Trump y Bolsonaro exhiben su alianza populista y azuzan el miedo al socialismo

Los presidentes de EE UU y Brasil cierran acuerdos en materia de defensa y aparcan sus diferencias sobre una posible intervención militar en Venezuela

Donald Trump y Jair Bolsonaro abrieron este martes en Washington una nueva etapa en las relaciones entre Estados Unidos y Brasil, y exhibieron su alianza populista ante lo que han acordado identificar como un riesgo inminente al hilo de la crisis venezolana: el socialismo. El presidente norteamericano recibió en la Casa Blanca a quien desde que ganó las elecciones se le bautizó como “el Trump del Trópico”, por su discurso crispado y de corte nacionalista con el que llegó al poder. Trump mostró su apoyo en la entrada del país en la OCDE, el club de las economías más fuertes del mundo, e incluso en un posible ingreso en la OTAN. Pero más que de resultados concretos, la cita supuso para Brasilia un baño de ideología en el país más poderoso del planeta.


Nada más verse en el Despacho Oval, los líderes de los dos países más poblados de América echaron mano de esa socorrida y popular diplomacia que es el fútbol. Bolsonaro regaló a Trump una camiseta de la selección brasileña con el número del héroe nacional Pelé y el estadounidense hizo entregando a su homónimo una de Estados Unidos. Ambos juegan en el mismo equipo en más de un sentido —el discurso de corte nacionalista y populista o su uso incendiario de las redes sociales—, aunque gobiernen situaciones políticas y económicas muy dispares. Para Bolsonaro, Trump es mucho más que el líder de la primera potencia del mundo, es el modelo en el que se inspiró para ganar contra pronóstico y en el que se inspira a diario con un discurso constante de ellos contra nosotros a costa de ahondar en la polarización. “Respetamos a la familia tradicional, somos temerosos de Dios, en contra de la ideología de género, de lo políticamente correcto y de las fake news” dijo el brasileño en la rueda de prensa posterior a la cita, en los jardines de la Casa Blanca.


Brasilia buscaba el apoyo de Washington para entrar en la OCDE, acuerdos en defensa que permitirían a las empresas brasileñas participar en licitaciones del Pentágono —lo que sería agua de mayo para la aeronaútica Embraer— y comprar material estadounidense a mejores precios. Washington por su parte buscaba que sus empresas puedan utilizar la base espacial militar de Alcántara, en el Estado de Maranhão (noreste), para lanzar satélites comerciales. Hubo consenso en esos aspectos y, en un momento de la rueda de prensa, Trump se sintió tan entusiasmado incluso se comprometió, de forma algo ligera, a espaldar un hipotético ingreso de Brasil en la Alianza Atlántica, algo que para lo que, admitió, habría que “hablar con mucha gente”.


Ambos evitaron abordar los aspectos que les separan en la crisis de Venezuela, uno de los asuntos clave en la relación de estos países. Los dos rechazan a Nicolás Maduro, reconocen a Juan Guaidó como presidente interino del país sudamericano y reclaman la celebración de elecciones. Pero la Casa Blanca insiste hasta la saciedad que la opción de una intervención militar esta sobre la mesa y Brasil no quiere participar en ello. Preguntados por esta posibilidad, Trump recalcó que Washington todavía no ha empezado a aplicar “las sanciones más duras” contra el régimen chavista, dando a entender que todavía queda recorrido hasta hacer uso de la fuerza. Y su homólogo brasileño evitó pronunciarse sobre si permitiría la presencia de tropas estadounidenses en su territorio en ese caso.


Sin embargo, Venezuela sí les sirve a ambos presidentes para azuzar en clave doméstica el miedo al socialismo. “Creo que Trump va a ser reelegido en 2020, creo que la gente repetirá su voto. Es lo mismo que me pasó a mí: ven lo que es el socialismo y ese es el sentimiento”. Trump, por su parte, tuvo dos guiños clave con su invitado. Alabó el “fantástico trabajo de su hijo” Eduardo Bolsonaro, a quien hizo levantarse en la rueda de prensa para recibir un aplauso. El también diputado es la persona que ha acompañado al presidente brasileño en el Despacho Oval en vez de su ministro de Exteriores. Ese también es otro aspecto que une a ambos mandatarios: Trump también recurre a la familia, y ha dado a su yerno, Jared Kushner, un papel preferente en las relaciones con países como Israel o México.


Más allá de los resultados tangibles, sentarse en la Casa Blanca es una bendición para el entorno más antiglobalista y la base más ultraconservadora del Trump del Trópico. “Tenemos una gran alianza con Brasil, mejor que nunca”, concedió el magnate neoyorquino. El viaje oficial selló el inicio de una nueva era en las relaciones entre ambos países tras años de enfriamiento, agudizado a raíz de que, en 2013, tras las filtraciones de Edward Snowden, se conociera que la CIA había estado grabando conversaciones con la entonces presidenta Dilma Rousseff. Pocos ejemplos tan claros de este cambio de tercio como que Bolsonaro visitase el cuartel general de la agencia de inteligencia en Langley (Virginia) y su hijo Eduardo, el diputado, la alabase en su cuenta de Twitter.


"Por primera vez en mucho tiempo, un presidente brasileño que no es antiamericano llega a Washington. Es el comienzo de una alianza por la libertad y la prosperidad", afirmó Bolsonaro el domingo, nada más aterrizar en Washington. Lo que Bolsonaro retrata como el antiamericanismo de Luiz Inácio Lula da Silva y de Dilma Rousseff es la suma de la tradición diplomática de Brasil de no injerencia, que ha mantenido al gigante sudamericano ensimismado, y las alianzas forjadas por el antiguo sindicalista con sus vecinos izquierdistas, que no le impidieron mantener buenas relaciones personales tanto con George Bush hijo como con Bill Clinton.


Si algo demostró el breve romance que el presidente de EE UU mantuvo con su homólogo francés, Emmanuel Macron, de visita oficial en Washington el año pasado, es que la química personal que el inquilino de la Casa Blanca muestre hacia un líder no tiene por qué traducirse en pactos concretos. En aquella ocasión, ambos dirigentes se encontraban en las antípodas ideológicas sobre globalización, cooperación internacional o medioambiente. En este caso, Trump y Bolsonaro sí coinciden en fondo y en formas en muchos terrenos, pero los acuerdos no son fáciles.

Washington / São Paulo 20 MAR 2019 - 02:47 COT

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Steve Bannon, el mito detrás de los monstruos

Un fantasma recorre la globalización neoliberal en descomposición, el fantasma del populismo de ultraderecha.

Esa sombra fantasmal, en un inicio difusa y hoy más nítida, tuvo su primer éxito con la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, y terminó de solidificarse con la llegada de Jair Bolsonaro a Brasil. Un tercer vértice de este triángulo lo encontramos en la Europa de Matteo Salvini (Italia), Víktor Orban (Hungría), Marine Le Pen (Francia) y Vox (España).
Y como articulador de este fenómeno monstruoso, encontramos un nombre: Steve Bannon, quien fue durante siete meses el jefe de estrategia y asesor presidencial de la Casa Blanca de Donald Trump.


¿Quién es Steve Bannon? Ex banquero, fue conocido por ser el director ejecutivo de Breitbart News, la web referencia de la ultraderecha antiestablishment en Estados Unidos, desde donde se impulsó la creación del movimiento Alt-right (derecha alternativa, un eufemismo para nombrar al supremacismo blanco), y que lo catapultó para ser el jefe de campaña de Trump, y posterior hombre fuerte de la Casa Blanca hasta su dimisión en agosto de 2017.


Pero en realidad esa dimisión fue el momento de despegue para un Bannon que ha sabido leer y aprovechar muy bien el momento gramsciano donde lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer. Un momento histórico de crisis terminal del capitalismo en un mundo multipolar donde el proyecto de globalización neoliberal de las élites económicas ha entrado en crisis, y donde surgen, en ese claroscuro, los monstruos.


Hasta entonces, Bannon había comenzado a testear algunas ideas mediante Cambridge Analytics, la consultora que succionó datos de 50 millones de usuarios de Facebook y los utilizó para manipular psicológicamente la elección que dio la victoria a Trump en Estados Unidos.


Pero es un año después, en agosto de 2018, que Bannon se reúne con Eduardo Bolsonaro, actualmente el diputado federal más votado de la historia de Brasil con casi 2 millones de sufragios, y acuerdan colaborar para llevar a su padre, Jair Messias Bolsonaro, a la presidencia de Brasil.


El resultado es por todos conocido, y Bolsonaro representa el triunfo de un monstruo de ultraderecha en el país más grande de América Latina.


De nuevo otra red social, como sucedió en EU, en este caso Whatsapp (propiedad también de Facebook), resultó determinante en la amplia ventaja que obtuvo Bolsonaro en la primera vuelta, y en el resultado final de la segunda, creando todo un ecosistema de fake news que se transmitían por el sistema de mensajería, y mediante la micro segmentación y el uso del big data, terminaron deconstruyendo la realidad política al mismo tiempo que construían una paralela en el imaginario de la población.


Tanto en Estados Unidos como en Brasil, el mensaje que se iba alentando era similar (con las especifidades propias de cada país): la lucha contra el marxismo cultural y la ideología de género, además de un discurso crítico con los medios de comunicación masivos parte del establishment (sean estos CNN o Globo), apelando a los miedos y aspiraciones de los sectores populares.
A partir de esta ideología de ultraderecha, de la experiencia en Breitbart y como forma de articular y expandir la Alt-right, Bannon creó The Movement (El Movimiento) y puso su mirada en una Europa donde por mucho tiempo el único partido de ultraderecha con músculo político era el Frente Nacional, de Marine Le Pen (que llegó a ganar unas elecciones europeas en Francia con el voto antiinmigrante de la clase obrera blanca).


The Movement nace en Bruselas, nada es casualidad, pues desde ahí opera su aliado Partido Popular Belga, y tiene su sede el Parlamento Europeo, el próximo objetivo de Bannon, quien intentará crear un grupo de euroescépticos y populistas de ultraderecha, tras las elecciones europeas de mayo de este año.


Los primeros que conformarán este Eurogrupo son los partidos de los primeros ministros de Italia, Matteo Salvini, y Hungría, Víktor Orban, así como el partido ultraderechista español Vox, cuyo contacto con Bannon es Rafael Bardají, ex asesor de la fundación FAES de José María Aznar. Vox acaba de obtener 10 por ciento de los votos en las elecciones en Andalucía (cuyo tamaño es similar al de Portugal), siendo decisivo para desbancar al PSOE y darle la presidencia al PP, y puede ser la gran sorpresa en las próximas elecciones europeas en España.


Pero, además, los tentáculos de The Movement ya tienen ramificaciones en Alemania (AfD), Austria (FPO), Polonia (PiS), Suecia (SD), Finlandia (Perussuomalaiset) o Reino Unido (Ukip).


El Eurogrupo que surja tras las elecciones de mayo podría ser el segundo más numeroso, con un programa radical de ultraderecha contra la migración, el islam y el feminismo, y en defensa de la seguridad y las fronteras.


Con este nuevo mapa político en la Unión Europea, junto con los Estados Unidos de Donald Trump y el Brasil de Bolsonaro, se conforma un trivotelleno de monstruos. Y detrás de estos monstruos, la figura de Steve Bannon crece, articulando una alternativa global de ultraderecha a la globalización neoliberal.
En nuestras manos está construir no sólo una resistencia a este movimiento, sino enfrentarlo con propuestas y alternativas a este mundo fragmentado y en crisis en que nos ha tocado vivir.


*Politólogo expecialista en América Latina

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Rosenell Baud, detalle (Cortesía de la autora)

Budapest, 23 de mayo de 2018. De saco oscuro un poco amplio y camisa violeta abierta sobre una remera, Stephen Bannon se planta frente a una asistencia de intelectuales y notables húngaros. “La mecha que disparó la revolución Trump fue encendida el 15 de septiembre de 2008 a las 9 de la mañana, cuando Lehman Brothers fue obligada a quebrar.” El ex estratega de la Casa Blanca no lo ignora: aquí, la crisis fue particularmente violenta. “Las elites se rescataron a sí mismas. Socializaron por completo el riesgo –continúa este ex vicepresidente del banco Goldman Sachs, cuyas actividades políticas son financiadas por fondos especulativos–. Pero el hombre de la calle, ¿fue rescatado?” Este “socialismo para los ricos” habría provocado en varios puntos del globo una “verdadera revuelta populista. En 2010, Viktor Orbán volvió al poder en Hungría”; fue un “Trump antes de Trump”.


Una década después de la tempestad financiera, el derrumbe económico mundial y la crisis de la deuda pública en Europa desaparecieron de las terminales Bloomberg donde centellean las curvas vitales del capitalismo. Pero su onda de choque amplificó dos grandes desajustes.


En primer lugar, el del orden internacional liberal de la pos Guerra Fría, centrado en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan), las instituciones financieras occidentales, la liberalización del comercio. Si bien, contrariamente a lo que prometía Mao Zedong, el viento del Este no prevalece todavía sobre el viento del Oeste, la recomposición geopolítica ha comenzado: cerca de treinta años después de la caída del Muro de Berlín, el capitalismo estatal chino extiende su influencia; apoyada en la prosperidad de una clase media en ascenso, la “economía socialista de mercado” une su porvenir a la globalización continua de los intercambios, que descompone la industria manufacturera de la mayoría de los países occidentales. Entre ellas, la de Estados Unidos, que el presidente Donald Trump prometió desde su primer discurso oficial salvar de la “carnicería”.


La sacudida de 2008 y sus réplicas también desestabilizaron el orden político que veía en la democracia de mercado la forma acabada de la historia.


La soberbia de una tecnocracia hipócrita, deslocalizada en Nueva York o en Bruselas, que impone medidas impopulares en nombre del saber y de la modernidad, abrió la vía a gobernantes estrenduosos y conservadores. De Washington a Varsovia, pasando por Budapest, Trump, Jarosław Kaczyński y Orbán reivindican tanto el capitalismo como Barack Obama, Angela Merkel, Justin Trudeau o Emmanuel Macron; pero un capitalismo asociado con otra cultura, “iliberal”, nacional y autoritaria, que exalta el país profundo más que los valores de las grandes metrópolis.


Esta fractura divide a las clases dirigentes. Es puesta en escena y amplificada por los medios de comunicación, que restringen el horizonte de las elecciones políticas posibles a esos dos hermanos enemigos. Ahora bien, los recién llegados apuntan igual que los otros a enriquecer a los ricos, pero explotando el sentimiento inspirado por el liberalismo y la socialdemocracia a una fracción a menudo mayoritaria de los sectores populares: un disgusto mezclado de rabia.


La venganza de la globalización


La respuesta a la crisis de 2008 expuso, sin dejar la posibilidad de mirar para otro lado, tres desmentidas a la letanía sobre el buen gobierno que los dirigentes de centroderecha y de centroizquierda recitaban desde la descomposición de la Unión Soviética. Ni la globalización, ni la democracia ni el liberalismo salen indemnes.


En primer lugar, la internacionalización de la economía no es buena para todos los países, y ni siquiera para una mayoría de los asalariados en Occidente. La elección de Trump propulsó a la Casa Blanca a un hombre desde hace largo tiempo convencido de que, lejos de ser provechosa para su país, la globalización había precipitado su decadencia y garantizado el despegue de sus competidores estratégicos. Con él, “America first” (“Estados Unidos primero”) prevaleció sobre el “todos ganamos” de los librecambistas. Así el 4 de agosto pasado, en Ohio, un estado industrial habitualmente disputado, pero que él ganó por más de ocho puntos por delante de Hillary Clinton, el presidente estadounidense recordaba el déficit comercial abismal (y creciente) de su país –¡817.000 millones de dólares por año!–, antes de ofrecer su explicación al respecto: “No estoy resentido con los chinos. ¡Pero ni siquiera ellos pueden creer que los hayamos dejado actuar hasta ese punto a nuestras expensas! Realmente reconstruimos China; ¡es tiempo de reconstruir nuestro país! Ohio perdió 200.000 empleos industriales desde que China [en 2000] se unió a la Organización Mundial del Comercio. ¡La OMC es un desastre total! Durante décadas nuestros políticos permitieron que los otros países robaran nuestros empleos, sustrajeran nuestra riqueza y saquearan nuestra economía”.


A comienzos del siglo pasado el proteccionismo propulsó el despegue industrial de Estados Unidos, como el de muchas otras naciones; las tasas aduaneras, por otra parte, financiaron durante mucho tiempo el poder público, ya que el impuesto sobre la renta no existía antes de la Primera Guerra Mundial. Citando a William McKinley, presidente republicano entre 1897 y 1901 (fue asesinado por un anarquista), Trump insiste: “Él había comprendido la importancia decisiva de las tarifas aduaneras para mantener la potencia de un país”. La Casa Blanca recurre ya a las mismas sin vacilar, y sin preocuparse por la OMC. Turquía, Rusia, Irán, Unión Europea, Canadá, China: cada semana aporta su lote de sanciones comerciales contra Estados, amigos o no, que Washington tomó por blancos. La invocación de la “seguridad nacional” permite que el presidente Trump se abstenga del aval del Congreso, donde los parlamentarios y los lobbies que financian sus campañas permanecen acoplados al libre cambio.


