Hay unos 50 mil millones de aves en el mundo, revela nuevo estudio

Madrid. Un estudio de big data, basado en observaciones de la ciencia ciudadana y en algoritmos detallados, sugiere que hay unos 50 mil millones de aves en el mundo, unos seis pájaros por ser humano.

La investigación de la Universidad de Nueva Gales del Sur y publicada en PNAS indica además que pertenecen a 9 mil 700 especies diferentes, incluidas las no voladoras como los emús y los pingüinos.

"Los seres humanos hemos dedicado un gran esfuerzo a contar los miembros de nuestra especie, los 7 mil 800 millones de personas. Este es el primer esfuerzo exhaustivo para contar un conjunto de otras especies", afirma Will Cornwell, profesor asociado y ecólogo de la UNSW Science y coautor del estudio.

El equipo de investigación llegó a sus cifras al reunir casi mil millones de avistamientos de aves registrados en la base de datos en línea eBird. A partir de esos datos, y de estudios de casos detallados cuando se disponía de ellos, desarrollaron un algoritmo para estimar la población mundial real de cada especie.

Sólo cuatro especies pertenecían al club de los mil millones: el gorrión común (mil 600 millones) encabeza el grupo, que también incluye al estornino europeo (mil 300 millones), la gaviota de pico anillado (mil 200 millones) y la golondrina común (mil 100 millones).

La única especie que es capaz de regenerar sus órganos, a pesar de estar completamente despedazada. Foto: Tel Aviv University

El golfo de Eilat separa península del Sinaí de la arábiga. Corren milenios y la vía preferida de comunicación entre ambos territorios es el Mar Rojo. Con una profundidad promedio de casi 2 000 metros, en los confines submarinos se esconde la única especie que es capaz de regenerar sus órganos, a pesar de estar completamente despedazada. Así es el Polycarpa mytiligera.

El impresionante hallazgo, realizado por parte de investigadores de la Universidad de Tel Aviv, fue publicado en la revista científica Frontiers in Cell and Developmental Biology. Se trata de una especie de ascidia, generalmente oriundos del golfo de Eilat, que tiene la asombrosa capacidad de regenerar todos sus órganos, sin excepción.

Éste animal marino logra mimetizarse bien entre las rocas y arrecifes de coral. De hecho, según los científicos, es probable que cualquier buzo los haya tenido cerca alguna vez, sin saberlo. Sin embargo, son difíciles de distinguir por sus habilidades de escondite y camuflaje.

De acuerdo con el profesor Noa Shenkar, la regeneración de órganos es una habilidad común en el reino animal, pero este caso es especial por su capacidad:

“La capacidad de regenerar órganos es común en el reino animal […]. Aquí encontramos un cordado que puede regenera todos sus órganos incluso si se separa en tres partes, y cada una sabe exactamente cómo recuperar el funcionamiento de todos sus sistemas corporales faltantes en un corto período de tiempo”.

Existen otras especies, como los geckos y los ajolotes, que pueden regenerar partes de su cuerpo. Sin embargo, nunca antes se había observado un animal marino que pudiera hacerlo con la totalidad de sus órganos. Mucho menos, según el experto, con sistemas corporales completos.

Casi desde cero

Ya se sabía que existen cientos de especies de ascidias, y que no sólo pueden encontrarse en Oriente Próximo. Por el contrario, se extienden a lo largo de los mares del mundo, gracias a su enorme capacidad de adaptación. Sin embargo, la Polycarpa mytiligera es inusualmente común en los arrecifes de coral de Eilat.

Lo que realmente distingue a este animal de sus primos cercanos es un órgano específico que les permite empezar, literalmente, desde cero. Así lo señala Tal Gordon, un experto cuya tesis doctoral incluyó esta nueva investigación:

“Dentro del cuerpo hay un órgano central que se asemeja a un colador de pasta. La ascidia succiona agua a través del punto de entrada del cuerpo, el colador filtra las partículas de comida que quedan en el cuerpo y el agua limpia sale por el punto de salida. Entre los invertebrados, se considera que son los más cercanos a los humanos desde un punto de vista evolutivo”.

De acuerdo con los científicos a cargo de la investigación, esta habilidad se había registrado en especies asexuales. Sin embargo, éste es el primer cordado que se reproduce por la vía sexual que la presenta. El equipo quedó sorprendido cuando, incluso después de haber sido diseccionados en el laboratorio, los animales pudieron regenerarse por completo.

A pesar de que dejaron al cuerpo sin un centro nervioso —y de que lo cortaron en tres partes diferentes—, uno de los ejemplares estudiados logró reproducir su sistema digestivo y su corazón. Aunque inicialmente se diseccionó un sólo ejemplar, al final del estudio se contó con tres diferentes, perfectamente funcionales.

“Nunca antes se había descubierto tal capacidad regenerativa entre una especie solitaria que se reproduce sexualmente, en ningún lugar del mundo”, dice Gordon. Podría ser, según los expertos, que esta capacidad ayude a la investigación médica humana para reconocer nuevos mecanismos para sanar órganos dañados.

12 mayo 2021

 (Tomado de National Geographic)

«Todos los instrumentos de la economía verde obedecen a la misma lógica perversa de financierización»

Entrevista a Amyra El Khalili

 

El debate ambiental tiene todo para ser escamoteado o repetir viejas tergiversaciones sobre desarrollo y sustentabilidad en el escenario electoral que empieza a calentarse. Más todavía en lo que se refiere a la denominada economía verde, concepto todavía nuevo para el público. Columnista del Correo de la Ciudadanía, la economista y activista socioambiental Amyra El Khalili acaba de presentar la 2ª edición del e-book Commodities Ambientales en Misión de Paz – nuevo modelo económico para Latinoamérica y el Caribe. Como el título sugiere, no se trata de un debate de fácil entendimiento. En esta entrevista, tratamos de traer tales conceptos a la luz.

Las commodities ambientales son el opuesto de las commodities convencionales por hacer contrapunto a los criterios de estandarización y comercialización, al cuestionarlos técnicamente confrontando  los números y estadísticas de las grande escalas de producción, incluyendo las variables sociales y ambientales, y principalmente las reivindicaciones de los que son los legítimos representantes de su “eminencia parda”, el Mercado, es decir, los productores y consumidores que somos todas y todos nosotros”, explicó.

En la extendida entrevista, Amyra El Khalili también critica los límites del discurso ambientalista mayoritario, pues en su visión pone frases de fácil asimilación – como “agua no es mercancía” – por encima del análisis del modelo de producción y consumo en el cual estamos todo inseridos. Por otro lado, trata de precisar las diferencias entre mercados financierizados y oligopolizados de los que involucran productores y consumidores de pequeña escala, a nombre de quiénes siempre se estimulan los instrumentos de economía sustentable, mitigación de daños, compensaciones ambientales, etc.

“Una cosa es financiar un proyecto de mitigación (reducción de emisiones), otra es emitir títulos para las Bolsas o negociar commodities en las Bolsas. Son cosas distintas, tienen funciones distintas; no deberían fundirse y mucho menos confundirse. Lo que ocurre es que, con los instrumentos de la economía verde anteriormente citados, están fundiendo y confundiendo deliberadamente los contratos en una arquitectura financiera peligrosa. Mitigación no ocurre de la noche al día, lleva años, y muchos que están firmando contratos, acuerdos y proyectos no estarán vivos para saber sus resultados, comprometiendo así el patrimonio ambiental y cultural de las presentes y futuras generaciones, como se da en el caso de las tierras de los pueblos indígenas y tradicionales.

Entrevista:

Correo de la Ciudadanía: Empezando por el título del libro ¿qué son commodities ambientales y cuales sus finalidades en la economía actual?

Amyra El Khalili: Primero es preciso comprender lo que son “commodities” para después definir lo que son “commodities ambientales”. Commodities son mercancías estandarizadas para compra y venta que adoptan criterios internacionales de comercialización en mercados organizados (bursátiles, es decir, de Bolsas de Mercancías y Futuros). Hoy día clasificamos las producciones convencionales en commodities agropecuarias (soya, maíz, café, ganado, arroz, cacao, azúcar, etc.) y commodities minerales (petróleo, gas, oro, plata, cobre, hierro, etc.).

Fue justamente con el objetivo de cuestionar a forma como se dan esos “criterios” de estandarización y su modus operandi que pasé a estudiar el binomio “agua y energía” y acuñé la expresión “commodities ambientales”. He sido operadora de commodities y de futuros por más de dos décadas, he entrenado y capacitado operadores para las corredoras, pasé a ser estratega en ingeniería financiera, he estructurado y montado cuatro agencias asociadas a la Bolsa de Mercancías & de Futuros (antigua BM&F, actual B3);en la década de los noventa negociaba dos toneladas de oro al día en los mercados (a la vista) y derivativos (futuros) hasta llegar a la condición de consultora de la BM&F asesorándola  en la implantación de instrumentos económico-financieros como, por ejemplo, el contrato futuro de soya en grano al por mayor. He hecho la ruta de la soya en Brasil para la presentación de este contrato futuro de soya. Como conozco ese engranaje por dentro, sé separar producción de finanzas, y también identificar cuando producción y finanzas se “funden y confunden”.

Las commodities ambientales son el opuesto de las commodities convencionales porque son un contrapunto a los criterios de estandarización y comercialización, al cuestionarlos técnicamente confrontando los números y estadísticas de las grande escalas de producción, incluyendo las variables sociales y ambientales y, principalmente las reivindicaciones de los que son los legítimos representantes de su “eminencia parda”, el Mercado, es decir, los productores y consumidores que somos todas y todos nosotros, pagadores e impuestos y tasas, además de pagar también las exorbitantes tasas de intereses practicadas en Brasil cuando recurrimos a préstamos  y financiamientos.

Así, las “commodities ambientales” son mercancías originadas de recursos naturales, producidas en condiciones sustentables, y constituyen los insumos vitales para la industria y agricultura. Estos recursos se dividen en siete matrices: 1. Agua; 2. Energía; 3. Biodiversidad; 4. Floresta; 5. Minerales; 6. Reciclaje; 7. Reducción de emisiones contaminantes (en el suelo, agua y aire). Las commodities ambientales están siempre conyugadas a servicios socioambientales – ecoturismo, turismo integrado, cultura y saberes, educación, información, comunicación, salud, ciencia, investigación e historia, entre otras variables que no son consideradas en las commodities convencionales.

Mientras las commodities convencionales (agropecuariasy minerales) se concentran en algunos pocos productos de la pauta de exportación, con escalas de producción, con alta competitividad y tecnología de punta (transgenía, nanotecnología, biología sintética, geoingeniería, etc.) en las commodities ambientales se desarrollan criterios de producción alternativa como la agroecología, agricultura orgánica, biodinámica, agricultura de subsistencia consorciada con investigación de fauna y flora, como plantas medicinales, exóticas y en extensión. Como, por ejemplo, el banco de germoplasma del bioma macaronesía (misto de bioma amazónico con mata atlántica).

Es el caso de la simiente de lino y de las tinturas rescatadas por el banco de germoplasma para bordados tradicionales de la “Ilha da Madeira”, en Portugal, que han sido clonados por los chinos e industrializados. El mercado fue inundado por falsificaciones chinas de esos bordados. Resultado: las bordadoras ya no quieren enseñar el oficio a sus hijas por ser exploradas por la industrialización y por empresarios que exportan sus bordados para boutiques y pagan una miseria para las bordadoras.

Otra contradicción: mientras en la Amazonía se combate la biopiratería, en los países del norte son investigadas las semillas y especies para recuperar lo que degradaron y desmataron. Son esas contradicciones, sus paradojos y reflexiones entre problemas y soluciones que estamos debatiendo y analizando al construir colectivamente el concepto de “commodities ambientales”. Las commodities ambientales son como un espejo frente a la cara del sistema financiero para que podamos ver, en tiempos de tinieblas, alguna luz al final del túnel, proponiendo un modelo de transición a la economía de mercado en su fase neoliberal (neo= nuevo; liberal = libre mercado).

Si vivimos en una economía en la cual comanda el libre mercado ¿Por qué solamente los detentores de capital pueden decir sobre qué, cómo y de qué forma debemos producir y consumir? Si es libre para los capitalizados ¿Por qué somos rehenes de ellos y estamos “presos”? ¿Debemos ser eternamente “esclavos del libre mercado”?

Si somos los que producen, los que consumen, los que pagan impuestos, tasas y intereses ¿por qué tenemos que estar subordinados a las reglas de estandarización y comercialización internacionales, fuera de nuestra realidad y todavía aceptar que ese mercado se “autorregule”?

En Brasil sabemos que el legislador es cuestionable y muchas veces injusto; cuando la ley beneficia el reo (el degradador) y penaliza la victima (el ambiente). Cuando es conveniente para bancos y corporaciones, prevalece lo negociado sobre lo legislado.

Correo de la Ciudadanía: ¿Usted considera sustentable la exploración de las commodities ambientales? ¿Cuál la “separación del joyo del trigo” que hay que hacer, como la obra propone?

Amyra El Khalili: Las matrices de las commodities ambientales son recursos naturales y procesos renovable y no renovables; el agua, la energía, la biodiversidad, la floresta, el mineral, el reciclaje, la reducción de emisiones de contaminantes (en el suelo, agua y aire). No son mercancías, no pueden ser “comoditizadas” porque se trata de bienes difusos, de uso común del pueblo.

Las commodities ambientales son las mercancías que se originan de esas matrices, por ejemplo, el dulce de guayaba de la productora de dulces de Campos dos Goytacazes (RJ). El árbol de guayaba es la matriz, la guayaba es la materia prima, el fruto. La mercancía es el dulce de guayaba. La prestadora de servicio es la mujer dulcera en Campos dos Goytacazes y que aprendió con la india Goytacá la receta tradicional de la guayabada. La mujer dulcera se organiza en asociación y cooperativa. El agua y la energía como commodity ambiental, en este caso, es el insumo usado por la mujer dulcera para producir el dulce de guayaba. Se vuelve commodity ambiental cuando esa mujer cuida de la cuenca hidrográfica y trabaja con energía renovable y/o maximizando el uso del agua y de la energía para producir su dulce. Es cuando agua y energía son captadas de la naturaleza y pasan a la cadena productiva.

En las commodities ambientales trabajamos las siete matrices integradas al aprender cómo funciona un ecosistema. Separamos em sete matrices para poder estudiar y analizar los impactos socioeconómicos de su uso, para no permitir la exploración desenfrenada y ni la extracción industrializada como ha ocurrido en el desastre ambiental con la minería en Mariana, Minas Gerais.

Estamos hablando de commodity, o sea, de mercado organizado y no de extracción simplemente (sin organización social). Commodity no se da en la informalidad y ni es posible decir que cualquier cosa se vuelva commodity en la ilegalidad y sin criterio de estandarización. La mercancía tanto puede ser lícita como ilícita. ¡La cantidad de cosas ilícitas que se vuelven mercancías es enorme!

En economía verde se denominan los procesos de servicios ecosistémicos y ambientales. Lo que ocurre es que tampoco son “servicios”, ya que la naturaleza no está a servicio de los humanos, no cobra por su trabajo. En el concepto de “commodities ambientales” estamos hablando de “beneficios providenciales” y no de servicios ambientales.

Si alguien presta algún servicio en esta ecuación es la mujer que hace el bordado en Ilha da Madeira, la costurera, el extractivista, la que quiebra el coco babaçu, el ribereño pescador, la mujer que recoge la guayaba manteniendo la planta en pie y sembrando otra guayabera al lado de dónde cogió el fruto, los pueblos indígenas y tradicionales que protegen y guardan las florestas y las aguas. Estos, sí, prestan servicios y deberían ser debidamente remunerados por mantener los “beneficios providenciales” que la naturaleza nos proporciona. Ellos y ellas trabajan para que tengamos agua en cantidad, así como aire, tierra y mar.

