La gran decepción de la Red que nunca fue lo que quisimos

La utopía de la red de redes iba a cambiar el mundo y lo ha hecho, pero no como nos habíamos imaginado. Ahora que internet celebra su 'día', constatamos cómo en su medio siglo de vida —especialmente en los últimos 30 años— nos hemos hecho dependientes de un sistema de comunicación global, supuestamente bidireccional, que nunca fue totalmente libre ni mucho menos neutro.


Miguel Pérez Subías, presidente de la histórica Asociación de Usuario de Internet (AIE), fue el hombre que convenció a todos para que el 17 de mayo se convirtiese en el Día de Internet, una efeméride reconocida por la ONU y que celebran con diferentes actos gobiernos y entidades de todo el planeta. Pero ahora, cuando la red de redes sufre su particular crisis de la mediana edad, Subías reflexiona: la esperanza para mejorar el panorama exige transparencia e innovación.


El Día de Internet se celebró por primera vez en España en Octubre de 2005 a iniciativa de la AUI. Un mes más tarde, la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información acuerdó solicitar a la Asamblea General de las Naciones Unidas que declararase un Día Mundial de Internet para celebrarlo en todo el planeta. La ONU decidió en 2006 fijar el 17 de mayo, día dedicado a las Telecomunicaciones, a la Sociedad de la Información. Desde entonces, la jornada ha sido una buena ocasión para hacer balance.


Los grandes números siempre aparecen en estas conmemoraciones. Por ejemplo, hay 4.388 millones de usuarios, según el Informe Digital 2019 de Hootsuite, citado por Toucan Toco. De ellos, 3.484 millones son usuarios de redes sociales. Y Gartner asegura que en 2021 habrá en el mundo 25.000 millones de dispositivos conectados. España ya cuenta con 6,5 millones de objetos conectados.


Pero la propia dimensión de internet, con más de media humanidad enganchada, multiplica sus problemas: vigilancia y falta de privacidad, censura, desinformación, dependencia, pérdida de soberanía, privatización de la gestión de los datos, ciberataques y guerra híbrida, colonización cultural, piratería, acoso, manipulación.


¿Qué queda de ese internet primigenio, supuestamente abierto y colaborativo? ¿Cuánto hay, si es que hubo alguna vez, de esa arcadia de libertad de expresión? De eso queda muy poco, lamenta Miguel Pérez Subías. "Eso que conocimos como web 2.0, esa red de información utópica en la que todo el mundo consumía y producía información, ya no existe", evoca. "Ahora, desde la explosión de esa cosa llamada 'red social', da igual a qué llamemos con ese nombre, todo está ahí y ya nada es mío; antes yo podía tener mi blog, tenerlo donde quisiera y decidir sobre los comentarios de terceros en él, pero ahora alguien decide por mí".


Uno de los eternos debates que han estado presente durante la historia de internet ha sido —y sigue siendo— el tramposo dilema entre privacidad y seguridad. Para Subías, parece que "estamos más concienciados, pero seguimos actuando con grandes dosis de candidez e inocencia". "Y todo lo que podamos hacer ahora en internet tiene unas implicaciones mucho más brutales que antes", recuerda.


"En el ámbito del móvil seguimos siendo totalmente confiados y descuidados, y hacemos cosas que si las pensáramos bien nos asustarían: damos acceso a los datos de nuestra agenda, a todas nuestras fotografías [incluso al micrófono y cámara del teléfono] a cualquier aplicación, y ese ejemplo muestra cómo no sólo comprometemos nuestra intimidad y privacidad, sino la de los que nos rodean".


Privacidad


Para Subías, el debate ahora mismo gira, sobre todo, en torno a la privacidad. "Parece que todo el mundo se quiere aprovechar de que es posible coger los datos de una forma muy fácil, ahora que los dispositivos móviles que gestionan y registran toda nuestra actividad, desde dónde estamos hasta con quién actuamos o cuánto dormimos".


Desde hace un par de años, las grandes plataformas —para el común de los usuarios, Facebook o Google son sinónimos de internet— tratan de convencernos de que trabajan para nuestra privacidad. Y lo hacen después de convencernos de que el futuro era compartir experiencias, alcanzar el 'engagement' y buscar la aprobación del otro, coleccionar 'me gusta' y 'clics', 'posicionarnos' como sea. Lo hacen después de que Silicon Valley nos gritase a la cara: "Ustedes no tienen nada de privacidad. Asúmanlo".


En esta inmensa campaña de imagen en la que están embarcadas, los gigantes de la red que usamos a diario se muestran ahora preocupadísimos por nuestra intimidad personal. Todo a raíz de varios hallazgos informativos, como el escándalo de Cambridge Analytica o la constatación, una y otra vez, de que trafican con nuestros datos y éstos terminan en manos de gobiernos, partidos y agencias de seguridad. Les hemos pillado.


"Antes no existía la conciencia de que los datos eran valiosos, muy valiosos; y resulta que son la parte nuclear de un inmenso negocio que, además, está gestionado por monopolios", apunta Subías, y añade: "Además, uno no se puede salir de ese ámbito porque si lo hace pierde la capacidad de relacionarse con el resto de personas o de encontrar información útil". Es decir, no podemos salir de internet, aunque queramos.


Concentración por empresas, fragmentación por países


En internet está produciendo un doble fenómeno: por un lado, existe una recentralización en torno a las grandes compañías —Amazon, Microsoft, Google, Apple, Facebook, Alibaba...—, por cuyos sistemas pasa prácticamente toda la información que vemos a través de internet.


Por otro lado, se está dando una fragmentación de la propia infraestructura mundial de la red, que comenzó con los esfuerzos de control por parte de China, y que se materializará pronto con los planes de desconexión de Rusia, que contará con una red interna para controlar qué datos viajan y cuáles no.


"Se están 'renacionalizando' los espacios de internet, cuando antes pensábamos que la red era un espacio que estaba por encima de las nacionalidades", comenta el presidente de la AUI. Porque la Red nunca fue neutral, a pesar de lo que nos vendieron en su día. Internet no es algo etéreo, sus infraestructuras son muy reales (cables, centros de datos, energía) y pertenecen a alguien. Así que vale, ya no somos inocentes. ¿Qué hacemos?


"Nadie es neutro, todo el mundo tiene intereses, pero quizá lo más interesante sería trabajar para que internet fuese transparente", razona Subías. "Saber qué es lo que haces en internet y para qué lo haces, quién va a manejar tus datos, qué datos son esos o aquellos, por dónde viajan... creo que es importante; quizá no puedas evitar usar un determinado servicio, pero al menos conocerás las consecuencias de usarlo".


Transparencia e innovación


Para el fundador de la AUI, deberíamos pelear más por la transparencia —que, además, conlleva que exista más competencia y ayuda a luchar contra los monopolios— que por una neutralidad que nunca existió.


¿Qué esperanza nos queda? "Yo creo que la innovación puede terminar cambiando de nuevo las cosas, como ya pasó precisamente con la creación de todos los protocolos y sistemas que dieron como resultado internet", opina Subías. "La propia innovación ha ido rompiendo con algunas situaciones en el pasado". "Eso sí", alerta, "lo que no parece que vaya a cambiar es que los datos y su gestión van a seguir siendo el motor de internet, y tenemos que hacer una reflexión muy profunda sobre esto".


"Al final, si no tenemos privacidad, la tendencia social es que nos comportemos como se espera que lo hagamos, y eso también puede comprometer la innovación", apunta Subías, que concluye: "Precisamente, el origen de muchas innovaciones está en la capacidad de cuestionar el sistema establecido y pensar de forma diferente; si eso no puede hacerse de una forma libre, no funciona". "Al final la innovación es lo que nos queda para cambiar el futuro y el presente".

Por Pablo Romero
@pabloromero

La ex soldado estadunidense Chelsea Manning, ayer al llegar a una corte de Alexandria, en Virginia, donde un juez ordenó su regreso a la cárcel debido a su negativa a declarar, "por cuestión de principios", ante el gran jurado en el caso contra Julian Assange por la filtración de documentos clasificados a Wikileaks.Foto Afp

Ingresa la policía a la embajada de Venezuela en Washington y expulsa a activistas partidarios de Maduro

Nueva York. El gobierno de Donald Trump desata guerras fuera y dentro de Estados Unidos al nutrir las tinieblas de acciones bélicas para promover cambio el de regímenes en Irán y Venezuela (y con ello en Cuba), así como intensificar el conflicto comercial con China, mientras dentro del país promovió guerras contra inmigrantes, mujeres, el Congreso y la prensa.

