Aserrín Aserrán VIVA EL PARO NACIONAL

Imagen: Guadalupe Lombardo

Un análisis del avance de las formas de acoso entre niños, niñas y adolescentes

María Zysman, directora de la Asociación Libres de Bullying, habla de lo que hay detrás de este fenómeno en crecimiento, del peligro de naturalizar las violencias y del valor de la prevención y la intervención temprana. Las nuevas caras del ciberbullying y su incremento en tiempos de pandemia.

Comenzó a interiorizarse en el tema en el año 1996, lejos todavía de saber que eso que veía y empezaba a hacerle ruido, se conocería más tarde como bullying. Acompañaba la experiencia de su hija, en jardín, cuando algunas situaciones de hostilidad en los vínculos le despertaron la necesidad de pensar cómo se podía intervenir para frenar las violencias entre pares. Fue después del año 2000 que María Zysman dio con la palabra bullying, un término creado en 1993 por el psicólogo escandinavo Dan Olweus, a partir de estudios sistemáticos realizados en los años '70 sobre el suicidio adolescente. El autor encontró que muchos de esos jóvenes habían sido víctimas de agresión física y emocional de parte de sus compañeros de escuela.

“El bullying está naturalizado y esa es la primera dificultad de la problemática”, advierte la psicopedagoga, especialista en bullying, ciberbullying, y directora de la Asociación Libres de Bullying y autora de Bullying. Cómo prevenir e intervenir en situaciones de acoso escolar y Ciberbullying, cuando el maltrato viaja en las redes.

En estos tiempos, “las redes, la cultura de la imagen y la persecución del éxito conviven con los adolescentes y crean un espacio propicio para el bullying”, sostiene la especialista. En diálogo con Página/12, Zysman explica en qué consiste el bullying, cómo se manifiesta, las causas detrás del acoso escolar y las claves para abordarlo. Señala, además, el aumento del ciberbullying en el contexto actual y la importancia de atender las señales de alerta. 

-¿Qué se entiende por bullying?

-La palabra bullying tiene como único sentido la búsqueda intencional de humillar a un par mediante todas las formas posibles, sean psicológicas, físicas o de exclusión social. Siempre hay miradas despectivas y todo un combo de hechos, de acciones, que hacen que el otro se sienta fuera de lugar, que no es bien recibido, que ahí no tiene un lugar propio en donde crecer, desarrollarse y ser quien es. Hablamos de bullying cuando niños o adolescentes, en lugar de relacionarse de igual a igual, se relacionan en un vínculo que podríamos pensar en términos de “quién somete y quién es sometido”. En la escuela los chicos deberían poder vincularse desde lo que es la semejanza, la igualdad, la paridad, y cuando esto se rompe y se empiezan a armar estructuras de poder y de abuso entre ellos, es donde hablamos de bullying. Se da en la escuela porque los chicos tienen que ir a la escuela. Lo que necesita el bullying para desarrollarse es esta obligatoriedad del vínculo. Lo que construye bullying es ese desequilibrio de poder y el ataque constante de uno, seguido por un grupo, para dañar a otro.

-¿Qué causas suelen estar detrás de este tipo de hostigamiento?

-Hay chicos que con su familia o sus amigos de las vacaciones son sociables, generosos, críticos, chicos que piensan y reflexionan. A lo mejor cuando llegan a un quinto o un sexto grado y quieren formar parte de un grupo que les permita alejarse de la familia, cosa que es evolutivamente esperable, se encuentran transando con cosas que no harían si estuvieran solos. Hay factores que son individuales, hay factores que son grupales, familiares e institucionales. Cuando hablamos de intervenciones, de causas o de detección incluso, siempre tenemos que tener en cuenta todos estos factores. Porque hay chicos que para “pertenecer” aceptan cosas. Pero hay otros que las aceptan simplemente porque no saben a quién recurrir. En general los chicos hablan, pero después se callan porque ven que la reacción adulta, sea del maestro o de la familia, no es la que necesitan para sentirse más protegidos. Muchas veces los chicos disfrutan de eso que el otro se anima a hacer, y que lo hace porque hay un adulto que, de alguna manera, está corrido de su lugar. Muchos docentes quieren intervenir, pero no tienen el respaldo de la institución o intervienen de una manera que embarra aún más la situación. Hay chicos que hacen bullying porque no tienen la menor idea de cómo tener amigos; otros que lo hacen porque pueden estar siendo agredidos en otros entornos, pero no necesariamente. Muchas veces se piensa en la autoestima de quien es dañado pero pocas veces en la autoestima del que daña. Y un chico o una chica que hace bullying, en mi experiencia, suele no tener muy firme su autoestima.

-¿La discriminación es el paso previo al bullying?

-Sí, hay bullying cuando hay discriminación previa. Si un docente tiene claro que no acepta ningún tipo de gesto discriminatorio en su aula, esto se frena. Pero en ocasiones hay gestos discriminatorios que no van al bullying. Yo soy libre de pensar cualquier cosa respecto de los hombres azules. Yo discrimino y pienso que los hombres azules son ladrones. ¿Eso es discriminar? Claro que sí. Si yo invito a los demás a dejar de lado a ese hombre azul y a que lo agredan, lo lastimen o lo dejen afuera, ya estoy haciendo mucho más que discriminar. Los nenes de jardín no discriminan naturalmente. Lo que hacen es preguntar por qué el otro es negro o por qué la abuela está en una silla de ruedas. No están discriminando, están preguntando acerca de lo que ven. Con chicos más grandes, la pregunta que a veces se hace y que está mal planteada suele ser: “¿Qué tiene para que le hagan bullying?”. Y muchas veces las respuestas son: “Ah, porque es boliviano”, o “porque es gay”. No, no es por eso. Es porque existen el odio, la discriminación, la xenofobia, el maltrato, y esta creencia de que uno puede tener derecho de usar, abusar u hostigar al otro para obtener un beneficio, pero no por las características del que es victimizado.

-Frente a las preguntas de los más chicos, claramente la respuesta de la persona adulta puede prevenir el bullying a futuro.

-Sin dudas, estoy convencida de eso. Nuestras intervenciones cuando los chicos son chiquitos no sólo sirven para ese momento sino para que los chicos vayan construyendo en sus cabecitas esa voz, esa consciencia de “esto está bien, esto está mal”. Los niños van construyendo el pensamiento incluyendo. En muchas ocasiones cuando son tan pequeños corremos el riesgo de interpretar cosas que no son las que los chicos están diciendo. Hay veces que, en el afán de prevenir, de intervenir, de trabajar con el mejor de los sentidos en prevención del bullying, uno comete el error de ver en los chicos intenciones que no había y de no verlas cuando las hay. Eso es lo difícil del abordaje del bullying. Por eso es permanente la acción de prevención, detección y abordaje. Ante el primer gesto discriminatorio uno tiene que plantar bandera y decir “esto no se hace”.

-¿Qué manifestaciones pueden evidenciar que un chico o una chica está siendo víctima de bullying?

-En general los chicos se apagan; están sumamente tomados por el problema. Pero no surge de un día para el otro; esto es gradual. Empiezan a quejarse, cambian su comportamiento, muchas veces son de una manera de lunes a viernes y de otra los fines de semana. Esto es algo que las madres y los padres dicen mucho. Llega el lunes y están grises, tristes e irritables. Muchas veces, con alumnos de primaria, vemos que no quieren ir a la escuela y no dicen el motivo, y no lo hacen porque a nadie le gusta reconocerse como víctima. También lo advertimos a partir de cambios de carácter, cambios en el sueño o en el rendimiento escolar. También ocurre con chicos que son muy buenos alumnos y que de pronto no quieren estar más en ese lugar porque son muy cargados y dejados afuera por eso. Hay que pensar cuánto tienen que ver los padres en esto. Porque en ocasiones son los padres, con su narcisismo, quienes quieren que sus hijos sean protagonistas del acto escolar, los abanderados o los líderes del equipo de fútbol, cosas que a los chicos muchas veces no les interesa.

-¿Cómo pueden actuar la escuela y las familias frente a la sospecha o la evidencia de que una nena o un nene está sufriendo acoso escolar?

-A partir de toda una búsqueda de años fui armando distintas estrategias, pero soy anti programa. No creo que los programas puedan servir para todas las escuelas, por eso a veces se reclaman soluciones mágicas para que en la escuela no haya bullying y eso sería como pretender que no haya angustia. Creo que el bullying es un síntoma de un montón de otras cosas. Si no buscamos en esas otras cosas vamos simplemente a retar, castigar, sancionar a los chicos, pero no vamos a resolver lo que lo genera. Hay dos maneras de que la familia se entere o lo suponga: que el hijo se quiebre y cuente o que se lo cuente otra persona. En algunas ocasiones sucede que la maestra llama a la familia, otras veces pasa que se encuentran chats o lo descubren por algún otro lado. En situaciones así suele pasar que la mamá o el papá se desborde. En ese desborde muchas veces las familias cometen errores, algunos difíciles de remontar.

-¿Por ejemplo?

-Un error es hablarlo por WhatsApp y encarar a la mamá del otro chico o de la otra chica. En casos extremos la familia va a los medios de comunicación. El motivo, obviamente, que la ayuden, pero su motivo expone mucho más al hijo o a la hija. En primer lugar, todo lo que hagamos tiene que manejarse con mucha confidencialidad y protegiendo la confianza que nuestra hija o hijo tuvo en nosotros o en algún amigo que fue el que después nos lo contó. Lo último que tenemos que romper es esa confianza. Para poder construir y mantener esa confianza le tengo que preguntar a ella o a él qué es lo que está dispuesto a que yo haga: “¿Te parece/te gustaría que fuera yo a la escuela?”. La respuesta suele ser “no”. Es necesario respetar ese no y convencerlo de alguna manera en que va a hacer falta que vaya. Pero en un primer momento siempre hay que escuchar a quien es victimizado, lo mismo del lado del docente. Es importante entender que el bullying es un problema real. Porque lo que pasa es que todavía hay gente que sigue pensando que es una estupidez, que es un invento o que esto le pasa a los flojitos. Lo dijo el expresidente en su momento: “A mí me hicieron bullying y yo salí mejor”; y esto impacta en la sociedad. Esa creencia de que “hay que aprender a bancarse los golpes de la vida y fortalecerse”. Si todos nos fortalecemos, pero sigue habiendo desequilibrio y crueldad, el abuso viene igual.

-¿Hay momentos puntuales en la niñez y en la adolescencia en que aparezca este perfil de víctima o victimario?

-Se da con más fuerza cuando los chicos entran en la pubertad y empiezan a construir su identidad de otro modo, con una presión más fuerte teniendo en cuenta la mirada de los demás.

-¿Qué sucede cuando, al querer intervenir, el primer obstáculo proviene de las familias?

-Uno puede llamar a los padres de ese chico o chica y que los padres no lo vean como un problema sino todo lo contrario. Me ha tocado estar con padres que dicen “bueno, en este mundo es mejor que haga eso y que no se lo lleven puesto a él” o “prefiero que sea el líder de la manada y no sea la presa”. En donde mi pregunta a esos padres suele ser: “¿Por qué piensan que en el mundo tiene que haber cazadores y presas?”. Por eso es necesario trabajar con las familias, con la escuela y los espectadores.

Las nuevas formas de acoso en las redes

-El uso de las redes sociales aumentó considerablemente a partir de la pandemia. ¿Qué es el ciberbullying y cuánto se ha incrementado en los tiempos actuales?

-El ciberbullying consiste en la humillación sostenida a lo largo del tiempo en una plataforma que tenga que ver con lo digital, sean redes sociales o juegos online. Insisto en que tiene que ser entre pares, en edad escolar y con la intención de hacerlo. Si un chico sube una foto en la que un amigo salió mal, pero lo hizo sin mala intención, no estamos hablando de ciberbullying. Sí todo lo que tenga que ver con mostrar imágenes que dejan a una compañera expuesta o con viralizar contenidos que un chico no quiso con el objetivo de hacerle un daño. En el espacio digital se amplía a miles y miles la posibilidad de viralizar un maltrato. La humillación es muchísimo más dolorosa. Y además no termina nunca porque un video de tal o cual se puede recuperar dentro de unos años. Los chicos, cada vez más chicos, están hiperconectados. En la pandemia, dimos permisos, y hubo que darlos para quienes tienen el privilegio de estar conectados, para poder estar con los otros, seguir con la escuela, entretenerse, y además para que los adultos pudiéramos trabajar. Eso hizo que los chicos estuvieran todo el tiempo conectados y que nosotros estemos tan abrumados de cosas que hayamos perdido de alguna manera la posibilidad de acompañarlos. Sería una oportunidad ideal para enterarnos a qué juegan, cuándo juegan, con quién juegan, en qué redes están, qué videos hacen.

-¿Cómo es que el ciberbullying se da también en juegos online?

