Martes, 15 Marzo 2011 07:19

Consorcios vs. pueblos

Cuando está uno en el Ártico, por lo menos hay que tratar bien al anfitrión. El gigantesco consorcio petrolero anglo-holandés Royal Dutch Shell recibió una dura lección al respecto cuando planeaba instalar dos pozos de perforación en el mar de Beaufort, en Alaska, hace un par de años. Había gastado 84 mdd en arrendamientos en la costa y satisfecho a las autoridades. Pero no había logrado granjearse a los inupiat, un grupo inuit (esquimal) al que le preocupaba que los rompehielos y los barcos perforadores lastimaran a las ballenas de Groenlandia, de las que ellos dependen. Sus líderes y grupos ambientalistas demandaron a las autoridades reguladoras estadunidenses por no acatar una ley de 1970 referente a impactos ambientales. Eso les permitió arrancar varias concesiones a Shell, entre ellas un compromiso de detener toda operación frente a la costa durante la temporada de migración y caza de los cetáceos en caso de que comiencen las perforaciones.

Mucho se ha dicho de los conflictos entre los estados del Ártico a causa del repliegue del casquete polar, que ha vuelto accesibles por primera vez muchos recursos naturales. Pero hasta ahora las disputas habían sido de un tipo diferente. La experiencia de Shell en Alaska se repite alrededor del Polo Norte. Y esos conflictos se volverán más comunes. Grupos indígenas consideran gran parte de la costa ártica como su territorio natural (ver mapa) y están dispuestos a defender sus derechos. A finales de febrero, representantes de los inuit se reunieron en Ottawa para definir una postura común en cuanto al desarrollo de recursos en el Alto Norte.

De hecho, los países que rodean el Ártico no tienen mucho por lo cual discutir. Los recursos en tierra yacen dentro de fronteras claramente delineadas, y los submarinos –estimados en 83 mil millones de barriles de petróleo, más de las reservas probadas actuales de Rusia– están en su mayoría en aguas poco profundas bajo jurisdicción de los estados costeros. "No hay competencia por los recursos del Ártico, ni apetito para el conflicto", señala Michael Byers, autor del libro Who owns the Arctic? (¿Quién es dueño del Ártico?). En vez de ponerse a pelear, dice, el año pasado Noruega y Rusia concluyeron el año pasado una disputa de décadas.

En contraste, el potencial de conflicto con pueblos originarios es muy alto. Los inuit en particular viven en zonas abundantes en recursos naturales, y si bien son una pequeña minoría –se estima que hay 160 mil esparcidos en el Ártico–, han logrado cierto grado de poder. Groenlandia, territorio de Dinamarca con preponderancia de población inuit, asumió autonomía en 2009, la cual le dio el control de sus recursos. Nunavut, vasto territorio del norte de Canadá, fue creado una década antes mediante un acuerdo con los inuit.

Más aún, los inuit están decididos a no dejarse hacer a un lado. Han ampliado su poder uniéndose en el Consejo Circumpolar Inuit (CCI), organismo creado en 1977. Han empleado su pertenencia a diversos órganos de Naciones Unidas para comparar notas con grupos indígenas de todo el mundo. Han hecho equipo con otros pobladores del Ártico, como los sami de Escandinavia y los dene del noroeste de Canadá, y han buscado asesoría legal experta para formular su postura común, la cual darán a conocer en mayo.

Los inuit no se oponen al desarrollo, pero quieren asegurarse de que ocurra en sus términos. Esto significa proteger el ambiente, pero también recibir la parte que les corresponde. "Durante siglos las tierras y aguas del Ártico han sido explotadas por todo mundo, excepto los inuit. Ahora es nuestro turno", expresó Kuupik Kleist, primer ministro de Groenlandia, en una reunión en Ottawa. El territorio cuenta con el petróleo y el gas que tiene frente a sus costas para acelerar su camino hacia la independencia. El año pasado permitió que continuara la exploración mientras otros se detenían luego del desastroso derrame de petróleo en el Golfo de México.

Otros delegados hablaron con desdén de compañías que hace algún tiempo indujeron a los inuit a firmar pactos leoninos. En un caso una empresa proveyó a comunidades pobres de Rusia con una caja de vodka y un poco de comida. En otro, una firma de Canadá trató de comprar acceso a un depósito de níquel en Quebec ofreciendo dinero en efectivo y dos removedores de hielo para la pista de patinaje local.

Sin embargo, fueron los relatos de éxito inuit los que más atrajeron a los delegados. Un ejemplo es la mina Red Dog, en el norte de Alaska. Creada como coinversión entre el operador, Teck Alaska, y los inupiat de la localidad, ha metido mucho dinero a las arcas de la etnia: 146 mdd tan sólo en 2010. Puede ser que tales acuerdos parezcan muy onerosos para el apetito de muchas compañías explotadoras de recursos naturales que tienen sueños árticos. Sin embargo, la creciente interconexión entre los inuit hace improbable que acepten menos en un país cuando saben lo que sus hermanos en otros lugares han recibido.

Los inuit saben que no siempre obtendrán lo que quieren, por ejemplo en Rusia, donde los derechos de los yupik, otro grupo inuit, están consagrados en la constitución, pero son erosionados por el gobierno. Por otra parte, los sucesos en Medio Oriente sólo elevarán la ambición por su petróleo y su gas. "Nos guste o no, el desarrollo va a ocurrir", señala Edward Itta, el líder inuit que arrancó las concesiones a Shell.

Fuente: EIU
Traducción de texto: Jorge Anaya

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Viernes, 11 Febrero 2011 07:18

Aferrado al poder

Para el horror de los egipcios y del mundo, el presidente Hosni Mubarak –demacrado y aparentemente desorientado– apareció en la televisión estatal anoche para negar toda exigencia de sus opositores, al anunciar que va a quedarse en el poder durante por lo menos cinco meses. El ejército egipcio, que ya prácticamente había iniciado un golpe de Estado, quedó confundido con el discurso del presidente, que había sido ampliamente publicitado –tanto por sus amigos como por sus enemigos– como un discurso de adiós después de treinta años de dictadura. La inmensa multitud en la plaza Tahrir se volvió loca de enojo y resentimiento.

Mubarak trató –increíblemente– de aplacar al pueblo furioso con una promesa de investigar los asesinatos de sus opositores en lo que él llamó “los infortunados y trágicos eventos”, aparentemente ignorando la furia masiva dirigida a su dictadura de tres décadas de corrupción, brutalidad y represión. El viejo originalmente había parecido listo para abandonar, enfrentado al fin con la furia de millones de egipcios y el poder de la historia, apartado de sus ministros como un bacilo. Sólo a regañadientes su propio ejército le había permitido decir adiós a la gente que lo odiaba.

Sin embargo, en el mismo momento en que Hosni Mubarak se embarcó en lo que se suponía que iba a ser su discurso final, dejó en claro que tenía la intención de aferrarse al poder. Después del discurso, el ministro de Información del presidente insistió en que Mubarak no se iría. Hubo quienes, hasta el último momento, temieron que la ida de Mubarak fuera una acción cosmética –aunque su presidencia se había evaporado frente a la decisión del ejército de tomar el poder horas antes del discurso presidencial—.

La historia puede decidir más adelante que la falta de fe del ejército en Mubarak hizo que éste perdiera efectivamente su presidencia después de tres décadas de dictadura, de torturas a manos de la policía secreta y de corrupción en el gobierno. Confrontado aun por mayores manifestaciones en las calles de Egipto hoy, ni siquiera el ejército podía garantizar la seguridad de la nación. Sin embargo, para los opositores de Mubarak hoy no será un día de alegría y de regocijo y victoria, sino un potencial baño de sangre.

Pero, ¿fue ésta una victoria para Mubarak o un golpe de Estado militar? ¿Puede Egipto ser libre? Para los generales del ejército que insistieron en su partida fue una jornada tan dramática como peligrosa. ¿Son ellos, un Estado dentro del Estado, los verdaderos guardianes de la nación, defensores del pueblo, o continuarán apoyando al hombre que ahora debe ser juzgado casi por insania? Las cadenas que atan a los militares a la corrupción del régimen eran reales. ¿Van a apoyar a la democracia o cimentarán un nuevo régimen de Mubarak?

