Jueves, 28 Marzo 2019 05:22

Como Freud frente al Moisés

Como Freud frente al Moisés

El autor propone revalorizar el método psicoanalítico de investigación y utilizarlo en obras culturales, costumbres y novedades sociales: así como en un tratamiento, explica, al analista se sumerge en la vida de un paciente y experimenta lo que permanece inconsciente, también es posible sumergirse en una obra y acercarse a sus fuerzas inconscientes.

La herramienta principal con la que contamos los analistas en nuestro trabajo, sea este clínico o de investigación sobre la cultura de nuestro tiempo y del pasado, es el inconsciente. Esto significa también poder utilizar el inconsciente del analista como linterna que alumbra oscuridades


Es el punto de partida necesario en nuestra labor diaria con nuestros pacientes. La comunicación de inconsciente a inconsciente sobrevuela permanentemente la clínica. Lo primero de lo que nos ocupamos apenas recibimos un paciente en tratamiento es de las resonancias que su relato tiene en nosotros. La atención flotante consiste en esto, en la manera propia que el psicoanalista ejerce la empatía con el otro.


Cuando llega un paciente a consulta estamos abiertos a la escucha no sólo de lo que dice y muestra sino de lo que a uno se le presenta como asociaciones que se precipitan desde una percepción inconsciente. Por supuesto esto no es lo que se comunica al paciente. Es necesario que esas asociaciones se pongan a prueba. Lo que significa que sufrirán una

confirmación, transformación o desmentida durante el tratamiento. Si la captación del paciente se hiciese solo mediante nuestra apreciación consciente, cosa que por supuesto no podemos evitar, lo que surgiría es una comprensión de lo que le pasa según nuestro buen entendimiento de la situación que nos relata. Es decir, se trataría de nuestra opinión, por más profesional que nos parezca, del padecimiento ajeno. Cuestión que consiste en última instancia en tomarnos como medida de un pretendido saber sobre la vida. Al contrario, abrir la oreja del inconsciente es asumir un no saber que interroga en nosotros lo dicho por el otro. Poder distinguir luego lo propio de lo ajeno es la tarea más difícil que se nos presenta y que corresponde a la labor que realizamos en torno a la transferencia analítica durante la cura.


Lo que en la historia del psicoanálisis tomó nombre de contratransferencia y que hoy asumimos como motor necesario de una cura, siempre que no se la confunda con una respuesta especular a los sentimientos del paciente, es el modo de facilitar que la transferencia analítica haga del espacio común donde se despliega la neurosis un acontecimiento “entre”, donde el inconsciente del paciente encuentre la manera de devenir entrelazado con el del analista. Cuestión que obliga a éste a no renunciar a la propia y constante interrogación sobre su persona.


Así, la interpretación psicoanalítica que hace oír lo reprimido en el relato de un paciente tiene su origen en ese entrecruzamiento novedoso que es el diálogo analítico, donde no se sabe todo lo que se piensa ni se piensa todo lo que se sabe. Es así que mediante este intercambio inédito se logra hacer luz sobre aquello que se esconde detrás de una memoria selectiva o de un recuerdo encubridor y que constituye la pieza fundamental del rompecabezas individual que no logra armar el paciente.


¿Por qué entonces no utilizar el mismo método para la investigación de obras culturales presentes o antiguas, de creaciones colectivas o individuales, de costumbres y de novedades sociales o de aquello que nos interroga de la subjetividad actual?


Así como en un tratamiento uno se sumerge en la vida de un paciente y experimenta mediante lo que denominé empatía psicoanalítica lo que permanece inconsciente y que envenenó y traumatizó su vida, podemos sumergirnos también en una obra cultural y acercarnos a lo que le dio nacimiento, a las fuerzas inconscientes que siguen actuando en el presente. Ya no como en el caso del paciente para ayudarlo a entender su mal y curarse, sino para aportar al conocimiento aquello que se nos muestra como síntoma cultural, como misterio al que nos hemos acostumbrado tanto que ya no interrogamos.


Hacer de lo que Freud denominó malestar en la cultura materia de investigación psicoanalítica está, a mi entender, en la línea que Ulloa planteó como necesidad de distinguirlo de una cultura del malestar. Significa entrar en diálogo analítico con aquellos acontecimientos culturales de manera que nuestra subjetividad afectada por ellos haga de caja de resonancia. Es decir que lo que en la subjetividad de nuestro tiempo permanece enterrado, oculto a nuestro conocimiento comience a vislumbrarse mediante la exploración analítica. Freud comparaba el trabajo analítico con el del arqueólogo que lee en los restos de piezas halladas los signos que le permiten reconstruir la historia enterrada. Esta tarea se lleva a buen término si ese investigador en su búsqueda no se deja influir solo por lo que sabe sino también por lo que no sabe pero sospecha.


Asumir el desafío y requerimiento que el material cultural hace al analista es similar a lo que le impone la escucha del síntoma de un paciente. Lo lleva a dirigir su atención a los aspectos desconcertantes de éste. Abierto a lo inédito que se desliza en lo dicho y al decir antiguo en lo nuevo.


En este sentido, lo que el psicoanálisis tributa a la investigación es algo distinto a lo conocido como método científico, donde lo que se procura es garantizar la objetividad de lo descubierto. Lo que el método psicoanalítico plantea es una aproximación a la cuestión de manera diferente. La introducción de la dimensión de lo inconsciente en el trabajo investigativo sobre acontecimientos culturales aporta un elemento sustancial que es solidario con la formación de los mismos. El descubrimiento tiene carácter de insight, de iluminación nueva sobre viejas cuestiones. Más que descubrir, de lo que se trata es de producir nuevas interpretaciones que tienen su punto de partida en la recuperación de lo reprimido o de lo excluido de los hechos culturales. Tomarlos como formaciones del inconsciente a la manera del sueño y del chiste, pone a luz una nueva mirada sobre el asunto. Se trata menos de conferenciar sobre ellos que de permitir que lo silenciado en ellos se pueda escuchar.


Esta dirección de la investigación en psicoanálisis se diferencia de las opiniones psicoanalíticas sobre los acaecimientos culturales y sociales que afectan a nuestra subjetividad. No se inspira en importar los conocimientos analíticos para aplicarlos a hechos de la cultura sino en orientar nuestra atención flotante a lo que nos desconcierta y nos inquieta en ellos para seguir la pista de las asociaciones que desencadenan en un primer insight. Punto de partida de nuevas indagaciones sobre el tema. De esta manera, la investigación analítica, sin descuidar lo tratado desde distintos puntos de vista, desde diversas perspectivas teóricas, busca introducir la dimensión inconsciente en los acontecimientos culturales.


Entiendo que aceptar esta dirección en la investigación es aceptar que nuestra subjetividad participa de lo reprimido en lo social y cultural de la misma manera que un síntoma cultural participa de lo reprimido en lo personal. Esta intrincación de lo individual y lo social concede al psicoanalista la oportunidad de trabajar sobre el material sociocultural que se le presenta, de manera similar a como lo hace con un analizante. Su escucha y exploración de los casos, sean éstos obras artísticas, sueños, acontecimientos culturales, ritos neuróticos, delirios o creencias filosóficas comienza por poner entre paréntesis sus opiniones y juicios al respecto permitiendo que estos impacten en su inconsciente. Se trata más que de su saber sobre algo aportar un granito de arena en el entendimiento de una obra humana, esto es, la dimensión inconsciente de la que se sustenta y que le otorga a la misma su complejidad apasionante.


Alguien podrá objetar que, a diferencia de un paciente, una obra de arte no habla, pienso sin embargo que cuando Freud se encuentra frente al Moisés de Miguel Angel, éste le habló con sus gestos. Lo llevó a escribir su famoso texto a partir de las asociaciones que sabemos generó en él, determinadas por su historia y la de su tiempo. A otros antes o después seguramente les hable de otras maneras, llevándolos a confeccionar artículos, dibujar, pintar, componer música o dar conferencias. Entiendo que cuando una obra tiene valor de acontecimiento cultural es porque posee la virtud de generar en el observador un nuevo impulso creador. Establece contacto de inconsciente a inconsciente. Es la fuerza pulsional del creador la que se hace palabra en el sujeto que se conmueve con ella.


Somos al final de cuentas, rastreadores y contadores de historias que fueron enterradas en razón de convicciones nuevas o razonamientos provechosos. Estas historias sacrificadas en función de clisés mentales y rígidas pautas de pensamiento racional están preñadas de verdad inconsciente. Sin ella nuestras producciones culturales serían como pájaros sin alas.
* Psicoanalista.

Publicado enSociedad
“La mejor teoría es la que mejor puede interrogar al paciente”

A partir de las nuevas teorías de la complejidad, el prestigioso médico psiquiatra y psicoanalista permite entender el psicoanálisis posfreudiano y poslacaniano. La práctica psicoanalítica en un momento en que desde las neurociencias y las soluciones farmacológicas se cuestiona su eficacia.

 

El prestigioso médico psiquiatra y psicoanalista Luis Hornstein se propuso indagar sobre la práctica del psicoanálisis actual en su nuevo libro Ser analista hoy (Editorial Paidós). Teniendo en cuenta las lecturas clásicas, Hornstein desgrana una multiplicidad de conceptos a lo largo de casi trescientas páginas: a partir de las nuevas teorías de la complejidad permite entender el psicoanálisis posfreudiano y poslacaniano. Y lo completa con la presentación de un caso clínico, donde no disocia el devenir histórico del paciente del plano histórico-social y su relación con la subjetividad. Ser analista hoy es también un minucioso trabajo sobre la práctica psicoanalítica en un momento en que desde las neurociencias y las soluciones farmacológicas se cuestiona su eficacia. El porqué de este cuestionamiento, Hornstein lo entiende de la siguiente manera: “En particular, las neurociencias son una gama de investigaciones que tienen como base la problemática del cerebro, la inteligencia artificial. Yo creo que, tal vez, un derivado o algo que se apuntala en las neurociencias es la industria farmacéutica”, explica.


En el tema de las neurociencias hay una versión menos reduccionista y una versión más reduccionista, según entiende el psiquiatra y psicoanalista. La versión más reduccionista considera que lo psíquico como tal “puede ser obviado por todos estos desarrollos nuevos a nivel del cerebro y de inteligencia artificial”. Sin embargo, según Hornstein, la parte más reduccionista apuntala a la industria farmacéutica. “Y yo creo que el principal problema de donde vienen los cuestionamientos es desde la industria farmacéutica que pretende cada vez más suplantar lo que sería el trabajo sobre lo psíquico y sobre la subjetividad y los conflictos por moléculas que solucionarían todos los tipos de dolencia, sufrimientos y problemáticas personales de la gente”. El autor ve esa tensión más por un conflicto de intereses con la industria farmacéutica que pretendería abolir todo lo que fuera considerar al psiquismo en toda su dimensión de complejidad y suplantarlo por un problema, donde todo se puede resolver con distintas moléculas. “Particularmente diría que uno de los temas, donde más debates se da, es básicamente sobre la depresión, porque la depresión es considerada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como la cuarta causa de discapacidad y se supone que en el 2020 será la segunda causa de discapacidad después de las enfermedades cardiovasculares. La industria farmacéutica factura más de 10 mil millones de dólares en antidepresivos en Estados Unidos y 20 mil millones de dólares en todo el mundo. Entonces, nosotros como psicoanalistas estamos acostumbrados a debates conceptuales, a debates corporativos, donde hay gente que está sostenida en un campo de doctrinas particulares, pero acá es un debate económico. Y un debate económico con una potencia, donde lo que se juega son intereses muy fuertes, que son los intereses de los laboratorios, de la industria farmacéutica y de los psicofármacos. Esto tiene dos ejes: la temática de la ansiedad y la temática de la depresión. Creo que el debate está muy contaminado por estos intereses económicos”, plantea Hornstein.