-Uno podría decir que el Among Us, por ejemplo, es un juego simple en el que hay que encontrar a un impostor. De golpe se empezaron a armar conflictos enormes entre los chicos porque sirve muchísimo para excluir, para armar grupos de juego donde a un compañero no lo inviten. Lo que se agravó también en 2020 fue que la única posibilidad de encuentro para los chicos era a través de zooms o juegos online. Y ahí no a todos les va de la misma manera. Dado que todo lo que se dice en los chats es literal, muchos la pasan mal porque no entienden la diferencia de lo que era la intención en el juego y lo que el otro piensa de uno. La palabra dicha y la palabra escrita en los chats tiene un impacto muchísimo más alto y más grave en la subjetividad de los chicos. Las clases por zoom también pusieron cantidad de cosas de manifiesto, y ahí todas las herramientas de los docentes para intervenir frente al conflicto entre los chicos cambiaron las reglas del juego. Muchos docentes también se empezaron a dar cuenta de que también ellos eran víctimas, de alguna manera, del mal uso de las redes sociales.

-¿En qué sentido?

-Se puso en juego qué es lo que uno muestra o no. Es muy fina esa línea de hasta dónde me acerco al mundo virtual de los chicos para tener confianza y dónde tengo que poner un freno. Está bueno que estemos en Instagram, sí, pero Instagram es otra cueva nefasta que despierta las peores cosas de las personas. Sin embargo, uno puede ver cómo estar. Y lo mismo les pasa a los chicos. Los que tienen muchos seguidores solamente hablan, como en Black Mirror, con los que tienen seguidores. En ese mundo es donde muchos adolescentes construyen su subjetividad, su identidad.

-Dados los contenidos que contempla la Educación Sexual Integral (ESI) seguramente se trate de una herramienta valiosa para abordar la problemática del bullying en las escuelas.

-Sí, está sumamente articulado, porque trabajamos quién es el otro, hasta dónde el otro puede avanzar sobre mí, hasta dónde yo le digo que sí o que no al otro, cuándo hay que frenar, qué es íntimo, qué es privado. Se sigue relacionando a la ESI solo con la genitalidad, que es lo que mucha gente cree o teme. La ESI es más que eso, aborda fundamentalmente el vínculo con el otro, el respeto por uno mismo y por los demás.

Por Bárbara Schijman

10 de mayo de 2021

Publicado enSociedad
Las redes sociales son sistemas de comunicación que convierten fenómenos marginales en centrales. Foto: Liesther Amador / UNEAC.

¿Qué pasaba en el mundo antes de la aparición de la COVID-19? Ocurrían en distintas latitudes protestas sociales: Beirut, Hong Kong, Cataluña, Puerto Rico, Chile, Colombia, Costa Rica. Las demandas de unos y otros se ajustaban a las inconformidades de cada geografía, sin embargo, poseían el común denominador de gestarse en sociedades democráticas, desarrolladas, a través de las redes sociales.

Esta fue la pregunta y la respuesta que inició la conferencia del profesor español y catedrático de la teoría de la comunicación, Ignacio Ramonet, en la sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC.

Al encuentro asistieron Alpidio Alonso Grau, Ministro de Cultura; Abel Prieto Jiménez, asesor del Presidente de la República y presidente de Casa de las Américas; Luis Morlote Rivas, presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), entre otras figuras del mundo artístico e intelectual.

Entender el nuevo desafío que imponen las redes sociales, implica analizar las trasformaciones en las lógicas de consumo y la reconfiguración de los escenarios políticos, sociales y culturales en el ciberespacio.

El autor de El imperio de la vigilancia destacó la gran interrogante que constituye internet, como la tercera gran revolución de las comunicaciones, y las recientes redes sociales, con no más de 20 años de existencia.

"La diferencia con los medios de difusión masiva es que no alcanzan el nivel de retroalimentación de las redes sociales. Éstas ponderan el diálogo constante, tienen una relación más fuerte con los receptores. Son sistemas de comunicación que convierten fenómenos marginales en centrales".

En este entorno comienzan a actuar fenómenos como la postverdad y las "fake news". La posesión de una gran cantidad de información pasa de erigirse como generadora de pensamiento crítico a productora de desconocimiento.

"El discurso acerca del sistema mediático, como manipulador de la información a favor de los dueños de medios y las clases dominantes, ha sido sobrepasado por la crítica de la extrema derecha populista. Existe una atmósfera de guerra entre la sociedad y los dirigentes políticos. Hay un espíritu complotista contra el complot que está en el poder. En Estados Unidos, por ejemplo, la crítica de muchos ciudadanos al sistema generó un ataque al Capitolio", explicó Ramonet.

Donald Trump, representante de esta extrema derecha, tenía en su cuenta en Twitter 33 millones de seguidores cuando el asalto al Congreso estadounidense. Este hecho fue encabezado por una masa fanatizada. Parte de los simpatizantes del expresidente son partidarios de Quanon: una teoría conspirativa que llevó, el 4 de diciembre de 2016, a Edgar Maddison Welch a disparar, con un rifle de asalto, en una pizzería en Washington DC. La causa del hecho fue la sospecha de que en el sótano de aquel lugar se reunían demócratas, cantantes y actores de Hollywood pedófilos.

Ramonet recordó en una entrevista con el periodista brasileño Breno Altman cómo, en la actualidad, los ciudadanos se movilizan más por un tema puntual que por una gran causa. Esto se complejiza en un entorno donde la conspiranoia y el fanatismo forma parte de un sistema atacado, además, por la incertidumbre de la COVID-19.

"Lo que domina a las redes es el pensamiento mágico. La verdad es cada vez más emocional y no real. Las redes están hechas para emitir y no para recibir. Existe una repolitización salvaje en un sentido antropológico", expresó el director de Le Monde Diplomatique.

En un artículo de La Jiribilla, titulado Las redes sociales, nuevo medio dominante, el catedrático aborda la proyección de un futuro cada vez más dependiente de las Tecnologías de la Información y la Comunicación. La inteligencia artificial y la tecnología 5G, los algoritmos tendrán influencia directa en la organización misma de la sociedad y en la estructura política.

"La objetividad de la información (si alguna vez existió) ha desaparecido, las manipulaciones se han multiplicado, las intoxicaciones proliferan como otra pandemia, la desinformación domina, la guerra de los relatos se extiende. Nunca se habían “construido” con tanta sofisticación falsas noticias, narrativas delirantes, “informaciones emocionales”, complotismos. Para colmo, muchas encuestas demuestran que los ciudadanos prefieren y creen más las noticias falsas que las verdaderas, porque las primeras se corresponden mejor con lo que pensamos. Los estudios neurobiológicos confirman que nos adherimos más a lo que creemos que a lo que va en contra de nuestras creencias", agrega.

Actualmente, Facebook tiene 2 740 millones de usuarios aproximadamente; YouTube 2 291 millones y WhatsApp 2 000 millones. El protagonismo de las redes sociales en la vida cotidiana es irreversible. Las izquierdas no están exentas de este ecosistema comunicacional, padecen los mismos síntomas de esta era de los absurdos.

Cuba se inserta poco a poco en este entorno. A inicios de 2021 se reportaban 7 millones 700 mil cubanos conectados a la red de redes, lo que representa el 68 % de la población.

Ernesto Limia, vicepresidente primero de la Asociación de Escritores de la UNEAC, comentó sobre las complejidades del ciberespacio, como territorio reciente en la Isla, y cómo se imbrica con la situación de asedio político, económico y mediático que enfrenta el país. En dicho contexto, resaltó la importancia del estudio de la historia y la búsqueda de formas atractivas para acercarla a los más jóvenes.

"Detrás de las redes sociales hay mucha ciencia e innovación. ¿Quiénes son sus dueños? ¿Quiénes las financian? ¿A qué intereses responde? Sin duda estas tienen un alto componente ideológico y político, no sólo en el tema Cuba. En nuestro caso particular nos están tratando de crear una realidad virtual, manipulada. La batalla está en posicionar mejor nuestras líneas de mensaje", argumentó Abel González, vicepresidente de la sección de Literatura Histórico Social de la UNEAC.

El crítico, poeta y ensayista, Víctor Fowler, advierte la necesidad de "entender cómo funcionan las redes sociales y la transformación de la comunicación contemporánea: la cultura de los memes, los influencers, los youtubers, las personas que no son genios, intelectuales, líderes de moda o políticos, y sin embargo tienen una gran comunidad de seguidores. Hay que empezar a emplear los términos del siglo XXI. Nosotros en Cuba tenemos tarea doble, esa y comprender la dinámica de la agresividad contra el país".

Para Paquita de Armas Fonseca, crítica y periodista, lo primero es comenzar a interactuar con las redes sociales. Los nativos digitales asumen formas de socialización y consumo de información que distan de las formas tradicionales.

"Las redes sociales son una batalla de emociones, sentimientos, reacciones, a veces insultantes. Nos movemos en un medio de comunicación donde hay poco espacio para el intercambio civilizado de argumentos. Nos hemos habituado a los debates intelectuales de otras épocas, donde alguien hacía un ensayo y otra persona le respondía. Ahora estamos en una especie de torbellino de imágenes, sonido, chispas, fricciones. Cada día es más importante diseñar una política de comunicación que pondere la rapidez de la información", aseveró Abel Prieto, presidente de Casa de las Américas.

Será imprescindible la producción de contenidos adaptados a las lógicas del ciberespacio. Como señaló el músico e integrante del Dúo Buena Fe, Israel Rojas, esto involucra la necesidad de un estudio y una comprensión de las prácticas de consumo, a la par de políticas trasparentes y agendas públicas cada vez más cercanas a las inquietudes de la ciudadanía.

1 abril 2021

Publicado enCultura
Lunes, 21 Diciembre 2020 05:43

La política como espectáculo

La política como espectáculo

Hasta hace algunos años la apuesta más segura de la televisión por cable para captar mayor auditorio había sido la transmisión de encuentros deportivos: la Serie Mundial de beisbol, el campeonato de futbol americano, el de básquetbol, los Juegos Olímpicos y, desde hace algunos años, el de futbol soccer, por sólo mencionar los deportes más populares en Estados Unidos. Pero algo curioso sucedió en el lustro pasado, los actos políticos, los debates presidenciales y la cobertura de las elecciones incrementaron su audiencia en forma sensible; si bien no al nivel de los deportivos, en ocasiones han recibido igual o mayor atención.

Sin embargo, cabe preguntarse si la espectacularidad creada por los medios en años recientes con el fenómeno Trump trascenderá a su partida de la Casa Blanca. ¿Será posible que la tradicional abulia de los estadunidenses por prestar atención a los asuntos políticos y de gobierno se haya superado, y su interés pudiera llegar al que existe en otros países? O bien, ¿que la dieta diaria de noticias explosivas y los dramas protagonizados por Donald Trump ha llegado a su fin y con ella la pérdida en la atención a los asuntos de la política y de gobierno?

La pregunta no es del todo ociosa, atendiendo a la preocupación expresada por los ejecutivos de las dos cadenas más importantes de noticias por cable de Estados Unidos, CNN y MSNBC, cuyo contenido es eminentemente liberal, debido a que el estilo de Biden es más reposado y conciliador, lo que evitará las sistemáticas diatribas que hicieron de Trump un fenómeno publicitario. Sin el espectáculo diario a cargo del presidente, el auditorio de ambas cadenas pudiera perder el interés en las emisiones noticiosas. Uno de los factores con que ambas cadenas ganaron un amplio auditorio fue dar cuenta de las atrocidades y bravatas de Trump.

¿Qué pasará si los ejecutivos de ambas cadenas, condicionados ante una posible baja en el rating, deciden disminuir la extensión y el número de emisiones de información y opinión política? Dejar que la cadena de noticias Fox, antípoda conservadora de CNN y MSNBC, llene ese espacio vital para la vida de millones de televidentes, rompería el precario equilibrio entre la opinión liberal y la conservadora, en favor de esta última. Sería una vía para erosionar el mensaje de Biden y los demócratas sobre los beneficios para la mayoría de la sociedad de su programa de reformas sociales y económicas.

Publicado enPolítica
La estrategia del miedo: el espejismo con el que Trump intenta ganar las elecciones

Los robos y homicidios han aumentado en las grandes ciudades, pero siguen en cifras récord a la baja respecto a la violencia en las calles cuando Nixon o Reagan llegaron al poder

 

Quedan menos de dos meses para las elecciones y Donald Trump cree saber cómo ganar. Quiere presentarse como "el candidato de la ley y el orden" frente a los "agitadores anarquistas" de "las ciudades demócratas infestadas de crimen". Confía en que el bombardeo de imágenes de protestas y contraprotestas, de disturbios y abusos policiales, ponga otra vez de moda una canción que los republicanos llevan interpretando con éxito desde hace décadas: aquí lo que hace falta es mano dura.

El planteamiento puede funcionar, pero tiene varios problemas fundamentales. El primero es que cuando Trump promete "ley y orden", a diferencia de Nixon en 1968 o Reagan en 1980, él ya es presidente. Normalmente uno denuncia que hay caos cuando está en la oposición, no cuando está en el gobierno y debería ser capaz de solucionarlo. El segundo problema de su estrategia es que, aunque se esfuerce cada día en pintar un panorama apocalíptico de crimen y violencia, los datos no respaldan una realidad tan extrema y menos aún que sea consecuencia de las protestas antirracistas.

