Janine Puget: “Hay que amigarse con los conflictos”

Es francesa pero hizo buena parte de su obra en la Argentina. Es autora de una importante elaboración teórica sobre terapias de pareja y familias. El sábado recibirá un doctorado Honoris Causa en la UBA. En diálogo con PáginaI12 ofrece su visión sobre pasado y presente, los vínculos y el futuro del psicoanálisis.

En su juventud, la prestigiosa psicoanalista francesa Janine Puget fue secretaria de Enrique Pichon-Rivière en una clínica de Buenos Aires. Todavía faltaba tiempo para que esta analista y médica (no se especializó en Psiquiatría) se convirtiera en una de las voces más lúcidas del psicoanálisis contemporáneo y en uno de los máximos referentes de la terapia vincular. “El tenía una clínica en la calle Copérnico que necesitaba una secretaria y entonces trabajé allí. Y lo de secretaria era especial porque había que recibir a los pacientes, hacer la historia clínica, traducir artículos del inglés, participar de los ateneos”, recuerda Puget, que hizo buena parte de su obra en la Argentina, aunque es motivo de consulta entre los investigadores de todo el mundo. “Además, los jóvenes médicos de ese momento eran amigos míos. Entonces, había un clima muy especial. Recién ahí decidí hacer una reválida de mi bachillerato porque soy francesa.” Antes que en su profesión, Pichon-Rivière influyó más en su manera de concebir la vida “por ese enfoque muy especial y muy amplio que él tenía”, recuerda Puget, quien el sábado recibirá el Premio Dr. Honoris Causa de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Previamente, mañana participará de unas jornadas profesionales (ver aparte).

Autora de numerosos libros como, por ejemplo, Lo vincular: clínica y técnica psicoanalítica (escrito a cuatro manos con Isidoro Berenstein) y Subjetivación discontinua y psicoanálisis. Incertidumbre y certezas (Lugar Editorial), Puget se especializó en terapias de grupo y luego de pareja y familias y creó una importante elaboración teórica al respecto. “Una preocupación que teníamos en aquel momento era que el psicoanálisis era individual. Era un dispositivo para gente económicamente pudiente. Y había toda una franja de personas que no podían tener acceso. Con personas muy interesantes teníamos un grupo de estudio para ver qué pasaba con los grupos; es decir, que accedieran más personas a la posibilidad terapéutica. De entrada me formé en el psicoanálisis individual y lo que en ese momento se llamaba ‘de grupo’ que, a lo largo de los años lo fuimos llamando ‘vincular’. Lo importante era descubrir que una persona que uno la veía sola no era la misma que cuando la veía en grupo. Y eso nos marcó”, explica Puget.

–Generalmente tiende a pensarse que en el pasado está el origen de todas las dificultades. En los vínculos humanos esto no es necesariamente así, ¿no?

–En aquel entonces hubiera dicho eso. Hoy en día, pienso que hay un pasado que descubrió Freud, que es muy importante y que tiene que ver con la vida actual, pero que hay un puro presente que crea pasado: no es el pasado que explica sino un pasado que amplía el presente. Entonces, me fui alejando de las teorías determinísticas que nos enseñó Freud en su momento, y creando dos lógicas heterólogas y superpuestas. Una que puede funcionar con la historia del pasado que explica el presente. Y otra, una historia de puro presente situacional que crea una relación, crea un hacer juntos con el otro, donde importa lo que va pasando. Crea novedad y abre al futuro y no necesariamente explica sino al revés: ayuda a percibir lo que es el efecto perturbador que implica estar con un otro.

 

–¿Por qué se produce inconsciente en el vínculo?

–Todavía yo no podría afirmar cuál es el estatus del inconsciente que se creó en el vínculo. Tiendo a pensar que el espacio entre dos, que para mí es fundante de cualquier vínculo, es un espacio infranqueable, irreducible. Sería como el flujo, la vida que despierta las ganas de ir estando con otros y ocupa para el vínculo el lugar que el inconsciente ocupa para el aparato psíquico individual. Es una postura un poco fuerte, pero sería un espacio intangible que hace que uno quiera estar pegado al otro y no puede, y que permanentemente es productor de una inquietud, que es lo dinamizante de la relación. Muchas veces, intentamos disminuir diciendo que lo diferente es semejante o es complementario. Es cuando una persona dice: “Sí, sí, yo lo entiendo porque también me pasa”. Ahí se interrumpió la fuerza creadora del vínculo porque no me puede pasar igual, puede pasarme algo semejante, pero no interesa sino que en ese momento, en vez de escuchar al otro, en cuanto otro, lo escucho “en lo que se parece mí”. Entonces, todo lo que tiene de diferente, de extranjeridad desaparece porque lo recubro con “lo que me pasó” o “me viene bien para completar mi idea”.

 

–¿El aburrimiento y los reproches son la fuente de los conflictos de la pareja?

–No, son el indicador del conflicto, no la fuente. Es que uno reprocha que el otro no sea como uno quiere, que la vida no sea como uno quiere, pero todo se reprocha: el tiempo, si hace frío porque hace frío y tendría que hacer calor; el calor si hace calor... Los reproches siempre se dirigen a algo que uno imagina que el otro debiera ser o como el mundo debiera ser, pero no es.

 

–¿Hasta dónde es posible trabajar lo vincular en una terapia individual?

–Hoy pienso que en terapia individual se usan las dos lógicas: la del aparato psíquico singular y la vincular porque el analista no es solamente objeto de transferencia sino que es sujeto del vínculo. Quiere decir que habla con otro que es el paciente. Entonces, tiene que administrar dos tipos de sus intervenciones. Unas que serían las tradicionales, como las explicaciones, ciertas acotaciones a nivel transferencial y contratransferencial, y otras que son intervenciones, palabra que hemos creado con Isidoro Berenstein: sería que el analista interfiere, no explica sino que interfiere con su pensamiento, su manera de pensar la vida. Crea en la sesión un espacio para pensar. No siempre es fácil porque el paciente no quiere saber qué piensa uno sino que uno se ocupe de él.

 

–¿Cuánto tiene de azaroso el motivo por el que dos personas se vinculan?

–Todo, pero es muy difícil aceptar que esos fenómenos de la vida que hacen que dos personas se atraigan y hasta imaginen un futuro juntos son absolutamente azarosos. Como es muy difícil de soportar esa elección azarosa (que ya no es elección) uno trata de explicar: “Es porque se parece a mi papá o a mi mamá” o “Tiene lo que yo no tengo”. Pero es tan difícil de aceptar lo incierto de una elección azarosa que se explica.

 

–¿Cree que la vida moderna transformó al matrimonio casi en una empresa, donde no sólo dos se aman sino que negocian?

–No sé si la vida moderna. Pienso que la vida de pareja es conflictiva, como cualquier relación y que, de acuerdo a las épocas, el conflicto se llama de diferentes maneras. Puede ser que hoy tenga mucho que ver con lo práctico, en relación con el capitalismo, la vida actual. Las parejas jóvenes actuales no se manejan de la misma manera, pero tampoco contraen un contrato para siempre. Van haciendo y van haciendo y no tienen ganas de decir que es para siempre. Personas muy jóvenes que yo conozco, hacen. Después sí, hay que distribuirse el trabajo. Hay una parte práctica de la convivencia que puede ser síntoma si la pareja se lleva mal, pero si se llevan bien, las cosas se hacen, no importa quién. Lo mismo para las familias. En una familia que está manejada por el amor, con mayúscula, las cosas se hacen. No se pregunta “¿Te toca?”, “¿No te toca?”, que eso sería el aspecto comercial de la relación.

 

–¿Qué cambios, en general, nota cuando la persona pasa de hablar del otro en terapia a hablar con el otro en terapia?

–Lo que tratamos en terapia es de hablar entre dos, pero la tendencia es a hablar “de él”, bien o mal, no importa. O hablar de sí mismo, pero conversar, dialogar es algo muy difícil teniendo en cuenta el uno y el otro y que no son lo mismo, que son diferentes y que siempre van a sorprender. ¿Por qué es tan difícil escuchar a otro? Teóricamente, los psicoanalistas saben escuchar. Mi comprobación es que no, que escuchan lo esperado y lo que imaginan que van a poder contestar. Pero escuchar algo que no coincide con lo que yo pensé cuesta mucho. Si usted observa gente dialogando (llamado “dialogando”), en general se escuchan a sí mismos y agregan un poco más: “Es como yo te dije”, “Es como yo sabía”. Pero escuchar genuinamente algo que uno no esperaba descoloca. Y a nadie le gusta que lo descoloquen.

 

–¿Los cambios socioeconómicos produjeron transformaciones en la constitución de las familias?

–Yo creo que sí. Produjeron diferencias e incrementaron el malestar y la dificultad para hacer algo con el otro, como ahogados por las dificultades diarias, sobre todo en clases menos pudientes, donde las exigencias de la vida nada más que para comer y darle de comer a los chicos son tales que, a veces, no tienen tiempo para estar juntos. Puede suceder que haya una pareja que convive hace tiempo, o una familia, y que recién cuando vienen a terapia descubren lo que es hablar entre los dos. Por ejemplo, van a un café y dicen que hablaron. Hablan todo el tiempo, pero de golpe descubren que estar un rato con el otro no es lo mismo que estar conviviendo todo el día. Pero en este momento y con las grandes dificultades económicas existentes para mucha gente en la sociedad, ¿quién se puede dar el lujo que es darse un rato para estar juntos? Se transforman en robots.

 

–¿Algo difícil de aceptar es que la familia implica obligaciones más allá del placer? Es decir, tener que cumplir ciertas pautas, más allá de las voluntades de cada uno...

–El problema de que lo sientan como obligación es un problema de la dinámica de la familia porque es cierto que todos necesitamos comer, lavarnos, que la ropa esté limpia, pero cuando se lo transforma en una obligación que cercena la vida familiar es que hay algo que no anda bien, porque si no, se hacen las cosas. No son todas placenteras, hay muchas de las cosas de la vida que uno hace porque hay que hacerlas, pero ¿yo tengo que justificar que como lo tuve que hacer estoy mal? No. Es decir, que el hacer no se transforme en una obligación penosa, del tipo “que la culpa la tiene la vida” o “la culpa tiene el otro que no lo hizo”. Una familia que funcione bien anímicamente, amorosamente, hace las cosas: “Dame que lo hago yo”. Si no, viene la división capitalista: “Te toca, no me toca”, “Te corresponde, no me corresponde”. Eso son infinitas dificultades.

 

–¿Es un avance que se haya modificado en las familias el lugar del saber, que no sólo los padres tienen el conocimiento y que los hijos no son tabula rasa?

–Yo creo que es un avance enorme, pero cuesta mucho aceptar que en una relación entre personas, no importa la edad ni el sexo, entre todos se aprende algo. Y a las generaciones viejas les cuesta mucho aceptar que los jóvenes saben más que ellos. Es de los jóvenes que tenemos que aprender porque saben cosas que nosotros no hemos aprendido.

 

–Cambiando un poco de tema, ¿su conocimiento sobre el terrorismo de Estado la llevó a formular la noción de “subjetividad social” o este concepto tiene que ver con traumas sociales anteriores?

–Hace mucho que me ocupo de la subjetividad social, casi desde mis comienzos. El país me ofreció la posibilidad de pensar distintos momentos difíciles referidos a las dictaduras. Tal vez mi pasado (yo soy francesa) también tuvo que ver en mi interés por lo social, pero en ese momento no tanto. Y durante el terrorismo de Estado he trabajado mucho en relación con los desaparecidos, la violencia de Estado y sus efectos durante varios años. Poco a poco, con un montón de gente pudimos ir escribiendo y haciendo pública nuestra manera de pensar sobre los efectos del terrorismo de Estado y las desapariciones. Y el mundo me da acceso a muchos temas de ese tipo.

 

–En el libro Subjetivación discontinua y psicoanálisis, usted se pregunta: “¿Qué harán las generaciones venideras con lo que el psicoanálisis no ha contemplado que hace a la subjetividad actual y contemporánea de los jóvenes, de las familias llamadas nuevas, de las parejas con sus organizaciones actuales?”. ¿Cuál podría ser hoy una respuesta a esto?

