Jueves, 09 Marzo 2017 08:00

Mitades indisolubles

El Paso a la altura del Parque Ascárate (Izq), el Río Bravo al centro y Ciudad Juárez (der).

 

Volando hacia el oeste desde Houston en el pequeño y apretado Embrair, el desierto parece prolongase hasta el infinito, la sabana de arena y los matojos secos que se van sucediendo como si el paisaje árido se copiara a sí mismo en espejos calcinantes. Voy hacia El Paso, situado en una esquina donde se acaba Texas y la raya divisoria enseña que comienza Nuevo México, para hablar en un congreso de literatura organizado por la sede local de la universidad estatal.

Pero la cuña debajo es el estado de Chihuahua, arena desolada también y algunas elevaciones montañosas a lo lejos, mientras el río Grande, como figura en los mapas de Estados Unidos, o río Bravo, como se llama en los de México, discurre entre ambos países de manera casi invisible, a veces pequeños charcos, a veces un hilo de agua entre las piedras. Es en otros trechos de su extenso curso donde los inmigrantes clandestinos buscan atravesarlo a nado, los morrales a la espalda.

A lo largo de los más de 3 mil kilómetros de frontera hay poblaciones a ambos lados que se aproximan, desde San Diego y Tijuana en el Pacífico hasta Brownsville y Matamoros en el Atlántico, pero en ninguna parte como aquí se trata de la misma ciudad dividida en dos mitades, el antiguo poblado de El Paso del Norte, que en tiempo fue uno solo: de un lado El Paso texano, provinciano y apacible, del otro Ciudad Juárez, feroz y multitudinaria.

México para divisar. Tras la malla de acero que marca la línea divisoria, se alza la equis roja de 60 metros de alto del monumento a la mexicanidad, del escultor Enrique Carbajal (Sebastián), como un jack gigante que ha rodado hasta la plaza del Chamizal, un terreno que fue parte del lecho cambiante del río y devuelto a México apenas en 1964. En el centro de la equis hay un ojo que mira de manera enigmática hacia El Paso.

La amiga profesora universitaria que me acompaña en este recorrido a lo largo de la cerca de acero que aparece y desaparece, y a veces es doble, con un espacio intermedio para los vehículos de las patrullas fronterizas, me dice que ella es de los dos lados, y nunca podrá dejar de serlo. Tiene las dos nacionalidades. Vive y da clases en El Paso, sus padres residen del lado mexicano, y hoy asistirá al concierto de José Luis Perales en Ciudad Juárez.

Miles de autos y transportes de carga van y vienen, estudiantes y trabajadores cruzan los accesos peatonales a través de los varios puentes para ir y volver cada día. Hay más católicos en El Paso que en Ciudad Juárez, donde proliferan las iglesias evangélicas. Son mitades indisolubles, me dice la profesora, mientras continuamos este extraño recorrido turístico hecho a iniciativa mía, porque he querido ver dónde es que Trump intenta construir su muro, pagado, según se ufana, por los propios mexicanos.

A lo largo de esta frontera de mar a mar hay infinidad de pasos clandestinos, y centenares de túneles para el contrabando de la droga, que también es arrojada aún con catapultas artesanales.

Según cálculos al vuelo hechos por Trump, su muro costaría 8 mil millones de dólares. Y deberá tener entre 10 y 12 metros de altura, equivalente a un edificio de cuatro pisos, para que sea un muro de verdad. ¿Y cómo lucirá ese muro? Lucirá bien, tan bien como pueda lucir un muro, responde con implacable lucidez. ¿Será de hormigón armado, como el muro de Berlín? Ese dato aún no se revela. De todos modos, un poco más modesto en extensión que la muralla china, con sus 21 mil kilómetros; más baja, sin embargo, que el futuro muro de Trump, pues aquella se eleva apenas siete metros.

El muro de Berlín no corría muy largo, lo suficiente para mantener prisioneros a los habitantes de una mitad de la ciudad, 125 kilómetros de perímetro, con una altura de apenas 3.6 metros, puro hormigón armado. Un muro para no dejar salir a la gente. El de Trump será para no dejar entrar, igual que la muralla China, destinada a impedir el paso de las hordas de mongoles y manchurianos. Inmigrantes mexicanos y centroamericanos, he allí las nuevas hordas que ahora se toparán en medio del desierto con esa alta pared, lisa, inexpugnable, un espejismo sólido.

Lisa, sólida. Interminable, ondulando en la distancia en el paisaje de arena y matojos secos que se divisa desde la ventanilla del avión. Para los amigos residentes en El Paso, mexicanos y latinoamericanos de origen, como la profesora que me acompaña a la excursión, el tema inagotable es el muro de Trump.

Para unos es un muro más bien que físico, ideológico. Trump nunca llegaría a contar en el presupuesto con semejante cantidad de dinero, pues aún dentro de los legisladores republicanos no tiene ese consenso. Un muro construido en la mente. Un muro que excluye, que discrimina, y que se articulará a través de un conjunto de decretos, leyes y medidas administrativas para contener la ola migratoria, y a la vez para buscar cómo expulsar al menos una parte de los 11 millones de inmigrantes ilegales que viven y trabajan dentro de Estados Unidos.

Para otros, se trata de algo imposible, que se quedará en la mente de quienes se aferran a la nación blanca, incontaminada de inmigrantes latinos pobres. Expulsar a tantos millones de ilegales sería una empresa absurda, para la que no darían abasto los 15 mil nuevos agentes de migración que Trump ha ordenado contratar.

Pero estos son otros Estados Unidos, sin duda. No se trata sólo de los inmigrantes, sino de las libertades públicas, de los derechos civiles, del temor a una autocracia.

¿Una autocracia en Estados Unidos? Mis amigos universitarios asienten, ensombrecidos. Ven el peligro cernirse sobre sus cabezas, y tienen la esperanza de que la gente, apoyada en las instituciones, resistirá cualquier embate autoritario.

 

El Paso, marzo de 2017

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Benoit Hamon, candidato presidencial del Partido Socialista Francés 2017 en a la conferencia UDECAM sobre medios y comunicación en París, 2 de marzo de 2017.

 

Condenados a reinventarse. Los partidos progresistas europeos navegan entre dos aguas: la socialdemocracia, sumergida en un mar tomentoso y carente de liderazgos y de programas atractivos, y sus emergentes rivales izquierdistas, sin apenas currículum de gestión gubernamental.

 

La encrucijada es de enjundia. La izquierda europea no acaba de salir de su espiral de destrucción de votos y de dispersión de propuestas capaces de resintonizar con las capas sociales del Viejo Continente.

A pesar de que casi una década después de la mayor crisis financiera desde el Crash de 1929, la virulencia de los excesos del capitalismo desordenado de los mercados previa a la quiebra de Lehman Brothers, y las posteriores políticas de austeridad que trataron de cerrar la hemorragia -sobre todo, en Europa- se haya saldado con la práctica eliminación de la clase media y una masiva destrucción de empleo entre las denominadas economías industrializadas.

El caldo de cultivo para la irrupción de la izquierda, pues, parecía haber entrado en estado de ebullición. En el punto idóneo en el que debían asestar el golpe definitivo a los partidos del otro lado del espectro político, proclives tanto a los recortes sociales de calado como a la defensa a ultranza del neoliberalismo de mercado.

Pero la realidad es más cruda. La socialdemocracia no ha sabido leer este Cuaderno de Bitácora. Y la profusión de movimientos políticos y sociales a su izquierda tampoco han sido hasta ahora capaces de acumular el músculo necesario para hacer frente a las posiciones nacionalistas de ultraderecha que, en cambio, han sabido asumir parte del ideario progresista en asuntos como el reparto de las ayudas sociales.

Eso sí, a costa de enarbolar la bandera del combate contra el inmigrante y de reducir los recursos por razones étnicas y de nacionalidad.Las convocatorias electorales europeas de 2017 dejarán un diagnóstico más nítido de en qué episodio se encuentra el otrora idilio entre la izquierda y las sociedades civiles.

En especial, tras un ejercicio, el pasado, en el que arraigaron mensajes neoliberales de crítica a la falta de recetas socialdemócratas ante la crisis, en el que los partidos de ultraderecha han cerrado filas y elevado sus respaldos sociales y en el que han emergido fenómenos como el Brexit o la era Trump en las latitudes tradicionalmente más próximas a la UE. Sobre todo, en tres escenarios.

En Holanda, en Francia y en Alemania. También hay citas con las urnas en República Checa, en junio, donde el movimiento Ano (que significa Sí), dirigido por el mediático multimillonario Andrej Babiš, que se declara simpatizante de Trump y promete resolver la inmigración con deportaciones frente a las fragmentadas opciones de izquierda.