–Yendo al comienzo de lo que plantea en el libro, ¿cómo es eso de que un analista debe conservar su eterna condición de aprendiz?
–A diferencia de otros campos, uno tiene que asumir que, por nuestra temática, siempre lidiamos con fenómenos complejos. Y, en ese sentido, lidiar con fenómenos complejos implica que, por más que uno estudie la obra de Freud, de Lacan o de otros padres fundadores, hay que estar actualizado. Y eso supone no solamente estar actualizado en que cada paciente es un mundo singular: justamente, si el psicoanálisis apuesta al paradigma de la complejidad, hay una enorme distancia entre toda una biblioteca que me puede hablar del Complejo de Edipo y el narcisismo y este Complejo de Edipo, al cual yo no puedo acceder si no es a través de la escucha de esa singularidad. En ese sentido, creo que el duelo por la certeza en nuestro campo es uno de los duelos fundamentales. Yo supongo que si alguien hace radiología de esófago, después de tres o cuatro años de ver esófagos hay un momento donde ya domina porque es una técnica acotada. Pero cuando enfrentamos nada menos que la complejidad de la psiquis humana, la historia y los efectos de lo histórico-social sobre la subjetividad estamos exigidos con cada paciente a aceptar que uno no está del lugar del saber sino del lugar de interrogar acerca de qué ha sido la historia singular de esta persona.


–Usted señala: “Más que interpretar, historizo”. ¿Cómo se articula pasado y presente en la práctica analítica?
–Una de las innovaciones que trae el paradigma de la complejidad es, justamente, no pensar la historia lineal pasado-presente sino la historia en términos recursivos: es el presente el que actualiza ciertos pasados. Cuando se habla de historia, se habla de historia infantil. No: la historia continúa. La infancia es el comienzo de la historia, pero también está la historia actual y si pensamos al psiquismo como un psiquismo abierto tenemos que pensar como momentos históricos fundamentales en cuanto a la organización de la subjetividad, sea la pubertad, sea la adolescencia, sea la paternidad, sea la madurez. En ese sentido, historizar es asumir que la historia continúa y que la infancia no es un destino sino que la infancia es una apertura de potencialidades.


–¿En qué aspectos la iniciación de un tratamiento es resultado de un vínculo?
–Cada vez más rompimos con el ideal tecnológico donde se supone que un psicoanalista es un técnico que opera según cierto protocolo. Cada vez más asumimos que todo encuentro analítico es justamente un encuentro entre dos subjetividades y que va a depender mucho en la evaluación de la potencialidad de esa pareja terapéutica cuáles son las afinidades que pueda haber entre terapeuta y paciente. Y eso rompe con la idea de una técnica que es independiente de quien la administra. Justamente, si uno mide colesterol en sangre, no importa el operador. Importa que sea una máquina de última generación. Eso no es lo que pasa en la situación analítica. Importa la historia del analista, que esa historia permita escuchar al otro como otro, que sea capaz de resonar en función de sus propias crisis vividas, de sus duelos, de sus historias infantiles, de sus lecturas y de sus diferentes prácticas.


–¿Por qué es mayor la complejidad en las primeras entrevistas?
–Hubo una época en que la primera entrevista tendía a la simplificación, que imaginaba que a partir no solamente de una primera entrevista sino de los primeros minutos, uno podría pronosticar no solamente el porvenir de esa terapia sino la vida del paciente. En la medida en que asumimos la complejidad, sabemos que toda primera entrevista no es más que apertura. Freud hubiera dicho: “El contenido manifiesto de un sueño”. El paciente me puede hablar en su primera entrevista de tal personaje, de tal otro. Yo no tengo idea quién efectivamente es ese personaje si no lo despliega a lo largo del trabajo analítico. Ese personaje que parecía totalmente secundario, luego emerge a partir del proceso terapéutico, como personaje central en la vida. Entonces, la primera entrevista plantea un conjunto de interrogantes que sólo el despliegue del proceso terapéutico va a poder dar siempre respuestas parciales, siempre incompletas. En ese sentido, un analista es alguien que tiene que estar entrenado para aceptar lo enigmático de todo sujeto, en lugar de tener certezas. Yo decía que la mejor teoría en psicoanálisis es la que mejor puede interrogar al paciente y no tanto la que más respuestas propone.


–¿Qué lugar ocupa la atención flotante en esa etapa?
–Freud equiparaba del lado del analista, la atención flotante a la asociación libre. La atención flotante es la posibilidad de establecer conexiones entre distintos elementos que va proveyendo el paciente a lo largo de su terapia y de establecer conexiones distintas. La atención flotante apuntaría a no privilegiar a priori ningún sector de lo que el paciente dice. Por eso, Freud la llamaba “atención parejamente flotante”. Un elemento que podría ser considerado secundario pasa a ser eventualmente algo central. Es como los biógrafos que cada vez más le dan importancia no tanto a las declaraciones pomposas que pueda hacer un biografiado sino a la correspondencia, que es cuando alguien escribe sin estar escribiendo para la posteridad.


–Para que haya historización simbolizante, ¿tiene que haber un recuerdo compartido?
–Justamente, la historización simbolizante apunta a que la historia que construimos en la situación analítica es una historia compartida, es una historia donde dos personas, cada una con su propio bagaje intelectual y personal está disponible para construir una historia en común que no solamente pretenda recuperar la historia sino producir una historia. Es decir, una historia no es sólo algo a recuperar sino algo a producir entre dos personajes que, si bien tienen un pasado, construyen la historia desde un presente y desde un presente compartido.


–¿Y cómo es el trabajo para ser imaginativo sin inventar el material?
–Uno tiene la obligación de imaginar, pero esa obligación de imaginar no puede suplantar la escucha de la singularidad. Si hay algo que caracteriza al psicoanálisis, es la posibilidad de escuchar. Escuchar quiere decir recuperar en el decir del otro aquello que no está dentro de mis expectativas previas, aquello que tenga capacidad de sorprenderme. Entonces, una cosa es imaginar el material y otra cosa es suplantar a partir de esa imaginación lo que estoy escuchando que tiene que ver con la especificidad de la persona a la cual estoy intentando analizar.


–Usted señala que se idealiza un psicoanalista objetivo, frustrante, distante, silencioso, espectador de un proceso unipersonal que se desarrolla únicamente en el paciente, según ciertas etapas previsibles. ¿Cuáles son las dificultades terapéuticas de una visión ortodoxa del psicoanálisis?
–Por empezar no hay una ortodoxia, hay varias ortodoxias. Yo propugno un recuperar. Ortodoxia quiere decir: recto (orto)-norma (doxa). Entonces, si hablamos de ortodoxias, en plural, hay una freudiana, una lacaniana y una ortodoxia kleiniana. El modelo de analista que Freud propone es un modelo de analista activo, un analista participativo que coincide con la epistemología contemporánea, con el horizonte epistemológico en el cual nos estamos situando, donde no hay observador no participante. Uno no es un observador de un proceso simplemente, sino que es un copartícipe de ese proceso. Y esto tiene que ver con el principio de incertidumbre de Heisenberg que dice que hasta en las ciencias duras el observador interviene en el proceso que está observando. Es como si dijéramos: un antropólogo puede ir a Africa, pero ya lo que está observando es cómo es esa tribu africana con ese observador que está observando esos rituales. Entonces, yo creo que el tema de la implicación subjetiva del analista es central. Hay que romper con el ideal tecnológico. La ilusión que, en algún momento se tuvo de que el analista observa un proceso del cual él es ajeno y que obedece a un paradigma de ciencia, donde la ciencia se puede plantear en ausencia de un observador que es parte del fenómeno que está observando, es obsoleta. Y esa concepción le ha hecho mucho daño al psicoanálisis porque, en algún punto, muchos pacientes actuales dicen: “Yo no quiero un psicoanalista que sea un personaje sordo y mudo. Quiero alguien con quien dialogar”. Y yo rescato el diálogo, como rescato que cuanto más simétrica sea la relación analítica más posibilidades hay que esa situación conduzca a generar novedad y evite el exceso de idealización que puede generar tanto un analista demasiado silencioso como un analista que interpreta a ultranza en función de un sistema prefabricado.


–¿Por qué cree que el deseo de curar no está ausente en el análisis sino puesto entre paréntesis?
–Porque muchas veces se confundió que el verdadero psicoanálisis no tiene intenciones terapéuticas. Esto no es lo que planteaba Freud. El decía que para que un psicoanálisis se desarrolle tienen que darse dos condiciones: tiene que darse sufrimiento por parte del paciente y curiosidad. Si no hay sufrimiento y sólo hay curiosidad se dificulta mucho un proceso analítico. Si sólo hay sufrimiento y no hay curiosidad, lo único que el paciente pretende es una pastilla o un atribuirle a otro la responsabilidad y no lo puede ver como generado por sus propios conflictos. En ese sentido, yo diría que privilegiar la dimensión terapéutica es privilegiar el hecho de que ese paciente viene con un monto de sufrimiento. Y no es simplemente un epistemofílico que viene a conocer su mundo interno o su historia sino que viene a conocer su historia para aliviar los sufrimientos actuales.

 

Colette Soler es doctora en Filosofía y doctora en Psicología por la Universidad de París.

 

Como anticipo de las conferencias que dictará a partir de mañana en Buenos Aires, la primera de ellas en la ex ESMA, Página/12 dialogó con la prestigiosa psicoanalista francesa. Los recuerdos sobre su maestro, la memoria histórica, la comunicación digital, el amor y el deseo en esta etapa de la sociedad capitalista.

 

El psicoanálisis es, en esencia, una teoría y una práctica alejada profundamente de los totalitarismos. Por eso, cuando mañana a las 13.30, la prestigiosa psicoanalista francesa Colette Soler visite el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti (predio de la Ex ESMA) para dictar una de las tres conferencias por las que viene a Buenos Aires (ver recuadro), será una imagen simbólica en un lugar que fue uno de los mayores centros clandestinos de detención de la Argentina durante la dictadura, reconvertido en democracia en un espacio de la memoria y de reivindicación de los derechos humanos. Soler es una eminencia en el campo del psicoanálisis: es doctora en Filosofía y doctora en Psicología por la Universidad de París. Es autora de numerosos libros fundamentales del psicoanálisis como Los afectos lacanianos y El fin y las finalidades del análisis (Ed. Letra Viva) y Lo que Lacan dijo de las mujeres (Ed. Paidós). Su encuentro con la enseñanza y la persona de Jacques Lacan hizo que se decidiera por el psicoanálisis. Fue miembro de la Escuela Freudiana de París fundada por Lacan y posteriormente de la Escuela de la Causa Freudiana. Es también miembro fundadora de la Internacional de los Foros y de la Escuela de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano.

“Es importante para mí hablar en un lugar así porque es un lugar de memoria y que intenta conservar la memoria de las víctimas. Entonces, siempre es algo importante en la historia, en general, y también en el psicoanálisis luchar contra el olvido. Efectivamente lo intentamos y luchamos, pero hay que decir que no es fácil”, dice Colette Soler en la entrevista exclusiva con PáginaI12, poco antes de viajar a Buenos Aires. “Hace unos días escuché a un historiador que dijo algo muy fuerte: ‘Enseñamos la historia, pero la historia no enseña nada puesto que las sociedades son siempre al tiempo presente’. Creo que es un deber no olvidar de generación en generación. El psicoanálisis, que apareció a principios del siglo pasado en Europa, más precisamente en Viena, es el heredero de los derechos humanos”, agrega Soler.

 

–Claro, porque el psicoanálisis siempre estuvo en contra de cualquier totalitarismo...

