Domingo, 16 Septiembre 2018 08:20

Un gobierno de los ricos y para los ricos

Edgar Insuasty

Este artículo analiza el gobierno de Iván Duque desde la perspectiva del poder como fundamento de la política. Metodológicamente se consideran tres niveles: i) la base social que cuantitativa y cualitativamente le dio el triunfo electoral, el pasado 17 de junio, ii) el círculo de poder que rodea al mandatario, iii) las fuerzas políticas que le dan gobernabilidad a la actual administración nacional.

 

Al desnudo, así va quedando el nuevo Presidente colombiano. Y el encargado del destape es él mismo. Lo hace para que no quede duda sobre el carácter de su gobierno, al nombrar en su gabinete una decena de ministros con claros intereses corporativos (ver infograma “Gabinete corporativo). Un hecho sin precedentes en nuestra historia republicana, un gobierno de los ricos y para los ricos. Sin tapujos. Por si quedara duda de la prioridad en su gestión, en la 74ª Asamblea de la Andi, ante una nutrida participación de 2.000 empresarios, Iván Duque se comprometió a gobernar en favor de los gremios económicos; en este sentido, expresó que en la reforma tributaria que promoverá su gobierno habrá una “exención del impuesto de renta de las empresas”, a la par que su ministro de Hacienda anuncia una reforma pensional que también les aminorará egresos.


La base social del duquismo


El comportamiento electoral de un individuo es el resultado tanto de factores socio-estructurales como de otros referidos a su personalidad, los que le permiten captar la realidad (aspecto cognoscitivo), expresar valoraciones (aspecto afectivo), reproducir las orientaciones partidistas recibidas en la familia (socialización política) y establecer relación entre el yo propio, sus intereses y necesidades, y los demás, en un contexto socio histórico determinado (identidad).


Consecuente con ello, en Colombia el comportamiento electoral en 2018 muestra que el potencial de los 36.783.940 (100%) votos del actual censo electoral, se distribuyó entre una mitad que optó entre dos candidatos y otra mitad que se abstuvo, votó en blanco o su voto fue no marcado o nulo (ver infograma “Base electoral de la fuerza política).


Quienes votaron por algún candidato, le dieron el triunfo a la coalición de partidos de derecha, representados por Iván Duque, quienes fueron preferidos por 10.373.080 de los votantes (28,2% respecto al potencial electoral). La alianza entre la izquierda y el centro obtuvo 8.034.189 de votos (21,8% en relación al censo electoral).


El triunfo de las fuerzas de derecha se explica por razones de clase, ideológicas, cultural regionalistas, tradición electoral, condicionamiento de la opinión pública por parte de los medios de comunicación, prácticas violentas institucionalizadas y ejercicio del poder político. Además, aunque menos en número, la clase dominante participa en su totalidad y vota de manera disciplinada en defensa de sus intereses (la clase popular es mayoría pero vota menos y su conciencia de clase es débil o inexistente); sin olvidar que la oligarquía tiene el poder de influir en sus subordinados, controla los mecanismos económicos, orienta la opinión pública, manipula los resultados de los eventos electorales y tiene la capacidad de comprar votos (práctica tradicional, por ejemplo, en la región Caribe).


Es así como el 38,6 por ciento de los votos que obtuvo el candidato (un poco más de cuatro millones), hoy en ejercicio de la presidencia, tiene su fuente en los dueños del capital, las familias ricas y la clase media alta de tendencia derechista (proveniente esta última, en su mayoría, del sector fajardista antioqueño de la llamada Coalición Colombia). En última instancia, la oligarquía dominante determina el juego político, controla los mecanismos electorales e impone su poder y liderazgo en nombre de la mayoría.


De esta manera, tomando en cuenta a quienes votan efectivamente, la sociedad colombiana se divide en torno a los partidos políticos, los movimientos sociales y el voto de opinión, los dos primeros de los cuales constituyen formaciones que congregan sectores de la población alrededor de la representación de intereses comunes en el plano político y económico. El partido, como los movimientos sociales, expresan ideas, sentimientos, valores, miedos, intereses y aspiraciones de los grupos que los conforman, así como ejerce entre los individuos la función de identificación política. Con uno y con otro se crea la lealtad política, expresada en el voto o en la movilización directa tras ciertos objetivos. En el país, la tradición constituye la primera de las grandes características de la afiliación política partidista; la segunda, la constituye la localización regional. La resistencia, la búsqueda de caminos alternos para concretar derechos básicos y la autoprotección, son algunos de los motivos para integrar una expresión social independiente.


Precisamente, retomando la adscripción partidista con una mirada histórica, resalta que la región antioqueña (departamento de Antioquia y zona cafetera) posee el mayor número de municipios conservadores, caudillistas, entidades territoriales en donde, además del parroquialismo cultural, se registra la coacción del voto ejercida sobre los campesinos por los gamonales políticos, los terratenientes y por la movilización del clero o los pastores de las iglesias cristianas o evangélicas, y la utilización de los principios religiosos y educativos que defienden los valores de la derecha, la lucha de cada quien por sus propios intereses y el culto al dinero unido a acumulación de capital como medida del éxito en la vida. La violencia institucional y paramilitar ejerce también presión en los pobladores al momento de hacer presencia en las urnas. El eje cafetero y el departamento de Antioquia aportaron 2.542.187 votos (24,5%) de los 10.373.080 acumulados por la campaña duquista.

 

 


Otras fuentes de sus votos


En 2005, el extraditado cabecilla de las Autodefensas Unidas de Colombia, Salvatore Mancuso, confirmó ante la Corte Suprema de Justicia que el 35 por ciento de los congresistas fueron elegidos en zonas de influencia paramilitar. “Cuando nosotros decimos que tenemos afecto por el 35 por ciento del Congreso de la República, decimos que estos congresistas fueron elegidos en zonas de influencia de las Autodefensas”, aseveró Mancuso al término de la diligencia. El desmovilizado jefe paramilitar agregó “las Autodefensas le enseñamos a votar a esas poblaciones, porque allí no había presencia del Estado y nosotros –AUC–, suplantábamos a las autoridades oficiales”. El proyecto de extrema derecha paramilitar se institucionalizó en amplias zonas del territorio nacional y cooptó instituciones públicas, terratenientes y autoridades municipales. Las zonas de influencia e institucionalización paramilitar (en las regiones Caribe, Andina y Orinoquia) contribuyeron, según el estimativo de los abanderados paramilitares, con 3.630.578 votos (35%) a la elección presidencial de Iván Duque.


Como una de sus particularidades sociopolíticas, resalta que en Colombia el vínculo religioso influye en el voto más que el de clase. Según crece el nivel de implicación religiosa aumenta la propensión a elegir los partidos de derecha. El partido del clero les enseña a los feligreses, maniqueamente, quienes son los buenos (la derecha) y quienes son los malos (la izquierda). La atadura religiosa influye también, negativamente, en la participación política. Las iglesias cristianas, evangélicas y protestantes le aportaron a la elección de Duque, a través de sus organizaciones políticas (Mira, Colombia Justa Libre, Casa sobre la roca –la iglesia de Vivian Morales– entre otras), 2.500.000 votos (24,1%) a manera de contribución en la alianza que firmaron con el partido Centro Democrático. Los trabajadores organizados en sindicatos, con la atomización que los caracteriza y la disparidad ideológica que distancia a las diferentes centrales que los aglutinan, no logran que la totalidad de los 1,4 millones de afiliados con que cuentan voten en favor del candidato de izquierda. Votos por la derecha, el centro, así como la opción abstencionista y otras resaltan en su proceder.


Al sumar los componentes de la base electoral del duquismo, puede suceder que supere el 100 por ciento. Son conjuntos que se intersectan en una misma circunscripción electoral: un caudillo de la extrema derecha puede contar, a la vez, con votantes inducidos por los paramilitares, en regiones de fuerte herencia e identidad cultural, que son feligreses de iglesias cristianas o evangélicas, provenientes de familias oligarcas y miembros de un mismo gremio empresarial. El carácter geográfico de la distribución de los fortines partidistas queda claro en esta elección presidencial de 2018.


El círculo del poder


En un claro conflicto de intereses, resalta en Colombia la puerta giratoria que separa, casi que invisiblemente, al sector privado y al público, puerta por la cual la oligarquía transita libremente de los cargos empresariales a los puestos públicos y viceversa, como puede apreciarse en el actual gabinete corporativo (ver infograma), donde ministros como el de Agricultura procede de Fenavi –gremio de los avicultores–; el de defensa, era presidente del gremio de los comerciantes Fenalco; de un centro hospitalario privado y elitista, afecto a la industria farmacéutica, proviene el medico que dirigirá el sector salud; el de Ambiente y desarrollo de la Andi, donde dirigía el Centro Nacional del Agua perteneciente a tal gremio; el de Vivienda, ciudad y territorio sale de Asobancaria de la cual era Vicepresidente; el de Transporte estaba en Asograsas, por solo colocar algunos ejemplos. Razón tenía Marx al afirmar: “El Gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa” (1).


Es una puerta giratoria que permite apropiar lo público con fines privados, y así ampliar el poderío de quienes más tienen poder en el país. El poder es una cualidad propia de las relaciones sociales, es decir, es una cualidad relacional. El poder es propio del rol y, por tanto, de la estructura (organización, institución, sistema) en la que se inscribe el rol. Cronológicamente se observa que los centros de poder se forman de hecho sobre la base de recursos, como el dinero y las armas; pero después se legitiman en el plano cultural. Una vez establecido un centro de poder legítimo a nivel macrosociológico, dicho poder regula y legitima desde arriba los centros inferiores en toda la sociedad. En consecuencia, el poder de la tecnocracia y los partidos políticos no reside en disponer personalmente de dinero o de la fuerza represiva del Estado, sino en la facultad de exigir su uso a quien lo detenta, siguiendo toda la escala jerárquica y las esferas de competencia, en las formas establecidas por la ley.


Por demás, hay que recordar que en Colombia el poder es endogámico (2). El círculo más cercano al poder presidencial de Duque proviene de las familias oligárquicas (muchos son delfines hijos o nietos de patriarcas políticos), todas relacionadas de alguna manera entre sí (asisten a los mismos clubes, viven en los mismos barrios, acuden a idénticos centros educativos, son socios en las empresas, y sus hijos se casan entre sí); provienen de las mismas universidades que forman técnica e ideológicamente a la clase dirigente (Universidad de los Andes o Colegio de Estudios Superiores de Administración, entre otros) y de carreras profesionales requeridas para cumplir con las funciones económicas o políticas de su clase (abogados, economistas, administradores). En síntesis, además de constituir un gobierno patrimonial con un gabinete corporativo, el régimen es característicamente plutócrata, como ya está anotado, de los ricos para el servicio de los ricos (Ver infograma “El poder político concentrado en la Casa de Nariño”).


El poderío que concentra este círculo del poder en el gobierno es infinito. En 2017, el Gobierno contó con una apropiación definitiva de 229,3 billones de pesos (25,1% del PIB), presupuesto del cual 60,6 por ciento fue para funcionamiento, 17,6 por ciento para inversión, y 21,8 por ciento para servicio de la deuda (intereses y amortización). En 2018 el gobierno central y los establecimientos públicos controlan de manera directa 1.100.000 puestos de trabajo y su nómina tiene un valor de $53 billones (el salario referencial de un empleado público es, en promedio, cinco veces mayor al que devenga un trabajador común). Las Fuerzas militares concentran 497.000 cargos con un costo de $14,2 billones; la burocracia 603.000 cargos, con un costo de $38,8 billones. El duquismo controla 157 entidades del nivel nacional de gobierno, agrupadas en 29 sectores que cubren todo el espectro social, económico, político, militar, cultural y ambiental del país.

 


La gobernabilidad política


La gobernabilidad puede entenderse como la situación en la que concurren un conjunto de condiciones favorables para la acción de gobierno, que se sitúan en su contorno o son intrínsecas a éste. Este concepto se enmarca en el ámbito de “la capacidad de gobierno”. La alianza que establecieron los partidos políticos del establecimiento, ante el riesgo que los movimientos de centro e izquierda ganaran las pasadas elecciones presidenciales, es garante de la gobernabilidad con que cuenta la administración Duque (2018-2022). En concordancia con el significado de la noción, el establecimiento es el conjunto de personas, instituciones y entidades influyentes en la sociedad, que procuran mantener, controlar y reproducir el orden establecido.


Establecimiento que se mantiene, reforma y prolonga su dominio o entra en crisis, total o parcial, según las coyunturas que atraviesa y las fuerzas que lo confrontan. Así, según el Estatuto de Oposición que el sistema político colombiano está implementando a partir de este período presidencial, y tras 27 años de haberse ordenado su redacción, es obligación de los partidos políticos declararse de gobierno, independientes o de oposición.


En este panorama ya hay dos cosas claras: de una parte, los partidos de gobierno son el Centro Democrático, el Partido Conservador, Mira y Colombia Justa Libres, que suman 93 curules en Senado y Cámara; solo en Senado, donde la mitad más uno son 55 votos, estos cuatro partidos llegan a 38 escaños. De otra parte, un poco más lejanos del círculo de poder, se encuentran otros tres partidos del establecimiento: liberalismo, Cambio Radical y la U que en alianza tienen la mayoría relativa del Congreso: 134 curules; en solo Senado son 44. Según lo han anunciado, estos tres partidos se van a declarar independientes, lo que va a representar un verdadero reto para el actual Gobierno.


Del otro lado está la oposición. Este bloque (Alianza Verde, Colombia Humana, Farc, Polo, Mais y la Lista de la Decencia) tiene en Senado y Cámara 44 curules; en Senado 24 bancas. Al sumar los partidos de derecha, su poder se expresa en el control de 80 por ciento del Congreso. A partir de que los partidos se declaren independientes o en oposición, el Gobierno no podrá ofrecer cargos de responsabilidad política a sus dirigentes; así lo establece la ley.

 

 


Esta realidad, de la que no hay muchos antecedentes, deja al Gobierno de Duque en relativa vulnerabilidad para pasar sus proyectos y para enfrentar los debates de control político en el legislativo.


