Emerge el rostro de una dictadura tecnológica

Datos y algoritmos conforman un binomio de control que la técnica impone sobre la humanidad, sostiene José María Lassalle en su último libro. Caminamos hacia la administración matematizada del mundo


Una figura destaca sobre el horizonte de incertidumbres, malestares y miedos que acompaña el comienzo del siglo XXI. Se trata por ahora de una silueta por definir. Una imagen que todavía no refleja con exactitud sus contornos pero que proyecta una inquietud en el ambiente que nos previene frente a ella. Su aparición delata un movimiento de alzada vigorosa, que lo eleva sobre la superficie de los acontecimientos que nos acompañan a lo largo del tránsito del nuevo milenio.


Envuelta por un aliento de energía sin límites, su forma va adquiriendo volúmenes titánicos en los que se presiente la desnudez granítica de una nueva expresión de poder. Con sus gestos se anuncia el reinado político de un mundo desprovisto de ciudadanía, sin derechos ni libertad. Una época que asistirá a la extinción de la democracia liberal. Que instaurará una era mítica a la manera de las que imaginó Hesíodo, hecha de vigilancia y silicio, habitada por una raza de humanos sometidos al orden y a la seguridad. Un mundo de fibra óptica y tecnología 5G, dominado por una visión poshumana, que desbordará y marginará el concepto que hemos tenido del hombre desde la Grecia clásica hasta nuestros días.


El mundo evoluciona a lomos de la revolución digital hacia una nueva experiencia del hombre y del poder. Una evolución que parte de una resignificación del papel del ser humano debido a la introducción de un vector que lo transforma radicalmente. La causa está en la interiorización de la técnica como una parte sustancial de la idea de hombre. Esta circunstancia se desenvuelve dentro de un marco posmoderno que da por superadas las claves que definió la Ilustración filosófica del siglo XVII bajo el rótulo histórico de la Modernidad. Jean-François Lyotard explicó a finales de la década de los años setenta del siglo pasado que la condición posmoderna era el final de las grandes narrativas que habían interpretado el mundo dentro de un relato coherente de progreso y racionalidad. Para este autor la estructura intelectual de la Ilustración era insostenible debido, precisamente, a los avances técnicos y los cambios posindustriales que propiciaban las telecomunicaciones de la sociedad de la información. Estas circunstancias hacían que el humanismo, y la centralidad que atribuía este al hombre, hubiera sido desplazado como eje de interpretación del mundo por una visión científica que lo subordinaba a la técnica y a su voluntad de poder.


La revolución digital en la que estamos inmersos en la actualidad hace cada día más palpable la condición posmoderna. Y, sobre todo, contribuye a una reconfiguración del poder que está gestando una experiencia del mismo a partir de una voz de mando que es capaz de gestionar tecnológicamente la complejidad de un mundo pixelado por un aluvión infinito de datos. Hoy, los datos que genera Internet y los algoritmos matemáticos que los discriminan y organizan para nuestro consumo son un binomio de control y dominio que la técnica impone a la humanidad. Hasta el punto de que los hombres van adquiriendo la fisonomía de seres asistidos digitalmente debido, entre otras cosas, a su incapacidad para decidir por sí mismos.
Esta circunstancia hace que la humanidad viva atrapada dentro de un proceso de mutación identitaria. Un cambio que promueve una nueva utopía que transforma su naturaleza al desapoderar a los hombres de sus cuerpos y sus limitaciones físicas para convertirles en poshumanos programables algorítmicamente, esto es, seres trascendentalmente tecnológicos y potencialmente inmortales al suprimir sus anclajes orgánicos. Un cambio que adopta un proceso previo de socialización que hace de los hombres una especie de enjambre masivo sin capacidad crítica y entregado al consumo de aplicaciones tecnológicas dentro de un flujo asfixiante de información que crece exponencialmente.


La experiencia de la posmodernidad va descubriendo de este modo no solo la naturaleza fallida de la Ilustración que describió tempranamente Lyotard, sino el fracaso de los relatos que la fundaban en toda su extensión. Destacando de entre todos ellos el político, pues, como veremos, la institucionalidad de los Gobiernos democráticos y la legitimidad de las sociedades abiertas de todo Occidente se encuentran en una profunda crisis de identidad. Se ven cuestionadas en sus fundamentos por la sustitución de la ciudadanía como presupuesto de la política democrática por multitudes digitales que allanan el camino hacia lo que Paul Virilio describió como “la política de lo peor”.


Todos estos factores son los que están contribuyendo a que emerja esa figura titánica que describíamos más arriba y que adopta el rostro de una dictadura tecnológica. Una especie de concentración soberana del poder material que descansa en la gestión de la revolución digital. Gestión que ofrece orden dentro del caos y seguridad en medio de la época de catástrofes que acompaña la mutación que estamos viviendo a velocidad de vértigo. El protagonista político del siglo XXI ya está con nosotros. Todavía no ejerce su autoridad de manera plena pero va haciéndose poco a poco irresistible. Acumula poder y crece en fuerza. Se insinúa bajo modelos distintos —China y Estados Unidos son los paradigmas—, que convergen alrededor de los vectores que impulsan su desarrollo: la inteligencia artificial (IA), los algoritmos, la robótica y los datos.


Avanzamos hacia una concentración del poder inédita en la historia. Una acumulación de energía decisoria que no necesita la violencia y la fuerza para imponerse, ni tampoco un relato de legitimidad para justificar su uso. Estamos ante un monopolio indiscutible de poder basado en una estructura de sistemas algorítmicos que instaura una administración matematizada del mundo. Hablamos de un fenómeno potencialmente totalitario que es la consecuencia del colapso de nuestra civilización democrática y liberal, así como del desbordamiento de nuestra subjetividad corpórea. Se basa esencialmente en una mutación antropológica que está alterando la identidad cognitiva y existencial de los seres humanos. La digitalización masiva de la experiencia humana, tanto a escala individual como colectiva, comienza a revestir el aspecto de una catástrofe “progresiva, evolutiva, que alcanza la Tierra entera”. (…)

El siglo XXI continúa su andadura bajo el presentimiento de que es inevitable la aparición de un Ciberleviatán. Sobre sus espaldas se entrevé cómo se ordenará la complejidad planetaria que sacude nuestras vidas y que libera oleadas de malestar e incertidumbres que amenazan las estructuras clásicas de un statu quo que se volatiliza por todas partes. Lo más probable es que el Ciberleviatán se instaure por aclamación, a la manera de la dictadura pensada por Carl Schmitt. Mediando un pacto fundacional sin debate ni conflicto, como el producto de una necesidad inevitable y querida si se quiere preservar la vida bajo la membrana de una civilización tecnológica de la que ya nadie puede desprenderse para vivir.

Por José María Lasalle
7 MAY 2019 - 11:00 COT


José María Lassalle es ensayista y fue secretario de Estado de Cultura y Agenda Digital. Este texto es un extracto de su libro ‘Ciberleviatán, el fracaso de la democracia liberal frente a la revolución digital’, que publica Arpa el 8 de mayo.

Lunes, 01 Octubre 2018 06:05

Larebil

Larebil

La revista The Economist cumplió 175 años de publicarse y lo celebró con un extenso ensayo, en el que replantea su postura liberal, misma que, según señala, inspiró su fundación por el sombrerero escocés James Wilson en 1843. Su propósito declarado era triple: impulsar el libre comercio, los mercados libres y los límites del gobierno.

La noción original del liberalismo económico y político puede tomarse así en términos generales, pero es claro que el contenido de esas tres premisas se ha ido modificando con el tiempo por las necesidades propias del complejo y conflictivo desenvolvimiento del capitalismo.


Para ilustrarlo piénsese, por ejemplo, en la creación del llamado Estado de bienestar, es decir, las distintas acciones emprendidas por los gobiernos para contener la degradación de las condiciones de vida de la población e imponer así el control político, o bien en la activa intervención pública en la economía, asociado con el keynesianismo en la Gran Depresión de la década de 1930.


Por otro lado, considérense las agresivas medidas de privatización y desregulación alentadas por Ronald Reagan o Margaret Thatcher en los años 1980 y, más tarde, las severas políticas de ajuste fiscal y la expansión especulativa del sector financiero global que llevó a la crisis de 2008.


Los redactores de The Economist se congratulan de la capacidad del liberalismo para reinventarse en un entorno en el que la sociedad como terreno de conflicto puede, en un ambiente propicio, generar competencia en el mercado y entre las ideas; un entorno en el que ha de promoverse la desconfianza en el poder excesivamente concentrado y reconocer los derechos de los individuos.


Pero la existencia de la doctrina y la práctica liberales bien podría calificarse de proceso tumultuoso y lleno de contradicciones.


La democracia que se sustenta precisamente en los ideales de la libertad y la igualdad ha mostrado recurrentemente, y lo hace hoy mismo por todas partes, ser muy frágil. La historia del siglo XX es muy ilustrativa al respecto.


El propósito del ensayo del semanario inglés es plantear cómo puede reinventarse el liberalismo en el siglo XXI.


En términos generales considera que ahora la globalización económica, los enormes flujos migratorios y el orden liberal sostenido por el poder de Estados Unidos y que defienden las élites está cuestionado.


Los movimientos populistas, dice, se mofan de los políticos liberales, quienes obsesionados por un autoritarismo basado en la corrección política y sin contacto con lo que le ocurre al común de la gente ofrecen a sus seguidores la oportunidad de tomar el control.


La postura encarnada en el ensayo se expresa en la idea de que “el liberalismo necesita escapar de su identificación con las élites y el statu quo, y reavivar el espíritu reformador” que lo caracteriza. Es ahí, sin embargo, donde se ubican las propias contradicciones de las políticas liberales.


The Economist sostiene que en años recientes ha apoyado las políticas de estabilidad de precios y la responsabilidad fiscal, la apertura comercial y de las inversiones, y el cóctel de prescripciones de política amigables con el mercado del consenso de Washington. Todo esto lo considera un entorno fructífero ahí donde se ha aplicado.


Pero es precisamente la repercusión de esas medidas lo que está siendo repudiado por una parte significativa de la sociedad y que enmarca los antagonismos que hoy afloran.
Es esto lo que se asocia con la crisis financiera y también con el antagonismo político que pone en entredicho los postulados generales de la democracia liberal.
Da la impresión de que la postura de esta publicación, que destaca, es cierto, por su larga duración y amplia influencia que tiene en un segmento de la opinión pública, está fuera de contacto de la misma manera con las élites que están bajo cuestionamiento.


Las discrepancias entre los extremos del pensamiento liberal son claramente apreciables. The Economist representa la visión de que el capitalismo puede reinventarse con las políticas apropiadas y apaciguar así las crecientes tensiones sociales. Que puede iniciar otro periodo de acumulación con cierta estabilidad social. Esa posibilidad enfrenta muchas dificultades, como se aprecia fehacientemente en la Unión Europea, cuestionada por todos lados. Algo similar ocurre con el nacionalismo que propugna el gobierno en Estados Unidos.


Un punto de vista situado en el extremo opuesto se aprecia en la severa crítica del historiador Tony Judt en su libro titulado Algo va mal (Taurus, 2016).
En todo caso, los vaivenes del pensamiento liberal exigen, me parece, una actitud abiertamente crítica, como la que ahí se expone. La contraposición del debate indica que el credo liberal debe verse expuesto en su propio espejo: larebil.

Publicado enEconomía
Rosenell Baud, detalle (Cortesía de la autora)

Budapest, 23 de mayo de 2018. De saco oscuro un poco amplio y camisa violeta abierta sobre una remera, Stephen Bannon se planta frente a una asistencia de intelectuales y notables húngaros. “La mecha que disparó la revolución Trump fue encendida el 15 de septiembre de 2008 a las 9 de la mañana, cuando Lehman Brothers fue obligada a quebrar.” El ex estratega de la Casa Blanca no lo ignora: aquí, la crisis fue particularmente violenta. “Las elites se rescataron a sí mismas. Socializaron por completo el riesgo –continúa este ex vicepresidente del banco Goldman Sachs, cuyas actividades políticas son financiadas por fondos especulativos–. Pero el hombre de la calle, ¿fue rescatado?” Este “socialismo para los ricos” habría provocado en varios puntos del globo una “verdadera revuelta populista. En 2010, Viktor Orbán volvió al poder en Hungría”; fue un “Trump antes de Trump”.


Una década después de la tempestad financiera, el derrumbe económico mundial y la crisis de la deuda pública en Europa desaparecieron de las terminales Bloomberg donde centellean las curvas vitales del capitalismo. Pero su onda de choque amplificó dos grandes desajustes.


En primer lugar, el del orden internacional liberal de la pos Guerra Fría, centrado en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan), las instituciones financieras occidentales, la liberalización del comercio. Si bien, contrariamente a lo que prometía Mao Zedong, el viento del Este no prevalece todavía sobre el viento del Oeste, la recomposición geopolítica ha comenzado: cerca de treinta años después de la caída del Muro de Berlín, el capitalismo estatal chino extiende su influencia; apoyada en la prosperidad de una clase media en ascenso, la “economía socialista de mercado” une su porvenir a la globalización continua de los intercambios, que descompone la industria manufacturera de la mayoría de los países occidentales. Entre ellas, la de Estados Unidos, que el presidente Donald Trump prometió desde su primer discurso oficial salvar de la “carnicería”.


