Lunes, 25 Junio 2018 17:34

La lógica del absurdo

Las ilustraciones que acompañan este suplemento son de Eiko Ojala, ilustrador, diseñador gráfico y director de arte residente en Tallinn (Estonia);  apuesta por unos tradicionales collages de papeles recortados con cuchilla en los que confluyen creatividad, seducción y poesía, http://ploom.tv.

Imaginemos dos situaciones sociales, dos absurdos colectivos. En una (llamémoslo Absurdo A), cada uno de los individuos de un país, del planeta todo, posee exactamente la misma riqueza que su vecino.

Sus defensores argumentarían que hay, por lo menos dos razones para esa realidad: primero, la riqueza generada por cada individuo no se debe exclusivamente a su mérito y esfuerzo individual sino a una serie de logros y esfuerzos que derivan de la sociedad toda (de vivos y de muertos a lo largo de miles de años, claro). La segunda razón sería: aunque no todos pueden contribuir de la misma forma, en la misma proporción, es por una razón moral que los fuertes deban ayudar a los débiles y no al revés. Al fin y al cabo, estas ideas han estado en los libros (no en las prácticas) de todas las religiones conocidas a lo largo de la historia de la humanidad, con la única excepción de algunas sectas contemporáneas que afirman que Jesús les pide a sus pastores que hagan sangrar a los miembros de su iglesia para pagar un avión privado de 54 millones de dólares.

¿Por qué sería esto absurdo o demasiado radical? Bueno, se podría argumentar, porque no todos somos iguales. Unos nacen más inteligentes que otros, otros poseen una capacidad de trabajo y sacrificio mayor, etcétera. Que haya una plétora de millonarios haraganes y con deficiencias mentales es un detalle en el cual no vamos a entrar ahora.

Entonces, imaginemos lo opuesto. Imaginemos un Absurdo B, algo aún más absurdo que el Absurdo A.

Imaginemos un país, un mundo donde el diez por ciento de la población sea dueña de tanta riqueza como la mitad de la población de ese país, de esa sociedad…
No, mejor exageremos un poco más para hacerlo más dramático: imaginemos un país, una sociedad donde el uno por ciento de la población acumule tanta riqueza como la mitad de ese país, o como la mitad del mundo entero…

Un momento. El uno por ciento del mundo sería más de setenta millones de personas, algo así como la población de Turquía o de Inglaterra. No, exageremos un poquito más. Para el Absurdo B imaginemos que cien personas poseen lo mismo que la mitad más pobre de la población mundial, que en el país más rico y poderoso del mundo, Estados Unidos, el 60 por ciento apenas alcance al seis por ciento de toda la riqueza generada por ese país, que en otras regiones, como en América Latina, las desproporciones sean aún mayor. Y así, sigamos con la imaginación, exagerando hasta la caricatura del Absurdo B. Sólo hay que tener cierto cuidado, como en una sesión de tortura se debe preservar la vida del interrogado, porque si exageramos mucho el sistema global colapsaría y eso no les serviría a los cien hombres que lo poseen casi todo.

La diferencia más importante entre el Absurdo A y el Absurdo B es que el Absurdo B existe y es a lo que hemos llegado después de siglos de progreso tecnológico y económico.

Cierto, es muy difícil, sino imposible, establecer dónde está el punto justo entre el Absurdo A y el Absurdo B, pero, en cualquier caso, no parece razonable sostener ninguno de los dos absurdos. Menos al mayor de los dos absurdos.

Un absurdo no se revela por su existencia, sino todo lo contrario: el absurdo que crea y sostiene una determinada realidad se convierte en la lógica de las mayorías. Si la humanidad cree que la Tierra es plana porque es una obviedad que se demuestra sola; si alguien quema a un hombre porque no entiende alguna complejidad teológica y luego la quema se extiende a otros cientos y miles por las mismas razones; si un esposo mata a su mujer porque no llegó virgen al matrimonio porque eso estaba escrito en algún libro sagrado seguido por millones; si todos repiten que la modernidad no se debe a siglos de inventores, científicos, pensadores, activistas sociales y humildes trabajadores que financiaron todo ese esfuerzo, sino a los venerados, geniales y supermillonarios CEOs**, es porque esos absurdos han sido normalizados y defendidos con ferocidad como si fueran pariciones de la lógica o de la Madre naturaleza. Más cuando el poder que sostiene un absurdo es tan desproporcionado que se alimenta desde arriba y desde abajo, de izquierda y de derecha; cuando se alimenta y se defiende con la hipocresía de quienes se benefician del absurdo y con el fanatismo de quienes deben sufrirlo cada día, como si se tratase de una larga sequía o de una lluvia interminable.

Lunes, 25 Junio 2018 09:48

De Cazucá a la tierra

De Cazucá a la tierra

Comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa donde había sido feliz [...] 

Fueron cuatro golpes breves con los que llamaba a la puerta de la desgracia.


Albert Camus-El extranjero

 

El cielo ha sido un cíclope, y el sol como su ojo de fuego destilando odio a cada lengüetazo. Su fulgor que encegueció a Mersault cuando apuntó con su revólver al árabe y descargó los cuatro tiros del tambor sobre la silueta del hombre al que no podía ver con claridad porque la luz lo encandiló. Lo que hizo entonces, al no verlo, fue asesinarlo con el ímpetu de su corazón, con las palpitaciones de la sangre que bombeaba en su cabeza y le produjeron desesperación. Luego de los disparos, todo fue silencio y una extraña sensación, de liviandad quizás, de orfandad en el vasto mundo. Eso fue lo primero que pensé cuando Poveda, de quince años de edad y que integra un grupo de aceleración de un colegio de Bosa, al sur occidente de Bogotá, me contó su historia.


Aquella misma mañana, una mañana cualquiera del mes de mayo de 2018 en que extrañamente el sol refulgía con furia sobre Bogotá, un amigo de su barrio fue hasta su casa y le avisó que las pintas estaban dando papaya, pues se encontraban campantes, sentados frente a otra de las ollas del barrio, hablando, como si no le debieran nada a nadie. Poveda entonces supo que era su oportunidad, se levantó, se puso una sudadera, cogió su bicicleta, le dijo a su mamá que no se demoraba y sin desayunar ni lavarse los dientes salió de la casa con dirección a la olla del Mono cuco y el Burro, quienes les pasaron los fuetes. Sebastián, como se llamaba su amigo, se acomodó la cachucha de los Lakers y Poveda intentó ajustar el revólver entre sus boxers y su vientre, ya que el material de algodón de su sudadera hacía que la cacha se resbalara. Antes de treparse a las bicicletas, el Burro les ofreció un cigarrillo de marihuana, para que se fueran relajados, y cuando arrojaron el resquicio del pucho, se echaron la bendición y empezaron a pedalear.

 

El barrio

 

Y pedalearon por las calles sin asfaltar del barrio Bosa Santa Fe, ubicado al sur de la localidad de Bosa, y que colinda con el canal de Cundinamarca, el río Bogotá y con los barrios Potreritos, Villa Ema y Ciudadela el Recreo. Sector en el que el Distrito de Bogotá, a través del Programa Integral de Vivienda Efectiva, construyó en 2017, 6.129 viviendas, agrupadas en el conjunto Campo Verde, para familias ahora llamadas pomposamente en condición de vulnerabilidad.

 

Sin embargo, esta zona de la ciudad se ha visto afectada por serios problemas debido a las constantes inundaciones que presenta, a la escasez del transporte público, y a los altos índices de delincuencia. Del mismo modo, la comunidad de indígenas muiscas que habitan el sector, interpusieron las respectivas denuncias para que frenaran la construcción, ya que en ningún momento se les consultó sobre la urbanización de los predios, pero como era de esperarse jamás les prestaron mayor atención.

 

Poveda y Sebastián son habitantes de esta zona, específicamente del conjunto residencial llamado El Bicentenario, el cual fue creado por «La Caja de la Vivienda Popular por medio del programa de Reasentamientos Humanos y buscando proteger la vida de las familias vulnerables» (radiosantafe.com, 2010). Esto quiere decir que además de las familias que salieron huyendo de las montañas de Ciudad Bolívar como víctimas de la violencia, el microtráfico y la delincuencia, también arribaron a El Bicentenario otro tipo de personas con el propósito de encubar el terror y establecer sus negocios ilícitos, como es el caso de la banda de narcotraficantes y asaltantes denominada los Nocopeo, que tenían allí su guarida y centro de operaciones.

 

Las calles del barrio están sin asfaltar, varias casas funcionan como dispendio de drogas, tanto así que de forma recurrente la policía aparece y quita las puertas de las casas; los caciques de las ollas caminan con tranquilidad armados a plena luz del día, y por lo tanto, los habitantes del sector viven con miedo. Anteriormente, el conjunto tenía una reja que lo bordeaba, la policía la quitó para establecer mayor control, pero el día en que empezaron a echarla abajo hubo un tiroteo que dejó varios muertos y heridos. Adentro del conjunto también hay ollas, pequeñas casas que sirven para el expendio del bazuco y donde se arriendan los cuatro cuartos que tienen para su consumo. Unas cuadras más abajo de El Bicentenario se extiende macilenta la cuadra picha, donde vive el cacique general, o el duro de la zona. Mejor dicho, la gente no puede salir en la noche, es muy peligroso, si alguien debe salir, tiene que hacerlo acompañado.