Más muertes, pero... ¿por qué?

No hay una ola de crimen comparada a la décadas pasadas, pero el número de asesinatos está creciendo en las grandes ciudades respecto al año pasado, en algunos lugares por encima del 20%. Los robos y los homicidios han aumentado en las metrópolis tras los meses más duros de confinamiento, en particular a partir de mayo, aunque hay que tener en cuenta que 2019 fue un año de récord a la baja en la tasa de asesinatos en las grandes ciudades.

A pesar de esto, no hay ninguna evidencia de que ese aumento en las muertes violentas esté relacionado con las manifestaciones de Black Lives Matter o con los disturbios que a veces las suceden. Esos homicidios, salvo en casos contados, suceden en lugares y contextos completamente diferentes a los de las protestas y pueden tener otras explicaciones.

Algunas de las posibles razones que se han dado para el aumento de los asesinatos tienen que ver con el coronavirus: el aumento repentino de la pobreza, los jóvenes sin colegio durante meses, las familias conviviendo muchas más horas de lo habitual, el aumento espectacular de la venta de armas durante la pandemia o la puesta en libertad de algunos presos por temor a que se contagien en las cárceles. A pesar de las generalizaciones de Trump, no está nada claro. Los crímenes suelen crecer con la llegada del verano y en grandes ciudades como Nueva York o Chicago, el aumento de los asesinatos pasó antes que las protestas.

El único vínculo razonable que se ha propuesto entre el aumento de la violencia y las manifestaciones antirracistas es la posibilidad de que el crecimiento de los asesinatos tenga que ver con una menor vigilancia policial. La teoría viene a decir que, al haber más agentes ocupados en vigilar las protestas o aplacar los disturbios, están dejando de hacer parte del trabajo policial que evitaba esas muertes. También está la posibilidad, poco agradable de contemplar, de que cuando los agentes se conciencian tras una desgracia y emplean menos violencia, eso haga subir la criminalidad. Es un fenómeno que se ha estudiado después de casos de brutalidad policial en Ferguson o en Baltimore.

Una mentira histórica

En cualquier caso, el discurso apocalíptico que Trump ha heredado de Nixon y Reagan resiste mal la comparación histórica. Sus dos antecesores prometían cambios profundos en momentos complicados (la guerra de Vietnam y la segunda crisis del petróleo), mientras que Trump ha presidido una gestión desastrosa de la COVID-19. El énfasis de Nixon por la “ley y el orden” tenía algo más de sentido ya que cuando llegó al poder la incidencia de crímenes violentos se había duplicado en menos de una década. Del mismo modo, la tasa de asesinatos por habitante en Estados Unidos nunca había estado tan alta como el año que Reagan ganó las elecciones. La situación actual de la criminalidad, por mucho que insista Trump, tiene poco que ver. 

En los últimos 27 años, la tasa de crímenes violentos en EEUU se ha reducido a la mitad. Incluso en esas “ciudades demócratas” que Trump demoniza y donde efectivamente están empeorando ahora las cifras, estamos muy lejos de vivir una emergencia: en Nueva York subieron los asesinatos el año pasado, pero se produjeron menos de la mitad que en el año 2000. Chicago ha tenido un verano complicado, pero el año pasado tuvo un 25% menos de muertes que el año que Nixon ganó y un 43% menos que en el de la victoria de Reagan.

Un mensaje para un público

Las cifras son elocuentes, pero Trump sabe que muchos de los votantes no tienen esas estadísticas en la cabeza. De aquí a las elecciones va a intentar transmitir esa idea de que todo se desmorona y de que es culpa de los alcaldes demócratas, que gobiernan la inmensa mayoría de las grandes urbes y que, según el relato del presidente, están empeñados en no pedirle ayuda. Él dice que está listo para intervenir, aplicar mano dura y acabar con las protestas, pero que no le invitan. El mensaje, en definitiva, es que su rival Joe Biden está en manos de los radicales demócratas y que si gana habrá cuatro años de desorden, incendios y saqueos. 

Trump se dirige fundamentalmente a un público muy concreto de votantes blancos, particularmente mujeres, que le votaron en las elecciones de 2016 y que ahora se han planteado abandonarlo. Espera convencerlas de nuevo con un argumento que los republicanos han usado en muchas ocasiones: “mira cómo están las ciudades, gobernadas por demócratas, ¿quieres que esa violencia llegue a tu urbanización a las afueras?”. Durante décadas esas zonas residenciales conocidas como suburbs han sido la clave del poder republicano, el hogar de millones de estadounidenses blancos que huyeron de la ciudad, y ahora Trump las necesita para seguir en el cargo. 

Joe Biden cree que puede demostrarle a esos votantes que es un demócrata diferente, un moderado que no tiene nada que ver con el retrato que le hace Trump cada día. Los demócratas también piensan que los suburbs de hoy son más diversos y más difíciles de aterrorizar que los de hace 40 años. Veremos quién resulta más convincente.

Por Carlos Hernández-Echevarría

@carlos_hem

10 de septiembre de 2020 23:41h

Publicado enInternacional
Sábado, 29 Agosto 2020 05:26

La era de TikTok

La era de TikTok

Política, guerra y nuevo lenguaje de masas

 

Por primera vez en la historia de Internet, una red social proveniente de China conquista a los usuarios de Occidente. TikTok se ha convertido en un verdadero experimento que divide a Estados Unidos de China, pero que, además, se cuela en guerras y campañas políticas. ¿De qué se trata esta red social? ¿Por qué en política ganan los que primero llegan a ella y no los que mejor la usan? ¿Qué está pensando la izquierda (si es que está pensando algo) sobre TikTok?

TikTok está en boca de periodistas, analistas internacionales, políticos y empresarios de todo el mundo. No podría ser de otra manera. Por primera vez en la historia de eso que llamamos internet, una red social proveniente de China (en este caso, propiedad de la empresa china ByteDance), conquista las mentes de los usuarios en Occidente. Pero el 6 de agosto, Donald Trump firmó una orden ejecutiva que impuso 90 días para que ByteDance venda sus operaciones con TikTok en Estados Unidos a una empresa nativa, por considerarla una amenaza a la seguridad nacional. El establishment de Estados Unidos está desesperado ante los avances de China en tecnologías de la información y la comunicación, y está dispuesto a hacer lo que sea necesario para no perder totalmente el control de la situación.

Mientras tanto, cosas aparentemente extrañas e incomprensibles para quienes no forman parte de la «Generación Z» (nacidos entre 1994 y 2010, es decir, los que siguen a los millennials) en TikTok, como el éxito ultra-viral en base al método de lip sync (mecanismo principal de generación de contenido en esa red, junto a los challenges) sobre la base de una publicidad rusa que ha inundado los celulares de todo el mundo: mi pan su chállenles sum. El lip sync no es más que la sincronización de movimientos labiales con vocales habladas o cantadas, simulando así el cantar o hablar en vivo.

En estos momentos, Oracle (líder en software para empresas que van desde base de datos hasta sistemas de gestión), Microsoft (que casi no existe en el mercado de las redes sociales, y apenas posee Skype y LinkedIn), y también Twitter, se encuentran en una carrera furiosa dentro del mundo corporativo para quedarse con TikTok. Oracle es el favorito de Trump, por las relaciones de su dueño con el actual presidente republicano.

TikTok es una plataforma de microvideos que acaba de cerrar el primer semestre de 2020 con más de 2.000 millones de descargas en todo el mundo. La pandemia ha sido el clímax de una explosión cultural y social liderada por esta red a escala global, y también en Latinoamérica. TikTok llegó a la política para quedarse, como conflicto geopolítico y corporativo, pero también como la expresión del nuevo lenguaje de las masas hiperconectadas. Un nuevo lenguaje que, por supuesto, ya se viene incubando en YouTube y las stories de Instagram, pero que ha dado un salto específico en TikTok al tratarse de una red puramente basada en videos verticales, que ocupan toda la pantalla y que se guían por un algoritmo más agresivo que no se basa en los seguimientos (órdenes conscientes) sino en el tiempo que cada usuario pasa frente a los videos (interés inconsciente). Por eso, Zuckerberg presentó el 5 de agosto una nueva función para Instagram, llamada Reels, como punta de lanza para contener a una audiencia en fuga.

Como si todo esto fuera poco, TikTok ha sido el vehículo de una humillación política personal para Trump, con un espectacular sabotage fans del pop coreano (k-popers) y usuarios de TikTok enfurecidos por la represión policial de las protestas de #BlackLiveMatters tras el asesinato de George Floyd. Los organizadores del primer acto de campaña de Trump presumían de tener más de un millón de solicitudes para el pabellón de 19.000 personas. Brad Parscale, jefe de campaña de Trump, puso un escenario exterior para que su jefe pudiese dirigirse también a los ciudadanos que no habían logrado entrar en el abarrotado BOK Center de Oklahoma, en Tulsa. Como comentó la prensa, la sorpresa vino cuando Trump se encontró con miles de butacas libres y una pista medio vacía. Del aforo de 19.000 personas, solo acudieron 6.200, según las cifras del Departamento de Bomberos de la ciudad de Tulsa.

Antes de Estados Unidos, el uso de TikTok en la campaña presidencial de la India ya había sido significativo (como ya había ocurrido con WhatsApp): en mayo de 2019, durante las presidenciales, millones de adolescentes disputaron la campaña sin ningún tipo de participación oficial con diferentes hashtags. Pero esto ya es cosa del pasado, pues al calor del conflicto militar entre China e India por Cachemira, el gobierno prohibió en julio de 2020 a TikTok y 59 aplicaciones más provenientes de China. Uno de los principales beneficiarios es Mark Zuckerberg, que está acaparando una enorme cantidad de esa gigantesca audiencia ahora huérfana. TikTok tenía en India 120 millones de usuarios y por este bloqueo sus pérdidas podrían alcanzar los 6000 millones de dólares.

Pero no solo Trump desconfía de TikTok. El asesor general de Biden, Dana Remus, dijo a los empleados en un correo electrónico que deberían «abstenerse de descargar y usar TikTok en el trabajo y dispositivos personales», citando preocupaciones sobre la privacidad y seguridad de los datos. Aaron Presman, en su newsletter Data Sheet, de la revista Fortune, imagina que Obama también estaría de acuerdo con lo que está haciendo Trump. Sin embargo, afirma que «el problema de las políticas unilaterales de Internet de China y los esfuerzos aún más aterradores requieren una respuesta global seria y unificada. Quizás el próximo habitante de la Casa Blanca esté más a la altura de la tarea».

A diferencia de Biden, //www.tiktok.com/@bernie">Bernie Sanders tiene en TikTok un espacio personal muy bien llevado a partir de contribuciones de sus jóvenes seguidores. Alexandria Ocasio-Cortez no tiene un perfil oficial pero contenidos sobre ella son furor en la red. El caso más destellante es el de Matt Little, un senador por el estado de Minnesota prácticamente desconocido hasta hace poco y //www.tiktok.com/@littlesenator?referer_url=https%3A%2F%2Fwww.businessinsider.com%2Ftrump-tiktok-ban-minnesota-state-senator-matt-little-140000-followers-2020-8&;referer_video_id=6820841093433658629">que como tiktoker ha acumulado más de 143.000 seguidores desde que abrió su cuenta en febrero. Aquí la grieta tiene que ver con una cuestión generacional, no partidaria: el público objetivo de cada uno marca la diferencia.

Diciembre de 2018 es el punto de partida de este proceso de beligerancia digital, político y económico que tuvo su primer highlight con la crisis en torno a Huawei y el 5G, que continúa hasta hoy. A escala mundial, solo la empresa china Huawei puede ofrecer un servicio que complete de tramo a tramo la instalación de la nueva tecnología 5G. El 5G hará mucho más fluida la banda ancha al aumentar la velocidad de conexión (entre 10 y 500 veces más), allanando el camino para las «ciudades inteligentes» y el «internet de las cosas». De esta manera China ya viene poniendo en entredicho la dominación de Estados Unidos sobre la infraestructura que dominará el futuro de Internet, lo cual le valió el apoyo de los proveedores de servicios de telecomunicación («telcos») en esta cruzada de Trump. Detrás de Estados Unidos se conforma un bloque junto a Japón, Australia y el Reino Unido, que bloquean a Huawei. Trump se atribuye explícitamente haber logrado que el primer ministro Boris Johnson anunciara, el pasado 14 de julio, prohibir a las «telcos» que operan en terreno británico la compra de equipos de Huawei a partir de 2021. Esto es lo mismo que ha filtrado el propio Johnson.