–La verdad es que me resulta difícil pensar, pero yo creo que el psicoanálisis, a medida que va pasando el tiempo, tiene que tener algunas hipótesis nuevas, algunos comportamientos de los analistas distintos a los anteriores, como para que tengamos un psicoanálisis que pueda ser pensado y adecuado para jóvenes que no piensan como uno. Ahí me centro en el estudio de las diferencias, lo que llamo “la diferencia radical”. No vamos a tener que ayudar solamente a los pacientes jóvenes a que vayan pensando sus conflictos sino que mi idea hoy en día es que hay que amigarse con los conflictos. Más que decirles que los vamos a resolver, como se pudo decir en la época de Freud, hoy en día sería amigarse con los conflictos. Claro que amigarse lleva un tiempo, pero que se transforme algo pesado en algo lúdico. Si uno ofrece un espacio para dialogar, para pensar juntos, los jóvenes acceden. Si es para decirles nosotros cómo tienen que pensar, el psicoanálisis muere.

 

Publicado enSociedad
Jueves, 26 Julio 2018 06:48

Neurociencia ficción

Neurociencia ficción

El autor interroga desde la retórica a lo que llama “neurociencia ficción”: un discurso que prolifera como abordaje de la subjetividad, una práctica clínica que articula la psicofarmacología con las terapias cognitivo-conductuales y una cosmovisión que se deriva de esa conjunción. El uso de objetos químicos (fármacos) y objetos léxicos.

¿Reprogramar el cerebro para perder el miedo al dolor, borrar nuestras conductas erróneas y regrabar sobre ellas las correctas?


Quisiera interrogar desde la retórica un discurso que hoy prolifera como abordaje de la subjetividad, práctica clínica que implica la psicofarmacología articulada a las TCC (Terapias Cognitivo Conductuales) y una cosmovisión que se deriva de esa conjunción. Tiene su faz de orden, cosmos, que la ciencia ficción anticipó como totalización del control de las vidas humanas a través del consumo de sustancias, y del consumo en general, incluido el de la palabra. Llamaré a ese discurso Neurociencia Ficción.


En Un mundo feliz (Huxley), a la droga para el control del deseo como objeción a un orden para todos se suma el consumo de un modo de la palabra: “Un estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos (…) pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada (…) a los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela. Pero sus métodos todavía son toscos y anticientíficos”. Requiere según Huxley una técnica más avanzada de sugestión, con mejores drogas y una eugenesia para producir humanos estandarizados. Total actualidad.


En 1890, a Freud aún le entusiasma la sugestión como panacea: “las «meras» palabras del médico” pueden curar los síntomas. Esas palabras son “ensalmos desvaídos. Pero será preciso emprender un largo rodeo para hacer comprensible el modo en que la ciencia consigue devolver a la palabra una parte de su prístino poder ensalmador”. Luego Freud, conducido por otra ética de los poderes de la palabra, funda el psicoanálisis. Que no es una cosmovisión. Y es un desarrollo sobre la sugestión: implica un funcionamiento inverso de los mismos elementos. El psicoanalista, sometido a la palabra del paciente, sitúa los efectos hipnóticos de la palabra del Otro. En sus síntomas, actos fallidos, sueños, el que se analiza despliega cómo algo habla en él sin que antes pudiera saberlo y lo comanda. El analista opera con la palabra (la interpretación) para que no se consolide ese sitio enaltecido, de líder o hipnotizador, en que es paradójicamente ubicado, haciendo oír los efectos sugestivos de la palabra para ponerlos en cuestión, de modo que su palabra no sea de saber ni de autoridad.


El nombre Neurociencia Ficción alude tanto a su pretendida relación a la ciencia del cerebro como al género literario que engendra: no la ciencia ficción sino una ficción sobre la neurociencia. No acerca de ella sino apoyada en sus términos, su retórica científica.


La Ciencia ocupa hoy un lugar de creencia, estructurante de una cosmovisión, idea de un orden de las cosas que da certidumbres. Los términos de la Ciencia decoran textos que, apoyándose en ellos, se vuelven creíbles para el público, por esa retórica que llevan como marca de origen y les da una pátina de verdad.


La Neurociencia Ficción, además de objetos químicos, fármacos, se sirve de objetos léxicos, palabras que circulan en prospectos, notas, congresos, libros, objetos de un discurso que se sostiene en los aparatos de legitimación tanto como en las exclusiones que lo fundan (Foucault). ¿Es la exclusión del psicoanálisis necesaria para el sostén del discurso de esta Neurociencia?


La proliferación de textos que en los mass media se apuntalan en la Ciencia sostiene ese discurso, cuyos términos médico científicos e informáticos legitiman el discurso de la tecnociencia. Retórica eficaz: sus usuarios no exigen ni practican experimentación científica antes de someterse a una reprogramación cerebral o a un tratamiento psicofarmacológico. Confían en la legitimidad de la técnica que se sostiene en los términos de autoridad que comandan un discurso.


Eduardo Keegan, teórico de las TCC, en Escritos de psicoterapia cognitiva alude al poder persuasivo de lo científico: “El discurso de la Modernidad precluye la apelación a lo sobrenatural; a partir de esto, el adjetivo científico es condición indispensable para que una práctica o una teoría logren credibilidad”. No es lo mismo adjetivo “científico” que fundamento científico. Se alude a la retórica, al valor persuasivo de la palabra.


En las TCC esa retórica es incluida en el tratamiento: el paciente es invitado a corroborar o descartar como hipótesis sus ideas compulsivas, a llevar registros de sus cogniciones, estados de ánimo, mejoras o recaídas, para evaluar empírica y objetivamente el proceso. Mientras el supuesto control del paciente pareciera descartar el factor subjetivo de quien conduce la terapia, los términos científicos pasan desapercibidos en su eficacia sugestiva.


Se dice en los mass media que la felicidad está determinada por la ingesta de azúcares, que las relaciones sexuales por la mañana mejoran la salud, que el vino es bueno para el corazón, y luego que es malo. Alimentos, costumbres, sexo, se convierten en fármacos, remedio y tóxico. Deben ser incorporados en dosis adecuadas. Una nota (Clarín, 2008) titulaba: “Prueban que beber mucha agua no es tan beneficioso. Los 8 vasos diarios que se recomendaban no tienen un serio respaldo científico”. En la nota leemos que tampoco tiene respaldo la probada novedad, cuestionada por un médico local. Pero entretanto se habló de respaldo científico, dosis, investigaciones, universidades… liturgia científica que sostiene la creencia. Tomar agua se transmuta en ingerir “8 vasos diarios”, una dosis, transformándose por la magia del discurso en medicamento, objeto que participa de creencias consagradas.


El lenguaje de la ciencia y la informática convergen en esta nota (La Nación, 2017): “Reprogramar el cerebro de Juan Martín del Potro: la llamativa propuesta de un gurú de la neurociencia”. Técnicas de “visualización”, reaprendizaje del revés, aparatos que emiten sonidos que afianzan como campanilla de Pavlov la reprogramación: conductismo y lenguaje informático que informan la práctica neurocientífica y las TCC. “Suena a ciencia ficción, pero no lo es”, aclara el autor que entrevistó al gurú. A la autoridad del experto en biomecánica, el término “gurú” le agrega el sesgo hinduista de maestro espiritual.


“Resetear” su cerebro es la solución para los problemas del tenista, que “necesita recuperar la fe en su revés a dos manos”, dice el gurú. “Lo que quiero proponerle es simple: una reprogramación neuromotriz que le diga a su cerebro que ya puede volver a pegar su revés”. Aparatos y términos científicos pero en el fondo una cuestión de fe. La “reprogramación neuromotriz” le diría a “su cerebro que ya puede volver a pegar su revés”. Personificación mediante (¡retórica!) es la “reprogramación neuromotriz”, tan encumbrada y digna de fe la que daría una orden a su cerebro. El deportista imagina “los errores para desgrabarlos y ver mentalmente el golpe correcto para regrabarlo”. Términos científicos, informáticos, un organismo máquina, ordenador ordenado. El autor se alarma: “Grabar y desgrabar” es “casi inquietante, porque [el gurú] está hablando del cerebro de una persona.” Pero ¿se trata de un paciente en la reprogramación del golpe del tenista? ¿Se trata de prácticas que buscarían la salud o entraríamos al mero terreno de la programación de mentes?


En la hipnosis aplicada al tratamiento médico (viajamos al Buenos Aires de 1890) la salud está presente, “el noble sentimiento humanitario de hacer bien” incluso, tal como dice un médico argentino en La sugestión en terapéutica (1892), donde a los objetivos agrega “aliviar los sufrimientos del paciente, ya con el objeto de desarrollarle alguna facultad, como sucede con ciertos niños de poca actividad intelectual á quienes se les puede desarrollar la memoria y la aplicación al estudio por las sucesivas sugestiones. De la misma manera puede hacerse con los viciosos é indisciplinados pudiendo corregírseles por la sugestion hipnótica”. La salud no es lo único. Conducta, moral y productividad forman parte del horizonte de la práctica.


Encontramos el fundamento moral en las órdenes sugestivas que el médico da a sus pacientes, donde si se intenta curar el síntoma, su ética podría engendrar lo contrario, instalando un nuevo amo, al que el deseo vía el síntoma intenta resistir. Un ejemplo tomado de esa tesis: 1890: Hospital Sifilicomio: paciente con crisis histéricas, ovarialgias. Dice el médico: “le sugiero no tener durante esta semana ningun acceso.” (…) “el lúnes ocho, tuvo un acceso que le duró cuatro minutos; la consecuencia [causa] de ello, fue el haber recibido una noticia desagradable (habían llevado á la Penitenciaria á una persona muy querida de ella) (…) la desperté y se puso á llorar como una criatura: en seguida la hago dormir, le sugiero que se quede durmiendo durante diez minutos, y despues se despierte contenta y alegre; obedeciendo á esta sugestion. En este mismo dia á las 5 p. m., la hago dormir, le sugiero que no tenga mas ataques. (…) Dia11 (…) Le agrego además que ya estaba completamente sana y que hiciera una vida mas moral, pues la que llevaba no le convenia.” (…) “Despues he sabido que no le han repetido los ataques, y lo mas particular del caso es que salió de la vida en que se hallaba, reduciéndose á pasar una mas pobre, pero mas honesta y honrada”. Obedeciendo a la autoridad médica logra reemplazar unas prácticas a las que por inmorales se les supone poder patógeno, por otras cuyo sustento es la idea de moral del médico, representante del poder científico y social, de la cual se espera la cura: adaptación a las costumbres que el médico representa, fusión con sus creencias.


Nada muy diferente se puede esperar hoy de los reaprendizajes neuro-cognitivo-conductuales. Su retórica alambicada con los términos de la tecnociencia actual puede afianzar el dominio sobre los cuerpos, acorde a las necesidades actuales de esa tecnociencia en su unión con el mercado: optimización del recurso humano.


Respecto de los términos usados en las notas periodísticas (dosis, etc.) que provienen de la medicina destaco también lo que tiene la receta de imperativo: la orden y el orden. La dosis de 8 vasos de agua ordena la ingesta que hidrata, pero también obliga a beber. Los pasos a seguir por el deportista organizan los pasos del “reseteo” y ordenan a regrabar. Implican la obediencia. ¿Maestro, me da la receta? ¿Doctor, me hace la receta, la orden? Las recetas de cocina, como señaló Todorov en Los géneros del discurso, son órdenes. Ponga sal y pimienta, coloque en la olla, cocine a fuego lento, destape, sirva. Hay en los términos tomados de la medicina esos dos poderes: de la Ciencia y del modo imperativo de la receta, dos gotas cada dos horas.


El público ama los tips. ¿Quién no oyó mencionar como ventaja comparativa de una terapia que provea tips, consejos prácticos que pueden aplicarse y evaluarse objetivamente? Los tips en las revistas comparten el modo imperativo: dé a sus hijos ejemplos claros, ofrezca alimentos de diversos colores, no establezca penitencias difíciles de hacer cumplir... Infantilizan al interlocutor, contraparte crédula y obediente de un diálogo de poder.


La incorporación de los poderes simbólicos de un objeto sigue vigente desde el banquete totémico dotando al remedio de un carácter especial, pastillas o líquidos que se transmutan por intercesión del oficiante en otra cosa. Tips, consejos o psicoeducaciones se convierten, sostenidos en la Neurociencia Ficción, en órdenes que por la oreja se incorporan y disponen al cuerpo a una entrega que se espera pacificadora por la promesa de fusión con el Otro social, inmersión que ilusiona con una feliz adaptación. “Inadaptado” es uno de los temidos insultos que sostienen la práctica aggiornada que se propone como propia del sistema. O excluido: lo más abyecto en la retórica de dominio, eso que hay que evitar a cualquier costo, aunque sea el de la salud, si la entendemos como la que proviene del tratamiento del síntoma para dar otro cauce al deseo, porque esa salud puede sacrificarse en el altar de la inclusión en los significantes amos del sistema, los términos que rigen un discurso que dice que, como en The Truman Show, nada hay por fuera de él.

