerza neoliberal", añade. (Continuará).

(Traducción ALAI)

Sally Burch es periodista de ALAI

La falacia del futuro sin trabajo y de la revolución digital como causa del precariado

Existe una percepción bastante generalizada de que las nuevas tecnologías de automatización, biotecnología, digitalización e inteligencia artificial están revolucionando los puestos de trabajo, con enormes implicaciones en el número de trabajos disponibles, pues todas estas innovaciones permiten, a través de un enorme crecimiento de la productividad, realizar las mismas tareas con un número mucho más reducido de trabajadores. Se supone que la sustitución de trabajadores por máquinas y robots es un fenómeno generalizado hoy en los países del capitalismo avanzado, atribuyéndose la disminución de la población que trabaja, así como los cambios que están experimentando aquellos que continúan trabajando, a la introducción de todos esos cambios que componen lo que se conoce como la revolución digital. Tal revolución no solo ha eliminado puestos de trabajo, sino que ha configurado los que permanecen, al permitir una gran flexibilidad del mercado laboral, sustituyendo trabajos estables por otros inestables. En esta percepción de lo que está ocurriendo en los modernos mercados de trabajo, se asume que de la misma manera que la cadena de montaje (propia del fordismo -que caracterizó la revolución industrial-) produjo a la clase trabajadora, la robótica y la inteligencia artificial propia de la llamada revolución digital están creando el precariado (mezcla de los términos “precario” y “proletariado”).

En esta lectura de la realidad, la clase trabajadora industrial está siendo sustituida por el precariado, trabajadores que tienen unas condiciones de trabajo muy precarias, con trabajos poco estables y muy flexibles, con bajos salarios y contratos muy cortos. En esta situación se asume que el mercado de trabajo estará compuesto por una minoría con trabajos estables y salarios altos, poseedores de elevado conocimiento especializado, que dirigirán las empresas digitalizadas, un número mayor de trabajadores poco especializados y con bajos salarios, y una gran mayoría que no tendrá trabajo, pues la revolución digital irá haciendo innecesario el trabajo que requiere una intervención humana. De ahí la imagen de que nos encontraremos en un futuro muy próximo con que casi la mitad de puestos de trabajo habrá desaparecido.


Esta interpretación de los cambios que supuestamente están ocurriendo en el mercado laboral ha generado un gran debate sobre muchas de las supuestas consecuencias que este futuro sin trabajo tendrá para la mayoría de la población. El autor que ha introducido el concepto de precariado, Guy Standing, en su libro The Precariat. The New Dangerous Class, ha llegado a sostener que este precariado es, en realidad, una nueva clase social distinta a la clase trabajadora, con intereses en ocasiones contrapuestos. El trabajador con contrato fijo, estable y que trabaja siempre para el mismo empresario está dejando de existir, según Standing. En su lugar, el tipo de trabajor más frecuente será –como consecuencia de la revolución digital- el trabajador con contrato precario, corto, inestable, variable, en una rotación continua, trabajando a lo largo de su vida profesional en muchos lugares y puestos de trabajo, dependiendo de varios empleadores con los cuales firma el contrato a nivel individual y no colectivo. Serán trabajadores con escasos poderes y pocos derechos sociales, laborales y políticos. Esta nueva clase social incluye gran parte de la población inmigrante, y en dicha clase las mujeres están claramente sobrerrepresentadas (para una crítica de este libro, leer el artículo “Politics Lost”, John Schmitt, Dissent, Summer 2016).


¿Hay una revolución digital? Y, si la hay, ¿nos conducirá a un mundo sin trabajo?

 


La cifra frecuentemente citada de que la revolución digital eliminará casi el 50% de los puestos de trabajo (en el capitalismo avanzado) procede del artículo de los profesores Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne (ambos de la Universidad de Oxford, Reino Unido), publicado el 17 de septiembre de 2013, y titulado “The Future of Employment: How susceptible are jobs to computerisation?”. En este artículo los autores indican que, según su estudio, el 47% de los puestos de trabajo en EEUU están en riesgo de desaparecer como consecuencia de la introducción de las nuevas técnicas digitales, como la computarización de los puestos de trabajo, incluyendo su robotización, indicando además que los puestos con mayor riesgo de desaparecer son los que requieren menos educación y reciben salarios más bajos. Los autores analizan tal riesgo en 702 tipos distintos de ocupaciones. Este estudio tuvo un enorme impacto y originó esta percepción de que la revolución tecnológica que estamos viendo ahora –la revolución digital- es una de las revoluciones más importantes que ha habido históricamente en la evolución del capitalismo avanzado y que tendrá mayor impacto en sus mercados de trabajo.