En Estados Unidos, China tiene más consenso, pero en su contra. No solamente por razones comerciales: Pekín también es percibido como el rival estratégico por excelencia. Más allá de que suscite desconfianza por su potencial económico, ocho veces superior al de Rusia, y por sus tentaciones expansionistas en Asia, su modelo político autoritario compite con el de Washington. Por otra parte, aun cuando sostiene que su teoría de 1989 sobre el triunfo irreversible y universal del capitalismo liberal sigue siendo válida, el politólogo estadounidense Francis Fukuyama le aporta un atenuante esencial: “China es de lejos el mayor desafío al relato del ‘fin de la historia’, puesto que se ha modernizado económicamente al tiempo que sigue siendo una dictadura. […] Si en el curso de los próximos años su crecimiento prosigue y conserva su lugar de mayor potencia económica del mundo, admitiré que mi tesis fue definitivamente refutada” (1). En el fondo, Trump y sus adversarios internos coinciden por lo menos en un punto: el primero considera que el orden internacional liberal le cuesta demasiado caro a Estados Unidos; los segundos, que los éxitos de China amenazan con dar al traste con él.
De la geopolítica a la política no hay más que un paso. La globalización provocó la destrucción de empleos y el derrumbe de los salarios occidentales: en Estados Unidos su participación en el Producto Interno Bruto (PIB) pasó del 64 por ciento al 58 por ciento sólo en los últimos 10 años, es decir, ¡una pérdida anual igual a 7.500 dólares por trabajador (2)!


Ahora bien, es precisamente en las regiones industriales devastadas por la competencia china donde los obreros estadounidenses más se volcaron a la derecha en estos últimos años. Por supuesto, se puede imputar ese giro electoral a una serie de factores “culturales” (sexismo, racismo, afición por las armas de fuego, hostilidad al aborto y al matrimonio homosexual, etc.). Pero entonces hay que cerrar los ojos a una explicación económica por lo menos igual de concluyente: mientras que el número de los condados donde más del 25 por ciento de los empleos dependían del sector industrial se derrumbó entre 1992 y 2016, pasando de 862 a 323, el equilibrio entre votos demócrata y republicano se metamorfoseó. Hace un cuarto de siglo se repartían casi por igual entre los dos grandes partidos (alrededor de 400 cada uno); en 2016, 306 eligieron a Trump y 17 a Hillary Clinton (3). Promovida por un presidente demócrata –precisamente William Clinton–, la adhesión de China a la OMC debía acelerar la transformación de ese país en una sociedad capitalista liberal. Por sobre todas las cosas, terminó alejando a los obreros estadounidenses de la globalización, del liberalismo y del voto demócrata…


Poco antes de la caída de Lehman Brothers, el entonces presidente de la Reserva Federal estadounidense Alan Greenspan explicaba, con tranquilidad: “Gracias a la globalización, las políticas públicas estadounidenses fueron en gran medida reemplazadas por las fuerzas globales de los mercados. Fuera de las cuestiones de seguridad nacional, la identidad del próximo presidente ya casi no importa” (4). Diez años más tarde, nadie repetiría semejante diagnóstico.


El circo democrático


En los países de Europa Central cuya expansión descansa aún en las exportaciones, el cuestionamiento de la globalización no recae en los intercambios comerciales. Pero los “hombres fuertes” en el poder denuncian la imposición por la Unión Europea de “valores occidentales” considerados débiles y decadentes, por ser favorables a la inmigración, a la homosexualidad, al ateísmo, al feminismo, a la ecología, a la disolución de la familia, etc. También impugnan la índole democrática del capitalismo liberal. No sin fundamentos, en este último caso. Porque, en materia de igualdad de los derechos políticos y cívicos, la cuestión de saber si las mismas reglas se aplicaban a todos resultó una vez más zanjada después de 2008: “Ningún financista de alto nivel fue llevado ante la justicia –señala el periodista John Lanchester–. Durante el escándalo de las cajas de ahorro de los años ochenta, 1.100 personas habían sido inculpadas” (5). Los detenidos de una penitenciaría francesa ya se burlaban en el siglo pasado: “El que roba un huevo va a la cárcel; el que roba una vaca va al Palacio Borbón”.


El pueblo elige, pero el capital decide. Al gobernar en contra de sus promesas, los dirigentes liberales, tanto de derecha como de izquierda, ratificaron esa sospecha luego de casi cada elección. Elegido para romper con las políticas conservadoras de sus predecesores, Obama redujo los déficits públicos, ajustó los gastos sociales y, en vez de imponer la seguridad social, impuso a los estadounidenses la compra de un seguro médico a un trust privado. En Francia, Nicolas Sarkozy retrasó por dos años la edad de la jubilación que se había comprometido formalmente a no modificar; con la misma desenvoltura, François Hollande hizo votar un pacto de estabilidad europea que había prometido renegociar. En el Reino Unido, el dirigente liberal Nick Clegg, para sorpresa general, se alió al Partido Conservador y luego, convertido en viceprimer ministro, aceptó triplicar los gastos de inscripción universitarios que había jurado suprimir.


En los años setenta, algunos partidos comunistas de Europa Occidental sugerían que su eventual acceso al poder por las urnas sería un “viaje de ida”, ya que la construcción del socialismo, una vez lanzada, no podía depender de los avatares electorales. La victoria del “mundo libre” sobre la hidra soviética acomodó ese principio con más astucia: el derecho de voto no fue suspendido, pero viene con el deber de confirmar las preferencias de las clases dirigentes. So pena de tener que volver a empezar. “En 1992 –recuerda el periodista Jack Dion– los daneses votaron contra el Tratado de Maastricht: fueron obligados a volver a las urnas. En 2001, los irlandeses votaron contra el Tratado de Niza: fueron obligados a volver a las urnas. En 2005, los franceses y los holandeses votaron contra el Tratado Constitucional Europeo (TCE): les fue impuesto bajo el nombre de Tratado de Lisboa. En 2008, los irlandeses votaron contra el Tratado de Lisboa: fueron obligados a volver a votar. En 2015, los griegos votaron por 61,3 por ciento contra el plan de ajuste de Bruselas, que les fue infligido de todas formas” (6).


Justamente ese año, dirigiéndose a un gobierno de izquierda elegido algunos meses antes y obligado a administrar un tratamiento de shock liberal a su población, el ministro de Finanzas alemán Wolfgang Schäuble resumía el alcance que concede al circo democrático: “Las elecciones no deben permitir que se cambie de política económica” (7). Por su parte, el comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios Pierre Moscovici explicaría más tarde: “Veintitrés personas por todo concepto, con sus adjuntos, toman –o no– decisiones fundamentales para millones de otras personas, en este caso los griegos, sobre la base de parámetros extraordinariamente técnicos, decisiones que se sustraen a todo control democrático. El Eurogrupo no rinde cuentas a ningún gobierno, a ningún Parlamento, menos que menos al Parlamento Europeo” (8). Una asamblea en la cual, sin embargo, Moscovici aspira sesionar el año que viene.


Autoritario e “iliberal” a su manera, ese desprecio por la soberanía popular alimenta uno de los más poderosos argumentos de campaña de los dirigentes conservadores de ambas partes del Atlántico. Contrariamente a los partidos de centroizquierda o de centroderecha, que se comprometen, sin dotarse de medios, a reanimar una democracia moribunda, Trump y Orbán, como Kaczyński en Polonia o Matteo Salvini en Italia, ratifican su agonía. No conservan de ella más que el sufragio mayoritario, e invierten el juego: al autoritarismo intensivo y experto de Washington, Bruselas o Wall Street oponen un autoritarismo nacional y sin coerciones que presentan como una reconquista popular.


Intervencionismo y alambre de púas


Después de aquellas que atañen a la globalización y a la democracia, la tercera desmentida aportada por la crisis al discurso dominante de los años precedentes atañe al rol económico del poder público. Todo es posible, pero no para todo el mundo: raramente una demostración de este principio fue administrada con tanta claridad como en la década transcurrida. Creación monetaria frenética, nacionalizaciones, desprecio por los tratados internacionales, acción discrecional de los representantes, etc.: para salvar a cambio de nada a los establecimientos bancarios de los que dependía la supervivencia del sistema, la mayoría de las operaciones decretadas imposibles e impensables fueron efectuadas sin ninguna dificultad de ambas partes del Atlántico. Este intervencionismo masivo reveló un Estado fuerte, capaz de movilizar su poder en un campo del que sin embargo parecía haberse excluido él mismo (9). Pero si el Estado es fuerte, es ante todo para garantizar al capital un marco estable.


Inflexible cuando se trataba de reducir los gastos sociales con el objeto de disminuir el déficit público bajo el límite del 3 por ciento del PIB, Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo entre 2003 y 2011, admitió que los compromisos financieros asumidos a fines de 2008 por los jefes de Estado para salvar el sistema bancario representaban a mediados de 2009 “27% del PIB en Europa y Estados Unidos” (10). Las decenas de millones de desocupados, de expropiados, de enfermos esparcidos por los hospitales escasos de medicamentos como en Grecia, por su parte, jamás tuvieron el privilegio de constituir un “riesgo sistémico”. “Por sus elecciones políticas, los gobiernos de la zona euro hundieron a decenas de millones de sus ciudadanos en las profundidades de una depresión comparable a la de los años treinta. Es uno de los peores desastres económicos autoinfligidos jamás observados”, observa el historiador Adam Tooze (11).


El descrédito de la clase dirigente y la rehabilitación del poder estatal no podían más que abrir el camino a un nuevo estilo de gobierno. Cuando se le preguntó en 2010 si acceder al poder en plena tormenta planetaria le preocupaba, el primer ministro húngaro sonrió: “No, a mí me gusta el caos. Porque, partiendo de él, puedo construir un orden nuevo. El orden que quiero” (12). A ejemplo de Trump, los dirigentes conservadores de Europa Central supieron implantar la legitimidad popular de un Estado fuerte al servicio de los ricos. Pero más que garantizar derechos sociales incompatibles con las exigencias de los propietarios, el poder público se afirma cerrando las fronteras a los migrantes y proclamándose garante de la “identidad cultural” de la nación. Entonces, el alambre de púas marca el retorno del Estado.


Por el momento, esa estrategia que recupera, distorsiona y desnaturaliza una demanda popular de protección parece funcionar. Lo que equivale a decir que las causas de la crisis financiera que hizo descarrilar el mundo permanecen intactas, precisamente cuando la vida política de países como Italia, Hungría o regiones como Baviera parece obsesionada por la cuestión de los refugiados. Educada en las prioridades de los campus estadounidenses, una parte de la izquierda occidental, muy moderada o muy radical, adora enfrentar a la derecha en ese terreno (13).


Para contrariar la Gran Recesión, los jefes de Gobierno, por lo tanto, develaron el simulacro democrático, la fuerza del Estado, la naturaleza muy política de la economía y la inclinación antisocial de su estrategia general. La rama que los aguantaba está fragilizada, como lo demuestra la inestabilidad electoral que vuelve a barajar los naipes políticos. Desde 2014, la mayoría de los escrutinios occidentales señalan una descomposición o un debilitamiento de las fuerzas tradicionales. Y simétricamente, el auge de personalidades o de corrientes ayer marginales que impugnan las instituciones dominantes, a menudo por razones opuestas, a ejemplo de Trump y de Bernie Sanders, detractores uno y otro de Wall Street y de los medios de comunicación. Mismo escenario del otro lado del Atlántico, donde los nuevos conservadores consideran que la construcción europea es demasiado liberal en los planos social y migratorio, mientras que las nuevas voces de la izquierda, como Podemos en España, La Francia Insumisa en Francia o Jeremy Corbyn a la cabeza del Partido Laborista en el Reino Unido, critican sus políticas de austeridad.


Como no pretenden dar vuelta la mesa sino solamente cambiar a los jugadores, los “hombres fuertes” pueden descontar el apoyo de una fracción de las clases dirigentes. El 26 de julio de 2014, en Rumania, Orbán anunció el juego en un discurso resonante: “El nuevo Estado que construimos en Hungría es un Estado iliberal: un Estado no liberal”. Pero contrariamente a aquello que los grandes medios remacharon desde entonces, sus objetivos no se reducían al rechazo del multiculturalismo, de la “sociedad abierta”, y a la promoción de los valores familiares y cristianos. También anunciaba un proyecto económico, el de “construir una nación competidora en la gran competencia mundial de las décadas venideras”. “Nosotros consideramos –decía– que una democracia no necesariamente debe ser liberal y que no es porque un Estado deja de ser liberal por lo que deja de ser una democracia.” Tomando como ejemplos a China, Turquía y Singapur, el primer ministro húngaro en suma devuelve al remitente el “There is no alternative” (“No hay otra alternativa”) de Margaret Thatcher: “Las sociedades que tienen una democracia liberal como fundamento probablemente sean incapaces de mantener su competitividad en las décadas venideras” (14). Semejante designio seduce a los dirigentes polacos y checos, pero también a los partidos de extrema derecha franceses y alemanes.


La fábula del “capitalismo inclusivo”


Ante el éxito impactante de sus competidores, los pensadores liberales perdieron su soberbia y su oropel. “La contrarrevolución es alimentada por la polarización de la política interior, donde el antagonismo reemplaza el compromiso. Y se enfoca en la revolución liberal y las victorias obtenidas por las minorías”, se estremece Michael Ignatieff, rector de la Universidad de Europa Central en Budapest, una institución fundada por iniciativa del multimillonario liberal George Soros. “Queda claro –añade– que el breve momento de dominación de la sociedad abierta ha terminado” (15). A sus ojos, los dirigentes autoritarios que toman como blancos el Estado de Derecho, el equilibrio de poderes, la libertad de los medios privados y los derechos de las minorías, en efecto, atacan los pilares esenciales de las democracias.


El semanario británico The Economist, que hace las veces de boletín de enlace de las elites liberales mundiales, coincide con esa visión. Cuando el 16 de junio pasado se enloquece por un “deterioro alarmante de la democracia desde la crisis financiera de 2007-2008”, no incrimina ni las desigualdades de fortuna abismales ni la destrucción de empleos industriales por el libre comercio, ni el no respeto de la voluntad de los electores por los dirigentes “demócratas”, sino que la emprende contra “los hombres fuertes [que] socavan la democracia”. Frente a ellos, espera, “los jueces independientes y los periodistas dinámicos forman la primera línea de defensa”. Un baluarte tan limitado como frágil.


Durante mucho tiempo, las clases superiores se beneficiaron con el juego electoral gracias a tres factores convergentes: la abstención creciente de los sectores populares, el “voto útil” debido a la repulsión que inspiraban “los extremos”, la pretensión de los partidos centrales de representar los intereses combinados de la burguesía y de las clases medias. Pero los demagogos reaccionarios han vuelto a movilizar a los abstencionistas; la Gran Recesión fragilizó a las clases medias, y los arbitrajes políticos de los “moderados” y de sus brillantes consejeros desencadenaron la crisis del siglo…
El desencanto relativo a la utopía de las nuevas tecnologías se suma a la amargura de los amantes de las sociedades abiertas. Ayer celebrados como los profetas de una civilización liberal-libertaria, los patrones demócratas de Silicon Valley construyeron una máquina de vigilancia y de control social tan poderosa que el gobierno chino la imita para mantener el orden. La esperanza de un ágora mundial propulsada por una conectividad universal se derrumba, para el mayor perjuicio de algunos de sus comulgantes de antaño: “La tecnología, por las manipulaciones que permite, por las fake news, pero aun más porque vehicula la emoción más que la razón, refuerza todavía a los cínicos y a los dictadores”, solloza un editorialista (16).


Ante la cercanía del trigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín, los heraldos del “mundo libre” temen que la fiesta sea deprimente. “La transición hacia las democracias liberales fue en gran medida piloteada por una elite instruida, muy pro-occidental”, admite Fukuyama. Por desgracia, las poblaciones menos educadas “nunca fueron seducidas por ese liberalismo, por la idea de que se podía tener una sociedad multirracial, multiétnica, donde todos los valores tradicionales se borrarían ante el matrimonio igualitario, la inmigración, etc.” (17). Pero ¿a quién imputarle esa falta de efecto de tracción de la minoría esclarecida? A la indolencia de todos los jóvenes burgueses que, se irrita Fukuyama, “se contentan con quedarse sentados en sus casas, felicitándose por su amplitud de mente y por su ausencia de fanatismo. […] Y que no se movilizan contra el enemigo más que yendo a sentarse en la terraza de un café con un mojito en la mano” (18).


En efecto, eso no será suficiente… Como tampoco el hecho de controlar los medios o de inundar las redes sociales con comentarios indignados destinados a “amigos” igualmente indignados, siempre por las mismas cosas. Obama lo comprendió. El 17 de julio pasado entregó un análisis detallado, a menudo lúcido, de las décadas transcurridas. Pero no pudo dejar de retomar la idea fija de la izquierda neoliberal desde que adoptó el modelo capitalista. En sustancia, como lo había recordado el ex primer ministro italiano de centroizquierda Paolo Gentiloni a Trump el 24 de enero de 2018 en Davos, “se puede corregir el marco, pero no cambiarlo”.


La globalización, admite Obama, trajo aparejados errores y rapacidad. Debilitó el poder de los sindicatos, “permitió que el capital escape a los impuestos y a las leyes de los Estados desplazando centenares de miles de millones de dólares mediante una simple presión en la tecla de una computadora”. Muy bien, ¿y el remedio? Un “capitalismo inclusivo”, iluminado por la moralidad humanista de los capitalistas. A su juicio, sólo eso, que es como ladrarle a la luna, podrá corregir algunos de los defectos del sistema. A partir del momento en que no ve ningún otro disponible, y que, en el fondo, ése le conviene…


El ex presidente estadounidense no niega que la crisis de 2008 y las malas respuestas que se aportaron (inclusive por él, uno imagina) favorecieron el desarrollo de una “política del miedo, del resentimiento y del repliegue”, la “popularidad de los hombres fuertes”, la de un “modelo chino de control autoritario, considerado preferible a una democracia percibida como desordenada”. Pero él asigna la responsabilidad esencial de esos desarreglos a los “populistas” que recuperan las inseguridades y amenazan al mundo con un retorno al “orden antiguo, más peligroso y más brutal”. Preservando de paso a las elites sociales e intelectuales (sus pares…) que crearon las condiciones de la crisis, y que, a menudo, la aprovecharon.


