Lunes, 25 Mayo 2020 06:31

Covid: acelerador de cambios

Covid: acelerador de cambios

Las crisis son aceleradoras de cambios. La irrupción de los derechos sociales en las leyes laborales a nivel mundial no se entenderían sin la Primera Guerra Mundial, el Estado de bienestar y la concepción del gobierno como motor económico no sería igual sin la Segunda Guerra Mundial y la reconstrucción que devino. De manera más silenciosa, pero igual de relevante, está el listado de cambios sociales y políticos que se generaron tras la crisis financiera global de 2008: la crisis del modelo neoliberal, o del capitalismo de libre mercado, empezó con la caída de Lehman Brothers, la ruptura de la confianza, el absurdo del modelo de compra de derivados e hipotecas subprime, que le costaron al mundo el primer gran tropiezo desde la Gran Depresión. Recordar estos hitos me parece oportuno en el momento que estamos viviendo, y la pregunta parece obvia: ¿qué mundo, qué país, nos espera después del Covid-19?, ¿cuáles serán las características de esa "nueva normalidad" o modelo de convivencia social?, ¿quién gana y quién pierde en el reacomodo?

Existe un aparente consenso respecto a que nada será igual. De alguna manera, hay un relativo consenso respecto a que ese cambio será positivo. Las imágenes de la naturaleza recuperando espacios, de los animales salvajes tomando las calles, de la solidaridad y la conciencia cívica para enfrentar la pandemia animan ese espíritu positivo en la opinión pública confinada. Vayamos borrando esa impresión optimista, o la decepción será mayúscula. No tenemos derecho a engañarnos. El mundo que viene, la normalidad pospandemia, será de una profunda crisis económica global, de un replanteamiento de las cadenas de suministro, de una sutil y cotidiana sicosis, y de un desempleo sin precedente; ver la cifra de 40 millones de personas que han perdido su trabajo en Estados Unidos, la economía más poderosa del mundo, nos debe dar una idea del problema.

Hay un dato de Google que se popularizó hace tiempo, en el que pronostica que la mitad de los empleos en la próxima década aún no existen, y la mitad de los que hoy tenemos, desaparecerán. La automatización de la mano de obra, la digitalización de procesos, la "economía de la distancia" han encontrado en el Covid-19 su mejor catalizador. Pongo un ejemplo a ras de piso: cuántos changarros, pequeños restaurantes y fondas se montaron en aplicaciones como Rappi en estos días, para poder pagar las cuentas y subsistir. Esa adaptación no tiene reversa.

Sin ser un juego de suma cero, es inevitable pensar que lo que ganen algunas industrias, lo perderán otras. El turismo, el entretenimiento en vivo, las aerolíneas, las escuelas y universidades enfrentarán la mayor presión financiera de que tengan registro: ¿quién quiere y puede viajar a China, a Italia, hoy?, ¿deben –como se preguntan cientos de miles de estudiantes a nivel mundial– las colegiaturas mantenerse intactas, cuando la educación es en línea?, ¿cuántos aviones estacionados, a medio llenar, hay y habrá en los próximos años? El dato de que Air France/KLM hayan decidido dejar de utilizar el Airbus 380 –el avión de mayor capacidad– es un signo inequívoco de lo que viene.

¿Nos espera un mundo más limpio, más libre, más democrático, más próspero?, ¿nos espera uno más tenso, más paranoico, más cerrado entre pueblos y países, alérgico a la globalización y propenso a enfermar? La larga noche de las guerras del siglo XX nos dan un indicador importante. El abuso en el Tratado de Versalles al fin de la Primera Guerra, que hincó y devastó a Alemania, fue el caldo de cultivo para el crecimiento del descontento, el nacionalsocialismo, la barbarie y la Segunda Guerra. El fin de la pandemia y el establecimiento de un nuevo orden en nuestro tiempo marcarán el siglo XXI para bien –como muchos esperan– o para mal.

Por ello, como lo he escrito en otros artículos, reitero: es momento de que con humildad y sin prepotencias de grupo busquemos acuerdos ante algo tan complejo que hoy vive toda la humanidad. Es tiempo de escucharnos todos, de ponderar, sí con el conocimiento técnico, pero sin creer ser poseedores de la verdad absoluta; tampoco es tiempo de manipular verdades a través del poder; es tiempo de madurar acuerdos entre todos, por más difícil que parezca, para que en esta realidad prevalezca la cordura de que impere el bien común sin avasallar al que piensa y, por tanto, actúa diferente. Si ante un fenómeno tan desgarrador, como lo ha sido esta pandemia, no somos capaces de actuar con sensatez y prudencia, habrá ganado el egoísmo protagónico que nos coloque en una enfermedad aún más grave que la propia pandemia.

Al final de esta terrible jornada de la pandemia los países, y por tanto el mundo entero, harán real registro de los tantos cambios que hoy se pronostican hacia el futuro, y al cabo de un tiempo relativamente cercano sabremos si como generación fuimos capaces de haber aprendido la lección y si ello derivó a ser mejores o no. Así serán, ni más ni menos, nuestros hijos y nietos, quienes en un futuro cercano nos juzguen

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¿Quién ganó la segunda guerra mundial?

Se cumplen setenta y cinco años del fin de la Segunda Guerra Mundial. Se dice que la actual gravísima pandemia es la peor desde ese acontecimiento. Es posible. Hay que preguntarse por qué ocurrió esa anterior pandemia. La llamada Segunda Guerra fue resultado –en muchos aspectos- de la primera. La ambición torpe de las potencias ganadoras fue hasta el extremo de humillar a Alemania con un tratado de paz que era, sin más, una injuria. ¿Qué sectores de Inglaterra, Francia y Estados Unidos cometieron tal torpeza? Los de siempre: los banqueros y los militares. Alemania quedó en la ruina y no tuvo manera de levantarse. Para colmo, los revolucionarios espartaquistas fueron derrotados y un militar –alemán, claro- liquidó de un tiro en la cabeza a Rosa Luxemburgo, que fue arrojada como un despojo apiojado a un riacho y ahí quedó, en el lecho de ese río, víctima de la brutalidad del ejército derrotado en los campos de batalla de las trincheras y los gases letales. Porque la Primera Guerra fue terrible. Una matanza ciega, donde algunos no sabían contra quien o a favor de quien luchaban. Se dijo que sería la “guerra que habría de terminar con todas las guerras”. Falso. Cuando los aliados le impusieron a Alemania el Tratado de Versalles pusieron los cimientos de la siguiente guerra, que superó en horrores a la primera.

Alemania buscó recuperarse con la social-democracia de la ruidosa República de Weimar, con sus cabarets y su cine expresionista. Pero fue una democracia débil. En sus entrañas creció sin mayores problemas (aunque no dejó de tenerlos) el nacionalsocialismo, con las bandas callejeras de las SA y el golpe de la cervecería de Munich, que el ejército aún (apenas aún) leal a la democracia de Weimar hizo fracasar. Hitler quedó levemente herido, Göring duramente y Röhm (la cabeza de las SA) fue arrestado de inmediato. Hitler fue sometido a un juicio con jueces y fiscales que lo admiraban y, en su defensa, pronunció unos discursos formidables que le ganaron más adeptos. Luego, en 1924, fue recluido en la prisión de Landsberg por unos meses. Lo trataron muy bien y el futuro Führer dictó a Rudolf Hess el libro que sería la Biblia del nacionalsocialismo, Mi lucha. Todo estaba claro ahí. El tipo era un paranoico criminal, lleno de odio, ambiciones desmedidas y un racismo (odio a los judíos, a los gitanos, a los eslavos) que prenunciaba lo que vendría. El fracaso del golpe de Munich le enseñó que sería imposible llegar al poder con esa metodología. Habría que hacerlo por medio de la democracia y el parlamentarismo. Encontró a un genio de la propaganda, un hombre de baja estatura, rengo, tenaz, con una sonrisa arrolladora (cuando sonreía) y una inteligencia indudablemente poderosa. Era Joseph Goebbels.

En 1933 los nazis llegan al poder. Las cárceles están llenas de opositores políticos, las masas (que han visto el despliegue de la brutalidad de las SA en las calles y contra los comunistas) le temen al vertiginoso Führer, pero, a la vez, ven en él (dentro de una economía devorada por la inflación) al único posible salvador de la patria. Grave error que pagarían caro. Hitler llevaría el país al desastre total. Desencadenaría una guerra que habría de amontonar entre 50 y 75 millones de muertos. Al final, recluido en el búnker de la cancillería, con un parkinson que lo hacía temblar, con la mirada perdida, drogado, desolado ante la aplastante derrota habría de pegarse un tiro. Ya Goebbels era el nuevo Führer, dio el último dicurso fragoroso (con los soviéticos a 200 metros) y luego envenenó a sus seis hijos, le pegó un tiro a su esposa Magda, una nazi recalcitrante, y se mató él. La Segunda Guerra Mundial había terminado.

El ascenso de Hitler al poder fue apoyado por la oligarquía industrial alemana, por las acerías británicas y norteamericanas, por la Ford (Hitler tenía un retrato de Henry Ford en su despacho), la General Motors, la tibieza de Francia y la endeblez negociadora de Inglaterra por medio de su primer ministro Neville Chamberlain, que admiraba el crecimiento de Alemania. Hasta Churchill dijo, en 1938, que desearía un hombre como Hitler si su país se viera en problemas graves. ¡Y la versión occidental dice que todo se debió al pacto Molotov-Ribbentrop que permitió la invasión a Polonia! La Unión Soviética fue el país que menos apoyó a Hitler en comparación con las otras grandes potencias. Y fue la que más hizo para derrotarlo. No es que uno sea stalinista ni bolchevique, Dios nos libre, pero la verdad hay que decirla. Sobre todo cuando occidente insiste en falsear la historia.

El error que llevó a Hitler a perder la guerra fue la apertura de un segundo frente en el Este, la Operación Barbarrosa. Arrojó, sobre la URSS, 200 divisiones. Unos tres millones de hombres. Repitió el brillante método de la Blitzkrieg, la guerra relámpago. Avanzó con una rapidez fulminante en territorio ruso. Los horrores que cometieron los alemanes en esa campaña son incontables e indescriptibles. Mataron a millones de campesinos, eslavos todos, una raza inferior para los nazis. Leningrado resistió con heroísmo. Shostakovich, en pleno sitio de la ciudad, compuso su séptima sinfonía. Y los nazis se detuvieron en Stalingrado, un punto de conquista cuyo nombre seducía a Hitler. Goebbels no manejó la propaganda de la campaña de Rusia. Se había opuesto a la apertura de un frente en el Este. No se había ganado la batalla de Inglaterra. Los aviones de la Royal Air Force desplegaron un coraje poderoso y frenaron a los incesantes aviones de la Luftwaffe de Hermann Göring, que había sido un as de la aviación durante la primera guerra. No se podían distraer 200 divisiones en Rusia cuando aún Inglaterra estaba lejos de ser vencida. Pero Hitler, en 1941, cuando invade Rusia, cree aún en la invencibilidad de la Wermacht. Stalingrado lo golpeó duramente. El mariscal von Paulus, al frente de la Operación Barbarrosa, se rindió incondicionalmente y empezó a colaborar con los soviéticos.