La sacudida de 2008 y sus réplicas también desestabilizaron el orden político que veía en la democracia de mercado la forma acabada de la historia.


La soberbia de una tecnocracia hipócrita, deslocalizada en Nueva York o en Bruselas, que impone medidas impopulares en nombre del saber y de la modernidad, abrió la vía a gobernantes estrenduosos y conservadores. De Washington a Varsovia, pasando por Budapest, Trump, Jarosław Kaczyński y Orbán reivindican tanto el capitalismo como Barack Obama, Angela Merkel, Justin Trudeau o Emmanuel Macron; pero un capitalismo asociado con otra cultura, “iliberal”, nacional y autoritaria, que exalta el país profundo más que los valores de las grandes metrópolis.


Esta fractura divide a las clases dirigentes. Es puesta en escena y amplificada por los medios de comunicación, que restringen el horizonte de las elecciones políticas posibles a esos dos hermanos enemigos. Ahora bien, los recién llegados apuntan igual que los otros a enriquecer a los ricos, pero explotando el sentimiento inspirado por el liberalismo y la socialdemocracia a una fracción a menudo mayoritaria de los sectores populares: un disgusto mezclado de rabia.


La venganza de la globalización


La respuesta a la crisis de 2008 expuso, sin dejar la posibilidad de mirar para otro lado, tres desmentidas a la letanía sobre el buen gobierno que los dirigentes de centroderecha y de centroizquierda recitaban desde la descomposición de la Unión Soviética. Ni la globalización, ni la democracia ni el liberalismo salen indemnes.


En primer lugar, la internacionalización de la economía no es buena para todos los países, y ni siquiera para una mayoría de los asalariados en Occidente. La elección de Trump propulsó a la Casa Blanca a un hombre desde hace largo tiempo convencido de que, lejos de ser provechosa para su país, la globalización había precipitado su decadencia y garantizado el despegue de sus competidores estratégicos. Con él, “America first” (“Estados Unidos primero”) prevaleció sobre el “todos ganamos” de los librecambistas. Así el 4 de agosto pasado, en Ohio, un estado industrial habitualmente disputado, pero que él ganó por más de ocho puntos por delante de Hillary Clinton, el presidente estadounidense recordaba el déficit comercial abismal (y creciente) de su país –¡817.000 millones de dólares por año!–, antes de ofrecer su explicación al respecto: “No estoy resentido con los chinos. ¡Pero ni siquiera ellos pueden creer que los hayamos dejado actuar hasta ese punto a nuestras expensas! Realmente reconstruimos China; ¡es tiempo de reconstruir nuestro país! Ohio perdió 200.000 empleos industriales desde que China [en 2000] se unió a la Organización Mundial del Comercio. ¡La OMC es un desastre total! Durante décadas nuestros políticos permitieron que los otros países robaran nuestros empleos, sustrajeran nuestra riqueza y saquearan nuestra economía”.


A comienzos del siglo pasado el proteccionismo propulsó el despegue industrial de Estados Unidos, como el de muchas otras naciones; las tasas aduaneras, por otra parte, financiaron durante mucho tiempo el poder público, ya que el impuesto sobre la renta no existía antes de la Primera Guerra Mundial. Citando a William McKinley, presidente republicano entre 1897 y 1901 (fue asesinado por un anarquista), Trump insiste: “Él había comprendido la importancia decisiva de las tarifas aduaneras para mantener la potencia de un país”. La Casa Blanca recurre ya a las mismas sin vacilar, y sin preocuparse por la OMC. Turquía, Rusia, Irán, Unión Europea, Canadá, China: cada semana aporta su lote de sanciones comerciales contra Estados, amigos o no, que Washington tomó por blancos. La invocación de la “seguridad nacional” permite que el presidente Trump se abstenga del aval del Congreso, donde los parlamentarios y los lobbies que financian sus campañas permanecen acoplados al libre cambio.


En Estados Unidos, China tiene más consenso, pero en su contra. No solamente por razones comerciales: Pekín también es percibido como el rival estratégico por excelencia. Más allá de que suscite desconfianza por su potencial económico, ocho veces superior al de Rusia, y por sus tentaciones expansionistas en Asia, su modelo político autoritario compite con el de Washington. Por otra parte, aun cuando sostiene que su teoría de 1989 sobre el triunfo irreversible y universal del capitalismo liberal sigue siendo válida, el politólogo estadounidense Francis Fukuyama le aporta un atenuante esencial: “China es de lejos el mayor desafío al relato del ‘fin de la historia’, puesto que se ha modernizado económicamente al tiempo que sigue siendo una dictadura. […] Si en el curso de los próximos años su crecimiento prosigue y conserva su lugar de mayor potencia económica del mundo, admitiré que mi tesis fue definitivamente refutada” (1). En el fondo, Trump y sus adversarios internos coinciden por lo menos en un punto: el primero considera que el orden internacional liberal le cuesta demasiado caro a Estados Unidos; los segundos, que los éxitos de China amenazan con dar al traste con él.
De la geopolítica a la política no hay más que un paso. La globalización provocó la destrucción de empleos y el derrumbe de los salarios occidentales: en Estados Unidos su participación en el Producto Interno Bruto (PIB) pasó del 64 por ciento al 58 por ciento sólo en los últimos 10 años, es decir, ¡una pérdida anual igual a 7.500 dólares por trabajador (2)!


Ahora bien, es precisamente en las regiones industriales devastadas por la competencia china donde los obreros estadounidenses más se volcaron a la derecha en estos últimos años. Por supuesto, se puede imputar ese giro electoral a una serie de factores “culturales” (sexismo, racismo, afición por las armas de fuego, hostilidad al aborto y al matrimonio homosexual, etc.). Pero entonces hay que cerrar los ojos a una explicación económica por lo menos igual de concluyente: mientras que el número de los condados donde más del 25 por ciento de los empleos dependían del sector industrial se derrumbó entre 1992 y 2016, pasando de 862 a 323, el equilibrio entre votos demócrata y republicano se metamorfoseó. Hace un cuarto de siglo se repartían casi por igual entre los dos grandes partidos (alrededor de 400 cada uno); en 2016, 306 eligieron a Trump y 17 a Hillary Clinton (3). Promovida por un presidente demócrata –precisamente William Clinton–, la adhesión de China a la OMC debía acelerar la transformación de ese país en una sociedad capitalista liberal. Por sobre todas las cosas, terminó alejando a los obreros estadounidenses de la globalización, del liberalismo y del voto demócrata…


Poco antes de la caída de Lehman Brothers, el entonces presidente de la Reserva Federal estadounidense Alan Greenspan explicaba, con tranquilidad: “Gracias a la globalización, las políticas públicas estadounidenses fueron en gran medida reemplazadas por las fuerzas globales de los mercados. Fuera de las cuestiones de seguridad nacional, la identidad del próximo presidente ya casi no importa” (4). Diez años más tarde, nadie repetiría semejante diagnóstico.


El circo democrático


En los países de Europa Central cuya expansión descansa aún en las exportaciones, el cuestionamiento de la globalización no recae en los intercambios comerciales. Pero los “hombres fuertes” en el poder denuncian la imposición por la Unión Europea de “valores occidentales” considerados débiles y decadentes, por ser favorables a la inmigración, a la homosexualidad, al ateísmo, al feminismo, a la ecología, a la disolución de la familia, etc. También impugnan la índole democrática del capitalismo liberal. No sin fundamentos, en este último caso. Porque, en materia de igualdad de los derechos políticos y cívicos, la cuestión de saber si las mismas reglas se aplicaban a todos resultó una vez más zanjada después de 2008: “Ningún financista de alto nivel fue llevado ante la justicia –señala el periodista John Lanchester–. Durante el escándalo de las cajas de ahorro de los años ochenta, 1.100 personas habían sido inculpadas” (5). Los detenidos de una penitenciaría francesa ya se burlaban en el siglo pasado: “El que roba un huevo va a la cárcel; el que roba una vaca va al Palacio Borbón”.


El pueblo elige, pero el capital decide. Al gobernar en contra de sus promesas, los dirigentes liberales, tanto de derecha como de izquierda, ratificaron esa sospecha luego de casi cada elección. Elegido para romper con las políticas conservadoras de sus predecesores, Obama redujo los déficits públicos, ajustó los gastos sociales y, en vez de imponer la seguridad social, impuso a los estadounidenses la compra de un seguro médico a un trust privado. En Francia, Nicolas Sarkozy retrasó por dos años la edad de la jubilación que se había comprometido formalmente a no modificar; con la misma desenvoltura, François Hollande hizo votar un pacto de estabilidad europea que había prometido renegociar. En el Reino Unido, el dirigente liberal Nick Clegg, para sorpresa general, se alió al Partido Conservador y luego, convertido en viceprimer ministro, aceptó triplicar los gastos de inscripción universitarios que había jurado suprimir.


En los años setenta, algunos partidos comunistas de Europa Occidental sugerían que su eventual acceso al poder por las urnas sería un “viaje de ida”, ya que la construcción del socialismo, una vez lanzada, no podía depender de los avatares electorales. La victoria del “mundo libre” sobre la hidra soviética acomodó ese principio con más astucia: el derecho de voto no fue suspendido, pero viene con el deber de confirmar las preferencias de las clases dirigentes. So pena de tener que volver a empezar. “En 1992 –recuerda el periodista Jack Dion– los daneses votaron contra el Tratado de Maastricht: fueron obligados a volver a las urnas. En 2001, los irlandeses votaron contra el Tratado de Niza: fueron obligados a volver a las urnas. En 2005, los franceses y los holandeses votaron contra el Tratado Constitucional Europeo (TCE): les fue impuesto bajo el nombre de Tratado de Lisboa. En 2008, los irlandeses votaron contra el Tratado de Lisboa: fueron obligados a volver a votar. En 2015, los griegos votaron por 61,3 por ciento contra el plan de ajuste de Bruselas, que les fue infligido de todas formas” (6).


Justamente ese año, dirigiéndose a un gobierno de izquierda elegido algunos meses antes y obligado a administrar un tratamiento de shock liberal a su población, el ministro de Finanzas alemán Wolfgang Schäuble resumía el alcance que concede al circo democrático: “Las elecciones no deben permitir que se cambie de política económica” (7). Por su parte, el comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios Pierre Moscovici explicaría más tarde: “Veintitrés personas por todo concepto, con sus adjuntos, toman –o no– decisiones fundamentales para millones de otras personas, en este caso los griegos, sobre la base de parámetros extraordinariamente técnicos, decisiones que se sustraen a todo control democrático. El Eurogrupo no rinde cuentas a ningún gobierno, a ningún Parlamento, menos que menos al Parlamento Europeo” (8). Una asamblea en la cual, sin embargo, Moscovici aspira sesionar el año que viene.


Autoritario e “iliberal” a su manera, ese desprecio por la soberanía popular alimenta uno de los más poderosos argumentos de campaña de los dirigentes conservadores de ambas partes del Atlántico. Contrariamente a los partidos de centroizquierda o de centroderecha, que se comprometen, sin dotarse de medios, a reanimar una democracia moribunda, Trump y Orbán, como Kaczyński en Polonia o Matteo Salvini en Italia, ratifican su agonía. No conservan de ella más que el sufragio mayoritario, e invierten el juego: al autoritarismo intensivo y experto de Washington, Bruselas o Wall Street oponen un autoritarismo nacional y sin coerciones que presentan como una reconquista popular.


Intervencionismo y alambre de púas


Después de aquellas que atañen a la globalización y a la democracia, la tercera desmentida aportada por la crisis al discurso dominante de los años precedentes atañe al rol económico del poder público. Todo es posible, pero no para todo el mundo: raramente una demostración de este principio fue administrada con tanta claridad como en la década transcurrida. Creación monetaria frenética, nacionalizaciones, desprecio por los tratados internacionales, acción discrecional de los representantes, etc.: para salvar a cambio de nada a los establecimientos bancarios de los que dependía la supervivencia del sistema, la mayoría de las operaciones decretadas imposibles e impensables fueron efectuadas sin ninguna dificultad de ambas partes del Atlántico. Este intervencionismo masivo reveló un Estado fuerte, capaz de movilizar su poder en un campo del que sin embargo parecía haberse excluido él mismo (9). Pero si el Estado es fuerte, es ante todo para garantizar al capital un marco estable.