Correo de la Ciudadanía: Y los verdaderos prestadores de servicio ¿están siendo excluidos de los beneficios económicos?

Amyra El Khalili: La academia y las grandes ONG tienen por hábito crear nuevas expresiones y palabras-claves para desviar la atención de lo principal, tanto los que defienden el neoliberalismo cuanto los que lo critican. Es mucha tergiversación política, distorsión y sesgo de las banderas y justas causas que defendemos y discutimos en el mundo real. Pero el pueblo no es tonto. Es bueno, pero no es tonto. Como dijo un líder Jaminawá: “¡Capibara es capibara, paca es paca, culebra es culebra y no vengan con esos nombres complicados que no sabemos lo que son! Para nosotros las cosas son sencillas”.

Si usamos a palabra-expresión “commodities” es porque dominamos el asunto y estamos rebatiendo argumentos flojos e inconsistentes. Derribando mitos que se presentan como verdades absolutas e incuestionables. Quienes nos escuchan y nos leen con atención entienden perfectamente de lo que estamos hablando.

También nunca supe de un inversionista que pusiese su dinero en algo que no entendiese, por el contrario, si lo hacen sin entender es porque los están engañando. Engañar personas es estelionato (abuso de la buena fe del individuo) y si tiene papeles con palabras-expresiones enroladas, certificadores dudosos, auditores incompetentes (en la mejor de las hipótesis) es fraude. Si tiene juros impracticables y exorbitantes, es usura. De ahí la cuestión sale del campo técnico e ideológico y pasa a la condición de jurídico-económico. En esa hipótesis es crimen.

Por lo tanto, estamos entrando en el territorio del derecho penal, más específicamente en el derecho ambiental y el derecho humano, sin perder de vista que estamos tratando también con derecho económico, tributario y fiscal. Es materia multidisciplinar y no es una simple mortal que será doctora en el tema. ¡Yo no me atrevería a tanta prepotencia!

Sino veamos. Cuándo privatizaron la Vale do Rio Doce ¿qué vendieron? ¿Una empresa estatal? No, vendieron las riquezas del subsuelo, el bien público, el mineral explorado por la Vale do Rio Doce que pasó a tener accionistas extranjeros y someterse a las reglas de mercado (¡o a su ausencia!). Aquí estoy hablando de mercado financiero y no del mercado como un todo que somos todos nosotros, productores y consumidores de bienes y servicios.

Cuando subastaron el pré-sal, entregaron para exploración de otros países en territorio brasileño el bien común del pueblo, el petróleo. Yo respondo a su pregunta con otra pregunta: ¿es viable?

Tomemos como hecho a reciente huelga de los camioneros. Al indexar los precios de los combustibles al precio practicado en las bolsas internacionales, los puestos de gasolina y alcohol pasaron a la condición de corredores y cambistas, con reajustes de precios diarios y inesperados.

Es imposible convivir con esa situación cuando ni los camioneros logran saber lo que están pagando para seguir en la carretera; cuando ni sus salarios están garantizados y más, corren riesgo de vida con asaltos y pésimas condiciones de trabajo con la flota en mal estado, o sin saber cómo van a pagar las cuotas de los camiones nuevos que han comprado.

Cuando proponemos “las commodities ambientales” estamos hablando de alternativas de generar empleo e ingresos para los que viven de la minería, da exploración desenfrenada del bien común, pues los argumentos de las empresas mineras y del agronegocio son de que tal actividad extractivista genera empleo e ingresos, trae divisas (dinero de inversionistas extranjeros) para el país. Pero sabemos que las empresas multi y transnacionales que se establecen en Brasil viene en búsqueda de insumos (agua y energía), de materia prima (minerales y productos agropecuarios) y mano de obra barata o aún gratuita y esclavizada.

Traen sus empleados bien pagados de exterior, altamente capacitados, hablando dos o más idiomas, con maestrías y doctorados, no contratan mano de obra regional, exploran el ambiente local con la complicidad de políticos. Así se privatizan las ganancias y se socializan las pérdidas.

Correo de la Ciudadanía: En ese sentido, en textos en el Correio da Cidadania usted escribe provocativamente que agua, energía y alimentos son sí mercancías, a pesar de los slogans más famosos en movimientos sociales o en discursos de grupos y partidos. ¿Cómo explicar eso?

Amyra El Khalili: Digo que es el contrario de esas campañas que vienen de fuera hacia adentro, elaboradas por ONG internacionales cuando la palabra commodities traducida literalmente significa mercancía. Queriendo “estandarizar las campañas” para que sean usadas en todos los continentes, las ONG cometen un equívoco y alimentan todavía más la confusión entre producción y finanzas. Hacen los mismo que los colonizadores que tanto critican: Nos someten a su voz de comando sin preguntarnos si esas expresiones nos sirven para decir lo que nos gustaría decir.

Explico: commodities la palabra-expresión  utilizada en finanzas puede ser más que simples mercancías, dependiendo de cómo se la usa y en que contexto se la emplea, como el agronegocio en sus propagandas cuando afirma que Brasil se volvió el mayor exportador de soya con el boom de las commodities, con los chinos comprando nuestra producción, tanto cuanto lo que dicen que “todo va a volverse commodity” sin explicar cómo es posible esa metamorfosis desconsiderando que todavía tenemos una Constitución Federal con el artículo 225, además del derechos económico, tributario y fiscal.

El texto sintetiza: el bien ambiental es definido por la Constitución como siendo “de uso común del pueblo”, es decir, no es bien de propiedad pública, pero sí de naturaleza difusa, razón por la cual nadie puede adoptar medidas que impliquen gozar, disponer, fruir del bien ambiental o destruirlo. Al contrario, al bien ambiental es solamente conferido el derecho de usarlo, garantizando el derecho de las presente y futuras generaciones.

Están usando la palabra-expresión commodities de forma sesgada, distorsionada y descontextualizada o sencillamente lanzando la palabra-expresión de un lado a otro sin profundizar el debate que está en curso hace décadas, y de esta forma desviando la atención de lo principal y en la mayor parte de las veces invirtiendo el sentido de nuestros planteamientos, demostrando que no saben de qué están hablando y que desconocen los embotellamientos de las cadenas productivas de bienes y servicios.

Correo de la Ciudadanía: ¿Mercantilización de la Naturaleza?

Amyra El Khalili: Desde que o primero colonizador puso los pies en este continente latinoamericano y caribeño, a naturaleza fue mercantilizada. Estamos en otra fase: la militarización de la naturaleza. Sin duda es incuestionable que el objetivo de la “militarización” es seguir mercantilizando todo y cualquier cosa, de la naturaleza a la vida – sería hipocresía decir que la vida todavía no ha sido mercantilizada. Ya son más 500 años de colonización mercantil y nadie hizo nada. A cada gobierno, sea de derecha o izquierda, se reproduce el mismo el mismo “modus operandi”. En una charla en la sede del BNDS (en el 2000) promovida por el gobierno de los EUA, hablé sobre el Plan Colombia, en que pusieron veneno en las plantaciones de coca, amapola, marijuana, que además de matar a la tierra alcanzaron a la población con graves secuelas.

¿Alguien ha mencionado esa charla en los informes? ¡Nada! Lo que los periodistas escribieron en la “prensa grande” fue solamente lo que le interesaba al mercado de carbono, pero no mencionaron lo que yo había dicho sobre la necesidad de crear alternativas ecológicas para los pobres campesinos y campesinas que siembran coca, marijuana y amapolas (BERNA, Vilmar 2018).

De esta forma soy solidaria con las propuestas del “Comunicado del Componente de FARC en el Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito (PNIS)”. Si queremos paz en las florestas, campos, montañas y aguas tenemos que caminar hacia las soluciones de los problemas y no “problematizar más y más poniendo gasolina donde ya hay incendio”.

¿Cómo es posible explicar para Doña María, para Don Juan que alimento no es mercancía si ellos tienen que comprar en la feria, supermercado, panadería, carnicería la comida para sus hijos? ¿Cómo es posible explicar para mi madre que agua y energía no son mercancías se las cuentas de agua, luz, gas y combustible están demasiadamente altas?

¿Será que podemos utilizar ese argumento con las Empresas-Estados que nos suministran agua, luz y gas, que no son mercancías? ¿Que el Estado tiene que suministrarnos servicios que jamás deberían ser mercantilizados, como salud, educación, seguridad pública, previdencia, entre otros que pagamos con impuestos y tasas, en la hora que tenemos que saldar nuestras deudas? ¿El empleado que me atiende me puede exentar de pagar eso, solamente con tal argumento?

Pienso que la afirmación de que “agua, energía y alimento no son mercancías” no explica nada a nadie, a no ser para los empleados públicas y la gente de la academia que tienen sus salarios garantizados todo fin de mes y pueden disponer de becas de investigación para quedar estudiando e investigando, con los gastos de viaje pagados por el Estado o por instituciones, para participar en seminarios, reuniones, encuentros y charlas, mientras la gran mayoría, en la cual me incluyo, apenas logra mantener sus empleos con sus certificados de curso superior y algunas especializaciones. Y vea que no me quedé rica negociando commodities en Bolsas. Sigo en caravana dictando clases en comunidades pobres, muchas veces trabajando sin remuneración.

No hay duda de que debemos discutir la calidad de lo que producimos y consumimos, si lo que comemos nos alimenta o si lo que pagamos tiene el precio justo, pero debemos evitar confundir aún más, lo que ya está confuso y oscuro. Al final ¿para quién estamos hablando y con quién estamos dialogando? Esa es la pregunta que no quiere callar.

Para los simples mortales, gallina es gallina, paca es paca, como dice sabiamente líder Jaminawá del Acre.

Correo de la Ciudadanía: Usted establece diálogo directo con lo que llama de “eminencia parda”, el mercado. ¿Cuál es el grado de incidencia de este ente en las políticas ambientales? ¿Y cómo usted describe los instrumentos financieros que desarrolla como incentivos de preservación ambiental?

Amyra El Khalili: Vamos a identificar quién es esa eminencia parda: el Marcado. Esa provocación yo la hago después de años y años escuchando al sistema financiero hablar en mi nombre sin preguntarme qué pienso o qué me gustaría decir. Como el operador de la Bolsa repetía todos los días: el mercado subió, el mercado cayó, el mercado está nervoso, el mercado está parado. Y uno ni siquiera sabe lo que él está diciendo, de tan condicionado que estamos en ese universo.

El mercado a que me refiero en el e-book “Commodities ambientales en misión de paz”, como he dicho antes, somos todos nosotros que producimos y consumimos, y no el mercado financiero, que absolutamente no produce nada y ha sobrevivido como parasita de la manipulación de la renta y de la especulación.

El colega Ladislau Dowbor esclarece esa cuestión con rigor científico en su indispensable libro “La era del capital improductivo”. Ladislau también coordina un grupo de estudios sobre “financierización” al cual contribuimos y apoyamos por considerar importante la iniciativa de organizar un frente que sea contrapunto al modelo neoliberal globalizado.

El actual sistema financiero es que está determinando lo que su eminencia parda, el Mercado, debe producir y consumir. Por eso, siéntense cómodo hablando en nombre de su eminencia parda, el mercado, de forma generalizada, sin separar mercado financiero de mercado de trabajo, de mercado alternativo, de mercado de producción, de mercado de bienes y servicios. Hay mercados y mercados y distinguir producción de finanzas es el primer paso para no confundir trigo con joyo.

Por otro lado, sucede también que la economía que vivimos se ha establecido (establishment) en el paradigma mecanicista onde todo tiende a ser mercantilizado, con escalas de producción utilitarias y no como producción con valor de uso social. Es evidente que cualquier instrumento económico-financiero que se piense en ese paradigma será utilizado para concentrar aún más el capital rentista (que vive de intereses y no de producción) que en realidad usarse efectivamente para financiar la producción. E consecuentemente termina por ser usado para financierizar (endeudar) los que producen bienes y servicios.

Por lo tanto, las críticas a los instrumentos económicos de la economía verde, como Créditos de Carbono, REDD – Reducción de Emisiones por Desmate y Degradación, Créditos de Efluentes, Créditos de Compensación, Pagos por Servicios Ambientales, Pagos por Servicios Ecosistémicos etc. son pertinentes y merecen atención. Principalmente que órganos fiscalizadores y reguladores, así como el Ministerio Público, apuren las denuncias que se están registrando en nuestras redes de información.

Sin embargo, no podemos generalizar y confundir gente seria y con buena intención con oportunistas, especuladores y criminales. Muchos creen ingenua y equivocadamente que tales instrumentos financiarán la transición de una economía parda hacia una economía verde, y no están comprendiendo las trampas financieras y jurídicas engendradas con operaciones que involucran cuestiones de orden geopolítica casadas con tierras y recursos naturales estratégicos, reglados y legislados con la complicidad de políticos para implementación de estos peligrosos contratos financieros y mercantiles. Es el paquete que viene de la llamada economía verde o economía de bajo carbono.

Correo de la Ciudadanía: Hablando sobre esos instrumentos ¿qué piensa usted sobre créditos de carbono y otras modalidades de compensación ambiental?

Amyra El Khalili: He escrito el artículo “¿Qué son créditos de carbono?” en el año 1998 (está en el e-book) para explicar la diferencia entre títulos bursátiles (negociados en Bolsas) y commodities (mercancía estandarizada) y aclarar que “créditos de carbono” no pueden ser “commodities ambientales”.

Cuestiono: si hay emisión de un título ¿para qué y para quién debería servir? Si es un crédito, sea de lo que sea ¿cómo se puede usar-aplicar ese crédito? En primer lugar, carbono no puede ser considerado mercancía si la intención es reducirlas emisiones. No existe cuenta para reducir nada en el sistema financiero, solamente para multiplicar. Confunden “secuestro de carbono” con “créditos de carbono”.

En la naturaleza, el secuestro de carbono es la fotosíntesis. Las plantas capturan el CO2 para después eliminar el oxígeno. En finanzas no hay cómo hacer esa ecuación. Aún más en el mercado de commodities que está desregulado y hoy Chicago Board negocia hasta 100 veces el mismo saco de soya por acción de especuladores y manipuladores que nada tiene que ver con la actividad productiva. Tales acciones distorsionan los precios y perjudican los financiamientos de las plantaciones, condicionando los agricultores a comprar tecnologías de punta que los países del norte han patentado, como semillas, agrotóxicos, químicos, máquinas y equipos.

Una cosa es financiar un proyecto de mitigación (reducción de emisiones), otra es emitir títulos para las Bolsas o negociar commodities en las Bolsas. Son cosas distintas, tienen funcione distintas; no deberían fusionarse y mucho menos confundirse. Lo que ocurre es que, con los instrumentos de la economía verde ya mencionados, están fundiendo y confundiendo a propósito los contratos en una arquitectura financiera peligrosa.

La sospecha es que lo hacen para apropiarse de tierras y recursos naturales estratégicos (bienes comunes). Con la crisis financiera internacional de 2008 tras la quiebra del Banco Lehman Brothers, las inversiones que estaban en el subprime (hipotecas de residencias) migraron para lo que llamamos de subprime ambiental (hipotecas de tierras).

Como he dicho, ningún inversionista pone dinero en lo que no conoce y ni firma contratos que no entiende. Aún más en contabilidades complejas, en contratos financieros y mercantiles que necesariamente deben medir la cantidad de carbono secuestrado. ¿Cómo se hace la medición? ¿Quién audita tal ingeniería?