Entonces el Ejército Rojo pasó a la ofensiva. Y entraron en Berlín y plantaron una bandera roja en lo alto del Reichtag y ganaron la guerra. Habían perdido 27 millones de hombres. Se cumplieron en estos días 75 años. Inglaterra fue heroica resistiendo a la Luftwaffe en 1940. Los norteamericanos, y sus aliados, invadieron Normandia y lucharon contra 10 divisiones alemanas. Patton (que, al fin de la guerra, quería rearmar a las SS y avanzar hasta Moscú que era “el verdadero enemigo”) fue un general brillante. Eisenhower también. Y el orgulloso Montgomery no menos. Pero el general Zhukov y su Ejército Rojo fueron los que más hicieron por la derrota del nacionalsocialismo. Las películas de Hollywood nos contaron con Spielberg los horrores del desembarco en Normandía, Francias Ford Coppola escribió el magnífico guión sobre el magnífico Patton, y los rusos hicieron películas, que nunca vimos, para contar la resistencia de su pueblo y la eficacia heroica de sus soldados. Hay que contar esta versión. No solo es justa, también es cierta.

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Jueves, 21 Mayo 2020 06:30

Recuerdos del terrorismo yanqui

Recuerdos del terrorismo yanqui

La Seguridad del Estado de Cuba ha documentado 581 agresiones en 41 países contra representaciones de la isla en el exterior (http://www.cubadebate.cu/especiales/2020/05/17/hablamos-de-terrorismo-cuba-ha-sufrido-cientos-de-agresiones). Aquí hablo de dos que me tocaron cerca afectivamente. La bomba de alto poder que estalló en la embajada de Cuba en Lisboa cerca de las 5 de la tarde cuando estaban al entrar al lugar los pequeños hijos de los diplomáticos cubanos que regresaban de la escuela. Como un rayo, fulminó a Adriana Corcho Calleja y a Efrén Monteagudo Rodríguez, de 35 y 33 años, respectivamente, funcionarios de la sede diplomática. El dispositivo fue dejado junto a la puerta de uno de los departamentos que formaban parte de la representación cubana por un individuo que entró al vetusto edificio y se retiró de manera apresurada.

Era el 22 de abril de 1976, cuatro meses después de que tropas cubanas derrotaron una importante agresión esmeradamente organizada por la CIA contra la naciente República Popular de Angola. Estados Unidos lanzó una potente columna del ejército racista sudafricano, numerosas fuerzas del vecino Zaire y experimentados mercenarios blancos contra el joven Estado. Al percatarse de lo que se avecinaba, el presidente angoleño Agustino Neto solicitó el apoyo de Cuba. Yo había conocido a Adriana durante una misión reporteril en la Lisboa de la revolución de los claveles y esto hizo que mi estremecimiento fuera mayor ante la noticia del atentado. Muy cerca de donde estalló la bomba conversamos en más de una ocasión y pude aquilatar su pensamiento revolucionario, competencia profesional y buen talante.

La primera derrota militar ante Cuba en Angola –todavía faltaba otra mucho más contundente en 1988– enfureció al gobierno del presidente Gerald Ford y en particular a la CIA. Justo seis meses después del crimen en Lisboa y en nuevas circunstancias luctuosas por el sabotaje contra un avión de Cubana en vuelo donde murieron sus 73 ocupantes, Fidel Castro expresó: "En los últimos meses el gobierno de Estados Unidos, resentido por la contribución de Cuba a la de­rrota sufrida por los imperialistas y los racistas en África, junto a brutales amenazas de agresión, desató una serie de actividades terroristas contra Cuba. Esa campaña se ha venido intensificando por días y se ha dirigido, fundamentalmente, contra nuestras sedes diplomáticas y nuestras líneas aéreas."

El 11 de septiembre de 1979, Félix García, mi amigo y diplomático de la misión de Cuba ante la sede de la Organización de Naciones Unidas en Nueva York, se dirigía a una cena en el barrio de Queens, después de haber acompañado a amigos chilenos a un acto para recordar al presidente Salvador Allende, asesinado exactamente seis años antes en un golpe de Estado orquestado por la CIA, pero no pudo llegar a su destino.

Al detenerse su auto en un semáforo, el terrorista Pedro Remón, entrenado en ese tipo de acciones por la central de inteligencia gringa, le descargó desde una motocicleta una ráfaga de tiros que puso fin a su vida. Ya nunca más Félix iluminaría mi oficina en la revista Bohemia con sus dicharachos criollos y simpatía personal.

Félix es el único caso de un diplomático acreditado ante Naciones Unidas que haya sido asesinado en Nueva York. Remón reivindicó el crimen en llamadas a los medios, pero no fue hasta avanzados los años 80 que resultó juzgado y condenado por un tribunal estadunidense, cuando sus sangrientas acciones terroristas habían comenzado a perjudicar intereses de Washington.

Por cierto, en cuanto cumplió su condena continuó con absoluta impunidad su actividad terrorista contra Cuba, dentro y fuera de Estados Unidos.

Los dos casos anteriores están entre los más notables atentados perpetrados contra sedes y funcionarios diplomáticos cubanos, pero también en muchos otros ha corrido sangre, no sólo cubana, sino de personas de otras nacionalidades. Aquí mismo en México el ya mencionado terrorista Pedro Remón tuvo una participación en un intento de secuestro, en 1976, de Daniel Ferrer Hernández, cónsul de Cuba en Mérida, en el que resultó asesinado el técnico de pesca cubano Artagnan Díaz Díaz.

La historia del terrorismo contra Cuba y, en particular, contra sus sedes diplomáticas, es larga. Pero hay razones para pensar que la mafia fascista de Miami y sus amigochos en el (des)gobierno de Donald Trump se proponen estimular la vuelta a esas prácticas.

Estados Unidos continúa su mutismo cómplice respecto del ametrallamiento de la embajada de Cuba en Washington, cometido el pasado 30 de abril. Ni una palabra sobre un hecho tan grave parece esconder algo inconfesable. Si este atentado no es investigado y esclarecido con apego a las leyes de Estados Unidos y a la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas sentará un nefasto precedente.

Twitter: @aguerraguerra

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Sábado, 16 Mayo 2020 06:26

Tres historias berlinesas

Jóvenes alemanes celebran la reunificación del país frente a la Puerta de Brandeburgo en la ciudad de Berlín en octubre de 1990 / Foto: Afp, Gilles Leimdorfer

A 30 años de la reunificación alemana.

Mientras la Rfa completaba la anexión de la Rda, la vida de los alemanes cambió para siempre. Un punk, una estudiante y un soldado recuerdan cómo vivieron aquellos días turbulentos y reflexionan sobre la herencia agridulce de aquel proceso de unión, que aún condiciona a la Alemania actual.

 

Desde Berlín

A lo largo de 1990, las dos Alemanias suscribieron una serie de acuerdos que concretaron su reunificación tras la caída, el año anterior, del Muro de Berlín. El 18 de mayo se cumplirán 30 años de la firma del tratado de unión monetaria, económica y social, que significó que la República Democrática Alemana (Rda) adoptara la economía de mercado y el marco alemán. Separada por 45 años después de la Segunda Guerra Mundial, Berlín, testigo y protagonista de esta historia, conserva las huellas del pasado como si fueran tatuajes en el cuerpo: un diario de vida estilizado que se expone orgullosamente ante los demás.

 

UN REBELDE COOL DE BERLÍN ORIENTAL.

 

Sven Marquardt también concibe sus propios tatuajes como un diario de vida: una manera de llevarse imágenes y citas hasta el día de su muerte, según expresa en su autobiografía Die Nacht ist Leben (La noche es la vida), publicada en 2014. Sven Marquardt es portero del legendario club (discoteca) berlinés Berghain, conocido por su estricta política de admisión. También es fotógrafo y hasta el día de hoy se mantiene fiel a su preferencia por los retratos. Si alguna vez Berlín fue declarada “la ciudad más cool de Europa”, eso también se debe a figuras emblemáticas como Sven Marquardt.

Nacido en Berlín Oriental en 1962, Marquardt forjó su juventud en la Rda. “Pasé mucho tiempo en los llamados Interhotels de Berlín [Oriental], en el Metropol y el Berolina. El ambiente allí era cosmopolita, porque entre los huéspedes había alemanes occidentales y otros extranjeros que traían moneda fuerte. Me despertaba a menudo en una cama de hotel. Los hombres con los que me iba voluntariamente tenían 30 o 40 años, el doble de mi edad”, cuenta.

Si bien la homosexualidad en la Rda fue tempranamente despenalizada, en 1968, a los homosexuales se les impedía tener locales propios, asociaciones y revistas, y todavía en los ochenta la Stasi los vigilaba como si fueran criminales. La moral del Partido Socialista Unificado (Sed, por sus siglas en alemán) quería familias nucleares con padre y madre trabajadores. La patria no eran los homosexuales. Marquardt, además, era un joven punk en el Berlín Oriental de los años ochenta. Debido a sus intentos de suicidio, el Ejército lo declaró “inútil” (en alemán: ausgemustert) y así pudo evitar el servicio militar obligatorio. “Nueva York está donde nosotros estamos” era una de las máximas en su grupo de amigos, recuerda. Como no podían viajar a la vibrante atmósfera de la metrópoli estadounidense, reinventaron una actitud ante la vida inspirada en ella y vivieron de la forma menos convencional posible en su propia ciudad. Jóvenes punks en la Rda, el Estado de los trabajadores y los campesinos.

 

BERLÍN OCCIDENTAL Y EL LUGAR DEL OTRO.

 

Distinta era la situación del otro lado del muro. “Berlín era considerado un espacio de libertad, incluso algo exótico para muchos jóvenes de Alemania Occidental. Era una ciudad de jóvenes y jubilados, prácticamente sin sectores medios, cuya agitación política y diversidad cultural no hubiera sido posible sin la existencia del muro”, me explica Susanne Klengel en su despacho del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Libre de Berlín, donde hoy es catedrática de literatura latinoamericana.