Por Santiago Rebasa, psicoanalista.

Bastardos sin gloria –a la colombiana–


Cada vez es más manifiesto el manejo estructurado del poder en Colombia. Ejemplo de ello es la acción de los grupos policiales, integrada en gran porcentaje por jóvenes, algunos casi infantes, que protagonizan de manera rutinaria hechos de violencia contra la población civil, que de manera pacífica sale a expresar su inconformidad con la vida cotidiana que le toca sobrellevar.

Como lo han vivido cientos de personas que han sufrido el embate de quienes dicen estar formados para protegerlos –quedando marcados en sus cuerpos por los golpes, patadas, disparos, gases, etcétera, que recibieron; las decenas de muertos que han producido las denuncias con su grito silenciado–, es evidente que en el actuar de estos cuerpos violentos algo anda mal, o mejor, en su actuar queda el sello del poder, al servicio del cual actúan y por el cual son formados para intervenir violentamente, precisamente como proceden en todo sitio donde llegan. Otros miles de miles que también los han visto actuar dan fe de ello.

Precisamente por todo esto es pertinente el interrogante, ¿cómo selecciona y forma su personal la institución policial?

Para la selección de los futuros integrantes de estos grupos, hay dos condiciones iniciales: una, desde la perspectiva de la institución policial o militar –que en nuestro caso son casi lo mismo por la militarización sufrida por la Policía: identificar en el entrevistado el carácter requerido para afrontar un “entrenamiento” adecuado para convertirlo en agente u oficial con actitud para oprimir, negar, violentar; dos, adjunta precisamente a lo ya dicho, contar con un síntoma de disfuincionalidad social que lo dispone para el actuar violento; con vocación de poder de parte del aspirante, la cual lo predispone, a la par de su búsqueda de trabajo para ganar un salario fijo, a violentar, a hacer sentir su poder a quien muy seguramente es un igual a él, pero que una vez enfrentado lo ve como su enemigo, y así lo trata.

Todo una contradicción: un pobre, un negado, rompiéndole el “alma” a otro negado, a otro pobre, a uno que precisamente sale a demandar vida digna para todos, incluido su agresor.

Comprender las posibles causas de este síntoma de enfermedad social (los protectores convertidos en agresores), da ideas de cómo reparar y trabajar en cambiar esas causas, y generar circunstancias que propicien ese cambio. En la búsqueda de tal entendimiento, puede especularse un poco acerca de las diferentes estrategias incluidas en la formación de los (mal)llamados cuerpos de seguridad –de todo tipo y nivel–.

Aconductando

Es conocida la existencia de diferentes procedimientos psicológicos de condicionamiento, desensibilización, que en cierto tipo de individuos –generalmente personas carentes de patrones éticos muy internalizados y con profundas carencias emocionales–, pueden generar patrones de agresividad y falta de empatía. Para comprender mejor esto, puede analizarse la constitución interna de las respuestas biológicas, psicológicas y sociales que constituyen la naturaleza humana.

La expresión de poder más primaria y que termina incluso subyugando al conocimiento, es la fuerza, la agresión.

Compartimos esta naturaleza de instinto con el reino animal. Fuerzas primarias que con el condicionamiento apropiado se manifiestan, actualizan y pueden llegar a formar parte del comportamiento rutinario, más aun si a posteriori son premiadas con un refuerzo significativo, en moneda emocional, de reconocimiento y supremacía sobre otro grupo de individuos.

En cuanto al componente psíquico, por lo general historias familiares de maltrato físico, sexual y psicológico, están presentes en la vida de los que posteriormente incurren en acciones de violencia o llegan con relativa facilidad a estados de dehumanización. Cuando la agresividad está por encima de la racionalidad y se desborda en categorías de violencia y maltrato, entra en status de patología.

En este proyección, la referencia de cuáles deben ser las características socio económicas y psicológicas de los aspirantes es muy importante, porque no todo grupo o individuo puede ser moldeado o condicionado con un nuevo sistema de valores. Una historia de miedo, abandono, dolor o frustración ante el poder de otros, es muy factible en el perfil requerido, para formar nuevos patrones de comportamiento orientados a ese ejercicio de poder instintivo y brutal que caracteriza a los actuales policías.

Sin la historia de indefensión y maltrato por años, es menos probable la alienación con ideas y comportamientos éticamente reprochables por el propio individuo, y la sanción social todavía genera malestar; cosa que parece ausente en los funcionarios policiales, que sin temor a ser expuestos públicamente en redes sociales, golpean, maltratan y violan los derechos humanos de sus “enemigos”, que ya como sociedad se han establecido en consenso.

Victimarios, víctimas. La otra cara de esta triste realidad muestra como la misma población que tanta privación, violencia y sufrimiento ha vivido históricamente en Colombia, queda definida en una de las dos opciones posibles: seguir luchando por la justicia social y exponerse incluso a la muerte, o aliarse a los dueños del poder para saborear la sensación de fuerza y no de fragilidad. Razón que le hace ver al otro con enojo porque ve su propio reflejo, esa persona débil y violentada que ya no quiere ser.

Un actuar sin límite. El potencial de la conducta psicopática o limítrofe está presente para que se produzca una desconexión empática donde el dolor del otro se torna indiferente y la satisfacción en la demostración de poder ofrece una gratificación emocional que lo impulsa a repetir tal comportamiento.

Deben existir, entonces, factores previos que propician el actuar violento y opresivo, pero aunado a ello el entrenamiento estratégico para desensibilizar al futuro agresor, tiene una estructura sistemática.

Es por ello que no puede hacerse un análisis real de los integrantes de cuerpos violentos como el Esmad, desde un solo enfoque dejando de lado la constitución humana como ser bio-psico-social e incluso espiritual. Ningún hecho está, en ninguna circunstancia, aislado de las realidades biológicas, psicológicas o sociales, donde están inmersos los que en él participan y el caso de los policías, en todas sus graduaciones, es manifestación clara de ello.

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Bastardos sin gloria –a la colombiana–


Cada vez es más manifiesto el manejo estructurado del poder en Colombia. Ejemplo de ello es la acción de los grupos policiales, integrada en gran porcentaje por jóvenes, algunos casi infantes, que protagonizan de manera rutinaria hechos de violencia contra la población civil, que de manera pacífica sale a expresar su inconformidad con la vida cotidiana que le toca sobrellevar.

Como lo han vivido cientos de personas que han sufrido el embate de quienes dicen estar formados para protegerlos –quedando marcados en sus cuerpos por los golpes, patadas, disparos, gases, etcétera, que recibieron; las decenas de muertos que han producido las denuncias con su grito silenciado–, es evidente que en el actuar de estos cuerpos violentos algo anda mal, o mejor, en su actuar queda el sello del poder, al servicio del cual actúan y por el cual son formados para intervenir violentamente, precisamente como proceden en todo sitio donde llegan. Otros miles de miles que también los han visto actuar dan fe de ello.

Precisamente por todo esto es pertinente el interrogante, ¿cómo selecciona y forma su personal la institución policial?

Para la selección de los futuros integrantes de estos grupos, hay dos condiciones iniciales: una, desde la perspectiva de la institución policial o militar –que en nuestro caso son casi lo mismo por la militarización sufrida por la Policía: identificar en el entrevistado el carácter requerido para afrontar un “entrenamiento” adecuado para convertirlo en agente u oficial con actitud para oprimir, negar, violentar; dos, adjunta precisamente a lo ya dicho, contar con un síntoma de disfuincionalidad social que lo dispone para el actuar violento; con vocación de poder de parte del aspirante, la cual lo predispone, a la par de su búsqueda de trabajo para ganar un salario fijo, a violentar, a hacer sentir su poder a quien muy seguramente es un igual a él, pero que una vez enfrentado lo ve como su enemigo, y así lo trata.

Todo una contradicción: un pobre, un negado, rompiéndole el “alma” a otro negado, a otro pobre, a uno que precisamente sale a demandar vida digna para todos, incluido su agresor.

Comprender las posibles causas de este síntoma de enfermedad social (los protectores convertidos en agresores), da ideas de cómo reparar y trabajar en cambiar esas causas, y generar circunstancias que propicien ese cambio. En la búsqueda de tal entendimiento, puede especularse un poco acerca de las diferentes estrategias incluidas en la formación de los (mal)llamados cuerpos de seguridad –de todo tipo y nivel–.

Aconductando

Es conocida la existencia de diferentes procedimientos psicológicos de condicionamiento, desensibilización, que en cierto tipo de individuos –generalmente personas carentes de patrones éticos muy internalizados y con profundas carencias emocionales–, pueden generar patrones de agresividad y falta de empatía. Para comprender mejor esto, puede analizarse la constitución interna de las respuestas biológicas, psicológicas y sociales que constituyen la naturaleza humana.

La expresión de poder más primaria y que termina incluso subyugando al conocimiento, es la fuerza, la agresión.

Compartimos esta naturaleza de instinto con el reino animal. Fuerzas primarias que con el condicionamiento apropiado se manifiestan, actualizan y pueden llegar a formar parte del comportamiento rutinario, más aun si a posteriori son premiadas con un refuerzo significativo, en moneda emocional, de reconocimiento y supremacía sobre otro grupo de individuos.

En cuanto al componente psíquico, por lo general historias familiares de maltrato físico, sexual y psicológico, están presentes en la vida de los que posteriormente incurren en acciones de violencia o llegan con relativa facilidad a estados de dehumanización. Cuando la agresividad está por encima de la racionalidad y se desborda en categorías de violencia y maltrato, entra en status de patología.

En este proyección, la referencia de cuáles deben ser las características socio económicas y psicológicas de los aspirantes es muy importante, porque no todo grupo o individuo puede ser moldeado o condicionado con un nuevo sistema de valores. Una historia de miedo, abandono, dolor o frustración ante el poder de otros, es muy factible en el perfil requerido, para formar nuevos patrones de comportamiento orientados a ese ejercicio de poder instintivo y brutal que caracteriza a los actuales policías.

Sin la historia de indefensión y maltrato por años, es menos probable la alienación con ideas y comportamientos éticamente reprochables por el propio individuo, y la sanción social todavía genera malestar; cosa que parece ausente en los funcionarios policiales, que sin temor a ser expuestos públicamente en redes sociales, golpean, maltratan y violan los derechos humanos de sus “enemigos”, que ya como sociedad se han establecido en consenso.

Victimarios, víctimas. La otra cara de esta triste realidad muestra como la misma población que tanta privación, violencia y sufrimiento ha vivido históricamente en Colombia, queda definida en una de las dos opciones posibles: seguir luchando por la justicia social y exponerse incluso a la muerte, o aliarse a los dueños del poder para saborear la sensación de fuerza y no de fragilidad. Razón que le hace ver al otro con enojo porque ve su propio reflejo, esa persona débil y violentada que ya no quiere ser.

Un actuar sin límite. El potencial de la conducta psicopática o limítrofe está presente para que se produzca una desconexión empática donde el dolor del otro se torna indiferente y la satisfacción en la demostración de poder ofrece una gratificación emocional que lo impulsa a repetir tal comportamiento.

Deben existir, entonces, factores previos que propician el actuar violento y opresivo, pero aunado a ello el entrenamiento estratégico para desensibilizar al futuro agresor, tiene una estructura sistemática.

Es por ello que no puede hacerse un análisis real de los integrantes de cuerpos violentos como el Esmad, desde un solo enfoque dejando de lado la constitución humana como ser bio-psico-social e incluso espiritual. Ningún hecho está, en ninguna circunstancia, aislado de las realidades biológicas, psicológicas o sociales, donde están inmersos los que en él participan y el caso de los policías, en todas sus graduaciones, es manifestación clara de ello.

Publicado enEdición Nº243
Lunes, 18 Septiembre 2017 06:22

¿Qué es la lógica epistémica?

¿Qué es la lógica epistémica?

La lógica epistémica forma parte de las lógicas no clásicas, se encuentra estrechamente relacionada con la lógica modal y multimodal, y la suya es una semántica de mundos posibles.



¿Qué significa que el conocimiento sea susceptible de un estudio formal? Esta puede ser considerada como la puerta de acceso a la lógica epistémica. Pues bien, una respuesta plausible es que “conocimiento” e incluso “creencia” pueden ser explicados en términos inmensamente mejores que simplemente decir: el conocimiento consiste en el trabajo y las relaciones entre ideas, conceptos, categorías, juicios, argumentos, nociones y palabras acerca del mundo y de la realidad; más o menos. Que es lo que de manera tradicional afirmaron filósofos y psicólogos, principalmente.