En Serbia, con estatus negociador para su incorporación a la UE, y donde su cita de mayo dirimirá si el país se inclina por el pro-europeismo, o vira hacia el Este, a la estela de la Rusia de Putin. O en Noruega, la versión escandinava no comunitaria (con permiso de Islandia) cuyo partido Progreso, de Siv Jensen, tratará de arrebatar al laborismo, allá por septiembre, el protagonismo definitivo en los comicios frente a la formación conservadora, mediante una delicada y compleja mezcla de rebajas fiscales y gastos en infraestructuras, con estrictos controles migratorios, para garantizar el generoso Estado de Bienestar noruego.

La izquierda tradicional, la socialdemócrata, afronta estos retos bajo mínimos. Sólo nueve países de la UE (Francia, Italia, Malta, Eslovaquia, Portugal, República Checa, Malta, Croacia y Suecia) presentan gobiernos progresistas. La mayoría, con coaliciones. En conjunto, apenas representan al 32,5% de los ciudadanos de la Unión. Lejos del 45% de 2007, en los prolegómenos de la crisis. Y a una distancia sideral de su Edad de Oro, la doble década de los ochenta y noventa del siglo pasado, cuando en Europa arreciaron los grandes proyectos europeos del euro o la expansión al Este.

La época que sacó réditos del final de la era Thatcher en Reino Unido y que perduró hasta la Guerra de Irak de 2003. Con Miterrand, primero, y Blair, con posterioridad, como estandartes de un socialismo (laborismo, en el caso británico) fructífero al trasladar a sus sociedades civiles su indiscutible contribución a la estabilidad de las democracias y de los Estados de Bienestar europeos, o a la integración de la UE desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

En este intervalo temporal, el peso de electoral de la socialdemocracia no tuvo parangón en la historia reciente.Pero ahora, ¿cómo afronta el desafío la izquierda? La tradicional, que se sigue afanando por no perder el apellido socialdemócrata, y la emergente, quizás más nacionalista y menos global pero también más familiarizada con los millennials y la digitalización de los mercados.

Holanda es el primer banco de pruebas. La campaña está dominada por las tesis nacionalistas. El gran favorito es Geert Wilders y su Partido por la Libertad. Anti-islamista y partidario del Nexit, la salida de Holanda de la UE. Su gran rival será el primer ministro, Mark Rutte, del conservador VVD, que parece haber restaurado su popularidad tras las medidas de austeridad aplicadas por su Ejecutivo entre 2012 y 2014 y que se declara euro-entusiasta.

Ambos mantienen un respaldo social en torno al 20%. A cierta distancia de sus cuatro perseguidores, que apenas superan el 10%. Entre ellos, están el laborismo (PvdA) de Lodewijk Asscher, ministro de Asuntos Sociales en el Gabinete de Rutte, y el Partido Socialista (PS) de Emile Roemer.

El tercero y cuarto en discordia son los cristiano-demócratas (CDA) y los liberales del D-66. Dentro de una amalgama de 31 formaciones, de las que sólo 14, presumiblemente, tendrán acceso a los 150 escaños del Parlamento. La cita será el próximo 15 de marzo.

 

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El electorado holandés está instrumentalizado por la inmigración y la vinculación con la UE. Todo asunto ajeno es secundario. Para muestra, dos botones. El 40% de turcos y marroquíes que viven en Holanda (sus dos estratos extranjeros más importantes) dice no haber aceptado la cultura de su país de acogida. Ni sentirse integrado en su sociedad. Tampoco parecen entusiasmados los holandeses con la condición de contribuyente neto de las arcas comunitarias.

Asscher paralizó los intentos de liberalización de la Sanidad y del mercado laboral de Rutte. Pero apenas ha podido tejer su compleja estrategia de restablecer apoyos con la clase trabajadora, estimular la prosperidad perdida de profesionales liberales y, al mismo tiempo, de convencer a funcionarios e inmigrantes de que -explica- “hay un amplio margen de mejora” para regenerar la frustración y la desigualdad. En diciembre tomó las riendas del PvdA de Diederik Samsom.

 

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Alexander Pechtold, de Democrats 66 Emile Roemer, del Partido Socialista y Lodewijk Asscher, del Partido del Trabajo (PvdA). EFE/EPA/BART MAAT

 

De ahí que hable de “urgencia” al intentar aunar apoyos de estratos sociales tan variopintos. Por si fuera poco, su contención a la privatización sanitaria choca con la mayor preocupación de sus conciudadanos, que están mayoritariamente convencidos de que el sistema nacional de salud camina hacia un lento, pero paulatino, colapso.

Con el coste por paciente al alza, desde los 150 euros de 2008 a los 385 euros en 2016, las desigualdades entre ricos y pobres en brecha abierta y la renta familiar estancada, Asscher apuesta por elevar la imposición, hasta el 60%, a ingresos superiorores a los 150.000 euros anuales, y la fiscalidad de las empresas. Aparte de este guiño al electorado progresista, el líder del PvdA reclama, sin precisión, que la libertad de trabajadores en la UE no suponga recortes salariales. Los malos sondeos que pesan sobre Asscher, pese a ser un admirado y habilidoso negociador, según coinciden sus detractores y defensores, parecen tener que ver con la ascendencia de Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo, y de Ahmed Aboutaleb, alcalde de Rotterdam, de origen marroquí, y el político más popular del país.

Ambos del PvdA y que podrían sucederle en cualquier momento al frente del partido.El SP de Roemer se declara un partido antiglobalización y pro-trabajadores. Fue el gran favorito en las elecciones de 2012 durante toda la pre-campaña. Pero se desinfló sin remedio en las urnas y no protagonizó el esperado sorpasso ni siquiera con el PvdA.

Es, para muchos analistas, similar en sus planteamientos al PVV de Wilders, aunque sin el componente racista. Defiende un nuevo sistema de salud. Cree que es urgente crear un fondo para Sanidad porque los recursos públicos actuales desaparecen en los bolsillos de burócratas y aseguradoras y no protegen al trabajador ni al dependiente. Es la prioridad en el discurso de Roemer.

Las listas de espera han aumentado un 28%, el 80% de la población ha perdido poder adquisitivo, más de un millón de personas viven bajo el umbral de la pobreza y, pese a que los parados han bajado de 700.000 a 550.000, el número de contratos estables se ha reducido hasta el 75%.

La temporalidad y los empleos por horas han arraigado. De ahí que su gran promesa electoral sea aumentar el salario mínimo en un 10%. Aunque no la única. También apuesta por la banca pública: “Tenemos que impedir que nuestros bancos acudan a los mercados de capitales”.

Además de regular la inmigración laboral. En Europa, pide más democracia. Y el fin de su visión neoliberal. Sin la dictadura de la Comisión Europea, sin Ejército propio y sin Justicia comunitarizada, asegura. En unos niveles notablemente más progresistas se mueven las candidaturas en Francia. Hasta el punto de poder afirmar que el punto estelar de los programas de los dos aspirantes de izquierdas es la Renta Básica Universal (RBU).

Una propuesta de mayor envergadura social que cualquiera de las que plantea sus colegas holandeses. Hasta el punto de que tratan de monopolizarla en países como España, donde Podemos, que la incorporó a su programa para los comicios de 2015 y 2016 (al igual que IU, antes y después de su coalición con la formación morada) trata de erigirse en el genuino defensor de esta medida, frente a los recientes intentos de las tres facciones del PSOE -en mayor o menor medida- por asumir una propuesta similar, en enjundia, a la que en el pasado supuso la Tasa Tobin para gravar las transacciones financieras vía divisas y acabar con la especulación en los mercados.

En medio de proclamas del presidente de la gestora y de Asturias, Javier Fernández, de “reformular” la socialdemocracia, el papel del Estado frente a las soluciones “milagrosas” del mercado y la preservación del Estado de Bienestar, como pilares del futuro plan económico del PSOE.

Benoît Hamon, aspirante socialista (PS) al Elíseo, y Jean-Luc Mélenchon, del Partido de Izquierda -político de ideología troskysta que abandonó el PS en 2008 y fundó el Parti de Gauche, junto con los antiguos comunistas-, se disputan también este estandarte, de cara a la primera vuelta, el 23 de abril.

Aunque es altamente probable que ninguno de los dos -ni ambos en comandita, si se diera el caso, como han insinuado-, podrán poner en marcha la RBU, dadas las casi nulas opciones que les conceden los sondeos (13,7% de intención de voto para Hamon, frente al 11% de Mèlenchon) de concurrir a la casi ineludible segunda vuelta, el 7 de mayo.

