© AFP 2017/ Paul J. Richards

 

Desde la crisis financiera de 2008, la desigualdad y la amenaza del impago de la deuda de los EEUU han sido temas recurrentes en los análisis sobre la erosión de la hegemonía global de Washington. Sin embargo, bajo la presidencia de Donald Trump ambas cuestiones van cobrando nuevas dimensiones.

El mundo comienza a desconfiar de las promesas de los gobernantes de la superpotencia porque la evidente fractura social interna se convierte, también, en amenazadora fractura política.

Una nación que tenga una sociedad integrada, donde sus miembros se relacionen de una manera medianamente horizontal y democrática, será estable ya que las aspiraciones al ascenso social que atraviesan el mundo, pueden concretarse con esfuerzo y trabajo. Algo así sucedía en EEUU hacia mediados del siglo pasado.

De hecho, las décadas de 1950 y 1970 presentan la menor desigualdad en la historia reciente del país: el 10% superior en ingresos se llevaba entre el 30 y el 35% de los ingresos nacionales. Hoy ese mismo 10% se lleva la mitad del ingreso nacional, pero el 1% ha crecido aún más rápidamente.

El panorama que presenta hoy el país es más o menos el siguiente: gobiernan los multimillonarios, sector al que pertenece la mayoría de los miembros del Congreso; la clase media está desapareciendo, los salarios están estancados y la pobreza crece exponencialmente, concentrada en ciertos barrios y regiones. En vez de trabajo estable bien remunerado, los nuevos empleos que se crean son precarios y mal pagos, sin la posibilidad de que el trabajador tenga un desempeño profesional ascendente.

Si el sistema era estable en la década de 1950 y la sociedad se mostraba optimista y confiada, ¿qué se puede esperar en este período en el que las mayorías sufren serio retroceso? Además, ya no existen espacios comunes compartidos por los diferentes sectores sociales: los más pobres, en particular negros, tienen como referente la cárcel y la exclusión; los más ricos se socializan en espacios exclusivos que los demás ni siquiera sueñan conocer. La clase media no puede referenciarse en ninguna de ellos.

Un reciente estudio divulgado por la revista médica británica The Lancet revela que la brecha entre la esperanza de vida de los más ricos respecto a los pobres se ha elevado en EEUU de cinco a trece años. Pero el informe señala que estamos apenas en el comienzo de una creciente polarización.

"Estamos presenciando a cámara lenta un desastre en la salud de los americanos de bajos ingresos que han transcurrido su vida trabajadora en un período de crecientes desigualdades de ingresos", destaca el profesor Jacob Bor, coautor del informe, consultado por el diario El País. Se refiere a los nacidos en la década de 1960, generación que ha sido carcomida por el tabaquismo, una epidemia de obesidad y el consumo de opiáceos, la respuesta que han encontrado al persistente deterioro de sus vidas laborales.

Es la llamada "trampa de pobreza y salud", relación que se retroalimenta hacia abajo, ya que el costo de la atención médica para los estadounidenses pobres "puede llevar a la bancarrota a hogares y empobrecer familias", como señala Bor. Aún luego de la reforma sanitaria del gobierno de Barack Obama, un 25% de los más pobres no tiene seguro médico, cuestión que afecta sobre todo a negros y latinos, algo que la revista The Lancet denomina como la continuidad histórica de un "racismo estructural", que se manifiesta en los problemas de vivienda y en el crecimiento de la población carcelaria, que también afectan la esperanza de vida.

Aquí se cruza, de forma alarmante, el problema de la deuda, que ha sido siempre un tema tabú en el mundo y ahora resurge, ya que supera el 100% de PIB de EEUU. De hecho, Trump ha sido el encargado de romper ese tabú al mencionar que podría renegociar la deuda pública si fuese necesario, lo que supone un verdadero sismo geopolítico, como señala el Laboratorio Europeo de Anticipación Política.

El actual presidente fue muy claro al respecto en su campaña electoral, lo que puede explicar la furia de ciertas élites hacia su persona, ya que muestra el lado menos aceptable de la dominación global del sistema financiero anclado en el chantaje del dólar y de Wall Street al resto del mundo.

En los hechos, EEUU ya no cuenta con la posibilidad de negociar algo que funcione como lo hacía el petrodólar, que en 1971 le permitió al presidente Nixon anunciar la suspensión de la convertibilidad del billete estadounidense en oro. Sin aquel apoyo de la monarquía saudí, que sostuvo la cotización y el comercio del petróleo en dólares, el billete verde no se habría mantenido casi medio siglo como referencia mundial sin competencia alguna.

Lo que anuda ambas cuestiones son dos hechos centrales y cada día menos discutibles. Por un lado, la evidente erosión de la hegemonía estadounidense. Respecto al dólar, la pregunta que todos se hacen es cuándo dejará de ser la moneda de reserva universal, porque es consenso que ese día llegará aunque nadie puede precisar cuándo.

Por otro, la crisis de confianza en los EEUU como gran potencia que no admitía contestación, por lo menos en el llamado mundo occidental, ha entrado en su fase final. En las relaciones internacionales, cada vez son más los países que se atreven a desafiarla, incluso en el terreno militar. Lo que viene sucediendo desde comienzos de la década de 2000, una serie ininterrumpida de fracasos político-diplomático-militares, es el signo de los tiempos.

Lo único novedoso que aporta la presidencia de Trump, es que la fractura interior se ha hecho visible y se ha convertido en una suerte de "fractura expuesta" que deja en evidencia la decadencia imperial y que ya no es reversible, como lo muestran los datos sobre desigualdad y deuda.

Nos guste o no nos guste el actual inquilino de la Casa Blanca, tiene la virtud de que ya no puede ocultar que el caos por el que atraviesa el sistema mundial ha anidado en la mayor potencia económica y militar del planeta. Con todos los riesgos que eso implica para la humanidad.

 

 

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La concentración de la tierra en Latinoamérica, causa de conflicto social y subdesarrollo

• 1% de los propietarios concentra más de la mitad de las tierras

• 32 millonarios igual riqueza que 300 millones de personas

• Importante reunión de la FAO en Santiago de Chile


El 1% de los propietarios de América Latina concentra más de la mitad de las tierras agrícolas. La Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO), retomó estos datos de un informe de la ONG OXFAM para describir la enorme desigualdad que atraviesa al continente.

El tema de la concentración de las tierras junto con la reflexión sobre el impacto de las reformas agrarias de la región, constituyó el tema central de la Reunión de alto nivel sobre “Gobernanza Responsable de la Tenencia de la Tierra, la Pesca y los Bosques en América Latina y el Caribe”, realizada en Santiago de Chile en el transcurso de la primera semana de abril.

La región de América Latina y el Caribe tiene la distribución de la tierra más desigual del mundo. La FAO destacó que esa distribución es aún más inequitativa en Sudamérica, mientras que en Centroamérica es levemente inferior.

La región tiene la distribución de tierras más desigual de todo el planeta: el coeficiente de Gini –que mide la desigualdad– aplicado a la distribución de la tierra en el continente alcanza al 0,79, superando ampliamente a Europa (0,57), África (0,56) y Asia (0,55).

El organismo de la ONU sostiene que administrar mejor los derechos de la tierra, así como el acceso a los bosques y la pesca es fundamental para reducir la pobreza en las zonas rurales y proteger los recursos naturales. E instó a mejorar el reconocimiento de los derechos de tenencia.

Mejorar el reconocimiento de los derechos de tenencia de la tierra y su distribución es un paso necesario para erradicar el hambre y avanzar hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenible en América Latina y el Caribe, subrayó la FAO en Santiago de Chile.