El conocimiento es susceptible de ser explicado en términos de una lógica. Y la lógica no forma ya parte de la filosofía; particularmente después del surgimiento de la lógica formal clásica (también conocida como lógica simbólica, lógica matemática, lógica proposicional o lógica de predicados). La lógica, uno de los capítulos excelsos del pensar abstracto, conjuntamente con las matemáticas, la filosofía, la física pura o la química teórica. Hoy, en un mundo eminentemente práctico y pragmático.


La lógica epistémica forma parte de las lógicas no clásicas, se encuentra estrechamente relacionada con la lógica modal y multimodal, y la suya es una semántica de mundos posibles. Es posible comprenderla de manera negativa de la siguiente manera: tiene como finalidad una crítica de la lógica omnisciente; que es la lógica de la humanidad occidental, desde siempre, hasta la ciencia normal predominante. Sencillamente, los seres humanos no conocen todas las consecuencias lógicas de sus conocimientos o creencias.


En pocas palabras, cuando las situaciones pueden ser consideradas como originándose a partir de la presencia o ausencia de conocimiento, hablamos entonces de alternativas epistémicas.


En este plano, dos ejes principales son la elucidación del conocimiento individual y, mucho más significativo, la comprensión del conocimiento social o colectivo. Un asunto de la mayor complejidad para la inmensa mayoría de ciencias y disciplinas. Para lo cual la lógica epistémica distingue entre el conocimiento implícito, el distribuido y el común.
Desde luego que la lógica epistémica tiene una prehistoria y una historia. De aquella forman parte figuras como Aristóteles, Buridano, Duns Scoto y G. De Ockham. Sin embargo, en cualquier caso, la lógica epistémica puede decirse que nace en 1962 a raíz de un libro ya clásico y fundamental de J. Hintikka: Knowledge and Belief: An Introduction to the Logic of Two Notions (otro de esos libros esenciales que nunca fueron traducidos al español).


Si hay un área destacada de trabajo en lógica epistémica actualmente es el de las ciencias de la computación. Para lo cual basta con remontarse al trabajo pionero de A. Turing: ¿es posible distinguir claramente la inteligencia humana de la inteligencia artificial? La respuesta es cada vez menos evidente. El más radical de los estudiosos al respecto es R. Kurzweil, alguien que pone nerviosos a los conservadores y humanistas de la vieja guardia. (Kurzweil llega tan lejos que ya le puso una fecha a la respuesta: 2019, la fecha cuando será imposible distinguir entre inteligencia humana e inteligencia artificial).


Subrayemos esto: la asunción básica de la lógica epistémica es la de que en materia de conocimientos o de creencias es posible dividir el conjunto de mundos en dos, así: aquellos mundos que son compatibles con el asunto en cuestión, y aquellos que no lo son. Al respecto baste con un reconocimiento explícito: en ciencia conocer es conocer acerca del futuro.


(Digamos entre paréntesis que existe una fuerte implicación recíproca entre la lógica de las opiniones y creencias —técnicamente llamada como lógica doxástica—, y la lógica epistémica: la lógica del conocimiento. Sencillamente, la lógica doxástica es más débil —o está incluida— dentro de las lógica del conocimiento. Las creencias son más frágiles que los conocimientos).


La epistemología clásica se define a partir de un reto: resolver los ataques del escepticismo. (No existe una lógica del escepticismo, así como tampoco existe una cultura de la muerte; hablar así es lo que sucede cuando el lenguaje está de vacaciones). Acorde a los desarrollos más recientes de la investigación, de otra parte, el interés se centra cada vez más en el modelamiento de las dinámicas que implican conocimientos y creencias. Este plano desborda el ámbito estrictamente humano y se extiende en general a todos aquellos agentes —animales, bacterias, sistemas artificiales, robots, etc.—, que exhiben claramente rasgos y estados cognitivos. El tema se torna magníficamente más complejo en este segundo plano.


Pues bien, es posible sostener que la lógica epistémica inaugura un camino novedoso —o bien, para los escépticos, se integra en las vías que hacen de lo siguiente un asunto mayor—, a saber: comprender la racionalidad de los procesos de investigación. Así, por ejemplo, la resolución de problemas; el trabajo con escenarios múltiples, muchas veces muchos de ellos disyuntos; la importancia de la intuición, la creatividad, la imaginación o la espontaneidad; en fin, la importancia del juego y el azar, por ejemplo. Todos los cuales implican y están atravesados por estados de creencias o de conocimiento.


Dicho de manera breve, hoy por hoy es imposible un estudio de la epistemología al margen de la lógica epistémica. Supuesto que se trabaja en las fronteras del conocimiento.
Para los sistemas vivos el mundo está configurado en correspondencia con los estados mentales —imágenes, mapas, asociaciones, y demás— de que son capaces los sistemas vivos. Dicho brevemente, mientras que la lógica formal clásica es una lógica eminentemente antropocéntrica y antropomórfica, la lógica epistémica admite que el problema no se agota ni se reduce a los seres humanos. Sólo que constituyen un ejemplo conspicuo de creencias y conocimientos.

La salud mental y los medios de comunicación

Los medios, advierte la autora, están patologizando la cultura. Sus prácticas fomentan la creencia de la existencia de un enemigo, lo que provoca sentimientos persecutorios, inhibiciones y la ruptura de lazos sociales, que a su vez funcionan como desencadenantes de enfermedad psíquica al despertar lo traumático.

 

 

Resulta acuciante considerar lo que se plantea como una amenaza para la sociedad: los medios de comunicación están patologizando la cultura, generando diversas formas de malestar, como sentimientos negativos, inhibiciones y la ruptura de lazos sociales, al alimentar la intolerancia, la segregación y el aislamiento. Dado que el amarillismo vende, aumenta puntos de rating, en forma desmedida e insistente se emiten mensajes agresivos, hostiles, que incrementan miedo, angustia, terror y odio. Los noticieros y los programas de “información” producen relatos falsos y teorías conspirativas, no comprobadas, de sospecha y complot. Esta práctica va dando sustento a la creencia en la existencia de un enemigo, lo que provoca sentimientos persecutorios e instala los afectos antes señalados, que van a funcionar como desencadenantes de enfermedad psíquica al despertar lo traumático, según la ecuación de las series complementarias establecida por Freud en 1915.

 

Gran parte del espacio público ocupado por los medios de comunicación se transformó en la sede del odio y la agresión entre las personas. El prójimo es atacado, concebido como a un enemigo o un objeto hostil al que se lo puede humillar, degradar, maltratar, etc. Se produce un efecto de identificación entre los espectadores que conduce a una cultura transformada en un campo minado por la violencia y el odio en sus variadas expresiones. Para Hanna Arendt, “el mal” asume variadas formas en la cultura, una de ellas es hablar desde la perspectiva del odio y la agresividad. Ambos afectos son destituyentes de los vínculos sociales, lo que redunda en que atenten contra la salud de un pueblo. El derecho a la libre expresión en ocasiones se confunde con la libertad de agresión verbal o de odio en la escena pública. La agresión, tal como lo estableció Freud, es la manifestación de la pulsión de muerte dirigida al exterior. Cuando dicha pulsión está poco acompañada por su par opuesto, Eros, opera de forma disolvente en el registro cultural, pues conspira y atenta contra lo común. Se presenta como una irrupción violenta, desregulada, sin medida, y tiende a la ruptura, a la disolución de los lazos entre los seres hablantes, y, en definitiva, a la desintegración del sistema social en general.

 

Los medios de comunicación desempeñan un rol crucial, configuran la realidad y operan sobre las subjetividades manipulando significaciones. Producen e imponen sentidos y saberes que funcionan como verdades y que, por efecto identificatorio, se transforman en comunes formando la opinión pública. Los medios de comunicación de masas, llamados el cuarto poder, fueron instalándose falazmente como garantes de “La Verdad”. La creencia en una supuesta realidad objetiva y exterior que un sujeto puede representar es una concepción moderna que coincide con el surgimiento de la ciencia. En la posmodernidad sabemos que la realidad es una producción subjetiva, que no es exterior, objetiva y ajena al agente que la produce. El concepto de realidad psíquica inventado por Freud, fantasmática, ficcional y subjetiva, fue crucial para dar ese salto epistemológico. Sin embargo y en contra de ello, en la actualidad se mantiene el prejuicio y la creencia de que los medios registran de manera objetiva una supuesta realidad exterior, que se representa en forma transparente y puede ser fielmente registrada, filmada. Las facultades cognitivas, la argumentación racional, resultan insuficientes para justificar el dispositivo de instalación de estas creencias que funcionan al modo de certezas. ¿Cuál es el mecanismo psíquico y social que da cuenta de la captura que producen los medios de comunicación de masas? ¿En qué radica la fascinación de un poder que determina identificaciones, elecciones y hechiza? ¿Por qué las personas cumplen órdenes y se subordinan a distintos mandatos, independientemente de sus contenidos?

 

Según los planteos de Freud, las relaciones sociales se rigen y normativizan con la instauración de un operador simbólico denominado Ideal del yo. El individuo de la cultura de masas ubica a los medios de comunicación en el lugar este Ideal, lo que produce una hipnosis adormecedora en la que el sujeto se transforma en un espectador pasivo, cautivo, y que, tomado como objeto, se somete de manera inconsciente a los mensajes e imágenes que se le ofrecen. Esta concepción cuestiona la supuesta libertad de elección de las personas pues al operar esta captura, los mensajes que emiten los medios terminan imponiéndose, condicionando opiniones, valores e identificaciones, lo que redunda en una manipulación sobre la subjetividad, que lleva a la enfermedad psíquica. Frente a este panorama, surgen interrogantes: ¿dónde quedan las categorías de verdad, decisión racional y autonomía del sujeto para filtrar y administrar la información y los afectos que éstas instalan? ¿Quién se hace responsable de los efectos patológicos que se constatan en la subjetividad y en los lazos sociales?

 

Responder a estas cuestiones resulta indispensable para una concepción democrática que debe incluir no sólo la lógica de las instituciones y de la división de poderes, sino también un debate plural, que nunca se agote ni cancele, entre los distintos actores sociales involucrados. Resulta altamente saludable que se escuchen pluralidad de voces, evitando la monopolización de la palabra y la instalación de un discurso único, asegurando que los mensajes sean transmitidos libremente pero garantizando el derecho que tienen los ciudadanos a que la información sea veraz, vertida de manera responsable y racional.

 

Ante la constatación de la patología que producen los medios de comunicación y con el objetivo de proteger la salud de la población, resulta necesario atender los efectos negativos que ellos producen. No se trata aquí de una práctica de censura ni de un planteo de tipo moral, sino de asumir una decisión responsable fundamental a favor de preservar la salud psíquica de la comunidad.

 

El Estado, sus representantes e instituciones, deben encarnar una función simbólica, de contención y pacificación a nivel individual y social, capaz de garantizar el bien común, la disminución de la violencia y de la hostilidad en los lazos sociales.

 

 

* Psicoanalista (UBA). Magister en Ciencias Políticas (Idaes).

 

 

Publicado enSociedad
Lunes, 11 Enero 2016 06:49

Explosión de cine

Explosión de cine

La octava maravilla de Quentin Tarantino parece colocarse a la altura de las expectativas de los cultores, y no son pocos los que aseguran que se trata de la mejor película que el director ha filmado hasta el momento. Tampoco faltan los detractores que la señalan como un entretenimiento pueril, vacío, o como un exabrupto de violencia gratuita.

 

Ignoro si en el largo plazo será algo favorable o desfavorable para la industria y para el mismo cineasta, pero lo que sucedió es que esta película se filtró a la web casi simultáneamente a su estreno internacional en una calidad aceptable, por lo que estuvo siendo compartida por una enorme cantidad de internautas. Lo que las compañías reparten como screeners –copias previas al estreno, generalmente distribuidas para jurados, miembros de la academia y prensa– tuvieron la gracia de dar con un solidario pirata que decidió expropiar y socializar el material, obteniendo inmediatamente centenares de miles de interesados.

La película ya había ganado dos premios de la Asociación de Críticos Norteamericanos, por lo que varios de sus screeners habían pasado por unas cuantas manos. Por lo pronto, los hermanos Weinstein, productores de la compañía Miramax, pusieron el grito en el cielo, y existe una investigación en curso para dar con el corsario responsable, llevada adelante por el mismo Fbi.

Lo cierto es que por ahora la taquilla no le viene siendo demasiado favorable a la película. Si bien recaudó 16,2 millones de dólares en su primer fin de semana, y se trata de una cifra nada desdeñable, desde 1997 (año del estreno de Jackie Brown) no sucedía que una película de Tarantino obtuviese una recaudación tan baja. Falta esperar y ver cómo funciona el boca a boca y si las cifras se remontan en estas semanas venideras.