Inflexible cuando se trataba de reducir los gastos sociales con el objeto de disminuir el déficit público bajo el límite del 3 por ciento del PIB, Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo entre 2003 y 2011, admitió que los compromisos financieros asumidos a fines de 2008 por los jefes de Estado para salvar el sistema bancario representaban a mediados de 2009 “27% del PIB en Europa y Estados Unidos” (10). Las decenas de millones de desocupados, de expropiados, de enfermos esparcidos por los hospitales escasos de medicamentos como en Grecia, por su parte, jamás tuvieron el privilegio de constituir un “riesgo sistémico”. “Por sus elecciones políticas, los gobiernos de la zona euro hundieron a decenas de millones de sus ciudadanos en las profundidades de una depresión comparable a la de los años treinta. Es uno de los peores desastres económicos autoinfligidos jamás observados”, observa el historiador Adam Tooze (11).


El descrédito de la clase dirigente y la rehabilitación del poder estatal no podían más que abrir el camino a un nuevo estilo de gobierno. Cuando se le preguntó en 2010 si acceder al poder en plena tormenta planetaria le preocupaba, el primer ministro húngaro sonrió: “No, a mí me gusta el caos. Porque, partiendo de él, puedo construir un orden nuevo. El orden que quiero” (12). A ejemplo de Trump, los dirigentes conservadores de Europa Central supieron implantar la legitimidad popular de un Estado fuerte al servicio de los ricos. Pero más que garantizar derechos sociales incompatibles con las exigencias de los propietarios, el poder público se afirma cerrando las fronteras a los migrantes y proclamándose garante de la “identidad cultural” de la nación. Entonces, el alambre de púas marca el retorno del Estado.


Por el momento, esa estrategia que recupera, distorsiona y desnaturaliza una demanda popular de protección parece funcionar. Lo que equivale a decir que las causas de la crisis financiera que hizo descarrilar el mundo permanecen intactas, precisamente cuando la vida política de países como Italia, Hungría o regiones como Baviera parece obsesionada por la cuestión de los refugiados. Educada en las prioridades de los campus estadounidenses, una parte de la izquierda occidental, muy moderada o muy radical, adora enfrentar a la derecha en ese terreno (13).


Para contrariar la Gran Recesión, los jefes de Gobierno, por lo tanto, develaron el simulacro democrático, la fuerza del Estado, la naturaleza muy política de la economía y la inclinación antisocial de su estrategia general. La rama que los aguantaba está fragilizada, como lo demuestra la inestabilidad electoral que vuelve a barajar los naipes políticos. Desde 2014, la mayoría de los escrutinios occidentales señalan una descomposición o un debilitamiento de las fuerzas tradicionales. Y simétricamente, el auge de personalidades o de corrientes ayer marginales que impugnan las instituciones dominantes, a menudo por razones opuestas, a ejemplo de Trump y de Bernie Sanders, detractores uno y otro de Wall Street y de los medios de comunicación. Mismo escenario del otro lado del Atlántico, donde los nuevos conservadores consideran que la construcción europea es demasiado liberal en los planos social y migratorio, mientras que las nuevas voces de la izquierda, como Podemos en España, La Francia Insumisa en Francia o Jeremy Corbyn a la cabeza del Partido Laborista en el Reino Unido, critican sus políticas de austeridad.


Como no pretenden dar vuelta la mesa sino solamente cambiar a los jugadores, los “hombres fuertes” pueden descontar el apoyo de una fracción de las clases dirigentes. El 26 de julio de 2014, en Rumania, Orbán anunció el juego en un discurso resonante: “El nuevo Estado que construimos en Hungría es un Estado iliberal: un Estado no liberal”. Pero contrariamente a aquello que los grandes medios remacharon desde entonces, sus objetivos no se reducían al rechazo del multiculturalismo, de la “sociedad abierta”, y a la promoción de los valores familiares y cristianos. También anunciaba un proyecto económico, el de “construir una nación competidora en la gran competencia mundial de las décadas venideras”. “Nosotros consideramos –decía– que una democracia no necesariamente debe ser liberal y que no es porque un Estado deja de ser liberal por lo que deja de ser una democracia.” Tomando como ejemplos a China, Turquía y Singapur, el primer ministro húngaro en suma devuelve al remitente el “There is no alternative” (“No hay otra alternativa”) de Margaret Thatcher: “Las sociedades que tienen una democracia liberal como fundamento probablemente sean incapaces de mantener su competitividad en las décadas venideras” (14). Semejante designio seduce a los dirigentes polacos y checos, pero también a los partidos de extrema derecha franceses y alemanes.


La fábula del “capitalismo inclusivo”


Ante el éxito impactante de sus competidores, los pensadores liberales perdieron su soberbia y su oropel. “La contrarrevolución es alimentada por la polarización de la política interior, donde el antagonismo reemplaza el compromiso. Y se enfoca en la revolución liberal y las victorias obtenidas por las minorías”, se estremece Michael Ignatieff, rector de la Universidad de Europa Central en Budapest, una institución fundada por iniciativa del multimillonario liberal George Soros. “Queda claro –añade– que el breve momento de dominación de la sociedad abierta ha terminado” (15). A sus ojos, los dirigentes autoritarios que toman como blancos el Estado de Derecho, el equilibrio de poderes, la libertad de los medios privados y los derechos de las minorías, en efecto, atacan los pilares esenciales de las democracias.


El semanario británico The Economist, que hace las veces de boletín de enlace de las elites liberales mundiales, coincide con esa visión. Cuando el 16 de junio pasado se enloquece por un “deterioro alarmante de la democracia desde la crisis financiera de 2007-2008”, no incrimina ni las desigualdades de fortuna abismales ni la destrucción de empleos industriales por el libre comercio, ni el no respeto de la voluntad de los electores por los dirigentes “demócratas”, sino que la emprende contra “los hombres fuertes [que] socavan la democracia”. Frente a ellos, espera, “los jueces independientes y los periodistas dinámicos forman la primera línea de defensa”. Un baluarte tan limitado como frágil.


Durante mucho tiempo, las clases superiores se beneficiaron con el juego electoral gracias a tres factores convergentes: la abstención creciente de los sectores populares, el “voto útil” debido a la repulsión que inspiraban “los extremos”, la pretensión de los partidos centrales de representar los intereses combinados de la burguesía y de las clases medias. Pero los demagogos reaccionarios han vuelto a movilizar a los abstencionistas; la Gran Recesión fragilizó a las clases medias, y los arbitrajes políticos de los “moderados” y de sus brillantes consejeros desencadenaron la crisis del siglo…
El desencanto relativo a la utopía de las nuevas tecnologías se suma a la amargura de los amantes de las sociedades abiertas. Ayer celebrados como los profetas de una civilización liberal-libertaria, los patrones demócratas de Silicon Valley construyeron una máquina de vigilancia y de control social tan poderosa que el gobierno chino la imita para mantener el orden. La esperanza de un ágora mundial propulsada por una conectividad universal se derrumba, para el mayor perjuicio de algunos de sus comulgantes de antaño: “La tecnología, por las manipulaciones que permite, por las fake news, pero aun más porque vehicula la emoción más que la razón, refuerza todavía a los cínicos y a los dictadores”, solloza un editorialista (16).


Ante la cercanía del trigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín, los heraldos del “mundo libre” temen que la fiesta sea deprimente. “La transición hacia las democracias liberales fue en gran medida piloteada por una elite instruida, muy pro-occidental”, admite Fukuyama. Por desgracia, las poblaciones menos educadas “nunca fueron seducidas por ese liberalismo, por la idea de que se podía tener una sociedad multirracial, multiétnica, donde todos los valores tradicionales se borrarían ante el matrimonio igualitario, la inmigración, etc.” (17). Pero ¿a quién imputarle esa falta de efecto de tracción de la minoría esclarecida? A la indolencia de todos los jóvenes burgueses que, se irrita Fukuyama, “se contentan con quedarse sentados en sus casas, felicitándose por su amplitud de mente y por su ausencia de fanatismo. […] Y que no se movilizan contra el enemigo más que yendo a sentarse en la terraza de un café con un mojito en la mano” (18).


En efecto, eso no será suficiente… Como tampoco el hecho de controlar los medios o de inundar las redes sociales con comentarios indignados destinados a “amigos” igualmente indignados, siempre por las mismas cosas. Obama lo comprendió. El 17 de julio pasado entregó un análisis detallado, a menudo lúcido, de las décadas transcurridas. Pero no pudo dejar de retomar la idea fija de la izquierda neoliberal desde que adoptó el modelo capitalista. En sustancia, como lo había recordado el ex primer ministro italiano de centroizquierda Paolo Gentiloni a Trump el 24 de enero de 2018 en Davos, “se puede corregir el marco, pero no cambiarlo”.


La globalización, admite Obama, trajo aparejados errores y rapacidad. Debilitó el poder de los sindicatos, “permitió que el capital escape a los impuestos y a las leyes de los Estados desplazando centenares de miles de millones de dólares mediante una simple presión en la tecla de una computadora”. Muy bien, ¿y el remedio? Un “capitalismo inclusivo”, iluminado por la moralidad humanista de los capitalistas. A su juicio, sólo eso, que es como ladrarle a la luna, podrá corregir algunos de los defectos del sistema. A partir del momento en que no ve ningún otro disponible, y que, en el fondo, ése le conviene…


El ex presidente estadounidense no niega que la crisis de 2008 y las malas respuestas que se aportaron (inclusive por él, uno imagina) favorecieron el desarrollo de una “política del miedo, del resentimiento y del repliegue”, la “popularidad de los hombres fuertes”, la de un “modelo chino de control autoritario, considerado preferible a una democracia percibida como desordenada”. Pero él asigna la responsabilidad esencial de esos desarreglos a los “populistas” que recuperan las inseguridades y amenazan al mundo con un retorno al “orden antiguo, más peligroso y más brutal”. Preservando de paso a las elites sociales e intelectuales (sus pares…) que crearon las condiciones de la crisis, y que, a menudo, la aprovecharon.


Semejante panorama comprende para ellas muchas ventajas. En primer lugar, repetir que la dictadura nos amenaza permite hacer creer que la democracia reina, aunque siempre reclama algunos menudos ajustes. Más fundamentalmente, la idea de Obama (o aquella, idéntica, de Macron) según la cual “dos visiones muy diferentes del porvenir de la humanidad están en competencia para los corazones y las mentes de los ciudadanos de todo el mundo” permite soslayar lo que esas “dos visiones” comparten. Nada menos que el modo de producción y de propiedad, o, para retomar los términos mismos del ex presidente estadounidense, “la influencia económica, política, mediática desproporcionada de aquellos que están en la cima”. En ese plano, en efecto, nada distingue a Macron de Trump, así como por otra parte lo demostró su apuro común en disminuir, desde su acceso al poder, el impuesto a las ganancias del capital.


Reducir obstinadamente la vida política de las décadas venideras al enfrentamiento entre democracia y populismo, apertura y soberanismo, no traerá ningún alivio a esa fracción creciente de los sectores populares desengañados de una “democracia” que la abandonó y de una izquierda que se metamorfoseó como partido de la burguesía diplomada. Diez años después del estallido de la crisis financiera, el combate victorioso contra el “orden brutal y peligroso” que se dibuja reclama algo muy distinto. Y ante todo, el desarrollo de una fuerza política capaz de combatir simultáneamente a los “tecnócratas esclarecidos” y a los “multimillonarios rabiosos” (19), rechazando así el rol de fuerza de apoyo de uno de los dos bloques que, cada uno a su manera, ponen a la humanidad en peligro.

 

1. Francis Fukuyama, “Retour sur ‘La Fin de l’histoire’ ?”, Commentaire, N° 161, París, primavera de 2018.
2. William Galston, “Wage stagnation is everyone’s problem”, The Wall Street Journal, Nueva York, 14-8-18. Sobre las destrucciones de empleos por causa de la globalización, véase Daron Acemoğlu et al., “Import competition and the great US employment sag of the 2000s”, Journal of Labor Economics, Vol. 34, N° S1, Chicago, enero de 2016.
3. Bob Davis y Dante Chinni, “America’s factory towns, once solidly blue, are now a GOP haven”, y Bob Davis y Jon Hilsenrath, “How the China shock, deep and swift, spurred the rise of Trump”, The Wall Street Journal, 19-7-18 y 11-8-16 respectivamente.
4. Citado por Adam Tooze, Crashed: How a Decade of Financial Crises Changed the World, Penguin Books, Nueva York, 2018.
5. John Lanchester, “After the fall”, London Review of Books, Vol. 40, N° 13, 5-7-18.
6. Jack Dion, “Les marchés contre les peuples”, Marianne, París, 1-6-18.
7. Yanis Varoufakis, Comportarse como adultos. Mi batalla contra el establishment europeo, Deusto, Barcelona, 2017.
8. Pierre Moscovici, Dans ce clair-obscur surgissent les monstres. Choses vues au cœur du pouvoir, Plon, París, 2018.
9. Véase Frédéric Lordon, “Cuando Wall Street se hizo socialista”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, octubre de 2008.
10. “Jean-Claude Trichet, ‘Nous sommes encore dans une situation dangereuse’”, Le Monde, París, 14-9-13.
11. Adam Tooze, Crashed, op. cit.
12. Drew Hinshaw y Marcus Walker, “In Orban’s Hungary, a glimpse of Europe’s demise”, The Wall Street Journal, 9-8-18.
13. Véase Pierre Bourdieu y Loic Wacquant, “Una nueva vulgata planetaria”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo de 2000.
14. “Prime minister Viktor Orbán’s speech at the 25th Bálványos Summer Free University and Student Camp”, 30-7-14, http://2010-2015.miniszterelnok.hu
15. Michael Ignatieff y Stefan Roch (dirs.), Rethinking Open Society: New Adversaries and New Opportunities, CEU Press, Budapest, 2018.
16. Éric Le Boucher, “Le salut par l’éthique, la démocratie, l’Europe”, L’Opinion, París, 9-7-18.
17. Citado por Michael Steinberger, “George Soros bet big on liberal democracy. Now he fears he is losing”, The New York Times Magazine, 17-7-18.
18. “Francis Fukuyama, ‘Il y a un risque de défaite de la démocratie’”, Le Figaro Magazine, París, 6-4-18.
19. Una fórmula de Thomas Frank.