Otro problema significativo, según el organismo onusiano: cada vez es menor el porcentaje de la tierra en manos de pequeños propietarios. Fenómeno que conspira, en particular, contra las mujeres. En Guatemala, por ejemplo, sólo el 8% de las mujeres es propietaria. En Perú, sólo el 31%. En la mayoría los casos, estas propiedades son de menor tamaño y calidad que las que poseen los hombres.

A fines del año pasado OXFAM publicó “Desterrados: Tierra, Poder y Desigualdad en América Latina”, uno de los informes más completos realizados hasta ahora sobre la situación agraria del continente. El mismo centraliza su análisis en 17 países latinoamericanos.

“El 1% de las fincas acapara más de la mitad de la superficie productiva. Es decir, este 1% concentra más tierra que el 99% restante. Esta situación no ofrece un camino para el desarrollo sostenible, ni para los países, ni para las poblaciones ” , indica el informe de la ONG, retomado ahora por la FAO.

La desigualdad económica y social es uno de los mayores lastres que impiden a las sociedades latinoamericanas alcanzar el desarrollo sostenible y supone un obstáculo para su crecimiento económico. “En la región, 32 personas privilegiadas acumulan la misma riqueza que los 300 millones de personas más pobres. Esta desigualdad económica está íntimamente relacionada con la posesión de la tierra, pues los activos no financieros representan un 64% de la riqueza total”, subraya OXFAM.

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Más allá de Vietman”: a 50 años, el discurso de Martin Luther

 

El 4 de abril de 1967, un año antes del día de su asesinato, el Dr. Martin Luther King Jr. pronunció uno de los discursos más poderosos y polémicos de su vida: “Más allá de Vietnam: el momento de romper el silencio”. El legendario orador y referente social, además de joven ganador del Premio Nobel de la Paz, expuso una fuerte condena a la guerra estadounidense en Vietnam y alentó la colaboración entre el movimiento por los derechos civiles y el movimiento contra la guerra. Cincuenta años después, cuando el gobierno de Trump intenta aumentar drásticamente el presupuesto del Pentágono en 54.000 millones de dólares y recortar programas sociales y el presupuesto del Departamento de Estado, fundamental en cuanto a lograr soluciones diplomáticas para los conflictos, resulta escalofriante ver que el discurso de King “Más allá de Vietnam” sigue teniendo tanta vigencia.

Más de 3.000 personas se habían congregado en ese día primaveral en la Iglesia Riverside de Nueva York. En su discurso, King calificó a Estados Unidos como “el mayor generador de violencia que existe hoy en el mundo” y luego advirtió: “Por el bien de esos muchachos, por el bien de este gobierno, por el bien de los cientos de miles que padecen nuestra violencia, no puedo permanecer en silencio”.

King continuó, haciendo referencia a los “tres gigantes” contra los que había que luchar: “Los tres gigantes del racismo, del materialismo extremo y del militarismo”.

King hizo un racconto de cómo se intensificó el papel de Estados Unidos en Vietnam y luego vinculó los gastos bélicos a la pobreza local: “Hace unos años, hubo un momento brillante en esta lucha. Parecía como si hubiera una verdadera promesa de esperanza para los pobres –tanto negros como blancos– mediante el programa contra la pobreza. Luego vino la escalada de Vietnam y este programa fue desmantelado, como si fuera un juguete político ocioso de una sociedad enloquecida por la guerra. Y yo sabía que Estados Unidos nunca invertiría los fondos ni las energías necesarias en la rehabilitación de sus pobres mientras aventuras como Vietnam siguieran atrayendo hombres, capacidades y dinero, como una especie de vórtice demoníaco y destructivo. Así que me vi cada vez más obligado a ver la guerra como enemiga de los pobres y a atacarla como tal”.

La reacción de los medios hegemónicos contra el discurso del Dr. King fue inmediata. La revista Life acusó a King de “traicionar la causa por la que tanto había trabajado”, agregando que “gran parte de su discurso era una calumnia demagógica que sonaba como un guión de Radio Hanoi”. El periódico The Washington Post expresó en su editorial: “El Dr. King les ha causado una grave herida a sus aliados naturales... ha disminuido su utilidad para su causa, su país y su pueblo”.

Pero King no cedió en sus esfuerzos y continuó con lo que ahora llamamos “organización intersectorial”. Cuando fue asesinado, un año después de ese discurso, se encontraba en Memphis apoyando a los recolectores de basura que estaban en huelga en demanda de su reconocimiento sindical. El 3 de abril de 1968, en Memphis, el Dr. King dio su último discurso, al que llamó “He estado en la cima de la montaña”. Aunque convivía con amenazas de muerte y acoso constante por parte del FBI, expresó: “Como todo el mundo, a mí me gustaría vivir mucho tiempo. La longevidad es importante, pero eso es algo que ahora no me preocupa”.

Menos de un día después, el Dr. King fue asesinado. Tras conocerse la noticia de su asesinato estallaron disturbios en las principales ciudades de mayoría afroestadounidense del interior del país y la historia de Estados Unidos cambió para siempre.

El reverendo Dr. William Barber, principal referente de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP, por su sigla en inglés) de Carolina del Norte, catalogó el discurso de King “Más allá de Vietnam” como un “sermón profético”. Barber traslada la estrategia discursiva de King al siglo XXI. En una entrevista para Democracy Now!, expresó: “¿Dónde estamos realmente en relación con el racismo, cuando vemos que 22 estados del país han aprobado sistemáticamente leyes de supresión de votantes basadas en discriminación racial y tenemos menor protección del derecho al voto que en 1965 con el desmantelamiento de la Ley de Derecho al Voto? ¿Dónde estamos si apenas usamos la palabra “pobre” en nuestro debate público y político? ¿Dónde estamos, cuando hace unas semanas un ejército fuera de control mató a 200 ciudadanos inocentes en Irak, mientras unos 400.000 ciudadanos fueron asesinados a lo largo de toda la guerra de Irak, una guerra en la cual nunca deberíamos habernos metido? ¿Dónde estamos, cuando estamos hablando de ampliar un presupuesto militar ya hinchado y gastar unos 54.000 millones de dólares en la guerra, cuando si usáramos ese mismo dinero en una guerra moderna contra la pobreza y medidas modernas para la salud y la educación, podríamos hacer mucho más?”.

Si Fox News se salteara solo un episodio del programa presentado por Bill O’Reilly, acusado de cometer acoso sexual, y emitiera en su lugar el discurso “Más allá de Vietnam”, o si CNN o MSNBC transmitiera el discurso en su totalidad, existe la posibilidad de que el presidente Donald Trump, un voraz consumidor de noticias por cable, pudiera verlo. Tal vez entonces podría pensar dos veces antes de incrementar la guerra en Irak y Yemen, o de provocar otra contra Corea del Norte. Mientras el mundo se horroriza por el último ataque de gas tóxico en Siria, probablemente lanzado por el régimen de Assad contra sus propios ciudadanos, Trump podría considerar liderar al mundo, ahora unido momentáneamente por la indignación, hacia una respuesta global y diplomática que pueda conducir a una solución política en esa región.

Con un líder poderoso que se comprometiera con la paz, Estados Unidos podría lograrlo. Lo más probable, sin embargo, es que reste mucho trabajo por hacer para aquellos en quienes el Dr. Martin Luther King depositó mayor esperanza: el pueblo, organizado desde las bases para luchar por la paz.

 

© 2017 Amy Goodman

 

Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro "Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos", editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

 

 

Publicado enSociedad
La desigualdad económica en Estados Unidos golpea a la esperanza de vida

La brecha de mortalidad entre los más pobres y los más ricos se ampliará de cinco a trece años, según un estudio

 

La creciente desigualdad de ingresos en Estados Unidos tiene una traslación directa en la esperanza de vida. Los más ricos siempre han tendido a vivir más años que los más pobres, pero esa brecha corre el riesgo de agrandarse: la distancia se ampliará de cinco a trece años, según un artículo publicado este jueves por la revista médica británica The Lancet.