Otro riesgo de gobernabilidad que enfrenta el nuevo Presidente es el desplome de su popularidad. Una medición de la firma encuestadora Yanhaas, a finales del mes de agosto, muestra que la favorabilidad del mandatario ha descendido 12 por ciento en la última semana de mandato presidencial. Duque lleva tres semanas en la Casa de Nariño y, según esta encuestadora, la aprobación de su gestión ha pasado del 53 por ciento, que obtuvo en la primera semana de mandato, al 41 por ciento, que arrojó la medición del 20 de agosto. Además, el 38 por ciento de los encuestados desaprobó la labor del nuevo inquilino de la Casa de Nariño (la última medición era del 23%).


La encuesta también indagó por la imagen del gabinete presidencial, y el resultado tampoco fue el mejor para el Gobierno: mientras que el 36.7 por ciento de los encuestados aprueban a los ministros nombrados, el 42.8 por ciento los desaprueba, y el 14 no sabe o no responde. La imagen del gabinete también empeoró con relación a la última encuesta: la desaprobación aumentó en 10 puntos porcentuales y la aprobación disminuyó 13 por ciento. Finalmente, el 49.6 por ciento de los encuestados consideró que el país va por mal camino; mientras el 39. por ciento piensa que la realidad nacional mejorará.


La búsqueda de gobernabilidad de la administración Duque se centra, adicional a los partidos del establecimiento, en el apoyo de los gremios empresariales, las fuerzas armadas, las iglesias cristianas y el gobierno estadounidense.


Toda una trinca. A pesar del avance histórico, de las transformaciones socioeconómicas, el poder político se reproduce y se mantiene sin cambios desde la Colonia hasta la época republicana. En particular, el poder del clero y de las fuerzas armadas se mantiene intacto. Estas dos fuerzas son leales al régimen oligárquico y al gobierno patrimonial. Duque confía en que estas dos columnas le garantizen la gobernabilidad; en consecuencia, se muestra bastante dadivoso con ellos en materia de impuestos, exenciones, seguridad social y aumentos de salario.


Estos son factores internos, pero también cuenta lo externo, en lo cual el apoyo del gobierno estadounidense es fundamental, sin importar que para ello el colombiano deba ceder soberanía, entregar recursos minero-energéticos a las transnacionales, implementar las estrategias antinarcóticos diseñadas desde el Norte y servir de alfil en las aventuras intervencionistas de los yanquis en los países vecinos.


Estamos ante un poder que, como el establecimiento del cual hereda su ejercicio y fortaleza, parece fuerte, pero una conjunción de fuerzas provenientes desde varias coordenadas podrían quebrarlo o, cuando menos, colocarlo en aprietos, llevándolo a la defensiva. Todo depende de la capacidad de estas para reunir, concentrar y movilizar por distintas vías a los suyos. Para evitarlo, Duque conjuga los factores heredados, de la agilidad para lo cual depende su “buena suerte”, con la cual cuenta para los próximos cuatro años (ver infograma “Poder político concentrado...).

 

1. C. Marx y F. Engels. Manifiesto Comunista, en: Obras Escogidas. Editorial Progreso, Moscú, pp. 34-35]. (Diciembre de 1847-enero de 1848/1976).
2. Se entiende como comportamiento endogámico el rechazo a la incorporación de miembros ajenos a un grupo social en particular.

 

* Economista y filósofo. Integrante del comité editorial de los periódicos Le Monde diplomatique, edición Colombia, y desdeabajo.

 


 

El duquismo y el poder como fundamento de la política

 

En Colombia la democracia es lejana al pueblo y está concentrada en la clase dominante, es por ello que es denunciada como una democracia formal –electoral– o mínima. El poder político infiltra todas las formas institucionales del Estado. El patrimonialismo caracteriza al aparato de Estado; este es una forma de gobernabilidad en la que se mezclan los intereses de los sectores público y privado. Es una forma de dominación tradicional centrada en familias oligárquicas que garantiza el blindaje a la clases dominantes y excluye del poder a las clases media y popular. Normalmente, los ejércitos de estos países son leales a la clase que monopoliza el poder, no a la nación. Las iglesias, los medios de comunicación, el sistema educativo y demás aparatos ideológicos también son funcionales a la reproducción del monopolio patrimonial y a la acumulación de capital.


Habitamos una sociedad dividida y ordenada jerárquicamente en clases. El pueblo no ejerce de manera efectiva el poder, por tanto la soberanía popular, al igual que la democracia, es formal y no sustantiva ni radical. Se vive bajo un régimen de dictadura de clase, de un poder que imponen a través de todas las formas de violencia, incluso cuando los instrumentos de estas violencias son institucionales y constitucionales. La dictadura de clase, a la vez, permea todas las relaciones sociales, económicas, políticas y ambientales, sean estas raciales, étnicas, territoriales, culturales, religiosas, generacionales o sexuales. En esta complejidad histórica, hablar de democracia efectiva, más allá de lo formal, carece de sentido y significado por completo.


El concepto fundamental de las ciencias humanas es el poder, como la energía lo es a las ciencias físicas o el dinero al sistema económico. En sociología, el poder se define como la capacidad de una clase de imponer sus intereses y producir los efectos deseados o intencionales influyendo en el comportamiento de las demás clases subordinadas. Dado que el poder se identifica con la fuerza sociomotriz (la capacidad de hacer que funcione y se reproduzca el sistema societal en una determinada dirección), el poder es ubicuo y, por tanto, difícilmente observable en su totalidad, a no ser en sus manifestaciones particulares. El poder, como la energía y el dinero, es un constructo hipotético, cuya existencia se postula para explicar de forma unitaria una serie de fenómenos, sus relaciones, valores, cambios y cuantificaciones, y la transformabilidad de unos en otros.

 

Publicado enColombia
Jueves, 13 Septiembre 2018 19:40

Un gobierno de los ricos y para los ricos

Edgar Insuasty

Este artículo analiza el gobierno de Iván Duque desde la perspectiva del poder como fundamento de la política. Metodológicamente se consideran tres niveles: i) la base social que cuantitativa y cualitativamente le dio el triunfo electoral, el pasado 17 de junio, ii) el círculo de poder que rodea al mandatario, iii) las fuerzas políticas que le dan gobernabilidad a la actual administración nacional.

 

Al desnudo, así va quedando el nuevo Presidente colombiano. Y el encargado del destape es él mismo. Lo hace para que no quede duda sobre el carácter de su gobierno, al nombrar en su gabinete una decena de ministros con claros intereses corporativos (ver infograma “Gabinete corporativo). Un hecho sin precedentes en nuestra historia republicana, un gobierno de los ricos y para los ricos. Sin tapujos. Por si quedara duda de la prioridad en su gestión, en la 74ª Asamblea de la Andi, ante una nutrida participación de 2.000 empresarios, Iván Duque se comprometió a gobernar en favor de los gremios económicos; en este sentido, expresó que en la reforma tributaria que promoverá su gobierno habrá una “exención del impuesto de renta de las empresas”, a la par que su ministro de Hacienda anuncia una reforma pensional que también les aminorará egresos.


La base social del duquismo


El comportamiento electoral de un individuo es el resultado tanto de factores socio-estructurales como de otros referidos a su personalidad, los que le permiten captar la realidad (aspecto cognoscitivo), expresar valoraciones (aspecto afectivo), reproducir las orientaciones partidistas recibidas en la familia (socialización política) y establecer relación entre el yo propio, sus intereses y necesidades, y los demás, en un contexto socio histórico determinado (identidad).


Consecuente con ello, en Colombia el comportamiento electoral en 2018 muestra que el potencial de los 36.783.940 (100%) votos del actual censo electoral, se distribuyó entre una mitad que optó entre dos candidatos y otra mitad que se abstuvo, votó en blanco o su voto fue no marcado o nulo (ver infograma “Base electoral de la fuerza política).


Quienes votaron por algún candidato, le dieron el triunfo a la coalición de partidos de derecha, representados por Iván Duque, quienes fueron preferidos por 10.373.080 de los votantes (28,2% respecto al potencial electoral). La alianza entre la izquierda y el centro obtuvo 8.034.189 de votos (21,8% en relación al censo electoral).


El triunfo de las fuerzas de derecha se explica por razones de clase, ideológicas, cultural regionalistas, tradición electoral, condicionamiento de la opinión pública por parte de los medios de comunicación, prácticas violentas institucionalizadas y ejercicio del poder político. Además, aunque menos en número, la clase dominante participa en su totalidad y vota de manera disciplinada en defensa de sus intereses (la clase popular es mayoría pero vota menos y su conciencia de clase es débil o inexistente); sin olvidar que la oligarquía tiene el poder de influir en sus subordinados, controla los mecanismos económicos, orienta la opinión pública, manipula los resultados de los eventos electorales y tiene la capacidad de comprar votos (práctica tradicional, por ejemplo, en la región Caribe).


Es así como el 38,6 por ciento de los votos que obtuvo el candidato (un poco más de cuatro millones), hoy en ejercicio de la presidencia, tiene su fuente en los dueños del capital, las familias ricas y la clase media alta de tendencia derechista (proveniente esta última, en su mayoría, del sector fajardista antioqueño de la llamada Coalición Colombia). En última instancia, la oligarquía dominante determina el juego político, controla los mecanismos electorales e impone su poder y liderazgo en nombre de la mayoría.


De esta manera, tomando en cuenta a quienes votan efectivamente, la sociedad colombiana se divide en torno a los partidos políticos, los movimientos sociales y el voto de opinión, los dos primeros de los cuales constituyen formaciones que congregan sectores de la población alrededor de la representación de intereses comunes en el plano político y económico. El partido, como los movimientos sociales, expresan ideas, sentimientos, valores, miedos, intereses y aspiraciones de los grupos que los conforman, así como ejerce entre los individuos la función de identificación política. Con uno y con otro se crea la lealtad política, expresada en el voto o en la movilización directa tras ciertos objetivos. En el país, la tradición constituye la primera de las grandes características de la afiliación política partidista; la segunda, la constituye la localización regional. La resistencia, la búsqueda de caminos alternos para concretar derechos básicos y la autoprotección, son algunos de los motivos para integrar una expresión social independiente.


Precisamente, retomando la adscripción partidista con una mirada histórica, resalta que la región antioqueña (departamento de Antioquia y zona cafetera) posee el mayor número de municipios conservadores, caudillistas, entidades territoriales en donde, además del parroquialismo cultural, se registra la coacción del voto ejercida sobre los campesinos por los gamonales políticos, los terratenientes y por la movilización del clero o los pastores de las iglesias cristianas o evangélicas, y la utilización de los principios religiosos y educativos que defienden los valores de la derecha, la lucha de cada quien por sus propios intereses y el culto al dinero unido a acumulación de capital como medida del éxito en la vida. La violencia institucional y paramilitar ejerce también presión en los pobladores al momento de hacer presencia en las urnas. El eje cafetero y el departamento de Antioquia aportaron 2.542.187 votos (24,5%) de los 10.373.080 acumulados por la campaña duquista.

 

 


Otras fuentes de sus votos


En 2005, el extraditado cabecilla de las Autodefensas Unidas de Colombia, Salvatore Mancuso, confirmó ante la Corte Suprema de Justicia que el 35 por ciento de los congresistas fueron elegidos en zonas de influencia paramilitar. “Cuando nosotros decimos que tenemos afecto por el 35 por ciento del Congreso de la República, decimos que estos congresistas fueron elegidos en zonas de influencia de las Autodefensas”, aseveró Mancuso al término de la diligencia. El desmovilizado jefe paramilitar agregó “las Autodefensas le enseñamos a votar a esas poblaciones, porque allí no había presencia del Estado y nosotros –AUC–, suplantábamos a las autoridades oficiales”. El proyecto de extrema derecha paramilitar se institucionalizó en amplias zonas del territorio nacional y cooptó instituciones públicas, terratenientes y autoridades municipales. Las zonas de influencia e institucionalización paramilitar (en las regiones Caribe, Andina y Orinoquia) contribuyeron, según el estimativo de los abanderados paramilitares, con 3.630.578 votos (35%) a la elección presidencial de Iván Duque.


Como una de sus particularidades sociopolíticas, resalta que en Colombia el vínculo religioso influye en el voto más que el de clase. Según crece el nivel de implicación religiosa aumenta la propensión a elegir los partidos de derecha. El partido del clero les enseña a los feligreses, maniqueamente, quienes son los buenos (la derecha) y quienes son los malos (la izquierda). La atadura religiosa influye también, negativamente, en la participación política. Las iglesias cristianas, evangélicas y protestantes le aportaron a la elección de Duque, a través de sus organizaciones políticas (Mira, Colombia Justa Libre, Casa sobre la roca –la iglesia de Vivian Morales– entre otras), 2.500.000 votos (24,1%) a manera de contribución en la alianza que firmaron con el partido Centro Democrático. Los trabajadores organizados en sindicatos, con la atomización que los caracteriza y la disparidad ideológica que distancia a las diferentes centrales que los aglutinan, no logran que la totalidad de los 1,4 millones de afiliados con que cuentan voten en favor del candidato de izquierda. Votos por la derecha, el centro, así como la opción abstencionista y otras resaltan en su proceder.


Al sumar los componentes de la base electoral del duquismo, puede suceder que supere el 100 por ciento. Son conjuntos que se intersectan en una misma circunscripción electoral: un caudillo de la extrema derecha puede contar, a la vez, con votantes inducidos por los paramilitares, en regiones de fuerte herencia e identidad cultural, que son feligreses de iglesias cristianas o evangélicas, provenientes de familias oligarcas y miembros de un mismo gremio empresarial. El carácter geográfico de la distribución de los fortines partidistas queda claro en esta elección presidencial de 2018.


El círculo del poder


En un claro conflicto de intereses, resalta en Colombia la puerta giratoria que separa, casi que invisiblemente, al sector privado y al público, puerta por la cual la oligarquía transita libremente de los cargos empresariales a los puestos públicos y viceversa, como puede apreciarse en el actual gabinete corporativo (ver infograma), donde ministros como el de Agricultura procede de Fenavi –gremio de los avicultores–; el de defensa, era presidente del gremio de los comerciantes Fenalco; de un centro hospitalario privado y elitista, afecto a la industria farmacéutica, proviene el medico que dirigirá el sector salud; el de Ambiente y desarrollo de la Andi, donde dirigía el Centro Nacional del Agua perteneciente a tal gremio; el de Vivienda, ciudad y territorio sale de Asobancaria de la cual era Vicepresidente; el de Transporte estaba en Asograsas, por solo colocar algunos ejemplos. Razón tenía Marx al afirmar: “El Gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa” (1).