Nacida en Múnich en 1960, Klengel llegó a Berlín Occidental en 1980. Allí participó activamente en el movimiento feminista, en los incipientes círculos de interés sobre América Latina (como la todavía existente librería Andenbuch, fundada por el germano-uruguayo Thomas Rübens en 1986). Cuando su presupuesto de estudiante se lo permitía, tramitaba la visa para cruzar la frontera. “Había cierto voyerismo occidental al visitar Berlín Oriental, sin dudas, pero también había una apertura y una curiosidad sinceras. No éramos meros turistas. Percibíamos algo muy extraño y muy cercano del otro lado del muro”, recuerda y se levanta para poner un letrero en la puerta de su despacho que dice: “Prüfung, bitte nicht stören!” (examen, por favor, no moleste). “Para que no toquen más a la puerta”, me dice y sonríe

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LA CAÍDA DEL MURO.

 

Poco antes del 9 de noviembre de 1989, Sven Marquardt cruzó a Berlín Occidental. Tuvo la oportunidad de viajar al sur de Francia para un festival de fotografía a través de la Asociación de Artistas de la Rda. Sin embargo, no llegó más que a Kreuzberg: “Estar de pronto del otro lado tenía algo melancólico y algo bastante absurdo. Me dije a mí mismo: imagináte quedarte acá, sin poder volver nunca más a casa”. ¿Por qué debería viajar al sur de Francia si ya tenía bastante con entender su propia ciudad dividida? Marquardt volvió a la parte este. Unos meses después, se caía el Muro de Berlín: “Esa misma noche tuvo lugar el estreno de Coming Out en la Rda, una película de Heiner Carow que trata de un joven profesor gay de Berlín Oriental. […] Desde la perspectiva actual, el título de la película tuvo una gran connotación para ese día. Porque también un país entero se destapaba el 9 de noviembre. Coming Out fue el título para una nueva era”.

A las siete de la tarde fue cuando Susanne Klengel, en Berlín Occidental, vio por televisión la histórica conferencia de prensa en la que Günter Schabowski anunció sorpresivamente la apertura de la frontera amurallada. “Lo escuché, pero no podía creerlo. Para mí, eso era algo tan irreal que luego apagué la televisión y me fui a dormir. Al día siguiente fui al centro de la ciudad y el subte estaba repleto de gente. De pronto una persona se me acercó y me preguntó, con un inconfundible acento berlinés, cómo ir a Ku’damm. ¿Qué hace un berlinés preguntando cómo llegar a una de las avenidas más famosas de la ciudad?, pensé. Ahí me di cuenta de que el muro se había caído.” El encuentro presagiaba la reunificación.

La caída del muro fue un evento que ni la propia Rda pudo prever. Así me lo cuenta Jan Steffen, quien, al contrario de Sven Marquardt, sí ingresó al Ejército de la Rda. En 1988 se enroló, con 18 años, en las Grenztruppen, las Tropas de Frontera. Me reuní con él en un café de Prenzlauer Berg, su barrio natal en Berlín, y allí me contó cómo vivió ese día histórico: “El 9 de noviembre, mi turno iba hasta las diez de la noche. Volví al cuartel y nadie se había enterado de la conferencia de prensa. A la una de la mañana nos despertaron con alarma, nos ordenaron vestirnos y buscar el arma porque algo había sucedido en la frontera, pero no recibimos ninguna información de los oficiales. Mientras esperábamos para salir, encendimos la radio y finalmente comprendimos que la frontera había sido abierta. Sin embargo, a las seis de la mañana tuve que salir a patrullar y desde allí divisé una inmensa fila de autos que iba hacia Berlín Occidental. Fue en ese momento cuando sentí que se había hecho posible aquello que nunca lo había sido. Ahora sí habría un cambio”. Steffen me narra detalladamente cada uno de los sucesos y escucha atentamente mis preguntas, aunque a veces yo me demore un poquito más de la cuenta expresándome en alemán. Desde hace más de 20 años Steffen enseña su idioma materno como lengua extranjera.

 

¿LA RECONCILIACIÓN DE DOS PAÍSES?

 

Poco tiempo después de la reunificación, aún quedaba mucho tiempo por delante para que los alemanes se re-conocieran a sí mismos. Steffen me relató la ocasión, a mediados de los noventa, en la que fue a un cumpleaños en Wuppertal (Alemania Occidental) donde sólo había alemanes del oeste. Era el 2 de octubre y, en determinado momento, se dieron cuenta de que el día siguiente era feriado y todavía debían hacer algunas compras. Alguien preguntó qué feriado era, pero nadie supo la respuesta. Steffen nunca lo olvidará: “Para ellos, el 3 de octubre, el Día de la Unidad Alemana, era un evento muy lejano”. Al mismo tiempo, era algo que él no les podía reprochar, porque “para ellos sólo se agrandó su país”.

En 1993 conoció a su ahora exesposa, oriunda de la Renania del Norte, y así empezó a viajar a Alemania Occidental para visitar a su nueva familia. Eso le dio la oportunidad de conocer aquel país que había imaginado tantos años desde el otro lado de la Cortina de Hierro. “Muy conveniente: la mayoría de mis amigos de Alemania Oriental sólo viajaban por una o dos semanas de vacaciones, pero no conocieron realmente Alemania Occidental”, comenta Steffen irónicamente. ¿Reconciliación entre dos países? A Steffen no le parece acertada la palabra “reconciliación”. En cualquier caso, lo que sí hubo fue amor interalemán.

BAILANDO LA REUNIFICACIÓN.

La vocación artística de Sven Marquardt experimentó una ruptura con la reunificación. Tras la caída del Muro de Berlín, el entonces joven de 27 años trabajaba ocasionalmente como fotógrafo, pero rápidamente perdió el interés en su oficio y se entregó por completo a la vida nocturna de la capital reunificada. Allí encontró un refugio para aplazar los desafíos impuestos a su nueva identidad. “La Rda dejó de existir. ¿Significaba eso que tenía que reinventarme también? ¿Qué nos deparaba ese nuevo país, cómo sería nuestra vida? Con la misma vehemencia con que el tiempo pasado llegaba a su fin, el nuevo lo relevaba. No hubo período de prueba para nosotros”, reflexiona Marquardt en su autobiografía.

A través de su hermano Oliver, que tocaba en los clubes de la capital, Marquardt consiguió su primer trabajo como portero en un boliche. A comienzos de los noventa, sin escasez de viviendas, gentrificación ni turismo masivo, como en 2020, Berlín era un espacio anárquico con edificios desocupados y bloques de apartamentos en ruinas. En ese mundo surgió la Clubkultur berlinesa, la cultura de clubes nocturnos que ha redefinido la identidad de la ciudad desde el cambio de milenio. Desde hace 15 años, Marquardt controla el ingreso al club de música tecno (en alemán: Techno-Club) más famoso de esa movida, el Berghain. Sin embargo, hace ya un cuarto de siglo que él es parte de ese mundo. Tal vez allí las metamorfosis de su vida –el rebelde cool de Berlín Oriental, el joven que experimentó su coming out en la Rda, el artista–no sucumben a la exigencia de presentar una síntesis biográfica como identidad propia hacia los demás. “La noche, embarazada de drogas y euforia –explica Marquardt– nos permite experimentar a la gente de forma pura. Las máscaras caen, hay dramas y comedias.” La vida nocturna también fue una manera de experimentar la reunificación.

LIBERTAS MAGISTRA VITAE.

Poco antes de la reunificación, el entonces canciller, Helmut Kohl, prometió que el este de Alemania se transformaría en blühende Landschaften, “paisajes florecientes” de rápido crecimiento económico. Pero la promesa tuvo un impacto negativo. Según el informe anual que hace el gobierno sobre la unificación, la economía de Alemania Oriental sigue demasiado fragmentada y las tasas de desocupación todavía son mayores que en Alemania Occidental. El 57 por ciento de los alemanes del este aún se consideran ciudadanos de segunda clase, porque tienen peores sueldos, peores jubilaciones y están subrepresentados en muchos ámbitos de la sociedad, incluso en las altas esferas de los negocios y la política. La equiparación de los niveles de vida entre el este y el oeste necesita más tiempo, pero, de todos modos, el progreso alcanzado ya es bastante importante.

Sin embargo, hoy el problema es otro. Los índices de aprobación de la democracia en Alemania del Este son “preocupantes”, destaca el informe oficial. El descontento de la población también se manifiesta en los resultados electorales de los últimos años. La mayoría de los votantes de Alternativa para Alemania (Afd, por sus siglas en alemán), el partido de ultraderecha con representación en el Bundestag desde 2017, proviene de los estados del este. Me pregunto si no es una ironía de la historia que muchos de esos votantes, cuyas biografías aún albergan el pasado de la dictadura del Sed, hoy se decidan por un partido marcadamente autoritario como Afd. Treinta años después, ¿acaso aquella sensación de libertad tras la caída del muro no se les ha vuelto en su contra?

Susanne Klengel es más escéptica al respecto: “Sinceramente, no sé en qué consistía ese sentimiento de libertad. ¿En poder viajar o comprar cosas con la nueva moneda? ¿En decir abiertamente lo que se piensa? La libertad tiene distintos niveles. Y si hoy está constreñida en algún sentido; yo más bien diría que por razones materiales. El problema es la desigualdad”. Jan Steffen, por su parte, reflexiona sobre la libertad en su dimensión más personal: “Cuando por primera vez estuve en el extranjero ‘de Occidente’, en Suecia, Dinamarca y luego en París, me di cuenta de que si la Rda hubiera seguido existiendo, probablemente yo no hubiera tenido la posibilidad de conocer y estudiar en otros países, como efectivamente la tuve años después. Eso sólo se logra con libertad. Con la caída de la Rda y la reunificación obtuve libertad personal. Y, con el paso de los años, he comprendido lo valiosa que es esa libertad para mí”.

Por Mateo Dieste

15 mayo, 2020

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Victor Serge (su apellido de nacimiento era Kibaltchiche) en su legajo de la Cheka.

En el tremendo Año Uno de la Revolución Rusa pasaban cosas como ésta: una mañana de febrero de 1918, un hombre se presentó en la puerta del Soviet de Petrogrado y dijo “Soy Malinovski, el traidor. Arréstenme”. Eran tiempos de guerra civil, sabotajes, complots, atentados, ejecuciones y fusilamientos diarios, y aquel desconocido que pedía ser arrestado encarnaba en sí mismo toda esa vorágine: Rodino Malinovski había sido el hombre que transmitía en Rusia las palabras desde el exilio de Lenin, el principal representante bolchevique en la Duma (el Parlamento zarista), el militante de impecable trayectoria, de la clandestinidad a la cárcel y del presidio a la conferencia bolchevique de Praga en 1912, luego al Comité Central del Partido y de allía la Duma.