Los autores del informe predicen que en una generación la diferencia se ampliará entre el 20% más pobre de estadounidenses y el 20% más rico. Para los nacidos en 1930, la esperanza de vida de los menos acaudalados es de 77 años, mientras que para sus opuestos es de 82 años. Sin embargo, en los nacidos en 1960, la esperanza para los primeros cae a 76 años y para los segundos crece hasta los 89 años.


“Estamos presenciando a cámara lenta un desastre en la salud de los americanos de bajos ingresos que han transcurrido su vida trabajadora en un periodo de crecientes desigualdades de ingresos”, dice uno de los autores, Jacob Bor, profesor de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Boston. “La creciente seguridad económica entre los estadounidenses pobres y de clase media ha llevado a la persistencia del tabaquismo y el auge de la obesidad y de la epidemia de opioáceos. Al mismo pagar por atención sanitaria en EE UU puede dejar en bancarrota a hogares y empobrecer a familias”.


El experto advierte que el “creciente vínculo” entre ingresos y salud en la primera potencia mundial puede acabar creando una “trampa de pobreza y salud”.


La tendencia se ha acentuado desde el año 2001. Según el informe, desde entonces el 5% más pobre de estadounidenses no han aumentado su esperanza de vida, mientras que los ciudadanos de ingresos medios o altos han ganado dos años de predicción de mortalidad.


Los autores destacan el impacto de la reforma sanitaria aprobada por el Gobierno de Barack Obama, que la nueva Administración de Donald Trump quiere desmantelar. En 2010, había 48,6 millones de personas sin seguro médico en EE UU. Cinco años después, eran 28,6 millones.


Sin embargo, alertan de que los elevados costes de los copagos en algunas prestaciones médicas siguen propiciando estrecheces económicas en la población. Y que se mantienen las divergencias entre los más pobres y los más ricos: un 25,2% de los primeros no tenía seguro médico en 2015 frente al 7,6% de los segundos. Las desigualdades se repiten según la raza: negros y latinos viven menos y tienen menos opción de tener seguros que ciudadanos blancos.


Entre las causas que más se invocan para tratar de explicar el apogeo de la desigualdad de ingresos en EE UU y el estancamiento del ascensor social están la política fiscal, las divergencias en las remuneraciones por trabajo o capital, la debilidad de los sindicatos o los cambios regulatorios.


El informe en The Lancet aporta un nuevo prisma al debate, poniendo énfasis en la salud y el papel que juegan el “racismo estructural”, políticas de vivienda y la criminalización por la posesión de drogas, que ha disparado la población carcelaria en el país. “Las investigaciones sugieren que si la encarcelación se hubiese mantenido en su nivel de los años 1980, la esperanza de vida en EE UU hubiese aumentado un 51,1% adicional y la mortalidad infantil hubiese caído un 39,6% adicional”.

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Mocoa: La esperanza reside en la energía de su pueblo

A cuatro días de la tragedia que lo enluta, el municipio de Mocoa, sostenido en la esperanza por obra de la energía y persistencia de sus pobladores, intenta reorganizarse. Todos, hombres y mujeres, saben que vivir como antes será dificil, pero están decididos a que así sea.


Como es conocido, los ríos Sangoyaco y Mulato, y la quebrada Taruca a la media noche del viernes 31 de marzo, por causas aún no confirmadas plenamente, salieron de su curso para inundar buena parte de la población, acabando con la vida de cientos de ellos e hiriendo a varias decenas, así como sumiendo a otros cientos en la desazón y en la angustia de haberlo perdido todo.


Desastre propiciado, seguramente, por la deforestación a la que desde hace años están sometidas sus laderas y cuencas en general, por el maltrato de la tierra, por los inefectivos Planes de Ordenamiento Territorial que no toman en cuenta el cambio climático al cual estamos sometidos como humanidad, Planes que tampoco consideran el empobrecimiento que viven muchas de las familias que componen el municipio, las que de manera obligada terminan por asentarse y construir vivienda al borde de las fuentes de agua. Regiones ricas en tierra pero a la cual la mayoría no tiene acceso. Regiones ricas en agua, pero que por su maltrato terminan siendo, en vez de una ventaja, un problema.

 

Río Sangoyaco, retomó su cauce natural. Algunas viviendas quedaron en pie gracias a los pocos árboles que tenían cerca.

 

La población está en la constante búsqueda de agua. Sin organización ni aviso previo los carrotanques se estacionan en cualquier calle y reparten el líquido, lo que impide su distribución equitativa.

 

En los albergues las comunidades cocinan para las personas que lo han perdido todo.

 

En la Galería o plaza de mercado, zona de restaurantes.

 

Lo que quedó de la plaza de mercado.

 

Más allá de las escasas retroexcavadoras movilizadas por el Gobierno, es la población la que adelanta las labores de recuperación de sus casas y negocios que quedaron en pie.

 

Tierra para todos. No. La montaña que se visualiza al fondo es propiedad de unos pocos.

 

Mocoa, de la que todos hablan y de la que todos se conduelen, pero la que en realidad depende del esfuerzo, organizadión, dedicación, imaginación, de quienes la habitan. Todos, mujeres y hombres, esforzándose por salir de los efectos del desastre, con la incertidumbre de lo que será la vida en el municipio el día de mañana, el año entrante o durante los próximos de 25 años...


Importante: Las comunidades requieren con urgencia agua, alimentos no perecederos, plantas de energía, colchones, frazadas, ropa en buen estado y apoyo voluntario.

 

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Como es conocido, los ríos Sangoyaco y Mulato, y la quebrada Taruca a la media noche del viernes 31 de marzo, por causas aún no confirmadas plenamente, salieron de su curso para inundar buena parte de la población, acabando con la vida de cientos de ellos e hiriendo a varias decenas, así como sumiendo a otros cientos en la desazón y en la angustia de haberlo perdido todo.


Desastre propiciado, seguramente, por la deforestación a la que desde hace años están sometidas sus laderas y cuencas en general, por el maltrato de la tierra, por los inefectivos Planes de Ordenamiento Territorial que no toman en cuenta el cambio climático al cual estamos sometidos como humanidad, Planes que tampoco consideran el empobrecimiento que viven muchas de las familias que componen el municipio, las que de manera obligada terminan por asentarse y construir vivienda al borde de las fuentes de agua. Regiones ricas en tierra pero a la cual la mayoría no tiene acceso. Regiones ricas en agua, pero que por su maltrato terminan siendo, en vez de una ventaja, un problema.

 

Río Sangoyaco, retomó su cauce natural. Algunas viviendas quedaron en pie gracias a los pocos árboles que tenían cerca.

 

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En los albergues las comunidades cocinan para las personas que lo han perdido todo.

 

En la Galería o plaza de mercado, zona de restaurantes.

 

Lo que quedó de la plaza de mercado.

 

Más allá de las escasas retroexcavadoras movilizadas por el Gobierno, es la población la que adelanta las labores de recuperación de sus casas y negocios que quedaron en pie.

 

Tierra para todos. No. La montaña que se visualiza al fondo es propiedad de unos pocos.

 

Mocoa, de la que todos hablan y de la que todos se conduelen, pero la que en realidad depende del esfuerzo, organizadión, dedicación, imaginación, de quienes la habitan. Todos, mujeres y hombres, esforzándose por salir de los efectos del desastre, con la incertidumbre de lo que será la vida en el municipio el día de mañana, el año entrante o durante los próximos de 25 años...