 

Infancia

 

Poveda vive allí desde hace tres años, me cuenta entretanto acomoda el mechón de pelo que le atraviesa la frente. Estamos sentados en un salón de clases y el sol golpea fuerte sobre Bogotá, el mismo sol de El extranjero de Camus. Como ya conté, tiene 15 años, es moreno, de contextura gruesa, rostro fuerte, expresión sombría, la piel de su cara es acartonada y tiene múltiples orificios, no por el acné sino por automutilaciones. Nunca mira a nadie directo a los ojos, por lo tanto su cabeza se mueve buscando escapatoria, para que nadie lo mire, para no hacer contacto con ningún interlocutor. Sus manos también están cicatrizadas, pero estas últimas, él me cuenta, son producto de la cantidad de papas que debe pelar en El Redentor, la cárcel para menores de edad en la que se encuentra recluido.

 

Su voz es pausada, no articula bien la letra r, no pronuncia la l que está a mitad de palabra, y jamás las finaliza con la s. Me cuenta que antes vivía en Cazucá, altos de Cazucá, que corresponde a la Comuna 4 del municipio de Soacha. Este barrio triste, marchito por el polvo que se levanta de sus calles, pobre y lóbrego, es aún refugio para los más de 17.000 desplazados por la violencia de todo el país, que encontraron en aquella montaña o en sus faldas, un trozo de raíz para sostenerse y no caer definitivamente al abismo. Y sus habitantes deben vivir, además sin servicios públicos, con el miedo constante que producen las bandas criminales que crecen como parásitos en una letrina y con la presencia pestilente de los grupos paramilitares, que regularmente hacen sus famosas limpiezas sociales.

 

La casa, o el rancho en el que creció y vivió estaba levantado sobre la falda de una montaña, sus paredes eran de lámina de madera y su techado era de zinc y hojalata. Allí se apretujaban Poveda, su mamá, cuatro hermanos, dos de ellos mayores y su papá cuando aparecía. Y por eso, porque su papá pocas veces frecuentaba su casa, su mamá debía rebuscarse lo de los alimentos vendiendo bolsas de basura.

 

Por supuesto, cuando le pregunto por el paradero de su padre, Poveda inclina más la cabeza, como si quisiera girarla 180 grados, o quizás arrancársela y arrojarla al bote de basura. Me dice: “él camellaba en una olla, era el cacique de una olla”, en el barrio le tenían respeto, que puede traducirse como miedo, porque era fácilmente alterable, ya había asesinado a varias personas. Incluso, un día que tuvo un altercado con el cacique de otra olla, se armó de un revólver y una granada y se dirigió a donde su enemigo, pero al comprobar que la olla estaba repleta de gente, decidió arrojar la granada. Luego su papá debió esconderse por un tiempo y cuando regresó consumía más drogas, hasta que una mañana, cuando Poveda tenía 6 años, la misma Sijin lo mató cuando intentaba huir por el techado de una casa.

 

Dos de sus hermanos mayores no corrieron con mejor suerte. A uno de ellos lo mataron por una jovencita, le pegaron 3 puñaladas y a su otro hermano lo mató la limpieza paramilitar de la zona cuando se encontraba departiendo con sus amigos y de la ventana de una camioneta salió la boca de una ametralladora. Del año 2004 al 2006, Jaime Andrés Marulanda de 26 años, alias el Chiquitín y miembro de las AUC, asesinó a más de 137 jóvenes de Soacha y Cazucá. Al momento de dictarle una sentencia de 28 años de cárcel, el Chiquitín se enfureció porque la condena estaba argumentada por el asesinato de 37 jóvenes, y él reclamó que les habían faltado otros 100, que además él le había hecho un favor a la comunidad, y que por cada joven asesinado recibía un pago de 400.000 pesos.

 

El crimen

 

Poveda pega su mirada al sol, como si no lo afectaran sus rayos. Creo que percibe su reflejo abotagado, perplejo, en la ventana. El resto de sus compañeros ríen por algún chiste, pero él permanece inmutable. Luego voltea lentamente su cabeza, me mira un instante y antes de proseguir con su historia vuelve a anclar su mirada al piso.

 

Sebastián pedalea a su lado derecho. Antes de doblar por la esquina donde están los enemigos se miran de reojo y palpan su vientre para comprobar que permanecen allí los revólveres o fuetes. Cuando gira el manubrio de la bicicleta Poveda recuerda a sus dos amigos asesinados por los hombres que están a media cuadra, luego recuerda las tres puñaladas que un mes antes los mismos hombres le habían propinado, únicamente porque él pasó por una calle prohibida. Las fronteras invisibles, le digo yo. Siente entonces el picor de la herida de su vientre, la que casi lo mata y le produce ira. La sangre le bombea más rápido, se agita turbia en su interior y se agolpa en su cabeza, al mismo tiempo que las ruedas de su bicicleta giran y el sol le da pleno en los ojos. Es un sol inusual en Bogotá, es estival, diáfano, entra al mundo puro, como si no tuviera ningún obstáculo, ni que atravesar tanto espacio y tiempo.

 

Los hombres están sentados sobre la acera, a media cuadra de distancia, en frente de la olla. Son tres, fuman cigarrillo, se rotan un bareto y se ríen a carcajadas. Las risas penetran con estridencia en los oídos de Poveda que mira a su lado y observa como Sebastián se pone de pie en la bicicleta y acelera, entretanto con la mano derecha saca el revólver. Los hombres los observan y se percatan de que van por ellos. Uno se pone de pie y echa a correr y Sebastián dispara, el hombre cae y Sebastián lo remata con tres tiros en la cabeza. Poveda siente que le falta el aire, no me dio nada matarlos, me confiesa, acelera también, saca el revólver y apunta al primero al que le pega un tiro que se pierde en el aire y otro que le da en una pierna, este hombre alcanza a huir por una bocacalle, pero el otro no alcanza a reaccionar y recibe un balazo primero en el hombro y otro en el pecho. Cuatro disparos, los mismos de Mersault.

 

Sebastián mira a Poveda y le hace un gesto cuando escuchan que salen personas por las ventanas y que a lo lejos aúlla una sirena de la policía. Emprenden la huida, cada uno por una calle diferente. Poveda siente cómo la adrenalina regurgita en su interior y se disemina por sus extremidades. Se siente tranquilo y satisfecho. Recuerda que tiene empuñado, con mucha fuerza, el revólver, el cual arroja a un costado, hacia un potrero. Gira por una esquina, no sabe con exactitud en dónde se encuentra, pero gira y pedalea como si fuera su última carrera, como si así lograra escapar del infierno. El sol golpea de nuevo en sus ojos y lo encandila, no lo deja ver las dos motos de la policía que se acercan a toda velocidad, ni a los policías que las conducen y que ya le apuntan.

 

Quizás Poveda jamás hubiera cometido el crimen si hubiera nacido en otro contexto, si sus padres lo hubieran bajado rápido de esa loma, si en su barrio no hubieran ollas en la casa vecina, si para estudiar no tuviera tantas necesidades. Estoy seguro de que Poveda es un fiel reflejo de las calles en las que creció, de la mirada perdida de su padre, de la sangre derramada de sus hermanos, de las avenidas sin asfaltar que debe recorrer diariamente levantando polvaredas que ensucian sus zapatos y lo enceguecen, de la desesperanza de no tener un futuro, solo un presente demasiado cercano, oscuro y tétrico, pero diáfano, porque no hay esperanza en él. Quizás Poveda sería un estudiante brillante si estuviera matriculado en uno de esos colegios del norte o de la Sabana de Bogotá que tienen canchas de fútbol, hermosas bibliotecas y piscina. Y de otra cosa estoy seguro, entretanto me despido dándole la mano y mi número de teléfono, porque las cosas en El Redentor son duras y de pronto necesita algo, ojalá un libro, y es que Poveda es un extranjero de la vida, de su contexto, de su tiempo, de las condiciones de su sociedad, un extranjero enceguecido por la inminente pobreza y violencia que brilla más que la luz del sol.

 

 

Referencias

radiosantafe.com. (19 de 9 de 2010). www.radiosantafe.com. Obtenido de www.radiosantafe.com: http://www.radiosantafe.com/2010/09/29/conjunto-residencial-el-bicentenario-sera-el-hogar-de-667-familias-vulnerables/

Publicado enEdición Nº247
"En dos años, Brasil ha retrocedido décadas"

El líder del Movimiento de los Trabajadores Sin Techo (MTST) ha sido apadrinado por Lula da Silva y puede ser el futuro de la nueva izquierda brasileña
"Brasil es el país donde seis multimillonarios tienen más riqueza que cien millones de personas. En un radio de cinco kilómetros puedes encontrarte el Índice de Desarrollo Humano de Suecia y el de Zimbabue"

 

Lula da Silva dice que le recuerda a él cuando era joven, pero Guilherme Boulos no quiere estas presiones: "Lula no está muerto. Lula está vivo y es precandidato a presidente de la República". Este activista de tan solo 36 años está considerado la raíz de la nueva izquierda brasileña, descompuesta con su máximo líder en la cárcel, con Dilma Rousseff destituida de su cargo de presidenta hace ahora dos años y sin relevo en el Partido dos Trabalhadores. A la izquierda del PT, va avanzando poco a poco el PSOL (Partido Socialismo e Liberdade).


El líder del Movimiento de los Trabajadores Sin Techo (MTST) y precandidato a la presidencia por el PSOL se encuentra con eldiario.es en un hotel del centro histórico de Río de Janeiro. Carga un paquete de octavillas electorales, no muy grande, para un acto de partido al que acudirá justo después de esta charla. Su semana no ha sido fácil, porque ha tenido que declarar ante la Policía Federal: el MTST ocupó ilegalmente el famoso apartamento por el que está preso el expresidente Lula.


Las explicaciones empiezan por ahí. "Fue para demostrar una farsa judicial, fue una acción de denuncia política y simbólica. En este momento tenemos a Lula condenado y preso sin pruebas. Las acciones políticas deben ser tratadas en el ámbito del debate político y no policialmente".