–Absolutamente. El totalitarismo hace imposible al psicoanálisis porque en el psicoanálisis recibimos la palabra de cada sujeto, sea cualquiera su sexo, edad, estructura. Entonces, es algo que pertenece a la valoración del individuo en los derechos humanos.

 

–¿Cómo puede colaborar el psicoanálisis con la memoria histórica?

–El psicoanálisis opera a nivel individual y trabaja con la memoria de cada uno. Hay que decir que entre la memoria de cada uno y la memoria de la historia colectiva, hay lazos, no hay un corte. Es cierto que en los sujetos la memoria de lo que pasó en la generación anterior está siempre presente. Y, especialmente, los individuos heredan una memoria de las desgracias de las generaciones anteriores.

 

–Vamos a sus inicios. ¿Cómo lo recuerda a Jacques Lacan?

–En realidad, hay dos aspectos diferentes de mis recuerdos. Tengo el recuerdo de él, como mi analista, ligado a mi análisis. Tengo recuerdos de momentos en que Lacan estaba muy presente, pero con el tiempo la memoria de Lacan como mi analista se fue diluyendo y me queda la memoria de mi análisis. Cuando terminé mi análisis hubiera dicho lo contrario, pero con el tiempo fue así.

 

–¿Y como formador?

–Formador es una palabra que no usaría con Lacan. Quizás es un problema de idioma, pero para mí “formador” evoca al “educador”. Lacan no era del todo un educador. Era alguien que producía una enseñanza, que hacía presentación de enfermos. Y al enseñar, Lacan era para mí toda una fuente continua de nuevas preguntas porque era una enseñanza difícil en la que uno necesitaba tiempo para apropiarse de lo que él decía. Era una fuente de preguntas, pero al mismo tiempo siempre estaba la percepción de que se decía algo. También Lacan fue un ejemplo de alguien que no cedía. Por ejemplo, lo vemos en el momento en el cual fue excluido de la Asociación Internacional de Psicoanálisis (IPA), cuando empezó su seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. No se detuvo nunca con todos los episodios sucesivos de dificultades institucionales. A este nivel, es un ejemplo para mí.

 

–Después de más de 35 años de la muerte de Lacan, ¿cree que hay una relectura de su obra en el campo psi?

–Creo que con el correr del tiempo y el trabajo de diversas personas después de Lacan, hay una asimilación de su enseñanza, pero parcial, no completa. Los últimos años de su enseñanza, después de los 70, no son todavía bien captados ni sus fundamentos son bien entendidos.

 

–¿A qué atribuye que aun hoy el psicoanálisis genere odios tan fuertes?

–Hay que decir dos cosas: el odio al psicoanálisis empezó con el psicoanálisis. Se puede recordar que fue calificado de “ciencia judía” por los antisemitas, también de “ciencia burguesa” desde la izquierda, y ahora de “no científico” por la ciencia del cognitivismo. La crítica y el odio fueron desde siempre, pero quizás ahora se escucha más porque el psicoanálisis es más popular: se conoce en todas partes, se ve en los medios y, entonces, las voces que odian el psicoanálisis se escuchan más todavía. Pero es el signo de que el psicoanálisis no está muerto porque no se odia lo que ya desapareció.

 

–¿Y qué tiene para ofrecer el psicoanálisis en este mundo globalizado?

–Puede ofrecer la cosa más preciosa porque los sujetos adaptados a la globalización somos todos, en cierta medida. Estamos adaptados al capitalismo y compartimos el deseo que funda el capitalismo, un deseo de ganancia de dinero y de gozar de los objetos producidos. A ese nivel, somos todos parecidos. El psicoanálisis ofrece al sujeto la posibilidad de descubrir y asumir lo que es como sujeto singular, no parecido a los demás.

 

–¿Encuentra un incremento de angustia en el siglo XXI? ¿La depresión sería el factor más notorio en esta época?

–Hay todo un discurso sobre la depresión actual. La depresión implica no tener ganas, no tener la chispa, no tener el deseo de continuar y de actuar. La depresión le importa más al mundo capitalista porque les impide trabajar a los sujetos. Se tiran en la cama y no quieren trabajar más. El discurso común enfatiza más la depresión. Se enfatiza menos la angustia que la depresión, pero me parece que la angustia está más presente porque no impide trabajar ni desempeñarse en las actividades. A veces, acompaña en el trabajo.

 

–¿Qué es lo que deshace los lazos sociales en la era de la comunicación digital?

–Cuando hablamos de lazo social, hablamos de lazo de cuerpos, de convivencia de los cuerpos. Y la comunicación digital no es una comunicación de cuerpos sino de palabras o de escritos a distancia. Sucede que cuanto más los lazos reales se deshacen, más la comunicación digital se desarrolla. Es una pequeña compensación. Los sujetos que se encuentran solos, aislados, sin deseo, ¿qué hacen? Van a la comunicación: mandan mensajes, van a ver la pantalla. Es una compensación, no una causa.

 

–¿Hay un incremento del pensamiento de que nada vale la pena, que los sujetos no saben cómo darle rumbo a sus vidas y, en consecuencia viven en el sinsentido? ¿El psicoanálisis, a su vez, les ayuda a entrar en una búsqueda del sentido?

–Sí, hay muchos sujetos que ahora tienen el sentimiento del sinsentido. Pero, ¿qué es lo que produce el sentimiento de sinsentido? Sobre este punto hay una frase maravillosa de Freud: cuando un sujeto empieza a interrogarse sobre el sentido de la vida es que se trata de un enfermo del deseo. Lo que da sentido a la vida del hablante es el deseo. Cuando se desea algo con firmeza no se percibe el sinsentido de la vida, al contrario: el deseo es la vida del sujeto. Entonces, podemos decir que el sinsentido tiene algo que ver con el capitalismo, en cierta manera. Pero para entenderlo hay que mirarlo desde el lado del deseo.

 

–¿El psicoanálisis puede producir un cambio en el deseo del sujeto?

–Es cierto. No cambia todo el psicoanálisis, pero al menos puede tocar el deseo de dos maneras: primero, permitir a un sujeto reapropiarse su propio deseo y actuarlo. El segundo cambio, si seguimos a Lacan respecto de lo que dice sobre la producción del analista en un análisis, a veces se puede producir el deseo nuevo del psicoanalista. Ese es un cambio importante.

 

–Ya habló del deseo ¿Y en cuanto al amor? ¿Cómo nota, a grandes rasgos, la actual configuración de las relaciones afectivas?

–Las configuraciones actuales están menos determinadas por el discurso. En la época clásica, las formas del amor eran bien modeladas. Cada discurso daba una definición de lo que era el amor. Ahora, el capitalismo no se ocupa del amor de ninguna manera porque se ocupa sólo de lo que se compra y de lo que se vende. Las formas son múltiples y más contingentes. Dependen más del encuentro, de la coyuntura. Es difícil decir si es un logro o una pérdida.

 

–¿Por qué cree que hay parejas que llevan años de convivencia y no saben bien por qué?

–No se sabe nunca por qué uno ama al otro. La elección del amor surge del inconsciente y nunca uno puede decir: “Lo amo” o “La amo” por “tal y tal razón”. Pero eso es un poco diferente de la duración de las parejas porque en las que duran varios años, cuando se festejan los cincuenta años de un matrimonio, no son solamente cincuenta años de amor. Hay otros factores sociales que inciden. Me parece que hay una evolución en dirección de un carácter más efímero de las parejas. Atendí a una jovencita en análisis que me decía: “Oh, seguro voy a intentar al menos tener una familia, un hombre, un niño, al menos para algunos años. No sé cuántos: siete, ocho o diez”. Lo pensaba así. Hubo una época en la cual una jovencita soñaba con el amor de por vida. Ahora, se sueña con el amor por un tiempo.

 

–¿El amor del siglo XXI carece, entonces, de modelos?

–Es lo que quería decir. Carece de modelo instituido. Lo que Lacan llama “el verdadero amor” es algo que se desarrolla fuera de los discursos establecidos, en el margen de los discursos establecidos. Entonces, habría que distinguir los amores que encuentran un modelo socializante y los amores míticos.

 

–El domingo pasado se celebró en la Argentina el Día de la Madre. ¿Cree que el capitalismo hace un comercio del amor?

–Sí. Si bien decía que el capitalismo no se ocupa del amor, se ocupa de lo que vende. Entonces, están el Día del Padre, del Niño, de los Abuelos. Efectivamente, hay una explotación del gusto que los humanos tienen por el amor. El capitalismo lo explota, pero no se ocupa de sostener el amor. Explota lo que se encuentra.

 

–¿Por qué definió como “narcinistas” a los sujetos que se dedican a sus satisfacciones propias en cualquier campo que sea: profesional, amoroso, sexual?

–Es una condensación de las palabras “narcisismo” y “cinismo”. El narcisismo consiste en ocuparse de sí mismo. El cinismo consiste en dedicarse a su propio goce. Lo que subrayé fue que el cinismo actual no es el antiguo. El antiguo era un cinismo que tenía un alcance político, como sucedía en los tiempos del emperador Alejandro. El actual no tiene un alcance político. Los sujetos no tienen más causas colectivas para dedicarse. El cinismo actual es por falta de causas. Los sujetos se dedican a sus pequeñas cosas, a sus logros, a sus beneficios.

 

¿Por qué el deseo no llega a ser algo patológico si todos se quejan del mismo: el deseo insatisfecho en la histeria, el deseo imposible del obsesivo, el deseo masoquista del perverso?

–El deseo tiene una doble cara. Por un lado, el deseo es la vida del sujeto, la vida que la muerte soporta. Deseamos porque somos faltantes en tanto que seres hablantes. Entonces, es la forma de vida, no del cuerpo, pero del sujeto. Al mismo tiempo, hay una destructividad porque el deseo es algo que, al mismo tiempo, fuerza al sujeto. Uno, a veces, puede asumir su deseo, pero éste fuerza al sujeto. Entonces, hay una doble cara. Ahora, si usted habla del deseo insatisfecho, imposible y masoquista, eso designa una forma de deseo ligado a una sintomatología precisa. No designa un objeto en sí mismo pero sí un modo de goce. En cada estructura encontramos un deseo específico, pero siempre ligado a un modo de goce. El goce no es algo que necesariamente satisfaga.

 

–A diferencia de Freud, ¿Lacan respondió la pregunta “¿Qué quiere una mujer?”?

–Sí, podemos decir que respondió algo. Freud no respondió pero tuvo el mérito de plantear la pregunta, porque después de años para aplicar el Edipo en la mujer, Freud dijo: “No sabemos qué quiere una mujer”. Era una confesión de su fracaso para contestarla. Lacan retomó la pregunta de Freud e intentó decir algo nuevo sobre las mujeres y planteó la diferencia a nivel del goce.

 

 

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Viernes, 10 Marzo 2017 10:17

El maldito

El maldito

Hijo intelectual y dilecto de Freud, luego disidente expulsado del círculo íntimo del maestro, Wilhelm Reich fue, para muchos, un psicoanalista maldito. Pionero de las terapias corporales, revolucionó la sexología con la teoría sobre la función del orgasmo. Desprestigiado y prohibido, murió en una cárcel de Estados Unidos a donde había llegado huyendo del nazismo para continuar sus investigaciones sobre la energía vital, que él llamaba orgón.

 

Wilhelm Reich nació en una familia judía y acomodada que vivía en una zona rural de la actual Ucrania, por entonces parte del imperio austrohúngaro. El padre le puso el nombre en homenaje al emperador de Alemania, pero la madre prefería llamarlo Willi, quizá para protegerlo de la cólera de ese hombre celoso y autoritario que tenía por marido. Próspero criador de ovejas, León Reich trataba mal a todo el mundo, fuera familia, empleados o vecinos. El niño creció aguantando en silencio las penitencias y las bofetadas del padre. Solitario por obligación, aprendió en casa y de los padres las primeras letras hasta que León contrató a un preceptor.