Pero el caso con TikTok marca un aumento en el conflicto sino-estadounidense, porque como explicó Juan Elman, «TikTok no es Huawei». La empresa que lidera el desarrollo global en 5G juega un rol vital para su economía doméstica y sus proyectos de expansión. La relación con el Partido Comunista Chino, además, es mucho más estrecha que en el caso de ByteDance, que ha tenido roces con el aparato de seguridad por contenidos políticos sensibles. Ni TikTok ni su empresa madre son socios estratégicos de Beijing.

La compañía propietaria de la aplicación, ByteDance, ha negado reiteradamente las acusaciones contra TikTok sobre excesos en la recopilación de información. Las acusaciones del establishment estadounidense contra China no tienen nada que envidiar a las denuncias de Edward Snowden de hace mucho tiempo atrás, y la realidad es que es TikTok es incluso menos agresivo que Zuckerberg en el tratamiento de los datos. ByteDance buscó incesantemente limpiar su imagen en Estados Unidos (y en el mundo). Creó nuevos puestos de trabajo con el objetivo de llegar a 10.000 empleados y contrató más de 35 lobistas para conseguir llegada a las personas más influyentes en Estados Unidos. Además, abrieron centros de transparencia en Los Ángeles y Washington para mostrar a expertos como trabajan y contrataron como CEO a Kevin Mayer (antiguo jefe de Direct-to-Consumer & International, una división empresarial de Walt Disney donde dirigía los servicios de streaming) para que no puedan decir que los dirigen desde China.

El miércoles 29 de julio, Jeff Bezos (Amazon), Mark Zuckerberg (Facebook/Instagram/WhatsApp), Sundar Pinchai (Google) y Tim Cook (Apple) comparecieron ante el congreso de Estados Unidos. En China, la historia de las GAFA (como se conoce a estas empresas) es jugosa y está llena de idas y vueltas. Zuckerberg llegó a aprender mandarín para poder seducir a Xi Jinping y penetrar en ese mercado, pero no lo logró y desde hace un tiempo, frustrado, es un activo opositor del Partido Comunista Chino. De este modo, busca presentarse como un garante de los intereses estadounidenses, como ya lo dejó en claro en una audiencia anterior luego del escándalo de Cambridge Analytica. Preguntados sobre si el gobierno de Xi Jinping les roba información a las GAFA, Zuckerberg fue el único que contribuyó claramente a acentuar la escalada que Trump encabeza: «Creo que está bien documentado que el gobierno chino roba tecnología a empresas estadounidenses».

TikTok ya no se trata solamente un fenómeno púber e infanto-juvenil. Las audiencias son cada vez más impacientes y se cansan cada vez más rápido, debido a la sobresaturación de contenido. Para impactar hay que ir a las referencias más básicas (música, emojis), que es lo que expresa TikTok: una suerte de Blitzkrieg por la atención humana. Además, los contenidos que se suben a TikTok después se consumen en Facebook, Twitter, Instagram, WhatsApp, porque la empresa no tiene una política de limitar sino más bien de impulsar el derrame. En ese sentido, también funciona como un editor de contenido. Los videos de un minuto hace tiempo resultan viejos y extenuantes.

El progresismo de habla hispana tiende a llegar tarde a estos cambios y debe ponerse en guardia. Así lo explica Iago Moreno, joven experto en música y comunicación política que ha realizado un original análisis sobre el impacto de TikTok en la política de India, Israel, Brasil y España. Moreno sostiene que «por muy importante que sea entender el modo en el que el tecnopopulismo explota las redes sociales, es aún más necesario que no confundamos el síntoma con la causa».

El consultor en comunicación política Antoni Gutiérrez Rubi remarcó con claridad las reglas de una intervención exitosa en TikTok: «Activismo lúdico. Hacer del activismo una experiencia festiva y divertida. La música es el lenguaje central (...) introducir la música, el canto y el baile como expresiones genuinas y vitales de los contenidos políticos cotidianos, la imitación y el juego de rol. Usar la parodia como una poderosa estrategia de deconstrucción de personajes y canalizador de crítica y propuesta política. El talento de las multitudes. La mejor campaña es la que hace la gente anónima (...) Abrirse al desborde creativo de las multitudes y explorar el ARTivismo ciudadano. Pasar de la perfecta publicidad al poderoso atractivo de lo amateur, de lo imperfecto, de lo natural, de lo diverso. La campaña es una fiesta. Usar TikTok como parte de un ejercicio de creación de clima movilizador en los equipos de campaña y en el voluntariado».

A fuerza de golpes, la intelligentsia emanada de las costumbres sociales y culturales de los siglos XIX y XX ha comprendido que tiene que seguir con atención los vaivenes del mercado digital. Ahí es donde se está librando una guerra por el poder. Más allá de cualquier posicionamiento político, esto es lo que está demostrando, por ejemplo, la significativa demanda de la vicepresidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner contra Google.

TikTok se ha abierto paso en América Latina. Ya tiene más de 5 millones de usuarios en la Argentina y el 45% de ellos tiene entre 13 y 26 años. Como en muchos otros casos, la diferencia en este punto la marca el Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, el primero de su tipo en toda Latinoamérica que //www.tiktok.com/@buenosaires">abrió una cuenta institucional para informar sobre prevención en torno al coronavirus. Rodríguez Larreta, ubicado en la centroderecha, se rodea de un equipo altamente profesional, que cuida de mostrarlo descontracturado y divertido, pero sin exponerlo al cringe como algunos creen que ha ocurrido con la cuenta de la presidenta de su propio partido (PRO), //www.tiktok.com/@patriciabullrich">Patricia Bullrich (el cringe refiere al sentimiento de vergüenza, aversión o reticencia ajena ante alguien). Otra incursión significativa es la de //www.tiktok.com/@joseantoniokast">José Antonio Kast, el presidente del Partido Republicano de Chile y ex candidato a presidente ubicado en la extrema derecha.

El caso de España es una muestra de lo que podría ocurrir en las próximas campañas políticas de América Latina, especialmente en aquellos países más politizados. Allí, según releva El Confidencial, TikTok ya ha sido descargada más de 14 millones de veces y todos los grandes partidos tienen cuenta en esta red, pero de momento (como en el resto del mundo) la mayor guerra se da entre comunidades de simpatizantes, en su mayoría adolescentes. La llamada Generación Z es, de hecho, la que constituye el núcleo de TikTok. El emergente partido de extrema derecha Vox ha llegado primero aquí y está tomando la delantera. No tiene desperdicio observar algunas figuras del ecosistema de Vox en TikTok, como la niña //www.tiktok.com/@micaelaesdevox">@micaelaesdevox, aunque puede resultar estremecedor.

Más allá de quien se quede con TikTok en Estados Unidos, en el resto del mundo, ha llegado para quedarse. Como ha explicado Al Ries, el creador del concepto de posicionamiento en 1972 y uno de los más destacados cerebros del marketing, «es mejor ser el primero que ser el mejor».

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"Estamos viviendo la vida para mostrarla en las redes"

Santiago Bilinkis y un análisis crítico del presente hiper tecnologizado

“Uno busca en las redes calmar la angustia y lo único que obtiene es más angustia, como las bebidas azucaradas que dan más sed", compara el tecnólogo y economista. Una advertencia sobre la adicción digital y una invitación a la "desconexión programada".

 

En el libro Guía para sobrevivir al presente el tecnólogo y economista Santiago Bilinkis analiza cómo las empresas que diseñan plataformas digitales y aplicaciones para el celular –Google, Facebook, Amazon, Apple, Netflix, Microsoft-- utilizan todo tipo de estrategias de manipulación para “conquistar nuestro tiempo y nuestra atención”. La dependencia a las pantallas que las grandes corporaciones tecnológicas generan es funcional a sus negocios, pero muchas veces va en contra de los intereses de los usuarios, incluso en detrimento de su salud. “Esta es la primera vez que una herramienta, apenas comenzamos a usarla, empieza a usarnos a nosotros”, alerta Bilinkis, quien realizó estudios de posgrado sobre inteligencia artificial, robótica, biotecnología, neurociencia y nanotecnología en la Singularity University, ubicada en una sede de la NASA en Silicon Valley.

 “Lo primero que me pasó cuando arrancó la cuarentena fue que las redes me saturaron. La avidez informativa me hizo estar ultraconectado los primeros días y eso es pésimo para la salud física y mental”, dice el especialista en tecnología. “Uno busca en las redes calmar la angustia y lo único que las redes provocan es más angustia, como las bebidas azucaradas que las tomás porque tenés sed pero te dan más sed. Uno busca el alivio en la red pero lo único que te genera es necesidad de más red. La cuarentena me hizo adoptar una postura mucho más drástica para controlar el tiempo de conexión en redes: implementé sistemas que permiten ponerle un tiempo máximo al uso de cada aplicación. Los sistemas de mensajería tienen un montón de mecanismos embebidos que te generan la ansiedad de estar continuamente pendiente de lo que pasa, incluido WhatsApp, el ‘está escribiendo’, ‘está online’, el doble tilde”...

-Lo que tienen las redes es que nunca se acaban…

-Históricamente, cualquier contenido que consumíamos tenía principio y fin. Una revista la empezabas y la terminabas, un capítulo de una serie televisiva empezaba y terminaba, y después había un periodo de espera obligado hasta que había otro para ver. Una semana para que salga un nuevo número de la revista o el próximo capítulo de la serie. Ahora todo está ahí. No hay nada externo que te ponga un tope, entonces el freno lo tenemos que poner nosotros. Y hay que inventar estos mecanismos medio artificiales para que Instagram se acabe, porque siempre hay una foto o una story más para mirar. Hay que crear el límite. Las plataformas tienen un montón de mecanismos para no dejarte ir. Y lo loco es que el método que usan para atraparte es más sutil que lo que uno cree.

-¿Cómo lo logran?

-Hay un recurso poderoso: el de las máquinas tragamonedas. No existe un juego más tonto en su esencia que esas máquinas. No tienen habilidad alguna, tirás una palanca y lo que sale es variable, no depende de cómo tirás la palanca. Sin embargo, es el juego que más adicción produce, que más ludopatía produce. ¿Cómo se explica? Hay un mecanismo psicológico que se conoce como recompensas variables intermitentes. Es tan simple como que cada vez que tirás la palanca a veces no sale nada, a veces sale un premio chiquitito y muy de vez en cuando sale un premio grande. Ese mecanismo es tremendamente adictivo. Y eso es lo que pasa cada vez que hacés refresh en tu muro de Instagram: a veces no te sale nada, a veces sale algo que está un poquito bueno y a veces algo genial. Es esa timba la que te mantiene constantemente queriendo mirar un poquito más. La sobreestimulación constante multisensorial hizo añicos nuestra capacidad de atención.

-Con el aislamiento, muchas dimensiones de la vida se trasladaron a la virtualidad. ¿Este es el escenario ideal para las compañías que diseñan software?

-No quiero abonar teorías conspirativas, pero que este escenario les conviene, no hay dudas. No es solo estar en casa, también es tener tiempo para las pantallas y que muchas actividades que se hacían presenciales, pasen a tener a la tecnología como actor principal. Para los chicos es asistiendo a la escuela a través de clases remotas, para los adultos teletrabajando o haciendo las compras del supermercado de manera virtual. Para las compañías es una situación ideal porque tenés más tiempo y también porque dejás más impronta. Gran parte del negocio depende de la información que puedan capturar acerca de los usuarios. Si vos siempre hacías tus compras en el supermercado, no había rastro digital de tus hábitos de consumo. Ahora hay información valiosísima para quien la pueda manejar. Claramente es una situación muy conveniente para las compañías, y que nos obliga a elevar nuestros mecanismos de defensa. La otra cosa que es muy importante hacer es desactivar todas las notificaciones.

-¿Y eso qué le permite?

-Yo no me entero cuando llega un WhatsApp: no vibra, no suena, no prende luces, tengo todo eso deshabilitado. Es una barrera incómoda para el que quiere contactarse conmigo, porque yo contesto cuando lo veo, no cuando me llega un mensaje. Vuelve la comunicación un poco más pausada, más asincrónica, pero me permite tener control de mi vida, de mi agenda, decidir cuándo me quiero conectar y no estar perpetuamente conectado. Y eso es fundamental. Las notificaciones no tienen como propósito notificarte, tienen como propósito interrumpirte y distraerte. Cuando la herramienta que usás es un dispositivo digital, en el momento que lo agarrás hay un montón de software adentro de tu teléfono al que le conviene que vos hagas algo diferente a lo que estabas por hacer. Es la primera herramienta que, cuando vos la empezás a usar, te empieza a tratar de usar a vos. Cada plataforma va a usar el mejor anzuelo disponible para tratar de que no hagas lo que pensabas hacer y hagas otra cosa. WhatsApp no se puede cerrar, eso debería estar prohibido, ¿cómo va a haber una app que no podés cerrar? Deberíamos tener derecho a desconectarnos sin desinstalar los programas.

-¿Se está discutiendo ese derecho a la desconexión?