Porque, como en Holanda, las bazas más sólidas parecen ser el Frente Nacional de Marine Le Pen (26,1%) y, o bien los republicanos del conservador François Fillon (19,5%) -si los casos de presunto nepostismo se lo permiten- o el centro liberal de Emmanuelle Macron (20%), ex ministro de Economía en el Ejecutivo socialista de Manuel Valls. Los mercados asumen este horizonte, en el que Le Pen no lograría la jefatura del Estado.

 

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Posibles escenarios en función de las encuestas de la segunda vuelta

 

La RBU forma parte de lo que el líder laborista británico, Jeremy Corbyn, considera el urgente y renovado ideario de izquierdas en Europa, en el que se refleje el “mayor progresismo” que piden los militantes socialistas del Viejo Continente.

En esencia, esta renta básica sustituirá al abanico de programas, subsidios, deducciones fiscales y contribuciones sociales por trabajo e, incluso, los gastos administrativos asociados a estas tramitaciones, de forma que se convertiría en una retribución para personas con bajos o nulos niveles de ingresos, con la que se autofinanciaría su futura pensión. Aunque admite múltiples interpretaciones.

Para Hamon, la RBU “es un instrumento que libera trabajo y permite a cada persona poder elegir sus ocupaciones profesionales sin necesidad de tener que sufrir por ello”. Su propuesta se puede sintetizar en cuatro ideas-fuerza: instaurar una renta básica, ya en 2018, para jóvenes entre 18 y 25 años; aumentar los beneficios por desempleo o subempleo hasta los 600 euros al mes; implantar un sistema automático para estos pagos y universalizar la retribución con un mínimo de 750 euros mensuales.

El recurso a la RBU es, en realidad una vieja receta. Incluso de siglos precedentes. Aunque ha sido la crisis y sus devastadores efectos sobre la población la que ha puesto de nuevo de moda esta propuesta. Finlandia acaba de aplicar un programa experimental con 2.000 parados de larga duración, que recibirán 560 euros al mes.

La provincia canadiense de Manitoba lo practicó desde la década de los setenta hasta que un cambio reciente en su gobierno la ha derogado. Utrecht y otras ciudades holandesas también lo hicieron, como planes pilotos en 2015, pero se cancelaron por consultas populares contrarias. Igual que en Suiza, donde su opuso el 77% en junio de 2016 a una retribución de 2.500 francos suizos por adulto más un tercio adicional por niño a su cargo.

El ex ministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis, ha sido uno de los más firmes defensores de la RBU: “Es necesario, una urgencia inaplazable para civilizar el capitalismo y evitar los espasmos que generará por la nueva generación tecnológica”, en alusión -dice el fundador de Democracia en Europa Movimiento 2025-, entre otros fenómenos, a la creciente robotización de los modelos productivos.

 

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El exministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis. EUROPA PRESS

 

Varoufakis lidera uno de los intentos europeos más supranacionales de cambiar las agendas progresistas y de resistencia frente a movimientos de extrema derecha -en especial, en los países nórdicos y centroeuropeos- de robar la defensa del Estado de Bienestar a la izquierda.

Una batalla que trata de frenar el trasvase de gran parte de una clase trabajadora descontenta con las concepciones cosmopolitas y favorables a la globalización de los partidos progresistas y que también ha logrado reunir voces como la de premios Nobel de la talla de Paul Krugman o Joseph Stiglitz o de economistas también ilustres como Jefrey Sachs, James Galbraith o Thomas Pikkety.

De ahí que la disputa entre Hamon y Mélenchon en Francia sea de máxima intensidad. El líder izquierdista galo parte con ventaja. Su propuesta viene de largo. Y la vincula a transformaciones drásticas en los sistemas productivos, además de en las relaciones comerciales y en materia de defensa de los consumidores, alineados con las nuevas demandas sobre cambio climático, para dotar a Francia de un nuevo modelo retributivo que reduzca la brecha entre ricos y pobres.

Dice estar “encantado” de que “el viejo socialismo”, en estado “moribundo”, haya recapacitado con una medida como la renta básica y su “universalización”. Hamon, por su parte, cuenta a su favor con la salida del Ejecutivo socialista galo con el giro hacia la austeridad de su rival en las primarias (Valls), pero sus consignas reformistas, más allá de la RBU, van a remolque de las de Mèlenchon.

Motivo por el que el también apodado el Bernie Sanders francés, apenas ha logrado que calen sus tibios mensajes ecologistas y regeneradores en lo social. Con promesas como la legalización de la marihuana o la tributación por uso de robots en las cadenas productivas.

Más elocuente es la confrontación de planteamientos entre partidos izquierdistas en Alemania. Si bien aún queda bastante margen temporal -los comicios serán el 24 de septiembre-, el SPD de Martin Schulz, ex presidente del Parlamento Europeo, ha logrado, con un tono sosegado, que los apoyos sociales socialdemócratas se equiparen a los de la CDU/CSU de Angela Merkel.

Tanto la canciller como Schulz acaparan el 32% de intención de voto. Un empate que genera el dilema al SPD de si optar por mantener la actual gran coalición con Merkel o apostar por un gobierno con la Izquierda y los Verdes. Pero que da alas a la visión continuista del líder socialdemócrata, partidario de regular la inmigración, dotar de estabilidad a Europa y de ahondar en la idea, cada vez más extendida entre el electorado, de que con Schulz “las cosas son posibles”.

Quizás por ello, parece que ha cundido como la mejor de sus recetas socio-económicas, la de combatir la evasión fiscal y dirigir los recursos de esta batalla a reducir las desigualdades. Entretanto, los planes de Die Linke (La Izquierda) de la doble candidatura integrada por Sahra Wagenknecht y Dietmar Bartsch -bajo el lema de “Alemania: social, justa, para todos”-, hacen hincapié en que su doctrinario representa un cambio de paradigma.

En este sentido, proponen crear un impuesto que grave con el 5% todos los patrimonios superiores al millón de euros, y un recorte de la carga tributaria sobre los ingresos familiares inferiores a 7.100 euros mensuales.

 

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Dietmar Bartsch y Sahra Wagenknecht, cabezas de cartel de la Izquierda alemana.

 

Así, según calculan en Die Linke, la Hacienda alemana tendría unos 80.000 millones más de euros que administrar. También se declaran partidarios de poner en marcha la Tasa Tobin, gravamen sobre las transacciones financieras para evitar movimientos especulativos.

Recursos que irían a sufragar el cambio energético y la creación de un auténtico mapa de infraestructuras digital. Y de congelar el presupuesto militar y prohibir las exportaciones de armas. Con esta batería de medidas pretenden pescar votos del SPD, pero también de Alternativa por Alemania, la AfD, a partir de la disociación -explica Wagenknecht- entre refugiados y terrorismo que la ha reportado no pocos adeptos a este partido de extrema derecha.

Unos 10.000 simpatizantes de la Izquierda se han decantado por la AfD en las últimas elecciones regionales, admiten varios think-tanks. La “restauración de la predictibilidad” es su gran aportación al debate europeo. Después de varios años de crisis, la UE navega “sin rumbo”; hasta el punto de darse de bruces con la realidad del Brexit y del resurgimiento de partidos ultranacionalistas de derechas, que han recogido adeptos entre el amplio número de jóvenes desocupados.

Su objetivo declarado: obtener un resultado de dos dígitos. Respaldo que les garantizarían ministerios y poder parlamentario en una probable coalición roji-verde.La suerte, pues, parece estar echada. Dos izquierdas, con dos sensibilidades, para combatir a la ultraderecha nacionalista europea.

 

 

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El presidente Donald Trump ayer, en su primera presentación ante una sesión conjunta del Congreso

 

Nueva York.

 

En un mensaje de unidad y fortaleza en su primera presentación ante una sesión conjunta del Congreso, el presidente Donald Trump intentó ofrecer una visión populista centrada en poner a los estadunidenses primero, que incluye controlar la migración, un muro fronterizo, apoyo para la policía y un incremento histórico en el gasto militar.

Aunque asombró su cambio de tono comparado con sus discursos anteriores, sin ataques frontales y convocando al trabajo común entre ambos partidos, en esencia no cambió el contenido de su mensaje, a excepción de la inesperada mención de una reforma migratoria que podría implicar algo aún peor para millones de inmigrantes.

Describió su triunfo electoral como resultado de una rebelión de gente común de todo tipo y color en 2016, que culminó con decenas de millones unidos en una sola demanda: “que América tenía que poner primero a sus propios ciudadanos... porque sólo así verdaderemente podemos ‘volver a hacer grande a Estados Unidos’”.

Con una retórica llena de aspiraciones que en muchos rubros disfrazaba amenazas a inmigrantes, programas sociales, medio ambiente y derechos civiles, Trump festejó sus primeros logros en la Casa Blanca y declaró que es “el inicio de un nuevo capítulo de grandeza americana” donde la antorcha de la verdad, libertad y justicia... será usada para alumbrar al mundo.