La declaración de Boulos es un ejemplo más del ambiente enrarecido en Brasil en los últimos tiempos. "Es preocupante para la democracia que acciones políticas se conviertan en denuncias criminales", dice.


El trabajo de Boulos y del PSOL desde el origen de los movimientos sociales requiere tiempo, pero en precampaña no ahorra promesas para el hipotético caso en que pueda ayudar en alguna coalición que llegue a gobernar. Habla abiertamente de "un plebiscito que revoque las medidas tomadas por el gobierno ilegítimo de Michel Temer. En dos años han hecho retroceder décadas a Brasil".


Una reforma laboral que retira derechos históricos, la congelación de inversiones públicas para los próximos 20 años a través de una enmienda constitucional o la entrega del petróleo [reservas petrolíferas del pré-sal] a empresas extranjeras, son algunas de las disposiciones que Boulos borraría de inmediato.


Como en Brasil no es complicado que la ficción supere a la realidad, se puede utilizar el universo del cuento para ejemplificar algunos problemas. Habla Boulos del Disneyland financiero: "Los bancos hacen lo que quieren, necesitamos una reforma financiera". Compara el sistema tributario con Robin Hood, pero a la inversa: "Se lo quitan a las clases bajas y a las clases medias para dárselo a los más ricos. El 49% de la recaudación progresiva es sobre consumo, y solo un 20% es sobre las rentas".


La reforma tributaria es un aspecto que la izquierda tiene por bandera, porque la desigualdad –y todo lo que viene detrás– ya ha superado todos los límites por estas tierras. "Brasil es el país donde seis multimillonarios tienen más riqueza que cien millones de personas. Hay un abismo social", indica el precandidato. "No somos un país pobre, estamos entre las mayores economías del mundo, pero en un radio de cinco kilómetros puedes encontrarte el Índice de Desarrollo Humano de Suecia y el de Zimbabue, dentro de una misma ciudad".


En el transcurso del encuentro, Boulos entrega el material electoral a un asesor y también su teléfono, que arde desde primerísima hora de la mañana. Hay muchas cosas en juego en la política brasileña en los próximos meses. Temer ocupó el lugar de Rousseff y su nivel de aprobación entre la población del 4%, el más bajo de toda la historia republicana.


Si Boulos tuviera alguna oportunidad de gobierno, reduciría el poder de los políticos para aumentar el de las personas: "Con plebiscitos y referéndums, necesitamos más democracia participativa. Democracia no puede ser depositar un voto en una urna cada cuatro años y después no decir nada más".


Este germen de la nueva izquierda brasileña debe afrontar para ello un cambio clave: pasar de ser una parte del sistema –que según ellos ha fracasado– a ser una alternativa. Eso implica partir casi de cero, y de ahí las dificultades. Mientras lo logran, en la sociedad se va instalando la violencia, la intolerancia, el miedo y el odio. "Y existen políticos que explotan este miedo", asegura Boulos. "Hay que sumarle además la falta de debate en la sociedad, con monopolio mediático. En caldos de cultivo como este se activaron regímenes autoritarios en varias partes del mundo".


Para ayudar a reflejar la atmósfera que se vive en el país en los últimos tiempos, puede analizarse otro tema mucho más secundario. Estamos en pleno Mundial de fútbol y, al contrario que en otras ocasiones, no se nota en las calles, acostumbradas a vestirse de gala para tales ocasiones.


La derecha se ha apropiado de los símbolos nacionales. "Como si Brasil fuera de ellos, como si ellos fueran el Brasil real y auténtico. Y las cosas no son así", denuncia. Una ciudad que vive el fútbol como pocas, ahora sigue los partidos a muy bajo volumen. "Hay un clima de depresión política en la sociedad, cierta apatía", asegura Guilherme Boulos. Inmediatamente subraya otro factor decisivo, desde luego: el 7 a 1 (victoria de Alemania frente a Brasil en las semifinales del Mundial de 2014). "Esa herida hay que cerrarla"

Por, Víctor David López
23/06/2018 - 21:05h

 

 

Publicado enInternacional
Es el hombre más rico del mundo y sus empleados no tienen ni para comer

Jeff Bezos es el hombre más rico en la actualidad y el más acaudalado de la historia. Al menos, objetivamente y si medimos la riqueza en dólares y en valores bursátiles y no en estimaciones: ahora mismo, dispone de más de 100.000 millones de dólares para su uso y disfrute. Es millonario por su empresa, Amazon. Pero sobre todo lo es porque no comparte sus brutales beneficios con sus empleados.


Así ha quedado demostrado en una investigación de la ONG Policy Matters Ohio, que ha descubierto que 700 empleados de Amazon han solicitado ayudas estatales para poder llegar a fin de mes. En concreto, cupones para conseguir comida gratis.


Y no porque sean unos caraduras precisamente: sus ingresos son tan bajos que no les llega ni para comer. Esta dramática situación se vive en Ohio (Estados Unidos), un lugar en el que funciona un programa social llamado Supplemental Nutrition Assistance Program (SNAP) en el que las autoridades públicas se encargan de comprar y repartir comida entre los más necesitados.


Según la investigación, esos 700 empleados forman el 10% de toda la plantilla de Amazon en Ohio, y muy probablemente sean mozos de almacén, cuya principal función es la de preparar los pedidos que hagan sus usuarios desde casa. Policy Matters Ohio asegura que la mayoría de los solicitantes son empleados a tiempo parcial, aunque también hay algunos a jornada completa.


Pero Amazon no es la única gran empresa que tiene empleados por debajo del umbral de la pobreza. El mismo trabajo revela que al plan de ayuda social también se han acogido algunas personas a sueldo de Walmart, Kroger o Home Depot, todas ellas marcas contrastadas y con decenas de millones de beneficios (Y Walmart con centenares).


El escándalo para Amazon puede ser mayúsculo porque tal y como informa Bloomberg, ha recibido millones de dólares en ayudas directas o indirectas (exenciones fiscales) en el estado de Ohio para abrir centros de distribución. En teoría, esas ayudas son un estímulo y un premio por crear trabajo y generar riqueza, pero en la práctica más bien parece que está aumentando la desigualdad y propagando la miseria: tanto en sus empleados como en los negocios tradicionales, que no pueden competir con este gigante de Internet.


Un portavoz de Amazon se ha defendido en The Daily Beast asegurando que sus empleados en Ohio ganan 15 dólares a la hora con bonus y aumentos regulares en función de su productividad, además de contar con seguros médicos y dentales. Pero sin embargo no ha dicho ni una palabra de los temporales, que son los que mayoritariamente no tienen dinero para comer.

17 junio 2018
(Tomado de Yahoo Finanzas)

Publicado enSociedad
Monólogo del Cauca en Dolor sostenido mayor

Ante la catástrofe ocasionada por los constructores de Hidroituango, y que puede ser mayor si pronto no se echa atrás la afrenta a la naturaleza, no solo se ha desnudado la improcedencia del modelo hidroeléctrico, sino la maraña de corrupción y errores que encierra el proyecto. Le Monde diplomatique ha escuchado lo que el río tiene qué decir.

El agua que se queda atrás del río descansa…
¡Pero nunca será mar!
Dulce María Loynaz
(La Habana, 1902-1997)

 

Bajo el cielo no hay nada tan blando y maleable como el agua;
 Pero no hay nada como el agua para erosionar lo duro y rígido.
Lao Tse, Tao Te King, 78

Turn down the wall, turn down the Wall!
(¡Derrumben el muro,
derrumben el muro!)
Pink Floyd, The Wall

 

Silencio. Ahora hablo. Hablo cuanto he callado. Lo que he callado días y días, meses y meses, años y años. Ahora usted escuchará lo que quiero decir. Yo soy el Cauca, el Cauca milenario que está aquí desde antes de que ustedes llegarán con sus máquinas, utensilios y herramientas; desde antes, incluso que llegaran, hace miles de años, los pobladores originarios, los Nutabes, los Tahamíes, los Yamesíes. Yo soy el Cauca, uno más entre miles y miles de cuerpos fluviales que surcan la faz de la tierra, y a la vez, la segunda arteria fluvial de este país. Yo soy el río, el río que da vida, que da alimento, que da riego, que da oro, que da riqueza y esperanza. Usted me conoce. Desde que nació me ha visto. Me ha cruzado cientos de veces, de una orilla a otra. Conoce el color de mis aguas terrosas, ha sentido el caudal que amenaza con llevárselo si no está atento, usted se ha bañado, quizá, en él, aunque nadie se baña dos veces en el mismo río porque el ser humano comparte el destino del agua que fluye.


Soy el Cauca, un Cauca maltrecho, contaminado, herido, pero afortunadamente no de muerte. Aniquilarme no es fácil. Soy sobreviviente de otras afrentas de las que he salido airoso. Hoy usted y yo nos damos cita aquí, en Ituango, a medio camino del recorrido entre la laguna del Buey en el Macizo Colombiano, lugar de mi nacimiento, y el municipio de Pinillos, cerca de donde entrego mis aguas a mi hermano mayor. Estamos hoy aquí en este cañón, entre mis hermanas, las dos cordilleras donde me acogen y me estrechan entre sus faldas en fraternal abrazo.