Semejante panorama comprende para ellas muchas ventajas. En primer lugar, repetir que la dictadura nos amenaza permite hacer creer que la democracia reina, aunque siempre reclama algunos menudos ajustes. Más fundamentalmente, la idea de Obama (o aquella, idéntica, de Macron) según la cual “dos visiones muy diferentes del porvenir de la humanidad están en competencia para los corazones y las mentes de los ciudadanos de todo el mundo” permite soslayar lo que esas “dos visiones” comparten. Nada menos que el modo de producción y de propiedad, o, para retomar los términos mismos del ex presidente estadounidense, “la influencia económica, política, mediática desproporcionada de aquellos que están en la cima”. En ese plano, en efecto, nada distingue a Macron de Trump, así como por otra parte lo demostró su apuro común en disminuir, desde su acceso al poder, el impuesto a las ganancias del capital.


Reducir obstinadamente la vida política de las décadas venideras al enfrentamiento entre democracia y populismo, apertura y soberanismo, no traerá ningún alivio a esa fracción creciente de los sectores populares desengañados de una “democracia” que la abandonó y de una izquierda que se metamorfoseó como partido de la burguesía diplomada. Diez años después del estallido de la crisis financiera, el combate victorioso contra el “orden brutal y peligroso” que se dibuja reclama algo muy distinto. Y ante todo, el desarrollo de una fuerza política capaz de combatir simultáneamente a los “tecnócratas esclarecidos” y a los “multimillonarios rabiosos” (19), rechazando así el rol de fuerza de apoyo de uno de los dos bloques que, cada uno a su manera, ponen a la humanidad en peligro.

 

1. Francis Fukuyama, “Retour sur ‘La Fin de l’histoire’ ?”, Commentaire, N° 161, París, primavera de 2018.
2. William Galston, “Wage stagnation is everyone’s problem”, The Wall Street Journal, Nueva York, 14-8-18. Sobre las destrucciones de empleos por causa de la globalización, véase Daron Acemoğlu et al., “Import competition and the great US employment sag of the 2000s”, Journal of Labor Economics, Vol. 34, N° S1, Chicago, enero de 2016.
3. Bob Davis y Dante Chinni, “America’s factory towns, once solidly blue, are now a GOP haven”, y Bob Davis y Jon Hilsenrath, “How the China shock, deep and swift, spurred the rise of Trump”, The Wall Street Journal, 19-7-18 y 11-8-16 respectivamente.
4. Citado por Adam Tooze, Crashed: How a Decade of Financial Crises Changed the World, Penguin Books, Nueva York, 2018.
5. John Lanchester, “After the fall”, London Review of Books, Vol. 40, N° 13, 5-7-18.
6. Jack Dion, “Les marchés contre les peuples”, Marianne, París, 1-6-18.
7. Yanis Varoufakis, Comportarse como adultos. Mi batalla contra el establishment europeo, Deusto, Barcelona, 2017.
8. Pierre Moscovici, Dans ce clair-obscur surgissent les monstres. Choses vues au cœur du pouvoir, Plon, París, 2018.
9. Véase Frédéric Lordon, “Cuando Wall Street se hizo socialista”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, octubre de 2008.
10. “Jean-Claude Trichet, ‘Nous sommes encore dans une situation dangereuse’”, Le Monde, París, 14-9-13.
11. Adam Tooze, Crashed, op. cit.
12. Drew Hinshaw y Marcus Walker, “In Orban’s Hungary, a glimpse of Europe’s demise”, The Wall Street Journal, 9-8-18.
13. Véase Pierre Bourdieu y Loic Wacquant, “Una nueva vulgata planetaria”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo de 2000.
14. “Prime minister Viktor Orbán’s speech at the 25th Bálványos Summer Free University and Student Camp”, 30-7-14, http://2010-2015.miniszterelnok.hu
15. Michael Ignatieff y Stefan Roch (dirs.), Rethinking Open Society: New Adversaries and New Opportunities, CEU Press, Budapest, 2018.
16. Éric Le Boucher, “Le salut par l’éthique, la démocratie, l’Europe”, L’Opinion, París, 9-7-18.
17. Citado por Michael Steinberger, “George Soros bet big on liberal democracy. Now he fears he is losing”, The New York Times Magazine, 17-7-18.
18. “Francis Fukuyama, ‘Il y a un risque de défaite de la démocratie’”, Le Figaro Magazine, París, 6-4-18.
19. Una fórmula de Thomas Frank.

*Respectivamente, director y redactor de Le Monde diplomatique.
Traducción: Víctor Goldstein

Publicado enInternacional
Rosenell Baud, detalle (Cortesía de la autora)

Budapest, 23 de mayo de 2018. De saco oscuro un poco amplio y camisa violeta abierta sobre una remera, Stephen Bannon se planta frente a una asistencia de intelectuales y notables húngaros. “La mecha que disparó la revolución Trump fue encendida el 15 de septiembre de 2008 a las 9 de la mañana, cuando Lehman Brothers fue obligada a quebrar.” El ex estratega de la Casa Blanca no lo ignora: aquí, la crisis fue particularmente violenta. “Las elites se rescataron a sí mismas. Socializaron por completo el riesgo –continúa este ex vicepresidente del banco Goldman Sachs, cuyas actividades políticas son financiadas por fondos especulativos–. Pero el hombre de la calle, ¿fue rescatado?” Este “socialismo para los ricos” habría provocado en varios puntos del globo una “verdadera revuelta populista. En 2010, Viktor Orbán volvió al poder en Hungría”; fue un “Trump antes de Trump”.


Una década después de la tempestad financiera, el derrumbe económico mundial y la crisis de la deuda pública en Europa desaparecieron de las terminales Bloomberg donde centellean las curvas vitales del capitalismo. Pero su onda de choque amplificó dos grandes desajustes.


En primer lugar, el del orden internacional liberal de la pos Guerra Fría, centrado en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan), las instituciones financieras occidentales, la liberalización del comercio. Si bien, contrariamente a lo que prometía Mao Zedong, el viento del Este no prevalece todavía sobre el viento del Oeste, la recomposición geopolítica ha comenzado: cerca de treinta años después de la caída del Muro de Berlín, el capitalismo estatal chino extiende su influencia; apoyada en la prosperidad de una clase media en ascenso, la “economía socialista de mercado” une su porvenir a la globalización continua de los intercambios, que descompone la industria manufacturera de la mayoría de los países occidentales. Entre ellas, la de Estados Unidos, que el presidente Donald Trump prometió desde su primer discurso oficial salvar de la “carnicería”.


La sacudida de 2008 y sus réplicas también desestabilizaron el orden político que veía en la democracia de mercado la forma acabada de la historia.


La soberbia de una tecnocracia hipócrita, deslocalizada en Nueva York o en Bruselas, que impone medidas impopulares en nombre del saber y de la modernidad, abrió la vía a gobernantes estrenduosos y conservadores. De Washington a Varsovia, pasando por Budapest, Trump, Jarosław Kaczyński y Orbán reivindican tanto el capitalismo como Barack Obama, Angela Merkel, Justin Trudeau o Emmanuel Macron; pero un capitalismo asociado con otra cultura, “iliberal”, nacional y autoritaria, que exalta el país profundo más que los valores de las grandes metrópolis.


Esta fractura divide a las clases dirigentes. Es puesta en escena y amplificada por los medios de comunicación, que restringen el horizonte de las elecciones políticas posibles a esos dos hermanos enemigos. Ahora bien, los recién llegados apuntan igual que los otros a enriquecer a los ricos, pero explotando el sentimiento inspirado por el liberalismo y la socialdemocracia a una fracción a menudo mayoritaria de los sectores populares: un disgusto mezclado de rabia.


La venganza de la globalización


La respuesta a la crisis de 2008 expuso, sin dejar la posibilidad de mirar para otro lado, tres desmentidas a la letanía sobre el buen gobierno que los dirigentes de centroderecha y de centroizquierda recitaban desde la descomposición de la Unión Soviética. Ni la globalización, ni la democracia ni el liberalismo salen indemnes.


En primer lugar, la internacionalización de la economía no es buena para todos los países, y ni siquiera para una mayoría de los asalariados en Occidente. La elección de Trump propulsó a la Casa Blanca a un hombre desde hace largo tiempo convencido de que, lejos de ser provechosa para su país, la globalización había precipitado su decadencia y garantizado el despegue de sus competidores estratégicos. Con él, “America first” (“Estados Unidos primero”) prevaleció sobre el “todos ganamos” de los librecambistas. Así el 4 de agosto pasado, en Ohio, un estado industrial habitualmente disputado, pero que él ganó por más de ocho puntos por delante de Hillary Clinton, el presidente estadounidense recordaba el déficit comercial abismal (y creciente) de su país –¡817.000 millones de dólares por año!–, antes de ofrecer su explicación al respecto: “No estoy resentido con los chinos. ¡Pero ni siquiera ellos pueden creer que los hayamos dejado actuar hasta ese punto a nuestras expensas! Realmente reconstruimos China; ¡es tiempo de reconstruir nuestro país! Ohio perdió 200.000 empleos industriales desde que China [en 2000] se unió a la Organización Mundial del Comercio. ¡La OMC es un desastre total! Durante décadas nuestros políticos permitieron que los otros países robaran nuestros empleos, sustrajeran nuestra riqueza y saquearan nuestra economía”.


A comienzos del siglo pasado el proteccionismo propulsó el despegue industrial de Estados Unidos, como el de muchas otras naciones; las tasas aduaneras, por otra parte, financiaron durante mucho tiempo el poder público, ya que el impuesto sobre la renta no existía antes de la Primera Guerra Mundial. Citando a William McKinley, presidente republicano entre 1897 y 1901 (fue asesinado por un anarquista), Trump insiste: “Él había comprendido la importancia decisiva de las tarifas aduaneras para mantener la potencia de un país”. La Casa Blanca recurre ya a las mismas sin vacilar, y sin preocuparse por la OMC. Turquía, Rusia, Irán, Unión Europea, Canadá, China: cada semana aporta su lote de sanciones comerciales contra Estados, amigos o no, que Washington tomó por blancos. La invocación de la “seguridad nacional” permite que el presidente Trump se abstenga del aval del Congreso, donde los parlamentarios y los lobbies que financian sus campañas permanecen acoplados al libre cambio.


En Estados Unidos, China tiene más consenso, pero en su contra. No solamente por razones comerciales: Pekín también es percibido como el rival estratégico por excelencia. Más allá de que suscite desconfianza por su potencial económico, ocho veces superior al de Rusia, y por sus tentaciones expansionistas en Asia, su modelo político autoritario compite con el de Washington. Por otra parte, aun cuando sostiene que su teoría de 1989 sobre el triunfo irreversible y universal del capitalismo liberal sigue siendo válida, el politólogo estadounidense Francis Fukuyama le aporta un atenuante esencial: “China es de lejos el mayor desafío al relato del ‘fin de la historia’, puesto que se ha modernizado económicamente al tiempo que sigue siendo una dictadura. […] Si en el curso de los próximos años su crecimiento prosigue y conserva su lugar de mayor potencia económica del mundo, admitiré que mi tesis fue definitivamente refutada” (1). En el fondo, Trump y sus adversarios internos coinciden por lo menos en un punto: el primero considera que el orden internacional liberal le cuesta demasiado caro a Estados Unidos; los segundos, que los éxitos de China amenazan con dar al traste con él.
De la geopolítica a la política no hay más que un paso. La globalización provocó la destrucción de empleos y el derrumbe de los salarios occidentales: en Estados Unidos su participación en el Producto Interno Bruto (PIB) pasó del 64 por ciento al 58 por ciento sólo en los últimos 10 años, es decir, ¡una pérdida anual igual a 7.500 dólares por trabajador (2)!


Ahora bien, es precisamente en las regiones industriales devastadas por la competencia china donde los obreros estadounidenses más se volcaron a la derecha en estos últimos años. Por supuesto, se puede imputar ese giro electoral a una serie de factores “culturales” (sexismo, racismo, afición por las armas de fuego, hostilidad al aborto y al matrimonio homosexual, etc.). Pero entonces hay que cerrar los ojos a una explicación económica por lo menos igual de concluyente: mientras que el número de los condados donde más del 25 por ciento de los empleos dependían del sector industrial se derrumbó entre 1992 y 2016, pasando de 862 a 323, el equilibrio entre votos demócrata y republicano se metamorfoseó. Hace un cuarto de siglo se repartían casi por igual entre los dos grandes partidos (alrededor de 400 cada uno); en 2016, 306 eligieron a Trump y 17 a Hillary Clinton (3). Promovida por un presidente demócrata –precisamente William Clinton–, la adhesión de China a la OMC debía acelerar la transformación de ese país en una sociedad capitalista liberal. Por sobre todas las cosas, terminó alejando a los obreros estadounidenses de la globalización, del liberalismo y del voto demócrata…


Poco antes de la caída de Lehman Brothers, el entonces presidente de la Reserva Federal estadounidense Alan Greenspan explicaba, con tranquilidad: “Gracias a la globalización, las políticas públicas estadounidenses fueron en gran medida reemplazadas por las fuerzas globales de los mercados. Fuera de las cuestiones de seguridad nacional, la identidad del próximo presidente ya casi no importa” (4). Diez años más tarde, nadie repetiría semejante diagnóstico.


El circo democrático


En los países de Europa Central cuya expansión descansa aún en las exportaciones, el cuestionamiento de la globalización no recae en los intercambios comerciales. Pero los “hombres fuertes” en el poder denuncian la imposición por la Unión Europea de “valores occidentales” considerados débiles y decadentes, por ser favorables a la inmigración, a la homosexualidad, al ateísmo, al feminismo, a la ecología, a la disolución de la familia, etc. También impugnan la índole democrática del capitalismo liberal. No sin fundamentos, en este último caso. Porque, en materia de igualdad de los derechos políticos y cívicos, la cuestión de saber si las mismas reglas se aplicaban a todos resultó una vez más zanjada después de 2008: “Ningún financista de alto nivel fue llevado ante la justicia –señala el periodista John Lanchester–. Durante el escándalo de las cajas de ahorro de los años ochenta, 1.100 personas habían sido inculpadas” (5). Los detenidos de una penitenciaría francesa ya se burlaban en el siglo pasado: “El que roba un huevo va a la cárcel; el que roba una vaca va al Palacio Borbón”.


El pueblo elige, pero el capital decide. Al gobernar en contra de sus promesas, los dirigentes liberales, tanto de derecha como de izquierda, ratificaron esa sospecha luego de casi cada elección. Elegido para romper con las políticas conservadoras de sus predecesores, Obama redujo los déficits públicos, ajustó los gastos sociales y, en vez de imponer la seguridad social, impuso a los estadounidenses la compra de un seguro médico a un trust privado. En Francia, Nicolas Sarkozy retrasó por dos años la edad de la jubilación que se había comprometido formalmente a no modificar; con la misma desenvoltura, François Hollande hizo votar un pacto de estabilidad europea que había prometido renegociar. En el Reino Unido, el dirigente liberal Nick Clegg, para sorpresa general, se alió al Partido Conservador y luego, convertido en viceprimer ministro, aceptó triplicar los gastos de inscripción universitarios que había jurado suprimir.


En los años setenta, algunos partidos comunistas de Europa Occidental sugerían que su eventual acceso al poder por las urnas sería un “viaje de ida”, ya que la construcción del socialismo, una vez lanzada, no podía depender de los avatares electorales. La victoria del “mundo libre” sobre la hidra soviética acomodó ese principio con más astucia: el derecho de voto no fue suspendido, pero viene con el deber de confirmar las preferencias de las clases dirigentes. So pena de tener que volver a empezar. “En 1992 –recuerda el periodista Jack Dion– los daneses votaron contra el Tratado de Maastricht: fueron obligados a volver a las urnas. En 2001, los irlandeses votaron contra el Tratado de Niza: fueron obligados a volver a las urnas. En 2005, los franceses y los holandeses votaron contra el Tratado Constitucional Europeo (TCE): les fue impuesto bajo el nombre de Tratado de Lisboa. En 2008, los irlandeses votaron contra el Tratado de Lisboa: fueron obligados a volver a votar. En 2015, los griegos votaron por 61,3 por ciento contra el plan de ajuste de Bruselas, que les fue infligido de todas formas” (6).


Justamente ese año, dirigiéndose a un gobierno de izquierda elegido algunos meses antes y obligado a administrar un tratamiento de shock liberal a su población, el ministro de Finanzas alemán Wolfgang Schäuble resumía el alcance que concede al circo democrático: “Las elecciones no deben permitir que se cambie de política económica” (7). Por su parte, el comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios Pierre Moscovici explicaría más tarde: “Veintitrés personas por todo concepto, con sus adjuntos, toman –o no– decisiones fundamentales para millones de otras personas, en este caso los griegos, sobre la base de parámetros extraordinariamente técnicos, decisiones que se sustraen a todo control democrático. El Eurogrupo no rinde cuentas a ningún gobierno, a ningún Parlamento, menos que menos al Parlamento Europeo” (8). Una asamblea en la cual, sin embargo, Moscovici aspira sesionar el año que viene.


Autoritario e “iliberal” a su manera, ese desprecio por la soberanía popular alimenta uno de los más poderosos argumentos de campaña de los dirigentes conservadores de ambas partes del Atlántico. Contrariamente a los partidos de centroizquierda o de centroderecha, que se comprometen, sin dotarse de medios, a reanimar una democracia moribunda, Trump y Orbán, como Kaczyński en Polonia o Matteo Salvini en Italia, ratifican su agonía. No conservan de ella más que el sufragio mayoritario, e invierten el juego: al autoritarismo intensivo y experto de Washington, Bruselas o Wall Street oponen un autoritarismo nacional y sin coerciones que presentan como una reconquista popular.