Resumió sus logros iniciales como prueba de que cumplirá con sus promesas al pueblo, incluyendo compromisos de varias empresas de invertir y mantener empleos en este país, medidas contra la corrupción en el gobierno, desmantelamiento de regulaciones gubernamentales, autorización de la construcción de oleoductos, retiro del Acuerdo Transpacífico, varias medidas para mejorar la seguridad pública y el nombramiento de un candidato conservador en la Suprema Corte.

Retomando su mensaje electoral, afirmó que durante mucho tiempo se ha permitido el deterioro de la clase media, las zonas marginadas y la infraestructura, mientras el país se ocupaba de un proyecto global detrás de otro.

Sin mencionar a México o a Rusia, Trump giró hacia el sur al continuar con esta narrativa. Afirmó que Estados Unidos defendió las fronteras de otros países, mientras dejamos nuestras propias fronteras ampliamente abiertas para que cualquiera cruzara, y para que las drogas se vertieran en lo que ahora alcanza un volumen sin precedente.

Resaltó que su gobierno ha respondido a las peticiones del pueblo estadunidense para el control migratorio y seguridad fronteriza. Por fin, al hacer cumplir nuestras leyes de migración podremos incrementar salarios, ayudar a los desempleados, ahorrar miles de millones de dólares y hacer más seguras nuestras comunidades para todos. Subrayó: tenemos que restaurar la integridad y el estado de derecho en nuestras fronteras.

Para ello, agregó, pronto iniciaremos la construcción de un gran, gran muro a lo largo de nuestra frontera sur. Se iniciará de manera adelantada a los programas y, cuando sea acabado, será un arma muy efectiva contra las drogas y el crimen.

Sin embargo, sorprendió que de pronto se atrevió a referirse a una reforma migratoria. En el contexto de su prioridad de generar empleo para estadunidenses, propuso sustituir el sistema actual de permitir el ingreso a inmigrantes menos calificados y adoptar en su lugar un sistema basado en el mérito, en el cual quienes desean ingresar tienen que demostrar que podrán sostenerse en términos económicos.

Yo creo que una reforma migratoria real y positiva es posible, siempre y cuando nos enfoquemos sobre las siguientes metas: mejores empleos y salarios para estadunidenses, fortalecer la seguridad de nuestra nación y restaurar el respeto para nuestras leyes, afirmó.

Sin embargo, al abordar el rubro del crimen, informó de la creación de una oficina de asistencia a víctimas de inmigrantes criminales, e identificó a familiares de algunas de estas víctimas que habían sido invitados a sentarse junto a la primera dama Melania Trump.

A la vez, en torno a su promesa de una reconstrucción nacional, adelantó que solicitará del Congreso legislación para producir un billón de dólares de inversión en infraestructura y proceder hacia la anulación y sustitución de la reforma de salud impulsada por su antecesor Barack Obama.

Reiteró sus propuestas de proteger al país del terrorismo islámico radical, justificando sus medidas de una mayor verificación de los que llegan procedentes de países peligrosos. También, resaltó el avance en la destrucción del Estado Islámico, trabajando con aliados, incluyendos países musulmanes.

Indicó que en el presupuesto federal que enviará al Congreso para su aprobación se contempla uno de los incrementos más grandes en gasto de defensa nacional en la historia estadunidense. Subrayó que aunque Estados Unidos debe permanecer como el líder mundial, tenemos que aprender de los errores del pasado y afirmó que se respetará el derecho de toda nación a trazar su propio camino. Añadió que Estados Unidos está dispuesto a encontrar nuevos amigos.

“Mi trabajo no es representar al mundo, mi trabajo es representar a Estados Unidos de América”, afirmó, y agregó que lo que se busca es menor conflicto y la paz a nivel mundial.

Concluyó que sólo con la unidad y bajo la misma bandera –dejando atrás luchas triviales y el pensar pequeño– se puede abrir un nuevo capítulo de “grandeza americana” y convocó a los ciudadanos a “abrazar esta renovación del espíritu americano”.

Con esto, Trump intentó superar sus primeros 40 días de caos interno y expresiones extraordinarias de resistencia y disidencia dentro y fuera del gobierno, y el hecho de que tiene el nivel más bajo de aprobación popular de un presidente nuevo en la historia moderna (la encuesta más reciente es de CBS News, con 39 por ciento).

 
Símbolos

 

Dentro de la Cámara de Representantes hubo expresiones políticas por medio de símbolos, sobre todo en torno a la disputa sobre migración. Legisladores demócratas invitaron a inmigrantes y refugiados, entre ellos un refugiado iraquí que ahora es ciudadano (huésped de la senadora Elizabeth Warren), un traductor para las fuerzas estadunidenses en Irak que fue detenido el mes pasado por la orden ejecutiva antimusulmana, un estudiante de posgrado iraní y varios jóvenes inmigrantes indocumentados conocidos como dreamers.

La Casa Blanca invitó a tres familiares de víctimas de delitos cometidos por inmigrantes indocumentados para ocupar un asiento junto a Melania Trump (también inmigrante).

A la vez, varias legisladoras se vistieron de blanco, el color del movimiento de las mujeres por el voto y otros derechos (las sufragistas), en defensa de los derechos de las mujeres que consideran están bajo ataque por Trump.

 

Calificación: A

 

Más temprano, en una entrevista con el que, dice, es su programa favorito, Fox & Friends, de Fox News, Trump afirmó: “creo que he hecho grandes cosas, pero no creo que yo –yo y mi gente– no creo que lo hemos explicado suficientemente bien al público estadunidense. Creo que me corresponde una A (equivalente a un 10 en calificaciones académicas) en términos de lo que realmente he logrado, pero en términos del mensaje, me daría una C o C+ (un siete)”.

Trump no empezó su día con un mensaje tan cordial. En esa misma entrevista consideró, después de ver sus críticas, que la líder de la minoría demócrata de la cámara baja, Nancy Pelosi, es una incompetente. Indicó que una serie de actos recientes de vandalismo contra centros y cementerios judíos podrían no ser lo que parecen, sino un intento para que el presidente se viera mal, y reiteró que el ex presidente Barack Obama podría estar detrás de algunas de las protestas contra sus políticas.

 

 

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Viernes, 24 Febrero 2017 06:47

El muro y la palestinización mexicana

El muro y la palestinización mexicana

Mientras la mayoría de voces en torno al escandaloso tuit de Benjamín Netanyahu en el que aplaudía a Donald Trump por querer construir-expandir el muro en la frontera con México ["El presidente Trump tiene razón. Construí un muro en la frontera sur de Israel. Detuvo la migración ilegal. Gran éxito. Gran idea" (@netanyahu, 28/1/17)] se centraban en "lo ofensivo que resultaba para los mexicanos" o en las características de los muros en cuestión –más allá de la casuística, ninguno de los dos muros israelíes "se salva": el de Cisjordania (ilegal a la luz del derecho internacional) no es por "seguridad" sino por colonialismo-despojo de tierras, y el de Egipto no es por "migración" sino por racismo (972 Magazine, 3/2/17)–, desapercibida quedaba la manera en que este "gesto", lejos de ser un accidente, se inscribía en una oscura "constelación de ideas" compartida por ambos políticos, que revela y confirma a la vez:

• perturbadoras afinidades ideológicas entre ellos y sus campos (con viejos antecedentes);

• similares patrones de racismo y xenofobia (en las que México y Palestina se vuelven "intercambiables");

• y preocupantes mutaciones ideológicas por las que pasa EU (emulando a Israel).

Primero: es un hecho que trumpismo y sionismo comparten hoy las mismas tendencias tribales, exclusivistas, racistas y supremacistas, estando en la "vanguardia mundial" de erigir los muros. Aunque la simultánea presencia en la administración de Trump de sectores antisemitas (Bannon) y pro sionistas (Kushner/Friedman) puede parecer sorprendente, no es ninguna contradicción (Forward, 19/2/17). Históricamente ambas ideologías compartían fines, enemigos, criterios políticos y odios comunes [concentración de judíos "en un solo lugar" (Israel); izquierda-comunismo; etnonacionalismo; diversidad]. Ambas tienen una larga –previa al Holocausto– historia de colaboración [el "sionismo revisionista" de Zeev Jabotinsky (1880-1940), tachado por comunistas judíos, bundistas y la izquierda sionista de "fascista" (¡sic!) y del cual Likud, el partido de Netanyahu –cuyo padre fue secretario de Jabotinsky– se dice heredero, "flirteaba" con fascistas polacos, italianos y con los propios nazis (Lenni Brenner, Zionism in the age of dictators, 1983, 334 pp.)]. Richard Spencer, líder de la alt-right y gran fan del muro, admira al sionismo por su afán de “mantener la ‘homogeneidad racial’ y la mayoría blanca” y apunta a las políticas racistas del Estado de Israel como el ejemplo de una necesaria "limpieza racial" en EU (CNN, 6/12/16) y la creación un "etno-Estado" (Forward, 7/12/16).