Una tarde el pequeño Willi descubrió que el preceptor era también el amante de su madre. Aunque lo devoraban los celos, se cuidó de no contarle nada al señor Reich. Después de todo, la madre era el único refugio en el mundo sombrío y hostil de la casa familiar. Hasta que para vengarse de ella por una tontería, la traicionó denunciando la infidelidad. Sobrevino la catástrofe. Reproches, golpes y gritos. La mujer intentó suicidarse con veneno pero el marido la salvó sólo para seguir atormentándola. Willi terminó pupilo en una pensión de familia, y tuvieron que internarlo para tratarlo por una soriasis severa. Determinada a poner fin a una vida de reclusión y violencia, la madre logró irse para siempre en el tercer intento. Durante mucho tiempo el sentimiento de culpa atormentará al muchacho de 14 años que tres años más tarde perderá también al padre.


Socorro obrero.

Luego de la Primera Guerra Mundial Reich empezó a estudiar medicina, se interesó en el psicoanálisis y se convirtió en uno de los discípulos más apreciados de Freud, quien le derivó a sus primeros pacientes. Unos años después el maestro ya se refería a él como “la mejor cabeza” de la Asociación Psicoanalítica de Viena. En 1921 llegó a la consulta una hermosa muchacha, con quien se casó al terminar el tratamiento (“Un hombre joven, de menos de 30 años, no debería tratar pacientes del sexo opuesto”, escribió en su diario). Por esa época profundizó el estudio de la sexualidad (“he llegado a la conclusión de que la sexualidad es el centro en torno al que gravita toda la vida social, tanto como la vida interior del individuo”) y siguió devoto a su mentor.


En ocasión de la fiesta de los 70 años de Freud le ofreció como regalo La función del orgasmo. Mucho más tarde de lo que esperaba recibió una respuesta lacónica del maestro. Fue el primer signo de que las cosas con él no iban bien. Diferencias teóricas (la teoría de Reich sobre el origen sexual de la neurosis) y políticas (su acercamiento a la cuestión social y al marxismo) hicieron el resto.


El 15 de julio de 1927 Reich y Annie, su mujer, presenciaron la represión de una manifestación de trabajadores que dejó cien muertos y más de mil heridos. La conciencia social de Reich había comenzado a forjarse como médico en el hospital público, pero la brutalidad de la actuación policial lo decidió a tomar partido. Se afilió al Socorro Obrero, organización del Partido Comunista austríaco, y comenzó a trabajar la idea de que marxismo y psicoanálisis eran complementarios (“Marx es a la ciencia económica lo que Freud a la psiquiatría”). Empezó a hablar en actos callejeros, repartía volantes, enfrentaba a la policía. Hizo amistad con un tornero, un muchacho más joven que él llamado Zadniker, de quien aprenderá tanto o más que en la universidad. Con Zadniker se asomó a la miseria sexual y las relaciones amorosas en la clase obrera, y conoció el efecto devastador de la desocupación en las relaciones familiares. Compró un camión y lo equipó como una policlínica ambulante, y dedicó los fines de semana a recorrer los barrios pobres de la ciudad junto a un pediatra y un ginecólogo: atendían niños, mujeres, jóvenes y daban clases de educación sexual.


Nada podía ser más ajeno a Freud que la militancia política de Reich. Le advirtió que estaba metiéndose en un avispero y que la función del psicoanalista no era cambiar el mundo. Pero él ya estaba lejos del maestro, viviendo en Berlín, preparándose para publicar el ensayo “Materialismo dialéctico y psicoanálisis” y viajar a la Urss.


Sexualidad proletaria.

Aunque en Moscú no encontró un ambiente favorable a las teorías psicoanalíticas, regresó convencido de que la explotación capitalista y la represión sexual eran complementarias. En 1931 fundó la Asociación para una Política Sexual Proletaria. La “Sexpol”, como se la conoció, llegó a reunir a 40 mil miembros en torno a un programa que casi un siglo después mantiene vigencia: legalización del aborto, abolición del adulterio, de la prostitución, de la distinción entre casados y concubinos, pedagogía y libertad sexual, protección de los menores y educación para la vida. Para editar y difundir materiales de educación creó su propia editorial. Cuando tu hijo te pregunta y La lucha sexual de los jóvenes fueron dos de los folletos más exitosos en los que explicaba en lenguaje llano y sin prejuicios los tabúes de la vida sexual: orgasmo, aborto, masturbación, eyaculación precoz, homosexualidad.


El primer día de enero de 1932, a renglón seguido de un comentario sobre el agravamiento de la gastritis que padecía, Freud anotó en su diario: “Medidas contra Reich”. Entendía que su afiliación al partido bolchevique le restaba independencia científica y lo colocaba en una situación equivalente a la de un miembro de la Compañía de Jesús.


Dos días después del incendio del Reichstag, el diario oficial del Partido Nacional Socialista publicó una crítica contra La lucha sexual de los jóvenes. La prédica libertaria también le valió la reprobación de su partido, pues los comunistas temían que el interés por las cuestiones del sexo debilitara el compromiso político de sus militantes. Primero retiraron sus publicaciones y luego lo expulsaron del partido. Poco después la Gestapo lo fue a buscar a su casa.


Psicología de masas del fascismo.

La primera escala del exilio que terminaría en Estados Unidos lo llevó a Copenhague, luego a Malmö, en Suecia, y más tarde a Oslo. Publicó La psicología de masas del fascismo, una obra que le dio celebridad, en la que analizaba la relación entre la familia autoritaria, la represión sexual y el nacionalsocialismo. La comunidad psicoanalítica lo excluyó, y empezó a circular el rumor de que estaba loco. A propósito escribió: “Los dictadores directamente expulsan o matan. Los dictadores democráticos asesinan furtivamente con menos coraje y sin asumir la responsabilidad de sus actos”.


En ese período se dedicó a estudiar la naturaleza bioeléctrica de la angustia y del placer. Volvió al laboratorio y al microscopio. A fines de mayo de 1935 escribió en una entrada de su diario: “Éxito total de la experimentación. La naturaleza eléctrica de la sexualidad está probada”. A principios del año siguiente fundó el Instituto Internacional de Economía Sexual para las Investigaciones sobre la Vida, donde reunió a un equipo multidisciplinario de médicos, psicólogos, pedagogos, artistas, sociólogos y laboratoristas. Ese año también conoció al pedagogo inglés Alexander S Neill, fundador de la escuela de Summerhill, con quien forjó una larga amistad personal e intelectual. Reich se interesaba en su pedagogía y él en los estudios sobre la psicología de masas del fascismo. En esa época publicó el artículo “¿Qué es el caos sexual?”, que los estudiantes de Nanterre retomarán como programa político en mayo de 1968, divulgándolo en volantes.


Las investigaciones y el proselitismo en materia de libertad sexual complicaron su situación en Oslo. En 1938, a través del psiquiatra estadounidense Theodor P Wolfe, consiguió un contrato como profesor en la Nueva Escuela de Investigación Social, de la Universidad de Nueva York, que recibía universitarios europeos perseguidos. En agosto del año siguiente desembarcó en la ciudad donde ya vivían su ex mujer y las dos hijas.


Acumuladores de orgón.

Abandonó el psicoanálisis y se concentró en investigar la relación de la psiquis con el sistema nervioso y el cuerpo. Empezó a trabajar los conceptos de “coraza muscular” (agarrotamiento, tensión) que se correspondían con los de “coraza caracterial” (producto de la represión de los sentimientos). Introdujo prácticas de terapia corporal en la consulta (masajes, abrazos, respiración, estiramiento) para ayudar al paciente a liberarse. Decía que el cuerpo necesitaba contraerse y expandirse en movimientos equivalentes a los de una medusa, y que las corazas y bloqueos impedían el movimiento, originando enfermedades.


Postuló la existencia de una energía vital, el orgón, que determinaba el funcionamiento del cuerpo humano y también estaba presente en la atmósfera. Creó dos instrumentos: el orgonoscopio, dispositivo para medir la energía, y el acumulador de orgón, especie de caja de madera revestida interiormente por capas de metal y material orgánico para atraer y concentrar el orgón. Primero fueron pequeños acumuladores donde colocó ratones con cáncer. En 1940 creó el primer acumulador de tamaño humano, una caja con aspecto de armario en la que uno podía sentarse. Sostenía que en una sesión dentro del acumulador el paciente absorbía orgón del aire que respiraba dentro de él y que esto tenía un efecto beneficioso para el sistema nervioso, los tejidos y la sangre.


Sin apoyo de la comunidad científica, sus investigaciones empezaron a ser tildadas de delirios y él de charlatán. Buscó el respaldo de Einstein, a quien le presentó su trabajo y le ofreció un acumulador, que instaló en su casa. El científico desechó el resultado de sus experiencias y la relación terminó en disputa. Mientras tanto había comenzado a tratar de forma experimental a enfermos de cáncer con la convicción de que el acumulador podía mejorar su capacidad para combatir la enfermedad. Otros enfermos se sumaron voluntariamente al tratamiento. Reich constató notables mejoras en el estado general y un descenso en los dolores de los pacientes. En 1946 compró un terreno al borde del lago Mooselookmeguntic, un edén al norte del país, en el estado de Maine, en la frontera con Canadá. Un sitio de bosques y montañas donde el contacto con la naturaleza era intenso. Allí instaló su vivienda y el laboratorio, un conjunto de edificaciones que pronto los vecinos llamaron “La casa de Frankenstein”. En 1945 se casó con una colaboradora, Ilse Ollendorf, con quien vivía desde tiempo atrás. Un año antes había nacido su hijo Peter, y un año después obtuvo la ciudadanía estadounidense.


En la mira del FBI.

Inventando amigos comunes y con el pretexto de que tenía un mensaje para darle, la periodista Mildred Edie Brady logró franquear los filtros que Ilse ponía para salvaguardar a Reich. La recibió, recorrieron juntos el laboratorio y le mostró sus acumuladores de orgón. En abril de 1947 Brady publicó un artícu¬lo en Harper’s Magazine titulado “El nuevo culto del sexo y la anarquía”, por el que se haría famosa. Un mes después retomó el tema en The New Republic con “El extraño caso de Wilhelm Reich”. Brady afirmó que la ciencia desaprobaba sus actividades y conclusiones, que tenía más pacientes de los que podía atender y una influencia “mística” y perjudicial en los jóvenes. Fue el inicio de una campaña de desprestigio a la que se sumaron otras publicaciones. La prensa convirtió a los acumuladores en “cajas de sexo” y a la terapia corporal en sesiones de masturbación a los pacientes. En agosto recibió la primera inspección de la Administración de Alimentos y Medicamentos (Fda).


En los años siguientes Reich continuó publicando (Escucha, pequeño hombrecito, 1948, El análisis del carácter, 1949) e investigando, en particular los efectos de las radiaciones nucleares y las posibilidades de neutralizarlas. Para ello colocó una muestra mínima de radio en un acumulador, pero el efecto provocado fue el contrario del que buscaba. El acumulador amplificó la radiactividad, con consecuencias negativas para él y sus colaboradores. Su hija Eva, médica e investigadora, sufrió una bradicardia severa. El resto del equipo volvió a mostrar los síntomas de enfermedades que habían padecido antes. Todos, incluido Reich, presentaron alteraciones emocionales. Poco después, Ilse decidió dejar la casa con el pequeño Peter.
Para limpiar el lugar de la energía tóxica, que llamó Dor (por deathorgone), creó el “Rompe nubes”, una máquina de seis tubos en línea apuntados al cielo. A partir de ella hizo, con éxito, experimentos para provocar lluvia en la región donde vivía, afectada por una larga sequía. Inagotable, pensó en probarla en el desierto y en adaptarla, reduciendo el tamaño, para extraer el Dor de un cuerpo humano enfermo.