Aún no salgo del asombro, de la indignación. Aquí me quieren detener esos individuos, los que usted ve allá, esos de cascos blancos, amarillos y azules; agitados, nerviosos, sudorosos que van de un lugar a otro, con sus camiones y palas, erigiendo un muro que quieren con él raspar las nubes. Buscan ponerme preso, por eso han erigido este muro de la infamia que llaman la presa, para que yo no escape, para que me quede, a la fuerza y en contra de mi voluntad, represado, anegando tierras fértiles, ahogando especies naturales, autóctonas, extinguiendo para siempre la vida verde tan necesaria para este equilibrio que hemos logrado construir durante millones de años. Un muro de concreto, indestructible, dicen –¡ja!–, capaz de detenerme, de aislarme, de regularme. Escuche usted semejante osadía. Dizque regularme, encausarme por unos túneles infames, revestidos del frío concreto, para que yo filtre por esas cavidades, a su antojo, mis aguas, mi caudal, en la medida y en la porción que ellos quieran, cuando ellos digan y de la manera que ellos desean.


Sostienen que necesitan poner a su servicio mi fuerza, mi ímpetu, mi furor para producir lo que llaman electricidad. No sé si reír o llorar. Con su arrogancia infinita, con sus saberes y ciencias de ingeniería me quieren torcer el brazo, a la brava. Ya lo hicieron una vez, allá arriba, por los lados de Suárez, Cauca; allá también me han represado, en lo que llaman La Salvajina; una salvajada, en realidad, lo que hicieron conmigo; pero arriba soy sumiso y joven e ingenuo, aun no he alcanzado el valle que lleva mi nombre, donde me vuelvo portentoso e indetenible; a ese valle riego y doy vida y color y calor. Acá es diferente, ya soy adulto, un adulto que ha recogido experiencias y vivencias de cientos de afluentes, de lluvias, mi caudal ha crecido gracias a mi inmensa capacidad de encausar toda el agua de esta cuenca. Aquí vengo fuerte, impetuoso, hondo, embravecido; encañonado, ya dije, por la calurosa acogida que me brindan dos cordilleras. Y cuando más energía traigo, cuando más caudal porto, zas, la zancadilla artera, el muro, la presa; me estrello de narices de manera violenta. ¡Ay! Qué inesperado encontronazo, yo que a estas alturas quiero alcanzar las tierras bajas, que ansío las llanuras de la sabana cordobesa, para ir a mi encuentro final con mi gran hermano, aquel que va paralelo a mi entre las otras dos cordilleras.


Un día amanezco con la tristeza alborotada. Otro, con la ira encendida. Otro, con la desesperanza y otro, con el coraje y la determinación que caracteriza a mis amigos, los Nutabes, que han poblado este cañón desde tiempos sin memoria. Todos estos parajes que usted ve en torno nuestro, en este punto, son, eran, de los Nutabes. Hoy los tienen confinados en el resguardo indígena Nutabe de Orobajo. ¡Y ese resguardo está siendo inundado por la represa! ¿Había visto usted semejante despropósito? Ellos, los usuarios ancestrales (a mí no me gusta la palabra ‘dueño’ porque de la naturaleza nadie se puede sentir dueño) de estas fértiles laderas, ahora serán unas víctimas más de este despropósito descomunal.


Pero a los Nutabes los han diezmando, es la forma de doblegarlos. Lo de siempre, carajo. A su cacique Virgilio Sucerquia lo asesinaron fuerzas oscuras en el año que ustedes contabilizan como 1998. Estas tierras, desde siempre, eran aprovechadas para asentarse y cultivarlas los Nutabes, los Tahamíes, los Yamesíes. Entre todos formaron una trinchera para protegerse de las barbaridades de los españoles que llegaban con arcabuces, un garrote vil, un libro y una cruz abriéndose camino como diera lugar. A los que capturaban los arrojaban vivos a los mastines hambrientos y luego sus despojos a mi cauce. Desde entonces mis aguas se han manchado de sangre sin cesar. En épocas más recientes, cuando llegaron esos que ustedes llaman paras, cundió el terror en las riberas de mi cauce.


Me cuenta, gente bien informada, que de aquí, entre los años 1990 y 2016, hay 110.000 personas, de un total de 173.000 habitantes de mi zona de influencia, que han sido víctimas de este conflicto atroz –que algunos de ustedes, aquellos que viven siempre a la derecha, bien a la derecha, de los caminos, se niegan a poner fin, y al contrario, quieren exacerbar–. De esos 106.000 fueron desplazados forzosamente; 616 fueron desaparecidos, ¿me escuchó?, desaparecidos; 163 fueron víctimas de agresión sexual y 3.557 fueron asesinados dentro de ese conflicto. Muchos de esos infelices fueron a dar a mis aguas donde no tuve más opción que acogerlos y llevarlos aguas abajo hasta que algún ser caritativo los recogió para darles sepultura como merece todo ser humano.


¿Usted sabe cuál es el peor desprecio a la vida humana? Quitarla, por supuesto, pero hay algo aun peor: quitar la vida y además dejar insepulto el cuerpo. Eso lo sabía Antígona hace casi tres mil años. Pero aquí se han ensañado para ultrajar de la manera más atroz la vida, la muerte, el descanso de los cuerpos. Soy testigo, soy vehículo, pero no cómplice. Por eso no quiero callar más; por eso no puedo voltear mi cauce, en un meandro más, y hacer como si no hubiera visto nada.


Hablemos de lo que está ocurriendo ahora, no del pasado con todo el dolor que me causa. ¿Usted cree, amigo, que es justo lo que está sucediendo por culpa de ese puñado de insolentes y desvergonzados ingenieros, tecnócratas, políticos y empresarios? Usted bien sabe cuál es mi naturaleza: fluir por lo más bajo. “Los ríos y los mares son los reyes de los Cien Valles porque se mantienen abajo” y también: “La Suprema Bondad es como el agua. El agua es buena y útil a los diez mil seres por igual. No tiene preferencias por ninguno en especial. Fluye en sitios que los hombres suelen rechazar”, dice el Libro del recto camino, también llamado el Libro del sendero luminoso. Por eso, yo estoy con los de abajo y desde abajo es donde emana mi fuerza.


Mire, esos barequeros que están allá me llaman “el Mono”; será por mi color amarillo oscuro. Dicen que soy el patrón de ellos. A la persona que se me acerque le doy trabajo sin pedir cartas de recomendación, ni antecedentes, ni certificados de experiencia o acreditaciones. Ellos saben que no pueden ir a otro lugar a buscar trabajo, en una empresa. Muchos son mayores y no saben leer. ¿Qué trabajo les van a dar por allá? Yo no les exijo nada, solo que me traten bien. Algunas pepitas de oro alcanzo a dejarles para que puedan subsistir después de tanto que me han saqueado.


Ahora véalos allá, sin trabajo, hacinados en una bodega, se han quedado sin los ranchos que mis aguas arrasaron una madrugada del 10 de mayo. ¿Culpa mía? Sí, dicen aquellos, los que están allá arriba mirándonos con recelo, los de cascos blancos, amarillos y azules. “El río está embravecido, si ustedes no salen, el agua los sacará” les dijeron a los habitantes de mis riberas y me echaron toda la responsabilidad. ¿Habráse visto tanta infamia, tanta insolencia? ¡Tras de ladrón, bufón! ¿Ah? ¿Es que acaso no entienden que mi naturaleza es fluir hacia lo más bajo? ¿Qué tiene que suceder para que comprendan que a mí no me pueden detener, a la brava, poniéndome un muro en la mitad del camino por más ancho y aparentemente sólido como el que ellos se empeñan en construir cada vez más alto y así desafiar mis aguas?


Dicen que sí, claro, es posible, que eso se hace incluso con ríos diez veces más grandes y caudalosos que yo. Me hablan del Yangtsé y la represa de las Tres Gargantas, del Paraná y la represa de Itaipú, del Nilo y la represa de Asuán. Yo no sé, amigo. Jamás he ido por allá, pero no quiero imaginar el daño que hicieron los colegas de estos hombres de cascos blancos, amarillos y azules, para represar esos tres grandes portentos fluviales. No quiero saber de las especies animales y vegetales sacrificadas, de los seres humanos desplazados, de los templos, cementerios y sitios de pagamento anegados para siempre. La historia se repite una y otra vez desde hace más de ciento treinta años cuando les dio por represar ríos para sacar energía, en su insaciable sed de tener cada vez más y más potencia eléctrica; como si el progreso fuera ilimitado; como si los recursos fueran inagotables y no se pensara en una armoniosa colaboración entre la naturaleza y ustedes, los individuos que se han convertido en nuestro principal depredador.


Claro. No aguanté más. Por algún lado tenía que reventar. Busqué camino. Lo encontré y me desbordé. Ellos, los habitantes de mis riberas del cañón nunca habían visto algo semejante. Jamás habían presenciado que mis aguas corrieran hacia arriba. Pero sucedió. Y seguirá sucediendo si la obstinación no cesa.


Ahora me responsabilizan de la tragedia que pueda ocurrir, la que está a punto de ocurrir: agotada mi paciencia, yo mismo ya no podré seguir conteniendo mis aguas y romperé la presa y me llevaré por delante –¡ay, mi destino!– poblaciones tan vivas, pujantes y hermosas como Puerto Valdivia, Tarazá, Caucasia, Ayapel, Guarandá, Nechí, San Jacinto del Cauca, Majagual y Achí, entre otras. El daño lo han hecho los de cascos blancos, azules y amarillos, pero ahora, dicen, el responsable de causar la tragedia soy yo. Eso es ser infame. El daño, a hoy, que se ha ocasionado al tejido social de toda esta cuenca hidrográfica es irreparable. ¿Qué se hará para resarcir e indemnizar a toda esta gente? ¿A dónde tendrán que dirigirse? De nuevo: más desplazados, más gente empobrecida inundando las ciudades que no tienen como acogerlos si no es en los cinturones de miseria. “Cuando pase la emergencia”, dicen ellos. ¿Y es que acaso creen que este proyecto será viable algún día? Si las alarmas y sirenas que ellos mismos han instalado siguen sonando todos los días, si las alertas rojas no se han levantado y no se levantarán hasta tanto yo no recupere mi cauce y mi caudal normal, sin muros, ni presas, ni túneles, ni artificios humanos.