Si en la academia hay divergencias de lo que puede o no ser “secuestrado”, si expertos a todo momento publican estudios e informes que echan por tierra tesis y proyectos de carbono ¿en quién confiar tal tarea para firmar acuerdos, contratos y proyectos que envuelven mil millones y aún alienan tierras por 30, 40, 50 y hasta 100 años?

Mitigar no ocurre del día para la noche, tarda años y años, y muchos de los que están firmando contratos, acuerdos y proyectos ni estarán vivos para saber sus resultados, comprometiendo así el patrimonio ambiental y cultural de las presentes y futuras generaciones, como en el caso de las tierras de los pueblos indígenas y tradicionales.

Correo de la Ciudadanía: Mientras ese debate queda ausente del conocimiento público, las experiencias aquí criticadas avanzan por Brasil.

Amyra El Khalili: Sí, y no necesitamos ir a la Amazonía para verificar: aquí, en territorio de São Paulo, las tierras de los agricultores pueden quedar en garantía por tantos años y alienadas solamente para recibir el cambio de tales “servicios ambientales y ecosistémicos”, sea de secuestro de carbono o de la gestión de agua de una represa, cascada o río que pasa adentro de una propiedad o hacienda. ¿Será que no están poniendo en riesgo el patrimonio público (como las tierras indígenas y tradicionales de la Unión) o privado, como las tierras de mis abuelos maternos y paternos en Minas Gerais y en Palestina para cobrar un valor insignificante, cuando esas tierras valen mucho más, no para ser exploradas hasta el agotamiento, pero por nos proporcionar los “beneficios providenciales” que nos mantienen vivos, como agua, ar y suelo?

Analizando un contrato que estamos auditando, encontramos lo siguiente: han contratado una consultora individual en capacitación para sembrar huertos comunitarios por la módica cantidad de R$ 95.000,00 por 15 (quince) meses; en contrapartida ofrecieron a un líder indígena el valor de R$ 180.000,00 (para tres aldeas) por año a cambio de firmar un contrato de REDD+ (entre otros). Vea que la consultora individual cobra poco más de la mitad del valor ofrecido para tres aldeas. Es una discrepancia absurda. Nunca recibimos esa módica cantidad para capacitar comunidades en los cursos de commodities ambientales. Como estamos auditando, por secreto de justicia no voy a revelar nombres.

Todos los instrumentos de la economía verde obedecen a la misma lógica de otros contratos financieros y mercantiles tanto cuanto la lógica de los préstamos internacionales que esclavizan nuestra economía, tales como los préstamos del FMI, del Banco Mundial, de los Bancos Multilaterales para financiamiento de obras públicas, de transporte e de saneamiento básico. Basta ver a cantidad de obras paradas cuyas inversiones han hecho de carreteras, rieles y trenes un montón de desechos.

Correo de la Ciudadanía: ¿Qué usted piensa, en líneas generales, de los conceptos de economía verde?

Amyra El Khalili: Participamos de varios frentes que se oponen al modelo económico-financiero denominado de “economía verde”. Somos contra  los proyectos de “economía verde” que vienen de arriba hacia abajo y de afuera para dentro, como la implementación de una agenda de venta rápida, con objetivos de como legislar, dar números y estadísticas.

Hay tres principales mercados mundiales ilícitos: armas, narcotráfico y biopiratería. Ese dinero pasa por el sistema financiero – el verdadero responsable por el financiamiento del mercado de armas y de todo el aparato generador de guerras y miserias. Defendemos proyectos socioambientales que, focalizados en la preservación y conservación ambiental, contribuyan para la seguridad pública, combatan las drogas, la violencia contra la mujer, la criminalidad, la discriminación étnica, racial y religiosa, promuevan la igualdad de género, concurran para la generación de empleo, ocupación e ingresos.

Como alternativa construimos colectivamente la economía socioambiental. Diferentemente de la economía verde, la socioambiental pasa por un proceso de consulta a la base popular, amplia consulta pública y suficientemente lenta para ser entendida. El proceso que adoptamos es desde abajo hacia arriba y de dentro hacia afuera. Es, sobre todo, desvinculado de la agenda de elecciones. Todo el trabajo de consulta y construcción colectiva tarda años, dadas las dificultades de llegar adonde pocos lo logran, a regiones apartadas y sin acceso a la comunicación, locales caracterizados por una población que necesita asistencia y orientación sobre impactos socioambientales.

Actuamos en dos frentes: primero, al orientar sobre la producción de un proyecto económico, financiero y jurídico con el cambio de paradigma; segundo, al divulgar y publicar informes producidos por formadores de opinión y líderes que participaron de cursos y talleres que aplicamos en conjunto con universidades, centro de investigación y grupos locales, además de divulgar también los informes de otros frentes que apoyamos.

Los informes indican el mapa de la región, el perfil de la población, las características del bioma, identifican las potencialidades alternativas de la biodiversidad, entre otras informaciones relevantes. De esa forma, pueden presentar los tipos de problemas conectados, como agua contaminada, enfrentamiento de violencia, drogas, degradación ambiental, exclusión y desigualdades sociales. Y proponer soluciones. Es así como se idealizan proyectos socioambientales y se buscan formas de hacerlos viables.

Correo de la Ciudadanía: ¿La mayor transparencia sobre los conceptos de economía verde no llevaría a observar dilemas y juegos de interés parecidos con lo que el país en crisis enfrenta en ese momento?

Amyra El Khalili: Antes de idealizar un proyecto socioambiental es necesario que la sociedad sea debidamente informada en lenguaje de fácil comprensión sobre cuestiones técnico-científicas. Nuestra propuesta cuestionar ese modelo económico para que los actores sociales se informen mejor sobre las alternativas y riesgos al tomar sus decisiones. A fin de cuentas, en casos como los de los proyectos oriundos del mercado de carbono, recusar dinero es un derecho, sino un deber.

Podemos citar varios casos. Por ejemplo: con la divulgación del Dossier Acre hemos dado visibilidad a las denuncias hechas con proyectos de mercado de carbono y pagos por servicios ambientales en el Estado del Acre. Elaborado en 2012, el estudio no había logrado todavía el merecido espacio en los medios y en los más diversos foros de debate, como también era ignorado su punto de vista técnico, operacional, jurídico, socioeconómico, además de la intervención esas políticas de arriba hacia abajo en el modo de vida de las comunidades indígenas, tradicionales y campesinas de la región amazónica.

Tenemos, actualmente, más de cinco mil distribuidores, multiplicadores y parceros en la producción y diseminación de información. Son esas colaboraciones y “nudos de comunicación” que forman la “alianza” que tiene más de dos décadas de trabajo voluntario, sin recursos de empresas ni de gobierno. Apoyamos los medios alternativos para que también logren sus financiamientos, ya que nos prestan un servicio relevante de utilidad pública.

Hace más de 20 años que trabajamos en ese proyecto de envergadura geopolítica, por la cultura de paz, autodeterminación y emancipación de los pueblos, con la cultura de resistencia cuyos resultados serán a largo plazo. No buscamos resultados inmediatos, sino duraderos y verdaderamente sustentables, formando “alianzas” inquebrantables.

Por Gabriel Brito | 03/05/202

Versión en español: Beatriz Cannabrava, Diálogos del Sur.

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Una casa en la localidad de Ittoqqortoormiit, en la costa este de Groenlandia. Rob O

El nuevo Gobierno es una coalición de izquierdas liderada por un primer ministro de 34 años ecologista que se opone al proyecto para explotar los mayores yacimientos de uranio y tierras raras en el mundo

 

Durante la mayor parte del año la nieve y el hielo cubren las escarpadas montañas del sur de Groenlandia, peinadas por un viento feroz y constante que sopla desde el mar. No es hasta finales de primavera cuando el deshielo desvela el paisaje que impresionó al explorador en tiempos de los vikingos, Erik el Rojo, cuando descubrió una zona de fiordos con prados verdes, fuentes termales, y la mayor biodiversidad de vegetación que se puede encontrar en la isla. 

Hoy el sur de Groenlandia es conocido como "el granero" ártico por ser la única zona en la isla donde el deshielo permite la agricultura y la cría de renos y ovejas en granjas. Un paisaje que también ha ayudado a desarrollar un incipiente sector turístico atraído por los vestigios milenarios vikingos e inuit de Kujataa, protegidos como patrimonio Mundial de la Unesco. 

Es en el subsuelo de este remoto y frágil ecosistema donde se han descubierto los yacimientos sin explotar de tierras raras más grandes en el mundo: un conjunto de 18 elementos minerales claves para la fabricación de teléfonos móviles, coches eléctricos, turbinas eólicas y armas. Actualmente en Groenlandia hay activas 90 licencias de explotación minera, pero en el último año la atención internacional y la controversia se ha levantado con el yacimiento de Kuannersuit, la segunda mina de tierras raras conocida más grande en el mundo, situada a unos pocos kilómetros de la localidad de Narsaq, en el sur de la isla. 

Los expertos y grupos ecologistas locales advierten del grave impacto ecológico de este proyecto, ya que con la extracción de minerales también se extraería una cantidad importante de uranio. "El polvo radioactivo y los residuos afectarían a la pesca, la agricultura y la ganadería en la zona", advierte Niels Henrik Hooge, miembro de NOAH en Dinamarca. Según los informes de impacto ambiental, el proyecto de Kuannersuit implicaría un aumento del 45% de las emisiones de Co2 en Groenlandia, un factor que se suma al retroceso año tras año de la capa permanente de hielo en la isla. 

Desde Narsaq la activista Gretha Nielsen, miembro de la organización Urani? Naamik ("no al uranio"), dice: "La empresa explotadora nos dice que el proyecto traerá riqueza y puestos de trabajo para la comunidad, pero sabemos del impacto negativo de las minas de uranio en otros sitios del mundo y tenemos miedo que esto también pase aquí".  

Unas elecciones claves para la extracción de minerales

En los últimos meses se ha intensificado mucho el debate sobre el papel de la minería en la economía de Groenlandia, hasta convertirse en una de las principales razones del adelanto en las elecciones principios de abril. 

A pesar de que Groenlandia tiene un gobierno autónomo, continúa formando parte de Dinamarca, país que colonizó la isla ártica hace 300 años. En 2009, el Parlamento danés aprobó el nuevo Estatuto de Autonomía, en el que se reconoce el derecho a la autodeterminación y otorga al Gobierno de Nuuk las plenas competencias en la gestión de áreas estratégicas como la explotación de los recursos naturales y mineros, mientras que desde Copenhague se siguen dirigiendo las políticas de defensa y política exterior. 

Sin embargo, los anhelos de independencia de la mayoría de partidos políticos y de los groenlandeses chocan frontalmente con la realidad económica de la isla, que hace que su autosuficiencia sea hoy un objetivo aún muy lejos de alcanzar: Groenlandia depende casi exclusivamente de dos fuentes de ingresos: la pesca (que representa el 90% de las exportaciones) y la aportación anual de 500 millones de euros por parte de Dinamarca, lo que supone casi la mitad del presupuesto público. 

"En los últimos años el debate ha girado en torno a la explotación más intensa de los recursos naturales", explica el politólogo e investigador de la Universidad de Copenhague, Kristian Søby: "Hasta ahora, el partido socialdemócrata Siumut, que había estado al frente del Ejecutivo durante 40 años, mantenía una posición favorable a la explotación minera, con el objetivo de diversificar la economía y alcanzar un mayor grado de independencia de Dinamarca". 

Pero las elecciones del 6 de abril, que se plantearon como un plebiscito sobre la minería en Kuannersuit, dejaron un claro mensaje en las urnas hacia las empresas internacionales interesadas en los recursos del subsuelo ártico. El partido de izquierdas, ecologista e independentista inuit Ataqatigiit (IA), con un 36,6% de los votos, alcanzó un resultado histórico con una posición clara y firme en contra del proyecto: "Tenemos algo que el dinero no puede comprar, haremos todo lo posible para parar la minería en Kuannersuit", aseguró el nuevo primer ministro, Mute Egede, de 34 años, después de formar un Gobierno de coalición con otras fuerzas progresistas. "Por el momento, todo apunta a que el proyecto minero quedará parado, probablemente durante bastante tiempo", vaticina Kristian Søby. 

El ártico, centro de interés geoestratégico 

La importancia de los minerales de Groenlandia está en el punto de mira geoestratégico, especialmente desde que China controla y procesa más del 70% de los minerales de tierras raras en el mundo. En un principio, la licencia para explotar el yacimiento de Kuannersuit se otorgó en 2007 al conglomerado australiano Greenland Minerals, cuyo principal accionista es la empresa china Shenghe Resources.

"El proyecto minero de Kuannersuit supone una inversión a medio plazo mucho mayor que el conjunto del PIB de Groenlandia", explica Jesper Zeuthen, profesor en la Universidad de Aalborg y experto en la presencia de China en la región ártica. "La dependencia política y económica de Groenlandia con China preocupa en Dinamarca, pero también en Estados Unidos", asegura el profesor, que explica así el intento fallido en 2019 por parte del expresidente Donald Trump de "comprar" el territorio prometiendo inversiones millonarias.

Si el proyecto Kuannersuit se llevara a cabo, supondría que en Groenlandia se extraerían el 10% de minerales raros en el mundo, el mayor yacimiento fuera de China. Además, las consecuencias del calentamiento global han abierto la veda a las potencias mundiales para explorar nuevas rutas de transporte marítimo que hace décadas eran imposible por el hielo, y a facilitar el acceso a los recursos naturales como el gas y el petróleo que atesora el ártico. 

Una vía verde hacia la independencia

"El debate en Groenlandia no está en si debe ser un país independiente, si no en como conseguirlo", señala Kristian Søby. "El incremento del interés internacional, no solo en los recursos minerales, sino también en la construcción de nuevas infraestructuras o en el desarrollo del turismo, es una buena señal para las aspiraciones de los groenlandeses".

Para la activista Gretha Nielsen, el futuro de su país pasa por un camino más verde hacia la independencia: "Tenemos que mejorar la economía, pero también las condiciones de vida de los groenlandeses". Según Nielsen, la prioridad debería ser buscar alternativas económicas como la agricultura, la inversión en productos pesqueros o el turismo responsable, sin perder de vista el equilibrio con el cuidado del medioambiente: "No podemos basar toda nuestra economía en un proyecto minero. En los próximos años Groenlandia debería ser el territorio clave para la protección del ártico". 

Por Òscar Gelis Pons

Copenhague — 30 de abril de 2021 22:27h

@Oscargls

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Jueves, 22 Abril 2021 06:06

Ecología y socialismo

Ecología y socialismo

Entrevista a Wolfgang Harich

Publicamos una nueva traducción de un documento inédito de Wolfgang Harich de mano de Àngel Ferrero, en esta ocasión una entrevista del año 1976 en la que aborda la relación entre ecología y socialismo. A pesar de su brevedad encontramos materiales que pensamos pueden ser útiles hoy en día para pensar la crisis ecológica. Hay posicionamientos lúcidos contra el «optimismo científico-tecnológico» y contra el «pesimismo sin esperanza», el «otro extremo falso» de ese optimismo sin fundamento. Reflexiones tempranas sobre los Verdes alemanes (de los que pronto tendremos más que decir), la evolución del bloque socialista y su posible convergencia ideológica en ciertos aspectos con el bloque capitalista. La vigencia de una postura «comunista» en su día, que sigue siendo pertinente para el nuestro, y de qué raíces podría tomar sustento en la larga tradición del socialismo marxista. Hay, sin duda, algunas cosas que querríamos matizar, que querríamos debatir, como la insistencia en la superpoblación en tanto que problema fundamental a nivel político (del que ya hemos hablado en otros lugares). En cualquier caso, esperamos que este documento sirva para hacer más rico el repertorio de textos disponibles en español de un pensador del calibre de Harich, del que seguimos aprendiendo.