Aun cuando Mubarak todavía estaba hablando, los millones en la plaza Tahrir rugían su furia. Por supuesto que los millones de egipcios valientes que lucharon contra todo el aparato de la seguridad del Estado gobernado por Mubarak debieran haber sido los vencedores. Pero como lo demostraron los hechos de ayer a la tarde muy claramente, fueron los altos generales –que disfrutan del lujo de las cadenas hoteleras, los shoppings, las propiedades y las concesiones bancarias del mismo régimen corrupto– los que permitieron que Mubarak sobreviviera. En una reunión del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas Egipcias que no presagiaba nada bueno para Mubarak, el ministro de Defensa, Mohamed Tantawi –uno de los amigos más cercanos al dictador—, aceptó cumplir con las exigencias de los millones de manifestantes por la democracia, aunque no llegó a decir que el régimen mismo sería disuelto. A Mubarak mismo, comandante en jefe del ejército, no se le permitió asistir.

Pero esto es un Medio Oriente épico, uno de esos momentos cruciales cuando el pueblo árabe –olvidado, castigado, infantilizado, reprimido, a menudo golpeado, torturado demasiadas veces, ocasionalmente ahorcado– todavía lucha por darle un empujón a la gran rueda de la historia y sacarse de encima el peso de sus vidas. Anoche, sin embargo, la dictadura había ganado. La democracia había perdido.

Todo el día, el poder de la gente había crecido en la misma medida en que el prestigio del presidente y su partido vacío colapsaban. Las enormes multitudes en la plaza Tahrir comenzaron ayer a moverse por todo el centro de El Cairo, aun moviéndose detrás de los portones de hierro de la Asamblea del Pueblo, instalando sus carpas frente al edificio seudogriego del Parlamento, unidos en el reclamo de nuevas y justas elecciones. Hoy planeaban entrar al Parlamento mismo, tomando por asalto al símbolo de la falsa “democracia” de Mubarak. Feroces discusiones entre la jerarquía del ejército –y aparentemente entre el vicepresidente Omar Suleimán y Mubarak mismo– continuaban mientras las huelgas y los paros se extendían por todo Egipto. Se estimaba que más de siete millones de manifestantes estaban en las calles de Egipto ayer –la mayor manifestación política en la historia moderna del país, mayor aun que los seis millones que asistieron al funeral de Gamal Abdul Nasser, el primer dictador egipcio cuyo reinado continuó a través de la vana y finalmente fatal presidencia de Anwar el Sadat y las tres mortales décadas de Mubarak—.

Era demasiado temprano anoche para que los millones en la plaza Tahrir entendieran las complejidades legales del discurso de Mubarak. Pero el discurso había sido condescendiente, interesado e inmensamente peligroso. La Constitución egipcia insiste en que el poder presidencial debe pasar al presidente del Parlamento, un incoloro amigote de Mubarak llamado Fatih Srour, y las elecciones –justas, si esto se puede imaginar– llevadas a cabo dentro de los próximos 60 días. Pero muchos creen que Suleimán puede querer gobernar por alguna nueva ley de emergencia tras echar a Mubarak del poder, sacando a relucir una fecha para una nueva y fraudulenta elección y otra terrible época de dictaduras.

La verdad, sin embargo, es que los millones de egipcios que han tratado de derrocar a su Gran Dictador tienen por su Constitución –y por el Poder Judicial y todo el edificio de las instituciones gubernamentales– el mismo desdén que tienen por Mubarak. Quieren una nueva Constitución, nuevas leyes que limiten los poderes y el ejercicio de los presidentes, nuevas y prontas elecciones que reflejen “la voluntad del pueblo” más que la voluntad del presidente y el presidente de la transición, o de los generales, brigadieres y los matones de la seguridad estatal.

Anoche, un oficial militar que vigilaba a las decenas de miles que celebraban en El Cairo tiró su rifle y se unió a los manifestantes, como otra señal de la crecientes simpatía de los soldados egipcios comunes por los manifestantes de la democracia. Habían sido testigos de muchos sentimientos similares del ejército durante las últimas dos semanas. El momento crítico llegó la noche del 30 de enero, cuando, ahora resulta claro, Mubarak ordenó al Tercer Ejército Egipcio que aplastara a los manifestantes en la plaza Tahrir con sus tanques después de volar aviones rasantes de combate F-16 sobre los manifestantes.

Se podía ver a muchos de los altos comandantes en tanques sacándose sus cascos para usar sus celulares. Estaban, se sabe ahora, llamando a su propia familia militar pidiendo consejo. Padres que habían pasado sus vidas sirviendo en el ejército egipcio les decían a sus hijos que desobedecieran, que nunca debían matar a su propia gente.

Por lo tanto, cuando el general Hassan al Rawani les dijo a las multitudes ayer a la noche que “todo lo que ustedes quieren será realizado –todas sus exigencias se cumplirán—”, la gente gritó: “El ejército y el pueblo están juntos, el ejército y el pueblo están unidos”. Anoche, la corte de El Cairo evitó que tres ministros –hasta ahora anónimos, aunque casi seguramente incluyen al ministro de Interior– abandonaran Egipto.

Pero ni el ejército ni el vicepresidente Suleimán pueden enfrentar la mucho mayor manifestación planeada para hoy, realidad que le fue transmitida a Mubarak por el mismo Tantawi, en presencia de Suleimán. Tantawi y otro general –que se cree que es el comandante del área militar de El Cairo– llamaron a Washington, según un alto oficial egipcio, para darle la noticia a Robert Gates en el Pentágono. Debe haber sido un momento aleccionador. Durante días la Casa Blanca había estado observando las masivas manifestaciones en El Cairo, temerosa de que se pudiera convertir a Egipto en un mítico monstruo islamista, asustada por la posibilidad de que Mubarak se fuera, y aún más asustada porque se quedara. Los hechos de las últimas doce horas no fueron una victoria para Occidente. Los líderes estadounidenses y europeos que se regocijaban ante la caída de las dictaduras comunistas se sentaban desanimados mirando los extraordinarios y esperanzadores hechos en El Cairo –una victoria de la moralidad sobre la corrupción y la crueldad– con el mismo entusiasmo con que muchos dictadores de Europa oriental miraban la caída de sus naciones del Pacto de Varsovia.

Por Robert Fisk, d
e The Independent de Gran Bretaña. Especial para Páginal12. Traducción: Celita Doyhambéhère.
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"Mubarak, haz como Ben Alí, lárgate". La joven egipcia Hela Halou pide en Facebook la dimisión del octogenario líder de este país árabe y numerosos internautas secundan sus gritos virtuales. "¡Sí, lárgate! [...] Fletemos un avión y metamos a Mubarak y las demás momias dentro", añade Ahmed, mientras otro participante de la red social invita a la acción: "Hermanos y hermanas de Egipto, tenemos que luchar. No temáis a la policía".

El derrocamiento del régimen tunecino de Ben Alí ha desatado la euforia en internet entre miles de jóvenes urbanos del norte de África. Hastiados de regímenes autoritarios y corruptos que no les ofrecen oportunidades económicas e impiden que sus reclamaciones se asomen a los medios tradicionales, han encontrado en las nuevas tecnologías un aliado para burlar la censura y expresarse sin cortapisas.
Un nuevo símbolo

La red popularizó el acto deses-perado de Mohamed Buazizi, el tunecino de 26 años que se quemó a lo bonzo, y lo ha convertido en el símbolo de la Revolución de los jazmines. Los tunecinos han arrancado los carteles oficiales de Ben Alí y pegado sobre ellos la fotografía de Buazizi, un fotomontaje que airean en las protestas. Su gesta ha ido aún más allá y ha saltado la frontera. Dos marroquíes ayer y otras diez personas en los días previos en Argelia, Egipto y Mauritania, han seguido su ejemplo.

"Buazizi se ha convertido en un símbolo brutal, una muestra de la desesperación extrema de un joven sin expectativas de futuro, dispuesto a acabar con su vida a pesar de que el suicidio, por motivos sociales y religiosos, es un estigma para los musulmanes", explica Haizam Amirah Fernández, investigador principal para el Mediterráneo y Mundo Árabe en el Real Instituto Elcano.

Muchos magrebíes pueden identificarse con Buazizi. La crisis económica ha aumentado el desempleo juvenil, empeorando aún más sus condiciones laborales y complicando la posibilidad de emigrar a Europa. Los jóvenes ven cómo sus bajos sueldos menguan más y más a medida que el precio de los alimentos y de la factura energética se dispara, mientras sus corruptas élites políticas siguen malversando fondos públicos y haciendo ostentación de su riqueza.

"Frustración acumulada"

"El régimen de Ben Alí era anacrónico en un país con ciudadanos educados y conscientes", subraya Senén Florensa, director general del Instituto Europeo del Mediterráneo (IEMed). También lo son, a ojos de poblaciones cuya media de edad no supera los 30 años, los regímenes de Marruecos, Argelia, Libia y Egipto, liderados por una gerontocracia sorda a su malestar. "La frustración acumulada de aquellos que han estudiado y, en cambio, ven que no pueden tener la misma vida que sus padres tiene que acabar estallando", predice Amirah.