“Y entonces, ¿de dónde vamos a sacar la energía que este país necesita?” me han venido a gritar aquí, a mis riberas, algunos de esos hombres de cascos blancos, azules y amarillos. “¿Es que no se da cuenta –vociferan–, que en este país la energía proviene de las hidroeléctricas que hay por toda la geografía montañosa? Además, este proyecto será –‘sería’, deberían decir– el más grande jamás construido en el país de esta naturaleza”. Y me preguntan a mí como si debiera dar respuesta a su codicia inagotable. A mí me informan que hay soluciones bien implantadas en otros países, con energías renovables –eólica, solar, biomasa, mareomotriz– y sin afectación tan grande a la naturaleza. Si tanto es su apetito, deberían haber hecho la tarea hace mucho tiempo para buscar soluciones alternativas. Si hubieran partido al amanecer a esta hora ya habrían llegado. El modelo energético de este país no podía seguir en esa carrera ciega de más y más hidroeléctricas, cada vez más grandes, cada vez más invasivas, cada vez más temerarias. Tantas veces va el cántaro a la fuente que al final se rompe, dicen los más sabios.


Afortunadamente, amigo, no estoy solo. Tengo aliados formidables, portentosos. ¿Sabe quién? La montaña. Las cordilleras. Las que me abrazan y acogen en este bellísimo cañón. Ellas están colaborando, se están movilizando, reacomodando, con el crujir de las fallas geológicas que yo ayudo a crear gracias a la inconmensurable presión que ejerzo con estas aguas represadas, y así alcanzaremos el propósito que nos alienta: que yo pueda fluir naturalmente. Entre los dos, montaña y río, haremos justicia. Recuperaremos mi cauce. Salvaremos la vida: por una parte, a mí, el Cauca y, por la otra, a todo lo que me rodea y se nutre de mi y habita en torno a mí. ¿No se da cuenta que me quieren robar? ¿Qué me quieren aniquilar?


Ya va para un mes que a esas personas las hicieron salir de sus hogares y las llevaron a vivir hacinadas en unos coliseos, en unas escuelas, en unas bodegas. Desacomodaron toda la economía, las dinámicas sociales, la educación, la prestación de salud de todos estos lugares, de las poblaciones que evacuaron y de las poblaciones adonde llevaron los evacuados. Aquí todos pagan por los errores, las improvisaciones y la corrupción de esos individuos de cascos blancos, azules y amarillos y de los que están allá en Medellín y en Bogotá, dirigiendo todo desde sus cómodas oficinas, con tinto, agua y alimentos servidos a sus mesas, con baños a unos pocos pasos. Regresan en las noches a sus casas a dormir en cómodos lechos, no en el piso sobre unas colchonetas que casi no llegan, a pesar de la emergencia, a los lugares donde hacinaron los evacuados. A los que no quieren acudir a esos refugios les ofrecen dinero para que busquen dónde irse y así lavarse las manos del problema social que han generado. Como si uno o dos millones de pesos resolviera un problema tan grande. “A finales de junio estará superado cualquier riesgo en Hidroituango” dicen los titulares mentirosos para tratar de calmar los ánimos. ¡Ja! Si cada día hay una nueva alerta, una nueva alarma que se enciende, por lo que he dicho: río y montaña estamos aliados para no dejarnos vencer de esos hombres de cascos blancos, azules y amarillos y de sus jefes en las oficinas “inteligentes” de Medellín y Bogotá.


Si ellos, esos individuos arrogantes, llenos de sabiduría técnica y científica, colmados de títulos y cartones (y de codicia por los billones de pesos que mueve este proyecto) tan solo atendieran por un momento los principios que rigen la filosofía andina, otra cosa pensarían, otra cosa harían. Pero ellos no saben ni quieren saber nada de filosofía; y mucho menos de filosofía andina, ni de los saberes ancestrales de nuestros pueblos originarios.


Si lo hicieran, sabrían qué leyes rigen a la naturaleza y al ser humano, cuál es la lógica (ya que ellos son tan racionales) andina que aquí es ley. Sabrían –pero no quieren saberlo– que hay un principio general de relacionalidad de todo. En el principio todo era relación, la relación es la verdadera ‘sustancia’ andina. Para la filosofía andina, el individuo es “nada”, es algo perdido si no se halla insertado en una red de múltiples relaciones. El ser humano no se puede desconectar de los vínculos naturales o cósmicos. Esta relacionalidad se cristaliza a través de la reciprocidad, la complementariedad y la correspondencia entre los aspectos afectivos, ecológico, éticos, estéticos y productivos. ¿Me explico? Todo está unido, todo está relacionado, todo esta entrelazado. No hay forma de romper esos vínculos relacionales. No hay forma de cortar en dos un río, aguas arriba y aguas abajo, como ellos intentan e insisten hacer. A todo daño corresponde otro. Todo está en un equilibrio perfecto. A cada acción corresponde una reacción; a toda gestión corresponde un efecto, no hay causa sin efecto. Así de sencillo. Pero ellos no han logrado entenderlo. Y, de allí, todo lo que ustedes, y yo, estamos viviendo. Y como digo, ya sabemos quiénes son los que están pagando las consecuencias de esta ceguera infinita.


“Perdimos el control de la obra” dijeron hace unos días. ¡Qué gran verdad! ¡Qué coraje (o qué vergüenza) tuvieron al haberlo admitido! Ahora sólo queda un camino: deshacer lo que hicieron. Desarticular el monstruo que fabricaron en su soberbia infinita: desmontar esa presa, piedra a piedra, roca a roca y dejarme fluir como ayer, como hace años, decenios, centurias, milenios.


Yo soy el Cauca. Yo soy el río, el río que agoniza contaminado por las industrias del Valle, por el mercurio, y los químicos que vierten en mis aguas esas industrias y me hieren de muerte y que aún así me resisto a morir, a ser nada más que una cloaca fétida. En mi aun hay vida, mucha vida. En mi todavía nadan, viven y se reproducen la sardinata, el barbudo, la picuda, la cucha, el mazorco, el bocachico, el jetudo, el chango, la sabaleta, la guabina, el guachilejo y la dorada, en mis aguas todavía hay aluviones de oro, en mis riberas vuelan la zarceta azul, la lora cabeciazul, a mis orillas fangosas se acercan para desovar las cecilias, las salamandras, las ranas y sapos, las tortugas, los cocodrilos.


No hay alternativa. Entiendan, hombres sin razón, el principio de relacionalidad, de reciprocidad, de correspondencia. Ustedes no pueden hacer tanto daño y no pagar las consecuencias. Dejen de hacer sufrir a tanta gente despojada y desplazada de sus hogares, de sus sitios de trabajo, de sus centros educativos, de sus puestos de salud.


Desbaraten lo construido, háganlo pronto antes de que la montaña y yo tengamos que hacerlo. ■

 

*Escritor. Miembro del Consejo de redacción del mensuario Le Monde diplomatique, edición Colombia. Director de la colección de literatura Ríos de letras de Ediciones Desde Abajo.

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América Latina y el Caribe, continente en movimiento

La presencia de una caravana de migrantes a Tijuana en días pasados destaca el gran movimiento humano que está ocurriendo en el continente. Hondureños, haitianos y otros migrantes que se encuentran en Tijuana no deseaban abandonar su nación. En entrevistas, docenas nos han dicho incesantemente: Ya no podemos vivir en nuestro país.


La ejecución de políticas neoliberales en los últimos 30 años ha alterado las relaciones económicas tradicionales, fundamentalmente transformando el mercado laboral en América Latina. Las fuentes de empleo tradicionales han desaparecido. La elite impulsa un modelo económico de exportación basado en la explotación de la mano de obra barata y la aplicación de un modelo de extractivismo. En países como Haití, Honduras y México la precariedad aumenta como resultado de políticas de libre comercio que han destruido el campo. La violenta guerra contra el narcotráfico aumenta la precariedad y la miseria. La llamada guerra reveló la existencia de un crimen organizado capaz de subvertir al gobierno y aterrorizar a la población, aun cuando ha hecho poco por reducir las sustancias ilícitas.


No es sorprendente que la caravana en Tijuana incluía un alto número de mujeres y niños. La falta de empleos remunerativos y el abandono familiar por parte de hombres han hecho de ellos unos de los sectores más vulnerables de la sociedad. En todo el continente las mujeres, especialmente el gran número que dirige su familia, no encuentran empleo que les permita atender sus necesidades básicas.


Las condiciones económicas en América Latina aumentan la pauperización de la sociedad. Dicho de otra forma, aun los que trabajan no logran superar la pobreza. En México, según estadísticas oficiales, 51.7 por ciento de personas que cuentan con empleo viven en pobreza. En Honduras y Haití las cifras son aún más elevadas. La precariedad, condición en la cual la población trabaja y aún así no puede cubrir sus necesidades básicas, destruye el tejido social de la sociedad. Aún peor: la elite en América Latina y el Caribe se niega a asumir su responsabilidad por las condiciones sociales que sus políticas han creado.


Ante un proceso de desindustrialización y los precios inestables de los llamados commodities, gran número de países de América Latina buscan soluciones viendo hacia el pasado. Una nueva fase de extractivismo, incluyendo la explotación de cobre, oro, plata, plomo y litio, así como algunos minerales, aumenta en toda la región. La política de extractivismo ha sido implementada por gobiernos conservadores, como México, Perú y Honduras, y los de izquierda, incluyendo a Venezuela y Bolivia. El extractivismo, que genera inmensas ganancias para la elite en América Latina y conglomerados canadienses, estadunidenses y chinos, también altera la vida de grupos indígenas y campesinos que habitan esas zonas. El extractivismo eleva la vulnerabilidad de América Latina en la economía mundial, desplaza poblaciones, degrada el medio ambiente, contaminando ríos y tierra. En algunos países las nuevas zonas mineras parecen escenarios del viejo oeste, donde mineros, el crimen organizado y las multinacionales compiten por el control de los minerales.