Es una puerta giratoria que permite apropiar lo público con fines privados, y así ampliar el poderío de quienes más tienen poder en el país. El poder es una cualidad propia de las relaciones sociales, es decir, es una cualidad relacional. El poder es propio del rol y, por tanto, de la estructura (organización, institución, sistema) en la que se inscribe el rol. Cronológicamente se observa que los centros de poder se forman de hecho sobre la base de recursos, como el dinero y las armas; pero después se legitiman en el plano cultural. Una vez establecido un centro de poder legítimo a nivel macrosociológico, dicho poder regula y legitima desde arriba los centros inferiores en toda la sociedad. En consecuencia, el poder de la tecnocracia y los partidos políticos no reside en disponer personalmente de dinero o de la fuerza represiva del Estado, sino en la facultad de exigir su uso a quien lo detenta, siguiendo toda la escala jerárquica y las esferas de competencia, en las formas establecidas por la ley.


Por demás, hay que recordar que en Colombia el poder es endogámico (2). El círculo más cercano al poder presidencial de Duque proviene de las familias oligárquicas (muchos son delfines hijos o nietos de patriarcas políticos), todas relacionadas de alguna manera entre sí (asisten a los mismos clubes, viven en los mismos barrios, acuden a idénticos centros educativos, son socios en las empresas, y sus hijos se casan entre sí); provienen de las mismas universidades que forman técnica e ideológicamente a la clase dirigente (Universidad de los Andes o Colegio de Estudios Superiores de Administración, entre otros) y de carreras profesionales requeridas para cumplir con las funciones económicas o políticas de su clase (abogados, economistas, administradores). En síntesis, además de constituir un gobierno patrimonial con un gabinete corporativo, el régimen es característicamente plutócrata, como ya está anotado, de los ricos para el servicio de los ricos (Ver infograma “El poder político concentrado en la Casa de Nariño”).


El poderío que concentra este círculo del poder en el gobierno es infinito. En 2017, el Gobierno contó con una apropiación definitiva de 229,3 billones de pesos (25,1% del PIB), presupuesto del cual 60,6 por ciento fue para funcionamiento, 17,6 por ciento para inversión, y 21,8 por ciento para servicio de la deuda (intereses y amortización). En 2018 el gobierno central y los establecimientos públicos controlan de manera directa 1.100.000 puestos de trabajo y su nómina tiene un valor de $53 billones (el salario referencial de un empleado público es, en promedio, cinco veces mayor al que devenga un trabajador común). Las Fuerzas militares concentran 497.000 cargos con un costo de $14,2 billones; la burocracia 603.000 cargos, con un costo de $38,8 billones. El duquismo controla 157 entidades del nivel nacional de gobierno, agrupadas en 29 sectores que cubren todo el espectro social, económico, político, militar, cultural y ambiental del país.

 


La gobernabilidad política


La gobernabilidad puede entenderse como la situación en la que concurren un conjunto de condiciones favorables para la acción de gobierno, que se sitúan en su contorno o son intrínsecas a éste. Este concepto se enmarca en el ámbito de “la capacidad de gobierno”. La alianza que establecieron los partidos políticos del establecimiento, ante el riesgo que los movimientos de centro e izquierda ganaran las pasadas elecciones presidenciales, es garante de la gobernabilidad con que cuenta la administración Duque (2018-2022). En concordancia con el significado de la noción, el establecimiento es el conjunto de personas, instituciones y entidades influyentes en la sociedad, que procuran mantener, controlar y reproducir el orden establecido.


Establecimiento que se mantiene, reforma y prolonga su dominio o entra en crisis, total o parcial, según las coyunturas que atraviesa y las fuerzas que lo confrontan. Así, según el Estatuto de Oposición que el sistema político colombiano está implementando a partir de este período presidencial, y tras 27 años de haberse ordenado su redacción, es obligación de los partidos políticos declararse de gobierno, independientes o de oposición.


En este panorama ya hay dos cosas claras: de una parte, los partidos de gobierno son el Centro Democrático, el Partido Conservador, Mira y Colombia Justa Libres, que suman 93 curules en Senado y Cámara; solo en Senado, donde la mitad más uno son 55 votos, estos cuatro partidos llegan a 38 escaños. De otra parte, un poco más lejanos del círculo de poder, se encuentran otros tres partidos del establecimiento: liberalismo, Cambio Radical y la U que en alianza tienen la mayoría relativa del Congreso: 134 curules; en solo Senado son 44. Según lo han anunciado, estos tres partidos se van a declarar independientes, lo que va a representar un verdadero reto para el actual Gobierno.


Del otro lado está la oposición. Este bloque (Alianza Verde, Colombia Humana, Farc, Polo, Mais y la Lista de la Decencia) tiene en Senado y Cámara 44 curules; en Senado 24 bancas. Al sumar los partidos de derecha, su poder se expresa en el control de 80 por ciento del Congreso. A partir de que los partidos se declaren independientes o en oposición, el Gobierno no podrá ofrecer cargos de responsabilidad política a sus dirigentes; así lo establece la ley.

 

 


Esta realidad, de la que no hay muchos antecedentes, deja al Gobierno de Duque en relativa vulnerabilidad para pasar sus proyectos y para enfrentar los debates de control político en el legislativo.


Otro riesgo de gobernabilidad que enfrenta el nuevo Presidente es el desplome de su popularidad. Una medición de la firma encuestadora Yanhaas, a finales del mes de agosto, muestra que la favorabilidad del mandatario ha descendido 12 por ciento en la última semana de mandato presidencial. Duque lleva tres semanas en la Casa de Nariño y, según esta encuestadora, la aprobación de su gestión ha pasado del 53 por ciento, que obtuvo en la primera semana de mandato, al 41 por ciento, que arrojó la medición del 20 de agosto. Además, el 38 por ciento de los encuestados desaprobó la labor del nuevo inquilino de la Casa de Nariño (la última medición era del 23%).


La encuesta también indagó por la imagen del gabinete presidencial, y el resultado tampoco fue el mejor para el Gobierno: mientras que el 36.7 por ciento de los encuestados aprueban a los ministros nombrados, el 42.8 por ciento los desaprueba, y el 14 no sabe o no responde. La imagen del gabinete también empeoró con relación a la última encuesta: la desaprobación aumentó en 10 puntos porcentuales y la aprobación disminuyó 13 por ciento. Finalmente, el 49.6 por ciento de los encuestados consideró que el país va por mal camino; mientras el 39. por ciento piensa que la realidad nacional mejorará.


La búsqueda de gobernabilidad de la administración Duque se centra, adicional a los partidos del establecimiento, en el apoyo de los gremios empresariales, las fuerzas armadas, las iglesias cristianas y el gobierno estadounidense.


Toda una trinca. A pesar del avance histórico, de las transformaciones socioeconómicas, el poder político se reproduce y se mantiene sin cambios desde la Colonia hasta la época republicana. En particular, el poder del clero y de las fuerzas armadas se mantiene intacto. Estas dos fuerzas son leales al régimen oligárquico y al gobierno patrimonial. Duque confía en que estas dos columnas le garantizen la gobernabilidad; en consecuencia, se muestra bastante dadivoso con ellos en materia de impuestos, exenciones, seguridad social y aumentos de salario.


Estos son factores internos, pero también cuenta lo externo, en lo cual el apoyo del gobierno estadounidense es fundamental, sin importar que para ello el colombiano deba ceder soberanía, entregar recursos minero-energéticos a las transnacionales, implementar las estrategias antinarcóticos diseñadas desde el Norte y servir de alfil en las aventuras intervencionistas de los yanquis en los países vecinos.


Estamos ante un poder que, como el establecimiento del cual hereda su ejercicio y fortaleza, parece fuerte, pero una conjunción de fuerzas provenientes desde varias coordenadas podrían quebrarlo o, cuando menos, colocarlo en aprietos, llevándolo a la defensiva. Todo depende de la capacidad de estas para reunir, concentrar y movilizar por distintas vías a los suyos. Para evitarlo, Duque conjuga los factores heredados, de la agilidad para lo cual depende su “buena suerte”, con la cual cuenta para los próximos cuatro años (ver infograma “Poder político concentrado...).

 

1. C. Marx y F. Engels. Manifiesto Comunista, en: Obras Escogidas. Editorial Progreso, Moscú, pp. 34-35]. (Diciembre de 1847-enero de 1848/1976).
2. Se entiende como comportamiento endogámico el rechazo a la incorporación de miembros ajenos a un grupo social en particular.

 

* Economista y filósofo. Integrante del comité editorial de los periódicos Le Monde diplomatique, edición Colombia, y desdeabajo.

 


 

El duquismo y el poder como fundamento de la política

 

En Colombia la democracia es lejana al pueblo y está concentrada en la clase dominante, es por ello que es denunciada como una democracia formal –electoral– o mínima. El poder político infiltra todas las formas institucionales del Estado. El patrimonialismo caracteriza al aparato de Estado; este es una forma de gobernabilidad en la que se mezclan los intereses de los sectores público y privado. Es una forma de dominación tradicional centrada en familias oligárquicas que garantiza el blindaje a la clases dominantes y excluye del poder a las clases media y popular. Normalmente, los ejércitos de estos países son leales a la clase que monopoliza el poder, no a la nación. Las iglesias, los medios de comunicación, el sistema educativo y demás aparatos ideológicos también son funcionales a la reproducción del monopolio patrimonial y a la acumulación de capital.


Habitamos una sociedad dividida y ordenada jerárquicamente en clases. El pueblo no ejerce de manera efectiva el poder, por tanto la soberanía popular, al igual que la democracia, es formal y no sustantiva ni radical. Se vive bajo un régimen de dictadura de clase, de un poder que imponen a través de todas las formas de violencia, incluso cuando los instrumentos de estas violencias son institucionales y constitucionales. La dictadura de clase, a la vez, permea todas las relaciones sociales, económicas, políticas y ambientales, sean estas raciales, étnicas, territoriales, culturales, religiosas, generacionales o sexuales. En esta complejidad histórica, hablar de democracia efectiva, más allá de lo formal, carece de sentido y significado por completo.


El concepto fundamental de las ciencias humanas es el poder, como la energía lo es a las ciencias físicas o el dinero al sistema económico. En sociología, el poder se define como la capacidad de una clase de imponer sus intereses y producir los efectos deseados o intencionales influyendo en el comportamiento de las demás clases subordinadas. Dado que el poder se identifica con la fuerza sociomotriz (la capacidad de hacer que funcione y se reproduzca el sistema societal en una determinada dirección), el poder es ubicuo y, por tanto, difícilmente observable en su totalidad, a no ser en sus manifestaciones particulares. El poder, como la energía y el dinero, es un constructo hipotético, cuya existencia se postula para explicar de forma unitaria una serie de fenómenos, sus relaciones, valores, cambios y cuantificaciones, y la transformabilidad de unos en otros.

 

La experiencia urbana y su relación territorial expandida

Más allá de identificar las tensiones permanentes de habitar la ciudad, la sociedad está llamada a cuestionarla y actuar desde la construcción –o destrucción– de paradigmas urbanos que derroten la individualidad, la desigualdad y la pobreza desde el posicionamiento de actuaciones alrededor del medio ambiente y la acción prioritaria por el ser humano.

 

Hablar de ciudad conduce a pensar, casi inmediatamente, en las características físicas del concepto, su infraestructura y la facilidad que brinda tal o cual escenario para que una persona pueda acceder a una gama de servicios diferenciados. A partir de ello sería posible decir que generalmente la ciudad se concibe como uno de los resultados de la modernización.

 

Desde las Leyes de Indias, promulgadas en Europa con el fin de regular la vida en sociedad en los territorios de América invadidos y colonizados, se impuso una visión de ciudad que debería cumplir con ciertas características físicas. La definición de un centro (plaza) que está delimitado por las instituciones que representan autoridad y poder, como la iglesia católica, las instituciones que administran justicia y los lugares de decisiones de la vida pública, así como su mantenimiento con el pasar de los años, son la expresión del intento por regularizar la vida social en medio del tránsito hacia la modernidad.



Este patrón urbano, construido desde el poder, y reglado por las instituciones, terminó por consolidarse como el método formal y ordenado de construir la ciudad. Sin embargo, esa forma impuesta que ha cambiado de acuerdo a épocas, tendencias y dinámicas globales, ha desatado en la actualidad el establecimiento de un modelo de ciudad cuyo enfoque se ha limitado a desarrollar lo físico-espacial bajo pautas de mercado que destacan fundamentalmente una imagen, por encima del desarrollo socio-espacial que humanice la ciudad y, en consecuencia, las haga sostenibles, saludables y vivibles. Las ciudades en la actualidad no dialogan con sus habitantes y están reguladas simbólicamente por aquellas instituciones dedicadas a mantener un statu quo.



En este sentido, es necesario rescatar vértices de la ciudad que han sido menguados. Se trata de un espacio fundamentalmente social, y que por ende no puede ser predeterminada de antemano ya que es producida y construida por las interacciones sociales cotidianas que se dan dentro de un contexto político, ideológico, social y cultural determinado; es por ello que hablar de ciudad nos remite a hablar también de democracia. La ciudad es, finalmente, un organismo complejo donde la imagen de felicidad no es más que un sofisma que atenúa las tensiones que la vida social produce dentro de lo urbano.

 

La cotidianidad es la vida de la ciudad

 

La vivienda, la movilidad, los servicios públicos, las infraestructuras públicas, los equipamientos, y demás aspectos característicos de las ciudades se encuentran en constante interacción y resuelven, en diferentes medidas, problemáticas asociadas a lo urbano. Sin embargo, la realidad cotidiana, manifiesta de diferentes maneras a lo largo del territorio urbano, queda desvanecida ante los ejercicios de planeación, superando rápidamente las acciones planteadas por las instituciones desde la formalidad. Esta realidad es la que se vislumbra, tornándose discusión en los escenarios públicos que la ciudad –planeada o no– permite sean permeados por la cotidianidad y las tensiones de la vida que fluye a su interior.