-No se plantea en esos términos, como un derecho, pero sí está sobre la mesa el corazón del problema: qué tipo de información pueden las empresas recolectar y en qué medida sabemos qué información nuestra están recolectando. La mayoría de las personas somos muy ingenuas en este punto. Hoy tenés un montón de aplicaciones que te piden la localización, incluso en momentos en los que no estás usando la app. Y eso es injustificable, salvo que sea una aplicación de mapas. Hubo cierta mejora porque cuando instalás una app, pide que consientas los permisos que se otorgan. Y eso pasa por la presión social, pero para la mayoría de la gente sigue siendo algo muy oscuro. Das ok porque querés usar la aplicación, sin entender mucho en qué consentiste y sin mucha posibilidad de decir que no.

-En el libro hace una analogía entre el consumo de comida chatarra y las redes sociales, ¿cómo es ésa relación?

-Me gusta esa analogía. Porque la gente fue tomando conciencia de los temas alimenticios y es obvio que tu cuerpo está hecho de lo que comés: si comés demasiada grasa, te sube el colesterol. Si te alimentás mal, desarrollás problemas de salud. Si estamos haciendo macanas, lo sabemos. Con el contenido digital todavía no pasó eso. Así como tu cuerpo está hecho de lo que comés, tu mente está hecha del contenido digital que consumís. Si estás mirando documentales sobre ecología tu cabeza se arma de una manera y si mirás contenido sobre la vida de los ricos y famosos se arma de otra, es inevitable. Pero no tenemos la misma conciencia de que Internet está lleno del equivalente digital de la comida chatarra. Hace unos meses hubo una campaña de publicidad gráfica de un canal de series con el eslogan: "si es adictivo, está acá". Eso es de locos ¿En qué otro contexto alguien podría usar la palabra adicción como un atributo positivo? Eso pasa porque en lo digital todavía la palabra adicción tiene una connotación positiva, parece algo cool o divertido. Una de las categorías de Netflix es "series para mirarte infinitos capítulos". Tenemos que cambiar el chip porque la adicción es mala en cualquier contexto, especialmente uno que se mete con tu ideología, con tus hábitos de consumo y con tus relaciones interpersonales.

-¿Los estados deberían tener más injerencia en estos temas y regular las prácticas antiéticas de las empresas?

-Idealmente sí, pero el problema es que en general las personas que integran los gobiernos tienen una falta de familiaridad tecnológica alarmante. La mayoría tienen un community manager que les maneja los tweets y eso es lo que entienden de redes sociales. No es un problema específico de Argentina. Cuando fue la interpelación a Mark Zuckerberg en el Congreso de Estados Unidos (en 2018, por el uso de datos personales de los usuarios de Facebook durante la campaña presidencial de 2016), te aseguro que Zuckerberg debe haber estado tres semanas encerrado con sus asesores tirándole las preguntas más difíciles, y preparándose para esquivar todas las balas. Pero cuando ves las preguntas que le hicieron los legisladores, son un papelón. El tipo estaba preparado para que le tiren bombas nucleares y le tiraron con una cerbatana y papelito masticado. Te dabas cuenta que las preguntas los legisladores ni siquiera entendían que hacían, alguien se las había escrito, y no oodían repreguntar porque no entendían las respuestas. Hay una asimetría tan grande entre la sofisticación de las compañías y la poca sofisticación de los funcionarios en estos temas, que es muy difícil dar respuestas a estos problemas.

-La hiperconexión digital es un fenómeno muy nuevo, de los últimos diez años. ¿Cómo afecta todo esto a los más chicos?

-Antes, cuando querías vender un producto para bebés, se lo vendías a la madre. Pero a fines de los noventa descubrieron a los bebés como un target consumidor al que se podía apuntar de manera directa. Empezó con un sistema de videos que se llamaba Baby Einstein, diseñado por una compañía que te prometía hacer a tus hijos "más inteligentes". Y lo que tenían era una sucesión de imágenes muy coloridas, con un tipo de movimiento y músicas que provocaban un efecto adictivo en el bebé. Vos le ponías esto y quedaba obnubilado por horas. Después aparecieron los Teletubbies y una serie de productos dirigidos a un target de edad que hasta ese momento no era tenido en cuenta por la publicidad. Esto generó algo tremendamente funcional a los adultos a cargo, porque los chicos chiquitos son muy demandantes y sobre todo cuando están aburridos. Si vos le das un juguete, el chico se entretiene cinco o diez minutos, pero si le das un celular, se entretiene tres o cuatro horas o hasta que lo desconectes. Esto es muy cómodo para los adultos pero es súper nocivo para los chicos y no hay tanta conciencia de eso. Hoy dejamos a los chicos usar Internet sin ningún acompañamiento o explicación. Eso es una locura. Y tiene que ver con que muchos padres y madres no conocen los riesgos de Internet y no sabrían cómo explicárselos a sus hijos. La recomendación de la Asociación Argentina de Padiatría es que hasta los dos años no se usen ningún tipo de dispositivo. Pero la realidad es que el noventa por ciento de los chicos usan dispositivos antes de esa edad.

-¿Y cómo operan en la autoestima estos “caramelitos mentales” y mecanismos de distracción que implementan las redes sociales?

-La cantidad de seguidores y los likes son la moneda en la que hoy se comercia la aceptación social. Porque si bien siempre fue cierto que había gente más popular y gente más retraída, ahora es explícito y es público, está a la vista de todos. La cantidad de seguidores y de likes es el señalamiento hacia el mundo de cuán aceptado sos. Y obviamente la aceptación de los demás es crucial para cualquier persona. Si antes era más sutil, ahora todo el mundo puede ver cuál es tu grado de popularidad o aceptación. Entonces, empezás a modificar tus actos para conformar la norma y conseguir seguidores y poder mostrarle al mundo que sos aceptado. Y eso lleva a que empecemos a vivir la vida para mostrarla más que para disfrutarla. Vas al Glaciar Perito Moreno y en vez de dejarte inundar por la impresionante grandiosidad de la escena, estás pensando desde dónde va a salir mejor la selfie y la cantidad de likes que vas a tener por haber estado ahí. Y eso contamina todo el día a día, estamos más tiempo pensando qué vamos a mostrar que en lo que estamos haciendo. Todo el esquema de los likes y la cantidad de seguidores hizo añicos nuestra autoestima. Y no se limita a los adolescentes. Los adultos estamos tan entrampados como los chicos. En este momento realmente vivimos la vida para mostrarla. 

-Hizo una columna radial que suscitó polémicas, sobre cómo las clases virtuales, sin planificación, cambiaron de manera abrupta la dinámica de los docentes, alumnos y familias. ¿Cómo ve el escenario de la escuela pospandemia?

-La tecnología bien utilizada y puesta al servicio de nuestros fines es una herramienta espectacular. El problema es que en este momento está siendo utilizada, en general, para volvernos funcionales a los fines de otros. En el ámbito de la educación tuvimos una inercia brutal de resistencia de cambio. A pesar de que otros órdenes de la vida han cambiado mucho, la educación no ha cambiado prácticamente nada. La educación mía y la de mis hijos es la misma. Es como si la educación no hubiera tomado nota de que existe la tecnología y que ofrece posibilidades increíbles. Curiosamente es la pandemia la que nos obligó compulsivamente a incorporar la herramienta tecnológica y ahora el desafío es pensar cómo la usamos. Porque el riesgo que tenemos es que quede, de nuevo, al servicio del interés de otros. 

-Usted propone una especie de enseñanza mixta: que los alumnos puedan ver en sus casas algunas clases grabadas y que el aula sea un espacio de interacción, consulta, debate, ejercicios, exposición de trabajos. ¿Es viable su aplicación?

-Es un terreno bastante inexplorado y hay que hacer mucho laburo de aprendizaje. Las clases remotas no son el futuro de la educación, no es que queremos a los chicos encerrados en sus casas en lugar de estar en la escuela. Pero hay un montón de cositas que pasaron "por accidente", basadas en la circunstancia de que los chicos no pueden ir a la escuela, que están buenísimas. Y que son pequeños bloques para construir la educación que viene. Las clases remotas nos obligaron por primera vez en la historia a cambiar en serio los métodos de evaluación. Porque el método de evaluación más difundido desde siempre era la prueba a libro cerrado con preguntas fácticas que se responden de memoria. Ese mecanismo de evaluación, que no sirve para nada, no se puede hacer ahora. Porque en la computadora o el celular donde los chicos tienen que hacer el examen está Google. Y tienen WhatsApp para preguntarle a su compañero y copiarse. Eso es genial. Porque en la vida, cuando yo tengo un problema y tengo que escribir un artículo sobre determinado tema, pienso a quién conozco que sepa de eso y le pregunto, busco ayuda, investigo, hasta que construyo un discurso propio sobre el tema. Y eso es lo que te entrena un examen a libro abierto o a “internet abierto”: es una habilidad muchísimo más interesante y más rica que aprenderte de memoria todos los ríos de Europa y olvidártelos al día siguiente de la prueba. Lo hicimos por accidente y por obligación, pero es genial. Cuando puedan volver las clases presenciales, ojalá no volvamos atrás en los mecanismos de evaluación.

Por Sergio Sánchez

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La justicia europea anuló el acuerdo UE-EEUU sobre transferencia de datos personales

Duro golpe a los gigantes tecnológicos estadounidenses

La justicia europea canceló el acuerdo sobre transferencia de datos personales de usuarios de Internet entre la Unión Europea (UE) y Estados Unidos. El fallo, que considera que el pacto no protege de manera suficiente estos datos frente a los programas de vigilancia de Estados Unidos, afecta a las empresas que operan en la UE y que albergan sus datos al otro lado del Atlántico. El acuerdo entre ambas partes permitía "injerencias en los derechos fundamentales" de las personas cuyos datos eran enviados a Estados Unidos, destacó el Tribunal de Justicia europeo.

El caso se inició con una denuncia contra Facebook presentada por el jurista austríaco Max Schrems, un reconocido defensor de los derechos en Internet, que calificó la decisión del alto tribunal de "victoria al 100 por ciento para la privacidad". Schrems pedía la interrupción del envío de datos entre la sede europea de Facebook en Irlanda y su casa matriz en California, ya que las agencias de inteligencia americanas como el FBI o la NSA pueden reclamarlos sin control, tal como mostró el caso de Edward Snowden

Los datos personales como la geolocalización o el comportamiento de los internautas son una mina de oro para la economía digital, especialmente para los gigantes estadounidenses de Internet como Google, Facebook o Amazon. A partir de ahora, cualquier empresa que procese datos personales que provengan de la UE deberá respetar compromisos tales como informar si el dueño de los datos pretende transferirlos a terceras partes y los motivos, o no utilizar nunca los datos con un fin distinto al original.

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Pablo Rodríguez: "Hoy no está claro quién es el Big Brother porque está demasiado inmiscuido en nuestra vida cotidiana"

Redes sociales, algoritmos, biogenética y nuevas subjetividades

 Pablo Rodríguez es profesor de la UBA, investigador del Conicet y autor de Las palabras en las cosas. En diálogo con PáginaI12, reflexiona sobre las relaciones sociales mediadas por los algoritmos en las redes, las nuevas subjetividades configuradas por la informática y la genética, y la incidencia de la pandemia y la cuarentena en estas transformaciones. 

 

Ubícua e inasible, polisémica y fantasmagórica, la idea de información se ha convertido en el hilo que parece enhebrar todo lo existente, todo lo que existió e incluso lo que quizá nunca exista: seres humanos, animales, vegetales, pero también objetos y máquinas, todos somos, en última instancia, sistemas de datos. Ese dogma es el resultado de un largo proceso cultural que conjuga prácticas sociales y discursos científicos, y cuya genealogía reconstruye Pablo Rodríguez en su libro Las palabras en las cosas (Cactus). Desde el título del libro, Rodríguez --profesor de la UBA e investigador del Conicet-- no sólo alude a Michel Foucault para plantear continuidades y transformaciones respecto de su obra, sino que directamente sugiere que el lenguaje se autonomizó de lo humano y se expandió a las computadoras, los algoritmos, las moléculas...

- ¿Cómo se construyó este proceso que tiene a la idea de información como eje? En el libro lo define como una nueva episteme.

- Episteme es un concepto que alude a un código fundamental de la cultura a partir del cual todos los soldaditos se acomodan en un solo régimen, en una matriz muy identificable. La idea de “episteme moderna” Foucault la aplicaba a las ciencias humanas y sociales, es decir a las ciencias que surgieron en el siglo XIX y que eran un discurso de saber acerca de lo humano. No es que antes no hubiera discursos sobre lo humano, sino que en ese momento determinados discursos científicos definen qué es lo humano. A partir de la idea de información se puede notar que hay un gran conjunto de ciencias que se acomodan según un criterio diferente. Y no son solo ciencias, también hay cuestiones vinculadas con las artes por ejemplo. La información --en realidad, en el libro hablo de información, comunicación, organización y sistema-- es una palabra que se empieza a aplicar a un montón de cosas distintas: a una molécula, a un cerebro, a una computadora... La información es candidata a ocupar un lugar central en una episteme en la medida en que intenta explicar un gran conjunto de variables de órdenes diferentes. 