Paranoico con delirios de grandeza.

A pedido de la Fda, la justicia del Estado de Maine inició una acción contra Reich y su fundación. Le prohibieron trasladar acumuladores a otros estados y calificaron las investigaciones de expedientes publicitarios. Lo acusaron de charlatán y de obtener beneficio económico de la credulidad de los enfermos. El 19 de marzo de 1955 un juez ordenó retirar de circulación y destruir los acumuladores, quemar las publicaciones que hicieran referencia al orgón y, aunque sin relación con lo anterior, también prohibió las ediciones de La psicología de masas del fascismo y El análisis del carácter.


En octubre Reich viajó a Tucson, en Arizona, para, como informó a la justicia, estudiar la energía de orgon en la atmósfera en zonas desérticas. Luego de semanas de intenso trabajo en el desierto lograron hacer llover. Se proponía repetir el experimento en California, cuando el 1 de mayo de 1956 lo detuvieron.


El psiquiatra que lo examinó en la prisión dictaminó que no podía ser objeto de juicio pues se trataba de un enfermo mental: “Manifiesta paranoia con delirio de grandeza y de persecución e ideas de influencia”. La justicia, sin embargo, entendió que estaba en condiciones de ser juzgado. Lo condenaron a dos años de prisión y a pagar una multa de 10 mil dólares.


Dicen los testimonios que fue un preso ejemplar, que se adaptó bien a la disciplina de Lewisburg y que el único privilegio que reclamaba era bañarse con frecuencia para aliviar la soriasis que no lo abandonaba desde los tristes días de la infancia.


El 3 de noviembre de 1957 lo encontraron muerto en su celda. Dos días después iba a asistir a la audiencia donde el juez debía decidir sobre su pedido de libertad condicional. Reich dormía vestido, sin zapatos, sobre la cama tendida. Lo velaron en el observatorio de Orgonon, en Rangley, donde hoy está el museo que lleva su nombre.



Freud sí, Reich no


“Acá todos estamos dispuestos a asumir riesgos por el psicoanálisis, pero no ciertamente por las ideas de Reich, que nadie suscribe. Con relación a eso, he aquí lo que piensa mi padre: si el psicoanálisis debe ser prohibido, que lo sea por lo que es no por la mescolanza de política y psicoanálisis que hace Reich. Por otro lado, mi padre no se opondría a sacárselo de encima como miembro de la asociación.”



Carta de Anna Freud a Ernest Jones, presidente de la Asociación Internacional de Psicoanálisis y biógrafo de Freud. 27 de abril de 1933.


Deseo sexual versus autoritarismo


“La familia autoritaria no está fundada sólo en la dependencia económica de la mujer y los hijos con respecto al padre y marido, respectivamente. Para que unos seres en tal grado de servidumbre sufran esta dependencia es preciso no olvidar nada a fin de reprimir en ellos la conciencia de seres sexuales. De este modo, la mujer no debe aparecer como un ser sexual, sino solamente como un ser generador. La idealización de la maternidad, su culto exaltado, que configura las antípodas del tratamiento grosero que se inflige a las madres de las clases trabajadoras, está destinada, en lo esencial, a asfixiar en la mujer la conciencia sexual, a someterla a la represión sexual artificial, a mantenerla a sabiendas en un estado de angustia y culpabilidad sexual. Reconocer oficial y públicamente a la mujer su derecho a la sexualidad conduciría al hundimiento de todo el edificio de la ideología autoritaria.”


De La psicología de masas del fascismo.

¿Qué es el caos sexual?


Es apelar en el lecho conyugal a los deberes conyugales.
Es comprometerse en una relación sexual de por vida sin antes haber conocido sexualmente a la pareja.
Es acostarse con una muchacha obrera porque “ella no merece más”, y al mismo tiempo no exigirle “una cosa así” a una chica “respetable”.
Es hacer culminar el poderío viril en la desfloración.
Es castigar a los jóvenes por el delito de autosatisfacción y hacerles creer que la eyaculación les debilita la médula espinal.
Es tolerar la industria pornográfica.
Es soñar a los 14 años con la imagen de una mujer desnuda y a los 20 entrar en las listas de los que pregonan la pureza y el honor de la mujer.


¿Qué no es el caos sexual?


Es liberar a los niños y a los adolescentes del sentimiento de culpa sexual y permitirles vivir acorde a las aspiraciones de su edad.
Es no traer hijos al mundo sin haberlos deseado ni poderlos criar.
Es no matar a la pareja por celos.
Es no tener relaciones con prostitutas sino con amigas de tu entorno.
Es no verse obligado a hacer el amor a escondidas, en los corredores, como los adolescentes en nuestra sociedad hoy, cuando lo que uno quiere es hacerlo en una habitación limpia y sin que lo molesten.


Wilhelm Reich

Publicado enSociedad
Jueves, 07 Julio 2016 06:39

Un maestro en contacto con las drogas

Un maestro en contacto con las drogas

Muerto hace menos de un año, en estos días hubiera cumplido 83, el famoso neurólogo inglés es una de las figuras más interesantes y complejas en el mundo de la medicina. Pero su producción no puede ser comprendida por fuera de su contacto y abuso de las drogas durante varios años de su vida.


Uno de los hechos que me resultan más interesantes de los grandes hombres es su debilidad ordinaria, su vulnerabilidad, sus puntos oscuros y grises, sus tentaciones. Aquellos aspectos que revelan que están hechos de carne y hueso y que son tan finitos y fugaces como el anodino extra de la escenografía vital.


El médico neurólogo inglés Oliver Sacks (1933-2015) es una de las figuras más interesantes y complejas en el mundo de la medicina y sus libros han acercado a millones de lectores al mundo de la neurología y sus misterios. Atraído desde joven en lecturas como El origen de las especies, de Darwin, o las autobiografías de Von Humboldt, era un estudiante de medicina incómodo con el statu quo de la formación médica: estudiar novedades o hechos acontecidos hace menos de cinco años, anulando en líneas generales la historia y el contexto en donde surgen los conocimientos. Sacks fue un médico que trabajó desde una perspectiva narrativa y biográfica, así atendió pacientes, estudió y escribió. Aficionado a las motos (su foto juvenil montando una potente BMW R60 fue comparada con la postal de Marlon Brando en la película Salvaje), a la botánica, al piano, fisicoculturismo y al alpinismo (en donde a los 41 años sufrió un grave accidente que luego motivó el relato “Con una sola pierna”). También fue un hombre célebre que explicitó su homosexualidad (es verdad, en la etapa final de su vida) así como los abusos físicos y psicológicos que experimentó en la infancia mientras vivía (junto con su hermano) en una residencia para niños (graficados en la novela El tío Tungsteno) a la que eran enviados los niños de Londres para evitar los bombardeos en la Segunda Guerra mundial. Se puede afirmar que Oliver Sacks escribió dos autobiografías, una acerca de su dolorosa infancia (la mencionada El Tío Tungsteno) y otra que contempla básicamente su vida adulta, En Movimiento). La vida de Sacks reúne dos características que confirman su importancia: es el tipo de médicos que influyen en un momento cultural más allá de la medicina (tiene lectores en todo el mundo, ha sido traducido a todas las lenguas, incluso se han hecho películas sobre su obra: Despertares, 1990, con las actuaciones de Robin Wiliams –como O. Sacks– y R. De Niro como uno de los pacientes (Leonard L.). Este está aquejado de panencefalitis (o enfermedad del sueño), una enfermedad que mantenía ausentes y paralizados a los pacientes por décadas; la historia cuenta como Leonard “renació” transitoriamente con el uso de L-Dopa. El segundo elemento, por contraste, es que no es demasiado tenido en cuenta por los colegas, que lo ven más como “un escritor de divulgación”. Ambas condiciones suelen estar presentes en aquellos médicos de primer nivel que han trascendido la especificidad de su oficio. En la década de 1960, cuando tenía 27 años, Sacks viajó en los Estados Unidos. Es probable que su migración tuviese varias causas; laborales, académicas, pero también afectivas. En su casa natal dejaba a su hermano (Michael) con esquizofrenia y una convivencia dolorosa y quizá insoportable. En los Estados Unidos Sacks tuvo algunas historias de amor intensas y desgarrantes y de hecho, en 1962, cuando se separó de una de ellas (“Mel”) comenzó su contacto con las drogas de abuso. Era un médico joven, hijo de médico, bien parecido y con futuro, formado en la excelencia médica, algo así como la anti-postal de la persona que “caerá en las drogas”. El mismo señala al respecto que se pasó a las drogas luego de sentirse “desesperadamente solo y rechazado”, como una especie de “compensación”. Durante dos años, en San Francisco, Sacks se embarcó en una doble vida riesgosa: “de lunes a viernes, me dedicaba a mis pacientes, pero durante los fines de semana me dedicaba al viaje virtual: los viajes que me proporcionaba el cannabis, las semillas de dondiego de noche o el LSD. Era un secreto que no compartía con nadie ni mencionaba a nadie”. Sacks experimentó con distintas drogas, es probable que sus lecturas de Baudelaire, Huxley, Poe y Moreau du Tours acerca de la experimentación con sustancias hayan influido en su conducta –inicial– de búsqueda de sustancias. Una de las primeras drogas que utilizó fue el Artane (trihexifenidilo), un medicamento que produce euforia y todo tipo de alteraciones sensorioperceptivas y que hasta la actualidad es un medicamento que utilizamos neurólogos y psiquiatras para tratar síntomas parkinsonianos inducidos o no por la medicación antipsicótica; y también es una de la drogas legales más buscadas por los pacientes que abusan de sustancias cuando están internados. Es una droga legal y con potencial alto de abuso, hecho que conocen los pacientes, los médicos y los enfermeros. En ámbitos de privación de la libertad es una moneda valiosa de intercambio para conseguir dinero o favores o todo tipo de cosas. Sacks conoció la mezcla de marihuana y anfetaminas y los siguientes cuatro años quedó “enganchado”.