Problemas graves con el determinismo tecnológico que existe en estas teorías del fin del trabajo

 


Desde que el artículo de Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne se escribió en 2013, muchos trabajos académicos han cuestionado sus tesis. Por desgracia, tal material parece ser desconocido en los medios de mayor difusión de España, lo cual explica la repetición en tales medios de las tesis del fin del trabajo debido a la revolución digital, a pesar de la enorme evidencia científica que las cuestiona. Una de las mentes económicas más perspicaces en EEUU, Dean Baker, codirector del conocido Center for Economic and Policy Research (CEPR) de Washington D.C., por ejemplo, ha cuestionado que la revolución digital –en la medida en que exista tal revolución- haya sido una mayor causa de la destrucción de empleo en EEUU. Como él señala, si, como tales autores postulan, la revolución tecnológica, tal como la robótica, hubiera sido una de las causas más importantes de la destrucción de empleo en EEUU, tendríamos que haber visto también un crecimiento muy notable de la productividad en ese país, lo cual no es cierto. En realidad, el crecimiento de la productividad en EEUU en los últimos diez años ha sido muy bajo (solo un 1,4% al año), comparado con un 3% en el periodo 1947-1973 (durante “la época dorada del capitalismo”), cuando, como Dean Baker acentúa, aquel gran crecimiento de la productividad estuvo asociado con un desempleo muy bajo y unos salarios muy altos. Comparar lo que ocurrió entonces, en el periodo 1947-1973, en el que hubo un gran crecimiento de la productividad (junto con un desempleo muy bajo, una tasa de ocupación alta y unos salarios altos), con lo que ha ocurrido en los últimos diez años, cuando el crecimiento de la productividad ha sido muy bajo (junto con un desempleo alto, una tasa de ocupación baja y unos salarios muy bajos) nos fuerza a hacernos la siguiente pregunta: ¿por qué el gran crecimiento de la productividad en aquel periodo generó altos salarios y gran número de puestos de trabajo, y en cambio ahora un aumento de la productividad (que es mucho menor que entonces) estaría destruyendo muchos puestos de trabajo y produciendo salarios mucho más bajos? Es más, también según Dean Baker, desde el año 2000 la demanda de trabajadores poco cualificados y con salarios bajos (que representan el 30% de la parte de renta baja de la fuerza laboral) ha sido mucho mayor que la demanda de trabajadores especializados y con salarios altos.


A la luz de estos datos es difícil concluir que los robots y la inteligencia artificial, así como otros elementos de la revolución digital, sean responsables del enorme aumento de la precarización de la clase trabajadora. En realidad, Dean Baker señala que la atención a la revolución digital como causa de la pérdida de puestos de trabajo estables bien pagados se está utilizando para evitar que se analicen las causas reales de la precarización, que no son tecnológicas, sino políticas, concretamente la gran debilidad del mundo del trabajo en EEUU, que claramente aparece en el tipo de intervenciones públicas que realiza el Estado (muy influenciado por el mundo empresarial), las cuales se están imponiendo a la población. Entre ellas están las políticas públicas encaminadas a debilitar a los sindicatos, medidas aplicadas desde los años ochenta que han afectado muy negativamente la calidad del mercado de trabajo, su estabilidad y sus salarios (Dean Baker, “The job-killing-robot myth”, 06.05.15). No es la revolución digital, sino la contrarrevolución neoliberal, lo que está causando la destrucción de puestos de trabajo y la precariedad del trabajo existente.