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Tras el paso de cada hora, la magnitud del desastre al cual está sometida la población de Mocoa-Putumayo, producto de una avalancha de los ríos que la circundan (Putumayo, Mulato, Sangoyaco) adquiere proporciones dantescas.

Así lo confirma el número de muertos, heridos, desaparecidos, que crece sin parar. Pero también la destrucción de su poblado el cual quedó arrasado en un 50 por ciento, según algunas informaciones provenientes del lugar de los sucesos.

 

Las cifras

En la amanecida del primero de abril, apenas conocidas las primeras informaciones sobre esta avalancha, la cifra de muertos era cercana a los cien; hacia las 2 de la tarde de este mismo día ya rondaban los 130 fallecidos; hacia las 5 pm ya sumaban más de 150. Los heridos y desaparecidos, cada uno ellos, en cada caso, han rondado las 200 víctimas, tres docenas de los heridos en grave estado.

Y así ocurría, porque en la medida que desechos de casas, carros, piedras de gran tamaño, pantano, etcétera, era removido surgen cadáveres, así como heridos. Y en la medida que esto ocurría, la angustia del desastre era cada vez más evidente en los rostros de los sobrevivientes, quienes ante esta realidad constataban que algún familiar o conocido no aparecía con vida.

Pero los cadáveres y heridos no dejan de aparecer, a tal punto que el domingo 2 la cifra total de muertos, según distintas fuentes, oscila entre 254 –prensa internacional–207 –reportes de la Casa de Nariño– y 238 según El Espectador,

La disparidad en las cifras confirma, a todas luces, que no existe control total de los organismos de socorro sobre el terreno de Mocoa, superados por la magnitud del suceso. Esto incluso y a pesar del cúmulo de socorristas y funcionarios desplegados sobre el terreno, así como, de la presencia del mismo Juan Manuel Santos. Como siempre, realizando presencia oficial tras lo hechos, con rostro compungido, como en campaña electoral, abrazando, en este caso, a los deudos. ¿Cuándo será que los empobrecidos y marginados pueden participar del diseño integral de sus territorios? ¿Cuándo será que sus necesidades son tomadas realmente en cuenta? ¿Cuándo será que lo fundamental sea la prevención y no el socorro?

 

 

El desastre

 

Sorprende, al momento de dar explicaciones del por qué de la avalancha, que el Gobierno descargue la culpa en el invierno. “Llovió sobre Mocoa –según Santos– como no sucedía desde hace 25 años”. La pregunta obligada es: ¿Y qué sucedió hace 25 años en este poblado cuando tal cantidad de agua mojó sus tierras? Por parte alguna aparece información que indique sobre decenas o cientos de muertos, heridos y desaparecidos.

La otra explicación de la magnitud de lo ocurrido, es que las casas edificadas eran frágiles. ¿Construidas así por el clima? ¿Por la falta de recursos económicos de quienes así las levantaron?

La verdad es, como siempre, que quienes llevan la peor parte en este tipo de sucesos, son aquellas familias que construyen sus viviendas cerca o al borde del lecho del río. Así parece ocurrir con quienes habitaban los barrios San Miguel y Laureles, arrasados totalmente. Algo similar pudo suceder con quienes habitaban otros barrios, entre ellos: El Libertador, Progreso, La Independencia, Modelo, San Antonio, San Agustín y otros más.

Dos cosas resaltan de esta realidad: 1) si el agua lluvia que cayó como diluvio sobre estas tierras no fue absorbida por los bosques que deberían existir cerca de su lecho y en el conjunto de su cuenta, es porque un proceso de deforestación creciente tomó mayor forma en el curso de los últimos 25 años; 2) Si decenas de familias tienen que construir sus viviendas cerca o en los márgenes de los ríos es porque no tienen acceso a tierra bien ubicada, con lo cual se reduciría la posibilidad de este tipo de desastres.

Lo que también llama la atención acá, es que esto ocurra en un poblado como Mocoa, rodeado de tierra. Salta a la vista que aquí, como en el resto del país, la tierra está concentrada en manos privadas. Una redistribución de la misma es indispensable para poder reconstruir la población y evitar que en algún momento esto vuelva a suceder. De no proceder así el poblado debería ser reubicado pues nadie puede asegurar que otro invierno no produzca iguales consecuencias.

La otra medida por implementar, de inmediato, es la reforestación de todo el lecho y la cuenca de los ríos que rodean a Mocoa. Control sobre la tumba de bosques, e inspeccionar si río arriba existen explotaciones mineras o de otro tipo que hayan facilitado este desenlace.

Todo esto es para las semanas, meses y años que vienen. Mientras así se actúa, la cifra de muertos y heridos no mermará. Los desaparecidos irán apareciendo, seguramente aguas abajo de todos y cada uno de estos ríos.

El país debe aprender la lección, sobre todo los sectores populares sometidos a la falta de programas oficiales que le permitan acceder a vivienda digna, así como, a tierra suficiente para erigir hábitats realmente sustentables. Dos reformas inaplazables, que los movimientos sociales deben encarar: urbana y agraria.

 

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ACTUALIZADO

2 de abril de 2017, 6:00 am

1 de abril de 2017, 5:00 pm

Publicado enColombia
Domingo, 02 Abril 2017 08:40

Motavita me mira

Motavita me mira

Motavita me mira. Su cabello castaño es iluminado por la luz de las cuatro de la tarde que entra por el ventanal del salón. Motativa me mira y sonríe, ocultando entre sus manos ásperas y con sus dedos amoratados, de uñas mutiladas, su boca. Tiene trece años, pero sus manos parecen las de una anciana de setenta. Sus manos evocan las de mi abuela, como si me hablaran de sus padecimientos, de las toneladas de ropa que restregaron sus nudillos. Pero Motativa sólo tiene trece años, además su sonrisa, la que oculta entre sus dedos, conserva una extraña expresión, pues encubre algo: un secreto o una historia que pronto develo.

 

Supongo que la razón de la textura de la piel de Motativa –y cabría decir que la del resto de sus compañeros–, reseca como el tronco de un árbol añoso o como la cáscara de una fruta expuesta durante mucho tiempo al sol, invadida por manchas blancas, rugosa como una flor de fuertes filamentos y enrojecida, es porque desde pequeños aquellos niños han sido expuestos al sol, porque de las calles sin asfaltar se levantan polvaredas llenas de orín de perro y gato, porque el agua que han recibido durante años no es potable, porque no utilizan cremas protectoras con filtros UV, ni nada por el estilo, y en el caso de Motavita porque desde los ocho años se ha encargado de los oficios de su casa y del cuidado de su madre invidente.

 

Motivita me mira, hace silencio y aparece de nuevo esa extraña expresión en su rostro cuando contrae los pliegues de la comisura de su boca. Con sus dedos deformes acomoda un mechón de pelo que ha caído sobre su frente y luego pega su mirada al ventanal, donde observamos al sol alejarse y en su reemplazo una oscura nube se aposta sobre el colegio. Primero cae una lluvia fina, casi transparente, que de un momento a otro se precipita con más fuerza hasta que el aguacero arrecia.