Aquí se intensifican los temores de que el gobierno de Trump provoque una guerra contra Irán, tras la orden del miércoles de desalojar al personal "no esencial" de su embajada en Irak, argumentando supuestas amenazas y acciones iraníes poco precisas y citando imágenes de inteligencia de presuntos misiles colocados en pequeñas embarcaciones en el golfo Pérsico.

Durante las últimas dos semanas Estados Unidos ha incrementado la tensión, alertando sobre potenciales ataques de Irán, enviando equipo militar y naves a la región, filtrando que el Pentágono está contemplando enviar una fuerza hasta de 120 mil soldados a esa zona y amenazando con una respuesta feroz ante cualquier "provocación" de Teherán.

Por ahora Washington no está convenciendo a sus aliados. Esta semana un general británico que es subcomandante de la coalición que combate a ISIS en Irak y Siria enfureció a los estadunidenses al comentar que no existe evidencia de una "creciente amenaza" de Irán. Diplomáticos europeos rehusan, por ahora, sumarse al coro bélico dirigido por el secretario de Estado, Mike Pompeo, y el asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca John Bolton.

De hecho, ayer se divulgó que ni el propio Trump está convencido de lo que impulsan sus subordinados; el New York Times reportó que el comandante en jefe comentó a su secretario de Defensa, Patrick Shanahan, que no desea un conflicto armado con Irán como resultado de su llamada estrategia de "presión máxima".

Mientras, el gobierno de Trump continuó sus esfuerzos para cambiar el régimen venezolano. El miércoles pasado el Departamento de Seguridad Interna determinó que las "condiciones en Venezuela amenazan la seguridad de pasajeros, aeronaves y tripulación viajando hacia o desde ese país" y con ello el Departamento de Transporte emitió una orden para suspender de inmediato todos los vuelos directos de pasajeros y de carga entre Estados Unidos y Venezuela.

En Washington, la batalla por la embajada de Venezuela culminó ayer con el ingreso de la policía a esa sede para expulsar a activistas antiguerra que habían residido ahí durante más de un mes con la autorización del gobierno de Nicolás Maduro para evitar que los simpatizantes del líder opositor Juan Guaidó tomaran control del edificio. Los antichavistas que han sitiado el inmueble sede corearon "USA, USA", al aplaudir la acción.

Por otro lado, Trump continuó intensificando su guerra comercial contra China, a pesar del repudio y las críticas de inversionistas y granjeros estadunidenses, y el pasado miércoles emitió una orden ejecutiva para prohibir que empresas de telecomunicaciones estadunidenses instalen equipo fabricado en el extranjero (China, sin decirlo) que podrían representar "un riesgo para la seguridad nacional".

En tanto, Trump presentó su nuevo plan para una reforma migratoria –elaborado en parte por el yerno del presidente Jared Kushner– disfrazada para que el presidente pueda proclamase "pro inmigrante", pero que busca sustituir la preferencia para la reunificación de familias, que ha imperado durante décadas, con una para migrantes "capacitados" y "brillantes", y busca limitar aún más el proceso de asilo e incluye más medidas de seguridad (y por supuesto el muro), o sea, de persecución y castigo de los más vulnerables.

El plan –que no aborda qué hacer con los indocumentados en el país, incluidos los dreamers– se interpreta más como un documento diseñado para efectos electorales, ya que tiene casi nula posibilidad de ser aprobado por el Congreso.

Por otro lado, desde la llegada de Trump, la derecha ha librado una renovada ofensiva contra los derechos de la mujer con varios estados promoviendo leyes contra el aborto. El objetivo real de los impulsores de esta ofensiva legislativa a escala estatal –con decenas de iniciativas– es provocar una disputa judicial que llegue a la Suprema Corte, donde esperan, con la mayoría conservadora instalada por Trump, lograr el sueño ultraconservador de revertir un fallo de hace cuatro décadas conocido como Roe v Wade que reconoce el derecho al aborto.

La extraordinaria guerra de Trump contra sus opositores en el Poder Llegislativo continuó escalando a niveles posiblemente sin precedente. El abogado de la Casa Blanca, Pat Cipollone, informó el miércoles al Comité Judicial de la cámara baja que no sólo no cumplirán con las solicitudes de documentos y testimonio, sino que cuestionó la autoridad del Congreso para investigar a Trump, sobre todo en torno a una posible obstrucción de la justicia.

Jerrold Nadler, presidente del Comité Judicial, declaró que “la Casa Blanca está recurriendo al argumento desmesurado de que el presidente no puede ser obligado a rendir cuentas… al pueblo estadunidense. Eso es rídiculo”. Otros legisladores indicaron ayer que el presidente, con estas afirmaciones, está cometiendo aún más actos de obstrucción de justicia.

Por último, en un caso relacionado con la guerra contra los medios en este país, ayer un juez ordenó el retorno de Chelsea Manning a prisión después de que, una vez más, ésta declaró que no cooperará con ningún gran jurado y que no claudicará sus principios. En marzo, la ex analista de inteligencia militar, quien fue la fuente de documentos clasificados que revelaron crímenes de guerra y manipulaciones diplomáticas de Estados Unidos a Wikileaks en 2010, y quien cumplió siete años de prisión por eso, fue encarcelada dos meses por negarse a testificar sobre sus interacciones con Julian Assange, ahora perseguido por la "justicia" estadunidense.

"¿Habra algún tipo de guerra que Trump no esté por impulsar?", preguntó el cómico y conductor de The Late Show, Stephen Colbert.

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Diez claves para entender el conflicto comercial (y geoestratégico) de EEUU y China

La tensión entre las dos grandes potencias alcanza el punto de ebullición. Los mercados tiemblan cada vez que aumentan los decibelios en las negociaciones entre Washington y Pekín, mientras el FMI cataloga esta guerra comercial bilateral como el mayor riesgo geoestratégico


El clima de crispación que se respira por todas las latitudes del planeta emergió a partir del lema que le encumbró a la Casa Blanca. El mensaje America, first que enarboló Donald Trump durante su triunfal campaña electoral de 2016 está detrás del cambio en el orden mundial que, de forma soterrada, ha ido modificando el status quo de la globalización. Hasta poner patas arriba varias de sus estructuras más sólidas. En el ámbito monetario, con el retorno a la política de un dólar fuerte, que ha convulsionado el mercado cambiario y la subida de tipos de interés de la Reserva Federal, el complemento ideal para encarecer el acceso a la financiación internacional de firmas privadas, inversores y Estados.


En el geoestratégico, en el que subyace una lucha soterrada, pero incesante, por el cetro de la hegemonía internacional entre las tres principales superpotencias nucleares -EEUU, China y Rusia, todas ellas, inmersas en procesos de nacionalismo exacerbado- y una toma de posiciones constante y con escaso espacio para la diplomacia en puntos convulsos como Oriente Próximo o Venezuela y en asuntos energéticos como el precio del petróleo.


Y, por supuesto, en el económico-comercial, donde el agresivo tacticismo de la Administración Trump para imponer rebajas fiscales de calado a ciudadanos y empresas y, al mismo tiempo, formalizar en los presupuestos incrementos ingentes de gasto en Defensa, está dirigiendo a la endeudada economía americana -con una ratio de deuda de 20 billones de dólares, por encima del valor de su PIB- a un agujero fiscal que superará el billón de dólares en el próximo lustro.


En definitiva, una decidida apuesta por el proteccionismo que, además, no está impidiendo que el déficit de la balanza comercial del país navegue de nuevo por aguas turbulentas. Las barreras arancelarias, pues, lejos de corregir su brecha con sus principales socios -el antiguo Nafta, ahora rebautizado como USMCA y Europa, ni con sus rivales; esencialmente China. El desequilibrio comercial está en cotas desconocidas desde la crisis de 2008.


El escenario futuro no es nada halagüeño. Pero, ¿cómo se ha llegado a esta compleja coyuntura? Y, sobre todo, ¿tiene visos de solución?, ¿cómo afecta la doctrina trumpiana a otras naciones y espacios económicos? Decálogo para entender los efectos del peligroso Make America Great Again (MAGA).


¿Cuándo y cómo empezó el proteccionismo americano?


Trump dejó claro desde el comienzo de su mandato, que iba a dinamitar varios pilares de la economía estadounidense. Sobre todo, en el ámbito comercial. Una de sus primeras medidas fue apartarse del Trans-Pacific Partnership (TTP) suscrito en los últimos meses del segundo mandato de Barack Obama. Como prometió con el MediCare, trata de poner una losa sobre los grandes hitos de la presidencia de su antecesor demócrata.