América Latina enfrenta un importante cambio demográfico. En la última década, miles de personas de Centro y Sudamérica, así como del Caribe, han sido expulsadas de su país. Esta no es la primera vez que centroamericanos abandonan su país. La primera ola sucedió durante la década de los años 80 del siglo pasado, impulsada por guerras civiles y la intervención estadunidense, que desestabilizó la región. Ante el deterioro económico y el aumento dramático de la violencia por el Estado y el crimen organizado, miles de hondureños y guatemaltecos se ven obligados a salir de sus países.


Consecuencia del devastador terremoto de 2010, más de 60 mil haitianos emigraron a Brasil. Resultado de la contracción económica después de la Copa Mundial y los Juegos Olímpicos, los haitianos emprendieron el camino hacia el norte, atravesando 11 países en Sur y Centroamérica para llegar a la frontera entre México y Estados Unidos. En Sudamérica, la crisis en Venezuela ha obligado a cientos de miles a abandonar su país. Venezuela, que anteriormente había recibido millones de colombianos y europeos, se ha convertido en país de migrantes, con miles de personas buscando empleo en Chile, República Dominicana, Panamá, Colombia, Ecuador y Perú. En Chile, más de 1.2 millones de migrantes de Haití, Venezuela y Bolivia buscan regularizar su estado migratorio

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El límite entre México y Estados Unidos ya no es simplemente un ente binacional. Hoy día, es una frontera entre Estados Unidos, América Latina, el Caribe y el sur global. Enfrentando condicionales similares, en Tijuana se encuentran africanos de Sudán, Somalia, Nigeria y otras naciones de esa región. Todos los migrantes relatan experiencias escalofriantes en su trayecto a Tijuana. Tanto el Estado como el crimen organizado han creado formas de lucrar con la vulnerabilidad de los migrantes. Éstos son obligados a pagar derecho de piso para pasar por un territorio controlado por pandillas o sobornar a policías para que no los arresten. La migración se ha convertido en fuente de ingresos para los pueblos a lo largo del camino, donde se cobra por hospedaje, comida y transporte, incluyendo la renta de burros de un punto a otro. La violencia contra las mujeres se ha generalizado, incluyendo, abusos, asaltos y violaciones.


Bajo cualquier otra circunstancia, los migrantes que sobreviven esta ardua experiencia serían considerados pioneros. La mayoría adquiere empleo o establece algún negocio. El vínculo emocional que mantienen con sus familias y hogar también es explotado por los países que los expulsaron. Nación tras nación, las remesas de migrantes, miles de millones de dólares, son la diferencia entre la pobreza y la sobrevivencia.


Los migrantes no abandonan sus países, sino son expulsados por condiciones económicas y políticas adoptadas en Washington y en los centros de poder de América Latina. Ante esa realidad han tomado una decisión racional buscando la única oportunidad que les queda. El desconcierto económico, la violencia y la marginalidad son los factores que expulsan personas de sus naciones y fomentan la creciente ola de migrantes en América Latina. Los migrantes son síntoma de las fuerzas globalizantes que han transformado el mundo.


* Profesores. Pomona College, Los Ángeles

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Cartagena de Indias, de corrupción y de pobreza

Cartagena de Indias, “la ciudad amurallada”, la ciudad para mostrar, es la misma donde las mayorías que la habitan padecen cada día de manera más abierta, en sus condiciones de vida, las consecuencias de la corrupción y negligencia de sus gobernantes: un 29,2 por ciento de su población en condiciones de pobreza, el 5,5 en pobreza extrema, refleja sin tapujos la realidad de una ciudad profundamente desigual.


En esta capital de departamento el pasado 6 de mayo se celebró una elección atípica, con una sorpresa: menos de un cuarto de la población habilitada para votar escogió el alcalde que administrará el municipio los próximos 19 meses. Sin embargo, pareciera que el barco se hunde sin haber zarpado, pues la Procuraduría manifiesta que el nuevo alcalde, el señor Antonio Guerra, se encuentra inhabilitado para ocupar el cargo.

 

Con una abstención de más del 77 por ciento, clara evidencia de la distancia que conservan las mayorías con quienes dicen representarlos, el pasado domingo 6 de mayo se celebró en Cartagena la elección atípica para la alcaldía del municipio. 72.111 votos bastaron, en una ciudad habitada por 1.013.375 personas, para que Antonio Quinto Guerra Varela, avalado por el Partido Conservador, y respaldado por el Centro Democrático, el Partido Liberal y el Partido de la U, ganara esta contienda. Todos los partidos tradicionales a una, con apetito incontenible, unidos por el presupuesto y las rentas de esta ciudad, centro de turismo y de pobreza ampliada


Elegido con apoyo unánime de los de siempre, y pese a ello, las cosas no parecen sencillas para el nuevo alcalde de la ciudad amurallada, pues la Procuraduría asegura que presentará una solicitud de nulidad electoral ante la Jurisdicción de lo Contencioso Administrativo, debido a que Guerra se encontraría inhabilitado para ocupar este cargo por haber celebrado contratos con la Gobernación de Bolívar y el Ministerio de Vivienda hace menos de un año, tiempo límite para contratar por parte de quien desee ser funcionario de este nivel.


El enredo con la alcaldía de Cartagena


Esto no es lo único que llama la atención de este proceso electoral, pues no se trata de las primeras elecciones atípicas celebradas en Cartagena durante los últimos años. La reciente historia administrativa del municipio deja entrever una realidad que no escapa de la tragicomedia que es Colombia: una mezcla entre corrupción, clientelismo y una institucionalidad inoperante.

 

En el 2012, el entonces alcalde electo Campo Elías Terán, perteneciente al partido Alianza Social Independiente –ASI–, entregó su cargo debido a serias complicaciones de salud que al año siguiente terminaron con su vida. Para ese momento el presidente Juan Manuel Santos designó por decreto a Carlos Otero Gerdts, lo que generó controversia pues Otero había sido muy cercano a la campaña presidencial del jefe de Estado, y porque el designado, solo 3 meses antes de su nombramiento había empezado a militar en el partido ASI; pero además, siendo director del Fondo de Desarrollo Rural Integrado se vio involucrado en escándalos de asignación de recursos y cupos que favorecieron a parlamentarios de varios departamentos costeños –Atlántico, Bolívar, Córdoba y Sucre–.


En el 2013 Dionisio Vélez Trujillo, candidato de la coalición integrada entre el Partido Verde y el Partido Liberal, ganó las elecciones atípicas; el abstencionismo, con un registro superior al 70 por ciento, batió el récord conocido allí hasta entonces. Su corta gestión en la alcaldía (finales de julio del 2013 hasta diciembre de 2015), quedó en el ojo de la Contraloría General de la Nación, quien lo acuso por detrimento patrimonial y peculado, pues Vélez Trujillo realizó un pago por 2.500 millones de pesos a una agencia de asesoría privada para lograr un préstamo de 250.000 millones de pesos, que fueron supuestamente utilizados en obras de infraestructura vial, de salud y educativa, que al final del periodo no estaban terminadas.


En el 2015, con una participación electoral del 53.52 por ciento, la ciudadanía cartagenera eligió con 127.440 votos a Manuel Vicente de Jesús Duque Vásquez, mejor conocido como “Manolo Duque”, quién el 1 de septiembre de 2016 fue enviado a la cárcel por corrupción, sindicación desprendida del proceso seguido para la selección de la Contralora distrital. En efecto, Manolo Duque y 14 concejales de la ciudad se reunieron para acordar el nombramiento de Nubia Fontalvo (quién también participó de dicha reunión) como contralora distrital, a cambio de su compromiso de ponerse al servicio de la alcaldía.


En este mar de “tu me das, yo te doy”, en el 2017 Juan Manuel Santos designó como alcalde encargado a Sergio Londoño Zurek, joven político perteneciente a su gabinete, quién tuvo que pagar en marzo pasado 5 días de arresto y una multa por 10 SMMLV debido a las demoras en el inicio de la construcción del alcantarillado de las comunidades Tierrabaja y Puerto Rey, ordenado por la Corte Constitucional en el 2015 a través de la sentencia T9-69.


Para rematar, el recién elegido alcalde ha sido acusado por los medios de comunicación de recibir apoyo para su campaña de la señora Enilse López, mejor conocida como “La Gata”. Estas acusaciones se basan en el respaldo político que le dio públicamente la senadora Karen Curé del partido Cambio Radical, reconocida como el brazo político de López, y se complementan con unas fotos en donde se ve al actual alcalde acompañado de Miguel Cruz y Hugo Rada, personajes cercanos a López.

 


Recuadro:


Cartagena es dos ciudades contenidas en una. Bien nos dice el profesor Libardo Sarmiento en su libro “Cartagena de Indias, el mito de las dos ciudades”, que la Heroica colonial se contrasta pero a la vez se conjuga con la otra ciudad de pobreza y rebusque.