 

No hace falta hablar del frío que se repliega como un ejército por aquella zona y que cala profundamente en los huesos, pues es un barrio ubicado al suroriente de Bogotá, sobre una falda de la montaña, donde miles de campesinos, durante las décadas de los sesentas y setentas, víctimas de la violencia bipartidista y de la innegable, pobreza llegaron y establecieron sus casuchas e intentaron forjar una vida. El barrio se llama Juan Rey, uno de los sectores más peligrosos y pobres de la ciudad. La mayoría de sus habitantes son obreros asalariados que subsisten con menos de un salario mínimo, mujeres que laboran como empleadas domésticas y deben atravesar cada día un gran tramo de la ciudad y hombres que se ganan la vida como vendedores ambulantes y del transporte público; además, la sobrepoblación por casa, ya que cada una de las familias cuenta con más de tres hijos. Es por esto, que los hombres al llegar a la juventud y al no soportar la pobreza y la falta de oportunidades, deciden empezar a consumir drogas y alistarse en bandas criminales; y las mujeres quedan rápidamente embarazadas como una solución para escapar del malestar de sus hogares. Sin embargo, y a pesar de la pobreza, el sector es hermoso, colindado por una amplia montaña de tono verde oscuro, valles extensos donde se detienen las aves de la tarde que en las noches emigran hacia el páramo o los llanos orientales, miradores que enseñan el sur, el occidente y el centro de Bogotá como si fuera una fotografía en picada y el viento que desciende puro y rígido.

 

 

De un extremo a otra

 

Cada miércoles debo salir de casa con más de dos horas de antelación para llegar a tiempo hasta el colegio ubicado en este barrio. El Transmilenio se desliza sobre el pavimento cuarteado hasta arribar al portal del Veinte de Julio y allí trasbordo a un alimentador con nombre Tihuaque, palabra muisca que significa águila, y que es un barrio que conecta las localidades de San Cristóbal y de Usme y que hace unos años era la salida para Villavicencio desde la capital. Luego de ascender, alrededor de cincuenta minutos por la vieja carretera al Llano el bus se detiene en la falda de una montaña. Al costado izquierdo se levanta otro barrio de casas empinadas, la mayoría de una sola planta, de techados de láminas de zinc y con fachadas de ladrillo burdo. Al costado izquierdo desciende la falda de la montaña y se levanta el barrio Juan Rey, atiborrado de casas a medio construir, con ventanales de plástico y puertas de metales corroídos. A dos cuadras se encuentra el colegio, una mega construcción de ladrillo naranja y amplias ventanas. Allí estudia Motavita y cada ocho días asiste a las sesiones de creación literaria. La primera vez que fui le pregunté por qué asistía y qué quería aprender y simplemente levantó sus hombros y sonrió. Quizás son cuatro horas en que no debe estar pendiente de su mamá, de su sobrina, de su casa que se viene abajo y de los problemas de sus hermanos.

 

 

Estamos en descanso y sus compañeros, niños desde los ocho a los catorce años, juegan en el patio del colegio bajo la lluvia. Motativa ha querido quedarse en el salón, hablando conmigo. Le pregunto por su familia y me cuenta que vive con su mamá, que tiene cincuenta y cinco años, con su hermana de dieciséis y su sobrina de tres. Le preguntó por su padre y luego de suspirar y de mirar al piso me cuenta. Cuando tenía ocho años Motavita que lo expresa con solemnidad como si fuera una anciana, su papá dejó ciega a su mamá tras una golpiza. Él tomaba mucho y siempre llegaba borracho a pegarnos. Un día, mi papá llegó muy borracho y empezó a pegarle a mi mamá. Primero con la correa y después le dio patadas y puños. Mi mamá siempre nos escondía a mi hermana y a mí para que mi papá no nos pegara, por eso cuando escuchamos que había pasado el escándalo y salimos, encontramos a mi mamá en la cocina, desmayada sobre un charco de sangre. Nos tocó pedirle el favor a unos vecinos que nos ayudara a cargar a mi mamá hasta el hospital. Ahí la dejó ciega.

 

Desde ese momento no volvió a ver a su padre y su mamá, que antes trabajaba como empleada doméstica, debió quedarse en la casa. Su hermana, que en ese entonces tenía sólo once años, se retiró de estudiar y buscó empleo. Motavita me cuenta que su hermana empezó trabajando en una panadería en un barrio interior de la loma, pero una noche, cuando llegaba a casa con el pago de la semana en la cartera y con una bolsa de pan, unos drogadictos que salían de una olla, como le llaman ellos a las casas donde se vende y se consume la marihuana y el bazuco, la abordaron, la robaron y la golpearon. Su hermana estuvo incapacitada dos semanas y al regresar a la panadería ya le habían conseguido un reemplazo, así perdió su primer empleo. Luego trabajó en una cocina como ayudante, lavaba la loza, picaba los ingredientes de los alimentos y ayudaba en las mesas. Allí conoció a un conductor de servicio público, diez años mayor que ella, y quedó embarazada a los trece. El joven les ayudó y respondió por su hijo durante dos años, luego desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra. Le pregunto por la familia o procedencia del joven y Motavita me dice: él venía de Boyacá y vivía aquí, solo, en Bogotá. Un día mi hermana se quedó esperándolo por la noche y no llegó, luego en la mañana y tampoco, así que se fue a buscarlo donde vivía y le dijeron que él había salido el día anterior a trabajar y no había regresado. La dejaron entrar al cuatro que tenía arrendado y todo estaba en orden, no faltaba nada y no se había llevado un solo chiro. Mi hermana piensa que lo mataron y lo echaron por la loma para que se lo comieran los chulos.

 

Por eso, la hermana de Motavita debe salir a trabajar todas las madrugadas para conseguir el alimento de su hermana, de su hija y de su madre y los doscientos cincuenta mil pesos que vale el arriendo de la casucha donde viven, y por eso a Motavita le toca ocuparse de los oficios de la casa: barrer, cocinar, bañar y dar de comer a su sobrina y a su mamá y lavar la ropa. Le pregunto por sus hermanos y me responde: Profe, no me lo va a creer. Me cuenta entonces que tiene dos hermanos. El menor de ellos, cansado de la vida de violencia que había en su casa, cayó en las drogas desde los catorce años y vive en la calle, como un indigente. Me cuenta también, que a su hermano le prohibieron el ingreso a la casa ya que en repetidas ocasiones ha robado el televisor, la grabadora y el dinero que encuentre para consumir drogas, hasta un día se robó la leche de la niña, me dice sonriendo. También ha entrado dos veces a la cárcel por hurto y lesiones personales, pues hace parte de la pandilla del barrio Juan Rey, enemiga acérrima de la pandilla del barrio Tihuaque.

 

La historia de mi otro hermano es peor, me dice. Al fondo la lluvia se ha detenido y Motavita me dice que debe ir al baño. Observo sus medias blancas, relucientes al igual que los puños y cuello de su camisa. Sin embargo, su saco se encuentra agujereado y su falda manchada con tinta de lapicero. Ahora soy yo quien pega la mirada al ventanal. Un sol frío, pálido, proyecta visos lechosos sobre las nubes que empiezan a oscurecerse. Pienso en todo lo que me ha contado Motavita y siento tristeza, en algún momento dudo de su historia, ¿cómo es posible que sobre una misma persona recaigan tantas tragedias? Pero recuerdo que nos encontramos en Colombia, en Bogotá, donde todas esas desgracias son el sustento de miles y miles de familias olvidadas y arrojadas a la miseria.

 

 

Motavita regresa, se ha mojado el cabello y limpiándose las manos con la falda me sonríe. ¿Quiere que le cuente el resto de la historia, Profe? Le digo que sí y prosigue. Cuando su padre dejó ciega a su madre, su hermano mayor, el mayor de los cuatro, se encontraba prestando el servicio militar en el ejército. Quería volverse soldado profesional, pero al enterarse de lo que había hecho su papá regresó a la ciudad. Motativa me cuenta que su hermano estuvo buscando a su papá por más de tres meses, abandonando sus aspiraciones de convertirse en un soldado profesional, hasta que una tarde de sábado lo vio. Su padre se encontraba en una tienda, en uno de los barrios adjuntos a Juan Rey, bebiendo con su tío. Su hermano, le hizo el reclamo y por supuesto, el padre le respondió. Cuenta Motavita que le contaron, que primero se fueron a las manos, su hermano llevaba la ventaja sobre su padre por lo que intervino su tío, quien sacó un cuchillo, así que su hermano para defenderse también se armó y lo apuñaleó dos veces en el pecho y lo mató. Cuenta Motavita mirando hacia el cielo ya encapotado, que su padre corrió a socorrer a su tío y que su hermano entró a la tienda, pidió una cerveza y esperó a que llegara la ambulancia y la policía. Llegó primero la policía y lo llevó a la cárcel. Su tío murió, su padre anda campante conformando una nueva familia y su hermano cumple una condena de veinte años en La Picota.