Entre los documentos legados por Harich se encuentra una versión mecanografiada de una entrevista con la revista Positionen. Theoretisches Magazin (POCH).[i] El texto, de siete páginas, contiene diversas correcciones de Harich, que se han incluido y editado. El manuscrito no está fechado, pero procede posiblemente de la segunda mitad del año 1976. En éste Harich desarrolla y profundiza, en contenido y en argumentación, las tesis expuestas en una entrevista anterior con el diario Frankfurter Rundschau. El título procede del editor. (Nota del editor de las Obras Completas de Wolfgang Harich, Andreas Heyer)

Pregunta: El resultado de los dos primeros estudios del Club de Roma, que son el punto de partida de sus propias reflexiones en el libro ¿Comunismo sin crecimiento?, sugieren que en lo tocante a la crisis ecológica nos encontramos a cinco minutos antes de la medianoche. ¿Sigue manteniendo esta apreciación? ¿Confirman los nuevos conocimientos científicos este posible Apocalipsis histórico?

Harich: Sí, cuando escribí mi libro, en 1974-1975, aún no conocía, por ejemplo, los estudios sobre las consecuencias del uso de espráis en la destrucción de la capa de ozono de la estratosfera. Pero no se trata solamente de los nuevos conocimientos científicos, sino más todavía de las catástrofes reales, que, entre tanto, me han reafirmado en mis posiciones: hablamos de Seveso[ii], de la explosión en Stavanger[iii], de una serie de espantosas averías en barcos petroleros, de los terremotos cada vez más frecuentes en los últimos años, etcétera. Después de todo esto estoy más convencido que nunca que de mantenerse las actuales tendencias del desarrollo global la humanidad pronto encontrará su propia destrucción, y ello sin una guerra nuclear, un riesgo que, pese a todo, se ha agravado e incluso a corto plazo podría incluso ser el más amenazador. En cuanto al Club de Roma, recientemente, en su reunión en Filadelfia de abril de 1976, ha dado un giro de 180 grados bajo la presión de poderosos intereses capitalistas y la advertencia directa de nadie menos que del vicepresidente de Estados Unidos, el multimillonario Nelson D. Rockefeller. Con la desaprobación del informe Meadows del MIT de 1972, incómodo para ellos, el Club quiere olvidar que entonces cuestionó el sentido del crecimiento económico. Razón de más para la izquierda para mantener viva la conciencia de la crisis ecológica, que los gobernantes, con las condiciones del último boom económico, aún creían poder tolerar y manipular, y que ahora, en tiempos de recesión y creciente desempleo, quieren volver a marginar y eutanasiar.

P.: Desde el shock de la crisis del petróleo de 1973-1974 se ha puesto en marcha una búsqueda a marchas forzadas de depósitos de materias primas por explorar, tecnologías de reciclaje y formas alternativas de energía. Por descontado, de este modo lo único que puede hacerse es posponer el agotamiento definitivo de las fuentes de energía fósiles. Tan sólo quedaría una volátil intensificación y expansión de la investigación científica. ¿O ve posible otra vía?

Harich: No hay autoengaño más estúpido que el optimismo científico-tecnológico, como el que se expresa en la siguiente conclusión: «Hasta ahora la ciencia siempre ha encontrado una solución, así que también lo hará en el futuro.» Por la misma lógica, alguien a quien hasta ahora los médicos han logrado comprender cómo curar sus enfermedades puede llegar a la conclusión de su propia inmortalidad. A eso mismo se lo denomina una extrapolación inválida. De manera grotesca, se decantan por ella como supuesto argumento quienes acusan a los Meadows de haber extrapolado incorrectamente. Naturalmente, no quiero disputar la necesidad de impulsar investigaciones en las direcciones que usted ha mencionado. Pero de ello no se deriva que debamos confiar, con una credibilidad cuasi religiosa, que este tipo de investigaciones logrará los resultados deseados en cualquiera de los casos. Deberíamos mantener una prudente distancia y una constante posición crítica con las alternativas que la ciencia tiene que ofrecernos. Las formas de energía alternativas a la fisión del átomo son, por ejemplo, inaceptables, porque los riesgos asociados a éstas superan con creces los correctivos que prometen: aumentan la confianza en la capacidad de los hombres para poner límites a su proliferación, reducir su consumo y renunciar, al menos, a la simplificación del trabajo. Todo ello tiene efectos aún más perjudiciales para la salud con un enorme incremento de la energía fósil.

P.: ¿Puede la toma de conciencia de los problemas ecológicos basarse en citas de Marx? Marx se encontraba en el siglo XIX en unas relaciones sociales y un contexto intelectual en el que la orientación al crecimiento era prácticamente equivalente al progreso humano. Desde entonces la situación se ha modificado radicalmente. ¿No deberíamos nosotros, los marxistas de hoy, destacar la condición del hombre de su dependencia de la naturaleza de manera mucho más marcada que Marx? ¿Ve usted la posibilidad de que el marxismo se apropie de manera crítica de otras tradiciones del pensamiento, también las no europeas, que han situado el elemento de la naturaleza en los hombres más bien en el centro de sus consideraciones?

Harich: Debido justamente a que en el siglo XIX la contaminación medioambiental y el agotamiento de las materias primas eran todavía problemas relativamente sin importancia y lejanos, que, en correspondencia, la ciencia podía descuidar con una cierta justificación, puede atribuirse a Marx aún más el mérito de que ya entonces no sólo no ignoró la base natural de la sociedad humana, sino que ocasionalmente reflexionó de manera netamente ecológica, antes de que existiese una disciplina científica con ese nombre. Los pasajes sobre esta cuestión en su obra y en la de Engels tienen hoy, teniendo en cuenta la crisis ecológica, incluso mayor valor que en la época en que se formularon. Por otra parte, por las mismas razones puede que hoy ya no baste recurrir solamente a ellos. Lo que se requiere es, más aún, que el marxismo actual adopte críticamente los resultados de la ecología en toda su amplitud y el estado del conocimiento más actualizado, y que, al mismo tiempo, se ocupe de manera especial de la elaboración de su propia economía del valor de uso en los estudios económicos marxistas sobre la actualidad de la transición al comunismo. Esto último sería una suerte de retorno al peldaño más elevado de Aristóteles, que respaldó una “economía” en un sentido auténtico, que distinguió con claridad de su odiada “crematística” como enseñanza de las relaciones de intercambio contrarias a la naturaleza, de la circulación de mercancías y de dinero [iv].

Más allá de eso, me parece que el análisis de las tradiciones filosóficas que usted ha mencionado, como lo que Lévy-Strauss ha llamado “pensamiento salvaje”, o con una religión de alcance mundial como es el budismo, son plenamente fructíferos. A este respecto, entre los comunistas de Laos está en marcha una evaluación sin prejuicios. Hablar de una “adopción crítica” es algo de lo que ciertamente dudo. Lo que yo, con modestia y precaución, inicialmente propondría, sería un diálogo entre marxistas y budistas. En el espacio lingüístico alemán posiblemente primero con Gottfried Gummerer, quien, como budista, es quien más se ha ocupado de las cuestiones de la futurología basadas en el ecologismo. En este diálogo habría que librar una lucha decidida contra el pesimismo sin esperanzas de Gummerer. Pues la gestión de la crisis ecológica sería una resignación pesimista que inevitablemente genera un sentimiento de “después de mí, el diluvio”, sin duda el extremo más perjudicial, al menos no menos perjudicial que el otro extremo falso opuesto, el optimismo tecnológico.

P.: En su introducción al libro que hemos mencionado usted se ocupa de los esfuerzos de los científicos de los países socialistas por abordar seriamente las cuestiones ecológicas. ¿Se ha ampliado desde entonces esta discusión y se ha ido más allá del estrecho círculo del debate científico? Más concretamente: entre el transporte individual, destructor del medio ambiente, y el transporte público, favorable al mismo, ¿se ha decantado la República Democrática Alemana (RDA) a favor de este último? ¿Hay en los Estados socialistas voces críticas a la construcción de centrales nucleares? Y de haberlas, ¿podría hablar abiertamente de ellas?

Harich: Por desgracia he de responder negativamente a todas las preguntas. En los países del socialismo realmente existente tiene lugar a este respecto el mismo desarrollo equivocado que en el resto del mundo. En la RDA he intentado luchar contra ello durante tres años a diferentes niveles con los modestos medios a mi alcance, en vano, excluido de la opinión pública, de acuerdo con las reglas del sistema político aquí establecido.

P.: ¿Qué conclusiones extrae de esta experiencia suya?

Harich: La solución a los problemas ecológicos globales la espero de un comunismo homeostático, sin crecimiento. No he cambiado en este punto. La cuestión de dónde se realizará por primera vez es algo que sin embargo he dejado abierta en mi libro (p. 134 y siguientes). Con todo, veo las condiciones estructurales más favorables en los países socialistas. Añado no obstante (ídem, p. 137) que esto puede que no sea decisivo. Factores como el grado de industrialización, de productividad laboral, los ingresos per cápita, el consumo per cápita de materias primas y energía, etcétera, pueden demostrarse bajo determinadas circunstancias como más importantes. Hoy estoy lejos de transformar la consideración hipotética de 1975-1975 en una afirmación apodíctica: la brecha en bienestar entre el Oeste y el Este, entre el Norte y el Sur, no deja ninguna otra esperanza que el comunismo sin crecimiento se abra paso en las metrópolis del capital, allí donde el despilfarro, el agotamiento de las materias primas y la destrucción medioambiental están más avanzados, donde la sociedad de consumo comienza a llevarse a sí misma ad absurdum y donde las crisis de crecimiento económico siguen agudizándose sin poder ser ya superadas.

P.: En consecuencia, parece que se equivocó de lugar en sus esfuerzos.

Harich: Quizá fue un prejuicio moral que creyese tener que “limpiar la propia casa” primero. A pesar de todo, no quisiera perder las experiencias adquiridas: me han ayudado a sondear lo que es posible e imposible en una política motivada ecológicamente en el socialismo realmente existente de hoy.

P.: Nos preguntamos si no existe un riesgo en que el incremento del fetichismo del crecimiento, de hacer aumentar las cifras del Producto Interior Bruto de manera puramente cuantitativa, como también ocurre en los países socialistas con un elevado grado de industrialización, acabe derivando en una línea de convergencia con las ideologías de crecimiento del capital monopolista.

Harich: Afirmar que la política económica en el Este está orientada todavía a un incremento de la producción “puramente cuantitativo” es, creo yo, injusto. Piense solamente en el tiempo que ha transcurrido desde que se ha abandonado la llamada ideología de toneladas [v]. Sin embargo, el riesgo de una convergencia en la práctica existe de hecho. Por ejemplo, representantes de Yugoslavia, Polonia, Rumanía y Hungría, no solamente científicos sino también, en parte, miembros del gobierno, incorporaron en su trabajo los resultados del informe del Club de Roma exactamente en el momento en que el Club, como quedó dicho, en abril de 1976 en Filadelfia, comenzó a apartarse de su crítica al crecimiento original. Esta cooperación se plasmó incluso en una de las primeras publicaciones conjuntas entre Este y Oeste, Global Goals for Global Societies, de Ervin László, entre otros. No conozco aún este trabajo. Posiblemente su lectura me induzca a una polémica. En cualquier caso, considero la lucha contra las teorías de convergencia todavía de suma actualidad, y ello hoy incluso más que desde que se alinease con ella un político llamado Zbigniew Brzeziński.

P.: Las fuerzas antiimperialistas libran en todo el mundo una lucha por el desarme. En esta lucha el peso de la agitación se pone de manera casi exclusiva en la reducción cuantitativa del potencial militar, esto es, el número de tropas, sistemas de defensa, etcétera. ¿No podría este debate llevarse de una manera más decidida y activa políticamente si se llevase a un primer plano la dimensión ecológica de la cuestión armamentística?

Harich: Sobre esta cuestión existen ya iniciativas prometedoras. No se olvide de la propuesta que en septiembre de 1974 Gromyko remitió a la Asamblea General de la ONU y que se ha convertido en un correspondiente tratado internacional después, con las negociaciones de desarme en Ginebra. También la lucha actual contra la construcción de la bomba de neutrones tiene un componente claramente ecológico. Naturalmente todo ello es insuficiente, en esa misma dirección debe emprenderse mucho, mucho más. A lo que me sigo resistiendo es al extendido mal hábito de oponerse a una regulación de la población mundial, a una protección medioambiental drástica, al ahorro de materias primas y energía y a las reivindicaciones de desarme, como si no fuesen justificadas y urgentes. ¡Como si una cosa excluyese a la otra! ¡Como si no se tratase de luchas contra todos los riesgos al mismo tiempo!

P.: Desde su fundación, POCH se ha ocupado con frecuencia de cuestiones medioambientales. Al hacerlo nos encontramos ante el siguiente problema: ¿Cómo logramos que nuestras reivindicaciones no sirvan para hacer avanzar la agenda de recortes sociales impulsada por la burguesía? ¿En qué términos pueden unificarse la lucha ecologista y la lucha contra el desmantelamiento del Estado del bienestar?

Harich: Le planteo la pregunta opuesta: ¿Recortes sociales para qué y para quién? Cuando el presidente del USPD [vi], Arthur Crispien, en el II Congreso del Komintern, en verano de 1920 en Moscú, expresó que una revolución sólo podía llevarse a cabo si “no empeoraba demasiado las condiciones de vida del trabajador”, Lenin le respondió que este punto de vista era contrarrevolucionario por dos motivos: por una parte, la revolución exigía a los trabajadores sacrificios, y, por la otra, no había de olvidarse que la aristocracia obrera, como base social del oportunismo, se había llevado exactamente por ese motivo, para asegurarse mejores salarios, a apoyar a “su” burguesía en la conquista y explotación de todo el mundo.[vii] ¿Se prestaba con ello Lenin a un “recorte social” a favor de la burguesía? ¡Por descontado que no, todo lo contrario! Aplique esto análogamente a su problema y entonces se dará cuenta de que POCH hace bien, a la vista del síndrome político-ecológico, en convertirse en altavoz de la conciencia de la clase obrera suiza y aclarar en consecuencia: “Sí, estamos preparados, por la supervivencia de la humanidad, a cualquier sacrificio material necesario y a reclamárselo al trabajador, a condición que se haga con el principio de una estricta igualdad, esto es, que en primer lugar los ricos desaparezcan de la superficie terrestre.” De existir sobre esta cuestión desde un buen comienzo claridad, más adelante ocurrirá que POCH analizará el valor en el fondo cuestionable del actual bienestar de las masas y elevará su conciencia. El hecho de que la pauperización de las masas, considerada atentamente, no haya desaparecido, sino que meramente se hayan transformado sus manifestaciones, que las personas, a través de sus préstamos, de sus prisas y estrés en el trabajo, inseguridad existencial, enfermedades civilizatorias de todo tipo, paisaje arruinado, aire polucionado, accidentes de tráfico, creciente criminalidad, atrofia cultural, frustración sexual, etcétera, no en último lugar debido al permanente temor de una catástrofe nuclear civil o militar, que pende sobre ellos como una espada de Damocles, son más infelices que nunca. ¿Pues de qué sirve tener una casa propia en el campo cuando la naturaleza hasta entonces intacta se urbaniza? ¿De qué sirve reducir la jornada laboral, cuyas consecuencias perjudiciales y dolorosas para el corazón y la circulación sanguínea se curan en el hospital y han de compensarse después a través de un agotador entrenamiento de fitness? ¿De qué sirve elevar el nivel educativo si va de la mano de la anulación del espíritu mediante la televisión? Una pregunta tras otra. El material argumentativo que ofrece una agitación social y ecológica combinada es inconmesurablemente rico.