 

En este sentido, la vida urbana también es el encuentro entre las distintas ciudadanías o sujetos urbanos cuya mayor actividad se da en los espacios abiertos como el lugar ideal para el desarrollo y consolidación de la democracia. Es así que el espacio público, ideológicamente hablando, es utilizado como herramienta homogeneizadora de la población, bajo paradigmas como la cultura ciudadana, que establece unos “usos adecuados”, normalmente relacionados con el mero tránsito o paso de peatones, espacio que es reforzado por estructuras físicas que no incluyen lugares para la permanencia o la contemplación.

 

Habitar el espacio público en los diferentes modelos de ciudad

 

El espacio público como lugar de reunión, es un escenario que se complejiza a partir de las diferentes prácticas y usos que le dan, y en esa medida constituye un espacio de encuentro que pone de manifiesto las diferencias y consensos entre la sociedad que acude al mismo.

 

Sin embargo, por lo menos en las actuales ciudades de Latinoamérica, la concepción del espacio público es cada vez más condicionante, lo que obliga a la ciudadanía asistente a replegarse a ciertas prácticas, omitiendo la diversidad en las representaciones culturales que a éste se remiten. Este tipo de espacio público fomenta la segregación, en tanto se construyen espacios para niños (parques) y ciclistas (ciclorutas), pero pocas veces espacios donde diversos sujetos (ancianos, niños, mujeres, estudiantes y deportistas) puedan convivir y encontrarse.

 

En lugar de generar un espacio público abierto, universal y accesible, un espacio que permita construir la colectividad y afianzar la posibilidad de establecer consensos ante las tensiones que resaltan en éste, el espacio público ha terminado por ser convertido en la herramienta propicia del mercado inmobiliario para potenciar sus propuestas urbanas caracterizadas, principalmente, por ser cerradas, focalizadas, conservadoras y aisladas, evitando así que la ciudad sea un espacio generador de experiencias desde el encuentro entre diferentes actores urbanos

 

Un ejemplo concreto de este análisis es el que surge de la vivencia en la ciudad con los centros comerciales o rascacielos, donde el espacio tejido con la ciudad está estrechamente vinculado a las actividades económicas que estos ofrecen. Es así como edificios como el BD Bacatá en Bogotá, o los centros comerciales en general, son una especie de coraza que no ofrece un relacionamiento con la ciudad distinto a una experiencia de consumo, a pesar de las grandes áreas y servicios urbanos que ocupan.

 

Este es el nuevo espacio público, que reemplaza las aceras y plazas por corredores y pasillos entre una multiplicidad de almacenes, un espacio que llama al consumo y a la individualidad. Un espacio que logra estructurar un escenario silenciador de las tensiones y, en consecuencia, de la posibilidad de consensuar sobre las mismas, un espacio que actúa en contraposición a las múltiples formas de tejer el territorio desde dinámicas participativas, como destaca en acciones de mejoramiento de barrios en Medellín o Bogotá.

 

Estamos entonces ante una opción para la ciudad, la cual sigue siendo una extensa malla de relaciones físicas y sociales, y que es el enclave territorial que precisa repensar su forma y relación en torno a lo colectivo y lo común. Ciertamente, el espacio público es ese hilo conector que permite abrir el encuentro en una ciudad atiborrada de construcciones, lo cual implica que estas conexiones superen la noción meramente funcional de la circulación de sus habitantes.

 

Es decir, el espacio público debe permitir organizar la vida colectiva y la reinterpretación de la ciudad a partir del reconocimiento de las diferentes representaciones culturales y políticas de la sociedad, de manera que la experiencia en lo urbano sea un ejercicio activo de apropiación que responda a las necesidades de la comunidad, todo ello por encima de los intereses inmobiliarios o económicos del mercado.

 

A partir de esto es necesario que la sociedad cuestione, desde su experiencia urbana, cuáles son las decisiones de ciudad y qué prioridad tiene lo humano, pues el espacio urbano –tal como si fuera un organismo complejo– mantiene una dinámica relacional no solamente dentro de sí, con sus múltiples sucesos, sino hacia fuera, con el espacio rural, del cual percibe una enorme cantidad de servicios sin los cuales sería imposible soportar sus actividades.

 

¿Ciudades más allá del capitalismo?

 

En la medida en que la renta sea lo que determine la construcción de ciudad, los usos colectivos serán desechados y dejados a la deriva. Es por ello que la ciudad es el espacio predilecto para la reproducción del capitalismo, el flujo e intercambio rápido de mercancías y servicios, lo que se pone de manifiesto en la forma como es ocupa el suelo, junto con las lógicas de uso establecidos en estos. Los usos agropecuarios y ambientales o de conservación del territorio, tal como el espacio público, quedaron supeditados a las necesidades de las urbes, de manera que la expansión y el desarrollo de las ciudades suceden a expensas de estos.

 

En este sentido, es necesario enfatizar en que el sostenimiento de las ciudades está estrechamente ligado al funcionamiento de grandes zonas que no son urbanas las cuales permiten el abastecimiento de agua, alimentos y generación de energía, así como de zonas para la disposición de residuos y recepción de vertimientos, entre otros, lo cual representa una dinámica ultra funcional que está a merced de prioridades lejanas a la de fortalecer las dinámicas relacionales entre las personas, la naturaleza y los espacios que habitan, lo que genera un claro desbalance entre las ciudades y las áreas rurales necesarias para garantizar estos procesos.

 

Es en este sentido que la disputa por el territorio es un suceso expandido entre las dinámicas urbanas y rurales-ambientales, disputa reflejada en la generación de conflictos como, en el caso de Bogotá, los que están ligados a la urbanización de los Cerros Orientales y el área rural de la localidad de Usme, o de áreas protegidas como en el Parque Nacional Farallones de Cali, o la ocupación sobre espacios de ronda y su posterior inundación, como sucedió en la cuenca del río Tunjuelo en la localidad de Bosa al sur de la capital del país, o con las viviendas de alto costo en la cuenca del río Bogotá en el municipio de Chía.

 

Bajo el actual modelo económico, la ciudad consume recursos externos y territorio, invade, desplaza, niega, impone; realidad que invita a pensar en nuevas formas de planificarla, gestionarla y construirla, eliminando o disminuyendo las desigualdades territoriales que genera su desarrollo. Es por ello que el encuentro y la interacción entre las diversas ciudadanías y sujetos urbanos también implican el relacionamiento de estos con los sujetos campesinos, los habitantes y cuidadores de áreas protegidas.

 

Los espacios de borde urbano rural, que se vienen consolidando en localidades como Usme y San Cristóbal en Bogotá, por ejemplo, dan cuenta de la posibilidad del encuentro, de la viabilidad de generar espacios públicos integrales donde se armonicen los usos y prácticas urbanas, rurales y ambientales en la ciudad. Prácticas que surgen desde abajo y que reivindican el derecho a la ciudad, a una ciudad diversa e incluyente en donde la experiencia urbana sea resultado de prácticas colectivas.

Publicado enEdición Nº249
Lunes, 02 Julio 2018 09:51

De Cazucá a la tierra

De Cazucá a la tierra

Comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa donde había sido feliz [...] 

Fueron cuatro golpes breves con los que llamaba a la puerta de la desgracia.


Albert Camus-El extranjero

 

El cielo ha sido un cíclope, y el sol como su ojo de fuego destilando odio a cada lengüetazo. Su fulgor que encegueció a Mersault cuando apuntó con su revólver al árabe y descargó los cuatro tiros del tambor sobre la silueta del hombre al que no podía ver con claridad porque la luz lo encandiló. Lo que hizo entonces, al no verlo, fue asesinarlo con el ímpetu de su corazón, con las palpitaciones de la sangre que bombeaba en su cabeza y le produjeron desesperación. Luego de los disparos, todo fue silencio y una extraña sensación, de liviandad quizás, de orfandad en el vasto mundo. Eso fue lo primero que pensé cuando Poveda, de quince años de edad y que integra un grupo de aceleración de un colegio de Bosa, al sur occidente de Bogotá, me contó su historia.


Aquella misma mañana, una mañana cualquiera del mes de mayo de 2018 en que extrañamente el sol refulgía con furia sobre Bogotá, un amigo de su barrio fue hasta su casa y le avisó que las pintas estaban dando papaya, pues se encontraban campantes, sentados frente a otra de las ollas del barrio, hablando, como si no le debieran nada a nadie. Poveda entonces supo que era su oportunidad, se levantó, se puso una sudadera, cogió su bicicleta, le dijo a su mamá que no se demoraba y sin desayunar ni lavarse los dientes salió de la casa con dirección a la olla del Mono cuco y el Burro, quienes les pasaron los fuetes. Sebastián, como se llamaba su amigo, se acomodó la cachucha de los Lakers y Poveda intentó ajustar el revólver entre sus boxers y su vientre, ya que el material de algodón de su sudadera hacía que la cacha se resbalara. Antes de treparse a las bicicletas, el Burro les ofreció un cigarrillo de marihuana, para que se fueran relajados, y cuando arrojaron el resquicio del pucho, se echaron la bendición y empezaron a pedalear.

 

El barrio

 

Y pedalearon por las calles sin asfaltar del barrio Bosa Santa Fe, ubicado al sur de la localidad de Bosa, y que colinda con el canal de Cundinamarca, el río Bogotá y con los barrios Potreritos, Villa Ema y Ciudadela el Recreo. Sector en el que el Distrito de Bogotá, a través del Programa Integral de Vivienda Efectiva, construyó en 2017, 6.129 viviendas, agrupadas en el conjunto Campo Verde, para familias ahora llamadas pomposamente en condición de vulnerabilidad.

 

Sin embargo, esta zona de la ciudad se ha visto afectada por serios problemas debido a las constantes inundaciones que presenta, a la escasez del transporte público, y a los altos índices de delincuencia. Del mismo modo, la comunidad de indígenas muiscas que habitan el sector, interpusieron las respectivas denuncias para que frenaran la construcción, ya que en ningún momento se les consultó sobre la urbanización de los predios, pero como era de esperarse jamás les prestaron mayor atención.

 

Poveda y Sebastián son habitantes de esta zona, específicamente del conjunto residencial llamado El Bicentenario, el cual fue creado por «La Caja de la Vivienda Popular por medio del programa de Reasentamientos Humanos y buscando proteger la vida de las familias vulnerables» (radiosantafe.com, 2010). Esto quiere decir que además de las familias que salieron huyendo de las montañas de Ciudad Bolívar como víctimas de la violencia, el microtráfico y la delincuencia, también arribaron a El Bicentenario otro tipo de personas con el propósito de encubar el terror y establecer sus negocios ilícitos, como es el caso de la banda de narcotraficantes y asaltantes denominada los Nocopeo, que tenían allí su guarida y centro de operaciones.

 

Las calles del barrio están sin asfaltar, varias casas funcionan como dispendio de drogas, tanto así que de forma recurrente la policía aparece y quita las puertas de las casas; los caciques de las ollas caminan con tranquilidad armados a plena luz del día, y por lo tanto, los habitantes del sector viven con miedo. Anteriormente, el conjunto tenía una reja que lo bordeaba, la policía la quitó para establecer mayor control, pero el día en que empezaron a echarla abajo hubo un tiroteo que dejó varios muertos y heridos. Adentro del conjunto también hay ollas, pequeñas casas que sirven para el expendio del bazuco y donde se arriendan los cuatro cuartos que tienen para su consumo. Unas cuadras más abajo de El Bicentenario se extiende macilenta la cuadra picha, donde vive el cacique general, o el duro de la zona. Mejor dicho, la gente no puede salir en la noche, es muy peligroso, si alguien debe salir, tiene que hacerlo acompañado.

 

Infancia

 

Poveda vive allí desde hace tres años, me cuenta entretanto acomoda el mechón de pelo que le atraviesa la frente. Estamos sentados en un salón de clases y el sol golpea fuerte sobre Bogotá, el mismo sol de El extranjero de Camus. Como ya conté, tiene 15 años, es moreno, de contextura gruesa, rostro fuerte, expresión sombría, la piel de su cara es acartonada y tiene múltiples orificios, no por el acné sino por automutilaciones. Nunca mira a nadie directo a los ojos, por lo tanto su cabeza se mueve buscando escapatoria, para que nadie lo mire, para no hacer contacto con ningún interlocutor. Sus manos también están cicatrizadas, pero estas últimas, él me cuenta, son producto de la cantidad de papas que debe pelar en El Redentor, la cárcel para menores de edad en la que se encuentra recluido.

 

Su voz es pausada, no articula bien la letra r, no pronuncia la l que está a mitad de palabra, y jamás las finaliza con la s. Me cuenta que antes vivía en Cazucá, altos de Cazucá, que corresponde a la Comuna 4 del municipio de Soacha. Este barrio triste, marchito por el polvo que se levanta de sus calles, pobre y lóbrego, es aún refugio para los más de 17.000 desplazados por la violencia de todo el país, que encontraron en aquella montaña o en sus faldas, un trozo de raíz para sostenerse y no caer definitivamente al abismo. Y sus habitantes deben vivir, además sin servicios públicos, con el miedo constante que producen las bandas criminales que crecen como parásitos en una letrina y con la presencia pestilente de los grupos paramilitares, que regularmente hacen sus famosas limpiezas sociales.

 

La casa, o el rancho en el que creció y vivió estaba levantado sobre la falda de una montaña, sus paredes eran de lámina de madera y su techado era de zinc y hojalata. Allí se apretujaban Poveda, su mamá, cuatro hermanos, dos de ellos mayores y su papá cuando aparecía. Y por eso, porque su papá pocas veces frecuentaba su casa, su mamá debía rebuscarse lo de los alimentos vendiendo bolsas de basura.

 

Por supuesto, cuando le pregunto por el paradero de su padre, Poveda inclina más la cabeza, como si quisiera girarla 180 grados, o quizás arrancársela y arrojarla al bote de basura. Me dice: “él camellaba en una olla, era el cacique de una olla”, en el barrio le tenían respeto, que puede traducirse como miedo, porque era fácilmente alterable, ya había asesinado a varias personas. Incluso, un día que tuvo un altercado con el cacique de otra olla, se armó de un revólver y una granada y se dirigió a donde su enemigo, pero al comprobar que la olla estaba repleta de gente, decidió arrojar la granada. Luego su papá debió esconderse por un tiempo y cuando regresó consumía más drogas, hasta que una mañana, cuando Poveda tenía 6 años, la misma Sijin lo mató cuando intentaba huir por el techado de una casa.