Intervencionismo y alambre de púas


Después de aquellas que atañen a la globalización y a la democracia, la tercera desmentida aportada por la crisis al discurso dominante de los años precedentes atañe al rol económico del poder público. Todo es posible, pero no para todo el mundo: raramente una demostración de este principio fue administrada con tanta claridad como en la década transcurrida. Creación monetaria frenética, nacionalizaciones, desprecio por los tratados internacionales, acción discrecional de los representantes, etc.: para salvar a cambio de nada a los establecimientos bancarios de los que dependía la supervivencia del sistema, la mayoría de las operaciones decretadas imposibles e impensables fueron efectuadas sin ninguna dificultad de ambas partes del Atlántico. Este intervencionismo masivo reveló un Estado fuerte, capaz de movilizar su poder en un campo del que sin embargo parecía haberse excluido él mismo (9). Pero si el Estado es fuerte, es ante todo para garantizar al capital un marco estable.


Inflexible cuando se trataba de reducir los gastos sociales con el objeto de disminuir el déficit público bajo el límite del 3 por ciento del PIB, Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo entre 2003 y 2011, admitió que los compromisos financieros asumidos a fines de 2008 por los jefes de Estado para salvar el sistema bancario representaban a mediados de 2009 “27% del PIB en Europa y Estados Unidos” (10). Las decenas de millones de desocupados, de expropiados, de enfermos esparcidos por los hospitales escasos de medicamentos como en Grecia, por su parte, jamás tuvieron el privilegio de constituir un “riesgo sistémico”. “Por sus elecciones políticas, los gobiernos de la zona euro hundieron a decenas de millones de sus ciudadanos en las profundidades de una depresión comparable a la de los años treinta. Es uno de los peores desastres económicos autoinfligidos jamás observados”, observa el historiador Adam Tooze (11).


El descrédito de la clase dirigente y la rehabilitación del poder estatal no podían más que abrir el camino a un nuevo estilo de gobierno. Cuando se le preguntó en 2010 si acceder al poder en plena tormenta planetaria le preocupaba, el primer ministro húngaro sonrió: “No, a mí me gusta el caos. Porque, partiendo de él, puedo construir un orden nuevo. El orden que quiero” (12). A ejemplo de Trump, los dirigentes conservadores de Europa Central supieron implantar la legitimidad popular de un Estado fuerte al servicio de los ricos. Pero más que garantizar derechos sociales incompatibles con las exigencias de los propietarios, el poder público se afirma cerrando las fronteras a los migrantes y proclamándose garante de la “identidad cultural” de la nación. Entonces, el alambre de púas marca el retorno del Estado.


Por el momento, esa estrategia que recupera, distorsiona y desnaturaliza una demanda popular de protección parece funcionar. Lo que equivale a decir que las causas de la crisis financiera que hizo descarrilar el mundo permanecen intactas, precisamente cuando la vida política de países como Italia, Hungría o regiones como Baviera parece obsesionada por la cuestión de los refugiados. Educada en las prioridades de los campus estadounidenses, una parte de la izquierda occidental, muy moderada o muy radical, adora enfrentar a la derecha en ese terreno (13).


Para contrariar la Gran Recesión, los jefes de Gobierno, por lo tanto, develaron el simulacro democrático, la fuerza del Estado, la naturaleza muy política de la economía y la inclinación antisocial de su estrategia general. La rama que los aguantaba está fragilizada, como lo demuestra la inestabilidad electoral que vuelve a barajar los naipes políticos. Desde 2014, la mayoría de los escrutinios occidentales señalan una descomposición o un debilitamiento de las fuerzas tradicionales. Y simétricamente, el auge de personalidades o de corrientes ayer marginales que impugnan las instituciones dominantes, a menudo por razones opuestas, a ejemplo de Trump y de Bernie Sanders, detractores uno y otro de Wall Street y de los medios de comunicación. Mismo escenario del otro lado del Atlántico, donde los nuevos conservadores consideran que la construcción europea es demasiado liberal en los planos social y migratorio, mientras que las nuevas voces de la izquierda, como Podemos en España, La Francia Insumisa en Francia o Jeremy Corbyn a la cabeza del Partido Laborista en el Reino Unido, critican sus políticas de austeridad.


Como no pretenden dar vuelta la mesa sino solamente cambiar a los jugadores, los “hombres fuertes” pueden descontar el apoyo de una fracción de las clases dirigentes. El 26 de julio de 2014, en Rumania, Orbán anunció el juego en un discurso resonante: “El nuevo Estado que construimos en Hungría es un Estado iliberal: un Estado no liberal”. Pero contrariamente a aquello que los grandes medios remacharon desde entonces, sus objetivos no se reducían al rechazo del multiculturalismo, de la “sociedad abierta”, y a la promoción de los valores familiares y cristianos. También anunciaba un proyecto económico, el de “construir una nación competidora en la gran competencia mundial de las décadas venideras”. “Nosotros consideramos –decía– que una democracia no necesariamente debe ser liberal y que no es porque un Estado deja de ser liberal por lo que deja de ser una democracia.” Tomando como ejemplos a China, Turquía y Singapur, el primer ministro húngaro en suma devuelve al remitente el “There is no alternative” (“No hay otra alternativa”) de Margaret Thatcher: “Las sociedades que tienen una democracia liberal como fundamento probablemente sean incapaces de mantener su competitividad en las décadas venideras” (14). Semejante designio seduce a los dirigentes polacos y checos, pero también a los partidos de extrema derecha franceses y alemanes.


La fábula del “capitalismo inclusivo”


Ante el éxito impactante de sus competidores, los pensadores liberales perdieron su soberbia y su oropel. “La contrarrevolución es alimentada por la polarización de la política interior, donde el antagonismo reemplaza el compromiso. Y se enfoca en la revolución liberal y las victorias obtenidas por las minorías”, se estremece Michael Ignatieff, rector de la Universidad de Europa Central en Budapest, una institución fundada por iniciativa del multimillonario liberal George Soros. “Queda claro –añade– que el breve momento de dominación de la sociedad abierta ha terminado” (15). A sus ojos, los dirigentes autoritarios que toman como blancos el Estado de Derecho, el equilibrio de poderes, la libertad de los medios privados y los derechos de las minorías, en efecto, atacan los pilares esenciales de las democracias.


El semanario británico The Economist, que hace las veces de boletín de enlace de las elites liberales mundiales, coincide con esa visión. Cuando el 16 de junio pasado se enloquece por un “deterioro alarmante de la democracia desde la crisis financiera de 2007-2008”, no incrimina ni las desigualdades de fortuna abismales ni la destrucción de empleos industriales por el libre comercio, ni el no respeto de la voluntad de los electores por los dirigentes “demócratas”, sino que la emprende contra “los hombres fuertes [que] socavan la democracia”. Frente a ellos, espera, “los jueces independientes y los periodistas dinámicos forman la primera línea de defensa”. Un baluarte tan limitado como frágil.


Durante mucho tiempo, las clases superiores se beneficiaron con el juego electoral gracias a tres factores convergentes: la abstención creciente de los sectores populares, el “voto útil” debido a la repulsión que inspiraban “los extremos”, la pretensión de los partidos centrales de representar los intereses combinados de la burguesía y de las clases medias. Pero los demagogos reaccionarios han vuelto a movilizar a los abstencionistas; la Gran Recesión fragilizó a las clases medias, y los arbitrajes políticos de los “moderados” y de sus brillantes consejeros desencadenaron la crisis del siglo…
El desencanto relativo a la utopía de las nuevas tecnologías se suma a la amargura de los amantes de las sociedades abiertas. Ayer celebrados como los profetas de una civilización liberal-libertaria, los patrones demócratas de Silicon Valley construyeron una máquina de vigilancia y de control social tan poderosa que el gobierno chino la imita para mantener el orden. La esperanza de un ágora mundial propulsada por una conectividad universal se derrumba, para el mayor perjuicio de algunos de sus comulgantes de antaño: “La tecnología, por las manipulaciones que permite, por las fake news, pero aun más porque vehicula la emoción más que la razón, refuerza todavía a los cínicos y a los dictadores”, solloza un editorialista (16).


Ante la cercanía del trigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín, los heraldos del “mundo libre” temen que la fiesta sea deprimente. “La transición hacia las democracias liberales fue en gran medida piloteada por una elite instruida, muy pro-occidental”, admite Fukuyama. Por desgracia, las poblaciones menos educadas “nunca fueron seducidas por ese liberalismo, por la idea de que se podía tener una sociedad multirracial, multiétnica, donde todos los valores tradicionales se borrarían ante el matrimonio igualitario, la inmigración, etc.” (17). Pero ¿a quién imputarle esa falta de efecto de tracción de la minoría esclarecida? A la indolencia de todos los jóvenes burgueses que, se irrita Fukuyama, “se contentan con quedarse sentados en sus casas, felicitándose por su amplitud de mente y por su ausencia de fanatismo. […] Y que no se movilizan contra el enemigo más que yendo a sentarse en la terraza de un café con un mojito en la mano” (18).


En efecto, eso no será suficiente… Como tampoco el hecho de controlar los medios o de inundar las redes sociales con comentarios indignados destinados a “amigos” igualmente indignados, siempre por las mismas cosas. Obama lo comprendió. El 17 de julio pasado entregó un análisis detallado, a menudo lúcido, de las décadas transcurridas. Pero no pudo dejar de retomar la idea fija de la izquierda neoliberal desde que adoptó el modelo capitalista. En sustancia, como lo había recordado el ex primer ministro italiano de centroizquierda Paolo Gentiloni a Trump el 24 de enero de 2018 en Davos, “se puede corregir el marco, pero no cambiarlo”.


La globalización, admite Obama, trajo aparejados errores y rapacidad. Debilitó el poder de los sindicatos, “permitió que el capital escape a los impuestos y a las leyes de los Estados desplazando centenares de miles de millones de dólares mediante una simple presión en la tecla de una computadora”. Muy bien, ¿y el remedio? Un “capitalismo inclusivo”, iluminado por la moralidad humanista de los capitalistas. A su juicio, sólo eso, que es como ladrarle a la luna, podrá corregir algunos de los defectos del sistema. A partir del momento en que no ve ningún otro disponible, y que, en el fondo, ése le conviene…


El ex presidente estadounidense no niega que la crisis de 2008 y las malas respuestas que se aportaron (inclusive por él, uno imagina) favorecieron el desarrollo de una “política del miedo, del resentimiento y del repliegue”, la “popularidad de los hombres fuertes”, la de un “modelo chino de control autoritario, considerado preferible a una democracia percibida como desordenada”. Pero él asigna la responsabilidad esencial de esos desarreglos a los “populistas” que recuperan las inseguridades y amenazan al mundo con un retorno al “orden antiguo, más peligroso y más brutal”. Preservando de paso a las elites sociales e intelectuales (sus pares…) que crearon las condiciones de la crisis, y que, a menudo, la aprovecharon.


Semejante panorama comprende para ellas muchas ventajas. En primer lugar, repetir que la dictadura nos amenaza permite hacer creer que la democracia reina, aunque siempre reclama algunos menudos ajustes. Más fundamentalmente, la idea de Obama (o aquella, idéntica, de Macron) según la cual “dos visiones muy diferentes del porvenir de la humanidad están en competencia para los corazones y las mentes de los ciudadanos de todo el mundo” permite soslayar lo que esas “dos visiones” comparten. Nada menos que el modo de producción y de propiedad, o, para retomar los términos mismos del ex presidente estadounidense, “la influencia económica, política, mediática desproporcionada de aquellos que están en la cima”. En ese plano, en efecto, nada distingue a Macron de Trump, así como por otra parte lo demostró su apuro común en disminuir, desde su acceso al poder, el impuesto a las ganancias del capital.


Reducir obstinadamente la vida política de las décadas venideras al enfrentamiento entre democracia y populismo, apertura y soberanismo, no traerá ningún alivio a esa fracción creciente de los sectores populares desengañados de una “democracia” que la abandonó y de una izquierda que se metamorfoseó como partido de la burguesía diplomada. Diez años después del estallido de la crisis financiera, el combate victorioso contra el “orden brutal y peligroso” que se dibuja reclama algo muy distinto. Y ante todo, el desarrollo de una fuerza política capaz de combatir simultáneamente a los “tecnócratas esclarecidos” y a los “multimillonarios rabiosos” (19), rechazando así el rol de fuerza de apoyo de uno de los dos bloques que, cada uno a su manera, ponen a la humanidad en peligro.

 

1. Francis Fukuyama, “Retour sur ‘La Fin de l’histoire’ ?”, Commentaire, N° 161, París, primavera de 2018.
2. William Galston, “Wage stagnation is everyone’s problem”, The Wall Street Journal, Nueva York, 14-8-18. Sobre las destrucciones de empleos por causa de la globalización, véase Daron Acemoğlu et al., “Import competition and the great US employment sag of the 2000s”, Journal of Labor Economics, Vol. 34, N° S1, Chicago, enero de 2016.
3. Bob Davis y Dante Chinni, “America’s factory towns, once solidly blue, are now a GOP haven”, y Bob Davis y Jon Hilsenrath, “How the China shock, deep and swift, spurred the rise of Trump”, The Wall Street Journal, 19-7-18 y 11-8-16 respectivamente.
4. Citado por Adam Tooze, Crashed: How a Decade of Financial Crises Changed the World, Penguin Books, Nueva York, 2018.
5. John Lanchester, “After the fall”, London Review of Books, Vol. 40, N° 13, 5-7-18.
6. Jack Dion, “Les marchés contre les peuples”, Marianne, París, 1-6-18.
7. Yanis Varoufakis, Comportarse como adultos. Mi batalla contra el establishment europeo, Deusto, Barcelona, 2017.
8. Pierre Moscovici, Dans ce clair-obscur surgissent les monstres. Choses vues au cœur du pouvoir, Plon, París, 2018.
9. Véase Frédéric Lordon, “Cuando Wall Street se hizo socialista”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, octubre de 2008.
10. “Jean-Claude Trichet, ‘Nous sommes encore dans une situation dangereuse’”, Le Monde, París, 14-9-13.
11. Adam Tooze, Crashed, op. cit.
12. Drew Hinshaw y Marcus Walker, “In Orban’s Hungary, a glimpse of Europe’s demise”, The Wall Street Journal, 9-8-18.
13. Véase Pierre Bourdieu y Loic Wacquant, “Una nueva vulgata planetaria”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo de 2000.
14. “Prime minister Viktor Orbán’s speech at the 25th Bálványos Summer Free University and Student Camp”, 30-7-14, http://2010-2015.miniszterelnok.hu
15. Michael Ignatieff y Stefan Roch (dirs.), Rethinking Open Society: New Adversaries and New Opportunities, CEU Press, Budapest, 2018.
16. Éric Le Boucher, “Le salut par l’éthique, la démocratie, l’Europe”, L’Opinion, París, 9-7-18.
17. Citado por Michael Steinberger, “George Soros bet big on liberal democracy. Now he fears he is losing”, The New York Times Magazine, 17-7-18.
18. “Francis Fukuyama, ‘Il y a un risque de défaite de la démocratie’”, Le Figaro Magazine, París, 6-4-18.
19. Una fórmula de Thomas Frank.

*Respectivamente, director y redactor de Le Monde diplomatique.
Traducción: Víctor Goldstein

Viernes, 18 Agosto 2017 06:32

Así será el Trump 2.0

Así será el Trump 2.0

Donald Trump sigue decepcionando a los alarmistas que lo veían como un dictador en potencia. Carece de sentido de la historia y de la astucia política que convierten a un demagogo en un caudillo. Las amenazas reales a la democracia en el largo plazo son los millones de seguidores de Trump –que les importa poco si se inicia una guerra, se reprime a la prensa o se saltea algún resguardo democrático– y quien sea capaz de explotar ese movimiento.

 

Al acecho entre los millones de estadounidenses que podrían ser presidente seguramente haya una persona que ha prestado mucha atención al fenómeno Trump y que se prepara para darle un manotazo al poder, sin precedentes en la historia del país. Puede ser un hombre o una mujer quien se presente como la versión Trump 2.0, actualizada y más eficaz.


Muchos dirían que el próximo Trump será un hombre blanco, pero sería mucho más astuto apostar por un nuevo Trump en versión femenina, alguien de piel oscura, homosexual o aun alguien que no sea cristiano. La razón para ello: demografía. Aquellos a quienes la Oficina del Censo identifica como “blancos” siguen siendo mayoría. Pero la inmigración, décadas de integración escolar, las parejas “interraciales” y homosexuales están erosionando los muros de prejuicios. Un Trump 2.0 hábil será capaz de explotar cualquier rasgo de minoría que tenga. Después de todo, Adolf Hitler no fue, exactamente, un modelo de ario rubio, blanco y de ojos azules, y Juan Domingo Perón era un oficial entre militares pro-fascistas cuando se disfrazó de adalid de los trabajadores argentinos.


LECCIONES.

La primera lección importante que puede aprenderse de la elección de Donald Trump es que la ideología y la afiliación política son irrelevantes. Noventa millones de ciudadanos con derecho a voto no lo ejercieron en la elección de 2016. Estas son personas sin lealtad partidaria y que no se molestaron en votar porque no vieron mucha diferencia entre que les mintiera Trump o Hillary Clinton.


Otra lección importante es que la democracia quizá no sea tan fuerte en Estados Unidos. Una porción sustancial de los votantes mostró ser tan sensible como los europeos o los latinoamericanos a la retórica nacionalista, la xenofobia y la truculencia de un demagogo.