"Pero hay que recordar que las protestas de Túnez no son las primeras. Entre 2004 y 2005 hubo protestas en Egipto, en 2008 en Marruecos, en Argelia este año... Y no trajeron una revolución como la que estamos viendo", subraya Barah Mikail, investigador senior de FRIDE .

Los expertos coinciden en que la revolución tunecina es un aviso serio para los autócratas árabes y traerá cambios simbólicos; "medidas cosméticas por parte de los regímenes", en palabras de Amirah. Aún así, las diferencias entre este país y sus vecinos impiden pensar en un efecto dominó que borre las dictaduras de la región. "Al menos a corto plazo", matiza Mikail, "hasta que se vea si Túnez es capaz de dar el salto a la democracia, algo que aún no es seguro".

La principal diferencia es el rol del ejército, "que en Túnez decidió no apoyar a Ben Alí", agrega el analista de FRIDE. Ahmed Driss, director del centro de Estudios Internacionales y Mediterráneos de Túnez, comparte su punto de vista: "El régimen, al ver que no podía contar con los militares ni aplastar las protestas, se vio abocado a su final. Es díficil que este dato fundamental se reproduzca. Por ejemplo, en Libia, el ejército no tiene ninguna razón para retirar su apoyo a Muamar Gadafi. Además, la población en países como Libia y Marruecos no se ha levantado aún."

Capacidad de decisión política

El respaldo militar es también clave en Argelia, informa Guillaume Fourmont. A diferencia de Túnez, el ejército argelino "no ha sido marginado por las autoridades, sino que participa en el proceso de decisión política", explica Amel Boubekeur, especialista del Magreb en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París.

En Argelia, continúa, "el poder no está en las manos de un solo hombre, como en Túnez. Está mucho más difuso. Nadie está muy seguro del poder de maniobra de Buteflika".

"No hay que olvidar que Argelia vive en estado de emergencia y que las manifestaciones están prohibidas", recuerda la analista. En otras palabras, en caso de revueltas, el ejército atacará a la población, como hizo ayer, cuando los militares reprimieron una marcha prodemocrática de 300 personas. "Hay varios heridos y numerosos arrestos", dijo Said Sadi, líder de la protesta.

En Egipto, las fuerzas armadas apoyan a Hosni Mubarak pero, sobre todo, "están en contra de que los Hermanos Musulmanes [la principal fuerza opositora] lleguen al poder y formen un Gobierno islamista", explica Mikail. "Todos los partidos opositores han sido perseguidos y diezmados desde las legislativas de septiembre pasado y no hay una alternativa fuerte a Mubarak", agrega. Por eso, concluye, habrá que esperar hasta las elecciones presidenciales o a la muerte de Mubarak para ver si la indignación ciudadana precipita un cambio.

Silencio en Europa

"La revolución tunecina se ha producido desde el interior, sin ayuda de Europa. [...] Además, se ha tratado de un movimiento social sin instrucción alguna de partidos políticos", destaca Ridha Tlili, experto en transiciones democráticas de la universidad de Túnez.

Tras haber puesto a este país como ejemplo una y otra vez, la UE guarda silencio. Florensa, ex embajador en Túnez, cree que "Europa tiene que apoyar claramente la transición democrática". Al otro lado del Mediterráneo, el bloguero Anuar Dilou disiente: "La UE fue cómplice de un régimen criminal. Esperemos que ahora no sea hipócrita y se quede al margen".

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Domingo, 12 Diciembre 2010 07:16

Cuba: dos opciones falsas y una rechazada

La estatización de la economía no es sinónimo de socialismo. Éste requiere la participación valiente, ardorosa, consciente, de los trabajadores, y una modificación profunda en las relaciones en la sociedad y en el poder entre los que mandan y los que obedecen, de modo de ir debilitando el viejo Estado y reforzando y creando uno nuevo, democrático. La alternativa a la estatización no es tampoco la economía de mercado, ni siquiera el mercado controlado por el Estado sobre todo cuando éste no tiene la capacidad técnica de crear polos económicos de punta y de control sobre los demás sectores.

Había otra opción, o sea sincerar hace decenios la situación económica, exponer los problemas reales ante todos, buscar que todos los trabajadores y la población en general estuviera informada, fuera protagonista. Esa opción fue descartada y la prensa y los medios de información cubanos ocultaron sistemáticamente los problemas y la magnitud de los mismos durante años. La creencia de que la Unión Soviética y los países de Europa oriental eran socialistas y, además, durarían eternamente, no sólo llevó a imitar métodos desastrosos sino también a mantener a Cuba en una situación de exportadora de azúcar, níquel y trabajadores, dependiente del CAME o Comecon, retardando eternamente la adopción de medidas de fondo para evitar los errores iniciales, como la estatización de todas las empresas minúsculas y los servicios y el ocultamiento de la desocupación inflando las plantillas, para que todos tuviesen cómo ganarse la vida. La vía de la participación, de la democracia social, de la autogestión social generalizada, jamás se practicó, un poco por la imposición de centralismo, para defenderse de la guerra que libra contra Cuba el imperialismo, otro poco por errores políticos evitables.

La dirección cubana, nacida de una revolución democrática y antimperialista, no claudicó ante el imperialismo y con valentía defendió la independencia de la isla y por eso tiene consenso mayoritario, pero la descomposición de la economía bajo el impacto de los huracanes y de la crisis mundial desarrolló en el seno de la alta burocracia y en las capas privilegiadas de la sociedad tendencias al acomodamiento con el capitalismo mundial y al desarrollo del mercado. El sector del gobierno que quiere hoy iniciar un camino chino (apertura al mercado controlado por el Estado y un partido fuerte) libra un combate contra esa tendencia claudicante, que tiene detrás de sí todo el peso del capitalismo y del mercado mundial y que se apoya en la desilusión de vastas capas de la población cubana.

La batalla no está ganada de antemano porque en Cuba, a diferencia de China, hay muy pocos campesinos, la población es más vieja, no existen capitales cubanos en el exterior que, por nacionalismo, inviertan en la isla, no hay, tradicionalmente, una cultura de la innovación y del trabajo como en el país asiático y la productividad es baja no sólo porque los salarios son simbólicos sino también porque muchas fábricas tienen una tecnología obsoleta de origen soviético, costosa en energía y en reparaciones.

Las decisiones adoptadas a espaldas de los trabajadores, las reglas y normas que todo el mundo sabe que son diariamente violadas porque no hay otro modo de subsistir, las desigualdades planteadas por el sistema de dos monedas y por los privilegios relativos de sectores de la burocracia, desgraciadamente redujeron la capacidad de reacción y de intervención de los trabajadores, los desgastaron y desmoralizaron. El resultado es que el mismo gobierno tiene que advertir que se podrá hablar sin temor a represalias al convocar a una discusión amplia de las decisiones (por otra parte ya adoptadas y que figuran en la Gaceta Oficial desde octubre).

Sabiendo que no tiene mucho sentido discutir lo ya resuelto y temiendo abrir la boca, en las asambleas de discusión reina el silencio, se vota por unanimidad, y poquísimos intervienen. ¿Hay realmente unanimidad ante las drásticas medidas o el gobierno enfrenta una mezcla de resignación, impotencia y protesta mal digerida? El sector chino podrá imponerse pero al acecho están los burócratas precapitalistas o candidatos a ser capitalistas, como los de la ex Unión Soviética, porque no hay un control y una presión de masas que hagan posible la dirección de los primeros y que impidan a la vez el desarrollo y el sabotaje de los que reciben aliento del mercado para afirmar sus privilegios.

Por supuesto, cuando el barco hace agua no es el momento adecuado para discutir por qué se está en esa situación y de quién es la responsabilidad principal sino que hay que dedicarse a hacer posible y poco costosa en términos políticos incluso la menos peor de las opciones para salir del trance, la militar-tecnocrática china. Hay que evitar el agravamiento de la crisis económica cubana y su transformación en crisis política porque si bien hoy no hay una participación masiva y decidida en la propuesta de soluciones ni confianza en proponerla, en la lucha en las cumbres del aparato estatal y partidario entre las dos tendencias mencionadas, la nacionalista antimperialista tenderá posiblemente mañana a apoyarse en algún momento en los trabajadores. Lo grave, hasta ahora, es que las nuevas medidas que están siendo aplicadas golpean sobre todo a los sectores más pobres y débiles, que son la base de apoyo de la Revolución. Una política de gran austeridad, que empiece por reducir salarios y privilegios de sectores burocráticos, civiles y militares, en las instituciones y las empresas, podría demostrar a la población que las medidas adoptadas, en general, son una imposición de la crisis y que el gobierno hará de modo de que ésta no afecte sólo a los pobres. Si hay un cambio en la política de las informaciones, podría reconstruirse en parte la credibilidad de las afirmaciones oficiales.