 

Sobre las anfetaminas dice: “no hay manera de dormir, rechazás la comida y todo queda subordinado a la estimulación de los centros de placer del cerebro” (el núcleo accumbens y otras estructuras subcorticales que Sacks conocía en términos teóricos a la perfección). De la mezcla de marihuana y anfetaminas él explica detalladamente en su autobiografía que pasa a utilizar metanfetaminas por vía oral y luego intravenosa (llega a inyectarse drogas como la morfina) y experimentó una novela alucinatoria durante más de doce horas sin interrupción y sin dimensión del paso del tiempo. Sacks llegó a la conclusión, a la que arriban por cierto muchos pacientes en relación al consumo, que podía pasarse días enteros, semanas, incluso años en un estupor adictivo sin registro del espacio/tiempo. Ese episodio fue el primer y último de contacto con la morfina y los opiáceos. En relación a su consumo de anfetaminas, al igual que “las ratas de Olds” (en referencia a un experimento donde ratas se autoadministraban anfetaminas sin parar hasta morir de cansancio), él mismo se sentía como una de esas ratas subordinadas a ese placer mortal: “las dosis que tomaba eran cada vez más altas, y el corazón se aceleraba y la presión sanguínea llegaba a un extremo letal”. No importa la tragedia que relate Sacks, siempre hay una traza de humor en sus palabras y así fue hasta el día de su muerte. Sacks le asigna a su estado de consumo masivo de anfetaminas un rasgo distintivo, la insaciabilidad, nunca tenía suficiente y explica que el “éxtasis” (nombre de la droga de moda) de las anfetaminas era mecánico y autoeficiente, que no necesitaba nada ni a nadie para “completar” el placer y esencialmente era un sentimiento completo, aunque también vacío. Un hombre de agenda completa, un atleta, un ser voluptuoso, con un huracán de ideas en su cabeza, luego de varios meses de uso semanal de anfetaminas llegó a experimentar el cuadro de dependencia que padece el más simple de los mortales: “todos los demás motivos, metas, intereses, deseos, desaparecían en la vacuidad del éxtasis”. Luego de estos fines de semana de consumo, llamados por él “fines de semana de droga”, Sacks volvía al hospital y, según su propia percepción o memoria, “nadie se daba cuenta de qué había pasado el fin de semana”, omisión o ceguera que es de lo más habitual en relación a los médicos con problemas de consumo de sustancias (o afectados de cuadros psiquiátricos no evidentes); ya que nadie supone que pueden estar enfermos, desde la propia familia (Sacks vivía solo de todas formas y básicamente vivió solo toda su vida) hasta sus compañeros de trabajo. Es la maldición del médico enfermo, no tiene quién se dé cuenta de su gravedad y no tiene quién lo trate, y habitualmente logra convencer a todos de lo “bien que se encuentra”. En consumo de anfetaminas y mientras leía un texto sobre la migraña, Sacks revela un sentimiento de confusión que tienen muchos pacientes en consumo: se preguntó si él estaba leyendo o escribiendo el texto que tenía en sus manos. ¿Autor o lector? Muchos pacientes, bajo el efecto de drogas estimulantes, confunden los planes, las ambiciones y la fantasía creativa de sus mentes con el hecho material y pragmático de llevarlas a cabo. Sacks define este fenómeno de una manera simple: “había experimentado la sensación de llevar a cabo un demente ascenso a la estratosfera para regresar con las manos vacías y sin nada que enseñar”. Para 1966 Sacks, recientemente mudado de California a Nueva York, estaba consumiendo enormes cantidades de anfetaminas (él se autodefine para ese momento como un “impulsivo consumidor de drogas” dispuesto a probarlo todo) y experimentaba un cuadro psiquiátrico que él mismo se preguntaba cómo nominar: “¿estaba psicótico?, ¿maniaco?, ¿desinhibido?” Lo cierto es que experimentaba alteraciones en su percepción directamente relacionadas con su consumo: “experimentaba un extraordinario agudizamiento del sentido del olfato y de mi capacidad de memoria e imaginería”, relata Sacks. Confiesa haber estado cerca de probar el “polvo del ángel” (fenciclidina o PCP) pero en lo que debería haber sido su fiesta iniciática encontró varios intoxicados (personas inconscientes, hombres extrayéndose de la piel insectos imaginarios, mujeres en estado de rigidez catatónica) y tal escenario de alienación funcionó como límite, al menos para esta sustancia. No es raro que algunos pacientes logren evitar enredarse con ciertas drogas y no puedan detener el consumo de otras. La fiebre de consumo brindó a Sacks momentos de éxtasis (muchos de los cuales sexuales), pero al mismo tiempo su derrotero tuvo consecuencias de diverso tipo, por ejemplo el haber iniciado en la vida de consumo a un compañero (llamado en la autobiografía Karl) que simplemente no pudo parar de drogarse hasta su muerte y que incluso en las etapas finales se transformó en traficante. Sacks no sintió indiferencia frente a este hecho y de alguna manera se encargó de expresar en su escrito un sentimiento de culpa por lo sucedido. Algunas personas pueden alcanzar estados trascendentes (“los indicios de la inmortalidad”) a través de la meditación, mediante técnicas parecidas de inducción de trance, o con la oración y los ejercicios espirituales. Pero Sacks advierte que las drogas “ofrecen un atajo; prometen una trascendencia a la que puede acceder cualquiera”; estos atajos son posibles por la capacidad que tienen las sustancias de estimular directamente muchas funciones cerebrales complejas. Pero en rigor a la verdad, un porcentaje mayoritario de las personas no utilizan tanto las sustancias para “trascender” sino más bien por el sentimiento de placer y euforia que pueden experimentar. Para 1965, ya en Nueva York, Sacks ya no sólo consumía anfetaminas los fines de semana sino que se trataba de un ritual diario. Como detalla en su autobiografía (En movimiento) su estado anfetamínico de excitación por las noches era “contrarrestado” con la ingesta de hidrato de cloral que le permitía dormir al menos unas horas. Las alucinaciones (retratadas de manera extensa en su libro de título Alucinaciones) pasaron a ser parte de la vida cotidiana. Una mañana sentado en un café experimentó lo siguiente: “mientras removía el café, éste se volvió repentinamente verde, y luego púrpura. Levanté la mirada asombrado, vi que un cliente que pagaba la cuenta tenía una enorme cabeza, como si fuera un elefante marino. El pánico se apodero de mí; dejé un billete de cinco dólares sobre la mesa y crucé la calle para coger un autobús. Pero todos los pasajeros parecían tener la cabeza blanca y tersa, como si fuera un huevo gigante y los ojos inmensos y relucientes como los ojos compuestos de los insectos...” Una amiga médica (Carol) a quien Sacks telefonea le hace las dos grandes y simples preguntas que un psiquiatra (o un médico) debe hacer a un paciente en ese estado alucinatorio: 1) ¿Qué has tomado? y/o 2) ¿Qué has dejado de tomar? Sacks estaba tomando grandes cantidades de anfetaminas pero el hidrato de clorar se había terminado el día previo de forma imprevista y desencadenó aquellas alucinaciones terroríficas (un cuadro alucinatorio, con pequeños animalitos e insectos amenazando e intentando trepar por la piel del alucinado e introducirse en su cuerpo, que duró cuatro días seguidos, potencialmente mortal, conocido como delirium tremens) que lo llevaron a pensar (cualquiera lo haría) que se había vuelto loco. Esta interpretación además tiene un profundo significado afectivo, teniendo en cuenta el diagnóstico de esquizofrenia de su hermano. En ese momento Sacks venía tomando una dosis quince veces mayor de hidrato de cloral de la indicada como hipnótico, y la tomaba por supuesto de la farmacia del hospital, hecho recurrente en los médicos que abusan de sustancias.


El perfil de Sacks para este entonces es el de un adicto a las sustancias adulto promedio: había empezado a perder días de trabajo seguido con la excusa de que estaba enfermo, tomaba anfetaminas constantemente y comía muy poco, había perdido peso (35 kg en tres meses). En cierta situación de intoxicación, en un estado de excitación, muerto de miedo y con visiones terroríficas, Sacks se propuso al menos mantener un poco de control externo sobre la situación y no dejarse llevar del todo por el pánico y, a pesar de estar acosado a pocos centímetros por “monstruos de ojos saltones que me rodeaban”, decidió comenzar a escribir lo que estaba viviendo. “Describir la alucinación con detalles claros y casi clínicos y al hacerlo convertirme en espectador, incluso en explorador, no en la víctima indefensa de la locura que había dentro de mí”. Ese es el valor de la escritura para Sacks, creación pero también salvación,y esta es la perspectiva que atraviesa todos sus escritos, ya sea clínicos o ensayos. Sacks escribía todo el tiempo y en cualquier lugar, en el techo de un auto, en la montaña, en el hospital.


En este plano inclinado a la autodestrucción, Sacks tiene un momento de “lucidez” y admite la posibilidad de recibir ayuda. Los primeros intentos con un psicoanalista resultaron inútiles, puesto que asistía drogado a las entrevistas y señala al respecto: “cuando vas colocado de anfetaminas, todo es simple y superficial, y las cosas parecen avanzar con milagrosa rapidez, pero al final todo se lo lleva el viento y no deja huella”. En un segundo intento encontró a un analista (Dr. Shengold) quien advirtió a Sacks que ese espacio no funcionaría si él no dejaba las drogas y sentenció que las drogas lo llevaban “más allá del límite del psicoanálisis”. A una persona como Sacks, experto en levantar pesas y romper sus propias marcas, ese límite también funcionó quizá como desafío. Fue en este contexto que Sacks detuvo su consumo. Muchos pacientes no lo hubiesen logrado. Vale la pena señalar la intervención de este analista, consciente de la calesita mental y los juegos de palabras eternos y circulares de muchos tratamientos cuando el paciente está bajo los efectos de las drogas en “análisis”. Sacks continuó su análisis con ese terapeuta más de cuatro décadas y es probable que su gran afinidad con el psicoanálisis le haya permitido imprimir al texto de sus casos un tinte de historial biográfico y narrativo, más parecido a los casos de Freud del siglo XIX que a los anodinos y fríos reportes de casos de la medicina actual. Sacks es uno de los ejemplos en donde el psicoanálisis ha funcionado como usina creativa y de curación; el mismo psicoanálisis que es degradado por muchos “científicos” escudados detrás de sus planillas y escalas y ratoncitos. El año 1966 es el año que Sacks le dedicó a dejar las drogas, y como la inmensa mayoría de las personas que intentan superar esta compulsión, fue una experiencia dolorosa, larga y casi insoportable. Uno de los grandes aciertos fue dejar su trabajo como científico de laboratorio (cuyo desempeño había sido errático) y pasar a atender “pacientes de verdad”. Como neurólogo, Sacks se propuso estudiar cómo el cerebro encarna la conciencia y el yo y comprender sus asombrosos poderes de percepción, imaginería, memoria y alucinación. Muchas personas comprenden el nivel de su propia adicción cuando sufren en carne propia los efectos de la falta de la droga, el vacío, el deseo crudo y la dolorosa lucidez de los primeros tiempos de la abstinencia. Pero la experiencia de Sacks no es una historia lineal sobre un adicto que “tocó fondo”, dejó las drogas y encontró la plenitud; porque él mismo se encarga de rescatar algunas experiencias “positivas “de su acercamiento con las sustancias, como ciertas alteraciones perceptivas y una fuerza creativa, que en su caso singular según el mismo, lo ayudó a escribir su primer escrito (Migraña). Con Sacks siempre se trata de matices y de poesía. Algunos sujetos que han sido golpeados dramáticamente por el consumo, en su interior guardan recuerdos agradables, extrañan el efecto de ciertas sustancias; y no son pocos quienes en su fuero íntimo piensan o creen que ciertas experiencias –bajo el efecto de las drogas– valieron la pena. Sacks no relativiza en ningún momento la gravedad de una adicción, explica que la mayoría de las experiencias alucinatorias son en su mayoría desagradables y también da cuenta del impacto destructivo del uso de drogas en su vida, a tal punto que en más de una vez en su autobiografía revela que si no las hubiese dejado habría muerto antes de llegar a los 35 años. Pero también es un convencido que las intoxicaciones, así como los procesos de enfermedad cerebral (sea una demencia, la enfermedad de Parkinson o una alucinación auditiva) son una puerta hacia lo desconocido, un complejo cuadro de desinhibición, que en ocasiones puede liberar o despertar la vida interior y la imaginación, así como potenciar ciertos sentidos. Es lo que Sacks llama en su libro “Un antropólogo en Marte” la paradoja de la enfermedad: “hay defectos, enfermedades y trastornos (el abuso de sustancias puede incluirse aquí) que pueden desempeñar un papel paradójico, revelando capacidades, desarrollos, evoluciones, formas de vida latentes, que podrían no ser vistos nunca, o ni siquiera imaginados en ausencia de aquellos. Es la paradoja de la enfermedad, en este sentido, su potencial creativo.” Sacks estaba convencido de que en cada sujeto existe una “identidad positiva” que ha surgido tras algo calamitoso. No se trata de demonizar la sustancia o lavar la cabeza de quien consume sino más bien evaluar cómo se articula con el proyecto personal, con sus necesidades y con la propia verdad personal. Muchos tratamientos exitosos se producen con personas que añoran y extrañan el contacto con las sustancias (por mucho tiempo y quizá por siempre) pero que aceptan dolorosamente detener su consumo. Las pasiones humanas son un buen ejemplo, como aquella persona que está perdiendo la vida atrapada en un gran amor destructivo y acepta declinar esa relación, cuando todo indica; la piel, los músculos, la sangre, la saliva, los pensamientos, que debería continuar pase lo que pase.