*Respectivamente, director y redactor de Le Monde diplomatique.
Traducción: Víctor Goldstein

Publicado enInternacional
Rosenell Baud, detalle (Cortesía de la autora)

Budapest, 23 de mayo de 2018. De saco oscuro un poco amplio y camisa violeta abierta sobre una remera, Stephen Bannon se planta frente a una asistencia de intelectuales y notables húngaros. “La mecha que disparó la revolución Trump fue encendida el 15 de septiembre de 2008 a las 9 de la mañana, cuando Lehman Brothers fue obligada a quebrar.” El ex estratega de la Casa Blanca no lo ignora: aquí, la crisis fue particularmente violenta. “Las elites se rescataron a sí mismas. Socializaron por completo el riesgo –continúa este ex vicepresidente del banco Goldman Sachs, cuyas actividades políticas son financiadas por fondos especulativos–. Pero el hombre de la calle, ¿fue rescatado?” Este “socialismo para los ricos” habría provocado en varios puntos del globo una “verdadera revuelta populista. En 2010, Viktor Orbán volvió al poder en Hungría”; fue un “Trump antes de Trump”.


Una década después de la tempestad financiera, el derrumbe económico mundial y la crisis de la deuda pública en Europa desaparecieron de las terminales Bloomberg donde centellean las curvas vitales del capitalismo. Pero su onda de choque amplificó dos grandes desajustes.


En primer lugar, el del orden internacional liberal de la pos Guerra Fría, centrado en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan), las instituciones financieras occidentales, la liberalización del comercio. Si bien, contrariamente a lo que prometía Mao Zedong, el viento del Este no prevalece todavía sobre el viento del Oeste, la recomposición geopolítica ha comenzado: cerca de treinta años después de la caída del Muro de Berlín, el capitalismo estatal chino extiende su influencia; apoyada en la prosperidad de una clase media en ascenso, la “economía socialista de mercado” une su porvenir a la globalización continua de los intercambios, que descompone la industria manufacturera de la mayoría de los países occidentales. Entre ellas, la de Estados Unidos, que el presidente Donald Trump prometió desde su primer discurso oficial salvar de la “carnicería”.


La sacudida de 2008 y sus réplicas también desestabilizaron el orden político que veía en la democracia de mercado la forma acabada de la historia.


La soberbia de una tecnocracia hipócrita, deslocalizada en Nueva York o en Bruselas, que impone medidas impopulares en nombre del saber y de la modernidad, abrió la vía a gobernantes estrenduosos y conservadores. De Washington a Varsovia, pasando por Budapest, Trump, Jarosław Kaczyński y Orbán reivindican tanto el capitalismo como Barack Obama, Angela Merkel, Justin Trudeau o Emmanuel Macron; pero un capitalismo asociado con otra cultura, “iliberal”, nacional y autoritaria, que exalta el país profundo más que los valores de las grandes metrópolis.


Esta fractura divide a las clases dirigentes. Es puesta en escena y amplificada por los medios de comunicación, que restringen el horizonte de las elecciones políticas posibles a esos dos hermanos enemigos. Ahora bien, los recién llegados apuntan igual que los otros a enriquecer a los ricos, pero explotando el sentimiento inspirado por el liberalismo y la socialdemocracia a una fracción a menudo mayoritaria de los sectores populares: un disgusto mezclado de rabia.


La venganza de la globalización


La respuesta a la crisis de 2008 expuso, sin dejar la posibilidad de mirar para otro lado, tres desmentidas a la letanía sobre el buen gobierno que los dirigentes de centroderecha y de centroizquierda recitaban desde la descomposición de la Unión Soviética. Ni la globalización, ni la democracia ni el liberalismo salen indemnes.


En primer lugar, la internacionalización de la economía no es buena para todos los países, y ni siquiera para una mayoría de los asalariados en Occidente. La elección de Trump propulsó a la Casa Blanca a un hombre desde hace largo tiempo convencido de que, lejos de ser provechosa para su país, la globalización había precipitado su decadencia y garantizado el despegue de sus competidores estratégicos. Con él, “America first” (“Estados Unidos primero”) prevaleció sobre el “todos ganamos” de los librecambistas. Así el 4 de agosto pasado, en Ohio, un estado industrial habitualmente disputado, pero que él ganó por más de ocho puntos por delante de Hillary Clinton, el presidente estadounidense recordaba el déficit comercial abismal (y creciente) de su país –¡817.000 millones de dólares por año!–, antes de ofrecer su explicación al respecto: “No estoy resentido con los chinos. ¡Pero ni siquiera ellos pueden creer que los hayamos dejado actuar hasta ese punto a nuestras expensas! Realmente reconstruimos China; ¡es tiempo de reconstruir nuestro país! Ohio perdió 200.000 empleos industriales desde que China [en 2000] se unió a la Organización Mundial del Comercio. ¡La OMC es un desastre total! Durante décadas nuestros políticos permitieron que los otros países robaran nuestros empleos, sustrajeran nuestra riqueza y saquearan nuestra economía”.


A comienzos del siglo pasado el proteccionismo propulsó el despegue industrial de Estados Unidos, como el de muchas otras naciones; las tasas aduaneras, por otra parte, financiaron durante mucho tiempo el poder público, ya que el impuesto sobre la renta no existía antes de la Primera Guerra Mundial. Citando a William McKinley, presidente republicano entre 1897 y 1901 (fue asesinado por un anarquista), Trump insiste: “Él había comprendido la importancia decisiva de las tarifas aduaneras para mantener la potencia de un país”. La Casa Blanca recurre ya a las mismas sin vacilar, y sin preocuparse por la OMC. Turquía, Rusia, Irán, Unión Europea, Canadá, China: cada semana aporta su lote de sanciones comerciales contra Estados, amigos o no, que Washington tomó por blancos. La invocación de la “seguridad nacional” permite que el presidente Trump se abstenga del aval del Congreso, donde los parlamentarios y los lobbies que financian sus campañas permanecen acoplados al libre cambio.


En Estados Unidos, China tiene más consenso, pero en su contra. No solamente por razones comerciales: Pekín también es percibido como el rival estratégico por excelencia. Más allá de que suscite desconfianza por su potencial económico, ocho veces superior al de Rusia, y por sus tentaciones expansionistas en Asia, su modelo político autoritario compite con el de Washington. Por otra parte, aun cuando sostiene que su teoría de 1989 sobre el triunfo irreversible y universal del capitalismo liberal sigue siendo válida, el politólogo estadounidense Francis Fukuyama le aporta un atenuante esencial: “China es de lejos el mayor desafío al relato del ‘fin de la historia’, puesto que se ha modernizado económicamente al tiempo que sigue siendo una dictadura. […] Si en el curso de los próximos años su crecimiento prosigue y conserva su lugar de mayor potencia económica del mundo, admitiré que mi tesis fue definitivamente refutada” (1). En el fondo, Trump y sus adversarios internos coinciden por lo menos en un punto: el primero considera que el orden internacional liberal le cuesta demasiado caro a Estados Unidos; los segundos, que los éxitos de China amenazan con dar al traste con él.
De la geopolítica a la política no hay más que un paso. La globalización provocó la destrucción de empleos y el derrumbe de los salarios occidentales: en Estados Unidos su participación en el Producto Interno Bruto (PIB) pasó del 64 por ciento al 58 por ciento sólo en los últimos 10 años, es decir, ¡una pérdida anual igual a 7.500 dólares por trabajador (2)!


Ahora bien, es precisamente en las regiones industriales devastadas por la competencia china donde los obreros estadounidenses más se volcaron a la derecha en estos últimos años. Por supuesto, se puede imputar ese giro electoral a una serie de factores “culturales” (sexismo, racismo, afición por las armas de fuego, hostilidad al aborto y al matrimonio homosexual, etc.). Pero entonces hay que cerrar los ojos a una explicación económica por lo menos igual de concluyente: mientras que el número de los condados donde más del 25 por ciento de los empleos dependían del sector industrial se derrumbó entre 1992 y 2016, pasando de 862 a 323, el equilibrio entre votos demócrata y republicano se metamorfoseó. Hace un cuarto de siglo se repartían casi por igual entre los dos grandes partidos (alrededor de 400 cada uno); en 2016, 306 eligieron a Trump y 17 a Hillary Clinton (3). Promovida por un presidente demócrata –precisamente William Clinton–, la adhesión de China a la OMC debía acelerar la transformación de ese país en una sociedad capitalista liberal. Por sobre todas las cosas, terminó alejando a los obreros estadounidenses de la globalización, del liberalismo y del voto demócrata…


Poco antes de la caída de Lehman Brothers, el entonces presidente de la Reserva Federal estadounidense Alan Greenspan explicaba, con tranquilidad: “Gracias a la globalización, las políticas públicas estadounidenses fueron en gran medida reemplazadas por las fuerzas globales de los mercados. Fuera de las cuestiones de seguridad nacional, la identidad del próximo presidente ya casi no importa” (4). Diez años más tarde, nadie repetiría semejante diagnóstico.


El circo democrático


En los países de Europa Central cuya expansión descansa aún en las exportaciones, el cuestionamiento de la globalización no recae en los intercambios comerciales. Pero los “hombres fuertes” en el poder denuncian la imposición por la Unión Europea de “valores occidentales” considerados débiles y decadentes, por ser favorables a la inmigración, a la homosexualidad, al ateísmo, al feminismo, a la ecología, a la disolución de la familia, etc. También impugnan la índole democrática del capitalismo liberal. No sin fundamentos, en este último caso. Porque, en materia de igualdad de los derechos políticos y cívicos, la cuestión de saber si las mismas reglas se aplicaban a todos resultó una vez más zanjada después de 2008: “Ningún financista de alto nivel fue llevado ante la justicia –señala el periodista John Lanchester–. Durante el escándalo de las cajas de ahorro de los años ochenta, 1.100 personas habían sido inculpadas” (5). Los detenidos de una penitenciaría francesa ya se burlaban en el siglo pasado: “El que roba un huevo va a la cárcel; el que roba una vaca va al Palacio Borbón”.


El pueblo elige, pero el capital decide. Al gobernar en contra de sus promesas, los dirigentes liberales, tanto de derecha como de izquierda, ratificaron esa sospecha luego de casi cada elección. Elegido para romper con las políticas conservadoras de sus predecesores, Obama redujo los déficits públicos, ajustó los gastos sociales y, en vez de imponer la seguridad social, impuso a los estadounidenses la compra de un seguro médico a un trust privado. En Francia, Nicolas Sarkozy retrasó por dos años la edad de la jubilación que se había comprometido formalmente a no modificar; con la misma desenvoltura, François Hollande hizo votar un pacto de estabilidad europea que había prometido renegociar. En el Reino Unido, el dirigente liberal Nick Clegg, para sorpresa general, se alió al Partido Conservador y luego, convertido en viceprimer ministro, aceptó triplicar los gastos de inscripción universitarios que había jurado suprimir.


En los años setenta, algunos partidos comunistas de Europa Occidental sugerían que su eventual acceso al poder por las urnas sería un “viaje de ida”, ya que la construcción del socialismo, una vez lanzada, no podía depender de los avatares electorales. La victoria del “mundo libre” sobre la hidra soviética acomodó ese principio con más astucia: el derecho de voto no fue suspendido, pero viene con el deber de confirmar las preferencias de las clases dirigentes. So pena de tener que volver a empezar. “En 1992 –recuerda el periodista Jack Dion– los daneses votaron contra el Tratado de Maastricht: fueron obligados a volver a las urnas. En 2001, los irlandeses votaron contra el Tratado de Niza: fueron obligados a volver a las urnas. En 2005, los franceses y los holandeses votaron contra el Tratado Constitucional Europeo (TCE): les fue impuesto bajo el nombre de Tratado de Lisboa. En 2008, los irlandeses votaron contra el Tratado de Lisboa: fueron obligados a volver a votar. En 2015, los griegos votaron por 61,3 por ciento contra el plan de ajuste de Bruselas, que les fue infligido de todas formas” (6).