Segundo: el uso de la figura de un "mexicano" por Trump desde luego evoca el "clásico truco" fascista de culpar de las enfermedades en la sociedad a un "agente externo" y ofrecer una rápida solución sanativa: su expulsión-exterminación. Pero hoy ya no es el "judío" quien funge de sistémico chivo expiatorio, sino un "musulmán". La judeofobia ya fue sustituida sistémicamente por la islamofobia y ésta es el verdadero antisemitismo de Trump, por lo que los mexicanos no son "sus judíos", sino "sus musulmanes". Así se percibe mejor la dimensión de la "palestinización" de México, reflejada en: a) reiteradas alabanzas de Trump al muro israelí, "una solución que funciona [¡sic!] y es reproducible acá" ( Página/ 12, 8/2/17; The Guardian, 26/9/16); b) la manera en que un “migrante/delincuente/ narco” resulta intercambiable con un "terrorista" y un "indocumentado (mexicano)" representa la misma "amenaza" que un "refugiado (palestino)"; y c) la medida en que todos estos muros –más allá de sus "fines prácticos"– responden a las mismas ansiedades de las sociedades de sus países. Dichas analogías no son ajenas al propio Netanyahu, que desde un ángulo muy diferente y desde hace tiempo viene asegurando que "los palestinos son para los israelíes lo que los mexicanos para los estadunidenses" ["una bomba demográfica a desmantelar"], paralelo que (ab)usaba para torpedear la creación de un Estado palestino arguyendo que “si surgía uno en Cisjordania, los mexicanos iban a querer un ‘segundo México’ al sur de EU” [¡sic!] (véase su libro: Durable peace, 2000, p. 164-165), "destapándose" así ya no solo como islamófobo, sino también como mexicanófobo que odia "a todos los morenos que quieren convertir a los blancos en una minoría, sea en Galilea o Texas" ( 972 Magazine, 27/11/14).

Tercero: el reverso natural de la "palestinización de México" es la "israelización de EU" (reflejada en el muro mismo planeado con empresas israelíes), un buen término para hablar de los cambios bajo Trump, que alude al proceso de degeneración política por el que desde hace tiempo pasa Israel, que abarca "fundamentalización" (S. Sand), "fascización" (M. Warschawski) y Gleichschaltung (U. Avnery) [y eso sin hablar del colonialismo, racismo institucional, apartheid de facto y medidas antimigratorias mucho más severas que las de Trump –véase: The Independent, 30/1/17–, que curiosamente nunca han preocupado ni "indignado" tanto al mainstream liberal como el tuit sobre México].

El "Muro de Hierro" es una clásica figura del pensamiento sionista. Acuñada por Jabotinsky (1923), nació como una "estrategia negociadora".

Según él, los árabes no iban a permitir así no más la erección de un Estado judío en Palestina, así que había que construir primero un considerable poderío militar ("fase I") y solo después –desde la posición de fuerza– hablar con ellos ("fase II").

Resulta paradójico que es la ultraderecha israelí la que "bastardeó" la fórmula de su principal ideólogo.

Ariel Sharon, edificando el muro en Cisjordania, convirtió la metáfora en una triste realidad (véase: Avi Shlaim, Israel and Palestine, 2009, p. 291), y Netanyahu –que de su homólogo estadunidense recibe lo que quiere: mano libre en expandir los asentamientos ilegales y marcha atrás a la "solución de dos estados" (Electronic Intifada, 15/2/17)– nunca tuvo la voluntad de moverse hacia la "fase II".

Según algunos el muro de Trump –alias el Negociator (Slim dixit)– es pensado como un argumento de fuerza para las futuras negociaciones con México (TLCAN).

Lo más probable, sin embargo, es que el muro, o incluso –si nunca llega a concretarse– su solo espectro, le servirá (igual que el suyo le sirve a Netanyahu) para ir alargando ad infinitum la "fase I", alimentando el conflicto permanente.

*Periodista polaco

Twitter: @MaciekWizz

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Cruel precedente de Trump sobre refugiados

Así que Donald Trump va a joderlos a todos. Hoy no me excusaré por las palabras obscenas. Sólo cito al hombre que acaba de usar a sus oficiales del Pentágono para cubrirse de oprobio... a él y a Estados Unidos. Porque fue el hoy secretario de Defensa, James Mattis, apodado el Perro rabioso, el que dijo a los iraquíes en 2003 que iba "en son de paz" –incluso exhortó a sus marines a ser compasivos–, pero a los que osaran oponerse a la invasión ilegal de su país les advirtió: "Si me joden, los mataré a todos".

No hay vuelta de hoja. Llámenlo nazi, fascista, racista, perverso, antiliberal, inmoral, cruel. Lo más peligroso es que lo hecho por Trump sienta un precedente maligno. Si se puede evitar que lleguen a su país, también se puede botarlos de él. Si se puede exigir un "veto extremo" a musulmanes de siete naciones, también se puede demandar una "prueba de valores" para los musulmanes que ya están dentro del país. Los que tienen visas. Los que sólo tienen residencia. Los que, en caso de ser ciudadanos estadunidenses, tienen ciudadanía doble. O ciudadanos estadunidenses de origen musulmán. O estadunidenses de nacimiento que sean musulmanes. O hispánicos. ¿O judíos? Refugiados un día, ciudadanos al siguiente, y luego refugiados de nuevo.

No, claro que no: Trump nunca sometería a pruebas tan obscenas a inmigrantes judíos –porque serían obscenas, ¿o no?– ni detendría a cristianos procedentes de países musulmanes. Estados Unidos siempre ha condenado a los estados sectarios, pero ahora Trump declara que aprueba el sectarismo. Las minorías serán bienvenidas, pero los alauitas de Siria, a los que pertenece Bashar al Assad, presumiblemente no contarían, y supongo que podemos esperar que todas las embajadas estadunidenses tendrán tres filas de solicitantes de visas: una para musulmanes, otra para cristianos, y una más marcada "Otros". Allí es donde nos formaríamos la mayoría de nosotros. Y al hacerlo, automáticamente aprobaremos este sistema inicuo... y a Trump.

No tiene caso desperdiciar tiempo en lo obvio: que Estados Unidos ha bombardeado, directa o indirectamente, cinco de las siete naciones de la lista de vetadas por Trump. Sólo Sudán se salva, pero los estadunidenses volaron en el aire un avión comercial iraní repleto de pasajeros en 1988 y no han expresado objeciones al bombardeo israelí de personal iraní en Siria. Con eso suman seis países.

Nada se gana con reiterar que los cuatro países cuyos ciudadanos participaron en los crímenes internacionales de lesa humanidad del 11-S –Arabia Saudita, Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Líbano– no aparecen en la lista. Porque a los sauditas hay que amarlos, mimarlos, adularlos y aprobarlos aunque corten cabezas y sus ciudadanos envíen dinero a los asesinos del Isis. Egipto es gobernado por el presidente Al Sisi, "tipo fantástico" y anti "terrorista", según Trump. Los refulgentemente ricos Emiratos no serán tocados. Tampoco lo será Líbano, aunque sus decenas de miles de sirios de doble nacionalidad la pasarán mal en lo futuro.

Pero no, esta vil pieza legislativa no va dirigida a las naciones. Su blanco son los refugiados, los pobres, las masas apiñadas que ansían respirar con libertad. Es decir, los musulmanes, no los cristianos. ¿Cómo podrían resistir una "prueba de valores"? Y, para el caso, ¿cuáles son los "valores" de Estados Unidos? Está bien atacar estados soberanos. Está bien usar aviones no tripulados para asaltar hombres y mujeres en otros países. Está bien que sus aliados despojen a otros de sus tierras para sus propios pobladores, o apoyar a dictaduras árabes que castran, ejecutan y violan a sus prisioneros mientras sean aliados de Estados Unidos. Está bien dar fast track a visas para sauditas –como Gran Bretaña ha hecho durante años– aun cuando sean miembros del culto wahabita más inspirador del mundo, que incluye entre sus militantes al Talibán, Al Qaeda, Isis y los que ustedes digan y manden. Tampoco es para presumir nuestra propia participación en esta charada. Luego de dar palmaditas en la cabeza a los gobiernos asesinos del Golfo –y volar para hacer lo mismo con el autócrata en jefe de Turquía–, nuestra falderilla primera ministra, recién venida de Washington, no ha dicho una palabra sobre la perversidad de Trump. ¿No era Gran Bretaña –junto con Estados Unidos, háganme favor– la que derramaba copiosas lágrimas por los 250 mil (o 90 mil) refugiados musulmanes de Alepo oriental hace un par de meses? Y ahora, mucho que nos importa que se los estén jodiendo de lo lindo.