El TTP representaba el 40% de la economía global, incluyendo a EEUU y a la decena de economías bañadas por las aguas del mayor océano del planeta: Japón, Australia, Brunei, Canadá, Chile, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur y Vietnam. China quedó de forma deliberada -por consenso entre EEUU y Japón- de este tratado. Al igual que India. Los reiterados esfuerzos por involucrar a Trump en esta aventura -sobre todo, desde Tokio, Ottawa y Canberra- han sido en vano. El líder republicano se cerró en banda. Empezó a aducir que el mapa de pactos de libre comercio atentaba contra la seguridad nacional.


Con posterioridad, incluyó entre sus objetivos al Nafta, el área aduanera con sus vecinos del norte y del sur -Canadá y México- y a la UE. No comulgaba con la pasarela transatlántica. Hasta que, en marzo de 2018, la Casa Blanca aprobó una subida de aranceles del 25% sobre las importaciones de acero y del 10% sobre las del aluminio. Política típica de mandatarios republicanos. El último, sin éxito, Bush, hijo. Desde entonces, ha dirigido sus dardos especialmente sobre China. Sin descuidar a Europa. Por medio, y bajo una cruzada diplomática que amenazó ruptura con Canadá, una renegociación del Nafta, ahora conocido con las siglas USMCA.


¿Por qué se obceca Washington en la guerra comercial con China?


Por considerarla la mayor de las amenazas a su, hasta ahora, indiscutible liderazgo mundial. Junto a Rusia. Y desplazando al terrorismo islamista como el primer riesgo exterior. Lo acaba de suscribir el Pentágono en su último informe de situación. El gabinete Trump, con el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, ha impuesto como requisito sine qua non que Pekín abandone la política de intervención del tipo de cambio de su divisa en los mercados internacionales, el rinminbi, sometida a una banda de fluctuación demasiado rígida y controlada desde su banco central.


Pero Washington también persiste en otras exigencias. Reclaman una corrección drástica de su déficit bilateral, poniendo coto primero a los productos manufactureros y equipos electrónicos made in China y, luego, a los servicios tecnológicos. Además de reclamarle el cumplimiento en materia de patentes. China desafía a Estados Unidos en tecnología con una avalancha de patentes. Según datos oficiales, en la última década, China está ganando la carrera competitiva frente a EEUU en la adquisición de derechos de propiedad industrial e intelectual relacionados con la Inteligencia Artificial (IA), con las cadenas de bloques (blockchain) y con otras disciplinas de la Revolución Digital 4.0.


En este contexto, también surge el conflicto sobre la petición de extradición a Canadá de la directora financiera de Huawei, Meng Wanzhou, a instancias de la Administración Trump, que acusa a la firma china de transferir innovación tecnológica americana y occidental a los servicios secretos chinos por su posición aventajada en el negocio del 5G.


Todo ello está detrás de la nueva subida arancelaria sobre otros miles de bienes importados desde China y valorados en 250.000 millones de dólares que, desde la semana pasada, pasan de tener un arancel del 10% al 25%. Medida proteccionista activada en plena ronda de negociaciones bilaterales para tratar de prorrogar la tregua de 100 días otorgada por Trump a comienzos de año.


La respuesta del régimen de Pekín no se hizo esperar. Ha impuesto tarifas adicionales sobre otro amplio abanico de mercancías y servicios estadounidenses. Por un valor de 60.000 millones de dólares. Es el penúltimo capítulo de una batalla que se inició realmente en 2017, cuando Trump inició una investigación sobre la política comercial de China.


¿Qué tarifas están en juego en esta batalla bilateral?


El pasado año, Washington aprobó tres rondas de nuevos aranceles, en distintos baremos alcistas, que ahora alcanzan una escalada del 25% y que afectan a distintas ramas industriales, desde equipamientos ferroviarios hasta bolsos. Pero, si las amenazas de Trump surten efecto en próximas fechas, el montante total de mercancías chinas que tendrán que sufragar más gastos de entrada al mercado estadounidense llegarán a los 325.000 millones de dólares.


EEUU adquirió bienes comerciales a China, en 2018, por más de 539.000 millones de dólares. Pekín, por su parte, ha elevado el valor tarifario a productos estadounidenses hasta un rango de valor de 110.000 millones de dólares, para “hacer frente a la mayor guerra económica de la historia”. Incluye productos químicos, carbón o equipos médicos, para los que establece una subida del 5% al 25%. Al igual que a bienes especialmente protegidos por el partido republicano, como la soja.


¿Qué tarifas están en juego en esta batalla bilateral?


El pasado año, Washington aprobó tres rondas de nuevos aranceles, en distintos baremos alcistas, que ahora alcanzan una escalada del 25% y que afectan a distintas ramas industriales, desde equipamientos ferroviarios hasta bolsos. Pero, si las amenazas de Trump surten efecto en próximas fechas, el montante total de mercancías chinas que tendrán que sufragar más gastos de entrada al mercado estadounidense llegarán a los 325.000 millones de dólares.


EEUU adquirió bienes comerciales a China, en 2018, por más de 539.000 millones de dólares. Pekín, por su parte, ha elevado el valor tarifario a productos estadounidenses hasta un rango de valor de 110.000 millones de dólares, para “hacer frente a la mayor guerra económica de la historia”. Incluye productos químicos, carbón o equipos médicos, para los que establece una subida del 5% al 25%. Al igual que a bienes especialmente protegidos por el partido republicano, como la soja.


El flujo de mercancías de EEUU en China apenas sobrepasó los 120.000 millones de dólares. Al término de 2018, el saldo entre exportaciones e importaciones americanas ahondó su tendencia negativa. Hasta abrir una brecha de 621.036 millones de dólares. Un 12,5% más profundo que en el conjunto de 2017 y un 23% superior al que heredó de Obama. Los datos reflejan que el desequilibrio bilateral de mercancías con China alcanzó los 419.200 millones; un 11% más.


¿Cuál es la doctrina que se esconde detrás del Despacho Oval?


Kevin Hassett, presidente del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca, admite que la estrategia de Trump le parece más propia del Siglo XVIII. De la era de la Revolución Industrial. Es -dice- como batallar contra el escorbuto en los navíos de la época. Necesitabas limones frescos para curar la dolencia, explica y, hasta conseguirlos, los almirantes de flotas con tripulación bajo el efecto de esta enfermedad mantenían a sus tropas en largas cuarentenas varias millas fuera de los puertos de destino.


Metafóricamente -asegura- el gabinete Trump cree que las subidas de tarifas y otras armas comerciales son el mejor antídoto para luchar contra lo que tildan de plaga comercial: la facilidad de acceso de productos importados desde el extranjero. En términos exactos, Hassett lo sintetiza de forma gráfica: “Si tienes escorbuto y no consigues vitamina C, sabes que vas a morir. Incluso con este componente, la recuperación de esa dolencia podría no funcionar. Pero no hay opción. Así que, si yo tengo la vitamina C que tú necesitas serás consciente de que vas a morir primero, aunque aún puedes tratar de arrebatarme la solución: asumiendo mis reglas”.


Hassett matiza con precisión el sentido que esconde su teoría. Los economistas más cercanos a Trump están convencidos de que Trump está reparando una economía enferma, que ha sido contagiada por prolongadas décadas de un desastroso peso del comercio que ha entrado desde fuera de las fronteras estadounidenses por los sucesivos y numerosos pactos de libre comercio que ha sido formalizados por distintos presidentes norteamericanos. Esta política comercial -arguyen- ha propiciado una desventaja competitiva crónica a EEUU frente a sus competidores, especialmente China y México, aunque también Europa.


¿Qué efectos tiene sobre la economía americana?


La aportación de la industria exportadora de EEUU -ventas netas de bienes y servicios- restó 1,78 puntos a la tasa de crecimiento durante el último trimestre de 2018. Además, el desabastecimiento de mercancías está aumentando las presiones inflacionistas. Los consumidores empiezan a pagar más por el precio final de servicios y productos cotidianos. Desde las lavanderías hasta ordenadores.


En un momento en el que la Fed explora rebajas de tipos, como reclama Trump, que teme que la economía, que crece a un buen ritmo, del 3,5%, pueda emitir señales de debilidad durante las elecciones presidenciales de 2020. A no ser que la inflación se dispare. El mercado comparte la pesadilla del dirigente de EEUU. La curva de rentabilidad -diferencial en las tasas de retorno de los bonos a tres meses y a diez años- se invirtió por primera vez desde diciembre de 2007. Señal de recesión. En Citigroup otorgan entre un 37% y un 45% de posibilidades de que EEUU entre en números rojos este año.