La economía cartagenera se mueve gracias a diferentes sectores productivos, entre los que destacan el turismo, la industria y refinería, específicamente la producción de sustancias químicas, las zonas francas y el comercio. Sumado a esto, hay en la ciudad una gran cantidad de pequeñas empresas dedicadas, en su mayoría, al sector de servicios y al comercio; sin embargo, el 75 por ciento de estos establecimientos se encuentran en la informalidad, por lo que no sorprende que los índices de informalidad laboral estén por el 57,3 por ciento. De manera adicional, Cartagena posee un índice de desempleo de 7,4 por ciento, es decir, del total de sus habitantes 74.989 se encuentran sin trabajo. Todo esto quiere decir que la prosperidad que acompaña al sector empresarial de grandes capitales, se desdibuja para los pequeños empresarios y trabajadores, que en su mayoría viven del rebusque y la precariedad laboral.

 

La ciudadanía habla


El nivel de participación de la ciudadanía en estas elecciones puede interpretarse como un síntoma de la falta de legitimidad que tiene la institucionalidad en un municipio azotado por la corrupción, la desigualdad y la pobreza. Ejemplo de ello es lo sucedido en el corregimiento insular de Santa Cruz del Islote, en donde la comunidad se negó a recibir el material electoral como forma de protesta por la situación de abandono que viven desde hace décadas.
A pesar de que los partidos tradicionales le hayan dado su apoyo al actual alcalde, este ganó con una de las votaciones más bajas hasta ahora conocidas para una ciudad de este porte; es decir, el apoyo del Centro Democrático, del Partido de la U, del Partido Liberal y del Partido Conservador no fueron factor suficiente para motivar y movilizar a las urnas a una población incrédula y cansada de que los mismos de siempre sigan enriqueciendo su patrimonio particular a costa del sufrimiento de las mayorías, desde siempre excluidas de vida digna.

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“El principal problema del pobre es que no le han dejado ser sujeto de su propia historia”

Todo nació desde el deseo de dedicar su vida a Jesús desde los pobres. Federico Carrasquilla, un sacerdote rebelde, a quien su vocación y entrega con quienes más lo necesitaban, le representó una ruptura con los sectores más fuertes de la iglesia católica en Colombia. Hoy, a sus muchos años, continúa la lucha por brindarle mejores condiciones de vida a los empobrecidos, a los de abajo; guiado por la máxima de que son las comunidades las dueñas de su historia y las únicas con la capacidad de transformarla.

 

“Ha venido el rector, a dañarnos la paz
Ha venido el rector (Monseñor) y de nuevo aquí está,
Llévatelo señor, pero lejos de aquí,
Llévatelo señor o prefiero morir,
Ha venido el rector…”*

 

Contactarlo no fue fácil, con insistencia todas las noches a la misma hora el teléfono de su casa debió sonar, con la esperanza de una respuesta al otro lado de la línea telefónica y la intención última de solicitarle una entrevista. Luego de casi dos semanas en su búsqueda, por fin, una llamada de un conocido suyo avisaba que la entrevista sería el 15 de marzo a las 4:00 pm en el barrio Zamora, donde vive hace 20 años. Su dirección nadie la sabe, la indicación fue “una vez llegue al barrio, pregúntele a cualquiera y esa persona le dice dónde es la casa”. Y así fue, ya en el barrio, bastó preguntar en una tienda y sin dar muchos detalles la señora que la atendía indicó “es en la puerta blanca, pero quién sabe si está, él es muy andariego”. Con la preocupación de haber perdido la cita, tocamos 3 veces seguidas su puerta, acompañados de un grito ¡padre Federico! Y pasados unos segundos, estaba en su balcón dando señal de que pronto abriría la puerta.

Federico o Fede –como prefiere que lo llamen–, tras ser despedido de su cargo como rector del seminario, para pasar a ser proesor tiempo completo en la Universidad Pontificia Bolivariana, por sus cuestionamientos y posturas, en 1967 llegó al barrio Popular 1, uno de los primeros barrios por invasión de la ciudad de Medellín, época en la que el terreno era propiedad de un tal Nicolás Restrepo, que poco a poco tuvo que ceder el territorio a las más de 50 familias campesinas que llegaron desplazadas por el conflicto entre liberales y conservadores. Su vocación siempre la tuvo clara, su medio era el popular, por eso, una vez que quiso dejar de tropezar con las limitaciones que desde la iglesia fueron impuestas, tomó la iniciativa y pidió lo que realmente necesitaba.

“Vea Monseñor, yo llevo 5 años aquí, yo no he hecho sino ponerlo en problemas, ¿por qué no me deja ir al Popular? Antes de ser nombrado allá, yo me iba a Villa del Socorro, todos los sábados y los domingos, donde el párroco era Vicente Mejía y él era quien estaba empezando la invasión, era muy comprometido con la gente y él fue quien construyó el Popular propiamente. Entonces le insistí a Monseñor, le dije que allá ya estaban pidiendo párroco porque ya estaba muy poblado, lo que él me dijo fue que, primero, no podía renunciar a la universidad y, segundo, no le generara problemas allá; me dijo ‘yo no quiero nada de manifestaciones ni nada’; entonces le dije, tranquilo Monseñor, y ahí fue cuando me posesioné el último domingo de enero, hace 50 años”. Desde entonces está en el mismo sector, con los mismos ideales e, incluso, con la misma cama que le regalaron las monjas para que durmiera en el Popular 1, aquella a la que llamó “la cama de los 200 años”

Durante su primer mes en el barrio vivió en un tugurio –como él lo llama–, hasta que la comunidad decidió condicionar un terreno cerca a la Iglesia Divina Providencia –la que ya estaba construida en ese entonces con el permiso del terrateniente Nicolás Restrepo–, con la intención de construir la casa cural; la iniciativa hizo que a Carrasquilla se le fuera el alma al suelo “de tan solo imaginar que iba a tener la única casa de material del barrio”, además legal, porque ya se contaba con el permiso del dueño del terreno. Por lo que se vio en la necesidad de hacer reflexionar a la gente frente a lo que significaba que solo el cura tuviera una casa de material, motivándolos a que primero se construyeran sus casas, que en principio era la urgencia.

“Yo les dije, ¿ustedes para qué me van a construir casa a mí, si yo estoy en la condición de conseguir lo que quiera y cuando lo quiera? Luchemos más bien para que la gente adquiera el derecho a tener su casa. Entonces llegamos a un acuerdo, de que se construyeran dos piezas donde pudiera vivir y a la vez prestar los servicios de atención a la gente […]. Porque había muy pocas casas de material en ese momento, y el método de construcción era muy particular: hacían un tugurio bien grande y por dentro hacían la casa de material y cuando estaba arriba, por la noche, tumbaban la madera y le ponían techo; eso era muy gracioso porque no había calles ni nada, solo senderitos y uno pasaba sin ver ninguna novedad, y al otro día había una casa de material. Durante los 20 años que estuve allá me tocó toda la lucha para que la gente consiguiera sus viviendas, sus calles y todo eso”.

Esta lucha está marcada por las disputas diarias con la llamada fuerza pública, diariamente la policía llegaba con la intención de tumbar las casas construidas bajo el argumento de estar invadiendo propiedad privada. Ante los constantes ataques, una frase del cura Carrasquilla se hizo famosa “vamos a ver quién se cansa más rápido, si ustedes de tumbar casas o nosotros de construirlas”. Lucha que también está marcada por la solución colectiva de las necesidades económicas y de alimentación que estas docenas de familias afrontaban. Es así como encuentran que el mejor método para conseguir recursos fue el combite: las mujeres se organizaban para preparar alimentos como empanadas, tamales y sancochos para la venta, y los hombres respondían por las construcciones de las viviendas y escuelas, mientras el padre Federico era uno más, con tarros llenos de cemento y arena. Esta iniciativa trascendió, Carrasquilla entendió que la comunidad necesitaba organizaciones que fomentaran la pequeña industria y cada una de las iniciativas emprendedoras, para que una vez él ya no estuviera presente, la pudieran sostener de manera autónoma.

 

 

Fede, reivindica que “el principal problema del pobre es que no le han dejado ser sujeto de su propia historia, que le han creado una idea de mendigo y de incapaz, y yo llegué con eso bien claro, yo dije que no iba hacer nada, que iba a crear unos espacios donde ellos asumieron su propia situación, eso ya lo iba descubriendo justamente cuando hice la tesis de doctorado sobre el marxismo de Sartre, lo comprendí mucho mejor. Por eso, cuando estaba en el Popular, dije que no iba hacer nada, simplemente a vivir con la gente y ayudarles a que descubrieran que son ellos quienes deben enfrentar el problema”.

Tal vez sea esta la enseñanza más importante que pudo aportarle el padre Federico a cada una de las comunidades que acompañó en los últimos 50 años, la reflexión de que tenían la capacidad de exigir sus derechos y hacerlos respetar, desde, con y para ellos mismos.

“En el Popular 1 tuve claro que las obras sociales las tenía que hacer la gente, me fue muy bien porque prácticamente yo chuzaba a la gente para que hiciera las cosas, y encontré en la acción comunal durante los 20 años que estuve allá, quién les ayudara con las diligencias; por ejemplo, a mí me decían: padre, es que aquí no tenemos escuelas para los niños, entonces yo les respondía: y yo no tengo niños para meter en las escuelas”. La lucha incansable no fue solo de Federico, sino de la comunidad la cual, poco a poco, entendió que tenían derechos y había formas de conseguirlos, todo desde el trabajo comunitario, la solidaridad y la reclamación legal de éstos.

Cuentan algunas personas del barrio que fue con Federico que se animaron a construirlo, las escuelas La Divina Providencia y Federico Carrasquilla, el centro de salud número 23, las calles principales y hasta los callejones que se mantienen actualmente se las adjudican a él, a lo que responde “Honestamente, yo no hice nada, solo ayudé a la gente a que tomaran la iniciativa y el valor de hacer las cosas”. Con humildad, la misma que le caracterizó en aquellos años de construcción de soluciones para mejorar la vida de la gente, se niega a poner bajo su nombre cada uno de los logros y reivindicaciones logradas en el Popular 1 durante el tiempo que estuvo allí presente. 