- ¿Cuándo comienza ese proceso?

- La aparición manifiesta se podría ubicar en la década de 1940-1950. Casi ninguna historia de las ciencias le ha dado la importancia que tienen a las Conferencias Macy, una serie de encuentros científicos que se hicieron en Estados Unidos entre 1946 y 1953. Ahí surge la idea de la cibernética --es el nombre que le pone Norbert Wiener-- y, dentro de la cibernética, el problema de la información. A partir de entonces aparecen las relaciones con la biología molecular, la computación --que surge en esa época--, las ciencias cognitivas... Ese es el emergente fuerte de la nueva episteme. Pero en realidad esa idea de información ya estaba prefigurada desde mucho tiempo antes. Por ejemplo, en la estadística, que constituye un tipo de saber en el que los signos se acomodan solos, es decir, un tipo de saber donde se manifiesta la posibilidad de que las representaciones de las cosas adquieran un sentido propio más allá de lo que están representando. Foucault decía que en la episteme moderna la representación estaba aprisionada en la figura del hombre. Pero en ese mismo tiempo, en filigrana, ya había un conjunto de discursos y disposiciones que después la cibernética vino a revelar, como a destapar la olla. Es la idea de que hay un orden de los signos que es parcialmente independiente de lo humano. Eso es lo que la cibernética pone blanco sobre negro.

- ¿Cuáles son las prácticas sociales que caracterizan a este nuevo ordenamiento?

- Hoy nuestra vida cotidiana está atravesada por las tecnologías de la información, WhatsApp, redes sociales, geolocalizadores para movernos... Hay una parte nada menor de la vida social de la mayoría de las personas que pasa por la mediación de plataformas informáticas. No discuto que existe la brecha digital, y que mucha gente no está conectada. Pero para los que sí lo estamos, la información está absolutamente imbricada en nuestra vida. Hasta la década del 80-90, el imaginario acerca de todo esto era el de lo virtual, sociedad virtual, aula virtual, según la cual se estaba duplicando un mundo por otro. Pero ahora, si conocemos a alguien a través de una plataforma, ya no podemos decir que hay una duplicación. Sí podemos decir que metés en una aplicación lo que antes te llevaba mucho tiempo: conocer a alguien, ir a un bar (hoy tenés Tinder); o ir a cambiar cassettes al Parque Rivadavia (hoy tenés Spotify). Todo el tiempo estamos dejando nuestros datos para que esas plataformas o dispositivos nos digan qué tenemos que hacer. Estamos esperando que nos digan qué hacer, no es que nos preocupa eso. 

Y esto nos lleva también a la pregunta sobre si nuestros comportamientos no son también de alguna manera algorítmicos. Alguien puede decir que Tinder es la objetivación y la tecnificación del deseo. Pero también cuando conocemos a otra persona hacemos ciertos cálculos. No es que seamos seres puramente calculadores, pero las cosas que están en el algoritmo son humanas, porque esos algoritmos los diseñaron seres humanos. El asunto es que hoy nos estamos poniendo manifiestamente a vivir por la mediación de esos algoritmos, de esas redes y dispositivos. Si no entendemos la noción de información, no se entiende esto.

- ¿Hay nuevas subjetividades propias de esta etapa?

- Cuando buscamos información en la web o en las redes, esa búsqueda no se produce en un mundo libre de datos disponibles, sino que está determinada por las búsquedas pasadas, por nuestro perfil de usuario y por los demás perfiles. La información que nos entregan como resultado está determinada por eso. Si esto fuera algo accesorio para la vida social, sería un jueguito. Pero si eso forma parte central de nuestras vidas, si muchas personas dedican mucho tiempo de sus vidas a Facebook o Instagram, por ejemplo, esto tiene que afectar a lo que llamamos subjetivación, a los modos de producción de sujetos. Si los modos de relación entre las personas pasan por estos procesamientos de datos, tenemos un proceso de subjetivación diferente al que teníamos. 

- En el libro usa el concepto de "dividual" para explicar esta transformación.

- Es un concepto que usa Deleuze, pero que tiene una historia detrás, relacionada con la idea de que el individuo no es completamente individuo, sino que es divisible o multiplicable por sí mismo. Esto es difícil de pensar para nosotros porque todavía somos modernos, vivimos a partir de la idea de que hay una coincidencia entre cuerpo, persona, individuo, sujeto. Hoy las teorías de género ponen en discusión eso, pero en general seguimos pensando así. Sin embargo, eso se está alterando, hay una especie de fragmentación que se expresa por ejemplo en las redes sociales. La construcción de lo subjetivo siempre es social, pero hoy tratamos con nosotros mismos y nos relacionamos con los demás como si todos fuéramos un gran paquete de datos. Lo sepamos o no. Si yo edito la información de mi perfil, lo estoy sabiendo. Pero no estoy pensándolo cada vez que las redes me sugieren contenido o contactos. Cada oferta de amistad que nos ofrece la red es el resultado de un gran procesamiento de datos, que incluye los datos propios. Tus perfiles en las redes son parte de vos, sin ser vos mismo. 

En este proceso de dividuación, el individuo se convierte en cosas diferentes, que pueden ser remitidas a él pero no solamente. Un caso de esta dividuación son las unidades biológicas. La información de un análisis genético, por ejemplo, es la expresión de una persona, pero no es la persona misma. Decimos que hay información en las moléculas, y esa información se manifiesta en una secuencia, y esa secuencia la sacamos de un tejido que, a su vez, forma parte de un cuerpo. Ahí tenemos cuatro instancias. Si un laboratorio dice “yo soy dueño de tal secuencia genética porque pude obtenerla”, un Estado puede decirle que no, que se trata de un bien común --como ha pasado con la secuenciación del genoma humano--. La secuencia no es una materialidad, no existe fuera de un tejido, pero si un laboratorio se la lleva es como si se llevara una parte de la persona de donde proviene. Lo mismo pasa con las células madre. Todos estos ejemplos nos dicen que uno no es únicamente uno, sino que estamos desparramados en diferentes paquetes de datos fragmentados en distintos lugares. Y todos esos datos son parte de nosotros, sin ser nosotros. Con todo eso establecemos una relación de interioridad y exterioridad, nos representan en algo y, al mismo tiempo, nada de todo eso es... mi mano. La nueva episteme es solidaria con determinadas prácticas sociales para las que, donde antes había individuos, ahora hay conjuntos diferentes.

- ¿Qué nuevas formas de control o vigilancia social son parte de esta trama?

- Esa es una de las cuestiones más complicadas de la nueva época. Hasta hace un tiempo uno podía decir: todos estamos vigilados... Era una suerte de paranoia que funcionaba como sistema crítico. Pero hoy la vigilancia se mezcló con el manejo de cuestiones prácticas, como saber qué camino o qué medio de transporte me tomo para ir a un lugar. Es una era de vigilancia absoluta, pero como estamos completamente vigilados no está claro quién vigila. Claro que hay dueños de infraestructura, dueños de servers y plataformas, es decir podemos identificar a determinadas personas como quienes tienen nuestros datos, pero como cada paso de todas nuestras vidas está datificado, esos datos están solo parcialmente procesados por humanos. En la gran mayoría de los casos, los datos son procesados algorítmicamente, funcionando a partir de la construcción de perfiles, algunos perfiles construidos por nosotros mismos en nuestras redes sociales, otros construidos ligando datos como los de las compras con tarjeta, la geolocalización de los lugares donde estamos, los consumos en la web. Todo eso es más o menos fácil de recolectar. Pero hay otra zona mucho más compleja: tenemos tantos datos que, en realidad, no sabemos qué es lo que hay, por eso existe laminería de datos, que está buscando construir perfiles que no conocemos. Como estamos mediados por estas plataformas, podemos decir que estamos completamente vigilados, porque todo lo que se nos sugiere viene determinado por esas plataformas. Pero detrás de esas plataformas no hay un señor malísimo, sino que hay un sistema sociotécnico: es decir que hemos delegado una parte no menor de la vida social en ese tipo de procesos técnicos, que son también procesos sociales. Todos esos datos nos constituyen. Porque aunque alguien no quiera entregar sus datos, no tenga celular, si va por la calle lo toman las cámaras... Desde el punto de vista de una fantasía como la de 1984, estamos mucho más en el horno que antes. Pero a la vez, el Big Brother no está claro qué es, ni quién, ni cómo funciona, porque está demasiado inmiscuido en la vida cotidiana y en nuestros criterios de practicidad. En 1984 había alguien malo que vigilaba para ejercer poder. Hoy ese poder está ejercido por mecanismos sociotécnicos a los cuales nosotros les delegamos esa capacidad y, al mismo tiempo, esos mecanismos sociotécnicos tienen una relativa independencia de criterio. La minería de datos, los algoritmos que procesan datos, arrojan resultados desconocidos para quien elaboró esos procesos originalmente. Este es un fenómeno muy inquietante. Y lo más inquietante es que, en un nivel, no somos sino datos.

- ¿El capital establece formas de acumulación diferentes en esta nueva configuración?

- Hay una economía de datos y está planteada una discusión acerca de la teoría del valor clásica, porque se está generando valor económico con cosas que no tienen trabajo detrás o, en todo caso, cosas que nos exigen redefinir qué es trabajo. Pero efectivamente ahí hay un tipo de capital. La economía de plataformas supone una nueva forma de explotación de algo que aun no sabemos si vamos a llamar plusvalía... Estamos generando unidades económicas a partir de cosas que no sentimos que sean trabajo, que no son cambiar tiempo por un salario, porque estamos todo el tiempo generando datos que son mercancías

Si todo el tiempo estamos generando mercancías, estamos ante una nueva etapa de acumulación. ¿Podemos decir que toda la serie plataformas-algoritmos-datos constituye una nueva acumulación originaria? No tengo un discurso cerrado sobre esto. Hay empresas que se compran y se venden, hay personas que se hacen millonarias o se quedan en la calle por esto que, en un sentido material estricto, no es nada. Por otro lado, tenemos al llamado biocapital, que implica tomar fenómenos vivientes y transformarlos en productivos por su propia condición de vivientes: por ejemplo, puedo agarrar ensambles moleculares y patentar una secuencia o patentar un proceso. Es algo que está vivo y que es tomado como una unidad productiva, es parte de un proceso de producción, es decir que ya no forma parte de lo vivo sino que forma parte del capital. Y esto se vincula con lo dividual: justamente porque nosotros no somos solo nosotros, ni la máquina es sólo la máquina, sino que todos estamos desperdigados por todos lados... Mientras siga habiendo capitalismo, el capitalismo va a usufructuar todo eso. ¿Podemos explicar cómo lo hace usando las categorías del siglo XIX? Claramente, no. Todo esto es inentendible sin el problema de la información. A la vez, esto no quiere decir que no sigan existiendo otros procesos más antiguos… Las fábricas siguen existiendo. El mundo tal como estaba sigue estando, pero también se está abriendo paso otro mundo.

- ¿Qué formas de resistencia social se desarrollan o pueden desarrollarse en este escenario?

- Hoy no sabemos bien por dónde pasa la resistencia. Lo que sí tenemos claro, y esto debería dejar de ser tomado como un defecto, es que ya no va a haber un sujeto político como antes, en el sentido de un sujeto identificable, con reivindicaciones estables, con definiciones claras respecto de con quién tiene que negociar. Durante un tiempo se creyó que las tecnologías permitían un tipo de lazo que no permitía la política tradicional --por ejemplo, la idea de “la primavera árabe”--. Pero pronto se demostró que no hay que ser tan optimista. Creo que de acá para adelante vamos a tener sujetos políticos muy inestables, y el tipo de resistencia que pueden plantear es muy variable. Si la resistencia es contra algo global, lo global es tan global que no se sabe por dónde resistir. Eso genera que casi todas las disputas se planteen por cuestiones locales. Los mismos agentes no tienen, como antes, una definición de la historia y del antagonismo, una delimitación del conflicto. No es que todo eso ya no exista, sino que existe cada vez más pero de un modo dividual: cada vez vemos más resistencias, pero muy difícilmente puedan ser unificables. Por un lado, se necesita cada vez menos organización para resistir. Pero, por otro lado, la resistencia es cada vez menos orgánica y más episódica. En los mundos progresistas donde uno se mueve, siempre queda mejor hablar de un sujeto unificado, con una organización estable y con una conducción que sabe hacia dónde va. Pero ese no puede ser el único criterio con el cual juzgar algo que todavía no entendemos cómo se está generando. No creo que hoy una organización débil sea sinónimo de debilidad política. En otra época sí, ahora quizás no.

- ¿Cómo inciden hoy, en todo este contexto, la pandemia y la cuarentena? Las relaciones sociales parecen haberse desplazado más que nunca hacia los dispositivos y las redes informáticas.