¿Y sobre las bolsas?


El sónar de Wall Street empezó a emitir señales de peligro por las guerras comerciales de Trump en el último trimestre del pasado año. Otro de los puntos candentes del conflicto con China. Con pérdidas bursátiles desconocidas, sólo en diciembre, desde 1931, el año que concentró la mayor parte de los daños colaterales de la Gran Depresión.


El Dow Jones, por ejemplo, acumuló un descenso mensual del 8,7%, su peor comportamiento mensual desde febrero de 2009. En el conjunto del ejercicio, además, retrocedió un 5,6%, el año más bajista desde 2008. Mientras el S&P 500 se desplomaba un 9,2% y el Nasdaq, un 9,5% en términos mensuales, y un 6,2% y un 3,9% en todo el año, respectivamente.


¿Cómo repercutirá en la economía china?


Tampoco la coyuntura en China está boyante. Su PIB crecerá este año al 6,5% y el próximo, al 6%. Los ritmos más reducidos desde 1990, cuando apenas repuntó un 3,9% debido las sanciones por los acontecimientos de la Plaza de Tiananmen. La segunda economía global ha perdido fuelle. Y su merma exportadora le pasará otra factura.
Además, el mercado empieza a poner sus ojos en la deuda que, oficialmente se valora en casi 6 billones de dólares, el 38,1% de su PIB, según el FMI. Pero que analistas de Standard & Poor’s elevan en otros 890.000 millones de dólares, debido a la losa oculta que añaden sus gobiernos municipales. Para S&P, Pekín sólo muestra “la punta del iceberg”, porque sus vencimientos a medio plazo llegarían al 60% del PIB. “Nivel alarmante” para un mercado emergente sin estatus reconocido por las agencias de rating de inversor internacional.
Por si fuera poco, sus empresas también emiten signos de debilidad. Han dejado de protagonizar las compras internacionales. Y revelan quiebras por un valor de 5,8 billones de dólares sólo en el periodo entre enero y abril de este año, 3,4 veces más que en los mismos cuatro meses de 2018.


¿Y sobre los mercados emergentes?


Esencialmente, pueden poner en cuarentena la urgencia por rebajar tipos de interés. La mayoría de ellos se vieron en la obligación de seguir la estela de la Fed para contener las embestidas contra sus divisas por la fortaleza del dólar -todavía cotiza un 11% por encima del valor real del mercado, dice el FMI- y la carestía del acceso a financiación en billetes verdes por el precio del dinero estadounidense. Ahora, inician un compás de espera.


También se verán afectados por las tensiones geoestratégicas que EEUU ha provocado en Venezuela (para las economías latinoamericanas); en Irán, que ya ha generado volatilidad en el crudo y hacia Pekín en el Mar de China, donde los tigres asiáticos sufrirán estos daños colaterales en sus flujos de capitales y de comercio.


¿Cómo capeará el temporal Europa?


A duras penas. Con la economía del euro al ralentí, el sector exterior y manufacturero alemán en números rojos e Italia en situación crítica, tanto de crecimiento como de desequilibrios presupuestarios, a los que hay que añadir la suma debilidad de un sistema bancario que pide urgentemente una recapitalización masiva, los augurios no son nada buenos. Sobre todo, si como amenaza Trump, EEUU tratará de eliminar el déficit comercial con Europa a marchas forzadas.


La UE, que negocia con el cuchillo entre los dientes salvaguardas sobre su sector automovilístico -la llaga en la que hurga la Casa Blanca, genera el segundo de los grandes déficits comerciales estadounidenses. Sólo por detrás de China. De 169.300 millones de dólares, un 12% más que en 2017. La UE, además, ha empezado a certificar la amenaza de Pekín.
En un reciente informe de la diplomacia europea, señala al gigante asiático como uno de sus mayores desafíos por la influencia política y el músculo económico -comprando deuda soberana y protagonizando fusiones o adquisiciones empresariales- que ha desplegado en el continente. Las ventas europeas a China se han triplicado en el decenio posterior a la crisis. Aunque, ahora, la pérdida de vigor de su economía también supondrá una merma de las demandas de bienes y servicios europeos.


¿Y el sector exterior español?


También se verá perjudicado. No en vano, EEUU es el sexto socio comercial de España. China, el noveno. En 2018, el 4,8% de las ventas a terceros mercados se concentraron en EEUU, casi 12.500 millones. El resto, 5.500 millones (el 2,3% del total), tiene como destino China. Aunque el sector exterior hispano colocó un 3,2% menos de mercancías en el coloso americano respecto de 2017. Y, en China, tres puntos menos.


En medio de síntomas de cansancio exportador, uno de los motores de la recuperación. En conjunto, las hostilidades entre los dos mayores PIB del planeta restarán un 7% de las ventas españolas al exterior, según el Ministerio de Economía. La aceituna negra ha sido uno de los productos más damnificados de la política proteccionista americana. Le aplicaron correctivos antidumping y por subvenciones e impusieron un arancel de entrada del 34,75%. Las restricciones al vino español son, en cambio, una de las barreras recientes más problemáticas para el sector exterior hispano.

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 El director ejecutivo de Facebook, Mark Zuckerberg, sale del Palacio del Elíseo después de reunirse con el presidente francés, Emmanuel Macron.Foto Xinhua

Después de la diatriba de Chris Hughes contra su ex socio Mark Zuckerberg, mandamás de la tríada Facebook/Whatsapp/Instagram y el hombre más poderoso del mundo por encima de gobiernos y trasnacionales debido a su "dominio" global (https://bit.ly/2LCGzOU), que controla la intimidad de 2 mil 375 millones de usuarios (sólo Facebook), ahora The Financial Times ( FT, 13/5/19) –controlado con The Economist por el Grupo Pearson, asociado al eje Banca Rothschild/George Soros– destapa otro megaescándalo desde su corresponsalía en Tel Aviv sobre la inyección de un código maligno (spyware) israelí en los celulares con llamadas de voz vía WhatsApp: “La aplicación de mensajes descubre la vulnerabilidad que ha permitido a los atacantes (sic) inyectar el spyware comercial de Israel en los celulares”.

WhatsApp, con mil 500 millones de usuarios (https://bit.ly/2Bz9eNc) y que se encuentra en la picota por incidir en las elecciones de Brasil hasta India (https://bit.ly/2vXbwm1), “descubrió la instalación de un software de espionaje en los celulares iPhone y Android” con el simple hecho de "usar la función de llamadas de voz de su aplicación".

Mientras la Corte Suprema de Estados Unidos asestaba un golpe al monopolio Apple (https://bit.ly/2EaKMmC), WhatsApp reveló una perturbadora violación a su ciberseguridad “que permitió la instalación de un spyware selectivo en los celulares mediante las llamadas”, que afecta la vulnerabilidad de la seguridad de los dispositivos iPhone y Android con el código maligno del grupo NSO de Israel y que "es transmitido cuando el usuario contesta la llamada infectada". ¡Simplemente diabólico!

En un artículo paralelo, FT (13/5/19) desnuda el "negocio del espionaje en los iPhone por el grupo NSO de Israel", ya que el “software que ha hackeado a WhatsApp también ha sido acusado de ayudar a los gobiernos a espiar a los disidentes”.

Pegasus constituye la pieza de software que “puede penetrar los secretos más oscuros (sic) de cualquier iPhone”, como "sus mensajes privados y su localización". Asimismo, representa una tecnología mejorada de hace una década que “es tan poderosa que el Ministerio de Defensa (¡megasic!) de Israel regula su venta”.

Pregunta tonta: ¿Para quién trabaja el Ministerio de Defensa de Israel, hoy bajo la férula del premier Benjamín Netanyahu, aliado del eje Trump/Jared Kushner/Sheldon Adelson?

¿Por qué el eje Banca Rothschild/Soros expone hasta hoy la "malignidad" del spyware controlado por el Ministerio de Defensa de Israel?

FT comenta que la venta del spyware Pegasus concede a "Israel una importante carta de visita diplomática" con la que ha adquirido mayor presencia en los cuartos de guerra (war rooms) profundamente clasificados que incluye a las petromonarquías.

El Grupo NSO alega que Pegasus “ha sido usado por 45 (sic) países, entre ellos México, para prevenir ataques terroristas (sic) e infiltrar a los cárteles de la droga”. ¿Por qué, entonces, se han incrementado el terrorismo y el tráfico global de toda índole?