Trump 2.0 podrá prometer cualquier cosa y contradecirse a cada rato, porque, al igual que Donald Trump, sacará provecho de proclamar que no es un político. Ya que el término “político” se ha convertido en equivalente a mentiroso, Trump 2.0 podrá mentir, abusar e insultar, adular o seducir a cualquiera de cualquier forma que sea necesaria para avanzar en su carrera.


Hasta este punto no hay mucha distancia entre el actual y el próximo Trump.


La gran diferencia, sin embargo, entre Trump y Trump 2.0 es que el segundo ansía más el poder que la adulación. Tendrá un plan definido para avanzar, porque anhela más que el actual mandatario estadounidense un lugar en la historia que la efímera aprobación pública.


Y mientras que Donald Trump es simplemente malicioso, Trump 2.0 será peligroso.


INSTINTO POLÍTICO.

Donald Trump no es la causa del colapso del sistema, sólo está dando el empujón. Una serie de encuestas y estudios ha mostrado en décadas recientes una pérdida de confianza de los estadounidenses en sus instituciones, incluidos los tres poderes del Estado, las iglesias, los medios de comunicación, los partidos políticos y los sindicatos. Donald Trump contribuyó a este escepticismo haciendo de la verdad un asunto negociable.


Pero el actual presidente estadounidense, que es miope y carece de curiosidad intelectual, está cometiendo un suicidio político. Como Neil Irwin señaló en The New York Times, “Trump ofrece populismo sin los caramelitos gratis”. Todo caudillo exitoso ha dado a las masas gratificación instantánea: empleos y orgullo a los alemanes bajo el régimen nazi; vivienda, asistencia médica y educación subsidiadas con el peronismo en Argentina; vivienda, asistencia médica y educación gratuita e igualitaria con el castrismo en Cuba.
Trump no les ha dado nada a sus seguidores más fieles, y ofrece menos a los indecisos. Trump 2.0 tendrá bien claro que el darles más caramelitos fáciles a los ricos no produce más votos a la hora de las elecciones.


Donald Trump, al parecer, también se ha olvidado de lo más elemental en estrategia, si es que alguna vez lo aprendió: uno no gana multiplicando los adversarios y unificando a los enemigos, sino seduciendo a los unos y dividiendo a los otros.


Alguien como Trump 2.0, con un instinto político más desarrollado, actuaría para ampliar su apoyo popular, en lugar de achicarlo, sabiendo que los votantes que adoptaron con orgullo la etiqueta de “deplorables” que les espetó Hillary Clinton –algo así como los “descamisados” del peronismo– lo seguirán haga lo que él haga, y que lo que necesita es atraer más gente a sus filas.


Trump 2.0 probablemente haya estudiado a Hitler, Mu-ssolini, Francisco Franco y Augusto Pinochet: ellos no fueron meros instrumentos de los ricos, sino que usaron y abusaron de los ricos para promover sus propias carreras. Algo que se escapa a la perspicacia de Donald.


LA SALUD.

Los izquierdistas, liberales, ambientalistas, gremialistas, pacifistas, feministas, militantes hispanos y negros, cristianos de la teología de la liberación y todos los demás que se horrorizaron por la elección de Donald Trump en noviembre de 2016 compartieron en una u otra medida las pesadillas de un futuro aciago, de dictadura y guerra.


Estos temores bien se podrían materializar, pero es difícil que sea Donald Trump quien lo cause. No tiene la capacidad política para construir una “solución” autoritaria.
Un gran ataque terrorista en Estados Unidos haría que la población clamara por seguridad, lo cual, en la vida real, se traduciría en mayor represión policial. Un conflicto armado en el exterior arrearía a la población tras las banderas del patriotismo.


Trump 2.0 no esperaría que un suceso como ese reorientara la política, tendría la visión y la inteligencia necesarias para iniciar el cambio de rumbo solo.
¿Cuáles son las preocupaciones principales de los estadounidenses? Al igual que la política exterior no es lo que más preocupa a los chilenos, los rumanos o los australianos, los estadounidenses atienden lo que toca a sus vidas cotidianas, sus familias, su economía.


Por ejemplo, la asistencia médica. El gobierno de Barack Obama creó el llamado “Obamacare”, una reforma del sistema de salud que ha traído algunos beneficios y problemas nuevos. Trump prometió que la derogaría y remplazaría con un sistema nuevo, maravilloso, con el cual todos tendrían asistencia médica excelente y más barata. Pero hasta ahora no ha demostrado tener un plan para conseguirlo, y los republicanos no proponen otra cosa que recortar los servicios de salud para los pobres y los ancianos.


La asistencia médica en Estados Unidos funciona como un negocio, como si la gente pudiera elegir enfermarse o no de la misma manera que decide si compra o no una aspiradora. Quienes dominan ese negocio son las compañías privadas de seguros médicos, cuyo propósito principal es maximizar sus ganancias, no mejorar la atención en salud. Los principales factores que inciden en el alto costo de los servicios de salud en Estados Unidos son los hospitales gigantes que existen para lucrar, las compañías de seguros que lucran y la industria farmacéutica que también opera para generar ganancias.


Trump 2.0 lidiaría con los problemas reales de acceso a la asistencia médica con la táctica –de eficacia comprobada– de culpar a un grupo pequeño (los mercaderes de la salud) por los grandes males.


El gobierno de Obama no tuvo la determinación necesaria para establecer un verdadero sistema de salud pública como opción al negocio privado. El gobierno de Trump y el Partido Republicano carecen de soluciones viables. Y esta falta de resolución está convenciendo a más y más gente de que la solución es un sistema nacional de salud pública. Trump 2.0 no se quedaría esperando que esto ocurra por sí mismo. Él tomaría la iniciativa.


POPULISMO DE VERAS.

Un populista de veras, Trump 2.0, primero denunciaría a las “sanguijuelas de los seguros” y a los “farmavampiros” que lucran con los medicamentos. Luego convocaría a los ejecutivos del negocio de la salud a la Casa Blanca y les daría 30 días para que recorten sus ganancias, bajen los costos de hospitales y medicamentos, eviten exámenes costosos e innecesarios, y regulen las tarifas de los médicos. Y si no cumplen, les dedicaría un festival de insultos por televisión.


¿El deterioro de los salarios reales? Trump 2.0 propondría un incremento del 100 por ciento en los sueldos mínimos a 15 dólares por hora en todo el país. Y dejaría a los políticos la opción de sumarse a su campaña o encarar a sus votantes. La gente que trabaja por el sueldo mínimo no es una porción sustancial de la fuerza laboral en este país, por lo cual se trataría de una reforma poco costosa. En cambio, sería una medida de gran simbolismo, que generaría muchos votos.


¿La inmigración? La mayoría de los estadounidenses quiere una reforma integral del sistema de inmigración, pero no apoya las bravuconadas de Donald Trump sobre redadas masivas y la deportación de 11 millones de personas. Trump 2.0, siempre con la mira puesta en ganar más poder, reconocería que esta gente ya está aquí, es parte de la economía, y no desaparecerá. Ofrecería una amnistía a todos los inmigrantes indocumentados que no hayan cometido crímenes, con un trámite expedito para la ciudadanía a quienes hayan estado en el país más de cinco años. Y de este modo los inmigrantes optarían por el bando de Trump 2.0 durante generaciones.


¿Cómo generar empleos? La respuesta evidente y comprobada es la infraestructura. Trump 2.0 no se limitaría a hablar, como lo ha hecho Donald J Trump, de un programa multimillonario de reparación, construcción o mejora de aeropuertos, escuelas, autopistas, puertos y las redes de electricidad y comunicaciones. Convocaría a los dirigentes sindicales a la Casa Blanca y los instruiría para que movilizaran a sus miembros como agitadores en todo el país en apoyo a las nuevas obras públicas. Luego dejaría en manos de los dirigentes sindicales el monitoreo de la gestión de las obras, en lugar de confiar esta tarea a un organismo estatal.


¿Y el tema ambiental? Al igual que su predecesor, a Trump 2.0 probablemente el asunto le importe un bledo, pero sí podría ver que las fuentes de energía alternativas producen empleos, y que el cuidado del ambiente es una preocupación seria para los votantes más jóvenes. Por otra parte, la recuperación de empleos en la industria del carbón –si es que fuese posible– cosecha menos votos que una política que complazca a los sentimentales que defienden los bosques y la fauna. Hay más empleos –y votos– en Silicon Valley que en las regiones del carbón.


¿La deuda estudiantil, la vivienda? Desde la Gran Recesión los bancos han acumulado capitales enormes. Trump 2.0 propondría al Congreso una ley que cortara la deuda de los estudiantes y facilitara el crédito para la compra de vivienda. Luego llamaría a los bancos “vacas gordas” y a los banqueros “plutócratas crueles”. Y si los banqueros quieren batalla, Trump 2.0 incitaría a las masas, y los militantes de Occupy Wall Street marcharían en primera fila.


LA ETERNA GUERRA.

Algunas de estas políticas de gratificación instantánea podrían tener impacto negativo sobre la economía de Estados Unidos, pero para eso es que sirven las guerras. Si después de ganar apoyo ciudadano con un populismo auténtico, Trump 2.0 viera que la opinión pública flaquea, no dudaría en encontrar una guerra que unificara a la nación y consolidara su poder. Para eso, también, es que sirven las tretas sucias. Es una lección que desconocía Donald J Trump: no te metas con los servicios de inteligencia. Están ahí para usarlos. Un ataque terrorista en el momento oportuno silenciaría a todos los críticos.


¿Acaso los medios de prensa serían un obstáculo para Trump 2.0? No. La mayoría de los estadounidenses ya confía poco en “los grandes medios”, despreciados rabiosamente por la derecha y profundamente mal vistos por la izquierda. Quizá unos poquitos “ataques espontáneos” de patriotas iracundos contra algunos periodistas locales, accidentes misteriosos o aun la desaparición de un par de grandes figurones de los medios comunicarían el mensaje: la libertad de prensa está passé. ¿Cuántos estadou-nidenses saldrían a la calle a defenderla?


Casi por reflejo intelectual se equiparan las políticas progresistas con las libertades políticas, y las reformas sociales con la democracia. La historia enseña que un régimen puede imponer políticas progresistas y usar reformas sociales como medios para afianzarse en el poder mientras cercena las libertades políticas y la democracia.


Un Trump 2.0 sería capaz de erradicar por completo la más remota posibilidad de presentarse como alternativa política de una izquierda que sí defiende la democracia.
La amenaza para la democracia y las libertades en Estados Unidos no es Donald J Trump. Es esa persona, todavía desconocida, que va aprendiendo de las carencias de Trump, y los millones de votantes ansiosos por llevarla al poder.

Publicado enPolítica
Viernes, 28 Abril 2017 16:02

La marcha del uribe-popeyismo

La marcha del uribe-popeyismo

En la realización de la marcha del 1 de abril quedó evidente la apertura de una fisura importante que puede aprovecharse para interpelar el pueblo, construir ciudadanía y evitar que la sociedad colombiana siga siendo una masa manipulable.

 

El pasado 1 de abril se realizó una nueva manifestación convocada por los distintos sectores políticos coaligados en torno al expresidente Uribe. En apariencia, el confuso, y a la postre difuminado, rechazo a la “corrupción” consiguió aglutinar personajes con proyectos particulares y potencialmente antagónicos como el destituido exprocurador Alejandro Ordónez, la exministra Martha Lucía Ramírez o los uribistas “Pachito” Santos, Carlos Holmes Trujillo e Iván Duque.

 

Hasta supuestos venezolanos anónimos anunciaron su participación para impedir, según ellos, que el “castrochavismo” se apoderara de Colombia. Lo que parecía una exitosa convocatoria se vio opacada con la participación de alias “Popeye”, antiguo sicario del cartel de Medellín, y la defensa que de ella hicieron reconocidos personajes.

 

Algunos analistas llamaron la atención sobre la doble moral de los convocantes, varios de ellos con procesos judiciales abiertos por corrupción, mientras otros vieron en la marcha, cuyas consignas se enfocaron contra el proceso de paz, una advertencia de lo que puede ocurrir en las elecciones de 2018 en el caso de que no se consolide una coalición que asegure la implementación de los acuerdos con las Farc. Sin negar la pertinencia de estas interpretaciones, la marcha del 1 de abril permite observar importantes cambios en las formas y en la capacidad de convocatoria del uribismo.

 

Las masas contra el pueblo

 

La convocatoria del uribismo y los demás sectores contrarios al proceso de paz se ha dirigido fundamentalmente a las masas, evitando la interpelación del pueblo. Desde la psicología de las masas de Gustave Le Bon, quien a fines del siglo XIX quiso explicar “científicamente” la emergencia de grandes movilizaciones en Europa, sabemos que una masa es sustancialmente distinta a un pueblo. Según el teórico francés, en una masa la racionalidad individual se disuelve en favor de lógicas de contagio, sugestión y manipulación. El pueblo, en cambio, hace referencia al conjunto de ciudadanos, integrantes de una comunidad política, capaces de uso público de la razón.

 

Fue Le Bon, antes que Goebbels, quien descubrió la efectividad que tiene la afirmación de una mentira, repetida mil veces, para movilizar a las masas. Así, más que al discernimiento racional, la movilización de las masas apela a las pasiones; más que a la argumentación lógica, a la eficacia de la retórica. Es precisamente la estrategia que durante años ha implementado con éxito el uribismo. Por eso, el principio de no contradicción lógica tiene poco que decir a la hora de entender el carácter masivo de muchas de sus acciones colectivas, desde las marchas contra las Farc en 2008 o la invitación a votar contra la “ideología de género” en el plebiscito de 2016 hasta la reciente convocatoria contra la corrupción por parte de personajes condenados por ese delito.

 

Esta estrategia es totalmente contraria a la interpelación del pueblo que han puesto en práctica recientemente movimientos sociales como la Marcha Patriótica, el Congreso de los Pueblos o la Cumbre Agraria. Movilizar al pueblo supone un proceso de empoderamiento, de fortalecimiento de la ciudadanía y de educación política popular por la vía de la experiencia. Participar en un movimiento social, con todos los costos que eso supone en Colombia, que empiezan por poner en riesgo la propia vida, conlleva una apropiación de la ciudadanía, que no puede conseguirse sin un paciente proceso de concientización y organización que difícilmente se reduce a la movilización de las pasiones, aunque no necesariamente las excluye. Por esta razón, mientras las estrategias del uribismo para movilizar a las masas están basadas en liderazgos consolidados y preexistentes –de partidos políticos, gremios y sobre todo sectas evangélicas– que producen llamamientos de arriba hacia abajo, los movimientos sociales apuestan por un paciente esfuerzo de organización popular para agenciar la acción política de abajo hacia arriba.

 

Lo peor que podría pasarle al uribismo y su coalición en contra del proceso de paz es la emergencia de un pueblo, un sujeto político formado por ciudadanos capaces de discernir por sí mismos lo que conviene a los asuntos de la vida en común.

 

Desinformar para manipular

 

Pero la formación de ese pueblo tiene quizás su principal obstáculo en los mecanismos de manipulación que caracterizan nuestra contemporánea sociedad de la des-información. Hace dos décadas el sociólogo español Manuel Castells anunciaba nuestro ingreso a la “era de la información”, mientras el magnate Bill Gates se alegraba porque en el mundo virtual, donde “todos somos creados iguales”, sería más fácil alcanzar la elusiva equidad. El optimismo de aquellos tiempos ha dado paso a una visión más realista de las “nuevas” tecnologías de la información y la comunicación, pues pese al carácter horizontal de los intercambios que muchas de ellas permiten, la desigualdad en el acceso a la información no sólo persiste sino que incluso ha creado mayores problemas.

 

Si bien es cierto que las estrategias de comunicación política del uribismo no han descuidado para nada el papel de los grandes medios, la radio y la televisión, cuya característica principal es una forma de comunicación monológica que va del emisor al receptor sin posibilidad de intercambio, no es casualidad que buena parte del despliegue publicitario haya aprovechado las “nuevas” tecnologías de información y comunicación, por ejemplo mediante campañas con falsos perfiles en redes sociales virtuales para difundir sus contradictorios pero pasionales mensajes. Y es que las redes sociales y otras plataformas virtuales parecen ser más apropiadas para movilizar a las masas que para construir pueblo.

 

En efecto, la subordinación del acceso a la información a los criterios del mercado produce un exceso de oferta permanente, hasta el punto de que cada vez hay mayor dificultad para distinguir lo relevante de lo accesorio dentro de las desbordantes cantidades de datos con las que somos bombardeados diariamente. Esto dificulta que las personas accedan a la información necesaria para formarse un juicio sobre la realidad política e imposibilita cualquier reflexión paciente, puesto que en la competencia por captar la atención las noticias se suceden aceleradamente, impidiendo que los acontecimientos se fijen en la memoria individual y colectiva, a no ser aquellas informaciones sobre farándula u otros hechos banales que apelan a las pasiones y que el mercado posiciona como los más vistos o como contenidos virales.

 

Pero, sobre todo, el funcionamiento de estas tecnologías no es radicalmente distinto al de los medios de comunicación convencionales, porque en ambos casos prima la cantidad de recursos de que se disponga para posicionar contenidos. Por ejemplo, el posicionamiento de una página web en reconocidos motores de búsqueda tiene un precio, de tal manera que nuestras búsquedas no conducen a los mejores contenidos sino a aquellos que lo han pagado o esos otros que miles de cibernautas han considerado “relevantes” –graciosos, divertidos, sensuales, etcétera, y con más frecuencia a una combinación de los dos. Así pues, una de las paradojas del mundo contemporáneo es tener mayor acceso a la información y, al mismo tiempo, estar más desinformados. De ahí que la interpelación de las pasiones sea útil para asegurar un compromiso efímero con una manifestación o en unos comicios electorales, resultando más difícil canalizarla para la organización popular que caracteriza el tipo de acción colectiva de los movimientos sociales.