 

Dos de sus hermanos mayores no corrieron con mejor suerte. A uno de ellos lo mataron por una jovencita, le pegaron 3 puñaladas y a su otro hermano lo mató la limpieza paramilitar de la zona cuando se encontraba departiendo con sus amigos y de la ventana de una camioneta salió la boca de una ametralladora. Del año 2004 al 2006, Jaime Andrés Marulanda de 26 años, alias el Chiquitín y miembro de las AUC, asesinó a más de 137 jóvenes de Soacha y Cazucá. Al momento de dictarle una sentencia de 28 años de cárcel, el Chiquitín se enfureció porque la condena estaba argumentada por el asesinato de 37 jóvenes, y él reclamó que les habían faltado otros 100, que además él le había hecho un favor a la comunidad, y que por cada joven asesinado recibía un pago de 400.000 pesos.

 

El crimen

 

Poveda pega su mirada al sol, como si no lo afectaran sus rayos. Creo que percibe su reflejo abotagado, perplejo, en la ventana. El resto de sus compañeros ríen por algún chiste, pero él permanece inmutable. Luego voltea lentamente su cabeza, me mira un instante y antes de proseguir con su historia vuelve a anclar su mirada al piso.

 

Sebastián pedalea a su lado derecho. Antes de doblar por la esquina donde están los enemigos se miran de reojo y palpan su vientre para comprobar que permanecen allí los revólveres o fuetes. Cuando gira el manubrio de la bicicleta Poveda recuerda a sus dos amigos asesinados por los hombres que están a media cuadra, luego recuerda las tres puñaladas que un mes antes los mismos hombres le habían propinado, únicamente porque él pasó por una calle prohibida. Las fronteras invisibles, le digo yo. Siente entonces el picor de la herida de su vientre, la que casi lo mata y le produce ira. La sangre le bombea más rápido, se agita turbia en su interior y se agolpa en su cabeza, al mismo tiempo que las ruedas de su bicicleta giran y el sol le da pleno en los ojos. Es un sol inusual en Bogotá, es estival, diáfano, entra al mundo puro, como si no tuviera ningún obstáculo, ni que atravesar tanto espacio y tiempo.

 

Los hombres están sentados sobre la acera, a media cuadra de distancia, en frente de la olla. Son tres, fuman cigarrillo, se rotan un bareto y se ríen a carcajadas. Las risas penetran con estridencia en los oídos de Poveda que mira a su lado y observa como Sebastián se pone de pie en la bicicleta y acelera, entretanto con la mano derecha saca el revólver. Los hombres los observan y se percatan de que van por ellos. Uno se pone de pie y echa a correr y Sebastián dispara, el hombre cae y Sebastián lo remata con tres tiros en la cabeza. Poveda siente que le falta el aire, no me dio nada matarlos, me confiesa, acelera también, saca el revólver y apunta al primero al que le pega un tiro que se pierde en el aire y otro que le da en una pierna, este hombre alcanza a huir por una bocacalle, pero el otro no alcanza a reaccionar y recibe un balazo primero en el hombro y otro en el pecho. Cuatro disparos, los mismos de Mersault.

 

Sebastián mira a Poveda y le hace un gesto cuando escuchan que salen personas por las ventanas y que a lo lejos aúlla una sirena de la policía. Emprenden la huida, cada uno por una calle diferente. Poveda siente cómo la adrenalina regurgita en su interior y se disemina por sus extremidades. Se siente tranquilo y satisfecho. Recuerda que tiene empuñado, con mucha fuerza, el revólver, el cual arroja a un costado, hacia un potrero. Gira por una esquina, no sabe con exactitud en dónde se encuentra, pero gira y pedalea como si fuera su última carrera, como si así lograra escapar del infierno. El sol golpea de nuevo en sus ojos y lo encandila, no lo deja ver las dos motos de la policía que se acercan a toda velocidad, ni a los policías que las conducen y que ya le apuntan.

 

Quizás Poveda jamás hubiera cometido el crimen si hubiera nacido en otro contexto, si sus padres lo hubieran bajado rápido de esa loma, si en su barrio no hubieran ollas en la casa vecina, si para estudiar no tuviera tantas necesidades. Estoy seguro de que Poveda es un fiel reflejo de las calles en las que creció, de la mirada perdida de su padre, de la sangre derramada de sus hermanos, de las avenidas sin asfaltar que debe recorrer diariamente levantando polvaredas que ensucian sus zapatos y lo enceguecen, de la desesperanza de no tener un futuro, solo un presente demasiado cercano, oscuro y tétrico, pero diáfano, porque no hay esperanza en él. Quizás Poveda sería un estudiante brillante si estuviera matriculado en uno de esos colegios del norte o de la Sabana de Bogotá que tienen canchas de fútbol, hermosas bibliotecas y piscina. Y de otra cosa estoy seguro, entretanto me despido dándole la mano y mi número de teléfono, porque las cosas en El Redentor son duras y de pronto necesita algo, ojalá un libro, y es que Poveda es un extranjero de la vida, de su contexto, de su tiempo, de las condiciones de su sociedad, un extranjero enceguecido por la inminente pobreza y violencia que brilla más que la luz del sol.

 

Referencias

radiosantafe.com. (19 de 9 de 2010). www.radiosantafe.com. Obtenido de www.radiosantafe.com: http://www.radiosantafe.com/2010/09/29/conjunto-residencial-el-bicentenario-sera-el-hogar-de-667-familias-vulnerables/

 

Video relacionado

https://youtu.be/_cLuZ7vS9eg

 

Publicado enColombia
Lunes, 25 Junio 2018 17:34

La lógica del absurdo

Las ilustraciones que acompañan este suplemento son de Eiko Ojala, ilustrador, diseñador gráfico y director de arte residente en Tallinn (Estonia);  apuesta por unos tradicionales collages de papeles recortados con cuchilla en los que confluyen creatividad, seducción y poesía, http://ploom.tv.

Imaginemos dos situaciones sociales, dos absurdos colectivos. En una (llamémoslo Absurdo A), cada uno de los individuos de un país, del planeta todo, posee exactamente la misma riqueza que su vecino.

Sus defensores argumentarían que hay, por lo menos dos razones para esa realidad: primero, la riqueza generada por cada individuo no se debe exclusivamente a su mérito y esfuerzo individual sino a una serie de logros y esfuerzos que derivan de la sociedad toda (de vivos y de muertos a lo largo de miles de años, claro). La segunda razón sería: aunque no todos pueden contribuir de la misma forma, en la misma proporción, es por una razón moral que los fuertes deban ayudar a los débiles y no al revés. Al fin y al cabo, estas ideas han estado en los libros (no en las prácticas) de todas las religiones conocidas a lo largo de la historia de la humanidad, con la única excepción de algunas sectas contemporáneas que afirman que Jesús les pide a sus pastores que hagan sangrar a los miembros de su iglesia para pagar un avión privado de 54 millones de dólares.

¿Por qué sería esto absurdo o demasiado radical? Bueno, se podría argumentar, porque no todos somos iguales. Unos nacen más inteligentes que otros, otros poseen una capacidad de trabajo y sacrificio mayor, etcétera. Que haya una plétora de millonarios haraganes y con deficiencias mentales es un detalle en el cual no vamos a entrar ahora.

Entonces, imaginemos lo opuesto. Imaginemos un Absurdo B, algo aún más absurdo que el Absurdo A.

Imaginemos un país, un mundo donde el diez por ciento de la población sea dueña de tanta riqueza como la mitad de la población de ese país, de esa sociedad…
No, mejor exageremos un poco más para hacerlo más dramático: imaginemos un país, una sociedad donde el uno por ciento de la población acumule tanta riqueza como la mitad de ese país, o como la mitad del mundo entero…

Un momento. El uno por ciento del mundo sería más de setenta millones de personas, algo así como la población de Turquía o de Inglaterra. No, exageremos un poquito más. Para el Absurdo B imaginemos que cien personas poseen lo mismo que la mitad más pobre de la población mundial, que en el país más rico y poderoso del mundo, Estados Unidos, el 60 por ciento apenas alcance al seis por ciento de toda la riqueza generada por ese país, que en otras regiones, como en América Latina, las desproporciones sean aún mayor. Y así, sigamos con la imaginación, exagerando hasta la caricatura del Absurdo B. Sólo hay que tener cierto cuidado, como en una sesión de tortura se debe preservar la vida del interrogado, porque si exageramos mucho el sistema global colapsaría y eso no les serviría a los cien hombres que lo poseen casi todo.

La diferencia más importante entre el Absurdo A y el Absurdo B es que el Absurdo B existe y es a lo que hemos llegado después de siglos de progreso tecnológico y económico.

Cierto, es muy difícil, sino imposible, establecer dónde está el punto justo entre el Absurdo A y el Absurdo B, pero, en cualquier caso, no parece razonable sostener ninguno de los dos absurdos. Menos al mayor de los dos absurdos.

Un absurdo no se revela por su existencia, sino todo lo contrario: el absurdo que crea y sostiene una determinada realidad se convierte en la lógica de las mayorías. Si la humanidad cree que la Tierra es plana porque es una obviedad que se demuestra sola; si alguien quema a un hombre porque no entiende alguna complejidad teológica y luego la quema se extiende a otros cientos y miles por las mismas razones; si un esposo mata a su mujer porque no llegó virgen al matrimonio porque eso estaba escrito en algún libro sagrado seguido por millones; si todos repiten que la modernidad no se debe a siglos de inventores, científicos, pensadores, activistas sociales y humildes trabajadores que financiaron todo ese esfuerzo, sino a los venerados, geniales y supermillonarios CEOs**, es porque esos absurdos han sido normalizados y defendidos con ferocidad como si fueran pariciones de la lógica o de la Madre naturaleza. Más cuando el poder que sostiene un absurdo es tan desproporcionado que se alimenta desde arriba y desde abajo, de izquierda y de derecha; cuando se alimenta y se defiende con la hipocresía de quienes se benefician del absurdo y con el fanatismo de quienes deben sufrirlo cada día, como si se tratase de una larga sequía o de una lluvia interminable.

Lunes, 25 Junio 2018 09:48

De Cazucá a la tierra

De Cazucá a la tierra

Comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa donde había sido feliz [...] 

Fueron cuatro golpes breves con los que llamaba a la puerta de la desgracia.


Albert Camus-El extranjero

 

El cielo ha sido un cíclope, y el sol como su ojo de fuego destilando odio a cada lengüetazo. Su fulgor que encegueció a Mersault cuando apuntó con su revólver al árabe y descargó los cuatro tiros del tambor sobre la silueta del hombre al que no podía ver con claridad porque la luz lo encandiló. Lo que hizo entonces, al no verlo, fue asesinarlo con el ímpetu de su corazón, con las palpitaciones de la sangre que bombeaba en su cabeza y le produjeron desesperación. Luego de los disparos, todo fue silencio y una extraña sensación, de liviandad quizás, de orfandad en el vasto mundo. Eso fue lo primero que pensé cuando Poveda, de quince años de edad y que integra un grupo de aceleración de un colegio de Bosa, al sur occidente de Bogotá, me contó su historia.


Aquella misma mañana, una mañana cualquiera del mes de mayo de 2018 en que extrañamente el sol refulgía con furia sobre Bogotá, un amigo de su barrio fue hasta su casa y le avisó que las pintas estaban dando papaya, pues se encontraban campantes, sentados frente a otra de las ollas del barrio, hablando, como si no le debieran nada a nadie. Poveda entonces supo que era su oportunidad, se levantó, se puso una sudadera, cogió su bicicleta, le dijo a su mamá que no se demoraba y sin desayunar ni lavarse los dientes salió de la casa con dirección a la olla del Mono cuco y el Burro, quienes les pasaron los fuetes. Sebastián, como se llamaba su amigo, se acomodó la cachucha de los Lakers y Poveda intentó ajustar el revólver entre sus boxers y su vientre, ya que el material de algodón de su sudadera hacía que la cacha se resbalara. Antes de treparse a las bicicletas, el Burro les ofreció un cigarrillo de marihuana, para que se fueran relajados, y cuando arrojaron el resquicio del pucho, se echaron la bendición y empezaron a pedalear.

 

El barrio

 

Y pedalearon por las calles sin asfaltar del barrio Bosa Santa Fe, ubicado al sur de la localidad de Bosa, y que colinda con el canal de Cundinamarca, el río Bogotá y con los barrios Potreritos, Villa Ema y Ciudadela el Recreo. Sector en el que el Distrito de Bogotá, a través del Programa Integral de Vivienda Efectiva, construyó en 2017, 6.129 viviendas, agrupadas en el conjunto Campo Verde, para familias ahora llamadas pomposamente en condición de vulnerabilidad.

 

Sin embargo, esta zona de la ciudad se ha visto afectada por serios problemas debido a las constantes inundaciones que presenta, a la escasez del transporte público, y a los altos índices de delincuencia. Del mismo modo, la comunidad de indígenas muiscas que habitan el sector, interpusieron las respectivas denuncias para que frenaran la construcción, ya que en ningún momento se les consultó sobre la urbanización de los predios, pero como era de esperarse jamás les prestaron mayor atención.

 

Poveda y Sebastián son habitantes de esta zona, específicamente del conjunto residencial llamado El Bicentenario, el cual fue creado por «La Caja de la Vivienda Popular por medio del programa de Reasentamientos Humanos y buscando proteger la vida de las familias vulnerables» (radiosantafe.com, 2010). Esto quiere decir que además de las familias que salieron huyendo de las montañas de Ciudad Bolívar como víctimas de la violencia, el microtráfico y la delincuencia, también arribaron a El Bicentenario otro tipo de personas con el propósito de encubar el terror y establecer sus negocios ilícitos, como es el caso de la banda de narcotraficantes y asaltantes denominada los Nocopeo, que tenían allí su guarida y centro de operaciones.