Justamente ese año, dirigiéndose a un gobierno de izquierda elegido algunos meses antes y obligado a administrar un tratamiento de shock liberal a su población, el ministro de Finanzas alemán Wolfgang Schäuble resumía el alcance que concede al circo democrático: “Las elecciones no deben permitir que se cambie de política económica” (7). Por su parte, el comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios Pierre Moscovici explicaría más tarde: “Veintitrés personas por todo concepto, con sus adjuntos, toman –o no– decisiones fundamentales para millones de otras personas, en este caso los griegos, sobre la base de parámetros extraordinariamente técnicos, decisiones que se sustraen a todo control democrático. El Eurogrupo no rinde cuentas a ningún gobierno, a ningún Parlamento, menos que menos al Parlamento Europeo” (8). Una asamblea en la cual, sin embargo, Moscovici aspira sesionar el año que viene.


Autoritario e “iliberal” a su manera, ese desprecio por la soberanía popular alimenta uno de los más poderosos argumentos de campaña de los dirigentes conservadores de ambas partes del Atlántico. Contrariamente a los partidos de centroizquierda o de centroderecha, que se comprometen, sin dotarse de medios, a reanimar una democracia moribunda, Trump y Orbán, como Kaczyński en Polonia o Matteo Salvini en Italia, ratifican su agonía. No conservan de ella más que el sufragio mayoritario, e invierten el juego: al autoritarismo intensivo y experto de Washington, Bruselas o Wall Street oponen un autoritarismo nacional y sin coerciones que presentan como una reconquista popular.


Intervencionismo y alambre de púas


Después de aquellas que atañen a la globalización y a la democracia, la tercera desmentida aportada por la crisis al discurso dominante de los años precedentes atañe al rol económico del poder público. Todo es posible, pero no para todo el mundo: raramente una demostración de este principio fue administrada con tanta claridad como en la década transcurrida. Creación monetaria frenética, nacionalizaciones, desprecio por los tratados internacionales, acción discrecional de los representantes, etc.: para salvar a cambio de nada a los establecimientos bancarios de los que dependía la supervivencia del sistema, la mayoría de las operaciones decretadas imposibles e impensables fueron efectuadas sin ninguna dificultad de ambas partes del Atlántico. Este intervencionismo masivo reveló un Estado fuerte, capaz de movilizar su poder en un campo del que sin embargo parecía haberse excluido él mismo (9). Pero si el Estado es fuerte, es ante todo para garantizar al capital un marco estable.


Inflexible cuando se trataba de reducir los gastos sociales con el objeto de disminuir el déficit público bajo el límite del 3 por ciento del PIB, Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo entre 2003 y 2011, admitió que los compromisos financieros asumidos a fines de 2008 por los jefes de Estado para salvar el sistema bancario representaban a mediados de 2009 “27% del PIB en Europa y Estados Unidos” (10). Las decenas de millones de desocupados, de expropiados, de enfermos esparcidos por los hospitales escasos de medicamentos como en Grecia, por su parte, jamás tuvieron el privilegio de constituir un “riesgo sistémico”. “Por sus elecciones políticas, los gobiernos de la zona euro hundieron a decenas de millones de sus ciudadanos en las profundidades de una depresión comparable a la de los años treinta. Es uno de los peores desastres económicos autoinfligidos jamás observados”, observa el historiador Adam Tooze (11).


El descrédito de la clase dirigente y la rehabilitación del poder estatal no podían más que abrir el camino a un nuevo estilo de gobierno. Cuando se le preguntó en 2010 si acceder al poder en plena tormenta planetaria le preocupaba, el primer ministro húngaro sonrió: “No, a mí me gusta el caos. Porque, partiendo de él, puedo construir un orden nuevo. El orden que quiero” (12). A ejemplo de Trump, los dirigentes conservadores de Europa Central supieron implantar la legitimidad popular de un Estado fuerte al servicio de los ricos. Pero más que garantizar derechos sociales incompatibles con las exigencias de los propietarios, el poder público se afirma cerrando las fronteras a los migrantes y proclamándose garante de la “identidad cultural” de la nación. Entonces, el alambre de púas marca el retorno del Estado.


Por el momento, esa estrategia que recupera, distorsiona y desnaturaliza una demanda popular de protección parece funcionar. Lo que equivale a decir que las causas de la crisis financiera que hizo descarrilar el mundo permanecen intactas, precisamente cuando la vida política de países como Italia, Hungría o regiones como Baviera parece obsesionada por la cuestión de los refugiados. Educada en las prioridades de los campus estadounidenses, una parte de la izquierda occidental, muy moderada o muy radical, adora enfrentar a la derecha en ese terreno (13).


Para contrariar la Gran Recesión, los jefes de Gobierno, por lo tanto, develaron el simulacro democrático, la fuerza del Estado, la naturaleza muy política de la economía y la inclinación antisocial de su estrategia general. La rama que los aguantaba está fragilizada, como lo demuestra la inestabilidad electoral que vuelve a barajar los naipes políticos. Desde 2014, la mayoría de los escrutinios occidentales señalan una descomposición o un debilitamiento de las fuerzas tradicionales. Y simétricamente, el auge de personalidades o de corrientes ayer marginales que impugnan las instituciones dominantes, a menudo por razones opuestas, a ejemplo de Trump y de Bernie Sanders, detractores uno y otro de Wall Street y de los medios de comunicación. Mismo escenario del otro lado del Atlántico, donde los nuevos conservadores consideran que la construcción europea es demasiado liberal en los planos social y migratorio, mientras que las nuevas voces de la izquierda, como Podemos en España, La Francia Insumisa en Francia o Jeremy Corbyn a la cabeza del Partido Laborista en el Reino Unido, critican sus políticas de austeridad.


Como no pretenden dar vuelta la mesa sino solamente cambiar a los jugadores, los “hombres fuertes” pueden descontar el apoyo de una fracción de las clases dirigentes. El 26 de julio de 2014, en Rumania, Orbán anunció el juego en un discurso resonante: “El nuevo Estado que construimos en Hungría es un Estado iliberal: un Estado no liberal”. Pero contrariamente a aquello que los grandes medios remacharon desde entonces, sus objetivos no se reducían al rechazo del multiculturalismo, de la “sociedad abierta”, y a la promoción de los valores familiares y cristianos. También anunciaba un proyecto económico, el de “construir una nación competidora en la gran competencia mundial de las décadas venideras”. “Nosotros consideramos –decía– que una democracia no necesariamente debe ser liberal y que no es porque un Estado deja de ser liberal por lo que deja de ser una democracia.” Tomando como ejemplos a China, Turquía y Singapur, el primer ministro húngaro en suma devuelve al remitente el “There is no alternative” (“No hay otra alternativa”) de Margaret Thatcher: “Las sociedades que tienen una democracia liberal como fundamento probablemente sean incapaces de mantener su competitividad en las décadas venideras” (14). Semejante designio seduce a los dirigentes polacos y checos, pero también a los partidos de extrema derecha franceses y alemanes.


La fábula del “capitalismo inclusivo”


Ante el éxito impactante de sus competidores, los pensadores liberales perdieron su soberbia y su oropel. “La contrarrevolución es alimentada por la polarización de la política interior, donde el antagonismo reemplaza el compromiso. Y se enfoca en la revolución liberal y las victorias obtenidas por las minorías”, se estremece Michael Ignatieff, rector de la Universidad de Europa Central en Budapest, una institución fundada por iniciativa del multimillonario liberal George Soros. “Queda claro –añade– que el breve momento de dominación de la sociedad abierta ha terminado” (15). A sus ojos, los dirigentes autoritarios que toman como blancos el Estado de Derecho, el equilibrio de poderes, la libertad de los medios privados y los derechos de las minorías, en efecto, atacan los pilares esenciales de las democracias.


El semanario británico The Economist, que hace las veces de boletín de enlace de las elites liberales mundiales, coincide con esa visión. Cuando el 16 de junio pasado se enloquece por un “deterioro alarmante de la democracia desde la crisis financiera de 2007-2008”, no incrimina ni las desigualdades de fortuna abismales ni la destrucción de empleos industriales por el libre comercio, ni el no respeto de la voluntad de los electores por los dirigentes “demócratas”, sino que la emprende contra “los hombres fuertes [que] socavan la democracia”. Frente a ellos, espera, “los jueces independientes y los periodistas dinámicos forman la primera línea de defensa”. Un baluarte tan limitado como frágil.


Durante mucho tiempo, las clases superiores se beneficiaron con el juego electoral gracias a tres factores convergentes: la abstención creciente de los sectores populares, el “voto útil” debido a la repulsión que inspiraban “los extremos”, la pretensión de los partidos centrales de representar los intereses combinados de la burguesía y de las clases medias. Pero los demagogos reaccionarios han vuelto a movilizar a los abstencionistas; la Gran Recesión fragilizó a las clases medias, y los arbitrajes políticos de los “moderados” y de sus brillantes consejeros desencadenaron la crisis del siglo…
El desencanto relativo a la utopía de las nuevas tecnologías se suma a la amargura de los amantes de las sociedades abiertas. Ayer celebrados como los profetas de una civilización liberal-libertaria, los patrones demócratas de Silicon Valley construyeron una máquina de vigilancia y de control social tan poderosa que el gobierno chino la imita para mantener el orden. La esperanza de un ágora mundial propulsada por una conectividad universal se derrumba, para el mayor perjuicio de algunos de sus comulgantes de antaño: “La tecnología, por las manipulaciones que permite, por las fake news, pero aun más porque vehicula la emoción más que la razón, refuerza todavía a los cínicos y a los dictadores”, solloza un editorialista (16).


Ante la cercanía del trigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín, los heraldos del “mundo libre” temen que la fiesta sea deprimente. “La transición hacia las democracias liberales fue en gran medida piloteada por una elite instruida, muy pro-occidental”, admite Fukuyama. Por desgracia, las poblaciones menos educadas “nunca fueron seducidas por ese liberalismo, por la idea de que se podía tener una sociedad multirracial, multiétnica, donde todos los valores tradicionales se borrarían ante el matrimonio igualitario, la inmigración, etc.” (17). Pero ¿a quién imputarle esa falta de efecto de tracción de la minoría esclarecida? A la indolencia de todos los jóvenes burgueses que, se irrita Fukuyama, “se contentan con quedarse sentados en sus casas, felicitándose por su amplitud de mente y por su ausencia de fanatismo. […] Y que no se movilizan contra el enemigo más que yendo a sentarse en la terraza de un café con un mojito en la mano” (18).


En efecto, eso no será suficiente… Como tampoco el hecho de controlar los medios o de inundar las redes sociales con comentarios indignados destinados a “amigos” igualmente indignados, siempre por las mismas cosas. Obama lo comprendió. El 17 de julio pasado entregó un análisis detallado, a menudo lúcido, de las décadas transcurridas. Pero no pudo dejar de retomar la idea fija de la izquierda neoliberal desde que adoptó el modelo capitalista. En sustancia, como lo había recordado el ex primer ministro italiano de centroizquierda Paolo Gentiloni a Trump el 24 de enero de 2018 en Davos, “se puede corregir el marco, pero no cambiarlo”.


La globalización, admite Obama, trajo aparejados errores y rapacidad. Debilitó el poder de los sindicatos, “permitió que el capital escape a los impuestos y a las leyes de los Estados desplazando centenares de miles de millones de dólares mediante una simple presión en la tecla de una computadora”. Muy bien, ¿y el remedio? Un “capitalismo inclusivo”, iluminado por la moralidad humanista de los capitalistas. A su juicio, sólo eso, que es como ladrarle a la luna, podrá corregir algunos de los defectos del sistema. A partir del momento en que no ve ningún otro disponible, y que, en el fondo, ése le conviene…


El ex presidente estadounidense no niega que la crisis de 2008 y las malas respuestas que se aportaron (inclusive por él, uno imagina) favorecieron el desarrollo de una “política del miedo, del resentimiento y del repliegue”, la “popularidad de los hombres fuertes”, la de un “modelo chino de control autoritario, considerado preferible a una democracia percibida como desordenada”. Pero él asigna la responsabilidad esencial de esos desarreglos a los “populistas” que recuperan las inseguridades y amenazan al mundo con un retorno al “orden antiguo, más peligroso y más brutal”. Preservando de paso a las elites sociales e intelectuales (sus pares…) que crearon las condiciones de la crisis, y que, a menudo, la aprovecharon.


Semejante panorama comprende para ellas muchas ventajas. En primer lugar, repetir que la dictadura nos amenaza permite hacer creer que la democracia reina, aunque siempre reclama algunos menudos ajustes. Más fundamentalmente, la idea de Obama (o aquella, idéntica, de Macron) según la cual “dos visiones muy diferentes del porvenir de la humanidad están en competencia para los corazones y las mentes de los ciudadanos de todo el mundo” permite soslayar lo que esas “dos visiones” comparten. Nada menos que el modo de producción y de propiedad, o, para retomar los términos mismos del ex presidente estadounidense, “la influencia económica, política, mediática desproporcionada de aquellos que están en la cima”. En ese plano, en efecto, nada distingue a Macron de Trump, así como por otra parte lo demostró su apuro común en disminuir, desde su acceso al poder, el impuesto a las ganancias del capital.