- Creo que lo que ocurre en esta cuarentena confirma que algunas de las cuestiones que trato en el libro son centrales para entender las transformaciones operadas por la información tanto en las ciencias como en la vida cotidiana. Una de estas cuestiones es la relación entre un virus y la viralización, o sea, entre cómo se enfoca el estudio de un bicho que compone de maneras extrañas con los cuerpos y cómo se utiliza ese mismo bicho como metáfora de una circulación descontrolada. El coronavirus circula de manera descontrolada, entonces se detiene la circulación de los cuerpos, pero eso sólo se hace posible gracias a que, encerrados, podemos viralizar todo tipo de opiniones, comentarios, chistes, palabras de amor y de odio, etc. Obviamente, en otros tiempos hubo cuarentenas sin viralizaciones, pero ¿cómo entenderíamos esta cuarentena sin las tecnologías de información? 

Por otro lado, las viralizaciones y las relaciones que se establecen a través de las redes sociales no son simplemente un remedo de las interacciones cara a cara que tendríamos en la vida normal. En el medio están los datos, los algoritmos, las plataformas, todo un sistema tecnológico que hace minería de datos, elabora perfiles y conecta esos mapas de nosotros mismos con otros mapas de otros. Lo dividual no es una duplicación de uno mismo, es más bien la interacción que se plantea entre individualidades que dejan de serlo porque el medio que las conecta participa de la definición de cada uno para conectarlos: las sugerencias de amistad, las publicidades, los links a textos, todo ello está construido en base a los mismos perfiles que también editamos nosotros en nuestras redes.

- ¿Cómo observa la adaptación de instituciones como las educativas al distanciamiento social?

- Las instituciones tradicionales se tuvieron que adaptar a una virtualización forzada... En mi hogar de clase media se puede trastornar la rutina por tener la escuela en la pantalla, pero la adaptación es posible. Una parte enorme de la población no tiene esa posibilidad por múltiples razones. Ahora bien, incluso cuando se logra esa “adaptación”, se producen cosas extrañas. Foucault decía que la escuela operaba según una lógica panóptica: las y los docentes hablando y mirando desde posición central, las y los alumnos callando y devolviendo la mirada. El otro día escuché a una docente de mi hija decir: “todos con las cámaras prendidas y los micrófonos apagados”. Yo pensé: qué eficaz sigue siendo el panóptico como técnica. Sin embargo, comentando esto mismo en una clase de posgrado en la UBA, una estudiante me la devolvió: “Ojo, porque también nosotros tenemos acceso a la intimidad de tu casa”. Estas distintas interpretaciones muestran cómo se constituyen las sociedades de control y cómo, para ello, se superponen formas viejas y nuevas, pero también cómo nos vemos obligados a redefinir lo público y lo privado, y ahí es donde se ve cómo se relacionan las nuevas formas de vigilancia con nuevos modelos subjetivos donde la intimidad se encuentra redefinida. Lo que hace esta cuarentena es poner blanco sobre negro un conjunto de mutaciones que ya se estaban produciendo. Habrá que ver cuánto queda de todo esto cuando pase la pandemia, pero estoy seguro que no se volverá a lo mismo de antes, justamente porque eso “de antes” ya era distinto respecto de lo que eran las relaciones sociales hace apenas una década... Internet habrá hecho su explosión en los ’90, los celulares en los años 2000 y las redes sociales más tarde, pero su integración en el mundo cambiante de las plataformas, implicando a millones y millones de personas y sincronizándolas, tiene mucho menos tiempo. Y así de dramático fue el cambio que ahora, con otra transformación más dramática aún, no sabremos bien a qué atenernos cuando nos digan que tendremos nuevamente una “vida normal”.

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Sábado, 27 Junio 2020 06:47

Los últimos nueve segundos

Los últimos nueve segundos

La nueva normalidad es la entrada a un laberinto. Las multinacionales de internet determinan un porvenir político en el que la aceleración se impone a la reflexión. Las redes sociales construyen ese presente continuo en el que las emociones prevalecen y dificultan la organización colectiva. 

 

El autor de este artículo se levantará el sábado 27 de junio poco después de las nueve de la mañana. Antes de desayunar mirará por primera vez cómo está funcionando su texto. Primero, en la red social Twitter; casi inmediatamente después, en las estadísticas de Google. A lo largo del día, con alguna variación, hará el mismo recorrido unas 50 veces. Si, como es previsible, el artículo no despega en las redes sociales, al final del día se extenderá sobre el autor cierta decepción. Una comezón que sabe irracional y que tiene un trastorno asociado. Se llama atazagorafobia. Lo explica Bruno Patino en La civilización de la memoria de pez (Alianza, 2020). Es el miedo a ser olvidado por sus pares, algo que no ocurre solo en el contexto de las redes sociales pero que se ha visto multiplicado por la absoluta dependencia de los medios de comunicación y sus trabajadores respecto a ellas.

Este trastorno se ha convertido en compañero de viaje de periodistas y comunicadores, pero no solo. Afecta a los usuarios de las redes, populares, poderosos o anónimos. “Como una sombra, el atazagorafóbico consulta su teléfono con la esperanza de obtener un corazón, un like, un retuit, una mención que pueda desmentir su convencimiento de ser un individuo de segunda categoría que merece el olvido en el que le ha sumido su grupo”, explica Patino. 

El listón está bajo. Todo lo que sea acaparar la atención de la audiencia durante más de nueve segundos supera la capacidad de concentración de los cientos de miles de personas que pasan los días con el móvil pegado a la palma de sus manos. Pasados esos nueve segundos, el cerebro se desengancha. Las manos, a sus órdenes, buscan otro estímulo, otra notificación, otra aplicación.

Lo importante, como es evidente, no es si el autor encuentra satisfacción, un fav o un retuit más de los que esperaba. Eso apenas cuenta para esta historia. Este artículo es solo un pretexto para hablar de la dependencia de la dopamina que genera el enganche digital y cómo eso funciona a escala colectiva y se extiende y determina todas las ramas de la política, el periodismo y la sociedad. Lo fundamental es que no es una excepción sino que es algo perfectamente consecuente con el tiempo que nos ha tocado vivir. Es antes que nada un negocio. Ni siquiera la adicción a las estadísticas o los favs es una rareza, sino que está determinada por el diseño de unas aplicaciones que, como recuerda la periodista Marta Peirano, han sido diseñadas con la misma estructura de estímulos y recompensas que las máquinas tragaperras.

Los hábitos del autor son la introducción para explicar por qué las teorías desquiciadas de Miguel Bosé son un acontecimiento, mientras que las estadísticas sobre costes laborales del Instituto Nacional de Estadística no le importan a nadie. En menos de tres clics de Youtube podemos pasar del directo del pleno del Congreso a las teorías más bizarras sobre el origen extraterrestre del virus sars-covd2. La verdad es irrelevante en la competición permanente en la que vivimos, que, por el contrario, tiende a favorecer lo exagerado, lo hiperbólico o lo más extremo. “Cuanto menos sabemos más afirmamos, y cuanto más afirmamos más visibles somos en la estructura asimétrica de las redes sociales”, concluye Patino. 

Un hombre derrotado

Donald Trump recorre la pista de aterrizaje de la Casa Blanca tras un mitin fallido en la ciudad estadounidense de Tulsa. Trump recorre esos metros despeinado, deshecho el nudo de la corbata. Es el joker o bufón que ha influido decisivamente en la política en la era de las redes sociales. En su escala megalómana parece encarnar el mismo sentimiento de haber sido abandonado por sus pares que atenaza a un usuario cualquiera de Facebook o Instagram. Esta misma semana, Twitter ha decidido sancionar como noticias falsas algunos de los tuits del presidente de Estados Unidos. 


Se sabe, por el escándalo de Cambridge Analytica en las elecciones de EE UU y el referéndum del Brexit, que las técnicas de pastoreo digital y manipulación son hoy determinantes para determinar el signo de una votación. Las redes sociales son el vehículo principal del llamado “relato” necesario para dominar la comunicación política. La adhesión ha sustituido al compromiso, la emoción a la coherencia. 

A partir de los fragmentos sueltos en las redes sociales, mejor cuanto más chocantes, se obtiene la atención de una audiencia de miles de millones de personas. No es necesario organizar un programa político, solo surfear una tras otra la ola de lo popular, lo llamativo, lo ostentoso. Los medios de comunicación convencionales solo siguen esa inercia fragmentada, en una carrera desquiciada por generar clics, por captar a una audiencia de memoria frágil, compuesta, en un porcentaje significativo, por bots. Los “zascas” son infinitamente más rentables que los reportajes.

Nuestros relatos

Hace cuatro meses, este iba a ser un año como cualquier otro. Las redes sociales nos enseñarían zapatos, abrigos y nuevos ordenadores porque nos conocen y nos leen (o, mejor dicho, nos perfilan). Y porque con ello ganan mucho dinero. En términos generales, la sociedad se iba a mover bajo el viejo relato de un nuevo Gobierno: reducir la desigualdad, reducir en mayor medida la pobreza infantil. Bajo los fuegos artificiales de la comunicación política, el ala tecnocrática del Gobierno se había propuesto que no se modificara la estructura de poder y de rentas. Había una promesa tácita de dejar la búsqueda de la justicia social “para más adelante”, algo que equivale a nunca.

Los hechos, sin embargo, han interrumpido ese ritmo de mecedora. Ya no ha sido posible hablar de confianza y estabilidad sino que el concepto clave es la reconstrucción. Parece una ocurrencia hablar de reconstrucción cuando aún no ha terminado el primer golpe del coronavirus, en medio del temor al rebrote y ante una situación en la que el Gobierno ha asumido los salarios de un 13% de la fuerza de trabajo, pero ese empeño de situar un marco de reconstrucción es más bien una obligación en los tiempos de la memoria de pez. Es la promesa de un futuro menos incierto de lo que realmente es, de un futuro en el que no seremos adictos a la novedad y al shock. La promesa de estabilidad remite a ese otro tiempo en el que, teóricamente, las estadísticas de gasto sanitario tenían más importancia, y más espacio en el debate público, que las chifladuras de Miguel Bosé. 

Porque, paradójicamente, a medida que nos introducimos por nuestro propio pie en el mundo acelerado, a medida que nos dejamos caer en los brazos de los algoritmos, aumenta la necesidad de pertenencia y de pausa. Esa tendencia fue entendida por Dominic Cummings, el ideólogo de la campaña del Brexit. El lema que consiguió imponer en 2016 fue “recuperar el control”. La realidad es que, cuatro años después, Reino Unido está descontrolado. Todo parece posible en un país que ha vivido bajo el mandato delirante de que nada cambie al mismo tiempo que la sociedad pasa a estar dominada por la economía de la atención, por Google, Amazon y Facebook. Por la sentimentalización radical de la política y la supresión de su capacidad para proporcionar formas de organización colectiva. 

La situación actual, marcada por el covid-19 y por la crisis climática impide un regreso al tiempo en el que todo era “normal”. La distancia social, además ha exacerbado la tendencia a la creación de burbujas y al individualismo promovido por las multinacionales de Silicon Valley. La propia idea de la “nueva normalidad” nos hace adentrarnos en un laberinto que, en buena medida, está diseñado por los algoritmos que, al mismo tiempo, controlan la información y la intoxicación informativa. Retirarles esa potestad para intervenir sobre nuestras vidas debe ser una prioridad. También gravar sus beneficios en relación al valor que obtienen de nuestros datos. Es imprescindible, por último, organizarse fuera de esas burbujas, aprovechando las facilidades que da internet pero sin la servidumbre de hacer más grande las burbujas dentro de las redes sociales.

Como muestra el caso extremo de Trump, estos ya no trabajan para sí mismos, ni trabajan para sus votantes, sino que están metidos en la misma rueda en la que estamos todos, generando valor para los grandes monopolios de la atención. Poderosos y mierdecillas, moviéndonos cada vez más rápido para permanecer exactamente en un mismo punto. Sin posibilidad de avanzar.

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William Davies, autor de 'Estados nerviosos'. Elvira Megías

El autor de Estados nerviosos, William Davies, estuvo en Madrid presentando un libro que explica cómo las redes sociales se están convirtiendo en un campo de batalla de emociones y sentimientos antes que de ideas o hechos.

París, finales del siglo XIX. El escándalo es el material que rápidamente incendia una sociedad en un proceso acelerado de transformación económica y política que derivará, en cuestión de pocas décadas, en la primera guerra mundial. El sociólogo Gustave Le Bon —el “célebre doctor”— es, además de un físico aficionado, un pionero de la psicología social. Sus ideas sobre la emergencia de “la multitud” ejercen como un diagnóstico certero para el apetito burgués. Pesimista, militarista y elitista, Le Bon veía crecer cada día a esas masas a las que despreciaba y comenzó a pensar en ellas como un organismo vivo. Una serie de ideas inoculadas entre esas multitudes podían ser como un virus o, como escribe William Davies (Londres, 1976), “la muchedumbre se convierte en un vasto circuito neuronal a través del cual viajan las emociones de un cuerpo a otro, a una velocidad vertiginosa”.