Pero las cosas hace rato venían mal para Tarantino; ya a comienzos de 2014 se había filtrado a la web una primera versión de su guión, lo que le provocó un enojo mayúsculo que lo llevó a renunciar públicamente al proyecto, y al que sólo volvió convencido gracias a la insistencia de varios de sus colegas, incluido el actor Samuel L Jackson. Luego, su decisión de estrenar la película en 70 milímetros (formato de mayor resolución, pero que la gran mayoría de las salas no tiene los proyectores para pasarlo) acotó sustancialmente sus posibilidades de estreno, pero además tuvo la mala idea de pretender proyectar su película con pocos días de diferencia respecto de la última Star Wars. Con su inmenso poderío, Disney presionó a una de las más importantes salas de cine en la que pensaba estrenarse Los ocho más odiados, y le impuso mantener Star Wars e incumplir sus contratos previos para exhibir la película de Tarantino, bajo amenaza de retirar su película de todas las salas de la cadena de cines. En consecuencia, el estreno de Los ocho más odiados debió postergarse en esa prestigiosa y determinante sala. Furioso, el director denunció la situación mediáticamente, dando a entender que la magia y el encanto con los que se identifica a Disney mal encubren la competencia desleal y el desacato recaudatorio. A fin de cuentas parece ser que uno de los peces más grandes de la industria nada más a sus anchas que los demás en ese "libre" mercado.

Todo esto venía sumado a la amenaza de boicot por parte de la policía neoyorquina a las películas del director. Tarantino había participado en una marcha en Nueva York contra la violencia racial policial, como consecuencia de los múltiples asesinatos perpetrados por agentes policiales sobre la población negra. Consultado sobre su presencia allí, afirmó en plena manifestación: "Soy un ser humano con conciencia. Estoy aquí para decir que estoy del lado de todas las víctimas", "si se estuviera abordando este problema, los policías asesinos estarían en la cárcel o por lo menos enfrentándose a cargos", agregó.

Fue a partir de este gesto que los cuerpos de policía de ciudades como Nueva York, Chicago, Filadelfia y Los Ángeles hicieron un llamado a boicotear Los ocho más odiados, e incluso un oficial amenazó con estar preparando una "sorpresa" para Tarantino el día mismo del estreno de su película. Pero finalmente los estrenos en las ciudades de Los Ángeles y Nueva York ocurrieron sin incidentes y, lejos de recular, Tarantino redobló su crítica, comentando en una entrevista con la revista Entertainment Weekly: "¿Si me sentí mal porque no quisieran besarme por haber ido? Sí, un poco. Pero no tan mal como si me hubiera quedado sentado en mi sofá viendo gente siendo bajada literalmente a tiros, y luego a los responsables enfrentando un tribunal policial de pacotilla, que los acabó reubicando en trabajos de oficina". También señaló que situaciones como la muerte del chico de 17 años Laquan McDonald no se explican con el argumento de que hay unas pocas "manzanas podridas" en el departamento, sino que se trata de un "racismo institucional" y de "encubrimientos institucionales que protegen a la fuerza policial por encima de los ciudadanos".

Pero polémicas a un lado, lo importante es que Los ocho más odiados es una película inmensamente rica que se transforma en algo nuevo a cada paso, que se presta para los análisis más contradictorios y que reúne en su interior una buena cantidad de temas, compilando asimismo una infinidad de recursos cinematográficos. En definitiva, podría verse como una extensa y pormenorizada clase sobre el lenguaje cinematográfico y sus inagotables posibilidades. A continuación analizaremos algunos de sus elementos más llamativos, pisando una buena cantidad de spoilers en el camino. Por esta razón es bueno alertar que el que no haya visto la película y quiera disfrutar de las innumerables sorpresas de su visionado, debería dejar de leer por aquí.


A LO QUE VINIMOS.


Un director de cine nunca es simplemente un talento aislado que pare a capricho las películas que imaginó, sino que es, precisamente, un director; un individuo que, rodeado de gente, la mueve y coloca en determinada senda instruyéndola sobre cierto procedimiento a seguir. Es por eso que un gran cineasta es el que sabe con quién trabajar; una eficaz selección de talentos contribuirá a un trabajo que fluya y juegue a favor de sus intereses. Una de las más importantes figuras que sorprenden en el equipo de esta película es el legendario Ennio Morricone, de 87 años, autor de bandas sonoras inolvidables, como las de El bueno, el malo y el feo, La misión, Novecento, La batalla de Argelia y una infinidad más. Tarantino ya había echado mano a algunos temas del compositor para películas previas, e incluso en alguna ocasión Morricone se había manifestado en desacuerdo con cómo las había utilizado. Pero esta vez escribió directamente las partituras pensando en la película, e incluso dio aportes generales que quedaron en el resultado final, como la idea de una secuencia de caballos tirando de una carreta, en su lucha contra un camino nevado.

Soberbia, su música emerge ya desde el comienzo como el perfecto presagio de algo maléfico que se avecina; así como una tormenta de nieve pisa los talones de los personajes y se cierne sobre ellos, un aura insidiosa se augura desde esta composición trepidante, creciente, con tambores apagados que palpitan y resuenan en los páramos helados. Una escultura de Cristo crucificado, cargada de nieve, olvidada y sepultada, refuerza la idea de la ausencia de valores imperante en estas gélidas tierras de nadie.

Pero el compositor es uno de los tantos elementos que dan forma a este milagro cinematográfico; las grandes figuras están a la orden del día y no podría hacerse una reseña completa de esta película sin nombrar al insuperable cúmulo de talentos actorales que contiene. Lo cierto es que Los ocho más odiados se sustenta fundamentalmente en un gran guión y en diálogos constantes, y por tanto el elenco es su pilar fundamental. Tarantino es también un actor y alguien que sin dudas sabe proponer desafíos a sus pares: al estar dotado el libreto de elementos de comedia y hacerse uso de un humor negro constante, su elenco juega en el arduo doble terreno de cumplir como vehículos de tensión y como comic reliefs al mismo tiempo. En primer lugar está Kurt Russell (John Ruth, alias "The Hangman"), un palurdo cazarrecompensas poco interesado en otra cosa que no sea el dinero, que divierte al mismo tiempo que horroriza en su brutalidad constante. Otro fetiche de Tarantino, el gran Samuel L Jackson es el mayor Marquis Warren, un negro veterano de la Unión, ahora devenido cazarrecompensas y funcionario de la corte, asesino sin miramientos, y preferentemente de blancos racistas. La verdadera revelación del cuadro y un talento que de ahora en adelante no perderemos de vista es Walton Goggins (Chris Ma¬nnix, sureño rebelde y perfecta antítesis de Warren), quien ofrece tantos cambios de registro y dobleces como son posibles en una sola película. A un nivel más secundario, Tim Roth, Michael Madsen y Demián Bichir cumplen, ya sea para dar un toque de excentricidad (Roth, sin dudas), como presencia intimidante (Madsen), o como simple enigma (Bichir). Pero quien es una verdadera fuerza de la naturaleza y se desenvuelve como nadie es Jennifer Jason Leigh en el rol inolvidable de la sentenciada Daisy Domergue, una mujer que se impone desde su primer segundo en pantalla, y quien en su contención a medias y en su silenciosa malicia va creciendo hasta delinear un personaje único en su especie.

Es curiosa la forma en que, en este cuadro de parias realmente odiosos, la empatía del espectador va migrando continuamente hacia uno u otro, sin nunca poder detenerse en ninguno en particular. Esta economía de elementos profundamente cuestionables, dispersos en todos y cada uno de los personajes centrales, y la precisión en los matices que de algún modo los vuelven igualmente cercanos supone una apuesta sobresaliente.


LICUADORA DE GÉNEROS.


Los ocho más odiados es, a primera vista, un western. La acción se ubica a pocos años de terminada la Guerra de Secesión y presenta a un puñado de hombres armados, con sus típicos sombreros tejanos, caballos y carretas. Pero si los parajes desérticos que son la constante del género se convierten en bosques helados, si se propicia una tormenta de nieve y se coloca a todos los personajes a cubierto en un espacio reducido, ese western pasa a tener muchos elementos en común con The Thing, la obra maestra de John Carpenter. Y si a esto se le agrega un montón de parias, forajidos, delincuentes de diversa calaña (algunos de ellos devenidos representantes de la ley), se aterriza entonces la película en el mundo antiheroico propio del film noir –que ya había tenido sus ecos en los polvorientos spaghetti westerns y en los pistoleros lúmpenes de los años setenta, bajo la dirección de Sergio Leone, Sam Peckinpah y Sergio Corbucci, entre otros.

Hasta aquí todo era ciertamente previsible, considerando los precedentes de Tarantino y sus gustos particulares. Pero los géneros siguen agolpándose y superponiéndose, dándole a esta obra una singularidad única: una trama de mentiras, sospechas, acusaciones entrecruzadas y enigmas a resolver provee las reglas del whodunit, subgénero prácticamente olvidado que supo dar infinidad de obras a partir de los años treinta para acabar muriendo casi definitivamente en los setenta. La investigación policial que presenta un crimen y un grupo de sospechosos fue revisitada hasta el hartazgo y es de allí que viene la frase común de que "el asesino es el mayordomo". Increíblemente, uno de los referentes ineludibles para esta película es Agatha Christie, y los ecos de Eran diez indiecitos, Asesinato en el Expreso Oriente y Tres ratones ciegos son palpables. Pero Tarantino no echa mano precisamente a los lugares comunes del subgénero, sino a sus principales trampas.1 Esto remite necesariamente a Alfred Hitchcock, quien supo filmar whodunits en los inicios de su carrera y que deja sus huellas aquí en ciertos tiempos muertos y en la información que, por momentos, el espectador tiene y los involucrados no (una cafetera al fondo del cuadro se convierte durante un breve lapso en un magistral elemento de tensión). La muerte repentina de personajes fundamentales en los que depositábamos alternativamente cierta empatía, provocándonos un desconcierto mayor y un vacío importante podrían recordar a Psicosis... bajo los efectos de un cóctel de barbitúricos y elevada a su enésima potencia.

Por supuesto que en esta licuadora se ha volcado también mucho gore: la sangre, inesperada, embarrará prontamente la contención inicial del cuadro. Es una sangre poética, desmesurada como suele serlo, en la que resuenan los ecos de despropósitos del giallo italiano y del sla-sher. Es por eso que se pasa en pocos minutos de bellos planos abiertos tipo La diligencia a los peores asfixiantes exabruptos de Suspiria y Alta tensión, sin perder nunca las formas ni la coherencia estilística.

Pero la influencia decisiva, y seguramente lo que le dé un verdadero vuelo a la obra, está algo más solapada: uno de los filmes favoritos de todos los tiempos de Tarantino es Río Bravo, de Howard Hawks. Allí un grupo de personajes se recluía en un pequeño espacio y se contaban anécdotas, tocaban la guitarra, enfrentaban una amenaza con una naturalidad y un aire de familia que convertían a la película en una experiencia única. Es en detalles de este tipo que Los ocho más odiados crece hasta convertirse en la categoría de obra maestra, y en donde más se sienten los ecos de los westerns de Hawks, George Stevens y Michael Mann: así como John Ruth (Kurt Russell) y Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh) se odian a muerte, Ruth también cuida en un principio que ella no quede manchada con estofado, o juntos colaboran con ciertas tareas (como clavar tablones en una puerta floja, por ejemplo), estos elementos contribuyen a construir un aspecto invisible pero insoslayable: la inigualable química existente entre ambos personajes.

Y así como existen rencores enquistados, racismo, individualismo, desconsideración y una imperiosa necesidad de perforar a balazos al prójimo, también hay sutiles momentos de humanidad que nos permiten acercarnos a los personajes y creer realmente en ellos: están en las infantiles carcajadas de Chris Mannix, en la ingenuidad y en la visible emoción de John Ruth al leer una carta, en el abrazo fraterno que se dan Bob (Demián Bichir), Oswaldo Mobray (Tim Roth) y Joe Gage (Michael Madsen) durante los preparativos de un momento crucial, en la cautela y los intentos de conciliación de Mobray para evitar tempranos baños de sangre o en la parsimonia reflexiva de Marquis Warren, en definitiva el Hércules Poirot del grupo.


MISOGINIA.