Las causas políticas del deterioro del mercado de trabajo

 


Trabajos realizados por el ya citado Center for Economic and Policy Research de Washington D.C., EEUU, han mostrado claramente que la tecnología sustituyó a los trabajadores a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, creando problemas graves, pues ello determinó una enorme bajada de los salarios y una crisis de demanda enorme que contribuyó a la Gran Depresión. Ahora bien, la causa de esta situación no fue la introducción de la tecnología, sino la inexistencia de instrumentos en defensa del mundo del trabajo. Y fue esta debilidad del mundo del trabajo lo que permitió la introducción de la tecnología que causó el deterioro del mundo del trabajo. En cambio, después de la II Guerra Mundial, en el período conocido como “la época dorada del capitalismo” (1947-1973), cuando el mundo del trabajo tenía tales instrumentos, como los sindicatos y los partidos políticos enraizados (como los partidos socialistas) o próximos (como el Partido Demócrata) al mundo del trabajo, fue cuando la introducción de la tecnología no significó la bajada de salarios, sino al contrario, permitió la subida de salarios y también la creación de puestos de trabajo. Y, por cierto, la productividad creció mucho más que en los periodos anteriores. Fue precisamente esta expansión del poder del mundo del trabajo en el mundo capitalista desarrollado lo que creó la respuesta del mundo del capital, con el neoliberalismo iniciado por el Presidente Reagan en EEUU, y por la Sra. Thatcher y por la Tercera Vía fundada por el Sr. Blair en Europa. A partir de entonces la tecnología sirvió para reforzar al mundo del capital, de manera que el aumento de la productividad benefició particularmente a este a costa del mundo del trabajo. Así apareció el precariado. Y es ahí donde la digitalización ha contribuido al enorme crecimiento de las rentas del capital a costa de las rentas del trabajo, situación bien documentada en la gran mayoría de países de la OCDE, lo cual no debe atribuirse a la digitalización, sino a la victoria diaria del mundo del capital sobre el mundo del trabajo.


¿Qué está, pues, ocurriendo en el mercado de trabajo en el capitalismo avanzado? ¿Habrá reducción de puestos de trabajo?

 


Hoy en EUUU, según el profesor Dani Rodrik, de la Harvard University (“Innovation Is Not Enough”, 09.06.16), los sectores que están experimentando mayor demanda de trabajadores no son los sectores donde tales cambios tecnológicos son más utilizados (áreas informáticas y comunicación, que representan unos porcentajes de la economía bastante menores –el 10% del PIB-), sino las áreas como servicios sanitarios y áreas de salud, educación, vivienda y otras grandes áreas del Estado del Bienestar, así como transportes y comercio, donde las innovaciones tecnológicas no se han aplicado masivamente, y que representan más del 60% del PIB. Solo los servicios sanitarios y sociales representan ya el 25% del PIB, y en tales servicios, la dependencia de la tecnología robótica es mucho menor que en los primeros sectores. Y la difusión de tal tecnología, aunque notable, no ha sido tan importante como en las industrias informáticas y de comunicación. Es más, es en estos sectores mayoritarios en los que se centra la ocupación, donde ha habido un gran crecimiento del empleo, no solo de personal especializado, sino (incluso más) de personal de escasa cualificación.


En base a estos datos, Dani Rodrik concluye que, en contra de lo que se está diciendo, la tecnología digital tiene menos impacto en el mercado de trabajo que otras tecnologías introducidas en periodos anteriores, como la introducción de la electricidad, del automóvil, el aire acondicionado, el avión y otras muchas. En los sectores como en los servicios públicos del Estado del Bienestar, que son los que emplean mayor número de trabajadores, la naturaleza del trabajo los hace menos receptivos que otros sectores a la utilización de esta revolución digital como manera de ahorrar trabajadores. En realidad, los sectores que están demandando más empleo son los de las áreas sociales y las áreas de economía verde, muy poco desarrolladas, por cierto, en España.


Los últimos datos sobre la creación de empleo en EEUU no confirman las tesis del futuro sin trabajo

 


Confirmando lo sostenido en este artículo, acaban de publicarse los datos del Council of Economic Advisers, sobre el impacto de la revolución digital en el mercado de trabajo. Su presidente, Jason Furman, presentó los datos el 7 de julio de este año (The Social and Economic Implications of Artificial Intelligence Technologies in the Near-Term), enfatizando que si bien la robótica permite la sustitución de trabajadores por nuevas tecnologías, esta introducción no ha sido determinante en los cambios que están ocurriendo en la fuerza laboral estadounidense. Las nuevas tecnologías destruyen, pero también crean puestos de trabajo. Es más, el elemento clave que configura lo uno y lo otro no son las tecnologías per se, sino cómo se diseñan, para qué y con qué objetivos.