P.: ¿Cómo se posiciona respecto al movimiento de los ecologistas en Francia y de Los Verdes en la República Federal Alemana (RFA)?

Harich: Forma parte de uno de los acontecimientos más prometedores de nuestra época que la voluntad de luchar por la conservación de la vida en nuestro planeta y subordinar a esta tarea todo lo demás haya comenzado a formarse ahora también a nivel de partido político. Es a bien seguro obvio que también este movimiento, como los partidos tradicionales en sus comienzos, atraviese una fase de enfermedad infantil, que sobre todo ellos no consigan alcanzar una amplia y razonada posición común sobre todo el espectro de cuestiones políticas que hoy están pendientes de solución. Esto no va suceder tampoco en el estadio presente. La mera existencia de listas verdes, incluso partidos, es un logro que no se valorará nunca lo suficiente. Para poder expresarme con justicia sobre las diferencias que hay entre mí y Los Verdes primero debería conocerlos con exactitud y escrutado con detalle. Por ahora mis informaciones son demasiado escasas, aunque suficientes como para declararme en principio solidario con los iniciadores de este nuevo comienzo.

P.: ¿Puede seguir manteniendo con una posición así su afirmación de que es comunista?

Harich: El término “comunista” tiene diferentes significados. Yo defiendo el comunismo como un orden social que es más que sólo socialista, esto es, en el que no sólo los medios de producción son propiedad de todos, sino en el que también la distribución del consumo se rige por el principio de igualdad. En este sentido soy comunista. Ya no lo soy en el otro sentido, el de ser miembro de un partido surgido de la Tercera Internacional, la Internacional Comunista, el Komintern, por su acrónimo. Entre estos partidos existen, como es sabido, desde hace algún tiempo fuertes discrepancias de opinión, e incluso contradicciones, que pueden llegar a alcanzar la hostilidad. Pero, entre otras cosas, tienen en común que no consideran el comunismo algo para nada actual, que en el mejor de los casos han degradado el tema a un sermón dominical, no vinculante. Una posición “verde” realmente consecuente, por el contrario, incluye una concepción del comunismo como tarea presente, pues las limitaciones en la sociedad que demanda la ecología únicamente son realizables en la igualación de las condiciones materiales de todos, y aún más mediante una nivelación hacia abajo [viii].

Notas:

[i] POCH (Progressive Organisationen der Schweiz) fue un partido político suizo de orientación comunista nacido del movimiento estudiantil del 68. A partir de 1987 se distanció definitivamente del marxismo-leninismo y cambió su nombre a POCH-Grüne. En 1993 el partido fue disuelto, pasando la mayoría de sus militantes al Partido Verde de Suiza (GPS).

[ii] El 10 de julio de 1976 ocurrió una de las peores catástrofes medioambientales en Europa cuando se produjo una fuga de seis toneladas de productos químicos en una planta cerca de Seveso, al norte de Milán, exponiendo a sustancias tóxicas a la población de los municipios circundantes, a la fauna y a la flora. Un estudio médico realizado por Andrea Baccarelli, Sara M. Giacomini, Carlo Corbetta y otros en 2008 reveló el impacto de la contaminación al revelar que las alteraciones hormonales neonatales en un grupo de estudio compuesto por miles de afectados eran 6’6 veces superiores a los del grupo de control.

[iii] El 5 de junio de 1976 una parte de la plataforma petrolífera noruega Alexander L. Kielland, en el campo de Ekofisk, se desplomó debido a las condiciones climatológicas, acabando con la vida de 123 de los 212 trabajadores.

[iv] Aristóteles distinguió la economía, el arte de la gestión del hogar o el arte de la adquisición natural, de la crematística, el arte de la adquisición desviado de su origen, que sirve exclusivamente a la acumulación de capital y, de ese modo, fomenta la ilusión de una riqueza ilimitada e independiente del bien común. Harich trató esta cuestión con detalle en Kommunismus heute. Sobre este tema puede consultarse también la conferencia de Harich sobre filosofía clásica en el sexto volumen de las Obras Completas. (Nota de Andreas Heyer)

[v] “Ideología de toneladas” era uno de los términos utilizados para criticar a las economías planificadas de los Estados socialistas, particularmente durante el estalinismo, por primar la producción sin tener en cuenta la demanda, el uso o la calidad de lo producido.

[vi] El Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD) fue una escisión del SPD posterior a la Primera Guerra Mundial que agrupó a los socialdemócratas de diferentes tendencias políticas unidos por su oposición común al conflicto.

[vii] Entre corchetes Harich incluye la referencia: Lenin, Werke, vol. 31, p. 236 y siguientes. (Nota de Andreas Heyer)

[viii] Esta posición es una constante en la filosofía política de Harich, se la encuentra tanto en sus escritos de juventud como en el marco de su crítica al anarquismo. (Nota de Andreas Heyer)

 

Por Àngel Ferrero | 22/04/2021 

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La mayoría de los países latinoamericanos no ratifican el acuerdo de Escazú para proteger a defensoras ambientales

En el Día de la Tierra

 

El acuerdo solo ha sido ratificado por 12 de los 46 países y territorios de la región. Algunos de los que más agresiones registran contra personas que lideran luchas ambientales, como Brasil, Guatemala, Colombia, Honduras o Venezuela, no lo han firmado.

Con motivo del Día de la Tierra, que se celebra este 22 de Abril, Alianza por la Solidaridad-ActionAid denuncia la falta de compromiso de los países de América Latina  y el Caribe con el acuerdo internacional Escazú, auspiciado por la ONU, con el objetivo de garantizar un entorno seguro a personas y grupos defensores de derechos humanos y ambientales. El acuerdo, en principio adoptado en 2018, solo ha sido ratificado por 12 de los 46 países y territorios de la región. De hecho, faltan algunos de los que más agresiones y persecuciones registran contra personas que lideran luchas ambientales, como Brasil, Guatemala, Colombia, Honduras o Venezuela.

Aunque este jueves, 22 de abril, entrará en vigor el Acuerdo Regional sobre el Acceso a la Información, la Participación Pública y el Acceso a la Justicia en Asuntos Ambientales en América Latina y el Caribe, a día de hoy, el acuerdo solo ha sido firmado por Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Panamá, Uruguay, Antigua y Barbuda, Guyana, Saint Kitts y Nevis, San Vicente y las Granadinas, Bahamas, México y Argentina. 

Alianza por la Solidaridad-ActionAid recuerda que en 2020 fueron asesinadas 331 personas defensoras de derechos en el mundo. El 69% estaban implicadas en la defensa de la tierra y los recursos naturales, de ellas 44 fueron mujeres, según el informe de FrontLine Defenders. La organización destaca que, en el listado de países firmantes del Acuerdo, faltan casi todos los países más peligrosos para las defensoras –solo en Colombia, en 2020, fueron asesinados 177- y denuncia las presiones que están teniendo lugar en los países con más conflictos ambientales para que no se ratifique este acuerdo, aludiendo a una supuesta pérdida de soberanía nacional o perjuicios para el desarrollo económico. 

La ONG, que trabaja en América Latina y Caribe desde hace más de 35 años, ha lanzado la campaña #GuardianasDelAguaylaTierra para visibilizar el trabajo de las mujeres defensoras y denunciar su persecución. Desde que se comenzó a negociar el Acuerdo han sido asesinadas más de 2.500 personas en todo el mundo, la mayoría en una región, cada vez más codiciada por empresas extranjeras y, a la vez, muy afectada por los impactos del cambio climático y la pérdida de biodiversidad.

La mercatilización de los recursos naturales cuesta vidas de muchas personas, las asesinadas y las que son encarceladas durante años, como el guatemalteco Bernardo Caal Xol, a las que hay que recordar en días como éste. Son quienes están en primera línea defendiendo derechos que se vulneran con la connivencia de sus gobiernos, algo que vemos que va en aumento y hace muy necesario este tipo de regulaciones”, ha señalado Almudena Moreno, responsable de Desarrollo Sostenible de la organización.

Asimismo, una reciente investigación en la revista Nature ha concluido que, sólo a causa del cambio climático, la producción agrícola en América Latina y Caribe ha disminuido casi un 26%. Esto implica que, a menor producción, hay más dificultades para las comunidades campesinas, que deben, además, afrontar el expolio de sus territorios a manos de compañías extranjeras.

Por ello, Alianza por la Solidaridad reclama a todos los países de la región –y especialmente a Colombia, Guatemala, Honduras o Brasil- que ratifiquen el Acuerdo de Escazú. Asimismo, pide a la Unión Europea y al Gobierno de España que se involucren en la puesta en marcha de instrumentos como éste, exigiendo su cumplimiento en los acuerdos comerciales firmados con países no comunitarios; así como favoreciendo las inversiones privadas en países que lo hayan ratificado. En este sentido, también se insta al Gobierno de España a poner en marcha una ley que regule la debida diligencia de las empresas respecto a los derechos humanos y ambientales, dentro y fuera de nuestras fronteras. 

Por | 22/04/2021

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Fuentes: CTXT [Foto: Ferran Puig Vilar. Cedida por el entrevistado]

Entrevista a Ferran Puig Vilar, ingeniero y periodista

 

La gota que desborda el vaso. La última vez que el hacha golpea el árbol antes de caer. El último barril rentable de extraer en un pozo de petróleo. Hay tantos ejemplos de Tipping points (TP) como se quieran buscar. Son puntos de vuelco, de no retorno, y están de moda. Aunque menos de lo que debieran.

Múltiples informes llevan tiempo indicando que había que prestar atención a los que afectan a subsistemas climáticos como el Amazonas, el hielo de Groenlandia o el permafrost. Hace ya más de 20 años empezaron a provocar debates. Desde entonces, se han escrito miles de páginas describiendo sus interrelaciones, alertando del desastre venidero. Como en este paper en Nature de figuras clave en la ciencia climática, o este artículo de National Geographic. Sin embargo, y pese a la gravedad del asunto, el silencio mediático sigue siendo atronador. Incluso aún se oyen algunos berridos negacionistas en prime time.

En nuestro país, creo que no ha habido un trabajo de divulgación más valiente, desinteresado y completo, que el que lleva haciendo durante más de una década –por amor al arte y sobre todo al Ártico– el ingeniero y periodista Ferran Puig Vilar, que ahora está publicando información sobre el estado de esos puntos clave en su prestigioso blog, que fue reconocido con un premio entregado por la actual ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera. 

¿Qué es un tipping point climático? 

Es un punto de vuelco, de inflexión en el equilibrio de un elemento o subsistema significativo (permafrost, Amazonas, corriente termohalina, Groenlandia) cuyo rebasamiento lo desestabiliza y genera un cambio de fase, llevando al sistema a un nuevo estado que puede –o no– ser de equilibrio. Hay 15 especificados y 9 de ellos están en fase de degradación o ya sobrepasados. Entre ellos se interrelacionan provocando cascadas de efectos.

¿Cuál es el estado de esos TP y cómo se relacionan?

Groenlandia está asumido que se va a fundir por completo. Ya no nieva tanto como se está deshelando. La Antártida occidental, con toda probabilidad, también. Entre esos dos, el nivel del mar ya subiría 10 metros. Pero, claro, si sólo fuera eso. Resulta que al verter el deshielo grandes cantidades de agua dulce  –por ejemplo en las costas de Groenlandia– esto afecta a las corrientes por factores de salinidad, densidad y temperatura. La corriente termohalina, ya ralentizándose mucho, incluso podría llegar a detenerse, acentuando los inviernos fríos en el norte. Además, como todo está conectado, la corriente termohalina influye también en el Pacífico, en los fenómenos de El Niño-Super Niño amplificándolos y haciéndolos más frecuentes. Estos eventos tienen asociados sequías –y por tanto megaincendios– en el Amazonas. Eso aumenta la deforestación acercando al propio Amazonas a su punto de no retorno, en el que se irá convirtiendo en sabana. Todo ello aumenta las emisiones de carbono, con lo cual el ciclo de realimentaciones se autorrefuerza. 

Y aún nos quedaría hablar, entre otros, del enorme problema del permafrost –esa bomba de relojería–. Hasta ahora se decía que sus emisiones no eran netas por el efecto limitado de fertilización del carbono –tan cacareado por la industria de los combustibles–. Eso ya ha cambiado. Hay un modelo reciente, desarrollado por gente de mucho prestigio como Jørgen Randers –uno de los firmantes del crucial informe a los límites del crecimiento de 1972 que tanto acertó–. Su modelo muestra que el permafrost se fundiría aunque mañana cesaran las emisiones. Es decir, muy probablemente, tipping point superado.   

¿Podríamos decir que son como los órganos de un cuerpo, es decir, si falla el hígado, el riñón, el resto de órganos, obviamente van a sufrir? 

Está bien visto, efectivamente. Se influyen mutuamente y dependen unos de otros. Y siguiendo con esa metáfora, ahora tenemos que dejar de ser los patógenos que degradan esos subsistemas u órganos de la Tierra y ser más bien glóbulos blancos, el sistema inmunitario. Regenerarlos, en la medida de lo posible. Dejar de degradar y comenzar a reparar. Y esperar que no sea demasiado tarde para evitar la cascada sistémica que supondría haber rebasado el punto de no retorno global, que nos llevaría a la Tierra Invernadero anticipada por algunos de los mejores científicos vivos que tenemos.

¿Hay relación directa entre la degradación de los TP y el aumento de los fenómenos extremos tipo Filomenas, DANAs, etc.? 

Si vas buscando la causa encuentras obviamente el aumento del CO2 y el aumento de la temperatura en todos esos fenómenos, es una causa indirecta. Las Filomenas se dan con más frecuencia por una debilidad de la corriente en chorro o Jet Stream que pierde su adherencia al polo norte y esto provoca que se desestabilice el patrón de temperaturas y fenómenos habituales también más al sur. 

Peor de lo esperado. Así ha definido una tendencia: que las previsiones científicas suelen pecar de conservadoras y son revisadas habitualmente a peor. Como ha ocurrido en el caso de los TP, que se pensaba que no se verían comprometidos hasta llegar a los 5º, luego a los 3º, a los 1’5º… ¿Por qué ocurre esto?

Están los factores inevitables, la ciencia no solo es un método, es un proceso, y a veces hay tanto debate, que se obvia el problema hasta que no haya una conclusión más consensuada. Por eso las opiniones más extremas no suelen considerarse. Empujar el conocimiento científico hacia adelante tiene riesgos; por ejemplo, si la ciencia fuese más atrevida, el negacionismo organizado aprovecharía para seguir retrasando el avance. Todo esto ayuda a que se den otros factores de autocensura que podrían ser más evitables. Y que ocurren también porque a según qué posiciones, muy contrarias a la “lógica” del sistema, no les renovarían los fondos de investigación si dicen cosas demasiado catastrofistas o revolucionarias. Es complicado, ellos mismos se preguntan si están fallándonos comunicativamente al resto.El sexto informe del IPCC es en 2021. Con semejante panorama ¿qué esperas?

De momento tenían que sacarlo en abril y lo han alargado hasta junio. Tienen un marrón. Los sucesivos informes han ido empeorando las previsiones gradualmente, pero ahora los cambios son muy sustantivos. La diferencia será más grande y más difícil de justificar. Hasta ahora los Acuerdos de París y demás se han basado en el informe de 2013, así que la actualización es importante.