Por cierto, casi todos los de Alepo oriental eran musulmanes. Los cristianos de Siria buscaron la protección de Bashar y no fue culpa de ellos. ¿Y qué mensaje dieron los sacerdotes cristianos del norte de Siria cuando los entrevisté? No quieren que su gente emigre a Occidente. Por duro que resulte, los cristianos deben quedarse en las tierras de su fe, en Medio Oriente. En Occidente, sencillamente se perderían en un mundo secular. Trump se va a asegurar de que así sea.

Por lo tanto, de aquí en adelante Estados Unidos se va a "proteger" de los “extremistas radicales islámicos –nótese "islámicos", no "islamitas"–, y todos seremos capaces de seguirlo. ¿Acaso Gran Bretaña, fuera ya de la UE, no será capaz de seguir en la misma ruta odiosa? Si Estados Unidos es nuestra línea de sustentación económica, ¿no será también la línea de sustentación moral de los bufones políticos de Reino Unido? Claro, ha pasado mucho tiempo desde la Segunda Guerra Mundial. Pero en ese entonces, ¿qué hizo Estados Unidos antes –o después– del mal causado por Hitler? Impidió que los refugiados judíos llegasen a su país. Sí, hasta Anna Frank. Y ahora anda en eso de nuevo.

 

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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Estados Unidos construye el 'muro de Trump' desde hace tres décadas

Los diferentes gobiernos de EE.UU. han edificado 1.050 kilómetros de barreras desde hace más de 30 años.

Desde 1986, Estados Unidos ha levantado diversas barreras para detener la inmigración en su frontera sur. Ese año, la Administración de Ronald Reagan aprobó la Ley de Reforma y Control de Migración y comenzó a construir algunas cercas, que alcanzaron los 106 kilómetros a partir de 1990, durante el mandato de George H.W. Bush.


Sin embargo, EE.UU. no erigió un muro como tal hasta que ocupó la Casa Blanca el demócrata Bill Clinton. De manera paradójica, su esposa y candidata del mismo partido en las elecciones presidenciales de 2016, Hillary Clinton, se puso del lado de los migrantes latinos.


La infraestructura que con Clinton medía apenas 16 kilómetros hoy alcanza 1.050 kilómetros, alrededor del 33 % de la frontera entre México y EE.UU. Con ese dirigente también comenzó la Operación Guardián —que incluía medidas policiales y patrullaje militar— y se aprobaron leyes propuestas por el Partido Republicano que, hoy en día, todavía provocan deportaciones y separaciones familiares.


Influencia del 11-S


Después de los ataques contra las Torres Gemelas del 11 de septiembre del 2001, la política de EE.UU. se radicalizó. Durante el mandato de George W. Bush, el enfoque de la seguridad en la frontera se amplió a la lucha antiterrorosta. Sin embargo, tanto el entonces gobernador de Texas, Rick Perry, como México y otros países de América Latina se opusieron de manera frontal.


El muro se extendió por California, Arizona y Nuevo México en 1995, en donde se amplió en 2003, 2004 y 2010. En 1997, la Operación Río Grande provocó nuevas edificaciones en los límites de Texas con Coahuila —hasta Piedras Negras, 105 kilómetros— y Tamaulipas, con 345 kilómetros desde Laredo hasta el golfo de México.


Hoy en día, esa serie incontinua de separaciones físicas se rige bajo tres operaciones: 'Gatekeeper' en California, 'Hold-the-Line' en Texas y 'Safeguard' en Arizona.


De hecho, en Tijuana ya hay tres muros: una reja eléctrica, una de cemento y una de barrotes. Además, funcionan detectores de calor y movimiento y varios helicópteros sobrevuelan sus playas hasta la costa de San Diego, mientras que drones vigilantes sobrevuelan otras partes del muro.


A su vez, la Patrulla Fronteriza ha incrementado su personal en un 500 %: los 25.000 agentes de estos momentos contra los 135 de 1992.


Consecuencias


Esta política no ha disminuido el ritmo migratorio, tan solo ha provocado que las personas crucen por zonas más peligrosas, como la reserva de los indígenas tohono o'odham, un pueblo que vive en un territorio ancestral que ocupa zonas desérticas que forman parte de los estados de Arizona (EE.UU.) y Sonora (México).


La politóloga Alexandra Novosseloff, autora del libro 'Muros entre hombres', explica a RT que la iniciativa de Trump "no es realmente un nuevo muro". Al respecto, esta especialista asegura que la construcción de una separación física en toda la frontera entre México y EE.UU. deja dudas tanto sobre su financiamiento como sobre su viabilidad por motivo de los accidentes geográficos —desierto, montañas y cañadas— y genera incertidumbre sobre los efectos que ocasionará en las poblaciones fronterizas.

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Obama puso fin a “pies secos, pies mojados”

El gobierno de Barack Obama decidió terminar con el tratamiento preferencial de los inmigrantes y refugiados cubanos –conocida como la política de ‘pies secos, pies mojados’ (de 1995)–, que reciben un visado y permiso de trabajo automáticamente al llegar a Estados Unidos.


La medida podría dejar a los inmigrantes de Cuba al mismo nivel que a los demás de América Latina. A cambio, la isla aceptará a cubanos que envíe deportados EE.UU., algo a lo que La Habana siempre se ha negado. Esta decisión, que Donald Trump podrá revocar, cambia radicalmente la relación entre Estados Unidos y Cuba, y supone un durísimo golpe para el ala más dura del exilio cubano en Miami.


Según adelantó un funcionario de la administración de Obama, la medida, que se hizo oficial ayer, pone fin de forma inmediata a la política adoptada en 1995 y que devuelve a Cuba a los cubanos que intercepta en el mar, pero admite en Estados Unidos a los que logran tocar tierra.


El fin de esa política era un reclamo que mantenía desde hace mucho tiempo el gobierno de Raúl Castro para avanzar en la política de normalización de las relaciones bilaterales que los viejos enemigos comenzaron en diciembre de 2014. La política es una enmienda a la Ley de Ajuste Cubano de 1966, que otorga autoridad al Secretario de Justicia de Estados Unidos para permitir que los cubanos que entraron en el país, tanto legal como ilegalmente, obtengan la residencia permanente un año después de su llegada. Aunque solo el Congreso puede acabar con esa ley, se trata de una legislación que da mucha flexibilidad al Secretario de Justicia para aplicarla, por lo que no está claro aún cómo pretende manejar la situación el gobierno de Obama.


El cambio en esta política se produce solo una semana antes de que Obama ceda el poder el próximo 20 de enero al presidente electo, Donald Trump, quien ha amenazado con poner fin al restablecimiento diplomático iniciado por Obama a no ser que el gobierno cubano firme con él “un acuerdo mejor”.

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El gobierno de Obama expulsó a más de 242 mil mexicanos en 2015

Un total de 242 mil 456 ciudadanos mexicanos fueron deportados por el gobierno del presidente Barack Obama en el año fiscal 2015, un número mayor que los inmigrantes de cualquier otra nacionalidad, de acuerdo con cifras oficiales.


Las deportaciones de mexicanos representaron 72.7 por ciento del total de 333 mil 341 inmigrantes expulsados de Estados Unidos en el pasado año fiscal, que abarca desde el primero de octubre de 2014 hasta el 30 de septiembre de 2015.


Del total de las deportaciones de mexicanos, más de 106 mil obedecieron a casos criminales y el resto, unas 136 mil, a ofensas no criminales, según las cifras del Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés).


Aunque las deportaciones totales del presidente Barack Obama en el año fiscal 2015 representaron su menor número desde 2007, las repatriaciones de mexicanos significaron un aumento respecto de las 176 mil 968 del año fiscal 2014.


Alrededor de 2.9 millones de inmigrantes indocumentados mexicanos han sido deportados por el presidente Obama entre 2009 y 2015, siendo 2013 año récord, con 435 mil, de acuerdo con un análisis del Centro de Investigación Pew.


Aunque Obama llegó a la Casa Blanca con la promesa de promover una reforma migratoria desde su primer año de mandato, en 2009, al final deportó un mayor número de mexicanos que los dos millones durante los ocho años del gobierno de George W. Bush.


Y para empeorar el panorama, el presidente electo Donald Trump ha prometido deportar de 2 a 3 millones de inmigrantes indocumentados con antecedentes criminales, pero no ha fijado cuotas por nacionalidad.


Asimismo, ofreció derogar las acciones ejecutivas del presidente Obama en materia de migración, como el Programa de Acción Diferida para Llegados en la Infancia (DACA), que beneficia a 745 mil indocumentados, la mayoría mexicanos.