El pequeño detalle es que Malinovski era a la vez agente de la Ojrana, la policía secreta zarista. La Ojrana llegó a tener cuarenta mil agentes en sus filas, entre infiltrados, espías, soplones y vigilantes. Fue la colaboración en las sombras de la Ojrana lo que permitió a Malinovski acceder a la Duma, como reconocimiento por haberles entregado a Miliutin, a Noguin, a María Smidovich y hasta al propio Stalin (es famosa su foto de frente y perfil en los archivos carcelarios zaristas). Asombrosamente, los bolcheviques no sospechaban de él, pero Malinovski aprovechó los humos de la guerra en Europa para esfumarse. Capturado por los alemanes, recuperó su ardor revolucionario en el campo de prisioneros y, en cuanto fue liberado, retornó a Rusia, pero no a sumarse a la Revolución sino a que la Revolución lo juzgara. “He sufrido mi existencia dual. No comprendí cabalmente, me dejé ganar por la ambición. Merezco ser fusilado. Pero con la Revolución en mi corazón”, dijo en el estrado. El tribunal le concedió su pedido: lo condenó a muerte. Esa misma noche, cuando era trasladado por los pasillos, Malinovski recibió un balazo en la nuca. No por condenarlo a muerte iban a darle el gusto de fusilarlo: lo mataron como mataban a los traidores.

El caso de Salomón Ryss es su contracara exacta: Ryss organizó, por órdenes de la Ojrana, un grupo terrorista sumamente audaz. Tan literal fue en el cumplimiento de sus órdenes que terminó realizando verdaderos atentados antizaristas, que adjudicaba a otros grupos cuando informaba de ellos a la Ojrana. La Ojrana llegó a organizar su evasión de la cárcel cuando Ryss cayó en una redada, pero se les fue de las manos. Ryss fue finalmente capturado en el sur de Rusia, cuando sus propios compañeros terroristas desconfiaban de él. La Ojrana se les adelantó, lo entregó a la Justicia del Zar y Ryss fue juzgado y condenado a muerte, al mismo tiempo que recibía in absentia el mismo veredicto por un tribunal revolucionario. A diferencia de Malinovski, Ryss sí fue fusilado: tuvo una muerte “digna”.

Víctor Serge descubrió estas historias cuando, en aquel frenético Año Uno de la Revolución, se sumergió en los archivos de la Ojrana con orden de “informar públicamente al pueblo soviético” sobre lo que hallara en las entrañas de la bestia. Tres años más tarde, Serge publicó en el Boletín Comunista un informe titulado “Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión”. El Fondo de Cultura Económica acaba de reeditarlo, es cortito e impresionante. Serge disecciona el método tela de araña de la Ojrana, cuenta que cada uno de sus funcionarios redactaba un informe pormenorizado de cada uno de sus casos, que se hacían imprimir en ediciones de únicamente dos ejemplares: uno era para el zar, el otro quedaba en el Gabinete Negro, una sala secreta de la Ojrana que contenía aquella biblioteca de ejemplares únicos. Tan únicos eran aquellos informes que, en manos revolucionarias, anunciaba Serge al público soviético en 1921, podrían servir para reconstruir la historia del movimiento anarquista en Rusia, “algo extraordinariamente difícil, a causa de la dispersión e insularidad de los grupos anarquistas y de las pérdidas inauditas que sufrió el movimiento hasta su desintegración”.

Aún eran tiempos en que aquellos que habían dado su vida por la Revolución eran héroes y el propio Serge era todavía apreciado por el régimen bolchevique, a pesar de su pasado anarquista. Década y media después, acusado de disolvente y contrarrevolucionario, sufriría cárcel y exilio en Siberia, hasta que el clamor europeo por su liberación agotó a Stalin. Serge había nacido en Bélgica, de padres rusos exiliados, y había militado y vivido en la clandestinidad y sufrido cárcel en Francia, Holanda y Alemania, antes de llegar a Rusia y ponerse a disposición de la Revolución. De todo eso, desde su niñez proletaria en Bruselas hasta su caída en desgracia y sus solitarios años finales en México, donde murió en 1947, habla Serge en sus Memorias de un revolucionario, un libro emocionante, único.

En aquel largo informe publicado en 1921 en el Boletín Comunista, Serge se refería a la Ojrana del Zar casi en los mismos términos en que veinticinco años después, en sus Memorias, hablaría de la Cheka, la policía secreta soviética creada por el implacable Félix Dzerzhinsky (con el tiempo convertida en GPU, luego NKVD y finalmente KGB). Cuenta Norman Mailer en El fantasma de Harlot, su libro sobre la CIA, su mejor libro, que los primeros CIA boys estudiaban vida y obra de Dzerzhinsky (literalmente: era una materia) en su curso de adiestramiento. Algo sugestivamente similar contaba Víctor Serge sobre la Ojrana en su informe de 1921: decía que sus funcionarios enseñaban y tomaban examen a sus agentes sobre teoría e historia revolucionaria, antes de soltarlos en las calles. Por esa misma época, en las cárceles zaristas siberianas, los guardianes decían que, de cada dos presos que se fugaban, uno era un prisionero político y el otro un converso: en los pabellones carcelarios, en las horas muertas de encierro, los veteranos transmitían a los novatos lecciones sobre historia y praxis de la revolución, casi con las mismas palabras que usaban los jefes de la Ojrana con sus agentes, en los sótanos del edificio de Fontanka 16, Petrogrado.

En el final de su informe de 1921, Serge decía que la creación de la Ojrana y su posterior crecimiento habían causado la caída del Zar. Veinticinco años después, en el final de sus Memorias, decía que una de las causas principales del fracaso de la revolución en Rusia fue la creación de la Cheka. La Cheka fue, como la Ojrana, un Estado dentro del Estado, resguardado por el secreto de guerra, un organismo enfermo que sirvió de modelo para los organismos enfermos que vigilan nuestra vida hoy. Recordémoslo siempre, es bien sencillo de recordar: la Cheka se basó en la Ojrana, y la CIA se basó en la Cheka. Y recordemos, también que quien nos lo enseñó fue Víctor Serge, a quien ningún país europeo quiso dar pasaporte cuando Stalin lo expulsó de Rusia en 1937, y por eso murió apátrida, y por eso sigue apátrida hasta el día de hoy: porque nadie lo reclama como propio, a pesar de su singularidad, o por culpa de ella.

15 de mayo de 2020

Publicado enPolítica
Las pruebas nucleares de la Guerra Fría cambiaron los patrones de lluvia a miles de kilómetros

Según varios científicos de las universidades de Reading, Bath y Bristol (Reino Unido), las nubes registradas entre 1962 y 1964 eran visiblemente más gruesas en días con mayor radiactividad.

 

Las detonaciones de bombas nucleares lanzadas durante la Guerra Fría, sobre todo por Estados Unidos y la Unión Soviética, pueden haber cambiado los patrones de lluvia a miles de kilómetros de los sitios donde se realizaron esas pruebas.

Así lo revela una investigación publicada este miércoles en la revista Physical Review Letters, que utiliza registros históricos entre 1962 y 1964 de una estación de investigación en Escocia.

Los científicos, de las universidades de Reading, Bath y Bristol (Reino Unido), compararon los días con alta y baja carga eléctrica liberada por la radiación de las detonaciones nucleares, y descubrieron que las nubes eran visiblemente más gruesas y había un 24% más de lluvia de media en los días con más radiactividad.

Giles Harrison, profesor de física atmosférica de la Universidad de Reading y autor principal del trabajo, apunta que, "al estudiar la radioactividad liberada de las pruebas de armas de la Guerra Fría, los científicos en ese momento aprendieron sobre los patrones de circulación atmosférica". "Ahora hemos reutilizado estos datos para examinar el efecto sobre la lluvia", añade.

Harrison indica que "la atmósfera políticamente cargada de la Guerra Fría condujo a una carrera armamentista nuclear y a la ansiedad mundial", y que, "décadas más tarde, esa nube global arrojó un lado positivo, al brindarnos una forma única de estudiar cómo la carga eléctrica afecta la lluvia".

Durante mucho tiempo se pensó que la carga eléctrica modifica la forma en que colisionan y se combinan las gotas de agua en las nubes, lo que puede afectar el tamaño de las gotas e influir en la lluvia, pero esto es difícil de observar en la atmósfera. Al combinar los datos de pruebas de bombas nucleares con registros meteorológicos, los científicos pudieron investigar esto retrospectivamente.

Carrera armamentística 

La carrera por desarrollar armas nucleares fue una característica clave de la Guerra Fría ya que las superpotencias mundiales intentaron demostrar sus capacidades militares durante las tensiones intensas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial.

Aunque las detonaciones se llevaron a cabo en partes remotas del mundo, como el desierto de Nevada (Estados Unidos) y en islas del Pacífico y el Ártico, la contaminación radiactiva se extendió ampliamente por toda la atmósfera. La radioactividad ioniza el aire, liberando así carga eléctrica.

Los investigadores estudiaron registros de estaciones meteorológicas de investigación bien equipadas de la Met Office en Kew, cerca de Londres, y Lerwick, en las Islas Shetland.

Ubicado a unos 480 kilómetros al noroeste de Escocia, el sitio de Shetland no se vio afectado por otras fuentes de contaminación antropogénica (es decir, de origen humano). Esto lo hizo muy adecuado como sitio de prueba para observar los efectos de la lluvia que, aunque probablemente también ocurrieron en otros lugares, sería mucho más difícil de detectar.

La electricidad atmosférica se mide más fácilmente en días buenos, por lo que las mediciones de Kew se utilizaron para identificar casi 150 días en los que hubo una generación de carga alta o baja en Reino Unido mientras estaba nublado en Lerwick. La lluvia de Shetland en estos días mostró diferencias que desaparecieron después de que terminó el episodio principal de radiactividad.

La imagen muestra el trabajo de excavación en la cueva Bacho Kiro. .Foto Ap

En cueva de Bulgaria descubren evidencia de la dispersión de la especie

 

Este lunes, dos estudios publicados en Nature y Nature Ecology & Evolution dan cuenta de nuevas pruebas sobre las primeras migraciones de los Homo sapiens. Documentan su presencia en los Balcanes 8 mil años antes de lo que se creía.

Revelan interacciones de estos pioneros que vivieron hace al menos 45 mil años con la población neandertal, que habitaba el continente desde hacía cientos de miles de años.

Los dos estudios informan del hallazgo de nuevos fósiles de Homo sapiens del yacimiento de la cueva Bacho Kiro, en Bulgaria, que ha proporcionado evidencia de la primera dispersión de la especie en las latitudes medias de Eurasia, señaló Jean-Jacques Hublin, director del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, en Leipzig, Alemania.

"Los grupos pioneros trajeron nuevos comportamientos a Europa e interactuaron con los neandertales locales. Esta ola temprana es en gran medida anterior a la que llevó a su extinción final en Europa occidental 8 mil años después", se explica en la revista Nature.