Por Guillermo Almeyra
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La iniciativa, que crea formas de gobierno comunitarias, es una pieza fundamental para el "socialismo del siglo XXI" que impulsa el presidente Hugo Chávez. El texto privilegia el modelo de democracia "participativa, protagónica y corresponsable", y establece "la constitución de formas de autogobierno comunitarias y comunales, para el ejercicio directo del poder".

Esas instancias, como la "comuna" y el "consejo comunal", podrán asumir funciones de administración bajo una economía de "propiedad social comunal" y "desarrollo endógeno", según la normativa.
El proyecto de ley establece que "la comuna es una entidad local socialista, constituida por iniciativa soberana del pueblo organizado, donde y a partir de la cual se edifica la sociedad socialista". Cada comuna recibirá recursos del Estado, contará con un Parlamento Comunal y una Carta que garantizará "la primacía del interés colectivo sobre el interés particular".

La organización comunal es una larga ambición de Chávez, que en 2007 la incluyó dentro de una propuesta de reforma constitucional que fue rechazada en referendo. "El pueblo es el depositario de la soberanía y la ejerce a través del poder popular (...) que se expresa en comunidades, comunas y autogobierno de las ciudades", definió por entonces Chávez.

En tanto, la ley del Sistema Económico Comunal, que secunda a la ley de Poder Popular, busca establecer un sistema basado en la "propiedad social". Las empresas comunales, que se crearán al amparo de estas leyes, coexistirán junto al "modelo capitalista", señala el diputado oficialista Afredo Murga, de la comisión de Participación Ciudadana, "hasta que la madurez de la sociedad vaya extinguiendo esas formas capitalistas". "El esquema de producción capitalista no se eliminará de un plumazo", afirmó. "Queremos refundar la República sobre las bases de una sociedad socialista", remató Murga.

La ley fue aprobada a menos de un mes de la entrada en funciones de la nueva Asamblea Nacional, el Parlamento, en la que por primera vez en cinco años el oficialismo no tendrá la mayoría calificada de la que disfrutó durante este período ya que en 2005 la oposición se retiró de los comicios. A partir de enero, la oposición tendrá 67 de los 165 escaños.
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Lunes, 06 Diciembre 2010 06:33

Hackers vengadores y espías en diligencia

El caso WikiLeaks tiene un doble valor. Por un lado, no es más que un escándalo aparente, un escándalo que sólo parece tal por la hipocresía que gobierna las relaciones entre los Estados, los ciudadanos y la prensa. Por otro lado, anuncia cambios profundos a nivel internacional y prefigura un futuro dominado por la regresión.

Pero vayamos por orden. El primer aspecto de WikiLeaks es la confirmación del hecho de que cada dossier abierto por un servicio secreto (de cualquier país) está compuesto exclusivamente de recortes de prensa. Las “extraordinarias” revelaciones americanas sobre los hábitos sexuales de Berlusconi no hacen más que informar de lo que desde hace meses se puede leer en cualquier periódico (salvo aquellos cuyo propietario es Berlusconi), y el perfil siniestramente caricaturesco de Gadafi era desde hace tiempo un tema corriente entre los artistas de cabaret.

La regla según la cual los dossiers secretos no deben contener más que noticias ya conocidas es esencial para la dinámica de los servicios secretos, y no únicamente los de este siglo. Si va usted a una librería consagrada a publicaciones esotéricas, verá que cada obra repite (sobre el Grial, el misterio de Rennes-le-Château, los Templarios o los Rosacruces) exactamente lo mismo que dicen las obras anteriores. No se trata únicamente de que el autor de textos ocultos sea reacio a embarcarse en nuevas investigaciones (o que no sepa dónde buscar información sobre lo inexistente), sino de que quienes se consagran al ocultismo sólo creen aquello que ya saben, aquello que les confirma lo que ya les habían dicho.

Mucho ruido y pocas nueces
Es el mismo mecanismo que explica el éxito de Dan Brown. Y lo mismo pasa con los dossiers secretos. El informador es perezoso, y también es perezoso (o estrecho de miras) el jefe de los servicios secretos (si no lo fuera, podría ser, pongamos, redactor de Libération) que sólo da por cierto lo que reconoce como tal. Las informaciones top secret sobre Berlusconi que la embajada americana enviaba de Roma al Departamento de Estado eran las mismas que Newsweek había publicado la semana anterior.

Pero entonces, ¿por qué han hecho tanto ruido las revelaciones sobre estos dossiers? Por un lado, sólo dicen lo que cualquier persona cultivada ya sabe, esto es, que las embajadas, por lo menos desde el final de la Segunda Guerra Mundial y desde que los jefes de Estado pueden llamarse por teléfono o tomar un avión para almorzar juntos, han perdido su función diplomática y que a excepción de algunas funciones representativas menores se han convertido en centros de espionaje. Cualquier aficionado a las películas policiales lo sabe perfectamente, y sólo por hipocresía se hace ver que no se sabe.

Sin embargo, el hecho de repetirlo públicamente viola el deber de la hipocresía y pone en mal lugar a la diplomacia americana. En segundo lugar, la idea de que un hacker cualquiera pueda captar los secretos más secretos del país más poderoso del mundo supone un golpe nada menor para el prestigio del Departamento de Estado. En este sentido, el escándalo no pone tanto en crisis a las víctimas como a los “verdugos”.

El Gran Hermano es parte del pasado
Pero pasemos a la naturaleza profunda de lo que ha ocurrido. Antes, en tiempos de Orwell, cualquier poder podía ser visto como un Gran Hermano que controlaba cada gesto de sus súbditos. La profecía orwelliana se vio totalmente confirmada desde el momento en que el ciudadano pasó a ser la víctima total del ojo del poder, que ahora podía controlar gracias al teléfono cada uno de sus movimientos, cada una de sus transacciones, los hoteles que visitaba, la autopista que había tomado y así sucesivamente.

Pero ahora que se ha demostrado que ni siquiera las criptas de los secretos del poder pueden escapar al control de un hacker, la relación de control deja de ser unidireccional y se convierte en circular. El poder controla a cada ciudadano, pero cada ciudadano, o al menos el hacker -elegido como vengador del ciudadano- puede conocer todos los secretos del poder.

¿Cómo puede sostenerse un poder que ya no es capaz de conservar sus propios secretos? Es verdad que Georg Simmel ya decía que un auténtico secreto es un secreto vacío (el secreto vacío nunca podrá ser desvelado); es verdad, también, que todo saber sobre la personalidad de Berlusconi o de Merkel es efectivamente un secreto vacío de todo secreto, pues es de dominio público; pero revelar, como ha hecho WikiLeaks, que los secretos de Hillary Clinton eran secretos vacíos es robarle todo su poder.

Volver al espionaje a la antigua
WikiLeaks no ha perjudicado en absoluto a Sarkozy o a Merkel, y sí en cambio a Clinton y a Obama. ¿Cuáles serán las consecuencias de esta herida infligida a una potencia tan importante? Es evidente que en el futuro, los Estados no podrán poner online ninguna información reservada, pues eso sería como publicarla en un cartel pegado en la calle. Pero también es evidente que con las tecnologías actuales, es vano esperar que se puedan mantener conversaciones confidenciales por teléfono. Nada más fácil que descubrir si y cuándo un jefe de Estado se ha desplazado en avión y ha contactado con alguno de sus colegas.

¿Cómo podrán mantenerse contactos privados y reservados en el futuro? Sé bien que por el momento mi previsión no parece más que ciencia-ficción y resulta por lo tanto novelesca, pero no me queda otra opción que imaginar a los agentes del gobierno desplazándose en diligencia por itinerarios incontrolables, llevando únicamente mensajes aprendidos de memoria o, a lo sumo, escondiendo en el talón del zapato las raras informaciones escritas. Las informaciones se guardarán en copia única en cajones cerrados con llave: en el fondo, la tentativa de espionaje de Watergate tuvo menos éxito que WikiLeaks.

¿Quién informa a quién?
Ya había tenido ocasión de escribir antes que la tecnología avanza como un cangrejo, es decir, hacia atrás. Un siglo después de que el telégrafo sin hilos revolucionara las comunicaciones, Internet ha restablecido un telégrafo con hilos (telefónicos). Los vídeos (analógicos) habían permitido a los estudiosos del cine investigar una película paso a paso, haciendo avanzar y retroceder la película y descubriendo todos los secretos del montaje, mientras que ahora los CDs (digitales) sólo permiten saltar de capítulo en capítulo, es decir, por grandes secciones.