Tres cuartas partes de los ingresos del Grupo NSO de Israel, con valor de mil millones de dólares, provienen de la venta del spyware Pegasus, que fue "adquirido" por el gobierno mexicano de la dupla Videgaray/Peña, consagrada a espiar a los ciudadanos en forma inimputable.

El ex teniente general Michael Flynn, ex asesor de Seguridad Nacional de Trump, formaba parte de la nómina del Grupo NSO (https://bit.ly/2YuUIiu).

El grupo NSO de Israel desarrolló el código maligno "que puede ser transmitido aun si los usuarios no contestan sus teléfonos".

Se trata de un grave espionaje a escala global carente de inmunidad para la intimidad y privacidad de los usuarios, por lo que es axiológicamente imperativo que cada país, de acuerdo con sus propias leyes, regule todo este caos perturbador de las plataformas del Gafat (Google/Apple/Facebook/Amazon/ Twitter), así como el hierático megaterrorismo cibernético al que se ha consagrado Israel en forma deliberada para controlar la conducta de miles de millones de usuarios, no se diga de sus adversarios, que son legión en todo el planeta.

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Cuando las fronteras del vivir son las fronteras del ser y del no ser

¿Vivimos en un tiempo de abolición de fronteras o en un tiempo de construcción de fronteras? Si tenemos en cuenta dos de los poderes o instrumentos que más minuciosamente gobiernan nuestras vidas (el capital financiero e Internet) es ineludible la conclusión de que vivimos en un mundo sin fronteras. Cualquier intento de cualquiera de los 195 Estados que existen en el mundo para regular estos poderes será considerado ridículo. En el actual contexto internacional, la evaluación no será muy diferente si la regulación se lleva a cabo por conjuntos de Estados, por más ominoso que sea el probable desenlace de la falta de regulación.

Por otro lado, si se tiene en cuenta la incesante construcción o reafirmación de muros fronterizos, fácilmente concluimos que, por el contrario, nunca las fronteras se han movilizado tanto para delimitar pertenencias y crear exclusiones. Los muros entre Estados Unidos y México, entre Israel y Palestina, entre Hungría y Serbia, entre Crimea y Ucrania, entre Marruecos y el pueblo saharaui, entre Marruecos y Ceuta/Melilla, están afirmando el dramático impacto de las fronteras en las oportunidades de vida de quienes buscan atravesarlas.

Esta ambivalencia o dualidad de nuestro tiempo no es nueva. Acotándonos al mundo occidental, podemos decir que existe desde el siglo XV, en el momento en que la expansión transatlántica europea obliga a alinear los poderes gemelos de eliminar y crear fronteras. El Tratado de Tordesillas de 1494 regulaba la libertad marítima de los reinos de Portugal y Castilla, al mismo tiempo que excluía a los demás países del comercio oceánico, el mare clausum. Cuando en 1604 le contrapone la doctrina del mare liberum, Hugo Grotius tiene en vista disputar las fronteras existentes para sustituirlas por otras, más acordes con las aspiraciones de la Holanda emergente. En la misma lógica de conveniencias, Francisco de Vitória, al mismo tiempo que defendía la soberanía de los países ibéricos, defendía que el derecho de libre comercio prevalecía sobre cualquier pretensión de soberanía de los pueblos de las Américas.

Desde el Renacimiento en el siglo XV hasta la Ilustración en el siglo XVIII se va afirmando la universalidad sin fronteras de la humanidad y del conocimiento, al mismo tiempo que se van levantando las fronteras entre civilizados y salvajes, entre colonizadores y colonizados, entre libres y esclavos, entre hombres y mujeres, entre blancos y negros. Un siglo después de que Europa se hubiera parcelado en países soberanos con el ordenamiento que surgió del Tratado de Westfalia de 1648, Immanuel Kant aboga por la idea del Estado universal, cuna de todo el cosmopolitismo eurocéntrico. Esa fue la única forma de garantizar la coexistencia pacífica entre poderes y religiones que se habían enfrentado de modo bárbaro en la Guerra de los Treinta Años, en la que murió un millón de personas. Un siglo después de Kant, las potencias europeas, resueltas a garantizar la expansión sin límites del capitalismo emergente, se reúnen en Berlín para diseñar las fronteras en el reparto de África, sin que obviamente los africanos sean escuchados.


El relato podría continuar con la inestabilidad crónica de las fronteras de Europa del Este y de los Balcanes y el forzoso desplazamiento masivo de poblaciones derivadas del colapso del Imperio otomano. A su vez, en nuestros días, el espacio Schengen ilustra cómo el mismo poder, simultáneamente, puede eliminar y crear fronteras. Mientras que para los europeos incluidos este espacio convirtió las fronteras internas en un anticuado impedimento felizmente superado, para los no europeos las fronteras externas se convirtieron en un muro opaco y burocrático, cuando no en una pesadilla kafkiana.

Todas las situaciones conducen a la misma conclusión: las fronteras son instrumentales y son siempre expresión del poder de quien las define. Por su parte, la violación de las fronteras o es expresión de un poder emergente que se pretende imponer al poder existente, o es expresión de quienes, sin tener poder para redefinir o eliminar las fronteras, las atraviesan sin autorización de quien las controla.

Dado su carácter instrumental, las fronteras son mucho más que líneas divisorias geopolíticas. Son formas de sociabilidad, exploración de nuevas posibilidades, momentos dramáticos de travesía, experiencias de vida fronteriza, líneas abisales de exclusión entre ser y no ser, muros de separación entre la humanidad y la subhumanidad, tiempos-espacios de ejercicio de poder arbitrario y violento. En este ámbito, lo que mejor caracteriza nuestro tiempo es la diversidad de experiencias fronterizas, la aceleración de los procesos sociales, políticos y culturales que erigen y derriban fronteras, la valoración epistemológica del vivir y el pensar fronterizos y los modos de resistencia contra fronteras consideradas arbitrarias o injustas.

Veamos algunas situaciones paradigmáticas. La travesía de las fronteras puede ser tanto una experiencia banal, casi irrelevante, como una experiencia violenta, degradante, en la que el horror cotidiano es la única banalidad. En el primer caso son paradigmáticas las travesías cotidianas, para fines de comercio y convivialidad, de las comunidades africanas que fueron separadas por fronteras arbitrarias después de la Conferencia de Berlín en 1894-95; de los pueblos indígenas de la Amazonia, que tienen parientes en ambos lados de la frontera de los varios países amazónicos; o de las “gentes da raia” entre Portugal y España (sobre todo en Galicia). En el segundo caso, hay que distinguir entre travesías cotidianas y de doble sentido, y las travesías singulares o las experiencias reiteradas y frustradas de travesías imaginadas, unas y otras como de sentido único. De las primeras son paradigmáticas las travesías cotidianas de los palestinos que van a su trabajo en Israel, a través de los infames check-points, donde pueden estar horas o directamente no pasar, en cualquier caso víctimas del mismo poder violento, arbitrario y totalmente opaco. De las segundas son paradigmáticas las travesías logradas o frustradas de millares de emigrantes o, mejor, de fugitivos del hambre, de la miseria, de las guerras y de los cambios climáticos que atraviesan América Central rumbo a los Estados Unidos, o naufragan en el Mediterráneo al intentar cruzarlo en su camino hacia Europa.

En estas travesías, las temporalidades históricas tanto se dramatizan como pierden sentido. Estos peregrinos de la desheredad moderna, capitalista, colonial y patriarcal, ¿huyen hacia el futuro o huyen del futuro? ¿Vienen del pasado o van hacia el pasado? ¿Son hijos de la expoliación colonial que intentan liberarse de la devastación que ella creó o son proyectos de carne joven para re-esclavizar, esta vez en el seno de las fachadas de las avenidas del glamour metropolitano, y ya no en los campos de exterminio en las plantaciones de las colonias?