En 2015, en los últimos meses de su vida (murió a los 82 años), escribió tres artículos (“De mi propia vida”, “Shabat” y “Mi tabla periódica”) que fueron publicados en el New York Times, donde relató su enfermedad y se despidió de su legión de lectores con palabras de agradecimiento y ternura. Se describe en estos últimos escritos como “una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención de todas mis pasiones”.

Los artículos biográficos y las críticas literarias sobre Oliver Sacks se refieren lacónicamente a su experiencia y adicción con las drogas, hecho que fue central en su vida durante nada menos que cuatro años. A título personal, creo que esa experiencia lo marcó como hombre, médico y escritor. La adicción como proceso existencial en la vida de Sacks intuyo que ha producido dolorosas marcas, aprendizajes a fuego, cicatrices, momentos de éxtasis y un deslizamiento a un final trágico que pudo ser evitado a tiempo.


¿Qué salvó la vida de Sacks? La receta de él mismo es contundente: el psicoanálisis, la satisfacción del trabajo clínico como neurólogo (“cuando no trabajo me siento desamarrado, me invade una sensación de vacío y autodestrucción”), la escritura (fue bautizado por la prensa como “un científico de las letras”), los amigos y la buena suerte.


* Médico psiquiatra. Dispositivo de adicciones.

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Jueves, 23 Junio 2016 06:50

Los medios masivos de colonización

Los medios masivos de colonización
Artistas, intelectuales, juristas, escritores y dirigentes políticos de varios países preparan un libro contra el golpe en Brasil, en apoyo a Dilma Rousseff. La psicoanalista argentina Nora Merlín participa del proyecto con un capítulo que detalla cómo operan los medios masivos sobre las subjetividades. Aquí, un fragmento de ese texto.

 


El poder político, económico, con sus medios de comunicación corporativos y parte de la Justicia, están poniendo en juego en algunos países de América Latina una nueva modalidad antidemocrática. Buscan desestabilizar gobiernos democráticos realizando golpes de Estado institucionales, con el objetivo de implementar políticas neoliberales. Los medios de comunicación corporativos asumen un rol crucial: configuran la realidad, operan sobre las subjetividades, manipulan significaciones; en definitiva, colonizan la opinión pública. En América Latina, los medios concentrados generan un orden homogéneo opuesto a lo que se entiende como una política democrática, que debe implicar disenso y pluralidad.


Brasil está atravesando un momento de suma gravedad institucional, en el que se juega el destino de este gran país. Los medios gráficos como Folha de São Paulo, Estado de São Paulo, Rede Globo, Editora Abril, Revista Veja, Midia Ninja y Jornalistas libres, y diferentes radios y televisoras, como Rede Globo, producen e imponen sentidos y saberes que por efecto de identificación se transforman en comunes, formando la opinión pública. Esos medios concentrados realizan una manipulación del pensamiento: las informaciones que transmiten funcionan como verdades irrefutables, ante la ausencia de voces alternativas. Se trata de un dispositivo que opera sobre la subjetividad, la condiciona a través de la sugestión y la reiteración de mensajes, que terminan imponiéndose como si fueran certezas. En Brasil esto apuntó a producir el desprestigio de la dirigencia del PT, repitiendo hasta el hartazgo el falaz argumento de la corrupción de sus líderes, para desestabilizar a la presidenta Dilma Rousseff a pesar de su legitimidad por haber sido elegida democráticamente, logrando impulsar un proceso de impeachment.


Según la teoría psicoanalítica, las relaciones sociales se normativizan con la instauración de un operador simbólico denominado Ideal del yo. El individuo espectador ubica a los medios de comunicación en el lugar de ese Ideal, y luego pone en juego un mecanismo de identificación. Esto produce una idealización de los medios y una identificación entre los espectadores, dando como resultado una psicología de las masas: una hipnosis adormecedora en la que el sujeto deviene un objeto cautivo, que se somete de manera inconsciente a los mensajes e imágenes que se le ofrecen. El sujeto de la cultura de masas es pasivo, servil, sugestionado; con un yo empobrecido obedece a un “amo” que articula ideologías e ideales. Al operar esta captura, los mensajes que emiten los medios terminan imponiéndose, condicionando opiniones, valores y pertenencias, lo que redunda en una manipulación de la subjetividad.


En democracia es fundamental regular el poder de influencia de los medios sobre la subjetividad, basado en el marketing político, y derivado de técnicas de venta exitosas que, a consecuencia de la rápida expansión de los medios, llegó a abarcar casi todos los aspectos de la cultura. Consiste en un dispositivo planificado de sugestión, cuyo fin es que el ciudadano devenga un consumidor que compra un objeto o un mensaje político. Mediante técnicas que implican una producción calculada de subjetividad construyen consenso, convencen, consiguen votantes, imponen valores, hábitos, posicionan un producto, una idea o un candidato. Muchas veces se adquiere una marca, una identificación y una pertenencia sin advertir que tras ello hay un proyecto económico o político.


A partir de Freud y Lacan, sabemos que las demandas no son necesidades naturales, básicas o biológicas, sino que son construcciones discursivas: la mercadotecnia impone demandas que luego aparecen como una elección libre del ciudadano. El actual modelo de los medios de comunicación de masas produce gente seriada por efecto de identificación, lo que tira por tierra la supuesta libertad que otorgan la información y los mensajes comunicacionales. Si bien en apariencia amplían la libertad individual, en sentido estricto se imponen, condicionan elecciones, llegando a colonizar y enfermar a toda una cultura. Freud vio en el rebaño, en la fascinación colectiva y en la homogeneización de la psicología de las masas un prolegómeno del totalitarismo.


La democracia no puede definirse por el sentido común, ni por el consenso de una masa de autómatas, producidos por un dispositivo de sugestión de los medios de comunicación concentrados. Una concepción democrática debe incluir pluralidad de voces, evitando la monopolización de la palabra y la instalación de un discurso único, tendiendo a que los mensajes se transmitan libremente, buscando asegurar el derecho que tienen los ciudadanos a una información veraz, vertida de manera responsable y racional.


Gran parte del espacio público ocupado por los medios de comunicación se transformó en la sede del odio y la agresión entre las personas. En esta versión, el derecho a la libre expresión se confunde con una libertad de agresión en la escena pública. En forma desmedida e insistente emiten mensajes agresivos, hostiles, que incrementan el miedo, la angustia, el terror y el odio. Los noticieros y los programas de “información” producen relatos falsos y teorías conspirativas, no comprobadas, de sospecha y complot, instalando el significante “corrupción” sobre los dirigentes del PT, apuntando a que el adversario político sea atacado como un enemigo. Esta modalidad va dando sustento a la hostilidad entre los miembros de la cultura, provocando sentimientos persecutorios e instalando los afectos señalados, que van a funcionar como desencadenantes de enfermedad psíquica. El “enemigo” es el prójimo que deviene en un objeto hostil al que se lo puede humillar, degradar, maltratar, etc. Se produce como resultado una sociedad transformada en un campo minado por la violencia y el odio en sus variadas expresiones. Una cultura así planteada está en riesgo.


Frente a este panorama, surgen algunos interrogantes: ¿dónde quedan las categorías de verdad, decisión racional y autonomía del sujeto, para filtrar y administrar la información y los afectos que éstas instalan? ¿Quién se hace responsable de los efectos patológicos que se constatan en la subjetividad y en los lazos sociales? Ante la constatación de la patología que producen los medios de comunicación y con el objetivo de proteger la salud de la población y la democracia, resulta imperioso desenmascarar los dispositivos con que operan. No se trata aquí de una práctica de censura ni un planteo de tipo moral, sino de asumir una decisión responsable fundamental a favor de preservar la salud de la comunidad.


El Estado, sus representantes e instituciones, deben encarnar una función simbólica de contención y pacificación social, garantizando el bien común, el ejercicio democrático, la disminución de la violencia y la hostilidad entre semejantes. Esto supone limitar la acción de los medios de comunicación de masas, para que dejen de calcular, de manipular la subjetividad, instalando el odio y la agresividad. Una cultura no sometida a un proceso de sugestión homogeneizante, capaz de reconocer el lugar y la dignidad de las diferencias, significará un gran avance en pos de la democracia y en contra del totalitarismo.

 


* Psicoanalista. Docente de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Magister en Ciencias Políticas, Universidad de San Martín (UNSAM-IDAES). Autora del libro Populismo y psicoanálisis, Editorial Letra Viva.
Fragmento del capítulo “Un nuevo dispositivo de sugestión: los medios masivos de colonización”, que formará parte del libro La resistencia internacional al golpe de 2016 y que será lanzado en Río de Janeiro en vísperas de la votación en el Senado, como apoyo a Dilma Rousseff. Colaboran artistas, intelectuales, juristas, escritores y dirigentes políticos de Brasil, Argentina, Alemania, Portugal, España, Francia, Inglaterra y Estados Unidos.

 

 

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Suele llamarse analizante a la persona que se analiza con un psicoanalista. En este texto el término va más allá de esa circunstancia. Alejandra Pizarnik (que tiene esa experiencia desde muy joven) participa, en otro sentido, de lo que me gustaría llamar la ilusión intelectual argentina en el psicoanálisis como experiencia del pensar.
 
El psicoanálisis como inmersión de quienes quieren conocerse, como ideal desculpabilizador del deseo, como figuración de un mundo familiar menos represivo, como experiencia del yo destronado, como imagen de una mismidad lejana, ajena, exiliada, como creencia liberadora de sentido, como contemplación trágica del pasado, como pregunta por la crueldad humana, como denuncia del malestar moral de nuestro tiempo, como asunto de subjetividades migrantes, extranjeras, discriminadas. El psicoanálisis como utopía de la diferencia.
 
La expresión Alejandra Pizarnik, la primera analizante en castellano no significa que ella sea la paciente que inaugura la lista de nuestro record internacional de analizados; quiere decir que ella, la que se sabe nacida en las palabras, es maestra excepcional para pensar una práctica cada vez más profesionalista. Llamo profesionalista a una actividad que ve en el psicoanálisis sólo una profesión. Un trabajo de rutinas, pacientes, consultorios, libros y revistas especiales, congresos, supervisiones, redes de derivación, amparos institucionales, plataformas publicitarias, estrategias de reconocimiento. ¿Es otra cosa?
 
Alejandra Pizarnik, primera analizante en castellano, interroga al psicoanálisis, no sólo como espacio clínico o zona de identidad personal, sino como modo de intervenir en las discusiones de la cultura; en las preguntas sobre cómo tramamos relaciones con el lenguaje, con las representaciones que nos hacemos de nosotros mismos y del mundo; con la idea de porvenir, con los asuntos de la vida: el dolor y el sufrimiento, el deseo y la muerte.
 
No se puede imponer a los psicoanalistas que aprendan a escuchar, como diría Pizarnik, “con una esponja en los oídos”, ni obligar a que profesores dicten en clases universitarias que “por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa”, pero sería una lástima privarse de esas ideas.
Entonces, decir que leo a Alejandra Pizarnik como primera analizante en castellano es un modo de avisar que encuentro –en ella que afirmó que Freud es un poeta trágico– a una maestra de analistas.
Que Alejandra Pizarnik anotara en sus Diarios cosas que piensa sobre su propio psicoanálisis tiene y no tiene relación con el asunto. Es cierto que esas menciones se presentan como citas, pero no es allí donde ella habla mejor como analizante. Incluso cuando indago las desventuras de esa mujer joven sólo busco aprender a leer el manifiesto de su enseñanza.
 