 

Motavita se sienta en su silla y terminamos la clase, luego caminamos juntos hasta la vieja carretera al Llano, donde debo tomar el alimentador que me llevará hasta el portal del Veinte de Julio. Cuando estamos sobre la carretera se detiene, estira su mano y con su dedo índice señala su casa, mire, Profe, esa es mi casa. Una casa pequeña, reclinada sobre la montaña o quizás recostada como si estuviera harta de sostener tanta miseria y tristeza, el techo es de zinc y sobresalen algunas láminas de madera. La fachada de color blanco y verde se encuentra cuarteada, una de las ventanas está tapada con un plástico y un perro duerme frente a la puerta. Nos despedimos de mano y la veo caminar lentamente, con sus trece años calle abajo y mientras su silueta se empequeñece, también lo hace mi corazón ya cansado.

 

Publicado enColombia
Jueves, 30 Marzo 2017 08:00

¿Dónde está la izquierda?

¿Dónde está la izquierda?

En la realidad colombiana, los datos y los hechos son muy fuertes y pasan sin la debida respuesta: la riqueza no deja de concentrarse cada vez en menos manos. La desigualdad social gana en proporción continua, con casos de hambre y desatención social alarmantes, en los cuales los niños y niñas llevan las peores consecuencias (ver, Motavita me mira, página 8). Hay un sistema de salud cuya desatención es la nota cotidiana (ver, página 5), o con un acceso a la educación superior que es un privilegio que recae muchas veces en la capacidad de endeudamiento del educando. Estamos bajo un modelo económico en cuya aplicación, la megaminería (ver, Pueblo Barí, pág. 18) tiene estudiado y cuadriculado el país por todas y cada una de sus regiones, explotando o aspirando a proceder en su afán de riqueza, sobre áreas de reserva natural, en zonas colindantes con cabeceras municipales o en áreas de nacimiento de agua de la cual resultan surtidas diversidad de poblaciones. País entonces, de contrastes y creciente desigualdad.

 

País donde quienes definen el modelo económico, persisten con un sistema que descarga el peso de sus medidas en el consumo diario (IVA), en vez de aplicar la máxima de quien más tiene más paga. Sistema político y modelo económico, donde aún hay funcionarios que creen y defienden que es posible vivir con un dólar diario, y donde las ciudades las siguen diseñando, pensando en los carros –en realidad, en la facilidad y velocidad para el transporte de mercancías y por su conducto, para la rotación del capital–, por lo cual requieren que los más pobres continúen desplazándose hacia unas periferias cada vez más alejadas.

 

Modelo social en cuya aplicación es el mismo Estado el principal defensor de la informalidad laboral, y para el cual el propósito básico de su gestión es garantizar la estabilidad fiscal de su cartera, como condición para no atrasarse con el abono de la deuda pública y así, no perder la calificación que otorga la banca de inversión y ciertos organismos multilaterales. Modelo social en el cual trabajadores, como las madres comunitarias, pese al fallo de los jueces son violentadas e irrespetadas en sus derechos (ver “Las madres comunitarias y la dictadura de la regla fiscal”, desdeabajo No. 232, febrero de 2017).

 

Modelo económico y político, y de control social, en el que a pesar del Acuerdo con las Farc, y de los diálogos con el Eln, prosiguen los asesinatos de los líderes sociales, lo cual denota que está en juego la aplicación de un modelo territorial aún más excluyente, en cuya gestión y concreción sus defensores no admiten ni admitirán resistencia u oposición alguna.

 

Modelo social con claros signos autoritarios, cuyos piñones económico, político, territorial, militar, propagandístico están ahí, funcionan y afectan a las mayorías de quienes habitamos en este país. Por tanto, cada uno podrá decir cómo lo afecta y que desearía se aplicara para que no sucediera así. Al respecto, algunos hacen escuchar a diario sus voces de protesta e inconformidad contra esta realidad. Sin embargo, son voces difusas, atomizadas, sueltas. Voces que no alcanzan a conformar un grito sonoro, y mucho menos a desatar movilización y resistencia ciudadana con capacidad de levantar alternativas contra el orden imperante.

 

Voces sueltas, atomizadas. Resalta en esto, que la voz colectiva comúnmente denominada de izquierda tampoco está escuchándose. Tampoco logra que la sociedad identifique en sus propuestas una esperanza por la cual valga la pena batirse, en la condición de voces organizadas, con capacidad de sembrar futuro. Y no es casual que así suceda.

 

Hace pocas semanas, mientras en muchos espacios sociales la preocupación provenía de los efectos de la reforma tributaria y de las dificultades para sobrellevar la vida diaria en buenas condiciones, el afán en el Polo Democrático Alternativo descansaba en una lucha intestina acerca de quién lideraría en el 2018 la campaña electoral por la Presidencia. Asimismo, mientras el débil y despolitizado gremio de las madres comunitarias salía a reclamarle al Estado el cumplimiento con sus derechos ratificados por los jueces, acompañadas de manera tenue por el sindicalismo, lo que resaltó fu la apatía de quienes hablan en nombre de las mayorías.

 

Una ausencia activa hasta tal punto, que resulta desapercibida, sin gravedad alguna, la consumada violación de los derechos fundamentales de esta parte de nuestra población dedicada a la niñez. Los ejemplos podrían seguir como lista de mercado. Triste, sobresale la fractura entre quienes levantan las banderas del cambio y la realidad que sobrelleva y aflige a las mayorías nacionales. Un saldo en el presente, ¿qué compromete mal las banderas para el futuro próximo o más lejano? Saltan por tanto las preguntas: ¿Construye la izquierda esperanza y fuerza moral movilizadora entre quienes habitan Colombia? ¿Logra convertirse esta franja política nacional en referencia de vida para el conjunto nacional?

 

¿Qué hace la que debiera ser alternativa de presente y futuro ante la apatía que reina en el país?, ¿qué ante la atomización social?, ¿qué ante el estupor municipal alimentado por el curso al que está sometido su medio ambiente? Y qué ante los efectos de la política económica y la gobernanza, del crimen organizado con aliento de Estado. Ante el subempleo y la precariedad laboral que afecta a millones. Frente al hacinado, contaminante y mal servicio del transporte público, la carestía de la vida diaria y la inhumana aglomeración en calabozos y patios de un sistema carcelario que los jueces han llamado a cerrar por inhumano.

 

Todo un sinfín de circunstancias que indica a todas luces, que una cosa piensa la izquierda –que debería ser el referente fundamental de un futuro inmediato, humano, por venir y de otra democracia por conquistar en Colombia– y otra diferente piensa, domina entre el margen genérico que denominamos país. Por supuesto, con un resultado de atomización social e incredibilidad en alternativas políticas tradicionales, que no le favorecen.

 

Realidad difícil de transformar pues la izquierda persiste, cualquiera sea su matiz o matriz, en viejos modelos de organización, comunicación, de relacionamiento social, que no responden a la realidad global y local que tenemos. De este modo, persiste en su afán de imponerle a sus compañeros de sueños, la vanidad de una hegemonía particular y la visión y el modelo de país que cada corriente porta y defiende. Un viejo proceder de izquierda, que no logra equilibrar sus miradas y acciones de presente con las de futuro.