Un equipo de científicos de Europa, Estados Unidos y Reino Unido, dirigido por Jean-Jacques Hublin, Tsenka Tsanova y Shannon McPherron, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, y Nikolay Sirakov y Svoboda Sirakova, del Instituto Nacional de Arqueología con Museo en la Academia de Ciencias de Bulgaria, reanudó las excavaciones en la cueva de Bacho Kiro en 2015.

El equipo descubrió miles de huesos de animales, herramientas de piedra y hueso, cuentas y colgantes y cinco fósiles humanos.

Excepto por un diente, los fósiles humanos estaban demasiado fragmentados para ser reconocidos por su apariencia. Fueron identificados mediante el análisis de las secuencias de proteínas.

"Al utilizar la espectrometría de masas de proteínas, podemos identificar rápidamente esos restos que representan huesos humanos que de otro modo serían irreconocibles", aseguró Frido Welker, de la Universidad de Copenhague y del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva.

A fin de conocer la edad de los fósiles y los depósitos en la cueva, el equipo trabajó en colaboración con Lukas Wacker, del ETH Zúrich, utilizando esa técnica.

“La mayoría de los huesos de animales tienen signos de impactos en las superficies, como marcas de carnicería, que, junto con las fechas directas de los huesos humanos, proporciona una imagen cronológica muy clara de cuándo el Homo sapiens ocupó esa cueva por primera vez, en el intervalo de 45 mil 820 a 43 mil 650 años atrás, y potencialmente tan pronto como hace 46 mil 940 años”, expuso Helen Fewlass, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva.

Conjunto de datos más grande y preciso

"Las fechas de radiocarbono en la cueva no sólo son el conjunto de datos más grande de un único sitio paleolítico jamás realizado por un equipo de investigación, sino también son las más precisas en términos de rangos de error", sostuvieron Sahra Talamo, de la Universidad de Bolonia, y Bernd Kromer, del Instituto Max Planck.

Aunque algunos investigadores han sugerido que el Homo sapiens podía haber entrado ocasionalmente en Europa en ese momento, los hallazgos de esta edad generalmente se atribuyen a los neandertales.

Para saber qué grupo de humanos estuvo presente en Bacho Kiro, Mateja Hajdinjak y Matthias Meyer, del equipo de genética dirigido por Svante Pääbo, del Departamento de Genética Evolutiva del Instituto Max Planck de Antropología, secuenciaron el ADN de los huesos fósiles fragmentados.

"Dada la excepcional conservación del ADN en el molar y los fragmentos de hominina identificados por la espectrometría de masas de proteínas, pudimos reconstruir genomas mitocondriales completos de seis de siete muestras y atribuir las secuencias de ADN mitocondrial recuperadas de las siete muestras a humanos modernos", indicó Mateja Hajdinjak, becaria posdoctoral en el Instituto Francis Crick en Londres e investigadora asociada en el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva.

"Al relacionar estos ADN mitocondriales con los de otros humanos antiguos y modernos, las secuencias de ellos se ubican cerca de la base de tres macrohaplogrupos principales de personas actuales que viven fuera del África subsahariana. Además, sus fechas genéticas se alinean casi perfectamente con las obtenidos por radiocarbono", agregó.

Los resultados demuestran que el Homo sapiens entró en Europa y comenzó a impactar a los neandertales hace unos 45 mil años y probablemente antes. Trajeron al pedernal de alta calidad de la cueva Bacho Kiro desde fuentes de hasta 180 kilómetros del sitio, donde trabajaron en herramientas como cuchillas puntiagudas, tal vez para cazar y muy probablemente matar a los animales, según los restos encontrados en el sitio.

En conjunto, los sedimentos de la cueva Bacho Kiro documentan el periodo en Europa cuando los neandertales del Paleolítico Medio fueron remplazados por el Homo sapiens del Paleolítico Superior (el llamado periodo de transición), y los primeros conjuntos de Homo sapiens son lo que los arqueólogos llaman el Paleolítico superior inicial.

Varios enfermos de tuberculosis toman el sol en un sanatorio en Lakewood, Colorado, Estados Unidos, en 1925 WIKIMEDIA COMMONS/ Autor desconocido

Para frenar la propagación de la tuberculosis durante el siglo XX en países como Estados Unidos, fue clave la estrategia comunitaria de "localizar, tratar y prevenir"

 

El siglo XX fue testigo de tres grandes epidemias. La pandemia de gripe de 1918 y la pandemia de VIH de los años 80 y 90 son las que recibieron una mayor atención. Pero la tercera, la tuberculosis, fue la más mortal con diferencia y en muchos lugares del mundo la amenaza de esta enfermedad sigue vigente.

La tuberculosis nos enseña muchas lecciones sobre las estrategias que pueden contribuir a erradicar la pandemia actual, y lo que sucede cuando esas medidas ni siquiera llegan a impulsarse. Entre 1800 y 2000, la enfermedad mató a más de mil millones de personas. Aunque es causada por una bacteria en lugar de un virus, la enfermedad comparte algunas similitudes aterradoras con el coronavirus.

El patógeno que causa la tuberculosis se transmite por el aire, de persona a persona en los hogares y espacios públicos. Quienes son portadores de tuberculosis transmiten la bacteria a nuevos individuos cuando respiran. Solo la mitad de las personas con tuberculosis muestran síntomas, lo que facilita la propagación de esta enfermedad mortal. Y, como sucede con el coronavirus, los grupos de población más vulnerables, como las personas ancianas, con patología previas o que viven en la pobreza, son los más golpeados por esta dolencia.

Hace un siglo, la tuberculosis era una amenaza real y aterradora para las personas de todo el mundo. En 1906, una de cada nueve muertes en Estados Unidos fue causada por la tuberculosis –ajustado a nuestros niveles de población actuales, esto sería el equivalente a la muerte anual de 540.000 estadounidenses–. La enfermedad mató a tantas personas como el cáncer y la diabetes, causando un profundo daño en la actividad económica y social.

Sin embargo, en los años 70 del siglo pasado, las cifras de tuberculosis habían disminuido notablemente en Estados Unidos y en otros países desarrollados. ¿Cómo se logró? Estados Unidos impulsó con éxito una estrategia basada en métodos de diagnóstico, llamada "identificar, tratar y prevenir". Las innovaciones clave no fueron los medicamentos, aunque los antibióticos ayudaron a erradicar la enfermedad –el primer tratamiento efectivo con antibióticos para la tuberculosis estuvo disponible en el decenio de 1940, cuando los casos ya habían disminuido a alrededor de una quinta parte de los niveles de 1906–. Lo que marcó una gran diferencia fue una estrategia centrada en la comunidad, en la que todos los miembros participaron de forma activa para detener la propagación de la enfermedad.

El primer paso fue liberar a los enfermos de las cargas sociales y financieras. Con esto se consiguió que los infectados se hicieran pruebas y pudieran ser tratados y ayudados sin que tuvieran que ir a trabajar y, con ello, contagiaran a más personas. De hecho, hasta el día de hoy, algunos de los únicos servicios de atención médica gratuitos disponibles para todos en Estados Unidos están relacionados con la tuberculosis.

Las autoridades sanitarias de Estados Unidos fueron de puerta en puerta buscando a los enfermos y localizando a las personas que habían tenido contacto con ellos. A los pacientes se les proporcionaban comida, medicamentos y un lugar donde vivir, y también ofrecían terapias preventivas para evitar que otros enfermaran. La atención gratuita de la tuberculosis solo fue posible gracias a una financiación estable y al apoyo de la comunidad, así como a la cooperación entre gobiernos, empresarios, sindicatos, grupos religiosos y comunidades. La financiación del gobierno y una estrategia comunitaria fueron los principales avances que hicieron posible la erradicación de la tuberculosis.

 

Consecuencias de la tuberculosis en los países pobres

 

Sin embargo, en muchos países pobres que luchaban contra el pernicioso legado del colonialismo, la preocupación por el elevado coste del tratamiento triunfó sobre las abrumadoras pruebas científicas. En lugar de identificar y tratar los casos de tuberculosis en toda la población, estos países trataron sólo a las personas más enfermas e infecciosas. Centrarse en los casos más extremos tenía sentido, pero no sirvió para detener la propagación de la enfermedad entre los portadores asintomáticos.

En los países más pobres, los resultados han sido devastadores: la tuberculosis es la enfermedad infecciosa que mata a más personas adultas en todo el mundo, y sigue matando a una media de 4.000 personas al día, la mayoría pertenecientes a países en vías de desarrollo.

Comparando las diferentes maneras de abordar la enfermedad podemos extraer muchas lecciones sobre la forma correcta e incorrecta de frenar la COVID-19. Una de las principales lecciones es que las epidemias no pueden ser vencidas sólo en los hospitales. La erradicación de una enfermedad como esta tiene que hacerse desde la comunidad. Para tratar la enfermedad será necesario que primero se identifiquen los casos con test, ya sea haciéndolos masivamente a toda la población o mediante muestreo.

Hay múltiples maneras de frenar la transmisión comunitaria de la enfermedad: desde el uso de mascarillas que impiden a las personas propagar partículas portadoras de gérmenes, hasta medidas de distanciamiento físico y de autoaislamiento. También deberíamos examinar el modo en el que las tecnologías existentes, como la iluminación ultravioleta germicida y las vacunas que ya tenemos a nuestra disposición, podrían ayudar a proteger contra la transmisión de la Covid-19.

Una lección clave es que no debemos esperar a la llegada de una aplicación mágica o de una vacuna para actuar contra el coronavirus. En el caso de la tuberculosis, no se descubrió un tratamiento efectivo hasta años después de que la enfermedad ya hubiera retrocedido en los países desarrollados. Con la Covid-19 podría ser distinto: si es como otros coronavirus, los que han sido infectados podrían desarrollar anticuerpos y ser inmunes. Sin embargo, la búsqueda de una solución mágica no debería restarle valor a todas aquellas medidas que ya sabemos que funcionan para frenar el avance de la enfermedad.

La lucha contra la tuberculosis nos ha enseñado que tratar una pandemia solo en una parte del mundo no es suficiente para erradicar una enfermedad. Se estima que en la actualidad dos tercios de los casos de tuberculosis que se registran en los países ricos tienen su origen en otros países donde nunca se abordó la enfermedad de forma integral. Para terminar con una pandemia es necesario el compromiso mundial.

Pero la clave de una estrategia comunitaria exitosa no es solo la búsqueda de casos o la cuarentena, aunque ambas cosas jueguen un papel importante. Es la confianza. ¿Por qué es tan importante? En el caso de la tuberculosis, como en el de la Covid-19, más de la mitad de los portadores son asintomáticos. Si las personas no dan un paso adelante y se hacen las pruebas y siguen un tratamiento, o si no dan su consentimiento y se hacen la prueba, o si no pueden y por este motivo no quieren aislarse, el proceso de tratar la enfermedad ni siquiera llega a iniciarse.