Entremos en el tema de la biodiversidad y su relación con las pandemias, ¿esto evidencia que no es un problema simplemente de “emisiones” sino de un sistema que presiona excesivamente a los ecosistemas que lo sostienen? 

Sí, hablar de “biodiversidad” es el eufemismo para hablar del extraordinario ritmo de extinción de especies. La invasión del espacio natural por parte de la especie humana no puede tener otra consecuencia que la invasión de algunos aspectos no deseados –patógenos, pandemias, mosquitos transmisores, especies invasoras– del mundo natural en los hábitats de la especie humana.  

Hay valores que cuando uno los observa se estremece: En los últimos 50 años según el “Living Planet Report” de 2020 hemos liquidado nada menos que el 68% de todos los individuos vertebrados del mundo: mamíferos, pájaros, peces, anfibios y reptiles. Una masacre gigantesca en solo en 50 años. Y esta heroicidad del progreso mal entendido sí se podría detener mañana. Tenemos que reaprender nuestra relación con la Tierra, salir del dualismo y el mecanicismo.

Y esto evidencia que ni la geoingeniería ni los proyectos de secuestro y captura de carbono (BEECS) son soluciones. Acaso, quizá, ojalá, para una parte del problema, pero el problema es más amplio y cultural.

Sí, y no hemos hablado de los océanos, que también tienen su tipping point. Cada vez más acidificados, llenos de microplásticos que acaban en nuestros estómagos. Hay que ir entendiendo que la tecnología, y la producción tal y como las entendemos, lejos de ser la solución, son el problema. Desde la Ilustración, nos hemos ido creyendo que siempre más es mejor, que todo está en la razón. Y eso no es cierto. Quizá habría que recuperar lo que el romanticismo reabrió y cerró a la vez, un romanticismo 2.0 cuya óptica no sea sólo la del hombre occidental. Se me ocurren por ejemplo, las ideas de la filósofa Marina Garcés

La geoingeniería espero que se evite, sería el último estertor, la última arrogancia: creer que se puede dominar el conjunto del planeta. Es una ilusión de control. La cantidad de peligros, efectos no deseados que tienen es tal –estoy pensando en los sistemas de gestión de la radiación solar–, que mejor ni intentarlo. No estoy en contra de que se estudie, pero las soluciones no van por ahí.

En cuanto al secuestro de carbono, habría que retirar tanto –volver a entre 300 y 350 partes por millón de CO2– para estabilizar el clima, que de momento es una quimera absoluta, pretender enterrar mágicamente nuestros residuos es nuestra forma de esconder el problema debajo de la alfombra. Y de momento, los acuerdos de París y demás, se basan en esto. No tiene sentido. 

Por Juan Bordera | 20/04/2021

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El derecho a las semillas y los derechos de la propiedad intelectual

El derecho internacional ofrece un número de oportunidades y desafíos para la protección del derecho a las semillas. Este informe de investigación comienza con una presentación del derecho a las semillas y la propiedad intelectual en el derecho internacional, así como sus tensiones inherentes. A continuación, se describe la definición de la UNDROP del derecho a las semillas y las obligaciones de los estados bajo las leyes internacionales de los derechos humanos, y explica porqué prevalecerán sobre otros instrumentos internacionales, así como sobre las leyes y políticas nacionales y regionales.

Durante más de 10.000 años, los campesinos han salvado, seleccionado, intercambiado y vendido libremente semillas, así como las han utilizado y reutilizado para producir comida. Hoy en día, estas prácticas consuetudinarias siguen siendo esenciales para el derecho de los campesinos a la alimentación, así como para la seguridad alimentaria mundial y la biodiversidad. Pero la protección de los derechos de propiedad intelectual sobre las semillas en la Organización Mundial del Comercio (OMC) y la Unión Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales (UPOV), y la promoción de sistemas de semillas comerciales han planteado serios desafíos a la protección de estas prácticas consuetudinarias, y al mantenimiento de los sistemas de semillas campesinas y la agrobiodiversidad. 

En la gran mayoría de los estados, las leyes y regulaciones sobre semillas han sido diseñadas con el objetivo de desarrollar aún más la industria agrícola, y los sistemas de semillas campesinas han sido mayormente descuidados. En Europa, por ejemplo, los catálogos nacionales de semillas y el Catálogo Común de la Unión Europea (UE) se han diseñado para promover las semillas industriales y las normas agrícolas, excluyendo en gran medida las semillas campesinas, y en varios países se ha prohibido la venta de semillas campesinas. Esto ha desalentado y, en algunos casos, obstaculizado la continuación de las actividades agrícolas campesinas. 

Para responder a estos desafíos, entre otros, las Naciones Unidas (ONU) adoptaron en 2018 la Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los campesinos y otras personas que trabajan en las zonas rurales (UNDROP), en la que se reconoce el derecho a las semillas. Según la UNDROP, todos los Estados, entre otras cosas, ‘apoyarán las semillas campesinas y promover el uso de los recursos semillas y agrobiodiversidad’; y ‘se aseguran de que las políticas de semillas, la protección de las variedades vegetales y otras leyes de propiedad intelectual, sistemas de certificación y leyes de comercialización de semillas respeten y tengan en cuenta los derechos, necesidades y realidades de los campesinos’. 

La implementación del UNDROP representa una oportunidad única para reequilibrar la falta de apoyo dado a los sistemas de semillas campesinas en todo el mundo, en comparación con el apoyo dado a los sistemas de semillas industriales en las últimas décadas. Esto es esencial para la protección de la vida y los medios de vida de cientos de millones de campesinos, así como para el interés de todos por la preservación de la biodiversidad de los cultivos.

De conformidad con la prioridad que debe darse a las normas de derechos humanos en la legislación internacional y nacional, reflejada en la UNDROP, los Estados velarán por que sus leyes y políticas, así como los acuerdos internacionales de los que sean parte, incluidos los relativos a la propiedad intelectual, no conduzcan a violaciones, sino a una mejor protección del derecho de los campesinos a las semillas.

– Para descargar este informe (PDF), haga clic en el siguiente enlace:El derecho a las semillas y…(117,25 kB)

Izquierda dirio

16 abril 2021

Publicado enMedio Ambiente
Sábado, 17 Abril 2021 05:47

La energía renovable tiene un líder

La energía renovable tiene un líder

China está por mucho a la vanguardia de las nuevas tecnologías

 

China es el líder mundial en energía renovable. Esto no solo remite a la velocidad en la que avanza la energía limpia en el país asiático sino que también se vincula a su presencia como exportador de equipos y tecnología, y como financista de proyectos en otros países. A pesar de que China es todavía el principal emisor de dióxido de carbono, la revolución industrial asociada al nuevo paradigma climático tiene color rojo.

La Agencia de Energía Internacional calculó que a nivel mundial, el año pasado la potencia de generación eléctrica proveniente de energías renovables aumentó unos 200 gigavatios, un incremento del 4 por ciento frente a 2019. De esos 200 GW adicionales, 85 corresponden a China, seguido de lejos por Estados Unidos (29 GW) y la UE (26 GW). Para 2021 se espera una nueva expansión del 10 por ciento en la potencia, con un aporte del lado de China de otros 82 gigavatios. Para tener una dimensión de estos números cabe recordar que la potencia total instalada en la Argentina (correspondiente a todas las fuentes de generación eléctrica, no sólo renovables), es actualmente de casi 42 GW. Es decir que en 2020 China incorporó en renovables el doble de potencia total con la que cuenta la Argentina.

El cuadro energético chino

La matriz energética de China tiene como elemento principal al carbón, aunque con una participación que viene en baja. Medido en términos de consumo energético, el carbón pasó de representar el 73,6 por ciento del total consumido en 2007 hasta el 57,6 por ciento actual. Al mismo tiempo, la participación de la energía renovable en el consumo energético pasó del 6 al 15 por ciento. Si se mide sólo la matriz eléctrica, casi el 30 por ciento de la electricidad consumida en 2020 provino de fuentes renovables.

La potencia instalada de generación eléctrica en China es de 881 GW (21 veces la potencia argentina). La potencia en renovables es actualmente del 18,8 por ciento y el Estado chino planea que su participación suba hasta el 20 por ciento para 2025 y al 25 por ciento para 2030. China explica cerca de una cuarta parte de la inversión global en energía renovable.

“La estrategia económica de China es llegar a un crecimiento económico más lento y de mayor calidad, con eje en la innovación y los servicios, más que en la manufactura de bajo costo y más contaminante. Esto favorece a sectores de baja intensidad de carbono y más dinámicos, como la energía renovable y la movilidad eléctrica”, indicó a Página/12, Sam Geall, CEO de la organización China Dialogue.

La primera fuente de generación de energía renovable es la hidroeléctrica, en donde sobresale la represa de las Tres Gargantas, terminada en 2012 a un costo de 37 mil millones de dólares, con una potencia de 22.500 megavatios, un 60 por ciento más grande que la represa de Itaipú, la segunda más grande del mundo. China cuenta con cuatro de las diez represas más grandes del mundo.

En el campo de la energía eólica, China cuenta los cinco parques más grandes del mundo. A la cabeza está el parque Gansu, que cuenta con una potencia de unos 8 GW pero que planea llegar a 20 GW. En la energía solar, China cuenta con el parque Hunaghe, de 2,2 GW, cuyo costo estimado fue de más de 2 mil millones de dólares. Este emprendimiento de China compite con Australia y Abu Dhabi entre los más grandes del mundo. China es además el proveedor del 70 por ciento de los paneles solares que se instalan en el mundo.

China también muestra un fuerte avance en la energía nuclear, que no es energía renovable pero sí mucho más limpia que los combustibles fósiles y el carbón. Actualmente operan en el país 49 reactores nucleares, con una potencia estimada en 50 GW. China ya es el tercer país en la carrera nuclear, detrás de Francia y los Estados Unidos.

Más allá del citado “liderazgo” de China en renovables, lo cierto es que el país asiático tiene una larga carrera por recorrer en la energía verde: en la actualidad China es el principal emisor de dióxido de carbono --el CO2 contribuye con el 80 por ciento de los GEI --. El país asiático es responsable por el 29 por ciento de las emisiones globales en 2018. El primer factor que explica las emisiones de CO2 de parte de China es el uso del carbón como fuente de energía. Se estima que desde 2011 China consumió más carbón que el resto del mundo en conjunto. A la vez, la electrificación de la matriz energética en China es todavía baja, del orden del 40 por ciento. La electrificación permite avanzar en la generación limpia.

 “Hay una clara estrategia de hacer punta tanto en energías renovables como en la movilidad eléctrica y en baterías de litio porque los chinos están convencidos del círculo virtuoso de la economía verde. Hay muchas empresas chinas que están muy bien ubicadas en el mercado gracias a sus bajos costos y a sus competidoras de Estados unidos y Europa se les hace difícil sostenerse. Por otro lado, China tiene una política de inversiones en el exterior, con financiamiento atractivo para la adquisición de equipamiento chino. La pata financiera es otra ventaja comparativa frente a la competencia”, explicó a este diario Juan Pablo Zagorodny, profesor de la maestría en Gestión de la Energía de la Universidad de Lanús.

Más allá de la carrera tecnológica vinculada a las nuevas formas de energía que China está convencida en liderar, hay también otros motivos que explican el desarrollo de las renovables. Lauri Myllyvirta, investigador principal del Centre for Research on Energy and Clean Air (CREA) indicó a Página/12 que “China tiene fuertes razones para preocuparse por el cambio climático. La seguridad alimentaria de China, los recursos de la agricultura y el agua son particularmente vulnerables al cambio climático, de modo que definitivamente el país tiene un interés propio en perseguir una estrategia de desarrollo con bajas emisiones. Por otro lado, no hay duda de que China también quiere liderar y ser proveedor clave de la tecnología del futuro basada en bajas emisiones de carbono. Alinear la estrategia industrial y económica del país con los esfuerzos en materia climática es simplemente buena política económica”.

Otro factor involucrado en el fenómeno de la energía verde en China es la seguridad energética de la potencia asiática. China es el principal importador del mundo de petróleo, al superar en 2017 a los Estados Unidos, favorecidos por la extracción no convencional. Cerca del 65 por ciento del petróleo que consume China proviene de las importaciones. La mitad de esas importaciones proviene de Medio Oriente. Asimismo, China importa gas natural desde una serie de gasoductos que transportan el recurso proveniente de Rusia, mientras que también China es el principal importador de GNL.

“La seguridad energética es una preocupación muy importante para los líderes chinos, especialmente la reducción de la dependencia del petróleo que se importa a través del Estrecho de Malaca, que patrulla la marina estadounidense. Es decir que hay una política muy clara de diversificación de las fuentes de energía y de las rutas de tránsito. Y la forma más efectiva en el largo plazo de llegar a la seguridad energética es la producción de electricidad de forma renovable. Esta estrategia también va a mantener el uso del carbón, dado que China tiene amplias reservas”, agrega Sam Geall, de China Dialogue.

Revolucionar y ecologizar las fuerzas productivas

Una crítica ecologista del paradigma económico marxista

Hay muchas razones para pensar que el posible hundimiento del capitalismo, al menos tal como lo hemos conocido hasta ahora, llegará antes por el choque con los límites naturales del planeta que por el desenlace de las luchas de clases, si bien éstas no desaparecerán, sino que se librarán cada vez más en torno a los conflictos ecológicos. Gracias a las contribuciones de Wolfgang Harich (1975), Manuel Sacristán (1984) y Michael Löwy (2003, 2006 y 2020), entre otros, y en particular de John B. Foster (2004), conocemos hoy la existencia en la obra de Marx y Engels de una consciencia ecológica que impide oponer Marx y ecología. Pero esto no contradice la constatación de que el corpus teórico marxista no ha hecho suyo el paradigma de interpretación ecológico: pese a aceptar la noción de metabolismo, Marx no llevó hasta sus últimas consecuencias el reconocimiento de sus interacciones con los entornos naturales en que se mueve siempre la vida, incluida la vida humana. Las sociedades humanas evolucionan, sin duda, pero modifican el medio y lo pueden alterar tanto que ya no pueda seguir siendo soporte de la vida en su forma habitual: entonces la evolución deja de funcionar como había funcionado antes y se detiene o se adapta, si puede, al nuevo entorno ecológico. Este será el punto de vista desde el cual abordaré mi revisión crítica del marxismo como teoría y de algunas de sus conclusiones políticas.

Límites de la ecología de Marx

Con el uso de la noción de metabolismo —y no en escritos inéditos o marginales, sino en el propio Capital— Marx mostró tener una visión potencialmente ecológica de la economía, que se echa de ver también en su consideración de los trabajadores en términos biológicos, muy alejada de la de los economistas clásicos, que trataban el trabajo como simple mercancía (cf. El capital, libro I, cap. 8), así como en su explicación de la fractura metabólica en la agricultura capitalista. Pero ni Marx ni Engels desarrollaron mucho más allá sus intuiciones protoecologistas. Sus discípulos tampoco, pese a las valiosas contribuciones de autores como Kautsky y Bujarin. En consecuencia, el “marxismo operativo” asumió la ecología de manera superficial, en el mejor de los casos.