Con los trenes de alta velocidad se puede ir de Roma a Milán en tres horas, mientras que en avión, incluidos los desplazamientos que requiere, son tres horas y media. No tiene pues nada de sorprendente que la política y las técnicas de comunicación vuelvan a los carruajes.

Una última observación. Antes, la prensa se esforzaba por descubrir lo que se tramaba en el secreto de las embajadas. Hoy, son las embajadas las que piden informaciones confidenciales a la prensa.

Umberto Eco
5 Diciembre 2010

(Tomado de Libération)
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Jueves, 11 Noviembre 2010 18:44

Poder, autoridad y desobediencia (II)*

En 1599, un intelectual de la corte y del clero español, Juan de Mariana,
advertía a Felipe III sobre los inconvenientes de la tiranía en desmedro de
la monarquía, que era la mejor forma de gobierno posible. Antes no había
leyes, pensaba Mariana, y se confiaba en los reyes. Pero por desconfianza a
los príncipes, “se creyó que para obviar tan grande inconveniente podían
promulgarse leyes que fuesen y tuviesen para todos igual autoridad e igual
sentido”. No obstante, la autoridad política debía ser ejercida por un
noble, porque “la nobleza como la luz deslumbra, no sólo a la muchedumbre,
sino hasta los magnates, y sobre todo enfrenta la temeridad de los que
tengan un corazón rebelde”.

Más adelante el consejero le recuerda al príncipe que Enrique III de
Castilla decía temer más al pueblo que a los enemigos. Juan de Mariana era a
un mismo tiempo religioso católico y humanista —casi una norma en los
intelectuales de su época—, y esta ambigüedad se manifiesta a lo largo de
sus páginas. Por ejemplo, la idea tradicional del poder descendiendo de Dios
sobre el rey y de éste al pueblo, es invertida con estas palabras: “Los
pueblos le han trasmitido su poder [al rey], pero se han reservado otro
mayor para imponer tributo; para dictar leyes fundamentales es indispensable
siempre su consentimiento […] el poder real, si es legítimo, ha sido creado
por el poder de los ciudadanos”. Y otra vez una objeción de facto que no
sugiere una posible progresión histórica sino lo contrario: pero “el pueblo
no se guía desgraciadamente por la prudencia sino por los ímpetus de su
alma”.

La Era moderna terminó de sustituir esta idea de autoridad personal,
hereditaria, por los preceptos humanistas de igualdad y libertad. Pero esta
dinámica también se construye por una aparente contradicción: por un lado,
el Estado moderno representa todas aquellas promesas de superar las
jerarquías religiosas y la confianza en la equidad y las libertades
individuales, pero por otra parte también revela cierta incertidumbre sobre
la naturaleza de estas virtudes, lo que deriva en la manipulación y control
del Estado. Según la tradición hobbesiana, las acciones humanas no están
motivadas por el bien sino por el deseo. La guerra es una expresión de este
impulso, fuente del poder humano. La diferencia relativa de poder entre dos
seres humanos significa un poder absoluto cuando decide un conflicto a favor
de una de las partes; el reconocimiento de esta diferencia se convierte en
honor y prestigio. Es decir, el poder se consolida y legitima culturalmente.
Por esta razón, si se puede entender esta diferencia de poder como inherente
a la condición humana, también se puede entender como una creación
artificial, al menos en su expresión social, y por lo tanto mutable.

Pronto la legitimidad del poder social establecido deja de ser expresión
indiscutible de Dios (a través de la clase clerical, noble o aristocrática)
y comienza a ser radicalmente cuestionado. A mediados del siglo XIX Pi i
Margall adelantaba lo que un siglo después reconoceremos en Michel Foucault:
“el derecho de penar, simple atributo del poder, es tan místico y tan
inconsistente como el poder mismo. La ciencia no lo explica, el principio de
soberanía individual lo niega” (*Reacción*). Si para el psicoanálisis la
civilización es la expresión de la violencia primitiva, la sublimación de
los instintos salvajes o la materialización de tabúes como el incesto, para
los humanistas este estado actual se trata de una corrupción temporal de la
concepción contraria: la “naturaleza” original de los seres humanos radica
en la igualdad, la libertad se sostiene por su racionalidad, pero aún no ha
sido expresada plenamente: el objetivo de la civilización no es oprimir sino
liberar, ir del estado de necesidad al de libertad. Para Pi, “un ser que lo
reúne todo en sí es indudablemente soberano. El hombre, pues, todos los
hombres son ingobernables. Todo poder es un absurdo. Todo hombre que
extiende la mano sobre otro hombre es un tirano. Es más: es un sacrílego”.
Trazando un típico paralelismo entre el individuo y las naciones o pueblos,
antes había recordado: “entre dos soberanos no caben más que pactos.
Autoridad y soberanía son contradictorias. A la base social
*autoridad* debe, por lo tanto, sustituirse la base social
*contrato*. Lo manda así la lógica”.

Para que la verdadera libertad del individuo social sea alcanzada, Pi dice:
“*dividiré y subdividiré el poder, lo movilizaré, y lo iré de seguro
destruyendo*”. La concepción inversa dominó los siglos anteriores y fue
formulada en 1599 por Juan de Mariana. Aunque advirtiendo que las monarquías
suelen degenerar en tiranías, el religioso argumentó a favor de la
monarquía, ya que en el pueblo los malos son más que los buenos y no
conviene dividir el poder en un orden democrático. “No se pesan los votos,
se cuentan, y no puede suceder de otra manera”, se quejaba Mariana.

En el caso del humanismo radical, la revolución es una forma de progresión
por saltos y el objetivo principal es el individuo, pero siempre a través de
la asociación con los otros: “el pueblo no debe agradecer anda a nadie. El
pueblo se lo merece todo a sí mismo” (Pi).

En el siglo XX ya no quedan dudas sobre la naturaleza política del poder.
Para Edward Said, la autoridad no es un fenómeno misterioso o natural;
simplemente se forma y se irradia, es un instrumento de persuasión, posee un
determinado estatus, establece cánones estéticos y valores morales. La
autoridad se confunde con las ideas que eleva a categoría de verdad (*
Orientalism*).

(continua)

Jorge Majfud
Jacksonville University
majfud.org
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Sábado, 06 Noviembre 2010 14:54

Poder, autoridad y desobediencia (I)

En el siglo de las independencias (XIX), siglo de predominio romántico en Iberoamérica, de rebeliones y exaltación a la individualidad nacional, la obediencia social —de clase, de sexo y de raza— continuaba siendo un paradigma fundamental. El libertador Simón Bolívar, como muchos otros, en sus momentos de mayor producción intelectual dudó sobre la conveniencia de un sistema democrático para América Latina, no porque no tuviese fe en la teoría que se había practicado en Estados Unidos sino porque dudaba de las condiciones culturales de los pueblos acostumbrados a obedecer. En su famosa “Carta de Jamaica” (1815) a Henry Cullen, confiesa: “En tanto que nuestros compatriotas no adquieran los talentos y virtudes políticas que distinguen a nuestros hermanos del Norte, los sistemas enteramente populares, lejos de sernos favorables, temo mucho que vengan a ser nuestra ruina” (*Doctrina*).

Luego, citando a Montesquieu: “Es más difícil sacar a un pueblo de la servidumbre que subyugar a uno libre […] El Perú, por el contrario [a la rebeldía del Río de la Plata], encierra dos elementos enemigos de todo régimen justo y liberal: oro y esclavos […]; el alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la sana libertad: se enfurece en los tumultos o se humilla en las cadenas”.

La misma idea repetirá el ensayista ecuatoriano Juan Montalvo medio siglo después. Para Bolívar las divisiones son propias de las guerras civiles entre conservadores y reformadores. “Los primeros son, por lo común, más numerosos, porque el imperio de la costumbre produce el efecto de la *obediencia* a las potestades establecidas; los últimos son siempre menos numerosos aunque más vehementes e *ilustrados*” (*Doctrina*).

Entre estos últimos, estaban intelectuales liberales como Estaban Echeverría, exiliado en Montevideo y autor de *El dogma socialista* (1846): “Nosotros no exigimos obediencia ciega, dice San Pablo, nosotros enseñamos, probamos, persuadimos: *Fides* *suadenda non imperanda*, repite San Bernardo”. Más adelante: “la España nos recomendaba respeto y deferencia a las opiniones de las canas, y las canas podrán ser indicio de vejez pero no de inteligencia y razón. […] La España nos enseñaba a ser obedientes y supersticiosos y la
Democracia nos quiere sumisos a la ley, religiosos y ciudadanos”.