La gente debe poder confiar en que no soportará individualmente los catastróficos gastos sanitarios derivados de la lucha contra el virus. Esto significa proporcionar apoyo en materia de vivienda y empleo a todos los que necesiten aislarse, y asegurar que las personas enfermas o aisladas no renuncien a sus salarios para hacerlo. Si los riesgos económicos y sociales del coronavirus no se comparten entre la población, el próximo rebrote de la pandemia podría ser dramáticamente peor. Sólo a través de la confianza mutua encontraremos a los infectados por coronavirus, ayudaremos a los enfermos a recuperarse y detendremos su propagación.

Garantizar que los países de todo el mundo dispongan de los recursos necesarios para aplicar una estrategia de análisis, tratamiento y prevención del virus será mucho menos costoso que los efectos de otro brote en la economía mundial. Sabemos por la historia que esta es la única manera de detener el virus en su camino.

- Salmaan Keshavjee es el director del Centro para la Prestación de Servicios de Salud Mundial de la Facultad de Medicina de Harvard. Aaron Shakow es investigador asociado en salud global y medicina social en la Facultad de Medicina de Harvard. Tom Nicholson es investigador asociado en la Escuela de Políticas Públicas de la Universidad de Duke.

 

Salmaan Keshavjee, Aaron Shakow y Tom Nicholson - Investigadores en Salud Global

10/05/2020 - 21:37h

Traducido por Emma Reverter

Publicado enInternacional
A 150 años del nacimiento del líder de la Revolución de Octubre

Cuando el historiador británico Robert Service, el primero que tuvo acceso en 1991 a los archivos desclasificados de la URSS, publicó su "Lenin: una biografía", Manuel Vázquez Montalbán escribió el siguiente prólogo para la edición española. Una buena manera de acercarse a Lenin, la Revolución de Octubre y la prosa e ideas de Vázquez Montalbán

 He citado ya en dos ocasiones unos versos de Tijonov que en 1990 me parecieron muy clarificadores como remate de mi libro El Moscú de la Revolución: “Nuestro siglo pasará. Se abrirán los archivos / y todo lo que estuvo oculto hasta entonces / todas las secretas sinuosidades de la historia / mostrarán al mundo la gloria y el deshonor. / Otros dioses su faz oscurecerán / y se descubrirá toda desgracia, / pero todo lo que fue verdaderamente grande / será grande para siempre”.

La derrota de la URSS en la considerada III Guerra Mundial, mal llamada Guerra Fría, entre otros efectos, ha provocado la apertura y a veces venta o expolio de los archivos de la KGB y así constatar sospechas y obviedades sobre la cultura soviética de la intolerancia y de la represión.


Es evidente que esos archivos se han abierto intencionadamente por los nietos políticos de Lenin o Stalin para traspasar a sus abuelos la responsabilidad de una malformación revolucionaria y así poder abrazar ellos la causa del capitalismo desde la posición de ventaja de pertenecer a una nueva clase dominante, fraguada desde la infancia en la obediencia ciega e interesada al leninismo y al estalinismo.


Hace años prologué El verdadero Lenin, del general Volkogonov, que mientras fue director del Instituto de Historia Militar de la todavía URSS buscaba documentos útiles para sus dos obras más demitificadoras, una biografía de Stalin y El verdadero Lenin. Volkogonov formó parte de la nomenklatura militar soviética, a pesar de que sus padres fueran exterminados en las purgas estalinistas: el padre, fusilado en 1937, y la madre, muerta en el destierro en Siberia, en 1949. Tal vez el general Volkogonov padeció el síndrome del represaliado agradecido, consciente, entonces, de que la Revolución exterminaba a sus padres en nombre de una verdad superior, tan superior que era una verdad total, como fórmula redentora y aportadora de la felicidad para todos menos para los padres de Volkogonov. O quizá simplemente fuera un sobreviviente que esperó mejores tiempos para matar mediante palabras a los asesinos de sus padres.

La doble verdad

Una cosa es la doble verdad y el doble lenguaje en el que sobrevivieron muchos soviéticos, incluso miembros de la nomenklatura, y otra el trato historicista que ha merecido la Revolución soviética, leninismo incluido, antes y después de la caída del sistema. Las revelaciones sobre los métodos leninistas o estalinistas, que fueron asumidos disciplinadamente por casi todos los que hicieron posible que existiera el leninismo y el estalinismo, han puesto en cuestión el discurso metafísico que ligaba esencialmente la necesidad revolucionaria, es decir, emancipatoria, con la metodología de la violencia estructural monopolizada por el Estado en nombre del proletariado como sujeto histórico de cambio.


Ese discurso metafísico no sólo ha sido imprescindible para los comunistas, que han necesitado creer que la única revolución posible, y por tanto necesaria, y por tanto lógica, era la soviética tal como se dio. Quizá haya sido más útil en el pasado, lo es ahora, a las conciencias contrarrevolucionarias que han descalificado la necesidad de la revolución desde la denuncia de la perversión de su esencialidad. Revolución -intolerancia y arbitrariedad, revolución–, monstruos de la razón.
Las revelaciones aportadas sobre los grandes diseñadores de la Revolución, Lenin, Stalin, Trotsky, y sobre la conducta represiva de sus herederos se inscriben en la necesidad de catarsis de los soviéticos, pero también en la estrategia propagandística de los intelectuales orgánicos del capitalismo, recelosamente conscientes de que ni se ha muerto del todo el perro ni se ha acabado la rabia. Que estas revelaciones seaninstrumentalizables por el ejército cultural vencedor en la guerra fría no quiere decir que dejen de ser necesarias para quienes consideren que la historia no se merece el castigo de terminar en manos de telespeculadores monetarios capaces de decretar exterminios inteligentes por fax.
Precisamente, deberían ser las gentes empeñadas en la necesidad de retomar la lógica del cambio histórico, en la que se inscribe la Revolución soviética, como un proyecto desgraciado, quienes mayores enseñanzas debieran extraer de aportaciones de todos los Volkogonov que conducen a la evidencia de que los cambios históricos tal vez se incuben en los laboratorios de las vanguardias, pero sólo serán justos cuando sean asumidos por el consenso de masas en libertad. Hay que grabar en la mejor piedra de nuestra memoria que la Revolución de Octubre empezó prometiendo el rescate de todas las libertades y acabó desconfiando del uso social de ellas, con el pretexto de que debían limitarse debido a las condiciones especiales de un tiempo de guerras civiles, condiciones especiales que luego fueron institucionalizadas para siempre debido a que la URSS estaba en permanente lucha de clases mundial contra el enemigo exterior, el capitalismo, y contra el enemigo interior, los restos de ideología pequeñoburguesa o los excesos del maximalismo revolucionario, la una y el otro enemigos coligados de la verdad única revolucionaria.


Hay que desconfiar de las vanguardias totalitarias, pero no hay que caer en la ingenuidad de suponer que esas vanguardias van siempre uniformadas y que son menos vanguardias totalitarias las que mesiánicamente deciden un modelo de sociedad basado en la hegemonía de los más fuertes, y para conseguirlo han utilizado todo el utillaje disuasor y represor que el capitalismo ha ensayado desde hace más de dos siglos, desde el comienzo de su irresistible ascensión universal.

Sobre la historia

¿Qué papel ejercen objetividad y subjetividad en el historiador, como científico social que explica los hechos que forman parte de la vida de la humanidad a través de su desarrollo y explica las causas que los han motivado? Eric Hobsbawm, en Sobre la historia, se planteaba precisamente en 1996: “¿Podemos escribir la historia de la Revolución rusa?”. Dentro de una pregunta más ambiciosa y más dramática: ¿podemos escribir alguna vez la historia definitiva de algo? Y se contestaba que el historiador de la Revolución rusa era semejante al biógrafo de una persona viva que pasa a serlo de una persona muerta.


Hobsbawm se plantea todas las ucronías posibles ante el cadáver de la URSS, desde ¿era inevitable la Revolución soviética? hasta ¿qué podría haber pasado si Lenin hubiera seguido en plenas facultades?, y para el historiador inglés y marxista, la Revolución de Octubre de 1917 fue el resultado de una ola de radicalización popular, y no fue necesario siquiera tomar el poder..., “sino que bastó con recogerlo de donde lo habían dejado caer...”. Ahora, escribe Hobsbawm, hay que aprovechar las fuentes informativas que se abren en la antigua URSS, los archivos a los que se refería Tijonov, pero no hay que esperar demasiado de la historiografía soviética, todavía condicionada por la metabolización de la nueva situación.


¿De qué historiografía hay que esperar una historia de la URSS o una biografía de Lenin que no padezca el síndrome de pasar de lo vivo a lo muerto? Se plantea Hobsbawm que la Revolución soviética conlleva la doble verdad de los éxitos en la construcción de la URSS como potencia mundial disuasoria del capitalismo y su fracaso en el mantenimiento de un consenso social que fue posible en buena parte por razones nacionales, como la guerra patria contra el nazismo alemán. Frecuentemente observamos cómo otros historiadores de juicio menos implicado en la razón revolucionaria aprovechan la desaparición de la URSS para una radical demostración de lamaldad, cuando no de la perversidad esencial del diseño, y más allá de la generalizada condena del estalinismo se aborda ya sin disimulos una condena de Lenin como padre de todas las batallas.


Dentro de la más delirante posmodernidad, los historiadores y sociólogos no violentos recriminan el uso de la violencia que hizo el leninismo y posteriormente el marxismo-leninismo oficialmente entronizado en la URSS, como si las revoluciones y expansiones capitalistas no hubieran utilizado toda clase de violencias para ganar y consolidar su hegemonía. Cualquier nivel progresivo de justicia e igualdad se ha conseguido mediante luchas sociales e individuales terribles, en las que los propietarios del caballo, la casa y la pistola sólo han cedido parte de sus privilegios por la fuerza o por el poder disuasorio de la amenaza. El poder reaccionario ha cambiado violencia represiva por diálogo cuando no ha tenido más remedio que dialogar porque no estaba seguro de la victoria mediante la violencia. No es una propuesta de conducta. Es una constatación. Otra más a sumar a la hora de encontrar la correcta metodología para que en el siglo XXI desaparezcan las causas que pudieron hacer necesarias las revoluciones del siglo XX, y en este sentido me permito recomendar la lectura de La caída del imperio del mal, de Alexandr Zinoviev, con prólogo de Francisco Fernández Buey, como un magnífico balance crítico de lo que pudo haber sido y casi no fue la Revolución soviética, en la parte que le tocó vivir como ciudadano, soldado y profesor de filosofía y lógica matemática, primero, en Moscú; luego, en Finlandia.
Sobre la polémica interpretativa de la URSS y Lenin hay un censo muy ilustrativo en el artículo de Anna Sallés publicado en el número 5 de la revista Historiar, donde se dice que tras el hundimiento del sistema soviético se produjo un auténtico revival de la historiografía liberal conservadora que despojó de su hegemonía a la historia social y para los neoliberales... “La caída de la URSS y de todo el sistema soviético confirmaba las predicciones liberales sobre la inviabilidad de un modelo social que había nacido de un acto ilegítimo”.