La afirmación de que Alejandra Pizarnik es la primera analizante en castellano no necesita ser probada contando cosas de su intimidad o coleccionando circunstancias biográficas (historias de familia, judaísmo, aventuras sexuales, viajes, lecturas, depresiones, noches de insomnio, internaciones, intentos de suicidio o su muerte a los treinta y seis años por exceso de pastillas para dormir). Esos desechos de su vida apenas interesan aquí. No se recorta su estar analizante para engrosar la lista de casos clínicos.
 
“Primera analizante” puede leerse, entonces, como: mujer afectada por el lenguaje. Sensibilidad que sabe que su dolencia es cosa hecha de palabras, que percibe que las mismas palabras que dan qué pensar pueden ser tormentos, espejismos, ruidos, en los que no (se) piensa nada. O dicho de otra forma, primera no porque no haya otra antes que ella, sino porque no falta a la cita cuando es llamada a pensarse en el lenguaje. Porque sabe que la máquina de pensar es artilugio vacío y, a la vez, lleno de piezas que pueden volverse locas. Que puede darse máquina con pensamientos que la gozan, con obsesiones que la dominan, con voces que traman sufrimientos de los que, por momentos, quiere desprenderse.
 
No leo a Pizarnik como visionaria o testigo lúcido del psicoanálisis de su época. El sentido de la vista o su punto de vista no están en juego. Interesa Pizarnik como oído poético dislocador de una cultura que aloja al psicoanálisis como práctica del cuidado de sí.
 
Interesa su mirada como lo imprevisto en esa práctica. Interesa ella misma como arremetedora que alerta sobre lo que les pasa a quienes no hacen lo correcto, sobre los peligros que acechan a quienes se arriesgan a la desapropiación de sí.
 
Lo que queda pendiente no es la pregunta de qué pudo o no pudo el psicoanálisis hacer por Alejandra Pizarnik, sino qué puede hacer a los psicoanalistas la lectura de su obra. Leer a Pizarnik es una decisión.
 
Habría muchos otros modos de nombrarla: la mujer de la existencia venidera, la llamadora de ausencias, la que desespera del lenguaje, la que se aloja partida, la que arremete viajera, la enamorada de las ruinas, la que hace el mundo palabra por palabra, la que se siente deletreada por un semianalfabeto, la que vive desnuda como si llevara un traje de vidrio, la que tiene deseos de huir hacia un país más hospitalario, la inlúcida que sabe que ama sombras, la que escribe con humor “mi amante es obscena porque me toca la hora”, la que se da cuenta de que cumple una pena por nada, la del lenguaje alejandrino, la que va hacia no hay dónde, la que intenta nacerse sola, la que pregunta cómo es posible no saber tanto, la niña santa y lujuriosa, la que pide ser curada de algo que no se cura, la que advierte que habla para amueblar el escenario vacío del silencio, la que siente que el envejecimiento del rostro ha de ser una herida de espantoso cuchillo, la reina en el exilio, la que simpatiza con todos los sufrimientos, la que piensa que la felicidad consiste en estar a salvo del pronombre yo, la supliciada, la que fue demasiado lejos en su soledad. De todos los modos de llamarla, elijo este: Alejandra Pizarnik, maestra de psicoanálisis.

Esperadora

Pizarnik es el nombre de una esperadora infatigable. Escribe en su diario en marzo de 1961: “Esta espera inenarrable, esta tensión de todo el ser, este viejo hábito de esperar a quien sé que no va a venir. De esto moriré, de espera oxidada, de polvo aguardador”.
 
La espera, si no se confunde con la esperanza de que suceda algo, puede pensarse como dar tiempo o darse tiempo de llegada. Eso que solemos llamar el sí mismo es una existencia venidera.
La espera del analizante tiene algo de ir al encuentro de una verdad que nunca llega. Pero, una espera que es ir hacia lo que no se alcanza no es, necesariamente, impulso insatisfecho, tensión que frustra, expectativa fatigada.
 
¿Y una espera oxidada? Parecería una espera marchita, deslucida, sin frescura. Una espera que se consume dolida de eso que no llega. Como en A la hora señalada, que no es la película de la espera, sino la del cumplimiento de una amenaza. La urgencia de un plazo corrompe la espera. La impaciencia no es impulso de deseo; puede ser su lastre, su cautiverio.
 
Muchas veces, lo que una persona que se analiza espera no es la espera, sino consumar una esperanza, conquistar una felicidad custodiada de palabras, conjurar la desgracia en todas sus formas por medio del pensamiento.  ¿Una especie de religión?
 
Quizá Pizarnik pida que el psicoanálisis le ofrezca lo que no tiene: una fórmula de felicidad. Razones de acogida a dudas de la existencia, ahora, expresadas en primera persona de un singular en el que se celebra a sí misma. Pero también percibe, en su expectativa de sentirse mejor, una ilusión de autorreforma, una maniobra de corte y confección para forzar su coincidencia con la imagen que le gustaría alcanzar.
 
Tal vez aquella espera oxidada, ese polvo aguardador, sean pulsaciones tristes, ansiosas, descreídas de su existencia venidera.
 
No se vive así como así en situación de espera; la esperanza se cuela por todas partes. El juego de la esperanza puede decirse en tres pasos. Primero, se inventa (a medida de la propia ilusión) un absoluto distante, caprichoso y salvador. Segundo, se vive en la incertidumbre (dado que el absoluto es caprichoso y distante). Tercero, se aguarda con fe (a veces portándose bien) la llegada eventual de la salvación.
 
Practicante de la espera no quiere decir dogma de un ir hacia sin una meta; tampoco doctrina de me da lo mismo qué pueda pasar. La escritora es practicante de la espera porque trata de deshacer en ella misma la tentación de someterse a un absoluto.
 
Alejandra Pizarnik analizante, más allá de todo psicoanálisis, porque es una mujer que escribe sobre lo que le pasa. Analizante porque se sabe enferma de una especie de maldición amorosa: se siente poseída por lo que no puede poseer. Analizante porque sale al encuentro de lo que no llegará, porque se sabe abandonada. Escribe en marzo de 1961: “Y he aquí lo que me mata, he aquí la forma de mi enfermedad, el nombre de lo que me muerde como un tigre crecido súbitamente en mi garganta, nacido de mi llamado”.
 
Llamadora de ausencias, Alejandra Pizarnik se pregunta por qué no la atraen quienes se enamoran de ella o por qué su fascinación por el abandono o por qué se empecina en llamar a quien no habrá de venir o por qué la entristece alguien que llega con deseos de verla.
 
Alejandra Pizarnik, una llamadora de ausencias. Pero no porque haga citas que fracasan, sino porque da de sí la voz que convoca un lenguaje. Pensar es precisamente eso: llamar a que las palabras acudan, solicitar que se apersonen en las sensaciones, las emociones, la belleza, la angustia.
Analizante, también, porque piensa su existencia como misterio. Escribe en su diario, en el verano de 1956: “No comprendo el anhelo de ‘lo fantástico’, ni a la literatura de ‘misterio’. Es que ¿es posible hallar más misterio que en la propia existencia?”.
 
Admite que desconoce lo que le pasa, que duda sobre el sentido de sus actos, que de su boca salen cosas que la sorprenden, que sus deseos la visitan como parientes desconocidos.
 
Escribe cinco años después, cuando declara su mayor obsesión después del amor y la escritura, anotando entre paréntesis su propia voz en tercera persona: “El más grande misterio de mi vida es éste: ¿por qué no me suicido? En vano alegar mi pereza, mi miedo, mi olvido (se olvida de suicidarse). Tal vez por eso siento, de noche, cada noche, que me he olvidado de hacer algo, sin darme cuenta de qué. Cada noche me olvido de suicidarme”.
 
No dice que quiere suicidarse, se pregunta por qué no se suicida. El suicidio no parece un deseo, sino una fatalidad. Entonces, cada noche se olvida de lo inevitable. Tal vez así, en el olvido, diga su deseo de vivir.
 
Alejandra Pizarnik toma, a su manera, el problema que Camus –quien, en El mito de Sísifo, afirma que el suicidio es el único problema filosófico verdaderamente serio– designa como el misterio más radical de la existencia: “¿Por qué elijo vivir pudiendo decidir mi muerte?”. Como si vivir fuera una decisión que el olvido toma todos los días. El olvido como cesación de la muerte.
 
Escribe en su diario, en octubre de 1957: “No soy más que una humilde muchacha desnuda que espera que lo Otro le dicte palabras bellas y significativas, con suficiente poder como para izar sus pobres tribulaciones y para dar validez a lo que de otra manera serían desvaríos”.
 
La proeza del decir no consiste en realizar una sustancia mentada ni en la voluntad de hablar, sino en el impulso de ceder la iniciativa a lo expresado, de confiar la cuestión del hablar a la astucia de las palabras.
 
Dejar la iniciativa a lo dicho es admitir que las palabras pronunciadas se adelantan a las palabras pensadas o transportan inventivas de sentido no previstas en la decisión de hablar. Oscar del Barco (Juan L. Ortiz, poesía y ética, ed. Alción, 1996), a propósito del poeta Juan L. Ortiz, escribe: “La extinción de lo humano no está produciéndose por el lado sublime del exceso sino por el lado maligno de la llamada ‘programación total’ y del ‘control total’. Pienso en la alternativa que representan el poeta y el místico, quienes saben que no son y viven como noseres. Habita el que es sin ser, porque el habitar exige el despojo de toda iniciativa. Es el sueño de Mallarmé, su propuesta de darle ‘la iniciativa a las palabras’, de que las palabras sin ‘dueño’ sean las que abren el sentido sin sentido ‘humano’ que es el poema. El habitar adquiere así característica de advenimiento”. Pizarnik sabe que pierde la conducción de lo que dice cuando escribe o que es sobrepasada por el flujo de las palabras.

La primera

Pero, ¿por qué primera si lo que se dice sobre ella podría afirmarse, también, de otras escritoras y otros escritores en castellano? Su obra poética y su prosa derraman intimidad, pero no porque permitan espiar sus secretos (su interioridad desnuda), sino porque es la obra de una mujer que intima con el lenguaje. Pizarnik traba y trama amistad con las palabras: intenta ligarse ella misma en todo lo que escribe y tiene la mala intención de estar en el decir.
 
Así mismo, los Diarios (y parte de su correspondencia publicada) constituyen una escritura infrecuente en nuestra lengua. En sus páginas fragmentarias no hace alarde o culto de sí, como suele ocurrir en autobiografías o memorias. Ofrece su diario de escritora como lugar de experimentación de ella misma en el lenguaje, como espacio para pensarse en relación a sus lecturas y como demora para anotar lo que siente. Hasta el final no deja de preguntarse por el deseo, el amor, la angustia, la soledad. Cada vez intenta nombrar lo que no puede decir. No censura hechos que teme confesar ni secretos que la inquietan. Prueba escucharse pensar lo que le pasa. Escribe como una analizante que se hace destinataria de sus palabras.
 
Un año antes de su muerte publica El infierno musical. Cito de allí un texto que se llama “La palabra que sana”. Propongo leerlo como manifiesto de su enseñanza: “Esperando que un mundo sea de-senterrado por el lenguaje, alguien canta en el lugar en el que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa”.

Por Marcelo Percia. Texto extractado de Alejandra Pizarnik, maestra de psicoanálisis, que distribuye en estos días Alción Editora.

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