 

El lento declive de la estrategia uribista y las elecciones que vienen

 

En Tres ataúdes blancos*, la novela de Antonio Ungar, el presidente Del Pito, quien vía reelección domina desde muchos años atrás la imaginaria República de Miranda con apoyo de las mafias y los escuadrones de la muerte, obtiene un apoyo irrestricto de los votantes no a pesar sino gracias a que conocen su prontuario delictivo e incluso se sienten orgullosos de él. Se trata de una sociedad donde los antivalores son predominantes, en lugar de constituir onerosas cargas morales se han convertido en un importante capital político y, por consiguiente, en donde es prácticamente imposible determinar qué puede indignar, dado que precisamente aquello que debería indignar se halla revestido de importante reconocimiento social. Algo similar puede inferirse de la defensa que ciertos sectores hicieron de la participación de alias “Popeye” en la marcha del 1 de abril: hemos llegado a ese oscuro punto en el que un historial delictivo provee la autoridad necesaria para convertirse en adalid de la moralidad y de la lucha contra la corrupción.

 

Sin embargo, si bien eso puede decirse respecto de quienes apoyaron la participación de “Popeye”, la tímida discusión que tal hecho propició permite inferir que en el conjunto de la sociedad colombiana la manifestación dejó al uribismo muy cercano a ese otro punto en donde emerge la indignación. Varios analistas han lamentado que reconocidos personajes de la política nacional, hasta no hace mucho auto-erigidos en faros morales, hayan justificado su marcha al lado de “Popeye”. En realidad, no hay nada novedoso en un comportamiento que justifica los medios en función de los fines, pues desde hace muchos años reconocidos miembros del uribismo han sido cuestionados y procesados judicialmente, las cifras son incomparables con cualquier otro gobierno o movimiento político en la historia del país, e incluso mientras era presidente Uribe optó por pedir el respaldo de los “parapolíticos” a sus proyectos en el Congreso mientras no estuvieran en la cárcel. Lo novedoso es que hubo personas que se apartaron de esas justificaciones, incluso personas que anteriormente se habrían sentido de plácemes marchando con Uribe y “Popeye”.

 

Según datos de la Policía Nacional, el 1 de abril en todo el país apenas marcharon 55 mil personas, cifra reducida si se compara con otras movilizaciones del uribismo e incluso con los 250 mil marchantes que posteriormente reivindicaron los organizadores. A juzgar por las imágenes que rotaron por redes sociales y por la televisión, a la manifestación concurrió la base real del uribismo y de quienes se oponen al proceso de paz, esto es, en su mayoría personas de clase alta y media alta, articulados predominantemente por convicciones ideológicas, en particular por el odio a las Farc, y personas de otros segmentos provenientes de sectas evangélicas. Lo cierto es que la estrategia de movilización de las masas parece entrar en declive o, por lo menos, experimentar una caída enorme en términos de efectividad. El odio a las Farc, laboriosamente construido durante el gobierno Uribe, no consiguió movilizar como lo había hecho en oportunidades anteriores. Además, esta vez el llamado a la movilización en virtud de las pasiones fue incapaz de ocultar con la retórica anticorrupción los intereses particulares de los distintos sectores que convergen en la coalición uribista y en contra del proceso de paz.

 

En suma, la novedad de la marcha del 1 de abril no es que sectores disímiles sigan articulados en contra del proceso de paz, de las Farc o, en sus términos, de la “ideología de género” y del “castrochavismo”. El hecho relevante es que ese discurso ya no es suficiente para movilizar masivamente, a pesar de camuflarse de lucha contra la corrupción. Más que nunca, en la coalición uribista tiende a predominar la racionalidad instrumental: son los cálculos electorales individuales del conjunto de personajes que animaron la marcha lo que hasta ahora los mantiene unidos, pero todos ellos esperan capitalizar en su beneficio particular el caudal electoral de Uribe, lo que en últimas la hace una coalición frágil. Aunque siempre habrá la oportunidad de apelar a las pasiones para movilizar a las masas, y más si se tienen en cuenta las oportunidades que brinda nuestra sociedad de la des-información y un contexto donde ciertos antivalores tienden a predominar, se ha abierto una fisura importante que puede aprovecharse para interpelar el pueblo, construir ciudadanía y evitar que la sociedad colombiana siga siendo una masa manipulable.

 

* Anagrama, 2011, p. 129.

Publicado enEdición Nº234
Viernes, 28 Abril 2017 15:27

Medellín en su laberinto: la seguridad

Medellín en su laberinto: la seguridad

Algunos gobernantes contemporáneos, hacen de la exposición pública el mecanismo por excelencia de su gestión. Federico Gutiérrez, el alcalde de Medellín, es uno de los mejores exponentes de este gobierno en tiempo real.

 

A inicios de marzo el Nuncio papal en Colombia, monseñor Ettore Balestrero, confirmó que el papa Francisco estará en Colombia entre el 6 y el 10 de septiembre de 2017. Una de las discusiones que surgieron a raíz de esta noticia, fue la relacionada con el jubileo con el que podían salir libres 20 mil presos en los próximos tres años1.

 

El alcalde de Medellín, se pronunció muy a su estilo (aparentemente coloquial) en torno al proyecto: “Hoy ni siquiera se necesita de Jubileo porque igual los están dejando libres a todos2”. El afirmar “los están dejando libres”, traza una línea divisoria entre las instituciones encargadas de la lucha contra la delincuencia. De un lado estarían las autoridades que hacen un gran esfuerzo para capturar a los delincuentes y del otro, aquellos que los dejan libres. Cualquier “ciudadano promedio” pudo haber dicho lo mismo, de ahí la conexión del mandatario con el promedio.

 

En esa visión, de un lado estarían entonces el Alcalde y la Policía, quienes a mediados de enero de 2017 le anunciaron a la población que no descansarían hasta atrapar a tres sujetos motorizados que a plena luz del día, y en una vía céntrica de la ciudad, le hurtaron las pertenencias a la conductora de un vehículo y emprendieron la huida. El video del hurto se viralizó, lo mismo que la indignación de la sociedad que desde días atrás había escuchado cómo era cada vez más común esta modalidad.

 

El Alcalde, que desde el inicio de su mandato venía posicionándose como un fuerte enemigo de la delincuencia local, se pronunció de forma poca ortodoxa pero muy propia de su estilo: anunció que él mismo dirigiría el operativo y prometió que no se iría a dormir hasta no capturar a los tres “fleteros”. A las 2 de la mañana, cuando no se había logrado la captura de los sospechosos, el Dr. Gutiérrez se pronunció a lo Rodrigo Duterte en Filipinas: “No vamos a descansar hasta agarrar a esos tres delincuentes, el mensaje a la ciudadanía es que esto no puede volverse algo normal en la ciudad3”. Pese a que durante el año se denuncian aproximadamente 10 mil delitos similares o más graves, el Alcalde encargó a 200 policías de resolver este caso. Las pesquisas fueron exitosas. A primera hora del día siguiente, el trasnochado primer mandatario acompañado por el comandante de la Policía Metropolitana dio el parte de victoria: “Hemos resuelto un caso importante para la ciudad y así tenemos que actuar en cada uno4”. Sin embargo, a menos de 24 horas de su detención, los presuntos delincuentes salieron en libertad por no tener orden de captura. Toda la cruzada de opinión liderada por el Alcalde para perseguir a los pillos, enfiló baterías contra la “ineficiencia” y el garantismo extremo del sistema judicial que dejaba en libertad unos ladrones después del gran esfuerzo del equipo del burgomaestre. Dos de los supuestos bandidos fueron rápidamente recapturados, el tercero se entregó.

 

La victoria del Alcalde fue clara. Hacia el exterior le mostró a la ciudadanía que era posible ganarle la batalla a la delincuencia si existía liderazgo y voluntad política. Al interior del Estado se proyectó como un funcionario eficiente a diferencia de una rama judicial burocrática y sin sentido de justicia.

 

Antes de este episodio el Dr. Gutiérrez había intervenido, en ocasiones “personalmente”, las zonas de mayor comisión de delitos como homicidios, microtráfico, extorsión y prostitución en las comunas 5 (Castilla), 16 (Belén) y 10 (Centro), lo que le habría granjeado amenazas de las bandas y combos que hacen presencia en buena parte del Valle de Aburrá. El funcionario enfrentó abiertamente (en los medios) a alias “Pedro Pistolas” que, de acuerdo a las denuncias recibidas por la Fiscalía, era el artífice del plan criminal. En este caso, el burgomaestre también se trenzó en una disputa con funcionarios del ente judicial, a los que acusaba de corruptos y/o cómplices, dado que él solo fue notificado de las amenazas 17 días después que se hicieran públicas.

 

Al igual que en el episodio de los fleteros, el Alcalde surgió como el líder de la cruzada contra una delincuencia que lo amenazaba y frente a la cual los órganos judiciales y de control eran ineficientes, cuando no cómplices.

 

El impacto en la opinión pública de la lucha contra el crimen organizado de la administración Gutiérrez ha sido muy alto si se tiene en cuenta que su antecesor, el liberal Aníbal Gaviria, terminó su periodo con una percepción ciudadana de seguridad negativa. En ese gobierno, aunque bajaron los índices de homicidio, “el centro era un tumulto de atracos y en las comunas periféricas no había cuadra sin extorsión, pagaban –aún lo hacen– los tenderos, los buseros, los taxistas, los dueños de carro y moto que tenían que dejar el carro en la calle5”.

 

El actual alcalde ha explotado con éxito esa sensación, trazando una línea divisoria entre los que como él ‘están en guerra contra la delincuencia organizada’ y aquellos funcionarios que están en contubernio con los pillos o son demasiado legalistas para mantenerlos detenidos. Él mismo se ha posicionado como víctima de este concierto criminal y/o de la ineficacia judicial.

 

Eso ha llevado a que su índice de popularidad crezca vertiginosamente hasta llegar a ser el más alto del país de acuerdo con Gallup. Si para junio de 2016 tenía el 79 por ciento de aprobación, para septiembre del mismo año llegó al 83, siendo el segundo alcalde más popular de Colombia. Para marzo de 2017 alcanzó el 88 por ciento de aprobación apareciendo como “el mejor alcalde del país6”.

 

Pese a los altos índices de aprobación de la gestión por parte de la ciudadanía, los homicidios en el primer año de gobierno del alcalde Gutiérrez aumentaron un 7.7 por ciento, lo que rompe una tendencia de más de 6 años de rebajas consecutivas en los asesinatos en una ciudad que llegó a ser la más violenta del mundo en la década de 1990. ¿Asunto de percepción?

 

* Profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia.
1 El gobierno en cabeza del ministro de justicia, radicó un proyecto de ley que “establece, por una sola vez, la rebaja en una quinta parte de la pena privativa de la libertad impuesta en la República de Colombia, por delitos cometidos antes del 16 de marzo de 2017” (El Espectador. Redacción política, 2017)
2 El Colombiano. (20 de Marzo de 2017). Cita Textual. El Colombiano, pág. 22.
3 El Espectador. Redacción política. (17 de Marzo de 2017). ¿Qué proponen los tres proyectos de jubileo que serán presentados en el Congreso? Obtenido de El Espectador.com: http://www.elespectador.com/noticias/politica/que-proponen-los-tres-proyectos-de-jubileo-que-seran-presentados-en-el-congreso-articulo-685045
4 Revista Semana. (Enero de 2017). Los tres atracadores que el alcalde de Medellín persiguió toda la noche. Obtenido de Semana.com: http://www.semana.com/nacion/multimedia/federico-gutierrez-ayudo-a-capturar-a-tres-atracadores/512255
5 Semana. Nación. (02 de 01 de 2017). En 2017 los indicadores en seguridad mejorarán”: Federico Gutiérrez. Obtenido de Semana.com: http://www.semana.com/nacion/articulo/federico-gutierrez-da-pronostico-del-2017/511278
6 Telemedellín. (2 de Marzo de 2017). Según encuesta, Alcalde de Medellín y Gobernador de Antioquia son los mejores mandatarios del país. Obtenido de Telemedellín.com: http://telemedellin.tv/alcalde-medellin-gobernador-antioquia-mejores-mandatarios-pais/168273/

Publicado enEdición Nº234
Domingo, 23 Abril 2017 07:54

Occidente en su momento populista

LA BOCA DEL LOGO

 

El largo viaje del populismo hasta el centro del debate


La irrupción de Podemos en el escenario político español caminó de la mano de la generalización de las discusiones sobre el “populismo”. Desde entonces, el término se ha hecho de uso común en los medios de comunicación y el debate político. Ha costado pero incluso sus más enconados detractores -desde la izquierda y la derecha- reconocen que hoy cualquier cosa sustancial que se diga sobre la política Europea y norteamericana tiene que lidiar y discutir con el “momento populista”. Otra cosa es su comprensión.

Los diferentes cambios políticos en países de nuestro entorno parecen haber contribuido a su actualidad, descartando que se tratase de un fenómeno propio de países del sur o de democracias escasamente consolidadas. Cada vez más fenómenos políticos, prácticamente todos los que están suponiendo novedades, son catalogados de la misma forma pese a que, en muchos casos, defiendan proyectos opuestos. A falta de un debate más serio, “populismo” es, por lo pronto, todo lo que les sobra a las élites tradicionales y altera el reparto de posiciones por las que estas monopolizaban y agotaban las opciones políticas disponibles. Parece claro, en todo caso, que la disputa en Europa es doble: por una parte un renovado ímpetu de fuerzas que aspiran a movilizar una voluntad popular nueva frente a los partidos tradicionales, sumisos a los poderes oligárquicos y financieros; y, por otra parte, se disputa el signo mismo que tendrán estas fuerzas “populares” o “patrióticas”: si reaccionario y xenófobo, como predomina en Austria, Inglaterra u Holanda, o si democrático y progresista, como predomina en España y Grecia –con Italia como caso híbrido que no se decantará de uno u otro lado mientras no se resuelva esta disputa en el seno de Cinque Stelle. Quizá la cuestión fundamental en la primera vuelta de las presidenciales de este domingo es si Francia formará parte del primer o del segundo grupo.


El populismo incomprendido, de derecha a izquierda


En términos generales, los sectores conservadores y liberales han reaccionado con espanto y condena moral. Su tesis diría, en resumen, que las turbulencias económicas han enloquecido a amplios sectores de la población que, al cambiar de preferencias electorales o adherirse a nuevas identidades políticas, han pasado de individuos racionales a turba airada e infantil, presa de demagogos que promulgan un imposible regreso al pasado. En este análisis no hay explicación alguna del fenómeno que no pase por la denigración de la gente común. Para los conservadores, las repúblicas, los estados, han de ser defendidos de una excesiva presencia e intervención popular en ellos. Las élites no tienen bajas pasiones pero las masas sólo pueden albergar sentimientos animalescos. Tras décadas de utopía neoliberal que rezaba que se podían tener “democracias sin pueblo”, el regreso del deseo de pertenecer a una comunidad y afirmar valores colectivos sólo puede ser leído por los conservadores de distinto pelaje como un virus de irracionalidad. Más que un análisis político hay un análisis climatológico o epidemiológico. Las instituciones nacionales o europeas, las políticas económicas o el propio comportamiento de la élite son así liberados de cualquier autocrítica. Para ellos, hay que salvar a nuestras democracias de sus respectivos demos.

Que la socialdemocracia se haya apuntado a esta corriente es sólo una muestra de su subalternidad intelectual a los conservadores, que explica en buena parte su subalternidad política y electoral.

Del otro lado del espectro ideológico tradicional, la recepción de los cambios en marcha no es mucho más profunda. En general, la izquierda se caracteriza por una escasa capacidad de victoria acompañada de una elevadísima y poco justificada arrogancia moral e intelectual. De la misma manera que siempre está a la espera de la crisis económica definitiva, así toda innovación viene a confirmar lo que lleva siglos diciendo, incluso si son innovaciones contra las pautas marcadas. Para la izquierda tradicional, la receta general suele ser doble ración de sí misma. Así que de la emergencia de fenómenos calificados como “populistas” tiende a deducir:

1- Que ha vuelto la política “de clase”. Aunque la identidad de clase no sea la que movilice a los perdedores de la globalización en apoyo a fuerzas políticas que prometen reconciliar la patria con el pueblo, aunque la identidad nacional juegue, por ejemplo, un papel mucho más importante y sea la superficie de inscripción para una alianza heterogénea de sujetos sociales, la izquierda lee de ello lo que ya sabía. Así, por ejemplo, si Marine Le Pen es la primera opción entre los sectores asalariados, esto sólo demuestra que hay que persistir en el discurso de clase. Las identidades políticas son, en esta mala comprensión, apenas un truco comunicativo sobre la “realidad” económica. Así no hay manera de entender que millonarios como Trump o Le Pen se erijan exitosamente en tribunos de la plebe. Descalificarlo como “engaño” es una manera de no tener que pensar y de asumir lo que de real tiene esa identificación, le guste a uno más o menos. De no entender por qué en muchos casos son fuerzas reaccionarias las que están construyendo una idea de pueblo que ofrece pertenencia y seguridad a sectores golpeados por el miedo o la incertidumbre.

2- Que hay una verdad dura y rotunda que debe ser proclamada, y que proclamarla conduce necesariamente a la victoria. La función de la política ya no sería generar horizontes compartidos en torno a los que agregar mayorías, sino rasgar los velos que impiden que se sepa una escandalosa verdad que, una vez conocida, provocará la indignación y movilización popular. Como señala Slavoj Zizek, el orden actual no se sostiene por ninguna ocultación o conspiración, de hecho ni siquiera oculta sus infamias. Se sostiene, en cambio, por su capacidad para desarticular, arrinconar o desprestigiar cualquier posible alternativa. El consentimiento hoy no descansa en una ingenua ilusión con respecto a nuestro presente, sino en una creencia cínica de que es el único posible. Las fuerzas transformadoras no tienen entonces como labor “contar la verdad” sobre los tejemanejes oscuros de los de arriba, sino “construir la verdad” de una certeza posible, de la confianza en un orden alternativo, al mismo tiempo deseable y realizable.