Comprensiblemente, al tratarse de un alto oficial del gobierno federal, el Sr. Furman no analiza en este informe la importancia del contexto político para entender el diseño e introducción de las tecnologías, pues es un área muy sensible, por lo general evitada en las altas esferas del gobierno federal, aunque sí señala la importancia del Estado federal para configurar el desarrollo y aplicación de un gran número de tecnologías, indicando que las influencias políticas sobre el Estado tienen mucho que ver con el tipo de tecnologías utilizadas en el mercado de trabajo. Por ejemplo, la aprobación de patentes, permitiendo comportamientos monopolistas, juegan un papel clave en la configuración de las nuevas tecnologías. Dean Baker, menos inhibido por su cargo, habla sin tapujos, subrayando lo que muchos de nosotros hemos estado enfatizando durante mucho tiempo: los mal llamados problemas económicos son, en realidad, problemas políticos. Como siempre ha ocurrido en todos los periodos anteriores, las variables más importantes que explican que una nueva tecnología pueda dañar o beneficiar a las clases populares son las variables políticas, es decir, quién la controla y diseña, con qué objetivo la diseña, cómo y cuándo se aplica, dependen en gran medida del Estado y de qué fuerzas configuran e influencian su creación y difusión.


La gran precariedad existente hoy tiene poquísimo que ver con la introducción de nuevas tecnologías, y mucho con el enorme poder que tiene el mundo del capital frente al mundo del trabajo, hecho que, como he dicho anteriormente, ha estado ocurriendo desde el inicio, no de la revolución digital, sino de la contrarrevolución neoliberal en los años ochenta. La enorme influencia del primero sobre el Estado explica esta situación. Las fuerzas progresistas no deberían aceptar el determinismo tecnológico que oculta las causas políticas responsables de la precariedad. Como señalé en el párrafo anterior, gran parte de la revolución digital fue originada en el sector público y luego puesta a disposición del gran capital, que lo utilizó, como era predecible, para optimizar su objetivo de incrementar sus beneficios a costa del bienestar y calidad de vida de la mayoría de la población (ver “Los mitos neoliberales sobre la superioridad de lo privado sobre lo público”, Público, 07.07.16).


Última nota: la importancia de utilizar la revolución digital a favor y no en contra de las clases populares

 


Es interesante acentuar que los puestos de trabajo que se están mecanizando son los puestos de trabajo de baja cualificación, y ello se debe en parte a que la clase trabajadora tiene menos poder y, por lo tanto, menos capacidad de oponerse a la destrucción de sus puestos de trabajo, al contrario que los puestos de trabajo más especializados, aun cuando estos puestos podrían también ser sustituidos, lo cual ocurre porque tienen mayor poder de resistencia. Pero podría ocurrir también, y en parte esto está también sucediendo.


Ahora bien, el problema no es la sustitución de trabajadores por robots, pues debería ser considerado positivo que todo tipo de trabajo repetitivo fuera sustituido. El problema es cómo se está haciendo, y con qué consecuencias. Hay una enorme necesidad y urgencia de disminuir el tiempo del trabajo, así como de crear puestos de trabajo, e incrementar su contenido estimulante e intelectual, en áreas de gran importancia y necesidad, hoy claramente desatendidas, como son las áreas de atención a las personas y a los grupos más vulnerables, como los infantes y ancianos, o bien el reciclaje de toda la economía hacia fuentes de energía sostenibles. Decir que no habrá trabajo es asumir que todas las necesidades humanas estarán ya cubiertas, lo cual es obviamente falso. Y ahí radica el punto más débil de la tesis de que habrá un futuro sin trabajo. Por otra parte, el que haya mayor o menor precariedad en un país depende del poder de las instituciones que defienden a la clase trabajadora, tales como sindicatos y partidos laboristas (llámense estos como se llamen). El hecho de que la precariedad sea menos extendida en el norte que en el sur de Europa se debe precisamente a que en el sur la clase trabajadora es débil y está dividida, y en el norte los partidos que tienen su raíz en la clase trabajadora son fuertes. La evidencia científica de ello es abrumadora.

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