La sociabilidad de frontera tanto puede resultar del ejercicio permanente de desplazamiento de las fronteras, como de la vida detenida junto a fronteras fijas y bloqueadas, muros de cemento o redes de alambre de púas. En el primer caso, la frontera es definida y desplazada por quien tiene el poder para hacerlo. Es paradigmática la experiencia de pioneros, expedicionarios, emigrantes que, durante siglos de expansión colonial, fueron invadiendo y colonizando los territorios de los pueblos nativos. Al haber acontecido en un contexto supuestamente poscolonial, la experiencia del Far West norteamericano es particularmente reveladora de la línea abisal que la frontera va diseñando entre las zonas de ser y las zonas de no ser, como diría Frantz Fanon. De este lado de la línea, siempre en movimiento, está la sociabilidad de los pioneros, una sociabilidad de nuevo tipo caracterizada por el uso selectivo e instrumental de las tradiciones y su mezcla con la creatividad de los inventos de convivencia exigidos por el nuevo contexto, por la pluralidad de poderes y jerarquías débiles entre los diferentes grupos de pioneros, por la fluidez de las relaciones sociales y la promiscuidad entre extraños e íntimos. Del otro lado de la línea están los indios, los dueños del territorio, que los pioneros convierten en seres inferiores, indignos de tanta abundancia, obstáculos al progreso, a ser superados con la inexorable conquista del Oeste. De un lado de la frontera, la convivencia; del otro, la violencia. La matriz moderna de la construcción paralela de humanidad y de inhumanidad tiene aquí una de sus ilustraciones más dramáticas y violentas.

A su vez, la sociabilidad de las fronteras bloqueadas está muy presente hoy en día en los campos de refugiados que se van multiplicando en varios países europeos y en países asociados para el efecto, como es el caso de Turquía. Son, en verdad, campos de concentración de los nuevos presos políticos de nuestro tiempo, los presos políticos del capitalismo, del colonialismo y del patriarcado, poblaciones consideradas desechables o sobrantes para estas tres formas de dominación moderna que hoy parecen más agresivas que nunca.
Las fronteras son las heridas incurables y expuestas de un mundo sin fronteras. El único motivo de esperanza que ellas nos permiten es la emergencia de movimientos y asociaciones de jóvenes que se rebelan contra las fronteras y se solidarizan activamente con las luchas de los migrantes y refugiados. No practican ayuda humanitaria, sino que se involucran en sus luchas, facilitan la comunicación entre los migrantes, exploran medios legales e ilegales para liberarlos de esas prisiones infames. Estos jóvenes constituyen la mejor manifestación de la desesperada esperanza de nuestro tiempo.

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

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Gobierno minero, resistencia indígena

Durante 68 días cientos de campesinos de las comunidades vecinas a la mina Las Bambas (Apurímac, Perú), cortaron la carretera por la que empresa estatal china Minerals and Metals Group (MMG) exporta cobre a través del “corredor minero” hasta el puerto de Matarani en el océano Pacífico. Los comuneros de Fuerabamba levantaron pequeñas chozas de paja a los lados de la vía, desde las cuales resisten a la minera para forzarla a negociar.

Las Bambas se instaló en 2004 de la mano de la empresa minera suiza Xstrata Cooper pero en 2014 fue traspasada a la china MMG por casi seis mil millones de dólares. Poco después, el conflicto entre comunidades y empresa se dispara. En febrero de 2015, un grupo de 400 comuneros retuvo durante cinco horas a cien trabajadores y en setiembre se realiza un paro provincial con un saldo de tres muertos y 23 heridos (15 civiles y 8 policías), por enfrentamientos entre policías y comuneros.


El estado de emergencia y la represión son el núcleo del repertorio estatal frente a las comunidades. En enero pasado el conflicto volvió a dispararse con enfrentamientos entre los comuneros de Fuerabamba, que dejaron 11 policías heridos y un campamento de la policía quemado. Los comuneros rechazan la construcción de una carretera que atraviesa su territorio sin haberlos siquiera consultado.


La comunidad de Fuerabamba fue trasladada de lugar, ya que se asentaba justo en lugar donde se instaló la mina de cobre. Se trata de 450 familias comuneras a las que se construyeron nuevas viviendas “estilo suizo”, se las compensó con dinero y en el nuevo asentamiento (a dos kilómetros del original, a 3.800 metros de altitud) cuentan con centro de salud, instituciones educativas y hasta el cementerio que fue completamente trasladado.


El caso Las Bambas puede servir de termómetro de lo que sucede en todo el “corredor minero”, una carretera de 500 kilómetros que atraviesa tres provincias (Apurímac, Cusco y Arequipa) y 215 centros poblados donde viven 50 mil personas, en su mayoría pertenecientes a comunidades indígenas quechuas, que “tienen suspendidos sus derechos a la libertad y seguridad personales, la inviolabilidad de domicilio y la libertad de reunión y de tránsito en el territorio”, por la aplicación de estados de emergencia, según la ONG CooperAcción.


El corredor vial se ha convertido en pieza estratégica en el Perú, ya que incluye cinco grandes unidades mineras en explotación (entre ellas Las Bambas) y conecta no menos de cuatro proyectos exploratorios importantes. En ese marco, la Policía Nacional firmó en secreto 31 convenios con empresas mineras para la protección de sus negocios. Los policías se trasladan en camionetas de las empresas y tienen bases en los campamentos de las mineras, lo que convierte a la PN en una guardia privada empresarial. Estos mecanismos permiten hablar de un “gobierno minero” en la región, en el que participan Estado y empresas.


En una mirada amplia del conflicto minero en torno a Las Bambas, sobresalen dos cuestiones. Por un lado, 500 comuneros tienen procesos por haber participado en protestas contra la empresa minera. Pero la represión es apenas una cara del conflicto. Las consecuencias más profundas de la presencia minera pueden resumirse en el desmembramiento de las comunidades por la división que provocan los emprendimientos.


El periodista Jaime Borda, director de la ONG Derechos Humanos Sin Fronteras de Cusco, asegura que “desde 2006 hasta 2014 la mayoría de los dirigentes comunales han terminado mal su mandato, con acusaciones de aprovechamiento del cargo, de malos manejos económicos y de negociar sólo a favor de sus familiares”. Por los cuantiosos recursos que manejan las empresas, los cargos de dirección en las comunidades son altamente disputados, pero además las mineras operan en las comunidades para que elijan personas afines a sus intereses.


Borda concluye que en muchos casos “la comunidad ya no reacciona como un grupo coherente sino como una suma de individuos que velan cada uno por sus propios intereses”. Además, los terrenos comunales se parcelan y se titulan como propiedad privada, porque para la empresa minera “es más fácil negociar con las familias que con la comunidad”.
Al parecer, este es el destino que le aguarda a las regiones donde los mega emprendimientos extractivos se imponen. Toda una cultura y una historia son transformadas para favorecer al capital.


13 mayo 2019

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Lunes, 13 Mayo 2019 06:24

Saludos terribles

Saludos terribles

La famosa escena de la película satírica Dr. Strangelove (El Doctor Insólito, en su rara traducción en México), del director Stanley Kubrick, donde el brillante Peter Sellers en el papel de un ex científico nuclear alemán ahora trabaja para el gobierno de Estados Unidos, una y otra vez tiene que agarrar su brazo para evitar que se extienda en el saludo nazi de nuevo ayuda a ilustrar en parte –más de medio siglo después– la coyuntura en Estados Unidos.

Con el mandatario abiertamente imponiendo un "bloqueo completo contra la rama legislativa" (en palabras del reportero sobre asuntos legales del New Yorker, Jeffrey Toobin) y con ello anulando la supervisión efectiva que es parte esencial de la función del Congreso al negarse a cooperar con las investigaciones de éste, varios en la cúpula política –incluida la presidenta de la Cámara de Representantes– han declarado una "crisis constitucional".

A la vez, la descalificación y amenazas contra cualquier oficial, funcionario o político que se atreva a criticar, cuestionar o contradecir al presidente, ni pensar en investigarlo –sea de la FBI o las agencias de inteligencia, un procurador, generales, jueces federales y hasta, en días recientes, su propio ex abogado de la Casa Blanca– no tiene precedente en tiempos modernos.

Junto con todo eso, Trump no deja de repetir que los medios son "el enemigo del pueblo". La semana pasada, la Casa Blanca revocó las credenciales permanentes de corresponsales como parte de un intento de imponer un nuevo protocolo para tener mayor control. El veterano senador Patrick Leahy comentó que "eso es lo que hacen los dictadores".

Y lo anterior se combina con la promoción de odio racial contra afroestadunidenses y latinos, contra los inmigrantes del sur global, y contra la comunidad musulmana. La ola de temor que esto ha generado dentro de comunidades inmigrantes se nutre cotidianamente con la retórica oficial, así como con los actos de terror de las autoridades migratorias. Un integrante de una milicia en la frontera con México recientemente citó a Hitler y comentó a su colega mientras cazaban a indocumentados: "debemos ponerlos en cámaras de gas". La semana pasada, un fanático de Trump gritó en un mitin que se debería "disparar" contra indocumentados que cruzan la frontera. El presidente se rio.