 

Las calles del barrio están sin asfaltar, varias casas funcionan como dispendio de drogas, tanto así que de forma recurrente la policía aparece y quita las puertas de las casas; los caciques de las ollas caminan con tranquilidad armados a plena luz del día, y por lo tanto, los habitantes del sector viven con miedo. Anteriormente, el conjunto tenía una reja que lo bordeaba, la policía la quitó para establecer mayor control, pero el día en que empezaron a echarla abajo hubo un tiroteo que dejó varios muertos y heridos. Adentro del conjunto también hay ollas, pequeñas casas que sirven para el expendio del bazuco y donde se arriendan los cuatro cuartos que tienen para su consumo. Unas cuadras más abajo de El Bicentenario se extiende macilenta la cuadra picha, donde vive el cacique general, o el duro de la zona. Mejor dicho, la gente no puede salir en la noche, es muy peligroso, si alguien debe salir, tiene que hacerlo acompañado.

 

Infancia

 

Poveda vive allí desde hace tres años, me cuenta entretanto acomoda el mechón de pelo que le atraviesa la frente. Estamos sentados en un salón de clases y el sol golpea fuerte sobre Bogotá, el mismo sol de El extranjero de Camus. Como ya conté, tiene 15 años, es moreno, de contextura gruesa, rostro fuerte, expresión sombría, la piel de su cara es acartonada y tiene múltiples orificios, no por el acné sino por automutilaciones. Nunca mira a nadie directo a los ojos, por lo tanto su cabeza se mueve buscando escapatoria, para que nadie lo mire, para no hacer contacto con ningún interlocutor. Sus manos también están cicatrizadas, pero estas últimas, él me cuenta, son producto de la cantidad de papas que debe pelar en El Redentor, la cárcel para menores de edad en la que se encuentra recluido.

 

Su voz es pausada, no articula bien la letra r, no pronuncia la l que está a mitad de palabra, y jamás las finaliza con la s. Me cuenta que antes vivía en Cazucá, altos de Cazucá, que corresponde a la Comuna 4 del municipio de Soacha. Este barrio triste, marchito por el polvo que se levanta de sus calles, pobre y lóbrego, es aún refugio para los más de 17.000 desplazados por la violencia de todo el país, que encontraron en aquella montaña o en sus faldas, un trozo de raíz para sostenerse y no caer definitivamente al abismo. Y sus habitantes deben vivir, además sin servicios públicos, con el miedo constante que producen las bandas criminales que crecen como parásitos en una letrina y con la presencia pestilente de los grupos paramilitares, que regularmente hacen sus famosas limpiezas sociales.

 

La casa, o el rancho en el que creció y vivió estaba levantado sobre la falda de una montaña, sus paredes eran de lámina de madera y su techado era de zinc y hojalata. Allí se apretujaban Poveda, su mamá, cuatro hermanos, dos de ellos mayores y su papá cuando aparecía. Y por eso, porque su papá pocas veces frecuentaba su casa, su mamá debía rebuscarse lo de los alimentos vendiendo bolsas de basura.

 

Por supuesto, cuando le pregunto por el paradero de su padre, Poveda inclina más la cabeza, como si quisiera girarla 180 grados, o quizás arrancársela y arrojarla al bote de basura. Me dice: “él camellaba en una olla, era el cacique de una olla”, en el barrio le tenían respeto, que puede traducirse como miedo, porque era fácilmente alterable, ya había asesinado a varias personas. Incluso, un día que tuvo un altercado con el cacique de otra olla, se armó de un revólver y una granada y se dirigió a donde su enemigo, pero al comprobar que la olla estaba repleta de gente, decidió arrojar la granada. Luego su papá debió esconderse por un tiempo y cuando regresó consumía más drogas, hasta que una mañana, cuando Poveda tenía 6 años, la misma Sijin lo mató cuando intentaba huir por el techado de una casa.

 

Dos de sus hermanos mayores no corrieron con mejor suerte. A uno de ellos lo mataron por una jovencita, le pegaron 3 puñaladas y a su otro hermano lo mató la limpieza paramilitar de la zona cuando se encontraba departiendo con sus amigos y de la ventana de una camioneta salió la boca de una ametralladora. Del año 2004 al 2006, Jaime Andrés Marulanda de 26 años, alias el Chiquitín y miembro de las AUC, asesinó a más de 137 jóvenes de Soacha y Cazucá. Al momento de dictarle una sentencia de 28 años de cárcel, el Chiquitín se enfureció porque la condena estaba argumentada por el asesinato de 37 jóvenes, y él reclamó que les habían faltado otros 100, que además él le había hecho un favor a la comunidad, y que por cada joven asesinado recibía un pago de 400.000 pesos.

 

El crimen

 

Poveda pega su mirada al sol, como si no lo afectaran sus rayos. Creo que percibe su reflejo abotagado, perplejo, en la ventana. El resto de sus compañeros ríen por algún chiste, pero él permanece inmutable. Luego voltea lentamente su cabeza, me mira un instante y antes de proseguir con su historia vuelve a anclar su mirada al piso.

 

Sebastián pedalea a su lado derecho. Antes de doblar por la esquina donde están los enemigos se miran de reojo y palpan su vientre para comprobar que permanecen allí los revólveres o fuetes. Cuando gira el manubrio de la bicicleta Poveda recuerda a sus dos amigos asesinados por los hombres que están a media cuadra, luego recuerda las tres puñaladas que un mes antes los mismos hombres le habían propinado, únicamente porque él pasó por una calle prohibida. Las fronteras invisibles, le digo yo. Siente entonces el picor de la herida de su vientre, la que casi lo mata y le produce ira. La sangre le bombea más rápido, se agita turbia en su interior y se agolpa en su cabeza, al mismo tiempo que las ruedas de su bicicleta giran y el sol le da pleno en los ojos. Es un sol inusual en Bogotá, es estival, diáfano, entra al mundo puro, como si no tuviera ningún obstáculo, ni que atravesar tanto espacio y tiempo.

 

Los hombres están sentados sobre la acera, a media cuadra de distancia, en frente de la olla. Son tres, fuman cigarrillo, se rotan un bareto y se ríen a carcajadas. Las risas penetran con estridencia en los oídos de Poveda que mira a su lado y observa como Sebastián se pone de pie en la bicicleta y acelera, entretanto con la mano derecha saca el revólver. Los hombres los observan y se percatan de que van por ellos. Uno se pone de pie y echa a correr y Sebastián dispara, el hombre cae y Sebastián lo remata con tres tiros en la cabeza. Poveda siente que le falta el aire, no me dio nada matarlos, me confiesa, acelera también, saca el revólver y apunta al primero al que le pega un tiro que se pierde en el aire y otro que le da en una pierna, este hombre alcanza a huir por una bocacalle, pero el otro no alcanza a reaccionar y recibe un balazo primero en el hombro y otro en el pecho. Cuatro disparos, los mismos de Mersault.

 

Sebastián mira a Poveda y le hace un gesto cuando escuchan que salen personas por las ventanas y que a lo lejos aúlla una sirena de la policía. Emprenden la huida, cada uno por una calle diferente. Poveda siente cómo la adrenalina regurgita en su interior y se disemina por sus extremidades. Se siente tranquilo y satisfecho. Recuerda que tiene empuñado, con mucha fuerza, el revólver, el cual arroja a un costado, hacia un potrero. Gira por una esquina, no sabe con exactitud en dónde se encuentra, pero gira y pedalea como si fuera su última carrera, como si así lograra escapar del infierno. El sol golpea de nuevo en sus ojos y lo encandila, no lo deja ver las dos motos de la policía que se acercan a toda velocidad, ni a los policías que las conducen y que ya le apuntan.

 

Quizás Poveda jamás hubiera cometido el crimen si hubiera nacido en otro contexto, si sus padres lo hubieran bajado rápido de esa loma, si en su barrio no hubieran ollas en la casa vecina, si para estudiar no tuviera tantas necesidades. Estoy seguro de que Poveda es un fiel reflejo de las calles en las que creció, de la mirada perdida de su padre, de la sangre derramada de sus hermanos, de las avenidas sin asfaltar que debe recorrer diariamente levantando polvaredas que ensucian sus zapatos y lo enceguecen, de la desesperanza de no tener un futuro, solo un presente demasiado cercano, oscuro y tétrico, pero diáfano, porque no hay esperanza en él. Quizás Poveda sería un estudiante brillante si estuviera matriculado en uno de esos colegios del norte o de la Sabana de Bogotá que tienen canchas de fútbol, hermosas bibliotecas y piscina. Y de otra cosa estoy seguro, entretanto me despido dándole la mano y mi número de teléfono, porque las cosas en El Redentor son duras y de pronto necesita algo, ojalá un libro, y es que Poveda es un extranjero de la vida, de su contexto, de su tiempo, de las condiciones de su sociedad, un extranjero enceguecido por la inminente pobreza y violencia que brilla más que la luz del sol.

 

 

Referencias

radiosantafe.com. (19 de 9 de 2010). www.radiosantafe.com. Obtenido de www.radiosantafe.com: http://www.radiosantafe.com/2010/09/29/conjunto-residencial-el-bicentenario-sera-el-hogar-de-667-familias-vulnerables/

Publicado enEdición Nº247
"En dos años, Brasil ha retrocedido décadas"

El líder del Movimiento de los Trabajadores Sin Techo (MTST) ha sido apadrinado por Lula da Silva y puede ser el futuro de la nueva izquierda brasileña
"Brasil es el país donde seis multimillonarios tienen más riqueza que cien millones de personas. En un radio de cinco kilómetros puedes encontrarte el Índice de Desarrollo Humano de Suecia y el de Zimbabue"

 

Lula da Silva dice que le recuerda a él cuando era joven, pero Guilherme Boulos no quiere estas presiones: "Lula no está muerto. Lula está vivo y es precandidato a presidente de la República". Este activista de tan solo 36 años está considerado la raíz de la nueva izquierda brasileña, descompuesta con su máximo líder en la cárcel, con Dilma Rousseff destituida de su cargo de presidenta hace ahora dos años y sin relevo en el Partido dos Trabalhadores. A la izquierda del PT, va avanzando poco a poco el PSOL (Partido Socialismo e Liberdade).


El líder del Movimiento de los Trabajadores Sin Techo (MTST) y precandidato a la presidencia por el PSOL se encuentra con eldiario.es en un hotel del centro histórico de Río de Janeiro. Carga un paquete de octavillas electorales, no muy grande, para un acto de partido al que acudirá justo después de esta charla. Su semana no ha sido fácil, porque ha tenido que declarar ante la Policía Federal: el MTST ocupó ilegalmente el famoso apartamento por el que está preso el expresidente Lula.


Las explicaciones empiezan por ahí. "Fue para demostrar una farsa judicial, fue una acción de denuncia política y simbólica. En este momento tenemos a Lula condenado y preso sin pruebas. Las acciones políticas deben ser tratadas en el ámbito del debate político y no policialmente".


La declaración de Boulos es un ejemplo más del ambiente enrarecido en Brasil en los últimos tiempos. "Es preocupante para la democracia que acciones políticas se conviertan en denuncias criminales", dice.


El trabajo de Boulos y del PSOL desde el origen de los movimientos sociales requiere tiempo, pero en precampaña no ahorra promesas para el hipotético caso en que pueda ayudar en alguna coalición que llegue a gobernar. Habla abiertamente de "un plebiscito que revoque las medidas tomadas por el gobierno ilegítimo de Michel Temer. En dos años han hecho retroceder décadas a Brasil".


Una reforma laboral que retira derechos históricos, la congelación de inversiones públicas para los próximos 20 años a través de una enmienda constitucional o la entrega del petróleo [reservas petrolíferas del pré-sal] a empresas extranjeras, son algunas de las disposiciones que Boulos borraría de inmediato.


Como en Brasil no es complicado que la ficción supere a la realidad, se puede utilizar el universo del cuento para ejemplificar algunos problemas. Habla Boulos del Disneyland financiero: "Los bancos hacen lo que quieren, necesitamos una reforma financiera". Compara el sistema tributario con Robin Hood, pero a la inversa: "Se lo quitan a las clases bajas y a las clases medias para dárselo a los más ricos. El 49% de la recaudación progresiva es sobre consumo, y solo un 20% es sobre las rentas".


La reforma tributaria es un aspecto que la izquierda tiene por bandera, porque la desigualdad –y todo lo que viene detrás– ya ha superado todos los límites por estas tierras. "Brasil es el país donde seis multimillonarios tienen más riqueza que cien millones de personas. Hay un abismo social", indica el precandidato. "No somos un país pobre, estamos entre las mayores economías del mundo, pero en un radio de cinco kilómetros puedes encontrarte el Índice de Desarrollo Humano de Suecia y el de Zimbabue, dentro de una misma ciudad".


En el transcurso del encuentro, Boulos entrega el material electoral a un asesor y también su teléfono, que arde desde primerísima hora de la mañana. Hay muchas cosas en juego en la política brasileña en los próximos meses. Temer ocupó el lugar de Rousseff y su nivel de aprobación entre la población del 4%, el más bajo de toda la historia republicana.


Si Boulos tuviera alguna oportunidad de gobierno, reduciría el poder de los políticos para aumentar el de las personas: "Con plebiscitos y referéndums, necesitamos más democracia participativa. Democracia no puede ser depositar un voto en una urna cada cuatro años y después no decir nada más".


Este germen de la nueva izquierda brasileña debe afrontar para ello un cambio clave: pasar de ser una parte del sistema –que según ellos ha fracasado– a ser una alternativa. Eso implica partir casi de cero, y de ahí las dificultades. Mientras lo logran, en la sociedad se va instalando la violencia, la intolerancia, el miedo y el odio. "Y existen políticos que explotan este miedo", asegura Boulos. "Hay que sumarle además la falta de debate en la sociedad, con monopolio mediático. En caldos de cultivo como este se activaron regímenes autoritarios en varias partes del mundo".


Para ayudar a reflejar la atmósfera que se vive en el país en los últimos tiempos, puede analizarse otro tema mucho más secundario. Estamos en pleno Mundial de fútbol y, al contrario que en otras ocasiones, no se nota en las calles, acostumbradas a vestirse de gala para tales ocasiones.