Todas las etapas

Por todos estos motivos he leído con especial cuidado esta biografía de Lenin, de Robert Service, historiador y profesor británico de la Universidad de Londres, del que ya se había editado en España Historia de Rusia en el siglo XX, publicado en el Reino Unido en 1997 y, por tanto, fruto al menos ultimado una vez ya convertida la URSS en cadáver histórico. Service recorre todas las etapas revolucionarias, desde el crispado entusiasmo del 17 hasta el desencanto generalizado que presenció la perestroika: “La gente”, dice Price, “ estaba harta de las colas, la escasez de comida y el caos administrativo”, y constata que la estructura social de la nueva Rusia... “se está revelando como una versión modificada de la vieja URSS. Pocos eran los propietarios de negocios privados que no provinieran del ámbito de la administración soviética. Incluso el partido de Ziuganov (el candidato poscomunista), pese a sus críticas a Yeltsin, contaba con dirigentes que se habían beneficiado materialmente de las reformas del Gobierno: uno de ellos era propietario de un casino en Moscú”.


Cabe interpretar esta nueva obra biográfica de Lenin como a la vez complementaria y derivada de sus investigaciones sobre la historia de la Unión Soviética, biografía complicada por cuanto sanciona la vida y la obra del diseñador original de una revolución que no supo conservar su Estado, su territorio de partida.


Una de las corrientes autocríticas y críticas que desbordaron los planteamientos inicialmente reformistas y regeneracionistas de la perestroika fue pasar de los ataques a Stalin como gran corruptor del ideal comunista a los dirigidos contra Lenin, es decir, bajo la línea deflotación del sistema. Bien por la izquierda, donde se le acusaba de no haber propiciado una auténtica participación de las bases en la construcción revolucionaria y haber favorecido el papel del partido único y verticalista, o bien por derecha, donde se le veía como un monstruo de la razón causante original de la perversión soviética.


Lenin, en general, se había beneficiado de la apología casi hagiográfica o de la duda condicionada porque, debido a su enfermedad, no pudo dirigir la Revolución en sus años de consolidación decisiva. No hay que confundir el leninismo hagiográfico de los sacralizadores textos oficiales o la reinterpretación interesada de Stalin en Los problemas del leninismo, con la hagiografía interpretativa de Trotski o los estudios ya clásicos sobre la ascensión del leninismo en la URSS (E. H. Carr, La revolución bolchevique o 1917; Edward Wilson, Hacia la estación de Finlandia; Isaac Deutcher, La revolución incompleta; John Reed, Diez días que estremecieron al mundo, o Pierre Broué, El partido bolchevique; Christopher Hill, Lenin y la Revolución rusa; Georg Lukács, Lenin, la coherencia de su pensamiento), para llegar a las aproximaciones más modernas y selectivas a lo que fue la Revolución calificada como marxista-leninista: los estudios de Geofferey Hosting o las obras concretas de Heather Hogan, Forging Revolution; Claudio Sergio Ingerflom, Le citoyen impossible: les racines russes du léninism; Roger Garaudy, Lenin; Rudi Dutschke, Tentativas de poner a Lenin sobre los pies; el excelente breviario de juventud de F. Fernández Buey, Conocer a Lenin y su obra; de Jane Durbank, Inteligentsia and Revolution, o la ya citada obra de Zonoviev. ¿Qué iba a hacer un historiador como Robert Service con una figura histórica, teniendo en cuenta todas las polisemias que puede alcanzar el adjetivo o la sustancia de lo histórico?


Estamos ahora ante una copiosa biografía en la que el individuo Lenin toma forma sobre un paisaje coral prerrevolucionario y se sitúa intelectual y políticamente en situación de ser uno de los principales agentes del asalto al poder. Entre el Lenin bolchevique, que tiene en su cabeza todos los socialismos posibles, y el que se decanta en las tesis de abril de 1917 por el paso revolucionario no media sólo la evolución de una voluntad política individualizada, sino la descomposición del zarismo activada por la derrota en la I Guerra Mundial y la desesperación social instalada en todas las Rusias.

Sacralización

Como en toda biografía, aunque sea de un político, los datos de carácter dentro del territorio de lo subjetivo tienen su importancia, sobre todo en la medida en que condicionan total o parcialmente decisiones políticas. En cualquier caso, aunque el biógrafo Service subraya las disintonías con el personaje, no las implica en una sanción histórica y espera a disentir radicalmente a cuando, ya muerto Lenin, sus herederos, Stalin, Zinoviev, Kamenev, Bujarin, lo sacralizan para autosacralizarse como instrumentos de la revolución leninista, mientras afilan los cuchillos para disputarse el reparto de la túnica sagrada. Por encima de las negativas de la esposa de Lenin a que Lenin se convierta en una momia objeto de culto en un mausoleo, los herederos lo convirtieron en un dios muerto. “Los escritos de Lenin”, añade Service, “adquirieron al mismo tiempo la condición de sagrada escritura; se otorgó a sus obras completas, cuya publicación estaba en marcha desde 1920, un significado político y cultural mayor que a cualquier otra publicación. Se creó en su honor un instituto del cerebro: se recogieron 30.000 muestras de su tejido cerebral para que se pudiera iniciar la investigación de los secretos de su gran talento”.

Stalin, el nuevo Lenin

Diez años después de la muerte de Lenin, Stalin propiciaba la inculcación social de que él era el nuevo Lenin y estaba en condiciones de reinterpretar su pensamiento político en Los problemas del leninismo. Los textos de Lenin fueron reconducidos, a veces incluso mutilados, de la misma manera que se mutilaba la imagen de Trotski de las primeras fotografías de la Revolución triunfante.


Héroe y víctima de la revolución que había iniciado, Service sostiene que Lenin influyó decisivamente en el despertar de Rusia y en la historia del siglo, aunque presupone la interpretación leninista de la política que dio prioridad a la dictadura del proletariado, la lucha de clases, la jefatura y la amoralidad revolucionaria, desde una vocación vanguardista que ha marcado todas las tensiones de la modernidad y que no inventó Lenin: nació con el optimismo del crecimiento continuo material y espiritual que capitalistas y marxistas incubaron en la segunda mitad del siglo XIX. Para Service, resulta paradójico que el hombre que más hizo para derrumbar el edificio construido sobre cimientos leninistas fuera un sincero leninista, Gorbachov, que... “llegó al cargo de secretario general del Partido con la intención de restaurar la URSS, acercándola más a las doctrinas y prácticas de su ídolo”. Aporto mi recuerdo personal del viaje a la todavía URSS en el año del estallido de la perestroika y la contemplación de un poster en el que se veía a Gorbachov dirigiendo un concierto. Sobre el atril, la partitura: en blanco.
Me encanta que este libro pueda ser acusado de algo frívolo al privilegiar los datos sobre la conducta personal, incluso sexual, de Lenin, dado que desde hace años sospecho que estamos hablando de un tipo tan cargante en lo personal como genial en lo político e intelectual.


Excelente que Service se atreva a proponer que Lenin era un niño mimado, como paso inicial para ser un adulto mimado por las mujeres, que llegaron a disculparle su misoginia, incluso una feminista, como Inessa Armand. No me queda otra cosa que recomendar la lectura de este libro, preferentemente a los leninistas y antileninistas acríticos. Desde la propuesta higiénica de que contrapongan lo que aquí se dice con su sabiduría convencional y con la sin duda abundante bibliografía sobre Lenin que todo leninista debe haber interiorizado. En cuanto a los antileninistas posmodernos, seguro que se asirán al claroscuro de un personaje para condenar a todos los que desde Espartaco se negaron a esperar pacientemente Internet y la revolución conservadora para conseguir que la ética penetrara en la historia.

Publicado enCultura
Martes, 21 Abril 2020 06:16

Releyendo La peste de Albert Camus

Releyendo La peste de Albert Camus

Algunos fragmentos a propósito de la pandemia actual

 ´´Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo´´. La frase del libro La Peste de Albert Camus, publicada en 1947, nos revela que la novela, en un gran porcentaje, es una radiografía de lo que estamos viviendo con la pandemia global actual, claro, guardando las proporciones, ya que la peste descrita por Camus transcurre solo en la ciudad de Orán, pero los sucesos que día a día y mes tras mes van ocurriendo, se asemejan en buena parte a ciertas situaciones que hoy por hoy estamos viviendo, tales como el encierro, el miedo, el pánico, el alejamiento de familias, de amigos, conocidos; la soledad citadina, el terror al contagio, el desbordamiento de los hospitales, la suspensión de los rituales funerarios, la injusticia, el desabastecimiento, la desidia administrativa, la soledad, el individualismo, y junto a todo esto, la solidaridad y el compromiso ético.

La gran novela de Camus, publicada a dos años de finalizada la Segunda Guerra Mundial, es una reflexión sobre el absurdo de la existencia, el encierro y el exilio, la soledad, lo individual y lo colectivo, la muerte, la cotidianidad, la solidaridad, la amistad, el amor, cuando todos estos aspectos están bajo la amenaza de ser liquidados, destruidos.

Veamos algunos parajes de la novela que dan cuenta de ello:**

-- ´´Esta separación brutal, sin límites, sin futuro previsible, nos dejaba desconcertados´´.

-- ´´Así, pues, lo primero que la peste trajo a nuestros conciudadanos fue el exilio. Y el cronista está persuadido de que puede escribir aquí en nombre de todo lo que él mismo experimentó entonces, puesto que lo experimentó al mismo tiempo que otros muchos de nuestros conciudadanos. Pues era ciertamente un sentimiento de exilio aquel vacío que llevábamos dentro de nosotros, aquella emoción precisa; el deseo irrazonado de volver hacia atrás o, al contrario, de apresurar la marcha del tiempo, eran dos flechas abrasadoras en la memoria´´.

-- ´´Esta separación brutal, sin límites, sin futuro previsible, nos dejaba desconcertados, incapaces de reaccionar contra el recuerdo de esta presencia todavía tan próxima y ya tan lejana que ocupaba ahora nuestros días. De hecho sufríamos doblemente, primero por nuestro sufrimiento y además por el que imaginábamos en los ausentes, hijo, esposa o amante´´.

-- ´´En tales momentos de soledad, nadie podía esperar la ayuda de su vecino; cada uno seguía solo con su preocupación. Si alguien por casualidad intentaba hacer confidencias o decir algo de sus sufrimientos, la respuesta que recibía le hería casi siempre. Entonces se daba cuenta de que él y su interlocutor hablaban cada uno cosas distintas´´.