Por supuesto no han faltado ni faltarán los que desestimen la película por ser deliberada e impiadosamente violenta (lo es), y muy especialmente los que la acusen de ser una obra directamente misógina –el personaje de Jennifer Jason Leigh es baleado, vapuleado, insultado, bañado en sangre y algunas cosas más a lo largo del metraje–. Algunos críticos, como A O Scott en The New York Times, hicieron hincapié en este supuesto "odio" a la mujer, reflejado en la violencia explícita hacia ella. Es comprensible el impacto que varias de estas escenas tienen sobre la audiencia, y especialmente una de las finales, un despliegue de sadismo indisimulado por parte de dos de los personajes hombres. Pero esta mirada superficial por la cual se toma a la parte por el todo, que se queda en aquello que se ve y no en lo que hay por detrás, debería ser desestimada: prácticamente es lo mismo que pensar que Gustave Flaubert era misógino por haberle hecho pasar tan mal a madame Bovary.

El personaje de Domergue es, en definitiva, el mejor trabajado a lo largo de la película, esconde muchos secretos que sabemos actuarán como una bomba de tiempo y, como decíamos, se trata de una de las actuaciones más soberbias del cuadro (comparable solamente con las de Goggins y Jackson). La crítica de cine estadounidense Stephanie Zacharek reflexionaba en la revista Time sobre la indomable insubordinación del personaje: "Cuanto más es golpeada, más sonríe a carcajadas, como si el abuso incrementara la fuerza de su alma en pena. La idea puede parecer misógina, pero es de hecho su opuesto triunfante". Hay en ese último despliegue de sadismo un subtexto realista y por ello terriblemente aterrador: respectivamente, el sureño más racista del cuadro (Mannix) y su natural antagonista (Warren) disuelven sus desavenencias y se alían para ajusticiar a la única mujer del cuadro: la misoginia es más fuerte que el racismo, y se encuentra profundamente enquistada más allá de fronteras y de épocas. Ambos personajes, sheriff y mayor, respectivamente, justo los representantes de la ley en este contexto de energúmenos, acaban contradiciendo en los hechos la idea enarbolada anteriormente por el personaje de Mobray acerca de la pena capital, quien la señalaba como una ejecución limpia, exenta de sadismo. Los dos hombres recostados en una cama, en jadeos post orgásmicos luego del ahorcamiento de la dama, trascienden simbólicamente a mucho más que lo que algunos quisieran ver. La lectura subsiguiente de la carta de Lincoln nos remite a un paraíso idealizado, a una tolerancia heroica y a palabras grandilocuentes que suenan muy bien, pero que no dejan de ser una farsa irrisoria, de la cual el crudo cuadro presentado por Tarantino es su perfecto reverso. El irreverente revisionismo histórico del director dispara a quemarropa contra las bases mismas del "sueño americano".


1. Al respecto, es muy recomendable un análisis a fondo publicado en la revista Variety, que traza las similitudes entre esta película y la obra de Agatha Christie. Se titula "The Hateful Eight: How Agatha Christie Is It? (An Investigation)".

Publicado enCultura
Jueves, 23 Abril 2015 16:53

Hegemonía y poder neoliberal

Hegemonía y poder neoliberal

Basándose en las ideas de Ernesto Laclau, el autor advierte que "la Hegemonía es la lógica constitutiva de la política", mientras que "el discurso capitalista intenta adueñarse de todo el espacio simbólico".


A Ernesto Laclau, en el primer año de su muerte, en Sevilla

 

La Hegemonía es la lógica constitutiva de la política y no simplemente una herramienta de la misma. Pero para desentrañar esta afirmación debemos dar algunos rodeos que nos permitan cierta captación del asunto. La Hegemonía no es una voluntad de poder, ni un deseo de adueñarse del espacio de la representación política. Es siempre muy llamativo que cada vez que emerge una fuerza política transformadora, con vocación de ruptura y con un horizonte emancipatorio, se le enrostre su "pretensión hegemónica". Cuando esto está proferido por los medios corporativos de la derecha, se ve claramente la jugada; el Poder neoliberal es una dominación que se disimula como consenso, una dominación que se presenta más como una dependencia a una serie de dispositivos que conforman a la subjetividad que como una sumisión impuesta. También se presenta como una dependencia inerte a determinados mandatos que ni siquiera son explícitos, pero sin embargo eficaces. Es lo que llamamos corrientemente la "naturalización" del poder neoliberal, disfrazar su ideología bajo la forma del "fin de la ideología".

Pero, ¿qué es la Hegemonía?, ¿cuál es la lógica política que la sustenta según Ernesto Laclau? De entrada hay que admitir una complejidad intrínseca a este concepto, a partir de esa radicalización del programa gramsciano que encarna Laclau con su pensamiento. Partamos de los momentos básicos de su constitución como concepto fundamental de una "ontología política". Primero: la realidad está constitutivamente construida por discursos; los afectos, los cuerpos, las pulsiones, están atravesados por el discurso, marcados por sus significantes, determinados por una retórica y una gramática que suspende toda idea de una "fuerza original e inmanente" que se pueda representar directamente. Segundo: estos discursos que constituyen la realidad lo hacen de tal manera que no pueden nunca representarla en su totalidad. El discurso constituye a la realidad, no la puede representar de modo exhaustivo, y sin embargo, se tiene que hacer cargo de intentar representarla de un modo fallido. Esta brecha "ontológica" entre discurso y realidad es irreductible e imposible de ser suturada. La representación vehiculizada por el discurso es estructuralmente fallida, existirá siempre una "heterogeneidad" que impide que la representación se produzca como totalidad. Por último, en este Límite del discurso al representar la realidad, frente a esta heterogeneidad irreductible, frente a esta "diferencia" imposible de cancelar, se articula el momento político que llamamos hegemónico. No puede haber política sin pasar por el dilema hegemónico. Hacerse cargo de representar aquello que se sustrae a la representación, nos muestra que lo Político no es un subsistema de la realidad, sino el modo privilegiado en que la misma se constituye. El momento hegemónico se resuelve de forma siempre fallida a través de un término limite, ya sea el denominado significante vacío en Laclau, "objeto a" en Lacan, clase hegemónica, en Gramsci. La brecha insalvable entre el discurso y aquello que no puede eludir representar es lo que la Hegemonía, insistamos en su carácter fallido, intenta resolver.

Emancipación

Una vez formulado este rodeo teórico y, ya entrando en mis propias consideraciones, debo decir, y éste es el sesgo de lo que denomino la "izquierda lacaniana", que no considero al Poder neoliberal una Hegemonía, al menos en este sentido estricto que hemos intentado delimitar. Las lógicas de dominación repudian y son fundamentalmente refractarias a la construcción de experiencias políticas hegemónicas. El Discurso Capitalista que soporta al Poder neoliberal no admite ninguna brecha, ninguna heterogeneidad inicial, se presenta con la potencia de representar todo y llevar todas las singularidades y las diferencias a la totalidad del circuito circular de la Mercancía. La Hegemonía nunca es circular, está siempre agujereada en sus fundamentos, mientras que el discurso capitalista es un funcionamiento "contradiscursivo", podríamos decir, que intenta incluso adueñarse de todo el espacio simbólico. Siendo la propia producción biopolítica de la subjetividad un claro ejemplo de esta cuestión. Por ello, el odio por la política hegemónica por parte de la derecha es finalmente un odio a lo simbólico y al sujeto que puede emerger en dicho campo. Un sujeto distinto de los proyectos uniformizantes de la biopolítica neoliberal.

Sólo puede existir la Emancipación, que es un duelo y una despedida de la "metafísica" de la revolución y sus "leyes históricas", si se pasa por la apuesta hegemónica como articulación de diferencias que nunca serán anuladas. La emancipación nunca logrará realizar una sociedad reconciliada consigo misma, como esperaba el marxismo canónico. El momento hegemónico es insuperable, no hay sociedad que no sea en su propia existencia una respuesta a la brecha que la constituye.

El "saber hacer", con esas brechas, esas diferencias, esas heterogeneidades, en la construcción de una voluntad colectiva, es el arte de lo político.

Por todo esto, y ésta es una cuestión crucial, de entrada debemos señalar que líderes, elecciones, participación en las instituciones políticas, medios de comunicación etc., no expresan a la hegemonía ni la representan, son parte de la misma, juegan en su interior, en lo que Ernesto Laclau denomina en su lógica hegemónica, la "extensión equivalencial de las diferentes demandas". Estas se deberán articular a un significante vacío que represente a la totalidad imposible, para permitir la emergencia de una voluntad colectiva, que nunca es algo dado de antemano por ninguna identidad o por la llamada "Psicología de las Masas". Aquí debemos hacer una apuesta sin garantías, o el crimen es perfecto y el discurso capitalista se ha adueñado de la realidad y su sujeto, de tal manera que ya está definitivamente emplazado y solo llamado a ser material disponible para la forma mercancía, o existen diferentes superficies de inscripción donde lo político-hegemónico, de modo contingente, puede hacer advenir un sujeto popular y soberano. Un sujeto interpelado por aquellos legados simbólicos que lo preceden y por las demandas de distintos sectores explotados por las oligarquías financieras. Estas demandas singulares se caracterizan porque no pueden ser absorbidas por la arquitectura institucional dominante. Las demandas no satisfechas institucionalmente son el punto de partida, pero sólo el punto de partida, para que las diferencias ingresen a una lógica equivalencial. Teniendo en cuenta que ya no podemos imaginar una fórmula de desconexión del capitalismo, fundamentada supuestamente desde "leyes objetivas y científicas", la ruptura populista es la respuesta a ese "esencialismo" de tradición marxista. El populismo no es una renuncia a la radicalidad de la transformación revolucionaria, es aún más radical, porque de un modo materialista admite los impasses y las imposibilidades que se presentan cuando la parte excluida y no representada por el sistema intenta construirse como una hegemonía alternativa al poder dominante.

En cuanto a los medios de comunicación y los distintos debates que acompañan el asunto, parece que no se puede ser optimista con respecto a los mismos. Como aquellos que ven en los medios y particularmente en las redes una posible forma de "capital variable" escindido que contribuiría, a la larga, con una nueva emergencia de una Multitud transformadora. Pero tampoco como la realización del crimen perfecto donde el sujeto desaparece en la enunciación de los medios de comunicación para volverse parte de la "gente". El Pueblo comienza cuando "la gente" se revela como pura construcción biopolítica. En esto, el Pueblo es tan raro y singular como el propio sujeto en su devenir mortal, sexuado y hablante. El Pueblo es una equivalencia inestable, constituido por diferencias que nunca se unifican ni representan del todo. Sin embargo, su fragilidad y contingencia de origen, es lo único que lo salva de la televisión, los expertos, los programadores, la contabilidad etc. Pero sólo en los pliegos más íntimos de los dispositivos de dominación neoliberal es que el sujeto popular puede advenir, lo otro es soñar con el espejismo de una realidad exterior pura y sin contaminación, que por su propia fuerza inmanente terminaría por desconectar la maquinaria y sus dispositivos.

"Sólo en el peligro"

Es cierto que, desde perspectivas anteriores más propias de lo que podríamos llamar una "ortodoxia lacaniana", se podría pensar que lo político se queda, en efecto, en la superficie de las cosas y que nunca consigue transformar radicalmente nada, y que la "repetición de lo mismo" socava desde dentro cualquier proyecto. Pero ahora ya no se trata del ejercicio lúcido del escepticismo, ni de la razón cínica, posturas por otra parte anacrónicas y patéticas. Hemos ingresado en un tiempo histórico donde vemos consumarse lo que Lacan precisamente llama el "discurso capitalista" y Heidegger las llamadas "estructuras de emplazamiento técnico", que a la vez constituyen, radicalizaciones teóricas y prácticas de lo que Marx llamaba "la subsunción real" del Capital en su dominación abstracta. Por ello, es inevitable pensar en la política como el único lugar posible donde se puede dar un combate con respecto al proyecto de deshistorización y desimbolización que el neoliberalismo comporta. El neoliberalismo es la primera fuerza histórica que se propone tocar, alterar, y volver a producir al sujeto, intentando eliminar así su propia constitución simbólica. Parafraseando al filósofo, "sólo en el peligro de la política puede crecer lo que nos salva".

Sin correr el riesgo de quedar atrapados en aquello que queremos a la vez destituir, no hay actualmente posibilidad de asumir un proyecto populista de izquierda de vocación emancipadora. Estamos siempre a punto de naufragar, y hay que entender que a partir de ahora siempre será así, porque ya no volverá a nosotros aquel espejismo ideal de estar cumpliendo con los pasos revolucionarios que supuestamente expresaban el fundamento de una ley histórica. No sólo nunca fue así, aunque el ensueño metafísico fue trágicamente potente, sino que ahora sería absolutamente funcional a la dominación neoliberal jugar el juego de un hipotético radicalismo revolucionario.