 

Un comportamiento que no acompasa los niveles de descontento y resistencia cotidiana –que debieran tomar forma cada día–, con la denuncia de las arbitrariedades oficiales, con la siembra de la solidaridad entre todos y cada una de las clases y sectores sociales que integran el país, y con el enraizamiento simbólico y cultural de otra sociedad por construir. Una acción y un proceder en el cual el Estado podría ser objetivo y motivo de resistencia, sin convertirse en referente del ideal institucional necesario de dominar para construir vida digna.

 

Si la izquierda ganara corazones, asegurara territorios de influencia y ascendiera en esta superación cultural, la acción electoral con resultados nimios, por ejemplo, dejaría de ser el motor principal de todo su proceder. Ocuparía con acierto su lugar modesto, reducida a una acción más. Encararla, bajo un pronóstico con el sustento de incrementar la ingobernabilidad, en tanto las mayorías sociales no confían en el método electoral, o en tanto las decisiones estructurales del Estado, que ahora dependen de otros procederes y otras instancias, algunas de ellas extraterritoriales; llegue a un techo insoportable en la opinión. En fin, cabe abrir el debate acerca de otros procederes, otros afanes diarios, otras prácticas y otros lenguajes.

 

En una situación de distanciamiento y “crisis orgánica” de su relación con las mayorías del país, para construir una referencia creciente y no marginal de mediano y largo plazo, la izquierda estaría obligada, por ejemplo, a construir unos mecanismos de vida y sobrevivencia diarios: como unas redes de solidaridad a todo nivel que de verdad aporten en la superación colectiva de los males y necesidades más notorios entre los marginados y excluidos. Poner en marcha iniciativas como las redes de producción, distribución y mercadeo, por medio de las cuales empiecen a germinar otras relaciones y modelos sociales, basados en valores diferentes al dinero y los patrones de consumo, mediante los cuales el trabajo obtenga el reconocimiento y valor que le corresponde. Impulsarlo en aliento de la sabiduría tradicional, para que obtenga el reconocimiento que merece. Hoy más vital que en otro tiempo, en la lucha contra la homogenización de prácticas y consumos, así como en la resolución de afanes en salud, convivencia, agricultura, alimentación, etcétera.

 

Un giro sustancial para avanzar en formas de liderazgo y reconocimiento real de la izquierda, que deberá darle paso a otras formas de relacionamiento social en perspectiva de ruptura y de dualidades de poder, para lo cual es necesario empezar a romper amarras con los hilos “invisibles” de la hegemonía del capital. Amarras que por momentos siembran pasividades y lagos de escepticismo político entre las mayorías, cuando de pensar se trata en la posibilidad que tiene la lucha contra el orden dominante. En este proceder, una primerísima acción por cumplir, es animar acciones y posturas de distancia y ruptura con el sistema financiero, el mismo que tiene a cada uno de nosotros subsumidos, como rueda suelta, en la solución de las necesidades de vivienda, salud, educación, alimentación. Cada uno sometido, por demás, al afán mensual de pagar intereses y abonar a las deudas, para lo cual estamos obligados en no pocas ocasiones a trabajar más de una jornada. Entonces, la atomización y el individualismo no es casual.

 

Romper con esta lógica de producción y reproducción, aunque parezca imposible, es el paso inicial para quebrar en el largo plazo el sistema dominante. Para sembrar, paso a paso, otra economía y otras relaciones sociales, todo lo cual puede hacerse sin dejar de luchar contra el establecimiento, y confrontarlo, en el día a día, izando las banderas del cambio del aquí y ahora, pero sin arriar ni dejar de abonar a las del mañana.

 

En esa ruptura y en ese cambio, otra medida indispensable para desarrollar, es la de poner a rodar una moneda o un medio de intercambio a través del cual fracturar el mercado capitalista y ahondar solidaridades sociales. Medida que al mismo tiempo y como uno de sus efectos le permita a la izquierda cimentar la necesaria dualidad de poderes, sin la cual difícilmente ganará en credibilidad entre todos aquellos a quienes pretende estimular para una lucha tan necesaria para vivir como el aire mismo.

 

Estamos viviendo tiempos de crisis y, por tanto, de cambio en todos los niveles. La necesaria transformación de la izquierda, de sus formas de acción y proceder, de sus lenguajes y símbolos, de sus tejidos y relacionamientos sociales, de su visión sobre el Estado y el poder, no puede quedar por fuera de esta realidad y oportunidad. No dejemos pasar el tiempo sin proceder y ahondar en crítica frente a la cotidianidad.

Publicado enColombia
Sábado, 25 Marzo 2017 12:05

¿Dónde está la izquierda?

En la realidad colombiana, los datos y los hechos son muy fuertes y pasan sin la debida respuesta: la riqueza no deja de concentrarse cada vez en menos manos. La desigualdad social gana en proporción continua, con casos de hambre y desatención social alarmantes, en los cuales los niños y niñas llevan las peores consecuencias (ver, Motavita me mira, página 8). Hay un sistema de salud cuya desatención es la nota cotidiana (ver, página 5), o con un acceso a la educación superior que es un privilegio que recae muchas veces en la capacidad de endeudamiento del educando. Estamos bajo un modelo económico en cuya aplicación, la megaminería (ver, Pueblo Barí, pág. 18) tiene estudiado y cuadriculado el país por todas y cada una de sus regiones, explotando o aspirando a proceder en su afán de riqueza, sobre áreas de reserva natural, en zonas colindantes con cabeceras municipales o en áreas de nacimiento de agua de la cual resultan surtidas diversidad de poblaciones. País entonces, de contrastes y creciente desigualdad.

 

País donde quienes definen el modelo económico, persisten con un sistema que descarga el peso de sus medidas en el consumo diario (IVA), en vez de aplicar la máxima de quien más tiene más paga. Sistema político y modelo económico, donde aún hay funcionarios que creen y defienden que es posible vivir con un dólar diario, y donde las ciudades las siguen diseñando, pensando en los carros –en realidad, en la facilidad y velocidad para el transporte de mercancías y por su conducto, para la rotación del capital–, por lo cual requieren que los más pobres continúen desplazándose hacia unas periferias cada vez más alejadas.

 

Modelo social en cuya aplicación es el mismo Estado el principal defensor de la informalidad laboral, y para el cual el propósito básico de su gestión es garantizar la estabilidad fiscal de su cartera, como condición para no atrasarse con el abono de la deuda pública y así, no perder la calificación que otorga la banca de inversión y ciertos organismos multilaterales. Modelo social en el cual trabajadores, como las madres comunitarias, pese al fallo de los jueces son violentadas e irrespetadas en sus derechos (ver “Las madres comunitarias y la dictadura de la regla fiscal”, desdeabajo No. 232, febrero de 2017).

 

Modelo económico y político, y de control social, en el que a pesar del Acuerdo con las Farc, y de los diálogos con el Eln, prosiguen los asesinatos de los líderes sociales, lo cual denota que está en juego la aplicación de un modelo territorial aún más excluyente, en cuya gestión y concreción sus defensores no admiten ni admitirán resistencia u oposición alguna.

 

Modelo social con claros signos autoritarios, cuyos piñones económico, político, territorial, militar, propagandístico están ahí, funcionan y afectan a las mayorías de quienes habitamos en este país. Por tanto, cada uno podrá decir cómo lo afecta y que desearía se aplicara para que no sucediera así. Al respecto, algunos hacen escuchar a diario sus voces de protesta e inconformidad contra esta realidad. Sin embargo, son voces difusas, atomizadas, sueltas. Voces que no alcanzan a conformar un grito sonoro, y mucho menos a desatar movilización y resistencia ciudadana con capacidad de levantar alternativas contra el orden imperante.