Desde su posición contraria a las masas modernas, Le Bon aportó claves para la crítica… pero también para la utilización de esa potencia multitudinaria. La influencia de su principal obra La Muchedumbre: un estudio de la mente popular ha llegado a líderes y oradores —entre otros, ejem, Adolf Hitler— que encontraron en las ideas sobre manipulación una fórmula de obtener adhesiones inquebrantables. “Exagerar, afirmar, repetir y no intentar jamás demostrar nada mediante razonamiento: he aquí los procedimientos de argumentación familiares a los oradores de las reuniones populares”, escribió Le Bon.

El sociólogo y economista William Davies ha retomado esas ideas sobre la manipulación de masas nacidas de la crisis de las naciones del siglo XIX en el contexto del nacimiento de las redes sociales, el big data y la inteligencia artificial. Estados Nerviosos, cómo las emociones se han adueñado de la sociedad (Sexto piso, 2019) es un ensayo que pretende comprender la política de los sentimientos, una ola que está aupando a los movimientos xenófobos en todo el mundo. Twitter o Facebook son medios de comunicación “calientes” que generan reacciones físicas en quienes participan en ellos, lo que ofrece una oportunidad de negocio y de obtención de poder a actores destacados del panorama político. Pero, advierte Davis, no hay un retorno posible a la “razón” como única guía de funcionamiento. Los sentimientos, nuestras reacciones, son un material delicado, pero ninguna propuesta se entenderá en el futuro sin las emociones: sin el amor, el placer o la rabia.

En la segunda mitad de Estados Nerviosos escribes acerca de las ideas de Carl von Clausewitz sobre la guerra. Leyéndolo me preguntaba si es que estamos en los primeros años de algún tipo de guerra.
La definición de guerra ha sido algo muy difícil de definir de un tiempo a esta parte. Por dos o tres motivos. En primer lugar, cada vez más, las metáforas y el lenguaje de la guerra han pasado a ser mucho más comunes en la política. Pero esto no es del todo nuevo porque, como sabes, en Estados Unidos hubo una “guerra contra las drogas” bajo el mandato de Bush y después hubo una “guerra contra el terror”. En Gran Bretaña, en este momento, hay indignación por el hecho de que Boris Johnson utilice lenguaje como “rendición” o “colaboracionismo” en relación al Brexit y eso se considera extremadamente peligroso.

Cuando el lenguaje de la guerra entra en la política, lo que conlleva es una destrucción del espacio del compromiso. Esto significa, básicamente, que si hablas en términos bélicos dejas de reconocer que estás obligado a algo, y eso es lo que consigue el lenguaje, por ejemplo, cuando hablamos de guerras culturales, que es una expresión que ha prosperado para explicar cosas como las divisiones en las sociedades democráticas entre, por ejemplo, los universitarios y los demás.

Pero, otro aspecto más cercano a las ideas de Clausewitz es que las tecnologías de la guerra se están utilizando indistintamente en conflictos militares y en la sociedad civil. Sabemos, por ejemplo, que Rusia practica la guerra de la información para perturbar democracias en todo el mundo. Es un hecho que conocemos, no sabemos exactamente hasta dónde está llegando, pero sí que está pasando por lo menos hasta cierto punto. Sabemos que el Pentágono está utilizando tecnologías para influenciar a las masas, en el ámbito civil y económico, mediante técnicas de contrainsurgencia y contraterrorismo. He escrito sobre la compañía de Peter Thiel, Palantir, una compañía comercial que atraviesa fronteras de muchas maneras y que obtiene muchos contratos en actividades de contraterrorismo y para influenciar a la gente. Pero también está siendo usado para vigilancia y potencialmente puede ser usado para investigaciones de mercado, porque estas tecnologías nos ven como ejércitos de gente, como hordas. Y en ese sentido, la mentalidad de la guerra y las técnicas políticas de manipulación, que son potencialmente muy violentas, se han convertido en formas habituales de organizar la sociedad. De este modo, los partidos políticos, los movimientos políticos son vistos como un ejército a movilizar y no como personas que deben ser representadas.

¿Se usan los sentimientos y las emociones como las armas de esa guerra?
La publicidad siempre ha intentado guiar a la gente a este tipo de comportamiento, en muchos sentidos tan apetitoso. En mi libro anterior, La industria de la felicidad, que se publicó hace tres años en España, hablaba de los orígenes de ese esfuerzo para usar la investigación psicológica para tratar de hacer que la gente vaya de compras de cierta manera y vote de determinada manera. Así que no deberíamos exagerar sobre cómo de novedosas son estas técnicas. Pero, claramente, esta segmentación psicográfica con mensajes que están cuidadosamente diseñados para obtener determinada reacción de la gente es un fenómeno muy preocupante. Sabemos que fue decisivo en el referéndum del Brexit de 2016. En los dos días previos a la votación, la campaña por la salida estaba dirigiéndose a gente que normalmente no vota. Esto un aspecto importante de esta nueva política, el hecho de que moviliza a las personas que antes eran simplemente apáticas, no les importaba que la política no fuera para ellos. Esas personas fueron “golpeadas” con imágenes terribles, con la idea de que Turquía va a entrar en la Unión Europea y se van a meter en tu ciudad, etc. Buscan inducir una serie de emociones en la gente, movilizarlas y que voten. Y este tipo de propaganda es propaganda de guerra. De nuevo, tiene precedentes, pero la economía de plataformas permite hacer esto de una manera más cuidadosa y estratégica. El santo grial, la principal meta del marketing o la influencia a través de las redes sociales —más específicamente de los influencers— es producir los contenidos que generan adhesión.

Ese vínculo puede tener muchos significados, pero también presupone algún tipo de reacción: que la gente preste atención, que la gente haga clic, que a la gente le guste o le disguste ese estímulo —de hecho el disgusto es tan bueno como el “me gusta”, la rabia es tan buena como el amor en el contexto de las redes sociales— lo que significa es que estás vinculándote aquí en lugar de allá. Para quienes están mirando “al otro lado” de esas plataformas eso es una ciencia, deben averiguar qué tipo de contenidos crean esa adhesión, y tiende a ser el contenido que provoca no el pensamiento racional, si no el “cuerpo emocional”: la parte de nosotros que reacciona independientemente de lo que pensemos, impulsivamente: “esto es asqueroso, esto es espantoso o esto es maravilloso”.

Después del libro he publicado un artículo sobre por qué hay tantos cómicos hoy en día en política: Bepe Grillo, Boris Johnson, que se hizo famoso en tertulias cómicas en los 90, o el nuevo primer ministro de Ucrania [Oleksiy Honcharuk]. Hoy los políticos se introducen en una especie de competencia en las redes sociales; ven cómo el Joker, la persona que hace reír, que consigue una reacción visceral, se convierte en el personaje ideal para crear esa reacción afectiva. Por ejemplo, Donald Trump fue una estrella de los reality. Sabía cómo actuar de determinada forma para que la gente se sentase y mirase. Y eso es lo que son nuestros políticos hoy en día: un cruce de la telerrealidad con la comedia.

El libro defiendes, en cualquier caso, que Trump o Johnson son síntomas de la enfermedad, no la enfermedad en sí. ¿Cuál es esa enfermedad?
En primer lugar, hemos descuidado los mecanismos con los que la sociedad solía representarse a sí misma. Creo que la democracia liberal y el liberalismo en general es un proyecto de representación complejo. En la primera parte del libro trato de explicar que pensamos que la democracia representativa tiene dos partidos, un Parlamento, etcétera. y eso se ha descuidado mucho durante los años 80, 90 y 2000 con el discurso de que cuestiones como las políticas económicas deben ser manejadas por gente que no ha sido elegida por nadie, me refiero a los tecnócratas. Pero también los partidos se han convertido en máquinas, han creado también nuevas formas de manipular a través de los medios. La gente normal no tiene nada que ganar militando en los partidos políticos en el sentido de lo que tenían que ganar en los años 50. Creo que hay una pérdida ahí. Gracias a gente como Thomas Piketty sabemos que la desigualdad no es solo “un sentimiento”, sabemos objetivamente qué es y qué esta pasando. Pero los economistas han descuidado eso durante mucho, mucho tiempo. También los Gobiernos y los políticos. A menudo usan las estadísticas para silenciar argumentos —“El PIB está creciendo, el desempleo es aburrido y todo va bien”— no está bien: esos números se han usado mucho tiempo para suprimir el debate.

Mientras tanto, ha ido creciendo y creciendo esta otra infraestructura, particularmente a partir de los primeros años 90, que básicamente es una infraestructura para manejar las reacciones en tiempo real. Primero fue en la economía financiera, que convierte a la economía en esta especie de “estado nervioso”. Es un estado nervioso en el que nadie tiene que estar a cargo y las empresas están en constante estado de reactividad. Después, nuestro entorno de medios de comunicación se ha movido de una forma similar, con el nacimiento de las redes sociales y el nacimiento de noticias en tiempo real. Nadie necesita hechos en este entorno, todo lo que se necesita es la última actualización, la última imagen. Hay acontecimientos teniendo lugar en todo momento —estos días en Barcelona, por ejemplo— pero la gente recurre a los medios no para reportes narrativos o para buscar un contexto válido, sino que, cada vez más, la función de los medios en nuestra vida es cubrir una demanda: “Quiero ver a la policía golpeando algo”, “Necesito estar en el momento”, “quiero sentir cómo es”... y, ya sabes, eso es difícil. Pero eso es lo que las redes sociales nos enseñan a esperar. Es lo que creo que hay que explicar; cómo una forma de entender el mundo se ha deteriorado y cómo ha surgido esa otra.

Para las grandes empresas de Silicon Valley, ¿se trata solo de dinero? ¿Están intentando demostrar algo? ¿Quieren llevar las democracias a un límite?
Obviamente, están haciendo mucho dinero en la actualidad. Los gigantes como Amazon, Google, Facebook, se han convertido en condicionantes de los mercados, la sociedad civil o la democracia. Y esto es muy peligroso. Google puede destruir pequeños comercios solo cambiando el algoritmo de sus anuncios. Amazon puede hacerlo con las librerías. Facebook puede hacerlo con las democracias. ¿Qué quieren realmente? Es difícil de saber. Ellos todavía tienen una visión iluminada sobre lo que están llevando a cabo que, bajo mi punto de vista, es algo delirante.

Creo que es posible decir que Amazon tiene muchas de las atribuciones de un estado soberano. Tienen la capacidad de destruir; ya sabes, el Pentágono ahora depende de Amazon para su computación en la nube, etc. Por eso el tipo de competencia en la que participan, de alguna manera se entiende mejor como una competencia de guerra que como una competencia de mercado. Las leyes anti-Trust, por ejemplo, no funcionan para ellos, porque no se engloban en un mercado. Los empresarios detrás de estas compañías tienen un tipo de mentalidad napoleónica, sienten que están construyendo imperios. En ese sentido, es una forma de imperialismo. No necesitan hacer dinero, ya han hecho mucho, no necesitan hacer negocios como tal.

El libro insiste en que debemos entender y utilizar las emociones también para luchar contra estos tipos de manipulación, que posiblemente la razón no sea suficiente para combatir estas prácticas.
Creo que nuestra propia comprensión de lo que significa ser humano es muy diferente de lo que era hace 30 años. Mi hija tiene seis años, está en la escuela, y en su clase ha aprendido cosas sobre su cerebro; trabajan para preparar a las criaturas respecto a posibles problemas de salud mental, hacen meditación en el aula. Eso a mí no me gusta demasiado, pero ella habla sobre su cortex frontal y cosas así. Estamos en una sociedad en la que sabemos ciertamente más sobre nuestras reacciones físicas, sobre nuestro comportamiento y nuestras experiencias. Los partidos políticos interactúan con nosotros tratando de provocar esas reacciones instintivas. Somos “seres reactivos”, de alguna manera. Afortunadamente seguimos “pensando” cosas pero esa particularidad nuestra no va a sustituir a la otra de repente. Y la gente no va a decir un día: “Tenemos que confiar en esta otra gente por sus modelos, sus teorías o por sus datos”. Creo que el reto es rescatar cosas del proyecto liberal, que es un proyecto pacifista.

Ese proyecto es acerca de la defensa de la paz y la oposición contra la violencia. Si seguimos pensando de esa manera, no obstante, tenemos que comprender aspectos del ser humano que pueden ser movilizados para seguir esa agenda, como una forma de anti violencia o no violencia pero también para la preservación de la vida y de la salud. El estatus, por ejemplo, de los sistemas sanitarios es uno de los temas políticos fundamentales. Por supuesto necesitamos que la ley funcione, pero también necesitamos un tipo de igualitarismo que garantice la vida para toda la humanidad. Creo que eso está amenazado en este momento. Los muros, las fronteras que los nacionalistas quieren levantar, lo que dicen es que hay gente que debe morir y gente que debe vivir. Este es el terreno en el que se mueve ahora la política, esa es una agenda en la que las emociones están en el centro. La gente se tiene que movilizar, porque quienes quieren violencia saben cómo hacerlo.

Por Pablo Elorduy

@pelorduy

2019-11-18 06:34

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