 

* Profanación de un canto sagrado por parte de los estudiantes del Seminario de Medellín cuando fue visitado en 1963 por el arzobispo de la época, canto que le significó la pérdida del cargo al padre Federico Carrasquilla.

Miércoles, 28 Marzo 2018 18:40

Bogotá pobreza para todos

Bogotá pobreza para todos

En el informe del 22 de marzo, el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane) publicó cifras sobre pobreza monetaria y pobreza multidimensional en Colombia para el año 2017. En sus boletines de prensa enfatizó en la disminución porcentual de los niveles de pobreza en el país. Sin embargo, sorprendió que en Bogotá las cifras no fueron tan favorables, ante lo cual Peñalosa declaró que se trataba de datos “estadísticamente insignificantes”.

¿Podrá quebrar la pobreza, por no exigir tanto como erradicarla, la clase que dirige los destinos de Colombia? Esta pregunta debe estar presente siempre que recibimos un nuevo reporte sobre el tema de la pobreza, sobre su mayor crecimiento o decrecimiento.


Acá un pequeño acercamiento a esta realidad


El Dane mide la pobreza monetaria y la pobreza monetaria extrema según el ingreso que tiene cada persona, evaluando su capacidad para adquirir los bienes y servicios básicos que requiere para sobrevivir. Quienes se consideran en condición de pobreza monetaria son aquellas personas cuyos ingresos únicamente les alcanza para adquirir los bienes y servicios básicos. Por otro lado, quienes se encuentran en condición de pobreza monetaria extrema son las personas a quienes el dinero que reciben mes a mes solo les alcanza para adquirir bienes alimenticios. En teoría, esta medición podría servir para tener una aproximación a la realidad.


Pero es aquí donde las estadísticas demuestran que no siempre sirven para reflejar las verdaderas condiciones de vida de las personas. El Dane consideró que para el 2017 bastaban $275.884 mensuales (¡!) para que una persona pudiera sobrevivir en Bogotá, de ahí que quienes percibieron mayores ingresos no fueran considerados en condición de pobreza. Esto, evidentemente, influye en el diseño de las políticas públicas enfocadas en la superación de la pobreza, ya que presenta una realidad que podría considerarse falsa, ¿acaso esa suma es suficiente para vivir dignamente en una de las ciudades más caras del país, con el sistema de transporte público más caro de Latinoamérica, en donde una persona debe gastarse mensualmente $110.400 en transportes?


Sigamos con el análisis. A pesar de que la media nacional muestra una disminución de 1.1 puntos en las medidas de pobreza monetaria y pobreza monetaria extrema, en ambos casos la situación de Bogotá fue opuesta, ya que como lo muestra la gráfica, en la capital los niveles de pobreza vienen en ascenso desde el 2014. Para el 2017 en la capital del país, 1.002.011 personas se encontraban en condición de pobreza monetaria y 193.937 en condición de pobreza extrema.

 

Frente a todo esto, las declaraciones del Alcalde son inquietantes, pues públicamente aseguró que el aumento del 0,8 por ciento en la pobreza monetaria es “por así decirlo, estadísticamente insignificante”. Se trata de 76.331 personas adicionales que en el 2017 obtuvieron ingresos mensuales menores a $275.884. ¿Realmente esta cantidad de personas son insignificantes?

 

Pobreza multidimensional

 

Por otro lado, el índice de pobreza multidimensional, calculado según la cantidad de variables de insatisfacción existente en los hogares (analfabetismo, desempleo, inasistencia escolar, hacinamiento, etc.) arrojó que a nivel nacional 255.000 personas salieron de la pobreza, sin embargo en Bogotá la cifra nuevamente aumenta. En el siguiente gráfico puede observarse cómo el índice de pobreza multidimensional disminuye en la media nacional, mientras que en Bogotá va en aumento a partir del 2014.

 

 

Todo esto nos demuestra, una vez más, lo ya explicado, a propósito de este tema, por el profesor Jorge Iván González. El aumento de las cifras de pobreza puede deberse a las medidas macroeconómicas adoptadas en Colombia, que una vez más vuelcan su economía hacia la extracción de recursos, lo cual deja a la industria y al agro en muy malas condiciones. Sumado a esto, también está la devaluación del peso, que encarece los alimentos y desmejora la calidad de vida de las personas más pobres. Pero, además, la concentración de la riqueza, verdadero foco de la problemática en cuestión, realidad de nunca acabar en Colombia pues todas las políticas económicas la protegen y potencian, se suma a la falta de articulación de las medidas nacionales con las medidas regionales; todo esto lleva a que los avances en la lucha contra la pobreza sean simples paños de agua tibia, colocados sobre una herida que lesiona a profundiad el cuerpo social, tornándose en remedios que en apariencia curan pero en realidad nada remedian.


Ejemplo de ello es Bogotá, que una vez cambió de administración central vió reducida la inversión dirigida hacia las políticas sociales, lo que desencadenó un evidente aumento en los niveles de pobreza. Esto indica que las medidas tomadas en las administraciones anteriores, si bien tuvieron un efecto positivo en la vida de miles de personas, no solucionaron de fondo el problema de la pobreza. Pero, además, significa que de mantenerse vigente la actual política social proseguirá el incremento de la cantidad de personas en situación de empobrecimento, sin que eso sea motivo de preocupación para el actual burgomaestre.

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La concentración de la riqueza, la distribución de la desigualdad

La concentración de la riqueza mundial en manos de unos pocos es un hecho confirmado. El Informe Sobre Desigualdad Global 2018 establece que a escala mundial, los ingresos del 1% más rico duplican los ingresos del 50% más pobre. Un dato alarmante, pero fácilmente comprobable en Colombia.

 

El Informe Sobre Desigualdad Global 2018, elaborado por World Inequality Lab bajo la coordinación del científico social Lucas Chancel, armoniza diferentes investigaciones realizadas por más de 100 hombres y mujeres a lo largo de todo el planeta, aportando herramientas y elementos para que los distintos actores sociales puedan participar y aportar en el debate sobre la desigualdad.

 


Uno de los elementos que más resaltan del informe, y que se articula con los presentados este año por el Banco Mundial y Oxfam, es que la desigualdad social se incrementó en todo el mundo. Los diferentes países analizados por el World Inequality Lab evidencian un aumento en la desigualdad; sin embargo sus niveles no son similares. Según los investigadores, esto se debe a que las diferentes políticas e instituciones adoptadas por cada país influyen directamente en la distribución de la riqueza.


Pero esto no es todo, una de las conclusiones más graves es que a partir de la década de los ochenta, la propiedad de la riqueza pasó de la mano de los Estados a la mano de privados. Dicho en otras palabras, a medida que los capitales privados se fortalecen y aumentan, los gobiernos disminuyen su poder y los Estados Nación se ven consumidos por la deuda externa. Tal es el caso de Estados Unidos, cuya deuda con la banca internacional es mayor que la suma de todos sus activos, ¿cómo puede ser entonces que un país en tan malas condiciones financieras sea el que defina el rumbo de nuestra región?


Las contradicciones no paran. Podemos ver como en Colombia, cuya economía se basa en la explotación y exportación de materias primas y recursos naturales, quiénes definen las políticas económicas se dan la mano con las empresas extranjeras y privadas. Hace mucho tiempo la prioridad para nuestros gobernantes dejó de ser la ciudadanía y pasó a ser el enriquecimiento personal. En nuestro país la riqueza de la Nación no solo está en manos de privados, sino que además esos privados han ocupado cargos públicos, concentrándose en despojar al pueblo de su patrimonio y sus derechos.

 


Todo esto tiene una causa común: el sistema económico capitalista. El informe lo dice sin decirlo, países como Rusia y China, anteriormente comunistas que dieron un vuelco al capitalismo, han visto sus niveles de desigualdad social subir como la espuma de la cerveza. El modelo económico imperante propende por la concentración de las riquezas y los privilegios en unos pocos, mientras el resto debe trabajar interminablemente para poder sobrevivir en un planeta cada vez más desigual.
Pero, además, el mismo sistema camufla la riqueza. Tal es el caso de los paraísos fiscales, que según el informe tienen en sus activos más del 10 por ciento del PIB mundial y, básicamente, permiten que las personas multimillonarias escondan a sus estados la verdadera cantidad de dinero que poseen, logrando así evadir impuestos y responsabilidades fiscales.


Lo que hace más grave todo esto, es que a medida que aumenta la concentración de la riqueza, disminuye el acceso a derechos debido a la poca capacidad de acción que tienen los Estados. Los discursos de los políticos se alimentan de eso, podemos verlo en la actual carrera hacia la presidencia. Pero en términos reales quienes se han enquistado en el poder lo han hecho para perpetuar sus fortunas, condenando al grueso de la población a trabajar sin la certeza de una pensión, a estudiar con un crédito sobre la espalda, a vivir en un mundo en donde los ricos son cada vez más ricos, y los pobres son cada vez mas pobres.


El panorama es evidente: hay que hacer algo. El informe señala que si el mundo sigue igual, la desigualdad social aumentará, la riqueza de la clase media disminuirá y la brecha entre ricos y pobres se hará cada vez más grande. Retroceder todo esto no es tarea fácil, ya que como está dicho, los Estados se han empobrecido. Sin embargo, las recomendaciones que presenta el informe no son cosa de otro mundo, se centran en un acceso igualitario a educación y empleos bien remunerados, inversión en los sistemas de salud y la protección del medio ambiente. Es decir, implementar unas pocas reformas para que todo siga igual.

 

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