La derecha se ha apropiado de los símbolos nacionales. "Como si Brasil fuera de ellos, como si ellos fueran el Brasil real y auténtico. Y las cosas no son así", denuncia. Una ciudad que vive el fútbol como pocas, ahora sigue los partidos a muy bajo volumen. "Hay un clima de depresión política en la sociedad, cierta apatía", asegura Guilherme Boulos. Inmediatamente subraya otro factor decisivo, desde luego: el 7 a 1 (victoria de Alemania frente a Brasil en las semifinales del Mundial de 2014). "Esa herida hay que cerrarla"

Por, Víctor David López
23/06/2018 - 21:05h

 

 

Publicado enInternacional
Es el hombre más rico del mundo y sus empleados no tienen ni para comer

Jeff Bezos es el hombre más rico en la actualidad y el más acaudalado de la historia. Al menos, objetivamente y si medimos la riqueza en dólares y en valores bursátiles y no en estimaciones: ahora mismo, dispone de más de 100.000 millones de dólares para su uso y disfrute. Es millonario por su empresa, Amazon. Pero sobre todo lo es porque no comparte sus brutales beneficios con sus empleados.


Así ha quedado demostrado en una investigación de la ONG Policy Matters Ohio, que ha descubierto que 700 empleados de Amazon han solicitado ayudas estatales para poder llegar a fin de mes. En concreto, cupones para conseguir comida gratis.


Y no porque sean unos caraduras precisamente: sus ingresos son tan bajos que no les llega ni para comer. Esta dramática situación se vive en Ohio (Estados Unidos), un lugar en el que funciona un programa social llamado Supplemental Nutrition Assistance Program (SNAP) en el que las autoridades públicas se encargan de comprar y repartir comida entre los más necesitados.


Según la investigación, esos 700 empleados forman el 10% de toda la plantilla de Amazon en Ohio, y muy probablemente sean mozos de almacén, cuya principal función es la de preparar los pedidos que hagan sus usuarios desde casa. Policy Matters Ohio asegura que la mayoría de los solicitantes son empleados a tiempo parcial, aunque también hay algunos a jornada completa.


Pero Amazon no es la única gran empresa que tiene empleados por debajo del umbral de la pobreza. El mismo trabajo revela que al plan de ayuda social también se han acogido algunas personas a sueldo de Walmart, Kroger o Home Depot, todas ellas marcas contrastadas y con decenas de millones de beneficios (Y Walmart con centenares).


El escándalo para Amazon puede ser mayúsculo porque tal y como informa Bloomberg, ha recibido millones de dólares en ayudas directas o indirectas (exenciones fiscales) en el estado de Ohio para abrir centros de distribución. En teoría, esas ayudas son un estímulo y un premio por crear trabajo y generar riqueza, pero en la práctica más bien parece que está aumentando la desigualdad y propagando la miseria: tanto en sus empleados como en los negocios tradicionales, que no pueden competir con este gigante de Internet.


Un portavoz de Amazon se ha defendido en The Daily Beast asegurando que sus empleados en Ohio ganan 15 dólares a la hora con bonus y aumentos regulares en función de su productividad, además de contar con seguros médicos y dentales. Pero sin embargo no ha dicho ni una palabra de los temporales, que son los que mayoritariamente no tienen dinero para comer.

17 junio 2018
(Tomado de Yahoo Finanzas)

Publicado enSociedad
Monólogo del Cauca en Dolor sostenido mayor

Ante la catástrofe ocasionada por los constructores de Hidroituango, y que puede ser mayor si pronto no se echa atrás la afrenta a la naturaleza, no solo se ha desnudado la improcedencia del modelo hidroeléctrico, sino la maraña de corrupción y errores que encierra el proyecto. Le Monde diplomatique ha escuchado lo que el río tiene qué decir.

El agua que se queda atrás del río descansa…
¡Pero nunca será mar!
Dulce María Loynaz
(La Habana, 1902-1997)

 

Bajo el cielo no hay nada tan blando y maleable como el agua;
 Pero no hay nada como el agua para erosionar lo duro y rígido.
Lao Tse, Tao Te King, 78

Turn down the wall, turn down the Wall!
(¡Derrumben el muro,
derrumben el muro!)
Pink Floyd, The Wall

 

Silencio. Ahora hablo. Hablo cuanto he callado. Lo que he callado días y días, meses y meses, años y años. Ahora usted escuchará lo que quiero decir. Yo soy el Cauca, el Cauca milenario que está aquí desde antes de que ustedes llegarán con sus máquinas, utensilios y herramientas; desde antes, incluso que llegaran, hace miles de años, los pobladores originarios, los Nutabes, los Tahamíes, los Yamesíes. Yo soy el Cauca, uno más entre miles y miles de cuerpos fluviales que surcan la faz de la tierra, y a la vez, la segunda arteria fluvial de este país. Yo soy el río, el río que da vida, que da alimento, que da riego, que da oro, que da riqueza y esperanza. Usted me conoce. Desde que nació me ha visto. Me ha cruzado cientos de veces, de una orilla a otra. Conoce el color de mis aguas terrosas, ha sentido el caudal que amenaza con llevárselo si no está atento, usted se ha bañado, quizá, en él, aunque nadie se baña dos veces en el mismo río porque el ser humano comparte el destino del agua que fluye.


Soy el Cauca, un Cauca maltrecho, contaminado, herido, pero afortunadamente no de muerte. Aniquilarme no es fácil. Soy sobreviviente de otras afrentas de las que he salido airoso. Hoy usted y yo nos damos cita aquí, en Ituango, a medio camino del recorrido entre la laguna del Buey en el Macizo Colombiano, lugar de mi nacimiento, y el municipio de Pinillos, cerca de donde entrego mis aguas a mi hermano mayor. Estamos hoy aquí en este cañón, entre mis hermanas, las dos cordilleras donde me acogen y me estrechan entre sus faldas en fraternal abrazo.


Aún no salgo del asombro, de la indignación. Aquí me quieren detener esos individuos, los que usted ve allá, esos de cascos blancos, amarillos y azules; agitados, nerviosos, sudorosos que van de un lugar a otro, con sus camiones y palas, erigiendo un muro que quieren con él raspar las nubes. Buscan ponerme preso, por eso han erigido este muro de la infamia que llaman la presa, para que yo no escape, para que me quede, a la fuerza y en contra de mi voluntad, represado, anegando tierras fértiles, ahogando especies naturales, autóctonas, extinguiendo para siempre la vida verde tan necesaria para este equilibrio que hemos logrado construir durante millones de años. Un muro de concreto, indestructible, dicen –¡ja!–, capaz de detenerme, de aislarme, de regularme. Escuche usted semejante osadía. Dizque regularme, encausarme por unos túneles infames, revestidos del frío concreto, para que yo filtre por esas cavidades, a su antojo, mis aguas, mi caudal, en la medida y en la porción que ellos quieran, cuando ellos digan y de la manera que ellos desean.


Sostienen que necesitan poner a su servicio mi fuerza, mi ímpetu, mi furor para producir lo que llaman electricidad. No sé si reír o llorar. Con su arrogancia infinita, con sus saberes y ciencias de ingeniería me quieren torcer el brazo, a la brava. Ya lo hicieron una vez, allá arriba, por los lados de Suárez, Cauca; allá también me han represado, en lo que llaman La Salvajina; una salvajada, en realidad, lo que hicieron conmigo; pero arriba soy sumiso y joven e ingenuo, aun no he alcanzado el valle que lleva mi nombre, donde me vuelvo portentoso e indetenible; a ese valle riego y doy vida y color y calor. Acá es diferente, ya soy adulto, un adulto que ha recogido experiencias y vivencias de cientos de afluentes, de lluvias, mi caudal ha crecido gracias a mi inmensa capacidad de encausar toda el agua de esta cuenca. Aquí vengo fuerte, impetuoso, hondo, embravecido; encañonado, ya dije, por la calurosa acogida que me brindan dos cordilleras. Y cuando más energía traigo, cuando más caudal porto, zas, la zancadilla artera, el muro, la presa; me estrello de narices de manera violenta. ¡Ay! Qué inesperado encontronazo, yo que a estas alturas quiero alcanzar las tierras bajas, que ansío las llanuras de la sabana cordobesa, para ir a mi encuentro final con mi gran hermano, aquel que va paralelo a mi entre las otras dos cordilleras.


Un día amanezco con la tristeza alborotada. Otro, con la ira encendida. Otro, con la desesperanza y otro, con el coraje y la determinación que caracteriza a mis amigos, los Nutabes, que han poblado este cañón desde tiempos sin memoria. Todos estos parajes que usted ve en torno nuestro, en este punto, son, eran, de los Nutabes. Hoy los tienen confinados en el resguardo indígena Nutabe de Orobajo. ¡Y ese resguardo está siendo inundado por la represa! ¿Había visto usted semejante despropósito? Ellos, los usuarios ancestrales (a mí no me gusta la palabra ‘dueño’ porque de la naturaleza nadie se puede sentir dueño) de estas fértiles laderas, ahora serán unas víctimas más de este despropósito descomunal.


Pero a los Nutabes los han diezmando, es la forma de doblegarlos. Lo de siempre, carajo. A su cacique Virgilio Sucerquia lo asesinaron fuerzas oscuras en el año que ustedes contabilizan como 1998. Estas tierras, desde siempre, eran aprovechadas para asentarse y cultivarlas los Nutabes, los Tahamíes, los Yamesíes. Entre todos formaron una trinchera para protegerse de las barbaridades de los españoles que llegaban con arcabuces, un garrote vil, un libro y una cruz abriéndose camino como diera lugar. A los que capturaban los arrojaban vivos a los mastines hambrientos y luego sus despojos a mi cauce. Desde entonces mis aguas se han manchado de sangre sin cesar. En épocas más recientes, cuando llegaron esos que ustedes llaman paras, cundió el terror en las riberas de mi cauce.


Me cuenta, gente bien informada, que de aquí, entre los años 1990 y 2016, hay 110.000 personas, de un total de 173.000 habitantes de mi zona de influencia, que han sido víctimas de este conflicto atroz –que algunos de ustedes, aquellos que viven siempre a la derecha, bien a la derecha, de los caminos, se niegan a poner fin, y al contrario, quieren exacerbar–. De esos 106.000 fueron desplazados forzosamente; 616 fueron desaparecidos, ¿me escuchó?, desaparecidos; 163 fueron víctimas de agresión sexual y 3.557 fueron asesinados dentro de ese conflicto. Muchos de esos infelices fueron a dar a mis aguas donde no tuve más opción que acogerlos y llevarlos aguas abajo hasta que algún ser caritativo los recogió para darles sepultura como merece todo ser humano.


¿Usted sabe cuál es el peor desprecio a la vida humana? Quitarla, por supuesto, pero hay algo aun peor: quitar la vida y además dejar insepulto el cuerpo. Eso lo sabía Antígona hace casi tres mil años. Pero aquí se han ensañado para ultrajar de la manera más atroz la vida, la muerte, el descanso de los cuerpos. Soy testigo, soy vehículo, pero no cómplice. Por eso no quiero callar más; por eso no puedo voltear mi cauce, en un meandro más, y hacer como si no hubiera visto nada.


Hablemos de lo que está ocurriendo ahora, no del pasado con todo el dolor que me causa. ¿Usted cree, amigo, que es justo lo que está sucediendo por culpa de ese puñado de insolentes y desvergonzados ingenieros, tecnócratas, políticos y empresarios? Usted bien sabe cuál es mi naturaleza: fluir por lo más bajo. “Los ríos y los mares son los reyes de los Cien Valles porque se mantienen abajo” y también: “La Suprema Bondad es como el agua. El agua es buena y útil a los diez mil seres por igual. No tiene preferencias por ninguno en especial. Fluye en sitios que los hombres suelen rechazar”, dice el Libro del recto camino, también llamado el Libro del sendero luminoso. Por eso, yo estoy con los de abajo y desde abajo es donde emana mi fuerza.


Mire, esos barequeros que están allá me llaman “el Mono”; será por mi color amarillo oscuro. Dicen que soy el patrón de ellos. A la persona que se me acerque le doy trabajo sin pedir cartas de recomendación, ni antecedentes, ni certificados de experiencia o acreditaciones. Ellos saben que no pueden ir a otro lugar a buscar trabajo, en una empresa. Muchos son mayores y no saben leer. ¿Qué trabajo les van a dar por allá? Yo no les exijo nada, solo que me traten bien. Algunas pepitas de oro alcanzo a dejarles para que puedan subsistir después de tanto que me han saqueado.


Ahora véalos allá, sin trabajo, hacinados en una bodega, se han quedado sin los ranchos que mis aguas arrasaron una madrugada del 10 de mayo. ¿Culpa mía? Sí, dicen aquellos, los que están allá arriba mirándonos con recelo, los de cascos blancos, amarillos y azules. “El río está embravecido, si ustedes no salen, el agua los sacará” les dijeron a los habitantes de mis riberas y me echaron toda la responsabilidad. ¿Habráse visto tanta infamia, tanta insolencia? ¡Tras de ladrón, bufón! ¿Ah? ¿Es que acaso no entienden que mi naturaleza es fluir hacia lo más bajo? ¿Qué tiene que suceder para que comprendan que a mí no me pueden detener, a la brava, poniéndome un muro en la mitad del camino por más ancho y aparentemente sólido como el que ellos se empeñan en construir cada vez más alto y así desafiar mis aguas?


Dicen que sí, claro, es posible, que eso se hace incluso con ríos diez veces más grandes y caudalosos que yo. Me hablan del Yangtsé y la represa de las Tres Gargantas, del Paraná y la represa de Itaipú, del Nilo y la represa de Asuán. Yo no sé, amigo. Jamás he ido por allá, pero no quiero imaginar el daño que hicieron los colegas de estos hombres de cascos blancos, amarillos y azules, para represar esos tres grandes portentos fluviales. No quiero saber de las especies animales y vegetales sacrificadas, de los seres humanos desplazados, de los templos, cementerios y sitios de pagamento anegados para siempre. La historia se repite una y otra vez desde hace más de ciento treinta años cuando les dio por represar ríos para sacar energía, en su insaciable sed de tener cada vez más y más potencia eléctrica; como si el progreso fuera ilimitado; como si los recursos fueran inagotables y no se pensara en una armoniosa colaboración entre la naturaleza y ustedes, los individuos que se han convertido en nuestro principal depredador.


Claro. No aguanté más. Por algún lado tenía que reventar. Busqué camino. Lo encontré y me desbordé. Ellos, los habitantes de mis riberas del cañón nunca habían visto algo semejante. Jamás habían presenciado que mis aguas corrieran hacia arriba. Pero sucedió. Y seguirá sucediendo si la obstinación no cesa.