Uno de los mejores intelectuales argentinos de su época, Juan Bautista Alberdi, todavía entendía el progreso como el aumento de los mercados y la obediencia laboriosa de sus individuos. “La industria es el calmante por excelencia” (*Bases*). El mismo pensador que en 1842 afirmaba ante un público de universitarios en Montevideo que “la tolerancia es la ley de
nuestro tiempo” (*Ideas*), en 1852, en sus *Bases* para las constituciones, insistía en la sumisión de la mujer que recuerda al celebrado clásico del Siglo de Oro español (y del misoginismo) *La perfecta casada* (1583) de Fray Luis de León: “su instrucción no ha de ser brillante. No debe consistir en talentos e ornato y lujo exterior […] no ha venido al mundo para ornar el salón, sino para hermosear la soledad fecunda del hogar. Darle apego a su
casa es salvarla” (*Bases*). La misma idea es reformulada en el siglo XXI por nuevos teóricos del noepatriarcado en Estados Unidos: el patriarcado favorece el aumento de la tasa de natalidad y, por ende, la producción y predominio de un país a largo plazo (Longman).

Cuatro años antes Andrés Bello había advertido, desde una perspectiva humanista, que “las constituciones políticas *escritas* no son *a menudo*verdaderas emanaciones del corazón de una sociedad, porque suele dictarlas una parcialidad dominante”. Las diferencias de clases impregnan todo el pensamiento de los intelectuales de la época, mientras que las diferencias raciales aparecen de forma explícita. Para Domingo F. Sarmiento, reconocido
pedagogo de la época además de intelectual y presidente de la nación Argentina, la educación se reducía a la imposición de la disciplina, de la autoridad. “El sólo hecho de ir siempre á la escuela, de obedecer á un maestro, de no poder en ciertas horas abandonarse a sus instintos, y repetir los mismos actos, bastan para docilizar y educar á un niño, aunque aprenda poco” (Berdiales). Su idea de la infancia (“un niño no es más que un animal
que se educa y dociliza”) será también su idea del gaucho, del campesino y de todas las clases marginales o subalternas de su época. El mismo Alberdi, respondiendo al Sarmiento de *Facundo*, en 1865 demuestra el progresivo cambio de paradigma. El poder —entendido como el ejercicio político de una minoría en la cúspide de la pirámide social—, y luego la obediencia que lo realiza, ya no es percibido como manifestación de Dios o como fuerza
organizadora de la sociedad sino como un mal necesario destinado a decaer.
Según Alberdi, “el poder ilimitado de los recursos y medios de gobierno de toda la nación absorbidos en Buenos Aires, corrompió a Rosas como hubiera corrompido al mejor hombre, armado de este poder sin límites” (*Barbarie*).

Una característica que nace con el humanismo seis siglos antes es su rechazo a la autoridad; primero a la autoridad intelectual, luego a la autoridad política. Este rechazo —basado en los principios de *razón* e *historia*contra *autoridad* y *naturaleza*— provocará profundas reacciones, especialmente cuando este paradigma se había consolidado en su expresión teórica y en su retórica política, como en la España del siglo XIX. Además de intelectuales
anarquistas como Pi i Margall, la poesía es en algún momento concebida en un rol opuesto al tradicional. De la antigua elegía o alabanza al vencedor, a los poemas por encargo en adulación del rey, se pasa a la idea de que el poeta “jamás usa sus conceptos en adular el poder” (Zorrilla).

Este rechazo se transforma en un tópico del pensamiento del siglo XX: el poder y las posibles formas de liberación de su imposición arbitraria. El pensamiento posmoderno, con sus diversas y contradictorias manifestaciones —el poscolonialismo, el feminismo, las reivindicaciones de minorías sexuales y raciales, la concepción de la historia como un devenir sin objetivo, la multiplicidad de puntos de vista, la micropolítica y las teorías de la
narración, el estructuralismo y el antiestructuralmismo— ha reincidido en una fuerte crítica al poder como principal elemento creador de la realidad.

De ser una particularidad desde el primer humanismo del Renacimiento, se convierte en un principio “natural” del intelectual (prometeico) moderno y posmoderno: según Edward Said, una de las principales actividades intelectuales del siglo XX ha sido el cuestionamiento y sobre todo la tarea de “undermining of authority” (*Representations*). Así, no sólo ha
desaparecido el consenso sobre lo que constituye la realidad objetiva, según Said, sino además toda una serie de autoridades tradicionales, incluida Dios o la supuesta voluntad de Dios.

Para que esto sea posible, el individuo antes debe ser representado como libre y racional (dos dimensiones centrales del sujeto moderno). Como observó Cascardi, este punto de vista conduce a la idea de un individuo como un “espectador ideal”, independiente del fenómeno que observa. El individuo es visto como alguien que se ha liberado de las condiciones de un mundo encantado o del encantamiento de la naturaleza, tanto como de la necesidad
de obediencia a una autoridad exterior. Al mismo tiempo, este individuo aparece como agente de cambio de ese mundo exterior que, como consecuencia, debe derivar a un estado conformado por individuos libremente asociados. Razón por la cual el surgimiento de este nuevo sujeto tiende a reemplazar la autoridad religiosa por una práctica social basada en normas.

(*Continúa*)

Jacksonville University
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Domingo, 10 Octubre 2010 07:45

El poder de los militares

Si se sigue con un poco de atención el debate político-intelectual surgido en Ecuador tras los episodios de la semana pasada, es fácil descubrir que oscila entre quienes lo definen como un simple motín salarial que, más por imperio de la furia desorganizada que como resultado de una estrategia deliberada, derivó en el secuestro del presidente, y quienes lo consideran, sí, un intento de golpe de Estado, aunque –salvo los conspiracionistas que creen ver detrás la mano invisible de la CIA– hay acuerdo en que, incluso si fue un golpe, fue un golpe fracasado, desde sus inicios, en toda su improvisación estratégica y operativa.

Contra lo que indica el manual del buen golpista, los policías no llegaron, ni siquiera intentaron, tomar todos los centros neurálgicos del poder, ni se aseguraron el control territorial más allá del bloqueo desordenado del aeropuerto (no hubo retenes en los accesos a Quito ni bloqueos en las rutas que aislaran la ciudad); no detuvieron a otros líderes políticos (incluyendo al vicepresidente) y no aislaron a Correa (que se comunicaba vía telefónica con sus funcionarios y los medios). La sensación es que, una vez que lo secuestraron, no sabían bien qué hacer con él: evidentemente no se animaron a asesinarlo y, al encontrarse con la rotunda negativa del presidente a negociar bajo coacción, no supieron cómo reaccionar.

Aunque obviamente había vínculos de Lucio Gutiérrez, los policías sublevados no estaban lo suficientemente articulados con los dos actores políticos y sociales capaces de asumir el poder, los únicos núcleos alternativos al mismo Correa que existen en Ecuador: la oligarquía de Guayas liderada por al alcalde Jaime Nebot y el partido Sociedad Patriótica, de considerable penetración popular, capitaneado por Gutiérrez. Quizá por eso, los análisis posteriores tienden a pasar por alto el hecho de que –a diferencia de lo que sucedió en Venezuela en 2002 o en Bolivia en 2008– las movilizaciones populares en rechazo al golpe fueron tibias, lo que demuestra que el gobierno de Correa puede gozar de un altísimo nivel de aprobación, pero que se trata de una aprobación difusa, poco organizada, sin liderazgos fuertes más allá del mismo presidente.

En todo caso, y más allá de un debate que puede volverse semántico, Ecuador se suma a la lista de intentonas fracasadas, que incluye a Venezuela (donde –ahí sí– una parte del ejército acompañó al liderazgo civil golpista) y Bolivia (donde tanto los militares como la policía se mantuvieron leales al presidente). En este marco, Honduras aparece como una clara excepción, con una serie de características propias: el origen fue un conflicto institucional de poderes (que luego desembocó en un golpe); había actores sociales y corporativos (empresarios, medios, un sector de los sindicatos) dispuestos a hacerse cargo del poder; dos de los tres poderes del Estado (el Congreso y la Corte) se mostraron dispuestos a pintar de un barniz institucional al golpe y, sobre todo, había un liderazgo claro (el del senador Roberto Micheletti) y un proyecto definido (estirar el gobierno de facto hasta las elecciones).