Aunque después de ganar las elecciones Trump sostuvo que buscará una solución para estos jóvenes, hasta el momento no ha ofrecido detalles.


Trump singularizó a la migración mexicana durante su campaña presidencial, pero la realidad es que medio millón de connacionales indocumentados salieron de Estados Unidos desde la gran recesión de 2009.


La salida de los indocumentados mexicanos provocó que la población no autorizada procedente de México cayera de un techo de 6.9 millones en 2007 a 5.8 millones en 2014, de acuerdo con un análisis de los demógrafos Jeffrey Passel y D’vera Cohn, del Centro Pew.


Pero los mexicanos no sólo encabezan la lista de deportaciones durante el gobierno de Obama, sino que virtualmente son los primeros en la mayoría de categorías migratorias, incluidas naturalizaciones y obtención de tarjetas de residentes.


Estados Unidos registró un total de 730 mil 239 naturalizaciones en el año fiscal 2015, un aumento en relación con las 653 mil 416 de 2014, pero una caída respecto de las 779 mil 929 del año fiscal 2013.


Del total de naturalizaciones del pasado año fiscal, casi 106 mil correspondieron a inmigrantes mexicanos. Los más cercanos competidores de México son India, con alrededor de 42 mil; Filipinas, con 40 mil; China, con 31 mil, y Cuba, con más de 25 mil.


En materia de obtención de tarjetas de residencia legal permanente, Estados Unidos otorgó 158 mil 619 a mexicanos, de un total de un millón 51 mil en el año fiscal 2015, el número más alto que cualquier otra nacionalidad.


Por comparación, le siguen China, con más de 74 mil; India, con más de 64 mil, y República Dominicana, con más de 50 mil tarjetas de residencia.


Los mexicanos ocuparon también el primer lugar en el total de visas de no inmigrante otorgadas por Estados Unidos en el pasado año fiscal.


Del total de 76.6 millones de visas de no inmigrante, los mexicanos abarcaron más de 20.3 millones. Sus más cercanos competidores fueron los canadienses, con un total de 13 millones de visas.

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La "guerra racial", el capitalismo y la ideología

Como apunta Franco Bifo Berardi, Europa está al borde de una "guerra racial": el sistemático rechazo de refugiados en su frontera sur no es simple muestra de brutalidad. La Unión Europea (UE) ya es una "fortaleza racista". El continente arrasado por la ola xenófoba y nacionalista –rodeado de cuerpos tirados por el mar y lleno de campos de internamiento para los sobrevivientes– se convirtió en un "archipiélago de infamia" (Verso blog, 23/10/16). Parece que en medio de crisis sin fin, austeridad rampante, diktats financieros y putsches bancarios regresamos al punto en que ya estuvimos antes.

2. En su meollo, la Segunda Guerra Mundial fue una "guerra racial". Desde la perspectiva nazi, el ataque a Polonia era la "primera campaña contra los enemigos raciales" (N. Wachsmann, KL: a history of the nazi concentration camps, 2016, p. 192). Los "subhumanos eslavos" a la par de judíos –incluso más: años antes de la "solución final"– estaban en su centro: sus élites tenían que ser exterminadas, el resto esclavizado. Si, como subraya Wachsmann, "las primeras víctimas de la Segunda Guerra eran reos de campos de concentración (Konzentrationslager, KL)" [literalmente: para justificar la invasión la SS asesinó a un grupo de ellos y vistiendo en uniformes polacos pasó por "agresores neutralizados", p. 191], ¿diremos un día que las primeras víctimas de la tercera guerra eran los refugiados?

3. Tanto ayer como hoy, detrás de la rabia desde abajo y el odio inducido desde arriba está la destrucción financiera. Los que perdieron con la crisis, para que pudiera ganar el capital corporativo fueron ofrecidos chivos expiatorios (refugiados); pauperizados, en la mayoría desmovilizados, fueron enseñados a aferrarse a "lo único que les quedaba": su "identidad".

4. Si antes el principal terreno de "guerra racial" era la tierra –Polonia, "el gran basurero racial" donde los nazis construyeron la mayoría de sus campos de exterminio y vastos terrenos de la URSS–, hoy lo es el agua. El mar Mediterráneo parece "campo de batalla" y "herramienta de exterminio" a la vez. "Agua salada remplazó a Zyklon B", escribe Berardi.

5. Cambian las modalidades y métodos; impera la misma lógica de la modernidad, pero con un twist: si antes, por ejemplo, el Holocausto era fruto de un plan ("conferencia" de Wannsee, 1942) –aunque, bien demuestra Wachsmann, éste se benefició también de muchas decisiones e iniciativas "desde abajo"–, hoy la "exterminación" no tiene que ser orquestada centralmente. Puede ser –siguiendo a U. Beck y su "merkiavelismo" [mezcla de titubeo e inacción hasta el punto que para ciertas soluciones ya no hay alternativa] que A. Merkel empleó en caso de la deuda griega– fruto de indecisión. No hace falta que Festung Europa planee matar a refugiados (y no lo hace); basta (como lo hace hasta ahora) que se quede mirando cómo se mueren solitos en "aguas saladas" (3 mil 800 desde principios del año).

6. Igual que antes el Tercer Reich necesitaba ayudantes-entusiastas y estados-títeres para llevar a cabo su "guerra racial" (matar y/o entregar cuotas de gente para "fábricas de muerte" [Eslovaquia incluso les pagó a los nazis –¡sic!– 500 RM por cabeza para que se llevaran a todos sus judíos, gitanos y comunistas...]), hoy –sigue Bifo con sus paralelas– la "UE les paga a sus Gauleiters en Turquía, Libia y Egipto para que le hagan el trabajo sucio en las costas del Mediterráneo" (en un infame acuerdo, el fascista Erdogan recibió 3 mil millones de euros renovables en 2018 para frenar el flujo de los refugiados).

7. Josep Fontana (igual leyendo a Wachsmann) enfatiza la doble característica de los KL como centros de represión/exterminio y entidades orientadas a obtener el máximo de ganancia. Esto le recuerda las políticas de austeridad. Según él, los países como Grecia o España "ya se convirtieron en unos KL" y "obedecen su lógica": reducir al mínimo costes de trabajo (quitándoles derechos a los trabajadores) y eliminando a quienes ya no producen (rebajándoles pensiones); y "para que todo acabe de parecerse al modelo original", señala la superioridad racial que los alemanes de hoy sienten respecto a los europeos del sur, “la misma que Goebbels sentía hacia los polacos [‘más animales que humanos’]” (Sin Permiso, 19/7/15).

8. El racismo también es "el mismo", pero con matices (no es que exista "raza" como tal, bien dice Bifo en otro lugar: sólo que con crisis, las seudoteorías de Gobineau que inspiraron a Hitler otra vez "responden a ansiedades del mundo moderno", Erroristas, 22/4/16). Después del Holocausto, el "discurso científico racial" está desacreditado; "lo biológico" queda sustituido por "lo cultural" y la "guerra racial" se da apelando a "prejuicios civilizatorios" ("refugiados musulmanes amenazan al mundo occidental"). Por lo mismo, ya no es Alemania la que está en vanguardia de odio, de construcción de campos y cercas (de hecho fue Merkel quien abrió las puertas a los refugiados, pero sólo después de depredar al sur de la zona euro y despertar los resentimientos), sino sus súbditos eslavos y magiares, dependientes de la economía alemana.

9. La "guerra racial" de hoy, como la de ayer –aparte de querer recluir/expulsar/exterminar al "enemigo"– sirve para transponer las contradicciones del capital al "cuerpo del Otro": ayer un judío, hoy un musulmán [E. Traverso alertando que regresamos a la violencia de principios del siglo XX, analiza cómo el odio a los migrantes musulmanes sustituye el "antisemitismo tradicional" y cómo la islamofobia se vuelve el "nuevo racismo occidental" (Pluto Press blog, 10/8/16)], un mecanismo sistémico y "cortina de humo" que tapa la única guerra que importa: la lucha de clases.

10. Igual que no había contradicción entre el imperativo de la exterminación y la necesidad económica de asegurar y exprimir fuerza de trabajo en los KL (Wachsmann, p. 343), no la hay entre el "exterminio por inacción" de refugiados en "aguas saladas" y la necesidad de la UE de asegurarse nuevas manos de obra. Sus muertes son parte del "manejo migratorio" y la estrategia del capital de "disciplinar el mundo de trabajo": sirven para suprimir aspiraciones económicas de otros migrantes, desposeerlos de derechos sociales y políticos y ejercer presión en otros trabajadores a fin de bajar salarios y estándares labores en general.