Ahora me responsabilizan de la tragedia que pueda ocurrir, la que está a punto de ocurrir: agotada mi paciencia, yo mismo ya no podré seguir conteniendo mis aguas y romperé la presa y me llevaré por delante –¡ay, mi destino!– poblaciones tan vivas, pujantes y hermosas como Puerto Valdivia, Tarazá, Caucasia, Ayapel, Guarandá, Nechí, San Jacinto del Cauca, Majagual y Achí, entre otras. El daño lo han hecho los de cascos blancos, azules y amarillos, pero ahora, dicen, el responsable de causar la tragedia soy yo. Eso es ser infame. El daño, a hoy, que se ha ocasionado al tejido social de toda esta cuenca hidrográfica es irreparable. ¿Qué se hará para resarcir e indemnizar a toda esta gente? ¿A dónde tendrán que dirigirse? De nuevo: más desplazados, más gente empobrecida inundando las ciudades que no tienen como acogerlos si no es en los cinturones de miseria. “Cuando pase la emergencia”, dicen ellos. ¿Y es que acaso creen que este proyecto será viable algún día? Si las alarmas y sirenas que ellos mismos han instalado siguen sonando todos los días, si las alertas rojas no se han levantado y no se levantarán hasta tanto yo no recupere mi cauce y mi caudal normal, sin muros, ni presas, ni túneles, ni artificios humanos.


“Y entonces, ¿de dónde vamos a sacar la energía que este país necesita?” me han venido a gritar aquí, a mis riberas, algunos de esos hombres de cascos blancos, azules y amarillos. “¿Es que no se da cuenta –vociferan–, que en este país la energía proviene de las hidroeléctricas que hay por toda la geografía montañosa? Además, este proyecto será –‘sería’, deberían decir– el más grande jamás construido en el país de esta naturaleza”. Y me preguntan a mí como si debiera dar respuesta a su codicia inagotable. A mí me informan que hay soluciones bien implantadas en otros países, con energías renovables –eólica, solar, biomasa, mareomotriz– y sin afectación tan grande a la naturaleza. Si tanto es su apetito, deberían haber hecho la tarea hace mucho tiempo para buscar soluciones alternativas. Si hubieran partido al amanecer a esta hora ya habrían llegado. El modelo energético de este país no podía seguir en esa carrera ciega de más y más hidroeléctricas, cada vez más grandes, cada vez más invasivas, cada vez más temerarias. Tantas veces va el cántaro a la fuente que al final se rompe, dicen los más sabios.


Afortunadamente, amigo, no estoy solo. Tengo aliados formidables, portentosos. ¿Sabe quién? La montaña. Las cordilleras. Las que me abrazan y acogen en este bellísimo cañón. Ellas están colaborando, se están movilizando, reacomodando, con el crujir de las fallas geológicas que yo ayudo a crear gracias a la inconmensurable presión que ejerzo con estas aguas represadas, y así alcanzaremos el propósito que nos alienta: que yo pueda fluir naturalmente. Entre los dos, montaña y río, haremos justicia. Recuperaremos mi cauce. Salvaremos la vida: por una parte, a mí, el Cauca y, por la otra, a todo lo que me rodea y se nutre de mi y habita en torno a mí. ¿No se da cuenta que me quieren robar? ¿Qué me quieren aniquilar?


Ya va para un mes que a esas personas las hicieron salir de sus hogares y las llevaron a vivir hacinadas en unos coliseos, en unas escuelas, en unas bodegas. Desacomodaron toda la economía, las dinámicas sociales, la educación, la prestación de salud de todos estos lugares, de las poblaciones que evacuaron y de las poblaciones adonde llevaron los evacuados. Aquí todos pagan por los errores, las improvisaciones y la corrupción de esos individuos de cascos blancos, azules y amarillos y de los que están allá en Medellín y en Bogotá, dirigiendo todo desde sus cómodas oficinas, con tinto, agua y alimentos servidos a sus mesas, con baños a unos pocos pasos. Regresan en las noches a sus casas a dormir en cómodos lechos, no en el piso sobre unas colchonetas que casi no llegan, a pesar de la emergencia, a los lugares donde hacinaron los evacuados. A los que no quieren acudir a esos refugios les ofrecen dinero para que busquen dónde irse y así lavarse las manos del problema social que han generado. Como si uno o dos millones de pesos resolviera un problema tan grande. “A finales de junio estará superado cualquier riesgo en Hidroituango” dicen los titulares mentirosos para tratar de calmar los ánimos. ¡Ja! Si cada día hay una nueva alerta, una nueva alarma que se enciende, por lo que he dicho: río y montaña estamos aliados para no dejarnos vencer de esos hombres de cascos blancos, azules y amarillos y de sus jefes en las oficinas “inteligentes” de Medellín y Bogotá.


Si ellos, esos individuos arrogantes, llenos de sabiduría técnica y científica, colmados de títulos y cartones (y de codicia por los billones de pesos que mueve este proyecto) tan solo atendieran por un momento los principios que rigen la filosofía andina, otra cosa pensarían, otra cosa harían. Pero ellos no saben ni quieren saber nada de filosofía; y mucho menos de filosofía andina, ni de los saberes ancestrales de nuestros pueblos originarios.


Si lo hicieran, sabrían qué leyes rigen a la naturaleza y al ser humano, cuál es la lógica (ya que ellos son tan racionales) andina que aquí es ley. Sabrían –pero no quieren saberlo– que hay un principio general de relacionalidad de todo. En el principio todo era relación, la relación es la verdadera ‘sustancia’ andina. Para la filosofía andina, el individuo es “nada”, es algo perdido si no se halla insertado en una red de múltiples relaciones. El ser humano no se puede desconectar de los vínculos naturales o cósmicos. Esta relacionalidad se cristaliza a través de la reciprocidad, la complementariedad y la correspondencia entre los aspectos afectivos, ecológico, éticos, estéticos y productivos. ¿Me explico? Todo está unido, todo está relacionado, todo esta entrelazado. No hay forma de romper esos vínculos relacionales. No hay forma de cortar en dos un río, aguas arriba y aguas abajo, como ellos intentan e insisten hacer. A todo daño corresponde otro. Todo está en un equilibrio perfecto. A cada acción corresponde una reacción; a toda gestión corresponde un efecto, no hay causa sin efecto. Así de sencillo. Pero ellos no han logrado entenderlo. Y, de allí, todo lo que ustedes, y yo, estamos viviendo. Y como digo, ya sabemos quiénes son los que están pagando las consecuencias de esta ceguera infinita.


“Perdimos el control de la obra” dijeron hace unos días. ¡Qué gran verdad! ¡Qué coraje (o qué vergüenza) tuvieron al haberlo admitido! Ahora sólo queda un camino: deshacer lo que hicieron. Desarticular el monstruo que fabricaron en su soberbia infinita: desmontar esa presa, piedra a piedra, roca a roca y dejarme fluir como ayer, como hace años, decenios, centurias, milenios.


Yo soy el Cauca. Yo soy el río, el río que agoniza contaminado por las industrias del Valle, por el mercurio, y los químicos que vierten en mis aguas esas industrias y me hieren de muerte y que aún así me resisto a morir, a ser nada más que una cloaca fétida. En mi aun hay vida, mucha vida. En mi todavía nadan, viven y se reproducen la sardinata, el barbudo, la picuda, la cucha, el mazorco, el bocachico, el jetudo, el chango, la sabaleta, la guabina, el guachilejo y la dorada, en mis aguas todavía hay aluviones de oro, en mis riberas vuelan la zarceta azul, la lora cabeciazul, a mis orillas fangosas se acercan para desovar las cecilias, las salamandras, las ranas y sapos, las tortugas, los cocodrilos.


No hay alternativa. Entiendan, hombres sin razón, el principio de relacionalidad, de reciprocidad, de correspondencia. Ustedes no pueden hacer tanto daño y no pagar las consecuencias. Dejen de hacer sufrir a tanta gente despojada y desplazada de sus hogares, de sus sitios de trabajo, de sus centros educativos, de sus puestos de salud.


Desbaraten lo construido, háganlo pronto antes de que la montaña y yo tengamos que hacerlo. ■

 

*Escritor. Miembro del Consejo de redacción del mensuario Le Monde diplomatique, edición Colombia. Director de la colección de literatura Ríos de letras de Ediciones Desde Abajo.

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América Latina y el Caribe, continente en movimiento

La presencia de una caravana de migrantes a Tijuana en días pasados destaca el gran movimiento humano que está ocurriendo en el continente. Hondureños, haitianos y otros migrantes que se encuentran en Tijuana no deseaban abandonar su nación. En entrevistas, docenas nos han dicho incesantemente: Ya no podemos vivir en nuestro país.


La ejecución de políticas neoliberales en los últimos 30 años ha alterado las relaciones económicas tradicionales, fundamentalmente transformando el mercado laboral en América Latina. Las fuentes de empleo tradicionales han desaparecido. La elite impulsa un modelo económico de exportación basado en la explotación de la mano de obra barata y la aplicación de un modelo de extractivismo. En países como Haití, Honduras y México la precariedad aumenta como resultado de políticas de libre comercio que han destruido el campo. La violenta guerra contra el narcotráfico aumenta la precariedad y la miseria. La llamada guerra reveló la existencia de un crimen organizado capaz de subvertir al gobierno y aterrorizar a la población, aun cuando ha hecho poco por reducir las sustancias ilícitas.


No es sorprendente que la caravana en Tijuana incluía un alto número de mujeres y niños. La falta de empleos remunerativos y el abandono familiar por parte de hombres han hecho de ellos unos de los sectores más vulnerables de la sociedad. En todo el continente las mujeres, especialmente el gran número que dirige su familia, no encuentran empleo que les permita atender sus necesidades básicas.


Las condiciones económicas en América Latina aumentan la pauperización de la sociedad. Dicho de otra forma, aun los que trabajan no logran superar la pobreza. En México, según estadísticas oficiales, 51.7 por ciento de personas que cuentan con empleo viven en pobreza. En Honduras y Haití las cifras son aún más elevadas. La precariedad, condición en la cual la población trabaja y aún así no puede cubrir sus necesidades básicas, destruye el tejido social de la sociedad. Aún peor: la elite en América Latina y el Caribe se niega a asumir su responsabilidad por las condiciones sociales que sus políticas han creado.


Ante un proceso de desindustrialización y los precios inestables de los llamados commodities, gran número de países de América Latina buscan soluciones viendo hacia el pasado. Una nueva fase de extractivismo, incluyendo la explotación de cobre, oro, plata, plomo y litio, así como algunos minerales, aumenta en toda la región. La política de extractivismo ha sido implementada por gobiernos conservadores, como México, Perú y Honduras, y los de izquierda, incluyendo a Venezuela y Bolivia. El extractivismo, que genera inmensas ganancias para la elite en América Latina y conglomerados canadienses, estadunidenses y chinos, también altera la vida de grupos indígenas y campesinos que habitan esas zonas. El extractivismo eleva la vulnerabilidad de América Latina en la economía mundial, desplaza poblaciones, degrada el medio ambiente, contaminando ríos y tierra. En algunos países las nuevas zonas mineras parecen escenarios del viejo oeste, donde mineros, el crimen organizado y las multinacionales compiten por el control de los minerales.


América Latina enfrenta un importante cambio demográfico. En la última década, miles de personas de Centro y Sudamérica, así como del Caribe, han sido expulsadas de su país. Esta no es la primera vez que centroamericanos abandonan su país. La primera ola sucedió durante la década de los años 80 del siglo pasado, impulsada por guerras civiles y la intervención estadunidense, que desestabilizó la región. Ante el deterioro económico y el aumento dramático de la violencia por el Estado y el crimen organizado, miles de hondureños y guatemaltecos se ven obligados a salir de sus países.


Consecuencia del devastador terremoto de 2010, más de 60 mil haitianos emigraron a Brasil. Resultado de la contracción económica después de la Copa Mundial y los Juegos Olímpicos, los haitianos emprendieron el camino hacia el norte, atravesando 11 países en Sur y Centroamérica para llegar a la frontera entre México y Estados Unidos. En Sudamérica, la crisis en Venezuela ha obligado a cientos de miles a abandonar su país. Venezuela, que anteriormente había recibido millones de colombianos y europeos, se ha convertido en país de migrantes, con miles de personas buscando empleo en Chile, República Dominicana, Panamá, Colombia, Ecuador y Perú. En Chile, más de 1.2 millones de migrantes de Haití, Venezuela y Bolivia buscan regularizar su estado migratorio

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El límite entre México y Estados Unidos ya no es simplemente un ente binacional. Hoy día, es una frontera entre Estados Unidos, América Latina, el Caribe y el sur global. Enfrentando condicionales similares, en Tijuana se encuentran africanos de Sudán, Somalia, Nigeria y otras naciones de esa región. Todos los migrantes relatan experiencias escalofriantes en su trayecto a Tijuana. Tanto el Estado como el crimen organizado han creado formas de lucrar con la vulnerabilidad de los migrantes. Éstos son obligados a pagar derecho de piso para pasar por un territorio controlado por pandillas o sobornar a policías para que no los arresten. La migración se ha convertido en fuente de ingresos para los pueblos a lo largo del camino, donde se cobra por hospedaje, comida y transporte, incluyendo la renta de burros de un punto a otro. La violencia contra las mujeres se ha generalizado, incluyendo, abusos, asaltos y violaciones.


Bajo cualquier otra circunstancia, los migrantes que sobreviven esta ardua experiencia serían considerados pioneros. La mayoría adquiere empleo o establece algún negocio. El vínculo emocional que mantienen con sus familias y hogar también es explotado por los países que los expulsaron. Nación tras nación, las remesas de migrantes, miles de millones de dólares, son la diferencia entre la pobreza y la sobrevivencia.


Los migrantes no abandonan sus países, sino son expulsados por condiciones económicas y políticas adoptadas en Washington y en los centros de poder de América Latina. Ante esa realidad han tomado una decisión racional buscando la única oportunidad que les queda. El desconcierto económico, la violencia y la marginalidad son los factores que expulsan personas de sus naciones y fomentan la creciente ola de migrantes en América Latina. Los migrantes son síntoma de las fuerzas globalizantes que han transformado el mundo.


* Profesores. Pomona College, Los Ángeles

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