 

Voces sueltas, atomizadas. Resalta en esto, que la voz colectiva comúnmente denominada de izquierda tampoco está escuchándose. Tampoco logra que la sociedad identifique en sus propuestas una esperanza por la cual valga la pena batirse, en la condición de voces organizadas, con capacidad de sembrar futuro. Y no es casual que así suceda.

 

Hace pocas semanas, mientras en muchos espacios sociales la preocupación provenía de los efectos de la reforma tributaria y de las dificultades para sobrellevar la vida diaria en buenas condiciones, el afán en el Polo Democrático Alternativo descansaba en una lucha intestina acerca de quién lideraría en el 2018 la campaña electoral por la Presidencia. Asimismo, mientras el débil y despolitizado gremio de las madres comunitarias salía a reclamarle al Estado el cumplimiento con sus derechos ratificados por los jueces, acompañadas de manera tenue por el sindicalismo, lo que resaltó fu la apatía de quienes hablan en nombre de las mayorías.

 

Una ausencia activa hasta tal punto, que resulta desapercibida, sin gravedad alguna, la consumada violación de los derechos fundamentales de esta parte de nuestra población dedicada a la niñez. Los ejemplos podrían seguir como lista de mercado. Triste, sobresale la fractura entre quienes levantan las banderas del cambio y la realidad que sobrelleva y aflige a las mayorías nacionales. Un saldo en el presente, ¿qué compromete mal las banderas para el futuro próximo o más lejano? Saltan por tanto las preguntas: ¿Construye la izquierda esperanza y fuerza moral movilizadora entre quienes habitan Colombia? ¿Logra convertirse esta franja política nacional en referencia de vida para el conjunto nacional?

 

¿Qué hace la que debiera ser alternativa de presente y futuro ante la apatía que reina en el país?, ¿qué ante la atomización social?, ¿qué ante el estupor municipal alimentado por el curso al que está sometido su medio ambiente? Y qué ante los efectos de la política económica y la gobernanza, del crimen organizado con aliento de Estado. Ante el subempleo y la precariedad laboral que afecta a millones. Frente al hacinado, contaminante y mal servicio del transporte público, la carestía de la vida diaria y la inhumana aglomeración en calabozos y patios de un sistema carcelario que los jueces han llamado a cerrar por inhumano.

 

Todo un sinfín de circunstancias que indica a todas luces, que una cosa piensa la izquierda –que debería ser el referente fundamental de un futuro inmediato, humano, por venir y de otra democracia por conquistar en Colombia– y otra diferente piensa, domina entre el margen genérico que denominamos país. Por supuesto, con un resultado de atomización social e incredibilidad en alternativas políticas tradicionales, que no le favorecen.

 

Realidad difícil de transformar pues la izquierda persiste, cualquiera sea su matiz o matriz, en viejos modelos de organización, comunicación, de relacionamiento social, que no responden a la realidad global y local que tenemos. De este modo, persiste en su afán de imponerle a sus compañeros de sueños, la vanidad de una hegemonía particular y la visión y el modelo de país que cada corriente porta y defiende. Un viejo proceder de izquierda, que no logra equilibrar sus miradas y acciones de presente con las de futuro.

 

Un comportamiento que no acompasa los niveles de descontento y resistencia cotidiana –que debieran tomar forma cada día–, con la denuncia de las arbitrariedades oficiales, con la siembra de la solidaridad entre todos y cada una de las clases y sectores sociales que integran el país, y con el enraizamiento simbólico y cultural de otra sociedad por construir. Una acción y un proceder en el cual el Estado podría ser objetivo y motivo de resistencia, sin convertirse en referente del ideal institucional necesario de dominar para construir vida digna.

 

Si la izquierda ganara corazones, asegurara territorios de influencia y ascendiera en esta superación cultural, la acción electoral con resultados nimios, por ejemplo, dejaría de ser el motor principal de todo su proceder. Ocuparía con acierto su lugar modesto, reducida a una acción más. Encararla, bajo un pronóstico con el sustento de incrementar la ingobernabilidad, en tanto las mayorías sociales no confían en el método electoral, o en tanto las decisiones estructurales del Estado, que ahora dependen de otros procederes y otras instancias, algunas de ellas extraterritoriales; llegue a un techo insoportable en la opinión. En fin, cabe abrir el debate acerca de otros procederes, otros afanes diarios, otras prácticas y otros lenguajes.

 

En una situación de distanciamiento y “crisis orgánica” de su relación con las mayorías del país, para construir una referencia creciente y no marginal de mediano y largo plazo, la izquierda estaría obligada, por ejemplo, a construir unos mecanismos de vida y sobrevivencia diarios: como unas redes de solidaridad a todo nivel que de verdad aporten en la superación colectiva de los males y necesidades más notorios entre los marginados y excluidos. Poner en marcha iniciativas como las redes de producción, distribución y mercadeo, por medio de las cuales empiecen a germinar otras relaciones y modelos sociales, basados en valores diferentes al dinero y los patrones de consumo, mediante los cuales el trabajo obtenga el reconocimiento y valor que le corresponde. Impulsarlo en aliento de la sabiduría tradicional, para que obtenga el reconocimiento que merece. Hoy más vital que en otro tiempo, en la lucha contra la homogenización de prácticas y consumos, así como en la resolución de afanes en salud, convivencia, agricultura, alimentación, etcétera.

 

Un giro sustancial para avanzar en formas de liderazgo y reconocimiento real de la izquierda, que deberá darle paso a otras formas de relacionamiento social en perspectiva de ruptura y de dualidades de poder, para lo cual es necesario empezar a romper amarras con los hilos “invisibles” de la hegemonía del capital. Amarras que por momentos siembran pasividades y lagos de escepticismo político entre las mayorías, cuando de pensar se trata en la posibilidad que tiene la lucha contra el orden dominante. En este proceder, una primerísima acción por cumplir, es animar acciones y posturas de distancia y ruptura con el sistema financiero, el mismo que tiene a cada uno de nosotros subsumidos, como rueda suelta, en la solución de las necesidades de vivienda, salud, educación, alimentación. Cada uno sometido, por demás, al afán mensual de pagar intereses y abonar a las deudas, para lo cual estamos obligados en no pocas ocasiones a trabajar más de una jornada. Entonces, la atomización y el individualismo no es casual.

 

Romper con esta lógica de producción y reproducción, aunque parezca imposible, es el paso inicial para quebrar en el largo plazo el sistema dominante. Para sembrar, paso a paso, otra economía y otras relaciones sociales, todo lo cual puede hacerse sin dejar de luchar contra el establecimiento, y confrontarlo, en el día a día, izando las banderas del cambio del aquí y ahora, pero sin arriar ni dejar de abonar a las del mañana.

 

En esa ruptura y en ese cambio, otra medida indispensable para desarrollar, es la de poner a rodar una moneda o un medio de intercambio a través del cual fracturar el mercado capitalista y ahondar solidaridades sociales. Medida que al mismo tiempo y como uno de sus efectos le permita a la izquierda cimentar la necesaria dualidad de poderes, sin la cual difícilmente ganará en credibilidad entre todos aquellos a quienes pretende estimular para una lucha tan necesaria para vivir como el aire mismo.

 

Estamos viviendo tiempos de crisis y, por tanto, de cambio en todos los niveles. La necesaria transformación de la izquierda, de sus formas de acción y proceder, de sus lenguajes y símbolos, de sus tejidos y relacionamientos sociales, de su visión sobre el Estado y el poder, no puede quedar por fuera de esta realidad y oportunidad. No dejemos pasar el tiempo sin proceder y ahondar en crítica frente a la cotidianidad.

Publicado enEdición Nº233