Este es, vale repetir, el gobierno de niños inmigrantes enjaulados, con una Casa Blanca que incluso contempla enviar a los menores de edad a lo que sería un campo de concentración en Guantánamo.

Los grupos de odio se han multiplicado a más de mil y el mandatario ha justificado y defendido agrupaciones ultraderechistas, incluso después de actos de violencia. Algunos de éstos en su reuniones han usado el saludo nazi en honor a Trump.

La violencia se nutre de este caldo de odio, desde actos racistas cada vez más descarados hasta matanzas aparentemente al azar; en 2018 más estudiantes murieron por armas de fuego en escuelas en este país que militares estadunidenses desplegados en el extranjero.

Y ahora hay creciente preocupación entre opositores que Trump podría negarse a abandonar el poder si es derrotado en las urnas en 2020. Antes y después de su elección en 2016, él cuestionó la legitimidad del sistema electoral, y aún repite que hubiera ganado el voto popular (el cual perdió por casi 3 millones) si no fuera por un magno fraude, que incluye el voto ilegal de inmigrantes. La líder demócrata Nancy Pelosi, al igual que el ex abogado personal de Trump, entre otros, han indicado en días recientes que el presidente es capaz de no permitir una transición pacífica del poder. Él mismo ha jugado con esta idea, dizque en broma.

Nada de esto está oculto. Muchos lo hemos reportado durante más de dos años. Y una vez más, la gran pregunta no es tanto qué harán Trump y sus aliados, sino ¿cómo es posible que tantos, dentro y fuera de este país, lo sigan tolerando?

¿Están esperando hasta ver un brazo levantado en un saludo terrible?

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China se prepara para una guerra de desgaste con EE UU en su disputa comercial

Pekín exige que un acuerdo final garantice la “igualdad y la dignidad” de los dos países

 La ronda número once de conversaciones comerciales entre China y Estados Unidos terminó en Washington sin más acuerdo aparente entre las delegaciones que el desayuno: donuts, que llevaban los guardaespaldas en grandes bolsas. EE UU ya ha puesto en marcha su anunciado aumento de aranceles sobre productos chinos por valor de 200.000 millones de dólares, y no hay fecha para retomar las negociaciones. Aunque, al abandonar Washington, el jefe de la delegación china, el vice primer ministro Liu He, se declaraba “cautelosamente optimista”, también dejaba claro que las posturas están separadas por enormes diferencias de fondo.


Los canales siguen abiertos, han insistido las dos partes. “Las negociaciones no se han roto” y se retomarán en Pekín en algún momento del futuro, subrayaba Liu, el hombre de confianza del presidente chino Xi Jinping para los asuntos económicos, en una rueda de prensa con medios chinos. Pero también admitía que existen “desacuerdos sobre cuestiones de principio”. Tres cuestiones en las que, subrayó, China “no cederá bajo ningún concepto”.


Para poder llegar a un acuerdo —ha explicado—, su Gobierno considera obligatorio que Estados Unidos levante sus aranceles adicionales; que el aumento del volumen de compras de productos estadounidenses que Washington exige a China sea realista y se ciña a la demanda interna china; y —sobre todo— que el documento final del acuerdo sea “equilibrado” para garantizar la “igualdad y la dignidad” de los dos países.
En esa tercera condición, la “dignidad”, está la clave. El actual punto muerto se desató, como ha publicado la agencia Reuters, cuando Pekín eliminó del borrador de acuerdo las referencias a que cambiaría sus leyes para aceptar las demandas de EE. UU. sobre protección de la propiedad intelectual, acceso a los mercados de servicios financieros y transferencia forzosa de tecnología, entre otros. Para Washington, esos términos eran la garantía para hacer cumplir lo que -creía- se había acordado. Para Pekín representaban una injerencia intolerable en su soberanía. Y un cambio en su modelo económico que Xi Jinping no tiene ninguna intención de aceptar. Venga lo que venga.


“China está dispuesta a pagar un cheque, pero no a transformar su modelo económico estatal en una economía de mercado”, escribía esta semana Alicia García-Herrero, economista jefe para Asia Pacífico del banco de inversiones Natixis. “El abrupto cambio de dirección [de el presidente estadounidense, Donald Trump] en la estrategia de negociación revela desesperación, más que fuerza” al imponer los nuevos aranceles, que pasan del 10 al 25%, y amenazar con gravar de la misma manera al resto de productos importados chinos.


Y China ha llegado a la conclusión de que tiene margen de maniobra para aguantar lo que cree que puede ser una guerra de desgaste prolongada. La desconfianza de Pekín es grande, y domina la percepción de que, al final, el objetivo de EE. UU. es impedir que este país se convierta en una gran potencia. No ha ayudado que esta semana las autoridades estadounidenses denegaran una licencia de operación a la principal compañía telefónica china —China Mobile— e intensificaran su retórica contra el gigante tecnológico Huawei.


A lo largo de los meses de negociación, Pekín ha ido dando pasos para proteger su economía ante la ausencia de un acuerdo. “Los responsables políticos chinos se han centrado en estimular de modo efectivo la economía. Además, con una perspectiva a largo plazo en mente, China se ha esforzado en extender lazos amistosos con la mayor cantidad posible de países”, apunta García-Herrero. Para lo primero, recuerda la economista, se encuentran en marcha estímulos para el sector privado vía crédito. Para lo segundo, China ha sumado ya oficialmente a 130 países a su iniciativa Nuevas Rutas de la Seda.


Los últimos datos económicos avalan, a ojos de Pekín, esta estrategia. El crecimiento del PIB en el primer trimestre del año ha sido del 6,4%, por encima de lo esperado. Las exportaciones también han aumentado un 4,3% interanual en los primeros cuatro meses del año, como han resaltado los medios oficiales chinos a lo largo de esta semana. El economista jefe del banco central chino, Ma Jun, ha calculado el impacto de la guerra comercial en una pérdida de tres décimas de punto de crecimiento del PIB, “algo que está dentro de lo controlable”.


“La economía tocó suelo a finales del año pasado, ahora empieza a recuperarse”, ha subrayado Liu. “A pesar de las presiones económicas que puedan venir, creo que la economía china mantendrá su impulso y un desarrollo sano y estable”.


La cita del G20


A corto plazo, y con independencia de que las delegaciones vuelvan a reunirse antes o no, la próxima gran cita se perfila en Osaka (Japón) a finales de junio, la cumbre anual del G20. Allí se verán las caras Trump y Xi Jinping, los únicos -como ha quedado claro esta semana- que tienen la última palabra para cerrar un acuerdo.


Un acuerdo que no llegará, como venía a decir Liu, a cualquier precio. “Cuanto más necesite Xi movilizar su sistema político y su población para (…) luchar una guerra de desgaste, más difícil le será cambiar la marcha y aceptar un gesto de Estados Unidos; si es que llega”, apunta en una nota la consultora Eurasia Group.


Aunque ambos les interesa entenderse. Una guerra comercial entre las dos principales economías del mundo sería perjudicial para todos. Trump necesita réditos electorales, y un pacto con China que pueda presentar como ventajoso sería una buena carta. Xi conmemorará en octubre el 70 aniversario de la fundación de la República Popular de China, y no quiere problemas que distraigan de los preparativos. Para Pekín —recuerda García-Herrero— continuar la política de crecimiento mediante estímulos puede suponer en el futuro un aumento de la deuda.


Pero incluso si los dos jefes fuman a corto plazo la pipa de la paz —y hoy por hoy, está por ver—, no está tan claro que consigan la cuadratura del círculo: resolver sus diferencias de principio, la “dignidad” de la que hablaba Liu He. Y un acuerdo que no las solvente puede acabar siendo como los dónuts del desayuno de sus delegaciones: dulce por fuera; por dentro, vacío.

Por Macarena Vidal Liy
Pekín 11 MAY 2019 - 10:33 COT

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Assange y Snowden frente a la arquitectura de la opresión y el espionaje

Poco tiempo ha pasado desde que el presidente ecuatoriano Moreno entregó a Julián Assange a las autoridades británicas, en sintonía con los intereses de Estados Unidos, que no perdonan que el fundador de Wikileaks haya revelado documentos con las prácticas de tortura empleadas en Guantánamo, las violaciones a los derechos humanos y asesinato de civiles cometidas en Irak y Afganistán, entre otros documentos secretos. Snowden, quien reveló el espionaje global que hace la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) sigue exiliado en la Federación Rusa, imposibilitado de regresar a su país.