Pero nada de esto debería interpretarse como una minimización de los episodios ocurridos en Ecuador. Si se revisa la secuencia, salta a la vista que, aunque no todos los policías se sublevaron, y aunque probablemente quienes efectivamente se levantaron en armas no pasaron de unos cientos, la huelga de brazos caídos fue total en todas las ciudades salvo en Cuenca: la sensación de anomia que por unas horas se instaló en el país y los saqueos de Guayaquil dan cuenta de esta realidad. Por otra parte, como señaló correctamente Eduardo Gudynas, hay que recordar que en la conferencia de prensa de las fuerzas armadas los jefes militares reconocieron explícitamente la autoridad presidencial y ratificaron su alineamiento con los poderes democráticos... pero reclamaron la anulación de la ley del servicio civil y hasta pidieron una mejora de los salarios. Como sostiene Gudynas, casi un chantaje: respaldamos al presidente si nos aumenta los sueldos.

Pero lo central, más allá del debate posterior, es que los acontecimientos ecuatorianos reavivan el debate acerca de la importancia de asegurar el control civil sobre las fuerzas de seguridad (incluyendo tanto a las fuerzas armadas como a las policías y sus auxiliares) y definir claramente las competencias de cada una, en particular en aquellas democracias que atraviesan fuertes procesos de cambio: el punto más frágil, y del que se habla menos, es hoy Paraguay.

El problema es general. En momentos en que Brasil es visto como un ejemplo para toda la región, con innegables aciertos que son señalados como la senda que debería seguir la Argentina, vale la pena recordar que la confusión entre las tareas de seguridad interior y defensa exterior y la autonomía operativa, y por momentos incluso política, de los militares y policías, constituye un problema que Brasil aún no ha logrado resolver. En Brasil los militares cumplen una larga serie de funciones que tienen poco que ver con su tarea original: manejan la Policía Militar de cada estado (equivalente a las policías provinciales), controlan el tránsito, ayudan a combatir el dengue, se ocupan de la seguridad en el Carnaval de Río, de proteger al Papa..., hasta los bomberos, institución civil por excelencia, dependen de los militares.

Jorge Zaverucha, especialista brasileño en cuestiones militares, lo explica de esta forma: “En los países democráticos, las competencias de la policía y las del Ejército están claramente separadas. La policía se ocupa de los adversarios y el Ejército, de los enemigos. Por ello, las doctrinas, el armamento y la instrucción son diferentes. Sin embargo, en Brasil estas competencias están entremezcladas. El proceso de politización de las fuerzas armadas se da simultáneamente con la militarización de la policía”. El general Leônidas Pires Gonçalves, primer ministro del Ejército de la democracia, lo había expresado claramente años atrás: “No estamos entrenados para esposar a la gente. Si visita los cuarteles, no verá esposas en ningún lado, pero sí encontrará un polígono de tiro”.

La intervención militar en Brasil no es una excepción sino una regla en América latina. En casi todos los países de Centroamérica, los militares llevan adelante tareas de seguridad interna, y lo mismo en México, donde Felipe Calderón ha reforzado sus atribuciones para combatir el narcotráfico. En Ecuador constituyen un verdadero poder económico que controla puertos, empresas aéreas, astilleros, siderurgias y hasta un banco. En Chile, recién en el 2005 el presidente recuperó la facultad de decidir el ascenso de los oficiales, que hasta el momento eran promovidos por un Consejo de Seguridad integrado por ellos mismos.

En Argentina, en cambio, Raúl Alfonsín impulsó el Juicio a las Juntas, Carlos Menem anuló el servicio militar obligatorio e inició las primeras misiones de paz y Néstor Kirchner les dio amparo político a las investigaciones por violaciones a los derechos humanos y consiguió la anulación de las leyes de obediencia debida y punto final. En 25 años de democracia hubo, por supuesto, concesiones de todo tipo, desde las leyes de impunidad y los indultos hasta escandalosos favores personales, pero incluso Menem y De la Rúa, los dos presidentes más cercanos a los planteos verde oliva, se aseguraron de garantizar el control civil sobre los militares y resistieron las presiones para autorizar la intervención militar en cuestiones de seguridad.

Rut Diamint, especialista en temas de defensa de la Universidad Di Tella, lo sintetiza de esta forma (revista Nueva Sociedad 213): “De todos los países de América latina, Argentina es sin dudas el que hizo las revisiones más profundas y los cambios más notables para avanzar en el control civil democrático de las fuerzas armadas. Es, también, el país que dio más pasos en la tarea de hacer de la política de defensa una política pública decidida por el Poder Ejecutivo, con aportes tanto del Congreso como de la comunidad académica. Y es, finalmente, el país latinoamericano en el que los militares intervienen menos en la toma de decisiones”.

En este punto, la democracia argentina ha producido avances inéditos en el contexto latinoamericano, que suelen pasarse por alto a la hora de valorar las políticas de Estado de cada país. Brasil, por caso, carece de una estrategia alrededor del tema. Por si hacía falta, los episodios registrados en Ecuador alertan sobre la importancia de mantener a raya a policías y militares.

Podría ser una máxima de Philip Marlowe: nunca conviene relajarse del todo frente a alguien que lleva una pistola.

Por José Natanson

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De caminar sosegado y apacible palabra, Humberto Maturana (Santiago, 1928) parece siempre estar rumiando una idea. O varias. Delgado, cabello y barba ligeramente desaliñados, mirada densa, es uno de los pensadores más consultados en América Latina en temas como los de comunicación, educación o, desde luego, biología, que es la disciplina en la que se formó y la matriz desde la cual ha establecido, fundamentalmente, su teorización epistemológica

Médico de la Universidad de Chile, Doctor en Biología por la de Harvard -con estudios de anatomía en el University College of London-, candidato al Premio Nobel en Medicina y Doctor Honoris Causa de la Universidad de Bruselas, es autor de numerosos libros sobre los procesos del conocimiento humano, en los que plantea, desde distintos y complejos abordajes (una complejidad -la de su palabra escrita- que difiere de la sencillez de su conversación), cómo se relaciona el sujeto con la realidad. E inclusive va más allá: pone en duda -y ha recurrido a experimentos muy estrictos para probarlo- que esa realidad, en tanto consenso compartido, verdad fija e independiente de la percepción, sea posible. 

Maturana visitó Ecuador, a inicios de esta semana, para ofrecer una charla -junto con su estrecha colaboradora Xiména Dávila- sobre el arte de gobernar en tiempos de crisis, en el marco de la celebración de los once años de creación de la Universidad Casa Grande de Guayaquil. Estuvo también en Quito, donde ofreció conferencias privadas... Siempre con esa palabra sosegada, que genera una vibra óptima para la buena plática...

 ... En su teoría biológica del conocimiento usted plantea -a grandes rasgos- que no podemos realmente hablar de una realidad independiente del hombre. Octavio Paz nos recuerda, por citar apenas un ejemplo, que es prácticamente a partir de la imposición del paradigma cristiano que se comienza a concebir al hombre como un ente separado de la naturaleza, y a veces enfrentado a ella, ¿cómo cree que podría articularse, hoy, esa noción de conocimiento en que hombre y supuesta realidad externa son de nuevo una misma esencia, hablando específicamente de los procesos de generación de conocimiento político, estético, social, en fin, de los procesos propios de la vida contemporánea? 
   
Interesante abordaje, pero vamos por partes. El tema de la realidad, desde los orígenes de mi reflexión, se construye a partir de la experiencia del error... Si las cosas están allí, y son ajenas, ¿cómo es que nos equivocamos?... eso surge como una duda en relación con las cosas que uno ve o que uno dice que ve. En cuanto a lo que usted expresa, respecto del asunto cultural e histórico con la alusión al cristianismo, puedo decir que si nos fijamos en Oriente y Occidente podemos darnos cuenta de que el pensamiento se ha, efectivamente, separado: Oriente se basa en aceptar que uno no ve, que todo es ilusión; mientras que Occidente, con el desarrollo de la ciencia, está centrado en reconocer que el no ver es una falla nuestra; y la ciencia, en ese sentido, tiene como propósito, pues, poder mostrar las cosas en sí. Si uno quiere plantear el problema desde esa perspectiva filosófica, acepta una cosa o  la otra, porque no tiene cómo dilucidarlo. Lo que pasa en mi historia es que, por allá por los sesenta, empiezo a preguntarme por el asunto de la percepción; y comienzo con experimentos elementales con los colores. Prestando atención al fenómeno de los colores, que es un fenómeno de la luz... Es cuando me doy cuenta de que si el color fuera, indefectiblemente, el azul, el café o el marrón, uno debería poder mostrar cómo eso pasa por la retina; cómo se registra en el sistema nervioso el hecho de que uno vea el color... Luego de un tiempo descubrí que ese era un tema que no podía resolverse desde ese supuesto... El órgano perceptor -o, si se quiere, sensorial, que es el ojo- hace algo que le permite captar el registro cromático que tiene al frente, pero no es posible correlacionar la actividad de la retina con el color que “está al frente”, hablando de dicho color en términos de energías espectrales...