 

Maciek Wisniewski, periodista polaco

Twitter: @periodistapl

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“Hay que inventar una nueva geopolítica”

Ante las consecuencias sociales del cambio climático y las migraciones, Gemenne plantea la necesidad de repensar conceptos como soberanía, Estado, población y territorio.


“La articulación entre territorio, población y Estado va a tener que ser profundamente repensada. Pero seguimos siendo prisioneros de marcos de pensamiento que datan del siglo XVII.” François Gemenne investiga el impacto social de las migraciones y el cambio climático en la Universidad de Lieja y el Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po), entre otras instituciones. Antes de llegar al país para participar de distintas actividades (ver aparte), invitado por el Centro Franco Argentino de Altos Estudios (UBA-Embajada de Francia) y por la Facultad de Ciencias Exactas, reflexionó sobre esos problemas en diálogo con Página/12.


–¿Qué significa y qué implicancias tiene la denominación de “antropoceno” para la era que estamos viviendo?


–El Antropoceno es un nuevo período geológico en el que, según los geólogos, estamos inmersos de ahora en adelante. Se lo podría llamar “la era del ser humano” y se define por una ruptura profunda: por primera vez, los seres humanos se han convertido en la principal fuerza de transformación del planeta, por delante de las fuerzas geológicas. Pero no es sólo un concepto geológico, también es una formidable propuesta política: implica que la Tierra se ha convertido en un sujeto de la política, no sólo un objeto. El Antropoceno es el encuentro de la historia del hombre, que tiene unos pocos miles de años de edad, con la de la Tierra, que se extiende por miles de millones de años. Sin embargo, hay algo engañoso en considerar que todos los hombres son igualmente responsables de las transformaciones del Antropoceno: de hecho, “la era de los humanos” es sobre todo la era de algunos hombres, mientras que la mayoría de los seres humanos son en realidad víctimas de estas transformaciones.


–¿Qué desafíos genera esta nueva era para la geopolítica global? ¿Qué tensiones provoca en conceptos clave como territorio, frontera, soberanía, justicia universal?


–El Antropoceno nos debe llevar a replantear completamente el lugar del medioambiente en la política: hay que inventar una nueva geopolítica; literalmente, una política de la Tierra. Todos los conceptos sobre los que se basan las relaciones internacionales contemporáneas son puestos en cuestión. La Tierra ya no es más el decorado de las relaciones de poder, es un sujeto de política, y esto implica repensar los conceptos clave de las relaciones internacionales. La soberanía nacional, por ejemplo, fue concebida en el siglo XVII como el principio rector de las relaciones internacionales: el soberano tendrá el control total de un territorio, que se corresponderá con una población, y esos territorios estarán separados por fronteras. Pero, ¿cuál es el sentido de esa soberanía desde el momento en que de los Estados van a perder porciones enteras de sus territorios por el ascenso del nivel del mar? El cambio climático va a desplazar las fronteras. ¿Y cuál será la soberanía de los Estados insulares engullidos por el océano? La articulación entre territorio, población y Estado va a tener que ser profundamente repensada. Nunca antes en la historia de la humanidad los pueblos han dependido tanto unos de otros. Pero seguimos siendo prisioneros de marcos de pensamiento y de análisis que datan del siglo XVII. El Antropoceno también nos obliga a repensar la soberanía en el sentido de ¿cuál será su significado si la Tierra se vuelve inhabitable?, ¿sobre qué se ejercerá la soberanía?


–En sus trabajos, usted analiza la situación de los “refugiados ambientales”. ¿A quiénes se refiere y qué políticas públicas son necesarias para abordar el fenómeno?


–Hoy en día, las degradaciones del medioambiente, muchas de las cuales están relacionadas con el cambio climático, se han convertido en un factor importante de las migraciones y los desplazamientos de las poblaciones. Es una realidad presente, no es sólo un riesgo futuro y distante. Los llamados “refugiados ambientales” son aquellos que se ven forzados a abandonar sus hogares por la degradación del medioambiente, que puede ser repentina o progresiva: inundaciones, sequía, la degradación del suelo, huracanes, etc. Detrás de la idea de “refugiados ambientales” hay situaciones migratorias muy diferentes que reclaman respuestas políticas también muy diferentes: una persona que huye de una catástrofe, por ejemplo, no tiene las mismas necesidades que otra que migra a la ciudad durante la temporada de lluvias y luego regresa a su casa. Las respuestas políticas tienen que ser contextuales. En octubre de 2015, ciento diez Estados aprobaron en Ginebra el programa de protección de la Iniciativa Nansen, una serie de principios para proteger de la mejor manera los derechos de los “refugiados ambientales” –que no son realmente refugiados, no son reconocidos como tales por el derecho internacional–. La puesta en marcha de este programa debe ser una prioridad en los países que lo adoptaron, así como el despliegue de políticas de adaptación al cambio climático que reconozcan el rol de las migraciones.


–¿Cómo caracteriza la crisis de refugiados que atraviesa Europa, en particular con el caso de Siria, y las respuestas que han dado los Estados de la UE?


–Ante todo, se trata de una crisis de la humanidad. Representa el fracaso de un ideal europeo y la renuncia de la clase política frente a las ideologías xenófobas y nacionalistas. Este período será juzgado muy duramente por la historia: una de las peores tragedias humanitarias se desarrolla en las puertas de Europa y no sólo no hacemos nada para detener la guerra en Siria, sino que dejamos morir en el mar a los que están huyendo del infierno. Dos tercios de la población siria están siendo desplazados en la actualidad. La mayoría, al interior mismo de Siria; y alrededor de cinco millones, en los países vecinos: Jordania, Líbano –donde una de cada cuatro personas es un refugiado– y, por supuesto, Turquía –que ahora es el país que alberga el mayor número de refugiados del mundo–. Evidentemente, una parte importante de estos refugiados desearía llegar a Europa para intentar recuperar una vida normal, pero la única respuesta que les da Europa es el cierre y el control de las fronteras. Esta crisis es el resultado de una incapacidad –que ya lleva más de veinte años en Europa– para ofrecer un proyecto político común en materia de asilo e inmigración. Sin proyecto político, el cierre de la frontera se ha convertido en el alfa y el omega. En lugar de establecer vías seguras para acceder al continente europeo, en lugar de organizar el arribo de refugiados a Europa sobre la base del modelo organizado por los gobiernos de Alemania y Suecia, los demás gobiernos han preferido dejar que se instalen el caos y la tragedia. Los gobiernos han preferido dejar que los migrantes se ahoguen en el mar en lugar de permitirles tomar un avión.


–¿Qué ideas y supuestos están detrás de las propuestas de cerrar las fronteras?


–Actualmente, el cierre de las fronteras parece ser el único horizonte de las políticas migratorias en Europa y en todo el mundo, aunque sin duda es menos marcado en América del Sur. Las fronteras han devenido en tótems, porque remiten a una gran fantasía política: la idea de que las fronteras son un instrumento eficaz para regular las migraciones. Para la mayoría de la gente y los gobiernos, cerrar las fronteras va a detener la inmigración y abrirlas va a crear una inmigración descontrolada. El resultado de esta fantasía es que el cierre de fronteras aparece como la única opción posible y su apertura, como una utopía ingenua. Creo que esto es malinterpretar profundamente la realidad de las migraciones: no es una frontera cerrada lo que le va a impedir pasar a un migrante, del mismo modo que no es una frontera abierta lo que va a decidirlo a dejar su país. Todas las investigaciones lo demuestran y además tenemos la evidencia ante nuestros ojos: ¡la apertura de las fronteras en el espacio de Schengen no ha creado un caos migratorio! (NdR: el espacio de Schengen abarca a 26 países europeos, no todos parte de la UE.) Y en este momento Europa se enfrenta a un flujo migratorio muy importante, mientras que sus fronteras exteriores están siendo controladas como nunca antes. Debemos comprender que no son las fronteras lo que determina la migración: nunca una frontera cerrada evitará que la cruce un migrante, porque a menudo su vida depende de ese cruce. El cierre de las fronteras no detiene la migración, pero la hace más difícil, más cara y, sobre todo, más mortífera.


–¿Cómo incide en ese contexto la amenaza terrorista?


–Es evidente que juega un rol importante, sería absurdo negarlo. Cuando uno es atacado, el primer reflejo probablemente sea cerrar las fronteras para protegerse. Pero los europeos parecen no darse cuenta de que la mayor parte de los terroristas nacieron y crecieron en Europa. Hay que ser consciente de que la frontera todavía representa, para una parte de la población, una forma de defensa contra las amenazas externas. Hay una brecha cada vez más grande entre aquellos para los que las fronteras ya no representan nada y aquellos para los que las fronteras representan la última protección. Y es particularmente eso lo que jugó en el Brexit. Reducir esa brecha es un desafío esencial para nuestras sociedades.

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