Conectar la política con la vida real implica que la misma es travesía, construcción, articulación, de una heterogeneidad que no siempre toma la dirección que más anhelamos, pero que sin ella no habría nada que oponer como Hegemonía al régimen del Capital.

* Psicoanalista. Autor de Para una izquierda lacaniana.

Publicado enSociedad
"El cerebro de los políticos cambia en situaciones de poder"

Roger Muñoz Navarro nació en Valencia en 1980 y fue en Valencia donde se licenció en Psicología en 2009. En estos momentos, es investigador pre-doctoral en Psicología Clínica y máster en Neuropsicología Clínica. Además, es uno de los pocos especialistas españoles en Neuropolítica, que estudia cómo afecta la acción política a la personalidad desde el punto de vista de la neurobiología. Unos ratones tuvieron la culpa. La Neuropolítica, es decir, los procesos mentales de la acción política, la corrupción y el poder son el asunto central de la charla que estaba previsto que impartiese Roger Muñoz el jueves 13 de noviembre, a las siete de la tarde, en la sede de la asociación de vecinos de Tres Forques, Avda. Tres Forques, 98, de Valencia. El acto estaba organizado por el Frente Cívico Somos Mayoría de Valencia.

 

PREGUNTA.- ¿Cómo y cuándo empezaste a interesarte por la psicobiología y la Neuropolítica?

 

RESPUESTA.- Empecé la tesis doctoral en el departamento de Psicobiología. Estuve tres años con una beca investigando en adicciones y tal. Y, además, era curioso, porque lo que estaba estudiando ahí era los efectos del status neurobiológicamente y cómo ese status afectaba a la vulnerabilidad hacia el consumo de drogas. Estaba estudiando el poder en ratones, básicamente. Eran machos dominantes frente a machos sumisos y lo que sabemos es que hay una serie de cambios hormonales dependiendo de la situación en el status en que se encuentre cada cual. Investigamos biológicamente a los ratones porque es una especie que se estructura en jerarquías, por lo tanto en sociedades, al igual que los seres humanos y, claro, son mucho más manipulables que otras especies animales.


P.- O sea, que el poder pone.


R.- Claro que pone, pero, sobre todo, lo que hace es cambiar. Cambia una serie de estructuras del cerebro y, sobre todo, cambia una serie de hormonas. La primera hormona que cambia es la testosterona. Las personas que tienen más testosterona tienden a ser más dominantes. Y, al ser más dominantes, tienden más a buscar una serie de conductas que digan: voy a mantener aquí mi posición, mi terreno, mi poder. Empecé a hacer una tesis en drogodependencias sobre eso, pero era muy curioso porque todo lo que yo veía en los ratones lo veía todos los días en mis jefes y salí muy quemado. Lo que ocurre es que hay otra hormona. Los que ganan, los que son muy dominantes, tienen mucha testosterona, pero los que están en la escala de abajo tienen mucho cortisol. El cortisol es la hormona de estrés. Por lo tanto, los que están siempre en una jerarquía baja tienen mucho más estrés que los que están en una jerarquía alta. Yo estaba sufriendo mucho estrés en esa situación porque tenía unos jefes que eran muy dominantes. Acabé dejándome esa tesis doctoral.


P.- ¿Qué hiciste entonces?


R.- Durante ese tiempo, estuve haciendo dos masters a la vez, uno de investigación y tratamiento psicológico en adicciones y otro en Neuropsicología Clínica, que era pasar a humanos todo lo que yo había investigado en ratones. Ahí, mi tesis de master fue sobre Neuroeconomía y Neuropolítica y me centré en ese campo de investigación. Y ahora estoy en la fase de escribir la tesis doctoral pero en un campo totalmente diferente que se llama Psicología en Atención Primaria, y es intentar meter psicólogos en los centros de salud pública para dar tratamiento psicológico a personas que sufren ansiedad y depresión. En comparación con los fármacos, creemos que es mucho más efectivo y ahorra mucho más dinero. También hace perder mucho más dinero a muchas grandes empresas farmacéuticas. Puede que esa sea la razón por la que hay pocos psicólogos en los centros de salud.


P.- Y llegamos al meollo de la entrevista. ¿Qué es la Neuropolítica?


R.- Podemos dividir la palabra neuropolítica en dos partes: neuro y política. Política es ciencias políticas, con todos los aspectos que estudia la ciencia política y neuro se refiere al campo de las neurociencias. Por lo tanto, la Neuropolítica es donde se fusiona el campo de las neurociencias con el de las ciencias políticas. Aportamos todo el conocimiento del sistema nervioso de toda la neurobiología actual, de todas las neurociencias actuales, con el de las ciencias políticas. Dentro de las ciencias políticas se estudia el poder, se estudia las conductas políticas. Nosotros, desde la psicología y la neuropsicología podemos darle explicación a ese tipo de conductas políticas desde una vertiente neuropsicológica. Desde la política, sabemos que existen personalidades, sabemos que existen comportamientos. Y también, desde la neuropsicología, sabemos que esa personalidad y esos comportamientos tienen una base biológica. Si, además, estudiamos el poder o el estatus podemos darnos cuenta de que todo está interrelacionado. Hay personas con ciertos cerebros, hay personas con ciertas personalidades, que se meten en la lucha política. Pero también sabemos que la lucha política va a cambiar la personalidad de ciertas personas y también el funcionamiento cerebral.


P.- Entonces, ¿es la personalidad la que define la acción política?


R.- Todas las personas tenemos nuestra personalidad, la personalidad tiene ciertos caracteres, ciertos rasgos, ciertos factores, y lo que sabemos es que hay personas más tendentes a meterse en acciones políticas y puede haber una serie de rasgos que estén relacionados con ello. Están las personas que son un poco más tolerantes a la frustración, aquellas que dicen "yo esto no lo soporto, yo no quiero que pase esto", también están las personas que tienen una tendencia mayor a la dominancia social y saben que los contextos políticos es un campo en el que ellas pueden reflejar su personalidad, competir y luchar por las ideas. También hay personas que tienen mucha más empatía y las personas que tienen mucha más empatía quieren luchar por causas sociales. Podemos decir que la empatía, la dominancia social y la ideología son las motivaciones que llevan a las personas a meterse en política.


P.- El arco es muy amplio, entonces.


R.- Hay unos estudios de Neurociencia que diferencian muy claro cómo funcionan los cerebros de las personas de derechas y cómo funcionan los cerebros de las personas de izquierdas. Lo que hacemos es evaluar personas con ideología política de derechas, conservadoras, y progresistas y les hacemos técnicas de neuroimagen para ver cuál es la funcionalidad de su cerebro. Vemos que las personas que son de izquierdas tienen una mayor reactividad emocional y más empatía que las personas de derechas. Eso es bueno a la hora de tomar decisiones políticas que van a afectar a la mayoría de las personas. Lo que ocurre es que las personas de derechas son capaces de suprimir sus emociones de una forma más potente y, por lo tanto, tienen menos empatía. Eso no ocurre siempre en todas las personas, pero sí hay una gran relación. Esto, como todo en ciencia, es estadística. ¿Hay políticos así? Obviamente. Hay políticos que se enfrentan a las grandes multinacionales y hay otros que se hacen amigos de ellas. Hay que tener en cuenta que el campo de la Neuropolítica es muy nuevo y hay muy poco. Incluso la ciencia es muy estadounidense y ellos se sitúan en una bipolaridad un poco liberal-conservador. La política es mucho más amplia que eso, es más que esa dicotomía. Pero sí que es cierto que esas diferencias se ven. Hay personas que son de izquierdas o más pro sociales y hay otras que son más individualistas. Podemos hacer esa dicotomía, pero luego se puede hablar largo y tendido porque las cosas no son tan sencillas en política.

 

P.- ¿Qué utilidad tiene la Neuropolítica tanto para la acción política como para los individuos?


R.- Yo haría una diferenciación de dos tipos de Neuropolítica desde quién la utiliza. La Neuropolítica la ha utilizado el gobierno francés de Sarkozy. Él creó una sección de Neuropolítica dentro de su grupo que, básicamente, es estudiar el marketing político con técnicas de neuroimagen. Es decir, es conocer el cerebro del elector, del que va a votar. Si sabemos manipular o conocer mejor cómo vota el elector, podremos generar técnicas de marketing y estrategias de influencia mucho más tecnificadas y, por lo tanto, mucho más eficientes. Lo que nos gustaría aportar desde nuestro grupo de investigación es qué puede aportar la sociedad desde la Neuropolítica y es saber que el cerebro de los políticos cambia en situaciones de poder. Y no solo el de los políticos, sino el de cualquier persona que tenga poder: economistas, grandes empresas, incluso tu jefe, incluso el jefe de una microempresa. Sabemos que el estatus, por este cambio de hormonas que he comentado antes, el aumento de testosterona, cambia la personalidad tanto los hombres como las mujeres. Hay mujeres muy competitivas y, normalmente, las mujeres que son muy competitivas tienen niveles de testosterona muy elevados. Y lo que ocurre es que la política es un contexto muy competitivo porque es el campo de acción de la lucha de las ideas. Pero también es un contexto muy colaborativo. ¿Qué podemos aportar desde la Neuropolítica? Saber que estas situaciones ocurren. Siempre que quieras ganar, va a haber un efecto en tu cerebro. Si ganas demasiadas veces seguidas, eso puede hacer que acabes teniendo mucho poder y lo que ocurre es que la testosterona va a las zonas del cerebro donde está la empatía. Cuando hay mucha testosterona en tu cerebro, menos receptores de empatía hay en esas zonas y, por lo tanto, hay menos empatía. Una persona que llega al poder con mucha empatía es posible que la pierda con el tiempo.

P.- ¿Podría prevenir esto la Neuropolítica?, ¿se podría poner en tratamiento a un político que ha perdido la empatía después de llevar un tiempo ejerciendo el poder?


R.- Eso es lo que a nosotros nos gustaría que pasase algún día. Nosotros consideramos que, como todo en la educación del ser humano, cuanto más conozcamos sobre cómo funcionamos nosotros, cómo funciona nuestro cerebro, más eficientes vamos a ser. Una persona que llega al poder puede decir: "Yo ahora tengo poder, puedo hacer cosas, puedo decidir cosas". Eso se le puede subir a la cabeza. ¿Qué significa que se te suba a la cabeza? Que te aumente la testosterona, que se te vaya la empatía y que empieces a pensar solo en ti. Eso se puede prevenir, se puede revertir no con terapias farmacológicas pero sí con terapias psicológicas o con intervención psicológica o con lo que nosotros llamamos inteligencia emocional. Es decir, si nosotros, a estas personas que están en estas situaciones, les enseñamos que esto es posible que les pase y que, además de hacer una serie de leyes para que eso no pase, también se les puede dar una serie de herramientas y de habilidades psicológicas para que ellas mismas lo prevengan. Lo primero es ser consciente de que eso pasa. Lo segundo es saber que eso se puede cambiar y qué herramientas o habilidades psicológicas se han de utilizar para ello.


P.- Y la ciudadanía, además de con todas las formas de lucha que se conocen o los votos, ¿puede impedir que a sus políticos se les vaya la olla desde el punto de vista de la Neuropolítica?


R.- Desde el punto de vista neuropolítico, yo creo que esa debe ser una cuestión intrapsicológica, intrapersonal o incluso de los grupos de políticos. Lo que propone la Neuropolítica es un modelo neuropsicológico, un modelo emocional de esos agentes políticos. Primero, saber que eso ocurre, que te puede cambiar y que si tú, realmente, has llegado al poder porque eres una persona muy empática, es importante que te sigas trabajando para que eso siga siendo así. Hay personas como Nelson Mandela que, si yo tuviese la capacidad de estudiar su cerebro, vería que sería una persona con una verdadera inteligencia emocional. Es lo que llamamos un líder auténtico, con una empatía impresionante, una persona que salvó a su pueblo haciéndose amigo del de enfrente. Para eso hay que tener mucha empatía, para eso hay que tener mucha inteligencia emocional. Esos líderes, normalmente, no abundan, pero esos son los líderes carismáticos que arrastran a las personas. Todos tenemos un líder carismático y esa persona se trabajó a sí misma y nuestra opción es: trabájate a ti mismo desde la psicología básica. Ahora bien, os damos una serie de imágenes cerebrales y de pruebas científicas de cómo funciona nuestro cerebro que demuestran que esto sería muy útil para los políticos. Mandela fue un líder transformacional, no un líder destructivo, que también los hay. Los destructivos son los que dicen: "Yo, con mi carisma, te voy a embelesar, voy a hace que me sigas". Como un buen psicópata. Los psicópatas son especialistas en saber cómo piensas y en adelantarse a tu pensamiento para conseguir su propio beneficio y que tú hagas lo que ellos quieran. Y el carisma es, simplemente, una electricidad, una electricidad del momento. La cuestión es si tú utilizas ese carisma para solo tu propio bien y eres un psicópata o si eres un líder carismático como Nelson Mandela y dices: "Yo quiero lo mejor para ti, para mí y para el otro y voy a utilizar mi carisma para persuadirte por el bien común".