... Se dio cuenta de que había que cambiar la pregunta...
Claro, frente a esa dificultad, me di  cuenta de que la pregunta estaba mal planteada: en vez de seguir inquiriendo sobre cómo se relaciona la actividad de la retina con el color especificado en términos de longitud de onda y energías espectrales, me dije que tal vez la actividad de la retina se relaciona con el lenguaje, con el nombre del color... Porque le ponemos el mismo nombre a cosas distintas... Justamente hay todo un fenómeno experencial con sombras de colores en que, por ejemplo, si usted ve un anillo rojo con el centro blanco, lo percibe verde... Lo que refleja el centro es luz blanca, pero usted mira y ve verde. Llama verde a algo que desde el estricto punto de vista del análisis físico no es verde, de la misma manera que llamamos verde a las hojas del árbol, que sí tienen una composición espectral que uno diría verde... Tomando eso en serio hice experimentos y pude llegar a afirmar  que, en efecto, cada vez que digo verde, en la retina pasa exactamente lo mismo, aunque allá al frente ocurra una cosa totalmente distinta en cada ocasión.

Eso, a su vez, y de manera  concluyente, me llevó a decir que el fenómeno de la percepción no es como suele creerse, y que, ya hablando en serio, no podemos decir nada, a ciencia cierta, sobre la realidad externa a nosotros. 

Entonces, en relación con su pregunta sobre la generación de conocimientos en las distintas instancias de la vida contemporánea, planteo otra: si no podemos decir nada ajeno a nosotros mismos, ¿qué es, pues, el conocer?... Cuando el profesor evalúa al alumno lo que le está pidiendo es que se conduzca de una cierta manera, en un cierto ámbito, para poder decir que sabe, que conoce... El conocimiento es lo que el profesor dice que el otro tiene cuando ese otro hace lo esperado por el primero. Es una relación estrecha, específica, singular e interpersonal. El conocimiento no tiene, pues, que ver con una realidad independiente, un bloque fijo de sentido, sino con cómo armonizamos y calibramos nuestra convivencia, y bajo ese modelo entran -o deben entrar- todos los procesos de construcción del conocimiento que estructuran la contemporaneidad. Se trata de un tipo de conocimiento/convivencia que va surgiendo, en efecto, en la convivencia misma.

Por eso digo que la democracia debe ser ese espacio en que las personas dejan de ser competidores o súbditos, que dejan de estar subordinadas a saberes fijos, independientes, y armonizan sus haceres.

En alguna ocasión afirmó: “El lenguaje me interesaba (durante su infancia primera). Me fascinaba la idea de que uno pudiera usarlo para maldecir o bendecir...”. Conozco, además, el antecedente de que, ya en la adolescencia, durante una extensa convalecencia hospitalaria, al ver el cuerpo sin vida de un compañero de sala, escribió un poema, al que luego se sumarían algunos más... Se dice que la poesía es el hecho subversivo del lenguaje por excelencia, porque plantea otras formas de existencia para la palabra... Es suyo el concepto de autopoiesis (la capacidad de un organismo de autogenerarse), aplicable a la biología tanto como a la institucionalidad social... Desde su teoría de la biología del conocimiento, ¿cómo funcionaría entonces ese proceso de generar vida, biológica y social, a partir de la palabra?...

... Es que existe, me atrevería a decir, y para ser alegórico, una esencia poética en los organismos... Partamos de lo simple, y del principio: Lo que me imantó al lenguaje fueron los cuentos. La tradición oral de la que me nutría cuando niño. Porque allí están las bendiciones y las maldiciones... Y yo, con genuina curiosidad de quien comienza a relacionarse con el mundo, me preguntaba cómo  ocurrían las consecuencias de las maldiciones o las bendiciones. Me preguntaba: ¿Qué tienen las palabras que hacen eso?... Y claro que podía ver en la vida cotidiana esas mismas bendiciones o maldiciones transmutadas en cariño o enojo, y los efectos que el lenguaje tenía sobre la gente... Luego supe, de acuerdo con mi teorización, que el poder de la palabra consiste, precisamente, en la circunstancia puntual que vive nuestra subjetividad frente a ella (cualquier palabra que esta sea).

En cuanto al poeta -y todos tenemos de él, como de científico-, lo que hace es tomar algo de un dominio y ubicarlo en otro, desde donde se ve un objeto que en primera instancia no se veía. En eso consiste el acto poético; ya sea en la plástica, la dramaturgia o en el sentido tradicional de la poesía verbal. Y desde esa perspectiva, el poeta es, sin duda,  una figura siempre peligrosa... Porque saca algo que no se ve, y lo pone donde se ve. Y claro, la gente empieza, como consecuencia natural, a ver cosas, rasgos, que estaban extraviados. Pensemos esto en una situación de opresión. Pensemos en el Chile durante el gobierno militar... No es cierto que uno podía ver todo lo que pasaba, como no es cierto que todas las personas podían ver lo que pasaba durante el régimen de Stalin o Hitler... Muchas no querían ver; otras no lo hacían porque simplemente no estaban en las circunstancias de ver... En situaciones como esa, de repente, el poeta toma esa configuración del vivir y la muestra en otro espacio... y ese es su carácter subversivo.

Cuando volvió de sus estudios de Biología en Harvard, sus clases en la Universidad de Chile se hicieron famosas porque parecían más obras de teatro surrealista que enseñanzas de la cátedra convencional. Para entonces se había adentrado en la lectura de textos filosóficos (Nietzsche) y literarios. Hoy está aquí hablando sobre política... Siendo, entonces, un hombre proveniente de una matriz múltiple del conocimiento, y habiendo hecho esas “locuras” en el seno mismo de las instancias académico-científicas chilenas, ¿cuál cree que es el rol de la academia en el mundo de hoy, frente a asuntos como la tiranía del mercado o  las permanentes tensiones entre ciencias y humanidades, o sabiduría empírica y formación “racional” sistemática?

No quisiera ponerlo en términos exclusivos de la academia, de la universidad... El rol del científico, del filósofo es, sin duda, la reflexión... Esto, que suena obvio, merece un anclaje: me refiero a la reflexión como una muy especial forma de preguntarse por el hacer. Porque si uno se pregunta por el hacer, revela el mundo que está generando con su vivir. De acuerdo  con mi teorización, como puede verse, el mundo que uno vive lo genera uno. Desde luego, si hablamos de una universidad cada vez más captada por el mercado estamos refiriéndonos a una condición que impide el flujo reflexivo, y este es un problema que se advierte a gran escala en las distintas instancias de la investigación intelectual o científica (baste apenas fijarse en la relación que tienen los investigadores médicos con toda una industria farmacéutica multinacional), pero precisamente frente a un panorama de ese tipo es que resulta necesario hacer énfasis en lo  imprescindible que resulta un acto creativo audaz: el de la reflexión... Porque el  preguntarse dónde está uno es un acto muy audaz, que, me atrevería a decir, no viene substancialmente de la razón, sino de la emoción, en la medida en que al decir “¿cómo estoy viviendo las formas en que está pasando esto?”, me obligo a soltar mis certidumbres, y me ubico en un espacio de construcción y generación poética vital.

¿De qué manera su noción de Taller renacentista (que aplica en su laboratorio ) podría aplicarse también al trabajo de un grupo de personas -un gabinete, por ejemplo- que tenga, vamos a decir, como objetivo, una gran reforma política?... Lo pregunto en la medida en que usted ha asegurado que “si el quehacer es discursivo, se aprende en el discurso, si es manipulativo, se aprende manipulando”... Si el quehacer es político, ¿cómo se crea un auténtico laboratorio de la política sin las mezquindades del poder? ¿Es eso posible?
 ... Supongamos que yo soy el presidente y conformo mi gabinete; les diría a los ministros, en primer lugar, y aunque parezca una locura, “a ver colegas, antes de que discutamos este problema campesino, váyanse a vivirlo al campo por un tiempo dilatado. Luego nos juntamos”... Como digo, parece una locura, porque esas mezquindades del poder político provienen precisamente de una noción del saber y el conocer como una realidad externa, fija, aprehensible en esos términos ... pero creo que sería tremendamente beneficioso tener esa predisposición de cambiar la noción de conocimiento. Depende de nosotros; y por allí va el otro asunto:  Creo que existe la posibilidad, aunque sea mínima, de que esa noción de conocimiento se afiance, mientras  la política la realicen las personas... No hay que olvidarse de eso: la política la realizan personas, y aunque esa sería la misma razón para que los pesimistas desconfíen, yo no puedo dejar de albergar esperanza. Si no confías en el género humano, ¿qué te queda?...

Por Fabián Darío Mosquera 
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