Hay tres razones poderosas por las que Marx y Engels no podían ir mucho más lejos. La primera es que en los años de su madurez, la población mundial era del orden de unos 1.500 millones de personas, cinco veces menos que la de hoy. El mundo era todavía un “mundo vacío”, y la huella ecológica estaba lejos de la translimitación actual. La segunda razón es que la industria utilizaba muy pocos minerales metálicos, y lo hacía en cantidades muy modestas. Hoy los progresos científicos nos permiten conocer y utilizar prácticamente todos los elementos de la tabla periódica. En circunstancias semejantes habría sido una proeza haber concebido la idea de límites absolutos de los recursos naturales; y haber previsto que la especie humana se convertiría en un agente geológico y meteorológico capaz de transformar la naturaleza hasta el punto de provocar desastres a escala mundial.

La tercera razón es no haber comprendido que la finitud de las reservas de combustibles fósiles, que iban a convertirse en la base energética del desarrollo industrial de su época, impondrían un límite temporal a la economía que dependía de ellos, y que su agotamiento supondría un desafío fundamental para la continuidad de esa economía. Esta matriz energética, además, se componía de stocks del subsuelo, de modo que su agotamiento obligaría en el futuro a regresar a las energías de flujo —radiación solar, leña, viento, energía muscular animal y humana, etc.— del pasado, aunque a un nivel más elevado, lo que dejaba abiertos muchos interrogantes sobre las relaciones entre sistema económico y medio ambiente.

Hoy sabemos que la humanidad está cerca de los límites absolutos del planeta. Por ende, no basta con considerar que la actividad humana afecta a un único sistema, o algunos, de manera que se puedan corregir los deterioros de las fuentes de vida para que sigan proporcionando riqueza. Hay que aceptar que puede infligir al Ecosistema Global o Biosfera daños irreparables. Kenneth Boulding expresó esta idea con la imagen de la “economía del cow boy”. Esta economía es la que hoy prevalece: no hace falta ocuparse de los daños infligidos al medio natural porque cuando un territorio queda agotado, siempre hay otro un poco más lejos que podrá ser explotado. La alternativa, según este autor, en una “economía de la nave espacial Tierra”, en la que el marco geofísico en que tiene lugar la aventura humana es una unidad o totalidad cerrada (salvo respecto de la energía, que procede del Sol) que hay que contemplar como una reserva limitada de recursos que deben ser constantemente reciclados para proporcionar alimentos, agua y servicios varios a los astronautas que somos los seres humanos. En semejante visión el principio ecológico es el que prevalece.

La noción marxista de fuerzas productivas

El pronóstico según el cual el capitalismo llegaría a su fin debido a luchas de clases como expresión del conflicto entre fuerzas productivas y relaciones de producción o propiedad hoy no es fácilmente aceptable por dos razones. La primera es que los grupos humanos oprimidos por el sistema —y por eso mismo llamados a luchar contra él— están fragmentados, circunstancia que les dificulta erigirse en sujeto colectivo de la lucha por un cambio. Imperialismo y desarrollo desigual han dado lugar a diferencias enormes entre las clases populares de los países ricos y las de los países pobres, de modo que las agregaciones nacionales suelen tener más fuerza que la unidad de clase por encima de las fronteras. La segunda razón es que las fuerzas productivas heredadas del industrialismo han aportado innovaciones de valor indiscutible —en particular el conocimiento científico—, pero también desarrollos técnicos mal orientados y no adaptados a un buen metabolismo con la naturaleza. Los problemas más graves derivan del uso de recursos materiales y energéticos de la corteza terrestre. Esos problemas pueden clasificarse en dos grandes categorías:

  1. Las energías de flujo (leña, radiación solar, viento, corrientes de agua, etc.) se substituyeron por combustibles fósiles (más tarde se les añadió el uranio), que son energías de stock, dotados de gran versatilidad y densidad energética. Gracias a su calidad y volumen, esas energías hicieron posible un crecimiento exponencial de la población, con una elevada esperanza de vida, y una civilización material que aportó una abundancia sin precedentes de bienes y servicios. El problema de estas fuentes de energía es que su quema causa el calentamiento de la atmósfera y el cambio climático, cargado de graves amenazas para la humanidad; y que están condenadas a agotarse —según cálculos solventes, durante la segunda mitad del siglo XXI (Riba 2011)—. Tendrán que ser reemplazadas por fuentes renovables de energía, las únicas disponibles (si se excluye el uranio por sus peligros), las cuales proporcionan energías de flujo. Estas fuentes no proporcionan tanta potencia como las fósiles, ni cabe esperar que aporten las ingentes cantidades de energía usada actualmente por la especie humana, ni, por consiguiente, sostener una economía de dimensiones parecidas a las de la economía actual.
  2. En lo que respecta a los materiales, las fuerzas productivas industriales han substituido las materias primas preindustriales —que eran sobre todo bióticas (madera, fibras vegetales o animales, pieles, hueso, cuerno…) y por ende renovables— por otras de origen mineral, abióticas y no renovables. Antes se habían empleado minerales (barro, piedra, arena, minerales metálicos…), pero se trataba de materiales que retornaban al medio natural sin contaminarlo peligrosamente, y que se usaban en cantidades pequeñas. Actualmente se usan todos los elementos de la tabla periódica en distintas industrias, mucho más desarrolladas tecnológicamente, y en grandes cantidades, de modo que la enorme demanda industrial de estos minerales supone una amenaza de agotamiento de las reservas del subsuelo del planeta. Además, la extracción y el uso de estos materiales consumen muchísima energía y producen a menudo peligrosas contaminaciones.

Hay que transformar radicalmente las fuerzas productivas

Debe añadirse algo acerca de las energías de flujo. Antes de la era industrial, no se requerían demasiados medios técnicos para captarlas. Bastaban ciertos instrumentos o máquinas: hachas y sierras para la leña, molinos de viento o de agua, velas para navegar, etc. En cambio las energías renovables modernas —eólica, fotovoltaica, solar térmica y termoeléctrica, geotermia, energía de las olas y las mareas, etc.— requieren una metalurgia compleja y otros procesos industriales (células fotoeléctricas, electrólisis, baterías, pilas de hidrógeno…) que necesitan metales y otros minerales. Con las energías renovables modernas la demanda de minerales metálicos experimenta un gran auge, sobre todo porque con el control de la electricidad, esta forma de energía se ha generalizado para numerosos usos, en los que es absolutamente insubstituible. La electricidad requiere aparatos sofisticados que consumen, en su producción y funcionamiento, grandes cantidades de metales, algunos de los cuales son escasos. Además, el uso de las nuevas técnicas se ha puesto al alcance de toda la población, y cada vez en un mayor número de países. Por esto la demanda de los minerales necesarios para satisfacer estas necesidades no cesa de aumentar y se acerca a los límites últimos de las reservas minerales de la corteza terrestre, al menos en el caso de ciertos metales escasos y a la vez estratégicos.

Por todas estas razones, las fuerzas productivas existentes no pueden constituir un fundamento viable, sino que tienen que ser revolucionadas para que resulten ecológicamente sostenibles. Como ha dicho Michael Löwy, para salir del capitalismo y construir un ecosocialismo, “la apropiación colectiva es necesaria, pero habría que transformar también radicalmente las propias fuerzas productivas” (Löwy 2020). Dada la importancia que la noción de producción tiene en este esquema, hace falta revisarla a la luz de lo que hoy sabemos de ecología.

Clasificación de las fuerzas productivas

Para Adam Smith y los otros economistas clásicos de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, había tres factores de producción: tierra, capital y trabajo. Marx, a la vez que aceptaba ese esquema, asumió la observación de William Petty según la cual, a propósito del valor, “la tierra es la madre y el trabajo el padre”, y dio importancia al metabolismo socionatural. El capital sería resultado acumulado de la producción de valor (“trabajo acumulado”), y por tanto un factor ontológicamente derivado de los otros dos. Marx dio una importancia crucial al trabajo como acción específica del ser humano en su interacción con el mundo físico y con los otros seres humanos. Con el trabajo el ser humano no sólo trasforma el mundo exterior, sino que se transforma también a sí mismo, haciendo emerger capacidades, necesidades y aspiraciones nuevas. Pero no explicó qué significa el trabajo humano —ni tampoco la tierra— desde el punto de vista biofísico, pese a reconocer la importancia del metabolismo. (Dejo aquí de lado la distinción crucial que Marx introdujo entre “trabajo” y “fuerza de trabajo”.) Como otros pensadores criticados por la economía ecológica, olvidó o subestimó los flujos físicos a favor de los monetarios.

En cierta manera, se puede aceptar, con Kenneth Boulding, que tierra, capital y trabajo son antes factores distributivos que productivos. Aluden a los tipos de ingreso característicos de las economías modernas: renta (de la tierra), beneficio (del capital) y salario (del trabajo). Esta constatación no quita valor a la fórmula trinitaria, porque en la actividad económica los distintos protagonistas concurren con aquello que están en condiciones de aportar, y esto tiene efectos económicos evidentes. Se puede añadir que los mencionados factores aluden también a la distribución social del poder: el capital da a quien lo controla un poder sobre quien no tiene ningún medio de vida y se ve obligado a trabajar al servicio de un capitalista a cambio de un salario. La observación de Boulding, además, subestima el papel del trabajo ignorando su significación antropológica profunda.

Los factores biogeoquímicos de la producción económica

En cualquier caso, el proceso productivo propiamente dicho se conceptualiza mejor, desde el punto de vista biofísico, con otras categorías. Podemos catalogarlas en ocho factores: 1) trabajo, 2) conocimiento, 3) materiales, 4) energía, 5) herramientas, 6) espacio, 7) tiempo y 8) residuos. El actor de un proceso económico, el trabajador (y/o quien le emplea), concibe mentalmente un proyecto; aplica un conocimiento, tanto del objetivo buscado como de los medios para llevarlo a la práctica; se dota de materiales y de energía de baja entropía que obtiene del medio ambiente; combina estos elementos con la ayuda de herramientas; los procesos implicados requieren espacio y tiempo; y finalmente se emiten partes sobrantes de materiales y energía en forma de residuos, que van a parar al medio ambiente. Este esquema —inspirado en Boulding (1992: 51-57) con algunos cambios— permite describir de manera más transparente las actividades económicas en el marco del entorno biogeoquímico en que tiene lugar el metabolismo socionatural: los materiales, la energía y el espacio provienen del medio natural, al que van a parar los residuos. Este inventario de factores revela así de manera clara que no hay producción al margen del medio ambiente natural.

Interesa también tener en cuenta los conceptos de flujo y fondo (o bienes-fondo). Materiales, energía, productos y residuos circulan: son flujos. Pero en toda producción —como subrayó Georgescu-Roegen (1986: 255-257)— hay elementos estables, los bienes-fondo, que se mantienen inalterables, como las máquinas, los locales, etc., aunque con el tiempo también se degradan convirtiéndose ellos mismos en residuos, y ha de ser reemplazados. Para la continuidad de toda producción hay que proteger la capacidad de los bienes-fondo para posibilitar reiteradamente los procesos de producción y reproducción sin los cuales la vida se interrumpiría.

Producción económica comporta destrucción ecológica

Cuando se habla de producción material se supone la existencia previa de una materia, sometida a una transformación que le da una forma que antes no tenía. Pero no se advierte que toda producción material comporta una destrucción. Al interactuar con el medio natural —obteniendo de él recursos materiales y energía y devolviéndole residuos— los seres humanos alteran ese medio, lo socavan, lo contaminan, lo destruyen. En los ecosistemas naturales las alteraciones provocadas por el juego entre los organismos vegetales y animales y su entorno abiótico se compensan de manera espontánea, manteniéndose la capacidad de dicho entorno para reproducir la vida una y otra vez —salvo cuando se producen mutaciones cualitativas, a veces cataclísmicas, que reorganizan el ecosistema sobre nuevas bases. En cambio, cuando la acción humana es la que actúa sobre el medio, hacen falta intervenciones conscientes y deliberadas para compensar las destrucciones y corregir constantemente las alteraciones infligidas al medio que puedan interrumpir su capacidad de proporcionar bienes y servicios a las comunidades humanas.

Esto ya lo habían descubierto los primeros agricultores y ganaderos hace milenios: sabían que después de la cosecha era preciso restituir a la tierra cultivada los nutrientes extraídos añadiendo estiércol u otros fertilizantes. Sabían que debían luchar contra la erosión de los suelos. Sabían que sólo podían obtener madera del bosque por debajo de su tasa de regeneración. Se autoimponían vedas en la pesca para permitir a las poblaciones de peces recuperarse. Sabían, en suma, que el ser humano es un intruso que no puede sobrevivir ni vivir sin causar algún tipo de heridas a la naturaleza prístina. Pero, como en todos los asuntos humanos, el saber no se aplica siempre de manera consecuente ni menos aun infalible. La ignorancia, la imprevisión, la ambición excesiva o el error de cálculo han conducido a muchas sociedades humanas a destruir su base ecológica de subsistencia y a desaparecer. La consciencia de la destrucción inherente a la producción, pues, ha estado presente a lo largo de la historia, pero siempre coexistiendo con la amenaza de una ambición excesiva que ha desembocado, en no pocas ocasiones, a dejar de aprovechar con prudencia el medio natural.

En el curso de la era moderna tuvieron lugar dos fenómenos que lo cambiaron todo: una explosión demográfica acompañada del saqueo de la biosfera y la fractura metabólica que supuso la dependencia creciente de la especie humana de los recursos minerales de la corteza terrestre.

Explosión demográfica y saqueo de la biosfera

La población mundial, que había crecido lentamente desde los 2 millones de habitantes estimados del Paleolítico hasta los 900 millones en el año 1800, se multiplicó por ocho entre el 1800 y el 2000, alcanzando los 7.500 millones. Este salto imprimió al medio ambiente una huella ecológica muy superior a la de cualquier época anterior, incrementada por unas innovaciones técnicas más agresivas con el medio natural. En un par de siglos se produjo un gran saqueo de la biosfera (Ponting 1992: 221-241). Se liquidaron cantidades inmensas de organismos vivientes, haciendo retroceder la biodiversidad y poniendo las bases de la Sexta Gran Extinción de especies vivas actualmente en curso y provocada por Homo sapiens. La especie humana disputó con un éxito aplastante el espacio vital de la Tierra a todas las restantes especies. Se pasó de un mundo vacío a un mundo lleno de pobladores humanos (Herman Daly).

Fractura metabólica y dependencia de la corteza terrestre

El segundo fenómeno fue una fractura metabólica: hasta la revolución industrial la especie humana había vivido, como los otros animales, de los bienes y recursos proporcionados por la fotosíntesis y había usado las energías libres proporcionadas por la naturaleza (radiación solar, viento, etc.). Con la revolución industrial se empiezan a quemar combustibles fósiles, primero carbón, luego petróleo y gas fósil disponibles en el subsuelo de la Tierra. La humanidad abandonó unas energías de flujo, renovables, por otras de stock, no renovables (Tanuro 2007). Pero, además, las innovaciones científicas y técnicas permiten conocer, descubrir y poner en valor muchos recursos minerales, sobre todo metálicos, antes ignorados. Empieza entonces una carrera para extraer los recursos minerales del subsuelo del planeta. A comienzos del presente milenio la industria utiliza prácticamente todos los elementos químicos de la tabla periódica.

La magnitud de la explotación de los recursos no renovables de la corteza terrestre se echa de ver en las siguientes cifras. La biomasa extraída por las actividades agrícolas, forestales, ganaderas y pesqueras en 1995, expresada en miles de millones de toneladas, ascendía a 10,6, descontando las pérdidas. Por su parte, las rocas y minerales extraídos ascendía el mismo año a 32, descontando los residuos (gangas y estériles) (Naredo 2007: 52, cuadro 1.1). En otras palabras: la humanidad actual extrae del medio natural tres veces más cantidad —en peso— de recursos abióticos del subsuelo que de recursos bióticos producidos por la fotosíntesis.