Reducir obstinadamente la vida política de las décadas venideras al enfrentamiento entre democracia y populismo, apertura y soberanismo, no traerá ningún alivio a esa fracción creciente de los sectores populares desengañados de una “democracia” que la abandonó y de una izquierda que se metamorfoseó como partido de la burguesía diplomada. Diez años después del estallido de la crisis financiera, el combate victorioso contra el “orden brutal y peligroso” que se dibuja reclama algo muy distinto. Y ante todo, el desarrollo de una fuerza política capaz de combatir simultáneamente a los “tecnócratas esclarecidos” y a los “multimillonarios rabiosos” (19), rechazando así el rol de fuerza de apoyo de uno de los dos bloques que, cada uno a su manera, ponen a la humanidad en peligro.

 

1. Francis Fukuyama, “Retour sur ‘La Fin de l’histoire’ ?”, Commentaire, N° 161, París, primavera de 2018.
2. William Galston, “Wage stagnation is everyone’s problem”, The Wall Street Journal, Nueva York, 14-8-18. Sobre las destrucciones de empleos por causa de la globalización, véase Daron Acemoğlu et al., “Import competition and the great US employment sag of the 2000s”, Journal of Labor Economics, Vol. 34, N° S1, Chicago, enero de 2016.
3. Bob Davis y Dante Chinni, “America’s factory towns, once solidly blue, are now a GOP haven”, y Bob Davis y Jon Hilsenrath, “How the China shock, deep and swift, spurred the rise of Trump”, The Wall Street Journal, 19-7-18 y 11-8-16 respectivamente.
4. Citado por Adam Tooze, Crashed: How a Decade of Financial Crises Changed the World, Penguin Books, Nueva York, 2018.
5. John Lanchester, “After the fall”, London Review of Books, Vol. 40, N° 13, 5-7-18.
6. Jack Dion, “Les marchés contre les peuples”, Marianne, París, 1-6-18.
7. Yanis Varoufakis, Comportarse como adultos. Mi batalla contra el establishment europeo, Deusto, Barcelona, 2017.
8. Pierre Moscovici, Dans ce clair-obscur surgissent les monstres. Choses vues au cœur du pouvoir, Plon, París, 2018.
9. Véase Frédéric Lordon, “Cuando Wall Street se hizo socialista”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, octubre de 2008.
10. “Jean-Claude Trichet, ‘Nous sommes encore dans une situation dangereuse’”, Le Monde, París, 14-9-13.
11. Adam Tooze, Crashed, op. cit.
12. Drew Hinshaw y Marcus Walker, “In Orban’s Hungary, a glimpse of Europe’s demise”, The Wall Street Journal, 9-8-18.
13. Véase Pierre Bourdieu y Loic Wacquant, “Una nueva vulgata planetaria”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo de 2000.
14. “Prime minister Viktor Orbán’s speech at the 25th Bálványos Summer Free University and Student Camp”, 30-7-14, http://2010-2015.miniszterelnok.hu
15. Michael Ignatieff y Stefan Roch (dirs.), Rethinking Open Society: New Adversaries and New Opportunities, CEU Press, Budapest, 2018.
16. Éric Le Boucher, “Le salut par l’éthique, la démocratie, l’Europe”, L’Opinion, París, 9-7-18.
17. Citado por Michael Steinberger, “George Soros bet big on liberal democracy. Now he fears he is losing”, The New York Times Magazine, 17-7-18.
18. “Francis Fukuyama, ‘Il y a un risque de défaite de la démocratie’”, Le Figaro Magazine, París, 6-4-18.
19. Una fórmula de Thomas Frank.

*Respectivamente, director y redactor de Le Monde diplomatique.
Traducción: Víctor Goldstein

Martes, 16 Mayo 2017 07:24

Lecciones de los antiglobalización

Lecciones de los antiglobalización

 

La victoria de Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales francesas ha generado un suspiro de alivio en el mundo. Por lo menos Europa no se dirige por el camino proteccionista que el presidente Donald Trump obliga a tomar a Estados Unidos. Sin embargo, los defensores de la globalización aún no deben descorchar el champán: los proteccionistas y los defensores de la “democracia iliberal” están en aumento en muchos otros países. Y el hecho de que alguien que es un fanático declarado y mentiroso consuetudinario hubiese podido conseguir la cantidad de votos que Trump obtuvo en Estados Unidos, y que alguien de la extrema derecha como Marine Le Pen haya disputado la segunda vuelta con Macron el pasado 7 de mayo, debería causar profunda preocupación.

Algunos asumen que una gestión deficiente de Trump y su evidente incompetencia deberían ser suficientes para mitigar el entusiasmo por panaceas populistas en el resto del planeta. Asimismo, se puede decir casi con certeza que los electores estadounidenses del cinturón de óxido que apoyaron a Trump estarán en peor situación dentro de cuatro años, y que los votantes racionales con seguridad entenderán dicha situación.

Pero sería un error llegar a la conclusión de que el malestar con la economía global —al menos con la forma como la economía global trata a grandes cantidades de los que forman parte de (o anteriormente formaban parte de) la clase media— ha llegado a su punto máximo. Si las democracias liberales desarrolladas mantienen políticas de statu quo, los trabajadores desplazados continuarán siendo marginados. Muchos de ellos sentirán que al menos Trump, Le Pen y sus semejantes aseveran sentir el dolor de dichos trabajadores. La idea de que los votantes vayan a volcarse en contra del proteccionismo y el populismo por su propia voluntad puede ser nada más que una vana ilusión cosmopolita.

Los defensores de las economías liberales de mercado deben entender que muchas reformas y avances tecnológicos pueden dejar a algunos grupos —posiblemente a grupos numerosos— en peor situación. Según los principios rectores, estos cambios aumentan la eficiencia económica, permitiendo a los ganadores compensar a los perdedores. Sin embargo, si los perdedores continúan en peor situación, ¿por qué deberían ellos apoyar la globalización y las políticas a favor del mercado? De hecho, va a favor de sus propios intereses girar su apoyo hacia políticos que se oponen a esos cambios.

Por lo tanto, la lección debe ser obvia: en ausencia de políticas progresistas, incluyendo la carencia de sólidos programas de bienestar social, reeducación laboral y otras formas de asistencia a personas individuales y comunidades relegadas por la globalización, los políticos al estilo de Trump pueden convertirse en una presencia permanente dentro del paisaje.

Los costos impuestos por estos políticos son altos para todos nosotros, incluso si no logran alcanzar plenamente sus ambiciones proteccionistas y nativistas. Esto ocurre debido a que estos políticos se aprovechan del miedo, exacerban el fanatismo y prosperan dentro de un peligroso enfoque polarizado de nosotros contra ellos. Trump ha lanzado sus ataques vía Twitter contra México, China, Alemania, Canadá —y muchos otros— y con seguridad la lista crecerá a medida que Trump esté más tiempo en el cargo. Le Pen ha apuntado sus ataques hacia los musulmanes, pero sus comentarios recientes que niegan la responsabilidad francesa con respecto a acorralar a judíos durante la Segunda Guerra Mundial revelan su persistente antisemitismo.

El resultado de todo esto podría ser rupturas nacionales profundas, y tal vez irreparables. En Estados Unidos, Trump ya ha disminuido el respeto que se tiene por la presidencia y lo más probable es que él al irse deje atrás un país aún más dividido.

No debemos olvidar que antes de los albores de la Ilustración, que acogió a la ciencia y la libertad, los ingresos y los estándares de vida estuvieron estancados durante siglos. Sin embargo, Trump, Le Pen y los otros populistas representan la antítesis de los valores de la Ilustración. Sin ruborizarse, Trump cita “hechos alternativos”, niega el método científico y propone masivos recortes presupuestarios que afecten a la investigación realizada con fondos públicos, incluyendo aquella relativa al cambio climático, que Trump cree que es un engaño.

El proteccionismo defendido por Trump, Le Pen y otros plantea una amenaza similar a la economía mundial. Durante tres cuartas partes de un siglo se ha intentado crear un orden económico mundial basado en reglas, en el que los bienes, servicios, personas e ideas pudiesen moverse más libremente a través de las fronteras. Ante el aplauso de sus compañeros populistas, Trump ha lanzado una granada de mano a esa estructura.

Ante la insistencia de Trump y sus acólitos relativa a que las fronteras realmente revisten importancia, las empresas pensarán dos veces el momento de construir sus cadenas de suministro globales. La incertidumbre resultante desalentará las inversiones, sobre todo las inversiones transfronterizas, lo que disminuirá el impulso para un sistema global basado en reglas. Al tener menos inversiones en el sistema, los defensores de dicho sistema tendrán menos incentivos para impulsarlo.

Esto será problemático para el mundo entero. Nos guste o no, la humanidad permanecerá conectada globalmente, enfrentando problemas comunes como el cambio climático y la amenaza del terrorismo. Se debe reforzar, no debilitar, la capacidad y los incentivos para trabajar cooperativamente con el propósito de resolver estos problemas.

La lección que todo esto nos deja es algo que los países escandinavos aprendieron hace mucho tiempo. Los países pequeños de la región comprendieron que la apertura era la clave del rápido crecimiento económico y la prosperidad. No obstante, si iban a permanecer abiertos y democráticos, sus ciudadanos tenían que estar convencidos de que no se debía relegar a segmentos importantes de la sociedad.

Por consiguiente, el Estado de bienestar se convirtió en parte integral del éxito de los países escandinavos. Ellos comprendieron que la única prosperidad sostenible es la prosperidad compartida. Esta es una lección que ahora deben aprender Estados Unidos y el resto de Europa.

 

JOSEPH E. STIGLITZ, PREMIO NOBEL DE ECONOMÍA, ES PROFESOR UNIVERSITARIO DE LA UNIVERSIDAD DE COLUMBIA Y ECONOMISTA EN JEFE DE LA INSTITUCIÓN ROOSEVELT. SU LIBRO MÁS RECIENTE ES ‘THE EURO: HOW A COMMON CURRENCY THREATENS THE FUTURE OF EUROPE’.

 

© PROJECT SYNDICATE, 2017.

 

WWW.PROJECT-SYNDICATE.ORG

 

 

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Martes, 28 Febrero 2017 07:13

Cuba, año cero de la Transición

aúl Castro y su posible sucesor Miguel Díaz-Canel, el año pasado en La Habana.

 

El presidente Raúl Castro dará el relevo en febrero de 2018 a la nueva generación

 

Si cumple lo que anunció en 2013 al empezar su segundo lustro en el poder, Raúl Castro, de 85 años, dejará la presidencia de Cuba en febrero de 2018 dando paso a un Gobierno sin un Castro en la cima por vez primera en seis décadas. Es su oportunidad para definir su legado político, ya sin Fidel, fallecido en noviembre y cuya presencia se considera que limitaba el alcance de su reformismo. El último año de Raúl Castro podría ser el año cero de la Transición.

Si 2015 fue el año del deshielo con Estados Unidos, 2016 fue lo que se ha definido como el año de la contrarreforma, pues tras la visita oficial de Barack Obama con su invitación a la apertura la corriente fidelista reaccionó y la línea flexibilizadora del ya de por sí cauto raulismo se contrajo. Y 2017, enterrado Fidel Castro, es por ahora el año de la incertidumbre. “Es evidente que las reformas están estancadas hace dos años. A Raúl Castro le queda un año para poner las cosas en marcha y mejorar la economía”, dice el especialista en estudios cubanos Michael J. Bustamante, de la Universidad Internacional de Florida, que destaca dos elementos del nuevo panorama: “la amenaza de Trump de hacer retroceder las relaciones bilaterales” y “el final de la válvula de escape migratorio que suponía la norma pies secos, pies mojados y sin la que aumentará la presión social para que haya cambios”. “Creo que va a ser un año clave”, prevé.

Es improbable que la economía coja fuelle. “El Gobierno espera crecer 2% porque la economía venezolana mejore con la subida del precio del petróleo. Yo creo que eso es muy optimista, Venezuela se seguirá deteriorando”, afirma Carmelo Mesa-Lago, economista de la Universidad de Pittsburgh, que estima en un 10% el peso en el PIB cubano de los intercambios con Caracas. Junto con las remesas de cubanos en el exterior (2.500 millones de dólares al año) el turismo es el sector más dinámico. En 2016 llegaron cuatro millones de visitantes, el récord histórico, entre ellos 270.000 estadounidenses gracias a que Obama facilitó el trámite para viajar a Cuba sorteando la vigente prohibición de ir como turista. Y el año pasado empezaron los vuelos regulares de aerolíneas de EE UU a la isla. Pero el rebrote del origen turístico con más potencial para Cuba, hijo del deshielo entre Obama y Raúl Castro, está amenazado por la supuesta intención de Donald Trump de demoler la política bilateral de su antecesor. “La de los viajes es la parte más vulnerable”, opina el exdiplomático cubano Carlos Alzugaray. “Pero todavía no ha hecho nada, y si lo hiciese afectaría a compañías importantes”. “No se sabe qué va a hacer”, dice Mesa-Lago. “Es un loco impredecible”. La clase política de Cuba lo aguarda, comenta Alzugaray, “a la expectativa pero sin tremendismo”.