3- Estrechamente conectado con esto, la izquierda tradicional puede verse tentada de entender los fenómenos populistas, sean de signo progresista o reaccionario, exclusivamente como fenómenos “destituyentes”. Según esta visión, estaríamos en una época de derrumbamiento del orden y situarse en “los extremos” sería una decisión inteligente, puesto que por doquier triunfan las opciones que impugnan a las élites tradicionales y proclaman el “que se vayan todos”. Considero que este es un grave error que puede tener una dramática consecuencia política: la de dejar a las fuerzas progresistas como cuñas de protesta, fuera de toda posibilidad de gobierno salvo en contados casos de excepcionalidad, y por tanto impotentes, sin poder para confrontar realmente con las fuerzas oligárquicas que hoy se imponen por encima de las necesidades y demandas de las mayorías sociales. Me ocupo de esta cuestión más en detalle a continuación.


Algo más que ira. El péndulo de la destitución y el orden.

 

Una incorrecta comprensión de los fenómenos populistas podría deducir que son, efectivamente, “hijos de la ira”, como titulara Salvados su por lo demás excelente programa, o como la famosa portada de El País en la que “Podemos supera a PP y PSOE impulsado por la ira ciudadana”. Desde esta perspectiva, en lo que el constitucionalista norteamericano Ackerman llama las “épocas calientes” de la historia política, gana quien sea más iconoclasta, más confrontativo, más polarizador. Según esta ecuación, los tiempos actuales nos estarían enseñando que, a mayor dureza, más iniciativa política.

Esta tesis se deja fuera al menos dos consideraciones centrales. Una sobre la propia naturaleza del populismo y la otra sobre su aterrizaje en diferentes entornos institucionales.

La primera tiene que ver con entender todo discurso populista como construido en una tensión entre la denuncia de una minoría privilegiada e incapaz, nociva para el bienestar general, y la promesa de la reconciliación de la comunidad una vez el poder político esté al servicio ya no del país oficial sino de los intereses del país real. Si se confunde el populismo con un conjunto de ropajes ambivalentes para tiempos revueltos y destituyentes se entienden mal los fenómenos en ascenso pero, al mismo tiempo, se ata intelectualmente la suerte de los desafiadores a la excepcionalidad, estrechando así su horizonte de oportunidad y ubicándolos en una esquina de la política nacional, auguradores de catástrofes y del advenimiento mientras los partidos tradicionales hegemonizan la cotidianidad.

Es posible que los socialdemócratas no entiendan que en tiempos de crisis no hay construcción de voluntad popular sin señalar a un adversario, y que si no es por oposición a los de arriba, a la minoría oligárquica, puede ser que el pueblo se construya por oposición a los de más abajo, a los inmigrantes o a los más pobres y receptores de ayudas públicas. Si así fuera, estarían presos, sin darse cuenta, de la ensoñación neoliberal de que es posible un mundo sin adversarios. Ese es, en el fondo, un deseo totalitario y antidemocrático, porque no deja espacio a la discusión, a la propuesta de formas nuevas de hacer las cosas, a la expresión de afectos o pasiones. Todo lo que queda fuera del orden único sería así materia de orden público, psiquiatría o de la industria del ocio y la estética. “En una sociedad consensuada no queda lugar para la rebeldía”, cantaba en 1994 Habeas Corpus expresando ese viejo sueño totalitario de clausurar el futuro. De este modo, creyéndose más demócratas que nadie por defender el consenso, estarían desarmando ideológicamente a los sectores que sufren, incapaces de señalar una causa, un responsable (y adversario), una frontera que delimite los campos y construya el nosotros.

Pero al mismo tiempo, como he señalado, las fuerzas que aspiran a construir un pueblo (necesariamente nuevo) -y no a engordar una facción del mismo- portan siempre un proyecto de reconciliación de la comunidad -o al menos de su 99%, la parte que ha de volverse el todo: plebs que ha de volverse populus. Es decir, una promesa de restablecimiento del orden. Si la promesa se hace contra otros más débiles y el orden no se percibe como construcción democrática sino como expresión de algún tipo de esencialismo histórico, estaremos ante un populismo reaccionario.

Si, por el contrario, la plebs se levanta contra aquellos verdaderamente poderosos y el orden a construir no es cerrado ni está prescrito, sino que es un equilibrio entre los deseos de la nueva mayoría y las instituciones republicanas para su contrapeso, entonces estamos ante un populismo democrático y progresista. En el populismo reaccionario, el pueblo se expresa inequívocamente y solo una vez, restableciendo alguna suerte de orden natural; en el progresista se reconoce el carácter democrático y contingente de la comunidad, lo que supone una importancia decisiva de las instituciones y contrapesos que reflejen, protejan e integren la pluralidad existente.

En ambos casos, y esto es lo fundamental, la promesa destituyente –“que se vayan todos”- es creíble y puede ser hegemónica porque denuncia el desorden de los de arriba y propone a los de abajo como pilares de un orden cierto y al alcance. Propondré dos ejemplos de la actualidad:

Trump no es sólo un patán que protagoniza constantes salidas de tono que le permiten generar titulares ruidosos. También es, de alguna manera, quien ofrece una alternativa creíble a sectores amplios que se sienten olvidados. No sólo fija como enemigos a los políticos de Washington y a los inmigrantes, también propone “hacer américa grande de nuevo”: una utopía -reaccionaria, pero utopía- creíble y fácil de imaginar. Es creíble en su dureza contra el establishment que habría traicionado a los norteamericanos porque al tiempo es portador de una oferta de orden. No es tampoco el candidato del antagonismo total: golpea a los “burócratas” pero libera de toda culpa a los grandes capitalistas norteamericanos, los que han multiplicado sus patrimonios en los años en que más se han ensanchado las desigualdades. Es outsider ma non troppo: se presenta como ajeno al mundo político pero se preocupa de encarnar bien el mito del empresario hecho a sí mismo. Tiene un pie en el rechazo a lo existente y otro muy anclado en el sentido común (conservador pero también popular) de Estados Unidos.

Por su parte, Marine Le Pen no es su padre. No es sólo una dirigente escandalizadora y polarizadora -que también- sino que, como bien explica en sus artículos Guillermo Fernández, se ha preocupado de librar un combate narrativo para apropiarse de las nociones de la tradición republicana francesa, así como de ser quien pueda enarbolar la bandera de “volver a poner a Francia en orden”. En ambos casos vemos un pie en la impugnación y otro en una promesa creíble de orden; un pie en el cambio y otro en el sentido común ya existente. Se pueden, por supuesto, imaginar nuevas formas de construcción hegemónica y nuevos contenidos, opuestos a los de las fuerzas reacionarias; de hecho se deben. Pero ha de partirse siempre de este equilibrio, de la comprensión de la naturaleza contradictoria sin la cual no hay posibilidad de hegemonía. Afirmar sólo una parte de la ecuación, quedarse sólo con una posición del péndulo, equivale a quedarse con ninguna.

 

Estado, comunidad y protección frente a la incertidumbre

 

La segunda consideración es la que concierne al grado de desarrollo del Estado y las instituciones en cada país. Las fuerzas políticas que surgen en Europa y Estados Unidos en medio de esta “época caliente” o “momento populista” tienen al menos una diferencia fundamental con las que surgen en países de la periferia del sistema-mundo: irrumpen en Estados densos, complejos y bien implantados, que monopolizan la gestión del territorio y la violencia, que ofrecen un alto grado de institucionalización y por tanto de la administración de los comportamientos, las expectativas y las creencias. Esto marca de forma definitiva los posibles recorridos, como sabemos desde hace tiempo. Ya Gramsci, en su estudio de las diferencias entre Rusia e Italia, abordaba sus implicaciones estratégicas: la “guerra de asalto” de los revolucionarios de Oriente no podía desarrollarse de la misma manera en Occidente, que tiene en las trincheras ideológicas, en la guerra de posiciones de las instituciones y la sociedad civil, su campo de batalla decisivo por el sentido común de época.

En general, podemos decir que el grado de rupturismo que sea asumible por una mayoría de la población tiene una relación directamente proporcionalidad con el nivel de descomposición institucional. En países con administraciones que ordenan la vida de los ciudadanos -y los construyen así más como “ciudadanos” que como “pueblo” salvo quizás en momentos de alta intensidad política- la disputa política sigue más la forma de una guerra de posiciones en el Estado, en el que es necesario arrebatar al adversario su prestigio, su capacidad de infundir confianza a amplios y diversos sectores sociales, su capacidad de reclutar y formar cuadros de gestión y dirección pública y su capacidad de articular una amplia red detrás de un proyecto de Estado. Máxime cuando el contenido principal de la crisis política, de la fractura entre representantes y representados, es una percepción de los representados de que los de arriba se han saltado sus propias normas y han dado la espalda a aquellos para los que deberían trabajar: el pueblo.

Este dato es de crucial importancia: no es solo que las élites no hayan contado con los de abajo últimamente para dirigir el país -nunca lo han hecho, en realidad- es que incluso han renunciado a integrarlos de forma pasiva como antaño, a otorgarles un lugar siquiera subordinado, y han creído que podían permitirse chocar directamente contra ellos. Hay así un componente conservador o “nostálgico” en la contestación a las élites que las fuerzas progresistas no pueden obviar o le regalarán nuestro tiempo a los reaccionarios: un deseo explícito o implícito de “volver a los pactos de posguerra” de una enorme efectividad política, por mucho que economistas y ecólogos adviertan con razón de su imposibilidad material. Cuando las fuerzas populares profetizan las siete plagas de Egipto como condición del cambio, nuestras sociedades suelen preferir, con buen tino, la conservación de lo existente. Su función histórica debe ser, más bien, la de representar ese anhelo nostálgico al tiempo que le da una respuesta innovadora y transformadora en el día a día para reconstruir un nuevo pacto social del S. XXI que equilibre la balanza y derrote la ofensiva codiciosa de los de arriba.

El contenido del radicalismo democrático posible y necesario en nuestro tiempo, por tanto, no es el de romper los acuerdos sociales sino fundarlos de nuevo, no es aumentar la incertidumbre sino reducirla, no es “rasgar el orden” sino restablecerlo: infundir capacidades y confianza en los de abajo, ampliar su radio de acción, fortalecer sus vínculos como comunidad y los dispositivos institucionales a su servicio. En la medida en que son los sectores oligárquicos quienes están a la ofensiva y dan por rotos los contrapesos y los acuerdos y garantías de los pactos sociales, en la medida en que hoy la dirección de los privilegiados es la chapuza, la desorganización y el cortoplacismo, es imperativo construirles como antisistema y levantar proyectos transversales y nacional-populares que ofrezcan amplios y duraderos acuerdos sociales con las necesidades de las mayorías olvidadas en el centro. La ofensiva de los privilegiados es fiera en términos políticos y económicos pero considerablemente débil en términos culturales: no ofrece horizontes atractivos para la mayoría. La resignación y el miedo son mecanismos defensivos pero no pilares sólidos para fundar un orden. En esa brecha se ubican las posibilidades de recuperación de una idea democrática, cívica y solidaria de Patria y, consecutivamente, de Europa.

Una virtud de los proyectos nacional-populares es que asumen la composición cultural e ideológica de las sociedades en las que se despliegan. Ello no para quedarse quietos, pero tampoco para actuar como vanguardia consciente que “ilumina”, “desvela la verdad” o pone “frente a las contradicciones centrales” -el abanico de metáforas del mecanicismo tradicional de la izquierda es al respecto muy amplio- a unas mayorías que desprecia, en lo que Eugenio del Río llama “pensamiento de minoría”. Los proyectos nacional-populares están más lejos de la noción de "ideología” y más cerca de la de “sentido común”, y se aplican a construir o resignificar mitos populares, enraizados en el imaginario colectivo, que puedan ser movilizados contra las élites pero que sean al mismo tiempo portadores de una promesa creíble de seguridad.

Como hemos visto a lo largo de la vibrante campaña electoral francesa de los últimos meses, parece evidente que el nuevo tiempo aparece marcado por un deseo creciente de pertenencia comunitaria, protección estatal y soberanía popular -entendida como el poder de la gente corriente- frente a unas élites masivamente tenidas por despreocupadas, endogámicas e incapaces de ofrecer certidumbre o identidad. Es una urgencia democrática que en esa dicotomía entre proyectos comunitarios y proyectos neoliberales, el primer polo lo ocupen fuerzas progresistas en lugar de fuerzas xenófobas y reaccionarias. Para ello necesitamos una buena comprensión de los fenómenos populistas, que nos aleje de los viejos errores, y una práctica política a la altura, que mantenga como triple brújula la transformación aquí y ahora de la vida de la gente, la inequívoca vocación de mayorías y la inmediata vocación de gobierno.

 

 

Publicado enPolítica
Charlie Post, en una imagen reciente.

Antes de Trump, vino el Tea Party. Para el sociólogo Charlie Post, las mismas fuerzas de descontento social que impulsaron la revuelta en la derecha estadounidense de 2010 han llevado, seis años después, al magnate inmobiliario a la Casa Blanca. Post lleva décadas estudiando el impacto de la desindustrialización y la debilitación de los sindicatos en la política estadounidense. El profesor de la City University of New York analiza la victoria de Trump como una bofetada al consenso neoliberal, resultado de una revuelta interna en el Partido Republicano. Pero la batalla entre el gran capital que domina el partido desde la Guerra Civil y unas bases radicalizadas por la crisis económica continúa. Post comparte almuerzo con CTXT en un pub junto a la universidad pública del sur de Manhattan en la que enseña para analizar el conflicto entre el gran capital y las bases republicanas, su raíz histórica y su impacto en las políticas de un Trump presidente cada vez más “domesticado”.

 

En su trabajo, analiza la relación entre el gran capital y el Partido Republicano. Ha señalado la revuelta del Tea Party como precursora del ascenso de Trump. ¿Hasta qué punto había síntomas del trumpismo en 2010?

El Tea Party se forma en 2010 en torno a dos cuestiones: el rescate financiero y la reforma sanitaria. Pero tiene su origen en los cambios profundos en la base y la dirección de ambos partidos. A finales de los sesenta, los grandes latifundistas del sur y gran parte de la clase media blanca sureña abandonan el Partido Demócrata por el Republicano. Los afroamericanos se vuelven decididamente demócratas. Para mediados de los setenta, es obvio que el capital estadounidense se enfrenta a una gran crisis de ganancias y a una fuerte competencia externa. Comienza entonces una gran ofensiva contra la clase trabajadora en EEUU por parte de ambos partidos. Durante el Gobierno de Carter, los demócratas empiezan a alejarse cada vez más de políticas remotamente socialdemócratas. Para 1978 o 1979, recortan todos los programas de capacitación laboral, desmantelan la expansión del Estado de bienestar que se había dado en los sesenta y setenta. La victoria de Reagan marca el surgimiento de un consenso bipartidista sobre el neoliberalismo: recortes, desregulación, austeridad presupuestaria y el abandono de toda política redistributiva. A partir de 1980, los demócratas pierden un importante sector de la clase trabajadora blanca. Los sindicatos, cada vez más debilitados, ven cómo ciertos sectores de la clase obrera se enfrentan a otros sectores de su clase. Pasan al Partido Republicano, cuyas bases siguen siendo en su mayoría de clase media.

Entre 1980 y 2009, la dirección republicana es capaz de hacer con sus bases lo que los demócratas hacen con la suya: otorgarles concesiones simbólicas en los llamados ‘asuntos sociales’, como los avances democráticos de la gente de color, las mujeres o los gais. No pueden revertir la leyes de derechos civiles o de sufragio de los sesenta, por más que lo quieran muchos blancos sureños, ni el aborto mínimamente legal. Se contentan con asuntos simbólicos en torno a los derechos de los LGBT.

 

Eso cambia con la crisis, según usted.

Así es. La crisis trae consigo una radicalización de las bases republicanas. Son sectores de clase media, pequeños empresarios, profesionales técnicos y algunos profesionales liberales o directivos, que viven en comunidades blancas cada vez más aisladas, a 70 u 80 kilómetros de las grandes ciudades.

 

¿Por qué se radicalizan?

La crisis les ahoga. Ven cómo disminuye su calidad de vida y se precariza su situación económica. Muchas de sus pequeñas empresas terminan en bancarrota. Se sienten amenazados por dos grandes fuerzas: por un lado, las grandes corporaciones, bancos y compañías automovilísticas, que vienen de violar todas las normas del mercado libre a ser rescatadas de la quiebra.

Por otro lado, se sienten amenazados por los vestigios de la clase obrera sindicada, en especial en el sector público, a la que acusan de vivir a costa de sus impuestos, y también por las mujeres, negros y latinos que se benefician de políticas de discriminación positiva para progresar ‘sin merecérselo’. Tienen un gran miedo a los inmigrantes, a quienes responsabilizan del deterioro de su calidad de vida, la criminalidad y el deterioro de los servicios públicos de los que dependen, al ser una población envejecida: la seguridad social, las pensiones y las ayudas a para la asistencia sanitaria.

 

Ese proceso, ¿se produce de la mano del Partido Republicano o, en cierta medida, en su contra?