P.- ¿Puede el poder convertir a alguien en un psicópata?


R.- La clave de la Neuropolítica es que cualquier persona se puede convertir en un psicópata funcional porque, de repente, ese estatus apaga tus emociones, tu empatía, tu capacidad de sintonizar emocionalmente con las otras personas. Y cuando tú estás en una situación de poder, tú estás ahí para tomar decisiones por el bien del grupo, por el bien de tu empresa, por el bien de tu grupo de investigación, por el bien de tu familia, de tu grupo social o de tu país. El problema es cuando una persona llega ahí y dice que lo que quiere es su propio bienestar. Esa persona se convierte en un psicópata funcional. A mí me gusta mucho una frase de Luis Galeano que dice: "El poder emborracha". ¿Por qué emborracha?, ¿qué significa eso psicológicamente? Tiene que pasar algo dentro de tu cerebro para que cambie cuando llegas a ese nivel de poder. El cerebro cambia porque cambian una serie de situaciones en tu cerebro y, básicamente, es que tú te conviertes en una persona medio psicópata que solo piensas en tu propio bienestar y en el de tu grupo y en los favores en plan yo te doy esto y tú me das lo otro. Eso es lo que ocurre en la política hoy en día.


P.- Si el poder emborracha, ¿es tan adictivo como el alcohol?


R.- Lo que sabemos es que tú puedes ser adicto al alcohol porque es una sustancia química que cambia tu cerebro y lo modifica de forma que tu cerebro quiere más y se siente mal si no lo tiene. Todos tenemos claro la adicción a las compras, al juego, al sexo, pero se nos olvida la adicción al poder. Todo funciona por los mismos sustratos neurales, que son los sustratos neurales de la recompensa, del placer. Tenemos un sistema cerebral que nos dice: "Cada vez que comas, bebas, hagas el amor, tengas amigos, tendrás placer al final". Porque si no obtuvieras placer no lo repetirías. Necesitamos sobrevivir, necesitamos comer, necesitamos beber. Las drogas van siempre a este sustrato, lo piratean, lo secuestran. Igual pasa con el juego, el sexo y el poder. La clave es esta. ¿Cómo podemos revertirlo? Con conciencia. Y, para eso, necesitamos educación. La inteligencia emocional, la empatía y la autoestima son cualidades que deberían enseñarse en las escuelas.


P.- ¿Tanto afecta la personalidad a la política o la política a la personalidad?


R.- Lo que pretende la Neuropolítica es dar conocimiento científico a las conductas políticas. Por lo tanto, hay que saber que las emociones son un patrón muy importante dentro de los contextos políticos. Todos pensamos que la política es el mundo de las ideas y del poder, pero no hay nada más importante en las ideas y en el poder que las emociones. Nada activa tanto las emociones de una persona como cuando estamos hablando de política. Es como el fútbol, cuando decimos que somos de este o de aquel equipo y, a veces, hasta nos dejamos de hablar con alguien porque es del equipo rival. Y eso pasa porque se activa un sustrato de nuestro cerebro que se llama amígdala y que es el componente emocional de nuestro cerebro. Es importante saber cómo manejar nuestras emociones y lo que necesitan los políticos es manejar sus emociones. La política parece que solo es competitividad. Cuanto más se compite, más testosterona, más malestar, más bajones, más necesidad de ganar. Pero la cooperación libera otro tipo de hormona que se llama oxitocina. La oxitocina es la hormona de las mujeres, es la hormona de la cooperación y de la colaboración, es la hormona que las mujeres liberan masivamente cuando paren, cuando tienen un hijo, es la hormona que genera vínculos con las personas que queremos. Las personas que más oxitocina tienen son más empáticas, más sentimentales, piensan más en los demás y colaboran más con los demás. También sabemos que colaborar y cooperar hace que la testosterona se reduzca porque la oxitocina está equilibrando el sistema cerebral. ¿Estamos pensando en hormonas? No, hemos de pensar en conductas. Cooperamos o competimos. Si sabemos que eso cambia nuestro cerebro y que eso no es bueno para las decisiones que vamos a tomar, posiblemente nos empeñemos en colaborar más, hasta incluso con el enemigo, como hizo Nelson Mandela.

P.- Supongo que las conductas políticas tienen una explicación que va mucho más allá de las hormonas.


R.- Obviamente, no podemos reducir un campo tan complejo como la política y el comportamiento humano a dos hormonas. Nosotros no queremos ser deterministas. Esto, simplemente, es aportar un granito de arena más al campo del conocimiento de la conducta política, un factor que, posiblemente, se le ha olvidado a todo el mundo. La política viene de las ciencias sociales y la neurobiología es biología pura, neuropsicología, pero son cerebros los que están actuando en estos campos. El cerebro humano es el sistema celular que ha revolucionado la naturaleza y, hoy en día, estamos en la era de la ciencia del cerebro, es cuando estamos empezando a conocer cómo funciona. Cuanto más conozcamos cómo funciona nuestro cerebro, mejor podremos diseñar contextos conductuales, personalidades.


P.- En este contexto, ¿qué utilidad práctica tiene la Neuropolítica?


R.- Posiblemente, en el futuro, la Neuropolítica sea más conocida y más estudiada, pero, ahora mismo, puede ser muy útil para los activistas sociales. Cuando se compite contra el poder, la competitividad es sana porque hay opresión. Pero también hay una competencia muy fuerte dentro de los grupos políticos y los movimientos sociales y eso es porque se tolera muy mal la derrota. La derrota eleva nuestros niveles de cortisol, de hormonas del estrés, nos sentimos mal y, por lo tanto, siempre queremos ganar. Y eso es un problema si no lo llevamos bien, porque entonces somos adictos a la victoria y, por lo tanto, luego somos capaces de machacar al de enfrente no por el bien común de nuestro grupo, sino porque no nos queremos sentir mal con la derrota. Por lo tanto, lo que yo le daría a los grupos de activistas sociales sería muchas habilidades de gestión emocional positiva: autoconocimiento, autoestima, empatía, cómo tolerar la derrota, la frustración, cómo cooperar con el de enfrente. Para eso, se necesita mucha inteligencia emocional, algo que la gente no conoce todavía. Creo que tenemos un buen campo para abrir montando talleres de inteligencia emocional para activistas sociales y explicar por qué los seres humanos nos portamos de cierta forma en ciertos contextos y dar cuenta de que eso tiene una solución, que se puede prevenir. No es la panacea, no es perfecto, pero puede reducir el porcentaje de corrupción, de malestar, de machaque al de enfrente. Es potenciar la higiene y el cuidado de los propios activistas.


Rafael Juan. Gabinete de prensa del FCSM-Valencia

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=192090

Viernes, 08 Noviembre 2013 06:13

Transmilenio: una "guaca" urbana

Transmilenio: una "guaca" urbana

Aurelio Suárez, excandidato a la Alcaldía, analiza cómo durante la administración de Gustavo Petro las ganancias de los operadores privados han aumentado mientras el costo de la rebaja al pasaje ha salido del bolsillo de los ciudadanos.


El debate sobre los desequilibrados contratos suscritos entre el Distrito de Bogotá y los concesionarios privados que operan las troncales de Transmilenio ha rodeado el sistema desde sus inicios.


El Índice de Pasajeros por Kilómetro (IPK), las primas de riesgo y la amortización del costo de los buses en 10 años, estimados para cada uno en un recorrido total de 850 mil kilómetros, fueron algunas de las tantas gabelas introducidas en la fórmula para liquidar la distribución de los ingresos, que derivaron en que un puñado de firmas se alzara hasta con el 90% de las entradas de Transmilenio, sumando las de los alimentadores, también de su propiedad.
Tal anomalía produjo fallos de distintos tribun

ales que exigen más equilibrio, sobre todo para el Distrito, que apenas percibe el 5% del recaudo, y mayor calidad del servicio para los usuarios, víctimas de las frecuencias amañadas de las rutas y del hacinamiento.


Entre 2008 y 2011, mientras el número de vehículos de las troncales creció el 20%, el de pasajeros por cada bus lo hizo en el 57% y algo similar pasó con los alimentadores. Los estados financieros de los concesionarios reflejaron menor endeudamiento, mayor propiedad patrimonial y muy buenas utilidades como provechoso resultado de ese modus operandi, de exprimir hasta el último céntimo posible del convenio.


Cuando en agosto de 2012 Petro anunció rebaja de tarifas, la ciudadanía pensó que iba a "coger el toro por los cachos". No ha sido así. Los estados de ingresos y costos para 2012 de las firmas SI 99, Express del Futuro, Conexión Móvil, S.O. Móviles, Transmasivo y Citimovil, que operan en las troncales de la Caracas, la NQS, la Calle 80, la Avenida Suba y la Autopista Norte —según datos suministrados por la Superintendencia de Transporte— dicen que, mientras en 2011 sus ingresos fueron de $452.509 millones, para 2012 sumaron $550.829 millones, 22% más. En cuanto a las utilidades antes del impuesto a la renta para estas mismas, en 2011 fueron de $23.813 millones y en 2012 de $40.755 millones. Crecieron 71%.


¿Cómo entender que, pese a la rebaja, se acrecienten así los logros monetarios de estos operadores? Según la Contraloría Distrital, la Secretaría de Hacienda le hizo traslados a Transmilenio S.A. por cerca de $60 mil millones para "remunerar a los agentes privados", a fin de cubrir el desfase entre los componentes de la tarifa. Es decir, el descuento no salió del bolsillo de los operadores, sino de la misma ciudadanía, de sus impuestos.


Para 2013 el asunto pinta peor. A junio, Transmilenio S.A., que sí ha sufrido caída en sus ingresos por razón de las menores tarifas, registró pérdidas operacionales por $7.800 millones, porque no le alcanza para cubrir los gastos cotidianos, pero además recibió transferencias de la Secretaría de Hacienda por $165 mil millones para limpiar tal déficit y trasladar más dinero a los operadores privados, quienes definitivamente montaron negocio de "burro amarrado".


Como si fuera poco, la administración de Petro convino una modificación al contrato de los operadores del año 2000 presentada como transición de Transmilenio al Sistema Integrado de Trasporte Público (SITP). En ella se otorgan todavía más ventajas a las concesionarias. Primero se les reafirma la concesión, pero, además, aunque se cambia el "célebre" IPK, se introducen dos perlas: el pago por costo medio por kilómetro y, por arte de magia, se les alarga la vida útil a los articulados, aun a riesgo de la seguridad de los usuarios, hasta 1'240.000 kilómetros, 400 mil más que los previstos.


Esto implica que no devolverán los vehículos al Distrito, como se exigió en el caso del aseo, sino que su amortización, ya cubierta, se continuará remunerando a una tasa del 10%, pagándolos dos veces. Además, incluir el "costo medio" en la tarifa, y no el costo real, que es el costo marginal —correspondiente al del último usuario que utiliza el sistema—, consiste en un viejo truco para trasladar mayores montos del bienestar del consumidor al prestador privado del servicio.


En la modificación, fuera de que se prescribe una "rentabilidad razonable" para el operador, insólitamente, y luego de más de 10 años de ganancias, se sostiene una prima de riesgo del negocio del 15%. Todas estas cargas hacen que hoy la tarifa técnica esté en $1.841, fruto del costo promedio reconocido por kilómetro, a partir de $6.729 en abril de 2013, y que se va incrementando mes a mes. Lo que falte lo pondrá el erario. Hace poco el secretario de Hacienda, Ricardo Bonilla, quien comprende que el sistema es de costos crecientes, anunció que tendría que haber alza de tarifas. A los pocos días fue refutado por el alcalde.


Petro —quien, dicho sea de paso, prohibió la minería en el Distrito y lo hizo bien— la canjeó por una "guaca" urbana para los operadores privados de Transmilenio, mayor que lo hecho por cualquier administración anterior. Tuvo la oportunidad de imprimir el predominio de "lo público". Infortunadamente no la aprovechó.

 

Por Aurelio Suárez Montoya, El Espectador, Bogotá, noviembre 6 de 2013

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