Mientras tanto la sociedad está ansiosa. Las relativas ilusiones creadas por el acercamiento a EE UU se han ido apagando entre la persistente carestía. Desabastecimiento, sueldos mínimos, falta de transporte –con los taxistas particulares de La Habana rumiando el paro colectivo por los topes de precios que se le han impuesto–. Y la noticia más cruda: el fin de la política de acogida de EE UU a los cubanos indocumentados. La puerta de salida se ha quedado casi cerrada y urge que se abran las puertas internas de la liberalización. “Hay que destrabar las fuerzas productivas”, juzga el economista Omar Everleny Pérez, “descentralizar la gestión de la empresa estatal, darle una nueva función al sector privado y extender la lista de oficios con permiso para ser ejercidos por cuenta propia. No pueden ser solo restaurantes y transporte, en Cuba hay arquitectos, hay abogados. ¿Por qué no pueden crear sus propias empresas?”.

Para desarrollarse Cuba necesita crecer más del 5%, dice Pérez, que no cree que se pueda llegar a esas cotas antes del 2020 sin que se cambien “las reglas del juego”. “Crear un mercado mayorista, facilitar a las cooperativas [colectivos laborales privados] la importación y la exportación, aprobar la inversión de empresas extranjeras”. Lo que Mesa-Lago define como “la transformación de la estructura económica del país” y considera que no se dará en lo que queda del mandato actual: “Yo creo que Raúl Castro está agotado”.

Quedaría para después, cuando, en palabras de Alzugaray, “una nueva generación de líderes cubanos asuma el poder”. Si bien Castro está asignado como secretario del Partido Comunista hasta 2021, único legal en la isla y constitucionalmente por encima del Ejecutivo, la presidencia pasará, se da por hecho, al vicepresidente Miguel Díaz-Canel, de 56 años, un hombre del aparato con reputación de reformista que en su día fue un desenvuelto fan del rock y se ha tornado, dice un diplomático citado por AP, “discreto y hermético”. Otras figuras de la renovación son el canciller Bruno Rodríguez, el exministro de Economía Marino Murillo y la encargada de los asuntos de EE UU, Josefina Vidal.

Cabe que aún con Raúl Castro se apure la prometida ley de pymes y una reforma de la ley electoral de baja escala que no abra la puerta al pluripartidismo. “Puede que no vengan cambios constitucionales profundos, pero tiene que haber algo”, avista Alzugaray. O también que se inicie el proceso gradual de abolición de la doble moneda (nacional y convertible, equiparada al dólar) que mantiene al país descalabrado entre costes de economía tercermundista y de país desarrollado.

La transición económica no tiene marcha atrás y la política no parece que asome hasta otra etapa más o menos distante. Circulan rumores de que la carta escondida podría ser la elevación a la cúspide del hijo del presidente, el coronel Alejandro Castro, de 52 años, mano derecha de su padre, su enviado secreto a la negociación del deshielo con EE UU y gozne entre el Ministerio del Interior y las Fuerzas Armadas. Pero lo más verosímil a la vuelta de un extenuante medio siglo de régimen de un solo hombre, Fidel Castro, es que la familia número uno y los poderes entorno hayan consensuado procurar una estabilidad institucional sin líderes públicos de alto perfil. Porque de cara a la Cuba que viene, como anunció con sabiduría ancestral en enero la predicción anual de augurios de la Asociación Cultural Yoruba, “ningún sombrero puede ser más famoso que la corona”.

 

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La canciller de Alemania, Angela Merkel, y el vicepresidente de EE.UU., Mike Pence. Múnich, Alemania

 

La Conferencia de Seguridad de Múnich, un encuentro anual de los políticos más influyentes del planeta, acaparó toda la atención mundial la semana pasada. Incluso los organizadores del evento reconocieron que el orden internacional está cambiando de manera irreversible, que Occidente está sumido en contradicciones, y que la nueva realidad requiere un cambio fundamental de enfoque.

 

 

Los organizadores los confirman: el mundo cambia

 

Unos días antes de la Conferencia, su director Wolfgang Ischinger señaló en una entrevista a 'Tagesspiegel' que EE.UU. ya no es un "símbolo del liderazgo político y moral" de Occidente.

Además, los organizadores del encuentro prepararon el extenso informe titulado '¿Posverdad, posoccidente, posorden?' en el que constatan una profunda crisis del orden mundial y de la democracia liberal, y advierten que los "turbulentos tiempos políticos" que vive el mundo debido al "aumento de la influencia de actores no occidentales" podrían indicar que "estamos al borde de una era posoccidental".

Estos pensadores consideran que la sociedad occidental cada vez está más cerrada en sí misma y abandona la solución de los problemas mundiales en manos de "fuerzas antiliberales", una tendencia que produce "una recesión geopolítica".

 

 
EE.UU., Europa y la manzana de la discordia

 

La relación entre EE.UU. y Europa, y el papel de la OTAN en la defensa de los países europeos está en el punto de mira tras la llegada de Donald Trump a la presidencia.

Durante la Conferencia, el vicepresidente de EE.UU., Mike Pence, aseguró que "EE.UU. es y siempre será el mayor aliado" de los miembros de la OTAN y será "firme en sus compromisos con la Alianza". Trump "estará con Europa", añadió Pence.

Sin embargo, subrayó que algunos países europeos "no pagan una parte justa" en lo que se refiere a la Defensa, lo que "erosiona la base de la Alianza". "Es hora de hacer más", declaró.

El secretario de Defensa de EE.UU., James Mattis, también prometió a los países europeos que EE.UU. cumplirá con sus responsabilidades, pero subrayó la necesidad de que aumenten el gasto en Defensa.

El analista Fiódor Lukiánov explica al portal Lenta.ru que se trata de una "contradicción aún por resolver" entre EE.UU. y Europa. Washington "quiere un aumento significativo del papel de Europa en la financiación de la OTAN", mientras que los países europeos, aunque "en principio están de acuerdo", están tratando "por todos los medios" de aplazar los pagos y reducir su tamaño.

La segunda tendencia, destacada por Lukiánov, es "la discordia interna europea" y las discusiones sobre el "grado de autonomía de los países dentro de la UE", que siempre han estado presentes, pero ahora se han incrementado "en gran medida".

 

 

¿Por qué el 'orden mundial liberal' estaba condenado al fracaso?

 

Por su parte, Serguéi Lavrov, ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, comenzó su intervención en la Conferencia recordando el famoso discurso de Vladímir Putin, pronunciado hace diez años. En aquella ocasión, el líder ruso advirtió en contra de los intentos de impedir la creación de un mundo multipolar, y según Lavrov, sus predicciones se han cumplido.

El canciller ruso resaltó una alta tensión en Occidente causada por la OTAN y su expansión, pero afirmó que Rusia aspira a tener unas relaciones constructivas con EE.UU. Lavrov añadió que Rusia no está buscando conflictos con nadie, pero que siempre será capaz de proteger sus intereses.

El ministro ruso de Exteriores también expresó su desacuerdo "con los que acusan a Rusia y a los nuevos centros de influencia global de intentar socavar el llamado 'orden mundial liberal'". Según el ministro, la crisis de este modelo fue programada previamente, cuando el concepto de globalización económica y política fue creado como un instrumento para asegurar el crecimiento del club de la élite global y garantizar su dominio sobre los demás. "La sustentabilidad de tal sistema no puede ser duradera", aseveró el canciller.

 

 

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El presidente Trump inicia el proceso para reducir la regulación financiera

La conocida como Dodd-Frank Act incluye reglas para evitar episodios como el derrumbe de Lehman Brothers


Donald Trump sigue al pie de la letra las promesas que hizo durante la campaña electoral, al firmar este viernes dos decretos que inician el proceso de revisión del paquete de medidas reglamentarias conocido como la Dodd-Frank Act. La Ley se adoptó por iniciativa de la Administración de Barack Obama tras la pasada crisis financiera desatada por el desplome de Lehman Brothers para poner a raya a los grandes bancos y evitar abusos. El nuevo presidente considera, sin embargo, que el exceso de regulación afecta a los negocios y a la economía.


“Tengo amigos con buenas empresas que no pueden pedir prestado debido a las normas”, comentó Donald Trump al recibir en la Casa Blanca al grupo de empresarios que le asesorarán desde el sector privado en cuestiones económicas. Entre los asistentes se encontraba el consejero delegado de JPMorgan Chase, Jamie Dimon, la mayor entidad financiera por activos de Estados Unidos y que fue muy crítico en el pasado con el exceso de regulación.


La Dodd-Frank Act, que debe su nombre al exsenador Christopher Dodd y al exrepresentante Barney Frank, los dos demócratas, fue firmada en julio de 2010 por el entonces presidente Barack Obama para elevar la regulación y la supervisión sobre las grandes bancos sistémicos. El objetivo de las medidas que integra la legislación es evitar que asuman riesgos excesivos, como los que llevaron a la crisis financiera de 2008, la más grave desde la Gran Depresión.


La firma de las dos órdenes ejecutivas que marcan el inicio del proceso de revocación de la reforma impulsada por Obama entra, sin embargo, en contradicción con el ataque que lanzó durante la campaña contra los grandes titanes de Wall Street, por los excesos que llevaron a la crisis. Esos mismos ejecutivos, a los que demonizó y acusó de corromper el sistema político, son los que más se van a beneficiar de este eventual recorte porque relajará el control.


Los valores financieros respondieron al alza a la firma del decreto, en la mejor jornada desde mediados de noviembre, y auparon así de nuevo al índice Dow Jones hasta colocarlo por encima del nivel de los 20.000 puntos. Los más críticos con la maniobra desde las filas demócratas en el Congreso de EE UU, como la senadora Elizabeth Warren, consideran que el equipo del presidente tiene “amnesia” y olvidó cuál era la situación hace ocho años por los excesos de Wall Street.
Paso simbólico


Trump promete rebajar la regulación de manera “masiva”, como un incentivo a hacer negocios en EE UU. La firma de los decretos que marcan el inicio de revisión de la Dodd-Frank es, en cualquier caso, un paso simbólico porque corresponde a los legisladores reescribirla y es un trabajo de gran complejidad. En el momento de la firma de la orden ejecutiva estuvo presente Gary Cohn, que hasta hace unas semanas fue el segundo de mando en Goldman Sachs.


"La Dodd-Frank es una política desastrosa que está entorpeciendo los mercados y reduciendo la disponibilidad de crédito", aseguró el portavoz presidencial, Sean Spicer. La primera de las órdenes firmadas por Trump urge a una revisión integral de esta Ley, como pide la industria financiera. La segunda busca revertir una norma que fija las condiciones de inversión de los planes de pensiones de los trabajadores, un mercado que mueve tres billones de dólares.


La directriz de la Casa Blanca va a provocar en la práctica que las diferentes agencias que regulan y supervisan el sistema financiero procedan a examinar posibles cambios en la legislación, para simplificarla. El secretario del Tesoro tendrá que presentar un informe al respecto en 120 días con el detalle del plan que se va a seguir. En cualquier caso, no se espera que sea una revocación como la que Donald Trump quiere para la reforma del seguro médico Obamacare.


La legislación financiera es mucho más compleja y lo que buscaría es eliminar costes, más que dejar margen a los bancos para que asuman riesgo. La Dodd-Frank incluye reglas para evitar episodios como el que protagonizó Lehman Brothers, que incluyen el incremento de los colchones de capital que deben tener los bancos, las pruebas en situaciones de estrés y se creó una agencia para la protección del consumidor. La revisión no estará exenta de batalla en el Capitolio.

 

Nueva York 3 FEB 2017 - 17:29 COT

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Domingo, 21 Abril 2013 14:20

Dialéctica de la democracia

Dialéctica de la democracia

 

Edición 2013. Formato: 17 x 24 cm, 352 páginas
P.V.P:$35.000 ISBN:978-958-8093-92-5

 

Reseña:

Antonio García resalta, en "Dialéctica de la democracia", la pluralidad de imágenes de la "democracia": la liberal burguesa de tipo formal, representativa, política; la populista, basada sobre la redistribución de los ingresos y el acceso a nuevas clases y nuevas fuentes de poder, mediante la instauración de un Estado asistencialista, paternalista; y la socialista, que en distintos grados apunta a diversas formas limitadas de democracia económica o social. Frente a este fraccionamiento de la democracia, el Maestro Antonio García Nossa plantea frontalmente que el desarrollo económico es un todo y debe integrarse al desarrollo social, político, como arte y parte de una misma ecuación humana, social e institucional, lo cual encuentra plena vigencia en las discusiones que como sociedad tenemos que afrontar en la actual coyuntura que vive el país.