El fenómeno del espionaje global, el papel de los servicios de inteligencia y la vigilancia masiva en el marco de lo que se comienza a denominar como un "complejo securitario digital", está abriendo nuevos escenarios para el "campo de la guerra" como para el "campo de la política". El epicentro de este dispositivo que se despliega y consolida a nivel mundial es EU. Aquí se sostiene que no reemplaza, sino que convive –y construye poder– junto al "complejo militar industrial", término utilizado por Eisenhower en su discurso de despedida como presidente en 1961, en el que advertía el peligro de la "influencia injustificada" de este sector para el futuro de EU y sus "posibles efectos desastrosos" [1].

Ramonet sostiene que el ciberespacio se constituye como un "quinto elemento", dando lugar a nuevas formas de concebir la defensa y las estrategias de seguridad de un país/región y que, en efecto, ha nacido un nuevo complejo securitario digital que adquiere cada vez mayor relevancia, el cual consiste en una alianza entre las mayores empresas privadas globales de Internet y la principal potencia militar: EU.

El espionaje, incluso masivo, no es nuevo. Luego de la segunda guerra mundial Gran Bretaña, EU, Australia, Nueva Zelanda y Canadá habían diseñado un programa de intercepción de comunicaciones a nivel global (UKUSA). Lo que resulta destacable es el perfeccionamiento constante, la sofisticación y el alcance de estos sistemas de vigilancia y de obtención de información tanto para la persecución/acción política como para los réditos de las empresas que utilizando la información vertida, conocen mejor los gustos e inclinaciones de sus posibles consumidores. El español sostiene que "en la era de Internet, la vigilancia se ha vuelto omnipresente y totalmente inmaterial, imperceptible, indetectable, invisible. Además, ya es, técnicamente, de una excesiva sencillez" [2].

Un hecho no menor es que la más conocida de las 12 agencias de inteligencia de EU (la CIA) haya sido vulnerada con la revelación de miles de documentos secretos. O’Donnell resume que "se trata de una serie de instructivos, escritos en clave informática, con programas de virus y troyanos para pinchar con la última tecnología todo tipo de teléfono, computadora y televisor inteligente, incluyendo comunicaciones justo antes y después de ser encriptadas en smartphones de iPhone y Android por personas que pensaban que sus comunicaciones eran seguras precisamente porque eran encriptadas". [3]

Por otro lado, merece una breve caracterización otra de las agencias más importantes de EU, que gracias a las revelaciones de Snowden, hoy podemos conocer mayores elementos de su capacidad de despliegue. La Agencia de Seguridad Nacional (NSA) "emplea directamente a unos 30 mil agentes, y dispone de 60 mil personas más, reclutadas por empresas privadas. De todos los presupuestos destinados a los servicios secretos estadunidenses, el más importante es el de la NSA". [4] Además, realizó acuerdos con decenas de empresas telefónicas, de ingeniería informática y electrónica y con servicios de inteligencia de otros países para obtener mayor y mejor cantidad de información.

Como señala Snowden, estamos ante una minuciosa y peligrosa "arquitectura de la opresión". Esta es la esencia del complejo securitario digital que, todo indica, tendrá cada vez más incidencia en el siglo XXI. El rumbo de la mundialización está en disputa y como contrarrestar estas tendencias desde una lógica solidaria y humanista que no contribuya a la cultura del descarte [5], al decir de Francisco, constituye un gran desafío para este siglo, en el cual los pueblos, respetando y aceptando la pluralidad de identidades e historias, debemos ser los protagonistas.

Por Nicolás Canosa, sociólogo argentino

 

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Elecciones europeas con muchas variables nuevas

El Brexit, la influencia de la Rusia de Vladimir Putin en los destinos europeos, las manipulaciones de masa, las fake news, en la agenda electoral.

En los tiempos políticos y sociales, 40 años no es mucho, pero en Europa han sido un flujo mutante de cambios, trastornos y reconfiguraciones. Cuatro décadas es la distancia que separa las primeras elecciones europeas con las que tendrán lugar este 26 de mayo para renovar la eurocámara. En 1979, sólo participaron 9 países, en las próximas son 28. Entre tanto se vino abajo el Muro de Berlín (1989) y, entre las precedentes de 2014 y estas de ahora, se introdujeron muchas variables nuevas.


El Brexit, la influencia de la Rusia de Vladimir Putin en los destinos europeos, las manipulaciones de masa, las fake news, la crisis migratoria en el Mediterráneo, los populismos candentes que han hecho de Europa un planeta de conquista, el ocaso de la socialdemocracia y el auge de la extrema derecha. El ex partido Frente Nacional, hoy rebautizado Reagrupamiento Nacional, ya no está solo en el escenario del Viejo Continente. En casi todos los países europeos el populismo gris se extendió como una enredadera por las columnas vertebrales de las sociedades. La líder de la ultraderecha francesa, Marine Le Pen, finalista en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2017, encara esta consulta europea con un horizonte lleno de aliados ideológicos, empezando por el líder de La Liga en Italia, Matteo Salvini, con quien ha pactado una fórmula para asaltar Europa.


Aquella extrema derecha francesa que se reactivó en los años 80 gracias a las manipulaciones grotescas del ex presidente socialista François Mitterrand se ha remodelado completamente. Hoy vuelve a estar en condiciones de reiterar su éxito de 2014 y convertirse en el partido más votado de Francia. Los sondeos más recientes ubican al partido de Marine Le Pen un punto por encima o casi igualado con el partido presidencial de Emmanuel Macron, La República en Marcha. Con alrededor del 22 por ciento de los votos cada uno, el llamado “extremo centro” de Macron y el lepenismo han dejado muy atrás a las demás fuerzas políticas: en tercer lugar se ubica la derecha tradicional de Los Republicanos, 13 por ciento, seguido por Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon, 10 por ciento, Europa Ecología Los Verdes, siete por ciento, el destartalado Partido Socialista y sus aliados, 4,5 por ciento, y un par de listas surgidas del movimiento de los chalecos amarillos, 3,5. En suma, después de Macron y Le Pen, los senderos políticos son un desierto. Los antaños partidos de la alternancia democrática, los socialistas y los conservadores, nunca se recuperaron ni de la derrota en las presidenciales de hace dos años, ni de las fracturas internas que los acorralaron al borde de la ruina.


La ultraderecha avanza así a campo abierto, tanto más legitimada cuanto que Emmanuel Macron se posicionó como la única opción contra la ultraderecha. “Yo o el caos” ha sido la estrategia del jefe del Estado. El, es la opción liberal, pro europea y globalizadora, el caos es el nacionalismo populista anti europeo de las extremas derechas. En ese sentido, al macronismo le ha convenido mucho la persistencia y el progreso del partido de Marine Le Pen así como la alianza de la líder francesa con Matteo Salvini y los otros representantes de esa corriente como el primer ministro húngaro Víctor Orban. Asustan y es la configuración perfecta para que, espantado por un lado y, por el otro, sordo a las retóricas y los programas de la socialdemocracia y la derecha, el elector vuelva a percibir al macronismo como casi la única opción ante los extremos.


En el espacio europeo, las encuestas adelantan que las expresiones populistas de derecha serán las ganadoras. La Liga de Salvini sería la segunda fuerza política con 27 escaños, apenas adelantada por los 29 de la CDU alemana. Las derechas agrupadas en el seno del Partido Popular Europeo podrían continuar siendo la fuerza mayoritaria, con 183 diputados. Los socialistas llegarían a 135 y los liberales a 75. Sin embargo, si se suman todas las opciones euroescépticas, estas alcanzarían más de 150 diputados. Allí se despliegue otra paradoja monumental: las fuerzas que están contra la construcción europea, que pugnan por salir de la Unión y por acabar con el euro, participan en los comicios de las instituciones que aspiran a borrar del mapa. Hace unos días, el presidente de la Eurocámara, Antonio Tajani, recalcó que la Unión Europea era “un proyecto único y compartido, consolidado mediante la cooperación pacífica, que se ve amenazado por distintas fuerzas que quieren destruir lo que hemos conseguido juntos”.


Centro-derecha liberal contra ultraderechas serán nuevamente los actores de las elecciones de este mes de mayo. Fuera de algunas excepciones como el Bloco de Esquerda portugués, el Vänsterpartiet sueco, o Podemos en España, las llamadas izquierdas radicales o post comunistas han sacado poco provecho del desencanto masivo que suscitó la socialdemocracia. La izquierda de la izquierda, aquella que aún responde a las tradiciones obreras de Europa, no ha adquirido el estatuto de actor mayor. El electorado a preferido el populismo de extrema derecha y, como árbitro, el liberalismo más expandido.

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