-- ´´Pues bien, lo que caracterizaba al principio nuestras ceremonias ¡era la rapidez! Todas las formalidades se habían simplificado y en general las pompas fúnebres se habían suprimido. Los enfermos morían separados de sus familias y estaban prohibidos los rituales velatorios; los que morían por la tarde pasaban la noche solos y los que morían por la mañana eran enterrados sin pérdida de momento. Se avisaba a la familia, por supuesto, pero, en la mayoría de los casos, ésta no podía desplazarse porque estaba en cuarentena si había tenido con ella al enfermo´´.

-- ´´Un cura recibía el cuerpo, pues los servicios fúnebres habían sido suprimidos en la iglesia. Se sacaba el féretro entre rezos, se le ponían las cuerdas, se le arrastraba y se le hacía deslizar: daba contra el fondo, el cura agitaba el hisopo y la primera tierra retumbaba en la tapa. La ambulancia había ya partido para someterse a la desinfección y, mientras las paletadas de tierra iban sonando cada vez más sordamente, la familia se amontonaba en el taxi. Un cuarto de hora después estaban en su casa.

Así, todo pasaba con el máximo de rapidez y el mínimo de peligro. Y, sin duda, por lo menos al principio, es evidente que el sentimiento natural de las familias quedaba lastimado. Pero, en tiempo de peste, esas son consideraciones que no es posible tener en cuenta: se había sacrificado todo a la eficacia´´.

- ´´El Doctor Rieux… sabía también que si las estadísticas seguían subiendo, ninguna organización, por excelente que fuese, podría resistir; sabía que los hombres acabarían por morir amontonados y por pudrirse en las calles, a pesar de la prefectura; y que la ciudad vería en las plazas públicas a los agonizantes agarrándose a los vivos con una mezcla de odio legítimo y de estúpida esperanza. Este era el género de evidencia y de aprensiones que mantenía en nuestros conciudadanos´´.

 

Al ir desapareciendo la peste, las percepciones en Orán son ambiguas. Por un lado, la idea de que la plaga había liquidado toda noción de esperanza y de porvenir, dejando una sensación de derrota, cierta atmósfera apocalíptica y de escepticismo. Veamos algunas de ellas:

-- ´´Sin memoria y sin esperanza, vivían instalados en el presente. A decir verdad, todo se volvía presente. La peste había quitado a todos la posibilidad de amor e incluso de amistad. Pues el amor exige un poco de porvenir y para nosotros no había ya más que instantes´´.

-- ´´Podemos decir, para terminar, que los separados ya no tenían aquel curioso privilegio que al principio los preservaba. Habían perdido el egoísmo del amor y el beneficio que conforta. Ahora, al menos, la situación estaba clara: la plaga alcanzaba a todo el mundo´´.

-- ´´Después de todo... -repitió el doctor y titubeó nuevamente mirando a Tarrou con atención-, esta es una cosa que un hombre como usted puede comprender. ¿No es cierto, puesto que el orden del mundo está regido por la muerte, que acaso es mejor para Dios que no crea uno en él y que luche con todas sus fuerzas contra la muerte, sin levantar los ojos al cielo donde Él está callado?

-Sí -asintió Tarrou-, puedo comprenderlo. Pero las victorias de usted serán siempre provisionales, eso es todo.

Rieux pareció ponerse sombrío.

-Siempre, ya lo sé. Pero eso no es una razón para dejar de luchar.

-No, no es una razón. Pero me imagino, entonces, lo que debe de ser esta peste para usted.

-Sí -dijo Rieux-, una interminable derrota´´.

-- ´´En verdad, era difícil saber si se trataba de una victoria, únicamente estaba uno obligado a comprobar que la enfermedad parecía irse por donde había venido. La estrategia que se le había opuesto no había cambiado: ayer ineficaz, hoy aparentemente afortunada. Se tenía la impresión de que la enfermedad se había agotado por sí misma o de que acaso había alcanzado todos sus objetivos. Fuese lo que fuese, su papel había terminado´´.

-- ´´En unos, la peste había hecho arraigar un escepticismo profundo del que ya no podían deshacerse. La esperanza no podía prender en ellos. Y aunque el tiempo de la peste había pasado, ellos continuaban viviendo según sus normas. Estaban atrasados con respecto a los acontecimientos. En otros, y éstos se contaban principalmente entre los que habían vivido separados de los seres que querían, después de tanto tiempo de reclusión y abatimiento, el viento de la esperanza que se levantaba había encendido una fiebre y una impaciencia que les privaban del dominio de sí mismos. Les entraba una especie de pánico al pensar que podían morir, ya tan cerca del final, sin ver al ser que querían y sin que su largo sufrimiento fuese recompensado´´.

-- ´´ Ya en aquella época había pensado en ese silencio que se cierne sobre los lechos donde mueren los hombres. En todas partes la misma pausa, el mismo intervalo solemne, siempre el mismo aplacamiento que sigue a los combates: era el silencio de la derrota´´.

 

Por otro lado, la idea de haberle ganado la batalla a la peste hace que sus habitantes salgan a festejarlo a las calles, retornando lentamente a las condiciones de una cotidianidad no avasallada, libre al fin del miedo y de la muerte:

-- ´´ Las puertas de la ciudad se abrieron por fin al amanecer de una hermosa mañana de febrero, saludadas por el pueblo, los periódicos, la radio y los comunicados de la prefectura. Le queda aún al cronista por relatar las horas de alegría que siguieron a la apertura de las puertas, aunque él fuese de los que no podían mezclarse enteramente a ella.

Se habían organizado grandes festejos para el día y para la noche. Al mismo tiempo, los trenes empezaron a humear en la estación, los barcos ponían ya la proa a nuestro puerto, demostrando así que ese día era, para los que gemían por la separación, el día del gran encuentro.

Se imaginará fácilmente lo que pudo llegar a ser el sentimiento de la separación que había dominado a tantos de nuestros conciudadanos´´.

-- ´´Al mediodía, el sol, triunfando de las ráfagas frías que pugnaban en el aire desde la mañana, vertía sobre la ciudad las ondas ininterrumpidas de una luz inmóvil. El día estaba en suspenso. Los cañones de los fuertes, en lo alto de las colinas, tronaban sin interrupción contra el cielo fijo. Toda la ciudad se echó a la calle para festejar ese minuto en el que el tiempo del sufrimiento tenía fin y el del olvido no había empezado.

Se bailaba en todas las plazas. De la noche a la mañana el tránsito había aumentado considerablemente y los automóviles, multiplicados de pronto, circulaban por las calles invadidas. Todas las campanas de la ciudad, echadas a vuelo, sonaron durante la tarde, llenando con sus vibraciones un cielo azul y dorado. En las iglesias había oficios en acción de gracias. Y al mismo tiempo, todos los lugares de placer estaban llenos hasta reventar, y los cafés, sin preocuparse del porvenir, distribuían el último alcohol. Ante sus mostradores se estrujaba una multitud de gentes, todas igualmente excitadas, y entre ellas numerosas parejas enlazadas que no temían ofrecerse en espectáculo. Todos gritaban o reían. Las provisiones de vida que habían hecho durante esos meses en que cada uno había tenido su alma en vela, las gastaban en este día que era como el día de su supervivencia. Al día siguiente empezaría la vida tal como es, con sus preocupaciones. Por el momento, las gentes de orígenes más diversos se codeaban y fraternizaban.

La igualdad que la presencia de la muerte no había realizado de hecho, la alegría de la liberación la establecía, al menos por unas horas´´.

Todo esto da a los habitantes de Orán conciencia de que la peste había pasado dejando a su paso luto, encierros, punzantes recuerdos, muerte, dolor, soledades, y con ello también la idea de renacer de las cenizas, como un ave Fénix de los escombros:

-- ´´Entre la luz suave y límpida que descendía sobre la ciudad se elevaban los antiguos olores a carne asada y a anís. A su alrededor, caras radiantes se volvían hacia el cielo. Hombres y mujeres se estrechaban unos a otros, con el rostro encendido, con todo el arrebato y el grito del deseo. Sí, la peste y el terror habían terminado y aquellos brazos que se anudaban estaban demostrando que la peste había sido exilio y separación en el más profundo sentido de la palabra´´.

-- ´´Sí, todos habían sufrido juntos, tanto en la carne como en el alma, de una ociosidad difícil, de un exilio sin remedio y de una sed jamás satisfecha. Entre los amontonamientos de cadáveres, los timbres de las ambulancias, las advertencias de eso que se ha dado en llamar destino, el pataleo inútil y obstinado del miedo y la rebeldía del corazón, un profundo rumor había recorrido a esos seres consternados, manteniéndolos alerta, persuadiéndolos de que tenían que encontrar su verdadera patria. Para todos ellos la verdadera patria se encontraba más allá de los muros de esta ciudad ahogada. Estaba en las malezas olorosas de las colinas, en el mar, en los países libres y en el peso vital del amor. Y hacia aquella patria, hacia la felicidad era hacia donde querían volver, apartándose con asco de todo lo demás´´.

El doctor Rieux, cronista y narrador, da cuenta de lo que la peste ha generado en Orán. Sabe que muchas emociones contradictorias han surgido de esta tragedia, como fatales individualismos y egoísmos, pero también una desinteresada solidaridad y entrega:

-- ´´Del puerto oscuro subieron los primeros cohetes de los festejos oficiales. La ciudad los saludó con una sorda y larga exclamación. Cottard, Tarrou, aquellos y aquella que Rieux había amado y perdido, todos, muertos o culpables, estaban olvidados. El viejo tenía razón, los hombres eran siempre los mismos. Pero esa era su fuerza y su inocencia y era en eso en lo que, por encima de todo su dolor, Rieux sentía que se unía a ellos´´.

-- ´´En medio de los gritos que redoblaban su fuerza y su duración, que repercutían hasta el pie de la terraza, a medida que los ramilletes multicolores se elevaban en el cielo, el doctor Rieux decidió redactar la narración que aquí termina, por no ser de los que se callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.

Pero sabía que, sin embargo, esta crónica no puede ser el relato de la victoria definitiva´´.

Y sin embargo, con la lucidez que poseen los escépticos, aquellos que siempre sospechan y dudan, el doctor Rieux entendía que esa alegría, que se manifestaba en la ciudad por el fin de la peste, estaba siempre amenazada, por lo que el último párrafo de la novela nos lanza a la incertidumbre, rasga el velo de una ficticia alegría y de una vana esperanza, nos da conciencia del absurdo, de la fatalidad que tras nuestros gozos se oculta, y que nunca desaparece. Entonces leemos:

-- ´´Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que estamuchedumbre esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa´´.

 

Por Carlos Fajardo Fajardo, poeta y ensayista colombiano.

** Todos los fragmentos han sido tomados de la traducción de Franky Richard.

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