 

Antonio García Nossa. Nacido en Bogotá el 16 de Abril de 1912.Su obra, amplia y vital, en lo fundamental desconocida en nuestro país, resume la vivencia que tuvo en distintos países del continente, donde fue asesor de diversos gobiernos, en especial de asuntos agrarios, desde la primera presidencia de su amigo boliviano Hernán Siles Zuazo, pasando por el presidente socialista, el militar peruano Juan Velasco Alvarado, hasta el socialista chileno Salvador Allende.Otra faceta de su vida, la docencia, la practicó con dedicación a lo largo de América Latina, desde Argentina hasta México.

 
 
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“El liberalismo se plasma como un nuevo totalitarismo”

Algunos ya lo ven terminado, otros a punto de caer en el abismo, o en pleno ocaso, o en vías de extinción. Otros analistas estiman al contrario, que si bien el liberalismo atraviesa por una seria crisis, su modelo está lejos, muy lejos de abdicar. A pesar de las crisis y sus hondas consecuencias, el liberalismo sigue en pie, produciendo su lote insensato de beneficios y desigualdades, sus políticas de ajuste, su irrenunciable impunidad. Sin embargo, aunque siga aún vivo, la crisis ha desnudado como nunca sus mecanismos perversos y, sobre todo, puso en el centro de la escena no ya el sistema económico en el que se articula sino el tipo de individuo que el neoliberalismo terminó por crear: hedonista, egoísta, consumista, frívolo, obsesionado por los objetos y por la imagen fashion que emana de él. La trilogía de la modernidad liberal es muy simple: producir, consumir, enriquecerse. En su último libro, El individuo que viene después del neoliberalismo, el filósofo francés Dany-Robert Dufour plantea una pregunta que pocos se hacen: ¿Cómo será el individuo que surgirá tras los cataclismos y las intervenciones globales del liberalismo?
 

–El liberalismo, que se presentó como el salvador de la humanidad, terminó llevando al ser humano a un camino sin salida. Usted plantea su fin y se pregunta qué tipo de ser humano surgirá después del ultraliberalismo.

–En el siglo pasado conocimos dos grandes caminos sin salida históricos: el nazismo y el stalinismo. De alguna manera y entre comillas, después de la Segunda Guerra Mundial fuimos liberados de esos dos caminos sin salida por el liberalismo. Pero esa liberación terminó siendo una nueva alienación. En sus formas actuales, es decir, ultra y neoliberal, el liberalismo se plasma como un nuevo totalitarismo porque pretende gestionar el conjunto de las relaciones sociales. Nada debe escapar a la dictadura de los mercados y ello convierte al liberalismo en un nuevo totalitarismo que sigue a los dos anteriores. Es entonces un nuevo camino sin salida histórico. El liberalismo hizo explotar al ser humano. El historiador húngaro Karl Polanyi, en un libro publicado después de la Segunda Guerra Mundial, demostró cómo, antes, la economía estaba incluida en una serie de relaciones: las sociales, las políticas, las culturales, etc. Pero con la irrupción del liberalismo la economía salió de ese círculo de relaciones para convertirse en el ente que buscó dominar a todos los demás. De esta forma, todas las economías humanas caen bajo la ley liberal, es decir, la ley del provecho donde todo debe ser rentable, incluidas las actividades que antes no estaban bajo el mandato de lo rentable. Por ejemplo, en este momento usted y yo estamos hablando pero no apuntamos hacia la rentabilidad, sino a producir sentido. En este momento estamos en una economía discursiva. Pero hoy, hasta la economía discursiva está sujeta al “quién gana más”. Cada una de las economías humanas están bajo la misma lógica: la economía psíquica, la economía simbólica, la economía política, de allí el hundimiento de la política. Lo político sólo existe hoy para seguir lo económico. La crisis que atraviesa Europa muestra que cuanto más se profundiza la crisis, más la política deja la gestión en manos de la economía. La política abdicó ante la economía y ésta tomó el poder. Los circuitos económicos y financieros se apoderaron de la política. La crisis es, por consiguiente, general.
 

–El título de su libro, El individuo que viene después del liberalismo, implica la doble idea de una fase triunfal y de un fin del liberalismo.

–Paradójicamente, en el momento de su triunfo absoluto el liberalismo da signos de cansancio. Nos damos cuenta de que nada funciona y le gente va tomando conciencia de esta fallo y tiene una reacción de incredulidad. Los mercados se propusieron como una suerte de remedio a todos los males. ¿Tiene usted un problema? Pues entonces acuda al Mercado y éste le aportará la riqueza absoluta y la solución de los problemas. Pero ahora nos damos cuenta de que el Mercado acarrea devastaciones. Así vemos cómo ese remedio que debía aportarnos la riqueza infinita no trae sino miseria, pobreza, devastación. Desde luego, el capitalismo produce riqueza global pero pésimamente repartida. Sabemos que desde hace 20, 30 años las desigualdades han aumentado a través del planeta. La riqueza global del capitalismo despoja de sus derechos a millones de individuos: los derechos sociales, el derecho a la educación, a la salud, en suma, todos esos derechos conquistados con las luchas sociales están siendo tragados por el liberalismo. El liberalismo fue como una religión llena de promesas. Nos prometió la riqueza infinita gracia a su operador, el Divino Mercado. Pero no cumplió.
 

–En su crítica filosófica al liberalismo usted pone de relieve uno de los estragos principales que causó el pensamiento liberal: los individuos están sumidos a los objetos, no a los semejantes, al otro. La relación en si, la sensualidad, fue reemplazada por el objeto.

–Las relaciones entre los individuos pasan al segundo plano. El primero lo ocupa la relación con el objeto. Esa es la lógica del mercado: el mercado puede a cada momento agitar ante nosotros el objeto capaz de satisfacer todos nuestros apetitos. Puede ser un objeto manufacturado, un servicio y hasta un fantasma a medida construido por las industrias culturales. Estamos en un sistema de relaciones que privilegia el objeto antes que el sujeto. Esto crea una nueva alienación, una suerte de modalidad adictiva con los objetos. Este nuevo totalitarismo que es el liberalismo pone en manos de los individuos los elementos para que se opriman a sí mismos a través de los objetos. El liberalismo nos deja la libertad de alienarnos nosotros mismos.
 

–Usted sitúa el principio de la crisis en los años ’80 a través de la restauración de lo que usted llama el relato de Adam Smith. Usted cita una de sus frases más espantosas: para esclavizar a un hombre hay que dirigirse a su egoísmo y no a su humanidad.

–Adam Smith remonta al siglo XVIII y su moral egoísta se expandió un siglo y medio después con la globalización del mercado en el mundo. De hecho, Smith tardó tanto porque hubo otro mensaje paralelo, otro Siglo de las Luces, que fue el del trascendentalismo alemán. Al contrario de las Luces de Smith, las alemanas proponían la regulación moral, la regulación trascendental. Esta regulación podía manifestarse en la vida práctica a través de la construcción de formas como las del Estado a fin de regular los intereses privados. A partir del Siglo de las Luces hay dos fuerzas que se manifiestan: Adam Smith y Kant. Estos dos campos filosóficos coexistieron de manera conflictiva a lo largo de la modernidad, es decir, a través de dos siglos. Pero en un momento el trascendentalismo alemán se hundió y le dejó el lugar al liberalismo inglés, el cual adquirió una forma ultraliberal. Se puede fechar ese fenómeno a partir del principio de los años ‘80. Hay incluso una marca histórica que remonta al momento en que Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Gran Bretaña llegan al poder e instalan la libertad económica sin regulación. Esa ausencia de regulación destruyó inmediatamente las convenciones sociales, es decir, los pactos entre individuos.
 

–De allí proviene la trilogía “producir, consumir, enriquecerse”. Usted llama a esa trilogía la pleonexía.

–El término de pleonexía lo encontré en la República de Platón y quiere decir “siempre tener más”. La República griega, la Polis, se construyó sobre la prohibición de la pleonexía. Puede decirse entonces que, hasta el siglo XVIII, toda una parte de Occidente funcionó en base a esa prohibición y se liberó de ella en los años ’80. A partir de allí se liberó la avidez mundial, la avidez de los mercados, la avidez de los banqueros. Recuerde el discurso que pronunció Alan Greenspan (ex presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos) ante la Comisión norteamericana después de la crisis de 2008. Greenspan dijo: “Pensaba que la avidez de los banqueros era la mejor regulación posible. Me doy cuenta de que eso no funciona más y no sé por qué”. Greenspan confesó de esa manera que lo que guía las cosas es la liberación de la pleonexía. Y ya vemos ahora adónde conduce.
 

–Llegamos ahora al después, al hipotético ser humano del después del liberalismo. Usted lo ve bajo los rasgos de un individuo simpático. ¿Qué sentido tiene el término simpático en este contexto?

–Nadie es bueno al nacer como lo pensaba Rousseau, ni tampoco malo como lo pensaba Hobs. Lo que podemos hacer es ayudar a la gente a ser simpática, es decir, a no pensar sólo en sí misma y a pensar que para vivir con el prójimo hay que contar con él. El otro está en mí, las imágenes de los otros están en mí y me constituyen como sujeto. La idea misma de un individuo egoísta es un sinsentido porque esto obliga a que nos olvidemos de que el individuo está constituido por partes del otro. Y cuando hablo de un individuo simpático no empleo el término en su acepción más común, digamos alguien simplemente simpático. No. Se trata del sentido que tenía la palabra en el siglo XVIII, donde la simpatía era la presencia del otro en mí. Necesito entonces la presencia del otro en mí y el otro necesita mi presencia en él para que podamos constituir un espacio donde cada uno sea un individuo abierto al otro. Yo cuido del otro como el otro cuida de mí. Eso es un individuo simpático.
 

–Vamos con la simpatía, pero sobre qué bases se construye el individuo que viene después del liberalismo. ¿La razón, la religión, el deporte, el ocio, la solidaridad, otra idea del marcado?

–En este libro hice un inventario sobre los relatos antiguos: el relato del logos, de la evasión del alma de los griegos, el relato sobre la consideración del otro en los monoteísmos. Me di cuenta de que en ambos relatos había cosas interesantes y también aterradoras. Por ejemplo, la opresión de las mujeres en el patriarcado monoteísta equivale a la opresión de la mitad de la humanidad. ¿Acaso queremos repetir esa experiencia? No, por supuesto. Otro ejemplo: en el logos, para que haya una clase de hombres libres en la sociedad es preciso que haya una clase oprimida y esclavizada. ¿Queremos repetir eso? No. Refundar nuestra civilización luego de los tres caminos sin salida que fueron el nazismo, el stalinismo y el liberalismo requiere una refundación sobre bases sólidas. Por eso llevé a cabo el inventario, para ver qué podíamos recuperar y qué no, cuánto del pasado podía servirnos y cuánto no. La segunda consideración atañe a aquello que podría ayudar al individuo a ser simpático antes que egoísta. Para ello es preciso reconstruir un medio donde se pueda ser simpático y no egoísta. En este contexto, la idea de la reconstrucción de lo político, de una nueva forma del Estado que no esté dedicado a conservar los intereses económicos, sino a preservar los intereses colectivos, es central.
 

–¿Cuál es entonces el gran Relato que podría salvarnos?

–Hemos dejado en el camino los grandes relatos de antes y creemos cada vez menos en el gran relato del mercado. Estamos a la espera de algo que una al individuo, es decir, un gran relato. Yo propongo el relato de un individuo que ha dejado de ser egoísta, que no sea tampoco el individuo colectivo del stalinismo, ni tampoco el individuo ahogado en la raza que se cree superior como en el nazismo y el fascismo. Se trata de un relato alternativo a todo esto, de un relato que persiste en el fondo de la civilización. Creo que el valor de civilización occidental radica en que puso el acento en la individuación, es decir, la idea de la creación de un individuo capaz de pensar y actuar por sí mismo. No hay que olvidar la noción de individuo, sino reconstruirla. Contrariamente a lo que se dice, no creo que nuestras sociedades sean individualistas, no, nuestras sociedades son lamentablemente egoístas. Esto me hace pensar que al individuo como tal le queda mucho margen de existencia, que hay muchas cosas de él que no conocemos. Tenemos que hacer existir al individuo fuera de los valores del mercado. El individuo del stalinismo fue disuelto en la masa del colectivismo, el individuo del nazismo y del fascismo fue disuelto en la raza, el individuo del liberalismo fue disuelto en el egoísmo. El individuo liberal es un esclavo de sus pasiones y sus pulsiones. Debemos elevarnos de este camino sin salida liberal para recrear un individuo abierto al otro, capaz de realizarse totalmente. Hay textos filosóficos de Karl Marx que no soy muy conocidos y en los cuales Marx quería la realización total del individuo fuera de los circuitos mercantiles: en el amor, en la relación con los otros, en la amistad, en el arte. Poder crear lo máximo a partir de las disposiciones de cada uno. Tal vez habría que recuperar ese relato del Marx filósofo y olvidar el del Marx marxista.
 

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