Hay una evolución. El primer objetivo del Tea Party, después de protestar contra el rescate, es la reforma sanitaria de Obama. En esa fase, todavía hay una cierta alianza con sectores del gran capital. La industria de la sanidad privada se apoyó en la oposición del Tea Party al plan sanitario de Obama para hacerlo todavía más favorable a las grandes aseguradoras. Pero para 2011, el Tea Party irrumpe como un actor importante en Washington y sus líderes empiezan a defender políticas que van contra los intereses del gran capital. Desde 2009, circulaba una propuesta con apoyos en ambos partidos, impulsada por John McCain, el senador republicano de Arizona y excandidato a la presidencia, y el senador demócrata por Nueva York Chuck Schumer, que pretendía establecer un programa de trabajadores temporales ‘invitados’ para la agricultura, la construcción, etc. El Tea Party logró bloquear esa ley, porque suponía más inmigración, que no hubiera deportaciones masivas, y una remota y complicada posibilidad de conseguir la ciudadanía. Poco después, el Tea Party llegó a provocar el cierre del Gobierno federal al negarse a pagar la deuda federal para lograr la revocación de la ley sanitaria de Obama. Eso terminó de romper la tenue alianza entre el capital y el Tea Party.


¿Por qué se produjo la ruptura entonces?

Aquel episodio aterrorizó a la clase capitalista, porque la negativa a financiar el siguiente pago de la deuda puso en riesgo el crédito del Estado norteamericano, que es la base del sistema financiero internacional. Empezamos a ver en 2012 y 2013 cómo las dos principales organizaciones del gran capital en EEUU, la Business Roundtable y la Cámara de Comercio, condenan el cierre del Gobierno e impulsan la reforma migratoria.

Tras salir reelegido, Obama ofrece a los republicanos un ‘gran pacto’: apoyo a la reforma de la ley migratoria a cambio de abrir una discusión sobre la reestructuración de los programas sociales. Eso hubiera supuesto el completo desmantelamiento de lo que queda del Estado de bienestar en EEUU. Los líderes republicanos, con John Boehner y McCain a la cabeza, apoyaban la propuesta. Fue el Tea Party, liderado por Ted Cruz, el que saboteó el plan y volvió a suspender indefinidamente las funciones del Gobierno. Llegados a este punto, a comienzos de 2014, la Cámara de Comercio pasa a la ofensiva: por primera vez, interviene directamente en las primarias republicanas, financiando con decenas de millones de dólares las campañas de candidatos anti Tea Party, cuya presencia en el Congreso logra reducir en gran medida.


¿Y usted sostiene que la elección de Trump es una reacción contra ese intento por parte del gran capital de contener al Tea Party?

La campaña de Trump despega porque las capas de clase media que forman las bases del Partido Republicano ahondan en su radicalización. Trump propone una campaña basada en el antagonismo con las élites y con los mexicanos. Viene a decir: “Tenemos que atacar tanto a las fuerzas que nos oprimen por abajo como a las que lo hacen por arriba”.


¿Cómo identifica a esas élites?

Trump empezaba todos sus discursos con el muro fronterizo y las deportaciones, pero luego decía: “Mandaron a vuestros hijos a morir por las grandes empresas petroleras en Irak”, haciendo un discurso parecido al que haría la izquierda, solo que ligado a la xenofobia y el nativismo. Señala las grandes transnacionales y el establishment político que las protege, tanto los republicanos mainstream como los demócratas neoliberales, del ‘ala Clinton’. Ese mensaje cala con enorme éxito entre la misma clase media ansiosa y en declive que había apoyado al Tea Party.

 

Ha escrito sobre el ascenso de Trump como una OPA hostil al Partido Republicano. Cientos de republicanos se negaban a apoyarle a escasas semanas de las elecciones, y Clinton recabó diez veces más donativos que él. ¿Qué vio el Partido Republicano en Trump que le llevó a rechazarle?

Empezó a criticar directamente elementos clave del consenso neoliberal, en especial los tratados comerciales. El aparato del partido y el 99% de la clase capitalista de EEUU recibieron eso con repulsión. Ningún republicano había hecho campaña a favor de los aranceles desde 1940. No hay un solo sector del capital en EEUU que se oponga a los tratados comerciales neoliberales, desde la industria agrícola, que necesita el NAFTA para vender maíz barato en México, hasta las transnacionales. Habrían preferido a un inquilino de la Casa Blanca que no trajera consigo a Steve Bannon.

Bannon les resulta vergonzoso, no tanto porque sea abiertamente racista –los republicanos suelen hablar en código para atraer a los racistas— sino porque realmente quiere un programa nacionalista-populista en lo económico, quiere desmantelar el libre comercio, quiere cambiar las alianzas estratégicas, quiere implementar deportaciones masivas, quiere que el Estado intervenga para crear empleo, y quiere usar el ejército como herramienta para lograrlo. Además, están completamente en contra de su propuesta de deportaciones masivas y de la construcción del muro, porque lo que quieren es un programa de trabajadores temporales ‘invitados’, que les proporcione un ‘banco’ de trabajadores vulnerables política y socialmente para emplearlos en las industrias que requieren mucha mano de obra. Por último, la política exterior de ‘América primero’. De nuevo, ningún republicano había propuesto algo así desde los cuarenta. La idea de dejar de lado la OTAN y todos los sistemas de alianzas que han llevado al imperialismo estadounidense a liderar el mundo durante 80 años y cambiarlos por alianzas con la Rusia de Putin les parece absurda. Por eso, la división entre las élites y unas bases cada vez más radicalizada se profundiza.


Y, sin embargo, ya en la presidencia y empezando por sus nombramientos, Trump parece haber abandonado a gran velocidad la gran mayoría de esos elementos que le enfrentaban con las élites de su partido y el gran capital. Su gabinete está lleno de ejecutivos de las finanzas y las industrias extractivas de combustibles fósiles. ¿Cómo explica ese viraje?

Así es. Salvo por las industrias extractivas, se parece mucho a los gabinetes de Clinton y Obama, que también estaban dominados por Goldman Sachs. Creo que esos nombramientos fueron sus ofrendas de paz al capital. En lo relativo al partido, al principio intentó equilibrar su ala insurgente, ligada a la derecha nacionalista-populista y liderada por Bannon, con republicanos al uso, como Reince Priebus. Pero, por mucho que él y Bannon se queden bebiendo hasta altas horas de la madrugada y se les ocurran ideas absurdas como cerrar las fronteras a varios países, hay un gran número de obstáculos para que logren implementar ese programa nacionalista.

Por un lado, no tiene una mayoría en el Congreso para aprobarlo. Paul Ryan lidera un grupo republicano que es aplastantemente neoliberal, anti Tea Party y anti Trump. No van a pasar por el aro de desmontar el NAFTA o los acuerdos comerciales neoliberales. Tiene también el obstáculo de la burocracia permanente en agencias clave del Estado que no aceptarán ese programa y podrían sabotearlo. En último término, se va a enfrentar a la resistencia de los mercados. Sus políticas populistas, nacionalistas y anticorporativas se enfrentarían a muchos de los mismos obstáculos con los que se encuentra la socialdemocracia cuando trata de implementar reformas anticapitalistas mediante el Estado. Creo que ha admitido eso, y aunque su retórica sigue siendo la misma, se ha echado atrás. En su primer discurso en el Congreso mantuvo la línea dura proteccionista, pero no hizo ninguna llamada concreta a la revocación del NAFTA, para lo que necesita los votos del Congreso. En lo relativo a la inmigración, utilizó el término ‘basada en el mérito’, que es la base del plan de McCain y Schumer, y lo que quiere el gran capital.


Obamacare, la reforma sanitaria de Obama fue, como ha dicho, el elemento clave tanto de la insurgencia del Tea Party como de la gran reacción que llevó al ascenso de Trump. ¿Cómo analiza el fracaso de Trump a la hora de echar abajo la ley sanitaria de Obama y aprobar su reforma?

Es muy revelador. Los elementos radicales de la derecha libertaria y el Tea Party que echaron abajo la revocación tenían razón: la propuesta de Trump y Ryan era una versión light de Obamacare. Es cierto que habría perjudicado a mucha gente, porque conllevaba recortes a los subsidios de ayuda sanitaria para los pobres, pero, en esencia, era el mismo tipo de política, basada en incentivar la compra de seguros privados a través de rebajas de impuestos. Es el modelo neoliberal de ‘sanidad para todos’, basado en enormes subsidios estatales, recortes de servicios y competencia entre empresas privadas. Trump ha sufrido una ‘corrección de mercado’.

 

El cómo se resuelva esa confrontación entre neoliberales y nacionalistas económicos parece clave, dada la mayoría republicana en ambas cámaras. ¿Está diciendo que ‘el partido manda’ y que Trump volverá al redil del proyecto neoliberal? El presupuesto parece apuntar en esa dirección, con grandes recortes en casi todos los ámbitos.

Sí. Estamos ante un regreso a la vieja agenda neoliberal. Lo que ha hecho hasta ahora marca una versión extremadamente conservadora del neoliberalismo. Y donde ha dado frutos la resistencia no es en los elementos ultraconservadores, racistas, antitrabajadores y machistas de su propuesta, sino en los intentos de llevar a cabo políticas populistas-nacionalistas.


Dada su lectura del ascenso de Trump como una ‘profundización y continuación’ de la insurgencia del Tea Party, si observamos ya en el arranque de su presidencia, un repliegue neoliberal, ¿qué puede suceder con la división entre las bases y las élites?

Preveo una mayor radicalización de gran parte de sus bases, que puede que no voten republicano en las elecciones legislativas de 2018. Es probable que Trump sea un presidente de un solo mandato, especialmente si se produce una fuerte recesión global, que no es nada descartable. Y si no hay un verdadero movimiento ‘desde abajo’ que construya una alternativa de izquierdas, es de esperar que se sigan radicalizando sus bases.


¿Podría haber una escisión en el Partido Republicano?

Es posible que se produzcan intentos de construir un partido de derecha nacionalista-populista. Apuesto a que ahora que los republicanos están logrando domesticar a Trump, erigirán el mismo tipo de barreras que los demócratas pusieron en funcionamiento hace 40 años, como los superdelegados, para evitar que se les vuelva a ‘colar’ alguien como Trump. Y eso podría arrastrar a parte de sus bases a un tercer partido de derecha nacionalista económica.

 

TÁlvaro Guzmán Bastida @aguzmanbas

 

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“Francisco consiguió un consenso mundial increíble. Está en la prensa todos los días.”

 

Discípula de Laclau y compañera de ruta de los teólogos de la liberación, Cuda opina que “el populismo es un nuevo modo de la política, el pueblo toma conciencia de sí mismo... y busca un político que es capaz de captar sus necesidades”.

 

Desde Roma

 

Ser mujer y ser teóloga es algo bastante raro en la Iglesia Católica. Lo era mucho más hace algunas décadas. Ahora, sobre todo en países de Europa y en Estados Unidos, las mujeres teólogas han conseguido un lugar como sus colegas hombres y participan junto a ellos de organizaciones, como el Catholic Theological Ethics in the World Church (Teología Ética Católica en la Iglesia Mundial) que se ocupa de difundir la teología ética en el mundo. La argentina Emilce Cuda es una de ellas. Cuda es miembro de esta red internacional de teólogos. Se doctoró en Teología Etica en la Pontificia Universidad Católica Argentina donde ahora trabaja como profesora. Enseña además en la facultad de Filosofía de la UBA y en la Universidad Arturo Jauretche y trabaja como profesora invitada en algunas universidades de Estados Unidos, como el Boston College y la Northwestern University.

Cuda vino a Roma para presentar al papa Francisco, junto a sus colegas de la red de teólogos, el próximo congreso mundial de esa organización –que cuenta con 1500 teólogos de todo el mundo– a realizarse en 2018 en la ciudad bosnia de Sarajevo. De esos congresos participan entre otros también –aunque no siempre por razones de edad– teólogos como el venezolano Pedro Trigo, el peruano Gustavo Gutiérrez o el argentino Juan Carlos Scannone, considerados entre los fundadores de la Teología de la Liberación. Emilce Cuda se ocupa de Teología y Política específicamente y acaba de publicar un libro sobre este tema: “Para leer a Francisco. Teología, ética y política” (Ed. Manantial).

 

–¿Qué significa ser una teóloga ética especializada en política?

–Mucha gente confunde teología con catequesis, cree que los teólogos son catequistas. La teología es como la medicina. Hay especialidades. Biblistas, Dogmáticos, Moralistas. Nosotros nos encargamos de la ética. El estudio de la política está en el campo de la teología ética. El teólogo puede hablar de Dios en sí mismo o puede hablar de la obra de Dios, que es el mundo y el hombre y sus problemas y esto último es la ética. No nos interesa la política como medio de acceso al poder. Nos interesan todos aquellos actos del hombre y de la historia humana que en lugar de favorecer la liberación del hombre colaboran con su esclavitud.

 

¿Cuánto difícil fue para usted estudiar Teología en un mundo principalmente dominado por hombres y escalar posiciones en ese mundo?

–La Teología estudiada por mujeres es una cosa relativamente nueva pero no del siglo XXI. Yo estudié en la Universidad Pontificia en los años 80. Que una mujer pudiera entrar a estudiar teología en la facultad pontificia, donde sólo estudiaban los sacerdotes, era una cosa muy particular. Además había que entrar con un permiso especial. Cuando yo estudié éramos sólo dos las mujeres en el curso. Ahora ya es más libre. Pero en Argentina todavía sigue siendo una carrera poco común. Escalar posiciones no fue más difícil de lo que le cuesta a cualquiera escalar posiciones en la universidad pública laica. Mi título es reconocido por el estado argentino y por el Vaticano. Pero en la universidad pública recién entré hace poco porque por ser teóloga no me aceptaban.

 

¿Qué temas políticos ha analizado en sus estudios hasta ahora?

–Mi tesis doctoral fue sobre la relación catolicismo y democracia en Estados Unidos y ahí descubrí la gran influencia que tuvieron los obispos jesuitas irlandeses entre los trabajadores irlandeses que eran explotados, para el nacimiento de la república estadounidense. Luego empecé a estudiar el populismo, particularmente en Argentina y Brasil. Estudié varios años con el filósofo argentino Ernesto Laclau y presenté mis investigaciones en los congresos que realizamos con la red de Teólogos, así como otros presentaron el rol de las “maras”(pandillas latinoamericanas nacidas en Estados Unidos que luego se trasladaron a Centroamérica), que son grupos completamente impermeables tanto a los partidos políticos como a la Iglesia.

 

¿Qué ha significado el populismo en Argentina y Brasil?

–Populismo es una palabra compleja que en los últimos tiempos se ha convertido en sinónimo de corrupción. Pero ese es un error, porque puede haber corrupción bajo cualquier forma política, en una monarquía, en una república, etc. Lo primero hay que aclarar es que populismo no es sinónimo de corrupción. Siguiendo a Ernesto Laclau se puede decir que el populismo es un nuevo modo de la política, donde por una parte, el pueblo toma consciencia de sí mismo a partir de la articulación de demandas insatisfechas, y por la otra existe un político que es capaz de captar esas necesidades, que pueden ser necesidades populares como el caso de Brasil y Argentina, o puede ser un conjunto de intereses particulares como en el caso de Estados Unidos. Cuando el papa dice que no son iguales todos los populismos, está queriendo decir precisamente esto. Algunos piensan que un gobierno es populista porque satisface demandas de los sectores populares. Por eso creen que Perón en 1945 era populista. Habría que diferenciar entre gobiernos populares, es decir a favor de los trabajadores, y los que se conoce como una estructura populista. No podemos decir que el Perón del 45 era un gobierno populista. Era una democracia a favor de sectores populares, llega al gobierno por el apoyo de un partido político y del movimiento de los trabajadores.

 

¿Y Trump es populista?

–Trump no llega al poder ni por su pertenencia a un partido político ni por el apoyo organizaciones sindicales, llega porque capta y articula en sus discursos, demandas populares insatisfechas. Claro que es populista, porque el populismo fue el método que usó para llegar al gobierno. No importa a que sector satisface, a la derecha o a la izquierda. En el caso de Argentina, Macri también usa una estructura populista. No llega al gobierno con un partido sino gracias a la agrupación de ciertos sectores. No llega con una plataforma, con un proyecto, llega sólo acusando al gobierno anterior y plantándose en una posición antagónica. Es tan populista Macri como Trump.

 

¿Y en el caso de Brasil?

–El caso de Brasil se debatió entre los teólogos que pusieron en evidencia una cosa nueva, los golpes jurídicos. Si nosotros pensamos en la historia latinoamericana, en general la derecha no llegaba al poder por elecciones sino por golpes de estado. Ahora, el modo de irrumpir en el estado son los llamados golpes blandos, es decir golpes jurídicos. Además en Brasil llegan al poder acusando a sus enemigos de corrupción. Pero en realidad, todos se acusan de corrupción, los unos y los otros.

 

¿Cómo describiría usted el papado de Francisco?

–Algunos piensan que el papa Francisco está rompiendo todas las tradiciones de la Iglesia pero no es así. Es una continuidad en el mejor de los sentidos. Está volviendo a los principios fundamentales del cristianismo, a la importancia del hombre, de su sufrimiento, del perdón. Tiene un discurso contemporáneo, ameno y simple. Todos pueden entenderlo. Antes las encíclicas eran casi incomprensibles para la gente en general. Ahora no hay lugar a dudas, el Papa es completamente claro.

 

¿Podría afectar su estabilidad las críticas durísimas que le hacen ciertos sectores conservadores?

–Hay oposición como en cualquier institución. Pero quien se ha ganado la legitimidad popular, es muy difícil que sea derrocado. El Papa consiguió un consenso mundial increíble. Está en la prensa todos los días por las cosas que dice. Si bien tiene opositores, también es verdad que tiene una gran legitimidad, no sólo entre los católicos sino entre los no católicos. Goza de un consenso mundial.

 

 

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