Tanto los combustibles fósiles —y el uranio— como los minerales metálicos y no metálicos son recursos no renovables, presentes en cantidades limitadas en la corteza terrestre. Si añadimos los fertilizantes de origen también mineral usados en la agricultura moderna, resulta que las sociedades humanas han dado un salto de gran transcendencia: han pasado de depender de recursos renovables y procedentes de la fotosíntesis a depender de recursos no renovables del subsuelo. Este cambio ha permitido intensificar la producción, obteniendo cantidades muy superiores de bienes (entre ellos más alimentos y medicamentos que incrementan la población humana y su esperanza de vida), proporcionando utilidades y comodidades nunca vistas. Pero intensificar la producción en el marco de un sistema socioeconómico expansivo como es el capitalismo ha supuesto intensificar también la destrucción. Las mejoras en el transporte han permitido no depender de los recursos cercanos y llegar hasta el último rincón del mundo para proveerse de lo necesario. La capacidad para no depender de los ecosistemas de proximidad alimenta la ilusión de que al ser humano todo le resulta posible, y que no hace falta reparar los daños infligidos al medio. A partir de ahí, el delirio antropocéntrico de dominación ilimitada ha desencadenado una carrera hacia una destrucción creciente de todas las condiciones de vida que no ha dejado de acelerarse.

Redefinir la noción de producción

En este contexto resulta obligado redefinir la noción de producción en la línea propuesta, asociando producción económica con deterioro ecológico (Naredo y Valero 1999) y proponiendo la tarea previa de minimizar la destrucción y la tarea ulterior de aplicar la regeneración, restauración o reposición como complemento necesario de la producción, a fin de hacer posible una economía sostenible en el tiempo. Hoy se percibe mejor que nunca que nuestros éxitos productivos son indisociables de los “efectos colaterales” destructivos que supone la sobreexplotación de la biosfera y la explotación irreversible de la corteza terrestre bajo el impulso al crecimiento incesante del sistema capitalista. La destrucción asociada a la actual abundancia ha llegado tan lejos que pone en peligro la reproducción mínima necesaria para sostener para toda la población una vida que merezca el calificativo de humana.

¿Qué cabe decir del sistema agroalimentario? Desde sus inicios la agricultura requirió alterar los ecosistemas preexistentes —sobre todo deforestando con el fuego— y reconstruir unos ecosistemas simplificados (agroecosistemas) destinados a asegurar alimentos y otros productos vegetales que han resultado (con excepciones) ecológicamente viables, aunque a menudo empobrecidos desde distintos puntos de vista. Lo mismo puede decirse de la ganadería, la pesca y el aprovechamiento forestal. A lo largo de la historia muchas comunidades agrícolas han sido conscientes de la necesidad de restauración permanente de la fertilidad de la tierra y han hallado fórmulas perdurables. Actualmente la recuperación ecologista de esta consciencia pone en entredicho las prácticas insostenibles de la agricultura llamada industrial aplicadas desde hace un par de siglos. Se está investigando y ofreciendo alternativas, pero no hay alternativa real sin una agricultura ecológica que no dependa de la energía del petróleo ni de otras aportaciones no renovables de la corteza terrestre. Las modalidades más artificializadas de agricultura moderna (cultivo sin tierra, agricultura vertical, etc.) sólo serán prácticas regenerativas viables si pueden prescindir de insumos no renovables.

Por otra parte, en un “mundo lleno” como el actual en el que habrá que renunciar a gran parte del transporte mecánico, deberá garantizarse que la provisión de alimentos sea suficiente y esté al alcance de todos, lo cual implica la máxima proximidad posible entre producción agroalimentaria y consumo, sólo viable con una redistribución espacial de las poblaciones humanas: un regreso a la tierra de millones de personas, un éxodo urbano hacia territorios rurales y ciudades medias y pequeñas más próximas a las fuentes de alimentos.

Para numerosas corrientes del pensamiento moderno agricultura, ganadería y pesca se han visto como sectores “tradicionales”, incapaces de modernizarse y contribuir significativamente al crecimiento económico por su menor capacidad para introducir aumentos de productividad. Se ha considerado a los campesinos poco menos que una rémora del pasado. Hay que superar esta visión: hay que restituir al sector agroalimentario y a sus protagonistas la importancia vital que tienen. La crisis a la que nos encaminamos los colocará en el lugar que les corresponde: un lugar central en la sociedad.

Las graves incógnitas del saqueo de la corteza mineral de la Tierra

Si persisten las tasas actuales de extracción y reciclado, se llegará a un punto en que los minerales aprovechables de la Tierra no bastarán para unas demandas industriales que no cesan de aumentar. Habrá que adaptarse a cantidades inferiores. El metabolismo industrial sólo podría imitar los procesos circulares de la biosfera si la energía usada por el ser humano fuese toda ella renovable y se reciclara el 100% de los materiales, lo cual es imposible. Es oportuno recordarlo cuando los voceros del capitalismo verde ofrecen el paso a una “economía circular” como una solución milagrosa a nuestro alcance.

El agotamiento de los combustibles y el uranio, previsto para la segunda mitad del siglo XXI, privará a la humanidad de las fuentes energéticas que han alimentado —hasta en un 85%— toda la civilización industrial. Habrá que encontrar fuentes alternativas de energía, que no podrán ser más que las renovables. Pero captar las energías renovables exige espacio y materiales, y las reservas de los metales necesarios para hacer funcionar las infraestructuras de captación no bastan para obtener la cantidad desmesurada de energía que usa la actual sociedad industrial (García Olivares, Turiel et al.: 2012). Será preciso reducir drásticamente el uso de energía y, por tanto, de recursos materiales y artefactos. Teniendo en cuenta el volumen de la población mundial y la cantidad y calidad de sus demandas, esta situación planteará retos de muy difícil solución. El drama que amenaza el inmediato futuro radica en haber construido una civilización material sumamente rica, compleja y energívora gracias a una abundancia de energía de stock de elevada densidad que se habrá agotado en el curso de pocos decenios.

El cambio climático puede parecer una amenaza más peligrosa que la perspectiva de un declive energético. Pero ello equivale a ignorar el papel estratégico que desempeña la energía en todas las actividades humanas; y a ignorar también que la emergencia climática solo puede enfrentarse eficazmente suprimiendo la quema de combustibles fósiles. McGlade y Ekins estiman que la quema entre 2010 y 2050 de todas las reservas fósiles conocidas triplicaría las emisiones de CO2 que mantendrían la temperatura del planeta por debajo de los 2 ºC, y para evitarlo proponer abstenerse de extraer del subsuelo 1/3 del petróleo, 1/2 del gas y 4/5 del carbón (Van der Ploeg y Rezai 2017). Pero en ambos casos —tanto si se adopta esta medida de autocontención como si se queman de manera irresponsable todos los combustibles fósiles a nuestro alcance— el problema del suministro de energía sería el mismo. En los dos supuestos la especie humana se encaminaría —con ritmos y efectos diferentes— hacia una dependencia decreciente de los combustibles fósiles y hacia una transición obligada (felizmente obligada) hacia un modelo energético renovable. La necesidad de adaptarse a un modelo energético renovable, dependiente de energías de flujo de densidad menor, no garantizará que se pueda mantener sin cambios importantes la actual civilización material a la que la gente se ha acostumbrado, lo cual impondrá un decrecimiento que puede resultar traumático, a menos que tenga lugar en un marco social completamente nuevo, ecosocialista.

Las estimaciones sobre disponibilidad de los materiales de la corteza terrestre indican que, si siguen los actuales ritmos de extracción, se agotarán los metales y otros materiales estratégicos en períodos que oscilan entre los 40 y los 100 años (Pitron 2019: 192). Esto augura un futuro en que ha humanidad tendrá que hacer funcionar su sistema productivo con un acervo de recursos que no sólo será limitado, sino obligadamente decreciente a partir de un punto determinado, ya que el reciclado no es posible con rendimientos del 100%, de modo que el sistema productivo deberá adaptarse a una cantidad menguante de materiales de la Tierra. Actualmente las cantidades de metales reciclados quedan lejos de las extraídas del subsuelo. El porcentaje de metal reciclado que se destina a la demanda final es para el aluminio del 34-36%, para el cobalto del 32%, para el cobre del 20-37%, para el níquel del 29-41% y para el litio de menos del 1% (World Bank 2020 [cifras de UNEP 2011]). Si prosiguen las actuales tasas de extracción y reciclado, pues, llegará un momento en que los metales disponibles no bastarán para satisfacer las demandas de unos usos industriales en expansión permanente. Será preciso adaptarse a una dotación menor. Como vio lúcidamente Georgescu-Roegen hace medio siglo, el principal obstáculo a la continuidad del industrialismo es más de materiales que de energía (cf. Naredo 2017: 75-76).

La finitud de la corteza terrestre, pues, pone un límite a los minerales aprovechables, incluyendo en este límite la cantidad de metales necesaria para un modelo energético 100% renovable y para la digitalización que requeriría dicho modelo con las actuales tecnologías de captación y control digital y con los actuales niveles de uso energético. El actual uso masivo de recursos minerales no renovables es el caso más flagrante de destrucción asociada a la producción porque su extracción es irreversible e irrepetible y la degradación entrópica asociada a su utilización reduce irremediablemente su disponibilidad futura. De cara al porvenir, será inevitable adoptar formas de existencia humana sobre una base material más reducida. ¿Será viable entonces la vida humana? ¿Y la civilización?

No hay respuestas concluyentes a tales interrogantes. La probabilidad de un estado de guerra prolongado por recursos crecientemente escasos es muy alta porque los países más ricos y poderosos tendrán la tentación de acaparar todo lo que puedan a cualquier precio. Pero incluso sin catástrofes bélicas el declive energético —y por tanto también de materiales— traerá consigo regresiones, colapsos y retrocesos en los niveles de complejidad y de civilización imposibles de pronosticar. También cabe imaginar que una pequeña parte de la humanidad pueda llegar a dominar una cantidad suficiente de fuentes de recursos del subsuelo para erigirse (al menos durante un tiempo, antes de agotar su propia base material) en potencia dominante sobre el resto de la humanidad. El desigual reparto de recursos del planeta permite imaginar escenarios de futuro muy variados, incluidas las distopías más devastadoras.

Paradójicamente, puede ocurrir que la finitud de los recursos de la Tierra sea el obstáculo insuperable que logre detener la carrera hacia el abismo. Así como la escasez de metales imposibilita construir una infraestructura de energías renovables que pueda suministrar a la humanidad las cantidades de energía usadas hoy, también hará imposible el despliegue previsto de las redes de comunicación y la digitalización que promueven y celebran los heraldos de dicho progreso. Los sistemas informático —incluso antes del despliegue del 5G— utilizan ya cantidades de energía comparables a las utilizadas por toda la aviación civil mundial, y tienen necesidades en metales escasos que alcanzarán pronto sus límites. El sistema mundial de transporte topará con límites semejantes si se pretende mantener la flota actual de vehículos pero reconvertida a energías renovables: “Transformar la actual flota de vehículos con motor de combustión (990 millones de automóviles, 130 millones de camionetas, 56 millones de camiones y 670 millones de motos) en una flota de vehículos eléctricos requeriría el 33% del litio, el 48% del níquel y el 59% del platino existentes en la corteza terrestre. Esto sería técnicamente factible, pero aun en este caso, podría provocar un aumento enorme de los precios de estos metales y bloquear la demanda de los mismos para otros usos industriales” (Bellver 2019).

En un horizonte de penuria, la ciencia puede ofrecer innovaciones útiles. La “ciencia de los materiales”, por ejemplo, puede obtener substancias artificiales con las que lograr ciertos servicios con cantidades muy inferiores de masa, como el grafeno, que se fabrica con un elemento muy abundante en la naturaleza: el carbono. La investigación deberá orientarse a la mejora de la eficiencia en energía y materiales. Constituirá sin duda una parte importante de la necesaria transformación de las fuerzas productivas hacia un metabolismo mejorado y simplificado en el seno de una economía humanista sin crecimiento.

Paradigmas ecológico y evolucionista

El corpus teórico marxista no vincula el industrialismo moderno con la fractura metabólica fosilista y la dependencia masiva de los minerales de la corteza terrestre, revelando así que se trata de una visión no ecológica. No haber comprendido la diferencia radical entre un metabolismo basado en la fotosíntesis y las energías libres y otro basado en recursos no renovables y finitos, destinado al callejón sin salida del agotamiento de los stocks del subsuelo, es una debilidad teórica que impide abordar adecuadamente la interpretación del industrialismo y sus perspectivas. Daniel Tanuro (2007) lo ha percibido correctamente cuando dice que ni Marx ni Engels “parecen haber comprendido que el paso de la leña a la hulla constituía un cambio cualitativo muy importante: el abandono de una energía de flujo (renovable) a favor de una energía de stock (agotable)”. Pero no desarrolla esta idea hasta su desenlace lógico: el paso de la leña a la hulla ha permitido un crecimiento excepcional de las fuerzas productivas que el movimiento inverso —en este caso, del petróleo a la eólica/fotovoltaica— no podrá mantener al mismo nivel y con las mismas formas. Se trata de lo que Alain Gras llama “la trampa de las energías fósiles”. La demanda de energía (de flujo) con las tecnologías modernas acarrea la demanda paralela de minerales, de manera que no se trata de pasar simplemente del uso de recursos de stock al de recursos de flujo, pues los recursos de flujo requieren también bienes de stock, y en grandes cantidades debido al nivel muy alto de consumo y de necesidades al que las poblaciones humanas se han acostumbrado. Será preciso revolucionar las fuerzas productivas, construir una matriz productiva nueva y distinta, asentada sobre un sistema de energías renovables de flujo. Y aceptar las limitaciones de la producción correspondientes.

Un elemento de la perspectiva de futuro que resulta invisible con este marco teórico es que el agotamiento de la matriz energética fosilista imposibilitará la continuidad del capitalismo como sistema socioeconómico basado en la expansión indefinida de la producción de valor y, por tanto, de la apropiación y acumulación de recursos naturales. Este tope —intrínsecamente ecológico— supone un obstáculo para la continuidad del sistema mucho más contundente que el tope social contemplado por Marx y Engels: “la burguesía produce ante todo sus propios sepultureros. Su desaparición y la victoria del proletariado son igualmente inevitables” (Manifiesto del partido comunista). Y este límite ecológico condiciona también el futuro, incluso en la perspectiva del ecosocialismo: habrá que adaptarse a un modelo energético de menor potencia y renunciar a las formas actuales de abundancia material, abundancia que no debe confundirse con bienestar.

Es posible que se haya agotado el tiempo para una salida constructiva y que no nos quede otra alternativa que prepararnos para lo peor. En todo caso, la perspectiva de una u otra forma de colapso ecosocial sólo es imaginable a partir de un paradigma ecológico, no evolucionista. (Hay que decir también que de Marx siempre cabe esperar sorpresas, pues, como sucede a menudo con los pensadores grandes, era capaz de pensar con gran libertad fuera de sus propios marcos conceptuales. Al comienzo del Manifiesto comunista dice, en efecto, que la lucha de clases a lo largo de la historia ha terminado “siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases en pugna” [cursiva añadida]. La observación contrasta marcadamente con el tono evolucionista del texto en que figura y que caracteriza el marxismo tal como se desarrolló tras la muerte de su autor…)

En algo así se resume el cambio de paradigma necesario.

Por Joaquim Sempere | 14/04/2021

 [Versión modificada del artículo publicado con el mismo título en Revista de Economía Crítica, núm. 30 (segundo semestre de 2020)]

 

Referencias bibliográficas

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